Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 03. La Peor Villana

5 de febrero del 2017

Notas del Autor:

Hola a todos, ¿cómo están? Sólo quería interrumpir su lectura un segundo para una reflexión. Mientras escribía este capítulo, y planeaba los siguientes, me di cuenta de que, aunque dije en un inicio que el mundo en el que se plasmaría esta historia sería algo más medioevo, mi visión de este mundo es de hecho un poco más moderna que como se ve el mundo de Once Upon a Time. No mucho, pero si un poco más, sobre todo en detalles como la estructura de las ciudades, y lo que habrá en ellas. Así que no se extrañen si describo cosas que quizás no concuerden mucho en un inicio. Lo importante a tener en cuenta es que no es un mundo moderno como en Descendientes, por ejemplo, sino uno un tanto más antiguo.

Espero esto no haya sido complicado de entender, o que al menos se haga clara con el pasar de los capítulos. Sin más, comencemos de una vez.


Mi Final Feliz... - Capítulo 03. La Peor Villana


 Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 03
La Peor Villana

Faltando al menos dos semanas para el inicio oficial del festival, por esas fechas era más que común ir viendo llegar de a una a una las diferentes procesiones provenientes de los diferentes reinos, que traían consigo a sus dirigentes y personalidades de su corte. Siempre era más común el año en el que, por alguna u otra razón, alguno de los dirigentes de los Siete Reinos se ausentaba de las festividades, más que las veces en las que los siete se reunían sin falla. Pero esa era después de todo una ocasión muy especial: el aniversario número veinte, así que era más que esperado por todos que en efecto, esa fuera una de las ocasiones especiales en que todos se reunieran en la hermosa ciudad Capital de Auradon.

Dicha capital era llamada por muchos como la ciudad más hermosa de los Siete Reinos, aunque era un título para nada oficial. Era una ciudad de gran extensión, a la orilla del mar, con sus calles totalmente empedradas, y muy limpias. El centro principal, en el que se encontraba el castillo real, la Academia de Caballeros, la Gran Biblioteca, el Museo de Historia, entre otros muchos otros edificios importantes, se encontraba tras una alta muralla de roca fortificada; una muralla, sin embargo, cuyas entradas, aunque fuertemente custodiada, siempre estaban abiertas para que las personas entraran y salieran de dicha área.

Hace un par de días atrás, la procesión de Austrix, encabezada por el Rey Thomas, la Reina Ella y el Príncipe Chad, había sido la primera en llegar. La gente los recibió desde sus ventanas y balcones, saludándolos con alegría mientras avanzaban por la calle principal en dirección al palacio, en donde los seis dirigentes invitados se hospedarían. Y ahora, ese mismo día a media mañana, la segunda procesión había llegado a la ciudad y su recibimiento había sido igual, o incluso más efusivo que el primero. Era ahora el turno del Reino de Florian, encabezado por el Rey David y la Reina Blanca Nieves, y claro por sus dos hijos Neal y Emma. Era ésta última la que causaba más emoción entre las personas. La noticia del compromiso de la Princesa Emma con el Príncipe Ben ya era conocida en cada rincón, por lo que las personas luchaban por poder echarle un buen vistazo a la que sería su próxima reina.

Emma era más que consciente de cómo las personas la miraban y vitoreaban, mientras ella seguía arriba de su caballo, con su cabeza agachada; sólo de vez en cuando volteando, sonriendo, y saludando casualmente con su mano, para luego volver a como se encontraba anteriormente. Ese tipo de desfiles públicos no eran nada nuevos para ella, pero ese en especial le causaba una notoria incomodidad. Ya que no estaba siendo exhibida ante el pueblo como la Princesa Emma de Florian, sino como la futura Reina Emma de Auradon…

De alguna forma logró resistir de todo ese trago amargo, y lograr llegar hasta el enorme, reluciente, y muy blanco Castillo Real de Auradon. En esa ocasión se veía incluso más enorme, reluciente y blanco que de costumbre, pues de seguro habían puesto real empeño en que se viera así para el festival. La caravana ingresó por el portón principal, y se dirigió hasta las largas escaleras que llevaban a las puertas. Al pie de éstas, los esperaban varios guardias, vestidos con armaduras y portando el estandarte del lobo dorado de Auradon, una fila de sirvientes y, en el centro, luciendo un hermoso vestido amarillo claro, con una estola blanca y dorada, ni más ni menos que Belle, la Reina en persona de Auradon.

Al verlos acercarse, y sobre todo al ver Blanca Nieves y David entrando montados en sus caballos al frente de todos, una amplia sonrisa divertida se dibujó en los labios rojos de la mujer delgada, de cabello castaño oscuro, rizado y semirecogido en una cebolla.

“Típico de ti, Nieves”, pensó para sí misma, aguardando paciente en su posición. Su emoción se volvió aún más grande al ver a Emma cabalgando detrás de ellos. Usaba ropas de viaje y un amplio abrigo, y traía su cabello suelto sin mucho arreglo, pero aun así se veía hermosísima, y radiaba ese encanto tan único que sólo ella poseía. Desde su perspectiva, no hubiera podido haber sido bendecida con una mejor nuera, por no decir hija.

Los tres caballos que llevaban respectivamente a Blanca Nieves y Neal, David, y Emma, se colocaron justo frente al grupo de bienvenida, o más específicamente frente a la Reina Belle. Los tres bajaron siendo ayudados por un par de sirvientes de Auradon, y los cuatro entonces se acercaron hacia su anfitriona, quien los recibía, literalmente, con los brazos abiertos.

– Blanca Nieves, bienvenida. – Exclamó con emoción, dándole un suave abrazo a su vieja amiga, mismo que ella de inmediato le correspondió.

– ¡Belle! Cuánto tiempo. Te ves hermosa.

– No digas tonterías. Tú te ves radiante.

Ambas se miraban y se hablaban la una a la otra de manera tan natural y sincera, que difícilmente alguien pudiera adivinar sin saber que ambas eran las reinas de sus respectivos reinos.

La atención de Belle se centró ahora en el pequeño Príncipe que permanecía de pie a lado de su padre.

