Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 05. El Ladrón y La Guerrera

12 de febrero del 2017

Mi Final Feliz... - Capítulo 05. El Ladrón y La Guerrera


Once Upon a Time / Descendants

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 05
El Ladrón y La Guerrera

Ese era ya el quinto día de viaje de su majestad hacia el reino de Auradon, aunque ella se acababa apenas de integrar a la caravana el día anterior. Antes de ello, se encontraba apostada en la base militar de Han, una ciudad del Imperio de Chin, que lindaba al este con el reino de Austrix. Era una ciudad de gran tamaño, con una gran cantidad de pobladores, pero aún pese a eso, era una ciudad relativamente tranquila. Fue el primer sitio al que la asignaron, justo después de haber terminado su entrenamiento en la Academia Militar, y llevaba ahí un poco menos de dos años.

Una semana atrás, la llamaron a la oficina del Comandante, lo cual era muy extraño, por no decir completamente irregular. El comandante de una base militar en Chin, no te llamaba a ti personalmente a su oficina, ya fuera para decirte algo bueno o algo malo; esa responsabilidad recaía en tu superior directo. Muchas extrañas teorías le cruzaron por la cabeza mientras se dirigía a ese sitio, pero ninguna terminó siendo correcta. El motivo de su llamado había sido uno bastante simple, si es que algo como eso pudiera ser considerado simple: la caravana de la Emperatriz Ting-Ting pasaría por Han en su trayecto hacia Auradon, con el fin de participar en el Festival, y ella personalmente había pedido conocerla y, si era posible, que la acompañara a Auradon como su guardia personal. La petición de “si era posible” reflejaba ese aire inocente que su majestad siempre transmitía; en el Ejército Imperial, nada sea hace “si era posible”, se hace y punto, por lo que fue como si tuviera opción de negarse. ¿Lo hubiera hecho de haberla tenido?

Y así fue como terminó en ese carruaje imperial, mucho más discreto considerando la persona que transportaba, pero ideal y práctico para el largo viaje y para no llamar tanto la atención. En total eran cinco carruajes, en su mayoría transportando a consejeros y acompañantes de la emperatriz; ella viajaba en el carruaje del centro de la larga fila, acompañada únicamente por esa jovencita de diecisiete años a la que ella misma había pedido como su guardia. Los cuatro carruajes iban escoltados por alrededor de treinta soldados, diez a caballo, y veinte a pie. No portaban ningún estandarte visible para no llamar la atención de gente malintencionada.

La emperatriz era una mujer adulta de cuarenta años, pero que aún reflejaba bastante juventud en sus facciones. Su rostro era redondo, de cabello negro y lacio, largo aunque en esos momentos lo tenía todo recogido en dos cebollas a cada lado de la cabeza, y dos largos mechones surgían de ellas y caían sobre sus hombros. Era alta y de complexión delgada. Vestía un hermoso hanfu de tonos morados, con detalles dorados, al igual que una estola de seda que le abrazaba. La mujer miraba plácidamente por su ventanilla, admirando todo el paisaje por el que pasaban, teniendo una brillante sonrisa en sus labios rosados.

– Qué bosque tan pacífico, ¿no te parece, Long-ning? – Murmuró la emperatriz con delicadeza en su habla. – Quién supondría que hace veinte años se libraron horribles batallas entre estos árboles, ¿no?

La joven soldado sentada delate de ella, simplemente respondió asintiendo con cautela con su cabeza. Era de apariencia joven, con un rostro hermoso aunque algo serio, de ojos negros y serenos, y cabello negro, lacio y corto hasta apenas cubrirle sus orejas. Usaba una armadura negra y gruesa con detalles rojos, de grandes hombreras y una capa roja unida a ella. Estaba hecha especialmente para proteger lo debido, pero a su vez para ser ligera y flexible y no suprimir los movimientos de su portador. A su lado, apoyada en el suelo y contra su asiento, se encontraba una espada jian, enfundada y en espera de cualquier momento que ocupara su acción.

Ella también miraba de vez en cuando por su ventanilla, pero no para admirar el paisaje como la mujer a la que escoltaba, sino para verificar que no hubiera nada, ni nadie, extraño entre los árboles. Podría ya haber pasado veinte años de la guerra, pero eso no implicaba que igual no podía haber cosas horribles ahí afuera.

– Esto debe de ser realmente aburrido para ti, ¿no? – Escuchó que la Emperatriz le comentaba de pronto, y eso pareció asustarla un poco, ya que se había quedado sumida en el exterior más de lo que se había propuesto. Cuando logró reaccionar, la mujer la miraba fijamente, muy sonriente. – Me refiero a que tus padres están en estos momentos cumpliendo misiones de alto peligro que determinan el destino de nuestro Imperio, y a ti te piden que me escoltes a un festival. Quizás mi petición fue bastante egoísta.

– No diga eso, majestad. – Afirmó de rápidamente la soldado. – Para mí es todo un honor que me haya confiado esta responsabilidad.

– El honor debería de ser mío, de conocer en persona a la hija de Fa Mulan y Li Shang, los héroes más grandes que ha tenido nuestro Imperio.

Sus palabras no parecieron agradarle del todo a su acompañante. Su rostro se tornó aún más serio de lo que ya estaba, y de nuevo se viró hacia la ventanilla, aunque en esta ocasión parecía no estarlo haciendo buscando amenazas, sino más bien simplemente buscaba que ella no pudiera ver su rostro tan directamente.

– ¿Los más grandes? – Repitió la joven en voz baja. – De seguro muchos historiadores discreparían con esa afirmación.

Ting-Ting rio un poco, al parecer divertida por su curioso comentario.

– Tal vez. Pero la verdad es que desde el día en que conocí a tu madre, siempre la he admirado. Nadie lo dirá en voz alta, pero extraoficialmente todos sabemos que es gracias a ella que las mujeres en nuestra nación tengan ahora un nuevo papel, como que tú puedas ahora ser un soldado de nuestro Ejército Imperial, o incluso el que yo pueda ser ahora Emperatriz.

