Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 24. Expiación

8 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 24. Expiación


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 24
Expiación

 En Algún punto entre Kyoto y Otsu, Japón
06 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

Habían pasado ya muchos años desde la última vez vio un atardecer. Aún recordaba vívidamente en su cabeza los colores anaranjados y rojos en el horizonte, a veces combinados con destellos rosados. Recordaba como poco a poco las estrellas iban apareciendo en el firmamento, creando un hermoso y brillante tapiz sobre su cabeza. Recordaba la luna, redonda y pura en el cielo nocturno, como el ojo protector y vigilante de Dios. Recordaba… Sólo recordaba. Al final, eso era lo único que le quedaba en su vida: los recuerdos; y aún pese a todo, podía estar agradecido de que su mente, aún en esos momentos finales, siguiera tan lucida y clara, y le permitiera seguir recordando.

Pero si tuviera que elegir alguna cosa que en especial que le gustaría haber podido ver por última vez antes de morir, eso sería sin duda las luciérnagas, danzando como pequeños destellos de luz entre las sombras de los árboles. Cuando era niño, a su hermana y a él les gustaba salir en las noches de verano a admirarlas; sólo recostarse pecho a tierra, y admirarlas a lo lejos en silencio. Le hubiera gustado tanto poder estar una última vez con su hermana como en aquel entonces, cuando todo era más sencillo, más simple.

Pero no sucedería.

No volvería a ver un atardecer, ni las estrellas, ni la luna, y mucho menos las luciérnagas… o a su hermana Tsuruyo.

Pero no podía sentir remordimiento alguno; eso sería muy hipócrita de su parte. Todo ello debía de ser de cierta forma, el pago que merecía por sus actos, por todo el sufrimiento que había provocado, aunque fuera de manera indirecta, y aunque en el fondo deseaba hacer el bien. ¿Podría ser todo ello un castigo de Dios, realmente? ¿Dios lo estaría castigando por su arrogancia?, ¿quizás por su debilidad?, ¿su cobardía?

En esos momentos ya no era ni la sombra de lo que alguna vez fue. Su cuerpo estaba extremadamente delgado, prácticamente en sus huesos. Su rostro estaba cubierto de arrugas, y se le veía demacrado, sin el menor rastro de color. Su cabello era escaso, y ya sólo una madeja grisácea y desalineada. Sus parpados permanecían cerrados plácidamente, como si los de un cadáver se trataran; pero no aún, era claro que aún le quedaba un pequeño respiro por delante.

Era ya el atardecer. La única forma en la que podría darse cuenta de ello, era por el sonido del reloj de pared, y el sentir que la temperatura comenzaba a disminuir aunque fuera un poco. Podía además escuchar el canto de las cigarras, entrando por la ventana abierta. Se encontraba de rodillas frente a su mesa para escribir, con una libreta abierta, pincel y tinta. Pese a todos sus problemas y achaques, su pulso se mantenía aún firme, y lograba deslizar el pincel grácilmente por el papel. Aun así, ¿cómo podía un hombre que se encontraba ahora ciego escribir? Eso sería difícil de entender para muchos, pero en realidad sencillamente esto era gracias a las habilidades que había obtenido mucho antes. Había, sin embargo, algunas hojas hechas bola en el suelo, señal de que lo que fuera que escribía no le estaba resultando precisamente sencillo.

– Anciano, ya estoy aquí. – Escuchó pronunciar en la puerta a una voz más que conocida para él.

Escuchó sus pasos avanzando por el pasillo, y luego su respiración agitada en la puerta de su habitación. Era una joven, de no más de veinte años, de cabello castaño y corto, y de grandes ojos cafés. Usaba un hakama blanco, y un hakamashita color beige. Como seña muy distintiva, tenía un notorio lunar justo debajo del ojo izquierdo. En sus manos cargaba una canasta, repleta de varios vivires.

– Buenas tardes, Shiori. – Saludó el hombre mayor con voz ronca.

– Oh, está fuera de la cama. – Exclamó la mujer joven, entre sorprendida y animada por lo que veía. – Creo que está de buen humor hoy.

– No es un mal día…

Shiori se dirigió entonces a la alacena, para guardar todo lo que había traído, y después pasar a preparar la cena.

– Vienes muy tarde esta vez. – Comentó el hombre, mientras seguía trazando sobre el papel ante él.

– Lo lamento, hubo una gran conmoción en el centro de Kyoto. Al parecer encontraron un cuerpo flotando en el río esta mañana. Uno creería que ya no deberían de pasar estas cosas en esta nueva era, pero últimamente han pasado demasiados incidentes en la ciudad.

La noticia pareció llamar singularmente la atención del hombre, tanto que su mano dejó de moverse por unos instantes, como si intentara usar todas las fuerzas que tenía para procesar la noticia en su plenitud.

– ¿Sabes de quién era el cuerpo?

– Sólo escuché que algunos comentaban que era algún miembro del gobierno. Un delegado o algo así.

Guardó silencio, de nuevo meditando para sí mismo.

– ¿Cómo murió?

– Creo que tenía heridas de espada, aunque se supone que están prohibidas, ¿no? Dicen que tenía una marca extraña en la espalda.

– ¿Una marca? ¿Qué tipo de marca?

– No sé, algo de apariencia occidental; dos curvas con una línea horizontal cruzándolas.

Ese último dato había sido suficiente. Había tenido ese extraño presentimiento desde el momento en el que había mencionado el cuerpo, pero fue eso lo que le hizo estar totalmente seguro de ello. El hombre respiró lentamente, intentando mantener la serenidad; no le haría ningún bien alterarse.

La joven seguía en la alacena, guardando todo lo que había traído. Pasaron unos cuantos minutos, antes de que el hombre volviera a hablarle.

– Shiori, ¿podrías hacerme el favor de cortar un poco de leña? – Pronunció con un tono serio y firme.

La castaña entró de nuevo a la habitación del anciano, mirándolo fijamente, algo extrañada por tal petición.

– ¿Leña? ¿En pleno verano?

– Mis huesos son mucho más sensibles al frío últimamente. – Le respondió con el mismo tono de hace unos momentos. Eso le pareció un poco extraño; normalmente lo hubiera dicho con un tono algo más relajado, incluso burlón.

– De acuerdo. – Comentó al final, encogiéndose de hombros. – Enseguida vuelvo.

La joven caminó hacia el patio de la casa, en donde se encontraban los leños y el hacha, dejando al hombre totalmente solo de nuevo, no sólo en su habitación, sino en toda la casa. Él permaneció sentado frente a su mesa, con su pincel entre sus dedos. Pero ya no escribía nada; parecía que su mente se concentraba en algo más…

– Eres tú, ¿verdad? – Susurró de pronto en voz baja. – Shougo…

De las sombras del rincón a sus espaldas, emergió lentamente una figura alta, que apenas dio un par de pasos en su dirección, pero permaneciendo al menos a un metro de él. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Estaba seguro que no tanto; aún sin su visión y en su estado, se convencía a sí mismo que su instinto aún era suficiente para percibir las presencias tan imponentes como las de esa persona.

Sus ojos verde oscuro brillaban con la escasa luz que entraba por la ventana. Su cabello era largo hasta la mitad de su espalda, color café oscuro. Usaba un kimono verde, y en su costado izquierdo portaba una espada envainada. Su expresión era casi sombría, pero su mirada era penetrante, bastante intensa, y estaba fija precisamente en él.

