Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 15. Invitación

23 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 15. Invitación


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 15
Invitación

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Shougo apenas y pudo salir de su impresión, y desenvainar la mitad de su arma en el momento justo para que las hojas de las dos dagas de Chi chocaran contra ésta, y así lo protegiera de dos inminentes y tal vez letales cortes a la altura del abdomen. El hombre mayor ejerció fuerza con ambas manos, como si intentara empujarlo hacia atrás; los filos de las dagas rechinaban contra el lomo de su espada, pero Shougo se mantenía firme en su posición, con ambos pies plantados en tierra.

– ¡¿Qué está haciendo?! – Le cuestionó con fuerza, sin ceder ni un centímetro.

– ¡Lo que debo de hacer! – Fue la respuesta que surgió de sus labios, y no ayudó en lo más mínimo en aligerar la confusión del joven Amakusa.

Chi se hizo apenas un paso hacia atrás y luego se elevó de un largo salto, hasta que sus pies, cubiertos con un par de botas cafés gastadas, quedaron a la altura del rostro del castaño. Le lanzó varias patadas consecutivas a la cara y al pecho, mientras casi parecía estar suspendido en el aire. Shougo no tuvo problema en esquivarlo, aunque la suela de su calzado rozó su cuerpo por milímetros de distancia. Acto seguido, Chi dio una maroma hacia atrás, aparentemente para intentar tomar distancia, pero mientras daba esa vuelta, dos objetos cayeron del interior de su capa al suelo, quedando justo a los pies de Shougo. Éste sólo tuvo una fracción de segundo para bajar su mirada y reconocer de qué se trataba: dos bombas, redondas y negras, cada una con una mecha muy corta y encendida. Rápidamente se lanzó hacia atrás para salir de su alcance, ayudado en parte por la onda de aire que provocaron ambas al explotar.

La explosión pareció no ser muy fuerte, pero el sonido fue algo ensordecedor, y levantó una gran cantidad de polvo y humo, que creó una densa nube alrededor de ellos. Los oídos de Shougo zumbaban un poco, y el humo no lo dejaba ver más allá de su nariz, pero no por ello su concentración se veía disminuida. Intentó de inmediato divisar a su atacante, pero era obvio que usaba el humor para ocultarse. Sus sentidos se agudizaron al sentir que algo se le aproximaba a gran velocidad por su costado izquierdo. Terminó de sacar su espada de un rápido movimiento, y con éste mismo logró golpear dos kunais que se dirigían como flechas en su contra, y así desviarlas de su objetivo. Apenas había pasado un segundo luego de eso, cuando presintió lo mismo desde el lado contrario, luego desde su espalda… Alrededor de siete kunais dirigiéndose hacia él desde diferentes direcciones, con menos de un segundo de diferencia entre una y otra. Pero él también era rápido, de hecho bastante rápido, y por ello fue capaz de repeler cada una de ellas con su arma, antes de que cualquiera estuviera cerca de tocarlo.

Todo volvió a quedarse en silencio. El humo empezó a disiparse, y fue capaz de ver al anciano, de pie al frente a él, mirándolo fijamente con dureza. La confusión inicial se había disipado también con el humo, al menos en parte, y Shougo pareció entender un poco más lo que ocurría.

– Esos movimientos y armas. – Murmuró en voz baja, más como un pensamiento que otra cosa. – Sólo puede tratarse de una cosa: Oniwabanshu…

Oniwabanshu, el grupo ninja protector del Castillo Tokugawa en Edo durante siglos. Por mucho tiempo se consideró sólo un mito, pero su presencia pareció volverse más clara tras el final de la guerra, incluso fuera de Edo. Muchos decían que poseían una red de espionaje tan grande que abarcaba todo el Japón, de Sur a Norte, y con ella cada Shogun siempre estaba informado de todo lo ocurrido en el país. Sin embargo, junto con los samuráis, se suponía que todos ellos habían caído desuso, y desaparecido tras la Restauración Meiji. Aparentemente, no por completo. Ese extraño individuo debía de ser muy probablemente un antiguo miembro de dicho grupo; y, por su edad, posiblemente de los más viejos que quedaban convida.

