Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 01. Una Fría Primavera

11 de febrero del 2017

NOTAS PREVIAS:

WingzemonX:

Hola a todos, ¿cómo se encuentran? El día de hoy les traigo una historia especial, que estaré realizando en conjunto con mi compañera, prometida y coautora favorita, Denisse-chan, en la que será mi primera intrusión a este curioso Fandom (si se le puede llamar de esa forma), que muchos llaman The Big Four o The Big Six dependiendo del caso. Desde hace tiempo me llamaba la atención ésta idea de juntar estos diferentes personajes en una historia conjunta, pero creo que fue hasta que ya me vi las películas de todos (tardé un poco en ver Tangled o Enredados) en la que comencé a comprender por completo la idea en mi cabeza. Aun así pasó mucho tiempo antes de que diera con la idea correcta a realizar, y fue gracias  Denisse-chan, quien está más metida que yo en estas historias como lectora, que pude formar la historia que les traemos a continuación, y que espero disfruten.

Como es costumbre, antes de comenzar agregaré algunos puntos importantes que aclarar para que todos estemos en la misma línea:

  1. La historia se basará únicamente en las siguientes películas:

“Brave” de Pixar

“How to train your Dragon” y “How to train your Dragon 2” de Dreamworks

“Tangled” de Disney

“Rise of the Guardians” de Dreamworks

“Frozen” de Disney.

Para efectos prácticos, se omitirá de esta historia acontecimientos o personajes de materiales relacionados, pero externos a éstas, como pueden ser series, cómics o cortos adicionales. Al menos de momento. Si más adelante vemos o consideramos que hay algo o alguien adicional que se pudiera agregar a la historia, podría darse el caso, y se especificaría entonces.

  1. Como se menciona en el resumen, esto se podría considerar un Semi Universo Alterno, pero el grado del mismo varía de una película a otra. En su mayoría, se respetarán los acontecimientos de sus respectivas películas, pero con algunos cambios que hayan sido necesarios. Para cada caso se hará la especificación de dichos cambios, cuando sea necesario.
  2. Para esta historia, estamos colocando a los personajes en el mismo mundo, y en el mismo tiempo. Pese a que en las películas existe el debate, de si cierto reino se ubica en cierta parte real de nuestro mundo, o si es un mundo alterno o paralelo, etc., en esta historia hemos decidido colocar a todas las historias en el mismo mundo, un mundo alterno al nuestro, en el que los diferentes reinos vistos en las diferentes películas existen al mismo tiempo. El caso de Rise of the Guardians es un caso especial, pero conforme se avance en la historia, se irá aclarando cómo es que encaja con todo lo demás.

De mi parte creo que es todo lo que hay que aclarar. Esperemos que disfruten la historia, que quizás no vaya a ser tan larga (quizás sí, siempre mis predicciones parecen errar), pero que tendrá mucho corazón en ella. ¡Nos vemos!


Invierno Eterno - Capítulo 01. Una Fría Primavera


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 01
Una Fría Primavera

El sol ya se había comenzado a asomar sobre las montañas hace un par de horas, pero realmente se sentía muy poca diferencia, debido al cielo mayormente nublado que apenas dejaba pasar algo de luz. Las copas de los árboles amanecieron otra vez cubiertas de blanco, como si fuera el glaseado de un delicioso pastel; los prados también tenían una ligera capa de nieve sobre ellos. Hace apenas unos minutos, de hecho, había comenzado a nevar de nuevo, pero muy levemente en comparación con la noche anterior.

Las aguas amanecieron bastante tranquilas. Al menos tres barcos pesqueros descansaban anclados en el pequeño puerto al pie del peñasco, pero ninguno parecía estar preparando para salir al mar. ¿Cuál sería el propósito? A como había estado el clima los últimos días, podría soltarse una tormenta en cualquier momento. Además, cada día parecía que picaran menos peces; de seguro ya casi todos habían emprendido el viaje en busca de aguas más cálidas, pero… ¿habría acaso aguas más cálidas en algún sitio?, muchos en la gran ciudadela al pie del viejo castillo de DunBroch, se preguntaban eso, aunque casi siempre en susurros pequeños, como si temieran alzar de más la voz al hablar sobre ese tema.

Las azoteas de los edificios y las calles de la ciudadela amanecieron también con sus respectivas raciones de nieve. Algunos guardias fueron instruidos para despejar las callejas con sus palas y darle mejor movilidad tanto a los caballos como a las personas, ¿pero qué objeto tenía? Estaba volviendo a caer nieve, y de seguro en unas cuantas horas, todo volvería a como estaba en un inicio. Se había vuelto una tarea casi frustrante.

Hacía frío, por supuesto que lo hacía. No era el clima más extremo que hubiera sufrido la región, pero era el suficiente como para que las personas tuvieran que usar sus abrigos gruesos al salir de la calle, y para que sus alientos fueran visibles al respirar durante su andar. En el interior de las casas, resultaba bastante incómodo pasar aunque fuera una hora sin tener el fogón o la chimenea encendida. La necesidad por madera iba en aumento, pero al menos eso era algo que aún abundaba por ahí.

Aunque la descripción del día pudiera sonar tormentosa, lo cierto es que los ancianos podrían incluso reírse de ello, y recordar inviernos mucho más crueles. De hecho, la mayoría de las personas de ese extenso reino, podrían llamar a ese jueves en especial como un muy agradable día de invierno.

El problema venía siendo… que no era invierno. Era primavera, casi finales de primavera de hecho.

Ni en los años más extremos que recordaran los más ancianos, uno podría mencionar un fenómeno como ese. Para esas horas en épocas pasadas, ya debería de estarse sintiendo el agradable calor de la mañana, no esa gélida sensación que te provocaba el asomar tu cabeza por la ventana. Para esos días del año, todos los prados deberían de estar verdes, frondosos y brillantes, y los árboles completamente florecidos. Las aves migratorias deberían ya de haber vuelto y cubrir el cielo con sus vuelos, en lugar de que lo hicieran esas nubes grises. Los animales ya deberían estar fuera de sus madrigueras, y los peces deberían estar nadando río abajo.

Pero no ocurría nada de ello, absolutamente nada.

No era como si la primavera se hubiera atrasado: era como si realmente no tuviera intención alguna de llegar jamás.

Había días como ese, en que el ambiente se sentía más agradable, y la gente comenzaba a creer por unos instantes que el clima cambiaría para bien. Pero al siguiente todo cambiaba, y sus ilusiones se rompían al sentir de nuevo como la temperatura volvía a bajar súbitamente. En aspectos generales, el clima no parecía mejorar, sino todo lo contrario: pareciera que cada día estuviera más frío…

No era algo que se concentrara sólo en ese punto. Toda la costa oeste de DunBroch parecía estar sufriendo de este extraño mal. Y, por lo que habían logrado investigar, sus reinos vecinos inmediatos sufrían exactamente de lo mismo. ¿Qué podría estar causando un fenómeno tan extraño? ¿Qué podría estar provocando que el invierno sencillamente no se fuera y en su lugar siguiera y siguiera?

Teorías había tantas como personas, pero sólo una resonaba con la fuerza suficiente para ser oída por todos, incluso entre susurros.

Fuera invierno, primavera, o cualquier otra estación, las tareas diarias de la servidumbre del palacio de DunBroch no tenían excusa de detenerse, y como cada mañana, los guardias, sirvientes y sirvientas, se levantaban muy temprano para realizar cada una de ellas. Sin embargo, entre las que más se habían complicado debido al extraño clima, era la realización de los alimentos, sobre todo los de la familia real. Ante la situación y la inminente escasez de comida, el Rey Fergus y la Reina Elinor ordenaron racionar la comida en todos los niveles incluyendo a los mismos regentes.

Sus majestades hubieran tenido la opción de moverse a otras tierras, más al este, en donde los rumores decían que el clima ya se había calentado. Pero ninguno aceptó. Incluso ante las quejas de sus propios hijos, decidieron quedarse ahí en su castillo, firmes y juntos. Pero era lo que se esperaría de Fergus y Elinor DunBroch. Ambos eran de familias guerreras que no se doblegaban ante ningún enemigo; ya fuera una mortal y peligrosa bestia del bosque, una horda de invasores, o como en este caso, un clima que casi rozaba en la locura.

