Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 18. Duelo de Caballeros

31 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 18. Duelo de Caballeros


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 18
Duelo de Caballeros

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Todo se sumió en absoluto silencio cuando la voz de Magdalia al fin calló, marcando de esta forma el final de la historia que había estado narrando con tanto cuidado. Luego de ello, lo único que se escuchaba era el sonido que el segundero del reloj de pared hacia al moverse; ya había sonado al menos unas treinta veces sin interrupción, y ninguno decía nada. ¿Esperaba ella acaso que él dijera algo en esos momentos? ¿Alguna opinión, comentario o palabra de apoyo? Si es que acaso el albino tenía en su mente intención alguna de decir algo, no lo demostraba. Desde hace unos minutos atrás, se había volteado hacia otro lado, con sus ojos puestos en la pared, aparentando ignorarla; pero ella sabía que no era así. Sabía que había escuchado claramente cada una de sus palabras, y que tal vez en esos momentos intentaba procesarlo, entenderlo todo.

Magdalia miró hacia el reloj. Había pasado ya más de una hora desde que Enishi entró por la puerta de esa sala, y la mayoría de ese tiempo lo había pasado hablando. Era la primera vez que contaba toda la historia completa, de principio a fin, con todos los detalles; ni siquiera a Shouzo le había dicho todo lo que acababa de decirle a ese hombre. Cuando su hermano y ella hablaban al respecto, se limitaban a ir directo al punto; pero en esa ocasión no fue así.

Luego de un largo rato sin hablar, Magdalia respiró con lentitud y rompió el silencio.

– Luego de eso, mi tío nos llevó a Hong Kong. – Prosiguió la castaña; al parecer aún había un par de cosas más que decir. – Así como aquí, allá los ingleses prácticamente tenían control absoluto del puerto. Ahí pudimos vivir relativamente tranquilos, lejos del odio del gobierno, y del fuego que la revolución erigía. Pero mi hermano nunca olvidó lo ocurrido, ni la promesa que se hizo así mismo aquel día. Mi tío le enseñó el Estilo Hiten Mitsurugi, su estilo de pelea que había aprendido varios años atrás de un hombre en los bosques cercanos a Kyoto. Tenía la esperanza de que este estilo en manos de mi hermano, pudiera ser un arma para defender a nuestro pueblo. No pudimos volver a Shimabara hasta hace un año…

De nuevo calló, y de nuevo por los segundos siguientes pensó que Enishi seguiría indiferente a ella. Sin embargo, algo surgió abruptamente de sus labios…

– ¿Así que es sólo eso? – Murmuró en voz baja sin hacer el menor ademán de virar su mirada hacia ella.

Magdalia se sobresaltó sorprendida, y hasta algo molesta por lo que acababa de escuchar.

– ¿Qué quieres decir con “sólo eso”?

El pie de Enishi se movía ligeramente contra el suelo. ¿Era caso una señal de nervios?, ¿de incomodidad tal vez? Con una mano se subió por completo sus anteojos, e inclinó la cabeza al frente dejando que su fleco le cubriera el rostro, casi como si temiera que ella le viera los ojos de alguna forma.

– No me malinterpretes. – Susurró en voz baja. – No digo que lo que te pasó no haya sido horrible… Lo fue, sin duda. Tampoco digo que haya sido peor o mejor que… Lo que me pasó a mí…

Hubo una pequeña pausa, misma que Magdalia utilizó para intentar entender. ¿Estaba admitiendo acaso qué sí le había pasado algo?, ¿pese a qué lo había negado tan enérgicamente justo antes de que empezara su historia?

– Pero…

Algo en la conducta de Enishi cambió drásticamente. Su voz tembló, y pudo notar como sus manos se aferraban a su silla con fuerza, tanta que sus dedos emblanquecieron; sus hombros también temblaban. Todos esos ademanes le resultaron familiares, al igual que el aire denso que empezó a cubrirlo. Ya lo había visto antes: aquella noche en el restaurante.

– Al menos luego de todas esas cosas horribles que sufriste… no estuviste sola…

Magdalia se sorprendió mucho al oírlo decir eso, pero poca oportunidad tuvo de refutar, pues él no esperó nada para al fin voltear a verla y hacerle desistir de decir cualquier cosa que tuviera en la mente. Sus ojos turquesa se asomaban un poco sobre el arco de sus lentes oscuros, brillando entre las sombras que creaban sus cabellos blancos. Su mirada era igual a la que había tenido aquella noche: llena de rabia, y también de confusión.

– Sí, perdiste a tu familia, tu hogar, todo tu mundo… Pero al menos siempre tuviste a tu hermano y a tu tío a tu lado para cuidarte, ¿o no? Nunca estuviste sola… Ni tuviste que hacer hasta lo imposible para sobrevivir. Siempre tuviste a alguien a tu lado que te hiciera pensar aunque sea un instante en algo que no fuera… El odio… El rencor… Los deseos de… Venganza. ¿Crees que por tener un pasado doloroso somos iguales? No, lo que nos hubiera hecho ser iguales sería el cómo lidiamos con él justo después de lo ocurrido… Así que no me vengas a decir que me entiendes, ¡por qué no tienes ni idea de lo que he sufrido…! No tienes idea de las cosas que he tenido que hacer o lo que he visto. ¡Nunca me entenderías ni un millón de años!, ¡¿me oíste bien?!

Como reflejo, Magdalia se hizo hacia atrás, todo lo que su silla le permitía. Debía admitir que de nuevo se sentía algo intimidada, sobre todo por esa expresión en sus ojos, por ese espíritu casi asesino que lo rodeaba, y en especial por sus palabras. Le era muy confuso sobre todo su reacción tan explosiva, considerando que hasta hace unos momentos se esforzaba por ignorar su sola presencia y la historia que le contaba. De todo lo que se había imaginado que diría o haría, no había considerado una reacción así.

Enishi volvió a sentarse derecho en su silla, y con una mano se acomodó sus cabellos. Se cruzó de piernas, tomó su espada con una mano, y chocó la punta de la vaina contra el piso. Tenía deseos de pararse e irse de ese cuarto de una vez, pero sabía muy bien que el hacerlo sería como huir de ella, como si estuviera haciendo algún tipo de berrinche. No, no le daría ese gusto. Si quería replicarle, darle algún comentario astuto, o reprocharle por hablarle en ese tono, que lo hiciera. No le importaba nada de lo que dijera, nada de lo que hiciera.

– Tienes razón. – Escuchó como la ojos verdes soltaba de pronto.

– ¿Qué? – Exclamó él a su vez, confundido.

Magdalia volvió a recuperar la serenidad, y de nuevo fue capaz de sostenerle la mirada. Pero ya no se le veía desafiante, ni agresiva como antes, ni siquiera asustada por lo que le había dicho. Se le veía algo más calmada, aunque sí un poco melancólica.