– Creo que le da mucho crédito, majestad. – Respondió Long-ning, con un tono mucho más cortante del que ameritaba el hablar directamente con la Emperatriz de su nación. – Mucho de ello fue gracias a las reformas de su señor Padre, que en paz descanse.

– ¿Y quién crees que inspiró a mi padre a hacer dichas reformas? – Añadió la Emperatriz con un tono efusivo, sin al parecer darse cuenta del cambio de humor de la joven. – Tu madre es toda una heroína, en muchos aspectos, no cabe ninguna duda de ello.

Long-ning guardó silencio, y siguió mirando por la ventana.

– Lo escucho seguido. – Susurró muy despacio para sí misma.

– – – –

La búsqueda de Long-ning por gente sospechosa y malintencionada entre los árboles, no era del todo una exageración. En una colina más adelante, aguardaba pacientemente un grupo de chicos, ocultos entre los arbustos y los árboles, justo en una curva cerrada que daba el camino por el que andaban. Entre ellos se encontraba Jay, el hijo del Señor Berak, el dueño de la casa de empeños a las afueras del pueblo, y conocido a voces como el mejor ladrón del área; un chico fuerte, rápido, hábil y apuesto… dependiendo de a quién le preguntaras.

Jay se encontraba con su pecho a tierra, y miraba a lo lejos la caravana acercarse, usando un largo catalejo. Habían estado aguardando en ese punto cerca de una hora, pero ya habían logrado divisarlos a lo lejos. Sin embargo, lo que miraban no les era del todo grato.

– Vienen muchos más guardias de los que dijiste. – Comentó uno de los chicos con molestia. – ¿Quién viaja ahí, Derek?

– ¿Eso importa? – Le respondió otro de ellos, de cabello castaño largo sujeto con una cola, encogiéndose de hombros de manera despreocupada.

– Claro que importa. Miren sus armaduras, ¿no son esos guardias imperiales?

– ¿Te parezco enciclopedia? ¿Cómo voy a saberlo?

– Son cinco carruajes en total. – Señaló otro de ellos. – Es demasiado grande, ¿no creen?

– Por algo trajimos a tantos, ¿o no? – Comentó Derek con molestia. – Si fuera sencillo, lo hubiéramos hecho Jay y yo solos. ¿Cierto?

En ese momento todos se giraron hacia Jay, en espera de ver qué era lo que diría. El chico, al sentir todas las miradas sobre él, bajó con cautela el catalejo y se viró hacia ellos sobre su hombro. ¿Qué podía decirles? En verdad eran más guardias y carruajes de los que esperaba, pero eso debía significar que transportaban cosas mucho más valiosas también. Era arriesgado, pero a mayor riesgo, mayor recompensa. Además, ya le había prometido a su padre que ese sería un golpe grande e importante; no podía retractarse ahora, no cuando ya estaban justo ahí, tan cerca.

– No pasa nada. – Comentó con completa confianza. – Somos doce, y con el elemento sorpresa podremos suprimir al menos a la mitad de esos tipos. Tomamos todo lo que podamos y los perdemos en el bosque. Simple.

– Yo no diría simple. – Comentó en voz baja uno de ellos, pero Jay logró escucharlo, y de inmediato lo tomó con fuerza de sus ropas, acercándolo y encarándolo frente a frente.

– ¿Te quieres acobardar ahora? – Le exclamó con furia en sus ojos, y el chico respondió de inmediato, negando con su cabeza. – Eso pensé. Bien, andando entonces.

Los chicos se distribuyeron y ocultaron, esperando a que la caravana se acercara lo más debido a su posición. Los guardias avanzaban con su mirada firme al frente, pero en general parecían relajados, y algunos incluso algo agotados por el viaje. Se veía que traían espadas y lanzas; los ladrones iban armados con espadas, cuchillos, hachas, e incluso garrotes. No tenían por qué convertir eso en una pelea demasiado ardua, sólo debían sorprenderlos, tomar lo que pudieran y salir corriendo. Sería sencillo, debía de serlo…

Cuando el centro justo de la caravana se encontraba ya en la curva, los doce chicos saltaron abruptamente de entre los arbustos, y cada uno se lanzó en contra de alguno de los guardias para derribarlos. Estos, distraídos y confundidos, apenas y pudieron darse cuenta de lo que pasaba. Lo que Jay había dicho parecía haberse cumplido, y gracias a la sorpresa, lograron abrirse paso con facilidad.

Dentro del carruaje en el centro, la Emperatriz y su acompañante escucharon los gritos y el ajetreo, y como el carruaje frenaba abruptamente, tanto que Ting-Ting casi caía de su asiento.

– ¿Qué sucede? – Exclamó la Emperatriz con preocupación, y algo de miedo.

Long-ning se asomó rápidamente a afuera, y logró ver a los asaltantes atacando a los guardias, y algunos intentando ingresar a los otros carruajes. Eso era justo lo que se estaba temiendo.

– Aguarde aquí, majestad. – Le indicó con firmeza, y rápidamente saltó hacia afuera del carruaje, antes de que Ting-Ting pudiera decirle algo.

Long-ning cerró y aseguró rápidamente la puerta del carruaje. Un segundo después se dio cuenta de que había dejado su espada adentro, pero prefirió seguir sin ella. Miró rápidamente a su alrededor, analizando por completo la situación, e intentando contar a los atacantes. De manera rápida contó ocho, quizás diez. Sin espera, se dirigió con una grandiosa velocidad en contra del que estaba más cerca de ella y que se encontraba peleando con otro de los guardias. Llegó por su espalda, le barrió las piernas, y el asaltante cayó como piedra al suelo. Antes de pudiera entender lo que pasaba, o que pudiera mirarla siquiera, le dio un puñetazo directo en la cara, dejándolo totalmente desorientado y casi inconsciente.