– Ha pasado mucho tiempo… Tío Hyouei. – Murmuró en voz baja con un tono serio y profundo.

Escuchar su voz, especialmente pronunciando su nombre, causó una gran conmoción en el anciano. Su voz en esencia era como la recordaba, pero había algo diferente; ya era por completo la voz de un adulto, llena de decisión, de firmeza, de fuerza…

– Si viniste a ver mi final, me temo que tendrás que esperar un poco más. – Comentó el anciano con cierta severidad en su tono; el hombre a sus espaldas no respondió. – Ese cuerpo que encontraron el río… ¿Fue obra tuya?

El hombre castaño respondió de inmediato a su pregunta, sin sentir la menor duda en su respuesta.

– Es sólo la primera de las venganzas que el Hijo de Dios deberá de ejecutar, antes de poder crear la Tierra Prometida. Estoy cumpliendo con mi destino…

– No sigas. – Interrumpió el hombre mayor con fuerza, casi como si fuera un regaño. Tosió un par de veces y luego respiró profundamente, intentando calmarse. – Tokisada quizás tenía las mejores intenciones cuando te inculcó esas ideas de pequeño… Pero jamás pudo ver a futuro el tremendo daño que te estaba haciendo…

– ¡No te atrevas a hablar de mi padre! – Exclamó Shougo con ímpetu, alzando fuertemente la voz, como señal de su enfado.

Sus palabras resonaron en el silencio de la casa, y una vez que calló fueron remplazadas por el sonido de las cigarras, la reconocible señal del verano. Ambos se quedaron callados por largos segundos. La tensión entre ambos era demasiado presente, demasiado pesada. Los aterradores ecos de los asuntos sin resolver entre ambos, rebotaban por todo ese cuarto como gritos del pasado. Estos eran muchos, los suficientes para no poder ser cubiertos en esa pequeña conversación, e igual no parecía que ese hombre hubiera ido hasta ese sitio con ese fin. ¿Pero qué era lo que realmente quería entonces…?

– Aún sin mi vista puedo ver con claridad la bondad de tu corazón, y todo tu dolor. – Murmuró Hyouei, muy despacio. – ¿Por cuánto tiempo seguirás cargando con ese peso de afirmar ser el Hijo de Dios?

– La respuesta es obvia. – Contestó sin la menor vacilación. – Hasta que guíe a los oprimidos de nuestro pueblo hacia la felicidad, tal y como es mi destino. Y usaré la espada del cielo para abrirme paso. Ese momento está ya muy cerca, y todo nuestros sacrificios no habrán sido en vano. Pero no sucederá antes de que pueda hacer de mi Estilo Hiten Mitsurugi Celestial, el estilo supremo. Es por eso que he venido, para que me digas el paradero de Seijuro Hiko Trece, el hombre que ostenta el título que era originalmente para ti.

Hyouei pareció algo confundido por esa repentina petición. Viró su rostro ligeramente hacía atrás por encima de su hombro como si quiera voltear a verlo, mas esto era más un acto reflejo.

– ¿Por qué estás buscando a ese individuo? ¿Qué crees que vas a obtener si lo enfrentas?

Shougo se tomó unos segundos antes de responderle.

– Actualmente he perfeccionado mi estilo Hiten Mitsurugi hasta lo más alto. He superado por completo tus enseñanzas, creando un nuevo estilo superior: mi Hiten Mitsurugi Celestial. Pero mi estilo sólo obtendrá su estatus superior hasta que derrote al Hiten Mitsurugi original, y lo haré derrotando al actual Hiko Seijuro con mi Amakakeru Ryu no Hirameki.

Su modo de pensar parecía no haber cambiado en todo ese tiempo; a lo mucho, posiblemente había ido en incremento en la misma dirección. Parecía más convencido que antes que el demostrar su habilidad en el Hiten Mitsurugi, el estilo de pelea que él mismo le había enseñado, y coronarse como el más poderoso, era su mejor camino para convertirse realmente en un Dios, en el símbolo que guíe con su espada a los cristianos oprimidos hacia la victoria.

Sin embargo, Hyouei sabía de antemano que ese camino sólo podía llevar a un único resultado…

– Será inútil. – Exclamó el anciano, girando de nuevo su cabeza al frente. – Por más que lo intentes, ese deseo no se cumplirá.

Esas palabras parecieron hacer que Shougo se sobresaltara un poco, y su expresión, ya de por sí dura, se cubrió aún más de enojo.

– Jamás debí de haberte enseñado el Hiten Mitsurugi. – Prosiguió. – Ese ha sido quizás el más grande error que cometí y de lo que siempre me arrepentiré. Pero aun así te diré esto: si enfrentas tu Amakakeru Ryu no Hirameki contra la persona que buscas… Serás derrotado…

De nuevo se formó el profundo silencio entre ambos. Shougo miraba fijamente la espalda delgada del hombre mayor, y éste permanecía sentado ante su mesa. A pesar de la debilidad de su voz, sus palabras parecían bastante seguras de lo que decían. Aun así, Shougo no podía evitar sentirse molesto. Después de todo, ese hombre, que ya no era ni la sombra de lo que alguna vez fue su tío, no conocía ni una pequeña parte de todo su poder… No sabía todo de lo que era capaz.

– Eso está por verse. – Le respondió el castaño, y entonces se disponía a retirarse.

– Espera, Shougo. – Exclamó Hyouei con algo de fuerza, para hacer que se detuviera. – No te servirá de nada enfrentarte a Seijuro Hiko Trece… Él no es ya quien porta la maestría del Hiten Mitsurugi. Su Kuzu Ryu Sen ya ha sido derrotado por el Amakakeru de su alumno.

– ¿Qué? – Exclamó extraño, deteniéndose y virándose de nuevo hacia él. – ¿Entonces hay ahora un Seijuro Hiko Catorce?

– No. Por lo que entiendo, él ha rechazado ser el sucesor del estilo.

Shougo pareció tomarse su tiempo para revisar y meditar todo lo que acababa de decir. No tenía ninguna noción previa de ello, pero tampoco era extraño. El estilo Hiten Mitsurugi, y aquellos que lo practicaban, siempre habían sido bastantes misteriosos. No tenía por qué dudar de la palabra de su tío, pero fuera ese individuo Seijuro Hiko Catorce o no, igual todo parecía indicar que era su verdadero contrincante…

– ¿Quién es ese hombre? – Le cuestionó con firmeza, pero con relativa calma.

Hyouei comenzó a toser con fuerza en ese momento, y ese pequeño ataque le duró por casi un minuto entero. Una vez que la tos se calmó, volvió a intentar que su respiración se volviera a recobrar; sus inhalaciones y exhalaciones eran pesadas, y se sentían incluso dolorosas. Su estado era aún peor de lo que Shougo había supuesto; no había nada que incluso él pudiera hacer… ¿podría acaso haberlo hecho de haber ido antes? ¿Podría haber…?

No, no tenía sentido cuestionarse algo como eso en un momento así.

Con apenas un hilo de voz, Hyouei logró volver a hablar.

– Lo único que sé es que su nombre es… Kenshin… Himura…

– ¿Kenshin… Himura…? – Repitió Shougo en voz baja, como si el pronunciar el nombre pudiera darle algo más de información. No lo hizo, pero… Ese nombre, sí que le provocaba una extraña sensación, como un muy fuerte presentimiento. ¿Por qué…?

