Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 20. Víspera de Año Nuevo

3 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 20. Víspera de Año Nuevo


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 20
Víspera de Año Nuevo

Shanghái, China
01 de Febrero de 1878 (4574 del Calendario Chino)

Era la víspera de año nuevo en Shanghái, el punto cumbre de las festividades, y para muchos el día más importante de éstas. Mientras que los occidentales celebraban su año nuevo sólo un día antes, y quizás en ocasiones el primer día del año, para la gente nacida o crecida en China, no sólo los días variaban con los occidentales, sino que sus celebraciones se extendían a varios días antes, y varios días después, del fin del año; cómo un verdadero festival a gran escala. Las calles del puerto, que casi siempre parecían más las calles de cualquier ciudad occidental, en esos días se llenaban del color, la alegría, la música y la comida que hacía que las personas recordarán a cuál país pertenecían realmente.

Quizás, precisamente a raíz de la constante presencia occidental en el puerto, era el porqué ciertos sectores intentaban hacer mucho hincapié en ese tipo de celebraciones, y qué estas fueran lo más grandes y ruidosas posibles; una forma de intentar marcar su autoridad o su territorio ante ellos. Sin embargo, los occidentales, por su parte, en su mayoría parecían disfrutar de las celebraciones, y lo veían cómo algo exótico y singular que no podían ver en sus países de origen.

Ese mismo día, a media tarde, el restaurante del Señor Joung se encontraba una vez más lleno de hombres del Feng Long. Sin embargo, la cantidad de personas en esa ocasión era muchísimo mayor a la que había durante aquella pequeña reunión el otoño pasado. Se trataba después de todo de la comida de Fin de Año de los Líderes del Feng Long, a la que asistían los mandos altos y medios de la organización, incluyendo, obviamente, a los Siete Líderes. Por lo mismo, el sitio estaba prácticamente a reventar de guardaespaldas y seguridad, fácilmente doblando en cantidad de hombres a los verdaderos asistentes a la cena.

El restaurante había sido cerrado al público, y todas sus diferentes salas y mesas estaban siendo ocupadas por el Feng Long. Se tuvo que contratar personal adicional para tal evento, y la mayoría de las meseras parecían algo intimidadas, pues todas sabían a la perfección el tipo de personas a las que les estaban sirviendo. Todos ellos, la mayoría hombres adultos o mayores que servían como jefes regionales de diferentes zonas bajo el control del Feng Long, bebían y platicaban con alegría y despreocupación. Se escuchaba un gran ajetreo, y las meseras iban como locas de un lado a otro, rellenando los vasos y copas con más licor. En el aire ya se empezaba a percibir el delicioso aroma de la comida que estaban preparando con gran apuro en la cocina, y que casi estaba próxima a servirse, aunque se combinaba de una forma agridulce con el humo de los cigarrillos, pipas y habanos de varios de los presentes.

Al ritmo que iban, sin embargo, era probable que la mayoría de esos hombres terminaran alcoholizados antes de que sirviera la primera tanda de platillos.

– ¡Atención! – Se escuchó de pronto como sonaba con gran ahínco la voz del Jefe Zhuo, sobresaliendo de todas las demás voces. – Guarden silencio, ratas. Dejen de beber por unos momentos y escuchen.

Poco a poco las voces se fueron apaciguando, hasta volverse pequeños murmullos, y luego desaparecer por completo. Los ojos de todos se centraron en la mesa de los Líderes; incluso los guardaespaldas que cuidaban el sitio no pudieron evitar voltear en su dirección.

Los Líderes estaban sentados juntos en una mesa alargada, ubicada en un extremo del salón central, casi como si fueran siete tronos. Desde ahí, todos podían verlos y escucharlos. Cada uno, como era costumbre, tenía a su respectiva seguridad a sus espaldas.

En esos momentos se encontraban sólo seis de ellos; el lugar justo al lado de Enishi, se encontraba vacío. Zhuo se había puesto de pie, y llamado con gran fuerza al orden.

– Mucho mejor. – Comentó con un tono divertido. – Ahora que tengo su atención, el Jefe desea hablar con ustedes. – Dicho eso, volvió a tomar asiento y se giró hacia el joven de cabellos blancos, a dos lugares de él. – Todos tuyos, Enishi.

El líder número uno del Feng Long, se encontraba sentado justo en el centro de la mesa. Usaba en esos momentos un atuendo de camisa azul con botones dorados, y pantalones blancos y botas negras altas; y claro, sin olvidar sus siempre presentes y distintivos anteojos oscuros.

Una vez que le pasaron la voz y que la atención se centró por completo en sí, Enishi no tuvo más remedio que ponerse de pie y hacer lo que todo el mundo esperaba.

– Gracias, Maestro Zhuo. – Agradeció cortésmente, dando un vistazo rápido de reojo al resto de la mesa. Acto seguido, se dirigió a toda la audiencia con un tono alto y sereno. – Bien, mis honorables hermanos del Feng Long. Sólo quería, como ya saben que es costumbre, decir algunas palabras antes de que sea hora de servir la comida. Sé que todos tienen hambre, o quieren seguir bebiendo, así que seré breve. Hoy que es un día para agradecer lo que se tiene, y creo que hablo por todos aquí al estar agradecidos porque… hayamos llegado vivos al fin de este año. – Su comentario provocó una serie de pequeñas risillas entre los presentes. – Aunque aún quedan algunas horas, por si alguno quiere tener iniciativa y no tener que agradecer eso. – Las risas se hicieron aún mayores.

¿Cuántos se reían por compromiso y cuántos realmente encontraban chistosos sus hirientes comentarios? Difícil diferenciar unos de otros en una habitación tan llena de lame botas y ebrios.

Enishi prosiguió.

– Éste ha sido un año muy prolífico para el Feng Long, si se me permite decirlo. Nuestro alcance se ha extendido a más allá de Shanghái e incluso de China. Y les profetizo, hermanos míos, que ese crecimiento seguirá sin pausa alguna en este nuevo año que está por inicializar… Que de eso me encargaré yo mismo. – Tomó en ese momento su copa, que tenía apenas hasta la mitad de champagne, y la alzó hacia ellos a modo de brindis. – Feliz año del Tigre a todos. Y que viva el Feng Long…

– ¡Qué viva el Feng Long! – Pronunciaron todos en coro, alzando sus respectivas bebidas al aire, para después dar largos tragos de las mismas.

