Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 21. Fuegos Artificiales

4 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 21. Fuegos Artificiales


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 21
Fuegos Artificiales

 Shanghái, China
01 de Febrero de 1878 (4574 del Calendario Chino)

Ya había anochecido y los faroles de gas estaban encendidos y alumbrando ligeramente la noche. La plaza central del Barrio Cristiano se encontraba particularmente poblada en esos momentos, aunque en su mayoría eran niños, y sólo unos cuantos adultos. Era el último día del Año Chino, y toda la ciudad estaba de fiesta, llena de luces y de ruido. En comparación, el Barrio Cristiano se encontraba mucho más tranquilo, pues no era precisamente una fiesta que ellos festejaran de manera particular. Sin embargo, era difícil, sino es que imposible, evitar que los niños se emocionaran con los fuegos artificiales que iluminarían el cielo justo a la media noche. Todos los niños del barrio habían acordado reunirse en la plaza para verlos, así que algunos adultos se ofrecieron a servir de guardia, entre ellos Magdalia, y por adición Shouzo igual.

Justo afuera de la capilla, habían colocado cuatro mesas alargadas, una a lado de la otra y las habían cubierto con manteles blancos. Colocaron sillas a cada lado, para poder servirles algo de cenar a los niños, y claro también a sus cuidadores. Pusieron las ollas con comida en una hoguera que prepararon a un costado de la capilla, calentando los platillos en preparación para ser servidos cuando fuera el momento.

Mientras tanto, Magdalia se divertía entreteniendo a los más pequeños. Siempre había tenido gran facilidad para llevarse con los niños, y estos siempre parecían tener una gran facilidad para encariñarse con ella y hacerle caso… bueno, más o menos hacerle caso. Desde sus años viviendo en Hong Kong, disfrutaba mucho jugar con ellos y enseñarles cosas; en otras circunstancias, quizás hubiera sido una muy buena maestra… quizás…

Más que nada por la insistencia de los niños, Magdalia había accedido a jugar con ellos a “Burlar al Hombre Ciego” o “La Gallina Ciega”. Como era de esperarse, ella fue la seleccionada para ser la Gallina Ciega. Los niños le colocaron un pañuelo blanco alrededor de los ojos, privándola por completo de su vista. Luego la hicieron dar varias vueltas, y entonces, mientras ella estaba aún un poco mareada, comenzaron a girar a su alrededor al tiempo que cantaban y reía. La joven castaña, extendía sus brazos al frente, intentando atrapar a alguno de los pequeños, mas sus manos siempre terminaban por sólo abofetear el aire. Podía sentir como se movían a su alrededor y reían entre ellos con complicidad cada vez que fallaba, a veces por un pelo, de atrapar a alguno.

– No es cortés reírse así de las personas. – Les decía con falsa molestia.

No creyó que de hecho fuera a ser tan complicado; se veía que esos niños tenían gran facilidad para escurrirse, y encima de todo estaban en un espacio considerablemente amplio.

Por unos instantes, pareció que todos los niños hubieran callado abruptamente; ya no se escuchaba ni un sólo sonido, ni de pasos, ni de risas, ni de cantos. Eso inevitablemente terminó por ponerla un poco nerviosa.

– Oigan, no es justo; no se queden callados. – Recriminó la cristiana. – ¿Dónde están? ¿Dónde están?

Entre todo el silencio, escuchó una serie de pasos acercándose por su costado derecho. Se giró rápidamente en esa dirección, y comenzó a avanzar moviendo sus manos en el aire, algo bajas a la altura que esperaría encontrarse con la cabeza de un niño. Luego de sólo unos cuantos segundos, sus manos al fin lograron tocar algo, pero no parecía ser la cabeza de un niño. Pero sí parecía la tela de la ropa de alguien… Pero de alguien más adulto. Palpó un par de veces para cerciorarse, y entonces escuchó una serie de risillas burlonas a sus espaldas.

– Vaya, no me esperaba este recibimiento. – Escuchó como una voz grave, nada similar a la de un niño, pronunciaba justo delante de ella; y lo peor fue que… la voz le pareció bastante familiar.

Con su mano se levantó la venda de los ojos y alzó su mirada, encontrándose justo con lo que no deseaba encontrarse: unos astutos ojos turquesa, que apenas y se asomaban sobre el armazón de unos lentes oscuros, y de debajo de algunos mechones blancos.

– Hola de nuevo. – Comentó de pronto la misma voz orgullosa. – Qué curioso encontrarnos por aquí.

Magdalia apenas y logró salir de su asombro, para darse cuenta de que su otra mano, lo que tocaba era justamente el vientre del joven albino. Rápidamente la retiró y dio varios pasos en reversa para alejarse de él; los niños a sus espaldas volvieron a reír al unísono.

Sólo hasta entonces la cristiana tuvo la serenidad de poder ver con más cuidado a la persona recién llegada. En efecto era quien pensaba: Yukishiro Enishi en persona, el mismo que acababa de ver esa tarde en el mercado, aunque ahora había algo distinto en él; más específicamente en la ropa que usaba. En lugar de las finas prendas que siempre traía consigo, en esa ocasión usaba un atuendo mucho más discreto: zapatos cafés con apariencia roída, unos pantalones grises, abrigo café oscuro desalineado, guantes negros sin dedos, y una boina también café sobre su cabeza, que ocultaba gran parte de su singular cabello.

Como era de esperarse, además, no venía solo. Unos pasos detrás de él, venía el mismo chico que siempre lo acompañaba a todos lados. También usaba ropas distintas, del mismo estilo que las suyas, o no traía, al menos de forma visible, los sables que siempre cargaba en su espalda. Aun así, era fácilmente reconocible que se trataba de él.

– Ah… Hola… – Comentó la ojos verdes luego de un rato, una vez que pudo aclarar de nuevo sus ideas. – La verdad no creí que fueras a venir.

– Oh, lo siento. ¿La invitación no era enserio? – Le cuestionó Enishi con un tono burlón.

– No, no, sí lo era. Pero no creí que la aceptaras. – Guardó silencio unos momentos, y entonces bajó su mirada echándole un segundo vistazo a sus ropas. – Bonito atuendo.

– Gracias. Bastante común, ¿o no?

Sentía la necesidad de preguntar, pero en el fondo sabía que sería una pregunta de más. Lo más seguro era que, estando las calles tan repletas de gente por las fiestas, hubiera querido pasar desapercibido; después de todo, era una persona que difícilmente podía no llamar la atención. Además claro, quizás buscaba no causar tanto alboroto en ese mismo sitio con su presencia, aunque fácilmente cualquiera podría saber que no era de por ahí y preguntarse quién era ese extraño.

Magdalia sonrió divertida.

– Creo que falta algo.

– ¿Qué?

Señaló entonces a sus propios ojos, indicándole con esa simple seña a qué se refería.

– ¿Los anteojos? – Comentó Enishi, acercando su mano a ellos, pero sin tocarlos. – Pero si son parte del disfraz.

– Siempre usas anteojos oscuros. Si tu intención es disfrazarte, es más probable que no te reconozcan sin ellos.

Antes de darle tiempo de replicar, la joven se dio a sí misma la libertad de aproximarse hacia él y tomar los anteojos con sus dos manos. El albino se quedó totalmente quieto, posiblemente algo sorprendido por la repentina cercanía de la cristiana. No opuso resistencia alguna cuando ella tomó los anteojos con sus manos y se los retiró con cuidado.

– Listo, no dolió, ¿o sí? – Comentó sonriente, teniendo los lentes entre sus manos.

– Muy simpática. – Comentó Enishi con seriedad, desviando su mirada hacia otro lado. No lo diría en voz alta, pero de hecho sí se sentía un poco extraño de no traerlos puestos en esos momentos; era casi como sentirse expuesto sin razón aparente.

Las risas de los niños detrás de Magdalia llamaron de nuevo su atención; parecían estarse burlando de ella, de una forma nada discreta.

– Dejen de reírse sin motivo, y vayan a la mesa que ya es momento de cenar. – Les indicó al girarse nuevo hacia ellos y aplaudiendo un par de veces con sus manos. – Vamos, vamos, no se queden ahí parados; quien no cene, no podrá ver los fuegos artificiales. Andando.

El grupo comenzó a correr en manada hacia el frente de la capilla, en donde habían colocado las mesas para la cena.

– Ustedes también vengan. – Les comentó Magdalia a sus dos invitados. – La cena ya casi se sirve.

– Disculpa, pero yo no vine a cenar. – Comentó Enishi de inmediato, de una forma un poco cortante. – Dijiste que hablaríamos con más calma del porqué estás de regreso aquí en Shanghái si venía, y cómo ves, cumplí.

Magdalia parpadeó un par de veces, ligeramente confundida por sus palabras.

– ¿Enserio te interesa tanto que sólo por eso aceptaste mi invitación?

– Sí, exactamente fue sólo por eso. ¿O es que acaso tú me invitaste por algún otro motivo?

La joven guardó silencio un rato. Alzó su mirada unos momentos hacia el cielo, como si estuviera meditando, pero era imposible adivinar qué pues su expresión se había turnado algo seria e inexpresiva.

– Bueno, como prefieran. Pero yo sí voy a cenar. Pueden quedarse aquí y esperarme, o son libres de acompañarnos a comer.

– Oye, aguarda un momento…

– Con su permiso.

