Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 22. Sayo

4 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 22. Sayo


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 22
Sayo

Shanghái, China
02 de Febrero de 1878 (4575 del Calendario Chino)

Los fuegos artificiales alumbraron el cielo de Shanghái por sólo unos cuantos minutos, pero fueron más que suficientes para marcar el inicio oficial del nuevo año. Pasada la emoción y alegría, era momento de recoger todo, llevar a los niños a casa, y dormir un poco. Algunos niños ya estaban adormilados incluso antes de que comenzará el espectáculo, por lo que más de uno ya se encontraba recostado en el suelo, durmiendo o comenzando a dormirse. Los adultos, por su parte, recogían los platos, vasos, cubiertos, manteles, sillas y mesas, para llevarlos de regreso al día siguiente a quienes lo habían prestado para esa noche.

A muchos les pareció que Santa Magdalia parecía algo pensativa y ausente, incluso desde el momento en el que estaban los fuegos artificiales. En esos momentos ella se encontraba recogiendo los platos en una pila. Si alguien se le acercaba y le decía algo, incluyendo los niños, contestaba educadamente, aunque algo cortante, con una sonrisa que se veía requería mucho esfuerzo para poder salir. ¿Qué tanto le cruzaba por la cabeza en esos momentos? Sería más fácil decir qué no le cruzaba. Desde la conversación sobre los holandeses, seguido por su enfermedad, la historia del pasado de Enishi y su hermana, y culminando con ese inesperado y muy confuso desenlace…

Confundida no podía abarcar toda la gama de sentimientos que la consumían. ¿Qué debía de hacer? ¿Cuál era la acción correcta a seguir? ¿Qué era lo que sus creencias y sus enseñanzas le dictaban para un caso como ese? No creía que hubiera realmente algo como ello, que pudiera decirle exactamente y paso a paso qué hacer ahora. Quizás no todo era siempre tan sencillo.

Cuando ya tenía alrededor de quince platos apilados, tomó la pila con ambas manos. Se dio media vuelta y se dispuso a llevarlos al sitio en el que estaban juntando todo. Al girarse, los platos casi se le caen de la impresión, al toparse de frente con precisamente la persona que menos deseaba ver en esos momentos, y autor de todo el barullo en su cabeza.

Enishi también pareció sobresaltarse un poco en cuanto ella lo vio. Se quedó inmóvil unos instantes, y luego posó su atención en la pila de platos que cargaba.

– Déjame ayudarte con eso. – Le indicó justo antes de disponerse a tomarlos. Sin embargo, ella rápidamente los hizo a un lado, alejándolos de sus manos.

– Gracias, estoy bien. – Le respondió de forma tajante, y luego le sacó rápidamente la vuelta para seguir por su camino. Pero Enishi no pareció querer dejas las cosas así, y rápidamente comenzó a seguirla.

– Son demasiados platos, sólo pásame algunos.

– Dije que no.

– ¿Cuál es tu problema? ¿Sabes qué tan difícil es que, para variar, intente ser amable con alguien últimamente?

– ¿Eso debería de convencerme de algo?

Al albino, eso le pareció mucho más familiar. Esa mecánica asemejaba más a lo que él recordaba que era estar en compañía de esa mujer. Pero ya había conocido y visto de frente a la verdadera Magdalia, no a la mujer a la defensiva y de mal carácter que le había prácticamente tocado conocer hasta entonces, sino a la amable, sonriente y hasta un poco bromista con la que estaba charlando no hace mucho atrás. Por ello, no le era nada agradable encontrarse de nuevo con la anterior.

– Deja de actuar así. – Pronunció casi como una exigencia. – Necesito hablar contigo, ahora.

Magdalia se detuvo de golpe, y lentamente se giró de nuevo hacia él, quedando uno frente al otro. La expresión de la cristiana se encontraba ya un poco más relajada, pero no por completo. Más que molestia, parecía estar sumida en una gran incomodidad; y en parte, no podía culparla.

– Lo siento. – Murmuró Magalia en voz baja. – Sé lo que necesitas, pero no puedo en este momento, ¿de acuerdo?

– No me interesa si no puedes. – Le respondió él con marcada firmeza. – Necesito que sepas que eso…

Sus palabras fueron cortadas de tajo, y también su expresión cambió. Un ligero rastro de asombro se asomó en sus ojos, que de hecho Magdalia detectó que ya no estaban en ella, sino en algo sobre su hombro, o más bien detrás.

Desconcertada, la joven se giró para intentar identificar qué había causado ese repentino cambio. No tardó mucho en hacerlo, pues en cuanto se giró, pudo ver, apenas alumbrado un poco por la luz de los faroles de gas, a la alta e imponente figura… de Shougo Amakusa en persona, de pie con firmeza, mirándolos fijamente con gran dureza en su mirada.

Magdalia se puso abruptamente pálida de la impresión.

– ¡Hermano! – Exclamó con fuerza, casi con miedo, y en esa ocasión, prácticamente de forma involuntaria, sus manos soltaron los platos y los dejaron caer abruptamente al suelo.

El sonido de la porcelana rompiéndose la hizo reaccionar un poco de su impresión. Por mero reflejo cerró sus ojos de golpe, y apretó sus puños en cuanto el sonido comenzó. Aunque haya durado sólo un segundo, igual se quedó aún más rato en la misma posición, casi como si esperara que algo más fuera a ocurrir. Pero, en realidad, una parte subconsciente de su ser tenía miedo de abrir de nuevo los ojos, como si esperara que, quedándose el tiempo adecuado así, ambos hombres desaparecerían; cosa que obviamente, no pasó.

Abrió lentamente de nuevo sus ojos, y su hermano seguía en el mismo sitio y posición, y sobre todo con la misma mirada. Antes creía que era Enishi la persona que menos quería ver en esos momentos; ahora comenzaba a replanteárselo.

– ¿Qué… haces aquí? – Le preguntó con un pequeño tono inocente, ignorando de momento lo platos rotos a sus pies. – Creí que no vendrías. Los fuegos artificiales ya terminaron…

Él no respondió absolutamente nada. En lugar de eso, viró sus ojos con cautela hacia el hombre justo detrás de ella. Enishi se veía mucho más calmado, pero aun así se le notaba algo impresionado por la repentina presencia del cristiano.