Los pequeños príncipes trillizos, Harris, Hubert y Hamish, de casi ocho años cada uno, eran bastantes impacientes con la situación, como era de esperarse debido a su impetuosa y difícil de ignorar juventud. Ya era bastante difícil tenerlos encerrados en el castillo prácticamente todo el invierno, como para tenerlos aún más meses en la misma situación, y encima de todo tantos días seguidos comiendo tubérculos; en diferentes presentaciones, pero tubérculos aún así. La que también se presentaba bastante descontenta con la situación, mas no tenía la impetuosa juventud como excusa, era la hija mayor de los DunBroch, la princesa Mérida.

Mérida era una hermosa joven de más de dieciocho años, de cabello rojizo abundante y muy rizado. Tenía ojos grandes y brillantes como dos esmeraldas, rostro redondo, blanco y pecoso. Los últimos años, la mayor parte de su tiempo lo dedicó, intercalando con las inevitables lecciones de “Cómo ser una Princesa” de su madre; a actividades físicas como la cabalgata, la arquería, el combate con la espada y cuerpo a cuerpo, hacha, cacería, nado, alpinismo… Y todo ello había ido formando y tornando su cuerpo hasta darle una complexión atlética y fuerte, no muy común en una princesa, al menos no en ninguna que hubiera conocido, o si se basaba en lo que su madre le había llegado a enseñar al respecto.

Pero a nadie le sorprendía que la primogénita de los DunBroch hubiera crecido de esa forma. Pese a su estatus de Princesa Heredera, siempre había distado mucho de esa imagen. Desde pequeña era un espíritu libre y rebelde, que disfrutaba estar a la intemperie, sentir el aire contra su rostro o agitando su cabello, y explorar cada día un poco más lejos de casa. Es por ello que los meses de invierno, en los que le era imposible estar afuera tanto como a ella le gustaba, siempre eran los más aburridos. Y el hecho de que le hubieran alargado ese sufrimiento más meses era demasiado. Se sentía como león enjaulado, teniendo sólo unas cuantas horas de luz y calor suficientes para salir para luego tener que refugiarse de nuevo en el castillo; y ni hablar de la comida, que tampoco hacía precisamente mucho mérito para hacer todo ello más sencillo.

Esa mañana mientras el resto del castillo ya se encontraba comenzando su movimiento diario, la princesa Mérida se movía con rapidez para ponerse los atavíos que le faltaban mientras surcaba su enorme habitación, dicho espacio estaba repleto de figuras de madera de osos de un muro al otro. Todas éstas eran un gracioso, y a veces desagradable, recuerdo de aquel incidente de hace más de dos años. En un principio eran muchas más pero se encargó de regalar varias a cuanta persona se lo permitiera, otras las tenía guardadas en la bodega, y las restantes… bueno, estaban ahí haciéndole compañía. “Una princesa no malgasta o tira sus posesiones sólo porque sí. Y se hace responsable de sus decisiones”, le había dicho su madre en aquel entonces, al sugerirle simplemente deshacerse de todo ello. Estaba convencida de que era algún tipo de venganza o lección por lo sucedido. Con el tiempo se había llegado a acostumbrar a ellas.

No era que se acabara de levantar apenas; de hecho, ya llevaba algo de rato fuera de la cama. Si bien no se podía decir fuera una chica totalmente responsable, ya había comenzado a tomar costumbres que su madre intentó inculcarle desde hace un buen tiempo. Despertarse temprano era una de esas enseñanzas que se le quedó grabada. El problema eran todos los preparativos previos que debía de realizar antes de poder dejar sus aposentos, que ya de por sí eran varios en clima normales, pero en climas fríos como ese aumentaban aún más, sobre todo por toda la ropa que tenía que ponerse encima.

Primero una malla térmica para usar debajo de su vestido, para mantenerla caliente. Luego el incómodo, y aparentemente muy necesario según su madre, corsé, al que seguía un vestido azul celeste, y encima uno aún más abrigador, de tela gruesa y verde. Sacó su enorme mata de cabello que había quedado adentro de su ropa, y después tomó un gorro para cubrir su cabeza. Examinó con curiosidad el gorro en sus manos, antes de intentar ponérselo. Sin embargo su intento fue en vano, pues su voluminoso cabello no la dejaba usarlo, por lo que terminó descartándolo. Se colocó por último sus botas de invierno de piel y lana de oveja quedando lista al fin.

Se miró a sí misma en el reflejo de su espejo de cuerpo completo. Se veía abrigada, muy abrigada… Tanto que empezaba a darle algo de calor; irónico.

Mérida soltó un pequeño quejido molesto, y rápidamente se volteó hacia su ventana, donde lograba ver algunos copos de nieve caer. Nunca había odiado tanto la nieve en su vida.

– No tendría que usar esta absurda ropa que no me permite moverme como yo quiero, de no ser porque al invierno se le ocurrió durar más de la cuenta. – Masculló la pelirroja en voz alta, más como una queja exteriorizada que un comentario real.

Se acercó entonces hacia la ventana para abrirla de par en par, dejando que un poco de aire fresco se metiera a su cálida habitación. Fue una sensación realmente agradable… Al menos los primeros segundos.

– Princesa Mérida. – Escuchó en ese momento que la muy conocida voz de Maudie llamaba a la puerta. – Majestad, ¿ya está lista? Su madre y sus hermanos la esperan abajo para desayunar.

Antes de recibir alguna respuesta, la sirvienta de rostro redondo y cuerpo robusto, se tomó el atrevimiento de ella misma abrir la puerta y asomarse al interior. Muchos pensarían que esto era algo bastantes irrespetuoso de su parte, pero lo cierto es que las veces en las que habían ido a buscar a la Princesa a su habitación, y resultaba haber salido sin avisarle a nadie, no eran precisamente pocas. Por lo que de cierta forma, tenían cierto permiso implícito por parte de la Reina para tomarse ciertos atrevimientos de vez en cuando.

– ¡Princesa!, no debería de estar en la ventana, ¡podría enfermarse! – Exclamó Maudie, algo alarmada.

– Oh, vamos, Maudie. – Bufó la princesa con un tono juguetón haciendo énfasis en las vocales de su nombre. – Suenas exactamente como mamá. De seguro diría algo como: «Las princesas no deben enfermarse…”

Se esforzó para no soltarse riendo, aunque su comentario no le pareció del todo gracioso a la sirvienta.

Cerró la ventana en ese momento antes de caminar hacia el buró en donde se encontraba su arco y su estuche con flechas. Tomó ambos y se dirigió directo a la puerta, pasando de largo a Maudie para salir al pasillo andando así en dirección al comedor; Maudie la seguía desde atrás, con apuro para igualar su paso.

– ¿Qué hay de desayunar? Espero que sea algo caliente. Un caldo de pollo, quizás, o algo de jamón ahumado. ¡Por los Dioses!, mataría por comer algo de jamón en estos momentos.

– Ah, pues – Balbuceó Maudie, algo nerviosa. – … no. Son… rábanos hervidos otra vez, majestad.

Mérida se detuvo a un par de escalones del final de la escalera al escuchar tales palabras. Desde su posición, ya podía ver el comedor principal, en donde estaban su madre y sus tres hermanos sentados al pie de la mesa… Y el olor ya agobiante de rábanos inundó su nariz.

– ¡¿Rábanos?! ¡¿Otra vez rábanos?! – Exclamó entre atónita y molesta, tapándose el rostro con una mano. – ¡Debe de haber algo más!

– Lo sé, entiendo su disgusto, princesa. – Intentó disculparse la doncella, aún más nerviosa tras ese repentino arrebato. – Sabe que son órdenes de su padre. Pero… se los puedo preparar en una sopa, si gusta.

– ¡Daría exactamente lo mismo!

Mérida bajó las escaleras con rapidez, haciendo que las flechas en su espalda resonaran.

– ¡Maaaadreeee! –  Exclamó sin la menor intención de ocultar su fastidio, parándose justo en el extremo contrario de la mesa. – Esto ya es casi inhumano. ¿Cuándo podremos tener una comida decente que no se trate de rábanos o de patatas?