Antes de que Enishi terminara de hablar, la joven le hizo una ligera reverencia con la cabeza, y entonces se giró y se alejó caminando en la dirección a la que se habían ido los niños. Enishi tuvo la tentación de decirle que se detuviera, pero sabía muy bien que iba a ser inútil.

Debería de haberse sentido molesto en esos momentos, pero en lugar de eso de sus labios sólo surgió risa corta, pero sonora.

– Vaya mujer, ¿no crees, Xung-Liang? – Comentó divertido, volteando a ver a su guardaespaldas sobre su hombro.

– Siempre me ha parecido un tanto peculiar, maestro… Si me permite decirlo.

– Te lo permito. Pues bien. – Se encogió entonces de hombros con resignación. – Supongo que no tenemos muchas alternativas.

Sin decir mucho más, comenzó a caminar en la misma dirección en la que Magdalia se había ido. Al inicio Xung no pareció entender qué era lo que haría, pero luego de algunos pasos lo comprendió, y de inmediato se adelantó para marchar detrás de él.

Cerca de la mitad de los niños ya habían tomado asiento. Shouzo se encontraba en esos momentos colocando platos y cubiertos en cada lugar de la mesa, mientras dos mujeres del barrio intentaban acomodar a los pequeños. Cuando Enishi y Xung rodearon la iglesia, y el joven de cabellos negros los vio, no pudo esconder en lo más mínimo su asombro, y posterior molestia. Enishi percibió de inmediato las ganas que tenía de recriminarles su presencia en ese mismo momento, pero de seguro el recuerdo de la invitación que la propia Magdalia les había hecho lo hacía contenerse.

– ¿Decidieron acompañarnos? – Escuchó la voz de Magdalia preguntándoles, y un segundo después apareció frente ellos, sujetando en sus manos una jarra con agua. – Pasen, siéntense donde puedan.

Enishi hizo caso y se aproximó con cautela a la mesa. En más de una ocasión niños pasaron corriendo frente a él y tuvo que detenerse en seco para evitar chocar con ellos. Al final llegó a su destino, y tomó una silla en el extremo de la mesa; Xung se quedó de pie detrás de él.

– Toma asiento también, por favor. – Le indicó Magdalia al guardaespaldas, al tiempo que vertía el agua de la jarra en el vaso frente al lugar de Enishi.

Xung pareció alarmado, por no decir asustado, por tan escandalosa sugerencia.

– Yo… No tengo permitido sentarme y comer en la misma mesa que mi maestro. – Respondió con un tono casi nervioso.

Magdalia lo volteó a ver sorprendida, y luego su atención se volvió hacia Enishi.

– Oh, vamos, ¿es enserio? – Le cuestionó al albino con cierto tono de reproche en su voz.

– No me mires a mí. – Respondió rápidamente encogiéndose de hombros. – Esa es cosa de él. Por mí puede sentarse donde quiera. – Volteó entonces a ver a Xung sobre su hombro. – Anda, es una orden si eso te hace sentir mejor.

Se veía desde lejos que la duda lo carcomía por dentro. Lentamente se aproximó a la silla que estaba justo al lado de Enishi, y con la misma duda se dejó caer de sentón en ella. Se quedó quieto como estatua en su asiento, con sus ojos totalmente abiertos y puestos al frente, como viendo sólo el vacío.

Enishi no pudo evitar reír divertido por tan singular reacción.

– Pareciera que te acabaras de sentar en carbón prendido, querido Xung. – Pronunció en voz alta, evidentemente causando una sensación de incomodidad en su acompañante.

Sólo hasta entonces Enishi posó su atención en el vaso de agua que Magdalia le había servido. Pero entonces se dio cuenta de que no era precisamente agua. Tomó el vaso, e intentó verlo contra la escasa luz que los alumbraba esa noche. Era más opaco que el agua. Lo acercó a su rostro y dio una olfateada rápida; el aroma que llegó a su nariz le fue de inmediato reconocible.

– ¿Acaso es lo que…?

Volteó a un lado esperando ver a Magdalia para preguntarle, pero ella ya no estaba ahí. De hecho, ya se encontraba varios lugares lejos de él, continuando sirviendo los vasos, hasta que el líquido de la jarra se acabó, y entonces se alejó de la mesa, seguramente para buscar más.

Enishi miró una vez más su vaso, y dio un pequeño sorbo de su contenido. No le quedó la menor duda: era agua y limón, con un ligero toque de azúcar. Eso era lo que ella había pedido en el restaurante aquella noche para tomar. Tan sencillo y simple, pero… En realidad no sabía nada mal.

La cena fue igual de simple: un estofado de res en caldo con verduras, pan y algunas papas cocidas. En cuanto a Enishi le sirvieron su plato, y sintió su aroma impregnándole la nariz, se dio cuenta, o más recordó, que se había ido del restaurante esa tarde sin haber comido; sólo entonces fue consciente de que de hecho sí tenía hambre. Sintió de inmediato la intención de comenzar a comer, pero un instante antes de dar el primer bocado, se dio cuenta de que nadie más en la mesa comía. Aún después de que igualmente ya tenían su plato frente a ellos, nadie los tocaba; en lugar de eso platicaban entre ellos, o simplemente permanecían callados, esperando.

Luego de un rato, notó que Magdalia se colocaba de pie justo en la cabecera de la mesa, en el extremo contrario a aquel en el que él estaba.

– Oremos en silencio. – Exclamó con un tono elevado para que todos la escucharon.

De inmediato, todos cerraron los ojos, juntaron sus manos frente a ellos y agacharon su cabeza en posición de oración; claro, todos menos Enishi y Xung. Éste último volteó a ver a su amo, intentando preguntarle con la sola mirada si tenía que hacerlo también. Enishi pareció comprender su incertidumbre, y simplemente negó con su cabeza, indicándole que no. En su lugar, los dos se quedaron callados, aguardando a que ellos terminaran con lo suyo.

– Demos gracias al Señor. – Continuó recitando la joven castaña. – Bendícenos Señor, y bendice estos alimentos que hemos recibimos gracias a tu generosidad. Da pan a los que tienen hambre, y hambre de Dios a los que tienen pan. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor…

– Amén. – Pronunciaron todos al mismo tiempo como una sola voz.

Una vez hecho, todos abrieron de nuevo los ojos y comenzaron a comer. Magdalia tomó asiento en la cabecera, lo que llamó un poco la atención a Enishi. No era común que una mujer ocupara la cabecera de una mesa de esa forma, ni siquiera en las costumbres cristianas, al menos hasta donde él sabía. Quizás no había otro lugar; la presencia de ellos dos bien podría haber provocado un movimiento en las sillas. O, sólo quizás, era una representación de lo realmente importante que era esa mujer para los demás presentes.

Mientras comían, los niños reían y jugaban, y los adultos platicaban entre ellos. Enishi y Xung sólo comían en silencio.

Quizás era el hambre, pero había algo singularmente delicioso en ese estofado, en esas papas y en ese pan, que a Enishi lo tenía ligeramente cautivado. Desde que había tomado su posición actual, estaba acostumbrado a los manjares más deliciosos que China y Europa le ofrecían. ¿Por qué entonces esa comida tan sencilla, preparada en un barrio tan humilde como ese, y con ingredientes tan comunes comprados en el mercado, le parecía más delicioso que mucho de lo que hubiera probado últimamente? ¿Qué lo hacía tan diferente?

Enishi quizás dedicó demasiado esfuerzo en esos pensamientos, más del que dedicó a de hecho disfrutar lo que comían. Había algo… quizás familiar en su sabor, en su aroma. Algo que le provocaba cierta… ¿Nostalgia?

Alguien se le paró de pronto a un lado, y por mero reflejo él se sobresaltó casi asustado, colocándose a la defensiva. Sin embargo, su peligro inminente resultó ser sólo una pequeña niña de cabellos anaranjados, nariz redonda y rostro manchado, que lo veía fijamente con una amplia sonrisa.

– ¿Eres el esposo de Santa Magdalia? – Le preguntó directamente y sin rodeos.

– ¿Disculpa? – Contestó Enishi, confundido por tal pregunta.

– ¡No digas tonterías! – Escuchó como exclamaba con fuerza un niño, sentado delante de él. – Santa Magdalia no tiene esposo. Ella es pura y santa como la madre de nuestro señor.

– Igual puede tener esposo. – Le recriminó la niña, molesta por su abrupta intervención.

– Qué no.

– Qué sí.

– Qué no.

– Qué sí.

– Hey, basta ustedes dos. – Los calló Enishi de inmediato. – Nadie es esposo de nadie, ¿sí? Santa Magdalia y yo… Sólo somos…

Enishi dudó profundamente en cómo terminar esa frase. ¿Qué eran ellos dos exactamente? ¿Eran algo que fuera digno de ser llamado de alguna forma? ¿Más allá del hecho de que casi mató a su hermano, y éste casi lo mató a él?

– Sólo somos amigos. – Escuchó de pronto pronunciar a sus espaldas.

Enishi se quedó casi helado al escucharla justo detrás de él; se quedó tan inmóvil que ni siquiera la volteó a ver, pero sabía muy bien que se trataba de ella…

– Es un amigo que invité a cenar con nosotros. – Añadió Magdalia, estando de pie detrás de la silla de Enishi; detrás de ella, Shouzo le acompañaba. – Y no estén haciendo preguntas que puedan incomodar a las personas, por favor.

