Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 17. Más Fuerte que Dios

27 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 17. Más Fuerte que Dios


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 17
Más Fuerte que Dios

Nagasaki, Japón
01 de Agosto de 1864 (Año 1 de la Era Genji)

Lo habían hecho pasar a una habitación ubicada al fondo de la casa, y desde la cual no se percibía ni un sonido del exterior, como si la casa estuviera totalmente vacía, o a la mitad de la nada; pero no era ninguno de los dos casos. Pudo percibir en cuanto lo dejaron pasar a al menos veinte guarias armados en los patios y azoteas, y todos con los que llegó a cruzarse lo miraban con desconfianza. La casa tampoco estaba a la mitad de la nada, sino que se trataba de una elegante y amplia mansión, construida en el corazón mismo de la ciudad de Nagasaki. Parecía seguro afirmar que de hecho era la propia habitación la que había sido construida con esa acústica especial, para que no se escuchara nada de afuera hacia adentro… Ni de adentro hacia afuera.

Luego de guiarlo hasta ese lugar, lo dejaron aguardando totalmente solo por casi una hora, o eso le pareció a él. La puerta se abrió un par de veces, y en ambas su cuerpo se sobresaltó asustado, más que nada como síntoma de los propios nervios que empezaba a experimentar. La primera vez fue un hombre alto, de hombros anchos, con dos espadas en su costado. Abrió la puerta, entró, lo miró fijamente con severidad, y luego cerró la puerta, parándose delante de ella con los brazos cruzados; no pronunció palabra alguna. De seguro lo habían enviado para vigilarlo. La segunda vez fue una mujer, posiblemente de las que trabajaban en la casa, que llevaba consigo una pequeña mesa para comida, con un plato de pescado y arroz, y una botella de sake. Tampoco dijo nada, sólo caminó hacia el centro de la habitación y colocó la mesa frente al él, pero a un par de metros de distancia, por lo que era obvio que el plato no era suyo.

“Sí que saben cómo hacer que alguien se sienta bienvenido”, pensó con algo de molestia que procuró no exteriorizar.

Luego de eso ya no tuvo que esperar mucho más, pues unos minutos después las puertas se abrieron, y del otro lado surgió justamente la persona que esperaba.

– Disculpe la demora. – Se disculpó, de una forma no del todo sincera, el dueño de la casa al ingresar al cuarto, seguido de otros dos hombres armados que se unieron a aquel que ya había entrado antes.

Su anfitrión era un hombre de estatura baja, robusto, de rostro redondo y nariz ancha. Tenía la parte superior de su cabeza totalmente rapada, y cabello canoso y desalineado a los lados. Portaba dos espadas en su cinturón, mismas que se retiró para colocarlas en el suelo, y poder sentarse frente a su comida. Dos de sus hombres se pararon a cada lado de él, como guardias de un importante tesoro.

– Un gusto conocerlo al fin, señor Shiraishi. – Comentó con tranquilidad el hombre robusto, mientras tomaba la botella de sake y se servía un poco en su copa. – Me llamó Itou Kasai, representante de los intereses del Shogun Tokugawa Yoshinobu, en el sur. Entiendo que quería hablar conmigo…

En ese momento el hombre robusto desvió su mirada hacia su “invitado”, un hombre de mediana edad, cabello castaño claro, largo y sujeto con una cola hacia atrás. El hombre estaba sentado en el suelo frente a él, con sus manos sobre sus rodillas, su rostro serio, y pequeñas gotas de sudor sobre su frente, que no parecían ser causada por el calor de la noche.

– Parece nervioso, Shiraishi-san. ¿No quiere un poco de sake?

– No, gracias.

El hombre presentado como Kasai, se encogió de hombros, y entonces tomó su copa, dando un pequeño sorbo de ésta. Con su otra mano, extendió un abanico de madera, y empezó a darse un poco de aire con movimientos lentos.

– Bueno, vayamos al grano entonces. Me dijeron que tiene información muy importante que me puede interesar. Como entenderá soy un hombre muy ocupado. No sé si esté enterado, pero estamos a un paso de caer en un segundo Sengoku, en el mejor de los casos, o en el peor a convertirnos en una maldita colonia americana, inglesa, holandesa o quién sabe qué. Y me interesa cualquier cosa que pueda evitar cualquiera de las dos cosas. ¿Tiene algo así para mí, Shiraishi-san?

– Yo… – Abrió su boca, pero vaciló en hablar. Se volteó ansioso hacia otro lado. – Esto es realmente difícil para mí, Kasai-sama…

– Se lo haré más fácil entonces. Se trata del grupo de Cristianos Radicales en Shimabara, ¿o no?

Shiraishi alzó su mirada sorprendido al escuchar tales palabras, y Kasai sonrió satisfecho por esta reacción. Tomó sus palillos, y con ellos corto un pedazo del pescado que le habían servido, y lo llevó hasta su boca.

– No me reúno con nadie si no sé primero con quien va a ser. Y usted es uno de esos cristianos, ¿no es así? Pero quédese tranquilo; no me interesa en lo más mínimo a que Buda o animal circo le rece, no esta noche al menos. Sólo me interesa lo que vino a decirme.

Ya lo sabía. ¿Lo sabía todo acaso? No, de ser así no tendría tanto interés en oír lo que le tenía que decir. ¿Sabría sólo rumores como la mayoría sospechaba? Tal vez… Pero si de hecho ya sabían más que eso… El peligro latente era aún peor de lo que pensaba.

Le entró de pronto un grado de duda. ¿Hacía lo correcto? Lo había pensado detenidamente a profundidad antes de ir hasta ese sitio, antes de tomar ese bote, escabullirse a Nagasaki, y pedir audiencia con aquel hombre importante del gobierno. Lo había pensado muy bien… ¿Pero por qué ahora dudaba? Apretó sus puños con fuerza sobre sus rodillas. Miró fijamente al piso y oprimió sus dientes, intentando armarse valor. Recordó en su mente la reunión que habían tenido, y todo lo que se había dicho en ella. La alternativa no era mucho mejor de lo que estaba a punto de hacer. Sacrificaría unos pocos, por el bien de muchos. Sabía que todos lo odiarían, que se lo reprocharían, que sería odiado, que se convertiría en una paria entre su propia gente… Pero no le importaba; tenía que hacerlo, ya no había vuelta atrás.

– Supongo que ya lo sabe, o al menos en parte. – Comenzó a decirle, y Kasai lo miró fijamente con interés. – Lo cierto es que en Shimabara, ocultos entre las montañas, existe un grupo de cristianos, descendientes de los antiguos seguidores de Shiro Amakusa, o al menos de aquellos que sobrevivieron… Nos hemos reunido en Shimabara luego de estar escondidos por más de dos siglos, con un sólo propósito en común.

– ¿Qué propósito es ese?

Shiraishi guardó silencios unos segundos, y luego soltó de golpe su respuesta.

– Crear la Tierra Prometida de Dios, la Tierra prometida para todos los Cristianos Japoneses.

Kasai abrió sus ojos por completo al escuchar tales palabras. Se talló con sus dedos sus labios, para quitarse rastros de arroz y pescado de ellos, luego se recargó un poco hacia atrás. Su muñeca izquierda seguía moviendo su abanico de un lado hacia el otro, pero ya parecía más un tic nervioso que un intento por apaciguar su calor.

– ¿La Tierra Prometida de Dios, dice? ¿Cómo el loco aquél del continente?

– No… No cómo él. – Respondió con fuerza de golpe; sabía muy bien de quién hablaba. – La intención nunca fue crear una rebelión, derramamiento de sangre, ni nada parecido. Sólo era unirnos, crear una comunidad… O al menos, eso era en un inicio.

– ¿Y cuál es su intención ahora?

– La situación actual en el continente y en el país, ha puesto muy tensos y en movimiento a todos. Tienen planes de unir fuerzas con las facciones rebeldes de Satsuma, demostrar su valor, y morir por la causa si es necesario. – Shiraishi se inclinó al frente, mirando fijamente al hombre de manera casi desafíate. Sin embargo, lo que en realidad deseaba era que le quedara muy claro lo que estaba por decir. – Pero esto no es culpa de ellos. Todo esto es el plan de un sólo hombre, de un sólo individuo demasiado obsesionado con su propia autosatisfacción que no le interesa a cuantos tiene que sacrificar en el camino. Aún así, la gente de Shimabara le tiene gran respeto y lo siguen como siervos por supuestamente ser descendiente directo de Shiro Amakusa.

