Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 02. La Cría de Maléfica

30 de enero del 2017

Mi Final Feliz... - Capítulo 02. La Cría de Maléfica


Once Upon a Time / Descendants
Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 02
La Cría de Maléfica

Cuando ya estuvieron realmente cerca del pueblo, el camino pareció ponerse más escabroso e irregular, pues el carruaje que habían alquilado comenzó a agitarse violentamente mientras avanzaba; por lo que la pobre chica en su interior era movida sobre su asiento de un lado a otro. Apenas lograba sentarse derecha y aparentemente estable, cuando el carruaje daba un salto y su cabeza casi chocaba con el techo. Por otro lado, su abuela, sentada justo delante de ella, parecía totalmente tranquila y placida en su asiento. A pesar de los movimientos violentos del carruaje, ella ni siquiera se mutaba, o se le desacomodaba un sólo cabello; era algo admirable, y también extraño…

– Creo que no estás disfrutando mucho el viaje, ¿o sí, querida? – Comentó la elegante mujer de cabello café oscuro, arreglado con un peinado alzado, y ojos astutos, volteándola a ver de reojo. Parecía divertida por las sacudidas que la pobre chica sufría.

– No este tramo. – Respondió con un tono ligeramente calmado, la jovencita de cabellos azules y rizados, mientras se sostenía de las paredes con ambas manos. – ¿Siempre es así o sólo por la lluvia?

– No lo sé. Jamás había estado por estos rumbos de Hendrieth.

– ¿Ah no? Pero yo creí que tú…

El carruaje freno abruptamente, y el delgado cuerpo de la joven fue lanzada ligeramente al frente, y terminó tirada en piso del coche. Unos segundos después, antes de que pudiera terminar de alzarse, la puerta lateral se abrió, y el cochero apareció del otro lado, ofreciendo su mano para ayudar a bajar a su abuela; ésta aceptó sin mucho problema.

– Gracias, buen hombre. – Murmuró con tono educado. Con una mano se sujetaba de la mano del cochero, y con la otra maniobraba su abultado vestido rojo oscuro bajo su abrigo café.

Algo aturdida y mareada, la joven de curiosos cabellos azules bajó tambaleándose por los escalones del carruaje. Creía que al fin se sentiría mucho mejor teniendo sus pies en tierra. Sin embargo, lo primero que sus botas negras tocaron al bajar el último escalón, fue un gran charco lodoso que terminó por ensuciarlas por completo. Se quedó unos momentos de pie en su lugar, como intentando asimilar la situación. Respiró hondo un par de veces, y luego siguió sonriendo, quizás fingiendo que nada había pasado.

Se dirigió a la parte trasera del carruaje para recoger su equipaje, que de hecho únicamente se componía de un gran bolso de viaje, aunque era más pesado de lo que se veía. Lo cargó como pudo con ambas manos, y se acercó hacia su abuela al momento justo que ésta le entregaba dos monedas de oro al cochero como pago.

– Guarde el cambio.

– Gracias, señora. – Comentó el hombre, alzando su boina a forma de reverencia. – Que tengan un buen día, y… – Calló sus palabras unos momentos, y entonces volteó a ver a su alrededor el pueblo en el que se encontraban. – Tengan cuidado.

El tono de advertencia con el que lo dijo desconcertó un poco a la joven de cabellos azules. Sin embargo, entendió casi de inmediato a qué se debía, cuando ella misma alzó su mirada y pudo ver el sitio al que habían llegado.

El camino por el que habían transitado era una hermosura comparado con su destino. Era un sitio realmente rustico, por decirlo alguna forma. No sólo las calles seguían siendo sólo terracería, toda ella hecha charcos y lodo en esos momentos. Había pocas casas, y unos cuantos establecimientos; todos los edificios construidos de madera, todos pequeños y de apariencia descuidada y vieja. Las personas no tenían apariencias más agradables que sus edificios; la mayoría se veían sucios y desalineados, con ropas hechas girones, y algunos se encontraban visiblemente armados. Sintió por un momento el impulso de subirse de nuevo al carruaje, pero éste justamente arrancó en ese momento y se alejó. Parecía que no quedaban muchas otras opciones.

Para cuando se dio cuenta, su abuela comenzó a caminar con mayor normalidad por la calle principal, por lo que rápidamente se apresuró para alcanzarla, cargando consigo el pesado bolso.

– Cielos, qué pueblo tan… Pintoresco, abuela. – Comentó de pronto, intentando sonar lo más genuina posible; la pequeña risilla sarcástica que su abuela soltó justo después, le hizo pensar de inmediato que no había tenido mucho éxito en ello.

– Forma educada de decir que es horrible; puedes decirlo, no te contengas. – Comentó de pronto con un tono burlón. – No es más que un nido de víboras, ratas, ladrones y estafadores. De hecho, me trae recuerdos…

Una extraña y algo aterradora sonrisa se dibujó en sus completamente rojos labios. ¿Cómo un sitio cómo ese podría traerle recuerdos a ella?

Siguieron andando un rato más por la calle en profundo silencio; ella intentaba mantener su gran maleta alzada y separada lo más posible del suelo para que no se manchara. Era evidente que resaltaban bastante del resto de las personas, y por ello estaban llamando demasiado la atención. Todos las volteaban a ver, las señalaban y murmuraban entre ellos. ¿Sería muy prejuicioso de su parte sentir que en cualquier momento alguna de esas personas intentaría asaltarlas?

Quizás exageraba… Quizás no…

– ¿Segura que la persona que buscamos está aquí? – Cuestionó luego de un par de minutos de caminata.

– Qué poca fe me tienes, querida.

Se detuvieron de pronto, y entonces su abuela señaló con la mirada hacia el frente.

– Observa.

No tuvo más remedio que bajar la maleta y dejarla en el suelo pues ya no podía más con ella. Volteó hacia donde su abuela le señalaba. Había un grupo de personas reunidas más adelante, todas amontonadas frente a un punto específico en el camino. ¿Estarían vendiendo algo en especial? Antes de que preguntara algo, su abuela comenzó a caminar hacia dicho grupo, por lo que ella se vio forzada a imitarla, no sin antes volver a tomar la maleta.