La Reina Elinor estaba sentada con su espalda recta y perfecta postura en una de las cabezas de la larga mesa rectangular. Era una mujer delgada, de porte muy fino y elegante. Tenía un rostro hermoso, que parecía volverse aún más con el pasar de los años, y un largo cabello castaño y lacio, completamente contrastante con el de su ella y el de sus hermanos. Su padre, el Rey Fergus, podría ser un hábil guerrero, capaz de dirigir hordas enteras a la victoria y conquistar hasta el más aterrador y enorme enemigo. Sin embargo, en los asuntos con respecto a dirigir un reino entero, y que no involucraban el uso de una espada o un hacha, su madre era la única y absoluta regente de DunBroch. Quizás no tenía la fuerza o habilidad para vencer en combate a un enemigo, pero su sola mirada era capaz de doblegar a cualquiera, y tenía una presencia que se imponía en cuanto entraba a una habitación. Es por ello que todos en el reino le tenían un tremendo respeto, incluidos, o más bien sobre todo, los Lores de los otros clanes.

Elinor estaba notoriamente tranquila en su asiento, con tenedor y cuchillo en mano, cortando tranquilamente los rábanos cocidos de su plato, e introduciendo pequeños pedazos en su boca. No pareció perder en lo absoluto la serenidad ante el muy claro descontento de Mérida con el menú de esa mañana, e incluso optó por ni siquiera alzar su mirada hacia ella y en vez de eso seguir concentrada en su desayuno.

– Buenos días, Mérida. – Murmuró la mujer con un tono tranquilo. – Te ruego que no hostigues más quejas sobre la comida, ya he tenido suficientes esta mañana.

Su atención se viró fugazmente a su diestra, hacia los tres pequeños de ocho años de cabello rojo y rizado, sentados frente a sus respectivos platos con cara de hastío, y limitándose a apenas picar los rábanos con sus tenedores.

– ¡Mérida tiene razón! – Exclamó Harris con molestia, haciendo que Elinor diera un pequeño respingo por lo abrupto que había sido. – ¡Esto es inhumano!

– ¡Yo quiero comer carne! – Añadió Hubert, chocando sus manos contra la mesa. – ¡Quiero carne!

Elinor respiró un par de veces intentando conservar la calma.

– Si el pueblo no come carne, sus reyes no comen carne. – Les respondió con tono realmente severo.

– Nosotros no somos reyes, somos príncipes. – Refunfuñó Hubert.

– ¿Recuerdan cuando comíamos tocino y huevo en los desayunos? – Comentó Hamish, moviendo su tenedor como si fuera un ave.

– Yo no recuerdo a qué sabe el tocino. – Lamentó Harris, chocando su frente contra la mesa, y haciendo que ésta temblara un poco.

Mérida soltó una pequeña risilla al ver la reacción de sus hermanos, pero rápidamente intentó recobrar la compostura, y mantenerse seria para poder recalcar su punto.

– Sí, bueno, te aseguro que la gente del pueblo no se atiene a comer sólo rábanos, madre.

– Ya se los he dicho muchas veces. Esto es sólo hasta que lleguen las provisiones del este. Cuando eso pase, podrán comer lo que les plazca.

– ¿Y cuánto tardarán esas supuestas provisiones?

– Tardarán lo que tengan que tardar. – Sólo hasta entonces Elinor alzó su mirada, casi fulminante a su hija, la cual inconscientemente se apartó un poco de la mesa al sentir sus ojos sobre ella, pero de nuevo intentó calmarse; no podía creer que aún a su edad, siguiera teniendo ese efecto en ella.

– Sé que es difícil encontrar algo qué cazar, ¡pero de seguro muchos lo han intentado y han tenido suerte! Te diré algo, saldré yo misma a intentar conseguir un ciervo o un conejo. – Sonrió entonces triunfante ante su propia sugerencia. – Así ninguno de mis queridos hermanos, y especialmente yo, tendremos que seguir comiendo verduras hervidas hasta morir.

– ¡¡Sí!! – Exclamaron los trillizos al unísono, alzando sus tenedores al aire. – ¡¡Mérida es nuestra heroína!!

Los tres comenzaron a gritar con fuerza, y sin el menor escrúpulo tomaron sus platos, con todo y sus rábanos, y los dejaron caer al suelo, haciéndose añicos. Este repentino acto de rebeldía y desobediencia, no hizo más que agravar el notorio mal humor de la Reina; incluso un pequeño tic nervioso comenzó a asomarse en su ojo izquierdo.

– Siempre tan… Cooperativa y comprensiva, querida hija. – Murmuró la Reina intentando disimular su enojo. – Sé que te encanta encontrar excusas para salir del castillo, pero no creo conveniente que lo hagas en estos momentos. Dicen que se viene una tormenta más al rato. Además, sabes que mañana llegan los Lores a la reunión urgente que le solicitaron a tu padre, y hay mucho que hacer aquí.

Mérida soltó un quejido de desgano, nada discreto. Había olvidado por completo la pronta llegada de los Lores al día siguiente. No era tanto la llegada de los señores de los otros tres Clanes lo que le causaba tan despectiva reacción, sino el hecho de que de seguro vendrían acompañados de sus “agradables” hijos: Roderick Macintosh, Gregor MacGuffin, y Wee Dingwall. Dos veranos atrás, los tres habían sido presentados como sus pretendientes, en busca de obtener su mano. Al final de todo ese asunto, se había resuelto que no se les impondría ningún compromiso, al menos de que ambas partes estuvieran de acuerdo con él. En otras palabras, hasta que alguno de ellos lograra, como había expresado Lord MacGuffin, “ganar su corazón, antes de ganar su mano”.

Mérida pensó que con eso bastaría, y obtendría su tan añorada libertad. Sin embargo no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que más bien sólo había ganado tiempo, y quizás incluso la situación se había tornado, no peor, pero sí bastante más incómoda. Sus tres pretendientes, comenzaron entonces a pretenderla de nuevo, y cada vez que venían de visita a sus tierras, o a ella le tocaba ir de visita a alguna de las suyas, no se despegaban de ella ni un segundo. Era realmente agobiante. Al principio no era tanto, pero con el paso del tiempo había ido en aumento, y sus actitudes se habían tornado, desde su perspectiva… un tanto más desesperadas. Su madre y su padre bromeaban diciendo que eso se debía a lo realmente bonita que se había puesto luego de ese par de años; de eso ella no estaba para nada segura, ni tampoco le importaba averiguar si era cierto o no.

No podía decir que alguno de ellos fuera una mala persona, o que lo odiara. Quizás si no se esforzaran tanto, podrían incluso haberse convertido en sus amigos. Pero no era el caso. Y a pesar de haber convivido con los tres durante todo ese tiempo, la verdad es que ninguno le causaba el más mínimo interés para ser su esposo. Y ahora, si de por sí el clima y la comida no eran ya suficientemente malos, ahora tendría que lidiar con ese trío de… Bien, lo cierto es que no se le venía a la mente ninguna palabra agradable con la cual describirlos.

– ¡Pero, madre…! – Soltó la princesa, mirando a su madre con exasperación, y apretando ambos puños sobre la mesa. Cortó ella misma entonces sus palabras, y se tomó unos momentos para respirar hondo, y calmar cualquier sentimiento negativo que le estuviera brotando. Había aprendido, se podría decir que de mala forma, que siempre era mejor intentar hablar con su madre lo más calmada posible. – Pero, madre, ese es un motivo más para que me dejes ir. Cuando los Lores lleguen, ¿Qué les vas a servir? ¿Rábanos? ¿No crees que lo mejor sería recibirlos con algo más…? – Comenzó entonces a mover sus manos, de manera expresiva en torno a sus palabras. – ¿Algo más con… carne?

Remató su argumento, sonriéndole ampliamente de oreja a oreja, de forma casi inocente, aunque difícil de creer viniendo de ella.

– Además, no sería mucho tiempo el que esté afuera, sólo lo suficiente; un par de horas, quizás. Si no encuentro nada, me regreso, y ya. Prometido.

Elinor se le quedó viendo un rato con seriedad, aún después de que ella, aparentemente, había dejado de hablar. Por su expresión en esos momentos, hubiera sido difícil adivinar qué era lo que pensaba, o qué era lo que terminaría por responderle. Fueron un par de segundo algo tensos, pero al final el rosto de la Reina se relajó, o al menos dejó ir toda esa severidad que había acumulado, en forma de un largo suspiro de resignación.

