Fanfic Muñeca Maldita – Capítulo 02. Instinto

7 de febrero del 2017

Muñeca Maldita - Capítulo 02. Instinto


Batman Family
Muñeca Maldita

Por
WingzemonX

Capítulo 02.
Instinto

Viernes, 08 de noviembre del 2013

La mujer pelirroja golpeaba con gran fuerza y empuje el saco de boxeo color rojo, mientras la chica rubia, al menos diez años más joven que la otra, estaba de pie detrás de la bolsa, ejerciendo resistencia con todos su cuerpo para intentar sostenerla. Sin embargo, era evidente que no era una tarea que le resultara sencilla. La pelirroja golpeaba repetidamente con sus puños, intercalando con patadas contundentes en los costados. Había estado haciendo eso ya por varios minutos sin detenerse ni un momento, y cada vez la joven rubia sentía que iba a ser empujada con violencia hacia atrás.

Jamás imaginó que Bárbara tuviera tal fuerza escondida en sí misma; ¿pero cómo imaginarlo considerando cómo fue que la conoció en un inicio? No tenía tampoco idea de su sorprendente y secreto pasado, o el de Tim, o el de los otros; y mucho menos sabía hasta hace relativamente poco de ese sitio en el que se encontraban en esos momentos estuviera ahí, oculto justo debajo de la imponente Mansión Wayne…

Cuando Bruce Wayne, hace ya varios años atrás, comenzó a realizar su trabajo como justiciero de Gótica, bajo la identidad de Batman, tomó las viejas, y en apariencia inestables, cavernas que se encontraban ocultas justo bajo los cimientos de su mansión, como su base de operaciones. Casi nadie fuera de su propia familia conocía su existencia siquiera… Y, considerando que de su familia sólo quedaba él, era lo mismo decir que él era el único que las conocía realmente. En un inicio no tenía absolutamente nada en ese sitio; era una cueva oscura, húmeda, extremadamente fría en las noches de otoño e invierno, y se sentía que en cualquier momento el techo les vendría encima. Pero ahora, más de veinte años después, ese sitio ya no era ni remotamente parecido a aquel entonces.

Ahora tenía luz en casi toda la cueva, un camino pavimentado que llevaba a la salida secreta tras la colina de la casa, por donde podía salir con facilidad nos sólo el batimóvil, sino también los diferentes vehículos que ahí almacenaban para su trasladado por la ciudad; a excepción, claro, del Batjet, el avión de ataque de última generación, con tecnología militar que lo hacían veloz, e indetectable; ese ocupaba una salida diferente, oculta justo detrás de la cascada.

Pero además de ello, la cueva ahora contaba con gimnasio para entrenar, vestidores, un área médica, un área de desarrollo tecnológico, y, por supuesto, el área de investigación, coronada por la Súper Computadora, que contenía toda la información que Batman y sus aliados habían reunido durante años de sus enemigos, otros aliados, y quizás de cada persona en Gótica de mayor o menor medida, aunque esto último sin llegar a realmente violentar el derecho a la privacidad de las personas… en la mayoría de los casos.

 Poco a poco el sitio se fue aclimatando y preparando para recibir en su espacio a todos los consiguientes miembros de la Familia que se fueron sumando con los años, más los que ahora se acababan de unir posteriormente a la propia muerte de Bruce. Y uno de estos nuevos miembros, aunque aún no precisamente del todo, era precisamente esa joven de cabellos rubios: Stephanie Brown, compañera de clases de Tim Drake, alias Red Robin, y asistente personal de Bárbara Gordon, alias Oráculo y antiguamente Batgirl.

Ya era más de las cuatro de la tarde, y como casi todas las tardes, o al menos en las que su escuela y trabajo se lo permitían, Stephanie se presentó en la Mansión Wayne, o más específicamente en la Cueva, para seguir con su entrenamiento para aspirar a algún día usar su propio traje de combate como los demás. Había quedado bajo la tutela directa de Bárbara, pero eso implicaba también ayudarla a ella con su propio entrenamiento físico; ya fuera sujetándole el saco, o sirviéndole de compañera de combate… El saco era pese a todo, más agradable que lo segundo…

Luego de esa larga rutina, Bárbara al fin se detuvo, dio un par de pasos hacia atrás, y se apoyó en sus rodillas para intentar tomar algo de aire, por lo que Stephanie lo hizo igual.

– Veo que vas recuperando el ritmo, Bárbara. – Comentó Stephanie algo insegura, mientras agitaba un poco sus entumidas manos; sentía que todo el cuerpo le temblaba de hecho.

– Ha sido difícil, pero creo que ahí voy. – Comentó al tiempo que se acercaba hacia una silla, en donde había colocado una botella de agua y una toalla para secarse el sudor. – Pero aún no he llegado a mi máximo potencial… Me falta bastante…

Stephanie tragó un poco de saliva, nerviosa al escuchar eso. Si ese no era su máximo potencial, ¿cómo sería cuando lo alcanzara?

– Tampoco debes de sobre esforzarte…

– Tranquila, hace tiempo que aprendí a medir mis límites.

Stephanie se dejó caer de sentón sobre la colchoneta azul debajo de ella y aspiró lentamente para relajarse un poco. Ya admiraba enormemente a Bárbara antes de saber quién era realmente… Ahora que lo sabía, y podía ver de cerca las cosas de las que era capaz, esa admiración no había hecho más que acrecentarse. ¿Cómo pudo haber pasado dos años trabajando a lado de Batgirl y ni siquiera saberlo? O más bien, quien fue Batgirl…

Mientras Bárbara bebía de su botella de agua, intentando rehidratarse, Stephanie giró su vista hacia la vitrina de trajes que se extendía a lo lejos, casi como una exhibición en un museo. Ahí estaban las primeras versiones de varios de los trajes de los héroes más icónicos de Gótica: Batman, Robin, el segundo Robin, Nightwing… y también Batgirl. El traje en esa vitrina era algo pequeño, lo cual era normal considerando que Bárbara lo usaba cuando tenía trece años. Era completamente morado de pies a cabeza, incluida la capucha, a excepción de la capa y el escudo en el pecho que eran color amarillo.

Bastante llamativo para algunos, pero a Stephanie no le molestaba; le encantaba el morado, y ese traje para ella era hermoso. Después de él, según tenía entendido, Bárbara tuvo otro algo más equipado y práctico, ya de un azul más discreto y capucha y capa negra, aunque igual tenía guantes y botas amarillas. También le gustaba ese, pero el morado sencillamente le encantaba.

– ¿Crees que algún día vuelvas a usar el traje de Batgirl? – Murmuró de pronto en voz baja sin pensarlo siquiera; fue como si las palabras salieran por sí solas de su boca.

Bárbara la volteó a ver sobre su hombro un poco sorprendida por la pregunta. Viró su mirada en la dirección a la que ella miraba, posando sus ojos igualmente en las vitrinas a lo lejos.

