Fanfic Batman Family: Legacy – Capitulo 13. Yo te apoyaré

6 de febrero del 2017

Batman Family: Legacy - Capitulo 13. Yo te apoyaré


Batman Family: Legacy

Wingzemon X

Capítulo 13
Yo te apoyaré

Jueves, 25 de julio del 2013

Stephanie Brown había estado notablemente pensativa, por no decir distraída, ese día en la escuela. Apenas y había quizás logrado captar la mitad de las lecciones, antes de que al fin sonara la campana de la salida, lo que le provocó una agradable sensación de paz. Rápidamente guardó sus cosas en su mochila, se puso ésta al hombro y se dirigió a la puerta del salón. Dos compañeras e clases se le acercaron y le preguntaron si quería ir con ellas al centro comercial. Stephanie rechazó la invitación, alegando que tenía que ir a trabajar; sin embargo, eso no era precisamente del todo cierto. En realidad, sólo tenía que ir a la fundación a entregarle a Mike los documentos que Bárbara le había encargado, pero luego de ello ya no tenía nada más que hacer, pues Bárbara se había tomado un par de días libres, y ella de paso también al parecer.

Pero era justamente Bárbara quien había provocado que estuviera todo el día tan distraída. Esa extraña conversación del día anterior seguía rondando en su cabeza constantemente. Lo que más le frustraba era el no haber logrado comprender por qué le había dicho todo eso, o qué era lo que ocupaba que le dijera. Bárbara había hecho tanto por ella, y por primera vez sentía que realmente necesitaba su ayuda con algo, y no había logrado hacer absolutamente nada al respecto.

Se sentía tan inútil, tan… Tonta…

Luego de salir al pasillo, se despidió de sus dos amigas, y se dirigió caminando hacia la salida de la escuela. Salió por la entrada principal del edificio, y entonces caminó en línea recta hacia el portón.

– Hey, Steph. – Escuchó que alguien pronunciaba con fuerza

Se detuvo en seco en su lugar, y se viró tímidamente hacia atrás. Quien le había hablado era precisamente Tim, y ahora se le acercaba desde la puerta entre la multitud. Stephanie se congeló en su lugar. Se debatió rápidamente entre hablar con el chico, o salir corriendo despavorida. Para bien o para mal, tardó demasiado en decidirlo, por lo que antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba de pie justo frente a ella.

– Oh… Hola, Tim, Timothy… Tim… – Murmuró la joven rubia, casi balbuceando, y forzando su sonrisa. – ¿Cómo estás?

– Estoy bien… – Respondió Tim, un poco confundido por su extraña reacción. – ¿Tú lo estás?

– ¡Por supuesto! – Exclamó con fuerza de golpe, a un volumen más del necesario. – ¿Por qué… no lo estaría?

– Claro…

Stephanie definitivamente estaba actuando de forma sospechosa. Pero era Stephanie, después de todo; casi siempre era más común que actuara de una forma singular, más que de una forma “normal”.

– ¿Vas a la fundación? Te puedo dar un aventón. – Le sugirió el joven Drake.

– No, no te molestes, hoy no iré… Bueno sí, pero sólo iré de entrada por salida. – Comenzó a decirle con algo de nervios en su tono. – Sólo iré a entregar unos papeles. Bárbara dijo que no iría por un par de días, y que me los podía tomar también libres.

– ¿Enserio?

– Sí… Creo que dijo que iba a encargarse de otras cosas. – Encogió entonces sus hombros. – No sé de qué.

Tim desvió su mirada hacia otro lado, meditando un poco sobe tal afirmación. ¿Habría quizás faltado para seguir investigando el tema de Red Hood, El Pingüino y Máscara Negra? Era probable.

– Bueno, de seguro sólo quiere tomarse un descanso por lo de Bruce y tener que tomar su nuevo puesto como Directora… Ya sabes.

– Sí, ha de ser eso. – Respondió Stephanie apresurada, pero pareció arrepentirse un poco después. – Aunque… Bueno…

Guardó silencio, y comenzó a jugar de forma nerviosa con la correa de su mochila, sin poder verlo a los ojos.

– ¿Qué ocurre?

Stephanie lo miró de reojo unos segundos, y luego miró de nuevo a otro lado. Luego al cielo, una vez más a Tim, y por último a sus propios zapatos. Apretó sus manos con fuerza contra la correa de su mochila, al tiempo que cerraba sus ojos, como si estuviera aguantando algún punzante dolor en el estómago.

– ¡Se supone que no debo decirte nada! – Exclamó con fuerza, tomando por sorpresa al joven. – Pero enserio, enserio estoy preocupada por Bárbara.

– ¿Por Bárbara? – Murmuró Tim, confundido. – ¿Qué pasó? ¿Ella está bien?

– Sí… o… no lo sé. Es que ayer antes de irme… Estaba actuando un poco rara.

– ¿Ayer? Pero yo la vi ayer, y la vi muy normal.

Stephanie parpadeó un par de veces, y lo miró fijamente con sorpresa.

– ¿La viste ayer? ¿Cuándo?

Tim se sobresaltó al volverse consciente de lo que había dicho. En efecto la había visto anoche… En la Torre del Reloj, como Red Robin, mientras perseguían a Red Hood e intentaban descubrir su ubicación…

– Ah, quise decir… hablé con ella… – Se corrigió, intentando expresar completa normalidad en su tono. – Ella llamó a la mansión, para ver cómo estábamos, y la sentí bastante normal.

– Bien, no sé, pero a mí me dijo unas cosas extrañas… Que no creo que deba decirte. Sonaban personales… Creo.

– Descuida, no tienes que hacerlo.

Cosas extrañas que sonaban personales… Tim intentó hacer memoria del día de ayer, para detectar si había notado algo extraño o inusual en el comportamiento de Bárbara. Sin embargo, nada se le venía a la mente. Lo único destacable era el hecho de que se había molestado notoriamente al enterarse de que Bruce les estuvo ocultando muchas cosas de Jason, restringiendo información sólo para él, incluso información que le correspondía conocer por derecho a ella. Pero eso difícilmente podía considerarlo algo extraño; de hecho, tenía mucho sentido que se sintiera así.

– Hey, Tim. – Escuchó ahora él que alguien le llamaba.

Desde el portón, una cara conocida caminaba hacia ellos, agitando una mano y sonriendo de forma amistosa.

– ¿Dick? – Exclamó el joven, un poco sorprendido. – ¿Qué haces aquí?

– Hola también. – Le saludó Richard. Al estar más cerca, pudo ver con más claridad a la joven de cabellos rubios detrás de Tim, la cual lo miraba fijamente, aparentemente asombrada.

– Ella es Stephanie Brown, mi compañera de clases. – Se adelantó Tim a presentar, aunque no del todo muy convencido de ello.