– Hola, Amakusa. – Saludó, alzando una mano e intentando actuar lo más casual posible. – Te ves bien.

Magdalia volteó a ver a Enishi sobre su hombro, con notoria desaprobación por ello.

– ¿Puedo hablar contigo un minuto? – Escuchó de pronto que Shougo pronunciaba lentamente. Magdalia se giró de nuevo hacia él, dudosa de a quién de los dos le decía. Sin embargo, de inmediato se volvió obvio que a quien miraba era al mafioso. – A solas, por favor.

La idea de dejar a ambos solos no la puso para nada cómoda. Sin embargo, aun acompañado de un “por favor”, era evidente que se trataba más de una orden que de una petición.

– Está bien. – Murmuró resignada, haciéndole una pequeña reverencia a su hermano con su cabeza. – Iré… Por algo para limpiar esto. Con permiso.

Magdalia se alejó apresurada, pasando por la zurda de Enishi. Éste la siguió con la mirada hasta que se alejó lo suficiente.

Suspiró resignado; definitivamente esa no era ni cerca la conversación que deseaba, peo ya no le quedaba de otra al parecer.

– Qué curioso volvernos a ver así. – Comentó el albino de manera despreocupada y encogiéndose de hombros. – Esto debe de ser incómodo, ¿verdad? Aunque Magdalia tiene la idea de que aparentemente ya no te caigo tan mal como antes.

De nuevo, él no respondió absolutamente nada, y simplemente se le quedó viendo con la misma expresión dura y amarga, que prácticamente no había cambiado ni un poco desde que llegó.

– Pero creo que no tan bien como ella cree. – Masculló despacio, pensando en voz alta. – Escucha, antes de que enloquezcas, ella me invitó a venir, ¿de acuerdo?

– Ya lo sé. – Soltó Shougo de forma agresiva. – Hace ya un tiempo que dejé de sorprenderme de las decisiones de mi hermana. No quiero hablar de ella, sino de ti. – Dio entonces dos pasos hacia él casi de forma amenazante, aunque Enishi ni siquiera parpadeó. – Seré directo. ¿Qué es lo que quieres ahora? ¿Querías pelear conmigo, probar el poder del Hiten Mitsurugi y ver mi técnica de sucesión?, pues ya lo hiciste. Si quieres un recordatorio, sólo dilo directamente y ya no te andes con juegos.

– Baja un poco tu ímpetu, ¿quieres? – Le respondió el albino, indiferente a su tono agresivo. – Ya no tengo ningún interés en eso, ¿está bien? Tuve lo que quería de esa noche, y no tengo nada contra ti, ni ningún otro motivo para querer pelear contigo.

– ¿Entonces qué es lo que haces aquí?

Pensó en muchas formas diferentes de responderle tal pregunta, y casi todas involucraban un comentario para hacerlo enojar aún más. Y en cualquier otro momento, en cualquier otra noche, lo hubiera hecho sin siquiera pensarlo dos veces. Pero no esa noche; no estaba para nada de humor en esos momentos, por lo que optó por hacer algo que casi nunca hacía: tomárselo con calma.

– Ya te lo dije, ella me invitó. – Le repitió con marcada calma.

– ¿Y por qué aceptaste?

El mafioso suspiró con cansancio. ¿Por qué había aceptado? ¿Por qué estaba ahí en ese momento? ¿Por qué hacía cualquier cosa que había hecho ese día? Eran estupendas preguntas, a las cuales no tenía ni una maldita respuesta, y que ese sujeto se las estuviera preguntando no las hacía más fácil de responder. Si el Gran Hijo de Dios tenía alguna buena teoría, le hubiera encantado escucharla.

Curiosamente, Amakusa pareció leerle de cierta forma la mente, pues ni siquiera  esperó a escuchar su respuesta, si es que tenía alguna.

– ¿Qué interés tienes por mi hermana? – Le soltó de golpe, tomando totalmente por sorpresa al líder del Feng Long y prácticamente cortándole el aliento. – Y no me vayas a decir que estás interesado en ella como lo hiciste aquella noche, porque sé de antemano que todo eso no fue más que una actuación. ¿No es verdad?

– Yo… – Dudó unos momentos en dar su respuesta. Miró hacia un lado, y luego hacia sus zapatos. Aspiró lentamente dos veces, y entonces lo volvió a ver, reflejando la misma confianza que antes. – Por supuesto que lo fue. No tengo tampoco ningún interés en ella, en lo absoluto. Vine aquí… Sólo… Por mera curiosidad. Curiosidad que ya fue saciada. Eso es todo.

Shougo volvió a quedarse callado por un largo rato, mientras lo miraba fijamente. Él también lo miraba, y no desviaba su mirada en lo más mínimo; de seguro era lo que él esperaba que pasara, pero ya debería de saber de antemano que no lo iba a hacer.

– ¿Debo entender con eso que ésta será la última vez que te veré cerca de nosotros? – Le cuestionó Shougo con seriedad.

¿Lo sería? ¿Sería esa la última vez que lo vería? No se había hecho esa pregunta antes de ese momento.

– Es lo más probable. – Murmuró de forma neutral. Alzó su mano, haciendo el ademán de querer acomodarse sus anteojos, pero una vez más terminó tocando su propia piel, y con ello recordando que no los tría; Magdalia se los había quitado. – Dile que me fui, ¿de acuerdo?

Sin esperar respuesta, y de seguro no iba a recibir ninguna de todas formas, el albino le sacó la vuelta y comenzó a caminar. Al pasar a su lado, sintió como lo miraba de reojo, pero él no lo volteó a ver ni un poco. Siguió avanzando en línea recta hasta dejarlo detrás.

No taró mucho en encontrarse con Xung-Liang, el cual parecía en efecto estarlo buscando; le extrañaba que no lo hubiera hecho antes. En cuanto lo vio, el chico se le acercó apresurado, casi preocupado se podría decir.

– Maestro Enishi, ¿todo está bien? – Le preguntó al tiempo que lo miraba de arriba abajo; ¿qué esperaba exactamente que esa chica podría haberle hecho?, siempre tan exagerado.