No perdió más tiempo con él y de inmediato se dirigió al siguiente que vio al alzar su mirada. Se elevó en el aire de un largo salto, y giró sobre su cuerpo un par de veces para tomar impulso y rematar al asaltante con una patada directa en el costado izquierdo de su cabeza, haciéndolo tambalearse hacia un lado, y caer de sentón. Justo cuando los pies de Long-ning tocaron el suelo, lanzó otra patada, ahora recta, haciendo que la planta de su bota se estrellará contra su nariz, haciendo caer hacia atrás al suelo.

En ese mismo instante vio por el rabillo del ojo que otro se le acercaba por un lado, gritando y blandiendo su espada en el aire; ella ni siquiera pestañó. Se giró hacia él, y con ambas manos tomó la muñeca de la mano con la que sostenía la espada, y le aplicó una llave que hizo que su brazo se doblara, soltando su arma. Una vez desarmado, y sin soltar su muñeca, alzó su rodilla, golpeando boca y nariz con ella, y luego lo lanzó hacia un lado, haciendo que su cuerpo se estrellara contra uno de los carruajes y luego terminara en el piso, inerte.

El resto de los guardias estaban sorprendidos. Esa jovencita estaba haciendo alarde de sus habilidades, que la hacían famosa, además de ser la hija de Fa Mulan y Li Shang. Ya había dejado fuera de combate a tres de ellos, y sin su espada.

Miró entonces uno de ellos, con una bandana roja en la cabeza, dirigirse al área de equipaje, justo del carruaje en el que viajaba la Emperatriz Ting-Ting. Esto la alarmó y sin espera se abrió paso hacia él.

Jay sólo estaba concentrado en esculcar entre las cosas del equipaje. Había una maleta grande, que de seguro traía vestidos, o algo más. La tomó y la jaló con fuerza para bajarla, pero apenas y pudo atraerla un poco hacia él, cuando sintió que algo lo empujaba con tanta fuerza, que salió volando varios metros lejos del carruaje. Cayó de espalda al suelo, totalmente confundido y mareado, pero no tardó en ponerse rápidamente de pie, y buscar rápidamente a su atacante, la cual se encontraba de pie entre y él y el carruaje, mirándolo con intensidad mientras tenía sus brazos alzados frente a ella en posición de combate.

Al principio pareció confundido, en especial al darse cuenta de que era una chica. Pero no tenía tiempo de confundirse. Él también la miró de la misma forma, y también alzó sus puños al frente.

– ¿Crees que no golpearía a una mujer? – Le dijo con fuerza, e intentando ser lo más intimidante posible. Sin embargo, esa chica no se mutó en lo más mínimo.

– Creo que lo intentarías. – Le respondió Long-ning, con suma tranquilidad.

Jay comenzó a correr hacia ella, gritando. Le lanzó un golpe, y luego otro, y otro… quizás fueron seis o siete, pero ninguno la rozó siquiera. Esa chica se movía tan rápido, que parecía que no le costaba nada de trabajo esquivar sus golpes. Se movía de un lado a otro, y sólo lograba golpear el aire. Intentó también con una patada, pero no fue buena idea. La extraña, con un giro grácil hacia atrás, esquivó su patada, y luego tomó su pierna, aún suspendida en el aire, con ambas manos, y lo jaló con fuerza, lanzándolo lejos.

Incrédulo, el ladrón surcó el aire, chocando contra otro de sus compañeros, y ambos cayeron al piso. Su compañero se quedó tirado, pero él rápidamente se puso de pie, sólo para ver como la bota de la guardia se dirigía a su cara, y lograr esquivarla a último momento. De nuevo intentó golpearla con todas sus fuerzas, pero de nuevo ella los esquivó todos. Luego de unos cuantos segundos, Long-ning se abrió paso en su defensa, y logró golpearlo justo en el centro del pecho con su puño de derecho. Luego con un gancho a la mandíbula con su brazo izquierdo, y por último una patada directa en la boca del estómago, que lo empujó con fuerza hacia atrás, tumbándolo de espaldas al suelo. Y si acaso le quedaba algo de ganas de levantarse, el sentir de golpe la planta de su bota directo en su cuello, empujándolo con fuerza contra el piso, de seguro se las quitó.

Long-ning parecía calmada y serena, ni siquiera un cabello se le había desacomodado. Sin embargo, no había sido tan sencillo para ella como hubiera parecido para cualquier observador. En realidad ese sujeto no era mal peleador, y pudo cerciorarse de su fuerza, con tan sólo sentir el aire que agitaba al lanzar un golpe. De haberle dado aunque fuera uno sólo en el sitio correcto, quizás la hubiera derribado…

Miró a su alrededor. Para su sorpresa, el resto de los ladrones comenzaba a correr despavoridos hacia el bosque, con sus manos totalmente vacías. Quizás la caída de ese chico, que se atrevía a afirmar que de seguro era el más fuerte del grupo, los había asustado. Varios guardias iban tras de ellos, pero de seguro conocían mucho mejor los bosques que ellos; si no eran lo suficientemente rápidos, de seguro los terminarían perdiendo.

Al menos había capturado a ese.

– Long-ning, ¿estás bien? – Escuchó la voz de la Emperatriz a sus espaldas. Volteó a verla sobre su hombro, y notó que se había bajado del carruaje. Se alarmó al inicio, pero al menos ya había pasado el peligro.

– Nada de qué preocuparse, majestad. – Le respondió con firmeza, y esas palabras extrañaron al chico bajó su bota.

– ¿Ma… jes… tad…? – Murmuró Jay, aunque con la bota de esa chica en su cuello apenas y logra entendérsele.

Unos segundos después, escucharon el galope de varios caballos, que veían de más adelante en el camino. Eran cinco jinetes, portando armaduras blancas, y el estandarte de la rosa y la espada, el escudo de armas de Austrix. Lo más seguro era que se trataba de alguna patrulla. Los jinetes se detuvieron justo frente a la caravana, y tres de ellos bajaron de inmediato de sus caballos y se les acercaron.