– ¿Y lo es?

– Eso no lo sé. Pero incluso ha convencido a la gente de que su hijo mayor es la mismísima reencarnación de Shiro Amakusa, un Hijo de Dios, un mesías…

Los tres hombres de Kasai, que hasta entonces no habían pronunciado ni pío, soltaron en unisón una aguda risa burlona tras escuchar esas últimas palabras.

– ¿Un mesías? – Exclamó uno de ellos incrédulo. – ¿En verdad ustedes los cristianos se creen cualquier cosa?

– Sólo tienen que decir que algo lo hizo o dijo su Dios, y de inmediato van como ovejas arreadas. – Mencionó otro con un marcado tono despectivo.

A Shiraishi, sus comentarios no le eran para nada agradables; el hecho de que tipejos como esos se estuvieran burlando de él y de su gente, no le producía gracia. Aunque, en el fondo, sabía que sus palabras guardaban algo de verdad. Aunque le produjera vergüenza admitirlo, las personas de Shimabara actuaban justo así, como simples ovejas…

Kasai alzó su mano derecha, como señal de indicación para que sus hombres terminaran con sus risas. Los tres hicieron caso, y poco a poco fueron volviendo a su antiguo estado. Luego le indicó a Shiraishi que continuara con lo estaba diciendo.

– El punto es que con estas ideas controla y alborota a las personas, y por también es por ellas que todos lo seguirán sin importar qué. Le daré la información que necesita. Pero quisiera que me garantizara a cambio la seguridad de la gente de Shimabara. Ninguno es un peligro real para usted. Si lo eliminan a él y a su hijo, apagaran cualquier tipo de peligro que pudiera presentarse.

– Esa no es ninguna garantía. – Exclamó Kasai con severidad. – ¿Cómo sé que el hecho de matar a su líder no tendrá justo el efecto contrario y los hará querer revelarse y levantarse contra nosotros? Un líder muerto muchas veces es más peligroso que uno vivo.

– No será así…

– No correré ese riesgo.

Kasai volvió a tomar pequeños bocados de su plato, seguido de más sorbos de su copa de sake, hasta que ésta quedó vacía. Tomó la botella para servirse un poco más. Mientras hacía todo esto, Shiraishi esperaba, expectante de qué era lo que diría a continuación.

– Lo único que puedo garantizarle es la seguridad suya, y de su familia, Shiraishi-san. Cualquier acto que hayan hecho o pensado contra el gobierno, será perdonado. Y en lo que respecta al resto… – Terminó en ese momento de servirse su alcohol, por lo que sus palabras cesaron por unos momentos. Tomó la copa y la acercó a sus labios, pero no bebió de ella, sólo la mantuvo a unos centímetros de él. – Quien se resista o levante contra nosotros, morirá sin remedio. Pero aquellos que quieran vivir, sólo tendrán que hacer algo muy simple: renunciar a su hereje religión extranjera. Sólo así podríamos estar seguros de su obediencia.

Shiraishi se sobresaltó estupefacto ante esas palabras. ¿Había entendido bien?, ¿renunciar a su religión?, ¿a su fe?, ¿esa era la única alternativa para sobrevivir? Ni pensarlo. Nadie, absolutamente nadie en su pueblo haría tal cosa. Todos eran cristianos devotos y leales que preferirían morir antes de hacer algo como eso; ya estaban dispuestos a morir de igual forma.

– No hay forma de eso sea posible, Kasai-sama. Nadie lo hará…

Una sonrisa astuta y casi maliciosa se dibujó en sus labios, y entonces al fin dio un sorbo de su copa. Shiraishi se quedó helado. Él lo sabía, sabía muy bien que nadie, o casi nadie cumpliría esa “sencilla” petición.

– Bueno, ese no es mi problema, y suyo tampoco. Es el mejor trato que tendrá, Shiraishi-san. La otra alternativa es que entremos a Shimabara y matemos indiscriminadamente a cuanto hombre, mujer o  niño se nos cruce… Usted, su esposa y sus hijos incluidos. ¿Prefiere eso?

Un sudor frío le recorrió el rostro. Sintió que sus manos y sus dientes temblaban ligeramente. ¿Qué clase de trato estaba a punto de hacer? ¿Sacrificaría la vida de quién sabe qué tantos a cambio de la suya, de su familia, y de aquellos que se doblegaran? De nuevo las dudas… Pero las dudas de poco servían en esos momentos. No tenía más opciones, no tenía más alternativas que la que le presentaban. Había tomado una decisión, y tendría que lidiar con las consecuencias… Fuesen las que fuesen…

Kasai se empinó toda su copa de sake de un sólo trago, tan rápido que algo de éste escurrió por sus labios, pero no le importó. Soltó un fuerte suspiró al aire, y entonces volvió a mirarlo.

– Ahora, dígame de una vez. ¿Cómo se llama ese hombre, y dónde lo encontramos?

Shiraishi calló. Lo que estaba por hacer, cambiaría por completo el rumbo de muchas vidas…

– – – –

Shimabara, Japón
04 de Agosto de 1864 (Año 1 de la Era Genji)

La familia Muto se levantó muy temprano esa mañana. El primero fue el padre, Tokisada. Su esposa aún dormía, por lo que él salió muy despacio del cuarto, todo con tal de darle unos minutos más de sueño. Luego, fue a despertar a su hijo mayor, Shougo, y le indicó que se cambiará rápidamente, y fuera a despertar a su hermana. Shougo obedeció, y luego de vestirse, atarse su cabello, y tomar su espada, se dirigió al cuarto de su hermana menor.

– Sayo. – Exclamó con algo de fuerza, estando de pie frente al cuarto de su hermana. – Despierta, Sayo. Tenemos que ir a la Colina, ¿recuerdas?

Al no recibir respuesta, Shougo se tomó la libertad de deslizar las puertas y abrirse pase hacia la habitación.

Recostada bocarriba en un futon, plácidamente dormida, se encontraba una niña pequeña, de siete u ocho años, de cabello café lacio y corto. La pequeña tenía sus brazos extendidos hacia los lados, y respiraba lentamente; parecía que ninguno de los gritos insistentes de Shougo la había mutado siquiera. El chico puso una expresión de molestia por esto, y de inmediato se le acercó, tomó el futon debajo de ella con sus dos manos, y lo jaló con fuerza, haciendo que prácticamente saliera volando de él.

– ¡Ah! – Exclamó asustada al despertarse justo un segundo antes de chocar con fuerza contra el piso. – ¡Shougo! – Exclamó con lagrimitas en los ojos, volteando a ver su hermano, confundida. – ¿Por qué hiciste eso?

– Vine a despertarse, Sayo. Anda, vístete rápido. Tenemos que ir al templo.

– Pero no tenías que hacerlo de esa forma…

Sus ojos se iban tornando acuosos poco a poco, y se veía que en cualquier momento se soltaría a llorar. Esa situación incomodó un poco a Shougo, por lo que de inmediato se dispuso a retirarse.

– Ya, no exageres. Sólo cámbiate y ve a desayunar, ¿de acuerdo?

No espero respuesta. En su lugar se fue, cerrando la puerta detrás de él.

Unos minutos más tarde, Shougo y Sayo estaban preparando juntos un desayuno rápido para que pudieran salir de la casa lo antes posible. Shougo estaba casi seguro de que su madre no había podido dormir bien esa noche. No se había sentido bien esos días, y anoche le pareció haberla oído toser constantemente. Esperaba que un desayuno y una salida al templo la animaran; normalmente era así, o eso creía.

Sus padres se reunieron con ellos en el comedor justo cuando estaban sirviendo los platos. Su madre era una mujer muy hermosa de nombre Tsuruyo, de cabellos cafés, claros, largos y lacios, y ojos grandes y verdes. Tenía un perfil afilado, y era de complexión muy delgada. Aunque su semblante, al igual que su voz, reflejaba casi siempre una expresión de dureza, Shougo y Sayo siempre habían conocido un lado mucho más dulce de ella.

