Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 16. Pasado Doloroso

24 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 16. Pasado Doloroso


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 16
Pasado Doloroso

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

– ¿Hitten Mitsurugi Ryu? – Murmuró muy despacio la cristiana, repitiendo las últimas palabras que el mafioso acababa de pronunciar.

Toda esa situación carecía de sentido para ella; de hecho, todo el día en general pareciera estar lleno de inconsistencias, sorpresas, y de cosaaas que no terminaba de comprender. Primero fue la extraña aparición de Yukishiro Enishi en el barrio cristiano, como se le acercó y empezó a hablarle. El por qué había ido hasta ahí y qué era lo que quería decirle exactamente, ya era de por sí confuso; pero luego aparecieron esos hombres en la iglesia, hombres con malas, aunque no muy claras, intenciones. Pero lo más extraño había sido cómo había terminado dicho suceso, con el mismo Enishi reapareciendo, ahora como un completo loco, y golpeando a uno de los atacantes, que pertenecía a su propia mafia, hasta casi matarlo, para luego irse sin dar menor explicación. Su hermano estaba ya por sí furioso por lo ocurrido en la iglesia, y tras enterarse del  incidente del disparo; pero no podía ni imaginarse cómo se pondría ante el último acto extraño por parte de este sujeto: atacarla en su posada, dormirla, y traerla contra su voluntad a quien sabe dónde… ¿Y para qué exactamente? La respuesta a esa pregunta no haría más que enredar aún más todo ese extraño asunto…

Enishi estaba sentado con tranquilidad frente a ella, sosteniendo esa extraña espada frente a él, luego de haber pronunciado esas extrañas palabras: “Quiero ver el poder tan increíble del Hiten Mitsurugi Ryu…”

– ¿Cómo es que conoces el estilo de pelea de mi hermano? – Preguntó luego de un rato de silencio, en el que pareció estar asimilando todo.

Hiten Mitsurugi Ryu, era un nombre que había estado escuchando constantemente durante su niñez en Hong Kong. El nombre del estilo de la espada de su hermano, el mismo que le había enseñado su propio tío Hyouei, luego de haber escapado de Shimabara. Era la primera vez que escuchaba a otra persona mencionarlo; daba por hecho que era un estilo casi desconocido, especialmente en el continente. Pero Enishi lo conocía, o al menos sabía que era el estilo de su hermano, y por su afirmación podía intuir que también conocía lo letal y peligroso que era. ¿Pero cómo?

Enishi simplemente sonrió divertido por su pregunta. Bajó su arma apoyando la punta de la vaina en el piso, a su costado derecho, y su mano derecha contra el pomo. Cruzó sus piernas, colocando la izquierda sobre la derecha, y se apoyó por completo contra su silla, todo eso sin quitarle los ojos de encima ni un segundo a su “invitada”.

– Pareces sorprendida de que sepa tal dato. ¿Acaso era un secreto? Pues igual lo descubrí. Sólo me bastó verlo pelear con los atacantes en la iglesia para darme cuenta del origen de sus movimientos. Es un practicante del Hiten Mitsurugi, de eso no tengo la menor duda… En especial ahora que tú misma me lo acabas de confirmar.

Magdalia se sobresaltó un poco al oírlo. En efecto, se le había ido la lengua y había confirmado sin darse cuenta que el Hiten Mitsurugi era el estilo de combate de su hermano, y él ni siquiera tuvo que preguntárselo. Aunque poco importaba realmente; Enishi no se hubiera tomado tantas molestias si no hubiera estado casi seguro de sus sospechas.

– ¿Acaso… lo que buscas es una pelea con mi hermano?

Enishi volvió a sonreír complacido como respuesta.

– Vaya, hasta que lo entendiste.

– ¡Estás demente! – Le gritó con fuerza; había oído esa frase muchas veces, pero nunca con tanto ímpetu. – No sé qué tienes pensado hacer o porque quieres tal cosa, pero ya te has pasado de la raya. Si sigues con esto, él no te tendrá misericordia alguna, y el único resultado es que morirás. Así que deja esto de una vez y déjanos ir a los dos.

– ¿Realmente te quieres ir? ¿Tan desagradable es mi compañía?

Magdalia ya no sabía ni cómo reaccionar; este individuo era tan volátil, e impredecible. Ahora actuaba como si todo fuera una broma, ¿tal vez lo era? Si era así, era de pésimo gusto. Intentó mantener la cabeza fría antes de volver a hablar. Su próximo intento sería hablar de manera racional, esperando que pudiera hacerlo reaccionar como un adulto por primera vez en toda esa horrible semana. Pero Enishi no le dio tal oportunidad, pues al parecer tomó su silencio como una invitación a tomar la iniciativa. Se paró casi de un salto de su silla, tomándola un poco por sorpresa.

– Ya que estás tan segura de las supuestas grandes habilidades de tu hermanito, supongo que todo este enojo y preocupación no es por él. – Comentó divertido, dando un par de pasos hacia ella.

El cuerpo de la castaña reaccionó por mera autodefensa, alzando sus brazos y dando un paso hacia atrás, como queriendo de nuevo crear distancia entre ellos. Sin embargo, de inmediato se dio cuenta de que eso era un claro reflejo de miedo y sumisión, lo que menos quería reflejar en esos momentos. El fierro que había tomado como arma ahora estaba tirado en el piso, a unos metros detrás de ella; hubiera deseado no haberlo tirado. Recuperó rápidamente la compostura y se quedó parada con firmeza en su  lugar, sin dejar que su cercanía la hiciera retroceder, aunque por dentro lo cierto era que se ponía algo ansiosa.

Enishi se le acercó, hasta ponerse a sólo un par de pasos de distancia de ella. La miró fijamente a los ojos de forma penetrante, y se notaba que ella usaba todas sus fuerzas para mantenerle la mirada lo más posible.

– ¿Es acaso que lo que te preocupa es mi seguridad…? – Murmuró de pronto con un tono suave, y al mismo tiempo dirigió su mano derecha al rostro de la chica, sujetando su barbilla.

Éste acto dejó helada a la Cristiana; no había visto ese movimiento venir.

– ¡¿Qué estás haciendo…?! – Dirigió sus manos hacia él, sujetando su brazo.

Se disponía a retirarlo de ella, y lo hubiera hecho sin problema. Él no la estaba sujetando con fuerza ni nada menos. Sin embargo, no lo hizo… Tenía sus dedos aferrados alrededor de su brazo, pero los dejó ahí, sin intentar otro movimiento. Enishi la sujetaba alzando un poco su rostro hacia él, obligándola a que lo viera a los ojos, a esos profundos ojos turquesa. ¿Qué había en esos ojos que la obligaba a no querer apartarlo? ¿No lo quería? No lo entendía, nada de eso tenía sentido. Analizó con su mirada en resto de su rostro, su nariz, sus mejillas, sus labios… Estos seguían sonriendo, pero se veían más tranquilos y suaves que antes. Ya no era una sonrisa astuta o malvada, sino algo mucho más humano. ¿Cómo hacía para cambiar tan rápido el aire a su alrededor?, ¿cómo podía pasar de hacerla sentir miedo e inseguridad, a rabia y enojo, y luego una gran tranquilidad y paz, como si nada malo estuviera pasando? Sus propias emociones se habían estado moviendo de arriba a abajo desde que lo conoció. ¿Quién era este hombre?, ¿por qué tenía ese efecto en ella?