– ¿Está todo bien? – Les cuestionó uno de los caballeros, viendo a los guardias heridos que poco a poco se iban levantando.

Long-ning retiró su bota del cuello de Jay, el cual al fin pudo respirar con normalidad.

– Este sucio ladrón se atrevió a atacar el carruaje de la Emperatriz Ting-Ting, regente de Chin. – Informó la guardia con tono solemne a los caballeros.

Jay alzó su mirada, incrédulo ante lo que acababa de escuchar.

– ¿Empera…? – Volteó a ver cómo pudo a la mujer que había bajado del carruaje, y que miraba todo desde una distancia segura. Su elegante peinado, ropas y joyas… definitivamente debía de serlo. – Oh, ¡maldito seas, Derek!

Long-ning y otro de los guardias de Chin, lo tomaron de los brazos y lo alzaron, para luego empujarlo de forma nada educada hacia los caballeros, que lo tomaron rápidamente también de ambos brazos para evitar que pensara siquiera en escapar.

– Había más que con él, pero todos corrieron como perros cobardes.

– ¿Ah sí? Déjame verte, gusano.

El tercer caballero se le acercó, tomándolo del rostro con una mano para verlo, mientras los otros dos lo sujetaban.

– ¡Capitán! – Exclamó con fuerza, mirando a uno de los hombres que se había quedado en su cabello, y usaba un uniforme diferente a los otros. – Este sujeto cumple con la descripción de los otros asaltos.

El capitán, un hombre de abundante bigote rubio, al igual que su cabello corto, bajó entonces de su caballo, y se les aproximó para poder ver también al aprehendido. Complexión fornida, piel morena, cabello negro y largo, con ropa colorida. Habían recibido varios reportes de asaltos y robos por esa área; esa misma mañana, habían robado varias cosas en el mercado del pueblo. Y la descripción de los testigos concordaba por completo con la de ese chico. Parecía que tenían a su hombre.

– ¿Dónde están tus compañeros? – Le cuestionó con fuerza, con un tono grave y agresivo. – ¿Quién te ayudó?

– Tu mamá. – Le respondió el asaltante con total indiferencia.

El caballero, sin esperar siquiera una orden de su capitán, le lanzó un puñetazo directo a su estómago como castigo por su falta de respeto. El chico gimió de dolor por el golpe, y hubiera caído al suelo de rodillas, sino fuera porque los soldados lo seguían sujetando.

– Por favor, ¿es necesaria tanta violencia? – Exclamó la Emperatriz Ting-Ting, haciendo el ademán de querer acercárseles más. Sin embargo, Long-ning se adelantó a colocarse frente a ella, y evitar que diera algún otro paso hacia ellos.

– Majestad, dejemos que las autoridades de Austrix se encarguen de este hombre. – Le suplicó la joven guerrera, e inmediatamente después comenzó a guiarla de regreso a su carruaje; ella no opuso mucha resistencia.

– No se preocupen. – Exclamó el capitán, con orgullo. –  Este chico no verá la luz del sol en mucho tiempo. Ahora camina, gusano.

Los soldados comenzaron a arrastrarlo hacia sus caballos. Cómo aún no se había recuperar del golpe recibido, Jay no pudo hacer mucho para resistirse.

Long-ning echó un último vistazo a aquel extraño, mientras se lo estaban llevando. Era realmente un sujeto diferente, pudo verlo en sus ojos y en su forma de pelear. Además, podría haber intentado atacarla con un cuchillo o una espada, pero prefirió enfrentarla cuerpo a cuerpo. ¿Qué asaltante hace eso? Y por último, parecía que su intención era directamente robar el equipaje, no ir tras la Emperatriz; se atrevería a decir que ni siquiera sabía que ella estaba ahí.

Pero no importaba; un ladrón era un ladrón, fuera el caso que fuera, y debía ser castigado.

Llevó a la emperatriz a su carruaje, y luego se apresuró a ayudar a los otros guardias, a atender a los heridos, y a intentar retomar el camino lo más rápido posible; ese incidente ya les había quitado demasiado tiempo.

– – – –

Al final, fue Jafar quien terminó sentado en una de las cajas de la tienda, debido a las fuertes impresiones que le ocasionó lo que Cora acababa de confesarle. Se encontraba pensativo, y tenía su rostro fijo en el suelo, con su mano derecha sobre su barbilla. Cora permanecía de pie delante de él, aguardando a que tuviera algún tipo de reacción real o tangible, pero no parecía que la fuera a tener pronto.

– ¿Qué ocurre? – Murmuró, sarcástica. – ¿Te comió la lengua la serpiente?

Jafar alzó su mirada y la volteó a ver con molestia.

– ¿Todo eso que acabas de decir… es verdad? – Le cuestionó con firmeza.

– Totalmente. – Le respondió Cora, asintiendo.

Jafar se paró de la caja y comenzó a andar de un lado a otro con pasos cuidadosos. Seguía viendo hacia el suelo, y parecía seguir meditando, intentando analizar todo ese asunto, asegurándose de que no se le pasaba ninguna implicación.

– ¿Aladdin y los otros Reyes lo saben?

– No lo sé. – Le respondió la mujer de rojo, encogiéndose de hombros. – Pero si tuviera que adivinar, diría que no.

– ¿Cómo sé que no me estás mintiendo? Ni siquiera me consta que realmente seas quien dices ser. Ni Regina, ni Rumpelstiltskin, ninguno jamás te mencionó, ni una sola vez.

– Ya me estoy cansando de esto. – Comentó la mujer, algo fastidiada. – Uno esperaría más cooperación de su parte cuando lo único que quiero es ayudarles. Pero, como quieras.

Sin espera, Cora se giró sobre sus propios pies e hizo el ademán de comenzar a caminar hacia la puerta. Sin embargo, no dio siquiera dos pasos…

– Espera un segundo. – Escuchó como el hombre a sus espaldas pronunciaba con fuerza; esto la hizo volver a sonreír, sin voltear a verlo.