Los pasos de la joven que había salido a cortar la leña se escucharon a lo lejos dirigiéndose a la casa. Shougo retrocedió, ocultándose entre las sombras, y luego simplemente desapareció… Hyouei ya no sintió más su presencia.

¿Por qué le había contado sobre ese hombre? ¿Acaso quería en el fondo que se enfrentara a él? Quizás, de manera más consciente de lo que se lo permitiría en otras circunstancias, estaba convencido de que era la única forma de detenerlo… De lograr lo que él no pudo…

– – – –

Kyoto, Japón
12 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

Temprano por la mañana, la jovencita de cabellos negros, sujetos con una larga trenza a sus espaldas, salió de la relativamente recién reconstruida posada Aoiya, con su rostro notoriamente iluminado por los buenos ánimos que la invadían desde que despertó. El clima se sentía particularmente agradable, en comparación con los dos días anteriores en los que el infierno mismo no podría haber estado más caliente. Cargaba en sus manos una caja de comida, envuelta en un pañuelo, con un delicioso almuerzo en su interior. Le hubiera encantado poder decir que lo había preparado ella misma, pero sería una enorme mentira. Por suerte era mejor ninja que cocinera, y también por suerte Okon eran tan buena ninja como cocinera al mismo tiempo.

Caminaba alegremente por la calle principal de la ciudad, ya para esos momentos ligeramente congestionada con caminantes que iban y venían. Sus ojos verde azulados, se centraban al frente, y una amplia sonrisa se dibujaba en sus labios.

El almuerzo que traía consigo no era para ella en realidad. Se dirigía en esos momentos al templo budista que se encontraba cerca del extremo oeste del área céntrica de la ciudad. Era pequeño, y la mayor parte del tiempo de seguro pasaba desapercibido por la mayoría de las personas que llegaban a mirarlo siquiera. Pero eso mismo lo volvía un sitio muy prometedor para estar completamente solo, y ello lo convertía en un sitio bastante tentador para la persona a la que le llevaba ese almuerzo; después de todo, una persona que quiere estar sola, aun así tiene que comer, y estaba segura de que ésta en especial no había probado bocado, si acaso desde el día anterior.

Ya había pasado más de un mes, casi mes y medio, y el Señor Aoshi parecía encontrarse exactamente en el mismo estado en el que se encontraba desde aquel día en que volvió al fin a lado de ella y de los otros. Parecía ido, bastante pensativo, y se atrevería a decir que confundido. Bien, quizás Misao Makimachi, la más joven Kunoichi del grupo Oniwabanshu de Kyoto, no podía comprender por completo todas las implicaciones de tener un sólo propósito en la vida, dedicar día y noche todas tus fuerzas en ello, y luego ya no tenerlo abruptamente… Al menos, no todavía. Por ello, sólo le quedaba tener paciencia, la paciencia suficiente para que tarde o temprano esa persona recobrara su ánimo y su camino.

Paciencia… Para ser una ninja, la paciencia no era precisamente su fuerte cuando se trataba de ciertos asuntos, y ese en especial era un claro ejemplo. Ni siquiera había tenido la oportunidad de sentarse a hablar con él como se debía, ponerse al día, decirle todo lo que pensaba, y escuchar todo lo que él pensaba. Cuando no se encontraba a solas en el templo meditando, se encontraba a solas en el Aoiya. La única persona con la que conversaba regularmente era el anciano Okina. Mientras que en su caso, si bien nunca había sido grosero, ni propiamente la ignoraba como tal, durante todo ese lapso de tiempo simplemente no parecía ponerle principal atención; apenas y la volteaba a ver o la saludaba, de hecho, casi como si fuera más un gato rondando por ahí que una persona real pasando a su lado.

¿Acaso era por qué aún la consideraba una niña? ¿No podía ver más allá de su edad o de su complexión menuda y darse cuenta de que ya era toda la señorita con la podía conversar, intercambiar opiniones, contarle lo que sentía, o… incluso un poco más…?

Quizás era mucho pedir. Después todo, paciencia… sólo necesitaba paciencia…

Pensar en todo ello casi le arruinaba el buen humor que tenía. Debía de concentrarse mejor en cosas más positivas. Iba después de todo a llevarle el almuerzo, e intentar pasar un tiempo con él. De seguro se sentiría agradecido por ese acto, y le permitiría quedarse con él hasta que terminara de comer, claro, para poder regresarle a Okon el estuche para comida cuando terminara. Podía quizás preguntarle cómo se ha sentido, si ha obtenido algo de todo ese tiempo meditando, si ha pensado en que deseaba hacer de ahí adelante… Quién sabe, cualquier cosa pudiera estar bien.

Cuando menos lo pensó, se encontraba ya al pie de las largas escaleras del templo. Comenzó a subirlas con rapidez, saltando los escalones de dos en dos. Todo estaba relativamente callado, hasta que llegó a más o menos la mitad de la escalera; entonces, escuchó un fuerte grito proveniente del interior.

– ¡Te lo ruego! ¡Te pagaré!, ¡te pagaré lo que quieras! – Exclamaba casi con desesperación una voz grave, tomando por sorpresa a la joven.

Por mero instinto, Misao comenzó a subir con aún más rapidez los escalones para poder llegar hasta el final. Al llegar al gran umbral, se detuvo unos instantes para analizar rápidamente la situación y detectar si no había ningún peligro. Aparentemente no, pero igualmente la escena ante ella le era algo confusa.

Había un hombre a unos cuantos metros de la entrada, con sus rodillas y manos en el suelo de madera, en posición de súplica. Era algo robusto, de cabello gris algo desalineado. Usaba un traje de tipo occidental de saco y pantalones cafés, y zapatos negros. Varios metros delante de él, se encontraba la muy reconocible figura del Señor Aoshi, de cabello negro corto y hombros anchos, vistiendo su yukata amarillo claro. Estaba sentado tranquilamente, dándole la espalda por completo a ese hombre.

– ¿Qué ocurre? – Cuestionó en voz baja, más como una pregunta para sí misma. Si debía adivinar, ese hombre había llegado abruptamente a interrumpir la meditación del Señor Aoshi.

– Aoshi Shinomori, he investigado arduamente, y me han dicho que eres el hombre más fuerte de todo Kyoto. – Siguió diciendo ese hombre robusto, notándosele preocupación, quizás miedo, en su tono. – Bríndame por favor tu poder, como antiguo líder de los Oniwabanshu. ¡Protégeme con tu espada! ¡Pagaré lo que sea! Pide lo que quieras, ¡no hay límite!

Aoshi seguía sentado en la misma posición, sin voltear a verlo, casi como si ese individuo no estuviera ahí realmente. Misao pareció molestarse un poco por el hecho de que un sujeto como ese estuviera molestándolo de esa forma. Afirmaba haber investigado arduamente, pero se notaba que no tenía ni idea de con quién estaba tratando.

– ¡Usted!, ¡deje de molestar al Señor Aoshi! – Le gritó con fuerza, haciendo que el hombre se sobresaltara un poco, y se volteara un poco hacia ella sobre su hombro.

Misao pudo verlo mejor en ese momento. Era un hombre de no menos de cincuenta años, de rostro redondo, piel un poco morena, o más bien un poco quemada por el sol. Tenía nariz grande, y debajo de ésta había rastros de un bigote que comenzaba a salir luego de haber sido rasurado recientemente.

– ¿Tú quién eres…? – Cuestionó el extraño, algo confundido. Misao no hizo intento alguno de responder esa pregunta, y en su lugar siguió diciendo lo que quería decir en un inicio.

