Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 25.Regreso a Kyoto

11 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 25.Regreso a Kyoto


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 25
Regreso a Kyoto

Tokio, Japón
19 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

Siete pescados fritos, uno para cada uno; ni uno más, ni uno menos. El reto sería cuidar que Sanosuke y Yahiko no comieran más del que les correspondía, pero no era nada con lo que ella no pudiera lidiar.

Era una tarde relativamente agradable, como para ir al patio del dojo y pasar un tiempo al aire libre con sus amigos. Kaoru colocó una hoguera en el centro del patio, y una pequeña parrilla sobre el fuego, para cocinar sobre ella los siete pescados que habían comprado en el mercado esa mañana. Había invitado al Doctor Gensai, Ayame y Suzume para que los acompañaran; la invitación estaba extendida a Megumi también, pero al parecer tenía otros planes esa tarde. Sospechoso, pero prefería no saber más al respecto. No necesitaba invitar de manera formal a Sanosuke, sabía que en cuanto oliera la comida gratis, aparecería ahí tarde o temprano, y tuvo razón.

La joven de cabello negro y largo, sujeto con una cinta azul celeste, se encontraba de cuclillas frente a la hoguera, con un pequeño abanico que movía de vez en cuando para mantener encendido el fuego. Usaba su hermoso kimono amarillo con estampado de flores rosadas. Mientras ella cuidaba la parrilla, y por supuesto los pescados sobre ella, Yahiko entretenía a Ayame y Suzume, jugando y corriendo por el patio, y Sanosuke y el Doctor Gensai jugaban una partida de shogi, sentados en el pasillo de madera.

Todos criticaban su habilidad  para cocinar, pero de todas formas se paraban ahí sin falta para poder comer a sus expensas. Pero estaba bien, en parte. Había pasado ya casi un mes desde que todos volvieron de Kyoto, y realmente no habían tenido mucho tiempo para celebrar su regreso. Además, las cosas estaban mejorando un poco. La habían invitado a dar algunas clases en algunos dojos amigos, y un par de nuevos estudiantes se habían acercado al suyo interesados en tomar clases durante esa semana. Al parecer ya todos los horribles rumores que se habían esparcido hace meses sobre el falso Battousai usando el estilo Kamiya Kashin, ya eran por completo cosas del pasado.

No quería, sin embargo, hacerse demasiadas expectativas tan rápido. Después de todo, el incidente del falso Battousai sólo era un factor que había provocado el declive de su escuela; de hecho, otros dojos también habían ido perdiendo a varios alumnos con el paso del tiempo. Los tiempos estaban cambiando, y aprender el uso de la espada ya no era la primera prioridad de las nuevas generaciones. Era algo triste, e inevitable al parecer. Pero mientras aún tuviera fuerzas para mantener ese sitio a flote, lo haría, sin importar qué.

Además, no estaba sola. Tenía a todos sus amigos, los cuales luego de todas las aventuras y desventuras que habían pasado juntos en esos meses, estaba segura que siempre estarían ahí para apoyarla: Sanosuke, Yahiko, Megumi, el Doctor Gensai, Tae, Tsubame… Y, por supuesto, también estaba…

Se despabiló rápidamente al ser consciente de que se había quedado largo rato pensando en todas esas cosas. Volteó a ver alarmada hacia los pescados, esperando verlos de seguro totalmente quemados. Por suerte, no fue así; de hecho, ya parecían estar listos y en su punto. Suspiró aliviada; de haberse quemado, no hubiera soportado las burlas y quejas de ese par de mequetrefes.

– ¡Creo que ya están listos!, ¡vengan! – Les anunció con entusiasmo, y rápidamente todos dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron hacia ella.

– ¡Qué bien huele! – Exclamó Sanosuke, un hombre muy alto y de complexión fornida, de hombros anchos. Tenía cabello café puntiagudo, y ojos serenos también color café.

– ¡A comer! – Le secundó Yahiko, un chico de estatura baja, de entre diez y once años, cabello negro, también algo puntiagudo, y tez ligeramente morena.

Ellos dos fueron los primeros en lanzarse en dirección a la hoguera como animales hambrientos.

– ¡Quietos ustedes dos! – Los detuvo la estructura de Kendo, mientras empuñaba el abanico que usaba, y los señalaba con él a modo de amenaza. Ambos se detuvieron en seco como si se tratara de la más letal de las armas, aunque más que por el abanico, parecía que lo que los había detenido había sido la mirada casi asesina de Kaoru. – ¡Es un pescado para cada uno!, ni uno más. Si alguno de ustedes se come más que eso, alguien se quedará sin comer. ¿Está claro?

– ¿Por qué nos estás diciendo estas cosas a nosotros? – Exclamó Yahiko, aparentemente algo ofendido.

– Sí, no es como si nos fuéramos a comer todo nosotros solos. – Añadió Sansouke, del mismo modo.

Kaoru simplemente les lanzó una última mirada inquisitiva, antes de bajar su abanico y permitirles avanzar. Se acercaron apresurados y tomaron cada uno un pez por el palo que los sujetaba y los dirigieron de inmediato a sus bocas.

– ¡Cuidado!, que aún está caliente. – Les indicó Kaoru con apuro, pero fue bastante tarde, o quizás no le hicieron caso.

La primera mordida que ambos dieron, les terminó quemando los labios y sus lenguas por igual, y ambos soltaron un fuerte alarido de dolor al aire.

– Son unos tontos. – Comentó entre risas Ayame, la nieta mayor del Doctor Gensai.

– Sí, muy tontos. – Añadió Suzume, también riéndose.

Kaoru y el doctor Gensai se unieron a las risas a expensas de los dos chicos, y estos a su vez no parecían principalmente felices por ello.

– ¡Ken-niisan! ¡Vamos a comer! – Exclamó Suzume con fuerza, girándose hacia atrás. Sin embargo, pareció extrañarse al darse cuenta de que la persona que buscaba no se encontraba ahí.

Kaoru volteó también en la misma dirección, y se percató e inmediato de lo mismo. Hace unos momentos le pareció haberlo visto ahí de pie, colgando la ropa lavada. La ropa estaba colgada al sol, en efecto, pero no había rastro de él.

– ¿Dónde está Kenshin? – Cuestionó, algo extrañada.

– Me parece que fue a su cuarto hace algunos minutos. – Comentó el Doctor Gensai.

¿A su cuarto? ¿Habrá ido a buscar algo? A Kaoru le pareció extraño que se fuera de esa forma sin decirle nada, no era propio de él. Pero igual eso no importaba tanto como el hecho de que se estaba perdiendo de los pescados fritos.

– Iré a buscarlo. – Mencionó la joven Kamiya, y de inmediato se dirigió en dirección a su habitación para avisarle.

– Dile que si no se apura me comeré el suyo. – Mencionó Sanosuke con fuerza para que lo escuchara, en parte en broma… y en parte enserio.

– – – –

Cuando su camino lo llevó en un inicio hacia Tokio, la antigua ciudad que él había conocido como Edo, su intención era sencillamente ir de paso, como lo había hecho tantas veces antes, en tantos otros pueblos y ciudades a lo largo de su viaje. Sin embargo, ya había pasado medio año, y aún seguía ahí; incluso a pesar de haberse ido hasta Kyoto, una ciudad que estuvo evitando pisar durante tantos años, al final terminó regresando otra vez a Tokio, y principal a ese sitio, al Dojo del Estilo Kamiya Kashin.

