Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 23. A Shimabara…

7 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 23. A Shimabara…


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 23
A Shimabara…

Shanghái, China
19 de Julio de 1878 (4575 del Calendario Chino)

Era de mañana, una calurosa mañana de julio, aún inicios del verano. El ir y venir del puerto había sido realmente agitado durante toda esa semana. La gente en general se sentía estresada, como si algo se estuviera preparando, cómo si algo estuviera por ocurrir. Todos lo sentían, pero nadie sabía qué era. Tal vez no era nada, o tal vez era algo grande; sólo el tiempo lo diría, ¿o no?

Yukishiro Enishi se encontraba desde muy temprano, sentado en una de las salas privadas de su mansión, en las que normalmente atendía a sus clientes e invitados; mas en esa ocasión, se encontraba totalmente solo. La puerta estaba cerrada, al igual que las cortinas, y el candelabro del techo apagado. La única luz que lo alumbraba, era una sencilla lámpara de aceite que estaba localizada en la pequeña mesilla a su lado. Pero esa parecía ser la cantidad de luz que necesitaba, justo la que requería en esos momentos. No llevaba sus casi siempre eternos lentes oscuros; estos en su lugar, reposaban sobre la mesilla, justo al lado de la lámpara de aceite. Estaba totalmente recargado contra el alto respaldo de su silla, y miraba fijamente y con gran detenimiento la otra silla de la sala, como si hubiera alguna otra persona en esos momentos en ella, y ésta le estuviera contando con sumo detalle una muy importante historia. Sin embargo, lo que había en dicha silla, apoyada en el asiento y contra el respaldo… Era su Watou, su arma predilecta, enfundada y colocada ahí como si se tratara de un invitado.

Apenas alumbrada por la escasa luz anaranjada de la lámpara, Enishi miraba con detenimiento el arma dentro de su vaina, con tanta fascinación como si fuera la primera vez que la veía. Su expresión era totalmente carente de emoción alguna. Parecía pensativo, muy, muy pensativo… Algunos dirían que incluso parecía preocupado, agotado; pero esos eran dos estados que no eran para nada propios del joven líder del Feng Long… ¿o no? ¿Era posible que esa persona de apariencia siempre serena y calmada, pudiera llegar a preocuparse hasta ese grado? ¿Qué podría ser tan grave como para causarle a alguien como él tal molestia?

Algo era seguro; fuera lo que fuera, no era para nada la dichosa reunión que estaba a punto de tener en su misma casa, en quizás cuestión de minutos. Sin embargo, lo que le molestaba, sí tenía de alguna u otra forma relación con lo que se vería en esa reunión, pero eso era algo que sólo él sabía, y de momento era mejor así.

Habían pasado ya cinco meses desde el Año Nuevo, cinco meses en los que habían ocurrido una gran variedad de cosas: fiestas, reuniones, eventos, ventas, negocios… Pero ninguno de ellos le era ni remotamente interesante o digno de recibir más de unos cuantos segundos de su tiempo o atención. Había estado tan distraído últimamente, y tan ausente de los asuntos del Feng Long, que la mayor parte del tiempo había hecho sólo acto de presencia en las reuniones, aunque su mente divagaba en otro lugar, y en otro tiempo. Por suerte, o quizás por falta de ella para algunos, habían sido unos meses muy tranquilos, y su distracción no había repercutido en los negocios… Al menos no aún.

Nada le importaba ni emocionaba, y sentía que cada día pasaba aún más lento que el anterior; en ocasiones sentía que esos cinco meses se volvían más largos que los once años que llevaba viviendo en Shanghái. Sin embargo, ese estado no sería perpetuo…

Todo comenzó a agitarse justo en la segunda mitad de mayo. Hasta ese momento, los reportes que recibía periódicamente de Japón, sobre todo de ese espía en especial que había colocado muy cerca de su último gran comprador, en su mayoría no tenían nada de especial, nada llamativo, ni nada que fuera merecedor de su emoción. La mayoría sólo indicaban que no había ninguna novedad que comentar, o quizás señalaban sobre un rumor difícil de corroborar. Pero a partir de entonces, dichos reportes comenzaron a tener más, y más… y más datos reveladores.

Al principio seguían siendo meros rumores, comentarios escuchados, datos sin comprobar aún. Cosas que decía la gente o que suponía, movimientos sospechosos dentro del gobierno y la policía. Pero la cantidad de datos que tenían los hacían ser mucho más creíbles que los anteriores. Había algo en ellos, podía sentirlo; eso era lo que estaba esperando.

El tiempo de espera entre un reporte y otro se volvió tortuoso. La maldita distancia hacia que fuera imposible poder estar al tanto de todo, y tenían que pasar días, incluso semanas, antes de poder recibir alguna actualización. Pero fue hasta principios de junio, que recibió al fin lo que tanto había añorado: una confirmación… real, clara, y comprobada…

¿Podía ser cierto? Todo parecía indicar que sí; luego de diez largos años, al fin lo tenía…

Se sintió tan confundido, tan enmarañado en su cabeza con tantos pensamientos. ¿Qué debía de hacer a continuación? ¿Debía de irse directo a ese sitio cuánto antes sin espera? ¿Debía tirar todo a un lado, tomar su espada, subirse al primer barco que consiguiera, y terminar con todo eso de una vez por todas? En verdad sentía enormes y casi incontrolables deseos de hacer justamente eso…

Pero no, no era el momento…

Debía aguardar; debía saber cómo terminaba del todo ese otro asunto antes de hacer su movimiento.

Además, eso no era para lo que se había preparado, eso no era lo que había aguardado todo ese tiempo. Había un plan mucho grande en el que debía concentrarse. Sólo un poco más… Debía aguardar un poco más…

Siguió recibiendo información un par de veces más, y de pronto… Los reportes cesaron de llegar por un tiempo, tal vez por dos semanas o más. ¿Qué había ocurrido? Intentó enterarse por otros medios, pero no había nada; ninguna noticia, ningún rumor, ningún comunicado. Si es que algo pasó, alguien se encargó de encubrirlo por completo.

La impaciencia se apoderó de él. Cortejó varias veces de nuevo la opción de ir y averiguar por su cuenta todo lo que había ocurrido, pero al final siempre desistía. Ir hasta allá sin información, no hubiera servido de nada; podría tirar diez años de preparación a la basura en tan sólo un chasquido de dedos.

La información llegó al final, y la espera había valido la pena, ya que ésta le indicaba muchas más cosas de las que se esperaba. Y aún mejor, aunque una parte de ella eran de cierta forma malas noticias hablando de negocios, la gran mayoría era justo lo que deseaba escuchar. Diez años habían pasado, desde que había dejado Japón casi huyendo… Y ahora ahí estaba, con la información que tanto había deseado obtener, justo en sus manos. Ya prácticamente lo tenía todo resuelto; lo que tanto había esperado y deseado, prácticamente estaba delante de él…

¿Por qué no estaba feliz?

¿Por qué no se sentía emocionado?

¿Por qué se sentía tan… confundido?