– Mucho gusto, soy…

– ¡Richard Grayson! – Soltó Stephanie de golpe con gran emoción, antes de que Dick pudiera terminar de presentarse. – Es un placer. Eres más guapo de lo que creía… – Alzó sus manos abruptamente, tapándose su propia boca con ambas. – ¿Dije eso en voz alta?

Ambos chicos se miraron de reojo al uno al otro, sin pronunciar palaba alguna.

– Creo que tengo que irme, Stephanie. – Se disculpó Tim. – Pero si aún ocupas que te dejemos en la Fundación…

– No, no, nada de eso, descuida. – Comenzó a balbucear mientras caminaba hacia atrás. – Estoy bien, vayan a hacer lo que iban a hacer, de seguro es algo muy importante… – Chocó en ese momento con otro chico que iba a pasando, y casi lo tumbaba al suelo. – ¡Lo siento! Nos vemos mañana, o te llamó más tarde, ¡adiós!

Se dio entonces la media vuelta, y comenzó a caminar apresurada hacia la salida.

– Un gusto conocerte. – Se despidió Dick con fuerza. – Es muy linda. – Comentó sin miramientos, mirando de reojo a Tim. – ¿Acaso tú y ella…?

– No, nada de eso. – Se apresuró el joven a responder. – Sólo somos amigos.

Dick echó un segundo vistazo a Stephanie mientras se alejaba hasta que ya no se encontró en su rango de visión.

– ¿Y por qué?

Tim giró sus ojos en silencio, y se abstuvo de responder esa pregunta. Sin decir nada, comenzó a caminar hacia el área del estacionamiento, en donde estaba aparcada su motocicleta.

– ¿Vienes porque tienen algún dato nuevo sobre Jason?

– Todo lo contrario. – Respondió Dick con pesar. – Bárbara sigue investigando, pero aún no encuentra nada relevante.

A Tim le pareció curioso que mencionara de pronto a Bárbara, considerando que hace apenas unos minutos hablaba de ella con Stephanie.

– ¿No fue a trabajar hoy por seguir investigando? – Cuestionó Tim, intentando confirmar lo que Stephanie le había dicho.

– Sí, eso creo. Espero que no se esté presionando demasiado a sí misma.

Tim se quedó algo pensativo. Lo que Stephanie le había dicho, lo tenía algo intrigado. Aún a pesar de que él no había visto nada fuera de lo usual ayer, si Stephanie se sentía así debía haber sido por algo.

Ambos llegaron hasta donde tenía estacionada su Scrambler Ducati color amarillo. Tomó su casco con ambas manos, pero no se lo puso; simplemente lo sostuvo entre sus manos un rato, incluso girándolo un poco.

– Oye, ¿tú has notado algo extraño en Bárbara últimamente?

Dick arqueó una ceja, confuso por su pregunta.

– ¿A qué te refieres? ¿Acaso tú has visto algo?

– No, no realmente. Pero Stephanie no sólo es mi compañera de clases; trabaja también como asistente de Bárbara en la Fundación. No me dijo nada muy claro, pero por lo que le entendí, Bárbara le dijo algo muy extraño ayer y luego le pidió que no se lo dijera a nadie.

– ¿Ayer? ¿Y qué le dijo?

– Precisamente no me lo dijo. No quiso hacerlo. Pero fue extraño…

La reacción de Dick no fue diferente a la reacción inicial de Tim. Se quedó un rato pensando en el día de ayer, e intentando identificar si había notado algo extraño. Igualmente, lo primero que se le vino a la mente fue la reacción de Bárbara ante las cosas que Bruce les tenía restringidas en la Baticomputadora. Sin embargo, un rato después vino algo más a su mente, algo que a Tim no ya que él no lo había visto.

La mañana anterior, cuando Dick le habló Bárbara para contarle lo de Red Hood, antes de cortar sí había ocurrido algo un poco extraño. Por un momento creyó que Bárbara estaba por decirle algo, pero al final no lo hizo y cortó la comunicación abruptamente antes de que le diera tiempo de decir cualquier otra cosa.

En ese momento le pareció extraño, pero no creyó que fuera nada serio, y lo atribuyó al hecho de haberle llamado tan temprano, o quizás le quería decir algo con respecto a Bruce, o Jason… O al incomodo incidente en su casa el sábado pasado cuando fue a hablar con ella. Pero, ¿y si se trataba de algo más?

– No ha de ser nada. – Respondió Dick, intentando reflejar despreocupación. – La muerte de Bruce nos afectó a todos de maneras distintas.

– Supongo que tienes razón. – Murmuró Tim, no del todo convencido.

– Por lo pronto hoy debemos de patrullar los puntos bajo el control del Pingüino. Si Jason estaba investigando a la señorita Buxton, debió ser porque trama algo.

– Está bien.

Tim se colocó su casco y entonces se montó a su motocicleta. Dick comenzó a avanzar hacia dónde había dejado su vehículo, pero apenas dio un par de pasos se giró de nuevo unos momentos hacia Tim.

– Oye… Te alcanzo en la mansión más tare, ¿de acuerdo? – Le indicó de golpe.

– ¿Por qué? ¿A dónde vas?

– Te alcanzo en la mansión. – Repitió sin intención alguna de dar mayor explicación, y siguió de largo hacia su auto.

Tim sólo pudo encogerse de hombros, y arrancar su motocicleta para dirigirse hacia la Mansión Wayne por su cuenta.

– – – –

Bárbara se había ido desde muy temprano a la Torre del Reloj para continuar desde ahí su investigación. Siendo prácticos, en realidad no había necesidad directa de ir hasta ese sitio y hacer dicha investigación desde ahí; bien podría haberlo hecho desde la comodidad de su departamento. Sin embargo, desde siempre se había sentido más segura y concentrada en la confiable Torre del Reloj, por lo que prefería si era posible trabajar desde ahí. Aunque en la teoría podría considerarse uno de los refugios secundarios de Batman, siempre la había sentido como su propia Baticueva personal, su lugar propio, la guarida de Oráculo.

Era gracioso, ya que nunca había tenido un sitio así cuando era Batgirl. Siempre tenía que compartirlo todo con Bruce, Dick y Jason, que, aunque se esforzaban por hacer que se sintiera cómoda, varias veces terminaba de todas formas sintiéndose un poco fuera del lugar.

Llevaba horas analizando toda la nueva información de Jason, Cobblepot, y Sionis a la que ahora tenía accesos con sus nuevos permisos. Principalmente intentaba emparejar esta información, con los movimientos y consultas registradas hechas por el usuario de Jason. También investigaba a más profundidad a Tracey Buxton, Roland August, y Enchanted Inc. Aunque tenía muchos más datos en esos momentos de lo que tenía la noche anterior, así como muchas otras ideas, no tenía aún una pista completamente convincente o sólida que seguir a continuación.