La expresión de Chi no parecía indicar que pensara siquiera en contradecir sus palabras, por lo que para él era lo mismo que querer afirmarlas. Después de todo, no tuvo pudor en esconder sus habilidades, así que muy seguramente no le importaba que lo supiera. Eso resolvía un poco el misterio de quién era realmente ese hombre, pero lo que realmente preocupaba a Shougo era otra pregunta: “¿Por qué lo estaba atacando de esa forma?”

– Veo que es más astuto de lo que pensaba. – Comentó Chi con cierto desgano. Obviamente no se trataba de algún halago. – No fui del todo honesto con usted, señor Amakusa. No conocí personalmente a sus padres, o más bien ellos no me conocieron a mí. Los disturbios y conflictos del Bakumatsu ya estaban sucediendo, y el Shogunato Tokugawa nos ordenó vigilar cualquier intento de revuelta en el sur, principalmente en Shimabara luego de lo ocurrido aquí en el Continente. Lo irónico del asunto es que yo ya era un cristiano bautizado en aquel entonces, pero a diferencia de su familia, yo no era capaz de profesar tan abiertamente mis creencias, y los admiraba por ello.

Esas palabras sorprendieron al Hijo de Dios. ¿Un ninja Cristiano entre los Oniwabanshu? Nunca lo hubiera imaginado, pero pensándolo bien tampoco era tan extraño. Luego de la Revuelta de Shiro Amakusa en Shimabara, los cristianos se esparcieron por todo Japón, empezando a vivir clandestinamente, ocultos de los ojos del Shogun. Es probable que hayan criado a sus hijos en el cristianismo, y a los hijos de sus hijos. Pero el sólo hecho de que ese hombre, supuestamente cristiano, hubiera terminado sirviendo a los Tokugawa, le hacía hervir la sangre. Esperaba con todas sus fuerzas que las ideas que le pasaban por la cabeza no fueran ciertas.

– ¿Aun siendo un japonés cristiano le sirvió a los hombres que nos estuvieron cazando por siglos? – Le cuestionó con dureza en su mirada.

Chi soltó una pequeña risilla.

– Para un jovencito obstinado como usted, es muy sencillo juzgarme ahora. Pero las cosas no eran tan sencillas.

– ¡Tonterías! – Exclamó exasperado, dando un paso desafiante hacia el frente; Chi ni siquiera pestañó. – ¡¿Acaso usted tuvo que ver con la muerte de mis padres?!

– No, nosotros no tuvimos nada que ver con eso. – Se apresuró a responder. En el fondo parecía que quería que las cosas quedaran muy claras y sin confusiones entre ellos. – Ustedes fueron traicionados por un informante y denunciados a las autoridades, pero eso usted ya lo sabe. Pero sí estaba apostado en Shimabara, el día en que los hombres del Shogunato decidieron darles muerte a todos.

– Y no hizo nada para evitarlo.

– No tenía forma de hacer tal cosa. Quiera creerme o no, el elegir entre mi religión y mi señor, no era una decisión sencilla en aquel entonces.

– ¡Pero de habérselo ordenado lo hubiera hecho!, ¡¿o no?!

Esa pregunta ya no tuvo una respuesta tan inmediata. Chi parpadeó un par de veces, desvió su mirada hacia un lado por unos segundos, y luego se volvió de nuevo a él con serenidad.

– Sus padres eran buenos cristianos, pero de pensamientos radicales, como los que le inculcaron a usted y a su hermana desde pequeños. De haber seguido con vida, ¿hubieran sido los causantes de otra revuelta?, ¿hubieran creado otra Rebelión de Shimabara?, ¿Otra Rebelión Taiping? Tal vez. ¿Merecían morir por eso? Me he hecho esa pregunta todos estos años. Pero fue hasta que lo vi, parado en esa iglesia, incitando a la gente a seguirlo, en el que al fin tuve claridad al respecto. Usted es un peligro, señor Amakusa. Oculta sus deseos de venganza en palabras de esperanza, y estos sólo traerán más muertes, muertes que puedo evitar en este mismo momento.