Nunca había entendido del todo cuál era el punto de Bruce para colocar esos trajes ahí. Frecuentemente se lo habían preguntado, pero cada vez daba una respuesta diferente, si acaso no eludía la pregunta.  ¿Era algún tipo de recordatorio de algo? El que siempre le llamó más la atención, era el de la última vitrina: el traje de Jason, pero no el primer traje que usó como Robin… sino el último.

Su atención se posó al final en su propio primer traje, ese atuendo morado que ella misma se había hecho, sin estar en verdad muy segura de lo que hacía, y que Bruce y Dick le habían ayudado a mejorar con el tiempo, hasta que ya no le quedó. En retrospectiva, lo miraba y no podía creer que enserio hubiera usado algo así de joven… Pero también le traía a la mente muchos hermosos recuerdos.

– Bueno, si acaso ocurriera, no sería ese, te lo aseguro. – Respondió con un tono bromista, intentando ser lo más jovial posible; sin embargo, su expresión y su voz se tornaron serias abruptamente. – Pero creo que aún me encuentro muy lejos de eso…

Alzó en ese momento su puño derecho, y lo abrió y cerró lentamente frente a su rostro. Luego bajó su mano, y la pasó por el costado de su muslo derecho de arriba abajo.

– No quisiera pensar en eso ahora…

– Lo siento, lo dije sin pensar. – Comentó Stephanie, alarmada.

– Descuida, no pasa nada.

Bárbara dejó la botella de agua y la toalla en su lugar, y avanzó de regreso al saco de boxeo. Sin embargo, en esta ocasión se paró detrás de éste y lo sostuvo con ambas manos.

– Arriba, te toca.

– ¡De acuerdo!

Stephanie se paró de golpe de un salto y se dirigió a la parte frontal del saco, colocándose en posición de combate: pie izquierdo al frente, pie derecho atrás, espalda recta, puños arriba, el izquierdo al frente a la altura de su rostro, y el derecho paralelo a su busto.

– ¿Qué quieres que haga?

– Golpéalo con todas tus fuerzas usando tu puño derecho. – Le indicó la pelirroja.

Stephanie asintió, y de inmediato lo hizo: jaló un poco su puño derecho hacia atrás, y luego lo lanzó con todas sus fuerzas al frente, golpeando el saco justo en el centro. Aunque el golpe había sido bastante duro, el saco apenas se movió, y por consiguiente la persona que lo sostenía.

– Más fuerte.

Volvió a hacer el mismo movimiento de nuevo, intentando en efecto aplicarle más fuerza; incluso con los guantes de entrenamiento, sus nudillos resentían un poco el impacto.

– Otra vez.

Continuó golpeando repetidamente el saco con su puño derecho, una y otra vez, intentando al menos hacer que la mujer pelirroja retrocediera un poco de lo que ella la había hecho retroceder hace unos momentos; pero pareciera como si el cuerpo de Bárbara fuera una pared de roca sólida inamovible.

– Con el puño izquierdo ahora.

Al escuchar la indicación, saltó y cambió rápidamente de posición, para ahora comenzar a golpear con su puño izquierdo.

– No olvides girar la cadera… Más, así. Ahora usa los dos puños consecutivamente, y no te detengas.

Pasó ahora a comenzar a golpear con el puño derecho, y luego el izquierdo, con velocidad y fuerza. Un pequeño grito se comenzaba a escapar de sus labios tras cada golpe.

Bárbara sonreía complacida mientras la veía. Desde que comenzó a trabajar como su asistente, siempre le había agradado esa gran perseverancia que demostraba en todo, incluso en las cosas que se le dificultaban o que no entendía en un inicio. Había tenido una vida relativamente difícil, pero nunca dejaba de sonreír, de estar feliz y de intentar transmitir esa alegría a todos a su alrededor. Era una persona maravillosa, que ciertamente había traído un aire refrescante a esa cueva llena de amargados solitarios y enojones; ella misma incluida. Tim ciertamente era un chico demasiado afortunado, y esperaba que estuviera consciente de ello…

Mientras ellas seguían en lo suyo, escucharon el sonido mecánico y chirriante del elevador de la biblioteca, y como éste bajaba hasta ese sitio. Luego, las puertas se abrieron, y de él salieron dos personas. Sin embargo, lo que ambas percibieron en primer lugar, fueron los molestos gritos de uno de ellos.

– ¿Me quieres sacar del caso de las mafias? – Exclamaba la reconocible voz de Damian Wayne con fuerza. – ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Quién murió y te hizo el jefe?

Stephanie volteó a ver sobre su hombro a los dos recién llegados. Era en efecto Damian, acompañado de Dick. Damian, sin embargo, extrañamente traía ya puesto su traje rojo y negro de Robin, incluso su capa negra y su antifaz verde. Dick, por otro lado, vestía más casual, con una camiseta negra de mangas cortas, algo entallada y que dejaba lucir sus músculos, y unos jeans azules. En una mano traía consigo un expediente algo grueso.

– No dije que te detuvieras. – Escuchó que Bárbara le indicaba desde su posición, lo que hizo que Stephanie se sobresaltara un poco, recobrara su posición, y continuara golpeando el saco. Sin embargo, sólo la mitad de su concentración estaba en ello, pues la otra mitad estaba en la discusión a sus espaldas.

– No te estoy sacando de nada, Damian. – Le indicó Dick, al tiempo que caminaba hacia la Computadora, y el joven de doce años lo seguía. – Sólo necesito de alguien que se encargue de investigar y recaudar información de este caso que nos pidió el Comisionado, mientras nosotros le seguimos la pista a los rusos y a los chechenos.

– ¿Y me quieres hacer a un lado para que investigue a un grupo de niños que quizás sólo escaparon de casa?

– ¿Niños? – Exclamó Stephanie sorprendida, volteándolos a ver por un segundo. Sin embargo, de inmediato recobró la compostura y siguió con lo suyo, un instante antes de que Bárbara la volviera a reprender.

Dick llegó a la Súper Computadora, y dejó el archivo sobre ésta. Respiró lentamente una vez intentando tranquilizarse, y entonces se giró hacia el chico, procurando ser lo más paciente posible; pero la verdad era que hablar con ese muchacho era casi como una prueba de fuego a ello.

– Cuando uno o dos niños desaparecen, puede que sólo hayan escapado de casa. – Comenzó a explicarle. – Pero cuando quince niños desaparecen en un lapso de cuatro meses, por la misma área, es algo que se debe de investigar.

– ¿Y por qué yo? – Reprochó Damian con fuerza. – ¿Por qué no se lo pides a Drake, o al otro sujeto antipático que viene para acá como si fuera su casa? O a Brown, ella nunca hace nada.

– Oye. – Exclamó Stephanie, volteándolo a ver casi ofendida. No sabía si le molestaba más el comentario, o que hablara de ella como si no estuviera ahí.

– Continúa. – Murmuró Bárbara con seriedad, jalándola de nuevo a que intentara concentrarse en lo que estaba haciendo.

– Tim me está apoyando con el otro caso, Jason… – Dick guardó silencio, dudoso de cómo responder a ello. – Él… no es precisamente parte de este equipo, y no tiene la delicadeza o paciencia como para encargarse de un caso de desaparición de niños como éste. Y Stephanie aún no está lista para encargarse ella sola de algo como esto. Si te lo estoy pidiendo a ti, es porque te estoy dando la confianza de que te puedes encargar de esto por tu cuenta.