– Gracias, pequeños. – Agradeció Tsuruyo, al tiempo que Tokisada la ayudaba a sentarse. – Todo se ve delicioso.

– ¿Te sientes mal, madre? – Preguntó Sayo de golpe, algo que a Shougo le pareció un poco imprudente.

– Nada de eso, Sayo. – Le respondió ella a su vez con una ligera sonrisa. – ¿Por qué no pronuncias la oración por los alimentos, querida?

Sayo asintió repetidamente con su cabeza, y de inmediato cerró los ojos y juntó sus manos frente a ella; los demás la imitaron poco después.

– Señor, bendice estos alimentos que recibimos de tu generosidad. Da pan a los que tienen hambre, y hambre de Dios a los que tienen pan. Bendice siempre a esta familia, y que el Rey de la Gloria Eterna nos haga partícipes de la mesa celestial. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor…

– Amén. – Pronunciaron los cuatro en una sola voz.

Comenzaron entonces a comer en silencio. Shougo pudo notar que sus padres actuaban de un modo extraño. Mientras comían, no decían nada, y sus expresiones eran serias y pensativas. Algo no estaba bien, de alguna forma lo sentía.

Una vez que terminaron su desayuno, la familia se dirigió junta hacia la Colina Seirei, el punto más elevando de la aldea, desde la que se podía ver por completo el pueblo, el bosque, y el mar. Ahí se encontraba erguido un pequeño templo Budista, de posiblemente no más de cincuenta años. Sin embargo, no era por completo lo que parecía a simple vista.

A Shougo le gustaba mucho subir el camino empinado de la colina corriendo. No había ningún motivo en especial, simplemente le gustaba. Tal vez le agradaba la sensación de correr en contrapeso, y llegar al final luego de aplicar tanto esfuerzo; quizás. Cómo fuera, cada vez que iban a ese sitio, era costumbre para él soltarse a correr de pronto. A su vez, era costumbre de Sayo correr detrás de él, intentando alcanzarlo.

– ¡Shougo!, ¡Espérame! – Le gritaba con fuerza, mientras daba pasitos apresurados, y con cada uno parecía estar a un milímetro de caerse de narices, pero ni así se detenía.

Tokisada y Tsuruyo miraban con una amplia sonrisa a sus hijos correr y reír de esa forma. Ambos eran lo que cualquier padre desearía: un chico responsable, fuerte y disciplinado, y una niña amorosa, inteligente y alegre. Pese a todo, pese a la situación de su pueblo, de su país… de su esposa… Tokisada tenía muchas cosas por las cuáles sentirse bendecido, y veía dos de ellas en ese mismo momento.

Tsuruyo detuvo su avance de golpe. De inmediato llevó ambas manos hacia su boca, y empezó a toser con fuerza. Tokisada se detuvo también al instante, y llevó sus manos a los hombros de su esposa, intentando darle soporte.

Los dos niños notaron entonces que sus padres ya no los seguían.

– ¿Madre, te encuentras bien? – Preguntó Shougo en voz alta para que lo escucharan, pues ya se encontraban varios metros delante en el camino.

Tsuruyo tardó un par de segundos en calmarse, y recuperar la compostura. Utilizó toda su fuerza de voluntad, para alzar su mirada hacia los niños, y sonreírles ampliamente, como si lo de hace unos momentos no hubiera ocurrido.

– Sí, todo está bien. Estén tranquilos.

Shougo no estaba convencido de sus palabras. El rostro de su madre se veía más delgado y pálido que en días anteriores, y sus pasos también eran más lentos. Ella no estaba bien…

Tokisada pareció detectar la confusión en Shougo y Sayo, por lo que de inmediato intervino para aligerar las cosas.

– No se preocupen chicos, su madre se encuentra bien. – Les dijo con una sonrisa jovial en los labios. – Adelántense al templo; nosotros los alcanzamos en un segundo.

Shougo y Sayo asintieron a la petición de su padre, y de inmediato ambos se voltearon en dirección al templo. Shougo volvió a correr, y su pequeña hermana le gritó de nuevo que la esperara, mientras hacía lo posible por alcanzarlo. Una vez que los niños se alejaron, Tokisada se dio permiso de dejar de sonreír.

– Shougo siempre ha sido muy perceptivo, ¿verdad? – Escuchó como Tusuruyo comentaba con tono juguetón. – No quiero que sienta que es su responsabilidad intentar hacer algo que está fuera de su alcance. Lo que menos debe de preocuparle en estos momentos es mi salud… Y lo mismo lo digo por ti, Tokisada…

Él la volteó a ver con un marcado pesar en sus ojos. Su esposa había vivido muchos años con una enfermedad, una enfermedad que día a día iba mermando su salud, y que tarde o temprano terminaría por acabar con su vida. Esos últimos días, posiblemente como consecuencia del estrés de la situación que se había presentado, parecía haberse estado agravando considerablemente.

– Tsuruyo. – Comentó con seriedad, colocando sus manos sobre sus hombros. – Si te sigues sintiendo débil, podríamos regresar a la casa.

– No, no te preocupes, Tokisada. – Respondió ella de inmediato con firmeza. – No puedo desaprovechar esta oportunidad de ir a la colina a rezar con mi familia, mientras mi cuerpo aún se puede mover por sí solo… Y estamos todos juntos.

La tristeza que radiaba su último comentario, era muchísimo mayor que todo el resto. Sí, de seguro eso era lo que más le dolía en esos momentos: que muy pronto su familia ya no estaría junta, y nadie podía decir por cuánto tiempo sería eso.

– Escucha, sé que ya lo hemos hablado, pero cuando Hyouei venga por los niños… Debes de ir con ellos…

– ¡De ninguna manera! – Le respondió con fuerza, aún antes de que terminara de hablar. – Ya te lo dije muy claro, Tokisada. Yo me quedaré aquí, en Shimabara. Aquí pelearé a tu lado, y aquí moriré si es necesario.

– Pero si algo te llegará a pasar por mi culpa…

– Dios nos protegerá. Nada nos pasará que no sea parte de su gran plan. Ten fe.

Tener fe. En ocasiones se decía con tanta facilidad, pero en la práctica era tan difícil. Por encima de todos los que en esa villa vivían, él era el que más debía de mantener la fe. Pero en esos últimos días, le era una tarea más difícil que de costumbre.

Siguieron su camino en silencio hacia el templo de la Colina Seirei. Aunque tenía toda la apariencia externa de un pequeño templo Budista, escondía grandes secretos en su interior. En el altar principal del templo, justo detrás de la estatua del Bodhisattva Nikkō Bosatsu, había un panel secreto, y un mecanismo giratorio. Al activarlo, la imagen budista era ocultada, y en su lugar el altar era coronado con una estatua color blanco perla, con la figura de una mujer con un largo manto que le cubría todo el cuerpo, a excepción del rostro y las manos, y que tenía un aro detrás de su cabeza, y una corona. Esa estatus se mantenía casi todo el tiempo oculta tras el compartimiento secreto. Era lo mejor, pues si alguien que no era miembro de su aldea la viera, reconocería de inmediato que se trataba de una figura religiosa extranjera, una representación de la Virgen María para ser precisos. Y si esa persona era la persona equivocada, ese descuido podría traer horribles consecuencias.

Pero esa era la vida de los cristianos que vivían en Shimabara, y tal vez en todo Japón. Tenían que esconder su fe, en pasadizos ocultos, objetos falsos, y máscaras. Todo con tal de protegerse de la mano dura del gobierno.

Estando de rodillas ante la figura santa, con los ojos cerrados y sus manos juntas, los cuatro miembro de la familia Muto rezaban en silencio. Cada uno posiblemente tenía una plegaría distinta en su mente. La de Tokisada, era una en especial: “Por favor Dios, protege a mi familia…”

Una vez que terminaron, los cuatro salieron del templo, y aparentemente se disponían a volver a casa. Sin embargo, Tokisada parecía tener algo más en mente.