– Tienes razón. – Repitió. – Todo lo que acabas de decir es cierto. Nunca estuve sola realmente. Mi hermano, mi tío, Shouzo… Para bien o para mal, siempre he tenido a alguien a mi lado para cuidar de mí. Entre toda la adversidad, tuve varias bendiciones de las que debo sentirme agradecida. No tengo bases para juzgarte, pues ahora que lo pienso, es probable que si mi hermano o yo hubiéramos terminado solos luego de la muerte de mis padres, tal vez hubiéramos terminado recorriendo un camino no muy distinto al tuyo. Así que… – Le sonrió de pronto con gentileza, y se encogió de hombros. – Tienes razón, ¿qué más puedo decir?

Si no fuera porque se esforzaba por mantenerse sereno y frío, es probable que la quijada de Enishi hubiera llegado hasta el suelo de lo sorprendido que estaba ante lo que escuchaba. Ahora le tocaba a él enfrentarse a un escenario que no había contemplado. ¿Le estaba dando la razón? Desde que la conocía, parecía una regla para ella siempre tener la última palabra, siempre mantenerse firme y nunca dar su brazo a torcer, ¿y ahora le decía que tenía la razón así como así luego de haberle gritado de esa forma en la cara?

Magidalia se paró de pronto de su silla, y como si se tratara de algún tipo de amenaza latente, los músculos de Enishi se tensaron, y prácticamente todo su cuerpo se preparó para lanzar el primer golpe si era necesario. Tardó una fracción de segundo en darse cuenta de que su reacción era exagerada, e intentó calmarse. Magdalia se le acercó por el costado izquierdo, y se agachó para ponerse de rodillas a su lado. Enishi la siguió con la vista en cada movimiento, como si temiera que lo fuera a atacar. Había estado en los últimos años sentado con hombres de la mafia, asesinos, gente importante y peligrosa, y jamás había tenido esa horrible sensación de vulnerabilidad; ¿cómo era que la sola presencia de esa mujer lo estresaba más que cualquiera de esas situaciones?

– Tal vez tengas razón, y no pueda entender por completo tu manera de pensar, o el porqué de tus acciones, pero te puedo asegurar una cosa.

Si ya de por si toda la situación le era de lo más extraña e incómoda, lo que hizo después fue la cereza del pastel. Dejando cualquier rastro de miedo o intimidación atrás, acercó sus manos a la de él, a la que sostenía su arma, y la tomó con cuidado. La mano de Magdalia era realmente suave, más de lo que se hubiera imaginado, y también cálida. Eran parecidas a las de…

– Si así lo deseas, puedo intentarlo. – Le dijo con un tono suave, mirándolo a los ojos. – No tienes por qué seguir solo como de seguro lo has estado hasta ahora. ¿Por qué no bajas por completo tu máscara por una vez y me dejas verte cómo realmente eres?, sólo una vez. ¿No te gustaría poder descansar por un instante de todo esto que cargas contigo cada día? ¿Dejarlo salir aunque sea sólo por un instante? Puedes confiar en mí. Dime qué es lo que te persigue, qué te hizo abandonar Japón y terminar en estas tierras como un asesino y un delincuente. Dime, ¿de qué estás huyendo?

El rostro frío de Enishi tuvo problemas para mantenerse de la misma forma por mucho tiempo. Al final, le fue imposible esconder su asombro y desconcierto por lo que Magdalia hacía y decía. El sentir sus manos sobre la suya, sus ojos verdes mirándolo sólo a él sin apartarse ni un instante, aguardando su respuesta. ¿Decírselo? ¿Tenía algún motivo para hacer tal cosa? No, ninguno. Nada que lo inspirara o pudiera orillarlo a hacer algo como eso. No lo deseaba, así de sencillo. No debería siquiera considerarlo. Pero… Esa mujer, esa mujer estaba provocándole algo. ¿Qué era?, ¿por qué se sentía así con su presencia? ¿Y qué sentía exactamente? ¿Qué era lo que le provocaba esa presión en el pecho y ese nudo en la garganta? ¿Sería posible que él…?

El sonido de unos nudillos tocando en la puerta, y luego de una voz al otro lado, hicieron que todo ese extraño momento se rompiera. Enishi se estremeció, como si lo acabaran de despertar de un profundo sueño.

– Maestro Enishi. – Escuchó a Xung-Liang a pronunciar. – Ya está aquí.

El albino apartó en ese momento su mano, con todo su espada, de las manos de Magdalia. Ésta miró impresionada como se paraba de su silla, y se acomodaba su capa azul hacia un lado. Le había parecido ver un ligero destello en su mirada por unos segundos, como si algo estuviera a punto de ocurrir; pero se había ido tan abruptamente como había llegado.

– Yo no estoy huyendo de nada. – Le respondió de pronto, volteándola a ver hacia abajo, con una sonrisa pícara de oreja a oreja. – Al contrario, lo estoy persiguiendo a cada momento, inclusive esta noche. – Comenzó a caminar entonces hacia la puerta de la sala con cierto apuro. – Es momento de la fiesta, Santa Magdalia; no querrá perdérselo.

– Enishi, no hagas esto. – Le indicó la castaña casi como una orden. Ella seguía hincada en el mismo sitio, como si él siguiera sentado en la silla. – No importa si no crees que mi hermano tiene algún tipo de poder divino, pero cree entonces en sus habilidades como espadachín. Él nunca ha perdido ni una sola pelea desde que mi tío Hyouei le enseñó su técnica, ni una… La propia velocidad y destreza del Hiten Mitsurugi lo hacen ya de por sí imparable. Pero además, posee en su poder una técnica invencible, el Ougi de su estilo de pelea, una técnica que ni siquiera mi tío fue capaz de dominar, pero que Shougo realizó a la perfección con tan sólo catorce años. Hijo de Dios o no, si lo enfrentas en estos momentos, él te matará…

Enishi se viró sobre su hombro hacia ella, intrigado por su singular advertencia. De seguro tenía la intención de asustarlo, pero de hecho… Había logrado todo lo contrario; lo que acababa de escuchar, lo hacía estar aún más seguro de hacerlo. Sonrió ligeramente con satisfacción.

– Si es así, entonces de alguna u otra forma, todos tus problemas se terminarán pronto, ¿o no?

Magdalia escuchó como Enishi introducía su llave en la cerradura y abría la puerta. No insistió en que lo acompañara o le ordenó a alguien que la arrastra con él; ni siquiera cerró la puerta, como si lo que fuera a hacer, para bien o para mal, poco importara; cómo si ya todo ese asunto fuera inevitable.

– – – –

Shougo y Shouzo fueron recibidos sin la menor seña, aparente al menos, de hostilidad. Les abrieron el portón principal en cuanto los vieron acercarse, y pasaron caminando con sus propios pies, y sin ningún tipo de escolta. El lugar estaba lleno de hombres armados, sobre la barda, en el patio frontal, y afuera de la construcción; todos mantenían su distancia y los miraban a cada paso que daban.

Ambos hombres miraban con desconfianza de un lado a otro, contando a todos los guardias que había en ese lugar, intentando detectar todas las diferentes rutas de escape, y si había algún otro tipo de trampa que no hubieran visto. Y, sobre todas las cosas, si había algún rastro de la persona que habían ido a buscar.

