Fanfic Batman Family: Legacy – Capitulo 10. Tengo Miedo

31 de enero del 2017

Batman Family: Legacy - Capitulo 10. Tengo Miedo


Batman Family: Legacy

Wingzemon X

Capítulo 10
Tengo Miedo

Miércoles, 24 de julio del 2013

La fundación a nombre a Martha y Thomas Wayne, era una organización que administraba una gran cantidad de caridades que trabajaban tanto en Gótica como en el resto del país. La familia Wayne ya había estado por generaciones involucrada en obras caritativas y en las buenas acciones hacia los que menos tenían. Pero dicha organización sólo comenzó a existir de manera oficial por la iniciativa de Martha Wayne y, tras su muerte, por los arduos esfuerzos de su hijo, Bruce, por continuar la labor y el nombre de sus padres.

Bárbara había comenzado a trabajar en la fundación como Practicante de Sistemas cuando aún era estudiante. Luego de graduarse, siguió trabajando ahí, pero ahora como jefa de toda el área de sistemas de la fundación, y de las diferentes organizaciones que la formaban. Muchos pensarían que no debería de requerirse mucho trabajos de sistemas en una fundación caritativa, y de hecho tendrían razón, sino fuera porque esa organización en especial era también parte de Wayne Enterprises, lo que era lo mismo decir que el jefe final de todo ese sitio era Bruce Wayne, o como otros lo conocían mejor, aún sin saberlo: Batman, el Caballero Oscuro de Ciudad Gótica.

Trabajando en ese sitio fue como Bárbara comenzó su labor como Oráculo para apoyar a Batman y a Nightwing, y posteriormente a Red Robin, en su lucha contra el crimen, pese a ya no poder apoyarlos más en el campo de batalla como Batgirl, pero sí siendo más que útil con sus habilidades con la computadora.

Con el tiempo, en parte por intervención de Bruce que quería darle más libertad de movimiento y acción, y por haber demostrado gran habilidad para organizar, administrar y dirigir, se le fue concediendo cada vez más responsabilidades dentro de la Fundación, muchas de ellas ajenas al puesto de Jefa de Sistemas. En el transcurso de esos años, había alternado su trabajo, y sus actividades nocturnas y secretas, con los estudios de una Maestría en Administración, que había logrado terminar de manera satisfactorio no hace mucho tiempo. Y justo hace dos años y medio atrás, y sin que ella fuera del todo consciente de cómo pasó, su puesto había evolucionado a ya ser oficialmente la Directora de la Fundación, y de todas sus derivadas.

Y ahora se presentaba un último paso adicional, pues tras la muerte de Bruce, ahora ella era la jefa de todo ese sitio; en otras palabras, esa ahora era su organización, y podía hacer con ella lo que quisiera… Bien, aún había algunas cuestiones legales que arreglar, pero en la teoría ya era así.

Qué lejos había quedado esa joven practicante en silla de ruedas de apariencia frágil.

Esa tarde de miércoles, se encontraba algo pensativa en su oficina, y la verdad no había podido ser del todo productiva; incluso le había pedido a Stephanie que preparara por ella algunos papeles, y ella por supuesto aceptó gustosa como siempre.

Acercó un poco su silla de ruedas a la ventana y alzó las persianas para echar un vistazo a la congestionada Main Road. Los vidrios de ese edificio no dejaban pasar ni un pequeño rastro de sonido; de hecho tampoco dejaban pasar las balas, pero eso sólo unos cuantos lo sabían. Bárbara pensó que por primera vez le vendría bien un poco de ruido del exterior, en contraposición con el agobiante silencio que inundaba su oficina en esos momentos.

Suspiró con algo de cansancio. Pensó por unos momentos, que si no tenía cabeza para el trabajo de la fundación, al menos debería de aprovechar ese tiempo de ociosidad en el encargo que le habían hecho esa mañana… Pero ni siquiera era capaz de concentrarse en eso tampoco.

Casi inmediatamente después de salir de bañarse, y mientras arreglaba su largo cabello anaranjado con su cepillo, su celular comenzó a sonar y a vibrar en el buró a lado de su cama. Detuvo lo que hacía, y centró su atención en el teléfono, o más específicamente en el sonido que hacía. No se trataba precisamente de una llamada convencional, sino más bien, aparentemente, una llamada por la aplicación de chat instantáneo y vídeo llamadas. Sin embargo, Bárbara supo luego de unos segundos que era incluso más que eso.

Todos los compañeros de Batman, y obviamente el propio Batman, tenían una aplicación especial instalada en sus ordenadores y teléfonos, totalmente oculta e indetectable, programada incluso para borrar toda la información del dispositivo si se intentaba ingresar de manera ilegítima a dicha aplicación. Su función era servir como medio de comunicación cifrado, y la utilizaban para comunicarse entre ellos de manera segura. Cuando se ejecutaba, en apariencia asemejaba por completo al servicio convencional y comercial de video llamadas en casi cualquier aspecto, simulando la interfaz y el sonido de una llamada entrante. Sin embargo, tenía dos indicativos importantes para que el usuario en cuestión supiera que no se trataba de una llamada cualquiera.

El primer indicativo, y el más sencillo, era que siempre se disfrazaba como una llamada de un usuario desconocido, cuyo nombre era generado al azar y siempre variaba en cada caso. El segundo, un tanto más complejo, era una variación en el tono de llamada entrante. Sonaba casi idéntico al de la aplicación real para el oído casual, pero en realidad tenía una pequeña variación cada medio segundo; imperceptible al menos de que se pusiera la suficiente atención y se supiera qué estaba ahí.

Con estos dos indicativos que sólo ellos conocían, el usuario podía identificar que era una llamada de la Cueva, de la Torre del Reloj, o de algún otro de los refugios. Si estaba en un momento inapropiado, podía simplemente rechazar la llamada, y no quedaba registro alguno de que ésta se efectuó. Si estaba a solas y podía tomar la llamada, sólo bastaba con aceptarla y la interfaz cambiaba por completo a la aplicación real. La comunicación estaba encriptada, y se realizaba por una red privada que conectaba directamente los dispositivos que servían de terminales de la computadora central en la cueva, y mientras ocurría toda comunicación adicional, incluido internet, bluetooth, GPS y señal de celular, eran interrumpidos.