– Oh, qué privilegio, haberlo dicho antes. – Murmuró con marcado sarcasmo, cruzándose de brazos. – Esto es por lo del muelle, ¿verdad? ¿Te estás desquitando conmigo acaso? ¡Nada de eso fue mi culpa!

– ¿No deberíamos de decir algo…? – Susurró la joven de cabellos rubios, sin dejar golpear.

– Es mejor no meterse. – Le respondió Bárbara con normalidad. – Dick sabe lo que hace.

– ¿Segura?

En el corto tiempo que llevaba de conocer a Damian, le había parecido un chico bastante difícil de tratar, y muy fácil de hacer enojar. Dick en ocasiones parecía poder manejarlo, pero en otras simplemente no. ¿Cuál de las dos sería esa ocasión?

– Lo sé, y no se trata de eso. – Respondió Dick ante su acusación. Tomó entonces de nuevo el expediente y se lo extendió, colocándolo frente a su rostro. Damian simplemente lo miró fijamente con indiferencia. – Quizás esto te suene a poca cosa, pero estamos hablando de quince niños desparecido; quince familias que necesitan de la ayuda de alguien.

– Para eso está la policía, ¿o no?

– Han pasado cuatro meses, y no han descubierto nada. ¿Crees que de otra forma el Comisionado nos lo hubiera pedido y yo te lo estaría pidiendo a ti?

Damian guardó silencio, y desvió su mirada hacia otro lado teniendo aun los brazos cruzados. Ese no era ni cerca del tipo de cosas para lo que la Liga de las Sombras lo había entrenado. Él se supone que era un guerrero, hecho y entrenado para arrancar el mal del mundo, cortarle la cabeza a los que contaminan el planeta con su avaricia y su corrupción; no para buscar niños perdidos por la calle. ¿Realmente aprendería algo de todos estos tipos? ¿Realmente tenía un valor para él estar en esa ciudad o en ese equipo?

Un tintineo insistente resonó en el eco de la cueva, confundiendo un poco a todos. Damian se inquietó un poco, y rápidamente alzó su brazo derecho, para revisar la pequeña computadora que venía integrada en su guante. Una pantalla holográfica se proyectó frente a su rostro, marcando el sonar de una alarma que se había puesto para que sonara justo a las 4:30. Damian la miró unos instantes, y luego la apagó.

– ¿Sucede algo? – Le cuestionó Dick, un tanto curioso.

– Nada. – Respondió el chico con un tono seco, y repentinamente con un movimiento rápido, le arrebató el expediente de su mano. – Le echaré un vistazo si acaso tengo tiempo…

Se subió entonces su capucha negra y se cubrió su cabeza, para luego dirigirse caminando hacia el área de los vehículos, en donde se encontraba aguardando su motocicleta roja con el escudo de Robin al frente, relativamente nueva pues el señor Fox apenas se las había dado hace un mes atrás.

– ¿A dónde vas? – Le preguntó Dick con fuerza. – Aún no anochece.

– ¿Qué te importa?

Sin dar más tiempo a replicación, ni escuchar si acaso hubo alguna, se subió a la motocicleta y guardó el expediente uno de los compartimientos de ésta. La giró hacia la salida, la encendió, y unos segundos después salió disparado a gran velocidad en dicha dirección, desapareciendo de su vista, mientras todos miraban en silencio.

– Ni siquiera se puso el casco. – Murmuró Stephanie en voz baja. – ¿Es seguro dejar a un chico de doce años andar solo por esta ciudad, y en motocicleta?

Dick rio un poco, y se encogió de hombros.

– Yo lo hacía a los diez, y sin haber sido entrenado por una secta de asesinos.

Stephanie no estaba muy segura de ello. Todos actuaban con Damian como si fuera ya un adulto capaz de hacer todo por su cuenta, y de entender todo lo que lo rodeaba, solamente por su procedencia. Sin embargo, parte de una secta de asesinos o no, seguía siendo sólo un niño de doce años… Algo le decía que no era tan maduro y consciente de todo, como ellos intentaban ver, o como él mismo lo creía. Esa actitud rebelde que siempre explayaba, era para ella señal de ello, no de lo opuesto…

– – – –

En esos momentos sólo se encontraba ella sola, en la habitación del Refugio para Menores de Gótica, que había compartido esa noche con otras tres niñas. Había dos literas, y a ella le había tocador dormir en la cama de debajo de la litera del lado derecho; la niña que antes dormía ahí ya se había ido hace más de dos meses, según le habían contado las otras.

Todos estaban en el patio, disfrutando del día soleado y templado; pero ella no podía hacerlo en esos momentos, pues tenía cosas mucho más importantes de las cuales ocuparse esa tarde.

Usaba un vestido negro, largo hasta sus rodillas, de mangas largas; tenía como adorno un moño blanco al frente a la altura de la cintura. Se encontraba descalza, con medias largas color blanco; un par de zapatos negros, de apariencia algo gastada, la esperaban al pie de su cama. Traía su cabello suelto, y en esos momentos se encontraba cepillándolo de arriba hacia abajo con cuidado, al tiempo que veía con cierta melancolía su propio reflejo en un pequeño espejo rectangular que había colocado sobre el escritorio, y del cual tenía que pararse varios pasos lejos de él para poder ver por completo su rostro. Se le notaban ligeros rastros de ojeras bajo sus ojos, señal de que no había logrado dormir del todo bien esas últimas dos noches. Pero, ¿quién podría culparla?

Estaba sola en la habitación, o al menos casi por completo. Sobre el escritorio, sentada justo al lado del espejo, reposaba una muñeca, te tamaño mediano, piel muy blanca, y cabello corto y rubio, con caireles, adornado con dos moños azules. Su cabeza era redonda y grande, en comparación con todo el resto del cuerpo; sus ojos eran solamente dos botones negros. Tenía un vestido largo color azul, y zapatitos negros. Tenía una amplia sonrisa, que aunque se suponía debía transmitir felicidad, reflejaba un sentimiento muy distinto, en especial acompañada de esos botones negros.

Se podía ver por la ventana a los demás niños jugando en el patio, pero ésta estaba cerrada, por lo que sus sonidos no lograban penetrar al cuarto. De hecho, pese a que la puerta del cuarto sí estaba abierta, tampoco penetraba ningún sonido del pasillo. Todo estaba muy, muy silencioso… Pero así era mejor; debía apurarse en arreglarse sus largos cabellos rubios, para al fin ya estar lista antes de que fuera la hora de partir… Era lo único que podía hacer en esos momentos, realmente…

Cuando ya casi había terminado de cepillarse, todo ese silencio fue roto por el sonido de zapatillas resonando sobre el suelo del pasillo. Miró unos momentos sobre su hombro. Cuando los pasos se fueron acercando más y más a la puerta, se giró de nuevo al espejo rápidamente, y siguió cepillándose como si nada hubiera pasado.

