Fanfic Muñeca Maldita – Capítulo 03. Trato

10 de febrero del 2017

Muñeca Maldita - Capítulo 03. Trato


Batman Family
Muñeca Maldita

Por
WingzemonX

Capítulo 03.
Trato

Domingo, 10 de noviembre del 2013

– ¿Instinto? ¿Enserio? – Exclamó Tim con un nada disimulado sarcasmo, cruzándose de brazos. – ¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Quién necesita hechos y pistas cuando tenemos el instinto de Damian Wayne?

El chico de cabellos negros, sentado aún en la silla frente a la computadora, lo volteó a ver sobre su hombro, con marcado enojo en su expresión.

– ¿Quieres hechos? Pues te los daré.

Damian rápidamente comenzó a teclear con sobre la consola de la computadora. Dick, Bárbara, Tim, Cassandra y Stephanie, parados a sus lados, miraban con interés lo que iba apareciendo en los monitores; aunque, en realidad, Tim procuraba demostrar más indiferencia que interés. Dick y Bárbara eran los que se encontraban más directamente frente a los monitores, estando uno a la derecha y otro a la izquierda del joven justiciero, respectivamente. A su vez, también parecían ser los que ponían más atención.

– Miren esto. – Comentó señalando al frente. Lo que se mostraba era las copias de los pasaportes de los dos adultos que habían muerto en el incendio, así como algunas bitácoras migratorias. – Victor, Anya, Vita y Stefania Klimmer, son originarios de Rusia, inmigrantes de San Petersburgo. Llegaron hace un año a la ciudad. ¿Qué tal si se trató de algún asunto de ajuste de cuentas de la Bratva?

– Sí, por qué todos los rusos son mafiosos, ¿no? – Comentó Tim sin abandonar su tono sarcástico.

– ¿Soy el único acaso al que le sorprende que una familia de origen ruso haya muerto de esta forma justamente la misma noche que estábamos espiando a los rusos y a los chechenos? Ellos llegaron a Gótica en agosto del año pasado, y por esas fechas el tal Cobblepot fue arrestado, y los rusos y Máscara Negra se estaban comenzando a disputarse su territorio. Tal vez su llegada a Gótica estaba de alguna manera ligada a eso.

Dick se sintió sorprendido por todo ello, no porque lo que hubiera dicho fuera alguna prueba de su afirmación en sí, sino el hecho de que le hubiera dedicado tanto tiempo y esfuerzo a investigar todo ello, ocurrido antes de su llegada a Gótica.

– Pero, fuera del hecho de que eran de origen ruso, y del momento de su llegada a la ciudad, ¿Has encontrado algún vínculo directo entre la familia y la Bratva? – Cuestionó Bárbara.

– No aún. – Respondió Damian, algo dudoso. – Pero un sujeto extraño se presentó en la iglesia el día de la misa de las cenizas, y creo que…

– Espera, ¿estabas en la misa? – Interrumpió Tim, extrañado al escuchar eso.

– No… Bueno… sí… – Murmuró el joven la de Liga de la Sombras, algo vacilante. – Sólo… Quería ver que Stefania estuviera bien.

– ¿Stefania? – Comentó Dick, igualmente extrañado.

– Ese es un lindo nombre. – Señaló Stephanie con ánimo. – Suena casi como…

– Es el nombre de la niña que salvamos. – Interrumpió Damian abruptamente, intentado explicarse, pero su explicación no hizo mucho por aliviar la confusión de Dick; excepto por Cassandra, nunca había oído que llamara directamente a otra persona por su nombre de pila. – El punto es que un hombre extraño llegó con dos guardaespaldas a la iglesia a media misa y se sentó hasta atrás, y ninguno de los tres se veía con buenas intenciones.

– La iglesia es un lugar público. – Añadió Dick, encogiéndose de hombros. – Aunque realmente haya sido alguien sospechoso, el que haya ido no indica que esté relacionado con la familia.

– No, estoy seguro de que Stefenia lo reconoció. Lo volteó a ver hacia atrás cuando llegó, y él la volteó a ver a su vez, y rápidamente se escondió.

– Eso es sospechoso, pero subjetivo. – Comentó Bárbara, aunque luego llevó su mano a su barbilla, meditando rápidamente sobre todo lo que les había dicho hasta entonces. – ¿Le tomaste alguna foto para buscarlo en los archivos?

Damian se sobresaltó por esa pregunta, y de inmediato se giró hacia el frente, con algo de pena, y también enojo en su mirada.

– No, en su momento no se me ocurrió…

¿Cómo se le pudo haber pasado por alto? De haberle tomado una fotografía, hubiera podido identificarlo, y quizás no estaría en esa inútil situación de tener que justificarse ante esos tipos. Sin embargo, si Stefania lo conocía, quizás conocía también su nombre; claro, si su teoría era cierta.

– ¿Qué tal el hecho de que la hermana mayor y los padres estaban en sus camas, y ninguno de los tres despertó por el humo o el fuego? ¿No es eso sospechoso?

– Pero dijiste que no encontraron nada más sospechoso en los cuerpos, ¿no? – Señaló Tim. – Además, si alguien los hubiera asesinado y luego prendido fuego a la casa, ¿porque dejar convida a la hija menor?

– ¿Tal vez no la encontraron o estaba escondida? – Comentó Stephanie a continuación, y en realidad no era algo tan descabellado. – ¿Ella no vio o escuchó algo sospechoso?

– Nadie la interrogó al respecto hasta donde sé.

Se formó un profundo silencio entre todos. Cada uno por su cuenta, pensaba en todo ello, intentando comprender qué tan viables o posibles eran todas estas sospechas que Damian estaba exponiendo. Sí, había algunos datos extraños en lo sucedido, pero ninguno que no pudiera explicarse de manera simple de otra forma. Sin pistas, sin testigos, ni un sospechoso o motivo claro, las probabilidades de que simplemente hubiera sido un accidente, eran bastantes altas. Esto parecía ser claro para Bárbara, Tim, y en menor medida incluso también para Stephanie. Pero, ¿y Cassandra y Dick?

Cassandra ciertamente era difícil, por no imposible, saber qué le cruzaba por la cabeza, o incluso saber si entendía bien de lo que estaban hablando. Mientras todos discutían y veían todas esas imágenes y datos en la computadora, ella permanecía un poco apartada, viendo en su dirección, e intentando captar la mayor cantidad posible de información. Sabía que estaban hablando del incendio de aquella noche, eso al menos lo tenía claro, y su expresión se había endurecido desde ese momento. Podía ser que en algo le molestara que estuvieran hablando de eso, pero, como se dijo, era bastante difícil adivinar en qué estaba pensando.