Frente a todas las personas, lo que había era una pequeña mesa cerca del suelo, y había alguien sentado en el suelo del otro lado de dicha mesa. Era al parecer una joven, vistiendo un chaleco de piel café, con una capucha del mismo material unida a él que le cubría casi toda la cabeza, y apenas y dejaba a la vista su rostro, sobre todo sus brillantes ojos verdes. Sobre la superficie plana de la mesa, había lo que parecían ser tres mitades de coco, colocadas hacia abajo. Además de los cocos, había dos monedas de bronce, una a lado de la otra.

Había otra persona, de rodillas al otro lado de la mesa y con todo el tumulto de personas a sus espaldas. Era una mujer delgada y de cabello negro, con un chal morado alrededor de sus hombros. Estaba mirando fijamente los cocos frente a ella, algo pensativa. Luego de unos segundos de meditación, alzó su mano derecha y señaló al coco que estaba hasta el extremo derecho. La joven de la capucha tomó el coco y lo alzó, revelando que debajo de éste se escondía una pequeña canica redonda de color blanco y azul.

Al revelarse la canica, la mujer pareció emocionarse de sobremanera. La chica al otro lado aplaudió y algunos más la imitaron.

– Y tenemos una ganadora, felicidades señora. – Exclamó la chica con un tono jovial, y entonces le pasó por la mesa las dos monedas de bronce. – Aquí tiene.

– Gracias.

La mujer tomó las dos monedas y se paró de su lugar.

Fue obvio de inmediato para las dos recién llegadas que se trataba del clásico juego de encontrar la canica. La joven de pelo azul en lo personal nunca lo había visto, pero había leído y oído de él.

– ¿Qué ninguna de estas personas sabe que esto no es más que una estafa? – Le susurró muy despacio a su abuela. – ¿Y por qué estamos viendo esto?

– ¿Por qué no guardas silencio y observas? – Le indicó su acompañante, y volvió a señalar con su mirada al frente. Esto la desconcertó y enojó un poco, pero igual hizo lo que le dijo y miró con atención lo que pasaba.

– ¿Lo ven?, así de sencillo es ganar. – Exclamó la joven sentada ante la mesa a todo el público que la rodeaba. – Pasen, vamos, sin miedo. ¿Qué tal usted, señor? – Señaló entonces a un hombre robusto, alto y fuerte, de cabeza rapada, el cual pareció un poco desconcertado. – Se ve como un hombre afortunado. ¿Gusta intentarlo?

– No, no lo creo. – Señaló el hombre rápidamente, negando con una mano.

– Oh, vamos. Es sólo una moneda de bronce. Es casi nada, ¿no?

El hombre siguió muy renuente, pero las demás personas comenzaron a vitorear en un intento de convencerlo. Dos hombres que lo acompañaban, y de apariencia muy similar a la suya, lo empujaban e incitaban a que no fuera cobarde y aceptara. Al final pareció ceder a la presión.

– Está bien. Sólo un juego.

Algo resignado, se aproximó a la mesa, colocándose cuclillas frente a ella.

– Una moneda de bronce para participar, y si gana se puede llevar dos. – Comentó la joven de capucha, colocando ella misma una moneda sobre la mesa. El hombre rápidamente sacó otra moneda igual de la bolsa que tenía atada al costado de si cinturón y la colocó sobre la mesa a lado de la otra.

La joven alzó los tres cocos, revelando al hombre, y a todos los presentes, que sólo había una canica, y además mostró el interior de los cocos para mostrar que no había nada sospechoso en ellos. Los bajó de nuevo, cubriendo la canica con uno.

– Abra bien los ojos. – Le murmuró, al tiempo que con sus manos comenzaba a cambiar los cocos constantemente de posición. – No pierda de vista la canica…

Los movimientos de la joven no eran precisamente muy rápidos ni variados. Simplemente cambiaba constantemente la posición de un coco por otro que tuviera contiguo, una y otra vez. De hecho, a la larga, se veía bastante repetitivo y casi parecía que siguiera un cierto patrón.

Luego de algunos segundos, dejó de moverlos y apartó sus manos. El hombre sonrió confiado, y entonces, sin dudarlo siquiera, señaló el coco del centro. La joven lo alzó, revelando que en efecto ahí se encontraba la canica azul con blanco.

– Muy bien, muchas felicidades. – Exclamó la joven con entusiasmo, y entonces deslizó las dos monedas de bronce hacia el concursante, quién las tomó rápidamente y las colocó en su bolsa. – ¿Quiere intentarlo de nuevo?

Antes de que el hombre apartara siquiera sus manos de su bolsa, ella colocó otra moneda de bronce sobre la mesa. El hombre la miró un poco dudoso por unos momentos, pero luego pareció notablemente decidido, y colocó también una moneda de bronce en la mesa.

– ¿Por qué no?

Con la apuesta en la mesa, volvió a tomar los cocos con sus manos, y a moverlos, usando el mismo patrón de hace unos momentos. Cuando volvió a parar, el hombre ante ella de nuevo se veía notablemente confiado, y de inmediato señaló el coco del extremo derecho. Una vez más, la canica apareció luego de alzarlo.

– Parece que tenemos a alguien con suerte esta tarde. – Comentó la joven de ojos verdes aplaudiendo, y haciendo que el resto lo hiciera también.

El hombre rápidamente tomó su premio.

– No es precisamente muy buena mezclando los cocos. – Comentó la jovencita de cabellos azules entre el público a la mujer que la acompañaba. – Hasta yo sabía que la canica estaba ahí. ¿No se supone que debería de hacerlo más rápido y con más movimientos al mismo tiempo para confundir?

– Eso se supone, ¿verdad? – Comentó su abuela con notoria normalidad.

Aún no entendía qué era lo que le llamaba tanto la atención de todo eso. ¿Por qué seguían ahí paradas viendo tan absurdo juego? ¿No se suponía que estaban en ese pueblo por algo muy importante?

– ¿Qué dice? – Comentó la joven de capucha. – ¿Le gustaría subir la apuesta a una moneda de plata?

El hombre frente a la mesa rio divertido ante tal comentario, posiblemente tomándolo como una simple broma. Sin embargo, para su sorpresa, la joven colocó sobre la mesa una moneda de plata de su lado, brillante y redonda. La sonrisa del hombre se esfumó casi de inmediato.