¿Demasiadas molestias y seguridad? Bruce diría que de hecho no era suficiente. Quizás eran medidas extremas, pero eran procedimientos como esos los que habían mantenido tan resguardado su secreto con el paso de los años, y a su vez les había permitido aprovechar los avances de la tecnología a su favor sin sacrificar nada a cambio.

Esa llamada en especial era precisamente ello: lo detectó de inmediato por las variaciones en el tono. No tenía nada que le impidiera responder; después de todo, estaba sola y en su departamento. Además, si la llamaban en esos momentos y por ese medio, de seguro debía de ser algo importante. Bárbara se apresuró al buró y tomó el teléfono.

Antes de aceptar la llamada del usuario desconocido, se detuvo unos momentos y reparó en que, sólo unos segundo antes, quizás por mera costumbre, había dado por hecho que quien le hablaba… era Bruce. Pero eso ya no podía ser así…

La idea le pareció tan agobiante una vez que se volvió consciente de ella, tanto que sintió un pequeño nudo formándose en su garganta. Respiró hondo, intentando calmarse. No era Bruce, pero aún podían ser Tim, o Alfred, o el Señor Fox, o…

– Aquí Oráculo. – Murmuró frente al teléfono justo un instante después de responder.

En la pantalla se mostró de pronto el rostro de la persona que le había llamado, ocupando casi toda ésta. La pelirroja reconoció esos ojos azules y hermoso cabello negro, bien arreglado.

Bárbara, disculpa que te llame tan temprano. – Mencionó la voz de Dick saliendo por las bocinas del teléfono.

Se sintió tensa de golpe al darse cuenta de que se trataba de Dick. Se había apresurado tan abruptamente a responder, que ni siquiera había terminado de peinarse. Casi por mero reflejo comenzó a pasar sus manos por su cabello mientras hablaba, intentando no ser tan obvia.

– Dick, buenos días. – Pronunció un tanto nerviosa, influenciada en parte por los pensamientos que había tenido previos responder, aunque de inmediato usó todo su entrenamiento para serenarse. – No hay problema. Debe ser algo importante, ¿o no?

Yo creo que sí.

– Vi la Batiseñal anoche. ¿Te reuniste con papá?

Sí, así es. Al parecer tenemos nuestra primera misión oficial como Nuevo Equipo Batman.

Bárbara arqueó una ceja, confusa por lo que acababa de oír.

– ¿Acaso dijiste Nuevo Equipo Batman?

Dick rio, algo apenado; al parecer lo había dicho sin siquiera pensar detenidamente en ello.

Sí, así es como lo llama Tim. Bobo, ¿verdad?

– ¿Bobo, dices? – Respondió Bárbara con un tono pícaro. – Creo recordar que cuando sólo éramos nosotros tres… Bueno, cuatro con Alfred, acostumbrabas llamarnos la “Batifamilia”. ¿O ya lo olvidaste?

La pena de Dick se cuadruplicó tras ese comentario, tanto que se cubrió la cara con una mano, pues estaba casi seguro de se había ruborizado.

¿Por qué me tienes que recordar lo soso que era de niño?

– ¿Qué eras? – Comentó divertida, soltando una pequeña risilla, aunque luego intentó tornarse de nuevo seria. – Disculpa, me estoy desviando. ¿Cuál es la misión?

Dick también se tranquilizó de nuevo. Se aclaró la garganta, y procedió a informarle del verdadero propósito de la llamada.

Sencillo, realmente. Sólo detener la Guerra de Pandillas que el Pingüino ha comenzado recién salido de prisión, y apresarlo a él y a Máscara Negra por igual.

– Oh, sí, bastante sencillo. – Comentó Bárbara con marcado sarcasmo.

Y también… – El semblante de Dick se tornó mucho más serio. – Detener a Red Hood.

– ¿Red Hood? – Susurró Bárbara, sorprendida.

Sí, me temo que nuestra preocupación se hizo realidad. Jason ha tomado el nombre de Red Hood de nuevo, y está comenzando a usar sus métodos de siempre para atacar tanto al Pingüino como a Máscara Negra.

Bárbara no pudo ocultar su reacción: una combinación extraña entre preocupación, cansancio, fastidio y sobre todo angustia. A pesar de todos los dolores de cabeza que les había causado a lo largo de los años, Jason seguía siendo, de cierta forma, uno de ellos: parte de esa familia.

La joven se tomó unos momentos para asimilar y aclarar sus ideas, antes de proseguir.

– ¿Qué necesitas que haga?

He estado algo ausente, y sé que el Pingüino lleva aprendido hace cerca de un año. Pero necesito una actualización de qué refugios y zonas siguen bajo su control, e igual con Máscara Negra; especialmente lo que ahora le pertenece a él y antes al Pingüino. En base a eso decidiremos como movernos.

– No será sencillo, pero veré qué puedo hacer.

Gracias, Bárbara. Otra cosa. Supongo que no sabrás en donde está viviendo Jason en estos momentos, ¿o sí?

– Me temo que no. Puedo intentar averiguarlo, pero conociéndolo, de seguro será en el último lugar en el que se nos ocurriría buscarlo. Cómo sea, te enviaré la información completa en cuanto la tenga.

Gracias, estaré al pendiente. Esta noche es probable que Tim y yo salgamos a patrullar. Sé que es mucho pedir, pero me sería de gran ayuda que nos apoyaras desde la Torre por si acaso algo se presenta.

– Descuida. Es mi trabajo, después de todo.

– Gracias de nuevo. Bueno, ya no te quito más tu tiempo, hablamos después…

Dick extendió su mano al frente, con la clara intención de cortar la comunicación. Sin embargo, Bárbara pareció reaccionar abruptamente antes de lo que hiciera.

– ¡Dick!, ¡espera! – Exclamó con fuerza, y el joven en el teléfono se quedó a medio camino del teclado.

