Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 04. Señor Berak

8 de febrero del 2017

Mi Final Feliz... - Capítulo 04. Señor Berak


Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 04
Señor Berak

Pese a todo, pese a la decisión, y a la firmeza de ésta, era difícil no preguntarse a sí misma cómo había llegado a ese punto, o si acaso realmente estaba pasando lo que estaba pasando… Por confuso que sonara.

Toda su vida había vivido prácticamente sola, parándose con sus propios pies, luchando por su cuenta para sobrevivir un día más. Jamás le importó realmente cosas como reinos, tesoros, guerras, héroes o villanos; esas siempre habían sido cosas de las que la demás gente hablaba, pero que eran ajenas a ella por completo. Sí, tenía magia, magia que la ayudaba a conseguir dinero y defenderse si era necesario; y no cualquier tipo de magia, sino magia claramente negra. Siempre se preguntó por qué la tenía realmente, si se suponía que ya no existía la magia negra en ese mundo. Pero aun así, aunque la tuviera, eso no tenía que implicar nada en realidad, mucho menos que por ello pudiera considerarse a sí misma una villana. Ella no había pedido tenerla, no había ido a buscarla con algún propósito malvado; simplemente nació así, sin más. No era una villana, simplemente una chica intentando sobrevivir en un mundo hostil y horrible.

O al menos no lo era antes…

Ahora había pasado de todo ello, a estar en ese carruaje que avanzaba por los caminos de Hendrieth en dirección a la frontera con Austrix, en compañía de esa mujer mayor de vestido rojo, que se hacía llamar Cora y afirmaba ser la madre de ni más ni menos que Regina de Florian, la conocida Reina Malvada; y de esa chica de cabellos azules que se había presentado como Evie, y que a su vez afirmaba ser la hija de también la misma Reina Malvada. Y ella había pasado, al parecer, de ser una simple chica huérfana y sin hogar que casualmente poseía un poco de magia negra, a ser aliada de esas dos personas en su plan de venganza contra los Héroes que derrotaron a los Villanos hace ya veinte años… Ah, y claro, también a ser supuestamente la única hija de la difunta villana Maléfica.

Si todo ello no lo hacía una villana por definición, no sabía que más pudiera hacerle falta.

Llevaban aproximadamente como un par de horas de camino… De ese día al menos, porque ese era de hecho su segundo día de viaje desde que se unió a ellas. Evie se encontraba sentada frente a ella, justo al lado de Cora. Durante ese par de horas, había estado pasando una guja e hilo por una tela de color azul celeste. Parecía muy concentrada en ello. Y, aunque Mal en realidad no tenía mucho conocimiento de ello, parecía realmente hábil en lo que hacía.

– ¿Qué estás haciendo exactamente? – Le preguntó, más que nada para romper el molesto y agobiante silencio.

Evie se sobresaltó un poco al oír su voz, como un perrito asustado. Sin embargo, se recuperó rápidamente, y le sonrió de esa forma despreocupada y alborozada que siempre tenía. Tomó entonces la tela azul celeste y la alzó frente a ella con ambas manos para que pudiera verla mejor.

– Es una falda con holanes, ¿te gusta?

Mal miró la prenda, un tanto confundida. De entrada ella no era muy amante de las faldas, por no decir que no lo era a secas. Pero igual podría admitir que el diseño… No estaba mal. No estaba muy cargado, de hecho era algo discreto, y tenía unos curiosos bordados en los extremos de los holanes, muy detallados, y que era al parecer justamente lo que se encontraba haciendo en esos momentos. Mal en verdad no sabía mucho de ello, pero en verdad le parecía que eso requería mucho cuidado y mucho esfuerzo.

– ¿Por qué haces tú misma tu ropa si puedes crearla con magia?

Evie pareció un poco sorprendida por la pregunta, pero luego su rostro se tornó un poco pensativo. Bajó la falda y la posó de nuevo sobre sus piernas, volviendo a su tarea original.

– Bueno, aun no me funcionan del todo bien los conjuros para materializar objetos. – Se explicó, intentando reflejar naturalidad en su habla. – Además, para materializar algo, necesitas tener en tu cabeza la imagen general de lo que será. Es muy difícil al hacer eso, poder enfocarte en los más finos detalles… – Mientras hablaba, pasó sus dedo lentamente por el bordado que estaba realizando. – Sólo cuando lo haces con tus propias manos, y aplicando el cariño adecuado, es cuando algo puede considerarse realmente… Hermoso… ¿no lo crees?

Mal no respondió nada. Le gustaría poder decir que no comprendía en lo más mínimo de lo que hablaba, pero… De hecho sí lo comprendía, y mucho; pero nunca lo admitiría en voz alta, menos frente a dos personas que apenas y acababa de conocer.

En el poco tiempo que llevaba de conocer a Evie, realmente se había convertido en quizás la persona que más confusión le había causado en su vida. Se proclamaba a sí misma, no sólo como una Maga Negra, sino la hija la llamada Reina Malvada. Y, sin embargo… Era quizás una de las personas más inocentes, amables y sonrientes que hubiera conocido; aunque, siendo justos, no había conocido precisamente a muchas personas de ese tipo en su vida. Y ahora, encima de todo, ¿le gustaba cocer y confeccionar vestidos? Creo que de ninguna forma nada de eso encajaría con la idea que cualquier pudiera tener de un Mago Negro, menos de la hija de uno tan conocido.

– Además, tienes el concepto equivocado, querida. – Escuchó de pronto que la tercera persona en el carruaje comentaba de pronto.

Cora miraba por la ventanilla con cierta indiferencia, como había estado en prácticamente todo ese tramo del viaje, como si más bien quisiera simplemente mirar algo más que sus dos jóvenes acompañantes. A diferencia de Evie, que era difícil creer que fuera la hija de la Reina Malvada… Esa mujer definitivamente tenía toda la apariencia de ser su madre; su sola presencia era aterradora.

– La magia no crea cosas de la nada, sólo las transforma. – Explicó la mujer de labios rojos e intensos. – Por ejemplo, yo no creé esas ropas que ahora usas, sólo transformé tus ropas viejas en algo mejor.

– Para el caso da lo mismo, ¿o no? – Señaló Mal, encogiéndose de hombros, lo que provocó que una pequeña risilla burlona se escapara de los labios de la mujer mayor.

– Aún te falta tanto por aprender.

A Mal le molestaba enormemente esa actitud prepotente y engreída que siempre cargaba esa mujer. ¿No sería ella la verdadera Reina Malvada?

De nuevo se quedaron en silencio, pero no por mucho. El rugir del estómago de Evie se hizo presente unos segundos después. Pareció muy apenada por ello, y rápidamente llevó sus manos a su vientre, como si de esa forma pudiera opacarlo. Mal sintió el reflejo de reír, pero se contuvo.