¿Por qué se había quedado tanto tiempo? ¿Por qué ese sitio en especial de todos los que había visitado en esos once años? A su yo de aquel entonces, seguramente le parecería confuso. ¿Y a su yo del presente? Se podría decir que no era tan simple…

Mientras se encontraba lavando y tendiendo la ropa, mientras miraba sonriente a sus amigos riendo y divirtiéndose frente a él, no pudo evitar comenzar a pensar en estas cosas. Las había llegado a pensar ligeramente antes de partir a Kyoto, pero no con la profundidad de esos momentos. ¿Cuál era la diferencia? ¿Qué era lo que pasaba por su mente en esos momentos, diferente a todos los anteriores?

Quizás la manera más fácil de describirlo era que… estaba feliz.

Estando en ese momento, en ese patio, realizando esa tarea tan simple al ojo común, y con esa escena tan casual ante él, pudo darse cuenta de que en verdad, pero en verdad, se sentía muy feliz, como no lo había estado en muchísimo tiempo, si es que acaso realmente en algún momento de su vida había sentido algo así. Pero más que aceptar esta agradable sensación con los brazos abiertos, lo que le causó fue… una gran culpa.

Por mucho tiempo, se había convencido a sí mismo de que él no merecía sentirse así. La felicidad era para las personas inocentes y justas de la nueva era, para las nuevas generaciones que no tendrían que crecer en un país hostil o madurar antes de tiempo. La nueva era y sus virtudes no le pertenecían; él había sido sólo un instrumento para forjarla, y seguiría siéndolo hasta que estuviera seguro de que todo por lo que había luchado era ya una realidad tangible, no sólo una idea o una posibilidad.

De todo ello creía estar más que seguro, pero… Desde que se encontraba ahí, su manera de pensar, su manera de sentirse hacia sí mismo, parecía haber comenzado a cambiar, tan lentamente que ni siquiera se había dado cuenta. Pensaría que el incidente en Kyoto quizás debió de haberle inspirado a deshacerse de todos esos pensamientos, pero no fue así; pareciera que su efecto, fue de hecho todo lo contrario.

Al volverse consciente de ello, no sin antes terminar de tender la ropa, se dirigió sigilosamente hacia su habitación sin decirle a nadie. No era tanto que quisiera estar a solas, sino más bien quería saciar las ansias enormes que sentía de ver… esos dos objetos. ¿Para qué?, para nada en especial; sólo quería verlos, saber que aún seguían ahí con él, casi como si temiera que comenzar a tener esos pensamientos los hicieran desaparecer.

Cuando llegó al Dojo Kamiya por primera vez, literalmente era un vagabundo sin muchas posesiones, más allá de la ropa que usaba, su Espada de Filo Invertido, un poco de dinero, y esos dos objetos, que guardaba envueltos en una frazada azul celeste en su armario. Una vez que estuvo ahí, sacó la frazada con delicadeza y la colocó en el suelo ante él. La contempló en silencio un rato, como si temiera abrirla y ver lo que ocultaba. Pero al final tomó fuerzas, y lo hizo.

Lo que escondía en su interior, era un cuaderno, de pasta verde, algo gastada al igual que sus hojas, y un trompo de madera, con colores verdes y rojos en la parte superior, que apenas y eran visibles tras el paso del tiempo. Ambos objetos eran ya viejos, roídos por los años, y bastante… comunes. Pero para él, eran muy valiosos; eran tesoros… recuerdos…

Una sonrisa se dibujó en sus labios sin que él se lo propusiera siquiera. Sin motivo alguno, tomó el trompo entre sus dedos, y lo examinó con detenimiento de un lado a otro, notando hasta la más pequeña de sus imperfecciones. Hacía mucho tiempo que no lo usaba; comenzó a preguntarse si aún podía girar. No tardó mucho en decidirse a probarlo por su cuenta. ¿Recordaría aún cómo hacerlo? Había pasado ya tanto. Enredó el viejo y sucio cordón entono al trompo, lo tomó en su mano, y estando aún sentado en su sitio, lo lanzó al frente, jalando el cordón mientras aún estaba suspendido en el aire.

Sorprendentemente, sus habilidades con la espada parecían no ser las únicas que se habían mantenido con los años. La punta del trompo tocó el suelo de tatami, y comenzó a girar sobre sí mismo con rapidez, permaneciendo en ese punto de manera casi perfecta.

Volvió a sonreír de nuevo…

– ¡Kenshin! – Escuchó relativamente cerca una voz que lo llamaba. – ¿Estás aquí?

Unos instantes después, el reconocible y brillante rostro de Kaoru se asomó por la puerta abierta de la habitación.

– Ah, hola Kaoru-dono. – Le saludó el pelirrojo, con una amplia sonrisa en su rostro. – ¿Todo está bien?

Kaoru, por alguna razón sintió un ligero rastro de alivio al verlo ahí sentado. Era bastante paranoico de su parte, pero desde lo de Kyoto, a veces sentía que si se le desaparecía de esa forma aunque fuera por un segundo, no lo volvería a ver otra vez.

– Sí, pero los pescados fritos ya están listos. Si no te apuras, Sano y Yahiko se acabarán todo.

– Lo siento. Iré enseguida.

Kaoru asintió, y se dispuso a volver con los otros. Sin embargo, en ese momento, por el rabillo del ojo, logró divisar el trompo, aun girando en el tatami, lo cual llamó de inmediato su atención.

– Nunca había visto ese trompo. – Murmuró mientras se permitía a sí misma ingresar al cuarto. – ¿Es tuyo?

– Sí. – Le respondió Kenshin, con tono moderado.

El trompo poco a poco perdió su impulso, y terminó cayendo de lado. Kaoru se puso de rodillas y lo tomó del suelo entre sus dedos, mirándolo con curiosidad.

– Se ve algo gastado.

– Ya tiene muchos años. Es una de las pocas cosas con las que llegué a este dojo por primera vez.

– Entiendo. ¿Es algún objeto preciado para ti?

Kenshin asintió lentamente con su cabeza.

– Fue un regalo de mi hermana mayor.

Esas palabras destantearon por completo a Kaoru, tanto como si el suelo debajo de ella se hubiera sacudido con violencia. Aún con el trompo en sus manos, se viró rápidamente hacia él, con sus ojos totalmente abiertos y casi desorbitados.

– ¿Hermana? – Exclamó con su voz casi entrecortada.

En el fondo, a Kenshin le parecía un poco divertida la reacción que Kaoru acababa de tener, pero no era precisamente el momento adecuado para sentirse divertido. Quizás había sido demasiado casual en su comentario, quizás debió de ser más cuidadoso con lo que decía, y cómo lo decía. La sorpresa de la joven era realmente más que justificada…

Miró de reojo de forma discreta al segundo objeto, que aún seguía sobre la frazada azul: el cuaderno de pasta verde y gastada…

– Más allá de mi pasado como Destajador, lo cierto es que Kaoru-dono no conoce nada de mi pasado, y nunca me has preguntado al respecto. – Murmuró de pronto, volviendo a tomar por sorpresa a Kaoru, aunque nada comparado con la primera sorpresa.

La joven de ojos azules guardó silencio. Era cierto, no tenía mucho motivo para sorprenderse, al no saber realmente nada del pasado de la persona delante de ella. Claro, sabía lo que todo el mundo sabía, la historia de Battousai, o más bien su leyenda. Que había sido entrenado desde niño por el Maestro Seijuro, que había dejado de matar luego del fin de la Restauración, y que estuvo viajando todo ese tiempo por el Japón… Y quizás eso era lo único.

Nunca preguntó más. ¿Porqué…? Bien, la respuesta en realidad no era tan difícil de entender. De hecho, ella ya la había dado hace algún tiempo atrás… muy atrás…

Bajó el trompo con cuidado, colocándolo en el suelo justo frente a él.