Una persona se paró de pronto en el marco de la puerta, y ella apenas y pudo verla por el reflejo del espejo. No era ninguna de las encargadas del refugio para menores, ni tampoco otro niño. Era una mujer, alta y de complexión menuda, de quizás menos de veinticinco años. Tenía piel blanca, cabello rojo, sujeto con una cola de caballo hacia atrás, y ojos pequeños color azul cielo, con unos grandes anteojos redondos frente a ellos. Traía una blusa blanca y un saco gris, además de unos pantalones formales, también grises, y zapatillas negras de tacón mediano. Sostenía contra su cuerpo un expediente en una carpeta café con su brazo derecho, mientras que en el izquierdo cargaba su bolso, color café, con apariencia tan gastada como los zapatos que ella usaría.

La mujer sonrió lo más ampliamente que los músculos de su rostro le permitieron, y entonces comenzó a caminar hacia ella con lentitud.

– Hola, ¿Stefania? – Murmuró con cautela y lentitud, casi como si temiera que sus palabras la perturbaran. La niña rubia dejó el cepillo sobre el escritorio, y entonces la volteó a ver sobre su hombro, asintiendo lentamente con su cabecita. – Mucho gusto, pequeña. Me llamo Miriam, Miriam Hart. Puedes decirme Miriam con toda confianza.

– Hola, Miriam. – Le respondió con un tono bajo, revelando aun así que tenía un marcado acento eslavo. Pero eso a ella no le sorprendió; después de todo, en su expediente venía toda la información disponible sobre esa niña, incluyendo su lugar de origen: San Petersburgo, en Rusia. – ¿Eres una trabajadora social?

– ¿Qué? – Exclamó la mujer de anteojos, algo sorprendida por el comentario. – Ah… Sí, así es. ¿Cómo lo supiste?

La niña se encogió de hombros como si nada.

– Sólo una trabajadora social vendría a verme.

En tan sólo esos pocos segundos, la mujer de nombre Miriam se sorprendió ampliamente por dos cosas. La primera, por lo realmente fluido que hablaba su idioma, sin ningún error y sin trabarse en lo más mínimo. Y en segundo lugar, lo madura y centrada que sonaba al hablar.

– Vienes a llevarme a la misa, ¿verdad? – Soltó entonces la pequeña luego de un rato.

– ¡Sí, así es! – Respondió apresurada, casi como si se tratara de la pregunta de un examen oral, lo que la hizo sentirse un poco avergonzada. – Y… también vine a presentarme contigo, y a decirte que te voy a ayudar en todo, todo lo que necesites, ¿de acuerdo?

Stefania respondió entonces simplemente asintiendo con su cabeza lentamente. Sus ojos se veían realmente ausentes, apagados.

– Casi estoy lista…

Se dirigió entonces a su cama, tomando los zapatos negros que ahí se encontraban, y luego se sentó para poder colocárselos.

Miriam, por su lado, permaneció de pie en su lugar, inmutable, salvó porque se colocó su bolsa al hombro para estar más cómoda. Abrazó el expediente contra su cuerpo, y miró a su alrededor todo el cuarto; su incomodidad, y quizás nervios, serían más que evidentes para cualquiera.

– ¿Cómo has estado aquí? – Le preguntó luego de un rato. – ¿Te han tratado bien?

– Todos son muy amables.

– Ah, qué bueno…

De nuevo se creó un denso silencio en el cuarto.

– El vestido que traes es muy bonito…

– No es mío; me lo prestaron aquí para ir a la misa. Toda mi ropa se quemó.

Miriam sintió un ligero nudo en la garganta al darse cuenta de lo realmente tonta e imprudente que había sido con su comentario.

– Lo siento, lo… Lamento…

Luego de colocarse su zapato derecho, Stefania alzó su mirada hacia la mujer ante a ella, mirándola fijamente por un rato, al parecer con cierta curiosidad en su mirada.

– ¿Eres nueva? – Le preguntó de golpe, tomándola por sorpresa de nuevo.

– ¿Disculpa?

– ¿Eres nueva en este trabajo? – Repitió. – Te esfuerzas demasiado. Mi madre decía que siempre que eres nuevo en algo, es lo que haces. Y creo que no sabes muy bien cómo tratar con niños aún…

De nuevo, un nudo en su garganta, aunque éste era más de vergüenza que otra cosa. Qué humillante el hecho de que una niña de diez años señalara de esa forma sus fallas; parecía casi como si ella fuera la niña en la habitación y no al revés. Pero lo cierto era que Stefania había acertado. No era precisamente nueva, nueva, pero sí llevaba apenas un par de semanas en Bienestar Familiar. Y aunque para ese entonces ya llevaba algunos otros casos, la mayoría eran de reportes de posibles disturbios familiares y problemas de custodia. Ese era el primero que tenía que involucraba a un menor cuyos padres habían muerto, y encima de todo de una forma tan horrible…

Se suponía que debía mantenerse firme, apartada, ver todo desde una perspectiva objetiva, y no involucrarse. Pero le era tan difícil no dejar que sus emociones la traicionaran, y temer decir o hacer algo que molestara a la pequeña ante ella. Que viéndola detenidamente, fácilmente podría afirmar que era la niña más bonita que había visto en su vida. Su rostro inocente, sus brillantes y grandes ojos azules, su pequeña nariz, sus cabellos color dorado… Era como una pequeña muñequita de porcelana…

Era una tristeza que una niña así tuviera que pasar por algo así… Aunque, claro, era triste que cualquier niña tuviera que pasar por algo así, en realidad.

– Eres bastante receptiva, Stefania. – Respondió luego de un rato, sonriéndole levemente.

– Gracias.

La niña pasó a empezar a colocarse su otro zapato.



Miriam volvió a echar un vistazo alrededor, y entonces sus ojos se posaron en el escritorio, pero más específicamente en la muñeca que estaba sentada sobre éste, con su cabeza ligeramente caída hacia un lado, y sus bracitos colgando hacia los lados.

– Que linda muñeca. – Señaló de pronto con entusiasmo. – ¿Tiene nombre?

Stefania sólo alzó un poco su mirada, lo suficiente como para poder verla en su rango de visión, tanto a ella como a la muñeca en escritorio.

– Se llama Anabell. – Le respondió con un tono bajo.

– Es muy bonita. – Volvió a decir, y entonces se acercó unos pasos al escritorio, y extendió su mano derecha hacia la muñeca con la clara intención de tomarla. – Yo tenía una así cuando era pequeña…

Antes de que los dedos de Miriam pudieran siquiera acercarse lo suficiente, la muñeca fue arrebatada rápidamente de enfrente de ella, en un parpadeo. Por el rabillo del ojo, vio como la pequeña mancha negra y dorada de Stefania, se aproximaba rápidamente hacia la muñeca, la tomaba con ambas manos, y entonces se alejaba rápidamente de Miriam varios pasos, mientras abrazaba el juguete con fuerza contra ella. Miriam la volteó a ver extrañada; parecía casi… ¿asustada?

– No le gustan los extraños. – Murmuró la pequeña en voz baja.