Dick, por su lado, parecía ser el que más conscientemente meditaba sobre ese asunto, y sobre todo lo que Damian les acababa de decir. Tenía una mezcla de opinión al respecto, y no se podía decidir claramente por ninguna. ¿Cuántas veces desde que llegó a esa ciudad, se había cruzado con situaciones que parecían claras e inofensivas, y terminaban siendo algo totalmente distinto a lo que creía en un inicio? ¿Cuántas veces se había sentido seguro de algo, justo antes de que algo le saltara encima desde las sombras a sus espaldas? Muchas veces las cosas no eran lo que parecían, pero otras veces sí lo eran. ¿Cómo saber diferenciar? ¿Cómo saber cuándo una situación realmente ameritaba su intervención? Bruce nunca parecía tener ese problema, él siempre parecía saber cuándo debía actuar y cuando no. ¿Cómo lo hacía en una situación así en la que todo parecía tan claro? Sólo tenía una teoría al respecto: instinto, lo mismo que estaba guiando las acciones de Damian en este mismo momento.

Además de todo, existía algo más en todo ese asunto, algo que no lo dejaba ser del todo objetivo, y no le permitía ver todo ello desde un ángulo frío. Ese era siempre el peor error de todos, tomarlo como algo personal, especialmente cuando no lo era. Pero no podía evitarlo, no aún al menos…

– ¿Dónde está ahora la niña sobreviviente? – Le preguntó de pronto, rompiendo el silencio., Bárbara lo volteó a ver de reojo, algo extrañada por su pregunta.

– No tiene ninguna otra familia, ni en Gótica ni en este continente, al parecer. – Contestó Damian, mientras tecleaba en la consola, y más archivos y fotografías provenientes de su investigación, aparecían en los monitores. – Fue enviada a un hogar temporal el día de ayer, mientras buscan a algún otro familiar en Rusia. Si no encuentran a nadie, la meterán al programa de adopción, de seguro…

– Un segundo. – Exclamó Stephanie abruptamente, colocando su mano sobre su hombro, haciendo que se detuviera justo en una fotografía  de rostro completo, de una niña rubia de ojos grandes y azules, con una diadema rosada en su cabeza, del mismo tono de lo que se alcanzaba a ver de su vestido. – ¿Ella es la chica?

– Sí, ¿por qué? – Respondió Damian, algo confundido.

– Cielos, ¡nunca había visto a una niña tan bonita! – Exclamó Stephanie con su habitual emoción explosiva. – Con razón te interesa tanto este caso.

– ¡¿Qué?! – Exclamó el joven, casi asustado por su afirmación, saltando de su silla y volteándose hacia ella con enojo. – ¡¿Qué estás tratando de insinuar?!

– Basta, Steph. – Comentó Bárbara, intentando transmitir seriedad, aunque no lograba esconder del todo lo mucho que le divertía esa situación. – No lo molestes.

– Pero no lo estaba molestando. Sólo digo que es una niña rusa muy bonita. Y de hecho creo que va contigo, Damian.

– ¡Cierra la boca! – Le gritó furioso, con rostro colorado, por el coraje, o quizás por la pena. –  Además, tiene diez años, ¡a mí ni siquiera me gustan las niñas tan jóvenes!

– Tú tienes sólo doce, señor adulto. – Comentó Tim, quien a diferencia de los otros no parecía dispuesto a disimular su diversión.

– ¡Tomen esto con seriedad, partida de idiotas! – Exclamó Damian con ahínco, mirando a cada uno. – No se trata de nada de eso. Esta chica perdió a toda su familia y a todo su mundo en una sola noche. ¿No merece al menos saber lo que realmente pasó? ¿No merece justicia? ¿Y qué tal si realmente sí fue obra de alguna persona, y ahora va detrás de ella? ¿No es eso lo que me han dicho estos meses que hay que hacer? ¿La que es su misión?, ¿Proteger a los débiles y atrapar a los criminales? ¿No es eso lo que mi padre hacía?

De nuevo, todos guardaron silencio. Realmente todo eso parecía ser algo que a Damian en verdad le importaba, y eso era algo que les sorprendía a todos por igual. Antes de ese momento, casi cualquier cosa en esa ciudad, incluidas sus misiones nocturnas, las había tratado con una perspectiva bastante fría e indiferente, pero nunca algo que realmente le importara, ni un poco. ¿Qué había de diferente en esa ocasión? Salvo por la afirmación que Stephanie acababa de hablar, ninguno tenía alguna otra teoría, excepto quizás Dick.

Igual que sus compañeros, el nuevo Batman no identificaba con claridad a qué se debía exactamente el interés de Damian, pero eso poco le importaba en realidad. Lo más importante no era por qué…

– Tienes razón. – Comentó Dick de pronto, tomando por sorpresa a todos, incluso al propio Damian. Todos voltearon a verlo, confundidos y expectantes. Dick se cruzó de brazos, y miró directamente a Damian, ignorando a los demás. – Entiendo cómo te sientes, Damian. Pero en este caso todo parece indicar que fue sólo un accidente. Sin pruebas suficientes que indiquen que hubo un crimen, no podemos desviarnos de nuestra misión actual, en especial con el riesgo de que se fragüe una verdadera alianza entre los rusos y los chechenos. Si no los detenemos ahora que aún no han consolidado su poder en la ciudad, luego podría ser muy difícil. Y tú ya tienes otro caso que involucra a quince niños desaparecidos, y que tiene más posibilidades de tratarse de un verdadero crimen. Para bien o para mal, en ocasiones tenemos que aprender a priorizar los casos.

Damian no parecía nada complacido con esas palabras; más bien parecía incluso más molesto que antes. Estaba más que dispuesto a gritarle que le importaba muy poco lo que dijera, y que si no lo ayudaban lo haría el solo. Sin embargo, antes de que cualquier palabra surgiera de su boca, Dick se le adelantó primero.

– Pero haré un trato contigo, si estás de acuerdo. – Comentó, descruzando sus brazos, tomando por sorpresa al chico. – Si realmente crees y sientes que hay algo más detrás de esto, puedes investigarlo por tu cuenta durante dos días. Nosotros nos encargaremos de los rusos y chechenos, y Stephanie recopilará toda la información que pueda sobre el caso de los niños.

– ¿Lo haré? – Comentó la joven de cabellos rubios, sorprendida. – Digo, claro, no hay problema.

– Pero si luego de esos dos días no encuentras nada que indique que pasó algo más en este incidente, quiero que me des tu palabra de que te enfocarás en el otro caso. ¿Qué dices?

Terminó sus palabras, sonriendo ampliamente de forma amistosa, algo que de seguro el anterior Batman nunca hubiera hecho. Damian lo miró fijamente por un rato, sin mostrar ninguna reacción, al menos no de inicio. Se sentía un poco dudoso sobre qué se supone que debía de decir o reaccionar a ello.

– Actúas como si necesitara de tu permiso para investigar lo que yo quisiera. – Comentó luego de un rato, fingiendo desinterés. – No eres mi jefe, recuérdalo. Pero bien, te tomaré la palabra y lo veré como un reto.