¿Sí? – Le cuestionó un poco confundido por lo repentino del grito.

Su boca se volvió a abrir, pero nada logró salir de sus labios. En lugar de eso, se quedó viendo fijamente a la pantalla sin decir palabra alguna. La verdad era que se había arrepentido de lo que había hecho un segundo después. ¿Por qué lo había hecho realmente? ¿Qué le había causado ese impulso casi involuntario de querer decírselo en ese mismo momento y lugar?, ¿y justamente a él? No había motivo lógico para esa decisión… ¿O sí? Definitivamente no era el momento.

Los segundos pasaban y Bárbara seguía sin decir nada… Detectó en ese instante un atavismo de intención en Dick de decir algo, y eso pareció hacerla reaccionar.

– Nada, hablamos después. – Le respondió con apuro, y justo después se apresuró a colgar la llamada ella misma antes de que Dick lo hiciera o le preguntara algo más.

Suspiró casi aterrada. Soltó el teléfono sobe sus piernas, casi como si le estuviera quemando. Llevó una mano hacia su boca como si intentara evitar que gritara.

“¿Qué te pasa, Bárbara? ¿Acaso tienes quince años?» – Se dijo a sí misma en su cabeza, una vez que estuvo de nuevo todo en silencio.

Su teléfono reposaba sobre sus piernas, totalmente quieto. Lo volteó a ver de reojo con duda. Tenía miedo de que volviera a sonar y fuera de nuevo Dick. ¿Qué le diría si le preguntaba que había sido eso? ¿La verdad? Sí, quizás eso era lo mejor… Pero no aún.

Para su suerte, el teléfono no volvió a sonar luego de quizás cinco minutos de espera. Sólo hasta entonces reaccionó, y recordó que aún no había terminado de arreglarse. Dejó el teléfono en el buró y continuó peinando su cabello.

Eso había sido esa mañana. Ahora era ya de tarde, ya más de las cuatro, y no había hecho realmente nada de provecho; ni de su trabajo como Directora, ni de su trabajo como Oráculo. Seguía dándole vueltas y más vueltas a ese asunto, que ya de por sí era complicado, y la muerte de Bruce y el regreso de Dick no hicieron más que empeorarlo.

Necesitaba tomar una decisión al respecto, y pronto…

– Bárbara, Bárbara. – Escuchó como un murmullo lejano, pero de hecho no era en realidad tan lejano. Sin embargo, su atención parecía totalmente inmersa en la vista de la ventana. –  ¡Hey, Bárbara!

Ese último grito, con considerable más fuerza que los anteriores, hizo que se sobresaltara casi asustada en su silla. Se giró rápidamente sobre su hombro, y a un metro de ella pudo ver a Stephanie, sujetando entre sus manos un grueso bonche de hojas. No se había percatado siquiera de en qué momento había entrado.

La joven había ido esa tarde a la oficina trayendo consigo todo ese optimismo y energía que tanto la caracterizaban, asentados por su blusa blanca con estampado de estrellas, que resaltaba a la perfección su esbelta figura de jovencita.

– Perdón,  Stephanie; estaba distraída. – Se disculpó de inmediato, girando su silla hacia ella. – ¿Me decías algo?

– Que ya terminé de capturar lo que me pediste, y ya imprimí las copias. Aquí están.

Colocó en ese momento todas las hojas que traía consigo sobre su escritorio. Bárbara le echó un vistazo rápido a la pila; a simple vista le parecían que eran más de que las de hecho requería.

– Gracias, Stephanie. – Le agradeció con una amplia sonrisa. – Pero hazme un favor. ¿Puedes llevártelas y darte una vuelta para acá mañana en la tarde y dárselas a Mike?

– Seguro. – Le respondió de inmediato, volviendo a tomar las hojas. Sin embargo, un segundo después pareció razonar un poco mejor la petición que le acababa de hacer. – Espera, ¿acaso tú no vas a venir mañana?

– No, y quizás tampoco el viernes. – Le respondió con notoria sencillez en su tono. – Tengo unos pendientes de los cuales ocuparme, y me tomaré un par de días libres. Ya todos están avisados. Fuera de este último encargo, tú también puedes tomarte esos dos días, pagados por supuesto.

– Cielos, eso sí es increíble. – Murmuró Stephanie, notoriamente sorprendida. – Nunca te había visto tomarte un sólo día libre entre semana desde que estoy aquí.

– Siempre hay una primera vez, supongo.

– ¿Es acaso por lo del Señor Wayne?

Bárbara pareció inquietarse por tal pregunta. Ella sabía en el fondo a qué se refería, pero entre tantas mezclas de ideas que le cruzaban la cabeza, no fue capaz de procesarlo con claridad. Fuera como fuera, Stephanie se alarmó al ver tal reacción.

– ¡Lo siento!, lo siento… Pregunta inapropiada, ¿verdad? Soy una tonta…

– No, no, descuida. Y bueno… En efecto tengo otros asuntos que requiero revisar, pero… En parte, sí; lo que ocurrió me ha afectado más de lo que pensaba. Y una cosa sumada a la otra… Simplemente necesito apartarme de aquí unos días.

– No soy psicóloga, pero creo que será lo mejor. Tim ya se ve mejor en la escuela, pero tú lo conocías de más tiempo, ¿no?

– Yo… Preferiría no hablar más de eso por ahora.

– De acuerdo, sí. Tonta de mí, de nuevo siendo imprudente y metiéndome donde no me importa. – Se dio entonces unos golpecitos en su cabeza con su mano derecha. Echó entonces un vistazo rápido a su reloj de muñeca; ¿qué persona de menos de treinta o cuarenta años usaba un reloj de muñeca en pleno 2013? – ¿Necesitas que haga algo más hoy?

– No, por hoy no. – Le respondió con un tono pesado. – Puedes retirarte.

– Muy bien. – Se apresuró a tomar su mochila del perchero a lado de la puerta de su oficina. – Nos vemos mañana entonces… O más bien el lunes, supongo.