– Cuando llegaste a este dojo te lo dije, ¿acaso lo olvidas? – Le comentó, al tiempo que le compartía una linda y brillante sonrisa. – Te dije que no me importaba tu pasado, ni quien habías sido antes de ese momento. Sólo quería conocer a la persona que eras ahora, a Keshin Himura, el vagabundo, y eso aún lo sostengo. Desde entonces te he ido conociendo cada día más, y he podido ser testigo de la maravillosa persona que eres, la persona más maravillosa del mundo entero. Si he de saber de tu pasado, quiero que sea lo que tú desees compartir conmigo.

Kenshin agachó un poco su cabeza, y la sonrisa en sus propios labios se acrecentó un poco.

– Gracias. Eso significa mucho.

A Kaoru le extrañó mucho las reacciones de Kenshin, y sobre todo que estuviera tocando esos temas tan de repente. Se le veía algo serio, pensativo. No había reparado mucho en ello antes de ese momento, pero en realidad había estado muy parecido durante el transcurso del día.

– ¿Todo está bien? ¿Algo te molesta?

Kenshin siguió con su mirada agachada, viendo el cuaderno a su lado. Guardó silencio un rato, como si no tuviera deseos de responder…

– Kaoru-dono…

– Hey, Kaoru. – Escucharon en ese momento que la voz del Doctor Gensai pronunciaba con fuerza desde el pasillo, interrumpiendo lo que fuera que Kenshin estuviera a punto de decir. El hombre mayor se acercó por el pasillo, asomándose también al interior del cuarto. – Hay un joven en la entrada que te busca.

– ¿Un joven? – Murmuró Kaoru, confundida. – ¿Será un nuevo estudiante?

– No me lo parece. Se ve agitado y cansado, y trae ropas de viaje.

Eso les sonó bastante raro a ambos. Sin espera, tanto Kaoru como Kenshin se pusieron de pie y se dirigieron a la entrada.

Esperaban encontrarse con algún extraño, pero de hecho no fue así. La persona que aguardaba en el portón, era un hombre alto, de complexión algo fornida, de cabello café oscuro, corto, aunque algo parado. Lo reconocieron de inmediato: era Shirojo, uno de los miembros del Oniwabanshu de Kyoto, y en efecto respiraba agitadamente y sudaba, como si hubiera estado corriendo con gran apuro.

– Señorita Kaoru, señor Himura. – Exclamó el shinobi entre respiros, en cuanto los vio.

– Shirojo-san. – Murmuró Kaoru, confundida al verlo ahí, en Tokio, y justo en la puerta de su casa.

Lo lógico era preguntarle de inmediato qué lo había traído a ese sitio, porque si había venido desde Kyoto y sin avisar con una carta de por medio su llegada, era porque de seguro algo grave había ocurrido. Pero Shirojo se adelantó a hablar antes que cualquiera de los dos.

– ¡Señor Himura!, necesito hablar con usted cuánto antes. – Pronunció con fuerza, inmediatamente después de recuperar el aliento. – El señor Aoshi me envió a buscarlo.

– ¿Aoshi? – Musitó Kenshin, ligeramente desconcertado.

– Necesito que venga conmigo a Kyoto, de inmediato. Ha pasado algo terrible.

Esas palabras alarmaron a Kenshin y Kaoru por igual. La joven maestra de Kendo, volteó a ver de reojo al pelirrojo. Éste simplemente veía al Oniwabanshu con asombro en su rostro. ¿Qué podría ser eso tan terrible que provocara que el propio Aoshi mandara a alguien a buscarlo y a pedir que fuera a Kyoto de inmediato? Especialmente considerando que aún ni siquiera se cumplía un mes de su retorno a Tokio…

– ¿Ir a Kyoto? – Murmuró el espadachín con duda en su voz.

Tras los pensamientos que estaba teniendo justo hace unos minutos atrás, lo que menos deseaba realmente era volver a Kyoto tan pronto…

– – – –

Nagasaki, Japón
26 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

Nagasaki era bastante similar a Shanghái en varios sentidos. Ambas habían adquirido con el paso del tiempo, una apariencia y costumbres tales, que parecían haberse convertido en ciudades occidentales, construidas en sus remotos países de oriente. La apertura de Japón a los occidentales no fue tan agresiva como para China; no tuvieron que perder dos guerras para ello, pero no por eso fue menos significativo para su gente. Sin embargo, aún durante los doscientos años que los Tokugawa mantuvieron Japón aislado en su totalidad de la intervención con los extranjeros, Nagasaki seguía siendo teóricamente el único sitio que seguía teniendo aunque fuera un ligero contacto con el exterior, más que nada con Holandeses y Chinos.

Al llegar a Nagasaki, hace unos días atrás, Enishi no sentía en lo más mínimo que estaba poniendo de nuevo sus pies en tierras japonesas, tierras que había abandonada hace ya casi once años, y a las que se había prometido a sí mismo no volver a pisar… hasta que el momento de su Justicia llegara. Ahora, en efecto, el momento de dicha Justicia había llegado, pero no era el principio primordial que lo había llevado a dirigirse a Japón tan presurosamente. Era un motivo muy diferente, pero no por ello más o menos importante.

Ya llevaba aproximadamente una semana ahí, sin haber hecho realmente mucho, o no mucho que le importara realmente. Más que nada había estado guardando las apariencias, no llamando mucho la atención, y revisando lo que la mayoría de la gente en Shanghái, creía que era el propósito de su viaje. Sin embargo, más que nada había estado aguardando, aguardando a que una persona en especial realizara todo el largo viaje desde Kyoto hasta ese lugar. Lo había mandado contactar incluso desde antes de que saliera de Shanghái, y parecía que al fin ese día lo vería.

El punto de reunión sería un café estilo occidental, en la zona comercial, no muy lejos del puerto. El establecimiento tenía mesas y sillas afuera del local, en el que la gente podía sentarse y ver a las personas pasar; qué pasatiempo tan extraño, pensaba el albino. Igual se sentó ahí, con su impecable traje blanco reflejando los brillantes rayos del sol veraniego, y sus ojos turquesa ocultos detrás de sus lentes oscuros. Estaba cruzado de piernas, y frente a él tenía una taza del té más asquerosamente dulce que había tomado en su vida; apenas había aguantado dar dos sorbos de él. De pie a su lado, como casi siempre, se encontraba su leal Xung. En favor de la discreción, lo había convencido de usar un traje diferente a su habitual, un traje de hecho similar al de un sirviente occidental; pantalón y saco gris oscuro, camisa blanca, chaleco negro. Y principalmente, no traer sus dos sables consigo, aunque eso pareciera incomodarlo tanto como si anduviera desnudo.

Como fuera, parecía estar funcionando. La gente iba y venía por la calle, y no llamaban en lo absoluto la atención. Sólo era un hombre bien arreglado, tomando el té, acompañado de su sirviente. Simple, común. Lo más llamativo podría ser su cabello blanco, pero esperaba que eso no diera tantos problemas.

Llevaba esperando ya casi una hora, y empezaba a impacientarse. Claro, ya había esperado una semana, ¿qué tanto podía ser esperar un poco más, no? Pero la ansiedad ya era demasiada. Deseaba llegar a su verdadero destino lo más pronto posible; nunca antes había deseado tanto algo, además de ese otro tema… El quedarse aunque fuera un minuto más ahí, lo hacía sentir que perdía el tiempo.

Necesitaba sentir al menos que las cosas se movían un poco, sentir que hacía algo para lograrlo. Sentir al menos que ya estaba un poco más cerca…

– Cuánto tiempo, señor Yukishiro. – Escuchó de pronto una voz a sus espaldas que lo sacó abruptamente de sus pensamientos. – Es bueno verlo con tan buena salud.