– Si así te funciona, está bien. – Mencionó Dick, encogiéndose de hombros.

Damian les sacó la vuelta a todos, y entonces se dirigió hacia el área de los vestidores, para ponerse su traje y su equipo. Dio unos tres o cuatro pasos alejándose del grupo, antes de darse cuenta de que alguien lo seguía. Se detuvo unos instantes, y se viró sobre su hombro, notando de inmediato a Cassandra, parada a menos de un metro de él.

– ¿Qué ocurre? ¿Tratas de detenerme? – Le cuestionó de forma cortante, a lo que la joven muda simplemente respondió, negando con su cabeza. Alzó entonces su mano, y señaló hacia los vestidores, los mismos a los que él se dirigía. – ¿Quieres acompañarme, acaso? ¿Por qué querrías hacer eso?

– ¿Cómo es que le entiende tan bien? – Le susurró Stephanie a Tim con curiosidad, mas éste sólo se encogió de hombros.

Damian siguió con lo suyo, sin escucharlos.

– No importa lo que haya dicho mi madre, no tienes que seguirme ni cuidarme a cada segundo. – Cassandra volvió a negar con su cabeza. – ¿No lo haces por eso? Bien, como quieras, pero no me pierdas el paso.

Ambos se dirigieron a los vestidores, cada uno por separado, para cambiarse, mientras el resto del Nuevo Equipo Batman, los miraba con diferentes emociones en sus rostros.

Una vez que ambos salieron de su vista, Bárbara se aproximó hacia Dick, parándose con firmeza a su lado, sin voltear a verlo.

– ¿Hay algo de lo que quieras hablar, Dick? – Comentó de pronto, en voz baja.

– ¿Soy tan transparente? – Comentó el hombre de cabello negro, sonriendo, aunque de inmediato su expresión se tornó más seria. – Al oír la historia de esta niña, no pude evitar recordar cuando mis padres murieron. Fui enviado de inmediato a un orfanato, hecho a un lado y dejado totalmente solo, sintiendo que no había nadie que me ayudara o cuidara… E igualmente casi todos creían en un inicio que todo había sido un accidente, aunque yo sabía que no era así… La muerte de tu familia ya es de por sí algo horrible, como aparte tener que soportar eso.

– Eso lo entiendo. – Asintió Bárbara, con cautela. Había supuesto que algo de ello tenía que ver. – ¿Pero crees que sea buena idea dejar que ellos dos se encarguen solos de esto? Aún son nuevos aquí en Gótica, por no decir nuevos en esto de ser héroes.

– Es precisamente por eso que debemos dejar que lo hagan. Es la primera vez que Damian se ve tan interesado en un caso, de manera personal. Aunque intentáramos detenerlo, igualmente lo habría hecho por su cuenta, ya lo oíste. Además, lo más probable es que en efecto todo haya sido sólo un accidente, y a esa conclusión llegará si es así. Estarán bien. Nosotros tenemos algo más de qué ocuparnos.

Bárbara sonrió complacida con sus palabras. Conforme pasaba el tiempo, Dick parecía cada vez más tranquilo y a gusto con su posición de líder no oficial de ese nuevo grupo; nunca lo decían abiertamente, pero todos lo daban por hecho. Después de todo, él ahora era Batman.

Se giró lentamente de nuevo hacia los monitores de la computadora. En el central, seguía la fotografía de la niña.

– Quién sabe, quizás esta niña sea nuestra nueva Robin al final. – Comentó con un tono burlón.

– ¿Enserio crees que necesitamos más aspirantes? – Le respondió Dick de la misma forma. – Si somos más, Alfred empezará a cobrarnos alquiler.

Bárbara rio divertida por su comentario.

– Bueno, Stephanie. Se acabó el descanso. Empecemos de una vez.

– ¿Empezar? – Exclamó casi atónita la joven rubia. – Yo ya empecé, ¿no me viste colgada de la barra?

– No cuenta si no lo vi. Andando.

Stephanie suspiró resignada, dirigiéndose a la colchoneta. Dick y Tim, por su lado, empezaron a analizar la información que habían obtenido, y a ver qué más podían hacer a continuación.

– – – –

El primer lugar lógico para investigar, era la escena del supuesto crimen. Ya con sus trajes y respectivas identidades, Robin y Black Bat se dirigieron en sus motocicletas al mismo barrio en el que habían estado hace algunas noches, el sitio del incendio en la casa de la familia Klimmer. Los bomberos habían llegado muy tarde para salvar a la familia, pero a tiempo para apagar el fuego, antes de consumir toda la estructura de la casa. Pero claro, ahora la casa era apenas una sombra de lo que de seguro antes fue. El sitio seguía acordonado con la cinta policíaca. El edificio de dos pisos, se veía casi completamente negro. Ya no tenía ni puertas ni ventanas, y parte del techo del lado izquierdo, se había claramente desmoronado. Lo más seguro era que tendría que ser demolido.

Como era procedimiento, estacionaron sus motocicletas a algunas calles, ocultas entre las sombras de un callejón, para luego dirigirse a su destino por los tejados. Ingresaron al terreno por el patio, el cuál para bien o para mal, no había recibido gran daño; aún incluso permanecía el césped verde y los árboles. Avanzaron hacia el edificio con cautela, ingresando por la puerta de la cocina.

– Ten cuidado, la estructura debe estar comprometida. – Le indicó Robin a su acompañante.

La cocina, y de hecho gran parte de la planta baja, no habían sufrido mucho daño. El mayor problema estaba en el piso de arriba. Subieron con mucho cuidado por la escalera, cuidando cada uno de sus pasos en cada escalón. Se dirigieron entonces a la que era la habitación principal, la misma por la que esa noche ambos ingresaron por la puerta. Era sin lugar a duda el más afectado; el techo se había venido abajo, y de hecho no quedaba mucho del suelo.

– El reporte de los bomberos dice que no había rastro de que se hubiera usado algún acelerante. – Comentó Robin, mientras miraba todo desde lo que quedaba del marco de la puerta e intentaba recordar en donde se encontraba la cama con respecto a su posición. – Si el fuego comenzó aquí, ¿cómo es posible que ni el calor ni el humo hayan despertado a los padres? La autopsia decía que estaban vivos al momento del incendio, por lo que el que los hubieran matado primero no parece posible. Pero podrían haber estado amarrados o bajo los efectos de alguna droga.

Ingresó al cuarto, moviéndose por los tablones quedaban del suelo con notoria habilidad, Black Bat lo siguió detrás, de la misma forma. Se agachó entonces para ver de más cerca las marcas en el piso; todo se veía bastante normal.

– Si fuera así, pareciera que se esforzaron mucho en hacerlo parecer un accidente. La Bratva es mucho más directa, y querría mandar un claro mensaje con esto. Al menos de que quisieran evitar investigaciones de más sobre esta muerte en especial… O no se tratara precisamente de un mensaje.