Dicho eso, volvió a empuñar sus dos dagas, alzándolas por encima de su cabeza, disponiéndose a volverlo a atacar.

Shougo tenía una mezcla de emociones. Poco a poco se recuperaba de la furia inicial que le había causado la revelación de la verdadera identidad de Chi, e intentaba pensar con más claridad. Por un lado, era un atacante con la clara intención de, no sólo lastimarlo, sino matarlo si se lo permitía. Además de todo, podría considerarse un verdadero traidor de su pueblo, al agachar la cabeza ante aquellos que los cazaron y dieron muerte por años, como muchos otros que aún seguían viviendo la buena vida en Japón, lo que era motivo suficiente para odiarlo. Sin embargo, a su vez, no le parecía que fueran muy diferentes. Él estaba viviendo ahí, y sus intenciones no eran perversas; parecía estar dispuesto a cualquier cosa para cuidar a la gente de ese barrio, cristianos como él. ¿Tenía tal vez remordimientos que intentaba apaciguar de esa forma?

No sabía cómo sentirse, pero de lo único que estaba seguro era que no deseaba pelear con él, no en esos momentos o en ese lugar.

– No importa si es un Oniwabanshu, debe de saber de antemano que no tiene forma de derrotarme.

– Lo sé. – Admitió sin problema. – Muchos de mi clase murieron intentando hacerle frente a Battousai Himura, el Destajador, y a su Hiten Mitsurugi Ryu…

– ¿Qué?

Shougo no entendió esas últimas palabras, aunque Chi parecía creer que lo entendería sin problema. ¿Battousai Himura, el Destajador? ¿De quién estaba hablando?

– Y mi cuerpo ya está viejo y cansado en estos momentos. Pero aun así debo intentarlo. ¡Por el bien de este barrio y su gente!

De nuevo se abalanzó en su contra a gran velocidad. Shougo no sabía aún qué hacer con esta situación, pero por lo pronto necesitaba defenderse,  y así lo haría. Tomó su espada con ambas manos, y entonces se lanzó al mismo tiempo contra él, dispuesto a llegar al choque inminente de sus armas.

– – – –

Estaban ya a unos cuantos pasos de la entrada de la posada, cuando Magdalia se detuvo de golpe sin razón aparente. Había sentido de repente un extraño apretón en su pecho que la dejó sin aliento por unos segundos. ¿Qué fue eso? No era un dolor normal; ella conocía muy bien los dolores de su cuerpo, y ese no era uno que se le presentara con naturalidad. Además, así como había llegado, se esfumó… Sus ojos se abrieron por completo, y entonces se giró rápidamente hacia atrás, en la misma dirección de la que venían. ¿Lo que la había golpeado tan súbitamente podría haber sido preocupación? ¿Por su hermano? No, no podía ser por su hermano… Sólo fue a hablar con el señor Chi, ¿qué podría pasarle? Al menos de que ya no estuviera hablando con él, y ya haya ido a la casa de… Agitó su cabeza rápidamente. No podía pensar en eso, no debía pensar en eso. Pasaría lo que tendría que pasar, y no podía hacer nada para evitarlo; sólo confiar en la voluntad y en la sabiduría de Dios, y que no permitiría que nadie saliera lastimado de todo ese asunto tan absurdo, ni su hermano… ni él.

De nuevo pensaba en ese individuo. ¿Por qué le causaba tanta incomodidad la idea de que su hermano se enfrentara a él? Y principalmente, ¿Por qué la ponía tan intranquila que llegara a salir herido… o incluso muerto de dicho enfrentamiento? Tal vez lo que más le preocupaba era que todo ese conflicto fuera por su culpa, y por prácticamente nada. No había ocurrido nada entre ellos, ninguno había hecho nada incorrecto, nada que ameritara todos estos problemas. Claro, dispararle no era precisamente algo que llamaría “correcto”, pero estaba segura de que no había tenido intenciones reales de lastimarla; incluso había ido a disculparse en persona… o algo así. Estaba también segura de que él no había tenido nada que ver con esos hombres que los fueron a molestar. No tendría sentido haber hecho algo como eso luego de que acababan de tener esa charla, y menos que hubiera intervenido para ayudarla de esa forma.