– Es eso, ¿o no? – Siguió diciendo con el mismo tono, pero Magdalia estaba tan sumida en su propia cabeza, que apenas y entendía lo que decía. – No quieres que nada malo me pase, porqué te preocupas por mí. Cómo cuando le ocultaste a tu hermano lo del disparo, ¿o no? ¿Es acaso que Santa Magdalia siente algo “especial” por este horrible hombre pecador…?

¿Sentir algo especial? No había forma de fuera así, la sola idea era absurda… Aunque… Su hermano ya lo creía, Shouzo lo creía, y ellos eran las personas que más la conocían en el mundo. ¿Sus acciones acaso no eran prueba de que algo raro estaba pasando?, ¿el cómo reaccionaba justo en ese momento ante su cercanía no era prueba de ello?, ¿no podría todo eso tener  una fácil y sencilla explicación…?

De pronto, notó que la sonrisa de Enishi se había esfumado por completo, y su mirada cándida había cambiado a una indiferente, incluso cansada.

– Por supuesto que no. – Murmuró con seriedad y entonces apartó su mano de su rostro.

Magdalia se quedó unos segundos más en la misma posición, incluso con sus manos alzadas como si aún sujetara su brazo. Pero luego logró reaccionar, y ahora sí retrocedió rápidamente, varios pasos para alejarse de él. Ensihi no hizo intento de volvérsele acercar; de hecho, se viró de nuevo hacia la silla.

– Tú misma lo dijiste esta tarde, ¿o no? Dijiste que no querías una muerte en tu conciencia por algo tan insignificante. – Se volteó y se dejó caer de nuevo en su silla, cruzándose de piernas. – ¿Es por eso mismo que me pediste que le perdonara la vida a aquel ladrón? ¿Así es como realmente me ves?, ¿cómo alguien insignificante al que tienes que extenderle la mano para salvarlo?

Magdalia parpadeó confundida ante la mención. Era obvio que se refería al ladrón que le robó su monedero, el día después de haber llegado a Shanghái, en su primer encuentro con él. Más que pedirlo, había exigido que no le hicieran nada a aquel hombre, ya que de no haberlo hecho sus asesinos lo hubieran matado ahí mismo sin pudor. ¿Así era como ella lo veía? Ambos casos eran tan diferentes… Pero a la vez no tanto. ¿Sería sólo eso…?

Miró hacia otro lado con algo de pena. Respiró con cuidado, contando en su mente del uno al diez. Colocó con cuidado su mano sobre su pecho; podía sentir su corazón latir a toda velocidad, pero se fue calmando conforme proseguía su cuenta. Una vez recuperada la serenidad, se viró hacia él con firmeza, y se le volvió a acercar sin miedo.

– Tú, aquel hombre al que te refieres tan despectivamente, y todo ser humano en este mundo merece vivir. Sin embargo, mi hermano se encuentra por encima de todo ello. Él tiene en sus manos el poder de decidir quién vive y quién muere, el poder de castigar a los malvados, y premiar a los justos… un poder que yo no tengo y jamás tendré. Si él decide que mereces la muerte, lo hará, y no hay forma en que yo pueda evitarlo. ¡Así que escúchame! No vale la pena que se derrame sangre esta noche, en especial por un simple capricho.

– Esto no es un simple capricho…

– ¿Entonces por qué deseas pelear con mi hermano? ¿Qué deseas obtener o demostrar con eso? ¿Por qué haces todo esto?

Enishi no parecía nada contento. Los comentarios de Magdalia implícitamente le daban la razón a lo que acababa de decirle, y lo ponían al mismo nivel que aquel ladrón. ¿Eso acaso lo molestaba?, ¿esperaba que le dijera algo diferente? Se volvió a recargar por completo en su silla, y cerró los ojos unos momentos. ¿Sentía cansancio? No, nada cercano a eso. De hecho se sentía más emocionado y excitado que nunca. Era tal vez esa situación, ese momento entre esa chica y él lo que lo cansaba. Luego de lo ocurrido en el restaurante y en la iglesia, actuar de esa forma despreocupada frente a ella le parecía tonto, y gastaba sus energías sin motivo. Lo había intentado, fingir que nada había pasado, volver a su estado normal de ánimo. Sin embargo, de nuevo había caído en lo mismo. Si tan sólo ella no hubiera dicho todo eso durante la cena, o si él no hubiera reaccionado así, dejando que su máscara se cayera tan fácil…

“Soy patético…”

Abrió de nuevo sus ojos y los posó sobre el reloj de la pared. No habían pasado ni cinco minutos de la última vez que lo vio.

– Tú debes de ser la persona que mejor lo conoce en este mundo, ¿no es así? – Soltó de pronto sin razón aparente. Magdalia no entendió al inicio si el comentario tenía algo que ver con lo que estaban hablando, o si estaba cambiando el tema. – El resto de la gente puede creerle su discurso sin problema… Pero tú eres diferente a cualquier otra persona; eres su hermana, después de todo. ¿Tú realmente crees todo ese circo del Hijo de Dios y que posee tal poder con el que me amenazas? ¿O tal vez estás tan acostumbrada a que la gente se trague esas palabras tan fácil que ya las dices sin siquiera pensarlo?

Era difícil interpretar su intención. Esa pregunta tan directa bien podría ser muestra de verdadera curiosidad, un ataque, un simple comentario sarcástico como siempre… O incluso un pensamiento en voz alta que ni siquiera iba en verdad dirigido hacia ella. Fuera la intención que fuera, no deseaba responderle.

Magdalia miró alrededor; había otra silla similar a la de Enishi, a un lado de la chimenea. Tomó su vestido con ambas manos y lo alzó un poco para poder caminar con más libertad. Se acercó a la silla y se sentó en ella, colocando sus manos sobre sus piernas.

– Independientemente de que creas o no que mi hermano es el Hijo de Dios… Lo de que morirás si lo retas es la pura verdad.

Interesante comentario, pero no respondía la pregunta que le había hecho. ¿O sí? ¿Acaso lo que realmente quería decir era que aunque ella no creyera en ello, si estaba segura de que igual lo mataría?  Si era así, le parecía más atractiva la idea de que no creyera realmente el cuento del Hijo de Dios, que el hecho que creyera que lo mataría.

Enishi volvió a acomodarse en su silla y a cerrar los ojos. Tomó su espada y la posó sobre sus piernas; ahora sólo les quedaba aguardar.

