Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 19. Verdadero Contrincante

1 de febrero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 19. Verdadero Contrincante


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 19
Verdadero Contrincante

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

La tela verde de su kimono se había tornado oscura en la parte del torso. Su herida aún sangraba, pero ya era mucho menos abundante que en un inicio. Se avergonzaba de lo deteriorada que se encontraba su tolerancia al dolor. Todos esos años, se había desacostumbrado tanto a ser herido, que esa pequeña cortada horizontal a la altura de su pecho, le era realmente incomoda; como una comezón que no era capaz de rascar.

Esos pequeños segundos de pausa le habían servido para recuperar su aliento, y también la claridad de su mente. Tras lo que llevaba de combate, ya tenía al menos una cosa segura: ese hombre lo había retado a pelear, no por su hermana, ni siquiera por su soberbia. Todo eso tenía que ver con el Hiten Mitsurugi Ryu. Lo que ese extraño de cabellos albinos y gafas oscuras realmente deseaba, era blandir su espada contra el Hiten Mitsurugi, sin importar quién fuera su contrincante. ¿Pero por qué? ¿Qué era lo que realmente lo empujaba a hacer todo eso?

Una brisa ligera comenzó a soplar, meciendo ligeramente las ramas de los árboles. Seguía parado a una larga distancia de Enishi, quien lo miraba de lejos, al parecer orgulloso de su último ataque. Esa sonrisa desquiciada no se había mutado ni un sólo milímetro desde que comenzaron a pelear. Era una expresión totalmente distinta a la que había visto esos días que llevaban ahí en Shanghái. ¿Era esa su verdadera cara?, ¿era ese el verdadero Yukishiro Enishi? O, cómo su hermana decía, ¿era acaso una máscara más?

– No te irás a rendir sólo por esa pequeña herida, ¿o sí? – Escuchó que le decía con fuerza. – No, no lo permitiré. Aún no estoy satisfecho. He esperado muchos años por este momento, ¡y no pienso retroceder por nada!

Jaló su espada hacia atrás y entonces se impulsó al frente con sus fuertes piernas.

De nuevo hablaba como si lo conociera de hace mucho, como si esa pelea tuviera algo que ver con algún encuentro previo hace años atrás. Pero ese no era el caso, ni en lo más mínimo.

A medio camino hacia Amakusa, Enishi comenzó a girar su cuerpo en el aire con rapidez, haciendo que su espada hiciera el mismo movimiento. Shougo alzó la suya al frente para detener el inminente choque. Cando ambos filos chocaron, se escuchó un gran estruendo, y de la fuerza el cuerpo de Shougo fue empujado hacia atrás, casi como si hubiera sido la patada de un caballo.

Era obvio que sus estrategias de siempre no funcionarían con este enemigo. Debía pensar en otra salida. Amakusa empezó a usar su velocidad para moverse por el patio y mantener la mayor distancia entre ellos, mientras intentaba encontrarle algo de sentido a todo eso. Enishi no aguardó ni un segundo, antes de seguirlo y no dejar de atacarlo ni un instante.

Shouzo, seguía aun casi pasmado por todo lo que había ocurrido. Aún le era difícil creer que estuviera viendo a un enemigo que pudiera darle tal pelea a Shougo Amakusa, hasta incluso llegar a herirlo. Empezó a reconsiderar seriamente la posibilidad de llegar hasta Magdalia, tomarla y salir de ahí. El riesgo era tan alto, con todos esos hombres armados, y en especial con ese sujeto albino y su técnica. Si el Señor Shougo no era aún capaz de derrotarlo, ¿qué podría hacer él si intentara encararlo? Se sentía tan impotente, tan incapaz de hacer cualquier cosa…

Alzó su mirada hacia el pórtico, deseando ver algo en Magdalia que le inspirara confianza, quizás esperanza; sin embargo, lo que vio le causó exactamente lo contrario. Desde su perspectiva, podía ver como la mujer cristiana se apoyaba con su mano derecha en el barandal del pórtico, mientras tenía la izquierda aferrada a su boca. Tenía los ojos cerrados, y su cuerpo se agitaba un poco.

Shouzo se alarmó enormemente al ver esto. Él sabía qué era lo que pasaba: estaba teniendo uno de sus ataques.

– ¡Santa Magdalia!

Sin pensarlo dos veces, y tal vez olvidando un poco en qué lugar y situación se encontraba, Shouzo comenzó a apresurarse hacia el pórtico. Los dos guardias en la puerta principal no tardaron en apuntarlo con sus armas, y dos más a sus espaldas los imitaron, por lo que no tuvo más remedio que quedarse inmóvil a medio camino.

– Aléjate, cristiano. – Escuchó como ordenaba el que al parecer era el hombre de confianza de Yukishiro Enishi, el hombre de los dos sables en su espalda, parándose a la cabeza de los escalones del pórtico. – No des ni un paso más. Aunque el Maestro Enishi esté dispuesto a perdonarles la vida, no toleraré que hagas algo para entorpecer este encuentro.

– ¡Ustedes no lo entienden! ¡Santa Magdalia está muy enferma!

Xung-Liang pareció sorprenderse un poco por lo que escuchaba.

– ¿Enferma?

Volteó a ver sobre su hombro a la castaña, quien aún seguía tosiendo, con pequeñas pausas entre un carraspeo y otro. Ciertamente no se le veía muy bien. No sólo era tos; su semblante se había tornado un poco pálido, y parecía que ocupara apoyarse en el barandal para mantenerse de pie.

– Toda está tensión le está haciendo mal a su cuerpo. – Prosiguió Shouzo. – Si a ese sujeto le interesa ella aunque sea un poco de lo que dice, ¡debe dejar que nos la llevemos para que el Señor Shougo pueda atenderla!

Xung divagó por unos momentos. La chica se veía mal, tal vez sí necesitaba un doctor. Si era tan importante para su maestro como lo parecía, ¿qué haría si se enterara que la vio mal y no hizo nada al respecto? Pero en realidad, ¿esa mujer le importaba tanto? Se comportaba tan extraño siempre que estaba con ella… Pero, por otro lado, se veía que lo que realmente quería, lo que realmente estaba disfrutando, era esa pelea contra el hombre Cristiano. No sabía que pasaría si no hacía algo para ayudar a la chica, pero estaba seguro que despertaría su ira si hacía aunque sea el intento de detener esa pelea. Así que decidió hacer lo que todo buen soldado debe hacer: seguir sus órdenes.