La joven de cabello azul dejó la falda de lado por unos momentos, y entonces colocó sobre sus piernas la canasta con bocadillos que habían comprado antes de alquilar el carruaje.

– ¿Quieres un emparedado, Mal?

Evie le extendió un emparedado, envuelto en una servilleta blanca. Su estómago no rugía como el suyo, pero no por ello no tenía hambre.

– Gracias.

Tomó el bocadillo y abrió con cuidado la servilleta para poder echarle un vistazo. El pan era fresco, igual que el queso de cabra y el jamón de cerdo. Era quizás una de las comidas más finas que había tenido en sus dedos. Pensó que de seguro no sabría tan bien como parecía. Sin embargo, la primera mordida le reveló todo lo contrario; estaba delicioso…

El carruaje que habían alquilado, también era relativamente fino; quizás nunca en su vida se había sentado en un asiento tan cómodo como ese. No podía quizás juzgar sus ropas finas, ya que habían establecido claramente que podían crear, o transformar, la ropa vieja en ello, pero todo lo demás era bastante incriminatorio. Mal siempre se había considerado una persona que dice lo que piensa, y esa ocasión no iba a ser la excepción.

– ¿De dónde sacan tanto dinero? – Les preguntó sin rodeos, justo después de dar una mordida de su emparedado. – ¿Convierten la paja en oro o algo así?

Cora soltó una aguda carcajada por su comentario.

– No, no desde hace años al menos.

Mal casi se atragantó con su bocadillo al escucharla. ¿Quería decir que entonces era posible?

– Con las regulaciones de los últimos años, hace muy difícil ir por ahí y pagar con cualquier pedazo de oro que no sea la moneda oficial de los Siete Reinos. Además del obvio hecho de que se supone que ya no hay Magos Negros. Ir por ahí con paja o hilos de oro… No es buena idea cuando no se desea llamar la atención, ¿o sí?

– ¿Entonces como pagan todo esto? ¿Estafando gente como a mí?

– Mira quién lo dice. – Comentó Cora con un tono sarcástico. – Digamos que estuve un largo tiempo en un sitio en el que las perspectivas de valioso y fortuna eran un tanto erráticas, como casi todo lo demás. Y eso me permitió hacerme de varios suvenires, comunes y corrientes allá, pero muy valiosos por aquí.

Una explicación bastante ambigua, pero un tipo de explicación aun así.

– Suena a que tal vez deba de ir de visita a ese sitio alguna vez.

– Créeme que no, no deberías.

Ese último comentario sonó un poco como una aterradora advertencia… Cora se giró de nuevo a su ventanilla un instante después, y de nuevo siguió el silencio.

 Mal se enfocó por un rato en terminarse todo su emparedado. Estaba tan delicioso, que hasta se comió las migajas del pan. Pero una vez que terminó de comer, lo próximo que llegó a su mente fue hacer la pregunta que llevaba tiempo en su cabeza… de hecho la había hecho justamente aquel otro día, sin recibir ninguna respuesta gratificante.

– Y bien, ¿ya me dirán cuál es el plan? – Murmuró con fuerza, haciendo que las otras dos personas en el coche la voltearan a ver. – ¿Qué es lo que haremos exactamente? Entiendo que se trata de restaurarles su magia a los Magos Negros. ¿Pero cómo piensan hacer eso?

– Cómo pensamos hacer eso. – Aclaró Cora, con elocuencia. – Porque ahora eres parte del plan, pequeña Lily. No lo olvides.

– Llámeme Mal, por favor. Eso de Lily o Lilith o lo que sea… Simplemente no me termina de gustar. Al menos Mal me es mucho más familiar.

– Cómo quieras, Mal.

Cora hizo una pequeña pausa, acomodándose en su asiento, y cruzando sus manos enguantadas sobre sus piernas.

– ¿Sabes la historia completa de cómo se le arrebató su magia a todos los Magos Negros hace veinte años?

Mal titubeó un poco, antes de lograr recordar por completo lo que necesitaba.

– Algo así. El Hada Azul, Reina de las Hadas, lanzó un conjuro e hizo que todos los Magos Negros perdieran sus poderes, desvaneciendo su magia. ¿O no?

– Tengo entendido que fue un poco más complicado que eso, pero en resumen, sí. Pero una regla general de la magia, negra o blanca, es que todo conjuro y maldición puede ser roto, con las herramientas adecuadas. Esto no es algo que se ponga a propósito o por casualidad. Es, como dije, una regla imposible de esquivar.

– ¿Y cuál es la herramienta adecuada para romper este conjuro?

La mujer mayor sonrío ampliamente preponderancia.

– Eso te lo diré en su momento.

– ¿Por qué?

– Por qué sí.

– Pero si acaba de decir que soy parte de este plan también. – Le recriminó, casi ofendida.

– Y si necesitaras saber en estos momentos esos detalles para serlo, te lo diría. Cuando sea el momento te compartiré todo lo que sea necesario. Hasta entonces, guarda silencio y obedece.

Guardar silencio y obedecer no eran precisamente cosas que fueran parte de la personalidad de Mal; ciertamente, se podría decir que era básicamente lo contrario.

Volteó a ver de reojo a Evie. Ésta tenía la mirada agachada, y fingía estar cociendo, aunque era claro que tenía gran parte de su atención en la conversación; si le quedaba alguna duda, el pinchado que se hizo en el dedo con su propia aguja unos segundos después, se lo confirmó. No parecía querer decir nada, quizás para no contradecir a su abuela. ¿Acaso le tenía miedo?, ¿o sencillamente su estado sumiso era de hecho su estado natural?

Pues Mal no era así, en lo absoluto.

– ¿Al menos puedo saber a quién vamos a buscar? – Soltó sin miramientos con dureza.

Cora resopló con cansancio. Pareció analizar qué le convenía decirle y que no, antes de darle una respuesta.

– El conjuro que la actual Hada Azul lanzó hace veinte años, afectó a todos los Magos Negros de los Siete Reinos por igual, y todos ellos perdieron su magia. Sin embargo, al parecer no previeron, o me atrevería decir que no sabían, que dicho hechizo no afectaría a su descendencia. Es decir, los Magos Negros aún no nacidos en ese momento, como ustedes dos. Por eso aún tienen magia, misma que podemos usar a nuestro beneficio. Y en estos momentos vamos en busca de otro descendiente, que pueda igualmente tener su magia intacta.

Mal no lo reflejó en su rostro, pero realmente le había parecido fascinante la explicación que acababa de escuchar. Tenía sentido, o al menos creía que lo tenía. El hechizo afectó a los Magos Negros de aquel momento, pero no tendría por qué afectar a los que aún no habían nacido.