Al alzarse y volver a pisar, el tablón que presionó su pie, se quebró en dos, haciendo que su cuerpo comenzara a desplomarse hacia la planta baja.

– ¡Aaaah! – Exclamó por reflejo al sentir que caía.

Se apresuró a sacar su gancho, pero Black Bat se adelantó rápidamente, tomándolo con fuerza de su mano, y sujetándolo para que no cayera. El joven asesino quedó colgando, a unos metros del suelo de la sala. Cassandra rápidamente lo jaló de nuevo hacia arriba, aplicando toda la fuerza que le fue posible.

Una vez que volvió al segundo piso, lo primero que hizo Damian fue apartar su mano de la de ella, para que dejara de sujetarlo.

– Gracias. – Murmuró el chico de forma seca, volteando a ver hacia otro lado. Cassandra, por su lado, no pareció comprender esa reacción.

Robin se puso rápidamente de pie y se dirigió con apuro de vuelta al pasillo.

– La habitación de la hermana mayor era la más próxima a la de los padres.

Black Bat se apresuró a alcanzarlo, aunque él no parecía querer hacer intento alguno de esperarla. ¿Se había molestado acaso por haberlo salvado? Qué complicado era todo eso de ser “buena”, realmente.

Damian entró a la habitación contigua. El daño por el fuego no era tan grave como en el cuarto de los padres, pero igualmente ya no quedaba prácticamente nada, e igualmente gran parte del techo se había caído. Aún existían algunos rastros de la cama, pero eran poco descriptivos.

– Es increíble pensar que ella tampoco hubiera despertado. – Señaló Robin, algo dudoso.

Robin se adentró al cuarto, mientras Black Bat, por su parte, comenzó a hacer su propia inspección. Mientras su acompañante revisaba ese cuarto, ella se dirigió a otro: el cuarto justo al otro lado del pasillo, el cuarto de la niña que había sobrevivido. ¿Por qué se dirigía a ese sitio en especial? Bien, por un lado, no es como si pudiera descubrir algo en el baño, ¿o sí? Y en segunda, aquella noche únicamente Robin había entrado a ese sitio; ella no había sido capaz de verlo. Y en tercera… Bueno, el tercer motivo era algo que posiblemente sólo Cassandra Cain pudiera entender.

Por desgracia, tampoco había mucho que ver realmente. Una vez que Robin logró sacar a la niña de ese sitio, las llamas penetraron al cuarto, y todo fue consumido: los muebles, la ropa, los juguetes… Había aún vestigios de lo que había originalmente, pero nada muy claro en realidad.

Avanzó con cautela por ese espacio, cuidando lo que pisaba. En comparación con la alcoba principal y el cuarto de la hermana mayor, ese cuarto era mucho más pequeño y angosto. De hecho, ni siquiera parecía que originalmente hubiera sido pensado para servir de habitación para una persona.

Mientras caminaba con pasos pequeños, uno de esos pasos le sonó un poco extraño. Cuando la punta de su pie pisó contra uno de los tablones debajo de ella, hizo un chirrido un poco extraño, diferente a los demás. Una mente normal, hubiera supuesto que era algo normal; estaban en una casa que se había incendiado, ¿cómo no haría sonidos extraños? Sin embargo, la mente de Cassandra no era normal; ella no veía o escuchaba el mundo como el resto de la gente.

Presionó con su pie el tablón que estaba a la derecha de ese. Luego el de la izquierda, luego el de abajo, y el de arriba. Ninguno hacía el mismo sonido que ese; había algo distinto en él. Se agachó con la intención de revisar de más cerca, pero la voz de Robin a sus espaldas la distrajo.

– No creo que consigamos más aquí. – Murmuró desde el pasillo, lo suficientemente fuerte para que lo escuchara. – Si había alguna pista, el fuego o los bomberos lo habrán destruido.

Cassandra por mero reflejo se levantó de nuevo y se dirigió al pasillo. Sentía que debía decirle a Robin de lo que había descubierto… ¿o eso contaba como un descubrimiento? Un tablón que hacía un sonido raro, en realidad eso no era mucho, sino más bien nada. Decidió mejor dejarlo así. Sin embargo, no podía dejar de pensar en ello; a veces su mente se volvía algo obsesiva con algunas cosas que se salían de los patrones rutinarios, pero podría ser un simple reflejo de su inusual estado mental.

Robin, por su parte, echaba un vistazo cuidadoso alrededor, como si esperara ver algo en el resto de la casa que desmintiera sus palabras, algo que no hubieran visto los bomberos o la policía. Pero no tuvo suerte; no había nada en todo ese sitio que resaltara. Sin embargo, pareció notar algo por una ventana que daba a la calle frente a la casa. Se acercó rápidamente al marco, ya sin ningún vidrio en él, para ver mejor. En el poster, al otro lado de la calle, parecía haber colocada una cámara de seguridad de tránsito; inusuales en áreas residenciales como esa, pero no precisamente inexistentes.

– Ven, vamos. – Le indicó a Black Bat, al tiempo que le hacia la seña con su mano de que lo siguiera.

Ambos saltaron por la ventana y planearon con sus capas hasta el otro lado de la calle. Robin se sujetó al poster, clavando un batarang en éste, para quedar a la altura de la cámara; Black Bat lo imitó, quedando al otro lado. El chico revisó la cámara de un lado a otro, revisando sus componentes y sus entradas.

– Ayúdame. – Le indicó a Cassandra, extendiéndole su muñeca derecha, mientras se sujetaba de su batarang con la otra. – Saca ese cable periférico de la computadora de mi muñequera, jálalo y conéctalo en ese puerto color azul de la  parte trasera.

Cassandra al parecer batalló un poco en comprender la instrucción. Pero al final, luego e un poco de prueba y error, logró hacer lo que le pidió, y conectar el cable en el puerto indicado.

Una imagen se proyectó desde la muñeca de Robin, creando el holograma de una pantalla justo frente a él.

– Si lo que el idiota de Drake me dijo es cierto, las grabaciones de tránsito se guardan en un servidor centralizado. – Comenzó a explicarle, al tiempo que tecleaba en la pequeña computadora, y las imágenes de la pantalla proyectada cambiaban. – Pero también me dijo que este tipo de cámaras almacenan de manera local los videos en su memoria interna, sólo por un corto lapso de tiempo. Si tenemos suerte, quizás tengan aún alguna toma de ese día. Y yo que pensaba que jamás me sería útil nada de lo que ese sujeto me dijera.

De nuevo, Cassandra no era capaz de comprender en su totalidad todo lo que le decía. Pero igual se asomó para ver lo que hacía con sus dedos, así como para ver qué era lo que estaba proyectándose en la pantalla. Pasaron un par de minutos, hasta que ya comenzó a reproducirse el video. Robin retrocedió lo más que pudo, hasta el día del incendio. Tuvieron suerte; era precisamente lo más antiguo que estaba almacenado en la cámara. En la toma, se lograba ver el frente de la calle, pero en el cuarto superior izquierdo, se lograba ver gran parte de la casa de los Klimmer, aunque había un pedazo que quedaba fuera de la toma.