Discretamente volteó a ver sobre su hombro. Una persona se acababa de sentar en la mesa detrás de él, específicamente en la silla más cercana a la suya, por lo que ambos estaban dándose mutuamente la espalda. Por lo que alcanzó a ver, parecía ser un hombre de hombros anchos, usando un sombrero café opaco, al igual que un abrigo del mismo tipo. Debajo del sombrero, lo único que alcanzaba a ver eran rastros de una cabellera grisácea, corta, y apenas un poco de la piel de su cuello y de sus manos, que estaban sobre la mesa. Si se basa en el aspecto de su piel, parecía ser ya un hombre mayor, que aunque tenía complexión gruesa, ya debía de tener más de cincuenta, o incluso sesenta años.

– Señor Gein. – Comentó al albino, sonriente, virándose de nuevo al frente. – Veo que su concepto de discreción ha mejorado.

Escuchó una pequeña risilla provenir del hombre a sus espaldas. Cuando pactaron un lugar tan visible, Enishi se había preocupado un poco de que la persona que lo había citado, se presentara con el mismo traje con el que siempre lo había visto; eso sí hubiera llamado demasiado la atención. Pero al parecer, lo había subestimado un poco.

– Igual que el suyo, señor. – Comentó Gein, divertido, inclinando un poco su cabeza hacia Xung, el cual simplemente lo miraba de reojo, en silencio, y con marcada desconfianza en su mirada.

– Puede hablar con libertad frente a Xung. – Señaló Enishi, de manera despreocupada.

– ¿Está seguro?

– Más me vale.

Xung se encontraba un tanto confundido por la curiosa escena. Lo único que sabía, era que su maestro se reuniría con alguien en secreto en ese sitio, pero no tenía idea de con quién. Era un hombre mayor, con algunas arrugas en su rostro y lunares, pero en general se veía aún bastante fuerte. No lo reconocía en lo absoluto. Adicional a eso, habla con Enishi en un japonés muy fluido, no en chino. Por suerte, había sido de cierta forma obligado a aprender japonés con el fin de poder servir a Enishi como era debido, y por ello no batallaba en entender sus palabras.

Esos últimos comentarios que ambos habían intercambiado, confundieron un poco al joven. Si se tratara de un hombre del Feng Long en Nagasaki, ¿por qué les preocuparía el hablar ante él de algo? La respuesta más lógica, parecía ser casi siempre la correcta: ese hombre no era del Feng Long.

– Lamento haberlo hecho esperar tanto tiempo. – Comentó el hombre de sombrero y gabardina, mientras miraba al frente. Era una conversación extraña, estando los dos de espaldas al otro, pero al menos era discreta, y eso era lo que buscaban. – Pero debió haberme avisado antes que quería verme aquí en Nagasaki.

– Fue un viaje improvisado, lo siento. – Comentó Enishi, con un tono relajado. – Aprovecho para agradecerle frente a frente por toda su información… o usted me entiende.

– Gracias. La verdad no fue sencillo suplantar a un miembro del grupo de ese hombre, Makoto Shishio. No era para nada un tonto, era de hecho un hombre excepcional, como ya quedan pocos en esta era.

– Puede ahorrarse su admiración por el Señor Shishio, que en paz descanse.

– Lo lamento.

Gein era precisamente esa persona de la que había hablado con Hei-shin, el “espía” que había colocado cerca de su antiguo cliente, Shihio Makoto, para que le pasara información de sus movimientos, y sobre todo si una persona en especial se aparecía cerca de él, y dicho movimiento había rendido valiosos frutos. Había oído bastantes historias de él, antes de conocerlo por primera vez el octubre pasado. Y, aunque en un inicio le pareció un poco extraño, detectó de inmediato el gran potencial y utilidad de sus habilidades, no sólo recolectando esa información, sino de ayuda directa en el asunto en el que pensaba usarla.

Enishi volvió a tomar su taza y le dio un pequeño sorbo. Esperaba que algo más frío el sabor mejorara, pero en todo caso lo empeoró. No entendía como los occidentales podían beber esa cosa.

– Hay algo que quiero preguntarle sobre ese hombre, ya que estamos en persona. – Cuestionó el jefe del Feng Long con un tono mucho más serio que el que había usado para iniciar esa conversación.

– ¿Sobre Shishio?

– No. – Le respondió de forma cortante. Aguardó unos segundos, y entonces terminó su respuesta. – Sobre Battousai Himura…

El aire en torno a Enishi pareció tensarse enormemente en cuanto ese nombre surgió de sus labios. Y era de hecho un nombre que a Xung no le sonaba en lo absoluto, pese a que de vez en cuando le había parecido escuchar a “Shishio Makoto” en algunas conversaciones entre los jefes.

Gein se apresuró a responder, sin ponerle mucha importancia a su cambio.

– Todo lo que averigüé está en los reportes que le envié, y me parece que es más que suficiente, incluyendo su residencia actual y sus amigos que intervinieron en incidente de Shishio.

– Hay algo que no viene en ellos. – Murmuró Enishi con pesadez. – La cicatriz en forma de cruz… ¿Sigue aún en su mejilla?

Esa pregunta confundió bastante Gein, quien no pudo evitar mirarlo sobre su hombro por mero reflejo, aunque sólo se pudiera encontrar con su abundante cabellera blanca. ¿La cicatriz? Claro, siempre que hablaban de cómo era Battousai, todos hablaban de su cabello rojizo, sus ojos claros violetas, y una cicatriz en forma de cruz en su mejilla izquierda. ¿Pero por qué le estaba preguntando precisamente de ella?



– Me parece que sí. – Respondió, algo dudoso. – No la vi personalmente, pero si me baso en lo que nos dijeron Shishio y Hoji, al parecer aún sigue ahí. ¿Eso es importante?

Xung notó entonces como los dedos de su mano derecha comenzaban a apretar con fuerza su taza. Cada vez más y más fuerte, hasta que la taza entera cedió a su fuerza, fracturándose en varios pedazos, y esparciendo el líquido que contenía por el mantel, incluso mezclado un poco con su propia sangre, pues uno de los pedazos de porcelana le había cortado.

El sonido de la taza rompiéndose, puso en alerta tanto a Xung como a Gein, pero ninguno movió un dedo, ya que ninguno entendía qué había pasado. Enishi miraba de manera perdida a la mesa, y no pareció importarle en un inicio lo que había pasado. Luego de algunos segundos, reaccionó al fin, y tomó su servilleta para limpiarse su herida.

– Buen trabajo, señor Gein. – Comentó de pronto con un tono más jovial, mientras rodeaba su mano con la servilleta. – Estoy complacido.

– Y a mí me complace complacerlo, señor. – Murmuró mientras hacía una pequeña reverencia con su cabeza, aunque él no fuera capaz de verla. – En cuánto lo diga, nos ponemos en marcha a Tokio.

“¿Tokio?” – Pensó Xung en su cabeza, algo confundido.

Tokio era la capital de Japón, ¿no? O al menos eso tenía entendido. ¿Por qué querría Enishi ir para allá?, eso no estaba en sus planes… No en los que él conocía, al menos.

– Por el momento no nos iremos de Nagasaki, señor Gein. – Señaló el albino, tomando por sorpresa al hombre a sus espaldas. – Requiero ocuparme de otro asunto muy importante primero, y para ello necesito de su apoyo para que averigüe algo más por mí.

– ¿Qué cosa?

El vendaje improvisado de su mano ya estaba terminado. De seguro ocuparía algo más elaborado para curarse esa herida por completo, pero de momento estaría bien con eso. Al menos ya tenía una excusa para no seguir bebiendo ese asqueroso té. Tantos años fuera de su natal Japón, y se le ocurría pedir un té inglés.

– En algún punto en los alrededores de Shimabara, quizás entre los bosques aledaños al monte Unzen, existe una aldea, olvidada por el gobierno actual, que fue atacada y destruida hace como trece o catorce años. Era habitada en su totalidad por cristianos, que cortejaban la posibilidad de aliarse con los Realistas durante la Restauración, y por ello fueron exterminados por los Tokugawa. Necesito saber su ubicación exacta y cómo llegar hasta ahí. Usted es originario de aquí de Kyushu, ¿no es así? ¿Cree que podría averiguármelo?