Bárbara aparentemente había dejado de prestarle principal atención a la joven de cabellos rubios. Volvió a mirar sobre su hombro hacia la ventana, y una vez más todos los pensamientos de hace unos minutos le regresaron, como si nunca se hubieran esfumado.

No podía seguir así. ¿No se supone que había sido entrenada para despejar su mente y tener sus emociones bajo control? ¿Había pasado ya demasiado tiempo desde la última vez que fue Batgirl que prácticamente ya se había olvidado de cómo hacerlo?

Esa noche tendría que ponerle manos a la obra a su otro trabajo, y no podía darse el lujo de estar así de distraída también entonces. Necesitaba sacarse eso del pecho lo antes posible, o simplemente podría causarle problemas, a ella o a sus compañeros.

– Stephanie, espera. – Pronunció de golpe con fuerza.

Stephanie se detuvo justo cuando ya tenía un pie fuera de la oficina, y se viró a ella sobre su hombro. Bárbara se volvió a girar hacia ella, y la miró fijamente con severidad a través del cristal de sus anteojos.

– Yo… Pensándolo bien, sí necesito algo más. – Murmuró en voz baja con marcada seriedad. – ¿Puedes cerrar la puerta?

– Está bien…

La joven de cabellos rubios se veía algo desconcertada, sobre todo por el tono que había tomado su voz tan repentinamente. Bárbara en general siempre había tenido un trato un tanto serio y sobrio con ella, pero eso era algo diferente; se sentía casi como si se tratara de otra persona… Con algo de duda hizo justo lo que pidió, y cerró la puerta tras de ella.

– ¿Qué ocurre?

Bárbara movió su silla de rueda, hasta colocarse a un lado de su escritorio.

– Siéntate, por favor.

Esa petición, o casi orden, no hizo más que aumentar la confusión de Stephanie. Avanzó lentamente hasta la silla más cercana a donde Bárbara se había colocado y tomó asiento, colocando los papeles que traía consigo sobre sus piernas.

– No vas a despedirme, ¿o sí? – Soltó de golpe, casi presa del pánico.

– ¿Qué? No, claro que no. – Le respondió Bárbara rápidamente, lo que le quitó un gran peso de encima. Bárbara se quitó en ese momento sus anteojos, y los colocó sobre el escritorio. Pasó ambas manos por su rostro y su cuello, tallándolos como seña de cansancio.  – Sólo necesito hablar con alguien… O más bien simplemente que alguien me escuche. Hay cosas que me han estado molestando, aún antes de lo de Bruce, y he llegado a un punto en el que siento que voy a explotar.



– Eso… suena bastante serio. ¿Segura que soy la adecuada para eso? Digo, puedes decirme lo que sea, con toda confianza. Soy tu asistente, y la confidencialidad es parte de mi trabajo… Sí lo es, ¿verdad?

Bárbara no pudo evitar soltar una pequeña risilla ante tal ingenua pregunta. No se tomó el tiempo en pensar en alguna respuesta coherente a su duda; simplemente se limitó a decir lo que deseaba decir, antes de que se arrepintiera. Juntó sus manos sobre sus piernas, y agachó su mirada, observando de forma pensativa el suelo de linóleo.

– Yo… ¿Recuerdas que cuando sale a relucir el tema del ataque y de cómo terminé inválida, siempre digo cómo esto me hizo más fuerte, cómo me impuse a la adversidad y supe salir adelante sin importar qué?

– Claro que sí, y siempre te he admirado mucho por eso.

“Siempre te he admirado mucho por eso”. ¿Cuántas veces había escuchado a alguien decirle esas palabras? Al menos en Stephanie sí sonaban sinceras, no cómo en otras personas que sentía que las decían más por compromiso que otra cosa. Pero, ¿sentía ella misma que había algo digno de admirarse en su situación? Desde afuera, quizás era fácil decir que lo que había pasado, y cómo había reaccionado a ello, era digno de admiración. Pero, desde su perspectiva, no había nada admirable en hacer todo lo posible por sobrevivir y ser una buena persona a pesar de ello; sería lo mínimo que se esperaría de cualquiera, estuviera en la situación en la que estuviera.

– Sí, por supuesto… Pero lo cierto es que siempre omito la parte fea del cuento, la parte que no es tan positiva como quiero hacerlo sonar. Siempre digo que puedo ser totalmente independiente, pero sólo necesito que el ascensor de este edificio no funcione, una rueda de mi silla se atore en algo, o que un idiota se estacione en el lugar para discapacitados, para que mi día se convierta en un infierno. – Hizo una pequeña pausa. Apoyó su codo contra el descansabrazos de su silla, y su rostro contra su mano. – Yo… En verdad perdí cosas muy importantes para mí luego de lo que me pasó. Y no te estoy hablando de poder alcanzar cosas altas yo sola, bajar o subir escaleras, o de correr por el parque cada mañana… No. Tú no lo sabes, pero yo… Podía hacer cosas antes de esto, podía ayudar a las personas, hacer la diferencia de verdad…

– Pero aún lo haces, Bárbara. – Interrumpió abruptamente, pero ese acto no fue del todo bien recibido.

– No es lo mismo, nunca será lo mismo… La única verdad detrás de todo esto, y la que nunca le he dicho a nadie, o creo incluso pronunciado en voz alta, es que… odio estar en esta silla de ruedas…

Ese último comentario había venido marcado de un profundo y marcado tono de dureza, y también con ciertos rastros de enojo. Sus puños se apretaron un poco, y su mirada parecía estar viendo algo horrible que se arrastraba por el suelo, pero que sólo ella era capaz de ver.

– Lo odio, lo odio con todo mi ser. He pasado nueve años en este estado, y la sola idea de seguir así por el resto de mi vida, me…

Hizo una marcada pausa. Llevó su mano a su boca, y comenzó a respirar lentamente; a Stephanie le pareció que estaba a punto de llorar, justo un instante antes. Una vez que logró recuperar la compostura, se sentó de nuevo derecha en la silla y continuó.