– Sayo, acompaña a tu madre a la casa. – Le indicó a su pequeña hija. – Necesito hablar con Shougo unos momentos.

– Sí papá. – Respondió la pequeña, sin darle mayor importancia a la instrucción.

Sayo tomó la mano de su madre, y ambas mujeres comenzaron a caminar a paso lento colina abajo.

A diferencia de Sayo, Shougo sí pareció algo confundido por la petición tan repentina de su padre. Toda la mañana, él y su madre habían estado actuando muy extraño, así que sea lo que fuera que su padre le quería decir en esos momentos, no le parecía que fuera hacer algo bueno.

Tokisada empezó a caminar hacia lo más alto de la colina, y Shougo lo siguió sin necesidad de que se lo dijera. Tokisada se paró con firmeza, y miró fijamente hacia el mar en silencio por largo rato. Una ligera brisa salada y fresca tocaba sus rostros, una sensación agradable considerando lo caluroso que había estado el verano.

– El mar es tan hermoso, ¿no lo crees, Shougo? – Soltó de pronto sin apartar sus ojos del agua azul. – Cuando era niño, siempre soñé con lo que podría haber más allá de estas aguas. Imaginaba vívidamente en mi cabeza los relatos y descripciones de los libros extranjeros, sobre reinos y países enteros, mucho más grandes que el nuestro, y en dónde la gente podía vivir en paz, sin importar quienes eran o de dónde provenían. Tristemente, lo más probable es que el ver el mar desde esta colina sea lo más cerca que esté de ver algo parecido a ello.

Shougo miraba de reojo a su padre mientras hablaba, al tiempo que también intentaba mirar hacia el mar. Era raro, y hasta un poco incomodo, que su padre empezará a contarle esas cosas de repente. Tampoco sabía muy bien si debía responderle algo en especial. La verdad, antes de ese día, nunca se había puesto a pensar mucho en qué había más allá del mar. ¿Importaba realmente acaso?

Tokisada continuó.

– Shougo, ¿recuerdas cuál es la historia de nuestra gente?, ¿cuál es la historia de Shimabara?

– Sí.

– Me alegra escucharte decir eso. Nunca debes olvidarla, ¿de acuerdo? Por qué en ella está plasmado quién eres y cuál es tu hogar. Nunca te olvides de Shimabara y todo lo que has vivido y aprendido en este sitio. ¿Me prometes que lo recordarás siempre?

– Así lo haré, padre… ¿Pero por qué me estás diciendo todo esto?

– Lo hago Por qué… Por qué puede que ésta sea la última oportunidad que tenga de decírtelo….

Shougo se sobresaltó, casi asustado ante lo que acababa de escuchar. ¿Qué significaba eso?, ¿Cómo que puede que sea la última oportunidad de decirlo? Tartamudeó confundido sin saber qué decir, qué preguntar o responder.

– ¿Por qué me dices eso, padre? ¿Qué está sucediendo? ¡Dímelo!

– Escucha, Shougo. – Comenzó a responderle sin perder la serenidad. – Tú tío vendrá a Shimabara hoy mismo.

– ¿El tío Hyouei?

Tokisada asintió. El tío Hyouei era el hermano mayor de su madre, y vivía en Otsu. Iba a visitarlos de vez en cuando, pero era en muy contadas ocasiones. No sabía mucho de él, salvo que era un espadachín excepcional, tal vez el mejor de todos. En algunas visitas él le había pedido que le enseñara alguna de sus técnicas, pero él siempre se había negado. Era inusual que su tío viniera tan repentinamente, y que no que se los hubieran comunicado a él y a Sayo con anterioridad; pero no entendía qué tenía que ver eso con lo que le acababa de decir, pero su padre no tardó mucho en aclarárselo.

– Estará aquí en la tarde. Viene porque le he pedido que se lleve a Sayo y a ti de Shimabara, y de Japón si es posible, y que cuide de ustedes dos de ahora en adelante.

– ¡¿Irnos?! – Exclamó atónito el chico. – ¿Pero por qué?, ¿a dónde?

– Es lo mejor Shougo. Shimabara… No, todo Japón está a punto de entrar a un violento proceso de cambio. De seguro has oído pláticas y comentarios al respecto, pero hasta ahora no has logrado comprender la verdadera magnitud de lo que significa, o de lo que vendrá. Desde la muerte de nuestro ancestro, Amakusa Shiro, y la persecución de nuestro movimiento por las autoridades del Shogun, nuestra gente ha tenido que vagar y esconderse por todo Japón, temerosos de demostrar sus creencias en público por miedo a las consecuencias. Durante los últimos doscientos años, hemos vivido en la clandestinidad, pero hemos podido permanecer fuertes y firmes, gracias a nuestra fe. Desde el momento que nací, dediqué cada día de mi vida a tratar de proteger a toda esta gente, no sólo por ser mi deber al tener en mis venas la sangre de Amakusa, sino porque así nos lo enseñó Dios. Pero esta situación no podrá perdurar de esta forma por siempre. La Era de los Tokugawa está a punto de terminar, y una nueva Era de Paz nos espera en el horizonte. Pero para lograrla, será necesario que salgamos del anonimato. Que dejemos la seguridad de estas montañas, y nos dispongamos a dar todo por la causa. Mi deseo, el deseo de nuestra familia, aquel que ha perdurado por más de dos siglos, el deseo de crear una Tierra Sagrada para los Cristianos del Japón, comienza hoy mismo. Y estoy dispuesto a luchar hasta la muerte por ello.

Shougo seguía confundido, pero poco a poco conforme su padre hablaba, empezaba a tener más claro todo. Los rumores, las conversaciones secretas, las miradas silenciosas, el comportamiento extraño de sus padres, y del resto de los adultos; esto era lo que estaban escondiendo. Hasta ahora sólo había alcanzado a escuchar algunas cosas, sobre barcos negros llegando a Edo, personas empezando a levantarse contra el gobierno, e incendios ocurriendo en la Capital del Emperador. Por lo que su padre le decía, parecía que todo eso era cierto: algo estaba pasando en Japón, algo grande…

Shougo apretó sus puños con fuerza, y alzó su mirada con firmeza hacia su padre.

– ¡Entonces yo también pelearé, padre! – Le respondió casi gritando. – He entrenado arduamente con mi espada día y noche. Pelearé contra el Shogun con todas mis fuerzas; yo también quiero crear la Tierra Sagrada de Dios, contigo…

– No, Shougo. – Lo interrumpió su padre de forma abrupta. – Ese no es tu destino, no aún.

– ¿Mi destino?

– Sin importar qué es lo que pasé, tú algún día serás la esperanza de la gente de Shimabara. Todos ellos creen en ti, y te seguirán sin importar qué. Es por eso que es importante que estés a salvo, que crezcas, y te vuelvas fuerte, fuerte como lo es Dios.

– ¿Fuerte como Dios…? – Susurró el Shougo en voz baja, algo confundido por qué significaba exactamente esa frase.

– Llegará el día en que todos los Cristianos de Shimabara, de Japón, y de todo el mundo, te necesiten. Llegará el día en que tú puedas unirlos a todos en una misma causa. Pero ese día no es éste. Por eso, cuento contigo, Shougo. Prométeme que aunque te vayas de Japón, aunque llegues a un lejano país en el que tengas comodidades y en el que no tengas que esconderte, tú regresarás a Shimabara. Y si yo falló en mi misión, prométeme que protegerás a toda esta gente que ha sido maltratada y humillada, y que te convertirás en su guía y en su esperanza. Debes prometérmelo.

Eran tantas las ideas que pasaban por su cabeza en esos momentos. ¿Ser fuerte como Dios?, ¿convertirse en la esperanza de las personas?, ¿ser la esperanza de todos? ¿Podría él realmente hacer todo eso?, ¿podría realmente él cumplir una promesa como esa? Tokisada volvió a repetirle de nuevo que lo prometiera, por lo que Shougo se armó de valor para darle una respuesta.

– Te lo prometo, padre. Te lo prometo, sin importar qué…

Tokisada sonrió ligeramente con satisfacción en su expresión.