– ¿Pero qué no es el chico que te salvó de ese sujeto que te quería hacer daño? – Comentó la niña, con notoria curiosidad.

Magdalia se sobresaltó sorprendida por la pregunta. Así que aun recordaban ese incidente; bien, no era algo fácil de olvidar después de todo.

– Sí, fui yo. – Comentó de pronto Enishi con cierta prepotencia en su tono, volteando a ver a la niña con una sonrisa astuta. – Le di una paliza a ese hombre malo. Genial, ¿no?

– ¡Sí! – Exclamó apresurada con emoción. – ¿Por qué no se casa con él, Santa Magdalia?

– ¡Deja de molestar a Santa Magdalia con tus preguntas tontas! – Gritó casi molesto el niño, y rápidamente se paró y rodeó la mesa hacia ella. Al verlo acercarse, la niña comenzó a correr alarmada.

– ¡No!, ¡déjame!

Ambos niños se alejaron corriendo a toda velocidad hacia el otro lado de la mesa.

– ¡Niños!, ¡no peleen! – Les gritó la joven cristiana, pero no hicieron caso alguno.

– Parece que tenemos una admiradora. – Comentó Enishi con cierto tono de humor, volteando a ver a Magdalia de rejo. Ésta miró hacia otro lado, un poco apenada.

– Los niños no saben lo que dicen.

– Sí, es verdad…

El ambiente se turnó ligeramente pesado de golpe. Cada uno miraba hacia otra dirección, casi como si temiera ver al otro. Ambos se quedaron en silencio absoluto por un rato, antes de que Enishi al fin se levantara de su silla y se girara de lleno hacia ella, obligándola a su vez a voltearlo a ver.

– Bien, supongo que ya cenaste, ¿no? – Le comentó el albino con seriedad. – Ahora creo que es momento de darme lo que me debes, Santa Magdalia.

La joven Amakusa lo vio de reojo en silencio. Cruzó entonces sus manos frente a ella y se paró derecha.

– De acuerdo. – Comentó con firmeza. Echó entonces una mirada rápida, tanto a Shouzo como a Xung. – Si nos disculpan un momento, queremos hablar a solas.

De inmediato comenzó a andar, aun antes de darle tiempo a alguno de los dos guardaespaldas de procesar su petición.

– Pero, Santa Magdalia… – Comentó Shouzo, siguiéndola con la vista.

– Todo está bien, Shouzo; tranquilo. – Le respondió sin voltear a verlo, aunque sí se viró unos segundos hacia Enishi. – ¿Vienes?

– ¿A dónde?

– A donde podamos hablar a solas, obvio.

Sin más explicación, siguió caminando. Enishi parecía un poco desconcertado, pero igual hizo lo que le pidió; no sin antes indicarle con los puros ojos a Xung que se quedará ahí. Aunque no dijo nada, el sentimiento de incertidumbre del chico era casi el mismo que el de Shouzo. Ambos simplemente se quedaron en su lugar, viendo cómo se alejaban entre las personas.

Shouzo suspiró entonces con mucho pesar. Pero, ¿qué significaba realmente ese suspiro? ¿Cansancio? ¿Resignación? ¿Preocupación? ¿Quizás un poco de todo?

– No pareces estar muy feliz con la escena ante ti. – Escuchó entonces como Xung-Liang, justo a su lado, le comentaba.

Shouzo pareció sorprenderse, y se viró con cautela hacia él; Xung tenía sus fríos ojos puestos en él, asomándose desde la sombra que causaba su boina sobre su rostro. Le parecía un poco extraño que ese sujeto le estuviera hablando. Siempre había estado a lado de ese sujeto, casi siempre que lo había visto, pero en realidad casi nunca habían intercambiado palabra; y la verdad era que tampoco era algo que le entusiasmaba mucho hacer. Él era después de todo quien los había atacado en la posada esa noche y llevado a Santa Magdalia por orden de ese sujeto. De hecho, fue en ese momento en el que le había dicho las únicas palabras que al menos él recordaba antes de ese momento: “Desde la primera vez que te vi supe que eras alguien especial.”; pero claro, estaba seguro de que dichas palabras no eran con la intención de halagarlo.

Aunque también le había ordenado no acercarse a Santa Magdalia cuando estaban en la casa de campo, aunque él insistiera que debía permitir que se la llevaran; lo cual tampoco contaba como una conversación real.

– ¿Por qué habría de estarlo? – Le respondió de forma seca y cortante.

– ¿Estás celoso, quizás?

– ¡No!, ¡claro que no! – Soltó de golpe casi alarmado. – ¡Mis sentimientos por Santa Magdalia no son nada parecidos a eso! Santa Magdalia es algo sagrado para mí, es casi como si fuera mi Diosa.

– No sé mucho de cristiandad, pero me parece que lo que acabas de decir es digno de ser llamado herejía.

Esa acusación alarmó aún más a Shouzo. Rápidamente se debió a otro lado, quizás por pena, o quizás por rabia. Xung lo miraba fijamente con suma curiosidad.

– ¿Te preocupa que tu Diosa tal vez empiece a tener otro tipo de sentimientos… hacia el Maestro Enishi?

Shouzo no tuvo reacción alguna ante su pregunta. Se quedó quieto, aun volteado hacia otro lado, y en absoluto silencio.

– Yo… No creo que sea eso. – Murmuró en voz baja. – Yo se lo pregunté hace mucho, y me dijo que no era así…

– ¿Y enserio lo crees? Sus acciones de esta tarde, invitarlo aquí sólo para hablar, aun después de lo que pasó con su hermano… no es algo normal.

De nuevo, Shouzo permaneció en silencio. De cierta forma, ese sujeto acababa de exteriorizar lo que él mismo había estado pensando todo el día. Alzó en ese momento su mirada al frente, en el momento justo en el que pudo notar que Magdalia encaminaba a Enishi hacia el interior de la iglesia, y entonces ambos se perdían de su vista.

– ¿Y qué hay de él? – Soltó de golpe en voz baja. – ¿Cuál es la opinión de él hacia ella?

– ¿Francamente? – Masculló Xung-Liang con mesura. – No tengo ni la menor idea. El Maestro Enishi es un completo misterio para mí. Cuando creo haberlo comprendido aunque sea un poco, se vuelve aún más confuso. Pero… No creo que tenga intención de hacerle algún mal a ella o a su hermano en estos momentos; creo que ya no tiene ese tipo de interés en ellos. Pero el qué tipo de interés tiene ahora, es precisamente lo que no sé…

Shouzo podía entender en gran medida las dudas que ese individuo expresaba; eran básicamente las mismas que él tenía.

– – – –

Enishi comenzó a sentir una ligera incomodidad cuando se dio cuenta de que Magdalia lo guiaba hacia el interior de la iglesia, si se le podía realmente llamar de esa forma. El exterior del edificio era realmente descuidado, como el de un edificio abandonado. El interior, igualmente tenía su apariencia rustica y quebrantada, pero parecía que se hacía un mejor esfuerzo por disimularlo. Todo estaba casi cubierto por completo de velas encendidas por donde veía; sobre todo al frente, en el altar debajo de la gran cruz de acero. Tenía algunos estandartes purpuras colgados de la paredes y arreglos de flores. Aun con todo eso, era difícil ignorar que sobre sus cabezas apenas y había un poco de techo, y gran parte de él parecía ser empajado.

Aun así, era extraño como en cuanto entraron, apenas y se lograba escuchar un poco el ruido de afuera, aun con todos los niños gritando y corriendo. El sitio de hecho estaba bastante silencioso, incluso “aterradoramente” silencioso. La única otra persona presente a parte de ellos, era una mujer, sentada en la fila de hasta adelante, con su cabeza agachada, y que no pareció reparar en su presencia.

– ¿Qué ocurre? – Escuchó que Magdalia delante de él le cuestionaba. – ¿Te incómoda estar aquí? Ya habías entrado, ¿no?

– Sí… Pero en esa ocasión en realidad no era muy consciente de donde estaba…

– ¿Cómo es eso?

– Es complicado…

La única vez antes de ese día en que había estado en esa iglesia, o en Barrio Cristiano en general, fue el día en que los hombres Ming-hu habían ido a causar problemas, y prácticamente sin quererlo se había metido en el problema. Los hechos de ese momento aún le eran algo confusos en su cabeza.

– Sentémonos. – Le indicó Magdalia cuando llegaron a la fila del centro, y entonces ella tomó asiento en la banca del lado derecho.

Enishi hizo lo mismo, sentándose a su lado, aunque manteniendo cierta distancia entre ambos, lo suficiente como para que cómodamente una tercera persona se sentara entre ellos si fuera el caso.

– ¿Siempre es así de silencioso?

– Es una iglesia, después de todo. – Comentó ligeramente divertida por la forma en la que lo había preguntado.

Ambos guardaron silencio por un rato luego de eso, como si esperaran que el otro comenzara de alguna forma la conversación.

– ¿Puedo preguntarte porque te interesa tanto el saber por qué hemos vuelto a Shanghái?

– Ya lo dije. Sólo es curiosidad, si acaso. Esa noche me pareció que tu hermano estaba más que decidido a irse de aquí y jamás volver.