El agudo y entrenado oído de Shougo Amakusa, percibió movimiento en el interior de la casa. Alguien caminaba hacia la entrada principal, custodiada por dos hombres con rifles, y sus pasos resonaban sobre el suelo de madera. Por el rabillo del ojo, pudo ver la figura de alguien saliendo de la puerta, y siendo alumbrado por los faroles encendidos del patio, y por la luz de luna. Reconoció de inmediato ese traje blanco, capa azul, cabellos albinos, absurdos lentes oscuros, e insoportable cara de idiota. En cuanto lo vio, todo el coraje que Shougo había estado acumulando desde el momento mismo que leyó aquella absurda carta en la posada, empezó a exteriorizarse.

Algo que llamó la atención de Shougo de pronto, fue lo que ese sujeto cargaba en su mano izquierda. ¿Era acaso una espada?

– Gracias por aceptar mi invitación esta noche, Señor Amakusa. – Exclamó Yukishiro Enishi con fuerza, alzando un poco sus brazos de manera casi teatral.

Él no estaba para nada abierto a seguir su juego.

– ¿Dónde está Sayo maldito bastardo? – Le cuestionó de inmediato de forma cortante.

Enishi parpadeó un tanto confuso por lo que acababa de escuchar.

– ¿Sayo? ¿Acaso ese es tu verdadero nombre?

Enishi se volteó hacia atrás, y unos segundos después la figura delicada y delgada de la castaña ojos verdes, se hizo presente a menos de un metro detrás de él.

– ¡Santa Magdalia! – Exclamó Shouzo sorprendido, pero también aliviado de verla. Shougo no parecía compartir del todo su felicidad.

– Sayo, ¿te encuentras bien? ¿Te hizo algo?

– No hermano, no me hizo nada, no te preocupes. – Respondió de inmediato, intentando ser muy clara en ello. – Él no me trajo aquí para nada de eso. Él sólo…

Enishi alzó de pronto su brazo izquierdo justo frente a Magdalia, obstruyendo un poco la vista que Shougo Amakusa tenía en sus momentos de su hermana, como queriendo indicarle con ese sólo acto que guardara silencio.

– Yo sólo quería poner muy clara una cosa, Señor Amakusa. – Continuó Enishi a la explicación de la cristiana. – Shanghái es mi territorio, mi reino si quiere verlo así. Aquí, yo soy el Rey, y mando sobre toda persona parada en mis tierras, sea el Hijo de Dios o no. Así que yo decido quien se va y quién no. Y una vez aclarado eso, tengo que decir que… no se me antoja que su hermana se vaya.

– ¿Eh? – Exclamó atónita la castaña al oír tales palabras. ¿Qué rayos estaba haciendo?

– Seré directo con usted, Señor Amakusa. Magdalia en verdad me ha cautivado. Nunca había conocido a una mujer tan hermosa y fuerte, que pudiera emocionarme y hacerme rabiar tanto al mismo tiempo; y la verdad no me da la gana dejarla ir. Quiero que se quede aquí y sea mi mujer.

– ¡¿Qué?! – Se escuchó como Shouzo prácticamente gritaba del asombro.

– ¿Qué? – Exclamó Magdalia, que de su asombro por lo que ocurría apenas y podía alzar la voz.

Los hombres que habían logrado escuchar, se miraban entre sí, algunos con incredulidad, otros con expresiones picaras; incluso Xung-Liang, parado a lado de su jefe, lo volteó a ver totalmente confundido y con la boca abierta por lo que acababa de decir. Enishi se tomó unos momentos para disfrutar las graciosas reacciones que todos tenían, e intentar apaciguar las ganas de soltarse riendo antes de seguir hablar. Todos parecían sorprendidos en extremo… Excepto Shougo Amakusa. Él seguía mirándolo profundamente con esa misma expresión de fiera que había puesto desde que lo vio salir de la casa.

“Pero qué sujeto tan aburrido.” Pensó para sí mismo, antes de aclararse la garganta y continuar.

– Sé que ya habíamos cancelado todo, ¿pero qué le parece si replanteamos nuestro trato anterior? Quizás lo convenza de reconsiderarlo. – Colocó su mano derecha sobre su barbilla, y volteó a ver el techo del pórtico, como si pensara profundamente en la cuestión; todos sus movimientos eran exagerados, casi cómicos. – Hagamos esto: Le daré las armas que habíamos acordado para su causa durante la reunión anterior, e incluso el doble de ello; todo eso a cambio de Magdalia. ¿Qué le parece? No es un mal trato, ¿verdad?

– ¡¿Qué crees que estás haciendo?! – Intervino la castaña al fin, parándose delante de Enishi para encararlo. Éste miró divertido como su rostro estaba completamente rojo, posiblemente del coraje, o posiblemente ruborizada por las cosas que acababa de decir.

– Me pediste que no peleara con tu hermano, ¿recuerdas? – Le respondió con marcado sarcasmo en sus palabras. – Por ello estoy proponiendo una alternativa. ¿Por qué te molesta mi propuesta? Si sentí que habíamos tenido una conexión allá adentro…

Remató su comentario guiñándole el ojo de manera exagerada y poco discreta, que no hizo más que hacerla enojar aún más, lo que sin lugar a dudar era su intención original.

– ¡¿Qué todo es juego para ti?!

– Casi todo, sí.

Era imposible para Magdalia hablar con ese individuo. Comenzaba a pensar que en verdad, pero en verdad, estaba loco. ¿Cómo era posible que hace unos minutos estuviera irascible, a la defensiva, y casi temeroso, y ahora estuviera jugando bromas de ese tipo? ¿Cómo podía cambiar tan rápido de máscaras?

Se dio media vuelta rápidamente hacia su hermana y Shouzo.

– Hermano, ¡no lo escuches! No está hablando enserio, él sólo quiere…

– Sé exactamente lo que quiere, Sayo. – Le interrumpió Shougo de pronto; sus ojos seguían clavados como navajas en el líder del Feng Long. – Debes de haber inhalado demasiado opio como para atreverte siquiera a hacerme una proposición como esa. Broma o no, no voy a perdonar que juegues así con mi hermana, ni conmigo…

Dirigió su mano izquierda a su espada, tomando con fuerza la funda, el primer acto para estar listo para desenvainar. Enishi sonrió ampliamente, satisfecho pues se veía que al final de cuentas eso era lo que quería.

– Siempre tan desafiante, ¿verdad Hijo de Dios? Bien, si ambos quieren rechazar mi buena voluntad, retiro mi oferta de la mesa. En su lugar…

Miró de reojo a Xung, y con un movimiento de cabeza le indicó que tomara a su rehén. Él lo entendió, y de inmediato tomó a Magdalia de los brazos, y la jaló hacia un lado. Ella intentó resistirse un poco, pero no pudo evitar que el guardaespaldas la apartara, y luego la mantuviera sujeta para que no intentara acercarse siquiera, ni a Enishi ni a Shougo.