Confundido… Ese era ciertamente un sentimiento que sí le era algo ajeno. La confusión era para las personas que no tenían claro su camino y su objetivo; ese no era su caso. Si había algo que tenía, eso era la claridad de lo que deseaba y del camino que seguiría; era prácticamente con lo único que había llegado a ese país siendo apenas un niño. Pero ahora, pareciera que algo más estuviera interfiriendo con ello, algo que no le dejaba concentrarse por completo en lo que deseaba.

¿Pero se trataba de algo? O, quizás, ¿se trataba de… alguien?

Todo esto había comenzado la víspera de año nuevo… No, más bien había comenzado el octubre pasado, pero él no se había dado cuenta de ello hasta esa noche en especial. De ahí en adelante, se había sumido en ese estado, con su mente navegando entre la información que recibía de su espía en Japón, y… ese otro tema.

No había recibido y sabido nada más al respecto desde el día en que se fueron. No volvieron a Shanghái otra vez, pero eso no tenía por qué sorprenderle, ya que lo sabía de antemano. Él tampoco buscó saber más al respecto. No podía darse ese lujo, no podía permitirse desviarse aún más del camino que tanto tiempo le había tomado trazar. Pensó que una vez que tuviera todas las piezas, una vez que tuviera todo lo que requería, esa… “confusión”, se esfumaría de su cabeza, al igual que todas sus distracciones. Pero, estando ya prácticamente a un paso, quizás dos, no lo sentía así. Incluso, se atrevería a decir que iba empeorando…

¿Por qué ahora?, ¿por qué tenía que ocurrir justo en ese momento, en el que se encontraba tan cerca? De nuevo, algunos lo llamarían mala suerte. Otros, jugarreta pesada del destino. Esa persona… Lo llamaría la voluntad de Dios…

La voluntad de Dios; el tan sólo considerarlo lo irritaba enormemente.

Mantuvo la información de lo sucedido sólo para él por largo rato, hasta que decidiera qué era lo que le debía de hacer. Sin embargo, el tiempo pasó, y la posibilidad de que Hei-shin, o algún otro de los líderes, se enterara de ello por su cuenta se hacía cada vez mayor; y si alguno de los viejos se enteraba de ello, o aún peor, de que él ya lo sabía desde hace mucho, su elocuente manera de ser no lo salvaría esa vez. Al final no tuvo más que decirle al subjefe del Feng Long lo que había ocurrido, claro, sin contarle toda la historia completa; sólo lo que requería. Como esperaba, Hei-shin insistió en que debían de decirles a los otros, y él no se negó. Primero Hei-shin quiso investigar por su cuenta un poco para tener toda la información que necesitaba, pero eventualmente llegó el día de compartirlo a los otros… Y era justamente de lo que se trataría la reunión que estaba por tener.

Ya sabía de antemano todo lo que ocurriría; podía ver en su cabeza claramente la reacción de todos: gritos, reclamos, incluso amenazas. Hubiera dado cualquier cosa por librarse de ese rato inútil y que nada iba a aportar a nada, con tal de poder quedarse ahí en esa misma habitación, y poder meditar un poco más, intentar recobrar de alguna forma la serenidad y claridad que tanta falta le hacía en esos momentos. Pero lamentablemente no se podía librar tan fácil de eso, como de otras reuniones que igualmente le molestaban. En esa ocasión no quedaba más que dar la cara… Aunque fuera sencillamente para lavarles el cerebro a ese grupo de ancianos que sólo pensaban en el dinero y ganancias una vez más.

Añoraba el día de alejarse de esas personas tan banales y aburridas. Personalmente antes de irse les cortaría la cabeza a los seis, incluido Hei-shin, sino le pareciera un riesgo incensario, y un capricho  que no le traería tanta satisfacción como uno pensaría.

Escuchó como la puerta a sus espaldas se abrió lentamente. En realidad, ya había escuchado con anticipación sus pequeños y tímidos pasos contra el entablado del suelo, y su respiración nerviosa desde que venía por el pasillo; sabía exactamente de quién se trataba, sin necesidad de voltear a verla.

– Maestro… Enishi… – Murmuró con su vocecilla desde la puerta, la pequeña Lissie.

– ¿Ya llegaron Hei-shin y los demás? – Soltó el albino con un tono neutro, carente de cualquier tipo de emoción o enojo. Era difícil para Lissie determinar si ese tono debía calmarla, o al contrario preocuparla más.

– Sí. – Respondió la sirvienta muy despacio. – Lo están esperando en la sala de reuniones principal.

Enishi pasó sus dedos por su rostro, y se talló un poco sus ojos. Tomó a continuación sus anteojos de la mesa, pero no se los colocó hasta que se puso de pie.

– Ya voy. Diles que me esperen un rato más.

Lissie se inclinó un poco hacia el frente de manera respetuosa, y se retiró del salón, cerrando la puerta tras de sí. Sólo se quedó ahí por un par de minutos más, antes de apagar la lámpara de aceite y salir por la puerta.

Mientras más pronto empezara, más pronto terminaría.

– – – –

– ¿Hundido? – Fue la reacción inmediata de Zhuo, tan sorprendido, que incluso olvidó por completo que estaba encendiendo un puro en esos momentos. – ¿Sin siquiera haber abandonado el puerto? ¿Cómo es eso posible?

– Se supone que ese barco era más poderoso que cualquier barco en la armada Japonesa. – Añadió Aang inmediatamente después, compartiendo la misma confusión que Zuoh. –  ¿Cómo es que fue hundido y tan fácil?

Las reacciones y preguntas que soltaban los líderes, eran justo y como Enishi había previsto que serían; la exactitud era incluso algo escalofriante.

Todos se encontraban reunidos en la sala de reuniones principal de la Mansión de Enishi, una habitación rectangular totalmente cerrada y privada, con sólo dos puertas de acceso y ni una ventana. Tenía una sala compuesta de dos sillones largos y dos pequeños, una chimenea y una mesa circular para diez personas; en esos momentos los siete se encontraban sentados en la mesa. Sus guardaespaldas y gente de seguridad aguardaban afuera, incluido Xung-Liang, con el fin de poder llevar esa reunión lo más privada posible. Eso último había sido idea de Hei-shin, quien consideraba que ese tema era lo bastante delicado para ameritar dicha medida… Y si se tuviera que juzgar en base a lo que llevaban de ella, quizás no estaba tan errado.

Las expresiones de todos reflejaban una serie reacciones debido a la impactante e inesperada noticia que Hei-shin le acababa de compartir: a principios del mes de junio, el Rengoku, uno de sus barcos insignia que habían vendido al hombre llamado Shishio Makoto de Japón, y entregado apenas el pasado febrero… Había sido hundido, sin siquiera haber dejado el puerto de Osaka; y, aparentemente, sin la intervención de ningún otro barco de guerra…

¿Cómo es que algo así pudo haber pasado?