– ¿Sabes que es lo gracioso de todo esto? – Dijo de pronto, recuperando la atención de su compañera. – Que ya dejaste de hablarme de usted.

Magdalia se sobresaltó al escucharlo. Hizo una rápida retrospectiva a todo lo que había dicho desde que lo vio abrir la puerta de ese estudio la primera vez. En efecto, su manera de referirse a él había cambiado, incluso de cómo lo hacía hasta esa tarde. ¿Por qué? No había un motivo en especial. ¿Por qué le hablaba de “usted” en primer lugar? ¿Respeto? No, no había forma de que fuera por eso; sería más lógico que fuera para demostrar todo lo contrario. ¿Cómo parte de un juego?, ¿cómo parte de su juego? ¿Y qué cambiaba ahora? Estuvo meditando unos momentos en dicha idea, hasta que llegó a la conclusión que le parecía más lógica… Antes de este incidente, nunca había sentido un verdadero peligro en la cercanía de ese hombre. Pero el juego había terminado esa misma noche, pues todo escaló a otro nivel, y lo que la impulsaba a actuar de esa forma antes ya no existía.

Si era el caso, ¿qué se suponía que debía hacer en esos momentos? Era obvio que no podría convencerlo por las buenas de que desistiera de todo ese asunto. ¿Había una forma de hacerlo por las malas? Le era imposible realmente decidir qué nueva estrategia tomar, si no comprendía realmente el problema.

Volteó hacia el reloj. Ya casi se cumplían los primeros diez minutos de esa incomoda escena. ¿Qué era lo que sabía hasta el momento? Que ese hombre era el líder de la Mafia más peligrosa de Shanghái y tal vez de China, que era japonés como ellos, tal vez de su misma edad. Empezó a negociar con su hermano y Kaioh el supuesto apoyo de su grupo a su causa en Shimabara, pero su hermano había roto tal trato hace un par de días atrás. Y ahora, acababa de hacer que sus hombres la trajeran contra su voluntad a ese sitio, aparentemente para obligar a que su hermano fuera hasta ahí y poder pelear con él, y todo derivado por su estilo de pelea hasta dónde lograba entender. Todo ello era a menor o mayor medida claro, pero había un par de cosas que no tenían sentido aún, y que seguían haciendo que todo eso no terminara de ser tan confuso en su cabeza.

Miró de nuevo el reloj. Ambos ya llevaban largo rato en silencio. ¿En qué estaría pensando él en esos momentos? Al mirarlo de nuevo, él seguía exactamente en la misma posición, sentado, con sus ojos cerrados. Tenía algo qué decir, ¿pero sería el momento adecuado para hacerlo? ¿Y realmente qué respuesta deseaba recibir?

– Dime una cosa. – Soltó de golpe con la fuerza suficiente para que lo escuchara. Enishi abrió sus ojos de nuevo, y la volteó a ver con normalidad. – Entonces todo eso que hiciste… Los regalos, los cumplidos, la cena, el estarme siguiendo… ¿Todo eso fue sólo para provocar a mi hermano e incitarlo a pelear contigo?

– ¿Eh?

La reacción inicial del albino pareció ser de sorpresa o de confusión. Se le quedó viendo sin decir nada por un rato, y luego se viró lentamente hacia su lado izquierdo, evitando cualquier tipo de contacto visual.

– Sí… Algo así…

Mentía, al menos en parte. Desde que los conoció, se dio cuenta de que existía algo en ellos que lo atraía y que lo hacía querer saber quiénes eran realmente. No había ningún motivo consciente para tales acciones, no hasta esa misma tarde en la que vio pelear a Shougo con su estilo de pelea y lo reconoció. Por dónde lo viera, era más fácil creer que ese era el origen de todo. Pero aunque hubiera una fuerza superior guiando sus acciones para que descubriera ese dato tan interesante… Su actitud hacia la chica sentada frente a él no estaba del todo explicada. Y no hablaba de los regalos y la cena, eso era fácil de explicar en su cabeza. Lo que aún no entendía del todo eran sus acciones luego de la dichosa cena, desde el disparo, hasta su visita al Barrio Cristiano, y sobre todo cómo había saltado de esa forma tan agresiva a salvarla.

Se talló sus ojos un poco al recordar, lo poco que podía recodar, de lo que paso en esos momentos. No se podía engañar así mismo diciendo que no sabía por qué había hecho eso. Era claro que la revelación de que Shougo Amakusa era un practicante del Estilo Hiten Mitsurugi, llevó su mente a otro lugar y momento, al lugar y momento en el que, en vez de ver a Magdalia en peligro… vio a esa otra persona. Y eso era lo que más lo afectaba. ¿Cómo pudo confundir a esa chica con ella? La sola idea… Le revolvía el estómago.

– ¿También esos hombres que nos molestaron en la iglesia?

Escuchó de forma lejana sus palabras, pero no entendió lo que le decía. De nuevo se estaba dejando jalar por esas ideas, y no podía permitírselo, no en esos momentos; debía de mantenerse lo más lúcido posible.

– Perdón, ¿qué dijiste? – Le preguntó, volteándose de nuevo hacia ella.

– Los hombres que entraron y nos atacaron en la iglesia. ¿También fue para esto…?

– No. – Dijo de golpe de forma apresurada. – No tuve nada que ver con eso… Eran hombres de otro líder del Feng Long, un viejo amargado y xenofóbico que de seguro tomó la cancelación del trato como excusa para molestarlos. Pero yo… no tuve nada que ver con eso…

Parecía muy interesado en dejar claro ese punto, mucho más que con cualquier otro. Magdalia de antemano estaba casi segura de que él no los había enviado, pero todo ese asunto le hacía dudar de todo lo que ya creía; se sentía un poco aliviada de que al menos en eso no hubiera errado.

–  Pero supongo que es justo decir que con todo esto se destruye tu pequeña teoría sobre mí, ¿no?

– ¿A qué te refieres?

– Sabes muy bien a qué me refiero. Todo eso de que me quería acercar a ti por ayuda, lo del niño pequeño y travieso que está hambriento de amor, y toda esa sarta de tonterías que dijiste en el restaurante. – Soltó una aguda carcajada como si acabara de pronunciar una divertida broma. – Cómo ves, mis intenciones eran totalmente diferentes a las que creías.

Enishi la miró fijamente con una amplia sonrisa de confianza, esperando a ver qué tipo de respuesta daba a eso. Para su sorpresa, la joven no se sobresaltó molesta, parándose de su silla y diciendo algo como “¡No era una sarta de tonterías!” En lugar de eso, permaneció sentada en su silla, mirándolo fijamente en silencio. Pasaron varios segundos, y ella continuaba sin decir nada, ni apartarle los ojos de encima. ¿Qué estaba intentando hacer? Sintió que su sonrisa confiada quería desaparecer, pero no podía permitirse que ella lo notara.