¿No le gustan los extraños?, ¿a la muñeca? Eso sería la clase de cosas que esperaría escuchar decir a una niña de cuatro, quizás seis años… ¿Pero diez? Pero ella no era nadie para juzgar ni dar veredictos al respecto, en especial sobre una niña que acababa de perder a toda su familia; sus motivos tendrá para tal reacción, y debía de procurar no perturbarla, y hacerla sentir lo más segura posible.

– Lo siento, pequeña. – Se disculpó rápidamente, alzando una mano hacia ella. – Entiendo, a mí tampoco me gustaría que una extraña tocara mis cosas.

La niña no reaccionó de ninguna forma; sólo se quedó de pie, mirándola fijamente con dureza, casi enojo, en sus ojos, y sin soltar a la muñeca Anabell ni un instante.

– De acuerdo… ¿Ya estás lista para irnos?

– Sí…

– Bien, vamos entones, ¿te parece?

Pasó los expedientes que traía a su brazo izquierdo, y entonces le extendió su mano derecha con gentileza. Stefania pareció dudar un poco, pero al final alzó su mano izquierda hacia ella, y tomó la suya con mucho cuidado con sus pequeños dedos.

Miriam la guio entonces hacia afuera del cuarto, y luego por el pasillo hacia la salida, tomándola todo el tiempo de la mano para que sintiera segura.

Ese sería su primer caso difícil en ese trabajo, pero presentía que sería de cierta forma el más gratificante al final.

– – – –

Víctor, Anya y Vita Klimmer, habían sido incinerados esa misma mañana, una vez que la policía liberó los cuerpos. No había en la ciudad ni un familiar ni nadie que pudiera reclamar o encargarse de los preparativos funerarios; sólo quedaba la pequeña Stefania, que ahora estaba completamente sola…

Los vecinos de los Klimmer sólo llevaban de conocerlos un poco menos un año. Aun así, todos se cooperaron con lo que pudieron, así como el departamento de bomberos y la policía, para poder comprar las urnas, pagar los servicios crematorios, y el nicho para las cenizas ahí en la iglesia católica de San Elías. Pero lo que realmente les ayudó a poder recaudar todo el dinero suficiente, fue un donativo anónimo, dado a la junta de vecinos con ese sólo y específico propósito, y que había llegado esa misma mañana. ¿Quién había sido?, eso nadie lo sabía, pero no por ello dejaban de agradecerlo.

Eran un poco más de las cinco; las Iglesia estaba un poco vacía. Stefania estaba sentada en la banca de hasta el frente, con Miriam a su lado. La niña permanecía con su cabeza agachada, y sus brazos rodeando su muñeca contra su pecho, como si eso de alguna forma la reconfortara.

Las tres urnas que contenían las cenizas de su padre, su madre, y su hermana, habían sido colocadas frente al altar, y en esos momentos el padre pronunciaba las palabras de la misa, las cuales resonaban en el eco del edificio.

 A la ceremonia sólo habían asistido realmente algunos de los vecinos, y unos cuantos compañeros de clase de Stefenia de la escuela, pero en realidad no tantos; ella llevaba poco tiempo en la escuela, y no había hecho muchos amigos, pues batallaba para llevarse con los otros niños, principalmente porque se burlaban de su acento, y de que no le gustaba hacer muchas de las cosas que ellos hacían.

Pero había alguien más en el lugar, aunque no sentado en las bancas, ni tampoco de pie en algún sitio visible para el resto de los presentes.

Robin había llegado a la iglesia desde antes de que cualquiera de los asistentes lo hiciera. Había ingresado desde el campanario, y había bajado sigilosamente hasta el balcón superior en donde se colocaba en ocasiones el coro, pero que en esos momentos se encontraba vacío. Se mantuvo oculto entre las sombras tras cortinas, y aguardó a que todos llegaran, incluida Stefania, la niña a la que había salvado hace un par de noches de aquel incendio… En cuanto la vio entrar parecía estar bien; al menos físicamente, ya que de ánimos se le notaba bastante decaída.

¿Por qué había ido exactamente? O incluso, ¿por qué había dado ese donativo anónimo para ayudarla? No estaba seguro. Lo único que podía decir era que desde esa noche, a pesar de que en un inicio no quería intervenir en ello, algo le intrigaba en todo ese asunto…

Su idea era irse en cuanto la viera y verificara que estaba bien, pero no lo hizo. En su lugar, se quedó un poco más de tiempo, oculto, escuchando las palabras del sacerdote, y mirando con detenimiento a todas las personas.

La mitad de la misa se llevó acabo sin el menor contratiempo. Todo bastante normal, y bastante aburrido desde su perspectiva. Sin embargo, de pronto, un poco después de las 5:30, tres hombres entraron de manera repentina a la iglesia, y de inmediato llamaron la atención del joven justiciero en las alturas.

Uno de ellos caminaba al frente, mientras los otros lo seguían. El hombre al frente tenía el rostro marcado de arrugas, pero pareciera no ser tan viejo como su apariencia lo hacía notar. Era alto y delgado, un tanto encorvado al caminar. Tenía cabello corto color gris, rostro alargado y nariz puntiaguda. Usaba un nada discreto traje de saco y pantalón morado oscuro, y debajo del saco una camiseta negra, y al menos tres cadenas de oro colgándole del cuello. Sus manos eran grandes, y estaban adornadas con brillantes anillos en prácticamente todos sus dedos. La apariencia de los otros dos no era mucho mejor. Los dos eran altos, de hombros anchos y cara nada agraciada. Uno era de piel blanca, y cabeza rapada, con una larga cicatriz que le cruzaba la cara desde la ceja izquierda, hasta la mejilla derecha. El otro era de piel morena, cabello negro corto y rizado. Ambos usaban traje negro completo, y caminaban detrás del primero totalmente firmes, y viendo alrededor de forma disimulada.

El hombre de morado no avanzó mucho. De la puerta, se pasó a la última banca del lado derecho, y se sentó en ella, colocando sus manos sobre sus piernas y mirando fijamente al frente con expresión casi sombría, y una mueca de disgusto en su boca. Los dos hombres no se sentaron; se quedaron de pie detrás de la banca.

La imagen hablaba por sí sola para Robin. Si su apariencia y comportamiento no eran ya de por sí extraños, para un ojo entrenado como el suyo, era más que evidente que los tres hombres venían armados, al menos con una pistola cada uno. ¿Quiénes eran esos individuos?

Sacó sus binoculares para poder verlos mejor, en especial al hombre sentado. No reconoció a ninguno, pero no era extraño, ya que llevaba muy poco tiempo en esa ciudad, como para aprenderse de memoria a todos los criminales de ese sitio; y estaba convencido de ese sujeto era un criminal, sin lugar a duda.

Pero algo más llamó su atención de pronto. Stefania, desde su asiento en la banca delantera, pareció de alguna forma percibir la presencia de los recién llegados, ya que un par de minutos después de que entraron, Robin notó como la niña volteaba un poco sobre su hombro, y luego se subía a la banca de rodillas para poder girarse por completo y poder ver prácticamente de frente a ese hombre. Apenas asomaba sus ojos por encima del respaldo de la banca, como si temiera que la notara. Sin embargo, al final el hombre la notó, y plantó sus ojos grises como navajas en ella. Stefania rápidamente se sentó de nuevo por reflejo, aferrándose aún más a su muñeca. El hombre siguió mirando fijamente en su dirección por un rato más, antes de desistir y centrarse de nuevo en las urnas.