Colocó el video hasta dos horas antes del incidente. Lo reprodujo con velocidad aumentada hacia adelante, pero no aparecía nada raro. Vehículos pasaban de vez en cuando, pero en su mayoría todo estaba tranquilo. Nadie sospechoso caminando hacia la casa, ningún automóvil estacionándose delante de ella… Siguieron a una hora antes, y siguió avanzando y avanzando. Todo seguía igual, hasta que se empieza a ver que comienza a surgir humo de la casa, y poco a poco las llamas se vuelven visibles. Los vecinos comienzan a darse cuenta y a salir a la calle, y la escena se vuelve más parecida a la que habían visto aquella noche cuando llegaron. Incluso, siguiendo un poco más adelante, ya había una toma de ambos entrando por la ventana superior de la casa.

– Nada. – Murmuró con molestia. – No se ve a nadie sospechoso entrando o saliendo de la casa. Pero hay un pedazo que no es visible en el video, justo el pasillo lateral que lleva al jardín de atrás. – Alzó su mirada hacia el frente, echándole un vistazo a la casa. – Aún es probable que alguien hubiera ingresado por ahí.

El video aparentemente no era de mucha ayuda, pero igual lo copió y guardó, por si se le ofrecía revisarlo con más cuidado en otra ocasión.

– Bien, creo que sólo nos queda ir a hablar con Stefania. – Indicó como siguiente paso a seguir, aunque Black Bat lo volteó a ver con expresión inquisitiva, sobre todo por el hecho de que seguía llamándola tan casualmente por su nombre. – ¿Qué? ¿Por qué me miras así? Ese es su nombre, ¿no? No molestes, vamos.

Ambos se soltaron y bajaron del poster, pero de inmediato dispararon sus ganchos para subirse a un tejado y poder dirigirse por ellos hacia dónde habían dejado sus motos.

– – – –

Ya casi era hora de la cena, y luego de eso, no faltaría mucho más para que fuera hora de dormir. De esa forma terminaría de manera oficial el segundo día de Stefania Klimmer en el hogar de la familia Sullivan, su “hogar temporal”, al que había llegado el día anterior en la tarde. Miriam Hart, la trabajadora encargada de su caso, parecía haber puesto principal atención y empeño en hacer que eso se lograra pronto, para que así no tuviera que pasar más tiempo del necesario en el Refugio para Menores.

Martha y Erik Sullivan, eran una pareja joven, sin hijos propios, de ingresos considerables, muy activos en su comunidad. Llevaban cerca de un año recibiendo a niños de manera temporal, posiblemente con el fin de a corto plazo lograr una adopción permanente.

En esos momentos, además de Stefania, tenían a otros dos niños en situaciones, si no igual a la suya, sí parecida. Suzy, de siete años, una pequeña de cabello castaño y cara pecosa. Su madre al parecer estaba en la cárcel por un asunto drogas que aún se estaba investigando, y su padre estaba desaparecido desde antes de que ella cumpliera los cinco. Pese a lo desagradable que pudiera sonar su situación, era una niña bastante tierna y amistosa. Se esperaba que el asunto de su madre se solucionara a más tardar un mes más. El otro chico era Michael, de nueve años, algo alto para su edad, de cabellos rubios y ojos verdes. Su madre había fallecido de cáncer hace dos años, y desde entonces había vivido en un orfanato. Hace poco se logró contactar a su padre biológico, y se estaba arreglando lo necesario para que fuera a vivir con él a Pennsylvania. Se esperaba que sólo estuviera una semana más en ese hogar. Michael, a diferencia de Suzy, era algo más retraído y callado. No era como tal grosero o descortés, sólo… algo ausente la mayoría del tiempo.

Stefania, con diez años, era de cierta forma la mayor. En ese sólo par de días que llevaba ahí, sin embargo, había convivido más con Martha y Erik, que con Suzy y Michael. Siempre se le había dificultado convivir con otros niños, y con esos dos en especial no era la excepción. Michael de por sí no acostumbraba hablar con nadie, y normalmente sólo estaba jugando en su consola portátil o leyendo. Suzy, por otro lado, se reía de su acento, y un par de veces le había dicho que no entendía lo que decía. Martha y Erik eran mucho más amables y cuidadosos. Bien, debían de serlo; eran los adultos, y estaban tratando con una niña que acababa de perder a toda su familia. Era la actitud que se esperaba que tuvieran.

Mientras Martha terminaba la cena en la cocina, Stefania se encontraba sentada en la mesa del comedor, dibujando en una hoja de papel con lápiz, y pintando con colores de palo que Martha le había prestado. Anabell, su muñeca de cabellos rubios y vestido azul, se encontraba sentada en la mesa, a su lado.

De vez en cuando, la señora Sullivan se asomaba a ver lo que hacía, y le sorprendía lo que veía, y no tardaba el halagarla por ello. Dibujaba muy bien, la mayoría paisajes y animales, pero ambos muy detallados. Pero sobre todo le sorprendía el cuidado con el que pintaba y mezclaba los colores.

– Me parece que alguien puede llegar a ser una gran artista cuando crezca. – Comentó Martha con un tono jovial. Era una mujer alta y de complexión media, cabello castaño claro, con peinado de capas hasta los hombros.

Stefania siguió pintando con detenimiento, sin reflejar mucha reacción a sus palabras al principio.

– Mi padre me decía lo mismo a veces. – Susurró la pequeña, con su marcado acento en la voz. – Pero Vita me decía también que los pintores se mueren de hambre.

Martha rio ligeramente, aunque no estaba del todo segura si había sido una broma o no.

– Pero lo que yo quiero ser de grande es ser actriz, como mi madre.

– Oh, ¿tú madre era actriz?

– Sí. Lo era, mucho antes de casarse con mi padre. Pero Vita también decía que sólo a muy pocos actores les va bien, y los demás terminan muriéndose de hambre igual.

– Eso no debió de hacerle mucha gracia a tu madre.

– Nunca la escuchó decirlo.

El tono con el que Stefania hablaba de su familia, estaba cargado de melancolía, incluso al hablar de su hermana mayor, con quien la señora Sullivan comenzaba a intuir que no tenía precisamente una buena relación. Prefirió mejor no seguirla molestando con ello, y continuar con la cena.

Unos diez minutos después, ya estaba todo listo.

– Stefania, retira tus dibujos, por favor. – Le indicó Martha desde la cocina, y la niña rápidamente empezó a guardar todos los colores, lápices y hojas.

Cuando ya estaba terminando de guardar, la señora Sullivan se acercó al comedor, sujetando entre sus manos una gran cacerola con el guiso que estaba preparando, y la colocó justo en el centro de la mesa.