Zhuo y Hong-lian parecían más que nada impactados. Aang y Chang-ze se veían confundidos. Ming-hu, como era de esperarse, parecía furioso. Hei-shin, el mensajero de las malas noticias en esa ocasión, se veía preocupado y realmente estresado. Enishi… Bien, Enishi en realidad se veía como se le había visto últimamente: distraído y ausente. Había dejado que Hei-shin se encargara por completo del tema, y el hecho de que todos reaccionaran justo como había pensado, no hacía nada de méritos para convencerlo de intervenir.

Se mantendría al margen, hasta que terminaran de procesarlo todo.

– ¿Los Japoneses tenían algún tipo de arma que desconocíamos? – Cuestionó Hong-lian, en un desesperado intento de encontrarle lógica a todo eso.

– No… Nuestra información lo que indica, es que… – Hei-shin hizo una pequeña pausa, como si temiera terminar su frase. – Que fue hundido por simples granadas de mano… De gran poder, pero granadas de mano aun así…

Esas palabras no hicieron más que acrecentar las respectivas reacciones de los otros cinco líderes.

– Debes estar bromeando. – Murmuró Chang-ze con un tono grave y cansino. – ¿Cómo es que pasó algo como esto?

Hei-shin se aclaró su garganta, como si fuera un tic nervioso. Comenzó entonces a pasarle a cada uno una carpeta, con una copia del reporte del análisis que había mandado a realizar. Era bastante técnico, pero aun así intentaron leer lo más importante, con rapidez.

– Según los técnicos con los que mandamos a hacer una inspección a uno de nuestros Barcos de Guerra en existencia, el diseño de estos al parecer tiene una debilidad estructural importante en el casco de acero, justo en la popa…

– ¿Una debilidad? – Interrumpió Zhuo, notándosele algo de molestia en su tono.

– Sí, una debilidad… Al parecer un impacto de la potencia adecuada en el punto adecuado, ocasionaría que toda la estructura del casco se colapsara…

– No puede ser. – Exclamó Zhuo incrédulo, chocando su palma contra su frente. – ¿Y nunca nadie la detectó?

– Yo… me temo que no.

La confusión y enojo de los líderes se hacía cada vez mayor, al mismo tiempo que el estrés en el rostro de Hei-shin.

– No lo entiendo. – Se escuchó que comentaba Aang justo después, lanzando la carpeta con el reporte contra la mesa. – No entiendo casi nada de esto. Pero principalmente no entiendo, si esto ocurrió a principios de junio, ¿por qué nos venimos a enterar hasta ahora?

– Ah… – Hei-shin balbuceó, notándosele marcada duda en su tono.

Enishi miraba de reojo a Hei-shin, y también al hombre que de cierta forma lo estaba interrogando. La situación se estaba poniendo demasiado tensa; al parecer era el momento inevitable de intervenir.

– Como bien saben, nuestra red de información en Japón aún no está del todo bien establecida. – Comentó Enishi rápidamente, ates de que eso se convirtiera en un incómodo silencio. Los ojos de todos se posaron con expectativa sobre él. – Además, lo cierto es que el gobierno Meiji se encargó por su cuenta de sepultar este asunto, y que nadie fuera de los que ya lo sabían, se enterara de ello. No hubo noticias en el periódico, ni un comunicado oficial, y todos los involucrados se encuentran ahora muertos, en custodia de la policía o en el mejor de los casos huyendo. Es por ello que la información nos llegó hasta recién. Además, Hei-shin deseaba revisar toda la información y mandar a hacer el análisis, con el fin de tenerles todos los datos posibles.

Los cinco líderes mayores guardaron silencio, y cada uno pareció tomarse su propio tiempo para asimilar la explicación. ¿Tenía sentido?, sí. ¿Le satisfacía por completo?, era difícil esperar que algo en todo ese asunto pudiera de alguna forma “satisfacerlos” tan fácil.

– Eso es lo que menos importa en estos momentos. – Escucharon como la aguda voz de Ming-hu resonaba, justo después de expulsar por su boca una gran bocanada de humo sobre su cabeza. Luego, se giró directo hacia Hei-shin y lo apuntó con su pipa de manera amenazante, como si estuviera esgrimiendo algún tipo de cuchillo. – Lo que realmente yo quiero saber, es qué tienes que decir en tu defensa, Hei-shin.

El hombre de negro se estremeció un poco ante tal cuestionamiento.

– ¿Disculpe…?

– Fue justamente Liu-Han, tu padre, quien ordenó la construcción y compra de esos barcos cuando era el líder. – Comentó el anciano con dureza. – Gastamos una maldita fortuna en ellos, ¿y ahora nos vienes a decir que tienen una debilidad que simplemente no habíamos descubierto? Esto es algo imperdonable. Tienes que responder por esto, jovencito…

Si Hei-shin ya estaba de antemano preocupado y nervioso, la inminente amenaza de Ming-hu no hizo más que empeorarlo. Su rostro se puso pálido, y fue incapaz de pronunciar palabra alguna.

– Hei-shin no tiene por qué responder ante las acciones de su padre. – Intervino de pronto la voz de Enishi, llamando de nuevo la atención de todos; sobre todo la atención de Hei-shin, quien pareció notoriamente sorprendido. – Lo que el señor Wu como líder haya decidido hacer, es sólo responsabilidad de él, y de nadie más.

Enishi hizo una pequeña pausa en esos momentos, respiró profundamente como queriendo calmar sus propias ideas, y entonces… sonrió, de manera amplia y despreocupada, de esa forma tan característica en él, pero que últimamente parecía difícil de ver. Y aunque por afuera esa sonrisa parecía sincera… En realidad, era bastante falsa; pero era lo que tenía que hacer para apaciguar todo ese embrollo.

– Además, no hay porqué perder la compostura por esto. – Les comentó de manera tranquila y serena. – Yo los comprendo, y sé que a todos les preocupa de seguro la imagen que este hecho nos dejaría en el mercado. Pero lo cierto es que el propio Gobierno Meiji nos ha ayudado con ello. Como ya les dije, su fin es mantener todo este asunto en absoluto silencio. No desean que nadie, ni fuera ni dentro de Japón, se entere de lo sucedido. Y aunque alguien pudiera escuchar algún rumor al respecto, nuestra conexión con el Señor Shishio es también secreta. Él murió, al igual que su hombre de confianza con el que estuvimos negociando directamente, por lo que es seguro decir que cualquier persona que pudiera conectarnos con el hecho, ya no está convida. Y cómo el barco, para bien o para mal, fue hundido antes de hacer una aparición pública, nadie lo vio, y por lo tanto nadie puede tampoco ligarlo con nosotros.

De nuevo los líderes parecían pensativos por todo lo que acababan de escuchar, pero… También ligeramente más tranquilos. Hei-shin estaba sorprendido; Enishi se veía tan calmado, y con unas cuantas palabras había logrado captar su atención y apaciguarlos lo suficiente.

Enishi prosiguió.

– Ya tenemos en estos momentos a los técnicos, encargándose de reparar los Barcos que tenemos a nuestra disposición, y estamos viendo opciones para comprar lotes de un mejor diseño. Así que, por lo pronto, la única acción a realizar es guardar silencio y fingir, al igual que el gobierno Meiji, que esto jamás pasó.

– ¿Y qué hay de los barcos que ya hemos vendido? – Cuestionó Aang, aún algo escéptico.