¿Podría ser posible que enserio fuera hija de Maléfica y por eso tenía esos poderes? Todo parecía tener sentido hasta entonces… Aunque le confundía un poco lo del huevo; aún no entendía como eso pudiera ser posible.

– ¿Y quién es ese descendiente al que vamos a buscar? – Cuestionó curioso la joven de cabello morado.

– Lo único que sé es que se llama Jay, y que es hijo de un viejo amigo de Regina y de tu madre.

– ¿Quién?

Cora bufó con algo de molestia.

– Haces demasiadas preguntas.

– Y usted no da muchas respuestas.

La mujer se cruzó de brazos y se volteó de nuevo hacia la ventanilla, con la clara disposición de cerrar la puerta a ese interrogatorio. A Mal le pareció casi infantil esa reacción.

– Bien, una última pregunta. – Murmuró un tanto más calmada, a lo que Cora simplemente respondió con quejido, que Mal interpretó al final como un “hazla rápido”. – Entiendo la parte en que Evie y yo, y también ese tal Jay, aún podemos tener Magia Negra. ¿Pero qué hay de usted? ¿Cómo es que tiene sus poderes?, ¿cómo los recuperó?

Evie alzó su mirada de manera nada discreta en esos momentos, y volteó a ver a Cora fijamente con mucho interés. A Mal esta reacción le pareció extraña; ¿acaso también lo quería saber?, ¿no lo sabía tampoco acaso?

Cora, por su lado, siguió mirando por la ventanilla, aunque Mal pudo notar como sus labios rojos dibujaban de nuevo una amplia sonrisa astuta.

– No los recuperé. – Susurró con profundidad. – Yo jamás los perdí.

Mal volteó a ver a Evie, y ella la volteó a ver a su vez; ambas parecían realmente incrédulas por lo que cavaban de escuchar, aunque a Mal igualmente le sorprendía que a ella le sorprendiera tanto.

– ¿No fue afectada por el conjuro del Hada Azul hace veinte años? – Recalcó Mal, intentando dejar todo completamente claro.

– Como dije, estuve mucho tiempo en un sitio muy, muy lejano, lo suficiente para estar alejada de toda la diversión de esa guerra, incluida su conclusión.

– Pues parece muy enterada de todo lo que pasó para no haber estado ahí.

– Es porque… Leo rápido.

Mal se encontraba escéptica. ¿Estuvo en un sitio tan, pero tan lejano que no le afectó el hechizo del Hada Azul? ¿Qué clase de sitio era ese?

Ninguna de sus respuestas fue clara o concisa. Lo único que sacó realmente de esa conversación, es que esa mujer parecía querer esconderles cosas apropósito. Y eso a Mal no le gustaba en lo más mínimo…

– – – –

Podía sentir la adrenalina fluir por su cuerpo a mil por hora. Corría a toda velocidad por entre los árboles, como un lobo a la caza. Miraba sobre su hombro de vez en cuando para asegurarse de que había perdido a sus perseguidores, y al menos por los últimos cinco minutos, parecía ser así. Todo indicaba que se había salido con la suya una vez más; nada fuera de lo habitual. Aun así, no bajó la velocidad no un poco. Siguió corriendo y corriendo, hasta que divisó a lo lejos, apenas visible entre los troncos delante de él, el lugar justo al que se dirigía. Aceleró el paso en ese último tramo.

Llegó al final a la puerta trasera de aquella choza, y la abrió rápidamente usando su llave. Entró de un salto, la cerró detrás de sí, y sin espera la volvió a cerrar con la misma llave. Pego su espalda a la puerta, y paró su oído alerta, por cualquier señal de pasos o voces. Aguardó, por un par de minutos o quizás un poco más, y no percibió nada, sólo silencio.

A salvo una vez más.

Sólo hasta ese momento se permitió respirar, agitada y cansadamente. Se dejó resbalar por la puerta, hasta que quedar sentado en el suelo, y esperó unos instantes a que su aliento y los latidos de su corazón se calmaran. No pudo evitar reír un poco, complacido por su hazaña. Los guardias no le vieron ni el polvo; hasta le comenzaba a preocupar lo fácil era burlarlos.

Una vez que ya estuvo mejor, se puso de pie, se retiró la bandana roja, y pasó sus dedos por largo cabello negro, intentando que su cabeza se refrescara un poco. Era un joven de quizás diecisiete o dieciocho años, alto y fornido, de brazos anchos, piel morena y ojos cafés. Su cabello era oscuro y largo hasta unos centímetros por debajo de sus hombros. Usaba un chaleco de piel de colores amarillo, azul y café, pantalones azules de tela gruesa, y unas botas pesadas y altas, color negro, además de la bandana roja que se acababa de retirar. Traía además un bolso de viaje de gran tamaño, que encima de todo parecía estar lleno a más capacidad de la normal.

Ciertamente, a pesar de su aparente edad, parecía que fácilmente intimidaría a cualquiera, incluidos adultos.

Caminó con apuró por los tablones viejos de lo que parecía ser una bodega, llena de cajas, mantos, y cosas amontonadas, todas acumulando polvo y telarañas. Se aproximó a la puerta que daba a la parte del enfrente, pero al intentar abrirla ésta parecía atorada… de nuevo. De seguro se había hinchado otra vez por la humedad. Tuvo que ejercer algo de fuerza y empujarla con su hombro para que cediera. Del otro lado, se encontraba lo que parecía ser una tienda, con varias estanterías llenas de cosas, de todo un poco: ropa, alfombras, platos, candelabros, armas, zapatos, estatuas, balanzas, incluso hasta piedras… Todo acomodado de una forma desorganizada y sin un patrón. Ese sitio no se veía mucho mejor que la bodega; igual se veía cubierto de polvo, olía a encerrado, y apenas y entraba un poco de luz por las ventanas cuyo vidrio que se encontraba algo opaco.

– Papá. – Exclamó el joven con fuerza. – Papá, ¿estás aquí?

Comenzó a revisar detrás de los mostradores, y no tardó mucho encontrar a la persona que buscaba, tirado en el suelo justo detrás de uno, sobre varias mantas, y con al menos cinco botellas de licor, completamente vacías y tiradas a su alrededor. Era un hombre alto, de complexión mediana, piel morena, y cabello negro y rizado, largo hasta los hombros. Tenía una barba de candado, algo desalineada, al igual que sus túnicas negras y grises. Parecía plácidamente dormido, con su boca un poco abierta, soltando algunos gruñidos de vez en cuando.

El joven suspiró con resignación, y entonces rodeó rápidamente el mostrador.

