Fanfic Batman Family: Legacy – Capitulo 14. Vieja Amiga

10 de febrero del 2017

Batman Family: Legacy - Capitulo 14. Vieja Amiga


Batman Family: Legacy

Wingzemon X

Capítulo 14
Vieja Amiga

Viernes, 26 de julio del 2013

Un barco atacado y hundido en media Bahía Gótica, sin haber llegado a puerto siquiera. Se podía ver desde tierra la embarcación en llamas, y su fotografía salió en primera plana en la mañana del viernes. A pesar de haber ocurrido ya algo noche, hubo un gran movimiento en el muelle durante varias horas de la madrugada hasta que la situación se tranquilizó. Era difícil que el Nuevo Equipo Batman no se enterara de lo ocurrido, e incluso de un poco más.

Oráculo intentó investigar lo más posible durante la noche; haberse tomado un par de días del trabajo, parecía cada vez una mejor idea. Sin embargo, en realidad no había mucho que investigar en esos momentos, por lo que un poco antes de las cuatro de la mañana, tuvo que irse a dormir. Ya al día siguiente, intentó ponerse al corriente lo más que pudiera. La policía no había dado aún ni una declaración oficial sobre lo sucedido, pero los medios lo manejaban como un accidente. ¿Lo fue? Bárbara realmente no estaba para nada convencida de ello. Dedicó toda la mañana a recaudar toda la información posible, la que tenía ya la policía en sus manos, y claro yendo más allá todavía para averiguar más. Y tal y como lo esperaba, había más en esa historia.

Ya a media tarde, Bárbara acudió a la Mansión Wayne, o más bien a la Cueva debajo de ésta. Ahí, le expuso a Dick y Tim lo que había descubierto. Los tres estaban reunidos frente a la Computadora, mientras Bárbara les mostraba toda la información.

– Pude rastrear el barco hundido hacia una empresa privada en las Bahamas de nombre Industrias Marfel. – Comentaba la pelirroja mientras los archivos encontrados se plasmaban en el monitor principal. – Fue un poco complicado, ya que casi no hay nada de información sobre ella, pero pude indagar hasta lo más profundo y descubrir que al parecer es en realidad una subsidiaria muy secreta de Enchanted Inc.

El escuchar ese nombre, más que sorprenderlos, fue más como una confirmación de lo que ya se estaban oliendo desde que se enteraron de la noticia. Enchanted Inc. era la empresa en la que esa mujer que Jason investigaba, Tracey Buxton, era la actual directora, y la misma que Bruce estaba investigando por sus nexos con el Pingüino. ¿Coincidencia?, por supuesto que no.

Bárbara prosiguió.

– Según la bitácora portuaria, transportaba pieles de importación. Pero creo que está de más decir que no era lo que realmente traía. Según registros de la policía, que aún no han hecho públicos, de lo que pudieron recuperar, al parecer podría haber venido transportando armas de uso militar, posiblemente provenientes de países del Caribe.

– Suena a nuestra ave gánster favorita. – Comentó Tim con ironía. – Creo que todos estamos pensando lo mismo, ¿o no?

Sí, era tan obvio que incluso era absurdo tener decirlo en voz alta: Red Hood era quien estaba detrás de ello. En su búsqueda por desestabilizar a Máscara Negra y al Pingüino por igual, había estado investigando a esa mujer, y de seguro de alguna forma se había enterado de la llegada de ese barco con el cargamento de armas del Pingüino, y había decidido hacer lo que Red Hood mejor sabía: volar el barco en pedazos.

– Grandioso. – Murmuró Dick con fastidio, alejándose un poco de la computadora, y llevando sus manos a su rostro y su cabello con señal de frustración.

– ¿De dónde obtuvo las armas y vehículos para hacer eso si voló su último refugio? – Cuestionó Tim con curiosidad.

– Debe de tener alguno de emergencia. – Añadió Bárbara. – Lamentablemente en la información que Bruce tenía de Jason, no viene nada sobre algún otro refugio que hubiera identificado.

– Entonces debemos de dejar de depender de lo que Bruce tenía o no tenía, ¿no creen? – Escucharon como Dick comentaba con un tono duro, incluso algo molesto. Se encontraba de pie a unos metros de ellos, dándole la espalda mientras miraba hacia la oscuridad de la cueva. – Esto es exactamente lo que me temía. Éste es un golpe directo y contundente contra el Pingüino, la excusa perfecta para hacerlo enojar y que responda.

– Tranquilo, Dick. – Murmuró Bárbara con el tono más suave que la fue posible. – No es tu culpa nada de esto.

– ¿Segura? – Masculló con severidad, girándose hacia ella. – ¿Olvidas quién tiene que usar el estúpido murciélago en el pecho ahora…?

Parecía que diría algo más, pero decidió resistirse a ello y respirar lentamente, intentando calmarse un poco. Pasó entonces su mirada por todo lo que había en esa cueva, en sus rincones, en sus áreas, en los trajes en las vitrinas. Caminó hacia el área de entrenamiento físico, mientras Tim y Bárbara lo seguían con la vista.

– No estoy preparado para esto. – Comentó con frialdad, un momento antes de dar un golpe con notoria fuerza contra el saco de entrenamiento y hacer que éste se balanceara. – Jason tiene razón, he perdido habilidades estos tres años. Si tan sólo Bruce me hubiera dicho con tiempo…

– ¿Qué?, ¿qué iba a morir? – Interrumpió Tim, un tanto desconcertado por todo lo que decía; Dick no le respondió. – Bien, suficiente lamentación. ¿Qué haremos ahora? Ya no tenemos ninguna pista que seguir, ¿o sí?

Los tres guardaron silencio. No, no había ninguna nueva pista de momento. Podrían intentar investigar el puerto, ver si encontraban alguna pista de Jason, pero conociéndolo, de seguro fue lo suficientemente cuidadoso para no dejar algo que alguno de ellos pudiera encontrar. Fuera de ello, quizás sólo quedaba investigar los movimientos del Pingüino y Máscara Negra, y esperar que Jason hiciera acto de presencia o se revelara de alguna forma.