Jafar se sentía confundido. En verdad no tenían ni la más remota idea de si lo que esa mujer le decía era cierto o no. Pero había algo que sí sabía: lo que le acababa de decir… tenía bastante sentido.

– Supongamos que te creo. – Comentó. – ¿Qué es lo que quieres de mí exactamente? Cómo puedes ver, sin mi magia… No tengo mucho que ofrecer.

Extendió entonces sus brazos a sus lados para que ella posara sus ojos en todo ese deprimente lugar; sí, como si no lo hubiera visto ya suficiente en el tiempo que llevaba ahí.

– ¿De ti? – Bufó, irónica. – De ti no quiero nada. Es a tu hijo a quien requiero.

El rostro de Jafar se llenó de una abrumadora sorpresa, una reacción mucho más notable que cualquiera de las que hubiera tenido durante esa tarde; a Cora se le apetecía un tanto exagerada.



– ¿Cómo sabes de mi hijo? – Murmuró con seriedad, y de nuevo sonando más como una orden que una petición.

– ¿Qué era acaso un secreto? Igual creo que ya he dicho muchas veces que no importa cómo es que sé las cosas… Solamente que las sé. ¿Quién es su madre?, por cierto.

– Nadie que valga la pena mencionar. – Soltó de manera seca. – ¿Qué quieres con él? Es sólo un chico impetuoso y torpe, con más músculo que cerebro.

– Vaya, fuerte competidor para el padre del año. Es obvio que no eres ni remotamente consciente de su propio potencial, ¿verdad?

– ¿Cuál potencial? – Exclamó incrédulo.

– Yo no soy la única Maga Negra que aún tiene sus poderes. Quieras creerlo o no, Evie y Mal son hijas de Regina y Maléfica respectivamente. Mi hija perdió su magia, y Maléfica, hasta donde se sabe, está muerta. Pero sus dos hijas no fueron afectadas por el conjuro del Hada Azul, y ambas aún poseen una poderosa magia negra en ellas.

Jafar pareció sorprendido… pero en realidad no tanto. En cuando vio a esa joven de cabellos morados a los ojos, sintió una extraña sensación, una presencia poderosa que sólo había percibido en presencia de la propia Maléfica. Había concluido que era imposible, pero tras ver la magia de Cora y escuchar su afirmación, todo parecía encajar mejor.

– ¿Cómo es que ocurrió eso?

– Es bastante lógico, si lo piensas bien. El conjuro los afectó a ustedes, pero no a su descendencia, al parecer. Así que…

– Así que piensas que Jay también puede tener magia… Al ser mi hijo. – Completó Jafar antes de que ella lo hiciera. – De eso se trata, ¿no?

– Que perspicaz. Pero sí, y hay dos precedentes allá afuera que demuestran que ello es más que posible.

El hombre de Ágrabah soltó de pronto una pequeña risa sarcástica. Desde que Cora había cerrado la puerta con magia, se había prácticamente olvidado de su botella de licor. Sin embargo, en ese momento dio un largo trago de manera más despreocupada, como si ese tema no le provocara el menor interés. A Cora todo ello le pareció extraño… ¿A qué se debía esa reacción tan repentina?

– ¿Algo te molesta? – Comentó la mujer, mientras observaba sus actos.

– Nada que te incumba. – Respondió de forma inhibida. – Lamento que hayas hecho el viaje hasta acá, pero pierdes tu tiempo. ¿Crees que no hubiera notado ya si mi hijo tiene o no algo de magia?

– Quizás si te hubieras fijado mejor en los de seguro cinco minutos al día que estás sobrio. – Comentó la mujer, viendo de reojo las botellas vacías a sus pies. – Pero bien sabes que no todos nacen demostrando sus habilidades mágicas por sí solos. Unos nacen con el talento innato, y otros necesitan entrenamiento.

– ¿Y tú lo vas a entrenar?

– ¿Quién más?

Jafar volvió a sentarse unos momentos en la caja, y volvió a dar otro trago de su botella. De nuevo se le veía pensativo, pero ya no tan confundido o ansioso como antes. ¿Sería que ya había digerido por completo ese asunto? ¿O era acaso que su mente se encontraba enfocada en otra cosa?

– Entonces, tu plan es usar a estos chicos y su supuesta magia, para obtener esa varita. ¿Es así?

– Si pudiera hacerlo yo sola, no estaría aquí. Y una vez que tenga la varita en mis manos, revertiré el conjuro y todos volverán a tener su magia, y podrán vengarse todo lo que deseen. No me vas a decir que eso no te atrae, ¿o sí?

De nuevo, unos instantes de silencio. Cora notó que Jafar movía su dedo contra la superficie de la botella. ¿Una discreta señal de ansiedad?, ¿de nervios quizás?

– ¿Y si te equivocas? – Comentó de pronto el hombre. – ¿Y si Jay en realidad no tiene nada de magia cómo crees?

– Alguna utilidad le encontraré. Más que a ti, eso es seguro.

Jafar la miró de reojo, nada divertido por su comentario, pero no precisamente molesto.

¿Cuánto había dormido esa última vez? Aún había sol afuera, pero parecía que ya era más de media tarde. ¿Dónde estaba Jay? ¿Ya habría llevado acabo el dichoso golpe del que tanto había hablado? ¿Cuánto se tardaría en volver?

– – – –

Evie extendió su mano derecha frente a ella, y con un movimiento de su muñeca, su palma quedó hacia arriba, y una brillante bola de fuego se materializó sobre ella, danzando sobre sí misma, pero manteniéndose en un tamaño reducido. Mal, quien estaba parada justo a su lado, vio la flama con asombro. La joven de cabello azul la lanzó hacia su otra mano, y la esfera dibujó un arco en el aire, hasta quedar suspendida sobre su otra palma. Repitió lo mismo unas cinco veces más, pasándosela de una mano a otra con notoria facilidad; en su rostro se dibujaba una amplia sonrisa, como si ello le divirtiera.