– El Señor Aoshi no tiene intención alguna de volver a pelear en estos momentos, y menos por motivos tan banales como el dinero. Mejor vaya a buscar a otro individuo. Le aseguro que encontrará a decenas de sujetos encantados de hacerlo.

– ¡Pero no lo entienden! – Gritó con gran fuerza y sentimiento en su voz.

Misao se extrañó un poco al ver tal reacción de su parte; casi parecía que se fuera a soltar llorando en cualquier momento. ¿Qué podía ser tan terrible como para que un hombre como ese estuviera así?

Entonces, notó como metía rápidamente su mano en el interior de su saco. Éste acto hizo que todos los agudos sentidos de Misao se pusieran en alerta. Inconscientemente soltó el recipiente en donde traía la comida, y sacó de entre sus ropas seis Kunai, tres en cada mano, disponiéndose a lanzarlas contra ese sujeto si acaso veía en la menor señal de un arma. Para bien o para mala, no fue necesario, ya que lo que sacó fue una hoja de papel con algunos dobleces, y la colocó en el suelo frente a él, presionándola con su mano con fuerza.

– Me ha llegado una carta de amenaza esta mañana. – Se explicó. – Dice que ya debería de saber con el cadáver que apareció en río, que ahora yo seré el siguiente en pagar por mis pecados. Y que vendrá a buscarme esta misma noche.

– ¿El cadáver del río? – Exclamó Misao, notoriamente sorprendida.

Sabía muy bien de qué cadáver estaba hablando; ella estaba ahí en el centro hace seis días, cuando los policías lo estaban sacando. Era un hombre de cabeza rapada y cuerpo algo fornido, al que la gente reconoció como un delegado del gobierno. Sólo traía puesto sus pantalones, y la causa de su muerte había sido una profunda herida de espada en el abdomen. Había sido realmente algo extraño…

Misao se acercó con cautela, hasta colocarse justo al lado de ese hombre y poder echarle un ojo rápido al papel que había colocado en el suelo. Su mano lo cubría, pero algo que alcanzó a ver le fue suficiente: al pie de la hoja, en una esquina, la carta estaba firmada con el símbolo de dos curvas verticales, opuestas entre sí como si una fuera el reflejo de la otra, y con una línea recta horizontal cruzándolas por el centro. Reconocía ese símbolo: el hombre encontrado en el río lo tenía en su espalda…

– La policía no me puede ayudar, el único que puede eres tú. – Le siguió rogando el hombre con desesperación.

Misao ya no dijo nada más; no estaba segura de qué decir. Se viró lentamente hacia Aoshi, viendo fijamente su espalda, aguardando para ver si acaso él decía algo; el hombre hacía exactamente lo mismo.

Pasaron unos cuantos largos segundos de silencio, antes de que al fin, la profunda y serena voz de Aoshi se escuchara resonar en el eco del templo.

– Dices que la carta afirma que ya deberías de saber que eres el próximo. – Murmuró el Shinobi. – ¿Es eso cierto? ¿Sabes quién es esa persona y porqué te quiere matar específicamente a ti?

El hombre se sobresaltó, casi asustado por esa pregunta, casi como si lo acabaran de acusar de algún delito; Misao lo volteó a ver, algo extrañada por esa reacción. Parecía algo dudoso y nervioso, incluso un poco de sudor se resbalaba por su frente.

– No… ¡claro que no! – Respondió apresurado en cuanto pudo reaccionar. – No tengo ni idea de quién sea este sujeto, enserio… No… No sé qué problema tiene conmigo. No soy más que un hombre de negocios, que hace lo que puede para ayudar a su comunidad. Nunca le he hecho mal a nadie…

– Mientes. – Exclamó Aoshi con firmeza, interrumpiendo sus palabras y tomándolo de nuevo por sorpresa. – Tu miedo es genuino, no hacia algo desconocido, sino a algo concreto. Si sabes quién te está amenazando, lo mejor será que le des esa información a la policía para que así puedan ayudarte.

– Pero… Yo…

– Lo que acabas de escuchar hace unos momentos es la única verdad. – Agregó, y entonces se puso lentamente de pie, aun dándole la espalda. – No tengo intención de pelear en estos momentos contra ningún enemigo, en especial contra uno que no viene a atacarme a mí o a mi gente directamente. – Se volteó entonces ligeramente hacia él, lo suficiente para que sus ojos serios azul helado se posaran en él como navajas. – Así que regresa por dónde viniste, y no me molestes más. Medita en las próximas horas y pregúntate a ti mismo cuáles son los pecados por los que debes de pagar. Quizás así puedas hacer las paces con tu propia alma…

El hombre se veía realmente nervioso y temeroso. Miraba fijamente a Aoshi desde abajo, con cierta sumisión. Se veía que quería decirle algo más, pero sencillamente no podía. Sus ojos… esos ojos con los que lo miraba, eran demasiado intensos; lo dejaban totalmente indefenso. Al final, tuvo que apartar la mirada para dejar de verlos.

Con una pesada aura sombría a su alrededor, ese hombre su puso lentamente de pie, con sus brazos colgando a los lados. Miraba al suelo con la expresión ida, como si su espíritu hubiera abandonado su cuerpo. Se dio media vuelta, y empezó a caminar arrastrando los pies, hacia la puerta. Misao lo miró con detenimiento durante todo su camino hasta que desapareció en las escaleras.

Por el rabillo del ojo notó como Aoshi se viraba de nuevo al frente, y una vez más se sentaba en el mismo sitio y en la misma posición de hace unos momentos. Misao quería decir algo, pero las palabras se atoraron en su garganta y no terminaron de salir. El aire se tornó incómodo de pronto; ¿ni siquiera le iba a preguntar que hacía ahí? Bien, eso poco importaba ya; al voltear a la puerta, pudo ver el recipiente que había traído, roto, y la comida esparcida por el suelo. Okon de seguro la iba a matar…

Pero había algo más en el suelo, justo a sus pies. El hombre se había ido, pero había dejado la carta ahí. Se agachó y la tomó con cuidado entre sus dedos, echándole un vistazo. En general era todo lo que el hombre les había dicho hace unos momentos, pero lo más significativo era sin lugar a duda el símbolo en la parte de abajo. Antes del cadáver en el río, nunca lo había visto antes. No tenía idea de qué podría significarse, pero quizás Okina sí…

Miró una última vez a Aoshi sobre su hombro, y entonces ella también pasó a retirarse sin pronunciar palabra alguna; él tampoco pareció tener intención de decir algo.

– – – –

La noche cayó rápidamente, lo más rápido que puede caer en un día de verano como ese. Había luna llena, una gran y muy brillante luna llena, que desde ciertos puntos de la ciudad parecía alumbrar con una singular luz verdosa. Misao había llevado la carta a Okina, con la esperanza de que él tuviera alguna noción de qué podría significar el símbolo en ella; no tuvo suerte. Okina no sabía qué podría significar, pero afirmaba que debía tener de alguna forma un origen occidental, y dijo que lo investigaría con más detalle.

Okina y la red de información de los Oniwabanshu, eran bastantes confiables; no dudaba en que descubriría qué era, y muy pronto. Sin embargo, la más joven kunoichi del grupo, no podía quedarse con los brazos cruzados a esperar a que eso pasara. En cuanto el sol cayó, se puso su traje de combate, se armó con todas las kunai que tenía disponibles, y salió sigilosamente del Aoiya. No le dijo a nadie a dónde iba, porqué sabía de antemano que todos intentarían detenerla de alguna forma.