– Y el pequeño Neal. – Soltó con júbilo, agachándose frente al niño y tomando su mejilla entre sus dedos. – Cómo has crecido.

– Aún estoy en crecimiento, tía Belle. – Soltó el niño, ligeramente adolorido por el pellizco. Un par de risillas se escucharon provenir de los tres adultos.

– David, bienvenido otra vez. – Abrazó entonces a continuación al Rey de Florian, de una forma menos efusiva que a Blanca Nieves, pero no por eso sin alegría.

– Belle, gracias por recibirnos. – Le respondió David con la misma emoción.

Y entonces tocó el turno a la cuarta miembro de la realeza de Florian: la Princesa Emma, que permanecía algunos pasos detrás de sus padres. Belle no se molestó en lo más mínimo en disimular que era precisamente ella la que le causaba mayor emoción, y Emma, de nuevo, no pareció para nada cómoda con ello, pues conocía de antemano los motivos de dicha emoción, que no eran muy distintos a los de la gente de afuera.

– Y mi pequeña Emma. – Señaló con frenesí, acercándose a ella con sus brazos extendidos. –  Ven a mis brazos, querida.

Emma no se movió ni un centímetro de su sitio. Algo resignada, dejó que la bella mujer se le acercara y la rodeara con considerable fuerza. Era de hecho más fuerte de lo que su complexión delgada pudiera hacer creer.

– Hola, tía Belle. – Respondió la joven rubia con algo de cautela en su tono.

– Te he dicho muchas veces que tú ya no tienes que decirme tía. – Le murmuró sin dejar de abrazarla. – Siempre hemos sido familia, y siempre has sido como una hija para mí, y lo sabes. Pero ahora en verdad lo serás, y no sabes lo feliz que eso me hace.

En realidad sí lo sabía, o al menos en gran medida. Era fácil para cualquiera darse cuenta de que era de hecho la Reina Belle la más emocionada y feliz con el reciente matrimonio, incluso considerablemente más que sus padres. Emma en realidad no entendía el porqué de tanta alegría de su parte, sobre todo incluso mayor que la que evidentemente demostraban Ben y ella. Quizás en el fondo daba las gracias de que la segunda persona nacida en el linaje de los Siete Reinos después de Ben, haya sido alguien como ella, y no alguien como… Audrey, primogénita de la Reina Aurora, por ejemplo, y a quien de hecho le llevaba un poco menos de dos meses de diferencia en edad. Claro, aunque lo pensara, jamás lo diría en voz alta, y menos frente a Audrey y su familia.

– Te ves tan hermosa, cariño.

– Gracias…

La presencia de una persona más, cerca de ellos, llamó la atención de todos. El Príncipe Ben de Auradon, vistiendo un elegante traje azul de botones dorados y saco largo, y luciendo una llamativa espada enfundada a su costado, acababa de salir por las puertas principales y ahora estaba de pie al final de las escaleras, echándole un discreto vistazo a los recién llegados.

– Ben, ¿qué esperas? – Exclamó Belle rápidamente al notar a su hijo, y rápidamente le indicó con su mano que se acercara. – Ven y saluda a tu prometida.

– Sí, claro. – Respondió apresurado el príncipe, y rápidamente comenzó a bajar los escalones. – Reina Blanca Nieves, Rey David, bienvenidos a Auradon.

Saludó rápidamente a los Reyes de Florian, con una pequeña reverencia con su cabeza y un apretón de manos, mismos que ellos devolvieron gentilmente. Luego se viró hacia Emma, quien lo miraba fijamente con notorio… tedio en su mirada. Se aclaró un poco su garganta, se acercó un par pasos más hacia ella, y entonces hizo una profunda reverencia, tomando la mano derecha de la princesa y dándole un sobrio beso en ella.

– Emma.

– Ben.

Y entonces ambos se quedaron en silencio, sin siquiera voltearse a ver el uno al otro, y manteniendo cierta distancia. Sus padres presentes, miraban a ambos chicos en silencio, cada uno con reacciones diversas en sus rostros.

– Cuánto amor… – Murmuró de pronto el Rey David, siendo al final mucho menos disimulado de lo que planeaba en un inicio, a lo que Blanca Nieves le respondió dándole una fuerte palmada en el pecho a modo de reprimenda.

– Buen, pero pasen, pasen. – Señaló Belle de inmediato, tomándose la libertad de acercarse a Blanca Nieves, y entrelazar su brazo derecho con su brazo izquierdo, y comenzar a guiarla subiendo las escaleras. – Deben estar agotados por el viaje, después de todo.

– Fue bastante tranquilo, en realidad. – Señaló David, quien subía los escalones a lado de su mujer, cargando en sus brazos a su hijo. – ¿Cómo está Adam?

Belle sobresaltó un poco por la repentina pregunta. Les pareció por un instante detectar cierto atavismo de duda al momento de querer responder. Carraspeó un poco, se volteó al frente, y entonces respondió de la forma más serena posible.

– Bien, bien. Ha estado un poco indispuesto, pero espero nos pueda acompañar a la cena. – Guardó silencio unos momentos, mirando al frente de forma pensativa. Blanca Nieves y David por igual pensaron en peguntarle más al respecto, pero ella, casi leyéndoles la mente, cambió el tema de pronto. – Eso me recuerda, Ella y Thomas llegaron antier en la tarde. De seguro estarán muy contentos de saludarlos.

– Sería agradable. – Señaló Blanca Nieves.

Los tres ingresaron al interior del castillo, seguidos por detrás por los sirvientes de Auradon. Por su parte, los sirvientes que habían acompañado a los reyes de Florian, se encontraban descargando el equipaje que habían traído, mientras los soldados se ponían de acuerdo con la guardia de Auradon sobre a donde reportarse para conocer el plan de protección del castillo y sus alrededores.

En un abrir y cerrar de ojos, Emma y Ben, los futuros reyes de Auradon se habían quedado solos al pie de las escaleras, uno frente al otro, en absoluto silencio.

– Ah… – Emitió Ben de pronto, dudoso. – ¿Vamos también?

– Si es necesario.