– Hey, papá, levántate. – Murmuró con cautela, mientras lo tomaba y lo ayudaba a sentarse.

El hombre se sacudió un poco, y a duras penas logró abrir los ojos y murmurar con desgano. Al principio parecía confundido, como si no supiera en dónde se encontraba, pero poco pareció reaccionar.

– ¿Ya es de día? – Murmuró con pesar, acompañado después por un agudo bostezo.

– Es casi medio día.

– Eso explica porque aún me duele la cabeza…

Colocó una mano sobre su frente, y se alzó poco a poco, apoyado en el mostrador. El joven intentó ayudarlo, pero de inmediato él lo apartó para hacerlo por su cuenta.

– Hey, mira, lo que conseguí. – Le comentó el chico con entusiasmo, y rápidamente colocó la bolsa de viaje que traía consigo, justo en el mostrador delante de él.

El hombre miró la bolsa ante él como si fuera algún objeto extraño y de apariencia poco agraciada. Con algo de hastío en sus actos, abrió la bolsa con sus manos y comenzó a inspeccionar uno a uno de los objetos que ahí venían, sacándolos de la bolsa y colocándolos sobre el mostrador. Realmente eran varias cosas, algunas de apariencia brillante y lujosa… Pero ninguna parecía interesarle en lo más mínimo.

– Baratijas. – Murmuró con fastidio, tras sacar unos tenedores de acero. – Basura. – Agregó a continuación, examinando lo que parecía ser algunas pulseras de bronce. – Esto ni sé qué es. – Comentó seguido, al revisar un extraño objeto cubico, al parecer de madera, con algunos símbolos en él y que parecía que sus caras podían girarse.

El último objeto de la bolsa, sin embargo, lo dejó un poco intrigado, pese a que quizás era igual o más común que los anteriores. Era una lámpara de aceite, alargada, de metal, algo sucia y oxidada. La tomó entre sus dedos, y la contempló por un rato, como si fuera el objeto más extraño y fascinante del mundo. Sin embargo, al final no dijo nada de ella; simplemente la colocó a un lado con lo demás.

– ¿Es todo? – Murmuró con decepción, sin voltear a ver al joven. Éste a su vez, parecía algo desilusionado por la reacción de su padre.

– Sí… – Murmuró en voz baja, pero de inmediato intentó recobrar el buen humor. – ¡Pero no te preocupes! Derek se enteró de algo grande. Una caravana de Chin pasará esta tarde por el camino del oeste, hacia Auradon. Ya tenemos el punto perfecto para emboscarlos, y reunimos a unos diez chicos más. Estoy seguro de que tendrán cosas valiosas consigo. Cedas, oro, aceites…

– Esperemos que sea así. – Contestó el hombre, sin demostrar demasiado interés en su explicación. Tomó entonces todas las cosas que había sacado de la bolsa, y se las pasó. – Acomoda esto por ahí…

El joven asintió y pasó de inmediato a cumplir la tarea, acomodando los objetos en donde hubiera lugar. Mientras lo hacía, notó que la puerta de la tienda permanecía cerrada, y no parecía haberse abierto en toda la mañana.

– ¿No abrirás la tienda hoy? – Le comentó mientras seguía acomodando.

– ¿Para qué? – Respondió el hombre de cabellos rizados. Se dirigió a un armario que estaba al fondo, y al abrirlo, sacó de ese sitio otra botella de licor, igual a las que yacían vacías en el suelo. – No hay casi nada que vender…

El joven pareció confundido por esas palabras. Miró a su alrededor, todas las cosas llenaban ese lugar, hasta casi no poder caminar entre ellas.

– Tenemos bastantes cosas.

– Pura basura. – Respondió con molestia, descorchando la botella con sus propios dientes. – Sólo hay basura en este pueblo.

Colocó la botella en sus labios, y dio un largo trago de ella, tanto que un poco de licor se escurrió por la comisura de su boca, pero no le importó.

– Tranquilo, papá. Ya verás que luego del golpe de hoy, todo estará mejor.

Una vez que dejó todo en su lugar… O, en un lugar más bien, se talló sus manos una contra la otra, y pasó por encima del mostrador de un salto para dirigirse a la puerta de la bodega, la misma por la que había entrado.

– Iré con Derek y los chicos a arreglar todo. No tardo.

– Cómo sea. – Masculló el hombre, justo antes de dejarse caer de sentón en el mismo tumulto de mantas en el que se encontraba originalmente.

El joven lo miró unos instantes antes de irse. Pareció querer decirle algo, pero desistió al final, y prefirió mejor irse.

Sí, todo sería mejor luego del golpe de esa tarde…

– – – –

Ya era media tarde, cuando el carruaje de Mal, Evie y Cora al fin llegó a su destino: un pueblo ubicado en Austrix, a unos cuantos kilómetros de su frontera con Hendrieth. El pueblo en cuestión poco, o más bien nada, tenía que ver con el pueblo del que venían. Éste era mucho más grande, quizás el triple de grande. Tenía las calles empedradas, casas de piedra, aunque también algunas de madera, pero todas de apariencia mucho más cuidada. Había también muchas más personas, con vestimentas más limpias y no tan viejas, al igual que muchos más guardias custodiando la plaza principal, cuyo punto más significativo era una gran fuente justo en el centro, en donde algunos niños jugaban.

En cuanto bajaron, Mal pareció sorprendida por la apariencia del lugar. Primero el carruaje, luego la comida, y ahora eso… Había visto demasiadas cosas que nunca había visto en su vida, en tan sólo un par de días.

– Al fin un pueblo no tan pintoresco. – Comento Evie con algo de alivio. A Mal le pareció un poco extraña esa expresión.

– Evie, el equipaje. – Le indicó su abuela, mientras ella se dirigía al chofer para pagarle.

– Ah, sí. Enseguida.

Evie se dirigió a paso veloz hacia la parte trasera del carruaje, para tomar sus maletas. Mal reaccionó un rato después con algo de rudeza, y rápidamente la siguió.

– Hey, sólo yo toco mi bolso. – Comentó con fuerza, tomando rápidamente el bolso de viaje que traía consigo.

– Está bien, no lo iba a tocar de todas formas. – Señaló Evie, un tanto confundida por esa reacción. – ¿Qué traes ahí?

Mal se colocó su bolso al hombro. Dudó y vaciló por largo rato, sin responderle nada a tan directa pregunta.

– Sólo mi dinero… Y otras cosas.

– ¿Qué cosas?

– Ahora tú haces demasiadas preguntas. – Comentó por último con cierta molestia, y antes de que pudiera preguntarle alguna otra cosa, se alejó algunos pasos de ella.