Magdalia parpadeó un par de veces sin cambiar la expresión de su rostro. Ese acto por alguna razón lo exasperó. Estaba por decir algo, pero ella se le adelantó primero.

– No lo creo así. – Soltó de golpe como si nada. – Sigo sin creer que haya sido una sarta de tonterías como dice.

– ¿Por qué eres tan obstinada?  – Rió de nuevo, aunque su risa ya era menos sincera que antes. – ¿Te cuesta admitir que te equivocaste?

– No es eso. Tú me lo confesaste hoy mismo, que tuve razón en algunas cosas que dije. ¿O ya lo olvidaste?

Ya le era imposible seguir sonriendo. En efecto lo había dicho. Él mismo había ido al Barrio Cristiano, y le había dicho todo eso. ¿Por qué? Ya no tenía sentido preguntarse los porqués. Se volteó hacia otro lado, y alzó su espada un poco para poder descruzar sus piernas, y ahora cruzar la otra. ¿Señal de nervios tal vez?

– ¿Y eso qué? Pude haberte estado mintiendo.

– No lo hiciste, de eso estoy segura. Tu reacción en el restaurante fue suficiente para darme cuenta de ello, lo de esta tarde sólo me lo confirmó.

Qué listilla resultó ser Santa Magdalia. ¿Le estaba regresando su juego? Si no fuera en esos momentos él, el blanco de tan desafortunada situación, aplaudiría o incluso se reiría de ello.

– Y si tuve razón en eso, sólo con eso sé que no eres muy distinto a mi hermano… o a mí. – Magdalia bajó su mirada hacia sus manos mientras hablaba. Enishi pareció volverse a interesar, y la volteó a ver de reojo. – Dijiste que esa persona que reflejas en estos momentos no es el verdadero tú. Tal vez no te interese saberlo, pero esta mujer que has conocido hasta ahora, Santa Magdalia, la cristiana caritativa, la mujer fuerte y segura de sí misma… No es del todo real tampoco.

Enishi se sorprendió al oírla e inevitablemente se volvió por completo hacia ella. El rostro de Magdalia estaba serio, sereno… Incluso un poco melancólico.

– Lo mismo ocurre con mi hermano. Hace mucho tiempo, él y yo encerramos nuestro verdadero ser muy profundo, para ser las personas que el pueblo cristiano necesitaba, para ser esos seres perfectos y puros que les dieran esperanza… La esperanza que nosotros ya perdimos hace mucho tiempo. Es por eso que puedo entender a la perfección que quién eres ahora no es quién quieres ser, sino quién necesitas ser… Y eso siempre es muy pesado y solitario, ¿verdad?

Alzó su rostro hacia él en esos momentos, sonriéndole con delicadeza.

– ¿Hablas enserio? – Fue lo primero que surgió de los labios de Enishi luego de un rato.

– ¿Crees que miento?

– No lo sé. Tal vez. – Hablaba apresurado, y algo incómodo. – Y aunque no fuera así, no entiendo a qué quieres llegar con todo esto. Cuando estuvimos en el restaurante mencionaste que habías visto muchas desgracias desde que eras niña. ¿Es eso?, ¿algo malo te pasó hace mucho y ahora eres quien eres por ello? ¿Por eso piensas que somos tan parecidos y por eso puedes entenderme? – Soltó una pequeña risilla. – ¿Qué les pasó a los santos hermanos Amakusa cómo para justificar tal idea?

Para su sorpresa, Magdalia mantuvo la calma ante ese casi ataque.

– ¿Lo preguntas porque te interesa o sólo quieres saciar tu curiosidad?

– ¿Importa acaso cuál de las dos sea?

La actitud de Enishi se había puesto notoriamente a la defensiva. Posiblemente sentía que la conversación se estaba dirigiendo peligrosamente hacia él, y previa que posiblemente pudiera llegar muy profundo, y por ello intentaba dejarla de su lado lo más posible. Esa sólo actitud le confirmaba lo que venía diciendo desde hace tiempo: tenía toda la razón sobre él.

– No es algo muy difícil de suponer. Sí, nos ocurrió… algo, y es por eso que estamos aquí, y es por eso que hacemos lo que hacemos. – Guardó silencio unos momentos antes de continuar. – Un pasado doloroso, del cual la verdad no me gusta mucho hablar. Mi hermano suele a veces contar la historia, escucho comentarios al respecto de otros… Pero yo sólo he podido hablarlo abiertamente con Shougo, y nadie más… Pero… – Lo volteó a ver de nuevo con cierta decisión en su mirada. – ¿Si te lo contara… tú me contarías tu historia?

El albino se sorprendió al escucharla. ¿Qué clase de petición era esa?

– ¿Por qué das por hecho que tengo un “pasado doloroso” que contar?

– ¿Quién es el obstinado ahora? Sé qué es así.

– Pues si fuera cierto, mi respuesta sería: por supuesto que no.

– ¿Estás seguro de eso? ¿Alguna vez lo has hablado con alguien anteriormente?

– ¿No escuchaste nada de lo que dije? – Enishi soltó una risa ligera con incredulidad. – Mi interés por tu supuesta historia triste no es tan grande como para ponerme a negociar para que me lo cuentes. Y esta plática me está provocando jaqueca. Será mejor que nos quedemos callados hasta que llegue tu hermano. Será lo más sano para los dos.

Y parecía que hablaba enserio. Guardó silencio, se volteó hacia otro lado, y colocó una completa barrera alrededor de él, para no dejar entrar ni salir ni una sola palabra. De nuevo esa misma reacción. El sólo hecho que lo que dijera lo afectara tanto y lo hiciera perder tanto el control, no hacía más que confirmarle a Sayo todo lo que ya sabía.

Todo se volvió a poner en silencio por un rato más. ¿Cuánto más tardaría su hermano en llegar hasta ahí? De seguro no mucho. ¿Qué podría hacer en ese corto tiempo? Apretó sus puños con fuerza, mirando un punto en especial en el piso. No estaba dispuesta a quitar el dedo del renglón del tema como a él le gustaría; esa podría ser la única forma de cambiar toda esa situación para mejor, pero… ¿Sería capaz de hacerlo?, ¿tendría la fuerza suficiente para ello? No se podía permitir dudar, no cuando literalmente el tiempo se le estaba acabando. Rápidamente se puso de pie, tomó la silla en la que estaba sentada y empezó a arrástrala en dirección a su captor.

Enishi miró confundido ese acto, viendo como la castaña se le acercaba con pasos rápidos con todo y su silla. Pensaba preguntarle qué estaba haciendo, o qué se proponía… Pero una parte de él prefería ver a dónde quería llegar. Magdalia colocó la silla justo delante de la suya, y se sentó en ella. Ahora ambos estaban sentados uno frente al otro, con menos de un metro de distancia entre ambos. La ojos verdes se acomodó su falda, y luego se inclinó ligeramente al frente, mirándolo fijamente como si estuviera a punto de regañarlo. Tomó una profunda bocanada de aire, exhaló, y entonces empezó a hablar.