Para ayudarla… Eso también era algo que la tenía confundida. Estaba realmente alterado en ese momento, se atrevía a decir que incluso un poco más que como se encontraba aquella noche en el restaurante. Se había puesto realmente violento, y de no haberlo detenido tal vez hubiera matado a ese hombre. ¿Por qué?, ¿por haberla puesto en peligro? Le era difícil creer que se hubiera puesto en ese estado sólo porque un hombre amenazó con un revolver a una persona que le era tan indiferente… ¿o no le era tanto como ella pensaba?

Esa nueva idea provocó que un pequeño respingo le recorriera el cuerpo. ¿Qué le estaba pasando? Tal vez su hermano tenía razón; debían de dejar esa ciudad lo antes posible.

– ¿Ocurre algo, Santa Magdalia? – Le cuestionó su guardián, llamándola de nuevo al momento actual.

Se había quedado abstraída por algunos segundos sin darse cuenta. Shouzo de seguro se encontraría preocupado por ella; pero siendo honestos, Shouzo no requería mucho para preocuparse. Eso no era para nada algo malo, sino un reflejo de lo puro y bueno que era su corazón. Había sido muy injusta con su amigo esos días, metiéndolo en demasiados problemas al intentar cuidar de ella. Debía de intentar darle menos preocupaciones, o tal vez terminaría por enfermarse.

– No es nada, Shouzo. – Respondió con gentileza, negando lentamente con su cabeza. – Sólo tuve un mal presentimiento por unos momentos…

 – ¿Sobre el Señor Shougo? No tiene de qué preocuparse.

– Lo sé. No me hagas caso.

Ella le sonrió ampliamente de una forma que se veía un tanto forzada. Shouzo la miró fijamente en silencio y entonces volvió a hablar.

– ¿Es acaso ese hombre de cabellos blancos el que le preocupa realmente?

– Por supuesto que no. – Respondió ella apresurada. – Dejemos ese tema tranquilo y entremos.

Shouzo no dijo nada más, pero pudo notar sin problema que la sola mención la ponía alterada. Recordaba lo que el Shougo le había preguntado, si su interés por ese hombre era algo más de lo normal. ¿Podría ser cierto? Realmente ella parecía estar actuando muy rara desde que lo conoció, ¿pero podría ser posible que se debiera a algo así? Intentó disipar esas ideas y siguió a la cristiana hacia el interior de la posada. Fuera como fuera, el Señor Shougo terminaría con ese tema, y se irían pronto de Shanghái, algo que también Shouzo esperaba con ansias.

Ya para esa hora, la posada se empezaba a llenar poco a poco de personas que asistían a la taberna que había en el primer piso, ya sea para jugar cartas, comer, o mayormente para beber. Sin embargo, en cuanto abrieron la puerta principal, fueron recibidos por un completo… silencio. Y no sólo silencio; las luces no habían sido encendidas aún, y como ya estaba anocheciendo, todo el interior estaba oscuro. Magdalia miró confundida tal escena, y dio un par de pasos dudosos hacia el interior del establecimiento. No había rastro alguno siquiera del encargado, que siempre estaba en la barra para atender a los visitantes. Esto era realmente extraño…

– ¿Por qué todo está tan oscuro? ¿Hola?, ¿hay alguien aquí?

No hubo respuesta, y eso sólo hizo que la mala impresión inicial se acrecentara.

La preocupación de Magdalia no era nada comparada con la de Shouzo. Sus sentidos se agudizaron, y de inmediato percibió que todo eso no era normal.

– Santa Magdalia, quédese atrás. – Murmuró con seriedad, parándose rápidamente frente a ella de forma protectora. – Algo no está bien…

Pasó su mirada por toda la habitación para buscar algo sospechoso, además de la profunda soledad. Algo que se moviera, la presencia de alguna persona, algo… Pero no había nada, nada a simple vista…

Un tintineo llamó de inmediato su atención. Justo en el centro de la habitación, tres pequeñas esferas de metal habían caído desde el techo hasta el piso, rebotando un poco. Apenas había volteado en su dirección, cuando de éstas empezaron a escaparse chorros de un humo oscuro, que empezó a cubrir todo el lugar.