– No caeré en ninguno de sus trucos. – Respondió con firmeza. – Nadie se va de esta casa si el maestro Enishi no lo ordena primero. Así que retrocede…

Los cuatro hombres que lo apuntaban, jalaron los martillos de sus rifles, listos para disparar a la primera señal. En un inicio, Shouzo dudaba de actuar debido a la posibilidad de poner a Magdalia en peligro; pero ella ya estaba en peligro. Debía de hacer algo, o su condición podría empeorar. Mientras más lo pensaba, más se decidía a ello. Debía hacer algo, y estaba a punto de hacerlo, cuando la voz de la propia cristiana lo detuvo.

– No lo hagas, Shouzo. – Escuchó como la castaña pronunciaba con fuerza.

Tanto Xung como Shouzo se voltearon hacia ella al escucharla. Al parecer su tos se había calmado un poco, aunque su respiración era algo entrecortada, y se veía que su rostro sudaba un poco. Tenía sus manos apoyadas en el barandal, y veía como podía en dirección a su hermano y su oponente.

– No te arriesgues, yo estoy bien… Por favor, quédate dónde estás y no provoques más problemas…

– Pero, Santa Magdalia…

Ella negó lentamente con su cabeza.

– Lo que mi hermano menos necesita en estos momentos, es estarse preocupando por nosotros…

Shouzo se vio obligado a volver a ver hacia donde Shougo seguía esquivando los inminentes ataques de su adversario. No estaba feliz con la orden que había recibido, pero no estaba en él decidir si cumplirla o no. Si Santa Magdalia así lo deseaba, así lo haría…

Las armas de Shougo y Enishi chocaron entre sí justo al frente de ellos, creando un fuerte estruendo. Shougo empezó a lanzar varios ataques a gran velocidad por los costados de Enishi, pero éste los repelía sin problema. Luego de permitirse recibir algunos ataques por tiempo y de cubrirlos con su hoja, Enishi volvió a tomar la iniciativa, empujando el arma de Amakusa con fuerza hacia arriba para dejar descubierto su torso. Lanzó con rapidez su puño izquierdo al frente, empujándolo con todo el cuerpo. Su pie izquierdo se plantó con fuerza en tierra, justo cuando su puño chocó con gran impacto contra la boca de su abdomen.

Un ligero gemido de dolor surgió de los labios del cristiano, quien también sintió que todo el aire se le escapaba del cuerpo. Pero no dejó que eso lo detuviera. Aprovechando el empujo del golpe recibido, hizo que todo su cuerpo se girara. A la mitad de la vuelta, sacó su funda de la su cinta, empuñándola con su mano izquierda. Su giro fue tan veloz, que al culminar Enishi aún ni siquiera cambiaba de posición, y logró entonces golpear con gran fuerza su costado derecho su vaina.

Al fin había logrado dar un golpe. Enishi fue empujado hacia un lado por el impacto, pero ni siquiera pareció sentir dolor. Plantó con fuerza sus pies en tierra para evitar ser impulsado más lejos por el golpe, y sin espera alzó su espada sobre su cabeza para dejarla caer con violencia hacia abajo. Shougo se movió ágilmente muy cerca del suelo, esquivando el impacto de la espada, y rodeando el cuerpo de Enishi. El albino de nuevo previó sin problema su movimiento, y cuando ya estaba por colocarse detrás de él, giró su cadera para lanzarle una fuerte patada con su pierna derecha, directo al pecho.

Shougo alzó su funda casi como un escudo ante él, deteniendo y amortiguando el  impacto de la patada. Aun así, su cuerpo resintió gran parte del golpe, y fue lanzado hacia atrás, aunque él parecía no oponer ninguna resistencia a esto.

El Hijo de Dios seguía aún suspendido en el aire, cuando Enishi ya se había recuperado y se lanzó contra él, esperando alcanzarlo. Para su sorpresa, Shougo, quien parecía inerte mientras su cuerpo se desplazaba, de pronto pareció reaccionar y giró su cuerpo con rapidez para colocar sus pies atrás. En un inicio parecía que se estrellaría contra uno de los árboles, pero en lugar de eso sus pies fueron los que chocaron contra el tronco, deteniendo su avance.

Lo siguiente pasó en una pequeña fracción de segundos, pero para Enishi todo fue prácticamente en cámara lenta. Shougo plantó sus pies en el tronco del árbol, y flexionó ligeramente sus rodillas siguiendo el mismo movimiento. Volteó a verlo aún en esa posición, con expresión de tremenda dureza. Sostuvo su espalda con ambas manos, y entonces se empujó al frente con sus piernas, saliendo disparado en su misma dirección como un proyectil a gran velocidad.

– ¿Qué? – Exclamó el albino, por primera vez sorprendido en lo que llevaba de esa noche.

– ¡Estilo Hiten Mitsurugi! – Gritó Shougo con fuerza, alzando su espada hacia el frente mientras seguía acercándosele. Por unos instantes, Enishi creía estar viendo mal, o que quizás era una ilusión. Pero lo que vio, no fue el filo de una espada dirigiéndose hacia él… Sino el filo de nueva espadas. – ¡¡Kuzu Ryu Sen!!

Ante los ojos expectantes de todos los presentes, Enishi pareció ser embestido con violencia por Shougo Amakusa en el aire. Se escucharon nueve impactos en total, uno detrás del otro. Lo siguiente que vieron, fue el cuerpo del jefe del Feng Long siendo lanzado como un simple muñeco de trapo hacia atrás, cruzando el jardín hasta estrellarse contra un árbol, de tal fuerza que el tronco se partió en dos ante el impacto de su cuerpo. El árbol se derrumbó hacia un lado, pero su cuerpo siguió de largo hasta caer y arrastrarse por el suelo.

Todo los hombres del Feng Long, incluido Xung-Liang, parecían impactados.

– ¡Lo logró! – Exclamó Shouzo con confianza ante tal escena.

– ¡No puede ser!, ¡Maestro Enishi! – Gritó Xung con fuerza, con una mezcla entre sorpresa e incredulidad. Era imposible. Él había mantenido la ventaja durante toda la pelea, no podían haberse revertido las cosas tan pronto. Era imposible…

Shougo cayó al suelo de rodillas luego de tal ataque. Dirigió su mano al centro de su torso, justo donde había recibido el golpe. Respiraba agitadamente intentando recobrar el aire perdido. Magdalia lo miraba expectante desde su lugar. No se veía feliz como Shouzo, sino… asombrada. Pero no estaba segura de por qué exactamente. Simplemente, por ese pequeño instante que había durado el ataque de su hermano, su respiración se había contenido.

– Kuzu Ryu Sen… – Escucharon todos de pronto que resonaba en el silencio del patio. – Resplandor de Dragón de Nueve Cabezas… Un nombre apropiado.