– Decidido a irse, sí. A jamás volver, eso no lo creo. Lo cierto es que luego de que nos fuéramos de Shanghái el octubre pasado, seguimos esparciendo nuestra palabra entre las personas en los otros puertos. Tuvimos algo de apoyo, aunque no tanto como el que esperábamos. Se volvió obvio que necesitábamos de algún otro tipo de ayuda para nuestra causa, sobretodo ya que las negociaciones con el Feng Long no salieron del todo bien. Tuvimos problemas con ello, pero Kaioh al parecer ha conseguido un gran apoyo con la diplomacia Holandesa en Nagasaki.

– ¿Con los Holandeses? – Cuestionó Enishi, algo confundido.

– Así es. Kaioh se las arregló para exponerles nuestros deseos con Shimabara, y al parecer están interesados en darnos su apoyo. Aún falta ajustar varios detalles, pero por lo que entiendo todo parecer ser ya un hecho. Por eso haremos un segundo intento de invitar a los cristianos japoneses de Shanghái y de los otros puertos de China a venir a Shimabara con nosotros. Así que, en pocas palabras, es por eso que volvimos.

Así que se trataba de eso. Bien, no era algo tan sorprenderse; Enishi ya había considerado la posibilidad de que su regreso se debía a que querían seguir convenciendo a la gente de unírseles. Claro, no había imaginado los detalles finos de ello. Aun así, se sentía un poco… ¿decepcionado? Sí, quizás era la forma de decirlo, pero no identificaba porqué. ¿Su motivo para volver a Shanghái le decepcionaba? ¿Por qué? ¿Esperaba acaso que su respuesta fuera una totalmente diferente? ¿Qué era lo que esperaba que le dijera en realidad?

– Ya veo. – Murmuró en voz baja luego de algunos segundos de meditación. – ¿Pero enserio creen que puedan confiar en los holandeses para llevar a cabo sus planes?

– Mi hermano normalmente no confía en nadie, pero parece tener un buen presentimiento en esta ocasión. Después de todo, estaremos tratando con hermanos cristianos como nosotros…

– Y no con delincuentes sin religión como yo, ¿no? – Interrumpió el albino de golpe, antes de que terminara de hablar.

– No quería decirlo de ese modo. Pero no te mentiré; lo cierto es que por la naturaleza misma de nuestra causa, nos da más confianza tratar con personas que comparten nuestras creencias. Espero eso no te moleste de algún modo. Después de todo, las negociaciones con ustedes no se pudieron llevar acabo por otros motivos, totalmente ajenos a esto.

– No tienes que disculparte. – Volteó a verla entonces con una sonrisa pícara. – Lo creas o no, incluso en este negocio, son muy pocos los que siguen adelante con un trato luego de que el jefe del otro lado intentó dispararle a tu hermana, la secuestrara, y después tuviera una pelea con espadas contigo. Y si también te soy sincero, lo cierto es que gran parte de nuestros líderes no estaban interesados dicho negocio.

– Lo supuse. – Añadió Magdalia con confianza. – Todo siempre fue un truco para tenernos cerca y poder retar a mi hermano, ¿no?

– Algo así. – Le respondió con un tono astuto, guiñándole un ojo de manera casi descarada. – Pero volviendo a tu tema, hermanos cristianos o no, te puedo asegurar que los holandeses tampoco los apoyaran sin querer algo a cambio. De hecho, siendo alguien que ha tratado con occidentales durante largo tiempo, te puedo decir que es probable que tengas que cuidarte aún más de ellos que de nosotros. Deberán tener eso en cuenta.

Enishi notó en ese momento que Magdalia lo miraba con sumo interés en su mirada, con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Le pareció realmente extraño que lo estuviera viendo de esa forma; no se parecía en nada a ninguna de las expresiones que le había visto hasta entonces, incluso en aquellas en la que no lo miraba con enojo o con repudio.

– ¿Estás preocupado por nosotros, acaso? – Comentó la cristiana, casi como una acusación.

– Yo… No le diría preocupación. – Murmuró en voz baja con cierta duda. – Sólo tómalo como un consejo… de un amigo…

Magdalia pareció sorprenderse ligeramente al escucharlo.

– ¿Amigo? ¿Entonces sí nos ves cómo amigos?

– Si no quieres, me retracto. – Le respondió casi como un reproche, girándose hacia otro lado. – Pero ya le dijiste a la niña de afuera que lo éramos, así que eso te convertiría en una mentirosa.

Escuchó entonces como la castaña reía despacio, casi como si quisiera contenerse y no reír más fuerte.

– Lo siento, no quería que sonara de esa forma. Es sólo que no pensé que tú me vieras así. Creí que luego del duelo con mi hermano, tu interés hacia nosotros sería totalmente nulo.

Y no era la única. Él mismo aun lo pensaba de esa forma, y aun se debatía consigo mismo el porqué estaba realmente en ese sitio. Además, ¿realmente veía a esa cristiana como… su amiga? ¿O quizás sólo lo estaba diciendo con sarcasmo?

Aunque Magdalia ya había mencionado a su hermano en pasadas ocasiones durante esa conversación, fue hasta esa última mención que se volvió más consciente de la persona detrás de las menciones. Shougo Amakusa… Si aún le era difícil entender por qué Magdalia se sentía tan normal estando ahí sentada hablando con él, le era simplemente imposible incluso comenzar a imaginar qué era lo que ese individuo pensaba en esos momentos de él.

La mujer en la fila de enfrente se puso en ese momento de pie y comenzó a andar por el pasillo entre las bancas, directo hacia la puerta. Enishi le miró fugazmente de reojo al pasar a su lado.

– Tengo curiosidad. ¿Tu hermano sabe que tú…?

No terminó su pregunta, pero Magdalia pareció descifrar de inmediato qué era lo que continuaba.

– ¿Qué te invité a venir? – Murmuró en voz baja, casi como un secreto. – No, no por mí al menos, pero de seguro se enterará más temprano que tarde. Pero igual, no creo que la idea le moleste tanto como crees.

– ¿Ah… no? – Le cuestionó el albino bastante dudoso de su afirmación.

– La verdad es que muchas cosas cambiaron luego de su encuentro aquella noche. Mi hermano podrá ser o querer ser muchas cosas, y tú podrás creer o no que es el Hijo de Dios. Pero lo único cierto e irrefutable, es que es un espadachín, y como tal, es capaz de conectarse con un contrincante en el momento en el que choca su espada con la suya. Nunca me lo dijo abiertamente, pero estoy casi segura de que en aquel momento pudo darse cuenta de que todo lo que le había dicho de ti era cierto, y su opinión sobre tu persona cambió drásticamente.

– Eso que me dices es… ciertamente inesperado. – Masculló despacio. – ¿Así que también piensa que soy un niño hambriento de amor y con deseos de venganza? ¿O tú opinión sobre mí ha cambiado desde entonces…?

– Ese punto nunca cambió. Pero sí cambiaron… algunas otras cosas…

Había algo curioso en la forma en la que había dicho eso último. Por primera vez durante esa conversación, había agachado su cabeza, y se había puesto un poco pensativa.

– Lo que dijiste hace un momento, sobre que no eras muy consciente de donde estabas aquel día cuando entraste a salvarme… ¿Tiene que ver con lo que pasó aquella noche? ¿Cuándo mi hermano dijo que no estabas peleando realmente con él?

Enishi no respondió nada de inmediato. Aunque sabía muy bien cuáles eran los dos hechos que estaba relacionando, aun así pareció querer repasarlos en su cabeza, intentando recordarlo todo a detalle. Sintió el tic involuntario de acomodarse sus anteojos, pero sus dedos terminaron por tocar su propia piel, y entonces pudo recordar que Magdalia, literalmente, se los había arrebatado.

– En parte… O más bien, sí… – Respondió casi susurrando, pero aun así ella fue capaz de escucharlo con claridad.

– Sé que todo lo que hiciste en aquel entonces fue con la intención de pelear con mi hermano. – Comentó la castaña, mirándolo ahora fijamente con interés. – Pero lo que aun no entiendo es por qué deseabas con tanto ahínco hacerlo. ¿Con quién estabas peleando realmente esa noche? Tiene que ver con eso que te pasó, lo que no me quisiste contar, ¿cierto?

Fingir que no sabía de lo que estaba hablando sería totalmente inútil. Así como recordaba vívidamente cada detalle de esa noche, recordaba vívidamente la reacción inmediata que había tenido justo después de que ella terminó su relato.



De pronto, por el rabillo del ojo notó como se deslizaba por la banca hacia él, acortando considerablemente la distancia entre ambos. Por alguna razón, esa repentina cercanía puso ligeramente incomodo a albino, aunque se forzó a sí mismo a disimularlo.

– Tú ya sabes cuál es mi historia, sabes todo lo que me pasó. ¿Qué daño puede hacerte contarme la tuya?

Enishi se sorprendió de escuchar tal petición, y eso no fue capaz de disimularlo en lo absoluto. Ambos se quedaron en silencio un rato, simplemente mirándose el uno al otro con insistencia, como si esperaran que alguno cediera, pero ambos parecían bastante firmes en ello. La sorpresa de Enishi se fue desvaneciendo poco a poco, y se convirtió al final en una profunda gravedad.

– Para eso me trajiste aquí realmente, ¿verdad? – Murmuró en voz baja de pronto.

– ¿Qué dices?