– ¡¿Qué es esto?! – Exclamó Sayo confundida, tapándose su nariz y boca con sus manos.

De inmediato ambos se voltearon hacia la puerta con la intención de salir corriendo, pero alguien desde afuera prácticamente les cerró la puerta en sus caras para impedírselos.

– ¡Es algún tipo de trampa! – Señaló el chico de cabellos negros, y empezó a embestirse contra la puerta, intentando derribarla, pero al parecer alguien la había atascado desde afuera.

A ambos les empezó a dar un fuerte ataque de tos. El humo de seguro era alguna clase de somnífero, pues Shouzo empezó a sentir su cuerpo pesado y adormilado. Tenía que pensar rápido y sacar a Magdalia de ese lugar. La tomó de la mano e intentó guiarla hacia la puerta trasera, pero su visión empezó a distorsionarse con cada paso que daba. A medio camino tuvo que sostenerse de la de la barra para no caer. Sólo se tomó un par de segundos para recuperarse, pero eso fue más que suficiente. Sintió en ese momento que el cuerpo de la joven se desplomaba detrás de él al suelo.

Se giró rápidamente sobre sí mismo, y ese sólo movimiento casi fue suficiente para derribarlo, si no fuera porque su cuerpo de nuevo se apoyó contra la barra para sostenerse. Magdalia había caído inconsciente, boca abajo en el piso de la taberna.

– Santa Magdalia… No…

Su intención era tomarla en sus brazos y sacarla de ahí, pero su cuerpo ya no quiso cooperar más. Las fuerzas lo abandonaron, y cayó de rodillas a lado de ella. Se desplomó hacia el frente, pero en un último arrebato de resistencia interpuso sus manos para apoyarse en ellas y evitar caer. Por un par de segundos se quedó totalmente quieto, viendo fijamente el piso, intentando concentrarse para no caer dormido. Lo único que le cruzaba por la cabeza en esos momentos, era como había permitido que Magdalia estuviera en esa situación, que una vez más había fallado en protegerla. Se sentía furioso y avergonzado…

Escuchó que la puerta principal volvía a abrirse. Con debilidad, giró su mirada en esa dirección. Todo lo que vio fueron sombras, siluetas abstractas moviéndose, entre el humo que ya empezaba a disiparse. Eran alrededor de diez personas, pero no lograba distinguir a ninguno con claridad.

– ¿Aún sigue consciente? – Escuchó como una voz profunda y extraña para él pronunciaba. – Es el primero que resiste de esa forma mi gas especial.

– ¿Quiénes son? – Pronunció en voz baja, o al menos él creyó haberlo hecho; tal vez ninguna palabra había salido realmente de su boca.

– Desde la primera vez que te vi supe que eras alguien especial. – Escuchó que otra persona comentaba. Esa voz también le era extraña… Pero no tanto como la otra. ¿Quién era?

Apretó sus parpados unos momentos, intentando aclarar su mirada de esa forma. Luego volvió a abrir los ojos y alzó su cabeza en la dirección en la que había venido ese último comentario. Entre tanta oscuridad, un rostro familia se presentó.

– Tú…

Estaba de pie a su lado, y lo miraba fijamente con notoria indiferencia. Esa mirada, su color de cabello, y esos dos sables en su espalda. Lo había visto sólo dos veces, aquella tarde frente al restaurante, y la noche de la fiesta en la pista de baile, pero lo reconocía. Su mente bien podría estarle jugando una mala jugada, pero en el fondo sabía que no era así; era el guardia… de aquel sujeto.

Ese fue su último pensamiento consciente, antes de perder todas sus fuerzas, y caer rendido, y completamente desmayado.