– Increíble control. – Comentó Mal sin salir aún de su asombro.

– Gracias. – Le respondió Evie, complacida por sus palabras. – Se supone que esto es algo avanzado, pero mi madre dijo que era mejor que fuera lo primero que aprendiera. Que me sería útil.

Extendió entonces con fuerza su mano hacia el frente, y la bola de fuego salió disparada de su mano en línea recta, chocando contra una de las tres botellas de licor vacías que habían colocado sobre un tronco cortado, y haciendo que esta volara en pedazos, y dejando las otras dos completamente intactas. Eso volvió a sorprender a Mal; antes de ese momento, había considerado a su compañera de viaje como una enclenque insignificante a la que podría vencer con un dedo si era necesario, pero al parecer era de mucho más cuidado de lo que pensaba.

– ¿Entonces tú madre te enseñó a hacer eso?

– Me enseñó de todo. Magia, literatura, matemáticas, modales, elegancia, estilo y liderazgo. – Alzó ahora ambas manos, y una bola de fuego se materializó en cada una. – Ya verás, al final de todo esto… Yo seré… La Reina.

Lanzó ambas bolas de fuego al mismo tiempo al frente, haciendo que las dos botellas restantes fueran destruidas al igual que la primera.

– ¿La Reina de qué?

– De todo, obviamente.

Mal soltó una ligera risilla.

– Sí que aspiras alto.

– Es mi derecho. – Comentó Evie con notoria naturalidad. Se acomodó sus cabellos con mucho cuidado, pues un par de mechones se habían salido de lugar por lo que acababa de hacer. –  Blanca Nieves y su manada de ladrones usurparon el trono que le pertenecía a mi madre, y la despojaron de toda su magia. Yo voy a recuperar todo lo que le pertenecía, y los haré pagar por lo que hicieron.

Mal se encogió hombros, pero no dijo nada. De seguro muchos estarían en desacuerdo con esas palabras, sobre todo la parte en la que Blanca Nueves y su “manada de ladrones” usurparon el trono de la Reina Malvada. ¿Pero quién era ella para opinar de eso? Sabía realmente poco del tema, y lo que sabía era la versión de los vencedores, y esa siempre es su favor, ¿no? Y aparte, ahora era una villana… o algo así; debía de acostumbrarse a ondear su bandera y estar de acuerdo con su nuevo equipo.

Pero hubo algo más que llamó la atención de la Hija de Maléfica. Aunque ya habían dejado muy claro que Cora era la madre de la Reina Malvada, y que Evie era a su vez su hija… En realidad ninguna había hablado mucho sobre ella. Incluso cuando aquel hombre en la tienda preguntó por ella, Cora respondió con evasivas. Teniendo ambas su magia, era claro que de alguna forma todo ese asunto se trataba de regresarle su magia a ella.

Entonces, ¿dónde estaba en estos momentos? No se lo había preguntado antes, pero la forma en la que Evie la había mencionado, la había hecho pensar en ello. Lo último que sabía de la Reina Malvada, es que huyó justo después de que el Hada Azul lanzara su hechizo, y en veinte años nunca la han encontrado.

– Sí… por cierto, me preguntaba – Comenzó a murmurar con el mayor tacto que le era posible. – si haces esto por tu madre, y supongo que es así, ¿por qué es la señora alegría la que te acompaña y no ella?

El último comentario lo hizo señalando con su cabeza hacia la tienda de empeños, indicándole sin lugar a duda que se refería a Cora.

Evie se sobresaltó un poco al escuchar tal pregunta, pero luego su expresión se tornó seria… quizás lo más seria que a ella le había tocado verle en el corto tiempo que la conocía. Volteó a ver de nuevo en dirección al tronco, y a los pedazos de botella sobre él, aunque en realidad no veía nada en especial.

– Es… complicado. – Murmuró algo insegura de su propia respuesta.

– Claro, siempre lo es, ¿no? – Comentó Mal, seguida de una pequeña risilla, como si intentara inconscientemente aligerar el ambiente, pero no había tenido mucho éxito; la expresión de seriedad de Evie, permanecía estática, y su vista fija al frente.

– Concentrémonos en esto, mejor. – Murmuró la joven peliazul con algo de frialdad en su tono, lo cual desconcertó aún más a Mal.

Evie cerró los ojos unos momentos, respiró lentamente un par de veces, y luego volvió a sonreír, aunque con menos intensidad. Avanzó con pasos cautelosos hacia el tronco, y colocó otras tres botellas vacías alineadas, justo como las tres que ella acababa de destruir.

–  Ahora, sólo apunta y dispara. Intenta derribar la botella del centro, sin tocar las otras dos.

Mal se sentía un poco dudosa de qué responder a esa petición. El cambio tan drástico de humor de su acompañante aún la tenía un poco confundida, pero rápidamente intentó recuperar la compostura. Fuera lo que fuera, no era de su incumbencia, y no quería, y aparentemente ni debía, preguntar más.

Evie volvió a su posición original, de pie a su lado, saliendo del rango de tiro. Mal, abría y cerraba sus puños, mientras miraba fijamente las botellas delante de ella. Sin embargo, no lograba sentir ese cosquilleo en la punta de los dedos que normalmente le servía de presagio de que su magia saldría.

– Nunca lo he controlado del todo. – Murmuró con un poco de frustración. – A veces sale cuando quiero, otras veces sólo cuando se le antoja. Es más fácil cuando estoy en peligro o algo así.

– Tiene sentido. – Señaló Evie. – Mi madre y mi abuela dicen que la magia blanca se basa en paz, serenidad y concentración. Pero la magia negra reacciona en base emociones.

– Grandioso, me encantan las emociones. – Masculló Mal, sarcástica.

– Sólo déjalas fluir, sin contenerte. Usa tu enojo como leña. Debes de tener bastante de eso, ¿no?