Shouzo, al ver esto, sintió el tremendo impulso de lanzársele encima, pero entonces recordó a todos los hombres armados. Parados en la puerta a menos de un metro de ella, había dos hombres con rifles; los riesgos de que Magdalia terminara en un fuego cruzado eran muy altos. Lo único que podía hacer en esos momentos, era confiar en Shougo.

– ¿Qué le parece entonces si tenemos un duelo de caballeros? – Agregó el albino, alzando su arma al frente con ambas manos, una en el centro de la vaina y otra en el mango. – Si yo gano, Magdalia se queda en Shanghái conmigo, y si usted sobrevive, se puede ir tranquilamente y sin reproches. Si usted gana, ya sea que yo muera o no, podrá irse con su hermana sin ningún obstáculo.

– ¿Sigues con eso? – Escuchó que la cristina reprochaba a su lado, siendo aún sujetada por Xung. – Si insistes en seguir con esta locura, ¡al menos deja de usarme como excusa!

Enishi ignoró su queja, y continuó.

– ¿Qué le parece? No creo que el Hijo de Dios tenga miedo de batirse en un duelo amistoso con un simple maleante, ¿o sí?

Pese a qué la expresión de Shougo se mantenía inmutable y serena, lo cierto era que por dentro, cada palabra que salía de su boca lo hacía enojarse más y más.

– No tengo pensado seguir tu juego. – Le respondió con firmeza. – Mi hermana y yo nos iremos de Shanghái ahora mismo, y Rey o no, si insistes en ponerte en mi camino… Te mataré de una buena vez.

La suerte estaba echada. Magdalia cerró los ojos y volteó su rostro hacia otro lado. No importaba ya lo que dijera para evitarlo. Su hermano ya había decidido que ese hombre no era de su agrado, y merecía morir por atreverse a jugar con ellos, algo que ella no podría refutar con ningún argumento.

– Espero que estés feliz. – Murmuró con reproche. – Tendrás lo que querías después de todo.

¿Feliz? Enishi no estaba feliz: esta extasiado, emocionado, a punto de reventar. Su sonrisa maliciosa se había estirado por completo, creando una mueca de apariencia realmente perturbadora; era como ver a un demonio regocijándose. ¿Cuándo había sido la última vez que había sentido toda esa excitación antes de un combate?, ¿o incluso ante cualquier otra cosa? Posiblemente nunca. Pero los motivos reales que lo hacían sentirse de esa forma, eran sólo comprensibles para él, pues nadie, ni siquiera Xung-Liang, entendían por qué se había tomado tantas molestias sólo para ello.



– Que divertido es usted, Señor Amakusa. – Exclamó con elocuencia, y entonces tomó su capa azul, y de un tirón la arrojó hacia un lado. Luego, empezó a desabrocharse uno a uno los botones de su camisa. – Dice que no me seguirá el juego, pero con palabras más o palabras menos, acaba de aceptar mi duelo. Para su buena suerte, pese a su deplorable educación, respetaré las condiciones que le acabo de proponer si gana.

Cuando terminó de desabrocharse su camisa, se la quitó con rapidez, tirándola hacia un lado también. La imagen de Enishi se tornó algo distinta en esos momentos. Con todas esas ropas blancas y pulcras, esos anteojos, y zapatos, cualquier persona común lo vería cómo un simple hombre de negocios, un chico rico más. Pero, en cuanto se deshizo de esas prendas, algo cambió. Debajo de su camisa, traía una camiseta negra delgada, sin mangas, que dejaba al descubierto sus brazos, que se veían ligeramente fornidos, más de lo que su primera impresión pudiera hacer notar. Traía unos brazaletes al parecer metálicos en sus muñecas que al parecer había tenido siempre ocultos bajo las mangas de su camisa… y que no se veían nada ligeros.

Sujetó de nuevo su arma frente a él, y de un movimiento rápido la sacó de su vaina, creando una centella ante él cuando la reluciente hoja fue bañada por la luna.

– Pero para su mala suerte, tendrá que enterarse por las malas que no sólo soy el cabecilla Número Uno del Feng Long. – Giró su arma en su mano derecha con rapidez, y luego la movió alrededor de su cuerpo con notoria maestría, para luego terminar su demostración, señalando directo a Shougo con la punta. – Sino también su guerrero más poderoso.

La apariencia de esa arma extrañó a Shouzo, e incluso también a Shougo, aunque lo demostró menos. Su empuñadora a simple vista parecía el de una Jian, recta, adornada con material dorado, y un largo cordel rojo atado a su pomo. Pero su hoja no concordaba. Era curva, y de un sólo filo, como la de una katana japonesa, pero más larga, similar a la de una Tachi; parecía más una combinación de ambos tipos de espadas.

Enishi bajó los escalones del pórtico, para plantar sus pies en la tierra del patio. Shougo se quedó de pie en su lugar, sujetando aún su arma con la mano izquierda, pero sin hacer la seña siquiera de que intentaría acercar la derecha a la empuñadura. Enishi giró de nuevo su singular espada, y entonces se colocó en posición, plantando su pie izquierdo al frente totalmente estirado, y sujetando la espada de manera vertical sobre su cabeza.

Ambos se quedaron quietos, totalmente quietos, como dos estatuas. Incluso el ruido del ambiente se esfumó, y el poco viento que soplaba se detuvo igual. Todo el aire se había vuelto pesado en unos segundos; ninguno daba siquiera un paso, y ya parecía que hubieran empezado a pelear.

Luego de casi un minuto de total pausa, los ojos de Shougo se abrieron por completo, y casi por mera respuesta a éste sólo acto, una ráfaga de viento sopló con fuerza desde sus espaldas, directo hacia el frente, golpeando a Enishi, e incluso e los hombres que estaban en el pórtico y a la propia Magdalia.

Los hombres que veían lo acontecido, parecieron alarmarse de ver esto. Se miraban entre ellos con algo de temor, preguntándose el uno al otro qué era lo que había pasado. Por su lado, Enishi ni siquiera había pestañado ante tal truco; su sonrisa seguía igual de amplia de siempre.

– ¿Y se supone que debo asustarme con eso? – Exclamó con un tono jovial. – Cómo lo esperaba, el secreto de los supuestos poderes del Hijo de Dios es su muy poderoso Kenki. Para un ojo poco conocedor, pareciera sólo magia, ¿no es así? Cuando lo único que haces es expulsar la energía de tu propio cuerpo. Pero es no te servirá conmigo. Yo no utilizo tonterías como esas. ¡Lo mío es pura fuerza bruta!

Aún con esa brisa fría golpeándole la cara, Enishi empezó a moverse, lanzándosele encima como un Tigre a su presa. Jaló su espada hacia atrás, para luego traerla de regreso con todo su impulso hacia el frente. En un parpadeo, Shougo Amakusa estaba parado ante él de manera serena, y al siguiente su espada sólo golpeó el aire, y posteriormente el suelo, con una fuerza tan tremenda que el choque abrió la tierra y levantó una fuerte estela de polvo.