Justo cuando el ajetreo amenazaba con volverse de nuevo presente, y cuando Enishi estaba de nuevo tomando su lugar, pudo ver entrar por la puerta principal a Hei-shin, el único Jefe que faltaba en la fiesta. Bien, en realidad a quienes había visto era a sus enormes guardaespaldas, muy difíciles de ignorar.

– Bonitas palabras, Enishi. – Comentó Hong-lian, quien estaba sentado a su lado, con los pelos de su barba húmedos por el licor. – Algo cortas, pero bonitas.

– Gracias, Maestro. – Agradeció Enishi, inclinando un poco su cabeza hacia él. –Hei-shin las escribió por mí.

Aparentemente apropósito, justo al momento en el que estaba haciendo ese comentario, Hei-shin ya estaba comenzando a sentarse a su lado. El hombre de cara alargada y cabellos negros, pareció extrañarse al escuchar tan repentinamente su nombre.

– ¿Yo? – Comentó algo confundido. – Yo… sólo di sugerencias constructivas.

A Enishi pareció divertirle la forma tan fácil en la que Hei-shin se había intranquilizado, y por algo de tan poca importancia. Hei-shin notó esto, y se tornó molesto de inmediato.

– Disculpen la demora. – Murmuró con seriedad, mientras se acomodaba en la silla.

– Ya era hora de que te aparecieras, Hei-shin. – Comentó Hong-lian con su habitual y nada discreto tono. – Casi te pierdes el delicioso estofado.

– ¿No viene tu padre contigo? – Cuestionó Ang curioso, quien estaba sentado al otro lado del recién llegado. – ¿Acaso el viejo Wu no nos va a deleitar con su presencia este año?

– Me temo que mi padre se sigue sintiendo algo indispuesto. – Respondió Hei-shin con un tono reservado.

– Qué mal. – Comentó Hong-lian desde su lugar. – Liu-Han siempre había sido el alma de las fiestas.

– Supongo que está siendo sarcástico, maestro. – Comentó Hei-shin. Aunque parecía estar bromeando, su tono sonaba demasiado serio para estar seguro de ello.

Pasaron unos minutos, y poco a poco algunos líderes se entretuvieron en otras conversaciones o habían dejado la mesa; en este último grupo se encontraban Hong-lian y Ang, por lo que Enishi y Hei-shin se habían quedado un poco solos.

Hei-shin había pedido que le trajeran una botella entera de vino de arroz y se había estado sirviente un par de vasos desde que se había sentado. Se veía algo molesto; no molesto como de costumbre, molesto en especial.

– ¿Y por qué llegaste tan tarde, Hei-shin? – Se atrevió Enishi a preguntar, mientras veía con interés como bebía. – Espera, déjame adivinar. Estabas trabajando, ¿o no?

– Pues para que lo sepas, así es. – Comentó con un tono cortante una vez que se empinó las últimas gotas de su vaso. – Te complacerá escuchar que ya recibimos el pago completo de parte del señor Sadojima el día de ayer. El barco de guerra y el resto de las armas que ordenaron, se pondrán en camino a Japón esta misma semana, y estaba haciendo todos los arreglos necesarios.

– ¿Harás la entrega durante las Festividades de Año Nuevo?

– Los negocios, son negocios. Y cuando un cliente paga tanto, da igual qué día del año sea.

Dicho eso, tomó de nuevo su botella, y volvió a servirse.

Enishi no lo reflejaba mucho por fuera, pero lo cierto es que le complacía escuchar que ese negocio en especial había ido tan bien. Tenía grandes intereses en él, y no precisamente monetarios. Pensó de inmediato en el señor Gein. No sabía de él desde hace un par de meses. ¿Habría salido todo bien con su asunto? Esperaba que si algo malo hubiera pasado, ya se hubiera enterado, así que podía suponer que todo iba viento en popa en ese frente.

Al parecer Japón se pondría muy divertido dentro de poco, pero eso era algo que a él no le llamaba la atención de manera particular. Lo que realmente le interesaba, era saber lo que haría esa persona… Si al fin, después de tanto tiempo, lo haría salir de debajo de la roca de la que se estuviera escondiendo…

Enishi sonreía por dentro, aunque también un poco por fuera.

– Bueno, sea como sea, todo me suena a muy buenas noticias, Hei-Shin. – Señaló alzando su copa hacia él. – Somos un poco más ricos que antier; muéstrate más alegre por ello.

– Sí, fue una venta muy lucrativa. – Comentó con un lúgubre tono. Sus ojos se encontraban perdidos en el líquido de su vaso. – Es bueno ver que al menos uno de nuestros negocios en Japón dio buenos frutos.

Enishi giró sus ojos como señal de fastidio. Entendió de inmediato el mensaje, no tan oculto, detrás de sus palabras.

– Ahí vas otra vez… ¿Me seguirás reprochado lo mismo durante el nuevo año?

– No te hagas el ofendido, que todo ese fiasco fue sólo tu culpa.

– Sí, lamento que tus planes de casarte con el hombre de Amakusa y vivir felices para siempre en Shimabara no hayan salido como lo esperabas, Hei-Shin. Pero hay muchos peces en el mar; volverás a conocer el amor.

Xung-Liang a sus espaldas, se sobresaltó un poco al escuchar tal comentario, e incluso pareció sonrojarse. Hei-Shin, por otro lado, no pareció nada divertido.

– Qué gracioso, Jefe. Pero te recuerdo que no nos hubiéramos metido en todo ese asunto desde un inicio si no fuera por ti. A los jefes nos les gusta que los hagan perder su tiempo y dinero en tonterías. Pudiste salvarte de ésta, pero la siguiente vez, quizás no tengas tanta suerte.

– Sí, mamá. Lo recordaré.

Hei-Shin ya no dijo más, y Enishi no quería seguir escuchándolo; si de por sí era odioso hablar con él de manera normal, lo era mucho más cuando estaba de mal humor… o de peor humor que de costumbre.

Enishi se concentró en su propia copa de champagne, la misma con la que había hecho el brindis. Pero no bebía de ella; simplemente la meneaba de un lado a otro, admirando con detenimiento como el líquido se mecía. Su semblante se había tornado pensativo abruptamente.