– Mi hermano y yo nacimos en Shimabara. La familia…

– Alto ahí. – Pronunció con fuerza el albino, alzando una mano hacia ella para indicarle que callara. – ¿No dejé muy claro que no tengo interés alguno en tu historia?

El ceño de Magdalia se arrugó con molestia ante su interrupción.

– ¿No te enseñaron que es de horrible educación interrumpir a las personas? Y no dijiste que no tenías interés, sólo que no tenías tanto como para negociar por eso. No quiero negociar, sólo te lo contaré, quieras o no. Lo que hagas luego de eso, será tu decisión.

Al parecer no le dejaba muchas opciones. Pudo haber puesto más resistencia, haberla obligado a guardar silencio, o incluso irse de la habitación y volverla a encerrar; no había en realidad ninguna obligación de esperar con ella la llegada de Amakusa. Sin embargo, en el fondo, tenía curiosidad de oír lo que tenía que decir, de saber cuál era ese “pasado doloroso” que presumía. Se volvió a sentar derecho en su silla, y aguardó. Magdalia tomó su silencio como una invitación a que reanudara su historia, y así lo hizo.

– La familia samurái de mi padre afirmaba descender directamente de Shiro Amakusa, el líder Cristiano de la Rebelión de Shimabara, doscientos cincuenta años atrás. Por ello, siempre gozamos de gran respeto y renombre entre la comunidad cristiana de Japón, sobre todo en el sur. Pero fuera de aquellos que compartían nuestra fe, eso era algo que manteníamos siempre en secreto. Luego del fin de aquella rebelión, el gobierno Tokugawa se volvió mucho más duro con la cacería de cristianos, en especial con aquellos involucrados con el movimiento de Shiro Amakusa. Luego de más de dos siglos, parecieron olvidarlo. Shimabara se volvió de nuevo un lugar de reunión y de armonía para los cristianos japoneses, que consideraban a mi padre como una clase de líder. Todo parecía estar bien… Pero las cosas comenzaron a ponerse de nuevo difíciles desde que los incidentes y rumores de disturbios previos a la Revolución Meiji empezaron. Yo era apenas una niña muy pequeña, no entendía nada de lo que pasaba en esos momentos. El gobierno Tokugawa empezó a ver conspiraciones, enemigos y traidores en todos lados. Cualquier posible fuego de rebelión tenía que ser apagado cuanto antes… Y el punto más grave para nosotros comenzó con lo ocurrido aquí en el continente.

Enishi tardó un par de segundos en entender a qué se refería con ello. La respuesta lo golpeó con fuerza.

– ¿Te refieres a…?

No fue capaz de pronunciar nada más, pero Magdalia sabía que lo había entendido. Ella asintió lentamente con su cabeza, para decirle que era justo lo que estaba pensando.

– Hablo de la Rebelión Taiping…

– – – –



Shimabara, Japón
29 de Julio de 1864 (Año 1 de la Era Genji)

Era una calurosa mañana de verano, en aquella pequeña villa al sur del Japón, prácticamente oculta entre montañas, árboles, y el mar. Para los ojos de cualquiera, esa sería la típica villa de pescadores, granjeros y artesanos del Periodo Edo. Todos enfocados en su labor, los niños ayudando, o jugando por las calles de terracería. Mujeres preparando comida en puestos, esperando a que los hambrientos clientes se acercaran para satisfacer su apetito. Aves volando, gallinas cacareando, caballos andando de un lado a otro, jalando mercancías en carretas de madera. Un escenario muy típico… Pero no lo era del todo.

No todo en esa mañana en especial era tan típico como aparentaba. Algunos rostros estaban ausentes en esos momentos. ¿Dónde estaban Toho y su hijo?, ¿por qué no estaban en el molino de trigo como cada mañana? La balsa de Kamata seguía amarrada en el pequeño puerto improvisado que tenía, ¿por qué no había salido a pescar temprano como acostumbraba? Ya había sido hora de que Nito fuera al puesto de panes al vapor a comerse sus dos panes de la mañana, pero no lo había hecho aún. ¿Dónde estaban todas esas personas?

Muchos notaron sus ausencias, pero casi nadie demostraba alarma por ello. Tenían que seguir adelante con su rutina, tenían que seguir como si nada estuviera pasado; no podían permitir que algunos ojos externos notaran que algo no estaba bien… Porque en efecto, algo no estaba bien…

Un hombre alto, de cabellos castaños oscuros, hombros anchos y rostro cuadrado, avanzaba con tranquilidad por la calle principal del pueblo, acompañado de su joven hijo de diez años, un jovencito bien parecido, de cabello oscuro, sujeto con una cola y ojos verdes. Ambos portaban en su cintura una espada, pero la del chico era algo más pequeña, acorde a su tamaño. Mientras pasaban caminando, algunas personas los volteaban a ver de reojo, se escuchaban pequeños murmullos, pero no progresaba mucho más. No podían permitirse poner más atención de la normal en ese padre y su hijo caminando por la calle; tenían que actuar como si sólo fueran dos personas normales andando, no podían dejar que alguien notara que no era así.

Ambos avanzaron hacia una casa relativamente grande, ubicada un poco a las afueras de la villa, al pie de las montañas. No entraron a la propiedad por la parte frontal de la casa, sino que entraron por una puerta que daba al patio trasero. El lugar parecía estar algo descuidado, con maleza creciendo, y un árbol totalmente seco y muerto en el fondo. El niño miró confundido todo ese escenario, y entonces se volteó hacia su padre.

– ¿Qué hacemos aquí, padre?

El hombre lo vio unos segundos con cierta seriedad, y luego se volteó hacia otro lado.

– He venido a encargarme de un asunto importante, Shougo. – Le comentó con una tranquilidad en su voz que no se sentía sincera. – Han pasado cosas importantes en otras partes, que terminarán repercutiendo en nuestras vidas, y en toda Shimabara, hijo, y necesitamos actuar antes de que eso ocurra.

– ¿Cosas importantes?, ¿qué cosas? – El niño parecía no entender la naturaleza de esas palabras. ¿A qué se refería con eso?

El hombre guardó silencio por un rato más, pero entonces se giró de nuevo hacia su hijo con firmeza. Parecía luchar contra sí mismo para abrir sus labios y responder la pregunta, pero justo cuando estaba por hacerlo, algo lo detuvo.

– Señor Mutou. – Se escuchó que alguien pronunciaba desde el interior de la casa.

El hombre de cabellos largos se giró sobre su hombro al escuchar dicha voz; el niño también volteó en esa dirección, llamado por la repentina señal de vida en ese sitio que se veían tan desolado. Desde la puerta corrediza que daba al patio, un chico joven, pequeño y delgado, con la cabeza rapada de la parte superior, los miraba con seriedad y pesar en su mirada; se le veía algo cansado, pues pequeñas ojeras se marcaban debajo sus ojos.