– No hay mucho que se pueda hacer al respecto. – Le respondió el albino, encogiéndose de hombros, casi indiferente. – Por lo que no vale la pena tampoco preocuparse por cosas que no podemos controlar, ¿no creen? Además, ninguno es un riesgo. Hicimos un recuento, y aquellos que no han sido ya confiscados por autoridades, o hundidos en combate por circunstancias ajenas a esta debilidad mencionada, se encuentran plácidamente estacionados en posesión de gente de dinero que lo único que desea es lucirlos. Nada que amerite quitarnos el sueño.

– ¿Qué hay del Gobierno Meiji? – Cuestionó Zhuo ahora. – De seguro realizarán una investigación para saber de dónde obtuvieron esos hombres el barco y sus armas.

– Sí, es probable. Pero igualmente todo lo tendrán que hacer lo más discreto posible, ya que no se arriesgarán a exponerse a sí mismos. Eso los atará de manos. Y, cómo dije, las personas que conocían nuestra conexión con esto, ya están muertas. Apostaría a que no llegarán a nada, así que tampoco habrá que preocuparse por ello. – Soltó en ese momento una ligera risilla. – Esto no fue una derrota ni un fracaso del Feng Long, fue sencillamente un hombre intentando derrocar a su gobierno, y fallando, cómo les ha ocurrido a tantos otros antes de él. Es el flujo natural de las cosas… A veces se pierde, y a veces se gana. Y nosotros, tenemos el dinero que recibimos de esa compra, y nuestras manos limpias. Así que yo diría que, de hecho, esto es más una victoria, ¿no lo creen?

Zhuo, Hong-lian, Aang, Chang-ze y Ming-hu, se miraron entre ellos, y parecían estar discutiendo con sus miradas. Ninguno parecía tener nada en esos momentos para contradecir las palabras de Enishi, o encontrarles algún hueco a sus explicaciones. Sin embargo, al mismo tiempo, ninguno parecía estar del todo convencido de que eran suficientes para calmarlos y olvidar el tema por completo.

Ming-hu volvió a colocar la pipa en sus delgados labios, y un rato después exhaló algo de humo por su nariz como si de un dragón se tratara.

– ¿Apostarías tu propia cabeza a que este incidente no nos traerá ningún otro problema, Enishi? – Murmuró el anciano en voz baja, mirando fijamente al albino de manera penetrante.

Enishi se viró hacia él lentamente, regresándole su mirada con seriedad, pero con calma.

– ¿Es una petición real?

– ¿Tú qué crees, muchacho?

– Pues es en ese caso, sí. – Le respondió con firmeza. – Doy mi cabeza como garantía de que este incidente no le causará más problemas al Feng Long, y que jamás volveremos a escuchar de ello.

La seguridad con la que dijo esas palabras, sorprendió incluso a Hei-shin. Pero, para bien o para mal, era una forma notoria de tranquilizarlos.

– Muy bien. – Murmuró Ming-hu. – Tú palabra aún tiene mucho peso para mí, Enishi. No me decepciones.

Enishi sólo respondió asintiendo lentamente con su cabeza.

– Si van comprar nuevos barcos, quiero revisarlos personalmente, esta vez. – Señaló Aang.

– Por supuesto, maestro. – Respondió Hei-shin rápidamente

– ¿Alguna otra sorpresa que quieran compartirnos?

– No, de momento eso sería todo. Lamento las molestias ocasionadas, pero pensé que ameritaban saber sobre esto.

Aang asintió, al parecer concordando con su pensamiento.

– ¿Y saben quién fue el que hundió ese barco?

Hei-shin dudó un poco en cómo responder a esa pregunta, y fue esa duda la que Enishi aprovechó para adelantarse de inmediato a responder primero.

– No, no tenemos ese dato. – Comentó con apuro. – Pero lo más seguro es que haya sido la policía en algún tipo de ataque coordinado. No creo que nos sea de utilidad intentar profundizar más en ello; no cambiará lo sucedido.

Hei-shin guardó silencio, aunque miró a Enishi de reojo, un tanto extrañado por esa reacción tan repentina. Los otros líderes quizás no notaron nada raro en ello, pero él sí… Le dio la impresión de que no estaba siendo precisamente honesto con esa última respuesta.

– – – –

La reunión se prolongó por casi una hora más, pese a que ya casi no volvieron a tocar directamente el tema del Rengoku. La plática se enfocó un poco más en planes y negocios futuros a corto plazo, aprovechando la presencia de todos los líderes en la casa. También fue en gran medida conversaciones más informarles, y algo más de información sobre los nuevos barcos que estaban considerando comprar. Al final todos los líderes parecían felices, o al menos muchos más calmados… Por ahora.

En cuanto la reunión terminó y se hicieron las correspondientes despedidas, Enishi salió rápidamente de la sala, incluso primero que nadie; extraño, considerando que esa era su casa, y por lo tanto él era el anfitrión. Andando por el pasillo, justo en dirección a la misma sala en la que se encontraba antes de irse a la reunión, se cruzó de frente con Xung-Liang; olvidaba cuál había sido la última vez que había pasado tanto tiempo sin el muchacho persiguiéndolo.

– Maestro Enishi, ¿cómo le fue? – Le cuestionó en cuanto lo divisó; sin embargo, Enishi no pareció tomar del todo bien esa pregunta.

– ¿Crees que estoy para preguntas estúpidas, Xung-Liang? – Le respondió con marcado tono de reproche, tomando al guardaespaldas por sorpresa y confundiéndolo un poco. – Déjame solo…

– Pero, maestro…

– No saldré de la maldita casa, ¿bien? Sólo quiero estar solo…

Antes de recibir cualquier tipo de respuesta, el líder del Feng Long se dispuso a seguir su camino. Sin embargo, había alguien más que parecía querer oponerse a sus planes.

– Enishi. – Escuchó la voz grave de Hei-shin, pronunciado a sus espaldas; pudo escuchar con claridad sus pasos apresurados, intentando alcanzarlo… Pero más los pasos pesados de sus cuatro guardaespaldas detrás de él. – Quisiera hablar contigo un momento.



– Ahora no, Hei-shin. – Le respondió son sequedad, sin siquiera dignarse a voltear a verlo. Sin embargo, Hei-shin parecía no estar dispuesto a aceptar ello tan fácil, como Xung parecía haberlo hecho.

El subjefe rápidamente lo alcanzó, y lo tomó con fuerza de su brazo para detenerlo. Enishi fue ahora el sorprendido, ante tal acto tan impetuoso por parte de su socio. Se detuvo y lo volteó a ver sobre su hombro con incredulidad. ¿Acaso entendía qué acababa de hacer? En el estado en el que se encontraba, si se hubiera tratado de cualquier otra persona, en esos momentos ya le hubiera estampado la cara contra la pared.

– Me temo que insisto… Jefe. – Murmuró el hombre de negro con profundidad, y con mucha seriedad en su mirada.