Evie la miró un tanto extrañada, sobre todo al bolso que cargaba consigo con receló. ¿Sería sólo para querer proteger su dinero? ¿O quizás habría algo más que ocultaba ahí?

Una vez que el carruaje se fue, Cora avanzó por la plaza directamente hacia uno de los puestos de frutas que había alrededor, sin siquiera decirle nada a sus dos acompañantes, las cuales se apresuraron a alcanzarla en cuanto se dieron cuenta.

El puesto era atendido por un hombre robusto y de piel morena, de cabeza calva, con cabello grisáceo a los lados, y un abundante bigote del mismo tono. Usaba un delantal blanco, bastante limpio considerando que… bueno, era un delantal blanco.

– Buenas tardes, buen hombre. – Le saludó Cora de pronto, con un tono armonioso y suave, que dejó casi estupefacta a Mal.

El hombre dejó de acomodar las frutas unos momentos, y entonces la volteó a ver, sólo por unos segundos antes de esbozar una gran sonrisa de oreja a oreja, llena de felicidad.

– Buenas tardes, Madame. – Murmuró el hombre con el tono más coqueto y poco disimulado que alguna persona pudiera entonar. – Qué día tan hermoso tenemos hoy, pero no tanto como usted.

– Oh, gracias. – Respondió la mujer de cabello negro, acompañada de algunas pequeñas risillas.

De nuevo, Mal e Evie se vieron la una a la otra, incrédulas por tan extraña escena ante ellas; incluso su propia nieta parecía sorprendida.

– Disculpe las molestias, pero estamos buscando la tienda del Señor Berak. – Informó Cora, con el mismo tono de antes. – ¿Podría indicarnos por dónde ir?

“¿El Señor Berak?”, pensó Mal para sí misma. ¿Era esa la persona que habían ido a buscar? No, dijo que se llamaba Jay. Entonces, ese tal Señor Berak, debía de ser el padre ese tal Jay. Mal no tenía mucho conocimiento de todos los Magos Negros del mundo, pero no le sonaba ese nombre.

– ¿Quién es el Señor Berak? – Le susurró  muy despacio a Evie, en busca de información.

– Berak, Berak, Berak… – Repitió la joven de pelo azul varias veces, intentando hacer memoria. – No se me viene a la mente ese nombre.

– Dijo que era amigo de tu madre, ¿nunca lo mencionó?

– Quizás sí, quizás no. Te sorprendería la cantidad de magos malvados con los que tenía relación.

– En realidad no creo que me sorprendería tanto.

El hombre del puesto pasó sus dedos por su abundante bigote, como si estuviera intentando hacer memoria. Sin embargo, no era precisamente eso; él si sabía exactamente en donde estaba ese lugar.

– La tienda del señor Berak, ¿eh? – Masculló un tanto inseguro. – Se encuentra a la afueras, pero no es un lugar propio para una dama como usted, si me permite decirlo.

– Es muy amable de su parte, señor. – Le contestó Cora, acompañada de una elegante risa. – Pero sé cuidarme sola, no lo dudé.

– Oh, no lo dudo.

Mal puso una cara de molestia ante la incómoda escena ante ella; Evie, por su parte, parecía ser precisamente la incómoda.

El hombre salió de atrás del puesto y señaló con su dedo hacia una dirección específica al oeste.

– Sigua está calle derecho, y la verá a tal vez medio kilómetro luego de la salida del pueblo. Es un edificio viejo y poco agradable a la vista, por lo que lo reconocerá de inmediato.

– Muchas gracias, buen hombre. – Indicó la mujer, con una pequeña reverencia de su cabeza. – Andando, chicas.

Cora comenzó a avanzar por el camino que le habían indicado, y las dos jóvenes la siguieron un instante después.

– Parece que eres una mujer popular, anciana. – Comentó Mal con un tono sarcástico.

– No me digas anciana, y lo creas o no, en mi juventud fui bastante hermosa… Y aún lo sigo siendo.

– Oh, eres hermosísima, abuela. – Comentó Evie con una amplia sonrisa.

– Aduladora. – Murmuró Mal en voz baja, pero lo suficientemente alto para que Evie la escuchara.

Avanzaron por la calle que el puestero les había mencionado, hasta llegar al final del pueblo. Cora avanzaba varios pasos delante de ellas, como si anduviera sola o no le interesara que la estuvieran siguiendo. También quizás se debía a que Evie cargaba sola esa pesada maleta, y le era difícil seguirle el paso; y Mal… Bueno, ella prefería caminar a lado de la peliazul, que a lado de esa mujer…

– ¿Te puedo decir algo? – Le susurró la joven de pelo morado a su acompañante, para que sólo ella la escuchara. – Tu abuela es rara.

– No es rara.

– Claro que lo es. Aparte de todo, ¿por qué tanta renuencia en decirme de una vez en qué consiste su dichoso plan si tanto interés tenía en que viniera con ella?

– Es sólo estrategia. – Comentó Evie, restándole importancia. – Mientras menos sepan del plan completo, menos posibilidades hay de que éste se filtre al enemigo.

– Sí, claro. En otras palabras, no confía lo suficiente en mí aún para decírmelo, ¿no?

– Yo ni dije eso…

– Descuida, está bien. ¿Y al menos te lo dijo a ti?

Evie se sobresaltó un poco por esa pregunta. Dudó por un segundo, y luego balbuceó por un par más.

– ¿Qué si me lo dijo? Ja, pero claro que…

– No, ¿verdad? – Le interrumpió Mal, no terminando lo que diría, pero sí lo que pensaba.

– Pues… No, la verdad no… – Murmuró en voz baja con algo de pena. – En estos momentos sé tanto como tú de eso… Pero de seguro nos los explicará cuando sea el momento adecuado.

Mal pareció intrigad por todo eso. Volteó de nuevo al frente, centrando su atención en la mujer que caminaba delante de ellas, con postura perfecta, pasos delicados que no movían ni uno sólo de sus cabellos. Realmente… Era una persona extraña, y demasiado misteriosa.

– Si esta mujer no confía ni en su propia nieta, me pregunto en quien sí. – Murmuró en voz baja, más como un pensamiento para sí misma que un comentario real.

Luego de salir del pueblo, el camino se volvió de terracería, y en lugar de estar rodeadas de edificios, estaban rodeadas de árboles. Aun así, seguía habiendo rastros de civilización, como algunos puestos de comida a la orilla del camino, e incluso algunas pequeñas casas de madera, y carretas que iban y venían por el camino.