Era extraño. Aunque Hei-Shin aprovechaba casi cualquier oportunidad para recordarle el asunto de los cristianos de Shimabara, y en especial cómo había terminado, pocas veces se había detenido a pensar a detalle en aquello. Sobre todo en aquella noche, la noche de su duelo con Amakusa. Esa fue la última vez que vio a los singulares hermanitos, Shougo y Magdalia Amakusa. Despertó dos días después de haber recibido ese impresionante ataque por parte de Amakusa, y ellos ya se habían ido de Shanghái para entonces. Y hasta ese día, no había tenido noticia alguna sobre el paradero o estado de ninguno de los dos…

En realidad, no era como si algo de ello fuera de su incumbencia, ¿no? No, no lo era. Pero entonces, si el destino de esos dos individuos nada tenía que ver con él, ¿Por qué estaba comenzando a pensar en ellos justo en ese momento? ¿Por qué comenzaba a preguntarse a sí mismo en su cabeza qué estarían haciendo en esos momentos? ¿Por qué sentía curiosidad a esas a alturas de saber si habrían ya vuelto a su hogar o seguirían viajando en busca de apoyo para su causa? Y, especialmente, ¿por qué le llama tanto la idea de saber cómo se encontraba… ella…?

Sintió un fuerte golpe de incomodidad por todo ello. ¿Todo eso era provocado únicamente por esa pequeña e insignificante mención por parte de Hei-Shin? Era ridículo. Fuera como fuera, no tenía tiempo ni motivo alguno para estar pensando en esas tonterías. Incluso, no tenía tiempo ni motivo para seguir en ese lugar; después de todo, tenía algo mucho más importante de qué encargarse en esos momentos.

Luego de varios minutos de silencio, se giró sobre su hombro para poder darle una mirada rápida a Xung-Liang, quien seguía de pie detrás de él con rectitud militar. Enishi miró de reojo al resto de los guardaespaldas, y pensó por un segundo que, fuera de él, ninguno de ellos se tomaba tan enserio su trabajo en esos momentos, salvo quizás los cuatro hombres enormes y corpulentos de Hei-Shin.

– Que traigan el carruaje, Xung. – Le ordenó con un tono neutro, y algo distraído.

– ¿Qué? – Fue la respuesta sencilla del guardaespaldas.

– Mi carruaje, tráelo. ¿Necesitas más indicaciones?

– No, maestro. Digo… Sí, maestro. Enseguida…

Xung se alejó de la mesa a paso apresurado. Enishi ya no le puso mayor interés, aunque al contrario, Hei-Shin miraba algo desconcertado como el guardaespaldas se alejaba. Aunque claro, no era Xung-Liang quien lo desconcertaba en realidad, sino más bien el hombre sentado a su lado que le había dado tal orden.

– ¿Acaso ya te vas? – Le preguntó, curioso. – Pero aún ni siquiera sirven la comida. Dudo mucho que tengas otro compromiso para pasar la víspera, ¿o sí?

– Sólo vine para a hacer acto de presencia y cumplir mi papel de líder. – Respondió Enishi, aparentemente sereno; quizás demasiado tratándose de él, considerando que siempre parecía haber cierta carga de sarcasmo y elocuencia en sus palabras, pero no esa vez. – Y lo creas o no, sí tengo mis propias formas de celebrar el fin del año.

– Sí, claro. Por favor, no me digas que te vas para ponerte a jugar en tu patio con tu espada otra vez.

Enishi calló, aunque su silencio por sí solo fue bastante revelador. Hizo entonces su silla hacia atrás y se puso de pie.

– Bien, no te lo diré. – Comentó al tiempo que empezaba a sacarle la vuelta a la mesa.

Hei-Shin lo siguió con su vista, notablemente molesto; aunque era difícil decir si su molestia era originada directamente por el acto del albino, o sólo un efecto residual del mal humor que ya tenía consigo al llegar.

– Ni siquiera entiendo qué rayos estás haciendo. – Comentó justo cuando Enishi pasó frente a él. – Sólo repites el mismo movimiento una y otra vez. ¿Podrías decirme qué estás intentando?

– Tal vez algún día te cuente. – Contentó el albino, mientras se alejaba. – Pero no en lo que queda de este año, al menos. Feliz Año Nuevo, Hei-Shin.

Hei-Shin bufó con molestia, y pasó a servirse más del licor que estaba bebiendo.

– Sí… Feliz Año Nuevo…

– – – –

Aunque tuvo que evitar lo más políticamente posible a un par de personas que intentaron interceptarlo en su camino a la puerta, al final Enishi logró salir sano y salvo del restaurante, y subirse a su carruaje, antes de que cualquiera pudiera cuestionarse dónde estaba. Los demás líderes notarían su ausencia de inmediato, pero no le darían mayor importancia hasta que pasaran los minutos y siguieran sin verlo. Terminarían por cuestionar a Hei-Shin sobre su paradero, a lo que él podría responder de dos formas diferentes: fingir ignorancia y decir que no tenía ni idea de dónde se había metido, o decir directamente que se fue sin más. Fuera cual fuera, no le importaba lo que los otros Líderes llegaran a pensar; era una fiesta después de todo, y no tenía mayor obligación de quedarse mucho tiempo.

Enishi iba sentado en su carruaje, mirando con seriedad por la ventanilla. Xung-Liang, como siempre, estaba sentado frente a él, y como siempre parecía confundido por el último extraño acto de su amo.

– Podría al menos haber esperado a comer, maestro; si me permite opinar. – Comentó Xung con un tono moderado, rompiendo el silencio.

– No te lo permito. – Le respondió Enishi con un poco de dureza sin apartar sus ojos de la ventana. – Además, no tengo hambre y tengo otras cosas en mente en estos momentos.

– ¿Entrenará hasta tarde con su Watou otra vez, Maestro?

Enishi suspiró con cierto fastidio al escuchar tal pregunta, que en su mente se balanceaba entre estúpida e imprudente.

– ¿Tú también me vas a molestar con eso? – Le respondió con molestia, mirándolo de reojo. – ¿Y si lo hago qué? ¿Te importa acaso?

– No, lo siento mucho maestro. – Le contestó Xung rápidamente, agachando su cabeza, apenado.