– ¡Pero qué fuerza! – Exclamó Shouzo, incapaz de ocultar su asombro.

Shougo se había movido a una increíble velocidad en el último instante, y reaparecido al siguiente justo detrás de él. Normalmente eso hubiera sido suficiente para tomar a su contrincante desprevenido, pero eso no había ocurrido esa vez. Apenas acababa de terminar su movimiento, apenas y había logrado captar la gran fuerza que había aplicado el albino en ese golpe, cuando vio sorprendido como éste giraba por completo su cuerpo hacia él, prácticamente continuando con el mismo movimiento del ataque que ya había lanzado.

– ¡Típica evasión cobarde de Hiten Mitsurugi! – Exclamó casi riendo mientras se giraba.

– ¡¿Qué…?!

Shougo se sintió intrigado por lo que acababa de decir, pero no podía darse el lujo de pensar mucho en ello.

Sabía que estaba detrás de él; ni siquiera lo había volteado a ver, y de alguna forma ya lo sabía. Dio un largo salto hasta atrás para esquivar el ansioso filo de su arma, que pasó cortando el aire a unos centímetros de su nariz. Enishi de nuevo no se quedó quieto. Siguió avanzando hacia él, y atacando y atacando una y otra vez, sin dejar siquiera una fracción de segundo desaprovechada entre un sablazo y otro. Para cualquiera, parecería que estuviera lanzando movimientos improvisados y al azar, pero no lo eran. Shougo notaba que pese a lo erráticos y furiosos que parecían sus ataques, todos parecían fríamente calculados. De hecho, parecía como si estuviera concentrado en sus movimientos, en los de su oponente, y en su alrededor, todo al mismo tiempo, pues aunque usará su muy conocida velocidad para desaparecer de su alcance y vista, de inmediato él parecía saber dónde estaba y continuaba justo en dónde se había quedado.

Shougo no entendía qué ocurría. No era que pudiera moverse a su misma velocidad, no creía siquiera que pudiera ver por completo su movimiento; era como si de alguna forma simplemente lo sabía, sabía qué movimiento hacía y en qué dirección, como si lo sintiera. Era algo muy distinto al instinto de un Espadachín, incluso al suyo propio. ¿Qué clase de hombre era este sujeto?

Por su lado, Shouzo y Magdalia miraban realmente asombrados lo que ocurría ante sus ojos. Era algo a lo que ninguno de los dos estaba acostumbrado; normalmente si Shougo se enfrentaba a cualquier enemigo, lo derrotaba con un sólo movimiento rápido sin pestañar siquiera. En algunas ocasiones quizás tendía a evadirlo con su velocidad por un rato y evaluar sus movimientos, pero el resultado al final era el mismo. Lo que estaba ocurriendo no encajaba para nada en ello. Shougo no parecía estar jugando con su oponente, no parecía estar esperando el momento justo para atacar: realmente parecía imposibilitado a hacer otra cosa que no fuera mantenerse en movimiento, esquivar y defender. Era como si… Ese sujeto lo tuviera acorralado de alguna forma.

Pero no era posible. Él era Shougo Amakusa, el Hijo de Dios. No había mortal alguno que pudiera hacerle frente. Debía de haber algún otro tipo de explicación. Sin embargo, Magdalia comenzó a sentir una presión molesta en el pecho. En la sala durante su conversación, Enishi se veía muy seguro y tranquilo de querer enfrentarse a su hermano. Eso no era raro, casi cualquiera de sus oponentes anteriores reflejaban esa misma confianza al principio. Pero… ¿Y si de hecho no era como las otras veces? ¿Y si esta vez…?

“No, borra esos pensamientos de tu cabeza, Sayo”. – Se decía a sí misma sin despegar sus ojos del frente.  – “Confía en Shougo… Él es… Invencible…”

No podría estarlo esquivando toda la noche hasta que alguno se cansara. Debía encontrar la forma de contraatacar, pero era la primera vez en muchísimo tiempo que realmente se lo ponían complicado. Le impresionaba sobre todo la fuerza con la impartía sus golpes, y la hoja tan resistente de su singular arma. Luego de un último movimiento, había quedado justo frente a una de las rocas decorativas del patio, e igualmente él se le lanzó encima como una fiera. Se quedó de pie, aguardando hasta el último momento, para después lanzársele hacia la izquierda. El filo de su espada chocó con fuerza contra la roca, literalmente haciéndola pedazos con el impacto de su arma.

Shougo notó en ese momento que por apenas un parpadeo, la hoja se había quedado incrustada entre los restos de la roca destruida. Para cualquiera, ese instante de tiempo sería insignificante, pero para un espadachín como él, era una oportunidad perfecta.

Sin perder el tiempo, la figura del Hijo de Dios reapareció justo a las espaldas de su enemigo. Dirigió su mano derecha a la empuñadura de su espada y, al fin, la sacó de su vaina con un sólo movimiento rápido. Al fin lo tenía justo donde lo quería, y todo parecía indicar que sería el fin. Aunque pudiera liberar su espada a tiempo, no podría girar todo su cuerpo en la velocidad adecuada, ni moverse para esquivarlo… Pero no le fue necesario. De nuevo, parecía que sin necesidad siquiera de verlo, ya sabía que estaba a sus espaldas, y sabía exactamente qué movimiento estaba haciendo en esos momentos. En lugar de girar todo su cuerpo para cubrirlo o esquivarlo, en lugar de eso notó como jalaba su brazo derecho hacia atrás, lanzaba su espada hacia su lado izquierdo por enfrente de su espalda. Del otro lado, su mano izquierda la recibió y la sostuvo con fuerza. La espada quedó de manera diagonal ante él, recibiendo de manera directa el impacto del filo de Shougo, y protegiendo su espalda, y el resto de su cuerpo, de cualquier daño.

Si ya todo lo que había visto hasta ese punto lo había dejado confundido, ese último movimiento lo había dejado impactado. ¿Cómo había hecho tal cosa?

Enishi jaló con fuerza su arma hacia el frente, haciendo que la de Shougo retrocediera. Siguiendo el impulso del mismo movimiento, giró su cuerpo con rapidez, y justo cuando ya había divisado la figura de Shougo por el rabillo de su ojo derecho, extendió con fuerza y rapidez su puño libre directo a la cara del cristiano. Éste retrocedió rápidamente, y fue capaz de ver por un instante el puño de Enishi a unos centímetros de su cara, y de sentir como el aire impulsado por éste lo golpeaba con fuerza en el rostro; eso por sí solo hubiera sido suficiente para derribar a cualquier otro oponente.

El albino volvió a coger el mismo ritmo de siempre, y después de su puñetazo, le siguió un sablazo rápido de su espada, que en medio movimiento soltó para ser atrapada de nuevo por su mano derecha. Luego giró con rapidez su cuerpo para lanzar una patada giratoria hacia su cabeza con la pierna derecha, seguida de otra más con la izquierda, otro golpe, y luego una serie de movimientos de su espada. Shougo se las ingeniaba para mantener su evasión, pero en muchas de esas ocasiones había sido por muy poco. Aparte de demostrar gran maestría con esa arma, sus brazos y piernas también estaban excelentemente entrenados para el combate también. Cuando empezó a usar su espada para detener alguno de sus ataques, sentía que todo su brazo vibraba por la fuerza con la que lo impactaba.