Xung miró con tranquilidad al chico tirado. Qué personas tan extrañas eran esos cristianos. Desde el tal Hijo de Dios, pasando por esta extraña chica que tanto perturbaba a su maestro, el extraño hombre de apariencia aterradora que parecía tener más en común con los criminales de esa ciudad que con los hombres con los que viajaba, y terminando por ese joven. Eran extraños y singulares, pero seguía sin entender qué era lo que los hacía tan fascinantes para Yukishiro Enishi.

– ¿Vas a matarlo o qué? – Escuchó que Jiang le preguntaba a sus espaldas.

Al voltearse, dos hombres estaban levantando a Magdalia del suelo con mucho cuidado, para luego empezar a dirigirse con ella a la puerta trasera. La joven parecía una muñeca totalmente inerte.

– Esas no fueron las órdenes que recibí. – Le contestó con simpleza. – Sólo llevaré a la mujer, es lo único que pidió el maestro Enishi.

– Entonces vamos ya, cariño, que yo tengo que pasar a recoger el otro encargo. – Murmuró divertido el matón, sacando de su abrigó un cigarrillo y colocándoselo en los labios.

De uno de sus bolsillos sacó un paquete de cerillos. Prendió uno frotándolo contra el guante negro de su mano izquierda, y entonces se dirigió con tranquilidad a la salida junto con el resto de los hombres. Xung se disponía a seguirlos, pero tenía que cumplir una última instrucción primero: dejar la Invitación.

– – – –

Chi hacía alarde de las habilidades dignas de un antiguo miembro del Oniwabanshu. A pesar de su avanzada edad, sus movimientos eran realmente agiles y rápidos; lo único que necesitaba era un instante de distracción por parte de su oponente, dar un sablazo en el punto preciso, y todo acabaría en un parpadeo. Sin embargo, encontrar dicho instante no sería nada sencillo. Shougo Amakusa también demostraba a detalle sus grandes habilidades. No había forma de tomarlo por sorpresa, o incluso de estar lo suficientemente cerca de él. Se notaba que era un verdadero espadachín experto. La noche empezaba a cubrir por completo su área de combate, y no había nada parecido a faroles que los alumbran. Luego de varios choques de sus armas, ambos se separaron rápidamente. La luz de luna empezó a alumbrarlos ligeramente, pero en general seguían en la oscuridad…

Chi parecía cansado. Respiraba agitadamente, y su rostro estaba húmedo por el sudor. Shougo, por otro lado, parecía inmutado. No estaba agitado, y ni siquiera tenía un cabello fuera del lugar. ¿Era eso fruto de su juventud, su condición física… o de algo más? Pasó su antebrazo por su frente para limpiársela, sin quitarle sus ojos de encima ni soltar sus dagas.

– Veo que todo lo que había escuchado del Hiten Mitsurugi y la Velocidad de Dios no eran sólo tonterías…

El castaño endureció ligeramente su mirada al escuchar su comentario.

– Su error es dar por hecho que mis habilidades son sólo por mi estilo. – Soltó de golpe con seriedad, sujetando su espada delante de él con ambas manos. – Pero lo que no ha entendido es que yo ya he superado la velocidad y fortaleza del Hiten Mitsurugi de mi tío, y de cualquier otro. Mi espada ha llegado ya a un nivel divino que ningún otro mortal sería capaz de alcanzar…

– Ya cállese. – Interrumpió de golpe, algo molesto. – Para ser un supuesto hombre santo, es bastante soberbio, Señor Amakusa.

Por extraño que pareciera, ese comentario le causaba más gracia que enojo en esos momentos. Los trucos de Chi eran inútiles contra él, y era obvio que ya lo sabía. Sólo continuaba por mero orgullo, o tal vez realmente deseaba llegar hasta al final, cualquier que éste fuera. Lo que menos deseaba Shougo era que eso continuara, y terminara en algo desagradable.

– Detenga esta tontería, señor Chi. – Señaló con firmeza, bajando un poco su arma, casi con actitud pacífica. – No tengo motivo alguno para seguir peleando con usted.

– Yo sí lo tengo.