Hubo un rato de silencio en el que no pronunció palabra alguna. Sólo veía fijamente, dudoso, la moneda de plata en la mesa. Diez monedas de bronce era una moneda de plata… Acababa de ganar con suma facilidad dos monedad de bronce. ¿Sería posible que pudiera irse con doce así de sencillo?

– ¿Qué pasa? ¿Te da miedo? – Comentó uno de sus amigos entre el público con un tono burlón.

Otros más entre las personas parecieron secundarlo, y eso pareció ser suficiente para incitarlo. Metió su mano en su bolsa, y comenzó a sacar diez monedas de bronce, y las colocó en la mesa a lado de la de la moneda de plata de la joven.

– Bien, adelante.

Una sonrisa complacida se dibujó en los labios de ella.

Una vez más tomó los cocos, y los volvió a mover de la misma forma: no muy rápido, y con movimientos sencillos, uno detrás del otro. Parecía a todas luces que sería una repetición de lo ocurrido las dos veces anteriores, aunque ahora con mucho más dinero de por medio. Los cocos volvieron a detenerse, y justo como antes, el hombre señaló confiado, ahora al del centro.

Sin embargo, para la sorpresa de todos, al levantar el coco, no había nada debajo de éste. La sonrisa del hombre desapareció, y una gran exclamación de sorpresa se escuchó en unísono entre el público.

– Mala suerte. – Comentó la joven encapuchada, alzando el coco de la izquierda y revelando que ahí estaba la canica.

El hombre parecía desconcertado y confundido. ¿Cómo era posible? Estaba seguro de que estaba ahí. Mientras ella recolectaba todas las monedas en la mesa y las vertía en su propia bolsa, él intentaba recordar en su cabeza los movimientos, intentando detectar en qué momento la perdió de vista, pero le era simplemente imposible.

La joven recién llegada también parecía algo confundida. Ella igualmente hubiera jurado que la canica estaba en el centro. ¿Había sido simplemente mala suerte?

– ¿Notaste lo que hizo? – Escuchó de pronto que su abuela le murmuraba en voz baja.

– ¿Eh? – Exclamó confundida. – Ah…. ¡Ah! Sí, claro…

– No mientas.

– No, la verdad no…

Y en verdad, no. Desde su perspectiva, todo había sido igual a las veces anteriores. Si había hecho algún movimiento diferente, en verdad no lo detectó.

– ¿Quiere volver a intentarlo? – Sugirió la joven de ojos verdes, y entonces colocó sobre la mesa una moneda más. – Sólo otra moneda de plata. Ya vio lo sencillo que es. Sólo debe prestar atención, y podría recuperar su dinero.

Quizás un poco inspirado por su propia arrogancia, el hombre volvió a sacar diez monedas de bronce de su bolsa y las colocó con algo de rudeza sobre la mesa.

– Dale.

De nuevo, ella sonrió satisfecha.

– Abra bien los ojos.

Tomó de nuevo los cocos con sus manos, y comenzó a moverlos de la misma forma que antes. El hombre miraba con suma atención cada uno de sus movimientos.

– Enfócate, Evie. – Le susurró la mujer de vestido rojo a la joven de cabello azul. Ésta miraba fijamente también el movimiento de los cocos, intentando detectar qué era lo que quería que viera. – Centra todos tus sentidos en ello. Lo puedes sentir, ¿o no? Es como una comezón en tu nuca, y que baja por tu columna…

Ella no entendía bien a qué se refería, al menos no en un inicio. Sólo veía las manos de la joven moverse, y como los cocos se deslizaban de un lado otro cambiando de posición… una… y otra… y otra vez…

De pronto, fue casi como si de alguna forma fuera capaz de ver el interior de ese coco, aquel que tenía la canica debajo de él. Podía verla rodando y rebotando en su interior contra sus paredes, girando sobre sí misma. Y de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, fuera cubierta con un pequeño rastro de humo verdoso, que la cubría por completo, y un segundo después, la canica desaparecía… Y justo un instante después, el mismo rastro de humo se materializaba en otro de los cocos, y al desaparecer la canica aparecía en su lugar, como si siempre hubiera estado ahí…

La joven se sobresaltó sorprendida, sosteniendo el aliento. Volteó a ver rápidamente a su abuela, y sin pronunciar palabra alguna fue obvio para ella que había captado lo que quería decirle. Ella simplemente sonrió, y siguió mirando con interés el acto que ocurría ante ellas.

– Ésta. – Pronunció decidido el concursante, una vez que los cocos se detuvieron y luego de haber señalado el coco de la derecha.

De nuevo, parecía una decisión obvia para cualquiera. Sin embargo, al levantar el coco seleccionado, de nuevo debajo de éste no había nada.

– Oh, cuanto lo siento. – Murmuro la encapuchada con un tono casi sobreactuado. Alzó el coco de la izquierda, y en efecto ahí se encontraba la canica.

La joven peliazul se sorprendió. Lo que había sentido hace unos momentos había sido real: la canica había cambiado de coco mientras estos eran movidos.

El hombre, por su parte, estaba atónito, pero a la vez muy, muy molesto…

– ¡Eso es imposible! – Exclamó con fuerza, al tiempo que se ponía abruptamente de pie. – ¡Hiciste trampa! ¡Estaba seguro de que estaba en ese!

– A nadie le gusta los malos perdedores. – Resopló la organizadora del juego, recolectando las monedas. – Abra paso a la gente que quiere jugar.

El hombre miró fijamente a la joven con notoria molestia. Por un momento parecía que iba a hacer algo agresivo, pero al final se dio la media vuelta y se alejó caminando. Se reunió de nuevo con sus dos amigos, y los tres se alejaron caminando lado a lado entre el tumulto de gente.

En efecto había sido trampa, pero no una trampa como la que todos ellos pensaban. La joven de cabellos azules estaba sorprendida por lo que acababa de ocurrir. ¿Entonces era ella? ¿Ella era quien…?

– ¿Y bien? ¿Quién sigue? – Vociferó la joven de ojos verdes con entusiasmo. – ¿Quién quiere probar su suerte esta vez?

Entre las personas parecía haber surgido algo de duda tras lo que acababan de ver: un hombre que había ganado dos monedas de bronce, a cambio de haber pedido veinte. Ninguno parecía muy seguro de querer arriesgarse y repetir su suerte.