Todos insistían en siempre querer tratarla como si aún fuera una niña. ¿No tenía acaso el Señor Aoshi su misma edad cuando tomó el liderazgo del Oniwabanshu? Nunca la tomarían enserio como una verdadera Okashira a ese paso. Por ello necesitaba encargarse de ese asunto por su propia cuenta.

Quizás el señor Aoshi no había querido involucrarse en todo eso, y sus motivos eran perfectamente válidos. Sin embargo, desde el día en que vio como sacaban ese cuerpo del río, había tenido el presentimiento de que algo realmente extraño estaba pasando, y que iban a pasar muchas cosas extrañas después, y la carta a ese hombre se lo había prácticamente confirmado.

No tardó mucho en descubrir quién era. Justo como había afirmado, era un hombre de negocios del este de la ciudad, muy rico y poderoso; lo de ayudar a su comunidad, eso era un poco más difícil de comprobar. En las calles estaba corriendo fuerte el rumor de que estaba pagando una fuerte suma de dinero a cualquiera que pudiera protegerlo y asegurarle que pasaría la noche. De esa forma pudo enterarse de en qué sitio estaría escondido exactamente. En realidad no había sido tan complicado; el asesino de seguro lo averiguaría igual de fácil, y sin tener que ser un ninja.

El lugar era una casa de reposo a las afueras por el camino que llevaba al noroeste. Era una casa grande, de quizás dos pisos, con un amplio patio y una alta barda. Si esa era su casa de reposo, se preguntaba cómo sería su casa habitual. Misao se había colocado entre las ramas de un árbol en el patio sur, a examinar la situación. Había una cantidad casi exagerada de hombres esparcidos por los rincones; sólo los que alcanzaba a ver por los patios, eran alrededor de treinta o quizás cuarenta, y eso sin contar a los que de seguro había en el interior del edificio. Todos estaban armados con lo que fuera: espadas, palos, herramientas de cultivo, incluso rifles. Había antorchas alumbrando el patio, para asegurarse de que no hubiera sombras en las cuales ocultarse. Pero claro, no eran tan buenos en ello como para descubrirla a ella.

Fuera como fuera, el sitio estaba realmente resguardado. Sin importar quien fuera ese misterioso asesino, no la tendría tan sencillo para entrar y matar a ese hombre. Sólo le quedaba aguardar pacientemente y ver qué era lo que pasaba. Paciencia, en esa ocasión sí debía de aplicarla lo más que podía.

– Anda, sal. – Murmuró muy despacio para sí misma. – Quiero ver qué tipo de individuo eres…

– – – –

El dueño de la casa se había prácticamente atrincherado en su estudio, la habitación más al fondo de la residencia. Se encontraba sentado en su escritorio, justo en el centro del cuarto, y lo acompañaban ahí mismo unos diez hombres, rodeándolo y vigilando atentamente la única puerta del estudio. Justo del otro lado de esa puerta, se encontraban otros tres hombres, armados con nada menos que una metralleta. Esa era definitivamente su mejor defensa. En el remoto caso de que ese individuo, o grupo de individuos, pudiera atravesar a los hombres del patio y los que vigilaban los pasillos, definitivamente no podría pasar a través de esa arma tan destructiva.

A pesar de toda la enorme seguridad que lo rodeaba en esos momentos, el hombre amenazado no se sentía seguro… Ni siquiera un poco.

Todo a su alrededor estaba demasiado callado. Nada se movía, nada hacía ruido. Era como si más allá de esa puerta, hubiera sólo un mar de sombras y silencio.



Estaba ya en esos momentos sirviéndose su tercer vaso de vino tinto, con sus manos temblando tanto que inevitablemente gotas del licor manchaban la madera del escritorio. Igualmente se empinaba el líquido, hasta tragar un poco más de un cuarto y luego reposaba un poco. Su frente estaba cubierta de sudor, y su cuerpo entero tiritaba nerviosamente. Las palabras que Aoshi Shinomori le había dicho esa mañana, revoloteaban en su cabeza.

“Medita en las próximas horas y pregúntate a ti mismo cuáles son los pecados por los que debes de pagar. Quizás así puedas hacer las paces con tu propia alma…”

¿Pecados? ¿Pagar? Nada de eso. No había nada por lo que ameritaba pedir perdón, no había nada en su vida de lo que debía de arrepentirse. Todo siempre lo había hecho cómo se debía de hacer, y cuándo se debía de hacer. Incluso… eso…

En cuánto supo de aquel cuerpo en el río y de esa marca en su espalda, pensó de inmediato en aquel suceso. Sin razón aparente; simplemente sucedió. Y recibir esa carta no hizo más confirmárselo. No era justo, ¿enserio moriría por eso? No, no lo haría, no mientras pudiera hacer algo al respecto. No se dejaría intimidar por farsantes y charlatanes. Así tuviera que pagarle a todo Kyoto, saldría convida de esa, como siempre lo había hecho.

En ese momento, la profunda quietud que cubría la casa fue interrumpida de golpe por varios sonidos simultáneo del exterior: gritos, golpes, y pasos apresurados.

– ¡Es él! – Reaccionó con fuerza, poniéndose abruptamente de pie, derribando su silla en el proceso. – ¡Protéjanme!, ¡por favor!

Los diez hombres que lo acompañaban se colocar de inmediato delante de él, listos para atacar. Afuera sólo se seguían escuchando los ruidos lejanos de la lucha.

– – – –

Misao, desde su escondite, se percató de todo el gran movimiento que estaba sucediendo. Los hombres que cuidaban el patio sur, se movieron rápidamente hacia la parte oeste de la propiedad. A sus agudos oídos llegaron de inmediato sonidos de gritos y golpes, e incluso algunos disparos.

“¿Cuándo entró? Ni siquiera lo vi.” – Pensó sorprendida, y cuando el terreno estuvo despejado, bajó del árbol de un salto, cayendo en el pasto del patio, y luego se movió rápido, pero cuidadosamente, en la dirección que se habían ido los hombres.

Se ocultaba detrás de las paredes y pilares mientras avanzaba. No podía ser descuidada; lo que menos necesitaba en esos momentos era que alguno de los hombres que ese sujeto había contratado la confundiera con una intrusa e intentara dispararle, o aún peor, que el asesino la sorprendiera. Era una ninja del Oniwabanshu; se suponía que ella debía de sorprender a sus enemigos, no al revés.

La luna llena brillaba con fuerza sobre ellos, y alumbraba considerablemente; había pocos lugares oscuros por los cuales escabullirse. De hecho, muchos considerarían que sería una muy mala noche para intentar atacar por sorpresa a una persona; ¿por qué había elegido una noche así el asesino? Claro, al menos que… entrar por sorpresa nunca hubiera sido su propósito.

Mientras más avanzaba, más fuertes se hacían los sonidos del conflicto. Sin embargo, cuando estaba a punto de doblar la esquina y ver lo que ocurría… Todo se calló de pronto. Frenó unos momentos su avance, algo dudosa. ¿Qué había pasado?