La mayoría de los hombres presentes, no eran capaces de seguir por completo el combate. Sólo veían las figuras de ambos hombres moviéndose rapidez por todo el patio, los destellos de las hojas al moverse reflejando la luz, y escuchaban el sonido del metal chocando contra el metal. Shouzo y Xung-Liang parecían ser unos de los pocos que lograban apreciar con mejor detalle el combate, y sus impresiones no eran del todo distintas. Ambos se sorprendían de ver a un contrincante que era capaz de mantener el ritmo de su respectivo señor.

“Es la primera vez que veo algo así.” – Pensaba Shouzo, atónito. – “¿Cómo es que este hombre puede tener tan acorralado al Señor Shougo? Prácticamente no lo ha dejado hacer ni un sólo movimiento, y no se le ve ni cansado…”

Lo que más le confundía era su expresión. Desde que empezaron, tenía una sonrisa aterradora en los labios, y sus ojos totalmente abiertos y casi desorbitados, que parecían ni siquiera parpadear.

“Este Cristiano tiene una velocidad y técnica formidables”. – Pensaba Xung-Liang por su lado. – “No puedo creer que pueda esquivar y repeler los ataques del Maestro Enishi de esa forma. Cualquier hombre del Feng Long ya hubiera sido hecho pedazos desde hace mucho, incluso yo… ¿Era por esto que el Maestro Enishi deseaba tanto pelear con este sujeto? ¿Por qué sabía que era un enemigo que estaría a su altura? ¿O acaso será algo más…?”

Xung recordaba el estado con el que el Cabecilla del Feng Long había reaparecido luego de haberse bajado estrepitosamente del carruaje esa mañana. Parecía confundido, ido, absorto en quién sabe qué ideas, muy similar a cómo habría salido del restaurante el día del infame disparo. Y sobre todo recordaba como repetía una y otra vez “Hiten Mitsurugi Ryu…” ¿Qué significaba?, ¿qué había ocurrido que lo había llevado a realizar todo ese espectáculo? ¿Qué era lo que quería realmente?

De repente, fue como si todo se paralizara, como si la imagen ante los espectadores se hubiera convertido en una foto inmóvil. Una patada de Enishi había logrado alcanzar a su oponente, golpeándolo con gran fuerza en el costado izquierdo de su cara. Shouzo y Magdalia perdieron totalmente el aliento ante esto.

 – ¡Señor Shougo! – Exclamó Shouzo sorprendido.

El rostro de Shougo fue empujado con fuerza hacia la derecha, y su cuerpo también le siguió en esa dirección. Él mismo no podía creer lo que acababa de pasar. ¿Lo habían golpeado? ¿Ese horrible dolor que sentía era un golpe? Hacía tanto tiempo que no ocurría, que la sensación le pareció tan extraña… Pero no se podía dar el lujo de dejarse llevar. Aprovechando el impulso del golpe. Giró su cuerpo con rapidez para alejarse de su adversario lo más posible.

Luego de su salto, sus pies tocaron el suelo, y se arrastraron por la tierra hasta que quedó prácticamente del otro lado del patio, a una distancia considerable de Enishi.       Pensó que cómo había sido su costumbre hasta esos momentos, se le lanzaría al ataque sin espera. Pero, para su sorpresa, en esa ocasión se había quedado quieto en su lugar, mirándolo desde lejos, mientras respiraba agitadamente. ¿Estaba descansando acaso?

– Te ves sorprendido. – Escuchó que mencionaba con un tono juguetón, y entonces colocaba su espalda apoyada contra su hombro. – ¿No sientes la misma excitación que siento yo? No, no lo creo. Pero no me importa, esto es justamente lo que deseaba. Tus movimientos, tu velocidad, la expresión de confusión, asombro y sorpresa que has tenido durante todo este encuentro… Todo es tan perfecto… Es justo lo que quería, ¡justo lo que esperaba de medirme contra el Hiten Mitsurugi Ryu!

– ¿Cómo es que conoces el Estilo Hiten Mitsurugi? ¿Y cuál es tu verdadero interés en enfrentarme?

– Tú lo sabes… Tú lo sabes muy bien.

– ¿Qué cosa?

– Tú sabes lo que hiciste… ¡Tú sabes muy bien porque estoy haciendo esto! – Y entonces se le volvió a lanzar encima al igual que antes. – ¡¿Puedes acaso ver su sonrisa?! ¡Por qué yo sí! ¡Y me sonríe a mí justo a hora!

¿De qué estaba hablando? ¿Se suponía que debía de entender lo que le decía? Por sus palabras, sonaba como si le estuviera reclamando por algo… ¿Pero por qué exactamente?

– ¡Watou Jutsu! – Escuchó como el albino gritaba con fuerza estando ya a corta distancia.

Enishi plantó con fuerza su pie en tierra, para luego impulsarse con velocidad al frente. Estando aún en el aire, Shougo notó como de un movimiento rápido, alzaba su arma sobre su cabeza de manera vertical con la punta señalando hacia atrás. Era obvio que intentaría un ataque vertical de arriba abajo. Lo que no era tan obvio, fue su siguiente movimiento. Estando la misma posición, alzó su mano izquierda con rapidez detrás de él, dando un golpe con su palma contra el lado reverso de su hoja, ejerciendo una tremenda fuerza sobre ésta. Este golpe, acompañado del movimiento de su brazo al jalar el arma hacia el frente, provocó un gran empuje, que hizo que el ataque fuera prácticamente el doble de rápido y fuerte del esperado.

– ¡Shou Ha Tou Sei!

Shougo apenas y logró moverse a tiempo hacia su lado derecho. Pudo ver el filo de la hoja deslizarse frente a su cara, e incluso posiblemente había logrado cortarle algunos cabellos. La espada siguió con la fuerza de su impacto, hasta estrellarse con el suelo, creando un estruendo mayor al de su primer ataque.

– ¡¿Golpeó el reverso de su propia espada para darle más impulso?! – Exclamó Shouzo lleno de sorpresa. – ¿Qué clase de lunático es este sujeto?

Era la primera vez que Shougo veía algo así. ¿Había dicho Watou Jutsu? Nunca había oído hablar de un estilo de pelea como ese, mucho menos lo había visto en acción. Debía aceptar que se encontraba desconcertado.