Enishi ya tenía en su mente algunas ideas sobre qué deseaba hablar con él. Lo que sí no se esperaba, es que deseara hablarlas con tanto empeño. Se soltó sin problema de su agarre, y se arregló su traje con sus manos.

– Cómo quieras. – Murmuró con fastidio y siguió caminando, esperando que lo siguiera… O esperando que no lo hiciera, si es que eso pudiera ser una opción.

– Déjenos solos, por favor. – Escuchó que le decía a sus guardaespaldas, justo antes de seguirle el paso; bien, lo que menos deseaba era tener que hablar con Hei-shin, y aparte a lado de esos gigantones.

Enishi avanzó sin pronunciar palabra hacia la sala privada, la cual se encontraba totalmente a oscuras; ya ni siquiera la lámpara de aceite se encontraba encendida en esos momentos. Pero eso no fue impedimento para que avanzara directo a la misma silla en la que estaba sentado una hora antes.

– ¿Ahora eres enemigo de la luz? – Comentó Hei-shin con sarcasmo. Se acercó a tientas hacia las cortinas de la ventana, corriéndolas hacia los lados para que entrara algo de sol.

– Ve al grano rápido, Hei-shin.

– Sí, porque de seguro estás muy ocupado, estando sentado en la oscuridad no haciendo nada…

Hei-shin se encaminó hacia la otra silla en la sala, pero se detuvo antes de intentar siquiera sentarse, al darse cuenta de que se encontraba ocupada… Por la espada de Enishi. La miró confundido unos momentos, y luego volteó a ver a su dueño, pidiendo con su sola mirada algún tipo de explicación; sin embargo, no recibió ninguna.

Un tanto dudoso, tomó el arma entre sus manos, casi como si fuera algo hirviendo y la colocó rápidamente sobre la mesita entre las sillas. No iba a preguntar al respecto, y de seguro no quería hacerlo. Se sentó en la silla ahora libre, y se cruzó de piernas tranquilamente.

– En fin… Creo que primero que nada, tengo que… – Guardó silencio y carraspeó un poco, como si lo que fuera a decir se le hubiera atorado en la garganta. –  Agradecerte por lo de hace un rato…

Enishi lo miró con suspicacia.

– ¿Qué cosa?

– Tú sabes muy bien qué cosa. Aunque odio admitirlo, creo que me acabas de salvar el pellejo.

– Nos lo salvé a los dos. Tenía que ocultar mis huellas en todo esto también, y así lo hice.

– Claro. – Suspiró el hombre de traje negro.

Se veía a leguas que el tema del barco en verdad lo había alterado; de seguro aún no se creía que enserio hubieran salido bien librados de ese asunto… O quizás aún creía que no estaban del todo librados de ello.

– Pero no es de eso de lo que quería hablarte. – Prosiguió. – Dime la verdad, ¿hace cuánto que sabes lo del barco?

Sí, ese era uno de los temas que Enishi había previsto que tocaría. No le respondió nada, pero su silencio fue suficiente para él.

– Lo sabía, no me lo dijiste de inmediato, ¿verdad? Recibiste el mensaje por nuestra red, pero quien te lo envió fue ese sujeto; el espía, el que trabaja directamente para ti. ¿Cómo es que él lo supo? Y, se supone que lo tienes investigando sólo ese otro asunto… ¿qué tiene que ver esto con eso?

La mención de esa persona en especial sí que provocó una ligera reacción en Enishi. Le hubiera encantado dejar complemente en secreto ese asunto, incluso de Hei-shin. Pero a larga sería imposible, o al menos demasiado problemático. Hei-shin, de alguna u otra forma, era su mejor aliado en esos momentos, y debía aprovecharlo en lo que pudiera.

Enishi suspiró con cansancio, apoyando su cabeza contra el respaldo de la silla.

– Hice que se infiltrara dentro de la organización del tal Shishio los últimos meses. – Murmuró con total naturalidad, pero la reacción de sorpresa de Hei-shin fue todo lo contrario. – Tuvo que ocultarse unos días luego de lo ocurrido, pero cuando pudo me hizo llegar el detalle del incidente. Así es como nos enteramos, de otra forma es probable que seguiríamos ignorantes de ello.

– ¿Pusiste un espía cerca de uno de nuestros clientes? – Exclamó Hei-shin, casi indignado. – ¿Por qué? No, no me digas. – Alzó una mano hacia él, previniéndole de decir cualquier cosa; no es que tuviera muchas ganas de hacerlo de todas formas. – Obviamente pensaste que el sujeto que andabas buscando, de alguna forma se presentaría, ¿no es así? Ni siquiera voy a decir lo descuidado que fue eso. ¿Al menos obtuviste lo que querías?

Enishi soltó una pequeña risilla sarcástica. ¿Si había obtenido lo que quería?, esa sí que era una pregunta divertida.

– En realidad… Obtuve más de lo que esperaba…

Hei-shin se sobresaltó confundido ante tal comentario.

– ¿Qué? No me digas… Ese sujeto… ¿Apareció? – Cuestionó incrédulo; el albino simplemente asintió con su cabeza, lentamente. – ¿En Kyoto…? ¿El mismo tipo del que te quieres vengar?

Esas preguntas eran innecesarias; ya había quedado bastante clara la respuesta.

Wow. – Exclamó sorprendido, apoyándose contra su respaldo. – Si te soy sincero, a pesar de la información y rumores que había llegado a obtener, a veces pensaba que no era real y que sólo era algún delirio de tu imaginación. Pero entonces… ¿lo has encontrado? ¿Tuvo que ver con lo que le pasó al barco? ¿Acaso él lo hundió?

– Todo parece indicar que sí. Él, o alguno de sus aliados.

– Miserable patán. – Soltó con notoria molestia. – Bueno, pues felicidades. Has obtenido al fin justo lo que deseabas. Ahora sólo tienes que ir hacia él y acabar con esto de una vez por todas.

Hei-shin sonrió ampliamente, y soltó luego una aguda risa divertida… Que Enishi no compartió en lo más mínimo. De hecho se veía realmente serio, incluso molesto. Estaba sentado, con su codo apoyado contra el descansabrazos, y su cabeza ladeada cotra su puño, y miraba de forma perdida hacia la alfombra.

– ¿Qué te pasa? Esperaba verte más feliz por ello.

– ¿Has creído alguna vez que hay algo en este asunto que debería hacerme sentir… “feliz”?

– Supongo que no.

Hei-shin se le quedó viendo fijamente, como si esperara que fuera a confesar algún crimen.

– Pero hay algo más, ¿o no? – Señaló con cautela. – Este asunto del barco es sólo del último mes, pero te has estado comportando muy extraño desde mucho antes que eso.

– ¿Enserio? – Exclamó con nulo interés en su tono.

– Sí, y creo saber por qué, y que es el mismo motivo por el que no estás emocionado en estos momentos. – Guardó silencio unos instantes, y luego dejó que su sonrisa se extendiera de oreja a oreja. – Es por la chica, ¿no?