Escuchó el ascensor de la torre accionarse en ese momento. Sólo había unos cuántos en esa ciudad que tenían acceso a poder ingresar a ese ascensor, por lo que esto no le perturbó.

Se retiró sus anteojos y se talló el rostro con ambas manos. Comenzaba a sentirse un poco frustrada por el hecho de no poder llegar a alguna resolución satisfactoria.

El ascensor subió hasta su último piso y entonces sus puertas se abrieron. Bárbara se colocó una vez más sus anteojos y giró su silla en su dirección para verificar quién era su inesperado visitante. De las pocas opciones que había, quien resultó ser fue Dick, quien salió del ascensor, cargando en su mano una bolsa de plástico con un paquete, evidentemente de comida, en su interior.

– Hola, Babs, buenas tardes. – Le saludó el joven con gentileza, acercándosele. – Te traje algo de comer porque supuse que no habías salido de aquí en todo el día.

– Lo dirás en broma, pero es cierto. – Le respondió la pelirroja con una amplia sonrisa. Y en realidad sí era cierto; sólo había tomado un café en la mañana, y nada más. – Gracias.

Dick le extendió la bolsa y Bárbara la tomó y sacó el paquete de hielo seco para ver su interior. Sólo hasta que percibió el delicioso aroma de la comida en el paquete, se volvió consciente de lo realmente hambrienta que se encontraba.

– Rollos California, me has alegrado el día. – Comentó con entusiasmo.

Colocó el paquete en sus piernas y se dirigió entonces a la pequeña sala de estar a unos cuantos metros de su terminal. Colocó la comida en la mesa de centro, y comenzó a preparar todo para poder comer al fin.

– ¿Segura que está bien que te tomes unos días libres del trabajo? – Le cuestionó Dick, mientras se dirigía a uno de los sillones.

– Pues nadie opuso objeción.

– Claro que no; ya saben que eres su nueva jefa.

Bárbara sonrió divertida por su comentario, aunque en el fondo sabía que tenía un poco de razón en ello.

Dick se sentó en uno de los sillones, justo a su lado.

– ¿Y qué hay de ti, Dick? – Le preguntó ahora ella, separando con sus manos los palillos para comer.  – ¿Tu importante empresa en New York está bien sin ti?

– Ni lo menciones. – Bufó Dick con fastidio. – En general todo ha estado bien. Sigo atendiendo asuntos desde mi celular, cuando no estoy preguntándome qué estará haciendo en este momento Jason. Pero estoy esperando que me envíen mi equipo de cómputo para trabajar mejor desde casa. No sé cuánto podré encargarme de eso a distancia, al tiempo que me encargo de los asuntos de Batman.

– Si Bruce podía con toda una multinacional, tú podrás con esto. – Le extendió entonces el paquete con los rollos. – ¿Gustas?

Dick se tomó el atrevimiento de tomar uno de los rollos entre sus dedos, sumergirlo un poco en la salsa de soya, y darle una mordida; no estaba mal, aunque tampoco era el mejor que había probado.

– Sí, pero Bruce tenía a miles de empleados para encargarse de ello. Nuestra empresa aun no es tan grande.

– Pues entonces, eso te dará carácter. – Le respondió, guiñándole el ojo; Dick rio levemente.

A Dick le parecía que Bárbara actuaba bastante normal, o al menos tan normal como Bárbara siempre había sido. Quizás lo que Tim le había dicho, o más bien lo que esa tal Stephanie le dijo a él, no era en realidad nada grave o que ameritara su preocupación.

¿Valdría la pena preguntarle directamente al respecto? Si no estaba realmente molesta o preocupada por algo, quizás terminaría por volverse real por el simple hecho de hacerlo.

– Oye, Bárbara. – Soltó de golpe mientras ella comía de sus rollos. La pelirroja lo volteó a ver de reojo, tras morder la mitad de uno. Dick, a su vez, la miró fijamente con seriedad. – Quisiera hablar contigo de algo. Sólo quiero saber… ¿Todo… Está bien?

Bárbara arqueó una ceja y parpadeó un par de veces.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno… Ayer, cuando te hablé en la mañana, sentí que me querías decir algo, pero me colgaste antes de eso.

Bárbara se exaltó un poco en su silla al escucharlo, e incluso podría afirmar que se veía puesto nerviosa.

– ¿Eso… hice? – Murmuró la joven, disimulada. – No lo recuerdo.

– ¿Y tampoco recuerdas qué me querías decir?

– Ah… No, no lo creo. De seguro no era nada importante, descuida.

Bárbara sonrió y se encogió de hombros con despreocupación.

Bárbara, al igual que todos ellos, había sido entrenada para engañar y mentir si era necesario. Ocultar las apariencias, y hacer creer tanto a enemigos como amigos lo que no era, con el fin de cumplir la misión. En otras palabras, se podría decir que estaban entrenados para ser buenos mentirosos. Por lo tanto, era particularmente sospechoso el hecho de que, en esos precisos momentos, fuera tan obvio para Dick que le estaba mintiendo.

La pelirroja no sonaba nada segura o convencida de lo que decía, y de hecho tampoco parecía esforzarse mucho en aparentarlo. La primera explicación a ello era que la había tomado por sorpresa, y no había tenido tiempo de pasar de su estado normal; pero Bárbara era mucho mejor que eso. Otra alternativa era que ese tema en particular de alguna forma tocaba una fibra sensible, que hacía imposible poder concentrarse lo suficiente. Y, por último, estaba de hecho la posibilidad de que ella no quería mentir, no quería engañar; estaba la posibilidad de que consciente o inconscientemente, ella quisiera que él se diera cuenta de esto.

Fuera como fuera, era obvio que ocultaba algo, y eso incitó a Dick a presionar un poco más.

– Bueno, si te soy sincero, no es sólo por lo de la llamada. – Comentó con cautela. – Alguien más me dijo que habías estado actuando un poco… Extraña.

Bárbara pareció sorprenderse ligeramente en un inicio, pero luego su expresión se tornó seria y serena, incluso algo molesta o acusadora.

– ¿Alguien cómo quién? – Le preguntó casi cortante, lo que puso un poco nervioso a Dick.

– Bueno… ¿Acaso eso importa?

Se arrepintió de haber dado tal respuesta, justo un segundo después. Esas solas palabras, eran una respuesta más determinante que haber dicho cualquier otra cosa intentando disimularlo.

Bárbara colocó lo palillos sobre el plato de hielo seco, y se volvió a retirar lentamente sus anteojos para colocarlos sobre la mesita delante de ella.