Ben le ofreció su brazo a Emma, pero ella lo ignoró, y quizás incluso ni siquiera se dio cuenta de su acto, y comenzó a subir las escaleras por su propia cuenta. Él se apresuró rápidamente para andar a su lado.

– Y… ¿Qué tal el viaje?

– Tranquilo. – Le respondió la joven rubia de forma marcadamente seca.

– Oh, pues… me alegra. Sí…

Les siguieron entonces unos segundos más de silencio incómodo, hasta que los dos llegaron al final de las largas escaleras. Sin embargo, antes de que cruzaran las puertas, Ben se detuvo abruptamente.

– Oye, Emma; aguarda, por favor. – Le indicó con discreción, haciendo que la Princesa también se detuviera y se virara hacia él. – Escucha… Sé que todo esto del festival y las ceremonias… Bueno, lo que trato de decir es que no tiene por qué ser algo incómodo, ¿verdad? Nos conocemos de toda la vida, somos grandes amigos, y hemos hecho cosas mucho más embarazosas que éstas…

– Sobre todo tú. – Interrumpió Emma de pronto, y una pequeña sonrisa se dibujó en labios. Esto le dio un poco más de confianza a Ben.

– Es un momento importante para nuestros padres y para todo el reino en realidad. Veinte años de paz no son cualquier cosa.

– Dímelo a mí. – Vociferó con fastidio. – Llevo semanas escuchándolo de mis padres. Pero supongo que es inevitable. Como dice mi madre, sólo debo dar el paso y lanzarme. No es como que me quede de otra.

– Sí, así es… Aunque yo no lo diría de esa forma. Pero sé que todo saldrá bien. Y aún tenemos varios días antes de tener que preocuparnos por ello; así que intentemos divertirnos como lo hacemos cada año. ¿Qué dices?

Emma se volteó ligeramente hacia otro lado, casi como si quisiera transmitir indiferencia a sus palabras. Pero de hecho, Ben notaba como seguía sonriendo.

– Como siempre tu positivismo es tan empalagosamente contagioso, Ben. – Soltó de pronto con un tono ligeramente juguetón, al que Ben sólo pudo responder con una risilla sincera.

Emma siempre era muy reservada con algunas cosas. Aunque casi siempre era muy directa con lo que quería decir, si esto tenía algo que ver directamente con ella, sus sentimientos o en lo que estaba pensando, sus palabras se volvían un tanto crípticas. Sin embargo, con los años que llevaba de conocerla, Ben había logrado entender un poco el mensaje oculto de algunas de esas frases crípticas. Por ello sabía que con palabras más, palabras menos, Emma se veía mucho más relajada que como la había notado en el momento justo en el que había llegado.

Ben lo intentó una segunda vez, y volvió a ponerse a su lado para ofrecerle su brazo y escoltarla.

– ¿Entramos?

– Supongo que es lo políticamente correcto. – Le contestó la rubia encogiéndose de hombros.

Entrelazó entonces un brazo con el que Ben le ofrecía, y ambos avanzaron lado a lado hacia el interior del castillo.

– – – –

 Mal salió a toda prisa de la taberna del Sombrero Bailarín, tras la que podría fácilmente describir como la más extraña conversación de su vida. Caminó veloz por la calle principal, teniendo sus manos aferradas a su bolso, y volteando a todos lados como si temiera que alguien la siguiera. Tenía más que claro lo que debía de hacer a continuación: irse directo y sin escala a su refugio, tomar todas sus cosas, o al menos las que cupieran en su bolso, e irse de ese mugriento pueblo para nunca jamás volver.

Desde siempre había sabido que si alguien descubría lo de su magia, la única opción posible era poner pies en polvorosa lo antes posible. Y encima de todo, no sólo habían descubierto lo de su magia; esa mujer anciana y esa chica le habían dicho sin miramientos una sarta de tonterías, empezando por decir que era la hija de Maléfica. ¿Cómo esperaban que se creyera algo como eso? Era obvio que estaban buscando engañarla, y conseguir algo… ¿Qué?, no tenía ni idea, y con más razón debía de alejarse lo más pronto posible.

Ella la Hija de Maléfica. Era absurdo, una tontería, algo que ni siquiera valía la pena meditar. Era simplemente… Un engaño, una mentira… Un timo… Sí, eso debía de ser… Tenía que serlo…

Luego de un rato, ya se encontraba a las afueras del pueblo, siguiendo el camino que daba hacia el sur. Unos cuantos metros más adelante, se encontraba el río seco, y el puente que lo cruzaba, bajo el cual se las había arreglado para crearse una guarida que nadie más conocía. Sólo unos cuantos pasos más, y ya estaría en su hogar, si es que acaso se le podía llamar así.

– ¡Oye!, ¡chiquilla! – Escuchó como alguien gritaba con gran fuerza a sus espaldas, haciendo que se detuviera de golpe por mero reflejo.

Se giró rápidamente sobre su hombro, y más atrás por el camino vio como tres hombres altos y fornidos se acercaban a ella. El que iba hasta el frente de los otros dos le pareció reconocible casi de inmediato; era el hombre de cabeza rapada que había participado en su juego de los cocos, justo antes de la mujer rojo.

– Oh, genial. – Resopló al aire a modo de maldición.

– Quiero mi dinero. – Exigió el hombre rapado con violencia, señalándola con enorme garrote que sostenía en su mano derecha.

– Sólo fueron dos monedas de plata. – Le contestó con indiferencia. – No seas patético y vete a casa.

Sin más, se dio media vuelta y se dispuso se seguir con su camino como si nada hubiera pasado. Pero era más que obvio que esos hombres no iban a permitirlo tan fácil.

– Hiciste trampa, estoy seguro de eso. – Prosiguió el hombre, mientras él y sus acompañantes la seguían. – Ahora dame mi dinero o te acusaré con los guardias.

¿Enserio estaba pasando eso justo ahora?, ¿justo cuando tenía mil y una cosas en la cabeza distrayéndola? No era el primer “cliente insatisfecho”, por decirlo de algún modo, con el que se encontraba. Normalmente se las arreglaba muy fácilmente para lavarse las manos del problema. Pero en esos momentos, lo que menos deseaba era perder el tiempo en estupideces como esa.