Todos se viraron al mismo tiempo hacia el sitio exacto en el que Enishi había caído, tras recibir tan extraña técnica. El jefe del Feng Long se iba levantando poco a poco del piso. No se le veía tambalearse ni dudar. Se levantaba como si cualquier cosa, como si no hubiera pasado nada.

– Diría que tuve suerte de lograr cubrir cinco de los nueve golpes… Pero la suerte nada tiene que ver. Esto es porque ella me sonríe…

Cuando al fin se paró por completo, y alzó su rostro hacia Shougo, todos pudieron ver que no había salido tan librado como parecía. Tenía heridas en sus hombros y caderas. Sangraba abundantemente, y tenía además algunos moretones. Sin embargo, él ni siquiera pestañaba…

– ¿Cómo es posible? – Susurró Shouzo, atónito. – ¿Cómo puede estar cómo si nada luego de recibir tan increíble impacto?

– ¿Ni siquiera la segunda técnica más poderosa de mi hermano? – Susurró Magdalia en voz baja, igual o incluso más sorprendida que Shouzo. Aferró sus dedos con fuerza a su medallón por mero reflejo, en un intento de obtener tranquilidad.

Enishi giró su espada en su mano derecha, moviéndola alrededor de su cuerpo, mientras caminaba lentamente de nuevo hacia Shougo.

– Fue en verdad un ataque impresionante, por poco y no la hubiera contado. – Comentaba con un tono burlón. – Pero espero que ese no haya sido tu dichoso Ougi. De lo contrario, habría sido una gran decepción…

Shougo no respondió nada ante sus provocaciones. Volvió a ponerse de pie, quedándose firme en su lugar. Eso disipaba cualquier duda que podría haberle quedado. Tuvo que ser su conocimiento anterior del Estilo Hiten Mitusurugi lo que le había permitido prever la naturaleza de la técnica y lograr bloquear los ataques más letales de su Kuzu Ryu Sen. De otra forma, no habría sigo capaz de tal hazaña. ¿Qué significaba todo eso?

– Anda, muéstrame qué más tienes… ¡Muéstrame!, ¡¡Muéstrame!!

Los últimos dos metros que quedaban entre ellos los rompió acelerando su paso en un abrir y cerrar de ojos. Era increíble que se pudiera mover de esa forma aún después de tales heridas. ¿Era acaso que no sentía dolor alguno?

Cuando lo tuvo más cerca, Shougo le pareció percibir algo distinto en él. Era algo en su cara, en sus ojos… Sus ataques se volvieron mucho más violentos, rápidos y letales que antes. Lanzaba un ataque de su espada, seguido de un puñetazo, una patada, e incluso un cabezazo. Atacaba con todo su cuerpo, sin detenerse, como una locomotora fuera de control. ¿Qué había pasado? Era como si el impacto del Kuzu Ryu Sen hubiera acrecentado sus fuerzas en lugar de mermarlas.

Una patada golpeó con fuerza a Shougo en su brazo derecho. Luego, su puño derecho se encontró con su cara. Su espada lo llegó a cortar en su antebrazo izquierdo, y en su costado. Lograba evitar los ataques más letales, pero ahora le era mucho más difícil.

Ambos empezaron a moverse con impresionante agilidad por el patio, repartiéndose ataques el uno contra el otro. Árboles resultaron destruidos, así como rocas, incluso el muro que los rodeaba. Shougo había logrado alcanzarlo en varias ocasiones, en su espalda, en su muslo, pero Enishi no se detenía. Realmente no parecía tener el menor interés en su cuerpo. No le importaba salir herido. Sólo quería seguir, y seguir atacando; parecía haber perdido la razón.

– Hermano… No… No… – Susurraba Magdalia entre jadeos.

De nuevo la tos la invadió, con mucha más intensidad que antes. Agachó el cuerpo hasta casi pegar su frente contra el barandal. Mientras tosía, comenzó a rezar en su mente. Comenzó a pedir que no ocurriera una desgracia. Comenzó a pedir que su hermano saliera convida de eso. Pero también, por alguna razón, pedía por Yukishiro Enishi…

El albino pateó con fuerza a Shougo a su costado derecho, luego giró todo su cuerpo siguiendo el mismo movimiento. Golpeó el pomo de su espada con su mano mientras giraba, haciendo que está se impulsara al frente en línea directa, directo a su enemigo. Shougo reaccionó y rápidamente intentó hacer a un lado el ataque, pero no antes de que el filo de la espada terminara por hacerle una profunda herida en el hombro izquierdo, rasgando su kimono y también su piel. No conforme con eso, Enishi hizo por completo su cuerpo al frente inmediatamente después, chocando su cabeza con fuerza contra la de Shougo, y haciendo que éste se hiciera hacia atrás.

El impacto contra su cabeza lo desorientó temporalmente, y fue incapaz de ver con claridad lo que lo rodeaba. Tuvo que improvisar, y lanzar su cuerpo hacia un lado como le fue posible, girando en el suelo, hasta poder alejarse lo más posible de su enemigo. Terminó quedando boca abajo, con la cara contra la tierra. El cansancio de su cuerpo pareció agobiarlo por unos instantes, y fue incapaz de levantarse de inmediato.

– ¡Señor Shougo!, ¡¿está usted bien?! – Le gritó Shouzo desde su posición.

Pregunta estúpida; por supuesto que no estaba bien. ¿Hasta qué punto seguiría obedeciendo las instrucciones de Shougo y Magdalia?, ¿cuál era el límite antes de intervenir? Aunque no pudiera hacer nada para detener a ese hombre, algo podría hacer. Entretenerlo unos momentos, distraerlo para que ellos dos pudieran escapar, lo que fuera necesario…

Mientras seguía en el piso, Shougo pensaba. Las heridas y golpes que había recibido le dolían, pero no era lo que más ocupaba su mente. Desde esa herida que recibió en el pecho, desde entonces había estado concentrado en una sola idea, en el misterio que envolvía toda esa noche. El no entender le provocaba más dolor que las heridas.

Comenzó a levantarse poco a poco, apoyándose en su mano izquierda y en su espada. ¿Qué era lo que este individuo quería realmente? ¿Cuál era el propósito de todo ese combate? ¿Cuál era el significado de esas técnicas? ¿Por qué esa pelea significaba tanto para él…?

– ¡¿Eso es todo?! – Escuchó que Enishi le gritaba con fuerza. El Albino estaba parado no muy lejos de él. Sus puños se aferraban con fuerza a su empuñadura, y su rostro y voz mostraban una gran exaltación. – ¡¿Acaso ya has llegado a tu límite?! – Al tiempo que hablaba una fuerte carcajada le acompañaba entre frase y frase. – ¡¿Hasta ahí llegan las grandes habilidades del Hiten Mitsurugi Ryu?! ¡¿Eso es lo mejor que tienes para ofrecerme… Destajador?!