A menos de medio kilómetro, como el hombre del puesto les había dicho, dieron con un edificio de madera a lado del camino, de color azul opaco que se descarapelaba de los tablones. Tenía dos pisos, y su apariencia era roída. Tenía barriles y cajas apilas en la parte de afuera, al igual que algunas vasijas. Había un corral justo a un lado del edificio, con apenas tres gallinas flacas. Había también una pila de leños cortados cerca del corral. En la parte superior, había un letrero ya gastado y borroso, en el que apenas y se lograba distinguir las palabras: “Tienda de Empeños Berak”.

Las tres se pararon en el camino, justo delante de tan singular edificio. Sus reacciones eran algo diversas, pero al menos Cora e Evie compartían el sentimiento de aversión a tan poca agraciada imagen.

– En verdad es un edificio viejo y poco agradable a la vista. – Comentó Evie, repitiendo las palabras del puestero.

– Para mí luce bien. – Añadió Mal, encogiéndose de hombros. – ¿Éste tal Berak enserio es otro Mago Negro?

Cora no hizo ademán alguno de querer responderle. Simplemente comenzó a avanzar por su cuenta hacia el edificio. Las ventanas del frente, algo sucias cabía decir, se encontraban cerradas y con cortinas cubriéndolas. Cora intentó abrir la puerta principal, pero ésta no se movió ni un poco.

– Está cerrado… – Escucharon como comentaba una voz áspera desde el interior del local.

Cora sonrió divertida, y entonces volteó a ver a las dos chicas a sus espaldas sobre su hombro. Se giró de nuevo a la puerta, y con un movimiento grácil de su mano, ésta se abrió de par en par, azotándose y haciendo mucho ruido.

Se escuchó un ajetreo desde el interior, y distinguieron entre todas las sombras una figura intentando levantarse entre un tumulto de cajas. Escucharon también varias botellas de vidrio rodando por el suelo. Cora penetró al edificio con paso decidido, aunque Mal e Evie la siguieron un tanto más cautelosas.

El sitio estaba algo oscuro, y con olor ha guardado, polvo y humedad, como si fuera algún sitio abandonado hace ya varios meses.

– ¡¿Qué parte de que está cerrado no entendiste?! – Escucharon que una voz molesta exclamaba con fuerza al fondo del local.

Una figura se alzó como pudo, portando su mano lo que parecía ser un sable. Rodeó el mostrador, molesto, y se dirigió hacia ellas como una fiera. Evie y Mal se pusieron de inmediato a la defensiva, pero Cora les indicó con un gesto de su mano que se contuvieran.

– ¡¿Quieres que te corte la…?! – Gritó con ahínco, pero su amenaza se quedó sólo en esas palabras, pues un par de pasos después se detuvo, justo a un par de metros de Cora.

Miraba con confusión a la mujer ante él, achicando un poco sus ojos, esperando que con ello su visión pudiera aclararse un poco.

– ¿Regina? – Murmuró luego de un rato, una vez que al parecer logró reaccionar.

– Casi. Soy su madre, Cora.

– ¿Su madre? – Respondió aún más confundido que en un inicio.

– ¡Y yo soy su hija! – Saltó Evie en ese momento, parándose justo al lado de Cora. El hombre la volteó a ver unos momentos, pero al parecer le restó importancia pues sin decir nada se viró de nuevo hacia Cora, quien le sonreía ampliamente con elocuencia.

– Y usted debe de ser… El Señor Jafar, ¿o me equivoco?

Eso provocó una ligera reacción en la expresión del hombre moreno, pero no tanto como la de Evie y Mal, quienes parecían extrañadas por el nombre que acababan de escuchar.

– ¿Jafar? – Murmuró la joven de cabello azul, intentando que ese nombre le trajera algún recuerdo, pero apenas y le sonaba familiar, al menos más que Berak. Aun así, no había dicho algo para negar la afirmación de su abuela, por lo que posiblemente era seguro afirmar que ese hombre en efecto se llamaba “Jafar”.

El hombre bajó su arma, colocándola sobre el mostrador más cercano. Quizás esa era una señal de que todos podían ya calmarse… Pero no estaban del todo seguras de ello.

– ¿Qué es lo que quieren? – Soltó de manera cortante y desesperada.

– Necesito hablar con usted… De algo muy importante… – Agregó Cora, con mucha más tranquilidad de lo que la postura y actitud del hombre ante ella ameritaba.

Berak, o Jafar, miró con intensidad a la extraña mujer, pero a su vez… con curiosidad…

De pronto, su atención se viró lentamente de Cora, hasta la única recién llegada que no se había presentado todavía: la joven de cabellos morados y ojos verdes brillantes.

– ¿Y tú eres? – Cuestionó de manera tajante.

Mal pareció dudosa de responder; había algo en ese hombre que no le inspiraba confianza… Algo similar a lo que sentía a estar ante Cora.

– Me llamo Mal.

– Es la Hija de Maléfica. – Escucharon que Evie agregaba de pronto, colocando sus manos en sus hombros; Mal la miró de reojo, con ligera molestia por su imprudente comentario. No se sentía muy cómoda con la idea de ir por ahí diciéndole eso a la gente, en especial porque no estaba del todo segura de que tan cierto era realmente.

Fuera como fuera, ese hombre pareció sorprenderse enormemente por tal afirmación.

– ¿Eres la hija de Maléfica? – Repitió en voz baja.

– Eso… dicen. – Contestó la joven, encogiéndose de hombros.

Jafar se le acercó lentamente, sacándole la vuelta a Cora. Mal de nuevo se puso a la defensiva al verlo acercársele. Pensó que haría algo, pero sólo se quedó de pie frente a ella, mirándola tan fijamente que a Mal le resultó abrumadoramente incómodo.

– Claro. – Murmuró el hombre luego de un rato. – Eres idéntica a ella.

Mal se sobresaltó al escucharlo. ¿Era idéntica? ¿A Maléfica? Por mero reflejo tocó su rostro con sus dedos. ¿Podría ser eso cierto?

Jafar desvió entonces su mirada a Evie, quien seguía a lado de Mal, y le volvió a echar una mirada rápida a su rostro.

– En cambio tú, no te pareces en nada a Regina.

Esas palabras parecieron casi ofender a la peliazul.

– ¿Disculpe? Pues… todo el mundo me dice que tengo sus mismos ojos intimidantes y astutos.

– ¿Ah, sí? Pues te mienten.

Eso sólo aumentó aún más la ofensa que se reflejaba en el rostro de la joven. Jafar se retiró y se alejó de las dos mujeres. Mal podía percibir con facilidad el enojo en su nueva compañera, pero también el gran autocontrol que estaba aplicando para evitar decir o hacer algo al respecto. Si se tratara de ella, ya le hubiera arrojado una bola de fuego a la cabeza… O al menos una roca; había una lo bastante grande sobre una caja, justo a su lado.