En efecto, Hei-Shin y Xung no estaban errados en sus suposiciones. La verdad era que Enishi sí quería llegar a su casa para seguir practicando con su Watou. O al menos, “practicando con su Watou”, era la única forma en la que ellos dos podrían describirlo, ya que ninguno entendía del todo lo que hacía. Sólo se paraba en el patio con su espada, y parecía repetir el mismo movimiento una y otra vez: se ponía en posición de combate, plasmaba su pie derecho con firmeza al frente, agachaba su torso hasta casi tocar el suelo con su pecho, y colocaba su espada de manera vertical, paralela a su espalda. Luego, jalaba su espada hacia adelante en un corte rápido y de abajo hacia arriba que dibujaba una curva de trescientos sesenta grados.

A veces el movimiento variaba un poco, en la distancia entre sus pies, y qué tan abajo colocaba el torso, o en el movimiento de la espada; pero en esencia siempre era el mismo principio. Llevaba haciendo lo mismo ya más de tres meses cada vez que tenía oportunidad. Todo había comenzado el día en que despertó, luego de su pelea con el  cristiano. Algunos se habían atrevido a preguntarle directamente qué era eso, pero nunca daba una respuesta clara o definitiva. Fuera lo que fuera, parecía haberse convertido en una nueva obsesión para él, y Xung no estaba muy seguro de hacia dónde lo llevaría.

– Es Víspera de Año Nuevo, Xung-Liang. – Comentó Enishi de pronto, obligando al guardaespaldas a alzar su vista de nuevo. – ¿Por qué no te tomas la noche libre? No te has tomado una desde… Creo que nunca lo has hecho desde que te conozco.

– Mi deber es estar a su lado para protegerlo, maestro. Sin importar qué día sea.

Enishi soltó un pequeño quejido, que bien podría haber sido una pequeña risa. No insistió más en el tema, como si supiera de antemano que el resultado terminaría siendo el mismo al final.

El carruaje paró abruptamente, haciendo que sus ocupantes se sacudieran un poco hacia adelante. Enishi sacó un poco su cabeza para poder ver qué era lo que ocurría. No tardó mucho en darse cuenta: la calle estaba totalmente bloqueada por la gente, que se encontraba ya fuera haciendo compras o a media celebración. Se escuchaba con intensidad el sonido de la música y las voces humanas, y a lo lejos se podían apreciar como danzaban varios colores y luces entre la multitud.

– Chofer estúpido. – Balbuceó con molestia, sentándose de nuevo en su lugar. – Era obvio que iba a haber demasiada gente por la avenida principal. Dile a ese idiota que tome otra ruta, y rápido.

– Sí, señor.

Xung-Liang abrió la puertecita detrás de él para comunicarle de inmediato las órdenes al chofer, e intentando transmitir en sus palabras el mismo enojo que Enishi le había trasmitido a él. El carruaje tuvo que dar una pronunciada vuelta, y entonces volvió a avanzar. Sin embargo, su avance fue algo más lento, y frecuentemente cambiaba de calle o dirección, en busca de un mejor camino.

Quizás hubiera sido mejor esperar hasta algunas horas, cuando todos estuvieran ya en sus casas, disfrutando de sus Jiaozi y cocidos de carne con sus familias, y no amotinando las calles de esa forma. Y eso no era nada en comparación con lo que sería el día siguiente, cuando comenzaran los desfiles. Mientras le fuera posible, Enishi no deseaba dejar su casa por los próximos quince días, pero estaba seguro de que ese deseo era imposible que se hiciera realidad.

Enishi seguía viendo por la ventanilla, sin prestarle en realidad mucha atención a lo que ocurría ahí afuera. ¿Y por qué lo haría? Sólo podía ver personas, y más personas; cada una igual a la anterior. Para él desde hace mucho, todas personas eran iguales… La misma cara, los mismos ojos. No eran más que manchas en movimiento en un lienzo. Iban a venían de un lado a otro, cada una de seguro preocupada de su propio asunto, ignorando de igual forma a cualquiera de los otros, incluso al extraño que estaba parado justo a su lado.

Pero de pronto, de un momento a otro, algo resaltó con fuerza entre todo el paisaje que podía ver a través de la apertura rectangular de la ventanilla. Entre todo ese mar de rostros iguales y carentes de vida, uno sobresalió, como un faro de luz entre oscuridad. Apenas logró divisa dicho rostro cuando el carruaje pasó frente a su dueño, y sólo estuvo en su rango de visión por dos segundos, quizás tres. Pero fue más que suficiente para que sus agudos sentidos, que jamás descansaban, pudieran percibir por completo sus facciones, sus tamaños, el color verde sus ojos, el tono castaño claro de su cabello, la piel blanca y refinada, su nariz pequeña y puntiaguda. Fue más que suficiente para reconocerla, para saber de quién se trataba, para saber quién era esa casi visión, parada a un lado del camino, mirando alrededor como si buscara algo, pero totalmente ignorante de que siquiera él había pasado a unos cuantos centímetros de ella…

“¡No puede ser!” – Fue lo que le cruzó por la cabeza de inmediato, pero tan rápido y fugazmente como esa imagen apareció ante él, así desapareció por el propio movimiento del carruaje. – ¡Para!, ¡para! ¡Ahora!

Enishi se extendió hacia el frente, prácticamente haciendo a Xung-Liang a un lado, y chocando con fuerza su mano contra la pared del carruaje para que el chofer lo escuchara. Éste reaccionó jalando las riendas de los caballos con fuerza, y haciendo que estos frenaran abruptamente, y que sus cascos casi patinaran en el empedrado.

– ¿Maestro?, ¿qué ocurre? – Cuestionó Xung-Liang desconcertado, pero bien acababa de formular su pregunta cuando entonces Enishi abrió abruptamente la puerta del carruaje y bajó de éste de un salto, para luego alejarse corriendo en la dirección en la que venían. – ¡Maestro!

Enishi se movió veloz, abriéndose paso de forma violenta entre la multitud de gente. Ni siquiera se detuvo a pensar ni una sola vez qué era lo que estaba haciendo, o en qué tanto sentido tenía lo que había visto, o creía haber visto. Había sido prácticamente un acto impulsivo, una reacción refleja e incontrolable, como una necesidad ardiente de ir justo a ese mismo punto y verlo una segunda vez con sus propios ojos.