– Pero aun así, aún a pesar de que odio esta condición, o que se supone que debería dar cualquier cosa con tal de volver a caminar… Yo… – Pausó otra vez, haciendo que las palabras dieran varias vueltas en su cabeza, antes de materializarse en su boca. – Tengo miedo… Es la única forma en la que puedo describirlo… Todo este tiempo me he arraigado tanto a esta silla, y la he hecho tan parte de mí, que siento que ella y yo ya somos una sola cosa. Y por eso… por alguna razón… Tengo miedo… Miedo de qué sería si ya no tuviera que estar en ella. Me he esforzado mucho para superarme, para que esto no me detuviera de ser quien quería ser. Si entonces dejara esta silla, ¿qué sería de todo lo que he hecho? ¿Qué sería de mí? Porque la persona que soy ahora, la persona que despertó en el hospital luego del incidente, no es la misma que era antes. ¿Volvería a ser esa otra chica?, ¿seguiría siendo yo? ¿O tal vez… Sería una persona totalmente nueva? ¿Hay lugar acaso para la vieja yo en este mundo…?

– Bárbara… – Interrumpió Stephanie de pronto, y entonces la pelirroja fue consciente de nuevo de su presencia en la oficina, ya que por unos instantes prácticamente se había dejado llevar tanto, que inconscientemente había empezado a sentir que estaba sola. Stephanie la miraba fijamente, totalmente confundida, e incluso algo asustada. – Lo siento pero… No comprendo… ¿Qué me estás tratando de decir? ¿Acaso tú…?

– Tranquila; no te preocupes, ¿sí? – Pronunció apresurada, alzando una mano hacia ella. Rápidamente giró su silla hacia un lado, casi dándole la espalda. Stephanie notó como pasaba sus dedos por sus ojos, quizás intentando limpiar los pequeños rastros de las lágrimas que estuvieron amenazando con brotar. – Esto no fue por nada en especial, enserio. Sólo son ideas que me están cruzando por la cabeza, nada más.

El tono de Bárbara no sonaba nada sincero; era más que evidente para Stephanie de que ocultaba algo detrás de todo eso.

– Gracias por escucharme. Ahora, ve, ve a casa que ya te entretuve bastante.

– ¿Estás segura? Puedo quedarme un poco más si quieres.

– No, estoy bien, tranquila. – Recalcó con firmeza sin voltear a verla. – Y por favor… No le comentes nada a Tim de lo que te acabo de decir, ¿sí? ¿Puede ser nuestro secreto?

– Está bien. – Le respondió susurrando, no muy convencida de ello.

Stephanie se puso de pie una vez más y volvió a caminar hacia la puerta. Una vez que la había abierto de nuevo, volteó a ver a Bárbara sobre su hombro; ésta miraba una vez más por la ventana.

– Nos vemos. – Pronunció sólo lo suficientemente alto para que pudiera escucharla.

– Sí, gracias…

Se quedó unos momentos más parada en su lugar, pero al final se fue, cerrando detrás de sí la puerta con sumo cuidado, casi como si temiera hacerlo muy fuerte y despertar a alguien.

Y una vez más, se había quedado sola en el silencio de esa gran oficina.

Eso había sido bastante imprudente de su parte. ¿Por qué lo había hecho realmente?, era lo que se estaba preguntando justo en ese momento. Aunque, en realidad, ella misma lo había dicho: sólo necesitaba que alguien la escuchara, o poder decir lo que le cruzaba por la cabeza en voz alta. ¿Le había ayudado? Quizás no tanto como esperaba.

Sabía muy bien que no era con Stephanie con quien debía hablar de ello; a pesar de ser una chica tan buena, ella no sabía toda la historia, ni todo lo que había perdido tras ese incidente. Pero ella sabía a la perfección con quien debía de hablar en verdad; esa justa mañana lo sabía, y por eso había casi explotado en el momento.

Debía de intentarlo de nuevo, en un mejor momento, en una mejor situación. Pero, ¿cuándo?

– – – –

La Fábrica de Acero de las Industrias Sionis, en el Distrito Industrial de Gótica, era uno de los tantos negocios que se vinculaban, ya fuera directa o indirectamente, a los negocios de Roman Sionis, alias Máscara Negra. En su mejor época, era la fábrica de acero más importante de la ciudad, y principal exportadora de dicho producto a otras partes del país. Sin embargo, con el paso del tiempo, principalmente debido a los constantes problemas legales en los que se había visto envuelta la familia Sionis, para esos momentos ya era más un edificio abandonado, que si bien seguía siendo propiedad de las Industrias Sionis, ya no producía nada en su interior desde años… O al menos eso creían todos.

Aunque se habían abierto muchas investigaciones al respecto, ninguna había podido dar con algo concluyente. Pero lo cierto era que Máscara Negra había estado usando esa antigua fábrica de su familia en secreto, como el centro principal de su operación de tráfico de drogas desde hace ya algunos años. Incluso había un sótano secreto, en el que se ocultaba un laboratorio de gran tamaño en el que se producían los cargamentos de metanfetaminas.

Esa noche en especial, cuando apenas había pasado una hora desde el anochecer, los alrededores de la fábrica permanecían aparentemente silenciosos y quietos. Sin embargo, entre toda la oscuridad, hombres fuertemente armados con rifles de asalto, granadas y pistola, custodiaban todo el perímetro, permaneciendo alerta por cualquier acto sospechoso. La seguridad en puntos estratégicos como ese se había incrementado desde los últimos ataques perpetrados por la Mafia del Pingüino en su contra; además de que no podían darse el lujo de que algo saliera mal esa misma noche.

En el sótano oculto, justo al mismo tiempo, se acababa de terminar un gran cargamento. En una pequeña línea de producción, se veía como varios hombres y mujeres vistiendo trajes blancos que los cubrían de pies a cabeza, al igual que cubre bocas, introducían bolsas con cristales azules en el interior de ositos de peluche de apariencia inofensiva, y luego otros más se encargaban de arreglarle las costuras, para luego pasárselos a otros más que los empacaban y preparaban para su envío.