Enishi jaló con fuerza su brazo hacia él luego de fallar en su golpe. Shougo detuvo su ataque de frente, y entones ambos comenzaron a atacarse el uno al otro; Shougo hacia lujo de su gran velocidad, y Enishi de su tremenda fuerza. Shougo notó entonces que los ataques de Enishi eran tan mortíferos, porque en realidad toda su atención, todas sus energías, todos sus movimientos, estaban totalmente enfocados en el ataque, es destruir a su enemigo; no había menor intención de defensa en él, cómo si no le importara la seguridad de su propio cuerpo. Y varias veces lo demostró, colocándose en una posición abierta, con tal de tener mejor posición de ataque, o moviendo su espada con tal ferocidad que con tan sólo un centímetro de error que hubiera tenido, hubiera bastado para al menos rebanarse a sí mismo una oreja. Pero aunque su defensa era baja, su ofensiva era tan aplastante y constante que para Shougo era prácticamente imposible dar un paso al frente y tomar la iniciativa.

Magdalia miraba todo ese espectáculo complementa confundida. Desde hace un rato atrás, había comenzado a sentir un horrible nudo en el estómago, que se hacía más y más incómodo conforme esa pelea continuaba. ¿Qué era esa horrible sensación que había comenzado a sentir? Era algo que nunca había sentido al ver a su hermano pelear contra un enemigo, era algo que simplemente la paralizaba… ¿Era miedo?, ¿tenía miedo? ¿Pero por qué lo tendría? ¿Sería acaso que…?

“¿Mi hermano podría perder?” – Pensaba en su cabeza mientras sus ojos verdes totalmente abiertos no se apartaban ni un segundo.

La confianza que le había demostrado a Enishi hace no mucho en aquella sala sobre la victoria de su hermano si es que acaso se atrevía a enfrentarlo, era real. Desde que logró dominar el Hinten Mitsurugi, cada enemigo que había enfrentado no había representado ningún reto para él… Hasta esa noche. Todo en ese combate era diferente a otras ocasiones, y por primera vez comenzaba a pensar que podría perder, o incluso… Morir…

Agitó su cabeza de un lado a otro, y cerró sus ojos con fuerza. Colocó sus manos en su pecho, y agachó el rostro.

“No, no es posible. Mi hermano es invencible, él no puede perder. Él tiene a Dios de su lado, y a mi madre, a mi padre, y a la gente de Shimabara. Él no puede perder mientras los corazones de todos nosotros lo acompañen…”

Se repitió lo mismo una y otra vez, pero mientras más lo hacía, menos sincero le parecía. Ese sujeto no era un ser ordinario, no era como sus otros contrincantes. Desde el momento en que lo vio por primera vez, notó algo extraño en él, algo inusual. Su manera de hablar, su manera de moverse. Yukishiro Enishi, era algo totalmente fuera de ese mundo… Al igual que su hermano. Eran dos seres cuyas almas tan distintas, y a la vez tan parecidas, chocaban con tanta fuerza como un río intentando mover una roca. Cualquier posibilidad de que eso terminara bien, había quedado atrás. Uno de los dos terminaría muriendo, y esa ya no era una amenaza o advertencia vacía: era una realidad, algo que ocurriría en cualquier momento ante sus ojos, y que sería incapaz de detener.

Toda esa presión acumulada salió de golpe en forma de un fuerte e insistente ataque de tos. Por reflejó, llevó ambas manos a su boca, como si esperara que eso la calmara. Pero la tos siguió y siguió. Sus piernas flaquearon un poco, y cayó de rodillas a las tablas del suelo.

– Oye, ¿te encuentras bien? – Escuchaba como el guardaespaldas de Enishi le hablaba a su lado. – No intentes nada, el maestro Enishi se molestaría demasiado si algo te ocurre; eres su premio después de todo.

El ataque de tos cesó, y el primer pensamiento que le cruzó en ese momento fue señalar en su cabeza lo ingenuo que era ese chico a su lado, creyendo que todo eso que Enishi había proclamado podría ser cierto. Ella no tenía nada que ver con todo eso, pero aun así era obligada a ver a uno de los dos morir.

Shougo seguía incapacitado dar ese ataque exacto que tanto había estado buscando todo ese tiempo. Pero si no podía dar un paso al frente… Tal vez podría desde arriba.

En un abrir y cerrar de ojos, la hoja del arma de Enishi cortó el aire frente a él, en donde apenas unos instantes antes Shougo había estado parado. Pero ya no se había movido hacia un lado, o hacia atrás; el agudo sentido de Enishi le indicó de inmediato que su objetivo estaba arriba. De un largo y fuerte salto, Shougo se elevó por los aires, alzando su espada con ambas manos sobre su cabeza, y luego jalándola al frente, comenzando a descender con velocidad hacia él como un meteoro.

– ¡Estilo Hiten Mitsurugi! – Exclamó a todo pulmón; su voz resonó como rayo en el cielo. – ¡Ryu Tsui Sen!

Magdalia perdió todo su aliento en un segundo. Rápidamente se puso de pie, y se acercó hacia el barandal del pórtico para poder ver mejor. Una tremenda angustia, mayor a toda la que había sufrido esa noche, le cubrió el cuerpo de los pies a la cabeza.

Por su lado, en lugar de preocuparse o asustarse por el inminente ataque hacia su persona, Enishi simplemente sonrió con más satisfacción que antes. Giró su espada con rapidez en sus manos y luego la movió, extrañamente no hacia arriba como en un intento de detener el ataque, sino hacia abajo, como si fuera a encajar la punta en la tierra. Luego, alzó su pierna derecha, giró su cadera, y entonces lanzó una tremenda patada hacia arriba, concentrando toda la fuerza de ésta en lomo de su hoja. Al igual que en su movimiento anterior, había golpeado su propia arma, y eso le había provocado en esta ocasión que se elevara con gran impulso, hasta encontrarse de frente al encuentro de la espada de Amakusa.

– ¡Watou Jutsu! ¡Shuugeki Tou Sei!

El ataque del Hijo de Dios fue detenido a casi nada de tocar la cabellera blanca de Enishi, al ser recibido por la espada de éste, que estaba siendo impulsada y empujada por su fuerte pierna; había sido como chocar de lleno con un muro.

– ¡Repelió la técnica del Señor Shougo! – Exclamó Shouzo incrédulo. Y justamente así había sido.

El propio Shougo no podía creerlo. En esos pequeños instantes en los que permaneció suspendido en el aire tras que su ataque fuera detenido, pudo ver de frente los ojos de su enemigo, esos ojos turquesa asomándose por encima de esos anteojos oscuros, y entre todos esos cabellos blancos. Él también lo miró, y le sonrió… Y entonces escuchó claramente cómo decía…

– ¡Cómo las garras de un Dragón Volador chocando contra las de un poderoso Tigre en Tierra!

Esas palabras no tuvieron sentido para Amakusa, no al principio al menos. Pero una vez que logró entender lo que le quería decir, se volvió claro como el cristal lo que estaba ocurriendo. Esa manera de pelear, sus movimientos, sus técnicas, su arma. No, no podía ser posible. ¿Acaso él…?