Sin embargo, de pronto, la mujer de apariencia galante y abultado vestido rojo, dio un paso al frente.

– ¿Qué tal yo? – Comentó con gran dominio y postura.

La ojos verdes la volteó a ver fijamente de arriba abajo; su apariencia le parecía tan fuera de tono, como le parecía al resto de los presentes. Sin embargo, intentó disimularlo y seguir sonriendo con confianza.

 – Adelante, señora. De todas formas es un juego de bajo impacto.

La mujer sonrió de manera casi falsa. Se acercó a la mesa y se colocó de rodillas en suelo, sin importarle manchar su hermoso vestido. Metió entonces su mano derecha en la abultada manga de su brazo izquierdo, buscando en su bolso interior una moneda redonda y plateada.

– Una moneda de plata basta, ¿cierto?

– ¿Por qué no? – Le respondió la encapuchada, encogiéndose de hombros.

Ambas colocaron su respectiva moneda de plata en la mesa, y el juego comenzó.

Los cocos se deslizaron sobre la mesa de manera constante. Una vez más, seguir su movimiento era notablemente sencillo. El coco con la canica se movía hacia la izquierda, al centro a la izquierda otra vez… Centro, derecha, izquierda, centro, izquierda, centro, derecha… Y entonces ahí estuvo el cambio; fue tan claro para la mujer de rojo como el agua. La canica pasó abruptamente de la derecha al centro, y ahí se quedó.

La joven detuvo los cocos, y aguardó su respuesta. La mujer, sin embargo, señaló sin preocupación a la que hubiera sido la respuesta obvia para cualquier persona que estuviera viendo ello: señaló el coco de la derecha, el cual, en efecto, estaba vacío en cuando lo alzaron.

La ojos verdes, triunfante, reclamó ambas monedas de plata para sí.

– Parece que no es mi día de suerte. – Comentó con notoria tranquilidad la mujer de rojo, encogiéndose de hombros.

– ¿Por qué no lo intenta de nuevo? Quizás tenga mejor surte una segunda vez.

– ¿Enserio lo crees? – Sonrió divertida, y entonces introdujo de nuevo su mano en su manga. – Pues ya que lo dices de esa forma, entonces quizás deba subir mi apuesta… a una moneda de oro.

Antes de que cualquiera de los presentes terminara de comprender sus palabras, incluida la propia organizadora del juego, la mujer de rojo colocó sobre la mesa una reluciente y brillante, casi nueva, moneda dorada.

Todos parecieron estupefactos al ver esto, y comenzaron a comentar entre ellos. Incluso la joven de la capucha veía fijamente la moneda en la mesa, como si fuera la primera vez que veía una. No era el caso, aunque sí era muy cercano a ello.

– ¿Una moneda de oro? – Murmuró dudosa. – ¿Segura, señora?

– Dijiste que podría tener mejor suerte una segunda vez, ¿no?

Una moneda de oro, equivalente a diez monedas de plata. Podría ganar lo de diez juegos, o más, en sólo uno. Esa era su idea de un día perfecto. Sonrió confiada, y entonces introdujo su mano en su propia bolsa de monedas.

– Me agrada su actitud positiva. – Sacó un puñado de monedas, y las contó, para sacar diez monedas de plata exactas, y colocarlas apiladas en la mesa. – Bien, diez monedas de plata, o una moneda de oro.

La mujer asintió con su cabeza, aparentemente complacida. Sin espera, la joven tomó de nuevo los cocos, y comenzó a moverlos; ahora se lograba percibir un poco más de velocidad en sus movimientos, mas tampoco era tanta. Una vez más el coco de la canica cambió constante de posición: derecha, centro, izquierda, centro, derecha, centro, derecha, centro, derecha, centro, izquierda… Y entonces el cambió. La canica cambió de la izquierda hasta el extremo contrario, al coco de la derecha.

Juego seguro; una reluciente moneda de oro se veía con claridad en su futuro. Como era de esperarse, la mujer delante de ella señaló al coco de la izquierda; sonreía gustosa por dentro. Tomó el coco de la izquierda, y lo alzó para revelar… Que la canica se encontraba justo ahí… Su sonrisa, tanto interna como externa, se desvaneció de golpe.

Un gran aullido de asombro se escuchó entre las personas, y algunas comenzaron a aplaudir con entusiasmo.

– Oh, ¿quién lo diría? Parece que gane. – Señaló la mujer de rojo, casi con indiferencia, y entonces con una mano tomo tanto su moneda de oro como las diez de plata.

La ojos verdes la miraba de reojo, aun sin poder salir de su asombro. Levantó el coco de la derecha, y el del centro, pero ambos estaban vacíos. Cuando esa mujer se puso de pie y caminó de regreso ante el público, ella la miraba fijamente, totalmente extrañada.

Eso no tenía sentido. ¿Cómo es que eso había ocurrido? Al menos que… La única forma era que…

Al parecer motivado por la más reciente victoria, un hombre flacucho y alargado, se acercó a la mesa y se colocó de rodillas frente a ella.

– Bien, ahora yo. – Comentó mientras frotaba sus manos entre sí.

Sin embargo, antes de que pudiera proponerse sacar aunque fuera una moneda de bronce, la joven de la capucha tomó rápidamente los cocos, la canica, e incluso la pequeña mesa, y guardó todo en su bolsa de viaje que traía consigo.



– Lo siento, se acabó el juego por hoy.

– Pero…

– ¡Que se acabó!

Rápidamente tomó sus cosas, y se comenzó a alejar apresurada de ese sitio, antes de que cualquiera la cuestionara. Miró sobre su hombro, esperando poder ver a esa extraña mujer entre las personas; sin embargo, no había rastro alguno de ella, como si se hubiera esfumado por completo.

– – – –

Comenzó a andar con rapidez por la calle principal, abriéndose paso entre las personas, mientras miraba constantemente sobre su hombro. ¿Por qué se sentía así exactamente? No había forma de que lo que estaba pensando fuera cierto. Pero si no era así, ¿qué otra explicación había para lo que acababa de ocurrir? ¿Ella se había equivocado? No, ese truco ya lo había usado y perfeccionado cientos de veces. Ella no se equivocó. La canica cambió de lugar, de eso estaba segura. ¿Pero cómo regresó entonces al lugar original otra vez?