Su respuesta mostraba claramente que no estaba en disposición de hablar al respecto. Shougo se encontraba en un dilema, pero en realidad no le quedaban muchas opciones. Se tomó sólo dos segundos para tranquilizarse, cerrar los ojos, respirar lentamente, y entonces reaccionar de nuevo.

Cuando sus ojos se abrieron, estos tenían una expresión fría y profunda, que impresionó a Chi. Un extraño aire empezó a soplar con fuerza, y parecía provenir desde la espalda de Shougo, y golpearlo directamente. Sintió que su cuerpo se paralizaba ligeramente, y que su mente se nublaba. ¿Qué era eso?, sentía que una extraña energía surgía del cuerpo mismo de su oponente, y lo cubría por completo. ¿Eso era sólo su chi interno golpeándolo?, ¿o era acaso algo más…?

De pronto, desapareció… Lo estaba mirando fijamente, ni siquiera había parpadeado, pero Shougo Amakusa había simplemente desaparecido de un instante a otro. Intentó reaccionar lo más rápido posible. Viró su atención en todas las direcciones para buscarlo. Apenas por el rabillo de su ojo izquierdo logró divisarlo, a apenas un metro de distancia. Reaccionó lo más rápido posible para interponer sus dos dagas cruzadas a su frente, y así cubrir el impacto de su espada. Aún así, dicho golpe fue tan fuerte, que su cuerpo fue lanzado hacia atrás, casi separando sus pies del suelo.

¿Qué estaba pasando? Hace unos momentos las habilidades de Shougo le habían parecido increíbles, pero había sido capaz de seguirle el ritmo. Pero ahora todo era diferente. En cuanto pudo recobrarse, arrojó rápidamente otras dos bombas al frente. La explosión de nuevo cubrió todo de humo. Chi usaría más que nada esos escasos segundos para alejarse del alcance de su enemigo, pero  no había dado ni un paso en ninguna dirección, cuando sintió ese extraño aire de nuevo, remolineando, disipando el humo en todas dirección, y dejando el camino libre entre ambos. Los ojos de Shougo parecían casi estar brillando…

Volvió a desaparecer, y a reaparecer justo frente a él. El humo los envolvió una vez más, y lo único que pudo notar fue la hoja de la espada dirigiéndose a su contra. Se cubrió como pudo de sus ataques. Se empezaba a notar su desesperación, incluso su miedo. Ahora se encontraban en una situación contraria; su atacante era el que estaba ahora perdido entre el humo, y él quién intentaba defenderse de los sablazos que provenían prácticamente de todas direcciones.

Se alzó de un largo salto por los aires, y arrojó una última bomba mientras se elevaba. Ésta era diferente, ya que la explosión fue mucho más fuerte y sonora. Pareció usar el impulso de ésta para poder alzarse más lejos, cayendo fuera de la cortina de humo, y con la esperanza de estar lejos también del espadachín. Cayó rodando en el suelo a varios metros de distancia, y se quedó tirado boca arriba, respirando con mucha agitación. Estando aún en el suelo, se viró lentamente hacia un lado, esperando que la explosión hubiera atrapado a Shougo, y que hubiera podido realmente acabar con él. No fue así. El humo y el polvo se disipó, y en su lugar quedó sólo un gran cráter en la tierra creado por la bomba… pero ningún rastro de Shougo Amakusa.

Esto lo obligo a levantarse de nuevo, sólo para detectar que la persona que buscaba estaba justo sobre él, Shougo estaba suspendido en el aire, con su espada alzada hacia arriba, y entonces comenzó a descender hacia él, jalando su arma hacia abajo al mismo tiempo. Chi se lanzó hacia atrás, al tiempo que se volvía a cubrir con ambas dagas. El impacto del filo de la sagrada espada de Shiro Amakusa contra sus dagas, cortó como leña sus hojas. El arma no lo tocó directamente, pero el impacto de la espada contra el suelo, provocó un choque de energía que lo empujó con mucha fuerza hacia atrás, casi como si bien lo hubiera golpeado con un puñetazo.