– Para eso me invitaste, ¿no? La verdad es que quieres que sacie tu curiosidad y cumpla ese supuesto trato que hicimos esa noche, pero que yo nunca acepté en realidad. – Una sonrisa astuta se reflejó en sus labios, aunque con marcados signos de ser una sonrisa forzada. – Tendrás que intentarlo mejor…

Magdalia suspiró algo cansada. Se viró hacia el altar, y con sus dedos se acomodó un mechón de su cabello detrás de su oreja.

– Si eso es lo que piensas, supongo que sería inútil intentar decirte que te equivocas. Igual no te puedo forzar a hacer nada que no quieras. Puedes decírmelo si así lo deseas, pero si no igual estará bien. – Volteó en se momento a verlo con una expresión tranquila, y una suave sonrisa, mucho más sincera que la suya. – Lo que menos deseo en estos momentos es hacer algo que te incomode.

Enishi se sentía intrigado por todo; no sólo por esos últimos momentos, sino por toda la noche. ¿Por qué actuaba de esa forma tan calmada, tan natural, tan… amistosa con él? ¿En verdad tras esa noche de Octubre, su opinión de él había cambiado tanto que ahora se sentía así con su presencia cuando en todas las ocasiones anteriores siempre estaba constantemente a la defensiva? Incluso sus constantes intentos de hacerla enojar, no parecían tener el menor efecto. Nada de eso tenía sentido, o al menos para él no lo tenía…

¿Cómo se suponía que él debía de reaccionar en esos momentos? ¿Molesto? ¿Sorprendido? ¿Debería hacer aún más insistente en intentar romper esa máscara de amabilidad con la que lo confundía en esos momentos? Y… ¿y si no era una máscara? ¿Y si de hecho esa era su manera natural de ser, como actuaba con las personas que no le desagradaban? ¿Y si así era como en verdad actuaba con las personas que podía llamar… amigos? ¿Significaría entonces que toda esa noche habría sido algo real? ¿Realmente sólo lo invitó a cenar sin ningún otro motivo oculto? ¿Realmente ella…?

Llevó una mano a su rostro y comenzó a tallarlo con fuerza, como si intentara deshacerse de una mancha que simplemente no se iba; lo había hecho tan fuerte, que se había dejado marcas rojas en la piel.

– ¿Te encuentras bien? – Le preguntó Magdalia con un claro tono de preocupación.

¿Bien? ¿Se encontraba bien? No tenía ni idea, no tenía ni idea de nada… Se recargó por completo contra la banca, haciendo su cabeza hacia atrás y cerrando los ojos. De seguro desde su perspectiva, estaba de nuevo actuando como un loco. Y quizás eso era después de todo, ¿no? Un loco… Un loco sin remedio…

Mientras tenía los ojos cerrados, le pareció ver por unos instantes esa figura femenina en kimono blanco, caminando delante de él con paso lento, apoyando su sombrilla roja sobre su hombro derecho. El sólo ver su espalda, sus cabellos negros cayendo sobre ésta, y el sonido de sus getas de madera contra el empedrado, lo hacían sentir mucho más calmado…

Sin embargo, el sonido de las getas contra el suelo, comenzó a distorsionarse poco a poco. Cada segundo, el sonido era cada vez más diferente, hasta que ya no era para nada el mismo sonido que antes. Ahora podía reconocer con claridad lo que era: tosidos, tosidos constantes en intervalos de tres en tres. Y la imagen del kimono blanco se desvaneció, y en su lugar se formó otra: la de una mujer hincada en el suelo, tosiendo con fuerza, mientras sus manos se aferraban a su propia boca…

Sus ojos se abrieron de nuevo. ¿Cuánto tiempo había estado así? ¿Se había quedado dormido? ¿O sólo habían pasado unos cuantos segundos? Era difícil saberlo. Estaba convencido de que en cuanto volteara a su lado, la banca se encontraría vacía a excepción de él. Pero se equivocó: Magdalia seguía sentada a su lado, mirándolo fijamente, expectante. Supuso que eso debía significar que no se había desconectado tanto como pensaba.

– Hay algo que no me dijiste esa noche, ¿no? – Comentó el albino de manera dura, mientras con sus dedos se acomodaba los mechones de su fleco. – No me hablaste de tu enfermedad.

La cristiana se sobresaltó al escucharlo, y fue incapaz de ocultar el asombro en su rostro. Guardó silencio unos instantes, aparentemente dudosa. Si tuviera que adivinar, Enishi diría que debatía consigo misma sobre cómo reaccionar ante ello, y quizás no estaría del todo errado.

– Así es, no lo hice. – Murmuró la castaña en voz baja. – Pero igual, parece que ya lo sabes.

No tuvo intención alguna de negarlo. Enishi había pensado que fingiría ignorancia por unos momentos, que negaría saber a qué se refería, aunque fuera inútil; quizás en un burdo intento de esperar que no se hubiera dado cuenta del ataque que había sufrido esa noche, ni que su guardaespaldas, que estaba de pie a su lado, se lo hubiera dicho. Pero en lugar de eso se reincorporó con serenidad, y le respondió con indiferencia… Como si el tema no tuviera importancia…

Pero la tenía, claro que tenía importancia… ¿O no? O más bien… ¿Era importante para él? ¿Por qué habría de serlo…?

– ¿Qué tan grave es? – Cuestionó el albino a continuación, algo dudoso de hacer tal pregunta; ¿temía acaso de escuchar la respuesta?

– Mi hermano ha logrado mantenerla bajo control estos años, pero… – Hizo una ligera pausa reflexiva, y luego continuó. – Casi siempre me siento bien, y puedo hacer lo que sea sin problema. Es en los momentos de mayor estrés o preocupación cuando los síntomas se disparan en mí. Y siento que cada episodio se vuelve un poco peor que el anterior.

Momentos de mayor estrés y preocupación… ¿Cómo aquella noche? ¿El ver a su hermano pelear, ser herido, y quizás estar a punto de morir…? ¿Él le había causado eso? ¿Él era el culpable de que le ocurriera? Llevó su mano a su boca, aferrándola a ella como si temiera gritar. La separó luego de un rato, y entonces abrió la boca con la clara intención de decir algo… pero las palabras que quería decir no salieron: “lo siento…”

Quería disculparse, por segunda vez en ese día. Su cabeza procesó y formó las palabras, pero en algún punto entre su cerebro y su boca, algo más intervino y lo detuvo. En lugar de eso, pasó al siguiente pensamiento.

– A eso te referías en el restaurante, ¿verdad? – Murmuró muy despacio, mirando hacia el suelo. – Cuando te apuntaba con mi arma, dijiste que no le tenías miedo a la muerte… ¿Acaso… Acaso lo dijiste porque ya te resignaste a morir…?

Sintió que su voz casi le temblaba para el final de la pregunta. De nuevo temía escuchar cuál iba a ser su respuesta; temía escuchar lo que ya en su cabeza era prácticamente un hecho…

Magdalia, un tanto ajena al verdadero efecto que todo eso tenía en Enishi, parecía mucho más calmada y serena, como si el tema en verdad no la afectara ni un poco.

– Es una verdad inamovible y ley divina, que todo ser vivo en este mundo debe de morir. – Le respondió con marcada entereza. – No está en nosotros decir el cuándo o el cómo. Todo ello es sólo la voluntad de Dios…

– ¿La voluntad de Dios? – Masculló, más como un gemido que palabras claras. Sus manos se aferraron con fuerza al respaldo de la banca de enfrente, hasta que sus nudillos se pusieron blancos. – Eso… ¡Eso es basura!

Su grito se escuchó con fuerza en todo el interior de la capilla. Al no ser un sitio completamente cerrado, el eco no era tan marcado como un esperaría de un sitio así, pero igualmente se pudo percibir como su voz era alzada por esos muros. Magdalia se sobresaltó un poco por el repentino cambio. Enishi seguía con sus manos aferradas a la banca delantera, e igualmente había pegado su frente contra ésta. Su posición y los mechones blancos que caían sobre su rostro, evitaban que pudiera ver por completo su rostro.

– ¿Cómo puedes seguir repitiendo eso? – Prosiguió con un tono más calmado, pero no por eso carente de ímpetu. – Si tu Dios existiera, a la primera persona que debería salvar y ayudar es a ti, que tanto veneras y alabas su nombre; que eres fiel y creyente de él, y una buena persona. Si tu Dios existiera, quien debería de estar enfermo y muriendo… ¡Debería de ser yo! ¡Debería de ser el hombre malo, corrupto y lleno de odio! ¡Yo debería de ser el castigado!, ¡no tú! ¡¿Por qué rayos no maldices a tu Dios en lugar de justificarlo?!

Había algo llamativo en el tono de voz que Enishi acababa de tomar. No era ni cerca ese tono juguetón y provocador con el que siempre parecía querer hacerla enojar. No, ese tono, esa forma de expresarse, esa desesperación… Magdalia sólo le había escuchado algo similar dos veces antes: en el restaurante cuando había perdido el control, y en aquella casa de campo, cuando había casi explotado luego de que terminó su historia. Sí, era muy similar a esas dos ocasiones, las ocasiones en la que sentía que era él mismo… Qué era sincero, que no había trucos ni engaños, ni en su rostro ni en sus palabras. ¿Era entonces el hombre sentado a su lado, una vez más, el verdadero Yukishiro Enishi?