Era bastante difícil seguirle la huella a una persona que conocía todos sus métodos…

– Si me permiten opinar, creo que tenemos que tomarnos un momento de calma. – Señaló Bárbara, rompiendo el silencio. – Descansar y aclarar nuestras ideas. No hay mucho que podamos hacer ahora, quizás más noche podríamos hacer algo.

Tim no respondió nada a su sugerencia. En su lugar, se viró hacia Dick, esperando escuchar cuál era su opinión al respecto. Él, por su lado, tampoco respondió de inmediato. Meditó unos instantes en ello. No se sentía muy a gusto ante la idea, pero realmente no era que tuvieran muchas otras opciones en esos momentos.

– Tal vez tengas razón. – Murmuró al tiempo que se giraba de nuevo al saco y lanzaba una fuerte patada a su costado, de nuevo haciéndolo balancearse. – Tal vez… Necesitemos un pequeño descanso…

Dicho eso, siguió dando un par de patadas más.

– Dilo por ti. – Señaló Tim, y se dirigió rápidamente hacia el ascensor. – Yo tengo tarea atrasada que terminar.

– ¿En viernes? – Cuestionó Bárbara, incrédula.

– ¿Crees que vaya a tener más tiempo el fin de semana?

Bárbara no preguntó más, y no le pareció que él le fuera a decir nada tampoco. Tim subió al elevador, pero, antes de subir se giró unos momentos hacia Bárbara.

– ¿Vienes?

– Adelante, yo subo en un momento. – Le respondió la pelirroja. Tim obedeció, y entonces las puertas del ascensor se cerraron y comenzó a subir.

La atención de Bárbara se centró entonces en Dick, quien había empezado a patear y golpear el saco repetidamente, cada vez con más fuerza. Parecía realmente concentrado en ello.

– ¿No ibas a descansar?

– Esto me relaja, aunque no lo creas. – Le respondió el primer Robin, sin detenerse.

– De hecho, lo creo.

Acercó entonces su silla hacía él, sólo hasta donde la colchoneta en el suelo se lo permitía. Se quedó en silencio un rato, analizando sus movimientos. Era obvio que se sentía bastante frustrado por haber sido, de cierta forma, derrotado por Jason en dos ocasiones seguidas. Él mismo lo acababa de decir hace unos momentos, que sentía que había perdido habilidades… Y eso debía de ser bastante agobiante.

El peso de la capa de Batman, era demasiado para los hombros de cualquiera…

– Oye, sé que por mucho tiempo estuvimos acostumbrados y dependientes de que Bruce resolviera todo por su cuenta. – Comenzó a decirle mientras él seguía concentrado en el saco. – Pero tú no tienes por qué intentar imitarlo, no tienes que cargar con la presión de ser Batman tú solo. Quizás tú uses el “estúpido murciélago”, pero nosotros también estamos aquí. Somos un equipo ahora, y podemos lidiar todos juntos con ello.

Dick se detuvo unos momentos para recuperar el aliento. Se apoyó en sus rodillas, y entonces se giró hacia ella. Bárbara le sonrió ampliamente, de esa forma tan luminosa que él recordaba vívidamente de sus años de escuela, pero que por mucho tiempo creyó que no volvería a verla, no con esa intensidad al menos. Él no pudo evitar sonreír también, e incluso sentirse ligeramente apenado.

El ver esa reacción en él, hizo que Bárbara se sintiera ganadora.

– Sé que hemos tenido un inicio algo accidentado, pero todo mejorará, ya verás.

– Gracias, Bárbara. Espero que así sea. Nos urge una victoria.

Bárbara simplemente asintió con su cabeza, y acto seguido giró su silla y se dirigió hacia el ascensor.

– Te dejo para que sigas relajándote.

Dick la siguió con la mirada, hasta que se alejó lo suficiente, y de inmediato reanudó su ejercicio. Bárbara lo miró unos instantes sobre su hombro mientras esperaba a que el ascensor bajara. Quizás deseaba decirle algo más, quizás no. Como fuera, cuando el ascensor llegó, subió y se retiró. Ella sí necesitaba relajarse de verdad.

– – – –

Considerando que apenas llevaba una semana como directora, decir que para Tracey Buxton ese había sido el peor día desde que tomó el puesto, no sonaría tan significante. Pero claro, considerando que empezó en el puesto tras haber visto a su propio jefe siendo asesinado frente a sus ojos, por el disparo de una sombrilla directo en su frente, y luego forzada prácticamente a la fuerza a tomar dicho puesto bajo amenaza de no cometer ni un sólo error, entonces esa afirmación tornaba un aire bastante diferente…

La noticia de lo que había ocurrido en muelle tuvo que pasar por varios oídos, antes de llegar hasta ella, aproximadamente a eso de las 6:00 am. La despertó el fuerte sonido de su teléfono, y lo que menos pensó que le iban a decir, fue una noticia tan horrible; obviamente, todo el sueño que aún sentía, se esfumó como por arte de magia.

Pasó las siguientes dos horas simplemente sentada en el borde de su cama, con su celular entre sus dedos, pensando y pensando qué debía de hacer. La opción de salir huyendo despavorida de la ciudad en cuanto pudiera era la que más le tentaba. ¿Pero acaso era una opción real? ¿Había algún sitio en el mundo en el que podría realmente esconderse? ¿O podría incluso dejar la ciudad convida? Por lo pronto decidió ir a la oficina y actuar lo más normal posible, para no llamar la atención. No había nadie esperándola ni recibió ninguna visita o llamada al respecto. Por un momento se comenzó a engañar a sí misma, diciéndose que tal vez nada pasaría, quizás todo eso pasaría sin pena ni gloria… Pero era una estupidez, y no tardó mucho en darse cuenta de ello.

No resistió la presión. Antes del mediodía, tomó sus cosas, avisó que se tomaría la tarde, y antes de que alguien intentara averiguar más, salió disparada de su oficina. ¿Hacia dónde? No tenía ni la menor idea. Miraba constantemente sobre su hombro, esperando ver a alguien siguiéndola, escondido entre la multitud. Fue a un café al que nunca había ido, totalmente fuera de su ruta, y se quedó sentada en una mesa por quizás dos horas, simplemente pensando, y mirando de forma vacía hacia la pared.