– Conociste a Stephanie, ¿verdad? – Soltó de golpe sin girarse hacia él.

– No… Bueno, Sí… Pero no fue ella…

– Entonces fue Tim, y Steph se lo dijo a él. – Agregó la pelirroja de la misma forma.

Por un lado, fue más que obvio para Bárbara en esos momentos que el origen de todo ello era Stephanie. Sin embargo, por el otro, esa reacción por parte de Bárbara ayudó a Dick a confirmar que en efecto había ocurrido algo con esa chica, ya que era prácticamente seguro afirmar que no la había mencionado sólo por mera cualidad.

– Oye, sólo no te enojes con ella…

– No tendría derecho de hacerlo. – Comentó en voz baja, aun sin mirarlo. – Deliberadamente la metí en todo este asunto, aunque no tenía nada que ver en ello, y de seguro terminé preocupándola. Pero no tienen por qué estarlo, ni ella, ni ustedes, ya que en realidad no pasa nada… Malo.

– Pero si pasa algo entonces, ¿o no? – Le preguntó, inclinándose un poco hacia ella; Bárbara permaneció en silencio. – ¿Qué es?

Al fin ella lo volteó a ver, con una expresión en su rostro que dejó casi helado al joven Grayson. Se veía más que pensativa; parecía preocupada, o incluso un poco asustada. Rara vez la había visto así, a ella quien, al igual que todos ellos, había sido casi siempre tan serena y centrada, y en constante control de sus emociones.

– No sé por dónde empezar. – Murmuró en voz baja, justo antes de soltar un fuerte suspiro con pesadez. – Los últimos meses he estado consultando a un doctor de gran renombre en Boston.

Dick se sorprendió un poco por lo que comenzó a escuchar. ¿Un doctor?

Bárbara, por su lado,  simplemente continuó con lo suyo.

– Me ha enviado a hacer varios estudios, radiografías, y me consulta una vez a la semana por Skype. Hace unas semanas atrás, me informó que… – Guardó silencio unos momentos, y se apoyó por completo contra el respaldo de su silla. – Me informó que soy candidata perfecta para una nueva operación regenerativa, que parece tener grandes resultados en pacientes en mi condición.

Dick sintió casi que su corazón se detenía. Sus ojos se abrieron por completo, y su respiración se cortó. Bárbara lo miró fijamente a los ojos, y le sonrió levemente con algo de reserva.

– Dick… Me dijo que podría volver a caminar si me someto a ella.

Dick quedó atónito ante ello. Se veía en su rostro, y en su profundo silencio, que no sabía ni qué decir, o quizás batallaba para poder procesar por completo toda la noticia.

– ¿Volver a caminar? – Exclamó sorprendido, esperando que diciéndolo en voz alta lo hiciera más claro. – Bárbara, esa es una increíble noticia.

– ¿Lo es? – Murmuró ella a su vez en voz baja.

– ¡Claro que lo es! Pero… ¿qué pasa? ¿Porque no te ves feliz? Es lo que más deseabas, ¿o no?

Bárbara suspiro con cierto cansancio, y volvió a acomodarse en su silla

– La operación sólo tiene un ochenta y cinco por ciento de probabilidad de éxito.

– ¿Ochenta y cinco por ciento? No estudié medicina, pero me parece que eso es mucho.

– Tú no lo entiendes, Dick. – Soltó la pelirroja de golpe con algo de fuerza. – No sabes lo que fue empezar a aceptar y superar lo que me pasó, aceptar que ya no sería Batgirl, que todo mi mundo sería diferente a partir de entonces. Fue mucho tiempo, esfuerzo, sangre y sufrimiento; pero al final lo logré, y estoy orgullosa de eso. Pero desde que me dieron esta noticia, todo se ha ido poco a poco al diablo. Intento no hacerlo, pero no puedo evitar pensar en la posibilidad de volver a caminar, de volver a como todo era antes, de dejar esta silla. Y si entro a esa sala de operación, salgo y no ocurre como lo imagino… No creo poder pasar de nuevo por todo esto.

Bárbara calló abruptamente, y respiró con profundidad, como intentando calmarse un poco. Dick, por su lado, parecía sumamente consternado por lo que le decía.

– Y, por otro lado, si tiene éxito y vuelvo a caminar, ¿qué será de todo lo que he logrado estos años? Todo por lo que me siento orgullosa, todo lo que me he esforzado… ¿Ya no tendrá ningún valor? Mira mi casa, mi trabajo, toda mi vida ha cambiado y ajustado a… esto. Para bien o para mal, la persona que soy justo ahora, es a raíz de lo que me pasó. ¿Qué pasará si vuelvo a caminar? ¿Qué será de mí? Mi vida tendrá que volver a cambiar de nuevo, y no sé si tenga la fuerza suficiente para soportarlo otra vez… Tengo… miedo…

– Bárbara, por favor. – Intervino Dick de golpe, parándose abruptamente de su asiento. – Escúchate a ti misma. Tus miedos no tienen sentido. Hablas como si llevaras toda una vida en esa silla, pero sólo han pasado unos cuantos años…



Ese último comentario hizo que el rostro de Bárbara se llenara de un enorme asombro, asombro que rápidamente se convirtió en un marcado y notable enojo.

– ¿Unos cuantos años? – Exclamó de forma severa.

– No quise decirlo así, lo siento…

– No, no, tienes toda la razón. – Interrumpió abruptamente, y entonces comenzó a mover su silla para alejarse de él. – Quisiera ver que estuvieras en mi lugar, aunque fuera un día, y entonces podrías decirme lo rápido que pasa el tiempo en una éstas.

Se giró y comenzó a acercarse rápidamente de regreso a su computadora.

– Bárbara, espera por favor. – Pronunció Dick con ímpetu, y se apresuró lo más rápido que pudo hasta colocarse frente a ella y cortarle el paso.

Bárbara se detuvo, pero volteó su cara por completo hacia otro lado, con claramente nada de deseos de verlo. Dick se dio cuenta de que había hablado completamente sin pensar. Se agachó entonces, poniéndose de cuclillas, intentando dejar su rostro a la altura del suyo; ella seguía sin voltearlo a ver.

– Escucha, lo siento. Lo cierto es que nos soy Bruce. No tengo una respuesta correcta para todo, ni puedo decirte lo que necesitas oír, ya que no tengo ni idea de qué sea. Tienes razón, no puedo entender cómo te sientes, y no te insultaré diciendo que es así. Pero si puedo decirte una cosa…

Extendió en ese momento su mano, y tomó con cuidado la de ella entre sus dedos. Ese mismo acto pareció ser el causante de cierto incomodo de su parte el sábado pasado cuando la fue a ver a su departamento. Esa vez, sin embargo, era difícil decir si el sentimiento era el mismo o no, ya que Bárbara seguía volteada a otro lado, y no reflejaba reacción alguna en lo que lograba ver de su rostro. Sin embargo, tampoco demostraba interés en retirar su mano, y apartar las de él.