Enishi se había mantenido prácticamente distante e indiferente de toda esa conversación, pero eso cambió por completo en cuanto escuchó ese comentario. Claro, por fuera apenas y se notó reacción: una ceja levantada, el descrucé de sus piernas, y el hecho de que se girara por completo a mirar directamente al otro hombre en el cuarto. Sin embargo, por dentro, casi gritaba de la sorpresa.

– ¿Cuál chica? – Cuestionó, intentando reflejar absoluta tranquilidad.

– Tú sabes cuál chica. – Comentó el chino, casi riendo. – ¿Creías que no me iba a enterar tarde o temprano de lo ocurrido la Víspera de Año Nuevo? Estuviste en el Barrio Cristiano; ella y su hermano estuvieron en Shanghái esos días. – El comentario pareció poner a Enishi en alerta. ¿Lo sabía? ¿Cómo era que lo sabía? Y lo más importante, ¿cómo se enteraba hasta entonces? – Descuida, los demás líderes no lo saben. Si el viejo Ming-hu se hubiera enterado… El caso es que creo que desde entonces, tienes encima toda esta… ¿cómo decirlo? Confusión existencial. En aquel entonces, cuando mencionaste que te interesaba esa chica, fui el único que no tomó enserio tus palabras. ¿Pero sabes? Empiezo a creer que entre broma y broma…

– ¿Quieres decirme algo en concreto, Hei-shin? – Le interrumpió abruptamente, ligeramente irritado.

– Sí, tal vez.

Hei-shin se acomodó en su silla y se cruzó de piernas. Estaba radiando en esos momentos un aire bastante prepotente, que a Enishi no le provocaba la menor gracia.

– Escucha, Enishi. No es secreto que nunca te he considerado ni remotamente un amigo.

– El sentimiento es mutuo…

Antes de que dijera algo más, Hei-shin alzó su mano hacia él, indicándole que callara.

– Permíteme, por favor. – Le comentó con serenidad, antes de volver a acomodarse. – Aun así, me quiero tomar el atrevimiento de compartir contigo una pequeña reflexión. Quizás habrás notado a lo largo de estos años, que siempre que comenzábamos a hablar del tema de tu venganza, y de que me dejarías el puesto del Líder cuando eso terminara, yo me tornaba… escéptico. Es decir, ¿quién no lo haría? ¿Dejar todo esto únicamente para vengarse de un tipejo insignificante?, ¿por qué te hizo quién sabe qué hace más de una década cuando eras un niño? Me era totalmente difícil de comprender. ¿Pero sabes de qué me he dado cuenta con todo este asunto de la hermana de Amakusa? ¿De cómo te has puesto desde que se fue?

Hei-shin se inclinó ligeramente, intentando encararlo de frente. Enishi permaneció tranquilo, inmutable en su asiento, pero no apartó su mirada ni un instante.

– Me he dado cuenta de que, en verdad, en verdad… esta vida no es para ti, Enishi. – Se explicó, y entonces soltó una ligera risilla; Enishi seguía sereno, sin mostrar reacción. – Esto que muestras todo el tiempo, esto que veo… El Enishi criminal, el Enishi peleador, incluso el Enishi vengador… Nada de esto es el verdadero tú. Antes no lo veía, pero ahora es totalmente claro para mí. Tú no eres así, tú eres en verdad en el fondo, un chico bueno; un chico bueno que porque algo malo le pasó antes, terminaste… así. Pero en realidad eres la clase de chico que se hubiera enamorado de la primera chica bonita que le hubiera sonreído, se hubiera casado con ella y hubiera tenido lindos bebés. Y creo que es eso justamente lo que deseas en el fondo, ¿no? Deseas una vida tranquila, fuera de todo este barullo. Es por eso que siempre me dices que me dejarás todo cuando te vayas, ya que en realidad, jamás has deseado estar aquí en primer lugar. Así que, termina este asunto que te ata, y deja todo esto por la paz. Ve tras esa chica cristiana, o tras la que quieras. Ten una vida tranquila, en una casa linda, y de preferencia no te vuelvas a parar frente a mí luego de eso, o te meteré con gusto una bala en la cabeza.

En alguna situación parecida a esa, dependiendo de su estado de ánimo, Enishi hubiera reaccionado de dos formas: de manera despreocupada y bromista, haciendo algún comentario que demostrara su superioridad… O de manera violenta, rayando en asesina. Sin embargo, en esos momentos no hacía ninguna de las dos cosas; de hecho, no hacía absolutamente nada. Sólo estaba sentado en su silla, viendo fijamente al subjefe del Feng Long con profunda seriedad. No reflejaba emoción alguna… excepto quizás un rastro de confusión, de duda sobre cómo reaccionar o qué decir. Esto era sólo perceptible si ponías la atención adecuada en sus ojos, pero Hei-shin había logrado notarlo… Y le encantaba verlo así; al parecer al fin el chico perfecto había encontrado su debilidad, y resultó ser una bastante básica: una mujer.

Enishi desvió su mirada hacia un lado luego de unos instantes, y se recargó por completo contra su respaldo, de una manera muy similar a cuando llegaron.

– ¿Eso es todo? – Murmuró en voz baja sin mirarle.

– Básicamente. – Comentó Hei-shin, de notorio buen humor, algo interesante considerando que hace unos momentos tenía incluso miedo. Se paró entonces de su asiento, y se dispuso a retirarse. – La buena noticia de todo esto, es que me sentiré más tranquilo con este asunto de ahora en adelante. Ahora sé que en verdad cumplirás tu promesa cuando esto acabe. Así que, ya que conoces el paradero de ese hombre, cuando estés listo para que vayamos a Japón a encargarnos de él, sólo avísame y haré de inmediato los arreglos con mucho placer. Por lo pronto, nos vemos después…

Sin más, se dirigió directo a la puerta de la sala. No recibió ninguna palabra de despedida por parte del Jefe, y tampoco lo esperaba. Hei-shin dejó el cuarto, dejando a Enishi, de nuevo, completamente solo.

Enishi se quedó en ese sitio por largo rato; luego de los primeros minutos, ya no supo exactamente que tanto había pasado. Puras tonterías sin sentido, justo como esperaba que serían. Esa reunión no tuvo el menor caso, y todo lo que Hei-shin le había dicho eran estupideces. Sí, eso mismo. Ni siquiera valía la pena prestarles atención… ¿Verdad?

No, en realidad no era así. Podía repetírselo a sí mismo todo lo que quisiera, pero el momento de negarlo había pasado hace ya algunos meses. La verdad era que las palabras de Hei-shin, tan absurdas y sin sentido como podían parecer… En realidad, lo habían dejado muy pensativo… Era muy distinto escuchar esas ideas de la voz de alguien más, incluso si era la irritante voz de He-shin. Pero… ¿Qué significaba realmente para él todo eso? ¿Qué significaba realmente…?

Enishi se paró abruptamente de su silla. Antes de dar cualquier pasó, echó un vistazo a su Watou, enfundada, colocada con cuidado sobre la mesa, aguardando. La miró por sólo unos segundos más, antes de girarse a la puerta y salir por ella, dejando el arma justo en el mismo lugar…

– – – –

Fue tan extraño andar por los pasillos de su mansión en esos momentos. No se cruzó con nadie, y todo se encontraba en absoluto y profundo silencio. Parecía casi un sueño, como si flotara fuera de su cuerpo, o éste se moviera sólo y deambulara sin rumbo.