Esa última palabra cayó como un balde de agua fría para todos.

Shougo se sobresaltó al escucharlo, y, aún sin reincorporarse por completo, lentamente alzó su mirada hacia él. Magdalia también hizo un esfuerzo por alzar sus ojos. Al principio creyó haber escuchado mal, pero las expresiones de confusión en Shougo y Shouzo, le hicieron ver que no era así.

– ¿Destajador? – Repitió Shouzo en voz baja. – ¿De qué está hablando?

Shougo se hacía la misma pregunta. ¿Por qué lo había llamado de esa forma? De todas las formas despectivas en que lo habían llamado en su vida, esa jamás había sido una de ellas; para él, no tenía motivo.

Sin embargo, poco a poco el cristiano comenzó a recordar que mucho de lo que su oponente había dicho durante esa pelea, en realidad tampoco tenía motivo o sentido. Primero estaba ese obvio interés en pelear con él, al parecer sólo por el hecho de ser un practicante del Estilo Hiten Mitsurugi, lo cuál iba a acompañado a su inusual estilo de pelea que prácticamente había demostrado toda esa noche estar casi diseñado, apropósito o por accidente, para hacerle frente. Pero también, empezó a reclamarle y hablarle sobre algo del pasado, cómo si le hubiera hecho algo, o si esa pelea fuera el resultado final de un hecho pasado, muy pasado, lo cual era absurdo ya que hasta hace un par de semanas atrás, nunca se habían cruzado ni una sola vez en sus vidas.

Lo más extraño habían sido esas preguntas y comentarios sobre si veía a alguien sonriéndole en esos momentos, y que él sí lo hacía. El pensamiento lógico de cualquiera tras esos extraños eventos, sería sin duda que ese hombre estaba delirando o algo similar. Pero ese último detalle, esa forma en la que lo acababa de llamar, cambiaba todo.

Shougo se tomó un segundo para repasarlo una vez más todo desde el principio. Desde aquella fiesta en aquella enorme mansión en la que él había hecho esas extrañas preguntas sobre qué lo movía. Todo lo que su hermana le había dicho de ese hombre, sus teorías sobre que era como ellos. Su extraña aparición en el Barrio Cristiano esa mañana y como parecía fuera de sí, muy similar a como se encontraba en esos momentos… Y por último, todo ese duelo, cómo se había dado, y todo lo que había ocurrido en él… Y el llamarlo “Destajador” de esa forma tan despectiva y directa, como esperando que eso significara algo para él. Pero en realidad, no era así… Nada de lo que le decía tenía sentido… para él…

Y fue entonces que todo se volvió totalmente claro en su mente. Le pareció tan obvio en ese momento, que le parecía increíble no haberlo notado antes. Prácticamente se lo estaba gritando en la cara. Todo ese asunto, todo ese duelo, todo lo que ese sujeto había hecho a sus expensas… Al fin lo entendió.

El cristiano se volvió a poner de pie una vez más, ahora con mucha más seguridad que antes.

– Sayo tuvo razón sobre ti todo el tiempo. – Pronunció de pronto, lo suficientemente alto.

Ese comentario pareció extrañar un poco al albino, pero también a la propia Sayo.

– No entiendo de qué estás hablando…

Shougo lo miró fijamente con profunda tranquilidad en sus ojos, una tranquilidad que pareció ponerlo un poco incómodo.

– Tú no eres realmente esto que estás fingiendo ser. – Respondió de pronto. – Sayo lo pudo ver desde el inicio… Tal vez debí de haber confiado más en su juicio.

– Hermano… – Susurró la castaña, sorprendida.

– Todo este espectáculo y teatro que has armado esta noche, no es más que una farsa. Esto no es por Sayo, no es por el Feng Long, no es por tu supuesto poderío ni tus deseos de imponerlo. No, esto es por algo más, algo mucho más complejo, que ni siquiera tiene que ver con mi hermana o conmigo. Tu cuerpo está aquí, pero tu mente no está en este lugar, ni en este tiempo. Y la persona con la que peleas tan arduamente, la persona con la que crees estar peleando en este momento y a la que deseas destruir con tantas fuerzas… No soy yo.

Ese último comentario logró una reacción más que visible en Enishi. Su sonrisa se fue desvaneciendo poco a poco, y sus brazos se fueron relajando.

– Tu combate esta noche no es contra mí. Yo soy sólo un accesorio, una proyección de tu verdadero contrincante. ¿No es así, Yukishiro Enishi? ¡¿Contra quién estás peleando realmente?!, ¡¿Quién es esa persona a la que odias tanto y que deseas destruir con tantas fuerzas?!

Y entonces, todo se sumió en silencio. Lo que Shougo había dicho, resonó con fuerza en la cabeza de Sayo, y al igual que él, pudo ver todo con total claridad en ese punto. Todo encajaba, todo tenía sentido. Todo ese asunto no era contra su hermano, no era sobre ella. Todo eso se trataba de alguien más, alguien diferente… ¿Pero quién?, ¿quién era esa persona?

Enishi parecía confundido, pero no como si no supiera de qué estuviera hablando, sino como si no comprendiera muy bien el significado exacto de las palabras que le decían; como si acabara apenas de despertarse tras un largo sueño y le fuera difícil ubicarse en dónde estaba, y en qué momento. Cerró sus ojos unos segundos, y permaneció quieto en su lugar por casi un minuto. Sus labios volvieron dibujar poco a poco una sonrisa, pero no como la anterior. Cuando volvió a abrir los ojos, toda esa locura que había percibido en él durante todo el combate, parecía haberse esfumado. Una vez más, tenía esa expresión tranquila y despreocupada, esa sonrisa de soberbia; volvía a ser el mismo individuo que habían conocido durante esos días. Pero, ¿cuál de los dos era el verdadero?

– Muy perspicaz, Amakusa. – Comentó de pronto, y entonces apoyo su arma contra su hombro. – Sí, es cierto; me descubriste. La verdad es que esto no tiene nada que ver ni contigo, ni con tu hermana, ni con nadie en este lugar, o siquiera en este país. La persona a la que deseo derrotar por encima de todo esta noche, es alguien totalmente diferente a ti. Pero eso a ti no te debería de importar. Aunque a mis ojos mi oponente no seas tú, mi arma, mis técnicas, y el poder que aplico a todas ellas, es muy real y letal como bien has visto. – Jaló de nuevo su arma al frente, señalándolo directamente con la punta de su hoja. – La única forma en la que tu hermana y tú se vayan a de aquí, es derrotarme. Así que en lo único en lo que tienes que enfocarte, es en mostrarme todas tus habilidades, usar todo tu poder en mi contra para detenerme, ¡porque si no lo haces igual morirás!, ¡¿Está claro?!