Para Robin esas reacciones, las de ambos, indicaban claramente que no era la primera vez que se veían…

El extraño y sus acompañantes se retiraron antes de que la misma terminara. Robin se quedó cerca, vigilando tanto adentro como afuera, si acaso ese sujeto se cruzaba de nuevo con Stefania. Pero no fue así; al parecer se había ido de inmediato.

– – – –

Domingo, 10 de noviembre del 2013

Pasaron dos días sin mucho movimiento en la ciudad, y eso incluía al equipo Batman, pese a que Dick y Tim seguían intentando recabar información sobre los rusos y los chechenos. Stephanie no estaba del todo enterada de dicha investigación, más allá de lo que llegaban a comentarle o de lo que ella lograba oír. Sin embargo, por lo que entendía, en esos momentos se encontraban un poco cortos de pistas que seguir luego de lo mal que les fue en el muelle la otra noche. Pero Tim era muy inteligente, y estaba segura de que más temprano que tarde encontraría algo, por no decir que trabajaba con el nuevo Batman, el primer ayudante del Batman original, entrenado por años por él mismo.

Ese día a la mitad de la tarde, luego de haber terminado temprano sus deberes, se dirigió como casi todos los días a la Mansión Wayne. No era precisamente un recorrido sencillo, ya que dicha casa no estaba precisamente en el centro de la ciudad. Cuando Tim o Bárbara no podían llevarla, tenía que montarse al transporte público con todo y su bicicleta, hacer un camino de quizás una media hora, bajarse, y recorrer todo el resto del tramo, otros quince minutos, en su bici hasta la mansión. No podía quejarse; era ejercicio.

Su madre ni siquiera se molestaba en preguntarle porque pasaba tanto tiempo en ese lugar, ya que daba por hecho que se debía al motivo obvio: estaba saliendo con Tim Drake, y no se lo había dicho. Su madre era muy lista, pero no estaba realmente cerca de adivinar el verdadero motivo de sus escapes a la Mansión Wayne. Sin embargo, dejando a un lado ello, no estaba del todo errada en su suposición…

Cuando llegó, fue recibida por Alfred, el leal mayordomo del difunto Señor Wayne, y quien aunque en esos momentos legalmente era el nuevo dueño de todo ese lugar, seguía comportándose como si nada hubiera cambiado en esos meses.

– Buenas tardes, señorita Stephanie. – La recibió el elegante hombre inglés, alto y de hombros anchos, de cabello canoso y bigote.

– Buenas tardes, Alfred. – Le saludó la joven rubia, entrando a la casa luego de dejar su bicicleta en el pórtico. En su hombro cargaba su maleta con su ropa de entrenamiento.

– La señorita Bárbara me pidió le dijera que hoy llegará un poco tarde. Está en la Torre del Reloj, apoyando al amo Richard y al amo Timothy en una misión de reconocimiento.

– ¿Tan temprano? – Se giró un poco sobre sí misma, alcanzando a ver un poco al exterior antes de que Alfred cerrar a la puerta; el cielo se encontraba de un tono anaranjado y rojo debido al inminente atardecer.

– El amo Damian y la señorita Cassandra están abajo.

– Oh, bueno. Entonces veré si alguno quiere entrenar conmigo en lo que llega Bárbara. Gracias, Alfred.

– Con lo que ocupe, señorita Stephanie.

Stephanie se dirigió por su cuenta hacia la biblioteca principal de la mansión, para ingresar a la cueva por el compartimiento secreto oculto tras el librero del fondo, que abría las puertas del elevador. Ese elevador había cambiado un poco desde la primera vez que se subió en él; pero no era para menos, ya que la primera vez que se subió en él, resultó seriamente dañado… Había sido un poco divertido, pese a todo.

Al llegar a la cueva, ésta se encontraba notoriamente silenciosa… casi aterradoramente silenciosa. Incluso dudó un poco en salir del elevador, pero de inmediato se apresuró a hacerlo antes de que las puertas se cerraran. Buscó con su vista a Cassandra y a Damian, y no fue muy difícil encontrarlos. Damian estaba sentado en la computadora de la cueva, aparentemente muy concentrado revisando algo en su monitor; ni siquiera había volteado hacia ella cuando entró. Por otro lado, Cassandra estaba sentada en el suelo, a lado la colchoneta de entrenamiento, con sus ojos cerrados, y… ¿incienso encendido delante de ella? A Stephanie le pareció extraño. Por su posición, parecía estar meditando; sí, así como en las películas. Estaba sentada, con su espalda recta, sus piernas cruzadas, sus manos apoyadas en sus rodillas, sus ojos cerrados, y respiraba lentamente. No creía que realmente alguien hiciera eso.

La joven de rasgos orientales y cabello negro, usaba una camiseta negra sin mangas, y unos pants deportivos gris oscuro. Por su parte, el joven Wayne, usaba una camiseta blanca de magas largas, y jeans azules, y tenía sus ojos verdes y serios totalmente puestos en el monitor ante él.

– Buenas tardes, chicos. – Saludó Stephanie con entusiasmo; sin embargo, ninguno de los dos se mutó siquiera para mirarla. – Se supone que veré a Bárbara en un rato. Mientras tanto, ¿a alguno le gustaría entrenar conmigo? – De nuevo, ninguno reaccionó. – ¿Algunos calentamientos, ejercicios, combate de práctica, pelea con varas… competencia de aguantar la respiración o pelea de pulgares al menos…? ¿Sí pueden escucharme?

– No molestes, Brown. – Le respondió al fin Damian desde su asiento, de mala gana. – Estoy ocupado, y aunque no lo estuviera, no eres rival para mí, ni siquiera para entrenar. Y Cassandra está meditando, y de seguro no quiere que la molestes tampoco.

Stephanie hizo una pequeña mueca de puchero por la manera tan grosera del chico para hablarle.

– Un simple “no” hubiera bastado…

Resignada, se dirigió a los vestidores para cambiarse a su ropa de entrenamiento: un top morado y pantalones deportivos negros, con líneas moradas a los costados. Una vez cambiada, se dirigió por su cuenta a la colchoneta para calentar y entrenar aparentemente por su cuenta. Pasó justo al lado de Cassandra, y se sorprendió al darse cuenta de que no había movido ni un sólo músculo desde el momento en que llegó; eso sí era concentración.

Los tres eran de cierta forma los más nuevos en el “equipo”, si se le podía llamar de esa forma, prácticamente volviéndose parte de éste casi al mismo tiempo. Pero claro, ella ya conocía a Tim, Bárbara y Alfred desde tiempo atrás, aún sin saber su secreto. Aunque, por otro lado, ella no había sido entrenada con anticipación en ciento un artes asesinas como Damian y Cassandra. Por esto mismo, estaba de más decir que sus situaciones eran bastantes diferentes.