– Ya están todos reunidos. Lo están esperando…

La mirada del padre se endureció, y entonces asintió con su cabeza. Esa sola indicación fue suficiente para que el chico volviera al interior de la casa, cerrando la puerta detrás de sí.

– Shougo, quédate aquí y practica tus repeticiones. – Le indicó el hombre al niño, mientras se disponía a ingresar a la casa. – No tardaré, lo prometo.

– Sí, papá…

El muchacho lo siguió con la vista, un tanto confundido de que tuviera que irse de esa forma tan repentina y sin explicación, pero no acostumbraba contradecir las acciones de su padre. Vio como deslizó apenas un poco la puerta hacia un lado, entró en la casa y luego la volvió a cerrar con mucha rapidez, casi como si no quisiera que viera lo que ocurría en el interior. Shougo no puso mucha importancia en ello, y obedeció la última indicación de su padre. Sacó su espada con cuidado de su funda, la tomó de la empuñadura con ambas manos y la alzó sobre su cabeza, para luego jalarla con fuerza hacia el frente, acompañado de un paso firme. Se notaba que ya estaba muy acostumbrado a tener esa arma en sus manos pese a su corta edad. Dio un paso hacia atrás, la alzó de nuevo, y repitió el mismo movimiento.

– – – –

En el interior de la casa, se encontraban alrededor de quince personas reunidas, todas en una habitación relativamente pequeña, apenas lo suficiente grande para que estuvieran al menos un poco cómodos. Todos eran hombres, de edades aparentes que iban desde los veinte, hasta los sesenta años aproximadamente; el padre de Shougo parecía estar a la mitad de ello. Cuatro portaban espadas, incluido él. Otra cosa que tenían en común casi todos, era la gran expresión de preocupación y melancolía que los acompañaba, casi como si se tratara de un funeral; pero no se trataba de eso… No aún.

– Los rumores que habíamos escuchado se han confirmado. – Pronunció con seriedad un hombre mayor, de cabello canoso y bigote, mientras veía fijamente el suelo. – Las últimas noticias que se han lograron filtrarse desde el continente afirman que en efecto, Nanjing ha caído, y Hong Xiuquan está muerto…

Todos miraron hacia otro lado de forma pensativa. No había reacciones de sorpresa; todo eso era algo ya habían oído antes de ir hasta ese lugar, ya fuera como un simple rumor en palabras de cualquier persona, o como una verdad ya segura.

– Después de lo que acaba de ocurrir en Kyoto, el Shogun querrá apagar cualquier fuego de rebelión antes de que se dé. – Cuestionó con un tono casi fúnebre otro hombre, que se encontraba al fondo de la habitación. – El Reino Celestial era nuestra única esperanza de poder huir con vida. ¿Ahora qué haremos? Con lo ocurrido en el continente, nosotros seremos su primer blanco sin duda.

– ¡Deje de decir tonterías! – Se escuchó que otra persona, aparentemente un tanto más joven que el resto, pronunciaba con fuerza, poniéndose de pie. – ¿Olvidan acaso el motivo por el que nuestros padres decidieron volver a este lugar luego de dos siglos de ocultarnos? No fue para esperar que un sujeto en el continente nos viniera a salvar, ni para huir como cobardes.

– Él tiene razón. – Agregó otro de los hombres, también parándose en el extremo contrario de la habitación. – No interesa lo que ocurra en el continente, ni interesa lo que le haya ocurrido a ese Hong como se llame. Porque para nosotros, sólo existe un Hijo de Dios, y ese es Shougo-sama.

Al pronunciar esas palabras, los ojos de todos se posaron sobre aquel hombre, aquel que había llegado junto con el niño: Tokisada Mutou, o como muchos lo llamaban, Tokisada Amakusa…

– ¡No importa lo que digas!, ¡ésta era nuestra única oportunidad de tener aliados de gran poder en contra de los Tokugawa! – Exclamó con fuerza uno más de ellos, un hombre mayor de arrugas en el rostro, pero no por ello con menos energía. – De vengarnos al fin de lo que le hicieron a nuestros antepasados, lo que le hicieron a nuestro señor Amakusa. Ahora sin el apoyo del Reino Celestial, los hombres del Shogun no tardarán en venir por nosotros.

– ¡Pues que vengan! No me ocultaré por más tiempo de esos perros.

Las cosas parecían empezar a calentarse. Existían dos posturas claras en esa habitación, y ambas empezaban a chocar entre sí. Alguien tenía que decir algo para tranquilizarlos antes de que las cosas empeoraran, y la persona que lo hizo fue un hombre alto de complexión media, cabello castaño claro, largo y sujeto con una cola, que usaba un kimono café oscuro y un hakama ancho café claro. Su rostro y su mirada eran firmes y serios.

– Basta todos, no es momentos de perder el control. – Exclamó con fuerza y con un tono firme que realmente imponía. Luego de un par de segundos, todos volvieron a guardar silencio, y a sentarse en sus lugares. – Estamos sacando todo esto de proporción. El Shogun ni siquiera tiene conocimiento exacto de nuestra existencia. Todo lo que sus espías saben hasta ahora son meros rumores, habladurías…

– De eso no estamos seguros… – Intentó interrumpir uno de ellos, pero el hombre que tenía la palabra no se lo permitió por mucho.

– No digo que la situación no sea grave. Es grave. Pero aún estamos a tiempo. Debemos aceptar que no hay nada que podamos hacer aquí y ahora, pero aún podemos escapar con vida antes de que las cosas empeoren. Escuche de un capitán Holandés en Nagasaki, que está dispuesto a sacar cristianos de Japón y llevarlos a salvo a Hong Kong por una suma accesible de dinero. Podríamos…

– Nada de eso, Shiraishi. – Escucharon todos de pronto que la voz inconfundible de Tokisada Amakusa resonaba en el cuarto.

Todos voltearon entonces a ver a aquel hombre, incluido quien se encontraba hablando. Tokisada estaba sentado en su lugar, con sus brazos cruzados y sus ojos cerrados. Había estado oyendo todo en absoluto silencio, desde el momento justo en que entró, como si esperara la oportunidad adecuada para intervenir, la cual al parecer había llegado. Sus ojos se abrieron poco a poco, y entonces se puso de pie, apoyándose en su espada. Su sola presencia parecía tener un efecto casi dominante en el resto de los presentes.

– Seiji y Kamata tienen razón. Llevamos más de dos siglos escondiéndonos, temerosos, acobardados. No podemos seguir así, dejando que el Shogun y quien sea nos pisotee sólo por lo que creemos. ¡No más!

Su voz resonó con fuerza en el cuarto, y luego todo se sumió en silencio. Tokisada miró a cada uno de ellos de manera individual, intentando analizar sus reacciones; la mayoría eran de impresión.