Shougo se quedó tranquilo en su sitio, escuchando esa última amenaza. Las reglas estaban muy claras desde el inicio. Tal vez no era el oponente al que quería enfrentarse en realidad, pero era quien estaba ante él empuñando la espada, y no se medía en lo más mínimo a pesar de ello. Ya había recibido demasiados golpes y heridas por esa noche, y no creía que prolongar más ese asunto cambiaría en algo la situación.

Volteó unos momentos en dirección a la casa. Sus ojos se encontraron directo con los de Sayo, y aunque estaban a larga distancia, ambos parecieron saber lo que el otro pensaba.

– Si es lo que quieres, está bien. – Pronunció Shougo al virarse de nuevo a su oponente. Alzó su espada y entonces comenzó a enfundarla. – Te mostraré entonces el verdadero poder del Hiten Mitsurugi Ryu que tanto deseas enfrentar…

Una vez que su espada estuvo de nuevo en su funda, Shougo jaló su pie izquierdo y su cadera hacia atrás. Con su mano izquierda sostenía su funda, mientras mantenía la derecha a unos escasos centímetros de la empuñadura. La posición resultó más que conocida para Magdalia.

 – Hermano, ¿lo usarás…? – De nuevo ese nudo en el pecho le aprisionó con fuerza, y la tensión terminó saliendo con otro fuerte ataque de tos. – “Por favor… No lo hagas… Aunque de seguro es la única manera… Aún así…”

A Shouzo también le pareció conocida la posición que Shougo había tomado. No porque la hubiera visto él mismo con anterioridad, pero sí porque ya había oído de ella. El Ougi del Hiten Mitsurugi…

“¿Acaso eso significa que podré ver en directo la técnica más poderosa de Shougo-sama? Pero, ¿podrá ejecutarla luego de haber recibido todas esas heridas?”

Había oído que esa técnica demandaba demasiada carga para el cuerpo de quien la ejecutaba. ¿Podría el Señor Shougo hacerla de manera correcta? ¿No empeoraría aún más su condición?

Enishi, por otro lado, parecía sorprendido, o más bien confundido.

– ¿Una posición Battou? – Murmuró. – ¿Debo entender entonces que ésta será tu última carta?, ¿tu técnica final?, ¿el gran Ougi del Hitten Mitsurugi Ryu? – Una ligera risa burlona se le escapó de los labios. – Esperaba que fuera algo más impresionante que una técnica Battou, pero bueno…

Giró su espada con rapidez alrededor de su cuerpo, y en uno de esos movimientos el arma terminó en su mano izquierda. Jaló su pie izquierdo hacia atrás al igual que su arma, colocándola de manera horizontal sobre su cabeza. Estiró su pierna derecha al frente, al igual que su mano, en una posición muy similar a la que había tomado en el inicio del combate.



Se quedó quieto, analizando profundamente la posición de Shougo Amakusa, intentando entender la naturaleza exacta de lo que enfrentaría.

“No hay que confiarnos. Es este tipo de técnicas de desvainar a tremenda velocidad lo que hicieron famoso a ese sujeto después de todo. Y ciertamente la velocidad del Hiten Mitsurugi es casi fuera de este mundo. Será sin lugar a duda un ataque muy fuerte y letal en el momento justo en el que la espada salga de su vaina” – En su mente, recreaba vívidamente la imagen del ataque. – “Pero si el movimiento de desenvaine falla, su espada perderá todo su poder y quedará vulnerable a un contraataque. Es la ventaja y desventaja de estas técnicas, ¿no? Gran potencia de ataque, nada de defensa. ¿Qué será lo más sensato en este caso, Onee-san? ¿Intentar detener el golpe con nuestra fuerza o esquivarlo?”

Por un instante, una figura blanca se materializó justo frente a él. La imagen de Shougo Amakusa y el patio se esfumaron por completo de su vista, y sólo la veía a… ella. Sólo veía su figura, brillante con el blanco más puro. Lo miraba… Y le sonreía. Enishi le regresaba el mismo gesto con emoción.

“Sí, tienes razón…”

Flexionó un poco más su rodilla izquierda, e inclinó su espada al frente, preparándose para atacar en cualquier instante.

El aire se volvió denso, totalmente pesado, y todos podían sentirlo. El cuerpo de ambos peleadores estaban tenso, listos para moverse a la primera señal… Entre todo el silencio, los tosidos de Magdalia resonaban lejanamente, aunque eran amortiguados un poco por sus manos. Luchaba con fuerza para dejar de toser, y poder presenciar lo que pasaba ante ella, pero no era sencillo. Las fuerzas de su cuerpo se iban y empezaba a ver borroso. Sólo debía resistir un poco más, sólo un poco…

– ¡¡Ahora, Amakusa!! – Gritó el albino con todas sus fuerzas, un segundo antes de lanzarse al frente con toda la intensidad que su cuerpo le permitía.

Shougo lo siguió en el mismo movimiento, y ambos parecieron desparecer de la vista de todos de un instante a otro. Las figuras e ambos se fueron aproximando más y más el uno al otro, casi suspendidos en el aire, hasta llegar al punto exacto de encuentro. Una fuerte ráfaga de viento sopló desde ahí justo cuando el pie de Amakusa se plantó con firmeza al suelo, y su espada salió a de su funda a una increíble velocidad, haciendo un corte en diagonal frente a él de izquierda a derecha. La fuerza y la velocidad del ataque eran impresionantes, suficientes para destruir un árbol o incluso una piedra en pedazos, con más razón si lograba tocar a un enemigo. Pero…

– ¡No tan rápido! – Exclamó confiado el albino.

Su pie derecho se plantó con firmeza al frente, pero su cuerpo se encontraba totalmente hacia atrás, colocándose a la distancia exacta en la que el filo de la espada de Amakusa pasó casi rozando su barbilla; estuvo tan cerca, que incluso el impacto del viento ante su cara le voló los antejos de la cara, pero no importaba. La espada había seguido camino, sin tocarlo.

– ¡Lo esquivó! – Exclamó Shouzo sorprendido al darse cuenta.