– ¿Qué tiene que ver eso con Battousai? – Cuestionó Gein, notoriamente confundido.

– Absolutamente nada, son asuntos a parte. – Señaló Enishi, y entonces lo volteó a ver sobre su hombro con algo de seriedad. – ¿Es eso un problema, acaso? Creo que le estoy pagando lo suficiente para poder encargarse de más de un tema, especialmente ahora que su estadía a lado del señor Shishio ha terminado.

– Sí, por supuesto. Es sólo que creí que ese otro asunto era el que más le urgía.

– Qué observador, pero soy perfectamente capaz por mí cuenta de determinar qué me urge y qué no.

Para Gein fue más que claro que el mafioso no quería escuchar, y mucho menos responder, más preguntas al respecto. Ese cambio tan repentino lo sorprendió un poco.  Daba por hecho que había ido a Japón y quería verlo, en base a ese asunto que tanto le había pedido investigar, y que lo había citado ahí en Nagasaki, simplemente porque era el puerto más grande al cuál llegar, viniendo del continente. ¿Pero entonces había algo más implicado en realidad? ¿Su estadía ahí en Nagasaki y el haberlo citado ahí obedecía a otro asunto, y que no tenía nada que ver con el otro?

Tenía curiosidad, no podía negarlo. Pero en algo tenía razón; le pagaba bastante bien como para seguir hostigándolo con preguntas, especialmente por temas  que no le incumbían.

– Entiendo. – Murmuró Gein, recuperando su serenidad. Se quedó callado un rato, meditando ya de manera íntegra la petición que le había hecho. – Después del incidente de los Kurofunes, el Shogun colocó espías en los puertos más importantes y abiertos al comercio con los occidentales, para vigilar sus actividades y su influencia en la gente de dicha región. Aquí en Nagasaki, hubo un grupo numeroso de los Oniwabanshu, los shinobi encargados de la protección del castillo de Edo. Entre sus labores se encontraba también el prever cualquier posible movimiento sospechoso e intento de rebelión. Si dicha aldea existió, y sus habitantes planeaban rebelarse contra el gobierno, de seguro ellos lo sabrían. Se dice que ese grupo sigue aun operando por estas tierras, pero, como entenderá, no es sencillo sacarles información.

Con qué los Oniwabanshu. Cuando era niño, en Edo, de vez en cuando le había tocado escuchar a personas comentar leyendas sobre esos ninjas. Decían que su influencia no se limitaba al castillo del Shogun, sino que controlaban toda la ciudad en secreto, y no podías ni picarte la nariz sin que un Oniwabanshu te estuviera viendo. Por supuesto, como casi todo el mundo, siempre pensó que eran simples leyendas y mitos para impresionar a niños e ignorantes. Pero si al menos la mitad de lo que se decía de ellos era cierto, si estuvieron vigilando estas tierras en aquel entonces, de seguro debían de saber algo.

– Me lo imagino, pero estoy seguro que hará lo necesario para hacerlo, ¿no?

– Supongo que así tendrá que ser. – Comentó Gein, con cierto humor en su tono. En ese momento se paró de su silla, se abotonó bien su saco y se dispuso a retirarse. – Lo mantendré informado.

Enishi se quedó sentado, mirando al frente, simplemente escuchando el sonido de sus zapatos contra el empedrado, hasta que se confundió con el paso de todos los demás. Una mesera vino un rato después a limpiar su mesa. Le ofreció otra taza de té, pero él la rechazó, lo más gentilmente que le fue posible. Pidió que le diera la cuenta, y entonces lo dejó solo de nuevo… Solo, a excepción de Xung, quien había estado ahí todo ese tiempo, escuchando toda esa plática.

– Supongo que debes de tener muchas preguntas sobre lo que acaba de ocurrir, querido  Xung. – Comentó Enishi con ironía, mirando a su guardaespaldas de reojo. – Aunque estuviéramos hablando en japonés, sé que nos entendiste. Sé que tuviste que aprender mi idioma para entender este tipo de conversaciones. ¿O me dirás que me equivoco?

Xung bajó su mirada, no avergonzado o intimidado… más bien, confundido, confundido sobre qué debía de pensar tras todo lo que escuchó, o qué debía de decir.

– No me corresponde hacer preguntas sobre sus asuntos, maestro. – Le respondió el chico con la mayor firmeza que tenía, la cual no era precisamente mucha.

– Hong-lian y los otros líderes creen que estoy haciendo este viaje para supervisar la creación de nuestra red de información. El que vinieras conmigo sólo cumple el propósito de cuidar esa coartada. Pero creo que ya has de tener bastante claro que no estamos aquí por eso, ¿o no? – Esperó unos momentos para ver qué respondía, mas nada surgió de su boca. – Anda, dime. ¿Por qué piensas que estoy aquí realmente? ¿Por qué piensas que le hice esa petición al señor Gein? Puedes decirme lo que crees, con toda confianza.

Xung dudó de realmente obedecer esa petición. ¿Era algún tipo de prueba? ¿Qué es lo que haría dependiendo de su respuesta…?

– Es… sobre la chica cristiana, ¿quizás? – Murmuró en voz baja, y con duda. – ¿Vino a buscarla?

Era lo primero que se le había venido a la mente. Había mencionado a Shimabara, y a un grupo de cristianos. El único interés que pudiera tener su maestro en algo así, tendría que estar relacionado con aquel grupo que habían conocido hace meses. Y dentro de ese grupo, la única persona que podía llamar a tal grado su interés, debía de ser esa chica, la hermana del líder de su movimiento, con la que habían cenado el año nuevo pasado en el Barrio Cristiano. Había dicho hace mucho tiempo que esa chica no le interesaba de esa forma, pero… ya desde aquél entonces había dudado de la veracidad de esa afirmación.

Enishi sonrió complacido al escuchar esa respuesta.

– Eres más listo de lo que pareces. Pero así es, el asunto inmediato por el que estoy aquí, es ese. Pero…

Se giró en ese momento lentamente hacia él, y lo miró fijamente con sus ojos turquesa, mismos que al sentirlos sobre él, pusieron aún más nervioso al joven guardaespaldas.

– Así de listo eres, que también te diste cuenta de que tengo otro asunto además de ese, ¿verdad? Te pediría que me guardes todo esto en secreto, pero igual es probable que tarde o temprano se lo digas a Hong-lian. Así que si gustas, puedes comentarle que sí, vine aquí para buscar a una chica, eso le encantará, y no le estarías diciendo mentiras. – Guardó silencio unos instantes, y cuando volvió a hablar, su voz se volvió mucho más grave y sombría que antes. – Pero si le comentas algo sobre todo lo demás que conversé con el señor Gein hace unos momentos… tendré que matarte… Y sabes que lo haría. ¿Lo has entendido?

Cuando tratabas con Yukishiro Enishi, era difícil determinar en qué momento hablaba enserio, y en qué momento estaba bromeando o siendo sarcástico. Pero en ese momento, no había nada, ni en su tono ni en su mirada, que pudiera dejar la puerta abierta a pensar que lo que decía no era enserio…

Xung no fue capaz de responderle nada con palabras, por lo que simplemente asintió lentamente con su cabeza, y ese sencillo acto pareció ser suficiente para Enishi, quien de inmediato volvió a sonreír.

La mesera trajo un rato después la cuenta, la cual el líder del Feng Long pagó, acompañada además de una muy generosa propina. No esperó más tiempo luego de ello, y se puso también de pie, comenzando a andar por la calle principal; Xung tampoco tardó ni un segundo en seguirlo con apuro.