Enishi bajó su pierna y jaló con fuerza su espada hacia un lado, empujando la de Shougo, cuyo cuerpo fue ligeramente empujado hacia atrás; sus pies aún no lograban tocar el suelo. Siguiendo la ruta del mismo movimiento, Enishi comenzó a girar todo su cuerpo con rapidez, haciendo que la hoja de su espada hiciera un giro completo de trescientos sesenta grados. Sin embargo, cuando estaba a menos de un cuarto de su vuelta, volvió a hacer lo mismo que había hecho antes: golpear el reverso de su arma con su mano derecha con fuerza, lo que le permitió tomar mucho más impulso en el último momento, y su letal filo alcanzará a su oponente aún en el aire.

Por un momento nadie había percibido que en efecto Shougo había sido alcanzado; ni siquiera él mismo. Pero cuando por fin logró tocar el suelo con sus pies, y dar un prologado salto hacia atrás para crear distancia, un horrible ardor comenzó a quemarse en su pecho, seguido de un dolor penetrante. Mientras seguía en movimiento, ante sus asombrados ojos surgieron gotas de sangre que flotaban ante él como copos de nieve. Eso fue lo que él vio, pero en ese mismo instante lo que Shouzo y Sayo veían, era como el kimono verde de Shougo había sido rasgado de manera horizontal a la altura de su pecho, de derecha a izquierda. Su piel debajo se había abierto en una delgada línea perfecta, de la que brotó un notorio chorro de sangre rojiza, que dejaba marcada la trayectoria de su salto, para luego caer al suelo y cubrir el pasto.

Para los tres, fue realmente increíble procesar y entender por completo lo que estaban viendo. Pero no había ningún lugar a equivocación; incluso las manchas rojo brillantes que adornaban la hoja de la singular espada que Yukishiro Enishi delataban la verdad: Shougo Amakusa acababa de ser herido.

Shougo no tuvo un feliz aterrizaje luego de su salto. El dolor que lo había inundado por unos momentos, había distraído por completo su concentración, y cuando su primer pie tocó tierra de nuevo, éste al parecer pisó mal, y el cristiano cayó, rodando por el pasto debido al impulso que llevaba y quedando por unos momentos, tirado boca abajo.

– ¡¡Hermano!! – Soltó Magldalia de golpe con un fuerte y estruendoso grito de terror. Shouzo, fue incapaz de pronunciar palabra alguna, o de mover un dedo siquiera.

Por varios segundos, el silencio volvió a reinar en todo ese patio. Nadie se movió, nadie habló; la atención de todos los cercanos estaba puesta en el contrincante caído, que no se movía. Muchos comenzaron a pensar que la herida había sido mucho peor de lo que había parecido, y que de hecho ese ya había sido el final. Pero no era así. Lo que tenía a Shougo Amakusa en el suelo, era más su impresión mental que física. Luego de un rato empezó a moverse, y poco a poco se alzó, apoyando en sus manos y rodillas. Se enderezó y se puso de pie, teniendo aferrada su mano izquierda a su pecho; la sangre que brotaba de su herida, manchaba el resto de su torso y ropa, pero no parecía haber sido nada de gravedad. Aun así, era fácil ver que no se mostraba indiferente ante ella.

Magdalia suspiró aliviada al darse cuenta de que no había sido nada grave. Sin embargo, podía escuchar como los hombres del Feng Long reían y festejaban el ataque efectivo entre murmullos.

– Al parecer los Hijos de Dios también pueden sangrar, como cualquier otro ser humano. – Oyó que Xung-Liang señalaba, estando de pie detrás de ella. – Tu hermano debió aceptar la primera propuesta que el Maestro Enishi le hizo. Aún antes de convertirse en el Líder del Feng Long, el Maestro Enishi ya era un guerrero excepcional. Nunca ha perdido una pelea, y ésta no será la excepción. Mis condolencias por tu próxima perdida… Pero al menos te quedará el consuelo de que después de esta noche, te convertirás en la mujer del Hombre más poderoso de Shanghái y tal vez de toda China. No sabes la cantidad de chicas que estarían encantadas de estar en tu posición…

– ¡Guarda silencio! – Gritó la castaña de golpe mientras le daba la espalda, sorprendiendo un poco a Xung-Liang. – No me importa nada de lo que me estás diciendo, así que mejor cállate… Cállate…

Aunque intentaba mantener su voz firme, no lograba evitar que se rompiera. No podía esconderlo: estaba preocupada. Ahora no sólo era la primera vez en muchos años que veía a un contrincante pelear al nivel de su hermano, sino que ahora era la primera vez en muchos años que veía que lo herían, que veía su sangre brotar de su cuerpo como la de cualquier otro mortal. Porque al final del día, eso era: sólo un mortal más, con una gran técnica, inteligencia y presencia, pero un humano al final del día. Ella lo sabía, pero hacía mucho que se había desacostumbrado a esa realidad, misma que ahora se presentaba ante ella.

Llevó su mano derecha rápidamente a su boca, y entonces comenzó a toser de nuevo, no con la misma intensidad que hace unos momentos, pero sí con la misma constancia. Xung la miraba con desconfianza.

– ¡¿Está usted bien, Señor Shougo?! – Exclamó Shouzo con ímpetu, he hizo el ademán de querer acercársele.

– ¡No te acerques, Shouzo! – Escuchó como Shougo le respondía con poderío en su voz, alzando su mano derecha, con todo y su espada hacia un lado.

Shouzo se detuvo en su lugar. El Castaño se había ya parado derecho, mirando con una expresión totalmente llena de rabia, pero también de confusión, a su contrincante, que al igual que después de haber acertado aquella patada, permanecía en la distancia, viéndolo fijamente con una amplia sonrisa de despreocupación, tal vez regocijándose de su logro.

“No es posible, esto no puede estar pasando.” – Pensaba el hombre de ojos verdes. Su mano se apretaba con fuerza al mango de su espada como señal de su frustración.

Las palabras que le había dicho el instante justo antes de atacarlo, resonaron una vez más en sus pensamientos: “Cómo las garras de un Dragón Volador chocando contra las de un poderoso Tigre en Tierra”. En esa fracción de tiempo, mientras estuvo suspendido en el aire, logró entender por completo lo que le estaba diciendo. Logró entender incluso mucho más que eso… Pero lo que entendía, no hacía más que volver más y más confusa toda esa situación, toda esa pelea; y principalmente, a la persona que estaba de pie ante él…

“¿Quién es realmente este sujeto? No lo entiendo, pero su manera de moverse, de atacar, cada uno de sus movimientos. Es como si todos estuvieran pensados especialmente y únicamente… Para combatir el Hiten Mitsurugi…”

Su contrincante era un Tigre, y él era un Dragón… Dos fuerzas imbatibles, imparables, que al chocar… Irremediablemente alguien morirá…

FIN DEL CAPITULO 18

Shougo Amakusa ha sido herido. Yukishiro Enishi ha resultado ser un enemigo mucho más formidable de lo que hubiera predicho. Pero ahora, al igual que Magdalia, el Hijo de Dios ha comenzado a ver más allá de su máscara. ¿Qué pasará cuando logré entender al ser que se oculta detrás de ella? ¿Cuál será el inevitable desenlace final…?

Capítulo 19: Verdadero Contrincante

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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