– Depende de tu definición de bien. – Le respondió el albino de forma simple y sencilla. – Vayamos a casa, ¿sí? Ésta ha sido una noche bastante larga.

Xung no opuso queja alguna, y de hecho se veía aliviado de ello. Sin decir más, ambos se alejaron del Barrio Cristiano, Enishi al frente y su leal guardaespaldas detrás.

– – – –

Shanghái, China
05 de Febrero de 1878 (4575 del Calendario Chino)

Los primeros días del año siguieron su curso natural luego de aquella noche. Afuera de los muros de su mansión, la ciudad entera y todas sus personas seguían de fiesta. El ruido, la música, el color, la comida… Todo aquello era justo lo que se esperaba de los primeros quince días del nuevo año. Sin embargo, el líder del Feng Long se había mantenido totalmente ajeno a todo ello, y tenía intención de continuar justo así.

Luego de llegar durante la madrugada del día primero, no había salido a la calle, ni siquiera a echar un vistazo. En esos días los asuntos de negocios eran realmente reducidos. En realidad, el único gran movimiento en esos momentos era la venta al tal Makoto Shishio. Aunque había participado activamente durante las negociaciones iniciales con su hombre de confianza, el señor Sadojima, más que nada por el hecho de ser japonés y también por sus propios intereses personales en ese asunto, en esos momentos ya sólo quedaba hacerle entrega de lo que había comprado, y Hei-shin parecía bastante feliz de encargarse de ello. Por lo tanto, él no tenía en esos momentos ningún asunto que requiriera de su intervención directa, y podía enfocarse en lo que más le interesaba en esos momentos: levantarse muy temprano, vestirse con su ropa de entrenamiento, y salir al patio con su Watou en mano a “ponerse a jugar”, como Hei-shin bien lo describía.

Por supuesto que en no era en realidad jugar. Se trataba de un movimiento que llevaba meses ideando y practicando, desde aquella noche en que se enfrentó a Amakusa. Tenía muy claro en su cabeza lo que quería lograr y de qué forma, pero tenía problemas para que su mente y cuerpo coordinaran, y éste último lograra moverse de la forma y velocidad correcta. Debía de ser perfecto en todo aspecto; el menor centímetro de diferencia y sería inútil. Antes de la noche de año nuevo, sentía que iba por buen camino, y que estaba a punto de lograrlo; por ello tenía tanta prisa de irse de la cena del Feng Long directo y sin escala a su casa. Claro, eso no había resultado como lo esperaba… Y quizás era el origen de su problema actual…

Aunque antes de ese día sentía que iba a mejorando, justo al día siguiente, e incluso aún en ese momento justo, se sentía tan perdido como el primer día. Nada salía bien: los movimientos no eran los correctos, la velocidad era o muy lenta o muy rápida. Su espada no lograba dar el giro completo que necesitaba en el contraataque, no lograba agacharse en el momento justo… Nada, absolutamente nada en su movimiento le salía bien.

El albino se encontraba realmente frustrado, y cada intento no hacía más que frustrarlo aún más de lo que ya estaba. Esos días había estado de un humor realmente pésimo, incluso más que de costumbre. Las sirvientas de la casa procuraban con cualquier medio evitar colocarse en su camino, pero al final era algo que no se podía evitar por completo…

A media mañana llamaron a la puerta, y Lissie fue a atender rápidamente. Al abrir, se encontró con Jiang.

– Hola, pequeña Lissie. – Saludó con un tono astuto el hombre alto de larga trenza, y sin esperar ser invitado se abrió pasó para ingresar al lugar. – Vengo a ver al Maestro Enishi.

– ¿Ahora mismo? – Exclamó nerviosa, e incluso algo asustada. – No creo que sea buen momento… Está entrenando en el patio… Y no creo que quiera ser… Molestado…

Jiang miró de reojo a la pequeña chica, temblando como ardilla asustada. Le pareció algo tierno, y también un poco patético de ver, que inevitablemente le provocaba gracia.

– Estoy seguro que hará una excepción conmigo. Vengo a cumplir un encargo que él personalmente me encomendó con mucha firmeza.

– E… Está bien… Bueno, ya sabe en dónde está, entonces…

Se disponía en ese momento a retirarse, al otro lado de la casa si era necesario. Pero entonces el hombre la tomó con fuerza del hombro para detener cualquier posible intento de “huir”.

– De hecho, creo que como buena sirvienta, debes de escoltarme y anunciarme con el maestro.

– ¡¿Por qué?! – Respondió alarmada por tal petición.

– Es tu trabajo, ¿o no? Además, si está de tan mal humor como tu cara me lo dice, será mejor que seas tú la primera en acercársele.

El último comentario lo había hecho con un marcado y nada disimulado tono de broma, que Lissie en realidad no estaba muy segura de qué tan sincero era en realidad. Pero algo era cierto: era su trabajo, y tenía que cumplirlo… Aunque le costará el cuello. Suspiró resignada, y entonces comenzó a caminar en dirección al patio, seguida por detrás por el recién llegado.

Tal y como había dicho, Enishi se encontraba el patio, practicando el mismo movimiento: pierna derecha al frente, torso agachado, movimiento circular de la espada de abajo hacia arriba. A los ojos de Lissie, que poco o nada sabía del manejo de espadas, sus movimientos siempre se veían iguales; incluso alguien con algún conocimiento mediano del tema, opinaría lo mismo. Sólo alguien realmente hábil, y realmente conocedor podría detectar las pequeñas diferencias, pero incluso así no entenderían del todo bien porque estaba intentando un movimiento tan extraño.

Lissie se acercó con pasos tímidos hacia su amo, pero no demasiado. Manteniéndose a una distancia que consideraba segura, sólo entonces habló.

– Maestro… El señor… – Llegó a murmurar, justo en el momento en el que terminaba una de sus repeticiones.

– ¡¡Malita sea!! – Gritó el albino con fuerza, chocando su pie contra el suelo. – ¡¿No ves que intento concentrarme, Lissie?! ¡¿Qué demonios quieres?!

– ¡Ah! – Exclamó casi aterrada, cayendo de sentón al suelo, y protegiéndose cómo le era posible con sus brazos, como si esperara algún golpe, pese a que en realidad sólo habían sido gritos. – ¡Lo siento!, ¡El señor Jiang insistió en molestarlo! ¡Yo no quería!