Se acercó muy lentamente a la esquina con su cuerpo agachado, y luego pegó su espalda contra la pared, y se asomó apenas lo necesario para verificar. La escena que veía era increíble: todos los hombres estaban tirados en el suelo, esparcidos por todos lados; algunos incluso estaban patas arriba en los arbustos, o con la mitad de su cuerpo atravesando las paredes de madera de la casa. Había espadas y rifles también por el suelo, algunos incluso partidos en dos. ¿Cómo había podido hacer todo eso en tan sólo unos cuantos segundos?

Se acercó con cautela al hombre más cercano a ella, y le revisó su pulso. Sorprendentemente, estaba vivo. De hecho, al menos de forma visible, no tenía ninguna herida, sólo algunos golpes, pero nada que se viera muy grave. Miró rápidamente a los otros; todos parecían en el mismo estado.

No pudo detenerse a meditar mucho al respecto, pues escuchó más sonidos de batalla, pero ahora provenientes de los pasillos interiores del edificio. Rápidamente comenzó a moverse en su dirección.

– – – –

Su atacante era como un fantasma, un espíritu que  aparecía ante ellos y luego desaparecía antes de que alguno pudiera verlo con claridad. Disparaban con insistencia, blandían sus espadas con arrojo, pero era como intentar golpear una cortina de humo. Uno a uno, cuánto hombre se encontraba en su camino, terminaba fuera de combate de tan sólo un golpe, si es que acaso realmente los golpeaba ya que ninguno se daba cuenta realmente de lo que ocurría.

Los hombres que cuidaban la puerta del estudio, armados con la gran ametralladora, escuchaban como la pelea se acercaba más y más hacia ellos por el pasillo. A pesar de todo, parecían comenzar a ponerse nerviosos. No pensaron que el atacante fuera realmente a llegar hasta ese sitio, algunos incluso ni siquiera pensaron que realmente alguien se presentaría. El hombre que manejaba la imponente arma, tenía su mano derecha temblorosa sobre la manivela. Lo escuchaba cada vez más cerca, más cerca…

Los nervios al parecer le ganaron, y de la nada comenzó a girar con rapidez la manivela del arma, comenzando a disparar al frente con gran potencia. Los disparos atravesaban por completo los muros de madera y las puertas de papel. Fuera quien fuera, o fuera lo qué fuera, no había forma de sobrevivir a esa ráfaga de disparos; lo harían puré. Las puertas delante de ellos se hicieron pedazos por completo, pero seguían disparando. Aún quedaba bastante carga, y se la acabarían toda si era necesario para estar seguros.

De pronto, entre las sombras del pasillo y los destellos de los disparos… lo vieron acercarse…

Fue como una ráfaga de viento aproximándose a toda velocidad hacia ellos, como un destello de luz, moviéndose de un lado a otro por todo el pasillo entre los disparos, como si fueran cualquier cosa. El hombre intentaba apuntarle, pero recién lo divisaba en un lado y hacía siquiera el primer intento de girar el arma, cuando desaparecía y aparecía en otro. Cada vez más cerca y más cerca. Era como un demonio, una sombra de la noche trepando por el suelo y por las paredes, y al que las balas le sacaban la vuelta como si le tuvieran miedo.

No podía ser un ser humano… No era posible…

Escucharon un agudo sonido metálico, y lo próximo que vieron fue como la metralleta era partida en dos y la mitad frontal salía volando por los aires, hasta caer pesadamente a unos metros. Sólo en ese momento pudieron divisarlo apenas por unos segundos… sus largos cabellos aún suspendidos en el aire por el movimiento, su figura alta y atlética, ligeramente flexionado cerca del suelo, y la brillante y reluciente espada, brillando como si luz propia tuviera. Sólo fue un instante, posiblemente demasiado poco para que alguno de ellos pudiera guardar vívidamente esa imagen en sus cabezas. Justo después, hubo tres golpes contundentes, uno a cada uno, y los tres cayeron inconscientes al suelo.

La figura casi incorpórea del atacante, se alzó erguido justo cuando sus enemigos estuvieron a sus pies. Caminó apresurado hacia la puerta de estudio, con el sonido de sus botas resonando como truenos contra el piso. Pateó con fuerza la puerta de madera, derribándola de un sólo golpe. La puerta aún ni siquiera tocaba el suelo, pero los diez hombres que cuidaban el interior del estudio se lanzaron contra él con sus espadas en mano. La silueta retrocedió rápidamente para crear un poco de distancia y perderse entre las sombras. Los dejó venirse de uno a uno en su contra. Todos lo empezaron a atacar de manera desorganizada, torpe y temerosa. No pasó mucho tiempo, antes de que con tan sólo unos cuantos movimientos veloces de su espada, esos diez hombres resultaran en el mismo estado que todos los anteriores que habían intentado golpearlo. Sus espadas terminaron rotas, sus cuerpos inmóviles en el piso o contra las paredes.

Una vez que el último quedó tirado boca abajo justo frente a la puerta, el misterioso ser caminó tranquilamente hacia el interior del estudio, pasando encima de cualquiera que hubiera quedado en su camino.

El dueño de la residencia estaba petrificado al otro lado de su escritorio. Tenía los ojos totalmente abiertos, sus labios separados, y su rostro cubierto de sudor. No había servido de nada ninguna de sus preparaciones, ni todo el dinero que había gastado, ni cuánto había asegurado esa casa; igualmente ese ser traspasó todo ello, y ahí estaba, justo en su puerta…

Justo cuando cruzó el umbral, la luz del candelabro sobre ellos iluminó al extraño, revelando por completo su forma física y tangible, aquella que quizás ninguno de los hombres con los que se había cruzado fue capaz de percibir, pero se revelaba por completo y sin miedo ante él. El verlo fijamente, el reconocer su forma y su apariencia, distinguir su altura y su complexión fuerte, su largo cabello café oscuro, sus penetrantes ojos verdes y su rostro fino… nada hizo aunque fuera un poco para apaciguar su miedo; si en todo caso, lo único que hizo fue confirmarlo.

Lo supo en cuanto vio su rostro, en cuanto vio sus ojos, en cuanto vio ese medallón plateado colgando de su cuello, con el mismo signo con el que estaba firmada su carta; ya no había lugar a dudas.

– Oh… no… – Tartamudeó el hombre de cabello grisáceo.

El atacante permaneció de pie frente a la puerta, totalmente firme y quieto, sin demostrar, al menos a simple vista, intención alguna de acercársele ni un paso más. Simplemente lo miraba fijamente, con esa expresión dura y tenaz…

– Usted debe de ser… Itou Kasai… ¿O me equivoco? – Murmuró en voz baja ese ser que sólo hasta ese momento dio señas de realmente ser una persona de carne y hueso, y no algún tipo de alucinación.

– Ese símbolo… No, no puede ser… – Masculló el hombre, dando un pequeño paso hacia atrás, topándose con su silla derrumbada. – Eres tú… eres el niño…

La imagen de ese hombre ya adulto ante él, hizo que todo lo que temía se hiciera plenamente real. Jamás lo vio en persona, y apenas y tenía noción de alguna vaga descripción que le habían dado. Pero lo sabía, sabía que era él: el niño de esa aldea en Shimabara, el supuesto… Hijo de Dios…

– Así que sí me recuerda. – Comentó el hombre ante él, con el mismo tono y expresión. – Catorce años atrás, usted ordenó la masacre de toda mi aldea. Asesinó a mis padres, y nos arrebató nuestro hogar. Y todo por qué me buscaba a mí, ¿cierto? – Dio entonces un paso hacia el frente, y luego otro, aproximándose con cautela hacia él. – Pues aquí estoy…

Kasai retrocedió nervioso, tropezándose con su silla, y cayendo se sentón al suelo. Indefenso y tembloroso, sólo pudo ver como esa persona se le aproximaba cada vez más, sin ni un sólo rastro de duda en él.