Todo debía salir bien; se trataba de un cargamento muy grande e importante después de todo. Todo debía ser empacado, y subido a los camiones esa misma noche; cuatro camiones en total. Y cada uno de ellos iría a diferentes ciudades aledañas, para hacer su respectiva entrega pactada. Era en verdad un negocio muy importante, y ahora menos que antes, Roman Sionis no podía darse el lujo de el Pingüino… o alguien más, se entrometiera…

Y precisamente por eso, así pasó.

Se escuchó de golpe el fuerte estruendo de una gran explosión a un costado de la fábrica, seguido de una inmensa llamarada que incluso aquellos que estaban del otro lado pudieron percibir. Todos los guardias se aproximaron con rapidez a ese punto, empuñando sus armas al instante.

Los hombres en el interior se alarmaron al escuchar las explosiones. De inmediato, obligaron a los trabajadores que subieran las cajas que hubiera a uno de los camiones. Pese a que apenas y superaba la mitad de su capacidad, de inmediato ordenaron que el camión saliera a toda prisa. Abrieron la puerta de la Bodega, y el camión se apresuró. Pero apenas y acababa de salir al exterior, cuando algunos pudieron notar como a lo lejos, algo brillante se acercaba, y ello, acompañado del silbido del aire, les indicó de inmediato lo que era.

Algunos gritaron con alarma, pero ya era tarde. El cohete chocó directo en el centro de la caja del camión, haciéndolo volar en pedazos, con todo y sus cajas de osos de felpa.

El lugar se estaba convirtiendo rápidamente en un verdadero infierno. Sin esperar instrucción alguna, varias de las personas, sobre todo los del laboratorio, comenzaron a huir despavoridos mientras aún les era posible. Algunos de los que se quedaban les gritaban que se detuvieran, e incluso los amenazaban con dispararles si no lo hacían.

No tuvieron mucha oportunidad de prestarles atención a dichas personas, pues en ese momento el sonido de un motor se hacía más y más notorio, hasta que la mayoría logró ver como una motocicleta saltaba sobre la barda exterior de la fábrica como un ave en vuelo. Y antes de que cualquiera pudiera procesar esto, quien quiera que conducía comenzó a dispararles con rapidez hiriendo a cinco de ellos en tan sólo unos segundos. La motocicleta aterrizó en tierra, y el hombre maniobró con destreza para que ésta girara sobre sí misma, y mientras giraba siguió disparando a cuanta cosa se moviera cerca de él.

Red Hood en persona hacía acto de presencia. Vistiendo su casco rojo, su chaqueta café, y armado fuertemente con sus pistolas en sus manos, otras dos enfundados en sus piernas, y el lanzacohetes sujeto a su espalda, y montado sobre una reluciente motocicleta rojo brillante. Además, traía una mochila larga de color negro, colgando de su hombro derecho. Una vez que tuvo el terreno despejado unos momentos, dejó caer los cartuchos de sus pistolas, y rápidamente volvió a colocarles la carga completa a cada una. Guardó unos momentos las pistolas en las fundas de sus costados, y entonces tomó el lanzacohetes en su espalda, y lo colocó sobre su hombro, apuntando por la mirilla de éste hacia una de las largas chimeneas de ventilación de la fábrica. Disparó sin el menor pudor hacia dicha chimenea, y el proyectil de estrelló contra ésta, haciendo que comenzará a derrumbarse hacia un lado.

Los hombres empezaron a correr asustados, intentando salir del alcance de la chimenea que se precipitaba hacia la fábrica, rompiendo el techo y todo en su interior de paso. Al impacto de la chimenea con la fábrica, algo pareció explotar en su interior con fuerza.

Complacido, Red Hood tiró el lanzacohetes, ya sin carga, a un lado, y volvió a desenfundar sus pistolas. Se bajó de la moto, y comenzó andar de manera casual hacia el interior del lugar, o al menos lo que quedaba de él.

– ¡Máscara Negra! – Gritaba con fuerza el enmascarado, mientras avanzaba por todo ese mar de fuego. – ¡¿Estás aquí?! ¡Sal a jugar!

Lo que le respondió fue una serie de disparos, provenientes de los hombres del Mafioso. Rápidamente saltó a un lado, cubriéndose detrás de una pared. Se quedó quieto, con su espalda contra la pared, esperando a que los disparos cesaran aunque fuera un segundo, y ese tiempo le bastaba para asomarse, apuntar justo en la dirección en la que los disparos habían provenido, basándose en el puro sonido, y de sólo un disparo, máximo dos, herir a al menos uno de ellos, y volver a ocultarse tras la pared.

Podría haber seguido haciendo eso por un buen rato más, pero lo aburrió rápidamente. Decidió ponerle un poco más de rapidez al asunto, y entonces introdujo su mano en la mochila que cargaba en su hombro, y sacó de ésta un dispositivo explosivo con detonador. Lo tomó con fuerza, y lo lanzó como si fuera una pelota de baseball al área justa desde donde le estaban disparando. El dispositivo explotó aún antes de tocar el suelo, y toda la pared de ese lado voló en pedazos, y esperaba que también sus atacantes hubieran corrido con la misma suerte.

Con el camino libre, por decirlo de alguna forma, avanzó a toda velocidad, atravesando las llamaradas, hacia la puerta secreta detrás del molde de vaciado de acero, que llevaba al laboratorio subterráneo. Bajó apresurado las escaleras, apuntando al frente con sus armas a cada paso. Al llegar al laboratorio, éste parecía vacío; ya todos habían huido.

– Parece que Sionis no está aquí. – Comentó para sí mismo, guardando de nuevo sus armas una vez que verificó que todo estaba despejado. – Da igual. Me conformaré con no dejarle un laboratorio al cual volver.

Colocó su mochila sobre una de las mesas y la abrió por completo. Del interior sacó varios dispositivos explosivos similares al anterior, pero estos tenían un cronometro integrado. Usando gel adhesivo, comenzó a colocar los explosivos en diferentes puntos del laboratorio, lo más separados uno del otro, para poder abarcar la mayor área posible. Puso sus marcadores en ocho minutos y entonces subió apresurado de regreso por las escaleras.