Se detuvo abruptamente y se giró de lleno hacia sus perseguidores. Dio un par de pasos hacia aquel que la amenazaba, y lo encaró de frente sin siquiera pestañar.

– ¿Sabes qué? – Exclamó con dureza, mientras lo miraba fijamente. – No me da la gana hacerlo. Así que váyanse al cuerno.

Los tres hombres percibieron algo extraño en la mirada de esa chica en cuanto se les acercó de esa forma. Sus ojos verdes… No parecían normales; no parecían siquiera los ojos de un ser humano, sino los ojos de algún tipo de monstruo… Incluso les pareció percibir como brillaban ligeramente, lo que por unos momentos les causó un inexplicable sentimiento de aprensión.

Mal se giró de nuevo y se dispuso a seguir su camino. En cuanto les quitó sus penetrantes ojos de encima, los tres parecieron reaccionar, como despertando de un extraño sueño, y de inmediato fueron conscientes de la situación.

– ¡Ven acá! – Exclamó furioso el hombre rapado, aproximándosele con rapidez, y tomando su brazo derecho con fuerza con su grande y fuerte mano izquierda.

– ¡Suéltame! – Le gritó la joven con furia, empezando a forcejar.

El hombre la atrajo hacia sí, doblándole el brazo contra su espalda, y colocando su garrote contra su garganta para someterla.

– ¡Quítale su bolsa! – Le indicó rápidamente a uno de sus compañeros, que rápidamente obedeció, tirando de su bolso de viaje con fuerza y rompiendo la correa en ese mismo movimiento.

– Nos llevaremos todo de una vez. – Señaló el otro de ellos, asomándose a ver el interior del bolso, sobre todo la bolsa de monedas que guardaba dentro. – Por los intereses, claro.

– ¡Dejen mis cosas! – Exigió Mal casi con desesperación, pero sus palabras cayeron en oídos sordos.

Una vez que tuvieron su bolso en su poder, la soltaron y la empujaron con violencia al suelo. La joven dio un par de pasos en falso, para luego caer de narices a tierra, raspándose un poco su barbilla.

– Es lo que te mereces, por ladrona. – Le gritó uno de ellos, y fue acompañado por las risas hirientes de los otros dos.

Sin más, comenzaron a caminar de regreso al pueblo, platicando entre ellos qué era lo que harían con todo ese dinero nuevo. Pero Mal no tenía pensado permitirles gastar ni una sola moneda de bronce…

Llena de frustración y de enojo, la joven de cabellos morados apretó sus puños con furia sobre la tierra, y de entre sus dedos parecían escaparse pequeñas chispas verdosas. Se apoyó rápidamente en sus rodillas y comenzó a ponerse de pie, virándose de inmediato hacia los tres que se habían atrevido a ponerle siquiera un dedo encima.

– ¡Vuelven acá! – Les gritó casi como un rugido. – ¡Esas son mis cosas! ¡No tienen derecho!

Sin siquiera pensarlo, se les lanzó encima a toda velocidad como un animal salvaje. Se  encaramó al cuello del hombre rapado, rodeándolo con sus brazos, y comenzando a patearle su espalda con fuerza, y e incluso le arañó la cara y la cabeza con sus largas uñas. El hombre soltó varios gemidos de dolor por el repentino ataque. Luego de forcejear un rato. La tomó de sus brazos, y la alzó sobre su cabeza, tirándola de espaldas al suelo frente a ellos.

– ¡Maldita desgraciada! – Exclamó furioso, alzando en ese momento su garrote al aire con la clara intención de dejarlo caer sobre su frágil cuerpo.

Al ver el inminente pedazo de madera acercándosele de esa forma, Mal reacción de inmediato alzando sus manos hacia éste, y en parte queriéndolo y en parte no, de sus palmas surgieron dos grandes llamaradas de fuego verde, que cubrieron el garrote casi por completo.

Los tres hombres retrocedieron un paso por la impresión. El garrote en las manos del más grande estaba siendo consumido rápidamente, por lo que de inmediato lo soltó al suelo. La madera se fue desvaneciendo hasta que sólo quedaron cenizas. La luz verdosa del fuego pareció permanecer unos instantes ante ellos, aun después de que las llamas habían desaparecido.

– ¡Eso fue magia! – Exclamó uno de ellos, señalando incrédulo a la chica en el suelo. – ¡Magia te digo!

– ¡Es una Maga Negra! – Señaló otro de ellos, notoriamente alarmado.

– Pero es imposible.

– ¡¿Qué acabas de ver?!

Mal comenzó a levantarse de nuevo, y a su más pequeño movimiento, los hombres volvieron a retroceder, y aquel que traía su bolso de viaje lo soltó abruptamente por la impresión.



– ¡Corran! ¡Vámonos!

Sin pensarlo dos veces, los tres comenzaron a correr despavoridos hacia el pueblo. Mal, aun sentada en el suelo, y con su cabeza adolorida por el golpe contra éste, vio con una mezcla de sentimiento como los tres se alejaban.

– Maldita sea. – Soltó en voz baja sin poder evitarlo.

Se giró para tomar de nuevo su bolso de viaje y entonces se paró rápidamente de su lugar. Esos tipos habían roto la correa de su bolso, por lo que tenía que llevárselo abrazado contra sí.

Eso jamás le había pasado. Mostrar de esa forma tan clara y determinante su magia ante las personas, era sin lugar a duda la peor estupidez que había hecho. ¿Pero qué podría haber hecho en su lugar? ¿Dejar que la golpearan hasta matarla? ¿Qué se llevaran su dinero con total libertad e impunidad? Al final daba igual; lo hecho, hecho estaba. Si antes le quedaba alguna duda de que debía irse de ese sitio, dicha duda se había esfumado por completo para esos momentos.