– Tú eres más que Batgirl o que esta silla. Quizás hayas sentido durante todos estos años, que lo que te pasó y el estar ahora así, era lo único que te definía. Pero eso no es verdad; yo nunca te he visto de esa forma. Eres mucho más que esto. Y pase lo que pase, vuelvas a caminar o no, yo sé que seguirás siendo la estupenda persona que siempre has sido. Y decidas o no llevar acabo esa operación, yo te apoyaré; sin importar qué.

Bárbara comenzó a girar en ese momento su rostro hacia él de nuevo, y sus ojos volvieron a encontrarse. Ambos se quedaron en silencio unos momentos, sin moverse siquiera un centímetro. Dick sintió entonces como los delgados dedos de la pelirroja se apretaban un poco contra los suyos. Una pequeña sonrisa se volvió a dibujar en sus labios, y una vez más miró a otro lado, pero no por completo; simplemente se viró de reojo.

– Gracias, Dick…

Soltó entonces con cuidado su mano, y para Dick ese había sido un indicativo para apartarse. Sin embargo, antes de pudiera volver a alzarse, Bárbara extendió rápidamente sus brazos hacia él, rodeó su cuello y con ellos, y le dio un fuerte abrazo atrayéndolo hacia ella. Dick se quedó un tanto confundido por esa reacción, pero no tardó mucho en rodearla también con sus brazos, y corresponderle ese delicado abrazo.

– Por favor, no se lo digas a los demás todavía. – Le susurró ella en voz baja cerca de su oído. – Eres a la primera persona a la que se lo digo.

– ¿No le has dicho a tu padre?

– No…

Bárbara se apartó lentamente de él, y se retiró un par de mechones de cabello de su frente con sus dedos.

– Él siempre se ha sentido culpable por lo ocurrido. No quiero decírselo hasta que esté segura de hacerlo. Pero quisiera que concluyéramos con todo este asunto de Jason primero.

– Entiendo, descuida. No se lo diré a nadie.

Bárbara sonrió complacida, a lo que Dick le respondió de la misma forma.

– Creo que debo terminar de comer y volver a mi investigación. – Comentó la pelirroja, luego de unos minutos de silencio.

– Sí, claro. Te dejo sola, entonces.

Dick se incorporó de nuevo, y se dispuso a caminar hacia el ascensor y retirarse. A mitad del camino, sin embargo, se giró unos momentos hacia ella. Bárbara seguía en el mismo sitio, aunque ahora miraba fijamente el plato con los rollos sobre la mesita.

– No te sobrepases, por favor. – Le pidió el joven, a lo que ella simplemente asintió en silencio.

Dick se dirigió al ascensor y bajó por éste hasta la planta baja de la torre.

Una vez sola, Bárbara suspiró con profundidad, como si se liberara de un gran peso. No pensó que terminaría hablando al respecto ese día en especial, aunque sí sabía que la primera persona con quien lo haría sería Dick… O al menos lo sabía desde hace una semana atrás…

Se concentró entonces de nuevo en su comida, tomando de nuevo sus palillos.

– – – –

Unas horas más tarde, la noche cayó en Gótica; una calurosa y oscura noche sin luna. Si el escape del Pingüino, y la inminente guerra que se estaba fraguando entre éste y Máscara Negra, no era ya de por sí suficiente, para ese entonces, el ataque ocurrido a La Fábrica de Acero de las Industrias Sionis ya era una noticia a voces en las calles, junto con la identidad de su autor. Había incertidumbre y miedo entre las personas del bajo mundo; incluso los criminales de bajo nivel, que apenas y podían considerarse como parte de alguna de las dos pandillas, temían por sus vidas. La policía por su parte, no estaba segura de en dónde centrar su atención, o por dónde comenzar a actuar.

Hacía ya mucho tiempo desde la última vez que esa densa neblina de duda se cernía sobre la ciudad. Claro, no podía compararse a las peores épocas de Gótica, de esas en las que decenas de grupos delictivos se mataban entre ellos, y los inocentes eran llevados de paso entre sus pies. De aquel entonces en el que la policía, más que proteger a las personas e intentar atrapar a los criminales, eran más cómplices de estos últimos; algunos por avaricia, otros por miedo. De cuando psicópatas y asesinos en serie usaban las calles como su patio de caza, con completa impunidad.

Sí, no era como entonces; las cosas no podían compararse. Pero eso no quitaba el hecho de que igualmente fuera una situación extenuante y preocupante.

Esa noche, sin embargo, estaba a punto de ocurrir un hecho impredecible, algo que nadie en Gótica hubiera previsto que pasaría, considerando lo ocurrido en los días pasados. ¿Mejoraría las cosas? ¿O incluso, las empeoraría? Era difícil saberlo, al menos en esos momentos.

El Hotel Royal de Gótica, era uno de los más lujosos y exclusivos de la ciudad, si no es que se podría decir que es el más lujoso y exclusivo de la ciudad. Era el lugar predilecto para artistas y mandatarios que iban de visita, así como de convenciones de gran tamaño. Era sin lugar a duda uno de los lugares más conocidos de la ciudad. Sin embargo, lo que no era quizás tan conocido por la mayoría, era que el dueño de dicho lugar, de nombre Jeremiah Strong, era una fachada, una identidad de papel, y uno de los tantos prestanombres que cierta persona usaba en sus diferentes negocios algo más “legítimos”. Esa persona era ni más ni menos que Roman Sionis, alías Máscara Negra… El mafioso, nombrado el Último Gran Señor del Crimen de Gótica, era el verdadero dueño de todo ese lugar. Y, como tal, podía disponer de él como mejor le pareciera, cómo había hecho esa misma noche.

El edificio del Hotel Royal se componía principalmente de dos torres, la Norte y la Sur, ambas de quince pisos cada una. En el décimo piso de la Torre Norte, se encontraba un muy elegante restaurante, que servía principalmente comida italiana. El sitio era frecuentado por huéspedes, y no huéspedes, reconocido por su comida tan exquisita. Sin embargo, no sería así esa noche, pues a última hora el restaurante completo fue cerrado al público, supuestamente por un evento privado. De hecho, todo el piso diez, e incluso el nueve y el once, habían sido vaciados, y los huéspedes que hubiera en ellos, movidos a otras habitaciones, y la seguridad había aumentado en las diferentes salidas.

Por extraño que pareciera, esto no era tan raro cómo uno pudiera creer. Después de todo, el Hotel Royal era muy frecuentado por figuras muy importantes, por lo que las medidas de seguridad nunca eran exageradas. Pero, ¿qué evento tan importante en especial estaba sucediendo esa precisa noche…?