– Eso me tranquiliza mucho. De esta forma puedo dar mi vida con la consciencia tranquila y aceptar lo que venga.

Para Shougo, esas palabras sonaban mucho más como una despedida que cualquier otra cosa. ¿Pero por qué?, ¿por qué su padre actuaba como si realmente esa fuera a ser la última vez que se vieran? ¿Acaso su padre sabía algo…?



Tokisada volteó a ver una vez más hacia el mar. A lo lejos, tres gaviotas volaban, una siguiendo a la otra, y luego las tres descendieron en picada al agua.

– Escucha Shougo. – Empezó a hablarle de nuevo, sin dejar de ver al horizonte. – Dios nos dijo que la gracia de vivir no está en la casta, ni en la riqueza terrenal. Esta gracia de la que te hablo, es algo que no puede medirse por estas banalidades. Esto es algo innato, existe en la nobleza de corazón. Tú naciste con ella Shougo; está en tu interior, y es una luz muy brillante, una luz que brilla con la intensidad del sol. Nunca olvides estas palabras…

 – No, padre…

Y entonces se quedaron en silencio por un largo rato. Tokisada no dijo nada más, y Shougo tampoco El chico parecía intentar procesar y entender todo lo que había pasado, todo lo que le había dicho. Y, sobre todo, intentaba entender el por qué…

Un sonido lejano sacó a ambos de sus pensamientos. Detrás de ellos, se escuchaban los pasos apresurados, varios de ellos, acercándose a rápidamente por el camino de la colina. Ambos se voltearon por reflejo en esa dirección, y ambos pudieron ver a un grupo de hombres, posiblemente cinco o más, que corrían hacia donde ellos estaban.

– ¿Quiénes son? – Preguntó Shougo confundido; desde la distancia no le parecían conocidos.

De pronto, Tokisada se puso justo delante de él, y llevó su mano al mango de su espada.

– Mantente atrás, Shougo…

Su padre miraba con severidad hacia el grupo de hombres que se acercaban. ¿Sabía él acaso quienes eran?

Los extraños se detuvieron frente  a ellos cuando ya estaban a menos de tres metros. Todos se encontraban armados con espadas, y tres de ellos llevaban lanzas. Ninguno era de la aldea, Shougo estaba seguro de ello.

– Tú debes ser Tokisada Muto, ¿no es así? – Comentó con dureza uno de ellos, que se encontraba hasta el frente. – ¿O prefieres que te llamemos Tokisada Amakusa?

Esa sola pregunta fue suficiente para que la mirada de Tokisada se endureciera aún más, y tomara con fuerza la empuñadura de su arma, preparándose para desenvainar.

– Y ese de seguro es tu hijo, el supuesto Hijo de Dios, ¿cierto? – Exclamó con cierta molestia el mismo hombre, y rápidamente sacó su espada, siendo seguido por todos los demás. – En nombre del Shogun, Tokugawa Yoshinobu, estás bajo arresto, Cristiano Traidor. ¡Atrápenlo!

De inmediato, todos ellos se lanzaron al mismo tiempo con la clara intención de atacarlos. Shougo no vaciló, y se dispuso a sacar su espada también. Sin embargo, Tokisada lo empujó hacia atrás con su cuerpo para evitarlo.

– ¡Shougo!, ¡Corre! – Le ordenó al tiempo que él mismo sacaba su arma, justo para cubrir el primer ataque y luego contraatacar.

Todos lo empezaron a atacar al mismo tiempo, y Tokisada intentaba repeler a cada uno como mejor le era posible. Pero entonces, uno de ellos, que estaba armado con una larga lanza, no intentó ir tras él, sino que se fue directo contra Shougo desde su costado izquierdo. El chico, cuya atención parecía estar puesta en su padre peleando, ni siquiera notó al atacante que se le aproximaba; pero su padre sí.

– ¡Shougo! – Exclamó con fuerza, al tiempo que se le aproximada, y lo tomaba para alejarlo del alcance de la lanza.

Sin embargo, en su intento de proteger a su hijo, la lanza que iba dirigía a él terminó por atravesarle el cuerpo, entrando por su espalda, y saliendo por su pecho con total libertad. Una fuerte salpicadura de sangre brotó de su herida con fuerza, manchando el rostro del pequeño Shougo, que apenas y podía entenderlo que veía…

Shougo en el piso, luego de caer tras el movimiento brusco que Tokisada había hecho para protegerlo. Alzó su mirada, y ante él estaba su padre, de pie, con sus ojos totalmente abiertos y perdidos al frente, con la punta de la lanza saliendo de su pecho, y sangre brotando por montones de la herida, y empezando a manchar por completo sus ropas. También un pequeño hilo de sangre se resbalaba desde la comisura de sus labios, hacia su barbilla, y goteaba hacia el suelo.

No, no era posible que lo que estaba viendo fuera cierto. Tenía que ser un error, todo eso tenía que ser un enorme error.

– ¡Padre! – Gritó a todo pulmón, pero en su mente sintió que de su boca no había brotado palabra alguna.

Tokisada, bajó ligeramente su mirada para verlo en el suelo frente a él, e intentó decir algo, pero sus palabras apenas y eran comprensibles.

– Shougo, recuerda… Algún día… Serás la esperanza de la gente… de Shimabara…

El hombre que lo había atacado sacó su lanza de su cuerpo de un solo tirón. Al parecer, la lanza era lo único que sostenía el cuerpo de su padre en pie, pues al hacerlo, éste cayó sin remedio al suelo, a unos escasos centímetros de Shougo. Aún antes de tocar el suelo, su voz y sus ojos habían perdido por completo su vida…

– ¡No!, ¡no! ¡Padre!, ¡Padre!

Shougo empezó a zarandear el cuerpo, cómo esperando que eso lo despertara, cómo si sólo estuviera durmiendo. Pero no era así; su padre estaba muerto, esos hombres lo acababan de asesinar frente a sus ojos.

¿Cómo era eso posible? Hace apenas unos minutos atrás, ambos estaban rezando en el templo, ambos estaban luego de pie en ese mismo lugar, viendo al mar, hablando, conversando. Y ahora… ¿Estaba muerto?, ¿su padre estaba muerto…? ¿Cómo eso podía estar ocurriendo siquiera?, ¿cómo…?

Sintió que uno de los hombres lo tomaba con fuerza del brazo y lo alzaba de un tirón. Su cuerpo era incapaz de oponer resistencia alguna; ellos lo jaloneaban y arrastraban como si sólo fuera una manta vieja.

– – – –

Shougo sintió como si todo su cerebro se apagara, así como una vela. Desde el momento en que lo tomaron y apartaron del cuerpo sin vida de su padre, todo se volvió blanco para él. En su mente, repetía una y otra vez la misma escena: la lanza atravesando a su padre, éste intentando hablarle con la sangre brotando de su boca, y luego desplomándose en el suelo. Todo le parecía tan irreal… Aún esperaba despertar, despertar en su cuarto, y que todo hubiera sido un sueño. Pero eso no sucedería…

Cuando reaccionó, tenía las manos atadas con fuerza por las muñecas con una gruesa soga, y dos hombres lo arrastraban hacia una playa alejada del pueblo, al pie de un alto risco, y frente a un mar lleno de afiladas piedras. Sus padres siempre les habían prohibido ir a ese lugar; era curioso como algo como eso carecía por completo de importancia ahora. Para su sorpresa, ahí mismo se encontraban dos personas más: su madre y su hermana, Sayo, ambas sentadas en la arena al pie del risco, y ambas también con sus manos atadas. Esa imagen pareció hacerlo salir de su casi transe.

– ¡Madre! – Exclamó con fuerza, dando un paso en falso al frente, pero uno de los hombres lo tomó de su traje para evitar que se apartará de ellos. Una vez que estuvieron cerca de ellas, literalmente lo tiraron a la arena a su lado, y luego se retiraron, dejándolos solos.

– Shougo. – Murmuró su madre atónita al verlo. Como le fue posible con sus manos atadas, lo ayudó a levantarse y sentarse. Su rostro y ropas seguían manchadas de sangre, pero no de la suya. – Shougo, ¿tu padre…?