Ese individuo vio de antemano el punto exacto en el cual colocarse, el punto exacto en que el ataque del Señor Shougo no lo tocaría, pero lo colocaría él a la distancia perfecta para atacarlo. Era el fin…

– ¡Qué embestida tan increíble! – Pronunciaba Enishi con entusiasmo. – ¡Un milímetro más y hubiera terminado en pedazos! ¡Pero ahora tu espada está muerta y tu dichosa técnica especial resultó ser mucho más patética de lo que pensé! – Dicho eso, apretó con fuerza sus dedos contra el mango de su arma, y comenzó a jalarla con fuerza al frente. – ¡Éste es el fin, Amakusa!

– No… – Se escuchó lejanamente que murmuraba la voz de Magdalia, pero ese sonido logró llegar hasta los oídos de Enishi sin problema.

No sabía porque, pero por reflejo había volteado de reojo a la cara al escuchar eso. Toda la casa le pareció una gran mancha negra de fondo, y lo único claramente visible para él fue ella, parada en el pórtico, con sus ojos cerrados y sus manos juntas sobre su pecho, tomando su medallón. ¿Qué estaba haciendo? ¿No quería ver? ¿No quería ver lo que estaba por ocurrir? Pero, ¿qué no quería ver exactamente? ¿El último golpe de él a su hermano? O…

En ese momento, se volvió plenamente consciente de algo: su brazo izquierdo, apenas y había podido moverse unos cuantos centímetros al frente, y entonces se había detenido por completo. Por más que su cerebro seguía ordenándole que avanzara, su brazo no lo hacía. De hecho, todo su cuerpo, era incapaz de moverse, como si cadenas invisibles lo ataran de muñecas y piernas al suelo; como si algo lo apretara y aprisionara de todas direcciones.

– “¡¿Qué demonios…?!”

– ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Por qué no lo elimina?! – Murmuró Xung, al ver que Enishi no se movía, algo que todos los demás notaron también.

Enishi seguía luchando con todas sus fuerzas, pero seguía sintiendo que no tenía control absoluto de su cuerpo. Sintió que sus pies se arrastraban por si solos en el suelo, como si algo los jalara al frente, aunque él los tuviera firmes y oprimiendo resistencia. Nada de eso tenía sentido…

“¡¿Qué es esto?! ¡¿Por qué no puedo moverme?! ¡¿Qué es esta fuerza que me atrae hacia Amakusa?! ¿Esto es magia? ¿Realmente este tipo tiene el poder de Dios?”

No, era imposible que se tratara de eso. Debía haber otra explicación, algo que no había visto. Echó un vistazo rápido al frente, intentando detectar algo inusual en Amakusa, algo que no hubiera visto. No tardó mucho en darse cuenta… El pie que Shougo había plantado al frente, aquel que sostuvo la fuerza de su ataque…

“¡¿Pie izquierdo?!”

Al tomar la posición Battou, el pie a frente es el derecho, y ese era el que sostenía el golpe. Pero Amakusa había colocado el izquierdo, había dado un paso más al frente, ¿pero por qué…? Miró al resto de su oponente, y entonces lo vio: no se había detenido una vez de fallar el golpe. Su cuerpo se movía, estaba girando ciento ochenta grados sobre su pie izquierdo…

– “¡No!, ¡Ahora lo veo! ¡El movimiento de desenvainado no ha terminado! No puede ser cierto… Esto no es magia, lo que me está inmovilizando es el aire, el aire desplazado a gran velocidad por la potencia de ese primer golpe; está inmovilizando mi cuerpo. Y al sostener el golpe en su pie izquierdo, ha quedado en la posición perfecta para que su cuerpo giré siguiendo el mismo movimiento y aceleración que al desenvainar. El verdadero ataque apenas se aproxima. Está girando su cuerpo por completo, tomando un gran impulso… ¡¡Para un segundo impacto mucho más potente que el primero!!, ¡¡Y no tengo forma de escapar de él!!” ¡¡Maldición!!

En efecto, Shougo estaba girando todo su cuerpo a una gran velocidad sobre su pie izquierdo, y su espada continuaba dibujando la misma ruta que había iniciado al salir de la funda. El giro estaba casi completo, y el arma se dirigía directo hacia él…

– ¡Maestro Enishi! – Escuchó que Xung gritaba a lo lejos, pero eso poco le importó…

El instante antes de que el arma de Amakusa al fin lo tocara, de nuevo todo se volvió negro ante él. El tiempo se paralizó, y lo único que vio fue de nuevo la misma figura de hace unos momentos. Esa persona, brillante como el mismo sol, lo miraba fijamente con su amplia sonrisa. Al verla, Enishi entendió…

“Onee-san… Gracias Onee-san, sabía no me abandonarías. Sí, esto es, justo lo que deseábamos…”

Enishi cerró los ojos, y aguardó.

– ¡¡Estilo Hiten Mitsurugi!! – Resonó con gran potencia la voz de Shougo Amakusa en todo el patio. – ¡¡Técnica de Sucesión!!, ¡¡Amakakeru Ryu no Hirameki!!

La espada de Shougo golpeó directamente a Enishi en su costado derecho, y la fuerza del impacto fue tal que el cuerpo entero del albino se separó del suelo y salió literalmente volando por los aires, más allá por encima del cristiano, elevándose varios metros, totalmente inerte, hasta empezar a desplomarse a toda velocidad de nuevo a tierra. El cuerpo del jefe del Feng Long chocó contra el suelo, quebrándolo como un meteorito a tierra. El impacto desplazó una gran cantidad de polvo y aire en todas direcciones, y creó un fuerte estruendo.

Por su parte, una vez terminado el ataque, Shougo se desplomó al frente, cayendo de rodillas, y usó su espada como soporte para no caer. Su kimono estaba totalmente desarreglado, y su respiración era entrecortada. Parecía exhausto, muy exhausto…

Por unos segundos, nadie fue capaz de ver el sitio en el que había caído Enishi, hasta que el polvo se fue disipando. Xung-Liang se repetía a sí mismo que, al igual que cuando había recibido esa otra técnica, cuando todo ese polvo se esfumara, lo que vería sería al Maestro Enishi poniéndose de pie como si nada hubiera pasado. Se reiría triunfante, vanagloriándose de que había sobrevivido sin problema la técnica más poderosa de ese sujeto, y acabaría ese combate siendo el ganador. Eso era lo que pasaría, era lo que debía pasar.

Pero no fue así…

Lo único que todos pudieron ver justo cuando les fue posible, fue el cuerpo totalmente inmóvil del albino, tendido con su cara contra la tierra. Su arma yacía encajada en el piso a unos cuantos centímetros de él.

– Lo… Lo mató… – Murmuró incrédulo uno de los guardias.

– No puede ser, ¿el Maestro Enishi perdió?