La idea de escapar de la ciudad volvió a presentarse de manera bastante tentadora en su mente. Sólo por curiosidad, revisó cuánto costaba y cuando salía el próximo vuelo a Minnesota, donde vivían sus padres. Sin embargo, sería el primer lugar en el que la buscarían… De hecho, si desaparecía, ¿no intentarían ir tras su familia?

– Maldición. – Soltó en voz baja, con ganas de golpear la mesa, aunque tuvo que contenerse.

Estuvo un rato más intentando pensar en algo, en lo que fuera, en cualquier solución, pero no se le venía nada a la mente, cada opción era peor que la anterior. Pero no podía quedarse ahí a esperar a que alguien le llegara por la espalda y le metiera un tiro por la nuca.

Se dirigió entonces apresurada hacia su departamento, tomando algunas rutas diferentes a las de siempre; incluso prefirió subir por las escaleras antes de estar encerrada con alguien en el ascensor. Ya en su puerta, agotada, y ya para ese entonces bastante paranoica, sacó sus llaves con sus manos temblorosas y abrió como pudo la puerta. Sin embargo, apenas dio un paso hacia adentro, cuando sintió como un brazo largo y fuerte la jalaba, cerrando con fuerza la puerta un instante después.

Quien quiera que fuera, rodeó su boca, y su cabeza entera, con su ancho brazo, evitando que emitiera grito alguno. La alzó lo suficiente para sus pies dejaran de tocar el suelo, y la llevó prácticamente a cargas hacia el interior de su propio departamento. Pataleó y se zarandeó todo lo que pudo, pero le era imposible escapar de tan poderoso agarre. La llevó hasta su sala, obligándola a sentarse en uno de los sillones de ésta, sujetándola además desde atrás con sus grandes y peludas manos contra sus hombros.

Era un hombre grande, muy grande, de cabeza rapada, y cara malhumorada, usando un traje totalmente negro. La sujetaba evitando que intentara siquiera levantarse, y ni siquiera la volteaba a ver ni le decía nada.

– Bienvenida a casa, querida Tracey. – Escuchó ese momento una voz pronunciar justo frente a ella, una voz aguda, algo nasal… y totalmente inconfundible.

Viró su rostro lentamente en su dirección. Aun sabiendo de antemano lo que vería, igualmente no pudo evitar quedarse en shock al verlo, sentado en el sillón para una persona, justo delante de ella, con sus grandes y largas manos cruzadas sobre su paraguas, y con esas dos mujeres de máscara blanca y kimonos verde, de pie detrás de él. Aquel hombre robusto de nariz puntiaguda, la miraba fijamente, un ojo a través de su monóculo.

– Se… Se… Señor Cobbelpot. – Balbuceó la mujer de cabello rubio y corto, apenas capaz de hablar.

El hombre la seguía mirando fijamente… Y no parecía nada contento. Sus piernas cortas, apenas y lograban tocar el suelo, y sus dedos se movían inquietos sobre el mango de su sombrilla.

– Pareces nerviosa, querida. – Pronunció el hombre en voz baja, sin hacer esfuerzo alguno en al menos aparentar ser amable. – No hay porqué estarlo, ¿o sí?

Se paró entonces de su lugar y comenzó a avanzar hacia ella, rodeando la mesa de cristal que había en centro de la sala. Tracey, por su parte, estaba petrificada. Aunque ese gigante no la estuviera sujetando, igual le hubiera sido imposible moverse.

– Sólo vine a visitarte y preguntarte… cómo es posible que un barco con mi último gran cargamento de armas, el cual ni siquiera yo mismo sabía cómo y cuándo iba a llegar a la ciudad… ¡terminó hundido por un mocoso con casco de motociclista y lo poco que quedó confiscado por la policía!

La poca tranquilidad que el mafioso apodado “El Pingüino” había demostrado hasta esos momentos, se desvaneció abruptamente, y en su lugar sólo quedó una gran rabia. Acompañado de sus gritos, alzó su paraguas lo más posible sobre su cabeza, y luego lo dejó caer con todas sus fuerzas contra la mesa de cristal, haciéndola trizas de un sólo golpe. Los pedazos de vidrio quedaron esparcidos por el suelo, al igual que todo lo que había sobre la mesa. Tracey por mero reflejo cerró sus ojos al escuchar tan estridente sonido.

– ¡Tú eras la encargada de recibir ese cargamento! – Añadió el jefe criminal, señalándola con la punta afilada de la sombrilla. – ¡Te dije específicamente que no quería ni un sólo error!

– Señor… Le aseguro que no… – Comenzó a intentar defenderse, pero el miedo le trababa la lengua. – No sé cómo pasó… Mantuve todo en absoluto secreto… Toda la información del señor August sobre eso estaba guardado en mi máquina…

– Lo que significa que tú tuviste que haberle pasado la información a nuestro nuevo amigo, ¿no es así?

– ¡No!, ¡yo no lo hice! ¡No lo haría! – Gritó con fuerza, agitando sus manos frente a ella. – August se encargó de planear toda la entrega, no sé con quién más haya compartido la información, ¡lo juro!

– Qué poco honorable, echarle la culpa a un muerto que ahora no puede defenderse. Quizás lo más justo sería ponerlos en iguales condiciones, ¿no crees?

Acercó entonces su sombrilla a su rostro, pegando la punta de ésta contra su mejilla, y presionándola contra ella con tanta fuerza, que su cabeza terminó contra el respaldo del sillón. Tracey cerró con fuerza sus ojos, sintiendo enormes ganas de llorar. Pero sólo se quedó quieta, esperando el inminente disparo que le volaría la cara en pedazos, intentando hacerlo con la mayor dignidad posible, si es que acaso se podía hacer algo como eso con alguna pizca de dignidad.

Sin embargo, dicho disparó nunca llegó. El Pingüino retiró de pronto su sombrilla de su cara, tomándola por sorpresa, pero no por eso dejando de tener miedo de abrir sus ojos.

– Pero, ¿sabes? – Comenzó a escuchar que le decía, extrañamente con un tono mucho más jovial. – Pese a todo, tienes suerte de que haya venido a verte hasta ahora. De haber venido anoche cuando me enteré, muy probablemente tu cuerpo hubiera aparecido flotando en el río Gótico esta mañana. – Tracey, entre sorprendida y asustada, abrió lentamente sus ojos, encontrándose casi de frente con el distintivo rostro de su jefe. – Pero ahora tengo la cabeza lo suficientemente fría como para ver qué dos directores muertos en una semana se vería bastante mal, ¿verdad? ¿Verdad?