¿Pero a dónde se dirigía exactamente? ¿Qué era lo que buscaba?

El pasillo al que se dirigió, era uno muy especial dentro de esa mansión. Era un rincón de la casa, que ninguna sirvienta frecuentaba seguido… por no decir que nunca. Al final de ese pasillo, se encontraba… esa habitación, la habitación especial de Enishi, aquella que frecuentaba tan seguido, quedándose a solas en ella. Ese sitio tan misterioso, que tantas preguntas y pocas respuestas provocaba entre la servidumbre, e incluso entre los hombres del Feng Long que trabajaban para él. El único rincón de la casa que realmente parecía considerar “suyo”, incluso más que su propio dormitorio principal.

La puerta por la que se tenía que pasar era claramente occidental, de roble, con un relieve de flores, y un picaporte dorado. Sin embargo, al entrar, la apariencia de la habitación del otro lado era totalmente distinta, como si se tratara de la habitación de otra casa. Ese sitio era uno de los sitios de esa mansión, que destacaban por su apariencia que hacía asemejar más a su país natal; Enishi la había pedido acondicionar de esa esa forma. La habitación era pequeña y cuadrada. El suelo era de tatami, y las puertas del fondo daban al jardín, y habían sido remplazadas por puertas corredizas de madera y papel, que en ese momento permanecían cerradas.

La habitación era bastante sencilla desde la perspectiva de la mayoría que había llegado a verla. Del lado izquierdo, tenía un pequeño armario, donde se guardaban tendidos, para aquellas noches en las que Enishi parecía preferir dormir ahí. Del lado derecho, se encontraba el único mueble del cuarto: una mesa baja de color oscuro, y sobre ésta, el objeto más sobresaliente de todo ese sitio: un altar mortuorio… Era algo pequeño, de forma rectangular vertical, y de color completamente negro, con sus dos pequeñas puertas cerradas.

Enishi se retiró sus zapatos antes de entrar, y cerró la puerta detrás de sí con llave. Caminó hacia el frente de la mesa, y se colocó de rodillas frente a ésta. Se le quedó viendo fijamente al altar por largo rato, casi con miedo en los ojos. Alzó luego de un rato su mano derecha y la acercó al cajón negro, pero a medio camino pareció arrepentirse y la apartó. Parecía nervioso, preocupado… ¿Él?, ¿el siempre tranquilo, inteligente y centrado líder del Feng Long?, ¿tenía miedo de un mueble de madera…?

Lo que había dicho aquella noche en el restaurante, era completamente verdad. Nunca había sido una persona religiosa ni espiritual. Se suponía que su madre sí lo era. Aunque a él no le constaba del todo, le habían dicho que era una persona que siempre estaba buscándole el lado místico a casi todo, y atribuyéndole cada belleza de la vida a la acción de un ente superior, al igual que cada acto malvado. Y… esa otra persona también lo era; quizás no tanto como su madre, pero lo suficiente para que él pensara que le gustaría que alguien tuviera un altar en su nombre y la recordara. Tenían uno de su madre en su casa, y siempre lo frecuentaba y le rezaba. Él… Él no rezaba; fingía hacerlo para estar a su lado, pero en realidad nunca había entendido cómo se debía de hacer, y fue el mismo caso cada vez que estaba frente a ese otro altar…

Tomó sus anteojos oscuros con una mano y se los retiró, para luego colocarlos en el suelo a su lado. Respiró hondo, y entonces acercó de una vez por todas sus manos a las puertas pequeñas y las abrió…

No tenía un retrato de esa persona, ni siquiera un dibujo o una pintura; entre sus tantas habilidades, el arte no era una. Había intentado con varios artistas, pero ninguno logró jamás captar de manera plena la esencia de su rostro, la expresión de sus ojos, y la belleza de su sonrisa. El único objeto personal que logró obtener de su casa en Edo, y lo único que podía colocar en el altar… Era una simple peineta azul, sin nada espectacular ni llamativo, salvo por el hecho de que era suya.

El peine estaba colocado en el interior del altar, y no había nada más. Ni velas, ni incienso, ni ninguna otra ofrenda: sólo ese peine, era todo lo que tenía, pero también todo lo que necesitaba…

– Nee-san… Tomoe-neesan… – Susurró con apenas un pequeño hilo de voz.

Sí, era un altar a su hermana mayor, la misma que estuvo a su lado desde el primer momento que recordaba, la persona más importante de su vida, y que había sido asesinada frente a sus propios ojos…

Había sentido el deseo imparable de ir ante ella en ese mismo momento. Aunque en un inicio el motivo no le era del todo claro, lo fue instantáneamente en cuanto abrió las puertas del altar y posó sus ojos en la peineta. Bajó su mirada, avergonzado. ¿Eso era lo que sentía?, ¿vergüenza? Quizás, pero no era lo único que sentía; era apenas una de las tantas emociones que le recorrían el cuerpo entero, emociones que hacía ya muchísimo tiempo no sentía… si era que acaso las había sentido en alguna ocasión antes.

Sus puños se apretaban con fuerza sobre sus muslos, al igual que sus ojos. Su cuerpo temblaba un poco, como si muriera de frío… aunque el día estaba bastante caluroso. De seguro nadie dentro del Feng Long había visto jamás esa faceta de su actual líder, ni siquiera Hei-shin, a quien le había tocado verlo en sus estados más caóticos.

– Lo siento, lo siento… – Susurró en voz baja, con apenas un audible hilo de voz. – Perdóname, por favor… Sé que debes de estar extremadamente decepcionada de mí… Lo siento… Ya estoy tan cerca, tan cerca de cumplir tu venganza. He encontrado al maldito que te asesinó, ya tengo casi todo listo… Pero… Pero…

Su voz se quebró, y ligeros rastros de lágrimas amenazaban con colarse por entre sus parpados. Fue incapaz de seguir hablando por varios segundos. Respiró lentamente, intentando forzar a su cuerpo a calmarse, pero parecía serle bastante complicado de lograr. Con su mano izquierda se talló sus ojos, intentando limpiarlos de cualquier rastro incriminatorio.

– Tú sabes… Tú sabes que desde ese día en que ese desgraciado te arrebató de mí, he dedicado cada segundo, cada respiro, cada pensamiento sólo en beneficio de esto… No he hecho jamás nada en todos estos años que no fuera para cumplir tu voluntad, nee-san… ¡Sabes que mi deseo de Justicia ha sido férreo y firme hasta ahora  como en un inicio…!

Hubo una pausa, una profunda pausa. El sonido de su última exclamación resonaba aún en la habitación, hasta que se fue apaciguando poco a poco… Enishi bajó aún más su cabeza, inclinando su cuerpo al frente hasta que estuvo prácticamente a la altura de la mesa baja. Su cuerpo seguía temblando, y pequeñas lágrimas caían sobre el tatami.