Shougo miraba fijamente sus manos atadas, incapaz de ver a su madre a los ojos. Su cuerpo temblaba, sus puños se apretaban con fuerza, y sus dientes rechinaban unos contra otros.

– Madre. – Murmuró con un hilo de voz que apenas y fue capaz salir de su boca. – Ellos… ¡Ellos lo mataron!, ¡ellos mataron a papá!, ¡Y no pude hacer nada! ¡Nada!

De la nada, comenzó a gritar con todas sus fuerzas, y a golpear la arena con sus puños atados. Sayo, se quedó petrificada, y sus ojos se llenaron abruptamente de lágrimas. ¿Qué era lo que le afectaba más?, ¿lo que Shougo acababa de decir o el estado en el que se había tornado tan abruptamente? Shougo también comenzó a llorar, con tanta fuerza como no lo había hecho en años. Tsuruyo, por otro lado, se mantenía serena, seria; pero no por eso, la noticia o la situación le hacía menos…

Pasó una hora, quizás dos, o tal vez más. Era muy difícil darse cuenta del paso del tiempo. El cielo se nubló en un abrir y cerrar de ojos, pese a que toda la mañana había estado muy soleado. ¿Qué estaría pasando en el pueblo? ¿Sabría alguien que estaban ahí?, ¿iría alguien por ellos? ¿Qué tenían pensado hacerles?

Su madre tenía de vez en cuando algunos ataques de tos, con mucha fuerza, mismos que se iban haciendo más prolongados. Su rostro estaba muy pálido, y bajo sus ojos se empezaban a dibujar oscuras ojeras.

– Madre, ¿estás bien? – Le preguntó Shougo, asustado mientras ella tosía. – Aguanta, por favor.

 – Sí, madre, aguanta. – Agregó Sayo con su tono inocente.

Tsuruyo tosía cada vez con más fuerza. Se llevó sus dos manos a su boca, cubriéndosela. Luego de unos segundos, su tos se calmó, pero al separar sus manos de su rostro, fijó sus ojos con horror en sus palmas. Intentó ocultarlas de la vista de sus hijos, pero Sayo logró verlas por un segundo, y lo que vio la asustó demasiado: estaban cubiertas de sangre.

– Lo siento, pequeños. – Comenzó a murmurar con algo de pesar. – Se supone que yo debería de haberlos protegido. Pero mi cuerpo débil y enfermo, no sirve para nada en estos momentos.

– No digas eso, madre. – Le respondió Shougo de inmediato, con firmeza.

Shougo no culpaba ni a su madre, ni a su padre: se culpaba a sí mismo. Había entrenado tanto para ser un gran espadachín como su padre. Se suponía que debía ser fuerte, se suponía que debía de ser un protector, un guardián, un guía. Pero ahí estaba, derrotado, impotente. Cuando su familia más lo necesitaba, no fue capaz de hacer nada. ¿Y así se suponía que se convertiría en el líder de todos los Cristianos de Shimabara? ¿Cómo podría proteger a toda esa gente si no era capaz de proteger siquiera a sus seres queridos?

– ¿Cuántos fueron al final? – Escucharon de pronto una voz, pronunciando a lo lejos, acompañada de otras dos.

– Creo que fueron más de cien, tal vez doscientos.

– ¿Tantos? ¿Y ninguno lo hizo? Pero qué estúpidos son todos estos sujetos.

Acercándose por el camino de la playa, venían tres hombres, los tres armados con espadas. Shougo reconoció a uno que iba en el grupo que atacó a su padre; los otros debían ser también compañeros. Al verlos acercarse, la impotencia que sentía por dentro se convirtió en rabia, en especial a ver como caminaban tan tranquilamente, riéndose y burlándose… Pero, ¿de qué estaban hablando…?

– Muy, muy estúpidos. – Comentaban mientras caminaban hacia ellos. – Kasai-sama fue tan amable ofreciéndoles una oportunidad para salvar sus vidas, y lo único que debían hacer era renunciar a su asquerosa religión extranjera.

– Sí, pero casi ninguno aceptó tal cosa. Los cristianos son tan idiotas. Se someterán a cualquier tortura, incluso a sacrificar sus vidas, antes de renegar a su Dios.

– Si fueran lo mitad de leales a su Señor de lo que son a su Dios,  no estarían en esta situación.

– Por mí que los maten a todos. Sus vidas no valen más que la de un gusano. Además, les estarías haciendo un favor. Todos ellos están felices de ir al cielo después de todo.

Shougo se fue enfureciendo cada vez más, conforme más los escuchaba. Hablaban en tono de burla y desprecio hacia ellos, hacia su religión, hacia su villa. ¿Qué les habían hecho? ¿Les habían hecho algo a las personas del pueblo? No entendía de qué hablaban, pero en el interior sabía que algo malo, algo muy malo, había ocurrido.

Los tres hombres se pararon a unos metros, y entonces fijaron su atención con prepotencia hacia ellos, como si estuvieran viendo tres insectos muy curiosos.

– Así que ésta es la familia del tal Tokisada Muto, ¿eh? – Comentó uno de ellos. – ¿Por qué aún no los han ejecutado como a los demás?

– ¿Los demás? – Murmuró sorprendido el chico de cabellos cafés. Ellos no lo escucharon, pues siguieron hablando como si no estuvieran ahí.

– Kasai-sama tiene algo reservado especialmente para ellos. Debemos llevarlos a Nagasaki en cuando llegue el barco.

El primero de ellos, alto, delgado, y de rostro alargado, miró con curiosidad a Tsuruyo, quien lo miraba a su vez con una expresión dura y fría. De pronto, comenzó a toser con tanta fuerza, que casi caía a la arena. Shougo y Sayo se olvidaron por unos momentos de ellos, e intentaron sostener a su madre como les fuera posible.

– No creo que la mujer duré tanto. Apenas y respira la infeliz. ¿Qué tal si desfogamos nuestra frustración en ella?

Al escuchar tal proposición, todos los sentidos de Shougo se agudizaron. Toda la rabia que tenía acumulada estaba a punto de explotar.

– ¿Estás loco? No ves qué de seguro está enferma de algo. Yo no me le quiero acercar.

– Tienes razón. – De pronto, llevó su mano derecha a su espada, como amenazando con sacarla en cualquier momento. – Será mejor que le evitemos más sufrimiento y la enviemos al cielo con su querido esposo.

– ¡No se atrevan a tocarla, malditos! – Gritó Shougo con todas sus fuerzas, poniéndose de pie rápidamente.

– Shougo, no… – Tsuruyo intentó detenerlo, pero su tos le impidió decir más.

– ¿Y tú por qué nos miran así? – Comentó divertido el hombre de rostro alargado. – Tú eres el supuesto Hijo de Dios, ¿no?

Los tres empezaron a reír con fuerza.

– Anda, Hijo de Dios. – Comentó otro en tono de burla. – ¿Por qué no haces un milagro que te saqué de ésta si eres tan hábil? Quiero verlo.

– Si se acercan un centímetro más, ¡lo verán con sus propios ojos! – Les respondió con ímpetu. – No se atrevan a tocar a mi madre y a mi hermana. ¡Se los ordeno!

– ¿Tú nos ordenas? – Exclamó el mismo hombre, más indignado que divertido por su amenaza. – Creo que en verdad deseas morir antes de tiempo…

Deslizó en ese momento su espada lentamente fuera de su vaina. La hoja era lisa, brillante y limpia, como si nunca hubiera sido usada. Los otros dos hombres parecieron alarmarse un poco al verlo hacer eso.

– Espera un poco, el señor Kasai…

– ¿Qué importa? – Exclamó el hombre alto, interrumpiendo la advertencia. – sólo decimos que intentó escapar y fue necesario…

Y sin más, se arrojó con fuerza contra Shougo, alzando su arma para embestirlo con ella. Shougo escuchaba a sus espaldas como su madre y su hermana le gritaban, pero él intentaba concentrar toda su atención en el hombre que se le aproximaba. Había entrenado desde muy pequeño con su padre, pero nunca había tenido un enfrentamiento real, no uno en el que estuviera en riesgo su vida o la de su familia. Si tal vez hubiera tenido ese tipo de experiencia, su padre quizás…

No podía tomarse la libertad de pensar en eso, no ahora.