Tracey asintió rápidamente con su cabeza; Oswald parecía complacido y hasta divertido por sus reacciones.

– Además, mi nuevo socio me hizo ver que quizás subestimé demasiado a este Batman Rojo aficionado. Por ello voy a darte una oportunidad de redimirte.

La mujer se sobresaltó, estupefacta tras lo que acababa de escuchar. El gran hombre que la sujetaba, la soltó en ese momento, dejándola libre; aunque claro, eso de “libre”, era relativo.

El Pingüino siguió con lo que estaba diciendo.

– Necesito que te encargues de otro barco que vendrá de Costa Rica. Debes planear su llegada y recepción.

– Sí, sí, ¡claro! – Respondió de inmediato, aferrándose con fuerza a esa pequeña esperanza de salir bien librada de esa espantosa situación. – Me encargaré, y le aseguro que nadie se enterará esta vez.

– Al contrario, querida. – Murmuró el mafioso, sonriendo con una muy marcada malicia en su expresión. – Necesito que también te encargues de esparcir el rumor de dicho barco entre las calles; sin que sea obvio que es a propósito, claro.

La ligera alegría que había llegar a Tracey, se esfumó poco a poco al escuchar esas últimas palabras, pero su rostro se llenó de golpe de un gran desconcierto.

– ¿Qué? Pe… Pero… ¿Cómo voy a hacer eso?

Esa pregunta no pareció hacer nada feliz al Pingüino, quien borró su sonrisa, que maliciosa o no al menos era una sonrisa, y volvió a mirarla con dureza.

– Ese es tu problema. ¿Puedes o no puedes encargarte de esto? Porque es temprano, y aún podemos hacer nuestro paseo al río…

– ¡No!, ¡no! Yo puedo… Lo haré…

– Bien.

Cobbelpot volvió a sonreír una vez más. Apoyó su sombrilla contra su hombro, y empezó a rodear el sillón; las dos mujeres en kimono verde se apresuraron a alcanzarlo, y el hombre grande se adelantó para abrirle la puerta. Antes de salir, echó un vistazo rápido alrededor, admirando todo el espacioso lugar.

– Bonito departamento, por cierto. – Comentó por último con un tono burlón, antes de seguir avanzando hacia la puerta, la cual se volvió a cerrar otra vez una vez que los cuatro salieron.

En todos esos últimos segundos, Tracey se quedó hecha piedra en su sillón, mirando al frente, sin atreverse a mirarlos ni un instante mientras se retiraban. Aún después de haber escuchado la puerta cerrarse, tenía miedo de voltear y verlos aún en ese sitio.

Cuando al fin logró levantarse, lo primero que hizo fue dirigirse a su alacena de licores, y sacar la primera botella que alcanzó, y servirse un vaso hasta el tope de lo que fuera que fuese eso. Se empinó el vaso, hasta casi acabarse la mitad de un trago. Había estado tan, pero tan cerca… Pero aún lo seguía estando, esa era la verdad. Era su única oportunidad de salir con vida de eso…

¿Sería ya demasiado tarde para reconsiderar la huida?

– – – –

Hacía mucho, mucho tiempo desde la última vez que Dick se sumió tanto en su entrenamiento, que ni siquiera se diera cuenta de las horas pasar. Había hecho una rutina completa, y quizás un poco más: sentadillas, abdominales, lagartijas, repeticiones de golpes y patadas al saco, entrenamiento en el barra, pesas, combate con el muñeco de madera, incluso algunas vueltas de trote alrededor de la cueva. A mitad de todo eso, el calor le había ganado, por lo que se había retirado su camiseta y zapatos, para sentirse más ligero y ágil en cada movimiento.

Luego de hacer todo ello, se tomó al fin unos minutos de descanso; no con la intención de terminar, sino simplemente para recobrar energías y después proseguir. Se sentó en una banca, y se bebió casi toda una botella de agua de un sólo trago. Aprovechó también ese pequeño receso para meditar un poco, con la cabeza más fría, aunque el resto del cuerpo estuviera caliente.

No conocían el segundo escondite de Jason, ni siquiera Bruce lo descubrió. Sabían dónde estaba su apartamento, pero de seguro no volvería ahí, así como no volvería a ingresar a la Computadora y arriesgarse que lo rastrearan. Debía haber otro lugar, alguna otra fuente de información que pudieran usar…

Por otro lado, por lo que había logrado estudiar de los archivos, la aprehensión del Pingüino el año pasado volvió a Máscara Negra más que cuidadoso. Desde hace meses, se había estado moviendo entre sus diferentes propiedades de manera constante; se había vuelto difícil, sino es que imposible, averiguar en qué sitio estaría una noche en específico. El Pingüino estaba en una situación casi igual tras salir de Prisión. Quizás sería buena idea olvidarse de Jason por unos momentos, y salir a buscar a alguien que pudiera darles información de esos dos criminales. Si no había Máscara Negra y Pingüino, no tendría por qué haber Red Hood, o al menos no tendría por qué hacer todas esas locuras.

Joven Richard. – Escuchó abruptamente que la distintiva voz de Alfred rompía el silencio de la cueva.

Al alzar su mirada, distinguió la imagen el ex mayordomo, proyectándose en el monitor central de la computadora.

– ¿Qué sucede, Alfred?

Disculpe que lo interrumpa. Sólo quería informarle que saldré a la tienda y el joven Tim salió a hacer tarea a casa de la señorita Stephanie.

Dick no pudo esconder la sonrisa burlona que se dibujó en sus labios en cuánto escuchó eso último. Hacer tarea en viernes; casi se lo había creído por un momento. Había olvidado al parecer mencionar que era hacer tarea en casa de esa chica. ¿Y todavía decía que eran sólo amigos?

¿Necesita que le traiga algo?

– No, gracias Alfred. – Respondió rápidamente, y entonces se puso una vez más de pie, y comenzó a saltar un poco para aligerar el cuerpo. – Pero, ¿sabes? Ahora que ésta es tu casa y tienes dinero, podrías considerar contratar a un nuevo mayordomo que se encargue de todo eso, ¿no crees?