Sin embargo, cuando llegó al lugar exacto, al sitio justo en el que la había visto de pie entre la multitud… Ya no estaba; ni siquiera un rastro alguno de que hubiera estado ahí en un inicio.

Confundido, y al parecer muy exaltado, miró rápidamente en todas direcciones, una y otra vez. Esperaba volver a percibir de nuevo su rostro, sus ojos o su cabellera entre toda esa multitud, poder verla tan claramente como lo acababa de hacer sólo unos segundo atrás. Pero no tuvo suerte. Decenas de personas iban y venían a su alrededor,  pero ninguno era ella…

– Maestro, ¿está todo bien? – Escuchó que Xung-Liang exclamaba a sus espaldas. Se viró sobre sí, y lo vio de pie a unos pasos de él.

– ¿No la viste? – Le preguntó apresurado, en un desesperado intento de encontrarle sentido a todo ello. Sin embargo, su pregunta sólo hizo más que desconcentrar aún más a su guardaespaldas.

– ¿A quién? ¿A quién vio, maestro?

Esa definitivamente no era la respuesta que esperaba, ni cerca. Agachó su cabeza y colocó una mano sobre su frente. Sintió una pequeña gota de sudor recorriéndole el costado de la cabeza, y una ligera agitación bajo su pecho, que de seguro debía de ser su propio corazón.

– Yo… Estoy seguro que era… Creí que… – Balbuceó en voz baja, incapaz de terminar ninguna frase. Al final cortó sus palabras de golpe, con un profundo suspiro.

No había sido real, eso era lo más seguro. Sólo había sido otro de esos momentos, otra visión más. Sí, eso debía ser. Pero, ¿por qué ella? Nunca había visto de esa forma a otra persona que no fuera su…

Un horrible pensamiento le cruzó por la cabeza, un pensamiento que le apretó con fuerza el pecho, y casi lo hizo caer de rodillas al suelo como si un dolor punzante lo carcomiera por dentro. ¿Y si ella también estaba…? ¿Y si el motivo por el que la había visto era que…?

– No, no puede ser… – Murmuró en voz baja para sí mismo. – ¡No puede ser…!

Rápidamente se incorporó y se dio abruptamente la media vuelta. No estaba seguro de a dónde quería ir o con qué intención; simplemente lo hizo, inspirado por la agobiante sensación que había empezado a sentir.

Sin embargo, justo al girarse, dicha sensación fue rápidamente remplazada…

Una persona iba caminando en su dirección entre la multitud, al parecer ni siquiera percatada de su presencia ahí. Sin embargo, cuando Enishi se voltea de esa forma tan repentina, dicho movimiento por su rabillo del ojo hizo que esta otra persona alzara también su rostro al frente. Y en ese instante exacto, sus miradas se cruzaron… Otra vez…

Enishi se quedó paralizado de la impresión y la otra persona pareció quedarse en el mismo estado. Era el mismo rostro exacto que estaba buscando, el rostro delicado y fino, de piel blanca, ojos verdes, y cabello castaño claro… El rostro de Magdalia Amakusa…

– Tú… – Se les escapó a ambos al mismo tiempo y con sincronización perfecta.

Sí, era ella, y no era una visión, sino algo muy, muy real. Traía su cabello suelto, y un vestido rosado largo, con un pequeño abrigo café encima. En su brazo derecho, cargaba una gran canasta de paja, que tenía en su interior algunos rábanos, así como varios paquetes envueltos en papel que bien podría ser carne, pollo o pescado.



Tras voltearse, ambos habían quedado uno frente al otro, a apenas dos pasos de distancia. Ambos se miraban mutuamente, sin decir nada más allá de ese “tú” sorpresivo. Parecían igual de impactados por la repentina aparición ante ellos, y quizás no era para menos.

– ¡Santa Magdalia! – Escucharon con fuerza en el aire, y ese grito pareció sacarlos de tan letárgico transe en el que se habían sumido.

Sobre el hombro de la chica, Enishi reconoció a su leal y siempre fiel guardián, abriéndose paso hacia ellos. De un segundo a otro, el chico de cabellos negros y cortos, se colocó entre ambos, obligándolos a marcar distancia.

– ¡Tú otra vez! – Exclamó, mirándolo fijamente con enojo; él también traía una canasta consigo, con otros artículos. – Aléjate de ella…

– Shouzo, tranquilo. – Comentó Magdalia a sus espaldas, colocando una mano sobre su hombro. – No pasó nada, sólo nos encontramos por casualidad.

Eso no pareció tranquilizar del todo a Shouzo, pues no se movió ni un centímetro de su lugar. Magdalia sin embargo, hizo cortésmente que se hiciera a un lado, y así ella pudiera dar un paso al frente y colocarse de nuevo ante a Enishi, con solemne firmeza.

– Buenas tardes, Señor Yukishiro. – Murmuró en voz baja, viéndolo fijamente. –Cuánto tiempo sin vernos.

Por su parte, fue sólo hasta que ese otro individuo apareció, y que pudo escuchar la voz de Magdalia con más claridad, que Enishi estuvo convencido por completo de que todo eso era real.

– Magdalia… Pero… ¿Cómo… es que estás tú aquí…? – Balbuceó de manera casi incomprensible. – ¿Señor Yukishiro? Creí que ya no me hablabas… De usted…

– Me parece que es lo más apropiado en estos momentos. – Fue la respuesta sencilla y directa de la joven. – Bueno, si me disculpa, estaba buscando a Shouzo, pero como ve ya lo he encontrado. Con su permiso…

Sin más, se dio media vuelta y comenzó a caminar, y de inmediato Shouzo pasó a seguirla.

– ¿Qué? ¡Oye!, ¡Espera! – Exclamó Enishi apresurado, y sin dudarlo comenzó a andar también detrás de ellos.

– Maestro Enishi. – Exclamó Xung con fuerza, pero él lo ignoró por completo. Al final no tuvo más remedio que también seguirlos.

Fue en ese momento en el que Enishi se percató de en qué sitio estaban exactamente. Era el mercado cerca del puerto, y precisamente en esos momentos se encontraba casi a reventar de gente, amotinada casi en cada puesto, quizás buscando de última hora los ingredientes para su cena de Nian Ye Fan.