Cuando logró aclarar su mente, realizó sin espera un movimiento que su padre le había enseñado, para que aprovechara su estatura cuando se enfrentara a un enemigo mucho más alto, tal y como era el caso. Dejando que él se le viniera encima con toda su fuerza, él lo único que tuvo que hacer fue aproximarse con rapidez, agacharse y taclearlo en las piernas con su hombro. Eso provocó que el hombre se tropezara y saliera volando hacia el frente por su puro impulso.

Antes de caer y golpear el suelo, ya había soltado su espada, por lo que Shougo se abalanzó hacia ella, tomándola con sus manos, aunque las tuviera atadas.

– Shougo, no lo hagas. – Le decía con fuerza su madre. – Tú no puedes morir aquí, ¡Shougo!

Él la escuchaba, pero no entendía lo que su voz pronunciaba. Tenía que estar enfocado, enfocado en los otros dos hombres que también sacaron sus espadas al verlo de pie frente a ellos, sujetando la de su compañero. De un momento a otro, se encontraba rodeado: dos al frente, y el hombre caído y que se acababa de levantar atrás.

Los dos hombres armados se le lanzaron uno detrás del otro. No le era muy sencillo moverse con sus manos atadas, pero logró hacer lo suficiente para evadir sus ataques, con la notoria agilidad que siempre lo caracterizó en sus entrenamientos. Incluso, logró herir a uno de ellos en la pierna, con un tajo profundo.

– ¡Ah! – Exclamó con dolor el hombre herido, cayendo de sentón al suelo, sujetándose su pierna. – ¡El mocoso me hirió!

– ¡No te quieras pasar de listo!

Otro de ellos quiso seguir con su ataque, pero apenas y había alzado de nuevo su arma, cuando una silueta se pasó rápidamente por detrás de él. Todo ocurrió tan instantáneamente, que prácticamente nadie lo vio. Sólo en un segundo el atacante estaba de pie listo para atacar, y al siguiente había soltado su arma, y su cuerpo se había desplomado hacia el frente; tenía una profunda herida horizontal en su espalda.

– ¡¿Pero qué?! – Exclamaron los dos hombres restantes, atónitos ante esto. Incluso Shougo no parecía entender lo que había ocurrido.

De pronto, cuando apenas y estaban procesando lo ocurrido, la misma sombra volvió a aparecer, ahora justo delante de otro de ellos. Era un hombre, un hombre de cabellos negros, algo canosos, piel blanca y ojos verdes, que usaba un kendogi verde olivo. En su mano, portaba una katana desenvainada, aún con rastros de la sangre del primero de los atacantes que había caído.

El segundo apenas y tuvo tiempo de echarle un vistazo al extraño, cuando éste, con dos movimientos de su espada, le propinó dos tajos en su abdomen y pecho, haciendo que cayera de espaldas al suelo, al igual que su compañero.

– Hermana, tranquila; Ya estoy aquí. – Exclamó con un tono grave, alzando su mirada hacia Tsuruyo.

– ¡Hyouei! – Exclamó sorprendida la mujer al verlo.

– ¡Tío Hyouei! – Exclamó Sayo con alegría al reconocerlo.

Hyouei, el hermano mayor de Tsuruyo. Shougo recordó de inmediato lo que su padre le había dicho, que su tío iría a la aldea para llevarse a Sayo y a él, pero era evidente que todos ellos desconocían que algo como esto ocurriría ese mismo día; pero ahora parecía haber sido un acto de suerte, o gracia divina quizás, el que así hubiera sido.

El último de los hombres que quedaba, aquel al que Shougo había desarmado en un inicio, rápidamente tomó la espada de uno de sus compañeros caídos, e intentó atacar a Hyouei por la espalda.

– ¡Cuidado, tío! – Le gritó Shougo como advertencia.

Hyouei se giró con rapidez, cubrió el ataque del hombre sin problema, y con otro movimiento más lo dejó desarmado, y con el siguiente le rebanó el abdomen con total limpieza sin siquiera moverse de su lugar, más que para hacerse a un lado y evitar que el cuerpo sin vida le cayera encima.

– Increíble… – Murmuró Shougo sorprendido, viendo a los tres hombres en el suelo. – Acabaste con todos, tío…

Shougo estaba realmente impresionado. Había acabado con ellos tres sin el menor problema, sin siquiera sudar o mancharse. Cuanto poder; de haber podido hacer lo mismo cuando atacaron a su padre…

Hyouei agitó su espada con fuerza hacia un lado, limpiándole cualquier rastro de sangre que hubiera quedado en ella, y luego la introdujo de nuevo en su funda. Se acercó hacia Tsuruyo y Sayo, y se hincó a su lado para desatarlas.

– Lo siento, Tsuruyo. – Murmuró Hyouei con pesar. – Ya sé lo de Tokisada. De haber sabido que esto ocurriría, hubiera llegado mucho antes. Tengo un bote preparado que nos está esperando para salir de aquí cuanto antes.

– Tenemos que ir a la aldea, tío. – Añadió Shougo, acercándose a él. – Tenemos que ayudar al resto de la gente…

– No hay nadie más, Shougo. – Le respondió con un tono severo. Los tres se quedaron mudos ante sus palabras. – Cientos de hombres del Shogun entraron a Shimabara, se llevaron a todos y quemaron las casas. No hay nadie más a quién ayudar. Sólo quedan ustedes tres.

– ¡No es cierto!, ¡es imposible!

Hyouei no dijo nada más al respecto; para él tampoco era muy sencillo aceptar que todo eso estuviera pasando. Desató a Shougo, a Sayo y Tsuruyo, y entonces se incorporó de nuevo.

– Vamos, hermana, no hay tiempo que perder.

Hyouei le extendió la mano para ayudarla a pararse, pero en lugar de tomarla, Tsuruyo  empezó a toser con mucha desesperación de golpe.

– ¿Estás bien, madre? – Le preguntó asustada Sayo, estando de pie a su lado.

La mujer de cabellos cafés hizo un gran esfuerzo para que su tos cesara, y así poder hablar.

– Hyouei, llévate a los niños y déjenme aquí. Mi cuerpo está demasiado débil, y no me queda mucho tiempo. Tan sólo sería una carga para ustedes.

– ¡¿Qué?! – Exclamó Sayo sorprendida. – No, madre, no…

– Pero… Hermana… No… – Agregó Hyouei confundido.

– No, madre, no digas eso. – Dijo Shougo por último. – No puedes quedarte. Si te quedas, te matarán, te matarán al igual que papá.

– Le dije a Tokisada que me quedaría aquí en Shimabara hasta el final. Qué pelearía a su lado, y moriría si era necesario. Y honraré esas palabras hasta mi último aliento.

– Madre, no… – Los ojos de Sayo se humedecieron de golpe, y gruesas lágrimas empezaron a recorrer por sus mejillas.

– ¡Entonces yo también me quedaré, Madre! – Declaró Shougo con ímpetu. – Te protegeré, pelearemos juntos…

– ¡De ninguna manera, Shougo! – Le interrumpió su madre, volteándolo a ver con una expresión severa, similar a cuando lo reprendía por haber hecho algo malo. – ¿Acaso no le prometiste a tu padre que serías el salvador de nuestra gente?, ¿qué serías la Esperanza de Shimabara? ¿Cómo piensas cumplir esa promesa si mueres en este lugar?

– Pero… Madre… ¿Qué voy a hacer sin ti?

– ¡No seas cobarde! Lo último que necesitas ahora es dejarte llevar por las compasiones y la cobardía. Tú tienes que ser fuerte como el acero, tienes que ser tan fuerte como Dios mismo. Si mueres ahora, la esperanza de toda la gente de Shimabara morirá contigo. Así que sé un hombre, y afronta tu destino…

– Madre…

Shougo también sentía que se soltaría a llorar en cualquier momento, al igual que su hermana. Justo cuando pensaba que un pequeño rayo de esperanza se asomaba con la llegada oportuna de su tío, ahora parecía que de nuevo todo se volvía oscuro de golpe. Había perdido a su padre, ¿y ahora perdería también a su madre?