Cuando ya se encontraba de nuevo en la planta baja de la fábrica, y cuando se disponía a irse de inmediato a dónde había dejado su motocicleta, pudo notar de inmediato como dos siluetas descendían rápidamente desde el techo abierto tras la caída de la chimenea. Sacó rápidamente sus dos pistolas, y apunto hacia arriba listo para disparar. Sin embargo, esa forma de descender le pareció más que familiar rápidamente. Sus sospechas se cumplieron cuando las dos siluetas bajaron hasta tocar el suelo, y lograr pararse con firmeza ante él.

Red Hood sonrió ampliamente por dentro.

– Vaya, vaya. – Comentó con un marcado tono sarcástico. – Pero si es el nuevo y mejorado Dúo Dinámico…

En efecto, se trataba de ni más ni menos que Batman y Red Robin. El primero, usando su nuevo traje negro y gris, con el escudo del murciélago en el pecho, así como otros detalles, de color azul. El otro, con su habitual traje negro y rojo, y empuñando su báculo de combate en sus manos y apuntando al enmascarado ante ellos con él. Ninguno tenía ni cerca una expresión de felicidad en esos momentos.

– Se ven tan adorables ustedes dos; hasta me dan ganas de tomarles una foto. Pero llegan tarde, amigos. Yo ya me encargué de todo por aquí.

– ¿A esto le llamas encargarte? – Señaló Tim con notoria molestia, mirando a su alrededor toda la destrucción.

– Y eso no es nada. Aún falta el plato fuerte.

– Red Hood. – Soltó de pronto Dick en esos momentos, dando un paso al frente. Aunque la Máscara de Red Hood lo ocultaba, lo cierto era que el rostro bajo ésta mostraba un marcado atavismo de sorpresa, por la voz que había escuchado; no era la voz de Dick, sino la de… – Deten ahora mismo esta locura. Has llegado demasiado lejos.

Jason se quedó quieto y en silencio unos momentos. Por dentro, intentaba recordarse a sí mismo que la persona ante él no era Bruce; era Dick disfrazado de él. Por supuesto que así era; con sólo ver su estatura era más que suficiente para darse cuenta.

– Huy, que miedo. – Comentó de pronto, tras recuperar por completo su serenidad. – ¿Se supone que el que hables con su voz me debe de intimidar? No juegues conmigo, ¡nunca serás él!

Alzó con gran rapidez sus dos armas y comenzó a disparar sin miramientos hacia ellos. Batman y Red Robin se lanzaron hacia lados contrarios, esquivando dichos disparos. Dick rodó hacia atrás de unas cajas, y ahí se ocultó. Sabía, o al menos quería creerlo así, que esos disparos eran más apariencia que otra cosa; Jason sabía que sus trajes los protegían de las balas, y tenía la suficiente buena puntería para saber en dónde era seguro disparar. Podría estar enojado y fuera de control, pero en su cabeza aún seguía siendo un héroe, y, quizás, también su amigo.

Los disparos cesaron, pero sólo un par de segundos después, pudo escuchar los veloces pasos de Red Hood aproximándose hacia la caja tras la que se ocultaba. El enmascarado rojo saltó hacia la parte superior de la caja, y luego hacia él, girando su cuerpo en el aire y propinándole una patada con fuerza en la cara, todo en el mismo movimiento.

Dick fue empujado hacia atrás tras el impacto, dando un par de pasos en falso. Todo le dio vueltas por unos instantes, pero intentó recuperarse de inmediato y tomar posición de defensa.

– ¿Y dices que he llegado demasiado lejos? – Comentó Jason, divertido, aproximándose con pasos cautelosos. – Si apenas voy comenzando, ¡la noche es joven!

Se le lanzó encima con fuerza, comenzando a atacarlo con rapidez con sus puños y piernas. El nuevo Batman hacía alarde de su casi innata agilidad para contrarrestarlo y defenderse. Sin embargo, Jason era mucho más agresivo en sus ataques, casi como un perro salvaje. No titubeaba en ningún instante, mientras Dick, aunque en general no lo pareciera, en lo específico varios de sus movimientos eran dudosos y no lo suficientemente rápidos.

Luego de estar jugando de esa forma, un golpe de Red Hood terminó dándole directo en la barbilla. Ni siquiera le dio tiempo de tambalearse cuando una patada giratoria lo impactó justo en el costado derecho de la cabeza, haciéndolo caer al suelo sobre su costado.

– ¡Estás fuera de práctica, Nightwing! – Le gritó con ímpetu el enmascarado rojo, remarcando mucho el tono con el que había pronunciado su antiguo nombre clave. – ¡Es casi ofensivo que intentes retarme con ese nivel!, y aún más que quieras usar el nombre de Batman así.

– ¡¿Por qué no pruebas conmigo?! – Escuchó como gritaba la voz de Tim, y por el rabillo del ojo pudo ver cómo saltaba desde arriba de una pila de caja, abalanzando su báculo en su contra.

Red Hood se movió rápidamente a un lado para esquivar su ataque. Red Robin no perdió tiempo, y apenas su báculo había golpeado el aire, lo giró con rapidez para darle impulso, y volvió arremeter en su contra. Ahora era Red Hood quien se defendía de los constantes ataques del muchacho, que turnaba entre su bastón y sus patadas para intentar acorralarlo. Pero Red Hood no era tan fácil de someter. Rápidamente tomó su báculo con ambas manos y lo jaló sobre él al tiempo que apoyaba su pierna contra su pecho, haciendo que el cuerpo de Tim se moviera sobre su cabeza hacia atrás y cayera de espaldas, quedándose él con el báculo en sus manos.

– No has aprendido nada, chiquillo. – Murmuró Red Hood con arrogancia. – ¿Cómo dejas que el enemigo te quite tu arma?

Tim se giró sobre el suelo, volteándolo a ver de manera fulminante.

– Sólo si el enemigo es lo suficientemente idiota.

Acercó entonces su mano derecha a su guantelete izquierdo, accionando un interruptor. A su acción, el báculo en las manos de Red Hood se cubrió de una fuera descarga eléctrica, que aún con su traje protector parecía afectarlo. Soltó rápidamente el bastón y retrocedió un par de pasos, aturdido. Tim aprovechó ese momento para pararse de inmediato, correr hacia él y propinarle una fuerte patada que lo empujó contra las cajas.