– ¿Qué… Qué es lo que haces aquí? – Se atrevió a preguntar luego de un rato; Shouzo seguía intentando posicionarse entre ambos a la fuerza.

– En estos momentos, sólo haciendo algunas compras, y cómo ve tengo que apurarme antes de que todo se acabe. – Le respondió la joven de ojos verdes, mientras tenía su atención en intentar abrirse paso entre la gente.

– No, me refiero a aquí… En Shanghái… ¿Cuándo volviste y porque no lo sabía?

– No sabía que en verdad era una regla avisarle cada vez que vengo a Shanghái, su majestad.

Enishi cayó en cuenta de inmediato a qué venía ese comentario. La noche de la pelea, se había referido a sí mismo como el rey de ese sitio, y que tenía control de quién entraba y quien dejaba Shanghái. Por supuesto, era una completa exageración con la sola intención de hacer enojar aún más a Amakusa.

– No, no se trata de eso… Oye, ¿podemos hablar por uno segundo?

Al fin los cuatro pudieron llegar a un punto más despejado del mercado. Sólo entonces Magdalia se detuvo, y lo volteó a ver. Su expresión a simple vista parecía fría e indiferente, pero… En realidad no se veía del todo real.

– Shouzo, tráeme unas quince zanahorias de ese puesto, por favor. – Le ordenó de pronto, señalando hacia un puesto, un tanto alejado de su posición.

El joven, sorprendido, miró el puesto que señalaba, y luego la miró a ella.

– Pero… Santa Magdalia… ¿Está segura?

– ¿Te parezco insegura?

El tono el que lo había dicho no dejaba lugar a la duda, y dejaba muy claro que era una orden, más que una petición. Inseguro, Shouzo no tuvo otra opción más que obedecer, y dirigirse al puesto que le había indicado, e intentar obtener las zanahorias entre toda la gente congregada en torno a él.

– Ya tiene su segundo, señor Yukishiro. – Señaló la joven castaña, una vez que Shouzo se fue. – ¿De qué quiere hablar?

– Yo…

Era un estado que a Enishi no le agradaba en lo más mínimo sentir. Se sentía desorientado, perdido, incluso algo inseguro. Él casi nunca se sentía de esa forma, y extrañamente, las últimas veces que recordaba que había sucedido, igualmente habían sido frente a la misma persona…

– Es sólo que… Simplemente no creí que fueras a volver… Aquí…

– Ya ve que estaba equivocado. Lo crea o no, aún tenemos asuntos en este puerto, ajenos al Feng Long y a usted.

– ¿Qué asuntos?

Magdalia se quedó callada unos instantes, como si no estuviera segura de qué responder.

– Discúlpeme, pero la verdad es que no creo tener la libertad de hablar con usted al respecto. – Le respondió con un tono serio, y algo duro.

Enishi no sabía cómo reaccionar. A una parte de él le molestaba esa actitud, pero otra parte más fuerte luchaba porque eso no lo controlara.

– Oye, entiendo muy bien que estés enojada por lo ocurrido, ¿está bien? – Le señaló con más firmeza en su tono. – Así que actúa como tal. Grítame, insúltame, pero deja de actuar con tanta indiferencia que me estás volviendo loco.

Magdalia de nuevo guardó silencio, y de nuevo pareció dudar.

– Yo… – Lentamente desvió su mirada hacia otro lado. – En realidad no estoy enojada con usted, Señor Yukishiro.

– ¿Ah no? – Respondió el albino, incrédulo. – ¿Por qué no?, si sólo intenté matar a tu hermano; uno esperaría que algo así te hiciera enojar un poco.

– Ciertamente. Y si ese fuera el caso, una disculpa no estorbaría, ¿no cree?

Enishi se sobresaltó, casi como si le hubieran echado agua fría encima.

– ¿Una disculpa? ¿Quieres que… yo… me disculpe…?

– En estos momentos… Lo único que quiero son dos kilos de patatas. – Le respondió Magdalia con normalidad, y entonces se viró hacia los puestos cercanos, buscando alguno que tuviera lo que buscaba.

– ¿Acaso vas a preparar la cena de Nian Ye Fan o algo así?

– Nosotros en realidad no acostumbramos de manera especial celebrar estas fechas.

– Claro, sí…

Por un segundo se le había olvidado que hablaba con una devota cristiana. De seguro no celebraba, “de manera especial”, nada que no fuera estrictamente de su religión. Curioso, porque los occidentales parecían disfrutar sin ningún remordimiento del festival.

– Xung, ve y consigue sus papas en alguno de los puestos. – Soltó de pronto la orden al aire, confiado de que Xung, a sus espaldas, la escucharía sin problema.

– ¿Yo? – Respondió el guardaespaldas, confundido ante tal petición. – Pero…

– Sin peros. Ahora, ¿qué no me oíste?

Antes de que Xung, o incluso Magdalia, pudieran decir algo en contra, Xung hizo justo lo que le pedían, y se apresuró a buscar entre los puestos dos kilo de papas.

– Eso no era necesario. – Señaló Magdalia.

– Lo sé. Sólo quería que me dejara de respirar en la nuca unos segundos.

Y además de todo, deseaba estar lo más solo posible con ella para lo que vendría. En realidad no estaban técnicamente solos, considerando la gran cantidad de personas que los rodeaban, pero al menos ninguno los miraba o escuchaba, o esperaba.

– Bien, escucha. – Comenzó a decirle con algo duda. – Si eso es lo que quieres escuchar, entonces lo diré…

Magdalia lo miró con expresión de desconcierto. Enishi respiró hondo y luego exhaló. Alzó de nuevo su rostro, y la miró fijamente a los ojos con determinación. Era increíble que enserio lo fuera a hacer. No tenía ningún motivo para hacerlo, aunque… En realidad tampoco tenía ningún motivo para no hacerlo…

– Lo siento. – Soltó de golpe con la mayor firmeza que le era posible; Magdalia, por su parte, abrió sus ojos por completo, sumida en la sorpresa que le causaba lo que acababa de escuchar. – Como bien intuiste hace tiempo, tengo… ciertos asuntos incomodos entre manos, que nada tienen que ver contigo o con tu hermano, pero aun así terminé involucrándolos en ello. Mis motivos para ello, creo que sólo yo podría entenderlos. Te mentiría si te dijera que lamento haber provocado a tu hermano o haber causado esa pelea… Pero sí lamento haber tenido que hacerlo a expensas tuyas y haber tenido que ponerte en esa situación incómoda, por decirlo menos…  ¿Satisfecha?