Nadie la estaba siguiendo, al menos a simple vista, pero aun así sentía el incontrolable impulso de alejarse lo más posible de ese sitio. Se metió rápidamente en un angosto callejón entre dos edificios, para acortar camino a su destino. Se hizo su capucha de piel hacia atrás, revelando sus cabellos morados y brillantes, corto hasta los hombros. Miró un par de veces hacia atrás, y no vio a nadie; buena señal. Sin embargo, al virarse de nuevo al frente luego de la segunda vez, justo al final del callejón, se encontró de frente precisamente con esa misma persona: la mujer de abultado vestido rojo y labios totalmente rojos y brillantes.

Se detuvo abruptamente ante tal repentina aparición, tanto que casi cayó al suelo. Pudo notar entonces que la mujer no iba sola, sino acompañada de una joven delgada, un poco más baja que ella, de cabellos azules rizados, que usaba un vestido azul oscuro, mallas negras y botas, y que cargaba un gran bolso de equipaje con sus dos manos.

– Hola de nuevo, pequeña Lilith. – Saludó la mujer de rojo. – Te fuiste tan rápido que ya no pudimos conversar tranquilamente.

– ¿Lily qué? – Exclamó la ojos verdes, extrañada. – Se confundió, anciana. Ese no es mi nombre.

Se dispuso entonces a sacarle rápidamente la vuelta.

– No tengo idea de cómo te hagas llamar en estos momentos. – Comentó la mujer justo cuando estaba pasando a su lado. – Pero Lilith es el nombre que quería ponerte tu madre, después de todo… Según tengo entendido.

Su andar se detuvo de nuevo de forma abrupta. Sus ojos se abrieron de par en par, y lentamente se fue girando hacia ella, estupefacta.

– ¿Mi madre? ¿De qué está hablando? ¿Qué sabe usted de mi madre?

La mujer de rojo sonrió ampliamente, y entonces acercó su mano derecha a ella, tomándose la liberta de tomarla del rostro para poder verlo mejor.

– Te puedo decir que eres su viva imagen.

Rápidamente apartó su mano de ella con un manotazo y se alejó lo más posible, aunque su espalda terminó contra la pared del estrecho callejón.

– ¿Quién son ustedes?

– Es verdad, no nos hemos presentado. – Comentó la joven de cabellos azules, y entonces se le aproximó, extendiendo su mano derecha hacia ella, mientras con la izquierda seguía sujetando el bolso. – Hola. Soy Evie,  Princesa Evie, de hecho…

– ¿Sí?, no me interesa.

– Pero tú preguntaste…

– Pero apuesto a que sí te interesaría saber más sobre tu madre, ¿o no? – Intervino en ese momento la mujer de rojo. – Y quizás comer algo caliente servido en un plato, para variar.

La ojos verdes miró a cada una de manera consecutiva un par de veces, sin pronunciar palabra alguna por un par de segundos. Luego, tomó de nuevo la capucha de su chaqueta, y se la colocó sobre la cabeza para cubrirse el cabello.

– No necesito de una madre para saber que no debo confiar en extraños que me ofrecen comida. Y ustedes dos son las más extrañas que he visto hoy. Hasta nunca.

De inmediato se giró hacia la salida del callejón, y comenzó a caminar apresurada en esa dirección. La joven peliazul la siguió con su mirada, tentada a intentar detenerla o seguirla, pero su abuela puso rápidamente su mano en su hombro, indicándole con la mirada que no hiciera ninguna de las dos cosas.

– Cómo quieras. – Pronunció la mujer de rojo, con fuerza para que la escuchara. – Estaremos en la taberna del Sombrero Bailarín. Puedes unírtenos si cambias de opinión.

Y entonces le indicó con su cabeza a su nieta que la siguiera, y ambas comenzaron a dirigirse a la salida contraria del callejón. La peliazul miró unos momentos sobre su hombro hacia donde esa otra chica se había ido, pero ya no había ni rastro de ella; ni siquiera estaba muy segura de que la hubiera oído siquiera.

– – – –

Tal y como su abuela había dicho, ambas se dirigieron a la taberna del Sombrero Bailarín. Era un nombre curioso y gracioso, aunque el sitio no tenía nada de curioso o gracioso en realidad. La taberna era oscura, sucia, ruidosa, llena de olores, la mayoría indescifrables, y llena de más personas de la misma apariencia que las de afuera, que en su mayoría sólo bebían y gritaban sin el menor pudor. Desde que pusieron un pie en ese sitio, sintió el enorme impulso de darse media vuelta y salir. Sin embargo, una vez más, su abuela avanzó sin el menor rastro de duda o miedo, y se sentó en la primera mesa vacía que encontró. Resignada, no tuvo más remedio que seguirla y sentarse a su lado.

Una mesera, de gran tamaño y cuerpo robusto, se les acercó y se paró a su lado. Su repentina presencia la tomó por sorpresa, y casi dio un salto de su silla al verla.

– ¿Qué les sirvo? – Les preguntó con un tono áspero, y con una expresión no muy amistosa.

La joven de cabellos azules echó un vistazo a su alrededor, intentando ver qué estaban comiendo exactamente las demás personas en ese sitio, y… La verdad era que ninguno de esos platos le parecía ni remotamente apetitoso.

– ¿No tiene algo con no tanta carne… o grasa…? – Murmuró con un tono reservado, sonriendo ampliamente, aunque la mesera no le regresó la misma sonrisa; ni siquiera un sólo musculo de su rostro se movió. – Supongo que no… Creo que quiero sólo agua.

– A mí tráeme sólo un muslo de pollo, y un tarro del alcohol más decente que tengas guardado por ahí. – Comentó su abuela inmediatamente después.

– ¿Crees poder manejarlo, abuela? – Le respondió la mesera entre incrédula y asertiva.

La mujer de rojo rio ligeramente y entonces introdujo su mano dentro de su manga y sacó de ésta una reluciente moneda de plata; quizás una de las que acababa de ganar allá afuera.

– Sé manejar muy bien muchas cosas. – Le respondió con firmeza, arrojándole la moneda, misma que la mesera atrapó velozmente con ambas manos. – Ahora tráenos lo que pedimos.

La malhumorada mesera se alejó caminando hacia la cocina, dejándolas solas.