– El tan sólo imaginarme a ese grupo de hombres, bebiendo y comiendo en mi salón, en estos momentos tan irregulares, como si fueran… – No terminó su frase. En su lugar, metió un nuevo pedazo de rábano a su boca, y aunque intentó aparentar y dar buena cara, lo cierto es que a ella misma el sabor ya la había hartado; la idea de comer algo diferente, en realidad no le parecía tan horrible. – Está bien querida, si en verdad quieres hacerlo, adelante…

Le hizo entonces el ademán con su mano de que podía retirarse a hacer lo que le complaciera, y eso era lo único que Mérida necesitaba.

– ¡Gracias, gracias, gracias! – Repitió varias veces con entusiasmo, y de inmediato corrió, rodeando la mesa, hasta llegar al sitio en el que su madre se encontraba, para abrazarla con efusividad y plantarle un beso con fuerza en la frente. – No te arrepentirás, ¡te lo prometo! ¡Al final del día van a tener algo muy rico para cenar, a nombre de Mérida DunBroch!

– Sí, anda, anda querida. – Susurró la reina con una media sonrisa en los labios, dándole una unas palmaditas en su amplia cabellera. Mérida se apartó entonces, y se alejó corriendo. – Pero ten cuidado, ¿quieres? Y antes de salir, primero por favor come algo. Ve a la cocina y que Maudie te dé algunas zanahorias, sino quieres rábanos.

– ¡Ewww!, ¡zanahorias! – Exclamó uno de los pequeños pelirrojos en la mesa.

– Oh, vamos, Harris; a ti te gustan las zanahorias.

– ¡Yo soy Harris! – Soltó el niño sentado justo a la derecha del que se había quejado. – ¡Y ya no me gustan!

– Yo soy Hamish, ¡y quiero huevos con tocino! – Añadió por último el tercero de ellos, volteándola a ver sonriente.

Elinor suspiró en ese momento con cansancio, haciendo su cabeza hacia atrás unos instantes.

– Y de paso dile que me traiga un remedio para la cabeza. – Pronunció con fuerza, con la esperanza de Mérida la escuchara. – Y ustedes tres, dejen de una vez sus quejas, y limpien ese desastre.

Señaló entonces a los platos rotos, y los rábanos en el suelo, justo a los pies de los pequeños. Estos soltaron un gritito de desesperación, y de la nada brincaron de sus sillas y se escondieron debajo de la mesa.

– ¡Niños!

– – – –

Mérida avanzaba sonriente y contenta hacia la cocina. Ese día parecía que podía ponerse mucho mejor, después de todo. Había una época, no muy lejana de hecho, en la que su madre le hubiera prohibido con mucha fuerza y determinación el salir. Ella, por su parte, hubiera insistido, insistido e insistido, y posiblemente hubiera terminado escapando al final. Pero ahora todo era ya diferente desde aquel incidente. No por completo, claro. Su madre seguía siendo su madre, y nunca cambiaría. Aún tenía sus reglas, su forma de comportarse y controlar las cosas. Pero había mostrado bastante más apertura a hablar con ella de frente a frente, y lo mejor, a escucharla. Y además de todo, aunque no siempre era capaz de comprender por completo sus deseos o sus ideas, hacía el mejor esfuerzo por intentarlo.

Por supuesto, todo ello tenía que ser de cierta forma recíproco. A cambio de la apertura de su madre hacia su forma de pensar, ella tuvo que hacer lo mismo con la suya. Puso más cuidado y empeño a sus enseñanzas, cuidaba pequeños detalles como no dejar sus armas en la mesa, procuraba no hacer, al menos la mayoría del tiempo, cosas sin su autorización, y a cuidar más sus modales… en su presencia, claro. Quizás el único tema que seguía siendo bastante difícil de tratar entre ellas, era el tema del matrimonio. Su madre no lo comentaba a cada rato, pero al menos una o dos veces al mes, el tema surgía casualmente de repente; a veces con indirectas, a veces de manera bastante directa.

“No te estás volviendo más joven, querida”, le decía. “Que se te haya dado el privilegio de tomar una decisión tan importante como ésta, implica que además tienes la responsabilidad tomar dicha decisión. No podrás eludir esto por siempre. Tarde o temprano, tendrás que hacerlo.”

A veces se preguntaba si realmente “tendría” que hacerlo, como ella tanto repetía. Si no encontraba jamás al hombre adecuado con el que quisiera compartir su vida, ¿qué tendría de malo prescindir de ese asunto del matrimonio? Ya era mayor de edad; si fuera hombre, ya la hubieran coronado reina desde hace algún tiempo, estuviera casada o no. Y de hecho, a veces también llegaba a cuestionarse si realmente le interesaba ser la “reina”. Si lo veía desde el lugar de su padre, parecía ser el trabajo soñado. Pero desde el lugar de su madre, parecía realmente aburrido, agotador, y algo que no quisiera desearle a cualquiera.

Quizás eso ocupaba, un esposo que fuera como su madre, que pudiera dedicarse a todo lo aburrido y que a ella no le interesaba, y ella pudiera dedicarse a seguir con lo suyo con completa libertad. Por desgracia, ninguno de sus tres pretendientes estaba ni cerca de igualar la inteligencia, presencia y fortaleza de su madre. Si se casaba con cualquiera de ellos, sentía que terminaría siendo más su niñera que su esposa.

Cuando ya se encontraba a unos cuantos pasos de la entrada de la cocina, alcanzó a escuchar una conversación que se suscitaba en el interior; eran tres voces, de tres sirvientas, y una de ellas era Maudie. Ellas susurraban despacio, como si temieran ser oídas.

– Se los digo, esto no es nada, nada normal. – Murmuraba una de ellas, casi con miedo en su voz. –  Es… eso. Es el Invierno Eterno, al fin ha llegado aquí…

Mérida pareció confundida por la extraña mención. Se quedó entonces de pie a lado de la puerta, escuchando con atención sus palabras.

– Por favor, esas son sólo habladurías, rumores que inventa la gente. – Comentó Maudie, quien al parecer estaba agitando con un cucharón el contenido de una olla; esperaba que no fuera otra vez sopa de rábanos.

– Pero tienes que ver los indicios Maudie. – Exclamó la tercera de ellas. – El frío no cede, cada día amanece más helado. Los cultivos no darán la cosecha que esperábamos para esta primavera, y nada de esto no había pasado antes, no tan así.

– Oh, chicas. – Susurró Maudie, con algo de pesar de pesar en su tono. – Sé que todo esto es aterrador, yo también estoy preocupada. Pero no es motivo para comenzar a hablar de… brujas.

Esa última palabra la dijo aún más despacio que todo lo demás, pero Mérida pudo distinguirla sin problema. Incluso se estremeció un poco al escucharla. ¿Brujas?, ¿por qué estaban hablando de brujas?

– Si una bruja puede hacer algo como esto, ¿Qué esperanza tenemos? – Continuó Maudie con el mismo ánimo, pero rápidamente soltó un pequeño gritito, y se dio palmadas en sus propias mejillas, como si intentara hacerse despertar. – ¡Por lo tanto no puede ser eso! En unas semanas, el sol saldrá, y el clima se calentará… lo sé…

– Eres bastante optimista, Maudie. ¿Pero por qué crees entonces que sus majestades convocaron a los Lores tan repentinamente? Es más que claro que ellos también saben que algo malo está pasando.

– Escuché por ahí que quieren discutir la idea de ir a buscar la causa de éste horrendo clima. Pero, si es una bruja, ¿qué harían? ¿Ir a darle caza? Eso me aterra, pero me da más miedo el pensar que nos vamos a ir quedando sin comida.

– De seguro sólo discutirán qué medidas de emergencia tomar, hasta que el clima mejore. Dejen ya de hablar de brujas, que si la Reina las escucha, las reprenderá.