– ¿Ese sujeto lo mató?

– ¡Imposible!

El escepticismo se hizo más que evidente entre los hombres del Feng Long. Pero el más afectado sin duda, era Xung-Ling. Atónito, se dejó caer de rodillas al suelo del pórtico, totalmente ido.

– Maestro… Maestro Enishi… No… No…

Pequeños rastros de lágrimas se asomaron por la comisura de sus ojos. Sin embargo, rápidamente ese tremendo asombro se convirtió es una profunda… rabia. Sus dientes comenzaron a rechinar entre sí, y sus puños se apretaron con fuerza. Se puso de pie rápidamente y comenzó a gritarles a todos.

 – ¡¡Matéenlos!!, ¡¡Matéenlos a todos!! – Empezó a ordenar sin espera. – ¡¡No dejen que ninguno de estos sujetos salga vivo de esta casa!! ¡¡Maten a todos estos malditos cristianos!!

Los guardias dudaron unos momentos en seguir tal orden, pero sólo bastó con que uno colocara su rifle en posición para que todos lo demás lo siguieran. Shouzo, al ver esto, supo que ya no había más alternativas. Se disponía a correr en dirección a Magdalia, y protegerla con su propio cuerpo de las balas de ser necesario. Pero antes de que diera el primer paso…

– Nadie… Haga… Nada…

La voz se escuchó como un susurro en el aire.

– Deténganse… ¡Ya!

Todos comenzaron a bajar sus armas lentamente, y a dirigir su mirada al sitio del que creían provenía esa voz.

De pronto, el cuerpo de Yukishiro Enishi, el que se había desplomado y quedado inmóvil en el suelo aparentemente sin vida… Comenzó a moverse. Lentamente, se comenzaba a girar sobre sí mismo, ayudándose únicamente de sus temblorosas manos. Siguió ejerciendo fuerza como pudo, hasta que logró ponerse boca arriba. Enishi respiraba agitadamente, y tenía su mano izquierda aferrada a su costado derecho. Una notoria marca en diagonal le recorría el torso, y le había rasgado su camiseta. La piel debajo de ésta, estaba roja y amoratada.

– ¡Maestro! – Exclamó Xung, con una mezcla de alivio, pero también de desconcierto.

No era el único. Todos los demás presentes estaban casi seguros de que había muerto.

Shouzo igual no entendía que había pasado. ¿Cómo había sobrevivido tras recibir un golpe como ese de la espada del Señor Shougo? Volteó entonces a ver su señor, y entonces notó algo. La forma en la que Amakusa sostenía su espada, aún clavada en el piso para sostenerse… La posición de la espada no era normal.

– No puede ser…

Enishi logró abrir ligeramente sus ojos, encontrándose de frente con el cielo estrellado sobre él. Seguía respirando agitadamente, y se veía que se le dificultaba no desmayarse.

– Amakusa, ¿por qué hiciste eso…? – Susurró en voz baja. – Mientras girabas, volteaste tu espada, ¿no es cierto? Hiciste que el último golpe me diera con el reverso sin filo de tu arma… ¿Por qué…? De haberme atacado como debías, mis pedazos estarían esparcidos por todo este patio. ¿Por qué… decidiste perdonarme la vida… Hijo de Dios?

En efecto, así había sido. El golpe decisivo no había sido con el filo, sino con el reverso el arma. Eso era justo lo que le había garantizado vivir. De otra forma… Su muerte estaba más que asegurada. ¿Pero por qué?, ¿por qué había todo resultado de esa forma?

Shougo comenzó a incorporarse de nuevo poco a poco, una vez que su cuerpo pareció recobrar las fuerzas. Alzó su espada, y la agitó hacia un lado, para guardarla en su funda. En todo ese momento, permaneció dándole la espalda.

– No pienses mal. No lo hice por ti… Lo hice por Sayo…

– ¿Sa… yo…?

Como le fue posible, Enishi giró su cabeza lentamente hacia la casa. Ella seguía ahí, de pie en el pórtico, mirándolo fijamente con sus grandes ojos verdes. Pudo notar con claridad que en su rostro se reflejaba un gran alivio. ¿Por qué estaba aliviada? ¿Por qué el combate había terminado?, ¿Por qué su hermano había vencido…?, ¿o… por qué él no había muerto…?

La castaña sonrió ligeramente mientras lo miraba, y él, por alguna razón, hizo lo mismo. Había perdido, todo el cuerpo le dolía, y estaba a momentos de desmayarse. Pero por alguna razón, al verla mirándolo de esa forma, sólo pudo sonreír…

Notó entonces como Magdalia separaba su mano de su pecho, y la colocaba frente a su rostro para ver su palma. Él no podía ver lo que ella miraba, y por su expresión no lo hubiera podido adivinar. Lo que Magdalia miraba a en su palma era… sangre… Pequeños rastros de sangre…

Los ojos de la castaña se cerraron, su cuerpo se tambaleó hacia un lado, y entonces se desplomó al suelo.

– ¡Santa Magdalia! – Escuchó que su sirviente exclamaba y un rato después lo vio a su lado. Y eso fue lo último que vio, antes de volver a perder el conocimiento…

– – – –

Shanghái, China
24 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Lo primero que logró percibir, es el aroma a jazmín de las sabanas de su habitación. Ese olor de hecho no le era del todo placentero, en especial cuando era demasiado intenso. Lo segundo, fue la suavidad de su almohada contra la parte trasera de su cabeza. Y lo tercero, fue el punzante y casi quemante dolor que se extendía por todo el hemisferio derecho de su cuerpo, pero que no tardó mucho en extenderse ligeramente al resto.

Abrió sus ojos lentamente. La luz entraba con abundancia por la ventana, lo que significaba que debía de ser media mañana. No tardó mucho en reconocer el techo y los muros de su habitación en su casa principal, y tampoco en darse cuenta de que no era el único ahí. Giró lentamente su cabeza hacia su zurda. Una de las sirvientas estaba frente al buró, colocando una por una, rosas amarillas en un jarrón. Supo de inmediato quién era, por su complexión pequeña y flacucha… Y esas malditas trenzas.

– Lissie. – Pronunció con debilidad. – ¿Qué te he dicho de hacerte esas feas trenzas?

La sirvienta se sobresaltó casi asustada por el repentino comentario. Se giró rápidamente, teniendo aún una de las rosas del jarrón entre sus dedos, y provocando que éste se desplomara al suelo y se rompiera.

– ¡Maestro Enishi! – Exclamó sorprendida. Bajó su atención unos momentos a los pedazos de jarrón  a sus pies, sin saber a qué prestarle atención primero. Al final, salió corriendo con rapidez por la puerta, con la rosa aún en sus manos. – ¡Señor Xung!, ¡Señor Xung!