Es posible. Pero sería difícil encontrar uno que pudiera entrar y confiarle el… negocio de nuestra familia. ¿No le parece?

Mentalmente, Dick se encogió de hombros y asintió; no tenía ningún argumento para contradecir ello.

– Bueno, tienes un punto ahí, viejo amigo.

Alfred simplemente sonrió levemente, tan inglés como siempre lo había sido.

Vuelvo en una hora, entonces.

La pantalla se apagó, y la imagen de Alfred desapareció de su vista.



Dick continuó con su entrenamiento inmediatamente después, repitiendo la misma rutina que antes, al tiempo que seguía pensando en todo por igual: Sionis, Cobblepot y Jason. Tenía que descubrir una forma de solucionar los tres problemas, y lo más rápido posible. Bruce de seguro ya lo hubiera solucionado todo. Para esos momentos, Máscara Negra y el Pingüino ya estarían en prisión, y Bruce estaría sentado con Jason comiendo galletas o algo así… Bien, quizás eso último no.

Pasó el tiempo, y siguió sumido en lo suyo, hasta que al final comenzó a darle algo de hambre, y luego ese “algo de hambre” se convirtió rápidamente en un hambre intensa. Al revisar el reloj en su celular, se cercioró de que eran casi las nueve de la noche… lo cual lo sorprendió; ¿cuánto tiempo había estado ahí realmente? Quizás había exagerado un poco; por algo su cuerpo estaba comenzando a dolerle.

Se dirigió entonces al ascensor para dirigirse a la cocina y comer algo. De seguro para ese entonces Alfred ya había vuelto, y quizás había traído algo que saciara de manera rápida su apetito. Al llegar a la mansión, sin embargo, se sorprendió a encontrarse todas las luces apagadas. Avanzó por el estudio, y luego por el pasillo, y después en dirección a la cocina, y todo seguía prácticamente igual, a oscuras.

– ¿Alfred?, ¿Tim? – Murmuró con fuerza esperando alguna respuesta de las personas que buscaba, pero lo único que le respondía era el silencio.

O Alfred se había tomado más tiempo del que dijo en la tienda… o su percepción del tiempo estaba tan perdida dentro de la oscuridad de esa Cueva, que no había pasado realmente tanto como creía.

Pero no era un niño; podía alimentarse a sí mismo… Claro, siempre y cuando hubiera comida en la cocina. Se dirigió entonces sin espera al refrigerador. No prendió ninguna luz en su camino; el hábito de sentirse cómodo en la oscuridad, estaba ya demasiado arraigado en su ser. Abrió entonces el refrigerador, y lo encontró algo vacío. De lo poco que había, no veía algo en especial que le pareciera apetecible. Podía esperar a que Alfred llegara, pero enserio tenía hambre en esos momentos. Optó entonces por la mejor opción, o quizás la menos mala: una simple manzana.

Tomó la fruta con su mano derecha, y cerró la puerta empujándola con su pie izquierdo. Se apoyó contra la barra de la isla del centro, y comenzó a comer a mordidas pequeñas la fruta, mientras admiraba las sombras de la cocina de manera perdida.

Su mente quería regresar a pensar en Máscara Negra, el Pingüino y Red Hood, pero sabía muy bien que eso no lo llevaría a ningún lugar, no en ese momento al menos. Intentó pensar en alguna otra cosa, algún otro tema que en todo ese tiempo no hubiera tenido la oportunidad de meditar como era debido, y se le vino uno en especial luego de un rato: Bárbara… O más bien lo que le había dicho ayer, sobre su posible operación.

Lo que pasó en aquel entonces, cuando ocurrieron aquellos horribles incidentes, aún lo atormentaba a él de vez en cuando; no podía ni imaginarse como era para Bárbara. Era tal y como se lo había dicho en la torre el día anterior. No era capaz de comprender, o imaginar siquiera, todo lo que Bárbara había pasado ese tiempo. No lograba comprender por completo todo lo que le pasaba por la cabeza, todas las implicaciones de decidir a favor o en contra de esta opción. Debía de ser en parte totalmente parcial, no dejarse llevar por esto, que no tenía que ver con él, tenía que ver con Bárbara, y con nadie más…

“¿Y qué te hace pensar que siempre todo tiene que ver contigo…?”

Esas palabras vinieron de golpe a su cabeza, y fueron como una apuñalada en el corazón. Fueron las últimas palabras que Bárbara le había dicho aquel día, el día en que ellos…

No, no podía pensar en eso ahora. Eso había pasado hace mucho. Ellos ya estaban bien, él estaba bien. Él debía de ser firme, ser un amigo leal, alguien en quien Bárbara pudiera apoyarse en estos momentos difíciles, especialmente ahora que Bruce se había ido. Había dicho que la apoyaría, sin importar qué eligiera, y eso era justo lo que haría. Sin embargo… No podía evitar pregúntaselo, no podía evitar que ese pensamiento le cruzara casualmente por su cabeza de vez en cuando…

“¿Y qué tal si…?”

La quietud, el silencio, y la soledad que impregnaba la cocina, y toda la mansión en general, comenzaron a ser perturbados de manera abrupta. Los agudos sentidos del que fuera el primer compañero de Batman, se agudizaron como quizás no lo habían hecho en largo rato. No era tanto que escuchara algo; más bien lo sentía, todo su cuerpo por igual… la presencia de una persona, de pie justo detrás de él, la presencia de una persona que no se volvió tangible para él hasta que ya estaba a menos de un metro de distancia.