– Bien, andando, que tengo que comprar algunos regalos. – Indicó el albino con un tono algo burlón.

– ¿Regalos? – Le cuestionó Xung, sin entender a qué se refería.

Enishi rio divertido, y lo volteó a ver un segundo después sobre su hombro. Una larga sonrisa astuta se había dibujado en sus labios.

– No puedes ir a saludar a una dama sin llevarle un regalo, ¿o sí?

La explicación no fue del todo esclarecedora para Xung, pero tenía que bastarle por el momento. No volvió a cuestionar nada más por el resto de la tarde. Simplemente se limitó a seguir a su maestro, en la compra de una gran variedad de artículos, casi todos, si no es que todos, artículos para una mujer.

– – – –

Kyoto, Japón

Pasaron la noche siguiente a la llegada de Shirojo en el Dojo Kamiya, para que su amigo de Kyoto pudiera descansar de su largo viaje, y tuvieran tiempo de preparar todo antes de marcharse. Kaoru hubiera querido tener más tiempo, pero Shirojo insistió mucho en que debían partir a la mañana siguiente sin falta.

Aprovecharon también ese tiempo para que su repentino visitante pudiera explicarles con más calma la situación. Traía consigo una carta de Okina con los detalles, pero igual la información de ésta se complementó bien con el relato del shinobi.

Al principio Kenshin contempló la posibilidad de ir solo, sobre todo porque Okina y Aoshi parecían requerirlo a él directamente. Sin embargo, fue más que obvio desde el inicio que Kaoru, así como Sanosuke y Yahiko, no lo permitirían. Luego de haberse ido como se fue la última vez a Kyoto, prácticamente a escondidas y sin despedirse de nadie, a excepción de Kaoru, y al final haciendo sin querer que tuvieran prácticamente que perseguirlo, no se sintió del todo capaz de negarse a que lo acompañaran. Además, si alguna enseñanza le había dejado su última aventura, era que podía ser una mejor y más capaz persona, cuando ellos se encontraban a su lado, sin importar lo que fuera este nuevo y sospechoso incidente.

Partieron los cuatro sin espera al día siguiente, como habían acordado, siendo acompañados y guiados por el ninja de los Oniwabanshu. Sabiendo que de seguro no contaban con el dinero suficiente para costearse a sí mismos el viaje, Okina le había dispuesto a Shirojo el dinero necesario. Kaoru, sin embargo, sabía que sus amigos de Kyoto tampoco debían de disponer precisamente de mucho dinero sobrante, en especial después de haber tenido que reconstruir el Aoiya casi desde sus cimientos, así que se dispuso a pagar al menos la mitad de los gastos… Aunque eso significó más bien, pedir algo de dinero prestado al Doctor Gensai, el cual tenía pensado devolverle de inmediato en cuanto volvieran a Tokio, de alguna u otra forma.

El viaje duró siete días, pero al final llegaron sin contratiempo alguno a la antigua capital del Imperio Japonés.

Cuando hace un mes iban todos de regreso en el tren a Tokio, hablaron de volver algún día, de visita, quedarse una temporada, divertirse con sus nuevos amigos. En aquel entonces ninguno pensó que tuvieran de hecho que volver tan pronto, y de nuevo porque algo extraño ocurría en esa ciudad. Kenshin no decía nada, pero Kaoru sabía muy bien que toda esa situación de alguna forma lo afectaba. Había estado tan pensativo últimamente, y el enterarse de que tenían que volver a Kyoto tan pronto, estaba segura de que no lo ayudaría a sentirse mejor.

Quizás podrían haberse negado, ¿pero cómo hacerlo siendo una petición tan urgente de sus amigos, que tan buenos y amables habían sido con ellos durante su estadía en Kyoto? Además, tenía que ver con Misao, una jovencita que muy fácilmente se había ganado el corazón de todos ellos, aunque algunos no lo admitieran tanto como otros. Y como cereza coronando toda esa inusual situación, en la carta se decía que era un asunto que involucraba a Kenshin directamente, y de forma muy personal. Pero no daba más detalles, argumentando que era un tema delicado, y que era mucho mejor hablarlo en persona. ¿Cómo pasar algo como eso por alto?

Llegaron temprano por la mañana del día 26; estaba bastante soleado y caluroso, aunque corría una ligera brisa agradable. En el Aoiya, todos los recibieron con los brazos abiertos, pero con una euforia moderada como acataba la situación. Los habían invitado a descansar de su largo viaje, pero Kenshin insistió en querer ir a ver a Misao antes que nada, por lo que Omasu los encaminó hacia su habitación.

La joven ninja reposaba sobre su futon, mientras Okon se encontraba a su lado. A simplemente vista, parecía que se encontraba totalmente dormida, pero su sola expresión les indicaba que no era un sueño tranquilo. Okon tenía a su costado un balde con agua y algunos paños, posiblemente para humedecerlos.

Kenshin ingresó al cuarto, y se colocó de rodillas, justo a un lado de Misao; sus demás amigos, decidieron mejor aguardar en la puerta. El espadachín contempló a la jovencita de arriba abajo con detenimiento, poniendo principal atención en su rostro. Shirojo les había descrito su estado, un tanto más alarmante. Les dijo que parecía sufrir mientras dormía, como si cada respiración estuviera acompañada de un dolor punzante en su pecho, que la hacía soltar un gemido, a veces inaudible pero no por ello inexistente. En esos momentos, no parecía haber dolor. Su respiración era lenta y tranquila, y la expresión de incomodidad en su rostro parecía más propia de una persona que intentaba luchar con todas sus fuerzas para despertar, más que de alguien que estuviera sintiendo algún malestar específico.

– ¿No ha recobrado el conocimiento en estos días? – Cuestionó el Destajador.

– Logró despertarse hace cuatro días. – Le informó Okon con pesadez. – Pero no ha logrado levantarse, o estar consiente por más de un par de horas seguidas.

– ¿Tuvo fiebre? – Preguntó a continuación, mirando el balde con agua y los paños a un lado de la Ninja mayor.

– Un poco, nada grave, pero no queríamos que se le fuera a subir. La verdad, yo la veo ahora mucho mejor.

– Es tan extraño verla así. – Señaló Yahiko en voz baja, casi como un simple pensamiento. – En el tiempo que estuvimos aquí en Kyoto, siempre la vi yendo de un lado a otro, como si tuviera energía infinita. ¿Quién pudo hacerle algo como esto?

Kenshin, de hecho, ya tenía una idea en su cabeza, no tanto del atacante en sí, sino de lo que le había hecho. El sólo escuchar y ver los síntomas, e inspeccionar su cuerpo sin notar ninguna marca visible de herida o golpe, era quizás la mayor pista de todas.

Estuvieron cerca de media hora con Misao, esperando a ver si lograba despertar y poder hablar con ella, pero no corrieron con suerte. Kenshin pidió entonces hablar con Okina, y Omasu de inmediato se ofreció a guiarlo hacia él. Kenshin les indicó a sus amigos que si deseaban, podían quedarse con Misao, pero sus tres acompañantes de inmediato lo rechazaron y se le sumaron. Era probable que también tuvieran cierta curiosidad de escuchar que era eso tan misterioso e importante que tenían que decirle, y no podía culparlos; él mismo estaba ansioso de oírlo, aunque no lo exteriorizara tanto.

Omasu los guio hacia el cuarto en donde Okina los aguardaba, un cuarto en lo más profundo de la posada, pequeño y discreto. El anciano Okashira, de cabello, bigote y barba blanca, rostro alargado y ojos serenos, se encontraba de rodillas a un extremo del cuarto. Kaoru sintió algo de alegría al ver al hombre, aunque esa alegría se carcomió un poco al ver, parado contra la pared a sus espaldas, a otra persona, vistiendo un yukata amarillo claro, con sus brazos cruzados y ojos cerrados.