Su paso fue aún más apresurado que antes; literalmente corrió a toda prisa el tramo que le faltaba para llegar al puente. Tuvo que detenerse unos instantes bajo el puente a recobrar el aliento, antes de empujar rápidamente la enorme piedra que servía de puerta. Entró apresurada a la cueva secreta, sin siquiera molestarse en cerrar de nuevo. Tomó de inmediato todo lo que le fue posible. Lo primero en su lista de prioridades fueron sus dibujos, lápices de grafito y pinturas. Luego otras dos bolsas con dinero que tenía ahí guardadas, y otras prendas de vestir, no mucho mejor cuidadas que las que tenía puestas. Por último sólo un par de velas, y entonces volvió a salir, todo en menos de tres minutos.

Volvió entonces al camino, y se dispuso seguir de largo. ¿A dónde iría? No tenía ni la menor idea, pero cualquier sitio era mejor que ese. No quería ni saber qué ocurriría cuando se esparciera del rumor de una chica con su descripción que había usado magia. ¿Podría encontrar algún nuevo sitio en el cual vivir? ¿Tendría que cambiar su apariencia quizás? Todo eso para ella era culpa de esa mujer y su supuesta nieta. De no haber aparecido a revolverle su cabeza con sus trucos y cuentos, nada de eso hubiera pasado…

– ¡Es ella! – Escuchó como un fuerte estruendo a sus espaldas.

Mal se quedó pasmada al escuchar tal grito, y por mera inercia se giró rápidamente, sólo para percibir una imagen nada alentadora: Los tres hombres que la acababan de atacar, se acercaban a toda prisa por el camino, acompañados de cinco guardias vestidos con armaduras, y armados con lanzas, espadas y arcos. ¿Cómo habían ido tan rápido? ¿O acaso ella había sido demasiado lenta?

– ¡Es la Maga Negra! – Señaló uno de los hombres con energía, apuntándola con su dedo.

Los cinco guardias rápidamente empuñaron sus armas, y se le acercaron un par de pasos, aunque mantenían su distancia. Mal igualmente retrocedió, mirando a todos lados intentando identificar cuál era la mejor ruta para salir corriendo.

– Quédate quieta, jovencita. – Le ordenó uno de los guardias con tono autoritario.

– Oigan, todo esto es un malentendido. – Respondió la joven de cabellos morados, intentando reflejar la mayor normalidad posible. – No sé lo que estos sujetos creyeron ver, pero fueron ellos los que me querían robar, y yo sólo me defendí. Pero ya no importa, ¿de acuerdo? Sólo me quiero ir en paz.

– ¡No la escuchen! – Intervino rápidamente uno de sus acusadores. – ¡No es una persona ordinaria! ¡Todos vimos cómo brotó fuego verde de sus manos!

– ¿Fuego verde? – Exclamó sorprendido uno de los guardias, y entonces los cinco se miraron los unos a los ojos con notoria preocupación.

– ¡No la dejen ir! – Prosiguieron los tres hombres. – ¡Es una villana!, ¡una ladrona y una estafadora!

– Miren sus ojos. No son los de una persona normal.

– Y su cabello.

– ¡Arréstenla!

Era difícil describir lo que Mal comenzaba a sentir en esos momentos. ¿Rabia? ¿Sorpresa? ¿Incomodidad? ¿Molestia? ¿Incluso… tristeza? En su cabeza, todos esos gritos, todas esas acusaciones, como la miraban y señalaban… Era como volver a tener a seis años, estar vestida apenas con partes de sacos de papas que intentaba hacer pasar por ropas, y sentir como las personas la miraban exactamente igual…

“Ella es Maligna”

“¡Aléjate de Mal!”

“Sus ojos son los de un monstruo”

“No confíes en ella”

“¡No te acerques a Mal!”

Siempre lo mismo. Las personas siempre reaccionaban de la misma maldita forma. Todos eran exactamente iguales…

– Vendrás con nosotros. – Señaló uno de los guardias, empuñando su lanza frente a él. Sin embargo, Mal no tenía pensado obedecer.

Sin detenerse mucho a meditarlo, se dio media vuelta y comenzó a correr por el camino con todas sus fuerzas. Los guardias y los tres hombres que los habían traído no tardaron tampoco mucho en comenzar a correr detrás de ella para cazarla. Mal era ligera y ágil, por lo que no tuvo problema en adelantarse gran distancia en un poco tiempo. Sin embargo, aun con su armadura apuesta, uno de los guardias resultó ser lo suficientemente atlético para acortar dicha distancia rápidamente.

Cuando menos lo pensó, el guardia se le lanzó encima, tacleándola y tirándola al suelo. La joven forcejó en la tierra, mientras el guardia la sometía con sus fuertes manos, evitando que pudiera levantarse.

– ¡No! ¡No he hecho nada malo!

Los demás hombres se acercaron luego de un rato, y entre todos los guardias la alzaron y sujetaron fuerza. Mal pataleaba, agitaba sus brazos, y todo su cuerpo en general. Pero la fuerza conjunta de los cinco guardias pareció ser demasiada para ella. Comenzaba a sentirse más y más desesperada y ansiosa. Los hombres empezaban a arrastrarla de regreso al pueblo; los otros tres que le habían acusado, la miraban sonrientes y satisfechos por la escena.

¿Eso sería todo? ¿Sería arrestada, y quizás algo mucho peor, sólo por haberse defendido? Sí, había engañado a ese hombre con magia para ganarle dos míseras monedas de plata. ¿Pero ese era motivo suficiente para ser tratada de esa forma? ¿Casi como si fuera un animal salvaje? Sólo por poseer esos poderes con los que había nacido sin siquiera quererlos, ¿ya eso les daba el derecho de hacer con ella lo que quisieran?

No, no lo iba a permitir… De ninguna forma…

– ¡Dije que no!

Sus ojos comenzaron a brillar con un intenso fulgor verdoso. Las palmas de sus manos se cubrieron de fuego verde, y al agitar sus brazos con violencia hacia los lados como le fue posible, las llamas se extendieron hacia todas direcciones. Los guardias, asustados por la repentina presencia de las llamas, la soltaron rápidamente y retrocedieron varios pasos para alejarse de ella. Todos, incluidos sus tres acusadores, la miraban a la distancia, totalmente atónitos. Mal, por su lado quedó de pie, rodeada por todos ellos, con sus ojos brillando con intensidad y las llamas verdes no sólo cubriendo sus manos, sino rodeando casi todo su cuerpo, mas ella no parecía sentir el menor dolor ante su presencia.