Además de todo, pese a que ellos dos vivían también ahí mismo en la mansión, parecían siempre mantenerse muy al margen de todos ellos, muy metidos en sus asuntos. Cassandra, bueno… Cassandra era especial. Intentar comunicarse con ella e intentar entenderla, representaba un gran reto. Pero si había alguien que no rehusaba nunca de los retos, esa era Stephanie Brown. Se había esforzado enormemente en llevarse bien con ella, especialmente por ser casi de la misma edad. Y aunque en parte sentía que lo estaba logrando, la verdad es que seguía siendo difícil…

Damian era un cuento totalmente aparte…

Para tener sólo doce años, era un chico prepotente, engreído, molesto, sabiondo, y parecía que le encantaba tener la última palabra y molestar. Cada vez que lo veía interactuando con alguno de los otros, casi siempre era a mitad de una discusión. Tim lo detestaba; eso se lo había dejado muy claro desde el inicio. Ella, por su lado, si bien detestar quizás era demasiado fuerte, no podía decir que le agradara mucho. Sin embargo, Dick, Bárbara y Alfred eran mucho más abiertos y tolerantes en su trato hacia él. Pero era difícil culparlos; después de todo, se trataba del único hijo del Señor Wayne…

Stephanie comenzó con un poco de calentamiento: estirando los brazos, las piernas, girando el cuello y la cadera… haciendo todo lo posible para liberar el cuerpo. Luego trotó un poco de un extremo al otro de la cueva, corriendo también en algunos tramos. Luego práctico algunos saltos y maromas en la colchoneta, haciéndolos cada vez más complicados, pero todo de forma perfecta; se veía que aún no perdía en lo más mínimo la habilidades atléticas que había desarrollado en sus años de porrista y gimnasta.

Lo siguiente fueron algunas abdominales, sentadillas, lagartijas, y pesas. No sabía cuánto tiempo llevaba en eso, pero estaba segura de que al menos ya debía de haber anochecido. Y en todo ese rato, ni Cassandra ni Damian se movieron de su lugar; Cassandra ni se movió, para decirlo más claro.

Bárbara seguía sin llegar, así que optó por intentar hacer algunas abdominales invertidas en la barra fija. Se colgó de ésta, asegurando sus pies al seguro, y terminó colgada de cabeza, con su largo cabello rubio suelto y apuntando hacia la colchoneta. Respiró hondo un par de veces y entonces cruzó sus brazos sobre su torso, y comenzó a hacer esfuerzo para flexionarse y levantar la parte superior de su cuerpo lo más posible y luego volver a bajar. Siguió haciendo el mismo movimiento en repeticiones de diez en diez, y luego tomando un pequeño descanso de unos cinco segundos, para después continuar.

– 49… 50… – Contaba en voz baja, justo antes de dejarse colgar y retomar un poco de aire; incluso sus brazos colgaban sin fuerza. Mientras recuperaba el aliento, miró por unos instantes hacia Damian, quien, en efecto, seguía aún en la computadora. – ¿Qué tanto revisas en la computadora, Damian? No estarás viendo tu Facebook, ¿o sí?

– Cierra la boca. – Le respondió el chico con agresividad.

– Sólo bromeo, tranquilo.

Retomó en ese momento el ejercicio para una última ronda.

– 54… 55… ¿Es sobre el caso que te encargó Dick? – Murmuró entre una repetición y otra.

– ¿Cuál caso? – Masculló el chico, algo indiferente ante su pregunta.

– El del otro día, el de los niños… perdidos… 58… 59… ¡60!

Pronunció el último número con fuerza, y entonces se volvió a dejar quedar colgando, y respirando con agitación. Gotas de sudor le recorrían el rostro, y le dolía varias partes del cuerpo. Aun así, sonreía ampliamente con entusiasmo.

– ¡Hice diez más que la semana pasada! – Comentó con energía. – ¿Quién me da esos cinco?

No era en realidad una sorpresa el hecho de que ninguno le respondiera, o le pusiera atención siquiera.

Stephanie entonces decidió que era momento de bajarse, pero en ese momento cayó en cuanto de algo: nunca se había bajado sin la ayuda de alguien… Intentó incluso estirar su mano derecha hacia sus pies, pero fue inútil; no tenía energías ni para alzarse de nuevo ni una vez más.

– Ah, oigan, ¿alguien podría ayudarme a bajar de aquí? – Murmuró con cierto dolor en su tono; pero de nuevo, ninguno le respondió. – Oh, vamos… ¡Cassandra!, ¿me ayudas? ¿Cassandra?

Gritó con fuerza, pero la joven de cabellos negros siguió totalmente quieta en su lugar, dándole la espalda. Era difícil adivinar si estaba demasiado concentrada como para escucharla, si no entendía lo que le gritaba, o simplemente la estaba ignorando. Pero cualquiera de ellas que fuera, no parecía que pudiera serle de utilidad.

– Damian, por favor… ¿Podrías…?

– Hazlo tú misma. – Le respondió el chico de mala gana.

– Ay, ¡por favor!

Siguió intentando alzarse para alcanzar sus tobillos, pero su cuerpo simplemente no cooperaba con ella. Y aunque pudiera soltarse, ¿qué pasaría? ¿Terminaría cayendo de cabeza a la colchoneta y quizás rompiéndose el cuello? Que horrible y humillante forma de morir…

Escuchó como el mismo elevador por el que ella había bajado, ahora subía de regreso a la mansión, y eso la llenó de emoción; significaba que alguien había llegado, y esperaba que alguien que pudiera salvarla. Mientras tanto, no tuvo más remedio que quedarse colgada y esperar.

El elevador volvió a bajar unos minutos después. Cuando sus puertas se abrieron, quien bajó de él fue ni más ni menos que Bárbara; traía un suéter naranja, unos pantalones negros, y una bufanda morada alrededor de su cuello, además de sus anteojos cuadrados.

– Buenas noches, chicos. – Saludó de manera casual al ingresar a la cueva.

– ¡Bárbara!, gracias a Dios. – Exclamó con fuerza la joven rubia colgada de la barra fija. – ¿Puedes ayudarme? La sangre se me está yendo a la cabeza…

Bárbara se detuvo a medio camino, y se le quedó viendo fijamente por un rato, algo extrañada por la curiosa imagen. Pero luego de un rato no pudo evitar soltar una pequeña risilla, aunque intentó disimularla ocultando sus labios tras una mano.

– Ya voy, descuida. – Le respondió luego de que pudo tranquilizarse un poco. Se le acercó y rodeó su cuerpo con un brazo para sostenerla, y con la mano libre liberó los seguros que la sujetaban. – Te tengo…

La ayudó a bajar lentamente hasta que pudo sentarse sobre la colchoneta, y suspirar aliviada.

– Muchas gracias…

Bárbara la ayudó a pararse, y luego la guio hacia una silla, pues parecía aún estar un poco mareada. Al avanzar, pasaron justo detrás de la silla en la que Damian estaba sentado.

– Y gracias por nada. – Murmuró con molestia la rubia, un instante antes de darle un fuerte zape con toda su palma en la cabeza, tanto que la cara del chico casi se estrelló contra el teclado.