Satisfecha quizás no era la forma correcta de describir cómo se sentía Magdalia en esos momentos. Sorprendida, era quizás algo más cercano. En su mente repasaba poco a poco lo que este individuo le acababa de decir, intentando usar su notoria habilidad para leer a las personas y encontrar algo que no encajara, o algo que le sonara forzado o falso. Pero no encontraba nada parecido; todo le sonaba completamente real.

Luego de unos segundos de silencio, una pequeña sonrisa se dibujó en sus delgados labios.

– No sé ni qué decir. – Pronunció de pronto. – Tengo la impresión de que ésta la primera disculpa sincera que le da a cualquier persona en mucho tiempo, ¿o no?

Enishi pareció incomodarse por el comentario. Con sus dedos se acomodó sus anteojos, haciendo que estos escondieran por completo sus ojos.

– En mucho más tiempo del que crees…

– ¿Y por qué lo hizo?

Esa pregunta fue casi como un golpe directo a la cara, o una sacudida violenta con la intención de despertarlo. ¿Por qué acababa de disculparse? Más importante aún, ¿Por qué se había bajado tan apresurado del carruaje en cuanto creyó verla? ¿Por qué se sentía tan alarmado cuando creyó que tal vez algo le había ocurrido? ¿Por qué la estaba siguiendo por el mercado? ¿Por qué seguía ahí aun hablando con ella?

Enishi elevó su mano y la pegó contra su frente. No era precisamente que le doliera, pero sentía una fuerte presión a los lados de ésta.

– No… No lo sé… – Murmuró de pronto, teniendo su cabeza agachada. – No sé… Ni qué rayos hago aquí…

Sin darse tiempo para dar alguna otra explicación, se dio rápidamente la media vuelta y dio un par de pasos hacia la multitud, con la clara intención de retirarse de una vez por todas. Eso había sido una estupidez, una completa estupidez. Sentía que estaba a punto de perder el control, y lo que menos quería era hacerlo en ese sitio, entre tantas personas… Y tan cerca de ella…

– ¡Acepto su disculpa! – Gritó Magdalia con gran fuerza a sus espaldas, obligándolo a detenerse de golpe.

Lentamente, el Líder del Feng Long volvió a girarse hacia la cristiana; ésta había dado un paso en su dirección, y lo miraba fijamente con inquietud. Cuando él se gira de nuevo hacia ella, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios otra vez.

– Pero en realidad no era necesaria. – Añadió con cautela. – Como bien le dije antes, no estoy molesta con usted, de verdad.

– ¿No? – Respondió el albino, sorprendido. – ¿Por qué no?

Magdalia separó sus labios con intención de decir algo, pero pareció arrepentirse al último momento. Volteó un momento hacia un lado, y Enishi notó como sus dedos jugaban nerviosos sobre el mango de la canasta. Estuvo así unos segundos, y luego se viró de nuevo hacia él, y una vez más al parecer con la intención de hablarle. Sin embargo, justo entonces Shouzo se acercó a ella, cargando su canasta con las zanahorias que Magdalia le había mandado a buscar.

– Aquí están las zanahorias, Santa Magdalia. – Le indicó, enseñándole el contenido de su cesto.

– Oh, gracias, Shouzo.

Esa pequeña interrupción había sido bastante inoportuna. Enishi se apresuró a intentar que la conversación volviera al tema, pero justo en ese momento Xung se le aproximó por detrás.

– Las papas, maestro. – Mencionó el guardaespaldas, cargando todas las papas que había comprado en sus brazos, pues no llevaba una canasta consigo.

– ¿Se pusieron de acuerdo acaso? – Resopló Enishi con molestia, volteándose hacia él. Xung parpadeó confundido por la pregunta.

– ¿Disculpe?

– Nada, olvídalo.

Magdalia se acercó hacia el chico en ese momento, extendiéndole su canasta para que pudiera colocar ahí las papas.

– Gracias.

Se giró entonces de regreso a Enishi, una vez que ya tuvieron todo completo.

– Me temo que tenemos que irnos.

Enishi pareció sorprenderse por esas palabras, mas fue incapaz de responder algo inmediatamente; sentía que su lengua se había trabado.

– Un placer volverlo a ver, Señor Yukishiro. – Añadió Magdalia a su despedida, haciendo una ligera reverencia con su cabeza. – Feliz Años Nuevo.

– Sí, gracias… Igualmente…

Sin más, la castaña se dio media vuelta y comenzó a andar; Shouzo no tardó mucho en comenzar a seguirla, como el fiel perro faldero que era. Enishi se veía desconcertado por lo abrupto que eso había sido. Tanto tiempo, ¿y realmente esa sería la última vez que la vería? ¿Y por qué eso le importaba tanto en realidad?

Aunque ciertamente no podía ocultar la curiosidad que le provocaba eso que le había dicho. ¿Por qué no estaba enojada? ¿Qué era lo que le iba a decir antes de que los interrumpieran?

– ¿Maestro? – Murmuró Xung a su lado con cautela, como si temiera perturbarlo. – ¿Volvemos al carruaje?

– Supongo que sí… – Fue la respuesta sencilla y corta del albino, e igual se dio la vuelta y comenzó a caminar.

Era mejor así, ¿o no? No sabía qué esperaba obtener de todo eso realmente. Todo ese asunto había sido muy raro y sin ningún sentido. El sólo hecho de que ella hubiera aparecido tan repentinamente de regreso a Shanghái y se la hubiera encontrado de esa forma, ya de por sí solo se sentía bastante irreal.

¿Pero entonces? ¿Dejaría pasar todo eso como si nada hubiera pasado? Tendría que ser así. ¿Qué otra cosa podría o querría hacer? Ya había obtenido todo lo que le incumbía con los dos hermanitos Amakusa; no había nada más que le interesara en ellos, en especial en ella. Nada más…

– ¡Señor Yukishiro! – Escuchó de pronto que la voz de Magdalia exclamaba con fuerza detrás de él.