– ¿Crees que eso haya salido bien? – Cuestionó la peliazul, a lo que su abuela respondió con un resoplido.

– No creo que te guste el “agua” te traerán.

– No, hablaba de la chica. – Aclaró casi de inmediato, aunque abruptamente pareció terminar de procesar lo que su abuela le acababa de decir. – ¿Qué pasa con el agua?

– Ah, eso salió tan bien como esperaba que pudiera salir. – Le respondió divertida, ignorando por completo su última pregunta.

¿Y eso qué significaba exactamente? No parecía estar dispuesta a dar mayor explicación.

Notó entonces como su abuela sonreía levemente, mientras miraba con mucha atención a su alrededor. Posaba sus ojos en las personas de una mesa, analizando a cada una: sus rostros, sus ropas, incluso lo que comían o bebían. Luego pasaba a la siguiente, y así sucesivamente. Miraba también a las cuatro meseras que ahí trabajaban, yendo de un lado a otro, atendiendo las mesas, suportando sus gritos y majaderías, e incluso sus insinuaciones.

Realmente no parecía un sitio agradable para estar largo rato. Sin embargo, ella no se veía ni remotamente intimidada por tal escena.

– Yo solía trabajar en un sitio así, ¿sabes? – Mencionó de pronto, sorprendiendo enormemente a su joven acompañante.

– ¿De verdad?

Ella simplemente asintió con su cabeza, y siguió admirando con interés a las personas a su alrededor.

– No siempre fui la mujer que ves ahora. En realidad, nací como la simple hija de un molinero… Un ebrio, holgazán y estúpido molinero. Trabajaba de mesera en una taberna, muy parecida a ésta, para ganar algo de dinero adicional. Cada noche servía bebidas y comida a ebrios, holgazanes y estúpidos iguales a mi padre, a cambio de unas cuentas monedas. Pero jamás me conforme, jamás agaché la vista, y jamás me dije a mí misma que eso era lo único que podía lograr. Siempre miré hacia lo alto, en vista de hacer de mi vida lo que merecía ser. Y eso era lo mismo que quería para tu madre.

Soltó un pequeño suspiro cansado, que ocultaba también una cierta sensación de molestia.

– Pero al final, jamás fue capaz de hacer a un lado sus sentimientos y su corazón, y siempre permitió que estos la dominaran y guiaran sus decisiones.

– Mi madre es una gran persona.

– Claro que lo es, querida. Pero no es la mejor persona que podría haber sido. Si tan sólo me hubiera hecho caso, y se hubiera olvidado de ese estúpido chico de una vez por todas, y de esa Blanca Nieves… Las cosas hubieran sido tan distintas… Y aquí estoy yo ahora, como siempre, dispuesta a limpiar sus destrozos.

– ¿Ese chico? – Murmuró la Peliazul, extrañada por dicha mención. – ¿Cuál chico?

La mujer volteó a verla y le sonrió ampliamente. Acercó entonces su mano enguantada a su rostro, pasando sus dedos lentamente por sus mejillas, con un toque casi maternal. Aunque lo cierto era que ese sencillo acto le causaba cierta incomodidad, por no decir que la hacía sentir intimidada…

– Pero tú no eres como ella, Evie. – Prosiguió. – Tú eres como yo. Tú sabes que no sólo mereces más de la vida… Lo mereces todo. Y yo me encargaré de que lo tengas. ¿De acuerdo?

Ella sonrió ampliamente y entonces asintió con su cabeza.

Retiró entonces su mano de su rostro, y se giró de nuevo al frente, en el momento justo en el que la puerta principal del establecimiento se abría, y un nuevo cliente entraba a la taberna. Pero no era un cliente cualquiera. En cuanto vio a esa persona entrar, la mujer de rojo sonrió con gran satisfacción.

– Mira qué trajo el Dragón.

Para su sorpresa, era ni más ni menos que la joven del juego de los cocos, con su capucha de piel puesta, y su bolso de viaje colgando de su espalda. Estaban prácticamente en la mesa frente a la puerta, por lo que las vio de inmediato recién acababa de entrar. Notaron como suspiraba resignada y avanzaba hacia ellas sin mucho apuro.

– Sólo vine por la comida que me ofreció. – Comentó de mala gana, sentándose en una silla delante de ellas.

– Por supuesto.

Colocó su bolso en el suelo a su lado, e hizo su capucha hacia atrás para dejar al descubierto sus cabellos morados. La joven de cabello azul estaba sorprendida de que en verdad hubiera ido después de todo.

En ese momento justo, la mesera se les acercó, colocando frente a su abuela un plato con un pequeño muslo de pollo, y un tarro de un líquido oscuro. Luego, colocó frene a ella un tarro de arcilla, que contenía… Algo que posiblemente tenían la intención de hacer pasar por agua, pero que parecía oscuro, café, casi como lodo muy líquido. Tomó el tarro con algo de duda y lo acercó a su rostro, más lo alejó de inmediato apenas logró a percibir su aroma.

– Eso no es agua. – Señaló de inmediato.

– Es el agua más fresca que encontraras por aquí. – Contestó la mesera con el mismo tono áspero.

– Y en eso tiene razón. – Comentó la recién llegada, tomándose la libertad de tomar el tarro y empinárselo todo de un sólo largo trago, incluso soltando un último quejido de satisfacción al final.

– Puedes pedir lo que quieras, cariño. – Comentó la mujer de rojo de pronto.

– ¿Ah sí? Hey. – Chasqueó entonces lo dedos para llamar la atención de la mesera. – Tráeme el muslo de cerdo más grande y jugoso que tengas. Y no escatimes con la salsa, ¿de acuerdo, amiga?

Le guiñó un ojo justo al terminar su orden, para rematar. La mesera no se veía nada complacida con esa actitud. Sin decir nada, más que un pequeño gruñido, se dio media vuelta y se fue caminando.

– ¿Muslo de cerdo con salsa? – Señaló la peliazul, casi espantada. – Deberías cuidar más tu figura.

– Tal vez tú debas de cuidarla menos, flacucha.

Pareció casi alarmada por tal comentario, y de inmediato se tocó sus mejillas y su torso, como intentando revisar que todo estuviera bien.

– ¿Y bien? – Soltó la ojos verdes sin rodeos. – Ya enserio, ¿quiénes son ustedes?