– Fuego verde. – Comentó uno de los guardias en voz baja.

– No puede ser…. ¡Es el Fuego de Maléfica! – Señaló otro de ellos, casi espantado.

Esa repentina mención pareció sorprender de sobremanera a la joven de cabellos morados.

– ¿Maléfica?

Mal volteó a ver sus propias manos y el resto de su cuerpo, cubierto con esas llamas tan extrañas, con las que ella había vivido prácticamente toda su vida, y ya eran algo común para ella, casi como una parte más de su ser. ¿Pero acaso acababan de decir que ese era el fuego de Maléfica? ¿La Villana Maléfica? ¿La misma que esa mujer de vestido rojo le había dicho que era su…?

¿Podría ser cierto eso que le dijo? ¿Podría no haberse tratado de algún tipo de broma? ¿Podría realmente ella, ser la Hija de una de las Villanas más poderosas y crueles de Hendrieth, y quizás de los Siete Reinos?

Alzó de nuevo su mirada, y no pudo evitar regocijarse con las expresiones de terror en los rostros de esos hombres. Ya no eran los mismos ojos con los que la habían visto toda su vida. No, esos ojos le gustaban mucho más.

Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios. Comenzó entonces a surgir en su pecho una extraña sensación que nunca había sentido antes. Se sentía… Poderosa… Cómo si por primera vez en su vida, tuviera realmente el control de lo que pasaba a su alrededor; y ese control era gracias a su magia… La misma que había pasado tantos años ocultando, casi como si se avergonzara de ella.

– ¡¿Qué pasa?! – Les gritó con fuerza de pronto. – ¡¿Me tienen miedo?! ¡¿Los asusto?!

Dio entonces un paso hacia ellos, haciendo que las llamas a su alrededor se acrecentaran. Todos los hombres retrocedieron aún más; incluso uno de los primeros tres cayó al suelo de sentón de la impresión. Mal se sintió aún mejor que antes.

– Eso pensé. Son todos tan… patéticos, como insectos temblorosos y cobardes…

Comenzó entonces a caminar lentamente hacia ellos, provocando más claras reacciones de miedo entre sus atacantes.

– ¡¿Esto es lo que quieren?! ¡¿Quieren que sea una villana?! ¡¿Esto es lo que siempre han esperado de mí?! Sí es así, ¡entones seré la peor villana que haya visto este mugriento reino!

Extendió entonces ambas manos hacia ellos, y dos grandes llamaradas de su fuego se lanzaron hacia ellos como dos enormes serpientes voladoras sobre sus cabezas. Todos se agacharon, algunos incluso pegando el pecho a tierra, mientras las llamas parecían danzar en el aire sobre ellos.

Mal comenzó reír con gran fuerza. Se sentía tan bien no contenerse más, expulsar todos esos poderes con total libertad, dejarse llevar por esa gran sensación. Ese era su verdadero ser, no la cobarde que siempre dejaba que la pisotearan, o a la que siempre hacían menos, sino la poderosa e imponente Maga Negra, a la que los demás debían de temer y respetar…

Comenzó a lanzarles bolas de fuego con rapidez, y todos corrían de un lado a otro como gallinas asustadas, intentando esquivarlas. Mal estaba tan sumida en todo eso, que no se percató que uno de los guardias se había colocado a su costado derecho, fuera de su rango de visión, y había tomado su arco y flecha. Mientras ella se encontraba atacado a los otros, él disparó su flecha, y ésta voló cortando el aire hasta encajarse justo en su brazo derecho.

– ¡Agh! – Resolló adolorida la joven ojos verdes, dirigiendo su mano izquierda hacia su brazo herido, y cayendo al suelo de rodillas. La punta había entrada por completo en su piel, y la manga de su camisa comenzaba a teñirse de rojo por su sangre.

El dolor, acompañado de la sensación fría y húmeda de la sangre recorriéndole el brazo, no la dejó concentrarse. Aunque hubiera querido, no hubiera sido capaz de seguir atacando. Los cinco guardias se dirigieron de inmediato hacia ella, y una vez más la tumbaron al suelo antes de que pudiera reaccionar.

– ¡Sométanla! – Exclamó uno de ellos, y rápidamente comenzaron a amarrarle los brazos y piernas con una soga. Mal siguió forcejando, pero en esa ocasión parecía que sería inútil.

De pronto, una fuerte e imponente ráfaga de viento sopló de golpe, pero pareció golpear únicamente a los ocho hombres, y estos salieron volando por los aires, cayendo varios metros lejos de Mal. Ésta, confundida, intentó alzar su mirada como le fue posible, pues seguía amarrada y tirada en el suelo. No sabía que había pasado, sólo que en un segundo esos sujetos estaban sobre ella, y al siguiente habían sido empujados lejos, casi como por… arte de magia…

– Eso fue impresionante, querida. – Escuchó que alguien comentaba cerca de ella. – Pero bastante tosco para mi gusto.

Mal se giró como pudo hacia dónde provenía esa voz, la cual en cuanto la escuchó le había parecido notoriamente familiar.

Era ella, la mujer de rojo, acompañada por detrás de su nieta, la chica de cabellos azules. Caminaba hacia ella con evidente confianza en su paso, mientras sostenía su largo vestido con sus manos. ¿Acaso era ella quien lo había hecho?

– ¿Estás bien? – Preguntó la joven peliazul, hincándose a su lado, y entonces su atención se puso en la flecha que tenía clavada en el brazo. – Auh… No se ve tan mal. ¿Te duele?

– ¿Tú qué crees? – Le respondió la ojos verdes con un tono cortante.

Los hombres, aturdidos tras tal golpe, comenzaron a alzarse como les fue posible, y posaron su vista en las recién llegadas, sobre todo en la mujer mayor, que rápidamente se paró delante de ellos con firmeza en su pose.

– ¿Quién es usted? – Cuestionó con rudeza uno de los guardias apuntándola con su lanza; Cora, más que verse intimidada, simplemente sonrió divertida.