– ¡Vengan todos a cenar! – Gritó con fuerza para que la escucharan en cada rincón de la casa. – Stefania, por favor trae platos para todos, ¿de acuerdo?

– Sí.

La niña dejó sus cosas un segundo en la mesa, y se dirigió entonces apresuradamente a la cocina. Martha, por su parte, se dispuso a ir a la estancia, en donde se encontraban Erik y Suzy viendo la televisión, y avisarles directamente en el caso de que no la hubieran oído.

Michael se encontraba en el piso de arriba, pero al escuchar el grito de Martha, bajó rápidamente las escaleras y se dirigió al comedor. Lo primero que sus ojos vieron al entrar, fue a la muñeca Anabelle, sentada en la mesa, volteando en dirección a la entrada; el chico dio un respingo de sorpresa al verla, manera suave de decir que casi le dio un susto de muerte.

Nunca había entendido porque a las niñas les gustaban esas cosas; todas siempre lucían simplemente horripilantes para él.

– Stefania, dejaste tu horrenda muñeca en la mesa, y en mi lugar. – Comentó con fuerza, y se acercó a la mesa, con la clara intención de tomar a Anabelle y hacerla a un lado.

Sin embargo, sus manos ni siquiera llegaron a tocar el juguete, cuando escuchó el fuerte estruendo de varios platos de porcelana, cayendo al suelo, y rompiéndose en pedazos, justo detrás de él. El chico volteó sobre su hombro, pero apenas vio por el rabillo del ojo a un borrón rubio pasando a su lado, tomando la muñeca de la mesa con fuerza, para luego alejarse varios pasos de él.

Cuando pudo centrar su vista, divisó a Stefania, prácticamente al otro lado de la mesa, aferrándose con ambos brazos a su muñeca, con tanta fuerza como si acaso su vida dependiera de ello, y lo miraba con enojo en sus ojos.

– ¡Ya te dije que no toques a Anabelle! – Le gritó con algo de fuerza. – ¡Que no le gustan los extraños!

– Oye, tranquilízate loca. – Le respondió el chico, algo confundido por su extraña reacción. – No te la iba a robar, sólo la iba a mover.

El resto de los habitantes de la casa no tardaron el arribar al comer, especialmente luego de escuchar el sonido de los platos rompiéndose.

– ¿Qué pasó aquí? – Cuestionó Erik, un hombre alto de hombros y brazos anchos, con cabello rojizo y ojos cafés. – Michael, ¿qué hiciste?

– ¡No hice nada! Ella los tiró.

– ¡Iba a tocar a Anabelle! – Se intentó explicar la pequeña niña rubia, con algo de desesperación. – No debe de tocar a Anabelle, ¡no le gusta!

– Michael, ¿qué te he dicho de tomar las cosas de los demás? – Señaló Martha con algo de decepción en su mirada.

– Pero yo…

– Sin peros. Trae un recogedor y una escoba, vamos a limpiar esto, y a comer, ¿sí?

Michael movió los labios como si soltara una maldición, aunque ningún sonido surgió de ellos. Se giró de mala gana hacia la cocina, en busca de lo que le habían pedido. Erik y Suzy, por su parte, fueron a buscar más platos.

– Lo siento. – Escuchó la señora Sullivan que Stefania pronunciaba con pesar. – Lo que menos deseo es causar problemas.

– Hey, no te preocupes pequeña, fue un accidente. No te sientas mal, ¿sí?

Stefania asintió con su cabeza, sin mirarla a los ojos, quizás presa de la vergüenza. Martha pensaba decirle algo más a la pequeña, algo sobre la importancia de compartir lo más seguro. Sin embargo, el timbre sonó en esos momentos, y la idea se le esfumó de la cabeza.

– Yo atiendo.

Martha se dirigió con paso alegre hacia la puerta principal. Del otro lado de ésta, se encontraba la joven trabajadora social, de lentes grandes y redondos, y cabello anaranjado sujeto con una cola. En cuanto le abrió, le sonrió ampliamente a la señora de la casa.

– Buenas noches, señora Sullivan. – Saludó la joven, mientras abrazaba contra sí un par de expedientes.

– Señorita Hart, qué sorpresa. – Comentó Martha con gentileza, aunque igual se sentía un poco desconcertada. – ¿Es algún tipo de visita sorpresa?

– No, claro que no. – Le respondió Miriam, con una pequeña risilla. – Sólo pasaba por aquí y quería saludar a Stefania, si era posible.

– Por supuesto, pase.

Martha se hizo a un lado para que pudiera pasar al recibidor, en donde se encontraban dos sillas sillones, una mesa con un arreglo florar de adorno, y la puerta que llevaba al baño de invitados.

– Stefania, querida, ¿puedes venir un momento? – Exclamó la señora Sullivan desde la puerta, con la suficiente fuerza para que la escuchara; pese a su apariencia menuda, tenía una potente voz.

Stefania apareció caminando por el pasillo hacia ellas, abrazando a Anabelle contra ella. La joven trabajadora social se seguía sintiendo un poco confundida cada vez que la veía, y siempre traía consigo esa misma muñeca. En verdad le parecía extraño que una niña de ya diez años, estuviera tan apegada a un juguete como ese.

La niña caminó hacia el recibidor, y se paró justo delante de ella, viéndola desde abajo con sus grandes y brillantes ojos azules.

– Hola, Miriam. – Saludó la pequeña con un tono neutro.

– Hola, Stefania. – Le regresó el saludo, mucho más animada. – ¿Cómo estás?

– Estoy bien.

No llevaba mucho tiempo de conocerla, pero desde la primera vez que la vio, dos cosas eran constantes: siempre estaba acompañada de esa muñeca, y siempre le hablaba con notoria falta de emoción o sentimiento en su voz. Claro, esto último podría estar justificado, considerando su situación.

– Las dejaré solas para que puedan hablar, ¿sí? – Comentó Martha, y entonces se dispuso a volver al comedor, para barrer esos platos rotos. – Siéntase como en casa.

– Gracias, señora Sullivan.

Miriam se aproximó a una de las sillas del recibidor, sentándose en ella, y colocando su bolso a un lado. Stefania, sin necesidad de recibir indicación, igualmente se aproximó a la otra silla, también tomando asiento.

– ¿Cómo te ha ido por aquí?

– Supongo que bien. – Le respondió Stefania, encogiéndose de hombros. – Todos son… muy amables…

– Eso me alegra. En verdad te ves muy bien.

– Gracias.

Los dedos de la mano derecha de Stefania, comenzaron a jugar de manera nerviosa con los rulos rubios de  Anabelle, al tiempo que tenía su mirada fijamente en el suelo bajo sus pies.

– Miriam… ¿Puedo preguntarte algo? – Murmuró de pronto con algo de seriedad en su voz, lo que sorprendió un poco a la joven de anteojos.

– Lo que sea, pequeña. ¿Qué pasa?