Aoshi Shinomori, parecía sumido en su propio asunto. Tenía su perpetuo rostro estoico, agachado y casi cubierto por completo por sus mechones de cabello. Ni siquiera volteó a verlos cuando aparecieron en la entrada. Okina, por el contrario, parecía más que contento de verlos, mucho más que Omasu y el resto.

– Himura, Señorita Kaoru, Sagara-san, Yahiko-san. Qué placer volver a verlos a todos, y en especial tan pronto. – Exclamó con notoria efusividad, dibujando una pequeña sonrisa bajo su bigote.

– Lo mismo digo, Okina-sama. – Le respondió el pelirrojo, igualmente con una sonrisa, y con una ligera reverencia con su cabeza

Omasu se retiró para traerles algunas bebidas frías, y los cuatro ingresaron al cuarto para tomar asiento en el suelo justo frente a Okina. Aoshi, siguió de pie, recargado contra la pared, y demostrado absoluta indiferencia ante su presencia, aunque la suya sí que seguía causándoles cierta perturbación que impedía que se sintiera completamente cómodos, sobre todo a Kaoru y Yahiko. Aún les era difícil hacerse a la idea de que ya no era su enemigo, y que podían estar normales a su encuentro.

Durante el tiempo que estuvieron quedándose en el Shirobeko junto con los demás miembros del Oniwabanshu, Aoshi incluido, en realidad nunca convivieron mucho con el antiguo Okashira. Él siempre parecía estar metido en su propia cabeza, y rara vez cruzaba palabra con alguno de ellos; sólo muy contadas ocasiones con Kenshin. Casi nunca estaba, pues la mayor parte del tiempo se la pasaba en el templo. Pero cuando estaba, incluso los otros miembros de su grupo, a excepción de Misao y Okina, parecían dudar de cómo actuar ante él. En cuanto entraba a la habitación, todos se quedaban en silencio, y procuraban no tener contacto visual o cruzarse en su camino. Esto se volvió mucho más claro, y hasta peor, cuando Megumi llegó de Tokio para tratar las heridas de Kenshin. Su historia con el ninja era mucho más complicada que la del resto, y se notaba mucha más tensión cuando estaban los dos juntos en el mismo cuarto; por suerte, eso se dio pocas veces.

Quizás todo hubiera sido diferente si el shinobi hubiera mostrado mayor apertura… Pero era quizás como pedirle peras al olmo.

– ¿Ves cómo tenía razón de que debían quedarse más tiempo? – Comentó Okina con un tono ligeramente burlesco. – Nos hubiéramos ahorrado muchas molestias.

– No había forma de que supiéramos que algo como esto ocurriría, Okina-sama. – Recriminó Kaoru, sintiendo que su comentario estaba un poco fuera del lugar.

– Lo sé, lo sé. – Asintió el anciano, tomando de inmediato un semblante mucho más serio. –Igualmente debo aceptar que esperaba que nuestro siguiente encuentro fuera en otro tipo de situación. Es una pena que a veces sólo las desgracias sean las que unen a los amigos, ¿no les parece?

Nadie dijo nada con respecto a su afirmación, pero su silencio por sí solo, era ya bastante respuesta.

– Acabamos de ver a Misao. – Señaló Kenshin, rompiendo el pequeño silencio que se había formado en la habitación. – Parece estar mejor a como Shirojo-san nos había dicho.

– Aún se encuentra débil, pero con un poco más de descanso se recuperará. Sencillamente su cuerpo no está acostumbrado a recibir ese tipo de ataques.

– ¿Qué tipo de ataque recibió exactamente? – Inquirió Kaoru, algo dudosa. – No me pareció que tuviera ninguna herida. Parecía sólo profundamente adormilada.

– Eso es porque en realidad no tiene ninguna herida, no una visible al menos.

Los cuatro visitantes de Tokio parecieron sorprendidos al escuchar esa afirmación, aunque Kenshin no lo parecía tanto. Su mente ya comenzaba a preverlo, pero terminó siendo el propio Aoshi quien le confirmó su sospecha.

– Misao no fue atacada físicamente. – Escucharon como el hombre alto y de cabello negro murmuraba al fin, rompiendo su silencio; aun así, siguió con sus ojos cerrados, y sin el menor ademán de querer mirarlos. – Fue un ataque de Kenki. El asesino usó su energía para golpear directo al corazón de Misao y así inmovilizarla.

– ¿Un ataque de Ki para inmovilizarla? – Susurró Kaoru, como si el repetir esas palabras pudiera volver mucho más claro el horrible pensamiento que le estaba cruzando por la cabeza. – ¿Acaso se trata de…?

Ella no fue capaz de terminar su frase, pero no requirió hacerlo ya que Kenshin se tomó de inmediato el atrevimiento de hacerlo por ella.

 – Shin no Ippou. – Susurró el pelirrojo en voz baja, mirando pensativo al suelo. – Cómo el que usaba Udou Jine, o al menos un ataque muy similar.

Kaoru sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, e instintivamente llevó su mano hacia su cuello. El sólo recordar cómo se había sentido aquello, la noche en que Udou Jine la secuestró y uso de carnada para Kenshin… Era un recuerdo demasiado desagradable. Y aun así, aunque débil, había podido salir caminando de toda esa situación; no quería ni imaginarse qué era lo que había recibido Misao, para haber terminado en ese estado.

– Sólo un espadachín del nivel más alto es capaz de usar de esa forma su Kenki como un arma. – Prosiguió Kenshin con su pensamiento. – Shirojo nos dijo que el incidente ocurrió en la escena de un asesinato que Misao investigaba.

Okina suspiró con desgano, y asintió lentamente con su cabeza.

 – Un hombre llamado Itou Kasai había recibido la carta de amenaza; él fue el único que murió esa noche. Todas las demás personas, más que nada guardaespaldas contratados por él, quedaron inconscientes sin recibir herida alguna. Muy seguramente recibieron ataques similares al de Misao, o quizás fueron golpeados con el borde sin filo de una espada. Como sea, es muy claro que sólo iba tras Kasai y nadie más.

Okina guardó silencio unos segundos, y posteriormente alzó lentamente su rostro, hasta clavar sus ojos directo en Kenshin.

– Pero lo más importante es que en sus declaraciones, todos los testigos afirmaron que el atacante se movía a una velocidad irreal… Prácticamente inhumana. Ni las balas lograban tocarlo.

– ¿Una velocidad irreal? – Exclamó Yahiko, algo confundido por tan extraña afirmación.

De pronto, notó algo extraño. Okina miraba fijamente a Kenshin tras haber dicho eso, pero no era el único. Shinomori al fin había alzado su mirada, y también tenía sus fríos ojos totalmente fijos en el pelirrojo, como si ambos esperaran ver su reacción tras ello, o le preguntaran con las solas miradas si comprendía a qué se referían.

Un pensamiento cruzó por la cabeza del chico en ese momento. No sabía por qué exactamente, pero lo hizo, se materializó de manera tan clara que no dejó lugar a la duda. Pero la sola idea hizo que el joven practicante de Kendo se sobresaltara, casi asustado.

– Esperen un segundo… ¿Están hablando de…?

Sansouke y Kaoru no comprendieron en un inicio la reacción tan repentina de Yahiko. Ambos centraron su atención en Kenshin, quien miraba al suelo, en silencio… reflexivo… sumido en su propia cabeza. El pensamiento que Yahiko acababa de tener, Kenshin igualmente lo barajeaba.