– ¿De enojo? En realidad no… Bueno, digo, claro que tengo mucho enojo, pero no en este mismo momento, ¿entiendes?

Evie asintió lentamente como afirmación. Llevó entonces una mano hacia su barbilla, y comenzó a meditar un poco al respecto. Sólo unos cuantos segundos después, chaqueó sus dedos para expresar que se le había ocurrido una idea.

– ¿Serviría si te piso el pie?

– ¿Qué?

Antes de que Mal pudiera reaccionar por completo, Evie llevó el tacón de su bota directo al pie izquierdo de Mal, y lo pisó con todas sus fuerzas.

– ¡Auh! ¡Ah! – Exclamó la pelimorada con fuerza, comenzando a saltar sobre su otro pie, mientras por mero reflejo tomaba el adolorido entre sus dedos.

– ¿Ya estás enojada?

– ¡¿Tú qué crees?! – Le gritó con marcada molestia, tanta que sus ojos resplandecieron un poco.

– ¡Grandioso! Ahora, déjalo fluir y dispara.

Mal tenía ganas de dejarlo fluir y disparar, pero no a las botellas precisamente. ¿Inconscientemente era eso algún tipo de venganza por preguntar sobre su madre? Logró tranquilizarse lo suficiente para no usar a su acompañante para tiro al blanco, y en su lugar volvió a centrarse en las botellas al frente. Volvió abrir y cerrar sus puños consecutivamente. Aunque parecía absurdo en un inicio, ese hormigueo que tanto esperaba al final sí se volvió presente. Sus manos se cubrieron de sus características flamas verdes, y entonces las jaló hacia el frente. Una intensa llamarada brillante y verdosa salió dispara en dirección a las botellas… sin embargo, era bastante, bastante más grande de lo esperado…

La enorme bola de fuego no sólo destruyó la botella del centro, y de paso las otras dos, sino incluso destruyó el tronco cortado, dejando en su lugar sólo cenizas, y llamas verdes que cubrían el suelo en el sitio preciso en el que se encontraba anteriormente, y que amenazaban con empezar a propagarse pronto por la hierba.

– ¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! – Exclamó Evie alarmada, y se aproximó rápidamente hacia las llamas.

La peliazul alzó sus manos y comenzó a moverlas en círculos. Ante los ojos de aún una sorprendida Mal, justo sobre a las llamas comenzó a formarse lo que parecía ser una pequeña nube grisácea, y un segundo después cayó una pequeña llovizna que poco a poco fue apagando el fuego antes de que se propagara.

– Creo que fue demasiado enojo. – Comentó con un tono irónico.

Mal resopló con molestia y se cruzó de brazos. Ya se lo había dicho, nunca había aprendido a controlarlo por completo. Pero al menos cuando salía, salía con fuerza, y era lo que le bastaba para acabar con quien quisiera hacerle daño.

Quizás, de haber tenido una madre que le explicara ese tipo de cosas, tal y como la tuvo ella…

De pronto, algo llamó la atención de las dos jóvenes. Ambas vieron acercarse por el camino a dos personas, y venían corriendo con gran rapidez en dirección a la tienda. Evie disipó rápidamente la nube de lluvia que había formado, pero igualmente ellos parecían tan concentrados en lo suyo, que ni siquiera las voltearon a ver. Eran dos chicos, y los dos se veían alarmados, e incluso hasta asustados. Se dirigieron de inmediato a la puerta, y ahí los perdieron de vista.

– ¿Qué habrá pasado? – Comentó Evie, volteando a ver a Mal, la cual simplemente se encogió de hombros.

Lo que fuera, parecía haber sido grave. Empujadas por la curiosidad, se dirigieron rápidamente de regreso a la tienda.

– – – –

– ¡Señor Berak! – Exclamó el primero de los jóvenes, al entrar azotando la puerta con fuerza.

Ambos se detuvieron a un par de metros de la puerta, y se apoyaron en sus rodillas mientras intentaban recuperar el aliento. Jafar y Cora voltearon al mismo tiempo a verlo, algo extrañados pues habían prácticamente aparecido de la nada. A Cora no le eran familiares en lo absoluto, pero a Jafar sí; era dos de los tantos vagos que su hijo tenía como amigos.

El dueño de la tienda se les aproximó de manera cautelosa. Normalmente estaría furioso de que entraran de esa forma tan escandalosa a su local. Sin embargo, su cabeza seguía dando vueltas por todo lo que acababa de hablar con esa mujer, por lo que era incapaz de razonar y reaccionar como era debido.

– ¿Qué pasa?, hablen. – Les exigió con apuro.

Los chicos tardaron un rato más en poder recuperarse por completo y poder hablar. En ese lapso, Evie y Mal aparecieron en la puerta de la tienda, asomándose hacia adentro para verificar qué estaba ocurriendo.

– Es Jay. – Masculló el primero de ellos en cuanto pudo. – El asalto salió muy mal. Se lo llevaron los guardias.

El rostro de Jafar se llenó de asombro al escuchar esas palabras; con toda esa conmoción, prácticamente había olvidado por completo ese tema.

– ¿Asalto? – Murmuró Cora, al principio confundida, pero luego aparentemente divertida. – ¿El gran Jafar, rebajado a usar a su propio hijo como ladronzuelo cualquiera?

– ¿Jafar? – Murmuró uno de los chicos, mirando de reojo al otro, quien simplemente se encogió de hombros.

Evie y Mal alcanzaron a escuchar esa noticia. Jay era el nombre de la persona que habían ido a ver, ¿no?

Jafar, por su parte, parecía algo sumido en sus pensamientos. Estuvo quieto por un rato, antes de al fin reaccionar. Se dirigió apresurado al fondo de la tienda, y comenzó a esculcar con apuro en un baúl, hasta que sacó de éste una larga cimitarra, que parecía lo más limpio en todo ese lugar.

– ¿Y qué piensas hacer con eso exactamente? – Cuestionó Cora con un tono irónico.

– Recuperar a mi hijo, ¿qué más?