– Pero… Ahora he comenzado a tener estos… Estos… Estos pensamientos, y estos sentimientos, que son totalmente ajenos a ti… y que no puedo controlar… – Alzó en ese momento su mano derecha, acercándola a su pecho y aferrando sus dedos con fuerza a su camisa. – Me distraen, aunque sea un segundo, de mi objetivo… de tu objetivo. He tratado todo este tiempo de disiparlos, de ignorarlos, de hacerlos a un lado… Pero ya no puedo más… – Exclamó con un tono lastimero, negando lentamente con su cabeza. – No puedo ocultarlo ni negarlo… Perdóname Nee-san. Te he fallado…

Volvió a apretar sus ojos con fuerza, casi como si intentara evitar con ello que las lágrimas siguieran brotando, mas no daba resultado.

– No tengo derecho a pedirte esto, Nee-san… Pero por favor… Dime si te parecen correcto estos pensamientos que estoy teniendo. Dime por favor si tengo tu bendición para sentir todo esto… ¡Dime si estás de acuerdo…! Dime que no me odias… Por favor… Nee-san…

Calló, y todo el cuarto se sumió en el silencio.

Enishi continuó en la misma posición, con su torso inclinado hacia el frente, sus ojos cerrados con fuerza, al igual que sus puños. Su cuerpo temblando, y sus lágrimas cayendo al suelo. Era como un niño temeroso, así era como se sentía; como el mismo niño, parado en esa montaña fría, con su cabello cubierto de nieve, buscando con desesperación a su hermana, muerto del miedo…

De pronto, ese aire denso que impregnaba la habitación se aligeró enormemente, y se cubrió de ese olor, ese olor que le era tan reconocible, tan característico: el perfume de ciruelo blanco… el Perfume de su hermana mayor. Enishi no abrió los ojos; tenía miedo de hacerlo y… encontrarse de frene con su rostro, el rostro de completa desaprobación de su hermana. Podía sentirla, todo su cuerpo lo hacía. En su cabeza podía contemplarle de pie ante ella, con su kimono blanco totalmente puro, y sus largos y hermosos cabellos negros meciéndose con el viento. Sus ojos negros y profundos, centrados directamente en él… ¿pero cómo lo estaría viendo? ¿Cuál sería la expresión exacta de su rostro…?

De pronto… Sintió algo más…

El aroma de su perfume se volvió aún más intenso; impregnaba por completo su nariz. Una intensa sensación cálida comenzó a cubrirle el pecho entero al mismo tiempo. ¿Qué era todo eso…?

Y entonces, pudo sentir como dos brazos delgados comenzaban a rodearlo muy delicadamente, hasta proporcionarle un delicado abrazo. Enishi se quedó totalmente quieto, incapaz de moverse o de decir algo. Sintió su mejilla unirse a la suya, y su aliento cosquillándole sobre su oído… Su voz, su suave y dulce voz, pronunció unas palabras muy despacio, como el silbido lejano del viento. Pero aun así, logró entenderlas; logró entender por completo lo que esas palabras le decían…

– Tomoe… neesan… – Se escapó de sus labios como un pequeño respiro.

Sus ojos se abrieron lentamente y su cabeza se volvió a alzar. La sensación del abrazo, su aliento, y su olor, todo se desvaneció como humo en el aire… Estaba salo en el cuarto, hincado frente al altar. Nada había cambiado… O al menos, no lo parecía…

Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios, como nunca antes había hecho.

– Gracias… Hermana…

Con sus manos se talló rápidamente sus ojos para limpiar cualquier rastro de lágrimas que pudieran haber quedado. Cerró las puertitas del altar, y se colocó de nuevo sus anteojos oscuros. Caminó hacia la puerta y se colocó sus zapatos antes de salir por ella hacia el pasillo.

Miró con desesperación hacia todos lados; primera vez que buscaba a Xung con urgencia, y no estaba detrás de él jugando a ser su sombra. Avanzó por toda la casa, cruzándose con dos de sus sirvientas, que no pudieron darle detalle de la ubicación de Xung. Siguió buscando hasta llegar al segundo piso. Por el pasillo principal de la planta alta, vio al fondo como dos figuras se acercaban caminando: una era Lissie, y la otra era justamente la persona que estaba buscando. Lissie caminaba unos pasos delante, pero ambos cargaban con sus respectivos brazos una considerable pila de sabanas, o toallas quizás, al tiempo que conversaban discretamente entre ellos.

En otro momento, Enishi se hubiera detenido a contemplar lo curiosa y a la vez extraña de esa escena, pero en esos momentos sólo tenía una cosa en mente.

– ¡Xung! – Exclamó con fuerza para llamar su atención. El chico se sobresaltó, un poco asustado.

– Maestro…

Enishi se le aproximó a paso veloz, como si estuviera molesto. Lissie se quedó petrificada en su lugar, intimidada por este acto, pero de hecho el albino fue directo al guardaespaldas.

– Llama a Jiang de inmediato. Dile que me consiga un barco pequeño, y discreto, con una tripulación dispuesta a hacer un viaje de ida, y no hacer preguntas de por medio. – Le sacó entonces la vuelta al muchacho, y se dirigió con el mismo impulso en dirección a su habitación. – El dinero no es un problema, pero que lo consiga lo más rápido posible.

– Sí… Maestro… – Le respondió algo dudoso, mirando sobre su hombro como se alejaba. – ¿A dónde le digo que desea ir?

Enishi se detuvo unos momentos en su andar al oír esa pregunta. La sonrisa se volvió a dibujar en sus labios. Se viró uno momentos hacia atrás, compartiendo con sus dos sirvientes la extraña expresión que lo acompañaba.

– A Shimabara… – Fue la respuesta sencilla y corta de Enishi, quien antes de recibir alguna pregunta siguió caminando hacia su cuarto.

Xung y Lissie se quedaron de pie en sus sitios, notoriamente confundidos…

– ¿Shimabara? – Cuestionó la sirvienta. – ¿Qué es Shimabara…?

FIN DEL CAPITULO 23

Algo extraño está pasando en Kyoto. Un cuerpo fue encontrado en el río, con una extraña marca en su espalda, que hace estremecer la memoria de muchos. Una segunda amenaza ha sido enviada. Las personas susurran entre ellos: “El Hijo de Dios ha regresado…” ¿Pero qué significa? ¿Qué es lo que está por venir?

Capítulo 24. Expiación

Notas del Autor:

Quizás sea difícil de entender para algunos, pero lo cierto es que, desde el capítulo del beso, Enishi literalmente está haciendo lo que quiere y no me hace caso. En verdad la historia está tomando un rumbo que no había previsto en un inicio, pero supongo que en parte es algo inevitable, y quizás bueno, ¿o no?

Pero bueno, cómo se habrán dado cuenta, este capítulo ocurre un tiempo después del final de la Saga de Kyoto, o más bien del hundimiento de Rengoku y la pelea de Keshin contra Makoto Shishio. ¿Pero qué es lo que sigue después de aquí? De seguro muchos ya lo prevén y los que no, esperen el siguiente capítulo para averiguarlo. ¡Nos vemos!

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 23. A Shimabara…

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