Mérida escuchó toda esa conversación con interés. ¿Qué todo ese extraño clima era causado por una bruja?, no sabía que la gente estaba contando ese rumor; posiblemente cuidaban de no repetirlo en su presencia. A primera vista, sonaba bastante extraño, pero… Si lo pensaba un poco, no era tan descabellado. ¿Cuándo antes la primavera se había tardado tanto en llegar? ¿Cuándo el cielo había permanecido nublado por tantas semanas seguidas? ¿Por qué el clima estaría volviéndose más frío cada día, en lugar de estarse calentando? Además, luego del suceso de hace dos otoños, no podía hacer a un lado el hecho de que había visto con sus propios ojos lo que la magia era capaz de hacer.



De pronto, una idea se le vino a la cabeza, justo al recordar aquel hecho. Si todo eso tenía algo que ver con magia, entonces ella conocía a alguien que de seguro pudiera confirmárselo…

Entró en ese momento de golpe a la cocina, haciendo que sus pasos resonaran en la entrada, y las tres sirvientas lo notaran. Maudie da un respingo tan fuerte, que su cucharón casi salió volando de sus manos.

– ¡Pero qué hambre hace, señor! – Murmuró la princesa con un algo sobreactuado tono alegre, sonriendo ampliamente y caminando hacia ellas.

– Ah, princesa… Ya le iba a servir su…

– Sopa de rábano, sí. – Mérida se inclina un poco sobre la olla, y luego se aparta con expresión de desagrado. – Gracias, pero no gracias, Maudie; no creo que eso sacie mi apetito. Supongo que encontraré algo en el camino.

Se dirigió entonces apresurada hacia la puerta que daba al exterior.

– ¿Pero a dónde va, majestad? ¿Su madre sabe que va a salir?

– Sí, sí, ya está todo arreglado, Maudie, descuida. Voy a salir al bosque, volveré en un par de horas. – Se detuvo entonces a unos centímetros de la torre, retrocedió un par de pasos, y tomó una manzana de la repisa. – ¡Espero no encontrarme con una bruja en el camino! ¡Nos vemos!

Ante tal mención, las tres sirvientas se sobresaltaron y contuvieron el aliento.

– ¡Princesa!, ¡no juegue con eso, por favor! – Exclamó casi asustada una de ellas, colocando sus manos sobre sus pechos, aunque Mérida ya había salido corriendo, por lo que muy probablemente no había logrado escucharla.

– ¡¿Ven lo que hicieron?! – Comentó Maudie, mirando a sus dos compañeras con desaprobación. – ¡Asustaron a la pobre niña con sus cuentos!

– Ay, Maudie, claro que no. – Masculló una de ellas, cruzándose de brazos. – La princesa no es alguien que se asustaría con semejante tema. ¿Recuerdan… lo que pasó hace dos años…?

– ¡Ssssh!, ¡Ssssh!, ¡Ssssh! – Hizo con fuerza Maudie, colocando un dedo en los labios de cada una de ellas, para incitarlas a callas. – No se habla del incidente de los osos. Eso nunca pasó… Nunca pasó.

– Ay, Maudie, no eran osos de verdad los que te atacaron. Ya supéralo.

– ¡¡Qué nunca pasó!! – Gritó con fuerza al final, antes de voltearse de nuevo a su olla y darles la espalda. Las otras dos sirvientas se miraron la una a la otra, con una mezcla de humor y resignación.

– La princesa ya no es para nada una niña como en ese entonces. Pero de vez en cuando se sigue metiendo en problemas.

– Esperemos que nuestra conversación no provoque que éste no sea uno de esos casos.

– – – –

El clima que sufrían en DunBroch, no era sin embargo nada comparado con el que había a varios kilómetros de ahí, a mar abierto, si es que aún podía llamarse mar a ello. El cielo se encontraba aún más nublado, y soplaba un fuerte viento gélido. No se podía ver casi nada al frente; por donde se viera, sólo se veía blanco, y más blanco. La quietud era inmensa, a excepción del intenso sonido del viento. Era como cruzar una tormenta de arena en un árido desierto.

Aun así, eso no impedía que algunos se aventuraran a explorar esas zonas, aunque tuviera que ser por medios que la mayoría de las personas no llamarían “convencionales”.

Entre todo el ventarrón, seis figuras surcaban el cielo con gran rapidez, pues intentaban usar como mejor pudieran las corrientes para avanzar. Las seis eran criaturas majestuosas, de cuerpos alargados y escamosos, de grandes y poderosas alas. Cada uno tenía una forma, tamaño y color distinto, pero todos podían ser descritos con la misma palabra: dragones, increíbles y poderosos dragones. Seres temidos y respetados por casi todos; leyendas para algunos, pero verdades absolutas para varios, y eso incluía a los jinetes que los montaban.

Sí, jinetes montando dragones y surcando los cielos con ellos. Sólo un puñado de personas en el mundo conocían tal asombrosa sensación, y todas ellas vivían en el numeroso archipiélago del norte, llamado por muchos como el “Archipiélago Bárbaro”. Para el resto de las personas fuera de esas islas, era simplemente una idea imposible siquiera de concebir; muchos daban a los dragones por extintos, sino es que los consideraban puros cuentos.

Los jinetes usaban trajes abrigadores, que les cubrían la mayoría del cuerpo, incluidos cascos y máscaras que protegían sus rostros del viento helado. Las alforjas sujetas a las sillas en los lomos de los dragones, se veían cargadas, con las provisiones que habían llevado para ese viaje, pero ya se encontraban posiblemente a la mitad de su capacidad pese a que habían intentado ser cuidadosos con sus raciones.

Volaban en formación, siendo guiados hasta el frente por un dragón de tamaño mediano, de cuerpo totalmente negro y ojos grandes y verdes, con pupilas alargadas. Su jinete usaba una armadura, de acero negro y cuero café, además de un casco y máscara que le cubría el rostro. Ese parecía ser el líder, pues los demás dragones y jinetes lo seguían sin dudar; cada giro que daba, lo daban los otros de inmediato. Los ojos del líder se viraban consecutivamente entre el frente, y lo que alcanzaba a verse debajo de ellos.

Conforme avanzan, el viento parece irse calmando; al parecer estaban llegando a una zona mucho más equilibrada. Entre toda la neblina, y el mar blanco debajo de ellos, le pareció distinguir al fin algo: la forma irregular pero reconocible de una isla, de un tamaño relativamente grande.

– ¡Es otra isla! – Gritó con la mayor fuerza posible, para que los más próximos a él lograsen escucharlo. – ¡Vamos a bajar!, ¡Síganme!

Su atención entonces se posó en el dragón en el que viajaba.

– Vamos, amigo.  ¡Descendamos!

El dragón negro emitió un sonido con la garganta, y rápidamente fijó su mirada en el punto al que había que bajar, replegó sus alas para dar una pequeña maroma, y comenzar a descender en un ángulo empinado.

– ¡Ya escucharon!, ¡vamos a bajar! – Gritó con fuerza quien iba justo detrás del líder, una chica con un gorro afelpado que le cubría la cabeza, y una bufanda alrededor de su boca y nariz, reafirmando lo que el jinete en el dragón negro había dicho. Rápidamente los dragones restantes comenzaron el descenso hacia la isla.

Los seis dragones y sus jinetes, tocaron tierra justo en el claro, no muy lejos de la orilla, entre los árboles cubiertos de nieve. Cuando las patas de los animales tocaron el suelo, se hundieron en una gruesa capa de nieve que cubría éste. Agitaron sus alas y colas con algo de desesperación, para quitársela de encima y poder hacer algo de espacio.

– Tranquilos, tranquilos. – Repitió el líder del grupo, intentando calmar a las criaturas con su voz. Saltó de la silla de su dragón, plantando sus pies en la nieve… o más bien pie. Su pierna izquierda, por debajo de rodilla, era lo que parecía ser una pierna mecánica, sujeta al muñón; moverse con ella en ese terreno tan blanco, no parecía ser del todo sencillo.

Acercó sus manos, de las que sólo se veían sus dedos a través de los agujeros de sus guantes de piel, a la cabeza de su dragón negro, y la acarició con cuidado para calmarlo; el efecto fue casi inmediato.

– Bien hecho amigo. Descansa, ¿sí?