– ¡¿Qué sucedió?! – Escucharon que alguien gritaba con fuerza.

Los cuatro alzaron su mirada, y pudieron ver de pie sobre el risco, a cuatro hombres armados, de seguro hombres del Shogun como los tres que yacían muertos a sus pies. Rápidamente empezaron a moverse, de seguro para dirigirse hacia la playa lo más rápido posible.

– No podemos esperar más tiempo, hermana. – Señaló Hyouei, quien al parecer intentaba mantener la cabeza fría.

– Lo sé. – Respondió ella a su vez, asintiendo. Introdujo entonces su mano derecha en el interior de la manga izquierda de su kimono, buscando un objeto en su bolsillo interno. – Sayo… Por favor, toma esto… – Le extendió en ese momento a la pequeña niña un medallón plateado, atado a una serie de perlas moradas, e hizo que cerrará sus manos en torno a él. – Atesóralo por siempre, mi pequeña niña. Tenlo siempre cerca de tu corazón, y nunca olvides quién eres. Nunca dejes solo a tu hermano; él te necesitará mucho a ti, como tú a él.

Sayo, quien no era capaz de contener el llanto, asintió con rapidez con su cabeza, pues era incapaz de hablar.

– Hermano mayor, por favor cuida de ellos…

– ¿Estás segura de esto, Tsuruyo? – Cuestionó Hyouei, a lo que ella simplemente respondió con un leve movimiento de su cabeza sin voltear a verlo. Él miró unos instantes hacia otro lado, intentando aceptar lo que estaba por ocurrir. Entonces se acercó hacia Sayo, y tomó a la pequeña en sus brazos. – Si ese es tu deseo, así lo haré, hermana…

– Gracias, hermano…

Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Tsuruyo, y por primera vez en mucho tiempo, Shougo y Sayo pudieron ver algo de color, algo de luz en su rostro. Hyouei tomó a Shougo de la mano, mientras seguía sujetando a Sayo, y entonces empezaron a correr con rapidez.

– ¡Madre!, ¡Madre! No, por favor, ¡por favor no! – Le gritaba Shougo con fuerza, incapaz de no voltear hacia atrás, y ver como la imagen de la mujer sentada en la arena, se volvía más y más lejana. Ella los miraba fijamente desde su lugar, aún sonriendo.

Hyouei los llevó hasta un punto más remoto de la playa, en donde un pequeño barco de madera los aguardaba. De inmediato los tres subieron a él, y su tío empezó maniobrar el remo trasero para controlar el barco y alejarse lo más rápido de la orilla.

El mar empezaba a embravecer.

Shougo estaba sentado en el suelo de madera, con su mente totalmente ida. Todo había ocurrido tan rápido. ¿No estaba hace un segundo con toda su familia rezando en el templo? ¿Y ahora su padre estaba muerto y él se encontraba huyendo abandonando a su madre…? ¿Qué clase de pesadilla era esa?, ¿qué clase de broma cruel le estaban jugando?

– ¡Madre! – Escuchó como Sayo gritaba con todas sus fuerza.

Shougo se incorporó rápidamente, y notó que Sayo miraba fijamente hacia la playa, con sus manos apoyadas en la orilla del bote. Él no quería mirar lo que ella miraba, pero no pudo evitarlo. Al voltear en esa dirección, la imagen ante él lo horrorizó. Los cuatro hombres que estaban en el risco, ya estaban en la playa, y rodeaban a su madre, que seguía sentada en el mismo lugar en el que la habían dejado.

Uno de ellos, sujetaba un rifle, con el extremo de éste a unos escasos centímetros de su cabeza. Ella, permanecía sentada, con sus ojos cerrados, y sus manos juntas; parecía estar rezando. Antes de que Shougo pudiera hacer algo para evitar que Sayo lo viera, se escuchó el fuerte estallido de la pólvora. Y un segundo después, ambos vieron como el cuerpo de su madre se desplomaba hacia un lado en la arena.

– ¡No!, ¡madre! – Gritó Sayo con fuerza, haciéndose al frente, como si fuera a intentar saltar del barco en cualquier momento.

– ¡No mires, Sayo!, ¡no mires!

Shougo rápidamente la tomó y la atrajo hacia él, haciendo que pegara su rostro contra su pecho. La niña no tardó en aferrarse a sus ropas, y empezar a llorar con todas su fuerzas, como tal vez nunca había llorado en su vida, y como tal vez nunca más volvería a hacerlo… Shougo la abrazaba con fuerza contra él, sin saber si llorar, gritar, golpear algo, o qué hacer en esos momentos. Era imposible, pero claramente le parecía estar percibiendo el picoso aroma a pólvora del arma disparada, combinado con el olor a sangre y el aire salado del mar…

Mientras se alejaban, comenzando a rodear toda la costa de Shimabara, Shougo vio a lo lejos una larga columna de humo que se alzaba más allá de los árboles del bosque. Esa debía de ser la aldea, la aldea quemándose hasta las cenizas, tal y como su tío les había dicho. Pero, eso no fue lo que llamó principalmente la atención del chico de ojos verdes. Desde su posición, podía ver la colina Seirei, la colina del templo, la colina en la que su padre había muerto ante sus ojos. Pero lo que había en ese lugar, lo que se alzaba en lo alto, lo dejó estupefacto.

Decenas, tal vez centenas, de cruces de madera paradas, de cuatro o cinco metros de alto, hechas con tablones viejos. Y en cada una… Había una persona, un cuerpo, atado o clavado a los tablones… Muerto, inmóvil, hombres, mujeres, ancianos, niños por igual. Los habían ejecutado, a todos, y puestos ahí, en su colina sagrada, como una parodia de la historia de los 26 mártires ejecutados hace más doscientos cincuenta años, como una amenaza, una burla…

Todo su ser se cubrió de una profunda rabia, de una profunda furia ante tan espantosa escena… Sus ojos inocentes de diez años, miraban fijamente la colina y las cruces, que poco a poco se iban alejando, o más bien eran ellos los que se estaban alejando del que había sido por tanto tiempo su único y amado hogar.

Sayo seguía llorando contra su pecho, y las olas golpeaban el barco y lo mecían de un lado a otro. Pero lo único que Shougo escuchaba en su cabeza, eran las últimas palabras que sus padres le dijeron, las últimas promesas que le hicieron hacer….

– “Padre… Madre… Seré fuerte, tan fuerte como Dios… “ – Pensaba mientras se aferraba al pequeño cuerpo de Sayo. – “No, lo seré aún más. Seré más fuerte que Dios, me convertiré en el mismísimo Dios si es necesario… Seré más fuerte que cualquier otro ser divino o mortal. No me inclinaré ante nadie, ni seré maltratado ni pisoteado nunca más… Me convertiré en Dios… Y volveré a Shimabara… ¡Lo juró!”

Mientras se repetía una y otras vez esas palabras, Shimabara quedaba cada vez más lejos, y ni Sayo ni él volverían a poner un pie en ella, en más de trece años…

FIN DEL CAPITULO 17

Shougo Amakusa y Yukishiro Enishi están al fin frente a frente. Magdalia tendrá que ser testigo de este inevitable choque. ¿Pero por quién es por quién teme más?, ¿de quién o de qué está preocupado exactamente? ¿Qué es lo qué pasará con todos ellos cuando este duelo termine…?

Capitulo 18: Duelo de Caballeros

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NOTAS DEL AUTOR:

– Creo que éste ha sido el capítulo más largo hasta ahora (después de la redición). Cómo mencioné antes, gran parte de este capítulo está íntegramente basado en la historia de Shougo y Sayo, narrada en el Episodio 72 de la Serie de Anime de “Rurouni Kenshin”. Para los que hayan visto y recuerden dicho capitulo, habrán notado que gran parte de los diálogos y de los acontecimientos fueron modificados. Esto fue para adaptar todo más acorde al estilo de la historia, y también para darle algo más de contenido y de explicación de cómo se dieron las cosas. Pero se intentó mantener la esencia general de lo narrado en el capitulo.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 17. Más Fuerte que Dios

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