– No soy nadie digno de recordar…

La misteriosa mujer extendió su mano derecha frente a su rostro; en su palma, tenía un pequeño montículo de polvo azul, mismo que sopló con fuerza. El polvo se esparció por el aire hacia los ocho hombres, quienes sin entender absolutamente nada de lo que pasaba, simplemente se quedaron quietos. El aire azuloso los rodeó, y sin espera se coló por sus narices y bocas. Uno a uno, sus ojos empezaron a ponerse blancos, y sus cuerpos se fueron desplomando al suelo, incluso unos sobre otros.

En tan sólo unos segundos, los ocho hombres estaban tirados en la tierra, inconscientes, o incluso…

– ¿Qué les hizo? – Cuestionó Mal, confundida, y también algo alarmada.

– Tranquila, tranquila. – Se apresuró Evie, intentando calmarla. – No pasa nada, sólo están durmiendo… – Calló unos momentos, como si dudara de lo que acababa de decir, y rápidamente se giró hacia su abuela por confirmación. – ¿Sí están durmiendo?

Cora sencillamente asintió con su cabeza.

– Y al despertar no recordaran haber visto nada de esto. – Se explicó. – No le conviene a nadie que se esparza el rumor de que hay de nuevo Magos Negros entre ellos; ese elemento sorpresa será nuestra mejor carta, después de todo. – Sacó entonces de su mano derecha, un pequeño frasco de vidrio, con el mismo tipo de polvos azules en su interior. – Aunque es una lástima haber desperdiciado tanto de esta posición de memoria difusa; es tan rara y difícil de hacer. Hubiera sido más fácil quemar todo el pueblo, pero eso también hubiera despertado muchas preguntas. Espero no la vayamos a ocupar mucho.

Sin siquiera voltear a verlas, agitó rápidamente su mano libre en el aire, y tanto las sogas que sujetaban a Mal, como la flecha clavada en su hombro, se desintegraron en el aire como papel quemado.

La chica de cabellos morados se sentó, volteando a ver su herida, la cual aún seguía sangrando. Evie se le acercó con la intención de revisarla, pero con tan sólo sentir su cercanía, reaccionó de forma violenta, poniéndose de pie y alejándose rápidamente de ellas.

– ¿Usted también tiene magia? – Le cuestionó a Cora, más como una exigencia que una pregunta. – ¿Es un Mago Negro?

– Creí que de eso ya te habías dado cuenta. – Comentó Cora, indiferente ante su reacción.

– Yo también lo soy. – Añadió Evie con entusiasmo, alzando su mano derecha al aire. – Aún sigo aprendiendo, pero no bajo mi cabeza.

Mal estaba atónita. Había crecido toda su vida con esos poderes, y escuchando historias de como hace veinte años los Magos Negros habían sido derrotados, y su magia erradicada. Eso debía significar que de alguna forma, ella debía de ser la única con esos poderes… Pero entonces, ¿no era así? ¿Existían más como ella? ¿Ellas dos… también lo eran?

– ¿Quiénes son ustedes realmente? – Cuestionó rápidamente, aturdida por sus propios pensamientos.

– Te lo he intentado decir varias veces, y no me has hecho caso. – Señaló Evie, y entonces se paró justo delante de ella, y le extendió su mano a modo de saludo. – Me llamo Evie, Princesa Evie. Soy hija de la Reina Regina…

Mal se sobresaltó un poco y arqueó sus cejas con intriga ante lo que acababa de escuchar.

– ¿La Reina Regina? – Repitió en voz baja el nombre que había mencionado. No podía referirse a la misma Reina Regina de la que ella había oído hablar; no podía estarse refiriendo a… – ¿Hablas de la Reina Malvada de Florian?

– Así es. – Respondió Evie, sonriente y con gran orgullo. – Y ella es mi abuela.

La atención de Mal se centró entonces en la mujer de rojo.

– ¿Es decir…?

– Madre de Regina, sí. – Completó Cora con anticipación al pensamiento que se estaba comenzando a formar en su cabeza.

La Reina Malvada de Florian, una poderosa y letal Maga Negra, aprendiz del mismísimo Oscuro, y posiblemente la mayor responsable de la Guerra; su fama y nombre sólo podían ser comparados con los de la propia Maléfica. ¿Estaban intentando decirle que eran la hija y la madre de esa mujer? ¿Era eso cierto? En realidad, no tenía ningún motivo para dudarlo… Todo lo que le habían dicho hasta entonces, parecía ser cierto… Todo…

– ¿Qué es lo que quieren conmigo? – Les preguntó algo nerviosa, teniendo su mano izquierda aferrada a su herida.

– Nada malo, realmente. – Respondió Cora con elocuencia. – Sólo necesitamos de tu ayuda para llevar a cabo un plan.

– ¿Un plan de qué?

Cora sonrió ampliamente de manera astuta.

– Venganza… Y retribución.

– Vamos a regresarle a mi madre y al resto de los villanos su magia. – Señaló Evie justo después. – Aquella que el Hada Azul les arrebató hace veinte años.

– ¿Qué? ¿Eso es posible?

– Primera lección, querida. – Comentó la mujer de rojo, comenzando a caminar hacia ella.

Mal por instinto intentó alejársele, pero había algo en su presencia que la detuvo. De pronto, Cora acercó su mano a ella, y tomó con fuerza su brazo de la parte en la que estaba su herida. Mal soltó un fuerte quejido de dolor al ser sujetada, pero soltó uno aún más fuerte cuando comenzó a sentir un intenso calor en dicha parte.

–  Con la debida cantidad de empeño y magia… todo es posible…

Luego de unos segundos, Cora apartó su mano de ella. Mal echó un vistazo y pudo notar que el calor intenso que había sentido, parecía haber cauterizado y cerrado su herida.

– Por ello necesitamos tu ayuda, querida.

– ¿Mi ayuda? – Repitió la ojos verdes, confundida. – Yo… Yo no quiero involucrarme en eso. Suena a una locura…  – Balbuceó desconcertada, comenzando a retroceder. – Yo sólo quiero irme a otro pueblo, dónde nadie me moleste… No me importa lo que ustedes estén tramando…

– ¿Ni aunque podrías volver a ver a tu madre?