– Cómo te lo dije antes, me llamo Evie, Princesa Evie…

– ¿Princesa de qué?

Abrió en ese momento su boca para responder algo, pero en realidad nada salió de sus labios como respuesta.

– Yo soy Cora. – Respondió la mujer de rojo de inmediato. – Y puedes considerarnos como tus amigas.

– ¿Enserio? Porque jamás las había visto en mi vida. – Comentó la joven pelimorada de manera cortante. – Dijiste que sabías algo sobre mi madre. ¿Era cierto o sólo me estabas molestando?

– Te interesa mucho saber al respecto, ¿cierto?

Bufó con fuerza en ese momento de manera sarcástica.

– He vivido toda mi vida sin saber absolutamente nada de ella. Lo único que sé es que un día aparecí tirada a la mitad de un bosque, y de alguna forma sigo aquí, convida. ¿Qué si me interesa mucho saber al respecto? Por supuesto que sí. Pero si me está intentando engañar, le juro…

– Calma tu ira y mantén tu porte, ¿quieres? – Le interrumpió Cora, alzando su mano hacia ella para indicarle que parara.

– Sí, porte ante todo. – Secundó Evie, sentándose firme en su silla.

– Yo tengo bastante porte.

Unos segundos después, la mesera se acercó con un palto en la mano, literalmente dejándolo caer frente a ella. El plato consistía en efecto de una gran pierna de cerdo con una salsa café encima, acompañada de algunas papas. Sin siquiera tomarse el tiempo de retirarse sus guantes sin dedos, tomó el muslo con ambas manos y le dio una fuerte mordida, comenzando a masticar de forma ruidosa, y soltando diversos sonidos de gusto ante el aparente delicioso sabor de la carne; Evie pareció casi espantada ante tal demostración de falta de modales en la mesa.

– Primero dime, ¿cómo te haces llamar en estos momentos, querida? – Escuchó como la mujer de rojo comentaba, al tiempo que ella sí se quitaba sus largos guantes negros.

Ella la volteó de reojo mientras comía, casi indiferente ante la pregunta.

– Me dicen Mal…

Tanto Evie como Cora, parecieron sorprenderse de tal respuesta.

– ¿Mal? Muy apropiado. – Señaló Cora, algo divertida. – Por lo que acabas de decir hace un minuto, es seguro decir que jamás has tenido nada parecido a un padre o a una madre. Así que tengo curiosidad, ¿de dónde viene ese nombre?

La chica presentada como Mal, giró sus ojos con algo de fastidio, y siguió comiendo su pierna de cerdo.

– ¿Si se lo digo dejará de hacerse la interesante y me dirá de una vez lo que supone que sabe de mi madre o no?

– Me parece un trato justo.

Siguió comiendo un rato más sin pronunciar palabra alguna. Cuando ya había devorado cerca de la mitad de su comida, soltó el resto en el plato, e incluso se chupó los dedos, limpiándolos de cualquier rastro que hubiera en ellos.

– Pues, no lo sé. – Comenzó a contar. – Así me llamaban en el pueblo en el que crecí, o algo parecido. Eso decían los adultos cuando les decían a sus niños que no se acercarán o jugarán conmigo. “¡Aléjate de Mal!”, decían. “¡No te acerques a Mal!” Jamás supe a qué venía exactamente, pero en aquel entonces supuse que ese debía de ser mi nombre. Así que… – Se encogió de hombros con apatía. – Así me he llamado toda mi vida…

– Oh, eso es muy triste… – Exclamó Evie, notoriamente conmovida por esa corta historia. Intentó extender su mano hacia ella para tomar la suya, pero Mal la apartó rápidamente antes de eso.

– Sí, sí, muy triste. Cómo sea, les toca hablar. ¿Y bien?

Cora tuvo una reacción muy distinta a su nieta al escuchar tal historia. No parecía conmovida, sino más bien interesada. Tomó su tarro, y dio un ligero trago de su contenido. Mal la miraba fijamente, expectante de qué rayos iba a ser lo que diría, y parecía que apropósito se tomaba su tiempo para torturarla.

– Dime, querida. – Comentó al fin, colocando de nuevo su tarro en la mesa. – ¿Has oído hablar sobre… Maléfica?

Pronunciar ese sólo nombre siempre tenía un efecto más que notable en el entorno, sobre todo en Hendrieth. Nadie las había escuchado, pero aun así parecía como si el aire se hubiera puesto denso y pesado. Mal, por su parte, parecía más que nada confundida por la repentina pregunta.

– ¿Maléfica? Sí, claro. ¿Quién no? Bruja enormemente poderosa, dragón colosalmente aterrador, muerta hace veinte años durante la Guerra por la Espada del Príncipe, ahora Rey Phillip, bendecida con la magia de la antigua Hada Azul, bla bla bla… ¿Por qué?

– ¿Y si te dijera que el que te hagas llamar a ti misma “Mal” es más que una graciosa coincidencia?

Mal arqueó su ceja derecha con intriga.

– ¿Coincidencia? ¿De qué demonios está hablando?

– Déjame contarte una historia. Hace veinte años, antes de que la Guerra entrara en su recta final, por así decirlo, Maléfica puso un huevo…

– ¿Un huevo? – Interrumpió la ojos verdes, extrañada.

– Sí, un huevo, no me interrumpas. – Se aclaró su garganta un poco, y entonces prosiguió. – Era su primera y única cría. Temerosa de qué podrían hacer sus enemigos si se enteraran de ello, ocultó el huevo en un lugar secreto para mantenerlo a salvo y seguro de cualquier mal… o bien, en este caso. Con lo que tal vez no contaba era con el hecho de que ella misma no podría regresar otra vez ahí. Cómo bien has dicho, la historia dice que Maléfica sucumbió en el campo de batalla por la Espada del ahora Rey Phillip, y es lo último que se supo de ella. Pocas personas, sólo las más allegadas, supieron de la existencia de dicho huevo, pero ninguna sabía exactamente en dónde lo había ocultado. Lo que incluso menos supieron, es que dejó su propio fuego, ardiendo cerca del huevo, manteniéndolo caliente, como si de su cálido regazo se tratara. El ser dentro del caparazón se terminó de formar, y dio vida a una hermosa y linda jovencita, a la que Maléfica quería llamar con el nombre de… Lilith.