La Torre Norte contaba con diferentes ascensores, pero uno en especial había sido aparentemente puesto en mantenimiento en esos momentos, y no se podía subir a él en ninguno de los pisos; de nuevo, nada fuera de lo común. Sin embargo, el ascensor en cuestión no estaba dañado, ni se le estaba dando mantenimiento, ni nada que pudiera ameritar que no se pudiera usar. De hecho, la intención era que si fuera usado, por una persona en especial.

Tres camionetas negras ingresaron al estacionamiento del Hotel por el área de carga trasera, por dónde normalmente entraban sólo los proveedores; ahí, ya un grupo de tres hombres, todos vestidos con trajes negros, altos y mal encarados, los esperaban en la puerta que daba a la cocina. Las tres camionetas se estacionaron una delante de la otra, justo frente a la rampa de la cocina. De dos de ellas, se bajaron rápidamente alrededor de diez hombres, vestidos con extraños abrigos voluptuosos, a pesar del calor que hacía esa noche. Intercambiaron un par de miradas furtivas con los hombres de negro en la puerta, pero ninguno mencionó palabra alguna.

El chofer de la tercera camioneta, vestido igual que el resto, se bajó rápidamente, y pasó a abrir la puerta de atrás para que su ocupante pudiera bajar. Dicho ocupante, era un hombre mayor, de estatura baja, complexión robusta y piernas pequeñas; algo caricaturezco, se podría decir. Tenía una amplia calva, y sólo un poco de cabello anaranjado a los lados. Sin embargo, las características más notables, eran seguramente su piel pálida, su nariz larga y puntiaguda, y sus manos grandes, incluso para el tamaño del resto de su cuerpo. Usaba un monóculo en su ojo izquierda, un abrigo amplio color negro, y en su mano derecha sostenía un paraguas cerrado, cuya punta tocaba el piso como si fuera un bastón.

Detrás de él, se bajaron dos mujeres, mismas que se pararon detrás de él, una a lado de la otra. Ambas tenían la misma extraña apariencia: usaban un kimono verde con estampado de palomas blancas, y tenían sus manos ocultas en las amplias mangas de éste. Tenían cabello negro recogido, que bien podría tratarse en ambos casos de una peluca; pero lo más destacable era las máscaras totalmente blancas que cubrían sus caras, apenas con dos pequeños orificios para los ojos en cada una.

El hombre robusto miró con fastidio a su alrededor, en especial a los hombres de negro que los esperaban. Estos se pararon con firmeza en cuanto lo vieron salir, intentando reflejar la mayor seguridad posible.

– Bienvenido, señor Cobblepot. – Saludó uno de ellos de pie hasta el frente de los demás. – El señor Sionis lo espera.

 No hubo respuesta a tan innecesario comentario…

Los cinco hombres de negro comenzaron a guiarlos al interior. El Pingüino andaba con completa normalidad, seguido por detrás por las dos mujeres de kimono verde, que avanzaban en absoluto silencio y calma. Cuatro de sus hombres se quedaron ahí mismo en las camionetas, mientras que los demás también siguieron a su jefe.

Ingresaron al hotel por la cocina, que al igual que el pasillo por el que terminaron saliendo, estaba totalmente despejada. Avanzaron sin problema y sin ser notados en lo absoluto, hasta llegar al ascensor supuestamente en mantenimiento. Debido al tamaño, sólo entraron dos de los hombres de negro, el Pingüino, sus dos acompañantes de kimono, y dos de sus otros hombres; los demás tendrían que esperar a subir en la segunda ronda.

Cobblepot no se sentía en lo más mínimo nervioso. Sus dos guardaespaldas por si solas eran complemente capaces de protegerlo si lo ameritaba. Además, para bien o para mal, aún había delincuentes en esa ciudad que respetaban el código de conducta, y confiaba en que la persona que lo había invitado fuera uno de ellos…

El ascensor subió sin la menor interrupción hasta el piso diez. Al abrirse sus puertas, se encontraron de frente con la puerta principal del restaurante. Los hombres de negro los guiaron hasta el interior, el cual se encontraba casi totalmente vacío, a excepción de unas cuantas personas: la hostess, una mujer alta y de buen ver, con una blusa blanca y falda negra, que los recibió con una amplia, y tal vez un poco ensayada, sonrisa en el recibidor. Algunos meseros, no más de cinco, que aguardaban de pie a lado de la puerta. Otros seis hombres de negro, tres sentados en una mesa a la derecha, los otros tres en otra mesa a la izquierda… Y claro, una persona en especial, sentada en una mesa redonda justo en el centro del establecimiento…

Dicha persona era un hombre, de hombros anchos y complexión mediana. Usaba un elegante traje blanco, con líneas verticales color negro, planchado y limpio, sin una sola arruga o mancha. Debajo del traje, una camisa negra y corbata blanca, además de un chaleco blanco que combinaba a la perfección con el traje. Guantes negros de piel en sus manos, y zapato también negros, lustrados y muy brillantes. Y, lo primero que cualquiera notaría, una máscara en forma de cráneo, totalmente negra, y que le cubría todo su rostro y su cabeza… El hombre estaba sentado, con sus piernas cruzadas. En cuanto vio entrar por la puerta a su invitado, se puso de pie y extendió sus brazos como señal de bienvenida.

– Oswald, mi viejo, viejo… muy viejo amigo. – Comentó con un tono elocuente. La quijada de su máscara se movía junto con la propia, como si se ese cráneo negro fuera su verdadero rostro. – Me alegra que hayas aceptado mi invitación.

– Ahórrate las hipocresías, Sionis. – Masculló el Pingüino con una voz nasal, que reflejaba no más que molestia de ver al mafioso de blanco. Se paró justo frente a la mesa, con las dos mujeres de kimono y sus hombres, de pie a sus espaldas. – Tienes mucho valor para atreverte a citarme de esta forma, maldita rata de alcantarilla. – Alzó en ese momento su paraguas, y lo señaló como él, esgrimiéndolo como si de una espada se tratara. – ¡Debería de meterte mi paraguas en la garganta justo ahora!

Su grito pareció alertar un poco a los hombres de Máscara Negra, por lo que todos parecieron ponerse tensos, y aceraron sus manos al interior de sus sacos. Ese acto, exaltó a su vez a los hombres del Pingüino. Sin embargo, antes de cualquiera diera un paso del que pudiera arrepentirse, Sionis alzó su mano derecha, indicándole a sus hombres que se contuvieran.

– Deja de hacerte la víctima, Pingüino. – Comentó con indiferencia. – Sabes muy bien que no fue nada personal. Los negocios son los negocios; tú caíste, y yo tomé mi oportunidad. Tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar, o peor.