Apenas desvió un poco su mirada, lo primero que vio por el rabillo de su ojo derecho, fue una mano, alargándose entre las sombras hacia él, y eso fue todo lo que necesitó para reaccionar. Aún tenía toda la adrenalina y energía que su larga rutina de ejercicio le había disparado. Rápidamente dejó caer lo que quedaba de la manzana, se giró hacia el extraño, y con el mismo impulso y movimiento, lo tomó por su muñeca, torció su brazo, para luego hacerle una llave por detrás, y pegarlo contra la isla de la cocina, teniendo su brazo derecho sujeto con fuerza contra su espalda, y su mano libre contra su hombro para evitar que se moviera. Extrañamente… fuera quien fuera, no estaba forcejando, ni hacía el menor intento de zafarse de su llave…

Cuando al fin pudo tranquilizarse un poco, logró mirar mejor a la persona que sujetaba, o al menos lo que la luz que entraba por la puerta de cristal de la cocina que daba hacia la piscina, le permitía. Su complexión era delgada, y tenía una cabellera negra, lacia y corta hasta los hombros. Lo que alcanzaba a ver de su nuca y su mano, eran de piel blanca, muy blanca. Usaba un saco color azul oscuro, y unos pantalones del mismo color. Ese atuendo, ese peinado, y esa complexión… ¿era una mujer?

– No era el recibimiento que esperaba. – Escuchó que murmuraba con un tono serio y algo estoico, sobre todo considerando la forma en la que la estaba sujetando. Sin embargo, el escuchar su voz, el escuchar ese distintivo tono que siempre sonaba sarcástico, aunque no fuera apropósito, encajó a la perfección con todo lo demás…

– ¿Raven? – Exclamó Dick, incapaz de salir de su asombro.

Si acaso le quedaba alguna duda de su identidad, ésta se disipó cuando su supuesta atacante volteó a verlo sobre su hombro, a como su incómoda posición de lo permitía, y logó ver su perfil fino, más de su distintiva piel pálida, y sobre todo sus inconfundibles ojos morados y brillantes.

– ¿Qué haces aquí?

La mujer se quedó callada unos instantes.

– ¿Podrías soltarme primero?

– Ah, sí… Lo siento…

Algo apenado por su reacción tan poco delicada, la soltó y se apartó varios pasos para darle espacio. La mujer se paró derecha, y se sobó un poco su aparentemente adolorido hombro.

– Siempre tan delicado, Richard Grayson. – Comentó con un tono sarcástico, más que el habitual.

– Lo siento, me sorprendiste, y sabes que no debes de hacerlo. – Le respondió él a su vez, con cierto humor. – Tuve suerte por otro lado de que tú te controlaras.

– Sí, llámalo suerte.

Dick pudo entonces verla con más detenimiento, una vez que estuvieron frente a frente y más calmados. Bajo su saco azul, usaba una blusa gris, y en sus pies unas zapatillas de tacón alto, blancas. De maquillaje sólo usaba sombras moradas en los ojos. A sus pies, se encontraba un bolso discreto, de un tono azul que variaba muy poco de su atuendo. Al parecer había caído durante el forcejeo, por lo que se agachó a recogerlo y ponerlo sobre la barra de la isla.

Le era tan extraño ver a su vieja amiga Raven Roth, vestida de esa forma, muy en contraste con la ropa gótica y oscura con la que la había conocido hace ya algún tiempo atrás. No era, sin embargo, la primera vez que la veía así. La primera vez había sido hace dos años, en New York, que también había sido la última vez que la había visto, antes de ese momento. Ella estaba en la ciudad por unas horas, y se contactó con él para almorzar. Al verla llegar con un traje, de hecho bastante similar a ese, sus ojos casi de desorbitaron. Intentó no hacerlo, pero al final la pregunta fue casi obligada.

“Aún me sigo vistiendo como antes.”, le había comentado en el aquel entonces. “Pero en mis tiempos libres. Mi trabajo actual me exige cambiar mi vestimenta a algo más formal. Tú lo has de entender muy bien.”

Señaló entonces a su propia ropa, y fue consciente de que en esos momentos él llevaba un saco y pantalón formal, color negro, y una camisa azul. Bastante estirado, pero al menos no llevaba corbata.

Ciertamente ya no eran tan jóvenes, y ya no eran ni cerca los chicos que eran cuando se conocieron. No estaban a mucho de cumplir los treinta años, y las cosas que habían vivido hasta entonces los habían ido moldeando poco a poco, hasta convertirse en lo que eran ahora.

Pero estaba divagando. Eso no era lo importante en esos momentos, sino entender por qué se había aparecido tan repentinamente, ahí en Gótica, y ahí en esa casa, y ahí en esa cocina, dos años después de la última vez que se vieron, y quizás unos cuatro desde la última vez, que él supiera, que ella había estado ahí en Gótica.

Parecía como si hubiera leído su mente, aunque en ocasiones realmente sentía que lo hacía, pues una vez que el dolor de su hombro se calmó, pasó a responder su duda con suma tranquilidad.

– Quise venir a ver cómo estabas, Richard. Me enteré hace poco de que te mudaste de nuevo a Gótica… – Guardó silencio unos instantes, como si dudara. – Y también de lo que le pasó al Señor Wayne.

La explicación que pedía resultó ser mucho más simple y obvia de lo que Dick se esperaba; podría haberlo deducido él mismo, si hubiera logrado superar la impresión inicial de su presencia tan espontanea. Era evidente que la noticia de la muerte de Bruce se esparciría rápidamente por todas partes, pero no esperaba que al escuchar de ello pensara en ir directo hasta ahí a verlo. A pesar de lo cercanos, muy cercanos, que habían sido en el pasado, desde hace cuatro años se habían distanciado significativamente, con ella mudándose a Boston, y él a New York un tiempo después. Era como si lo único que los uniera hubiera sido esa “otra vida”, y una vez que ambos decidieran dejarla, ya no hubiera nada que los conectara.

Dick no había pensado en ello mucho, pero en retrospectiva le parecía algo triste, y a la vez tonto, como se había apartado tanto de tantas personas con el paso de los años, no sólo en Gótica. ¿Cuándo había comenzado a hacerlo? Muchos dirían que era algo normal de crecer, de hacerse adulto…

Raven dio un pequeño paso hacia él, parándose justo a su frente, para verlo a los ojos, o al menos lo que la oscuridad de la cocina les permitía.

– Lo lamento. – Murmuró con la mayor suavidad que le era posible, y siendo Raven Roth, de hecho no era mucha. – ¿Estás bien?

– Sí, gracias. – Le respondió, sonriendo levemente. – Ha sido difícil, pero las cosas… Van mejorando. Lo siento, empecé esta conversación atacándote, y ahora no te he ofrecido nada.  ¿Quieres algo de beber? ¿Un café, quizás?