– ¿Ya dormiste lo suficiente? – Comentó Red Robin, mirando de reojo a Batman, al tiempo que tomaba de nuevo su bastón.

Dick también se puso de pie otra vez y se aproximó rápidamente a su lado.

– Veo que tienes trucos nuevos bajo la manga. – Comentó con ligero humor poniéndose una vez más en posición de combate.

– Un par, sí. – Respondió con cierto orgullo. Ambos vieron entonces como Red Hood volvía a incorporarse rápidamente. – Será mejor que terminemos esto rápido, o el sitio entero se nos vendrá encima.

– Muy bien. ¡Hagámoslo!

Ambos se lanzaron al mismo tiempo, atacando a su contrincante juntos. Red Hood recibió los primeros ataques sin poder defenderse, pero rápidamente se las arregló para reaccionar y comenzar a contrarrestarlos como le fue posible; cubriendo sus golpes y respondiéndoles con los suyos. Pero claro, seguían siendo dos contra uno.

El incendio a su alrededor se hacía más intenso, y pedazos de escombros comenzaban a caer a su alrededor.

Dick lo golpeó con fuerza en la máscara, y ésta salió volando de su cabeza por el impacto hacia un lado; debajo fue revelado el cabello negro con mechones blancos de Jason, y su rostro cubierto con un antifaz rojo. Tim siguió con una patada en el torso… Golpe, patada, patada, golpe, y al final terminó boca abajo en el suelo.

Red Robin y Batman se pararon a cada lado de él, alertas por si intentaba algo. Escucharon sorprendidos como comenzaba a reír divertido, y entonces se volteaba para ponerse boca arriba.

– ¿Eso es lo que les enseñó Batman? ¿A pelear sucio? ¿Dos contra uno?

– Nos enseñó a hacer todo lo que fuera necesario. – Arremetió Tim sin lugar a duda.

– Se acabó, Red Hood. – Añadió Dick de la misma forma. – Vendrás con nosotros.

– No, yo creo que no…

En ese momento justo, se escuchó la primera explosión de los dispositivos que había colocado en el laboratorio subterráneo. El suelo comenzó a temblar y a desquebrajarse. Red Hood aprovechó esa distracción para girar en el suelo y barrer los pies de sus dos contrincantes, haciéndolos caer. Se paró de un salto, y entonces alzó su mano, disparando un gancho que se sujetó de la chimenea caída, para luego ser elevado por los aires.

– ¡Hasta luego, Batboys! – Les gritó con fuerza mientras se elevaba y se perdía entre toda la nube de humo.

Apenas comenzaban a levantarse cuando la segundo explosión se escuchó. El suelo comenzaba a hundirse y las paredes a ceder.

– ¡Salgamos de aquí! – Exclamó Batman con fuerza, y de inmediato empezaron a correr con todas sus fuerzas hacia la salida.

Más explosiones comenzaron a escucharse mientras avanzaban. Todo el sitio comenzaba a derrumbarse, y el suelo a hundirse bajo sus pies. Al final, ya con un pie en el exterior, se lanzaron al frente lo más lejos que pudieron, justo antes de que las últimas explosiones detonaran. La fábrica comenzó a contraerse sobre sí misma, convirtiéndose en una pila de piedra y metal. El incendio era ya inmenso, y alumbraba el cielo nocturno con gran intensidad.

El nuevo Dúo Dinámico no pudo hacer nada, más que quedarse sentado en el suelo, viendo las llamaradas alzarse como una gran torre.

Escucharon entonces a sus espaldas el sonido de un motor. Se giraron sobre sus hombros, y pudieron notar a lo lejos la luz de una motocicleta a algunos metros de su posición.

– ¡Espero que den un mejor espectáculo a la próxima! – Les gritó la reconocible e irritante voz de Jason. – Aunque por su bien, más les vale que no haya una próxima.

Sin esperar respuesta, el joven giró su vehículo y comenzó a alejarse a toda velocidad, perdiéndose en la noche.

– ¡Maldición! – Exclamó Tim con fuerza, golpeando el suelo con su puño.

Dick permanecía serio, viendo fijamente la fábrica en ruinas ante él. Aunque se veía tranquilo, en el fondo su estado no era muy diferente al de su compañero.

Bien, está de más decir que esto salió horriblemente mal, ¿o no? – Escucharon de pronto que la voz de Bárbara, o más de Oráculo, pronunciaba en sus comunicadores. – No es momento de lamentarse. La policía y los bomberos ya van en camino. Es hora de irse.

– Entendido. – Respondió Dick de forma seca, y entonces se puso de nuevo de pie. – Te veremos en la Torre, Oráculo. Vamos, Red Robin.

Tim no respondió nada. Simplemente se paró también y ambos se pusieron en marcha, mientras a lo lejos se llegaban a escuchar las sirenas.

FIN DEL CAPITULO 10: Tengo Miedo

Notas del Autor:

¿No sintieron este capítulo un poco raro? Yo sí; es uno de esos capítulos en los que siento que en realidad no pasó mucho, pero aun así terminó siendo algo largo.

Y bien, tranquilos; no quiero que me critiquen porque Jason le haya podido ganar a Dick tan fácil (o algo así). Recuerden que en esta historia, Dick se aparató de esta vida por unos tres años, así que para bien o para mal, anda un poco fuera de práctica. Pero no será así para siempre, descuiden.

¿Qué les ha parecido todo hasta ahora? ¿Les agrada este nuevo mundo y cómo están sus personajes? Bueno aprovecho para responder una pregunta. Alguien me preguntó si Damian Wayne aparecería en esta historia, y la respuesta es sí.  No recuerdo si lo mencioné en las notas del Capítulo 01, pero Damian sí aparecerá, pero no aún. Tendrán que esperar un poco más para verlo entrar en escena. También faltan algunos personajes en aparecer, además de él. Así que estén al pendiente.

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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2 pensamientos en “Batman Family: Legacy – Capitulo 10. Tengo Miedo

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