– ¡Auh!, ¡oye! – Exclamó molesto, volteándola a ver mientras se sobaba su cabeza, pero Stephanie fue quien esta vez no lo volteó a ver en lo absoluto.

Stephanie se dejó caer en una silla, y dejó que toda su sangre retornara a su sitio correcto. Bárbara le extendió una botella de agua, que la joven agradeció enormemente mientras se le empinaba.

– ¿Dick y Tim no han vuelto? – Escuchó que Bárbara le preguntaba.

– No los he visto. Alfred me dijo que lo estabas apoyando con algo, ¿no?

Justo antes de que Bárbara pudiera responder, todos escucharon el reconocible motor del Batimóvil, acercándose por el túnel de salida. Las luces delanteras del icónico vehículo no tardaron mucho en ser visibles. Fue desacelerando poco a poco, hasta quedar estacionado en la plataforma giratoria, y unos segundos después sus luces y su motor se apagaron.

– Oh, mira, ahí están. – Señaló Stephanie, al parecer ya más recuperada.

Se puso entonces de pie una vez más, y comenzó a avanzar hacia el recién llegado vehículo junto con Bárbara. Por el rabillo del ojo, notó entonces como Cassandra al fin daba señales de vida, y se ponía de pie, se estiraba un poco, y luego las seguía por detrás en su misma dirección. Stephanie se sintió tentada en reclamarle el no ayudarla, pero lo sintió innecesario casi inmediatamente después.

La compuerta superior del alargado vehículo negro retrocedió, dejando a la vista a sus dos ocupantes.

– ¿Cómo pude llegar primero que ustedes? – Les cuestionó la pelirroja, casi como un reclamo. – ¿Se detuvieron por donas, al menos?

– Ya quisiera. – Respondió Red Robin, saltando hacia afuera del vehículo.

– ¿Cómo les fue? – Escuchó que Stephanie le preguntaba, parándose a su lado. – ¿Descubrieron algo nuevo?

– Casi…

Su tono no sonaba muy alegre o convencido, así que ese “casi” de seguro era más un “casi nada”.

El nuevo Batman saltó también hacia afuera del vehículo, y se hizo su capucha hacia atrás, dejando al descubierto su rostro y su cabello. Se le veía un poco cansado…

– Creí que teníamos una pista sólida, pero las cosas no salieron bien. – Comentó Dick, mientras avanzaba y se retiraba sus guantes. Los demás lo siguieron. – No parece que el Ruso y el Checheno tengan pensado reunirse de nuevo a corto plazo, o al menos nadie en la calle parece saber algo al respecto. Pero…

Dick se detuvo abruptamente al notar que el sitio al que se dirigía estaba siendo ocupado por Damian, quien aun después de todo, seguía ahí sentado, frente a la computadora, ignorando por completo la presencia de todos los demás.

– ¿Te importa? – Comentó Tim, parándose detrás de su silla. – Necesitamos la computadora.

– La usarás cuando la desocupe. – Le respondió con indiferencia. – Yo llegué primero.

– Oh, claro, adelante. Tenemos toda la noche…

– ¿Entones para qué te quejas?

Tim volteó a ver a los demás con una combinación de enojo e incertidumbre. Stephanie simplemente sonrió divertida y se encogió de hombros.

Dick se acercó con cautela, parándose a lado de Damian para echarle un vistazo al monitor.

– ¿Qué estás revisando exactamente?

– Sólo un expediente policíaco.

Bárbara también se aproximó y se paró al otro lado de la silla, mirando también hacia el monitor, y más específicamente al expediente que revisaba.

– ¿Un incendio? – Señaló la pelirroja. – ¿Es en el que Cassandra y tú salvaron a aquella niña hace unos días?

– Ajá.

Damian no les había dado muchos detalles al respecto, más que simplemente se habían encontrado con un incendio en una casa la misma noche de la reunión del Ruso y el Checheno, y habían salvado a una niña de éste, aunque su familia había muerto. Eso había sido ya hace unos cuatro días…

– ¿Algo extraño en particular que estés revisando? – Le cuestionó Dick, curioso. Le parecía extraño ver a Damian dándole seguimiento a algo como eso.

– Aparentemente no. – Suspiró el chico con cansancio, apoyándose contra el respaldo de su silla, y pasando su mano por su cabello. – El análisis de los bomberos determinó que el incendio se debió por un fallo eléctrico, y comenzó en la habitación de los padres. La autopsia dice que había humo en sus pulmones por lo que estaban convida, y no se encontró ninguna otra señal sospechosa para pensar que hubieran muerto por otra causa diferente al fuego. Aunque su estado era bastante deplorable para hacer una autopsia completa.

– Todo suena a que fue sólo un terrible accidente. – Señaló Bárbara a continuación.

Dick viró su atención del monitor al rostro de Damian. El chico miraba al monitor, pero en realidad no parecía ver nada en específico, sino más bien estar metido en sus propios pensamientos… Conocía esa cara, y la conocía muy bien: era la misma cara pensativa y profunda de Bruce… Antes de ese momento, no había reparado tanto en lo realmente parecidos que eran.

– Pero tú no lo crees, ¿o sí? – Comentó el nuevo Batman, exteriorizando de alguna forma lo que Damian pensaba.

– No, la verdad no. Estoy convencido de que hay algo más detrás de esto.

– ¿En base a qué crees eso? – Cuestionó Tim, escéptico.

Damian se cruzó de brazos, y también de piernas. Sus ojos verdes se pusieron aún más serios y su expresión todavía más pensativa.

– Mi instinto…

FIN DEL CAPITULO 02

Notas del Autor:

Si alguien se confundió un poco y se pregunta, “¿Qué rayos?”, con respecto a Bárbara y Stephanie y de cómo se describe su trato y su “historia” en este capítulo, igualmente eso se explica a más detalle en “Batman Family: Legacy”, pero como se explica en este capítulo, Stephanie es compañera de clase de Tim, y dos años antes de esta historia comenzó a trabajar como asistente de Bárbara, sin saber de su pasado ni de su trabajo como Oráculo, y en estos momentos Bárbara ya se está encargando de entrenarla para un futuro… Sí, creo que esto no tiene mucho sustento en los cómics. No he leído mucho de esa parte, pero tengo entendido que a Bárbara no le agradaba mucho Stephanie en ese entonces. Pero bueno, son las ventajas de estar en una línea alterna, como mi versión personal de los New 52.

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Batman Family: Muñeca Maldita. Damian y Cassandra, ahora con las identidades de Robin y Black Bat, intentan acoplarse con problemas a su nueva vida como héroes de Gótica. Una noche de noviembre, salvan a una niña de un terrible incendio, en el que fallecen sus padres y su hermana mayor. La niña es enviada a un hogar temporal, y la investigación de la policía concluye en que todo fue un accidente. Sin embargo, Damian no está convencido de ello, y desea investigar un poco más el incidente con la ayuda de Cassandra. ¿Qué es lo que descubrirán al final?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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2 pensamientos en “Muñeca Maldita – Capítulo 02. Instinto

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