Mal había escuchado todo ese relato con interés, pero a su vez no el suficiente, ya que no entendía qué rayos tenía que ver todo eso con el tema que se suponía estaban hablando. Pero entonces, esa última parte, esa última frase, y más específica esa última palabra, pareció caerle encima como una gran roca. ¿Lilith? Ese nombre… Así es como ella la acababa de llamar hace un rato allá afuera… ¿Acaso…? ¿Acaso lo que trataba de…?

– ¿Qué? – Exclamó incrédula. – ¿Está diciendo…? ¿Acaso está hablando de mí? – Soltó entonces una aguda risa burlona. – ¿Yo? ¿Hija de Maléfica? ¿Está demente? ¿Qué está bebiendo, anciana?

– Es verdad, enserio. – Intervino Evie de inmediato, inclinándose hacia ella. – No estaríamos aquí si no estuviéramos seguras… – Guardó silencio unos momentos, y entones se viró de reojo a su abuela. –  Sí lo estamos, ¿verdad?

– Sí, lo estamos.

– Lo estamos.

¿Todo eso era enserio? ¿O era algún tipo de broma pesada? ¿O ambas eran un par de locas sueltas? Mal no sabía ni qué creer.

– Tú eres la cría de Maléfica, la pequeña que salió de ese huevo hace ya casi veinte años. – Prosiguió Cora. – Tú llevas en tu interior uno de los poderes oscuros más increíbles que ha visto este mundo. Tú eres Lilith, hija de Maléfica… O puedes llamarte Mal, Hija de Maléfica. Repetitivo, pero da lo mismo.

– Ajá. – Exclamó la joven de cabellos morados. – Así que nací de un huevo, y soy hija de una de las villanas más temidas que han tenido los Siete Reinos. Sí, cómo no. – Se puso en ese momento de pie rápidamente. – Gracias por la comida, pero creo que ambas están un poco… Cu-cú

Antes de irse, tomó lo que quedaba de la pierna de cerdo, su bolso, y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Estaba más que decidida a irse de inmediato de ese lugar, y quizás del pueblo si era preciso, sin ninguna escala. De pronto, sin embargo, la voz de Cora a sus espaldas la hizo detenerse cuando apenas acababa de dar un par de pasos.

– Tienes una marca de nacimiento en forma de estrella en tu muñeca derecha, ¿no es así? – Comentó la mujer de rojo de golpe. – De tu cuello traes colgando lo que crees que es un pedazo de madera, que no sabes con exactitud qué es de hecho. Pero siempre lo has traído contigo desde que tienes memoria, y no sabes porqué pero tienes el deseo irracional de tenerlo. ¿Ocupas que te diga lo que es?

Mal llevó por mero reflejó su mano hacia su sencillo colgante, tomando con algo de fuerza el pedazo de madera petrificada de forma hexagonal. También echó un vistazo de reojo a su muñeca derecha. Su manga y guante la cubrían por completo, pero no necesitaba verlo directamente; ella sabía que estaba ahí. La pregunta era, ¿cómo esa mujer lo sabía?

Cora se paró de su silla y rodeó la mesa, acercándosele hasta pararse a su lado. Mal ni siquiera se atrevía a voltear a verla.

– La marca de la estrella es hereditaria;  tu madre también la tenía. – Le explicó en voz baja. – Eso que traes en el cuello no es madera. Es de hecho un pedazo del huevo del que saliste. Te sientes atraída a él, porque aún tiene un ligero rastro de la magia de tu madre, que sólo tú puedes percibir, y por ello te hace sentir segura el tenerlo contigo. Y lo más importante, ¿de dónde crees que obtuviste esa magia que usas para estafar a estas personas?

Mal se sobresaltó sorprendida, volteando a verla rápidamente, casi asustada.

– ¿Crees que no nos dimos cuenta de lo que hacías allá? Usabas magia para engañar a esos pobres diablos, confiados, ya que, hasta dónde ellos saben, ya no existen Magos Negros en este mundo. Pero están equivocados, ¿no? – Mal guardó silencio, incapaz de negarlo. – Déjame decirte algo. No cualquiera nace con poderes así sin haber entrenado y estudiado, querida. Tienes un don innato, y enorme potencial para desarrollarlo. Pero no podrás hacerlo como es debido, sino tienes a tu lado a alguien que te enseñe cómo hacerlo.

– ¿Y usted conoce a alguien acaso? – Soltó de golpe sin siquiera proponérselo.

– Te sorprenderías, querida…

Todo tuvo sentido para Mal en esos momentos. Así es como había ocurrido lo de la canica. Lo había llegado sospechar, pero era tan imposible que rápidamente intentó descartarlo. Pero ahora era casi seguro: esa mujer… era un Mago Negro. Ella también tenía magia…

Reanudó su marcha de nuevo, y salió apresurada de la taberna, casi azotando la puerta detrás de sí. Cora no hizo intento alguno de detenerla; sólo se quedó de pie en su lugar, admirando como se iba.

Evie se le acercó por detrás luego de un rato, viendo sin motivo aparente la puerta por la que había salido.

– ¿Y eso crees que haya salido bien?

– De nuevo, querida, salió tan bien como esperaba que pudiera salir…

Y de nuevo, ¿eso qué significaba?

FIN DEL CAPÍTULO 02

Notas del Autor:

Cora está basada íntegramente en su respectivo personaje de Once Upon a Time. Todo en ella se ha mantenido prácticamente igual a cómo se le conoció en dicha serie.

Evie y Mal igualmente en lo que respecta a sus apariencias físicas y en sus personalidades, están basadas por completo en sus respectivos personajes de Descendientes. Sólo hay marcadas diferencias en sus historias y en su ambiente, pero las ideas generales siguen iguales.

Lilith o Lily es el nombre que tiene un personaje de Once Upon a Time que es también hija de Maléfica en dicha serie. Dicho nombre, así como la historia del huevo y la marca en forma de estrella que se menciona en este capítulo, están basados en este personaje. Sin embargo, por todo lo demás, Mal sigue siendo íntegramente el personaje que conocimos en Descendientes. Únicamente quise agregarle esos pequeños detalles para relacionarla con este otro personaje, casi como un guiño.

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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2 pensamientos en “Mi Final Feliz… – Capítulo 02. La Cría de Maléfica

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