Estiró su mano hacia la alforja con provisiones sujeta a la silla, y sacó de ésta la mitad de un pescado, envuelto en un papel gris opaco. Lo desenvolvió con apuro y se lo extendió al dragón. Los ojos verdes de la criatura se abrieron de par en par, llenos de asombro, y rápidamente abre su boca, retirándoselo de su mano de su sólo movimiento; lo dejó algo manchado de saliva, pero eso no pareció importarle. El dragón parece batallar un poco al intentar masticarlo, pues parecía estar algo duro debido al clima.

Mientras él se entretiene con su pescado, su jinete mira pensativo alrededor. El escenario era bastante parecido a otros que habían visto durante esos días de viaje: sólo podía ver árboles, la mayoría despojados de sus hojas, algunos casi sepultados por completo de nieve. La neblina no dejaba ver mucho del mar a lo lejos, pero lo que alcanzaba a ver, le bastaba para darse cuenta que su estado era el mismo que ya habían visto.

– Qué sorpresa. – Escuchó que uno de sus acompañantes comentaba con sarcasmo. Al virarse sobre su hombro, pudo ver a Eret, un hombre alto de hombros y brazos anchos, quitarse su casco. Tenía el cabello totalmente negro, un poco largo de la parte de atrás, rostro fuerte, nariz gruesa; en su barbilla, tenía tatuajes de cinco líneas verticales, tres largas en el centro, y una corta a cada extremo. Traía una espada de hoja ancha en su costado izquierdo, y una más corta de diseño similar en la parte trasera de su cintura.  – Es otra isla totalmente congelada…

Pateó en ese momento la nieve a sus pies, notándose mucha frustración en su acto. No podía culparlo; él mismo tenía deseos de hacerlo también.

Astrid, la mujer rubia que venía detrás de él en la formación, se bajó también de su dragón, de color azul. Se hizo su gorro hacia atrás, y se bajó su bufanda, dejando su cabello, totalmente rubio, largo, aunque estaba sujeto con una trenza. Sus ojos eran grandes y azules, y aunque su expresión poseía cierta dureza, la forma de su rostro tenía un tono delicado, difícil de ignorar. Ella traía un hacha sujeta a su espalda.

– Esto no me gusta para nada, Hiccup. – Comentó tras acercarse al líder. – Nuestras provisiones se están acabando; pronto no tendremos alimento para los dragones, ni para nosotros; apenas y tendríamos suficientes para el viaje de regreso. Sin mencionar que se nos están acabando los remedios contra el resfriado también.

– ¡Ah… Aah… Aachu! – Escucharon a Snotlout estornudar con fuerza. Era un poco más bajo que el líder, aunque era notablemente más fornido, aunque no tanto como Eret. Tenía cabello café oscuro, que se asomaba por debajo de su casco con cuernos, y una barba a medio crecer. Intentó limpiarse la nariz y aspirar aire por ella como le fuera posible. – Y sí que nos hacen falta…

Astrid suspiró con algo de cansancio.

– Y aún no creo que estemos ni cerca de encontrar la fuente de… esto…

El líder, al que llamaban Hiccup, escuchaba con atención las palabras de su segunda al mando. Pero su atención parecía estar centrada más que nada que en el escenario blanco que los rodeaba. Tomó entonces su casco con ambas manos y se lo retiró. Su rostro radiaba una cierta juventud, lo que lo hacía parecer incluso más joven de lo que realmente era. Tenía el cabello castaño, algo largo, y un poco despeinado. Sus ojos eran pequeños, verdes y pensativos. A diferencia de sus demás acompañantes, su complexión era mucho más delgada, y no portaba, al menos de forma visible, algún arma.

Sujeta a su muñeca derecha, tenía lo que parecía ser un compás, el cual comenzó a revisar, para intentar ubicar aproximadamente su ubicación actual, en relación a la ruta que habían estado llevando. No sabía qué esperaba en un inicio comprobar con ello, quizás que no estaba en dónde creía, pero no parecía haber nada que sostuviera dicho pensamiento.

– Esto no tiene sentido, simplemente no lo entiendo. – Masculló el chico castaño, notoriamente confundido. – Toda esta región debería de ser cálida y despejada en esta época del año. Pero pareciera que conforme más avanzamos al sur… El frío y la nieve son aún peor…

– Así no es cómo funciona, ¿no se supone que mientras más vayamos al sur, debería ser más cálido? – Cuestionó Fishleg, algo nervioso, un hombre alto y grande, de complexión gruesa, cabello rubio y rostro redondo.

– ¡Pues obviamente eso no está resultando! – Exclamó Ruffnut, la única otra mujer del grupo, de complexión delgada, rostro alargado, y cabello rubio, sujeto con dos trenzas al frente. Se aproximó algunos pasos en dirección al líder. Se notaba que se encontraba de muy mal humor, y se abrazaba a sí misma, presa del frío. – Y lo que Astrid tan sutilmente quiere decirte, Hiccup, porque es demasiado cobarde para decirlo de frente. – En ese momento miró con desagrado a la otra chica, quien no tardó en regresarle una mirada bastante similar. – Es que quizás sea hora de considerar el volver a casa.

Los demás no decían nada en voz alta, pero estaba más que seguro de que todos estaban de acuerdo con esa afirmación. Y de nuevo, no podía culparlos por sentirse así. Llevaban ya cinco días de viaje, recorriendo las islas al sur del Archipiélago. Todo ello había sido a partir de ese extraño fenómeno que había comenzado a azotar su tierra natal, la isla de Berk, y todas las islas a su alrededor por igual. Conforme pasaban los meses, el frío del invierno no cedía, sino que se hacía cada vez y más frío, hasta el punto de que nevaba con fuerza cada día, y en el mar a su alrededor comenzaron a formarse enormes témpanos de hielo, que volvían ya prácticamente imposible navegar por barco. Sólo con sus dragones era posible salir de la Isla.

Todos se esforzaron y unieron para poder sobrevivir tan pesada situación, con la esperanza de que todo mejoraría en cuanto la primavera llegara. Pero ya estaban prácticamente más cerca del verano incluso, y el frío no cedía, sino más bien todo lo contrario. Incluso para los climas extremos del archipiélago, eso no era para nada normal. Inspirado sobre todo por la desesperación de su pueblo, Hiccup emprendió ese viaje en busca de sus más leales amigos, con dos motivos. El principal y más importantes, encontrar tierras más cálidas, tierras donde la Primavera ya hubiera llegado, y dónde pudieran abastecerse de alimentos y medicinas. Y la segunda, identificar qué era lo que podría estar causando todo ello. Pero cinco días de viaje después, no parecían estar ni cerca de tener éxito, en ninguna de las dos cosas.

¿Sería ese realmente lo único que encontrarían conforme fueran avanzando? ¿Más hielo, nieve, oscuridad y nada más?

No, Hiccup no podía simplemente resignarse a esa idea. El mundo entero no pudo haberse simplemente congelado, y menos por sí solo. Su lado como nuevo Jefe de Berk, le obligaba a querer seguir adelante, a encontrar la forma de ayudar a las personas que dependían de él. Su lado aventurero, le incitaba a querer ir más lejos, a saber que misterios aguardaban más allá de dónde alcanzaba su mirada. Y su lado inquisitivo y curioso, le hacía querer saber la verdad, saber realmente qué era lo que estaba ocurrido. Pero su lado como amigo, le preocupaba un poco estar arrastrando a sus acompañantes a un viaje sin sentido, que quizás al final pudiera costarles la vida a la larga.

¿Qué hacer?

¿Retroceder y volver a casa?, ¿o seguir avanzando?

¿Qué era lo mejor?

¿Qué hubiera hecho su padre…?

– Bien, bien, escuchen. – Murmuró el joven castaño, virándose hacia ellos. – Sé que todos están cansados, y que ha sido un largo viaje. ¡Pero no podemos simplemente rendirnos! Debe haber algún lado en el que la primavera ya haya llegado.

– P-por más que me gustaría… darte la razón, porque eres el Jefe y el líder de los jinetes de dragones, y mi amigo… – Comienza a balbucear Fishlegs. – Y-yo creo que no existe probabilidad ya de encontrar un punto cálido por éstas tierras, Hiccup. Todo está congelado, absolutamente todo.

– ¡Incluso nuestros benditos traseros! – Añadió con coraje Tuffnut, el hermano gemelo de Ruffnut, cuya apariencia era bastante similar a la de ella, excepto por el hecho de que traía su cabello rubio suelto en varias dreadlocks.