– Oh, ¿entonces sí te importa después de todo?

Jafar prefirió ignorarla, y comenzó a avanzar apresurado hacia la puerta.

– ¿Quieres mi ayuda? – Le preguntó la mujer de rojo, justo cuando pasaba a su lado. El antiguo visir se detuvo un par de pasos después, pero permaneció dándole la espalda.

– No creo que me convenga pedirla.

– ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo? – Se encogió de hombros, mientras sonreía ampliamente con prepotencia. Jafar la volteó a ver sobre su hombro, con una mezcla de sentimientos en el rostro.

– – – –

Los guardias habían amarrado las manos de Jay a la montura del capitán, y lo llevaban casi arrastrando por el camino de tierra de regreso al pueblo. No disfrazaban en lo más mínimo que disfrutaban el trato que le estaban dando, aunque Jay parecía haber decidido por permanecer sereno, como si intentara fingir que no le importaba en lo más mínimo lo que le fuera a la pasar.

O, quizás, ¿no era fingido?

– Qué chico tan engreído. – Comentó uno de los guardias, al notar como los miraba.

– Y tonto. – Agregó otro de ellos. – ¿A quién se le ocurre asaltar la comitiva de uno de los regentes de los Siete Reinos, con sólo un puñado de chiquillos aficionados?

Todos rieron con gran fuerza al unísono; claro, todos menos Jay.

“Alguien bastante tonto”, pensaba el joven ladrón para sí mismo.

No podía creer que enserio hubiera terminado asaltando la caravana de la Emperatriz de Xing, ¡y sin siquiera saberlo! Juraba y re juraba que mataría a Derek en cuanto lo volviera a ver. Claro, primero tenía que salir de eso, si es que realmente había alguna salida.

No muy lejos de ahí, de hecho justo en una colina sobre sus cabezas, un torbellino de humo morado se materializó de pronto, subiendo desde el suelo hasta desvanecerse, y dejando en su lugar a cuatro personas: Cora, Jafar, Evie y Mal. Éstas últimas parecían realmente sorprendidas en cuanto el humo se disipó, y pudieron ver el escenario en el que se encontraban.

El rostro de la peliazul se llenó un instante después de entusiasmo.

– ¡Increíble! – Exclamó con fuerza, aunque luego se tuvo que tapar a sí misma su boca al darse cuenta que había alzado demasiado la voz.

Mal, por su lado, se encontrada desconcertada, incrédula de que en un parpadeo hubieran estado en esa vieja tienda de empeños, y al siguiente estuvieran ahí, sin siquiera haber dado un paso.

– ¿Realmente… nos transportamos con magia? – Murmuró, incapaz de salir de su asombro. – ¿Podemos transportarnos con magia?

– Yo sí. Tú, lo dudo. – Le respondió Cora, soberbia.

La mujer de rojo avanzó hasta colocarse a la orilla de la pendiente. Extendió su mano derecha, materializando en otra nube de humo morado, un largo catalejo, el cual acercó a su ojo derecho, y lo usó para enfocar al grupo de guardias que pasaban en el camino debajo de ellos; aunque claro, su atención estaba más centrada en el prisionero que traían consigo.

– ¿Ese es tu hijo? – Murmuró, sorprendida al ver el rostro y complexión del muchacho. – Ja, no parece que haya heredado de ti esa guapura.

Jafar no respondió nada, aunque su mirada seguía igual de dura y penetrante, y el comentario no pareció causarle gracia.

A quien al parecer el comentario de Cora sí llamó gravemente su atención, fue a Evie, que en cuanto la escuchó, estiró el cuello como una gacela que acababa de escuchar un fuerte ruido.

– ¿Guapura? – Exclamó emocionada, acercándose hacia el costado de Cora. – ¿Puedo ver?

– No. – Le respondió, sin embargo, su abuela, frustrando un poco sus intenciones.

Mal tuvo ganas de soltar una pequeña carcajada, a causa de la gracia que esa escena le provocó, pero se contuvo con fuerza.

–  ¿Y entonces qué? – Comentó la joven de cabello morado, intentando transmitir seriedad en su tono. – ¿Cuál es el plan? ¿Les arrojaremos fuego, los hará explotar o los convertirá en galletas?

– Nada de eso. – Respondió Cora con recato. – Recuerden que debemos de ser cuidadosas con cómo usamos nuestra magia frente a los demás. No quiero gastar de más mi polvo de memoria, así que tendremos que hacerlo con un enfoque más discreto.

– ¿Discreto cómo qué? – Cuestionó Evie, curiosa, a lo que Cora sonrió complacida.

– Miren y aprendan.

La hechicera chasqueó sus dedos, y desapreció en otra cortina de humo ante sus ojos.

– ¿Y a dónde fue? – Preguntó ahora Mal, y ambas chicas se viraron hacia Jafar, en buscar de alguna respuesta. Sin embargo, el hombre moreno simplemente miró a otro lado, con hastío.

Mal y Evie no estaban seguras de qué hacer ahora, pero les habían dicho que miraran y aprendieran, así que simplemente se quedaron ahí de pie, siguiendo al grupo de guardias por el camino con sus miradas, y aguardando…

FIN DEL CAPITULO 05

Notas del Autor:

Lonnie está basado principalmente en su personaje de la película de Descendientes, pero tiene algunas ligeras diferencias. Su personalidad tendría matices similares a la vista en la película, pero decidí darle un toque más serio bajo ciertas situaciones. Igualmente el personaje se enfocará un poco más en su relación con sus padres. El nombre Long-ning con el que la llaman en este capítulo, se lo agregué para que concordara más con su origen, y sería en esta historia su nombre real, siendo Lonnie el apodo con el que la llamarían el resto de los personajes. El peinado descrito de cabello negro y corto, es su peinado original, antes de que Mal en la película se lo cambiara.

Tin-Ting está basada en la hija mayor del Emperador en la película Animada de Mulan 2, igualmente su relación y opinión con el personaje de Mulan.

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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