– Un café estaría bien.

Dick se apresuró a poner la cafetera, aunque a medio camino se dio media vuelta y caminó hacia los interruptores de luz, para ya no estar más a oscuras. Fue en ese momento en el que se volvió consciente de que seguía con su pantalón de entrenamiento, descalzo, sin camiseta, y aún algo sudado. Definitivamente no era la apariencia adecuada para recibir a una invitada, y menos una que venía tan bien arreglada.

A ella al parecer eso no le importaba o incomodaba. Hace algunos años hubiera pensado que no habría problema con estar los dos solos, y cualquiera de los dos en ese estado. Pero eran otros tiempos, y eran otras circunstancias en su relación.

Se dirigió de nuevo a la cafetera, mientras Raven tomaba asiento en una de las sillas de la isla.

– ¿Por qué entraste de esa forma? – Cuestionó mientras colocaba el café.

– ¿Cuál forma?

– Cómo ninja oculto entre las sombras, obvio.

– Qué graciosa descripción, viniendo de ti. – Una pequeña sonrisa se dibujó en los delgados labios de la mujer de piel pálida. – Llamé a la puerta, pero nadie me abrió. Así que me tomé la libertad.

– Qué extraño, hay sensores que nos avisan de antemano cuando cualquier persona se acerca aunque sea un poco al perímetro de la mansión.

– ¿Ah, sí? – Desvió en ese momento su rostro hacia un lado, como si fingiera indiferencia. – Quizás soy más sigilosa de lo que crees…

Dick sólo rio ligeramente. Raven no era una persona ordinaria, eso él lo sabía bastante bien. Pero igual tendría que revisar en cuanto pudiera el sistema de seguridad, para estar seguro de que no hubiera ninguna brecha de cuidado.

Mientras el café se preparaba, se le aproximó y se sentó en otra silla a su lado.

– ¿Y tú cómo has estado? ¿Cómo va tu trabajo?

– Bastante bien.

– Aún me cuesta trabajo creer que te hayas convertido en psicóloga.

– No sé por qué. Siempre me dijeron que era bastante… empática.

Dick volvió a reír, aunque un poco más disimulado.

– Escuché que Batman ha sido visto estos días. – Escuchó que Raven comentaba, y eso le borró gradualmente la sonrisa de su rostro. – Pero eso no debería de ser posible… Al menos que tú…

Volteó a verlo de reojo, sin terminar su frase, quizás simplemente para ver su reacción, la cual fue justo la que esperaba… El rostro de Dick se puso abruptamente serio, y se volteó hacia otro lado, silencioso. Esa fue suficiente respuesta, para la pregunta que de hecho no había pronunciado directamente.

– ¿Quieres hablar de eso?

– No, claro que no. – Respondió Dick sin dudarlo. – Te lo agradezco, pero no necesito terapia o análisis; estoy bien. Todo va bien. Lo de Batman… Es sólo algo temporal.

– ¿Por cuánto tiempo?

– No lo sé… Un par de años, quizás.

– ¿Años? – Exclamó, sorprendida.

– Sí, bueno, sólo hasta que Tim esté listo para tomar el lugar de Batman.

– Vaya…

Ese último “vaya” había sido lo más sarcástico que había pronunciado en esa plática, y en esa ocasión era claro que sí era apropósito.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Te lo diría, pero creo que no quieres mi opinión.

Típica frase. No quería parecer una entrometida, pero claro que quería serlo, pero recurría a su permiso verbal para ello. ¿Sería acaso que no fue directamente el asunto de Bruce lo que había hecho ir a buscarlo, sino más bien el asunto de Batman? Eso tenía algo más de sentido.

– Bien, de acuerdo. – Comentó el joven, algo resignado. – Sé que me arrepentiré, pero por favor, dame tu opinión…

– Qué forma tan amable de pedirlo.

– No te hagas de rogar.

De nuevo una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de la mujer. Se giró en su silla lo suficiente para poder estar volteada hacia él y verlo fijamente. Entrecruzó sus dedos, y colocó sus manos sobre sus piernas. No era psicoanálisis, pero si se lo preguntaran a él, diría que se veía bastante parecido a ello.

Raven comenzó a hablar, de forma pausada y tranquila, sin apartar su mirada de él ni un instante.

– Richard, tú relación con el señor Wayne se volvió bastante complicada, luego de lo que le pasó a Bárbara y Jason, y de que te hayas mudado a New York. Lidiar con su muerte debe ser bastante difícil para ti, tal vez más que para cualquier otro, por todo lo que sientes que quedó pendiente entre ustedes. Pero profesionalmente hablando, usar su traje y actuar como Batman, no es la forma más sana de solucionarlo. Estoy segura de que sientes un cierto nivel de responsabilidad, por haberte hecho a un lado, por haberlo culpado de todo. Quizás pienses que de haberte quedado, las cosas hubieran salido diferentes. Pero debes entender que nada de lo que pasó fue tu culpa, y principalmente no estaba en tus manos cambiarlo. Ni lo de Bárbara, ni lo de Jason, ni lo del señor Wayne.

Dick guardó silencio, y se volteó levemente hacia otro lado. Raven siempre había tenido ese efecto, quizás debido a su tono de voz o a su forma de hablar, que hacía que todo lo que dijera sonara tan cierto.

– ¿Piensas acaso que no debería de ser Batman? – Le cuestionó como un ligero susurró.

– No es precisamente lo que quise decir. Sólo que si quieres hacerlo, no debe de ser porque sientas que es tu responsabilidad, que debes de alguna forma solucionar todo eso que pasó. Si eres Batman, debes de hacerlo siguiendo tu propio camino y tus propias convicciones y principios, no intentando emular al anterior. Y principalmente, aunque suene repetitiva, no lo hagas porque pienses que de esa forma podrás arreglarlo todo, porque no hay nada que necesites arreglar. ¿Lo sabes?

Dick se quedó callado un rato, mirando la superficie de la isla. Antes de que pudiera decir algo en específico, la cafetera indicó que el café ya estaba listo, por lo que se paró rápidamente de su silla, y se aproximó hacia la cocina, tomando una taza limpia, y luego dirigiéndose a la cafetera.