La niña no dijo nada, no de inmediato. Siguió jugando con el cabello de su muñeca un rato más, y mirando al suelo, pensativa. Luego, sus dedos se detuvieron, y sólo entonces alzó su mirada hacia ella, para poder verla fijamente.

– ¿Qué pasará conmigo después? – Le preguntó al fin, en voz tan baja que apenas y logró escucharla.

– ¿Disculpa? – Exclamó Miriam, extrañada. – ¿A qué te refieres?

– Se le dice Hogar Temporal por algo, ¿no? ¿Qué pasará conmigo después, cuando tenga que irme de aquí?

Claro, debió haber previsto que se trataba de eso; se sentía un poco tonta al no haber entendido a la primera. En verdad se notaba que no llevaba ni un año en ese puesto, y que aún le faltaba mucho por aprender. Incluso esa pequeña de diez lo supo en cuánto la vio.

– Bueno… en estos momentos, estoy intentando contactar a alguno de tus familiares en Rusia. Algún tío, tía… ¿Tendrás tú de casualidad algún medio de contacto con alguno?

Stefania se quedó quieta y en silencio un par de segundos, antes de negar lentamente con su cabeza.

– ¿No? Bueno, descuida. Yo me encargaré de eso, ¿está bien?

– Si encuentran a alguien que quiera encargarse de mí… – Notó en ese momento que sus bracitos se aferraban con más fuerza contra su muñeca. – ¿Me mandaran de regreso a San Petersburgo?

Había algo extraño en la forma en la que lo había dicho, algo difícil de describir, pero que dejaba muy claro que la idea de volver a su ciudad natal, no le apetecía del todo.

– Bueno, es lo más probable, querida. ¿Eso no te gustaría?

Una vez más, la niña no le contestó de inmediato. Era como si se tomara su tiempo para procesar y digerir por completo cada una de las respuestas o preguntas qué le hacía, casi como si temiera decir algo que le pudiera llegar a molestar.

– Mi padre nos trajo a América para tener una nueva y mejor vida. – Se explicó la pequeña. – Me gustaba vivir aquí. No quisiera irme, pero… Si no encuentran a nadie, me mandarán entonces a un orfanato, ¿verdad?

Ciertamente era una situación difícil. Miriam en efecto no llevaba tanto tiempo en ese trabajo, pero sí le había tocado ver de todo un poco, desde padres irresponsables, hasta niños maltratados y abusados. Nomás en los últimos meses, se había estado sucediendo esa extraña desaparición de niños, que ya completaban quince, y que aún no tenían ni idea de dónde estaban, o si acaso seguían aún en la ciudad.

En comparación, era difícil para cualquiera decir abiertamente si el caso de Stefania era peor o mejor. Viera como se viera, había perdido toda su familia y todo su mundo, pero al menos estaba en esos momentos en un buen hogar, y ella estaba ahí para apoyarla en lo que fuera. Pero, por alguna razón, sentía algo especial con ese caso, algo que la hacía interesarse de manera particular por esa niña y por su bienestar… Sin ninguna razón aparente o consciente, simplemente era así.

De seguro cualquier otro de sus compañeros, incluso uno de menor tiempo, si es que hubiera alguno, le diría que era totalmente incorrecto involucrarse de manera personal en un caso. Ella lo sabía, lo sabía en la teoría al menos. Pero aun así, al parecer estaba pasando.

– No te preocupes tú por eso. – Le respondió, adornando su rostro con una amplia sonrisa, y extendiendo su mano a la de ella, para tomarse el atrevimiento de sujetarla. – Es mi trabajo después de todo asegurarme de que estés lo mejor posible, y que se haga lo mejor para ti. Confía en mí, ¿sí?

Stefania miró algo confundida su mano sujetando la suya, y luego la volteó a ver a los ojos, con algo de duda. Miriam le sonreía y se veía muy confiada de lo que decía, por lo que ella asintió levemente con su cabeza de manera positiva, y eso pareció ser suficiente para ella.

– – – –

Luego de que Miriam se fuera y también luego de terminar de cenar, Stefania subió por su cuenta al piso de arriba, hacia su habitación. Aunque, en realidad, lo de “su” habitación, era relativo, ya que tenía que compartirla con Suzy, aunque ella estaba en esos momentos abajo ayudando a lavar los platos. Además claro, del hecho de que no estaría tanto tiempo en ese sitio como para considerar algo en él como “suyo”.

Avanzó por el pasillo, abrazando con fuerza a Anabelle contra ella, como si hacerlo le ayudara a sentirse segura. La puerta del cuarto estaba abierta, pero la cerró con justo detrás de ella. Apenas dio un paso hacia adentro, cuando se percató que la ventana del fondo estaba abierta, y el viento ondeaba un poco las cortinas. Eso, por algún motivo, la puso nerviosa.

Avanzó lentamente al interior del cuarto, viendo con cautela hacia los lados; sus brazos se aferraron aún más a Anabelle. Dos figuras descendieron sigilosamente a sus espaldas, y logró escuchar el sonido de sus botas chocando contra el suelo.

– ¡Ah! – Exclamó asustada, dándose rápidamente la vuelta. Antes de que pudiera gritar, una mano se dirigió directo a su boca, tapándosela.

– ¡No grites!, no te asustes, somos nosotros. – Comenzó a susurrarle la persona que le tapaba la boca.

Aunque en un inicio Stefania se había puesto bastante nerviosa, ¿y quién no lo haría?, poco a poco se fue calmando a distinguir mejor quién era. Después de todo, ese antifaz verde oscuro y traje rojo y negro, era más que distintivo.

Una vez que le pareció que ya se había calmado, el chico retiró con cautela su mano de su boca.

– ¿Robin…? – Murmuró, algo insegura.

– Sí, soy yo. Lamento haberte asustado, no queríamos que alguien nos viera. ¿Estás bien?

– Sí. – Asintió la niña con su cabeza. – Es bueno verte.

Una pequeña sonrisa amistosa se dibujó en los finos labios de la pequeña, y sus mejillas se ruborizaron un poco. Robin, quien acababa de decir no mucho tiempo atrás que no le interesaban las niñas pequeñas, no pudo evitar apenarse un poco al notar su lindo rostro sonriéndole de esa forma, por lo que rápidamente se viró a otro lado para disimularlo… aunque quizás esa no era precisamente la forma correcta de disimular algo.

Stefania notó entonces a la persona que lo acompañaba, la joven de complexión atlética y cabello negro corto, y de traje mayoritariamente negro. Permanecía de pie frente a la puerta, en absoluto silencio.

– Ah, y… ¿Batgirl? – Murmuró dudosa, señalando a la joven, la cual no pareció muy contenta por el comentario

– Es Black Bat. – Explicó Robin de inmediato.

– Ah, claro…

En realidad nunca había oído de ella, pero veía claramente el “Black”, y quizás un poco del “Bat”.