El albino se detuvo en seco, y luego se giró rápidamente. Entre la multitud, Magdalia se encontraba de pie, un poco agitada pues al parecer había corrido un poco para poder alcanzarlo; Shouzo venía detrás de ella sólo unos pasos detrás. Luego de recuperar un poco el aliento, Magdalia dio un par de pasos más en su dirección para poder estar a la distancia adecuada.

– Aunque no vayamos a celebrar en sí el año nuevo… Lo cierto es que los niños del Barrio Cristiano se quieren reunir esta noche en la plaza de la iglesia para ver los fuegos artificiales a la media noche; y yo, Shouzo y otros adultos, nos ofrecimos para cuidarlos y prepararles algo de cenar. – Al decir esto último, alzó la canasta que traía, enseñándosela. – ¿Le gustaría… Acompañarnos?

Enishi pareció atónito ante lo que acababa de oír. Y no era el único: Shouzo y Xung-Liang parecían igualmente confundidos.

– ¿Me estás invitando?

– Creo que es obvio. – Le respondió con simpleza, sonriéndole levemente. – Si va… Tal vez podamos hablar con más calma… Si lo desea…

¿Era enserio o acaso era algún tipo de broma? ¿Qué intención podía tener con todo eso? Fuera lo que fuera, sentía que no era solamente hablar. De manera lógica, no tenía ningún motivo para querer aceptar esa invitación, y menos considerando que tenía cosas mucho más importantes que hacer, que ir al Barrio Cristiano a hablar con más calma con esa chica. Pero… ¿Y de manera no lógica?

Enishi desvió un poco su mirada hacia un lado, meditando la situación. Se le veía muy intranquilo. De hecho, en todo ese momento desde que se cruzaron, Magdalia pudo notar algo muy diferente en él. En todo ese tiempo no estuvo sonriendo de forma astuta como siempre, ni haciendo bromas, ni tenía ese constante porte de saberlo todo. Vaya, incluso se acababa de disculpar con ella…

– ¿Tu hermano estará ahí? – Inquirió dudoso de pronto el albino.

Magdalia se sorprendió un poco por tan repentina pregunta. Miró unos momentos al cielo con expresión pensativa, y luego negó lentamente con su cabeza.

– No, la verdad no lo creo.

– Entonces… – Calló uno segundos, y luego prosiguió. – Quizás lo piense… Con una condición…

Magdalia parpadeó confundida. Pensaba que el “hablar con más calma” ya era suficiente condición, pero al parecer no.

– Vuelve a llamarme por mi nombre como aquella noche. – Murmuró en voz baja, y entonces la volteó a ver con una leve sonrisa. – Era más agradable.

La castaña se sobresaltó al escuchar tal petición; un ligero sonrojo se hizo notar en sus mejillas. No le respondió nada, ni tampoco él esperó a que lo hiciera. Simplemente volvió a girarse sobre sus pies y seguir con su camino.

– Vámonos, Xung. – Ordenó con cautela, y el joven rápidamente lo siguió.

Magdalia se quedó de pie en su sitio, viendo fijamente como se alejaban entre la multitud, hasta que ya no los vio más. Alzó su mano derecha, colocándola sobre su pecho para sentir un poco su corazón; éste se agitaba con rapidez. ¿Era miedo acaso? ¿Nervios?, ¿o…?

– Santa Magdalia. – Escuchó que Shouzo decía a su lado. Estaba más que claro que quería decir algo más, pero en ese mismo instante ella alzó una mano hacia él, indicándole que parara.

– Por favor, no ahora, Shouzo. – Le indicó casi como una súplica.

Un denso suspiro se escapó de los labios de la cristiana, y entonces hizo lo mismo que había hecho hace un momento, dándose media vuelta y comenzando a caminar de regreso a su posada.

– – – –

Enishi y Xung se dirigieron de regreso a su carruaje, que seguía parado justo donde lo habían dejado, aun a pesar de que estaba obstruyendo la calle. Pero claro, pocos se atreverían a hacer algo contra un carruaje del Feng Long.

– ¿Enserio considerará ir, maestro? – Cuestionó Xung, confundido. – Rechazó cenar con todos los Jefes porque dijo que tenía… Asuntos importantes de qué encargarse, ¿o no?

– Sí, eso dije, ¿verdad? – Comentó con un tono ligeramente juguetón, cuando ya tenía un pie en el escalón del carruaje para subirse. Sin embargo, no avanzó al interior; se quedó quieto en esa posición. – Pero… Vaya, creo que en realidad sí me da un poco de curiosidad saber porque habrá vuelto realmente a Shanghái, ¿sabes? Es un poco raro haberla visto de nuevo de esta forma… ¿Y a qué se refería con que no estaba molesta conmigo? ¿Basura cristiana de poner la otra mejilla? ¿O quizás…?

Enishi no podía creerlo, pero al parecer era innegable, incluso para él. Creía que su interés en los Amakusa, sobre todo en Magdalia, había desaparecido tras esa noche. Había obtenido lo que quería de ellos, y podía dejarlos partir sin problema. No había nada más en ninguno de los dos que le podría interesar. Sin embargo, al parecer, estaba equivocado…

En lugar de entrar al carruaje, bajó su pie y volvió a cerrar la puerta. Sin dar alguna explicación, se dirigió hacia el chofer para darle indicaciones.

– Estaciónate a la vuelta y espéranos. – Le indicó, señalando al frente con su dedo. El chofer ni siquiera lo dudó y de inmediato hizo que los caballos se pusieran en marcha. Un segundo después, él hizo lo mismo. – Vamos, Xung.

– Pero… ¿A dónde vamos, maestro? – Inquirió Xung, que ya a esas alturas parecería que “confundido” iba a ser su estado natural ese día.

Enishi no se detuvo ni lo volteó a ver. Simplemente sonrió de lado con entusiasmo, y le respondió…

– De compras.

FIN DEL CAPITULO 20

Un año termina, y otro comienza. Bajo el cielo estrellado de Shanghái, Enishi y Magdalia conversan una vez más. Sin embargo, esta vez es al Jefe del Feng Long a quien le toca decir la verdad… ¿Qué ocurrirá después de que el cielo se cubra de luces?

Capítulo 21: Fuegos Artificiales

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 20. Víspera de Año Nuevo

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