Rápidamente el mafioso se giró, echándole un vistazo a Lissie, y luego al hombre que permanecía varios pasos detrás de ella. Jiang se sobresaltó, un poco asustado, al ver los ojos de su jefe tan llenos de ira, y encima de todo puestos directamente en él.

 – Buenos días, Maestro. – Saludó un tanto nervioso. – Puedo volver más tarde si…

Enishi permaneció en silencio viéndolo fijamente por un largo rato. Luego, agitó un poco su espada en al aire con velocidad para al final apoyarla contra su hombro derecho.

– Déjanos solos, Lissie. – Ordenó con firmeza; la sirvienta no necesitó más instrucciones adicionales para obedecer.

– ¡Sí! ¡Sí, maestro!

Se dio la media vuelta y se apresuró al interior de la casa. Jiang, por su parte, parecía un poco nervioso de quedarse a solas con Enishi.

– ¿Qué ocurre, Jiang? – Le soltó directo y sin rodeos.

– Sí, yo…. Sólo le tengo una novedad sobre lo que me pidió investigar, y creí que sería importante que lo supiera pronto. – Se aclaró un poco su garganta, intentando desaparecer de ella cualquier rastro de duda. – Parece que sus amigos cristianos reservaron tres pasajes para un barco a Hong Kong, para hoy en la tarde.

Enishi se estremeció de asombro al escucharlo.

– ¿Hoy?

– Sí, así es. Todo indica que hoy mismo se van…

El albino se viró hacia otro lado, notoriamente pensativo. Antes parecía que absolutamente nada lo sacaría de ese estado de ánimo imperioso que tenía, pero esa noticia parecía haberlo hecho tan efectivamente como un balde de agua fría.

– ¿Desea que… hagamos algo al respecto? – Le cuestionó Jiang con suma cautela

Enishi calló. Sabía exactamente a lo que se refería con esa pregunta, y tenía bastante fundamento el que la hiciera. Después de todo, él mismo le había solicitado que secuestrara a Magdalia el octubre pasado antes de que se fueran. Pero la situación era totalmente distinta a aquel entonces, y ya no tenía motivo alguno parar ordenarle hacer eso… ¿o sí?

No, claro que no. Ya lo había dicho antes: no tenía ni un sólo interés en los hermanitos Amakusa, sobre todo en ella…

– No, déjalo así. – Le respondió con un tono más tranquilo. – Puedes irte. Gracias por tu ayuda.

Jiang suspiró aliviado al escuchar que ya se encontraba más en calma.

– Cuando guste, Maestro. – Comentó justo antes de irse, haciendo una profunda reverencia hacia el frente.

Se giró sobre sí mismo, y se dirigió de nuevo a adentro de la casa. Cuando iba por el pasillo hacia la entrada principal, se cruzó con ni más ni menos que Hei-shin, y dos de sus inconfundibles enormes guardaespaldas.

– Maestro Hei-shin, buenos días. – Lo saludó haciéndose a un lado para que pasará, y agachado su cabeza con sumo respeto. Él y sus hombres siguieron de largo sin darle mayor importancia a su presencia, pero eso no lo molestó; no era que realmente esperara algún otro tipo de reacción.

Al parecer Hei-shin no ocupó que alguna de las sirvientas lo guiara y anunciara como Jiang lo había solicitado, ya que de hecho se dirigía al mismo sitio del que él venía. Cuando llegó al patio, Enishi estaba de pie con su espada en mano, pero no estaba haciendo el mismo movimiento de hace unos momentos. Simplemente estaba de pie, mirando al frente, pensativo.

– Vaya sorpresa. – Comentó el Número Dos del Feng Long con fuerza para que lo escuchara. – Sabía que si venía te encontraría aquí. Pero esperaba verte jugando con tu misterioso movimiento de espada, no parado a la mitad del patio como enajenado.

Enishi lo miró sobre su hombro, y soltó un pequeño gruñido de molestia ante su presencia. No quería más visitas esa mañana, especialmente si se trataba de esa visita.

– No estoy de humor para esto, Hei-shin.

– Esa no es novedad. – Comentó el hombre de negro con un tono astuto, y entonces se bajó del pasillo exterior para colocar sus pies en el pasto. – Sólo vine a informarte en persona que, durante la madrugada, las armas y el Rengoku del señor Shishio se pusieron en marcha hacia Japón. Ya debe estar cerca de arribar al punto de encuentro.

– Pensé que irías tú en persona.



– Lo pensé, pero decidí que tenías razón. Son días de fiesta, y no hace daño delegar de vez en cuando, ¿no?

Delegar, claro; no había ni una sola persona en Shanghái que pudiera creerse que esas palabras habían salido de la boca de Wu Hei-shin. Aunque realmente había estado un tanto extraño últimamente, empezando por el pésimo humor que tenía durante la comida de año nuevo. De hecho, si su memoria no le fallaba, había estado de un ánimo muy similar hace algunos meses, en la fiesta que había dado Hong-lian; la misma fiesta a la que asistieron Shougo Amakusa y su hermana…

Enishi soltó una maldición en su cabeza, quizás a sí mismo, por idear de esa forma los pensamientos.

– Además, escuché que no has salido de tu casa en los últimos tres días, y tenía curiosidad del motivo. – Añadió Hei-shin a su explicación. – El maestro Hong-lian bromeó diciendo que de seguro tenías a una chica aquí, pero yo lo veía poco probable. Cómo dije, suponía que si venía te encontraría aquí en tu patio, practicando el mismo movimiento con tu espada. Tal parece que tuve razón a medias.

De hecho, tuvo razón por completo. De haber llegado algunos minutos antes, quizás lo hubiera viso haciendo precisamente ese movimiento al que hacía referencia. Pero no le daría la satisfacción de saberlo por absolutamente nada.

– En fin. Supongo que no te interesará salir y tomar algo, ¿cierto?

– ¿Desde cuándo te interesa salir de manera amistosa conmigo? – Masculló con dureza, mirándolo de reojo.

– Desde nunca. – Contestó encogiéndose de hombro. – Así que, mejor me retiro para que sigas… Divirtiéndote.