Una vez que estuvo solo, se dispuso a sentarse en la cama. Estaba desnudo de la cintura para arriba, al menos si no contaba todos los vendajes que le recubrían el cuerpo. Sentía el cuerpo adolorido y entumido. Los principales puntos de dolor estaban en su costado derecho, su hombro izquierdo, y su cabeza. Se talló los ojos lentamente con sus dedos en un intento de aclarar su vista.

Unos instantes después, Xung-Liang apareció en la puerta, realmente sobresaltado.

– Maestro Enishi, ¿se encuentra bien? – Le cuestionó al acercarse a la cama, y pararse a su lado.

Enishi no respondió. Era evidente que “bien” no era la descripción correcta a su estado. Giró su cabeza hacia la ventana, y se dio cuenta que su primera impresión era acertada: era de mañana.

– ¿Ya es de día? ¿Qué horas son?

– Ah… Maestro. – Xung dudó un poco en responder. – Son casi las once… Pero la verdad es que estuvo inconsciente por más de dos días enteros.

– ¿Qué?

Enishi volteó a verlo con incredulidad. ¿Lo que decía era cierto? No tenía idea que el daño que esa técnica le había hecho a su cuerpo había sido tan grande.

– El impacto le rompió varias costillas gravemente, se dislocó un hombro al caer, tiene múltiples hematomas y cortadas. Pero fuera de eso…

– ¿Dónde está Magdalia? – Le interrumpió abruptamente.

– ¿La Cristiana? Ella y su hermano se fueron, maestro. Al día siguiente de la pelea, tomaron un barco y se fueron de Shanghái. – Xung notó como Enishi miraba fijamente su cobertor con seriedad. – Usted prometió que si él lo…

– Sé lo que prometí. – Volvió a interrumpirle. – Pero cuando me creías muerto, no estabas muy dispuesto a cumplirlo, ¿no?

Xung se sintió un poco avergonzado al recordar su arranque de aquella noche. Pero la verdad era que no se arrepentía. De haber tenido de nuevo la oportunidad, hubiera dado la misma orden sin dudarlo.

Intentó pensar en otra cosa. Le parecía curioso de hecho que preguntara directamente por la chica Cristiana únicamente. Aún no le era del todo claro qué era lo que quería con ella exactamente. Sin embargo, su mención lo hizo recordar algo importante, algo que debía decirle en cuanto lograra despertar.

– Maestro… Esa chica… Ella tosió sangre esa noche.

Apenas se distinguió un ligero rastro de reacción en el rostro de Enishi. Lentamente se giró hacia él, mirándolo expectante.

– Se veía muy enferma, y su hermano se la tuvo que llevar cargando. Creo que muy probablemente tenía…

– Tisis… – Completó Enishi como un susurró.

Tisis, o también conocida por algunos como Tuberculosis, una enfermedad que hace muchos años era bastante común, la causa de muerte de gran parte de las personas. En ese entonces ya no lo era tanto, pero aún se seguían presentando casos. No sabía mucho del tema, pero hasta donde tenía entendido… El final inevitable de esa enfermedad, era siempre la muerte…

Enishi se quedó callado largo rato, como intentando digerir mejor la información que acababa de recibir.

– Maestro, usted estuvo en constante contacto con esa chica. – Prosiguió Xung, no muy seguro de que lo estuviera escuchando realmente. – Puede que haya estado en peligro de contagio. El doctor le dejó unos medicamentos para reforzar su cuerpo, y pidió que se le revisara una vez que…

Antes de que pudiera terminar de hablar, Enishi tomó su cobertor y lo hizo rápidamente a un lado. Acto seguido, comenzó a moverse a la orilla de la cama, con la clara intención de ponerse de pie.

– No seas tonto, Xung-Liang. ¿Cómo crees que puedo estar enfermo de una boba enfermedad como esa? ¿Creer voy a llegar tan lejos para morir así? Además, no tuve tanto “contacto” con ella como todo el mundo piensa.

Sin más, se puso de pie y comenzó a caminar, casi cojeando hacia la puerta.

– Espere, maestro. No creo que pueda ponerse aún de pie…

Enishi ignoró las suplicas de su guardaespaldas. Siguió caminando en silencio por el pasillo, hasta llegar al patio trasero. Aún con sus pies descalzos, comenzó a caminar por la hierba, en dirección al centro del patio.

Tenía muchas cosas en la cabeza. La imagen de Magdalia tosiendo sangre, le volvía una y otra vez, pero tenía que quitarse eso de encima. Cerró los ojos, e intentó despejar su mente de cualquier otro pensamiento que no fuera el que le interesaba. Se paró derecho en el centro del patio, e intentó recrear en su mente ese momento, ese instante que había sido apenas un parpadeo, pero en el que fue capaz de verlo todo. Veía claramente el pie izquierdo, la espada saliendo de su funda, el cuerpo de Amakusa girando. Cada pequeño instante de tiempo, repitiéndose en su cabeza como una serie de fotografías.

Abrió los ojos, y lo veía claramente ante él. De pronto, aún a pesar de que todo su cuerpo le decía que no lo hiciera, comenzó a agacharse. Estiró su pierna derecha al frente, flexionó lo más que pudo la izquierda, y dobló el torso hasta casi tocar el suelo con su pecho.

Xung-Liang lo miraba desde la puerta de la casa. Se quedó en esa posición largo tiempo, y luego volvió a reincorporarse. Se cambió de posición, estirando ahora su pierna izquierda al frente, y agachando su cuerpo hacia atrás.

“¿Qué está haciendo?”

Volvió a hacerlo varias veces, en diferentes posiciones, pero la idea era casi la misma. Siguió haciéndolo durante toda la mañana…

FIN DEL CAPITULO 19

Han pasado ya algunos meses. Es el último día del año, y varios son los pensamientos que inundan la cabeza de Yukishiro Enishi; pero uno de ellos en particular es el que lo mantiene intranquilo. ¿Cómo reaccionará ante el reencuentro inesperado que se dará durante la Víspera de Año Nuevo?

Capítulo 20: Víspera de Año Nuevo

– – – –

NOTAS DEL AUTOR:

Luego de tanto tiempo, al fin hemos llegado al final de esta primera parte de la historia. Lo que sigue será mucho más tranquilo y algo más ágil, ya que todo este inicio fue mucho para presentar a los personajes y su situación actual. Ahora seguirá enfocarnos un poco en otros aspectos de los mismos. Así que sigan leyendo, que esto apenas comienza.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 19. Verdadero Contrincante

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