– No es secreto para ninguno que yo jamás acepté la simpatía que todos sentían hacia Hong Xiuquan y su gente. Aunque proclamaran ser cristianos devotos y benevolentes, en el fondo todos sabemos que sólo eran un grupo de asesinos ambiciosos, que no hicieron más que causar desgracias en el continente. Aferrarnos a ellos como nuestra única esperanza, sólo fue inspirado por el mero miedo. Eso nunca fue una opción real, así como no lo es que ahora quieran huir de nuevo de ésta que es nuestra tierra.

– ¿Entonces qué es lo que tú propones, Tokisada? – Intervino de golpe Shiraishi, el hombre de atuendo café que estaba hablando hasta hace unos momentos. Él parecía ligeramente molesto luego de la intervención de Tokisada. – ¿Qué nos quedemos aquí a esperar el día en que los hombred del Shogun vengan y nos maten a todos? Tú sabes tan bien como yo que eso pasará, que podría pasar esta misma noche incluso. Irnos es la única alternativa que tenemos.

– No, no es así. Huir no es la única alternativa. Queda una más: quedarnos y luchar.

Shiraishi se sobresaltó sorprendido al escuchar tal cosa. ¿Había escuchado bien?, ¿acaso dijo… Luchar? Diferentes murmullos empezaban a escucharse entre los presentes, cada uno a su forma sorprendido por lo que Tokisada acababa de decir, e intentando interpretarlo. Pero el autor de tal confusión no espero mucho para aclararse, dirigiéndose de nuevo con firmeza hacia todos ellos.

– Sí, hermanos, quedarnos aquí y luchar como lo hicieron nuestros antepasados, cómo lo hicieron Shiro Amakusa y sus seguidores. Demostrarles al Shogun Tokugawa, y a todo el mundo, que no nos avergonzamos de nuestra fe, ni de nuestro señor. Que de hecho estamos dispuestos a luchar y morir por ello.

– ¡Estás hablando de un suicidio, Tokisada! – Exclamó Shiraishi, aún incapaz de salir del todo de su impresión.

– No, les estoy hablando de hacer lo que se debe de hacer por el bien de Shimabara.

Aunque siempre se había hablado de luchar, de alzarse directamente contra el gobierno, nunca se habló claramente de realmente llevar a cabo esa opción, o de lo que ésta implicaría. Pero las palabras de Tokisada parecían indicar que no había duda alguna sobre ello. ¿Tendría algún plan en especial? Las dudas inundaban a los presentes, pero también… La emoción.

– Satsuma y otras provincias están empezando a levantarse contra el Shogun. – Prosiguió Tokisada sin perder el ritmo de su discurso. – Los años de opresión de los Tokugawa están a punto de terminar. Y nosotros debemos de ser parte de eso. Nos uniremos a los hombres de Satsuma, y pelearemos. Luego de lo que pasó en Kyoto, requerirán la mayor cantidad de espadas. No les importará nuestra religión, sólo que peleemos por su causa.

– ¡Sí! – Exclamó eufórico el hombre joven, el primero que había intervenido con ímpetu. – ¡Yo estoy más que listo para pelear, Tokisada-sama!

– ¡Es lo que debemos de hacer! – Agregó otro sin la menor duda en su voz.

– ¡No hay otra forma!, ¡debemos de honrar a nuestros antepasados! Esos miserables del gobierno deben de caer por todo lo que nos han hecho.

Shiraishi escuchaba casi horrorizado las palabras de apoyo que empezaban a surgir a favor del plan de Tokisada. No podían estar hablando enserio. ¿Unirse a Satsuma?, ¿derrocar al gobierno?, ¿es que acaso todos habían perdido por completo el juicio? No… No eran ellos. Sabía muy bien que todo eso, no era más que culpa de ese individuo. Una vez más con tan sólo abrir la boca, todos los obedecían, sin importar si lo que pronunciaba era una completa estupidez. Eso no importaba, porque se trataba de Tokisada Mutou… Porque se trataba de Tokisada Amakusa.

– ¡Basta!, ¡no sigan! – Exclamó con fuerza para que todos guardaran silencio. – ¡Eso que estás sugiriendo no es más que una locura, Tokisada! El Shogun piensa que somos una amenaza de rebelión latente, ¿y tu plan es darle la razón? La mayoría somos simples campesinos y artesanos, no espadachines como tú y tu familia. Lo que propones no hará más que causar cientos de muertes.

Tokisada se volteó lentamente hacia él, con una expresión totalmente serena, hasta casi fría en su rostro. Los segundos siguientes en los que todo el cuarto estuvo sumergido en una completa quietud, le parecieron casi eternos. Y las palabras que surgieron de la boca de Tokisada luego de eso, lo hicieron estremecerse de asombro.

– Muertes que nuestros hijos e hijas se encargaran de vengar.

El rostro de Shiraishi se puso pálido, y sus ojos se abrieron por completo, al igual que su boca. ¿Qué acababa de decir…?

– Las mujeres, ancianos y niños deben de partir, irse a Hong Kong cómo sugeriste. Ahí estarán a salvo, mientras nosotros, pelearemos, unidos hasta el final. Y aunque derramemos nuestra sangre, aquí en Shimabara o en cualquier otro lugar, no será en vano. Porque él volverá, él volverá a estas tierras y se encargará de terminar nuestra labor. Así nosotros fallemos, lo que haremos, será plantar las bases para que él vuelva, y que de una vez por todas libere a todos los cristianos de Shimabara, y de todo Japón. Hablo de mi hijo, del Hijo de Dios, el verdadero descendiente de Shiro Amakusa. Mi hijo, Shougo Amakusa…

La sola mención de ese nombre hizo que el rostro de todos los presentes se iluminara. Amplias sonrisas se dibujaban en sus rostros, y se miraban los unos a los otros maravillados. Todos se fueron poniendo de pie, alzando sus miradas y manos hacia Tokisada, como si fuera una reverencia.

– Shougo, el Hijo de Dios…

– Mientras tengamos al Hijo de Dios de nuestro lado, no debemos de temer.

– Sí morimos iremos al cielo, por pelear por el Hijo de Dios.

– ¡Shougo es la esperanza de Shimabara!

Cualquier cosa que Shiraishi hubiera dicho en esos momentos, hubiera ido a parar a oídos sordos. Todos parecían hechizados por las palabras de Tokisada. No podía entender cómo ese individuo podía tener ese efecto en ellos, cómo los convencía de estar de acuerdo con él, sin importar nada más. Lo hacía con todos en esa aldea, menos con él.

– – – –

Unos minutos más tarde, las puertas de la casa se abrieron, y uno a uno los hombres reunidos empezaron a salir. Durante todo ese tiempo, Shougo había estado practicando sus movimientos de espada, tal y como su padre le había indicado. Pese a tener sólo diez años, sus habilidades eran realmente asombrosas. Muchos lo llamaban un prodigio… Otros, nada fuera de lo común para el Hijo de Dios.