Enishi casi suspiró con satisfacción cuando al fin se dispuso a irse. No entendía en lo más mínimo a qué se debió esa visita en realidad; ¿acaso habían hecho una apuesta a sus expensas o algo así? Daba igual. Ya tenía suficientes distracciones con Jiang y sus malas noticias, como para que ahora llegará Hei-shin nomás a perder el tiempo.

¿Malas noticias? ¿Así era como las veía…?

– Por cierto, qué extraño verte sin tus lentes oscuros, para variar. – Escuchó que Hei-shin soltaba al aire totalmente al azar justo antes de ingresar a la casa

Enishi se incorporó rápidamente y se giró hacia él

– ¿Qué dijiste?

Hei-shin se detuvo unos momentos en el arco de la puerta, y se viró de nuevo a él al escuchar su pregunta.

– Tus lentes oscuros. – Repitió. – Si te soy honesto, pareces aún más loco de lo que realmente eres cuando siempre los traes puestos, incluso de noche. Nos vemos.

Sin más se retiró.

Enishi aceró su mano a su rostro, palpándola con mucho cuidado; en efecto no traía sus siempre distintivos lentes oscuros. No era como si no se hubiera dado cuenta antes; simplemente no había reparado mucho en ello, hasta ese momento… No desde…

De pronto, clavó su Watou en la tierra, y se dirigió rápidamente al interior de la mansión, aunque su destino era de hecho a puerta de entrada. Ni siquiera se tomó el tiempo de arreglarse o cambiarse de ropa; no quería darle a Xung-Liang ni un segundo de ventaja para descubrir que estaba saliendo sin él. No tenía deseos de tenerlo respirándole en la nuca como siempre; no esa vez.

– – – –

Magdalia se encontraba empacando en su habitación de la posada en la que se quedaban. Su hermano le había informado apenas esa misma mañana que iban a salir a Hong Kong, pero tampoco le fue muy sorpresivo; de cierta forma ya veía venir inminente su partida. No hubo queja, ni dudas, ni preguntas adicionales. Sólo un “está bien”, y encargarse de prepararlo todo para estar lista.

La verdad era que irse le causaba una mezcla extraña de sentimientos: alivio, pero también un poco de preocupación. Su hermano había dicho que ya habían terminado su labor en ese sitio, y que ya no tenían ningún tema pendiente que los detuviera más días ahí; aunque lo había dicho de una forma en la que parecía intentar darle a entender que él pensaba que ella sí tenía uno… Y en realidad no estaba del todo errado. Quizás no quería darle el gusto de darle la razón, y por ello prefirió simplemente acatar la decisión tomada y no decir más.

El empacar no le tomó mucho, ya que en realidad no habían traído muchas cosas con ellos. Para la media mañana, ya tenía su equipaje listo sobre su cama, y en esos momentos lo único que hacía era estar sentada frente a la ventana y ver hacia el mar. El cielo estaba casi completamente despejado; sólo unas cuantas nubes flotaban en el aire. Todo estaba relativamente calmado, considerando que todos esos días eran de fiesta en ese sitio; aunque claro, era apenas de mañana, y la fiesta en realidad comenzaba en la noche.

Apoyó sus brazos en el marco de ventana, y recostó un poco su rostro sobre estos. Soltó un agudo suspiro, y siguió mirando por la ventana. Pensaba en su cabeza que la imagen que estaba formando en esos momentos, rozaba en el estereotipo, como si posara para alguna pintura al óleo. Cualquiera pensaría que estaba suspirando por una dolencia interna que la aquejaba. Si fuera así, ¿cuál sería esa? ¿Depresión? ¿Nostalgia? ¿Carencia de algo? ¿Tristeza por la pronta partida? Ninguno de esos sentimientos debería de ser lo suficientemente fuerte como para causarle tanta molestia. Pero así era.

Habían pasado tres días dese la Víspera de Año Nuevo. La conversación que había tenido en la capilla, rara vez había abandonado su cabeza, así como la persona con la que la había tenido. Se preguntaba a sí misma si acaso había hecho algo incorrecto, si quizás había ido demasiado lejos. Quizás no debió de haber presionado tanto… ¿Pero realmente lo había hecho? Tal vez no tanto como presionar, pero quizás se permitió sin saberlo abrir de más la puerta para que ocurriera lo que ocurrió.

No, no tenía por qué echarse la culpa. Todo eso había sido obra de él; ella sólo intentaba ayudarle, ser una buena… ¿Amiga? Esa palabra le causó algo de molestia; ¿podía aun considerarlos como tal aun después de lo que había ocurrido? De hecho, ¿en verdad lo eran antes de eso?

Bajó su mirada hacia la calle frente a la fachada del edificio. No había muchas personas pasando en esos momentos; ella contó cinco en los minutos que estuvo observando, además de un carruaje. La sexta persona en aparecer en su rango de visión, sin embargo, sí que llamó considerablemente su atención. Éste individuo se aproximaba con pasos cautelosos hacia la posada, vistiendo sólo una camiseta negra sin mangas, que dejaba al descubierto sus brazos marcados, y unos pantalones anaranjados. Pero lo que más llamó su atención fue sin duda… Sus cabellos blancos tupidos.

– ¿Qué? – Exclamó en voz baja como reacción inicial.

No creía posible que su primera impresión hubiera sido cierta, por lo que tuvo que echar un segundo vistazo. No fue hasta que ese individuo se detuvo frente a la posada, y alzó su mirada, cruzándose prácticamente accidentalmente con la suya, que supo de inmediato que en efecto era quien había pensado. La castaña se paró rápidamente, apoyando sus manos en el marco de la ventana. Ese hombre de cabellos blancos parecía haberla reconocido igual, y miraba en su dirección notoriamente asombrado.