Mal se paró en seco al escucharla. Sus ojos se abrieron por completo, e incluso quizás su corazón se detuvo por unos momentos. ¿Había escuchado bien?

– ¿Mi madre? ¿Habla de Maléfica? Pero ella está muerta, murió hace veinte años.

– No del todo. Si lo que he escuchado de tu madre es cierto, es probable que aún haya una forma de recuperarla, y que te reúnas con ella. Pero para eso necesitarás de mí… Y yo necesitaré de ti…

– ¿Cómo sé que me dice la verdad?

– No lo sabes. – Respondió con un tono burlón. – Eso es lo malo de tratar von villanos.

Comenzó entonces a caminar alrededor de ella lentamente, mirándola de arriba a abajo de una forma que Mal se sentía intimidada, casi amenazada.

– Pero aunque no fuera así, ten por seguro que con o sin tu ayuda, los Magos Negros recuperarán su poder tarde o temprano y una Segunda Guerra se desatará. Y te puedo prometer que en esta ocasión la balanza estará por completo a nuestro favor. – Se paró entonces justo detrás de la joven de cabellos morados, y colocó sus manos sobre sus hombros con firmeza. – ¿En verdad quieres perderte la oportunidad de estar del lado ganador para variar? ¿De, por una vez en tu vida, tener lo que te mereces por derecho? – Tomó entonces el rostro de Mal de la barbilla, y lo hizo girarlo hacia donde aún dormían los cinco guardias y los tres hombres que la atacaron. – Ya viste lo que acaba de pasar aquí cuando alguien ve lo que eres realmente. Esta gente jamás te querrá ni respetará… Para ellos siempre serás algo a lo que hay que temer, de lo que habrá que alejarse… Tú no perteneces a estas personas. Tu lugar, siempre ha estado con nosotros… Con los monstruos como tú… Con los villanos… Te estoy ofreciendo algo más que encontrarte con tu madre; te ofrezco un hogar, tu verdadero hogar…

Mal permaneció en completo silencio, con sus ojos centrado en las personas inconscientes ante ella. Ese había sido apenas un pequeño incidente en un largo número de años enteros, en los que personas como esas siempre habían tratado de hacerle daño, o hacerla menos, hacerla a un lado, ignorarla, maltratarla, aprovecharse de ella, olvidarla… Algo era cierto de todo lo que le acababa de decir: su lugar no estaba con esas personas, jamás lo había estado. Eso era algo que ella sabía desde que era pequeña, que no pertenecía a ningún lado, que no podía considerarse parte de esa gente.

¿Y sí en verdad ese era su lugar? ¿Y si en verdad ahí era en dónde debía estar? Lo había gritado con fuerza hace sólo unos minutos atrás, ¿o no? La gente quería que fuera una villana: pues entonces sería la peor de todas…

– Está bien. – Murmuró con firmeza, volteándose sobre su hombro hacia Cora. – Estoy dentro. ¿Cuál es el plan?

Cora sonrió ampliamente, complacida por su respuesta. Retiró sus manos de sus hombros, y la rodeó para colocarse de nuevo frente a ella.

– Primero tendremos que cambiarte esas ropas. – Comentó, echándole una nada discreta mirada de arriba abajo.

Agitó su mano de nuevo en el aire, y todo su cuerpo fue cubierto abruptamente de un extraño humo morado que se alzó desde sus pies hasta su cabeza. Mal agitó con violencia sus manos, intentando disiparlo, pero no fue necesario pues apenas y la cubrió por unos cuantos segundos, antes desvanecerse. Apenas e iba preguntar qué había sido eso, cuando notó el extraño cambio que se había suscitado en ella.

Sus ropas habían cambiado por completo. Ya no traía esas ropas viejas y gastadas, sino algo totalmente nuevo que jamás había visto. Era un saco largo y con cuello alto, hecho de algún tipo de piel morada, y unos pantalones de viaje de un material similar. Sus guantes sin dedos, que antes parecían viejos y rotos, ahora estaban como nuevos. Por últimos, unos botines negros y brillantes cubrían sus pies.

¿Acaso ella había transformado sus ropas? ¿Se podía hacer eso con magia?

– Mucho mejor. – Comentó Cora, orgullosa. – Parece algo que usaría tu madre… Pero sin cuernos, claro. Creo que serían demasiado.

– Te ves realmente bien. – Añadió Evie, acercándosele y echándole un vistazo completo. – Aunque podría hacerle algunos ajustes.

– Será después, Evie. Ahora andado, que no hay tiempo que perder.

Sin espera, Cora se giró sobre sí misma y comenzó a andar por el camino.

– ¿A dónde vamos exactamente? – Cuestionó dudosa la ojos verdes, quien aún no lograba salir de su asombro.

Cora se detuvo, y se giró hacia ella levemente sobre su hombro izquierdo, sonriéndole.

– A reunir a los demás.

– ¿Los demás?

Cora no explicó mucho más. Siguió andando por el camino, confiada de que ambas chicas la seguirían. Y en efecto, tuvo razón, pues rápidamente tanto Evie como Mal se apresuraron a alcanzarla…

FIN DEL CAPITULO 03

Notas del Autor:

Belle (o Bella, como prefieran llamarla), a diferencia de la mayoría de los personajes en esta historia, no estará directamente basada en una sola versión, sino más bien será una mezcla de tres: la de Descendientes, la de la película animada de La Bella y la Bestia, y la de Once Upon a Time, tomando aspectos de las tres. Aunque físicamente y en su personalidad será un poco más similar a la vista en Descendientes, llegarán a notar algunas diferencias notables en algunos ademanes, y sobre todo en su historia, que asemejarán más a las otras dos versiones.

– El Fuego Verde de Mal descrito en este capítulo, está más que nada basado en el Fuego Verde de Maléfica en la película animada de La Bella Durmiente. Siempre me pareció visualmente más impactante su efecto, por ello decidí usarlo en la historia de esta forma.

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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2 pensamientos en “Mi Final Feliz… – Capítulo 03. La Peor Villana

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