– Para alguien no creyente, esto debe de ser algo difícil, sino imposible de entender. – Le respondió con un tono muy suave y cuidadoso, midiendo cada palabra. – Es muy fácil culpar a Dios cuando algo malo ocurre, y olvidarse de él cuando ocurren las cosas buenas. Mi vida ha sido dolorosa y agobiante, pero no tengo lamentación alguna en mi consciencia. Todos morimos tarde o temprano, y lo único que podemos decidir de ello es cómo aprovechar el poco tiempo que Dios nos da en este mundo. Mi madre también estaba enferma, pero nunca se lamentó por ello, al menos no delante de nosotros. Dedicó sus pocas fuerzas a hacer el bien a las personas y a luchar por la causa de Shimabara y por su familia, hasta su último respiro. Yo lo único que hago es seguir su ejemplo. Dedico los meses o años de vida que me queden, a hacer realidad lo que ella y mi padre tanto desearon, y por lo que mi hermano lucha ahora. Es lo que he decidido hacer con mi vida, y cada día que logre respirar lo seguiré haciendo con ese propósito. Es difícil de explicar, pero aunque esté “muriendo” como dices, al dedicarme en cuerpo y alma a este propósito, y a seguir esparciendo mi fe, no siento que sea así. Siento que de hecho, estoy viviendo un poco más gracias a ello.

Le siguió entonces un profundo y casi agobiante silencio. Enishi no se había movido ni un sólo centímetro de su posición. Seguía con su frente pegada contra la banca, al igual que sus manos. No reaccionaba en lo más mínimo, incluso apenas y se podía apreciar el sonido de su respiración. ¿Qué tanto pasaba por su cabeza en esos momentos? ¿Qué tanto pensaba? ¿Qué era lo que tenía pensado decirle? ¿Tenía pensado decirle algo siquiera?

Esperaba que al menos eso no terminara igual que en el restaurante…

– Entonces… – Soltó despacio sin alzar la cabeza. – Si vieras realizado tu deseo, si pudieras ver una Shimabara pacífica e independiente… ¿Estarías bien con eso y podrías morir en paz? ¿Así como así?

– Eso… es lo único que pido… Disculpa si mis palabras te son incómodas.

– No, no lo son. – Le respondió rápidamente sin siquiera dudarlo. Fue hasta entonces se separó de la banca de enfrente, y volvió a recargarse por completo contra el respaldo de su asiento, haciendo su cabeza hacia atrás para mirar el techo… O más bien donde debería estar en techo, pues lo que miraba en realidad era el cielo despejado y lleno de estrellas. – Creo que en parte puedo entender un poco… Lo que es tener sólo una meta por delante, dar todas tus fuerzas para intentar llegar a ella, y pensar que es todo lo que necesitas, todo lo que te hace falta… Y que no te importe lo que pase después… Mientras puedas ver realizado ese único deseo…

Magdalia lo miró con ligero asombro por las extrañas palabras que acababa de recitarle. ¿A qué se refería exactamente?

Una aguda risa se escapó de los labios del albino. Llevó su mano derecha a su rostro, y la pasó por éste de abajo hacia arriba, y luego por su cabello, tumbando su boina hacia atrás en el mismo acto, pero eso no pareció importarle. Se inclinó un poco hacia el frente, apoyando sus codos en sus muslos, y agachando su cabeza. Tenía los ojos cerrados, y una pequeña sonrisa despreocupada en los labios.

– Tenías razón sobre mí. – Murmuró. – Siempre la tuviste, y te odio por eso cómo no tienes idea. Eso es lo que quieres escuchar, ¿o no? Pues así es… Diez años viviendo en este nido de ratas y arañas, tratando con los hombres más peligrosos de China… Y entonces llegas tú, una simple cristiana que con un par de palabras volteas todo mi mundo de cabeza y me haces sentir esta vulnerabilidad que sólo era capaz de sentir con una persona… Una persona que ya no está más conmigo…

La cristiana se sobresaltó un poco, extrañada por esa última mención. El albino volvió a quedarse en silencio, con su cabeza agachada. La situación estaba tomando un camino que Magdalia no había previsto de manera muy consciente. ¿Qué estaba ocurriendo ahí realmente? ¿A dónde la llevaría ese camino? ¿Quería realmente saberlo…?

– Enishi… – Susurró muy despacio, casi como si temiera despertarlo; no hubo reacción alguna de su parte.

Acercó su mano derecha lentamente hacia él con la intención de colocarla en su hombro. Sin embargo, a apenas unos centímetros de poder tocar la tela de su saco, su voz volvió a sonar, y por mero reflejo alejó rápidamente su mano, casi como si temiera que la mordiera.

– Yo nací y crecí en Edo. – Fue lo que surgió de los labios de Enishi. Magdalia tuvo que salir primero de su asombro, antes de poder procesar por completo el significado de lo que había dicho. Él continuó relatando sin levantar la vista. – Mi padre era de una familia Samurái intermedia. No éramos ricos ni muy importantes, pero vivíamos bien. Nunca fui muy cercano a mi padre; de hecho, la mayor parte del tiempo parecía que nos evitábamos el uno al otro. Mi madre… o más bien la mujer que me trajo a este mundo, murió el día en que nací, así que nunca la conocí de frente. Pero nunca me hizo falta, ya que siempre la tuve a ella…

Otra repentina y extraña mención. ¿Sería acaso la misma persona?

– ¿A quién? – Le preguntó despacio y con mucha cautela.

– A mi hermana mayor… Tomoe-neesan.

¿Su hermana? Magdalia se quedó casi atónita de escucharlo decir tal cosa. ¿Tenía una hermana? Su reacción de sorpresa de hecho no tenía mucho sentido; en realidad no sabía nada de su pasado o de su familia. Lo único que sabía… Era justo lo que le estaba contando en ese momento justo…

Enishi continuó.

– Era ocho años mayor que yo, y desde que nací prácticamente tomó la responsabilidad de vigilarme, enseñarme, y protegerme en ausencia de nuestra madre… Se convirtió en más que una figura materna para mí; era prácticamente mi ser más importante en el mundo entero…

Se incorporó de nuevo lentamente, y soltó un pequeño suspiro; parecía un poco más tranquilo. Llevó sus dedos a sus ojos, tallándolos un poco.

– Los años pasaron y ambos crecimos; en especial ella. Se convirtió sin exageración en la mujer más hermosa y perfecta de toda la ciudad… No, de seguro de todo Japón. – Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios, mientras miraba al frente con expresión casi soñadora. – Su cabello era negro, completamente lacio, suave y hermoso; siempre olía a jazmines. Su piel era blanca como la nieve, perfecta como porcelana, y resaltaba a la perfección del tono de su cabello. Sus ojos eran oscuros e intensos; sentías que podía leer tu mente con tan sólo mirarte fijamente… Yo aún creo que lo hacía. – Soltó entonces una leve risa. – Lo más hermoso en ella, era su sonrisa. Es difícil describirla; simplemente era… Hermosa… Su rostro radiaba una luz propia cuando sonreía. Era como ver de frente el rostro de un ser celestial; el rostro de un ángel, creo que dirías tú…

– Suena como una mujer muy especial.

– La más especial de todas… Yo tenía quizás nueve o diez años cuando me dieron la noticia de que se había comprometido con un viejo amigo suyo de la infancia; eso a mí me enojó bastante. Odiaba a ese tipo, enserio que sí. Odiaba aún más que intentaba caerme bien luego de que se comprometió con ella; pero yo siempre le mordía la mano si se atrevía a acercárseme lo suficiente.

– ¿Su mano? – Exclamó Magdalia, casi sorprendida; Ensihi simplemente le respondió con una ligera risilla.

– Mi hermana bromeó un par de veces diciendo que me ponía tan celoso, casi como si realmente estuviera enamorado de ella. Y, ¿sabes? Tal vez no estaba tan equivocada. Pero a la larga, me di cuenta de que ella era realmente feliz con él. Sonreía de forma única en su compañía, y esa sonrisa se convirtió en mi tesoro más preciado. Pensaba que si podía verla sonreír así el resto de mi vida, no podía pedir más, y no importaba si lo hacía en compañía de alguna otra persona…

La sonrisa en sus labios se esfumó poco a poco, y su rostro, que prácticamente se había llenado de luz mientras hablaba, se apagó por completo, y su expresión se volvió mucho más pesada…

– Pero entonces se vino el desastre… El idiota de su prometido se fue a Kyoto en pleno inicio de la Revolución. Quería probar suerte, ganar renombre para ser más digno de ella… Qué imbécil. De no haberse ido, nada de eso hubiera pasado… Todo fue su maldita culpa…

Magdalia notó como apretaba sus puños con fuerza en ese momento, como si estuviera conteniendo los fervientes deseos de golpear algo.

– ¿Qué pasó? – Le preguntó luego de un rato en el que ambos se quedaron callados.

– ¡Murió!, ¡el baboso murió! – Soltó de golpe con fuerza. – ¿Qué otra cosa esperaba que pasara? No era más que un tipejo inútil, ¿enserio creía que iba a terminar de alguna otra forma? – Chocó en ese momento su puño contra la banca de enfrente, con tanta fuerza que a la cristiana le pareció escuchar como la madera crujía. – Y el día en que Tomoe-neesan recibió la carta informándole esto… Fue el último día en que sonrió. No volvió a ser la misma desde entonces. Todo su mundo, todo su ser se sumió en la más profunda oscuridad. Un aire frío la acompañaba a dónde quiera que iba… Ya no era mi amada hermana mayor…

Hizo una pequeña pausa, la cual Magdalia aprovechó para digerir velozmente todo lo que acababa de decir. Estaba atónita; sentía como un pequeño nudo se le comenzaba a formar en el pecho.