Cuando los hombres comenzaron a salir, Shougo se detuvo y entonces guardó rápidamente su espada en su lugar. Varios de ellos se le acercaron, pronunciando palabras de anhelo y respeto, mismas que él se limitaba a aceptar y responder con un ademan de su cabeza. Todo ese asunto del Hijo de Dios y el cómo las personas lo trataban, en un inicio era más un juego para él que otra cosa. Pero conforme pasaban los años, comenzaba a agarrar conciencia de lo significativo e importante del papel que estaba desempeñando en esa aldea y hacia esas personas, aunque aún no le era del todo comprensible.

Tokisada fue uno de los últimos en salir, y se dirigió directo hacia su hijo sin espera. Un par de hombres parados frente a Shougo se hicieron a un lado para abrirle paso; le hicieron una pequeña reverencia que él respondió de la misma forma, y entonces se fueron.

– Vamos, Shougo. – Pronunció con una ligera sonrisa, colocando su mano sobre la cabeza del niño. – Tu madre debe de estar preocupada.

– Sí, padre.

Ambos se disponían sin espera a salir de ese patio y seguir al resto de los hombres. Pero alguien los detuvo, alguien que les gritó con fuerza desde el umbral de la casa.

– ¡Tokisada! – Pronunció con fuerza para llamar su atención.

Shougo y su padre se giraron hacia la persona que los llamaba. Al chico le parecía familiar. Si no se equivocaba, aquel hombre era Mitaki Shiraishi, el padre de Hio, uno de los pocos niños de su misma edad que vivían en ese sitio, aunque pocas veces había tenido la oportunidad de cruzarse o jugar con él. La expresión de esa persona era ligeramente atemorizante. Sus ojos estaban muy abiertos, su frente y ceño arrugados, y sus dientes apretados entre sí. ¿Estaba molesto?, ¿con quién? Estaba mirando fijamente a él y a su padre. ¿Eran ellos los causantes de tal enojo?

Shiraishi bajó rápidamente sus pies al suelo del patio, y se acercó con pasos rápidos hacia Tokisada, quien permanecía en su sitio, tranquilo, sin mutarse por su apariencia.

– No hagas esto, Tokisada. – Le dijo con firmeza, parándose delante de él. – Lo único que lograrás con esto es que todos terminemos muertos.

“¿Muertos?”

Esas palabras intranquilizaron a Shougo. Volteó a ver a su padre, intentando entender aunque fuera un poco de qué estaban hablando, pero Tokisada seguía igual, casi indiferente ante la situación.

– Convéncelos de no hacerlo, convéncelos de que todos nos vayamos a Hong Kong. Ellos te escucharán, te seguirán hagas lo que hagas. Usa tu maldita posición de respeto para algo bueno por una vez, que no sea para alimentar tu propio ego.

Shougo no estaba para nada acostumbrado a escuchar a alguien hablarle de esa forma a su padre. Era algo totalmente extraño, pues siempre todas las personas de esa aldea se habían dirigido hacia él, y hacia toda su familia, con un gran y profundo respeto. ¿Qué había ocurrido ahí adentro como para que ese hombre le estuviera hablándole ahora así?

Tokisada no parecía sorprendido ni confundido por lo que Shiraishi hacía, ni por el tono con el que se refería a él; pareciera que ya hubiera previsto su reacción con bastante anticipación. En lugar de perder la compostura, de responderle de la misma forma, él parecía mantenerse calmado, muy calmado.

– ¿Piensas que todo esto lo hago por mi ego, Shiraishi? – Le murmuró, sereno. – Yo también tengo miedo, así como tú por el futuro. Pero cuando el momento llegue, entenderás que todo lo que he hecho, desde que tuve mi primer respiro en este mundo, ha sido por el bien de Shimabara y de su gente.

– ¿Por su bien? Por favor, recapacita de una vez, Tokisada. La idea de una Tierra Sagrada en este sitio nunca fue más que un ideal perdido; no vale la pena morir por algo así.

– Todo lo contrario, Shiraishi. Es por lo único por lo que realmente vale la pena morir…

La frustración se hizo más que clara en la expresión de Shiraishi. No se disponía a seguir intentándolo, pues era obvio que todo lo que dijera sería totalmente ignorado o distorsionado. De mala gana, les sacó la vuelta a los dos, y comenzó a caminar hacia afuera con marcada molestia en cada paso.

Shougo lo siguió con la mirada hasta que lo perdió del otro lado de la barda que rodeaba a la casa. Eso había sido realmente extraño. ¿Por qué hablaban de esa forma sobre morir?, ¿qué era lo que estaba ocurriendo? Para Tokisada fue más que obvio que su hijo deseaba saber, y tenía derecho a ello… Pero no aún.

– Shougo. – Pronunció con fuerza para que el chico lo mirara. – Cuando lleguemos a casa, no habrá entrenamiento. Quiero que salgas a jugar con Sayo y los otros niños.

– ¿Qué salga a jugar? – Cuestionó confundido el muchacho. – Pero tú me dijiste que…

– No importa lo que haya dicho, Shougo. – Colocó de pronto la mano derecha en su hombro, y lo miró fijamente a los ojos. – Todo esto puede ser muy confuso para ti ahora, pero prometo que te lo explicaré todo a su momento. Por ahora, quiero que pases los próximos días con tu hermana, tu madre, y con los otros niños de la aldea… ¿Está claro, Shougo?

Algo dudoso, el niño asintió con su cabeza de manera afirmativa. Y dicho lo que se tenía que decir, ambos comenzaron a emprender el camino de regreso a casa. De alguna u otra forma, la vida tranquila que sus hijos Shougo y Sayo habían vivido hasta entonces, estaba a punto de dar un giro, y lo único que él podía hacer por ellos era asegurarse que disfrutaran lo más posible esos últimos días…

FIN DEL CAPITULO 16

El Pasado de Shougo y Magdalia se está revelando. ¿Qué ocurrió aquel día de verano en Shimabara? ¿Qué fue lo que los dos hermanos Amakusa vieron que los hizo cambiar para siempre el rumbo de sus vidas?, ¿Qué hizo que el joven Shougo Amakusa decidiera volverse… Más Fuerte que Dios…?

Capitulo 17: Más Fuerte que Dios

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NOTAS DEL AUTOR:

– Parte de este capítulo y del siguiente estarán basados en la historia de Shougo y Sayo, que se narra el Episodio 72 de la Serie de Anime de “Rurouni Kenshin”.

– En este capítulo se hace mención a dos hechos históricos reales: la muerte de Hong Xiuquan y el fin de la Rebelión Taiping, y el Incidente de Kinmon, conflicto ocurrido en Kyoto entre los Realistas y la leales del Shogun, en dónde los Realistas terminaron perdiendo una gran cantidad de sus fuerzas. Ambos incidentes ocurridos entre Junio y Julio de 1864.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 16. Pasado Doloroso

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