– ¡Yo no caí! – Le respondió en ímpetu. – Sólo me tomé unas pequeñas vacaciones. Pero ya volví…

– Sí, lo veo. ¿Por qué no tomas asiento de una vez?

Antes de que el Pingüino respondiera, Roman se sentó de nuevo en su silla y se cruzó una vez más de pierna. Su invitado, sin embargo, parecía algo dudoso de hacerlo al principio, pero al final lo hizo, tomando la silla justo frente a la de Máscara Negra. Las dos mujeres de kimono se pararon a cada lado de él, totalmente quietas como estatuas.

El anfitrión chasqueó los dedos para llamar la atención de los meseros, que rápidamente se movieron para llevar a la mesa algunos aperitivos, así como para servirle a cada uno una copa de vino.

El ascensor volvió a subir un poco después, y el resto de los hombros del Pingüino llegaron en él, incorporándose a sus compañeros. En un abrir y cerrar de ojos, el restaurante ya estaba un poco más lleno, aunque no precisamente por los clientes más agradables que hubieran podido tener.

– Espero que esta burda cena sea para discutir cómo me regresarás mi territorio. – Comentó Cobblepot con seriedad, mientras le servían un poco de vino tinto.

Escuchó entonces como Sionis bufaba de una manera nada disimulada.

– ¿Por qué insistes en obsesionarte tanto con tu pequeño territorio? – Soltó el mafioso con labia. – En especial cuando tenemos a toda Gótica a nuestra disposición.

Ese último comentario pareció extrañar un poco al Pingüino, quien arqueó una ceja con intriga.

– ¿No te has dado cuenta que tú y yo somos los últimos que quedamos? – Prosiguió Máscara Negra. – Falcone, Maroni, Thorne, Stromwell, Valestra, Dent, incluso nuestro viejo amigo el Payaso… Todos han caído gracias a Batman, y sus grupos han sido desmantelados. Sólo quedamos nosotros, tú y yo, los Últimos Grandes Señores del Crimen de Gótica.

– Un título que te queda bastante grande, muchacho.

– Pues estoy dispuesto a compartirlo. Porque, en lugar de estarnos peleando en una guerra sin sentido, deberíamos de trabajar juntos, y dividirnos Gótica mitad y mitad. – Eso sí que pareció sorprender a Cobblepot; se sobresaltó en su silla, y sus ojos se abrieron tanto que casi de desorbitaron. Bajo su máscara, Sionis sonreía complacido. – ¿Qué dices, viejo pajarraco?

Aunque en un inicio el Pingüino parecía intrigado por lo que acababa de escuchar, rápidamente recuperó la compostura. Miró fijamente al hombre frente a él, como si lo estuviera analizando; cosa difícil, considerando su máscara. Luego de un rato de silencio, extendió su mano izquierda hacia un lado, agitando un poco sus dedos. Esa sola señal fue suficiente para que uno de sus hombros se le acercara, y sacara de su abrigo una caja de habanos. El mismo hombre tomó uno y se lo colocó en su boca, para de inmediato prenderle fuego. Cobblepot aspiró profundamente y luego dejó salir una densa nube de humo al aire sobre él.

– Ciertamente no me esperaba esto. – Comentó con notoria tranquila. – Pero déjame preguntarte una cosa… Este repentino interés en trabajar conmigo, no tendrá algo que ver con la reaparición del chico de la máscara roja, ¿o sí?

El Pingüino no necesitaba poder ver su rostro, para darse cuenta que su sonrisa había desaparecido por completo; ahora era él el que sonreía complacido.

– Escuché lo que pasó anoche. Terrible, terrible… ¿Cómo cuánto perdiste en mercancía? ¿Unos cuantos millones?

La sola mención del hecho ocurrido la noche anterior, y el tono burlesco del criminal ante él, fue suficiente para exasperar a Máscara Negra. Sin embargo, pareció usar todo lo que podía tener de autocontrol para evitar dejarse llevar.

Lo imitó en parte, sacando del bolsillo interno de su saco, una caja rectangular y metálica de cigarrillos, y sacando uno de su interior. Los cigarrillos eran un tanto más largos de lo normal, para que pudiera fumarlos más cómodamente desde la apertura de la boca de su máscara. En cuanto se lo colocó en los labios, uno de los meseros ya estaba a su lado, listo para encendérselo. Igualmente aspiró con fuerza, para luego soltar el humo. Todos los presentes tenían que admitir que la imagen de esa máscara negra, exhalando humo por su boca, era bastante aterradora…

– Escucha, iré directo al grano contigo. – Exclamó Sionis con un tono totalmente serio, hasta algo lúgubre; muy diferente al tono seguro que había usado durante todo lo que iba de la noche antes de eso. – Batman es una cosa, pero este otro sujeto… ¡Está demente! Y quizás creas que decir eso en Gótica no es decir mucho, pero no sabes de lo que es capaz. Hace mucho lo subestimé, y las cosas se pusieron tan feas, que en mi desesperación recurrí al otro demente del Joker. Y está de más decir que eso sólo lo empeoró… Pero no pienso dejar que todo aquello se repita. He logrado mucho, y no dejaré que este mocoso lo arruine otra vez; así tenga que hacer volar en pedazos toda esta maldita ciudad de camino.

Cobblepot rio con fuerza, haciendo en el proceso algunos extraños sonidos similares a los de un ave.

– Lo siento, pero me es tan divertido verte así de nervioso, Sionis. – Comentó con un nada disimulado tono burlón. – Sí, ya sé de antemano de lo ocurrido entre este sujeto y tú hace años. Aun así, un hombre sabio te diría que dejes que Batman se encargue de él. Paulatinamente, el Murciélago lo hará a un lado; siempre lo hace.

– Y mientras tanto, hará trizas mis negocios… ¡nuestros negocios! – Exclamó con fuerza, chocando su puño contra la mesa, y haciendo que su copa de vino se derramara; mas esto no le importó mucho. – Y sumará innumerables bajas en nuestras filas. Tienes que créeme en lo que te digo: necesitamos unirnos y acabar con este sujeto, ahora mismo.

Cobblepot no parecía mutarse siquiera ante el arrebato de su anfitrión. De hecho, éste parecía haberle puesto de mucho mejor humor, considerando cuál había sido su estado al llegar al hotel.

Escuchó como el celular de uno de sus hombres, precisamente del jefe de su seguridad esa noche, comenzó a sonar. Éste, nervioso, comenzó a inspeccionar apresurado sus bolsillos, hasta encontrar el pequeño aparato. Salió apresurado hacia el pasillo, sosteniendo el teléfono a un lado de su oído. El Pingüino lo miró unos instantes sobre su hombro, pero luego se giró de nuevo a su anfitrión.