– Odié aún más a ese idiota que la había abandonado sólo para morir y arrebatarle toda su felicidad. Pensé que ella también lo odiaba, pensé que debía de estar igualmente enojada por la estúpida decisión que había tomado. Pero con el tiempo me di cuenta de que ella en efecto también odiaba, pero a otra persona: a su asesino, al hombre que empuñaba la espada. Él era quien había cortado su felicidad, quien había arruinado todo su futuro. Tardé en comprenderlo, pero al final lo hice, y aprendí a compartir su odio. No sabía quién era o cómo era, ni me importaba el motivo por el que lo había hecho. Para mí era el mal encarnado, era el culpable de todo, era mi enemigo… Y si él moría, si él desaparecía de este mundo, si pagaba por lo que había hecho… Entonces, tal vez todo volvería a la normalidad. Mi hermana volvería a ser ella misma, y los días soñados de felicidad y luz se harían realidad una vez más. En mi inocencia infantil, así lo creía; estaba totalmente convencido de ello.

>>Mi hermana se fue a Kyoto en secreto para buscar a ese hombre. – Continuó. – Ella no lo sabía, pero yo la seguí hasta allá. Un niño de sólo diez años, ni siquiera sé cómo llegué vivo. Luego de un tiempo, ella descubrió la identidad del asesino, y resultó ser alguien muy importante de los Realistas, casi una leyenda. Nos involucramos con un grupo muy poderoso, hombres entrenados y que tenían la misión de acabar justamente con ese individuo; no podía ser más perfecto. El plan era acercársele y descubrir su debilidad, o matarlo cuando estuviera descuidado; cualquier resultado era favorable. Mientras ella hacía lo suyo, yo la ayudaba desde las sombras. Ingenuamente me sentía alegre en esos momentos. Trabajábamos juntos para cumplir su venganza, estaba ayudando mi hermana a volver a ser feliz… Y eso se convirtió en mi todo, en mi misión…

Su rostro volvió a cubrirse de sombras en ese momento, pero en esa ocasión fue mucho más intenso. Cualquier rastro de serenidad o alegría que se hubiera asomado en su semblante, fue rápidamente erradicado. Llevó sus dos manos a su rostro, cubriéndolo por completo con ellas. Magdalia no estaba segura en un inicio, pero le pareció percibir pequeños sollozos que comenzaban a surgir de él, uno tras otro, cada uno más notable que el anterior.

– Y de nuevo, todo se derrumbó. – Murmuró con su voz casi quebrándose. – Tomoe-neesan… Ese sujeto… Ese maldito asesino… – Parecía tener problemas para decir lo que deseaba; jamás hubiera podido prever una reacción de ese tipo de su parte. – Todo ocurrió frente a mis ojos. Vi cómo su espada la atravesaba… Vi su sangre, ¡la sangre de mi hermana brotando de su cuerpo! La vi morir y no fui capaz de hacer nada para evitarlo… ¡Maldición!, ¡maldición! – Su voz se elevó de golpe. Separó las manos de su rostro, y volvió a golpear la banca ante él con sus puños; de nuevo, le pareció escuchar la madera ceder. También en ese momento se volvieron más que claras las lágrimas comenzando a resbalarse por sus mejillas. – Todo lo que quería era regresar a esos días… a esos días en que todo era felicidad… en que todo era alegría… Y en lugar de eso… lo perdí todo, ¡lo perdí todo!

Dejó de hablar en ese instante, aunque de su garganta seguían surgiendo varios sollozos ahogados. Magdalia lo miraba en silencio, no con compasión, ni tampoco con miedo o sorpresa. Lo que sentía en ese momento tras escuchar esa historia, era… tristeza, una enorme tristeza, la misma que él sentía en ese momento. Jamás había sentido tanta empatía por ninguna otra persona en su vida; ni siquiera por su propio hermano.

– ¿Por eso te fuiste de Japón? – Le preguntó con un tono suave.

– Sí… Ya no había nada para mí en ese lugar. Mi hermana estaba muerta y mi familia perdió todo su poder y prestigio cuando la guerra terminó. Me vine aquí yo solo, viviendo por mucho tiempo en la calle, y sobreviviendo cómo podía. Robando, peleando, comiendo lo que hubiera… incluso ratas si me era necesario. Pero jamás olvidé a Tomoe-neesan ni lo que había ocurrido. Todo lo que he hecho desde entonces, cada acto ruin y horripilante, todo el poder que he adquirido, la posición en la que ahora me encuentro… Todo siempre ha sido con un único propósito. He dedicado cada segundo, cada instante, cada respiro de los últimos diez años, en obtener los medios suficientes para algún día volver… Y al fin terminar con todo esto de una buena vez.

– ¿Ese hombre sigue con vida?

– Sí, sigue rondando feliz en alguna parte de Japón, mientras mi hermana está muerta.

– Entonces… Todo esto que haces, es para poder vengarte, ¿no es así? ¿Es eso lo que realmente deseas?

– Lo que deseo… es Justicia. Justicia para mi hermana, para su prometido, para todo aquel que haya sido víctima de su espada. Quiero aplicarle la Justicia que se merece… que yo, me merezco, que mi hermana se merece…

Todo se volvió complemente claro en esos momentos; absolutamente todo. Los comentarios extraños y sin sentido en un inicio que había hecho desde que lo conoció, los momentos en los que actuaba fuera de sí, todo lo que no encajaba en su lugar… Todo tuvo sentido en ese momento justo. Eran las piezas que faltaban para comprender a ese hombre, para entender quién era realmente Yukishiro Enishi…

Magdalia llevó su mano derecha a su pecho, y respiró lentamente intentando calmarse. Eso era lo que ella deseaba, ¿o no? Ella deseaba saber todo esto. ¿Se arrepentía de su deseo? ¿Hubiera preferido no enterarse?

No, en lo absoluto…

– Es extraño. – Comentó de pronto con un tono un tanto jovial que a Enishi tomó por sorpresa. – Mis enseñanzas cristianas me dicen que debería de decirte en este momento que debes perdonar a ese hombre, y que debes dejar esos rencores atrás; que deberías de buscar la felicidad en el futuro y no vivir en el pasado… Pero… – Calló por unos momentos, dudosa de terminar su frase. Sabía muy bien lo que significaba decir esos pensamientos en voz alta, pero en realidad no le importaba; sentía que decirlo era justamente lo que debía de hacer, que era precisamente lo correcto. – No puedo hacerlo, no puedo decírtelo porque en verdad no lo siento, y sería mentirte. La verdad es que comprendo por completo cómo te sientes, incluso más de lo que me esperaba. Es por eso que me es imposible dar una opinión objetiva de esto. Jamás se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mi hermano; pero aún en estos momentos… Las imágenes de mi padre, madre, y las demás personas de mi aldea siendo asesinados, siguen latentes en mi mente. Y aunque se supone que no debería de sentir esto, que se supone que estos sentimientos son contrarios a lo que siempre he creído y profesado… Si tan sólo tuviera una oportunidad, tal vez mataría a todos esos hombres que nos hicieron tanto daño, con mis propias manos…

El tono de la castaña se había tornado duro e imperioso. No sonaba para nada forzado, o algo que hubiera querido decir por compromiso o para aparentar. Eran palabras sinceras, honestas, como todas las que siempre salían de sus labios. Lo sorprendente era que, incluso al decir algo como ello, no perdía en lo absoluto ese semblante dulce y delicado. Seguía siendo exactamente la misma persona…

Enishi se sentía confundido, sorprendido… No era para nada la reacción que esperaba de su parte. Aunque, ¿qué reacción esperaba realmente? ¿Esperaba algo en específico o había pensado siquiera en ello antes de decidirse a comenzar a relatar tal historia? No, en realidad sólo había comenzado a hablar sin siquiera fijarse. No entendía en esos momentos aun porqué lo había hecho, pero así había sido… Y tampoco sentía remordimiento alguno de ello…

Magdalia soltó un pequeño suspiro, soltando con ese simple acto toda la tensión que se le había acumulado en el pecho por unos instantes.

– Pero tenías razón en algo. – Escuchó que hablaba de nuevo, sacándolo de sus profundos pensamientos. – No es que lo que te pasó haya sido peor o mejor que lo que me pasó a mí. Pero en efecto, al menos yo siempre tuve a mi hermano a mi lado para protegerme y acompañarme, y nunca estuve sola.

Volteó en ese momento a verlo fijamente. Sintió la necesidad imperante de desviar su mirada hacia otro lado, pero no pudo. Sus ojos se encontraron de frente con las dos esmeraldas que eran los suyos, y que le transmitían un sin número de sentimientos por sí solos. Y entonces sonrió, sonrió de nuevo con esa gentileza y generosidad honesta, con esa expresión sincera que tanto lo confundía. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué lo miraba así?