– Está bien, entiendo. Una parada más. – Señaló el jefe, alzando un dedo hacia ellos. – Un punto más, y si no encontramos nada, volvemos a Berk, lo prometo.

La respuesta de sus seis acompañantes fue exclamar un profundo quejido al unísono, de completo fastidio y cansancio.

– Me alegra sentir su apoyo, chicos. – Comentó Hiccup, notoriamente sarcástico.

Se acercó entonces caminando hacia el centro del claro. De entre los pliegues de su armadura, sacó un mapa con varios dobleces, de papel de pergamino, pero con un papel especial, más delgado, en la parte trasera, que era más resistente a la humedad y el frío. Se agachó y desplegó entonces el mapa en el suelo. Todos los demás se acercaron y se pusieron de cuclillas, de rodillas, o en su defecto se sentaron en el suelo, en torno al mapa. Mientras tanto, sus dragones habían comenzado a juguetear en la nieve a sus espaldas.

El mapa mostraba las diferentes islas del Archipiélago Bárbaro, más algunas otras al sur que habían ido descubriendo durante su viaje; esa isla en especial no se encontraba ahí, no aún. Empezando desde Berk, Hiccup había ido trazando una línea roja, marcando la ruta que habían ido siguiendo durante esos cinco días de viaje, y con una “X”, las islas que habían visitado.

En base a lo que habían recorrido, Hiccup marcó otra “X” el lugar aproximado en el que esa isla se encontraba, y luego la unió con una línea hacia la isla anterior, en la que habían pasado la noche.

– Hemos seguido hasta ahora este camino. – Indicó, señalando al mapa con un dedo. – Hemos ido avanzando mayormente al sur y al oeste. Y…

Una fuerte ventisca helada los golpeó abruptamente, pero Hiccup logró alcanzar a sostener el mapa, antes de que se volara. Sólo duró unos segundos, y después todo volvió a la misma relativa calma. Eso de alguna manera ejemplificaba justo lo que Hiccup estaba por decir.

– Cómo decía, y el clima sólo ha estado peor conforme avanzamos.

Pasó entonces sus dedos por sus cabellos, retirando la nieve que había quedado sobre su cabeza. Se quedó un rato en silencio, viendo y analizando el mapa ante él. Por más que lo pensara, sólo había una opción cruzándole la cabeza, pero la sola idea de decirla en voz alta, le provocaba cierta incomodidad. Sus amigos ya se encontraban bastante susceptibles, ¿cómo reaccionarían si les dijera cuál era la “última parada” en la que estaba pensando?

Dudar no era lo que hacía un jefe; un jefe decía lo que pensaba… y recibía luego los golpes con firmeza, o algo parecido.

– Está claro que si queremos encontrar tierras cálidas, tendremos que cambiar nuestra ruta.

Colocó entonces su dedo justo en su posición aproximada, y luego comenzó a moverlo lentamente hacia la derecha del mapa, hasta el extremo de éste, donde se asomaba una amplia franja de tierra que se extendía de abajo hacia arriba; eso, claramente, no era ni cerca una isla…

– Tenemos que probar e ir hacia este… hacia el Continente…

La reacción de sus amigos volvió a ser unánime y unísona; los seis soltaron una exclamación de asombro, combinada con horror.

– ¡Hey!, ¡hey! ¡Tiempo fuera! – Exclamó Snotlout con fuerza, agitando sus manos con rapidez hacia el frente. – ¿Al Continente? ¿Es que ya perdiste la razón? ¿Se te olvida que nuestros padres siempre nos decían que nunca, nunca, nunca jamás debíamos poner un pie ahí?

En los relatos más antiguos de sus tierras, se describía que el mundo estaba dividido en dos grandes continentes: el Occidental y el Oriental, separados por una enorme extensión de mar. Y en el extremo norte, casi el centro entre esos ellos dos, ahí se encontraba el Archipiélago Bárbaro, y Berk. Del continente Occidental, sólo conocían historias y leyendas. Del Oriental, conocían más cosas, debido a su proximidad, pero en general sólo conocían una pequeña fracción de sus costas, debido a sórdidas y nada agradables historias del pasado. En esa enorme extensión de tierra, en la que cabrían cientos y cientos de archipiélagos Bárbaros, había una gran cantidad de reinos, todos muy diferentes, y con personas muy diferentes. Pero todos tenían, según les habían dicho, una cosa en común: ninguno tenía una buena opinión sobre los vikingos… en lo absoluto. Y en parte, tenían buenos motivos para ello.

Ni Hiccup ni sus amigos de más tiempo, habían estado nunca ni cerca de ese sitio; de hecho, salvo por Eret, esa era la primera vez que se encontraban tan lejos de Berk. Sus padres, en efecto, habían sido siempre muy claros al decirles que nunca se aventuraran tanto hacia este, y nunca se metieran con la gente del Continente.

– Sabes que está prohibido acercarse ahí, Hiccup. – Mencionó Astrid, recalcando lo que ya todos los demás habían dicho, ya fuera con palabras o con sus miradas. – Son tierras hostiles para gente como nosotros, y ni hablar para los dragones. Aunque haya un mejor clima ahí, y no estamos seguros de ello, sería como meternos en la boca de otro lobo aún peor que este frío. – Se cruzó de brazos, mirando con desaprobación el mapa. – ¡Además!, ¡es prácticamente otro día entero de viaje hasta pisar esas tierras!

Los demás asintieron con energía, mostrando total apoyo a las palabras de Astrid.

– Escuche a su novia, Jefe. – Escucharon que Eret comentaba de pronto con ironía. Ese simple comentario, por algún motivo, pareció crear una reacción inesperada tanto en Astrid como Hiccup, aunque intentaron disimularlo.

Eret se inclinó entonces sobre el mapa, y posó su dedo justo en el área del continente que Hiccup acababa de señalar hace unos momentos.

– Ella habla con verdad, sin mencionar el sitio al que nos quieres llevar. – Movió entonces su dedo en ese momento, dibujando un amplio círculo. – Toda esta área de aquí es DunBroch, un reino controlado por los MacGuffin, Macintosh, Dingwall y DunBroch, cuatro clanes antiguamente enemistados, pero que se unieron hace décadas para combatir invasores del norte, vikingos como ustedes… Bueno, digo… como nosotros…

– Oooooh, ¿cómo sabes tanto, Eret hijo de Eret? – Exclamó Ruffnut con un tono coqueto, inclinándose hacia él con una amplia sonrisa, mientras sus dedos juguetean con una de sus trenzas.

La aproximación de la vikinga pareció poner incómodo a Eret, quien instintivamente se inclinó hacia el lado contrario, intentando hacer más distancia entre ellos.

– Emmm, pues… Mi padre me contó de esa guerra. Además, él me llevó varias veces en sus viajes a ese sitio para vender sus pieles.

– ¡Espera un segundo! – Soltó Tuffnut, casi atónito tras escucharlo. – ¿Tú has estado en el continente?

– Ja, por supuesto. – Respondió Eret, con cierto orgullo, aunque su rostro se tornó serio de nuevo casi de inmediato. – No mucho, pero lo suficiente para afirmar que lo que Astrid dijo es cierto. En ese sitio no ven con buenos ojos a los vikingos, debido a las invasiones que sufrieron en el pasado. Sin mencionar que esas tierras no han visto a un Dragón en… No sé, un siglo, quizás…

– Antes, los vikingos y los clanes del continente peleaban por la supremacía de las aguas y las tierras. – Comentó Fishleg, complementando la explicación de Eret. – Berk y las demás islas del Archipiélago, jamás han abastecido mucho a su gente, porque se trata de tierras inhóspitas, mientras que en el continente todos dicen que se encuentra cubierto por completo de suelo fértil, la variedad de animales, y la posibilidad de vivir una buena vida…

– Bien, bien, ya entendimos. – Interrumpió Tuffnut de forma cortante. – Básicamente, Hiccup quiere llevarnos a esa tierra de muerte y perdición, en donde de seguro nadie nos quiere, y sólo por buscar algo de calor.