– Lo siento, pero no creo que sea para tanto barullo. Este chico es un pesado, sí; pero no me preocupa. He sabido sobrevivir a Batman todos estos años, y lo haré a este amateur con delirios de grandeza.

– No sabes lo que estás diciendo.

– Al contrario, creo que tú estás dejando que tus sentimientos por lo ocurrido hace años, nublen tu juicio. Ya sea Batman, o alguno de nosotros, o quizás caiga él solo a una alcantarilla y se rompa el cuello; da igual. Tarde o temprano caerá, o se aburrirá.

– ¿Tengo que recordarte que fue este sujeto quien…? – Guardó silencio unos momentos, casi como si temiera decir lo siguiente en voz alta. – ¿Qué fue quien acabó… con el Payaso?

El Pingüino se quedó serio, helado en su silla. Aspiró un poco por su nariz, y tomó entonces su copa de vino, dándole un pequeño sorbo. El tema también parecía tener un poco de efecto en él.

– Y le hizo un favor a todos, si se me permite decirlo. Pero yo diría que fue más un golpe de suerte. Dudo mucho que pueda…

El hombre que había salido a atender el teléfono, entró rápidamente de regreso, y se acercó hacia su jefe, notándosele muy agitado.

– Señor… Sucedió algo. – Comentó entre jadeos, estando de pie a su lado.

– ¿Qué cosa?, habla. – Respondió él a su vez, sin darle mucha importancia.

El hombre se acercó a su oído y le comenzó a susurrar muy despacio. Los primeros segundos el rostro de Cobblepot se mantuvo calmado. Sin embargo, abruptamente cambió y se convirtió en una densa expresión de enojo.

– ¡¿Qué?! – Exclamó con gran fuerza, parándose de pie de golpe, y tirando su silla hacia atrás en el proceso. Esto alertó a todos, incluso a Máscara Negra. Acto seguido, dirigió sus manos hacia el abrigo de su hombre, y lo tomó con fuerza, atrayéndolo hacia él para encararlo. – ¡Repítelo!

– Ah… Ah… – El hombre comenzó a balbucear nervioso. – El barco que venía de las Bahamas fue atacado… Y casi hundido…

– ¡¿Cómo que casi hundido?! ¡¿Por quién?!

– No lo sabemos aún… Pero… Al parecer usaba bombas… Y armas de fuego. No creen que haya sido Batman…

Esa información dejó pasmado al Pingüino. Antes de que pudiera reaccionar por completo a ello, pudo escuchar como el hombre al otro lado de la mesa soltaba una aguda carcajada.

– Qué interesante. – Comentó Máscara Negra, notoriamente divertido por lo que escuchaba. – ¿Necesitas que te diga quién fue?

No, no lo necesitaba; podía darse fácilmente una idea de quién había sido.

– ¡¿Qué pasó con el cargamento?! – Soltó con furia, agitando un poco al mensajero de las malas noticias.

– Gran parte de él se perdió en la explosión… Y el resto… Creo que la policía lo confiscó…

– ¡¿Mi cargamento?! ¡¿Todo el cargamento?! ¡¡Aaaah!! – Inspirado por un gran arrebato de rabia, tomó al hombre y lo alzó en el aire con sus fuertes manos, lanzándolo con fuerza contra la mesa. El hombre cayó de espaldas contra ésta, tirando todo lo que había sobre ella, incluyendo las copas de vino. – ¡Ese maldito imbécil!

Tanto los hombres de Máscara Negra, como del propio Pingüino, a excepción de las dos mujeres de kimono que continuaban quieras en su lugar como dos firmes pilares, e incluso los meseros del lugar, parecieron asustarse por ese repentino acto, y estaban dudosos de incluso dar cualquier paso, en cualquier dirección. Sin embargo, Roman se veía muy tranquilo; ni siquiera se había mutado al ver al hombre estrellarse contra la mesa, justo frente a él.

– Es una pena; terrible, terrible. – Comentó con un tono burlón. – ¿Cómo cuánto perdiste? ¿Unos cuantos millones?

Oswald volteó a verlo con sus ojos llenos de furia; su comentario, aunque fuera imitando lo mismo que él le acababa de decir sólo unos minutos antes, no le causaba la menor de las gracias.

– ¿Ves ahora lo que te digo? – Prosiguió, ahora con un semblante mucho más serio. – Batman se enfoca en aprendernos y encarcelarnos; este tipo lo único que quiere destruir. Es lo más cercano a un maldito terrorista religioso; no puedes simplemente esperar “sobrevivir” a él. Y te aseguro que sólo está comenzando…

El Pingüino comenzó a andar de un lado a otro, agitando su paraguas como si esperara golpear o algo o alguien. Gemía y gruñía con molestia, maldiciendo en voz baja al sujeto que se había atrevido a atacarlo de esa forma tan desastrosa. Estuvo así por un rato, y en todo ese tiempo Máscara Negra simplemente lo seguía con la vista, en silencio.

Entonces se detuvo de golpe. Miró unos momentos al suelo, y luego se giró lentamente hacia su anfitrión.

– Bien, hagámoslo. – Murmuró, aun con rastros de enojo en su voz. – ¿Qué propones?

Una vez más, Máscara Negra volvió a sonreír complacido debajo de su máscara…

FIN DEL CAPITULO 13

Notas del Autor:

Y al fin sabemos qué era lo que molestaba tanto a Bárbara… Aunque, era demasiado obvio, ¿no? En fin, cómo notas creo que sólo me queda mencionar que Roman Sionis, alias Máscara Negra, está más que nada inspirado en su versión del juego Batman: Arkham Origins (con la excepción de que en este punto su máscara ya está totalmente unida a su cara, como en los cómics), aunque toda su relación previa con Red Hood que se ha mencionado hasta ahora, está más basada en los acontecimientos de la película Batman: Under the Red Hood y su respectivo cómic.

A su vez, las dos mujeres de kimono y máscara que acompañaban al Pingüino en su reunión, están basadas en las Gemelas Kabuki, que servían de ayudantes y guardaespaldas de dicho villano en la serie animada de The Batman.

Por último, cabe mencionar que durante su conversación, Máscara Negra menciona algunos nombres de antiguos mafiosos, entre los cuales Stromwell y Valestra, son ambos personajes directamente de Batman: la Serie Animada que quizás algunos lleguen a recordar (o quizás no).

Como han podido ver a lo largo de estos capítulos, tomó aspectos de diferentes lugares para crear esta línea, no sólo los cómics sino también adaptaciones animadas, juegos, o incluso películas. Pero bueno, eso es todo por ahora. ¿Qué pasará de aquí en adelante? Quédense al pendiente para saberlo.

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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