– Entiendo todo lo que me dices. – Masculló mientras servía el café. – Pero en verdad no sé si lo que siento es culpa o responsabilidad. Al enterarme de que Bruce quería esto, que yo fuera Batman, me sentí muy molesto, y lo que más deseaba era alejarme de esto otra vez. Pero no lo hice, me quedé; y no por Bruce, sino por Bárbara, Tim y Alfred. Ellos me necesitan, y si eso quiere decir que me siento responsable de todo esto… Supongo que así es.

Terminó de servir la taza y volvió de nuevo hacia su amiga, colocándosela delante para que la tomara.

– Lo que realmente me afecta, es que me estoy sintiendo total perdido, ¿sabes? Estamos lidiando en estos momentos con varios problemas a la vez, y no sé cómo debería de reaccionar y qué debería de hacer para solucionar cada uno. Me es difícil determinar cuál es el camino correcto, e inevitablemente me pregunto a mí mismo, ¿qué haría Bruce? Pero no me ha funcionado del todo bien.

Raven lo miraba con sumo interés mientras él le decía todo ello. Tomó entonces su taza entre sus manos, acercándosela ligeramente a su rostro, para sentir el vapor caliente que brotaba de ella, tocando su piel.

– Quizás debas preguntarte más, ¿qué haría Richard Grayson? – Murmuró con un tono serio, antes de darle un pequeño sorbo a la taza.

Dick no le respondió nada, principalmente porque no tenía nada que responder. No estaba muy seguro de que Richard Grayson tuviera una respuesta mejor a todo ese dilema.

Ehem. – Escucharon entonces que alguien se aclaraba la garganta, justo en la puerta de la cocina, y ambos se viraron en dicha dirección, encontrándose con Alfred, cargando dos bolsas de mandado en cada brazo. – Buenas noches.

– Alfred. – Exclamó Dick algo sorprendido; ¿en qué momento había llegado? Se apresuró rápidamente hacia él para ayudarlo con las bolsas. – Permíteme. ¿Recuerdas a…?

– La señorita Raven, por supuesto. – Exclamó el hombre mayor, pasándole dos de las bolsas. – Un gusto volver a verla.

– Igualmente, señor Pennyworth. – Murmuró la joven de cabello negro, asintiendo ligeramente con su cabeza. – Aunque ahora me llaman Rachel, Dra. Rachel Roth.

– A mí me agrada más Raven. – Comentó Dick, luego de colocar las bolsas sobre la cocina.  – ¿Me cobrarás la sesión que me acabas de dar?

– Te daré descuento de amigo si es que no tienes para pagarme.

Una pequeña risilla divertida surgió de los labios de Dick. En Raven, la única seña de diversión, fue esa pequeña sonrisa. Alfred dejó las bolsas que traía también sobre la cocina, y luego se dirigió en silencio de nuevo hacia la entrada, posiblemente para recoger más. Raven lo siguió con la mirada, con cierto interés.

– Leí que el Señor Wayne le había dejado gran parte de su fortuna. – Comentó una vez que estuvieron solos de nuevo. – ¿Por qué sigue…?

– No preguntes, todos nos preguntamos lo mismo. Supongo que es difícil quitar de tajo algunas viejas costumbres. Bueno, si me disculpas, subiré a cambiarme y enseguida bajo.

– Cómo prefieras, a mí no me molesta verte así.

Ese comentario pareció sacar a Dick un poco de su zona de confort. Normalmente no le molestaría que una chica le dijera eso… pero en ese caso era algo especial. Solamente le respondió con una sonrisa un poco forzada, y entonces se dirigió a dónde había indicado.

Al llegar al pie de la escalera, Alfred volvía a entrar con más bolsas en sus brazos.

– Una visita interesante, joven Richard. – Comentó Alfred, con un tono neutro, haciendo que Dick detuviera su pie a unos centímetros del primer escalón, y se volteara hacia él, algo desconcertado.

– No es lo que piensas, Alfred. Eso ya pasó hace tiempo.

– Lo entiendo. – Murmuró con esa distintiva pose pasivo agresiva que tanto le molestaba a veces. – ¿Y la señorita Bárbara sabe que ella está aquí?

La pregunta confundió de sobremanera a Dick. ¿Por qué le cuestionaba algo como eso?

– Ni siquiera yo lo sabía hasta hace unos minutos. Además, no creo que a Babs le interese, a ella nunca le agradó mucho Raven.

– Me pregunto por qué.

Y dicho ese último comentario, se dirigió tranquilamente a la cocina con todas sus bolsas. Dick sólo suspiró con cansancio, y comenzó a subir apresuradamente las escaleras. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para tener que lidiar con eso justo en esos momentos.

Raven se quedaría menos de una hora más. Conversarían de varias cosas, la mayoría sobre sus respectivos trabajos, y sus vidas en New York y Boston. Tocarían por encima el tema de Bruce y Batman de nuevo, pero no con la misma profundidad de hace algunos momentos. Al final ella se retiraría, no sin antes entregarle su tarjeta, e indicarle que si ocupaba hablar de nuevo le llamara. La tarjeta, pequeña y modesta, tenía su nuevo nombre público: Dra. Rachel Roth, justo como le había dicho a Alfred.

FIN DEL CAPITULO 14

Notas del Autor:

En este capítulo tuvimos una invitada especial: Raven, alías Rachel Roth, a quien algunos pueden recordar de los cómics y series animadas de los Teen Titans. En las notas iniciales del Capítulo 01, mencioné que en esta historia se manejaría de forma diferente el tema de los poderes y habilidades especiales, de una forma no tan a gran escala y algo más discretos. Eso se aplicará también en el caso de Raven, ¿pero qué tanto? Eso quizás lo vean más adelante. Igualmente, como posiblemente se dieron cuenta, la historia de Raven, y su relación con Dick, tiene muchos cambios, hasta poder considerarlo por completo un Universo Alterno en ese sentido. No estoy muy seguro si valdrá la pena profundizar mucho en ello, ya que hay muchas otras cosas que ver, pero ya veremos. De momento seguiremos más rato con el tema de Jason, y averiguaremos qué están tramando Máscara Negra y el Pingüino. ¡Nos vemos!

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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2 pensamientos en “Batman Family: Legacy – Capitulo 14. Vieja Amiga

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