Magdalia rápidamente cerró las cortinas de la ventana, prácticamente por un mero reflejo. Se quedó un rato a oscuras, aún con sus manos en las cortinas e intentando meditar en qué era lo que debía de hacer a continuación. Pero lo cierto era que no tenía mucho tiempo, ni tampoco muchas opciones. Algo resignada, pero no por ello feliz, salió de su cuarto y corrió escalera abajo, apurándose a llegar antes de que su hermano se percatara de la presencia de ese individuo. Aunque aquella noche le había dicho que estaba segura que su hermano ya no guardaba ninguna mala opinión de su persona… Lo cierto era que no estaba segura de hasta qué punto podría tolerarle sus extraños y repentinos arrebatos. Ni siquiera le había dicho nada, ni a favor ni en contra, de la invitación que le había hecho para cenar con ellos esa noche, pero era claro por su expresión que no era algo que le provocara mucha alegría…

Mientras bajaba, se preguntaba a sí misma qué hacía en ese lugar. Para empezar, ¿cómo supo dónde buscarla? Su hermano había insistido mucho en no quedarse en la misma posada de la vez anterior, pues era evidente para él que su secuestro sólo podría haberse llevado acabo con la complicidad del dueño de dicha posada. Aun así, también era obvio que con el suficiente interés, y considerando el poder que tenía en esa ciudad, si se lo proponía sería cuestión de tiempo para que diera con el lugar exacto en el que se hospedaba. Sólo tenía que darle la orden a alguno de sus hombres, y le tendrían el dato en un chasquido de dedos; después de todo, tampoco era precisamente un gran secreto.

Y en segundo, ¿cuál era el propósito de tan repentina visita? Y justamente ese día, que es en el que se irán de Shanghái… Las opciones volaban una tras otra en su cabeza, y no todas le parecían del todo buenas. Ese sujeto era realmente impredecible; si no le había quedado claro antes… Lo que pasó esa noche terminó por hacerlo sin duda…

Sintió que sus mejillas se calentaban ligeramente al recordar aquello. Una mujer decente y cristiana como ella no debería de tener ese tipo de reacciones ante un acto como ese. Sin embargo, su cuerpo parecía ir en contra de todo ello y hacer lo que le placía. Sencillamente fue algo que no debió ser, ni tampoco debería de estar pensando en ello… Pero era mucho más fácil decirlo que realmente hacerlo; en especial si el culpable se aparecía de esa forma tan repentina ante ella.

Al bajar hasta el vestíbulo de la posada, se detuvo unos momentos para recuperar el aliento. Sólo hasta ese momento se dio cuenta de lo apresurada que había bajado las escaleras, y como ello había acelerado su respiración. ¿Había sido su reacción quizás algo exagerada? Una vez más recuperada, alzó su mirada, esperando ver al albino ahí mismo, pero no había rastro alguno. Caminó cautelosamente a la entrada del establecimiento, cuyas puertas estaban abiertas. No tuvo que poner un pie afuera, antes de visualizar su posición: se encontraba con su espalda apoyada contra la pared de la fachada, justo a la derecha de la puerta.

Se tomó sólo un segundo más para aspirar con fuerza, terminar de serenarse, y entonces animarse a salir…

– ¿Enishi? – Cuestionó en voz baja, parándose en la puerta y asomándose mejor para verlo.

– Hola. – La saludó el mafioso, apenas mirándola por el rabillo de su ojo izquierdo.

– ¿Qué haces aquí?

Enishi separó su espalda de la pared, y entonces dio un par de pasos hasta colocarse delante de ella, aunque a una distancia adecuada, como si temiera que apenas el menor paso de más pudiera perturbarla… y quizás no estaba tan errado.

– Escuché que se irán de Shanghái esta tarde.

– Oh. – Exclamó Magdalia con sorpresa, aunque en realidad tampoco era tanta. – ¿Y en dónde escuchaste eso?

– ¿Acaso importa?

– No, en realidad…

Se hizo de pronto un denso e incómodo silencio entre ambos. Enishi no la había volteado a ver directamente ni una sola vez; de hecho miraba hacia otro lado, o al suelo con insistencia, como si temiera posar sus ojos en ella. ¿Acaso sentía… vergüenza? Cualquier hubiera dicho hasta ese momento, que era un sentimiento que le era imposible de sentir.

– No vendrás a secuestrarme de nuevo para que no nos vayamos, ¿o sí? – Comentó la cristiana de nuevo, con un ligero tono de broma, al que Enishi contestó rápidamente con brusquedad.

– No, nada de eso… Sólo vine por mis lentes oscuros.

Magdalia parpadeó un par de veces, sin entender.

– ¿Disculpa?

– Mis lentes oscuros. Me los quitaste aquella noche y te los quedaste.

La ojos verdes tuvo que hacer un poco de memoria. Recordaba muchas cosas de esa noche, pero definitivamente algunas habían tomado más importancia que otras en su cabeza. Pero al final logró recordar a qué se refería.

– Tienes razón, ya lo había olvidado. – Señaló con seriedad, al tiempo que se giraba de regreso a la posada. – No tardo.

Sin más, ingresó de nuevo y se dirigió a las escaleras. En cuanto le dio la espalda, Enishi hizo el ademán de querer detenerla, o decirle algo más. Sin embargo, no salió nada de sus labios, y la joven se alejó de su vista.

El albino se quedó esperando plácidamente en su lugar. Unos cuantos minutos después, Magdalia regresó con el par de anteojos en cuestión entre sus manos.

– Aquí tienes. – Le indicó al tiempo que se los extendía para que los tomara. Sin embargo, eso involucraba acercársele más.

Dio uno… dos… tres… hasta cuatro pasos hacia ella. Con cada uno, Magdalia intentaba demostrar seguridad, pero por dentro su corazón se agitaba demasiado. Enishi se quedó aun así a una distancia prudente, y extendió entonces su mano para tomar los anteojos. El sólo hecho de que la yema de sus dedos apenas y rozara un poco la piel de su palma, fue suficiente para provocar una reacción adversa en Magdalia, y hacerla retroceder rápidamente, nerviosa.

Enishi no dijo nada ante esa nada disimulada reacción. Simplemente abrió los brazos de los anteojos, y se los colocó con cuidado en su rostro, ocultando sus ojos. Eso lo hizo sentir relativamente más tranquilo de pronto.

– No creí que fueras a venir hasta aquí sólo por ellos. – Comentó la cristiana en voz baja. – Cualquiera diría que alguien como tú debía de tener cientos iguales, o al menos el dinero para comprar nuevos.

– Sí, tal vez… – Murmuró escuetamente. – Pero también quería…

Sus palabras se cortaron. Bajó de nuevo su mirada al suelo unos momentos.