– Escucha, eso fue hace mucho tiempo, y no fue nada personal. – Comenzó a decir, casi como súplica. – Ustedes estaban planeando rebelarse, sólo estaba cumpliendo con mi deber.

– No intente hablarme de deber. – Respondió su atacante con firmeza. – Usted asesinó a cientos de mujeres, niños y ancianos indefensos, y sólo porque ninguno aceptó repudiar de su Dios. ¿O era acaso sólo una excusa?, ¿los hubiera matado de todas formas, quizás? Hombres como usted fueron los que nos orillaron hasta ese punto, persiguiéndonos y cazándonos sólo por profesar nuestra fe. Usted no conoce lo que es eso, no siquiera lo que es la lealtad. Su deber era defender a su Señor hasta el final, pero cuando hubo problemas, terminó del lado contrario haciéndose rico y poderoso a cuesta de los oprimidos de la nueva era. ¡¿Y así se atreve a decirme que sólo cumplía con su deber?!

Su voz se alzó de golpe, y su grito se escuchó como un potente rayo, haciendo retumbar las paredes.

Ese hombre, viejo, gordo, y cobarde… Había tomado tiempo averiguar su identidad, pero ya estaba ahí, justo a sus pies, temblando como un niño asustado. Un hombre importante del Shogunato en el sur, el hombre que directamente ordenó el ataque a su aldea, y principal responsable de la muerte de sus padres y de todos los otros. Cuando la Revolución era ya casi un hecho y la guerra se veía perdida, de inmediato cambió de postura, y comenzó a ayudar a los relistas con el fin de obtener la mejor posición posible. Y ahora estaba ahí, con todo ese dinero, con esa enorme casa, sus trajes costosos, y todos esos hombres alimentados con dinero para protegerlo, y que de seguro tenían menos lealtad hacia él de la que él mismo tuvo en su momento. Y aun así se atrevía a hablar de deber…

Era una escoria aún peor de lo que se había imaginado.

Estaba contraído sobre sí mismo en el suelo, mirándolo sin poder pestañar siquiera. ¿Qué haría ahora? ¿Intentaría suplicarle? ¿Le ofrecería dinero…? Notó entonces un pequeño cambio en su estado; sus ojos se desviaron ligeramente hacia otro lado, sólo por unos instantes, y luego lo volvió a ver otra vez.

– Escucha… – Comenzó a balbucear, sonriendo ligeramente de forma forzada. – Es más complicado que eso… tú no entiendes…

De inmediato, Kasai se lanzó al frente como un animal salvaje, hacia debajo del escritorio. Pudo haberlo detenido antes de que lo hiciera, pero quizás una parte de él tenía curiosidad de ver qué era lo que tenía pensado hacer.

Kasai tomó algo que estaba oculto, pegado justo a la parte inferior del escritorio, luego se irguió lo más rápido que pudo, y apuntó directo a la cara de su atacante con el objeto que había sacado: un rifle. Sin pensarlo dos veces, presionó el gatillo, y el fuerte sonido de la detonación cubrió el cuarto. El retroceso del disparo lo empujó hacia atrás, y como ni siquiera había tenido el tiempo a pararse con firmeza antes de disparar, esto terminó por hacerlo descender hacia el suelo de nuevo. Pero no importaba; estaba seguro de que le daría; estaban tan cerca que el disparo prácticamente había sido quemarropa.

Sin embargo, por el rabillo del ojo, pudo ver como la figura de ese hombre desaparecía en un parpadeo de enfrente de él, y su disparo terminaba encajándose en la pared. En el mismo instante, pudo sentir como su rifle salía volando de sus manos, y una vez sobre su cabeza se partía en dos de extremo a extremo. Por último, su cuerpo ni siquiera tocó el suelo, ya que la mano izquierda de ese hombre lo tomó con fuerza de su traje, lo alzó y lo colocó contra la pared. Todo ocurrió en apenas una fracción de segundo; en un momento estaba apuntándolo con su rifle, y al siguiente se encontraba con su espalda contra la pared, y esos intensos ojos verdes mirándolo fijamente como navajas…

– Itou Kasai… Por sus pecados contra los cristianos de Shimabara, he venido a darle… la expiación…

– ¡No!

Antes de que Kasai tuviera oportunidad de pronunciar alguna otra palabra, lo soltó abruptamente, alzó su espada sobre su cabeza y luego la dejó caer con gran fuerza contra él. El filo de la mortal arma entró por su hombro izquierdo, y luego hizo un corte profundo y letal en diagonal hasta la mitad de su abdomen. Un fuerte chorro de sangre brotó de la herida, e inevitablemente llegó a tocar su rostro y sus ropas.

La muerte fue instantánea. El cuerpo inerte de Kasai se deslizó por la pared, manchándola con su sangre en el camino hasta quedar sentado, con su cabeza colgando hacia el frente, y ahí se quedó…

Shougo Amakusa se le quedó viendo en silencio unos cuantos segundos, de pie justo delante del cuerpo. Miró entonces el filo de su arma, manchado de rojo, apenas opacando un poco la perfección de su hoja. Agitó su arma con fuerza, limpiándole lo más posible con ese movimiento, y luego comenzó a andar con paso tranquilo hacia la puerta.

Su trabajo estaba hecho.

Avanzó con suma tranquilidad hacia el patio. Ya todos los hombres que estaban protegiendo esa casa, estaban totalmente fuera de combate, y ya no habría porque haber alguien más que estorbara su camino. O al menos eso creyó.

Al salir por una de las puertas que él mismo había derivado, llegó inevitablemente al pasillo exterior que daba al jardín central de la casa. Apenas acababa de dar un par de pasos, cuando sus agudos instintos le advirtieron de inmediato de una presencia, justo a su costado derecho.

– ¡Alto ahí! – Escuchó que gritaba con fuerza una voz aguda entre las sombras. Lentamente se giró en su dirección, y ahí pudo ver a la jovencita de complexión delgada, parada a unos metros de él por el pasillo, con la luz de la luna llena alumbrándola. Ella lo miraba fijamente con una combinación de confusión y asombro, pero con una forzada decisión en su mirada. – ¡Soy Misao Makimachi, líder de los Oniwabanshu de Kyoto! ¡¿Eres tú quien mandó esa carta de amanezca?!

Al principio no reaccionó de ninguna forma. Simplemente se quedó en su lugar, inspeccionando a la extraña figura que acababa de materializarse ante él, y que le causaba una ligera curiosidad. Definitivamente no era como los demás guardias con los que se había cruzado, pero… Lo que más le llamó la atención, fue la mención de los “Oniwabanshu”. Hacía tiempo que no escuchaba o pensaba en ese nombre, no desde el Octubre pasado, en Shanghái. ¿Sería realmente un miembro del Oniwabanshu de Kyoto? Sus ropas al estilo shinobi, podían ciertamente dar esa impresión.

– No tengo ningún conflicto contigo ni con los Oniwabanshu, niña. – Le respondió Shougo de manera cortante. – Kasai ya está muerto, así que no tienes que defenderlo más. Si aún no recibías tu pago, puedes tomar lo que creas que te corresponde.