– ¿Dónde está Regina? – Cuestionó Jafar, mientras avanzaba hacia el fondo de la tienda.

– No aquí, no muerta, y no en prisión; eso es lo que cuenta, por ahora. – Fue la única respuesta de Cora; a Mal le pareció reconfortante saber que no era a la única a la que le daba respuestas ambiguas.

El hombre abrió un armario de madera al fondo, y sacó de éste una nueva botella de licor. Por las que había en suelo, se notaba que ya llevaba algunas antes de esa.

– ¿A qué vinieron aquí exactamente? – Exclamó con dureza, mientras abría la botella. – ¿De qué cosa tan importante quieren hablar conmigo?

Cora sonrió complacida. Comenzó a retirarse sus largos guantes, y entonces se giró unos momentos hacia las dos jóvenes que la acompañaban.

– Niñas, ¿por qué un salen a jugar afuera un rato? Necesito platicar con el señor Jafar.

Ahora era Mal la que se había sentido ofendida.

– ¿Niñas? ¿Qué le pasa? Tengo diecinueve años.

– ¡Ah!, ¡te ves mucho más joven! – Exclamó Evie con emoción.

– ¿Cómo de trece o qué?

– Anda, no sean desobedientes. – Agregó Cora con severidad, y eso apreció ser suficiente para que Evie tomara a Mal de su brazo y comenzara a jalarla hacia afuera de la tienda; igual ella no opuso demasiada resistencia.

Ambas salieron, y sintieron como la puerta se azotaba sola detrás de ellas, posiblemente por acto de la magia de Cora. Mal bufó con marcado enojo.

– ¿Me vas a decir que eso no te molestó? – Le cuestionó a su acompañante de pelo azul.

– No es para tanto. – Le respondió ella a su vez, riendo ligeramente con elegancia. – Sólo quieren tener una conversación de adultos a solas.

– ¿Y no podían tener una conversación de adultos con nosotras? – Se giró entonces unos momentos a ver la puerta sobre su hombro. – Apuesto que a él sí le dirá cuál es el plan.

Evie permanecía bastante calmada, incluso sonreía como siempre. Sin embargo, en el fondo, Mal tenía razón; eso sí le molestaba un poco. Pero confiaba en su abuela, y en que sabía lo que era mejor; no la hubiera acompañado hasta ese punto si no fuera así.

– Oye, ánimo. – Comentó con entusiasmo, entrecruzando su brazo con el de ella, un acto que a Mal incomodó un poco. – ¿Qué tal si aprovechamos para practicar un poco de magia?

– ¿Practicar?

– Recuerda lo que dijo mi abuela. – Agregó, al tiempo que hacía que ambas comenzaran a caminar, alejándose un poco de la tienda. – Tienes un gran potencial, pero necesitas a la persona correcta para que te ayude a explotarlo.

– ¿Y esa eres tú?

– Absolutamente no. – Confesó entre dientes. – De seguro hablaba de sí misma, pero eso no quiere decir que no pueda darte algunos consejos, ¿no?

Mal no respondió nada de inmediato, pero la propuesta le intrigaba un poco. Todos esos años había estado usando su magia, pero si tenía que ser honesta, siempre lo había hecho al azar, aprendiendo a prueba y error como usarla. Aún en esos momentos, debía ser honesta consigo misma y aceptar que era incapaz de controlarla como era debido. Además, en ocasiones se había llegado a preguntar qué más era capaz de hacer, que otros poderes poseía y que hasta entonces desconocía.

Quizás en efecto esa era una oportunidad de intentarlo.

– ¿Qué tengo que perder? – Respondió, encogiéndose de hombros.

– ¡Grandioso! Vamos, por aquí…

Sin espera, Evie la tomó del brazo y la jaló hacia los árboles del bosque, que se encontraba justo a un lado de la tienda.

– – – –

Jafar se encontraba a mitad de un trago, justo cuando pudo presenciar como la puerta de la tienda se cerraba por sí sola, como si una fuerte ráfaga de viento la hubiera golpeado, aunque dentro de ese sitio no se percibía ni siquiera una pequeña brisa. El hombre de piel morena se quedó casi atónito, viendo fijamente la puerta cerrada. Había pasado justamente cuando esa mujer ante él había movido su mano, y por unos escasos segundos pudo ver ligeros destellos que la cubrieron.

Lo primero que pensó fue que había sido una alucinación causada por el alcohol; no hubiera sido la primera. Pero rápidamente se dio cuenta de que no había sido el caso, que eso había sido real, muy real…

– ¿Cómo hiciste eso? – Cuestionó con fuerza, señalándola con su dedo. – No me digas que… tienes magia… – Al escuchar tal pregunta, Cora únicamente respondió sonriendo de manera prepotente, inclinando su cabeza hacia un lado. – ¿Cómo es posible?

– Supongo que Regina nunca te habló de mí, ¿o sí?

– Regina sólo hablaba de una cosa.

– Blanca Nieves, supongo. – Murmuró la mujer, con algo de fastidio. – Siempre fue tan obsesiva.

– No respondiste mi pregunta. ¿Cómo es que tienes magia?

El tono de Jafar sonaba más como una exigencia que una petición, aunque escondía detrás un ligero rastro de ansiedad que a Cora le parecía deliciosamente encantador.

– Es una historia aburrida, y no viene al caso con el motivo que me trajo aquí. – Comenzó a inspeccionar a su alrededor, como si buscara algo. – ¿No tienes alguna silla que ofrecerle a una dama?

– Si quieres sentarte, siéntate en alguna caja. – Le respondió de manera cortante, lo cual a Cora ya no le pareció tan encantador.

– Esperaba más caballerosidad y… elegancia, de un antiguo Gran Visir de Ágrabah.

– Se tiene lo que se puede. Ahora, ¿vas a decirme qué quieres? ¿O mejor te vas de una buena vez?

Cora resopló con tedio, cruzando sus manos delante de ella. Los amigos de Regina eran ciertamente bastante irritantes; pensaría que le había enseñado mejor a escoger a sus amistades. No se sentaría en ninguna caja sucia y llena de telarañas, así que prefirió quedarse de pie, aunque sus pies en verdad le molestaban por toda la caminata que habían hecho hasta ahí, pero no aceptaría nunca una seña de debilidad como esa, especialmente ante un sujeto como ese.

– Está bien. – Comentó con seriedad. – Estuve ausente y muy lejos por un largo tiempo, lo suficiente para no perder mi magia como ustedes, y es todo lo que necesitas saber sobre ese tema. Acabo de volver hace relativamente poco, y me encontré con todo este… desastre que mi hija y Rumple ocasionaron, y como buena madre que soy, quiero solucionarlo.