– Escucha, sobre lo que pasó esa noche…

Antes de que pudiera decir algo más, Magdalia alzó su mano hacia él de golpe, indicándole con ese sencillo acto que parara, y no dijera ni una sola palabra más. Miró por encima de su hombro con cautela. Se tomó entonces la libertad de tomar las perillas de la posada y cerrar ambas puertas.

– Si te parece bien… Quisiera no hablar de eso ahora… – Le indicó en voz baja, comenzando a caminar hacia un lado para quitarse de enfrente de la posada, esperando que Enishi la siguiera. – Si mi hermano o Shouzo lo escucharan… Bueno, preferiría no arriesgarme…

– Entiendo. – Comentó el albino, andando unos pasos detrás de ella. – Sólo creo que tengo que disculparme…

Magdalia lo miró algo sorprendida. ¿Disculparse? Bien, sí, ciertamente eso había sido algo por lo que muchos tendrían el deber de disculparse. Pero… ella no estaba del todo segura si era justo aceptar dicha disculpa, ya que era como dar por hecho de que todo había sido su culpa, y eso no lo podía afirmar con toda seguridad.

– No hay de qué disculparse. – Le respondió de pronto, tomando desprevenido al mafioso. – Escucha, lamento la forma en la que reaccioné luego de eso, alejándome y luego intentando evitarte. Estaba confundida, y no sabía cómo actuar. Pero ahora, ya más calmada, entiendo que fue un momento lleno de sentimientos encontrados para ti, y no podías controlar del todo tus acciones. Después de todo ya he visto como ese tema te pone… En parte prefiero que haya sido eso, y no otro disparo.

El último comentario lo acompañó un singular tono de humor, quizás para aligerar el ambiente. De cierta forma parecía haber tenido resultado, pues una pequeña sonrisa se asomó en los labios de Enishi, aunque se volteó discretamente a otro lado, quizás en un intento de disimularlo.

– Entonces… ¿Piensas que fue eso? – Murmuró el albino en voz baja. – ¿Qué fue… una reacción involuntaria… casi como ese disparo en el restaurante?

– Es lo más seguro. – Recalcó Magdalia, aunque inmediatamente después calló, observando al hombre ante ella con detenimiento – ¿O no?

Esa simple y sencilla pregunta pareció haber causado un pequeño sobresalto en Enishi. Sí, era lo más seguro… No, más bien era la única opción posible, ya que las alternativas a ello eran sencillamente inverosímiles. Debió haber sido otro de esos ataques de “locura”, por llamarlos de alguna forma, que siempre le provocaba hablar aunque fuera indirectamente del asunto de su hermana. Otra simple reacción incontrolable y no razonada… Eso debía de ser…

Pero, aun así, una parte de él prefería no responderle, prefería mejor dejar esa pregunta, que era más un requisito o una forma de hablar que una pregunta real, en el aire. ¿Para qué?, en realidad no estaba seguro. En su lugar, prefirió al parecer pasar de inmediato y sin aviso a otra cosa.

– Así que, ¿irán a otros puertos a buscar más apoyo entre la gente? – Comentó de pronto aún sin mirarla.

Magdalia pareció extrañarse un poco por la pregunta ten repentina, y que poco o nada tenía que ver con lo que halaban. En parte sintió un poco de alivio de no seguir hablando de ese tema tan incómodo, pero en parte también sentía que dejarlo de esa forma no le daba una conclusión satisfactoria.

– Así es. – Contestó con calma. – Después de todo, tenemos aún mucho trabajo que hacer antes de volver a casa.

– Entiendo. Y… – Calló unos instantes, para luego, lentamente volverse hacia ella de lleno. Sus lentes se habían bajado un poco y la castaña lograba verlos escasamente por el arco de estos, y entre sus mechones blancos. Había algo extraño en ellos. Se veían apagados, y notoriamente ausentes. – ¿Crees que vuelvan a Shanghái… otra vez?

La cristiana meditó unos instantes sobre la pregunta que le acababan de hacer. La respuesta en realidad no era muy complicada, pero era más la forma de decirlo lo que le preocupaba.

– No, la verdad no lo creo. – Pronunció luego de un rato, acomodándose un mechón de cabello con sus dedos. – No pronto, al menos. La verdad es que mi hermano y yo… ya tenemos más negocios aquí.

Por supuesto, tenía sentido. La pregunta por sí sola era necia y sobrada. ¿Por qué habrían de volver otra vez a ese puerto? Era obvio que tenían cosas mucho más importantes que hacer en otros sitios; una revolución y la independencia de todo un territorio no se lograría por sí solos…

– Supongo entonces… que esto es un adiós.

– ¿Un adiós? – Repitió ella como un pequeño susurro.

¿Lo era? ¿Era un adiós? Era lógico decirlo, y el dudarlo parecía tonto. Se irían de ahí a Hong Kong, luego a Hankou, de ahí a Canton, Nanjing… Luego de regreso a Shimabara, y de ahí… Era desconocido lo que ocurriría en los meses posteriores a ello. Y ella misma lo había dicho; era más que probable que no fueran a volver a ese lugar otra vez pronto. ¿Sería esa en verdad la última vez que se verían? Luego de todo lo que había compartido con ella la Víspera de Año Nuevo, e incluso con su inesperado final, ¿se iría y dejaría todo así? ¿Así era como pasaría todo?

Sí, así tendría que ser…

¿Y qué alternativa tenía? ¿Quedarse?, ¿para qué haría una cosa como esa?, ¿de qué serviría hacerlo? Tenían un movimiento que dirigir, y hasta su último aliento debía apoyar a su hermano en ello, encargarse de que todo lo que habían soñado y planeado juntos se hiciera realidad. Esa era su misión, ese era su fin… ¿No le había dicho justamente esa misma noche que ese era su único propósito y por el que vivía? Y esa era la verdad. ¿Para qué dudar? ¿Para qué hacerse esas preguntas a sí misma? ¿Por qué considerar siquiera las opciones…? No había opciones, así de sencillo.