– Vamos, chicos, todo eso fue hace mucho tiempo. – Señaló Hiccup con firmeza, notando sin problema el muy evidente escepticismo de sus amigos. – Nuestros padres y abuelos habrán tenido sus motivos para entablar guerras con el continente, pero nosotros no somos ellos. Hace cinco años, nosotros matábamos y le temíamos a los dragones, ahora mírenlos.

Se giró entonces, extendiendo su mano hacia sus dragones, que seguían saltando y jugueteando en la nieve, sin que, aparentemente, el frío les molestara en lo más mínimo.

– Las cosas pueden cambiar, y lo hemos demostrado. Si esas tierras son tan fértiles como Fishlegs dice, entonces puede ser el sitio que buscamos.

Hiccup hablaba con firmeza y seguridad en su voz, pero eso no parecía ser suficiente para convencerlos. De todos, posiblemente la que parecía expresar más explicativamente su descontento, era Astrid. Ella se encontraba al lado de Hiccup, cruzada de brazos, y con una expresión algo dura en su rostro.

– Lo siento, Hiccup, pero no termina de convencerme esa idea. – Dice pronto, llamando su atención. – Arriesgamos mucho en este viaje al intentar buscar un sitio cálido y la fuente de éste invierno prolongado, algo que aún no sabemos si acaso se le puede dar alguna solución. ¿Y ahora nos pides que nos arriesguemos al doble yendo a un sitio en dónde hay tan pocas posibilidades de ser bien recibidos? – Se puso abruptamente de pie, con firmeza. – ¡No confío en la gente del Continente! Ninguno de nosotros lo hace, y tú tampoco deberías. Si vamos ahí, ¡de seguro nos encontraremos con un montón de locos, como Drago Manodura, que no estarán abiertos a la conversación!

Todos se sobresaltaron, casi asustados al escuchar esas últimas palabras, las cuales la Vikinga había pronunciado con demasiada fuerza. Pero no fue tanto el total de lo que dijo lo que causó esa reacción en ellos, sino más bien dos palabras… dos palabras demasiado perturbadoras, sin importar en qué contexto se usaran: “Drago Manodura”.

– A-A-Astrid… dijo… la… palabra con «D»… – Balbuceó Fishlegs, poniéndose pálido.

Todos voltearon de inmediato a ver a Hiccup. Él seguía con su mirada baja y fija en el mapa. Su expresión se había tornado mucho más seria, hasta se podría decir que… algo sombría. Astrid no tardó en darse cuenta de lo que había hecho, pero fue incapaz de pronunciar palabra alguna, como si su lengua se hubiera congelado.

– Entiendo sus preocupaciones, y tienen razón. – Murmuró despacio luego de un rato. Tomó entonces el mapa y volvió a doblarlo para guardarlo de nuevo en su traje y ponerse pie. – Ya han hecho demasiado por mí, acompañándome hasta aquí; no les puedo pedir más.

Se dio la media vuelta, y comenzó a caminar hacia los dragones, más específico hacia el suyo.

– Descansen un poco. Y si alguno quiere volver a Berk luego de eso, es libre de hacerlo. Yo tengo que seguir…

– ¡¿Qué?! – Exclamó Snotlout, sorprendido. – Oye, espera, ¡no exageres! Si es peligroso que vayamos todos, ¡con más razón que vaya uno solo!

– Yo nunca estoy solo. – Murmuró el joven de cabello castaño, pasando sus dedos por debajo de la cabeza de su dragón Toothless, el cual parecía disfrutarlo bastante. Una pequeña, muy pequeña, sonrisa se asomó en sus labios. – Ven, amigo. Vamos a explorar la playa

Hiccup comenzó a salir del claro, en dirección hacia donde parecía estar la orilla, y Toothless lo acompañaba a su lado, con mucho más ánimo que él.

– Hiccup… Yo… no… – Astrid intentó al fin de decir algo al verlo alejarse, pero sus palabras quedaron inconclusas; el daño igual ya estaba hecho.

– ¿Ves lo que hiciste? – Comentó Ruffnut de pronto, en tono de regaño. – Sabes que no debes de mencionar a ya sabes quién, y menos cuando está así de… bueno, loco.

Astrid volteó a verla con molestia sobre su hombro al escuchar sus palabras. Apretó sus puños con fuerza, quedándose en su lugar por un rato, antes de girarse sobre sus pies, y comenzar a caminar, pero la dirección opuesta a la que se había ido Hiccup.

– ¿A-Astrid? ¡¿A dónde vas?! – Le cuestionó Fishlegs, sorprendido de ver que no iba detrás de su jefe, y novio.

– ¡¿No vas a hablar con él?! ¡Astrid! – Comentó Snotlout, también sorprendido. – ¡Está a punto de convertir su misión inútil en misión suicida! ¡¿Piensas dejarlo así como así?!

Astrid hizo caso omiso de sus palabras. Siguió andando sola, incluso sin Stormfly, hasta perderse entre los árboles.

– ¿Qué rayos pasó aquí? – Comentó Snotlout, claramente confundido, como todos.

– No me digan chismoso, pero me parece que hay problemas en el Paraíso. – Canturreó Tuffnut de forma juguetona.

– ¡¿Hiccup… y Astrid?! – Exclamó Fishlegs, entre sorprendido y asustado. – N-No… ¡No puede ser!

– ¡Esto es excelente! – Añadió  Ruffnut con molestia. – Ahora sí que estamos muertos, ¡muy muertos!

Se dejó caer entonces hacia atrás en la nieve, pero al parecer le tocó una parte blanda, pues la mitad de su cuerpo la atravesó, quedando prácticamente enterrada con sus piernas hacia arriba, moviéndose con desesperación mientras intentaba salirse de esa trampa.

Por su parte, Eret guardaba silencio, algo pensativo desde que escuchó a Astrid hablarle de esa forma Hiccup. Miró fijamente en la dirección en la que Astrid se fue, incluso después de que ya no era visible. ¿Realmente habría problemas entre el Jefe de Berk y su segunda al mando, además de prometida? Eso sería bastante problemático, si iban a aventurarse al continente, liderados por ellos dos.

Quizás Ruffnut no estaba tan equivocada; quizás realmente estaban muy muertos.

FIN DEL CAPITULO 01

NOTAS DE LOS AUTORES:

WingzemonX:

Este capítulo salió considerablemente largo, y eso que tuve que cortarle varias escenas y moverlas para el siguiente capítulo. Esto fue más que nada por todas las descripciones, y porque había que explicar la situación actual de este mundo, pero espero que los próximos capítulos sean más cortos, y pasen más cosas. Por lo pronto, un par de aclaraciones:

– Este punto de la historia se ubica entre Dos Años y Dos años y Medio luego de los acontecimientos de la película de Brave. Mérida tiene en estos momentos 18 años, casi 19. No hay ningún cambio significativo que mencionar con respecto a esta película, de momento sus acontecimientos se quedan tal cual los conocemos.

– Por otro lado, se ubica entre cinco y seis meses después de los acontecimientos de How to Train your Dragon 2, es decir, luego de la muerte de Estoico, y que Hiccup se convirtiera en el Jefe de Berk. Igualmente, no hay muchos cambios que resaltar, los acontecimientos de ambas películas se mantendrán como los conocemos. Cuando mucho el cambio más significativo que se podría mencionar, es que los Vikingos de Berk tengan el conocimiento del continente y de otros reinos, ya que en la películas se ve que son tribus que viven en un archipiélago de varias islas, aunque Valka al dibujar el mapa del mundo, muestra que hay mucho más. En Brave se menciona que los cuatro clanes se unieron para combatir una invasión de vikingos del norte, por lo que pueden notar que en este capítulo ambas ideas se unen.

– Los nombres de Roderick Macintosh y Gregor MacGuffin, fueron agregados por nosotros, ya que en la película no se menciona sus nombres reales, sólo sus apellidos, y en la información en internet sólo se les refiere como Joven Macintosh y Joven MacGuffin respectivamente.

Capítulo Siguiente  

Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ «How to Train Your Dragon» © DreamWorks Animation.

+ «Brave» © Pixar Animation Studios.

+ «Rise of the Guardians» © DreamWorks Animation.

+ «Tangled» © Walt Disney Animation Studios.

+ «Frozen» © Walt Disney Animation Studios.

El Rincón de Denisse-chan

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