– ¡Eso no me interesa! – Arremetió la extraña jovencita, y en ese momento alzó sus brazos cruzándolos delante de ella, y pudo ver con claridad que en cada mano, sostenidos entre sus dedos, cargaba tres kunai. – ¡No puedo permitir que alguien ande libre asesinando gente en mi ciudad! ¡Así que prepárate!

De inmediato jaló sus dos brazos hacia el frente, y los seis Kunai salieron disparados en su dirección como flechas, uno detrás del otro.

No tenía tiempo para estarlo perdiendo en juegos. Agitó su espada con gran rapidez frente a él, y de sólo tres movimientos, cada kunai que había sido lanzado en su contra, fue desviado en una dirección diferente, algunos incluso encajándose en los pilares y en las paredes. Al instante siguiente a que dicho ataque fue repelido, y sus ojos se volvieron a posar de nuevo en la extraña, se encontró con la sorpresa de que ya estaba a tres cuartos del camino hacia él, con su puño derecho alzado listo para golpearlo. Astuta; ¿había sido acaso una distracción? Si lo fue, no había sido tan efectiva.

Misao lanzó su puño con fuerza a la altura de su cara, pero la figura del extraño simplemente desapareció del sitio en el que se encontraba, y su puño golpeó el aire. Algo confundida, intentó recuperarse rápidamente, y buscar frenéticamente con la mirada a dónde había ido. Luego de sólo dos segundos, logró divisar su silueta justo en el techo de la casa, al otro lado del jardín. Estaba de pie en ese sitio, mirando en su dirección, con la brillante luna a sus espaldas enmarcándolo. Misao se disponía a ir en su caza, pero algo la detuvo…

Desde su posición, la kunoichi pudo sentir como un extraño aire comenzaba a soplar, desde su espalda, y se dirigía en línea recta hacia el hombre en el techo. Algo en él comenzó a brillar con fuerza… ¿Qué era? En tan sólo un parpadeo, sintió como el aire volvía a correr, pero ahora en la dirección contraria, directo hacia ella, y con más fuerza; además, no venía solo. El viento la golpeó acompañado de una fuerte luz, que hizo que todo lo viera blanco por unos instantes. Su cuerpo fue empujado hacia atrás como si hubiera recibido una patada directa en la cara y comenzó a desplomarse hacia el suelo.

Una silueta, mucho más grande y veloz que la suya, se movió rápidamente por el pasillo hacia ella, y un momento antes de que tocara el suelo, la rodeó con sus brazos, evitando que cayera. La joven no reaccionó; sencillamente había quedad inconsciente, y ni siquiera había tenido la oportunidad de distinguir el rostro de su salvador, Aoshi Shinomori.

Okina había ido a buscar a Misao al templo, pero en su lugar se encontró sólo con él. Le contó lo que Misao le había pedido investigar, y eso, sumado a su ya conocida personalidad tenaz, le ayudó a saber de inmediato que había decidido ir a ese lugar. Temeroso de que algo pudiera pasarle por su impertinencia, se dirigió a toda velocidad hacia ese sitio, y al parecer justo a tiempo.

Aun teniendo a la ninja en sus brazos, alzó su mirada hacia su atacante a lo lejos, y clavó sus ojos de inmediato en él, intentando captar la mayor cantidad de caracterizas físicas en el menor tiempo, gracias a sus muy refinadas habilidades de espionaje. El hombre se había quedado unos momentos en su posición, quizás analizando al recién llegado para determinar cuál sería su próximo movimiento. Sus habilidades, sin embargo, no llegaban lo suficientemente lejos como para poder leer mentes, por lo que no podía saber exactamente a qué conclusión había llegado, pero en un parpadeo vio cómo comenzó a correr por el techo con una gran agilidad, para luego simplemente esfumarse en el aire.

“Esa forma de moverse…” – Pensó el ninja, mientras veía al extraño atacante desaparecer.

Con ese sencillo acto, que había durado quizás menos de un segundo, un sólo pensamiento vino a su cabeza de inmediato. Pero… no era posible que ese pensamiento fuera cierto, ¿o sí?

Bajó a Misao delicadamente, recostándola en el suelo. Antes de que la policía llegara al lugar, se tomó unos momentos para inspeccionar la escena. Se acercó a los tres hombres más cercanos a ellos, y les revisó; los tres habían perdido en conocimiento, pero seguían convida. Revisó las marcas de golpes en su cuerpo, deduciendo la fuerza y velocidad con la que tuvieron que haber sido hechos. Revisó también el terreno: los cortes en las puertas, las marcas en el suelo, el corte en las armas, cualquier cosa que pudiera una pista… Y cada una parecía confirmarle lo que su primer pensamiento le había indicado.

– – – –

La figura sigilosa del cristiano, se movía entre los tejados de la ciudad, como una simple ventisca. El hombre que había aparecido de la nada, definitivamente era diferente, diferente a esa chica y diferente a los otros hombres; ni siquiera fue capaz de percibir en lo más mínimo que se acercaba. Quizás le daba demasiado crédito, quizás estaba ya cansado, o quizás simplemente un poco distraído. Fuera como fuera, no creía que representara una amenaza hacia él, pero igual no tenía por qué perder más su tiempo en ese lugar, especialmente cuando su fin ahí ya estaba completado.

«Sólo uno más y la profecía se cumplirá…» – Pensaba para sí mismo, pero no complacido o feliz por ello; su sentimiento era quizás algo más cercano a resignación, o quizás apuro por terminar con ese asunto.

Su figura se siguió moviendo a increíble velocidad, hasta perderse en la noche.

FIN DEL CAPITULO 24

Ha pasado tan poco tiempo; jamás pensó que tendría que volver a Kyoto tan pronto. Pero esta extraña persona que ha aparecido… ¿Será posible que sea cierto? ¿Será posible que exista un espadachín que domine el Hiten Mitsurugi Ryu… Además de él? Cabello rojo y una cicatriz en forma de cruz en su mejilla izquierda; Battousai el Destajador debe volver una vez más a esa ciudad que tantos malos recuerdos tiene para él…

Capítulo 25. Regreso a Kyoto

Notas del Autor:

Hola de nuevo, ¿cómo se encuentran? Creo que las explicaciones están de más, pero de todas maneras las haré. Cómo algunos habrán adivinado, de este capítulo en adelante, lo que veremos es una reinterpretación de los hechos sucedidos en el Anime entre los Episodios 67 y 76, más específicamente en la llamada Saga de Shimabara… ¡Pero!, no esperen ver la misma historia que ya vieron en el anime. Conforme vayamos avanzando, podrán darse cuenta de unas muy notorias diferencia, escenas y diálogos agregados, e incluso un rumbo totalmente diferente de varios hechos. Ya en este episodios ya pudieron notarse varias diferencias, pero se irán notando más y más. Intentaré ir lo más rápido posible en estos capítulos, y espero eso no les sea molesto. Espero recibir sus opiniones, y que me digan si les agrada más mi versión, o la del anime.

De notas adicionales, creo que la única que vale la pena mencionar es sobre el personaje de Itou Kasai, que está obviamente basado en el hombre que Shougo Amakusa asesina en el Episodio 67 del Anime, pero cuya historia o conexión con Shougo nunca fue aclarada. En esta misma historia, en el Capítulo 17: Más Fuerte que Dios, pudieron ver mi interpretación de ello, y es a lo que se hace referencia aquí.

De momento sería todo, espero sus comentarios.

¡Nos vemos!

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 24. Expiación

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