Pero, aun así… Aun a pesar de todo ello…

Apretó sus puños con fuerza, cómo un tic de intentar controlar algún sentimiento angustioso que comenzaba a invadirla. Debía serenarse, mantener su semblante y su porte. No podía permitirse que él, ni nadie, vieran por fuera lo que tanto le perturbaba por dentro. Esos sentimientos eran impropios de ella, impropios de cualquier mujer decente y cristiana. Además del sencillo hecho de que no tenían sentido ni justificación… Era sencillamente una “locura”

– Oye, no hay porqué pensar de esa forma. – Comentó de pronto, sonriendo ampliamente e intentando transmitirle la mayor seguridad y entusiasmo que le era posible. – Escucha, cuando te dije esa noche que ya no tenías por qué seguir solo, y que quería ser tu amiga… Lo decía enserio, y sé que tú también hablabas enserio en todo lo que me dijiste. Así que si los dos mantenemos esas palabras, sé que nos volveremos a ver. ¿Qué tal si…? – Calló unos momentos, replanteándose si era buena idea lo que estaba por sugerir, pero no tardó mucho en decirse a sí misma que en efecto, así era. – ¿Por qué… no vienes tú a Shimabara a visitarme, para variar?

Enishi pareció confundido. ¿Hablaba enserio? ¿Lo estaba invitando a ir a Shimabara? ¿A esa Shimabara de la que tanto había hablado y a la que se refería como que sería su Paraíso en la Tierra? ¿Estaba invitándolo… a él… a ir hasta ahí sólo para visitarla?

– ¿A Shimabara? – Repitió con algo de duda. – ¿Le permitirán la entrada a su Tierra Sagrada a un maleante como yo?

Magdalia rio un poco ante su pregunta.

– Puedo hacer una excepción. – Le comentó con un tono ligero; de nuevo, el albino no pudo evitar sonreír.

– Entonces, quizás lo consideraré.

Sin proponérselo, ambos volvieron a quedarse en silencio. Pero ya no era un silencio incómodo. En cambio, ambos miraban al otro, quizás meditando en lo que esa corta conversación significaba, o qué era lo que le dejaba a cada uno. Pensaban quizás en qué pasaría después, qué cosas habría que pensar o decidir. Pero sobre todas las cosas, miraban al otro en un intento de memorizar cuál era su expresión en esos momentos…

– Creo que tengo que irme. – Comentó Enishi de pronto, rompiendo el silencio.

– Claro, sí. – Respondió ella a su vez, reaccionando. – Yo debo seguir preparándome para nuestro viaje… Así que… – Algo tímida, dio un paso hacia él y le extendió su mano a modo de saludo. – ¿Nos vemos en otra ocasión?

Enishi contempló sólo unos momentos la mano que Magdalia le ofrecía. Pareció dudar, pero al final él mismo dio un paso hacia ella y extendió su propia mano, dándole un pequeño apretón, apenas lo suficiente para rodear su pequeña y delgada mano con sus dedos, y poder sentir el calor que su piel emanaba.

A diferencia del pequeño contacto anterior que la había hecho retroceder casi asustada, ese apretón no pareció tener ninguna mala reacción de ella. De hecho, se sentía como todo lo contrario…

– Hasta luego, Magdalia…

– Sayo. – Pronunció de golpe la cristiana, sin darle tiempo siquiera de terminar de hablar. – Mi nombre es Sayo. Pero ya lo sabías, ¿o no?

Enishi en efecto tenía el recuerdo de que ese era el nombre con que su hermano la había llamado aquella noche de octubre: Sayo, su nombre japonés, su verdadero nombre. Habría asumido que era algo reservado únicamente para su familia, o para este caso únicamente su hermano… ¿O quizás era más bien Magdalia el que estaba reservado para sus seguidores?

– Puedes llamarme con ese nombre con toda confianza.

– De acuerdo… Sayo…

De nuevo un instante de silencio, en el que ambos se miraron el uno al otro, con pequeñas sonrisas adornando sus labios.

Enishi se giró y comenzó a caminar por la calle. Sayo ingresó de nuevo a la posada, cerrando la puerta detrás de ella. Sin embargo, en lugar de subir las escaleras de regreso a su cuarto, se quedó unos instantes en ese sitio, recargándose contra la pared, como si se sintiera cansada y ocupara apoyarse en algo. Llevó su mano derecha a su pecho, y sintió como su corazón se agitaba violentamente.

Respiró hondo, intentando tranquilizarse. Una mujer decente y cristiana…

Se detuvo unos momentos, cortando su propio pensamiento. ¿Exactamente qué era lo que una mujer decente y cristiana no debía de sentir o pensar? ¿Qué era eso que se impedía a sí misma admitir y por qué? ¿Era tan horrible la posibilidad? ¿Era tan horrible para ella pensar siquiera que en efecto… ese hombre podría haber causado tal sentimiento en ella?

Sacudió su cabeza con rapidez, intentando hacer que todas esas ideas se disiparan de su cabeza. No importaba si la posibilidad era horrible o no. La única verdad irrefutable de todo ello, era que ella tenía un sólo propósito en ese momento, y no tenían nada que ver ni con Shanghái ni con Yukishiro Enishi. Dicho propósito estaba en Shimabara y a lado de su hermano.

Respiró profundamente una última vez, y entonces caminó tranquilamente hacia las escaleras.

Pasarían varios meses de nuevo, antes de sus caminos se volvieran a cruzar. Pero en todo ese tiempo, y pese a todo lo que cada uno viviría por separado, ninguno dejaría que esos profundos, e incluso un poco perturbadores pensamientos, se apartaran de ellos…

FIN DEL CAPITULO 22

La primavera poco a poco está llegando a su fin. La confusión y la duda que yacen en el interior de Enishi se hacen más y más grandes conforme pasan los meses, y por más que lo intenta, no puede sacar de su cabeza a esa persona. ¿Qué decisión tomará? ¿Se podrá permitir aceptar lo que siente…?

Capítulo 23. A Shimabara…

Notas del Autor:

Pasé de un año sin publicar nada de esta historia a subir cuatro capítulos; eso debe significar algo. Pero bueno, en el próximo capítulo daremos un salto en el tiempo, a un punto muy importante en la historia de esta serie, y creo que todos sabrán cuál será. Nos vemos en la próxima.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 22. Sayo

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