– En verdad lamento que hayas tenido que pasar por todo ello por tu cuenta, sin nadie que te extendiera una mano. Es gracioso, si lo piensas. Yo estando en Hong Kong, y tú aquí en Shanghái. Ambos tan lejos de nuestros hogares, pero relativamente cerca el uno del otro, sobreviviendo y lidiando con nuestra respectiva tragedia. Tal vez no sirva de mucho ahora, pero… – En ese momento, sintió como ella extendió su mano hacia él, sin ningún rastro de duda o miedo en ello, y tomaba con delicadeza la suya entre sus frágiles y delgados dedos. Ensihi bajó unos instantes su mirada, más que nada para verificar que eso que sentía era verdadero, y de nuevo la volteó a ver a los ojos. – De haberte conocido en aquel entonces, de haber podido cruzarme contigo mucho antes de este momento, estoy segura de que igualmente hubiéramos tenido momentos complicados e incomodos, en el que quizás llegaría a creer que te odiaba, o tú creerías que me odiabas a mí. Hubiéramos peleado, y quizás nos hubiéramos intentando evitar. Pero estoy segura que al final, justo como ahora, hubiera intentado ser tu amiga… Y entonces, ya no estarías solo… – Sus dedos se apretaron entonces con aún más fuerza contra los suyos. – Y ya no tienes por qué estarlo más, nunca más…

El sentir que sus dedos lo apretaban aunque fuera un poco más, hizo que la respiración de Enishi se cortará por unos instantes. Ella seguía viéndolo fijamente, y le seguía sonriendo. ¿Cómo un ser como ella podía estar tan tranquila ante un monstruo como él? ¿Cómo alguien tan puro, tan diferente de él, podía causarle tal empatía? ¿Cómo alguien que había conocido tan poco, lograba con tanta facilidad hacerlo bajar su guardia, una guardia que posiblemente no había bajado en diez años?

Enishi sintió un fuerte calor inundar su pecho, hasta casi asfixiarlo. Sentía su corazón estremecerse bajo su pecho, su garganta apretándose y contrayéndose con dolor. Sólo fueron unos cuantos segundos, una pequeña e insignificante fracción de tiempo en el que todo el mundo diría que nada importante, nada digno de ser recordado o medido, podría pasar. Pero estaban equivocados… En ese pequeño, minúsculo lapso de tiempo, pasaron más cosas de las que Enishi había vivido en los últimos diez años de su vida. Por esos momentos, todo a su alrededor se cubrió de luz, el silencio fue absoluto, y no existía ni un sólo pensamiento, ni una sola fracción de su ser, que no estuviera enfocada en la mujer ante él.

Su cerebro se relajó, cómo no lo había hecho en años.

Se sentía tan cansado, tan agotado; no había podido darse cuenta de ello hasta ese momento. No quería seguir pensando más, no en ese momento, no esa insignificante fracción de tiempo. Por esos segundos, no existía el Feng Long, o Shimabara, o ese maldito asesino que llevaba tantos años persiguiendo sin descanso. Sólo existía ella… Nada más…

Magdalia pareció tener la intención de decir algo más. Sus labios se separaron apenas unos milímetros, y un ligero rastro de aire ingresó por entre ellos. Apenas y logró pronunciar un pequeño sonido, que ni siquiera podría llamarse la primera letra de una palabra. Su respiración y su habla fueron cortados en un abrir y cerrar de ojos, cuando sin ninguna advertencia o aviso, Enishi cortó abruptamente la escasa distancia que había entre ellos, casi como si la fuera a atacar. Se inclinó hacia ella, teniendo su mano aun sujeta, y entonces… la besó…

La cristiana apenas y logró darse cuenta de lo que estaba pasando. El albino se le había aproximado de golpe, y lo siguiente que pudo procesar, es que tenía sus labios totalmente unidos a los suyos y su cuerpo cerca, muy cerca del suyo. Podía sentir al mismo tiempo un centenar de cosas: el calor de la piel de sus labios impregnando los suyos, su pequeños respiros haciendo cosquillas en su piel, sus propias mejillas comenzando a arder como nunca había sentido, su corazón acelerarse de golpe en un sólo segundo, y todo su cuerpo quedándose absolutamente quieto, hasta el punto de que le pareció ser incapaz de sentir sus piernas y brazos, como si su cerebro se hubiera apagado, o hubiera decidido olvidarse de todo lo demás por unos momentos, y enfocarse sólo en una sola cosa, en ese sólo acontecimiento…

No supo cuánto duró; podría haber sido unos tres segundos, quizás un poco más. Lo único que sabía era que no había siquiera pestañado en todo ese tiempo, ni movido siquiera un sólo dedo. Al final, Enishi fue el que se apartó de ella lentamente, hasta recobrar su posición original. Sólo en ese momento, la castaña se permitió volver a respirar.

Una parte de su mente se preguntaba a sí misma si acaso eso había sido real, ¿o acaso lo había imaginado? Alzó su mano derecha lentamente, tocando sus propios labios, apenas rozándolos con la yema de sus dedos. Ese ligero hormigueo y calor que se había quedado impregnado en la piel; había sido real, había sido un beso real…

– ¿Qué? – Escuchó que Enishi exclamaba en esos momentos, y por mero instinto alzó su mirada hacia él. Se veía realmente… ¿confundido? Sus ojos estaban totalmente abiertos, y la miraba fijamente, incrédulo y aparentemente perdido. – Yo… Yo lo siento… No sé… No sé qué…

Rápidamente se apartó de ella, volviendo casi a la misma distancia que había entre ambos en un inicio. Comenzó a mirar en todas direcciones, excepto fijamente hacia ella, y balbuceaba un poco sin sentido; no podía entender muy bien si acaso hablaba con ella o consigo mismo.

Magdalia no sabía ni cómo reaccionar, o qué decir. ¿Qué había sido eso? ¿Por qué había hecho tal cosa? ¿Cómo la hacía sentir a ella? ¿Debía de sentirse ofendida o enojada? ¿Debía recriminarle, abofetearlo, salir corriendo del lugar? No tenía ni la menor idea. Su mente estaba completa y absolutamente en blanco…

Un profundo e incómodo silencio se formó entre ellos. Ninguno volteaba a ver al otro, ni pronunciaba palabra alguna. ¿Qué habría que decir? Quizás ya habían dicho lo suficiente…

El interior de capilla fue de pronto alumbrado con una luz rojiza, y acompañado por un pequeño chillido. Ambos alzaron su mirada al mismo tiempo, y a través de una de las partes ausentes del techo, pudieron ver un gran destello color rojo alumbrando el cielo. Apenas empezaba a difuminarse, cuando otro más de color verde tomó su lugar.

– Los Fuegos Artificiales. – Señaló Magdalia en voz baja.

Los sonidos de emoción de los niños provenientes del exterior, se hicieron presentes en esos momentos. Magdalia miró sobre su hombro hacia la puerta, y pudo ver las siluetas de algunos pequeños señalando al cielo y brincando de la emoción. Rápidamente se levantó de su asiento y caminó apresurada hacia la puerta. Ensihi la siguió con la vista, y no pareció querer detenerla.

Se quedó unos segundos en la banca, dudoso de si salir o no. Tarde o temprano tendría que hacerlo de todas formas; no podría simplemente esconderse por siempre ahí como un niño cobarde. Se puso entonces de pie, se acomodó sus ropas y caminó tranquilamente a la puerta. Magdalia estaba apenas unos pasos delante de la entrada, justo detrás de algunos niños, y también miraba hacia el cielo con emoción. Pensó en acercarse, pero prefirió al final quedarse justo en donde estaba.

Sintió entonces que alguien tomaba su mano derecha en ese momento. El albino se sobresaltó casi a la defensiva, pero al agachar su mirada, se encontró con la misma niña de cabellos naranjas que se le había acercado en la mesa. Igualmente le sonría ampliamente de oreja de oreja mientras lo veía.

– ¡Mira! – Exclamó la niña señalando al cielo, y obligándolo a ver justo cuando estallaban al mismo tiempo un destello rojo, otro verde, y uno azul. – Es hermoso, ¿verdad?

– Sí, lo es…

Todos tenían sus ojos puestos como los fuegos artificiales alumbraban el cielo. Pero lo que Enishi miraba en esos momentos con mayor interés, era como la luz de estos alumbraban la larga cabellera castaña de la mujer delante de él, y como ésta se tornaba de colores con cada explosión. Una escena tan sencilla, que a su vez le pareció extremadamente fascinante.

Y de esa forma, el nuevo año comenzó…

FIN DEL CAPITULO 21

Ha llegado de nuevo hora de partir y dejar Shanghái. Enishi esta vez tiene la opción de decir adiós, pero… ¿querrá hacerlo? ¿Querrá realmente verla partir una vez más luego de lo ocurrido? ¿Podrá seguir viéndola simplemente como Magdalia Amakusa?, ¿o…?

Capítulo 22: Sayo

Notas del Autor:

Cielos, hacía años que no escribía un capítulo tan largo de cualquiera de mis historias, pero creo que éste en especial lo merecía. Tengo que admitir que el final del capítulo no fue cómo lo pensé en un inicio en mi cabeza, pero fue casi como si mis dedos escribirán por sí solos. A esto es a lo que en ocasiones llamó, que los personajes tomen el control de la narración, y aunque uno tengo algo planeando en mente, simplemente estos tomen sus propias decisiones y acciones. No me siento arrepentido en lo más mínimo. Aunque ciertamente este nuevo final cambiará un poco algunas cosas que tenía planeadas, pero creo que serán para bien.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 21. Fuegos Artificiales

  1. Pingback: El Tigre y el Dragón – Capítulo 22. Sayo – WingzemonX.net

Deja un comentario