– ¿Cómo está todo aquí? – Le preguntó Robin, intentando aligerar un poco el ambiente. – ¿Te tratan bien?

– Sí, todos son bastante amables conmigo. – Asintió Stefania. – ¿Pero qué haces aquí? ¿Viniste a visitarme?

– No exactamente…

Robin guardó silencio, intentando pensar lo más posible lo que diría, antes de decirlo. En la Liga de las Sombras no te enseñan cómo hablar de esa forma con las personas; normalmente siempre llegas, ejecutas y te vas, sin más.

– Sé qué es difícil, pero necesitamos hacerte unas preguntas sobre tus padres.

– ¿Mis padres? ¿Por qué?

– Sólo queremos saber si oíste o viste algo sospechoso esa noche. ¿Quizás a alguien extraño?

La expresión de Stefania cambió por completo al escuchar tal pregunta. Miró a Robin y a Black Bat consecutivamente, con un profundo desconcierto, casi como si no hubiera logrado entender del todo el significado de la pregunta, o si le hubieran hablado en otro idioma incluso.

– No, nada… – Murmuró, insegura. – ¿Por qué me lo preguntas? Me dijeron que había sido un accidente…

– Quizás así sea, pero queremos estar seguros de ello.

– ¿Acaso… tienes algo que te haga pensar que no lo fue?

– La verdad es que…

Robin calló, al notar que la expresión de Stefania se estaba tornando aún más extraña; parecía casi estar llenando poco a poco de miedo… miedo ante la posibilidad de que esa muerte tan horrible que habían sufrido sus padres, no hubiera sido un accidente, que de hecho alguien lo había hecho apropósito. Perder a tus padres ya de por sí bastante horrible, como para que una persona de su edad comenzara a atormentarse a sí misma con esas ideas; y peor aún, sin saber siquiera si eso era cierto.

¿Y si todos tenían razón al final y todo había sido un accidente? ¿Qué habría ganado de ir hasta ese sitio a atormentarla con eso? Damian comenzó a sentir un pequeño nudo en la garganta, una sensación que en realidad le era bastante nueva… y desagradable…

– No, de momento no. – Comentó, intentando sonar despreocupado. – Pero nunca está de más revisar y estar seguros, ¿no estás de acuerdo?

Stefania asintió lentamente, pero uno podría adivinar de inmediato que no estaba del todo convencida de la veracidad de sus palabras.

– Escucha, ¿sabes si tus padres tenían problemas con alguien? ¿Alguien que los molestara?

– No. – Volvió a responder con la misma inseguridad de hace unos momentos. Sin embargo, inmediatamente después, se viró a otro lado, y puso cara pensativa, como si intentara recordar algo. – Aunque, había un hombre que iba a visitar a papá de vez en cuando, y siempre se ponía nervioso cuando pasaba.

Esa información llamó de inmediato la atención de Robin, casi como la intensa luz de un faro.

– ¿Un hombre? ¿Sabes quién era o porque lo visitaba?

– No, pero estuvo en la casa dos noches antes del incendio, y también estuvo en la misa. – Eso último fue como un golpe directo en su cara. – La verdad, me daba miedo…

Stefania se abrazó más fuerte de Anabelle, pegándola contra su pecho.

Un hombre extraño y aterrador, que había estado dos noches antes del incendio… y en la misa. Estaba casi seguro de que era esa persona, pero necesitaba confirmarlo.

Se le aproximó de pronto, y la tomó de los hombros, viéndola fijamente a los ojos con intensidad.

– ¿Puedes decirme cómo era? ¿Qué aspecto tiene?

Stefania dudó un poco, y de nuevo pareció esforzarse por recordar.

– Era algo viejo… Alto, delgado, con cabello gris, y nariz grande y puntiaguda… Siempre parecía estar enojado.

La descripción encajaba a la perfección.

– ¡Lo sabía! – Exclamó de pronto con orgullo, aunque esa reacción confundió a Stefania.

– ¿Cómo dices?

– Ah… No, nada. ¿De casualidad nunca oíste su nombre o como lo llamaba tu padre?

– Creo que él le decía… Olaf… Olaf, sí, eso creo.

Bien, eso era un avance; al menos con eso tenían ya algo de lo cual partir.

– Esto es muy útil, gracias. Vamos, Black Bat.

Ambos héroes comenzaron de golpe a caminar hacia la ventana abierta, con la clara disposición de irse.

– ¡Espera! – Exclamó la niña rubia, tomando a Robin de su brazo para evitar que se fuera todavía. – ¿Piensas que ese hombre mató a mis padres y a mi hermana?

Esa pregunta en verdad incomodó al chico. Se quedó mirando hacia la ventana sin mirarla por un rato, antes de voltearla a ver discretamente sobre su hombro.

– Aún es pronto para sacar conclusiones. Pero te puedo prometer una cosa.

El nuevo Joven Maravilla se giró hacia ella por completo, y la volvió a tomar de los hombros, para poder verla fijamente con decisión.

– Seguiré investigando, y si descubro algo extraño en esto, llegaré hasta al final. ¿Sí?

Stefania asintió.

– Muchas gracias, Robin…

De la nada, y sin que sus agudos reflejos de asesino se lo advirtieran con anticipación, Stefania se inclinó hacia ella, dándole un pequeño y discreto beso justo en su mejilla derecha. Este acto tomó totalmente por sorpresa al chico, quien cuando pudo reaccionar, lo primero que hizo fue dar un paso hacia atrás, y llevar su mano enguantada a esa área. Stefania sonrió apenada, volteándose hacia otro lado. Por su lado, Black Bat, quien había visto todo eso desde enfrente de la ventana, pareció sobresaltarse sorprendida por ese inofensivo acto… y luego molestarse.

– Ah, sí… – Balbuceó Damian, incapaz de salir aún de su asombro. – Creo que… nos vamos… cuídate…

– Tú también, Robin.

El chico se dirigió a la ventana, aún con su mano en su mejilla, siendo hostigado por la mirada de desaprobación de su acompañante.

– ¿Qué? ¿Por qué me miras así?

Cassandra simplemente giró sus ojos por debajo de su antifaz. Ambos saltaron hacia afuera de la ventana, perdiéndose de la vista de Stefania casi de inmediato.

FIN DEL CAPITULO 03

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Batman Family: Muñeca Maldita. Damian y Cassandra, ahora con las identidades de Robin y Black Bat, intentan acoplarse con problemas a su nueva vida como héroes de Gótica. Una noche de noviembre, salvan a una niña de un terrible incendio, en el que fallecen sus padres y su hermana mayor. La niña es enviada a un hogar temporal, y la investigación de la policía concluye en que todo fue un accidente. Sin embargo, Damian no está convencido de ello, y desea investigar un poco más el incidente con la ayuda de Cassandra. ¿Qué es lo que descubrirán al final?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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2 pensamientos en “Muñeca Maldita – Capítulo 03. Trato

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