– ¿Solucionar qué cosa, exactamente?

Cora soltó una pequeña risilla.

– Devolverle a todos ustedes su magia, obviamente.

Jafar la miró con incredulidad, arqueando ligeramente una ceja.

– ¿De qué hablas? ¿Cómo piensas hacer eso? Ni siquiera conocemos cómo fue que pasó. Jamás habíamos visto un hechizo que pudiera hacer algo como esto, y a esta escala. Es imposible saber cómo romperlo, al menos que fuerces al Hada que lo lanzó a que te lo diga, y no creo que eso sea una opción. Aunque tengas magia, no eres rival contra el Hada Azul.

– Yo discreparía. – Comentó la mujer de rojo, encogiéndose de hombros, y comenzando a andar con paso cauteloso por la tienda, como si intentara transmitirle indiferencia a la situación. – Tengo entendido que la nueva Hada Azul es aún bastante joven, en tiempo de vida de las hadas, y aún no le llega ni de cerca a su madre. Pero no, no es esa la forma en la que estoy pensando hacerlo. Quizás ninguno de ustedes conocía un hechizo como éste antes… Pero yo sí. – Ese último comentario llamó por completo la atención del hombre de cabello rizado. – De hecho, sé exactamente qué hechizo fue el que usó el Hada Azul.

– ¿Y cómo lo sabes?

– Eso no importa. Lo que importa es que también sé cuál es la forma de romperlo.

– ¿Cuál?

Cora detuvo su andar, y entonces se giró lentamente hacia él, aún con sus labios rojos dibujando esa prepotente y molesta sonrisa, que a Jafar ya le había hecho enojar desde muy temprano; le recordaba bastante a Regina, la misma sonrisa engreída de “yo estoy siempre un paso delante de ti” que siempre tenía. En definitiva debía de ser su madre.

Aguardó unos segundos en silencio, al parecer para introducir un poco de intriga antes de su respuesta.

– Ya que lo preguntas tan amablemente, te lo diré. – Musitó con ligero sarcasmo. – Simplemente tenemos que usar la misma varita que el Hada Azul usó para lanzar el hechizo hace veinte años.

De nuevo, el rostro de Jafar se cubrió de incredulidad.

– ¿La varita?

– Esa varita es la clave de todo. – Asintió Cora, lentamente. – La clave para que ese hechizo funcionara, y en las manos adecuadas, podrá regresarles a todos ustedes su magia.

Jafar se sentía muy enmarañado con toda esa información. A pesar de todo lo que conocía de la magia negra de su país de origen, no tenía ni de cerca el conocimiento suficiente de la Magia de las Hadas. Pero hasta donde tenía entendido, las varitas de las hadas no eran tan distintas entre una y otra. Para cualquier caso, eran simples herramientas para enfocar y controlar su magia. La fuente real y lo que determinaba que tan fuerte o débil era un hechizo, provenía directamente del Hada en sí.

Y aun suponiendo que lo que estuviera diciendo fuera cierto, ¿cómo podría ella saberlo? Lo que los humanos sabían de la Magia de las Hadas, incluso los magos negros como ellos, era bastante reducido. La única entre ellos que conocía lo suficiente de ese tema, era Maléfica, que en paz descanse, y el único motivo era que ella misma era un Hada. Y estaba por completo seguro que ninguno de ellos había visto ni oído jamás de un hechizo con este poder, menos un hechizo de Hadas como ese. ¿Cómo esta mujer extraña lo sabría? Nada de eso cuadraba.

– ¿Cómo se supone que tú podrías saber todo esto que me estás diciendo? – Exclamó con cierta molestia, plasmando sus manos contra el mostrador. – No te creo absolutamente nada.

– Qué paranoico. – Respondió la mujer con hastío en su voz. – ¿Qué podría yo ganar con estarte engañando?

– No lo sé. – Añadió, al tiempo que rodeaba el mostrador y caminaba hacia ella de forma amenazante, casi aterradora. Se paró justo delante de ella, mirándola con intensidad a los ojos. Hubo una época en la que era capaz de doblegar los corazones de cualquier ser y tenerlo comiendo a sus pies, con tan sólo verlo a los ojos; pero ese placer ya se había ido junto con su magia. Aun así, su mirada seguía siendo bastante penetrante. Sin embargo,  Cora, por su parte, ni siquiera pestañó ante su presencia. – Y eso es justamente lo que me molesta: no saber. He vivido lo suficiente para entender que no me conviene liarme con gente como tú cuando saben cosas que yo no. Cada secreto que guardan, es una oportunidad de clavarme una daga en la espalda, sin siquiera darme cuenta. Si viniste hasta aquí, no es porque te interesa “ayudarme”, es porque quieres algo de mí. Pero hasta ahora te digo, no obtendrás nada de mí si no me dices cómo es que supuestamente sabes todo esto.

Cora permaneció calmada, sosteniendo su mirada con gran temple. El aire se había tornado bastante denso. Hasta ese momento, ese hombre había tenido una postura inferior a la suya, pero en un santiamén, había cambiado a casi ponerse a su mismo nivel. Normalmente que alguien le hablara y encarara así le hubiera provocado molestia, pero… en esos momentos, en realidad le pareció fascinante.

– Y aquí se presenta en verdadero Gran Visir, Jafar de Ágrabah. – Comentó con un tono divertido. – Es mucho mejor así. Pues bien, si tanto quieres saberlo… ¿Y si te dijera que conozco la procedencia real de esa varita?

La marcada confianza que el antiguo mago negro había reflejado, se quebrantó un poco, y de nuevo se plasmó algo de confusión en su mirada.

– ¿A qué te refieres?

– Me refiero a que esa varita… No es lo que todo el mundo cree…

Cora volvió a sonreír con complacencia y ponderación. Dentro de todo lo que ese hombre había dicho, algo resultaba muy cierto: cuando tratabas con villanos, cada secreto que se guardaban entre sí representaba una gran fuente de poder… Y siendo así, Cora sería en esos momentos la persona más poderosa de los Siete Reinos…

FIN DEL CAPITULO 04

Notas del Autor:

– Al igual que con Evie y Mal, el personaje de Jay está basado por completo en su contraparte de Descendientes en su apariencia física y en su personalidad, pero igualmente con algunas marcadas diferencias en sus historias.

Jafar está más que nada basado en su versión de Once Upon a Time in Wonderland, al menos físicamente hablando y en su personalidad, pero tiene también algunas adiciones del personaje de la película animada de Aladín, y otras pocas de la películas de Descendientes, sobre todo en lo respecta a su historia.

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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Un pensamiento en “Mi Final Feliz… – Capítulo 04. Señor Berak

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