– Por eso te pedí que vinieras, Battousai. – Murmuró Aoshi con tibieza en su voz. – Pude ver fugazmente los movimientos del atacante esa noche. Y con tan sólo ver su velocidad, y lo que fue capaz de hacerle a Misao, me atrevo a afirmar que su estilo de pelea… es el Hiten Mitsurugi Ryu…

– ¡¿Qué cosa?! – Exclamó Sanosuke con fuerza, tan sorprendido que se puso de pie casi de un salto. Aunque su reacción fue la más tangible, Kaoru y Yahiko no se quedaban muy atrás en su asombro. – ¡¿El Hiten Mitsurugi Ryu?! ¡No digas tonterías!

– Sólo digo lo que vi. – Respondió Aoshi con absoluta calma. – Pueden creerme o no. Pero aunque esté equivocado con respecto a su estilo, de una cosa sí estoy completamente seguro. Este sujeto posee tu misma velocidad, Battousai. O me atrevería a decir que incluso… Podría ser superior.

– ¡¿Qué?!, ¡¿superior a Kenshin?! – Comentó Yahiko, aturdido. – ¡De ninguna forma eso puede ser cierto! ¡Kenshin es el más fuerte de todos!

¿Un asesino usando el Estilo Hiten Mitsurugi? Para Kaoru, eso era algo difícil de concebir. Se suponía que además de Kenshin, el único otro espadachín en todo Japón que conocía ese estilo, era el maestro Seijuro. Tenía que ser un error, o al menos eso pensaría cualquiera, si no fuera porque la persona que hacía la afirmación era Aoshi Shinomori, un hábil espadachín que ya había peleado con Kenshin en dos ocasiones, hasta incluso ver de frente su técnica de sucesión. Y además de todo, era uno de los mejores Ninjas que había tenido el legendario grupo Oniwabanshu; su habilidad para observar hasta los más pequeños detalles, debía ser excepcional. Si hacía una afirmación tan escandalosa como la que acababa de hacer, no podía ser sólo porqué sí… Debía estarse basando en algo bastante sólido.

Al mirar de reojo a Kenshin, quien estaba sentado justo a su lado, Kaoru pudo darse cuenta de que él también pensaba lo mismo. En su rostro se había plasmado esa expresión reflexiva, profunda y casi melancólica, que parecía casi ser el rostro de otra persona, no el del Kenshin alegre y despreocupado que veía casi todo el tiempo.

– ¿Han podido averiguar algo sobre su identidad o qué es lo que busca? – Inquirió el destajador, luego de un rato de silencio para meditar, a lo que Okina respondió negando lentamente con su cabeza.

– No aún.

El anciano introdujo entonces su mano en el interior de sus ropas, para sacar un pedazo de papel, mismo que extendió en el suelo justo frente a él, y luego lo deslizó un poco hacia ellos para que pudieran echarle un ojo. Yahiko, Kaoru y Kenshin, se inclinaron un poco hacia el papel; Sanosuke siguió de pie; parecía que la noticia lo había afectado incluso un poco más que al propio Kenshin.

– La única pista que tenemos es esta carta, la que recibió Kasai antes de morir. – Informó Okina, y justo después extendió su dedo índice hacia la parte inferior del papel, en donde normalmente esperarían ver el nombre o firma del responsable del manuscrito, pero en su lugar sólo había tres trazos que formaban una curiosa figura. – Este símbolo con el que está firmada, es el mismo que estaba grabado en la espalda de la primera víctima, encontrada flotando el río. Misao me pidió investigarlo antes de ir a la mansión de Kasai aquella noche. Por lo que pude encontrar, fue usado por los cristianos japoneses hace doscientos años, como substituto de su cruz.

– ¿Cristianos? – Exclamó Yahiko. – ¿Qué tienen que ver los cristianos con esto?

– Eso no lo sé. Pero por lo que pudimos averiguar, Itou Kasai, antes de la revolución, era un funcionario al servicio del Shogun que cuidaba los intereses de éste en el sur, más específicamente en Nagasaki. Esa área siempre ha sido habitada por cristianos clandestinos, desde la época de la Rebelión de Shimabara, y este símbolo era habitualmente usado por ellos. Podría ser una coincidencia, pero…

Pero era poco probable. El hecho de que pusieran ese símbolo en la carta, era porque debía significar algo, y algo que de seguro el receptor de la misma entendería de inmediato. El símbolo por sí solo, debía de ser un mensaje mucho más importante que el resto de la carta.

– Los Tokugawa siempre persiguieron a los cristianos, incluso durante todos los años posteriores a la Rebelión de Shimabara. – Señaló Kenshin de forma reflexiva. – Siempre temieron que el cristianismo fuera la ventana para una sublevación mucho mayor. Con el tiempo comenzaron a olvidarse de ello, pero tras la apertura del país, se volvió de nuevo un tema de cuidado para ellos. Si este hombre, Itou Kasai, estuvo de alguna manera involucrado en su persecución, esto podría tratarse de una venganza.

– ¿Están diciendo que el asesino es un cristiano? – Señaló Kaoru, como conclusión obvia de toda su plática.

– Puede que sea más que eso. – Respondió Aoshi de pronto, causando de nuevo confusión en sus visitantes.

– ¿Más que eso?

Okina volvió a suspirar, y se cruzó de brazos. Cerró sus ojos, y pareció tomarse unos momentos para pensar bien lo que diría; por su cara, se podía deducir que era quizás algo bastante difícil de decir.

– Hay algo un tanto inusual que descubrimos, investigando más a fondo la historia de este símbolo, y las circunstancias tan específicas en las que se suscitaron estos dos asesinatos. – Hizo de nuevo una pequeña pausa antes de proseguir. – Encontramos una profecía de más de trescientos años, de incluso antes que sucediera la Rebelión de Shimabara, y a la que parece que todo esto hace referencia. Esta profecía habla sobre la llegada de… un Hijo de Dios…

De nuevo, la confusión y el asombro se apoderó de los cuatro, pero en esta ocasión hubo una diferencia: Kenshin, que la mayor parte del tiempo había estado bastante tranquilo, y más que nada pensativo en la situación, por primera vez reflejó un marcado sentimiento de sorpresa, y también incertidumbre al igual que sus amigos.

– ¿Un Hijo de Dios…?

FIN DEL CAPITULO 25

Kenshin se entera de la historia detrás del enigmático personaje que muchos llaman Shougo Amakusa. ¿Tendrá acaso este misterioso ser realmente la capacidad de cumplir su amenaza? La Tercera venganza está a punto de ocurrir.

Capítulo 26. La Profecía

Notas del Autor:

Y nuestro equipo favorito entre en escena. Kenshin y sus amigos llegan a la historia, luego de 25 capítulos, y están de regreso a Kyoto. Pero bueno, ¿cómo tendríamos una Saga de Shimabara sin ellos? Pero cómo pueden ver, no sólo son los temas directamente relacionados a dicha saga los que atormentan a nuestro protagonista. ¿Cómo terminará todo esto? De cierta forma apenas va empezando, así que no comamos ansias tan pronto.

De nuevo pueden notar que seguimos los acontecimientos del Anime, pero con marcadas diferencias. Supongo que no valdrá la pena repetir esto cada capítulo, al menos de que pase algo lo suficientemente grande como para comentarlo. Lo que tal vez si valga la pena señalar, y que quizás alguno pudiera haber notado raro, es que Kenshin tiene consigo en estos momentos el diario de Tomoe. En el manga, Kenshin dejaba este en Kyoto… por alguna razón, que en lo personal creo que sólo fue para excusar que Aoshi y Misao fueran a Tokio. Pero aquí eso no será necesario, así que decidí cambiar un poco eso.

Por el momento es todo. En el próximo capítulo seguiremos un poco más con esto de recrear los capítulos del Anime, pero conforme avancemos tomaremos nuestro propio camino. ¡Nos vemos!

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 25.Regreso a Kyoto

  1. Pingback: El Tigre y el Dragón – Capítulo 24. Expiación – WingzemonX.net

Deja un comentario