Desarmado, golpeado, y débil, Chi flotó por los aires por unos segundos, para que luego su espalda chocara contra el piso, rebotara una vez, volviera a caer y luego se arrastrara en la tierra unos metros más, para el final quedar tirado e inmóvil en el suelo. No había mucho más que decir: estaba derrotado, y había fallado en su misión. Lo único que podía hacer en esos momentos era cerrar los ojos, y esperar el inminente fin. Pero en lugar de eso, sólo escuchó el sonido de la espada de Shougo guardándose de nuevo en su funda. Chi abrió de nuevo sus ojos y notó como el cristiano colocaba de nuevo su arma en su costado, y se giraba, dispuesto a retirarse.



– ¿Por qué no me mata de una vez, señor Amakusa? – Le dijo con molestia, viendo como empezaban a alejarse. – Si me deja convida, le aseguró que volveré a intentarlo otra vez en cuanto tenga la oportunidad de hacerlo…

– Esta espada no está hecha para derramar sangre cristiana. – Fue su respuesta sencilla, sin detenerse y sin voltear a verlo. – Usted no es mi enemigo, señor Chi; es una de las personas a las que intento proteger.

¿Estaba hablando enserio? Luego de rechazar totalmente sus deseos y sus planes, y de intentar matarlo sin miramientos… ¿le decía algo como eso? Era realmente un ser irreal. De haber ocurrido todo de otra forma, en otras circunstancias… Tal vez él hubiera creído en él, y quién afirmaba ser. Pero le era imposible hacerlo en esos momentos, luego de todo lo que había visto y vivido.

Cerró sus ojos de nuevo, pero en esta ocasión sólo para descansar. Había forzado bastante su cuerpo.

– ¿De verdad piensa que lo que va a hacer es lo correcto? – Murmuró en voz baja, aunque para esos momentos de seguro él ya estaba demasiado lejos para oírlo. – No puedo culparlo por ser quien es y por pensar cómo piensa. Usted no es más que  una víctima más de nuestra horrible historia… Pero en verdad no tiene idea de lo que podría estar desatando, señor Amakusa.

Shougo se detuvo de pronto. ¿Había escuchado sus palabras? Era poco probable, ya se encontraba a una larga distancia como para haberlo hecho. Pero aún así… pareció percibir lo que ese hombre le quería transmitir. Se quedó quieto sólo unos momentos, para luego proseguir con su camino.

¿A dónde se dirigía? Se suponía que iría a casa de aquel sujeto de cabellos blancos, a ajustar cuentas pendientes. Sólo en eso podía pensar antes, y era uno de los motivos por los que quería acabar con ese combate rápido. Sin embargo, parecía haber perdido el interés. El sujeto se había estado burlando de ellos desde que los conoció, lo había estado retando, y como toque final, se había atrevido a agredir a su hermana. Había hecho que muchos hombres se arrepintieran anteriormente por menos que eso. Pero todo ese asunto con Chi pareció afectarlo más de lo que esperaba, y no estaba seguro del porqué.

Era fácil pensar simplemente que habían sufrido mucho, y que todos los que habían compartido su dolor los apoyarían y entenderían. Pero las cosas no eran tan sencillas. Las personas eran más complejas, y lo que resultaba de ellas luego de lo vivido, siempre era algo diferente. Aunque tal vez el Señor Chi haya recorrido un camino parecido al suyo, el fin de cada uno y sus maneras de pensar, habían diferido por completo. Sin poder evitarlo, todo eso lo hizo pensar de inmediato en lo que Sayo le había dicho…

“Veo mucho de ti en él también. Veo en él el mismo rostro de una persona que fue llenada de odio a corta edad, que tuvo que convertirse en adulto antes de tiempo, y que incluso años después, aún tiene cicatrices muy profundas que tal vez nunca sanarán. Creo que en el fondo tiene mucho en común contigo, hermano. Encima de todo también es japonés como nosotros. Si lo piensas, tal vez nuestros caminos están más conectados de lo que creemos.”

Ya antes había señalado lo buena que su hermana era para analizar a las personas… ¿Pero en verdad había tenido razón en esa ocasión?

“Su hermana me dijo algo muy curioso anoche, durante nuestra conversación. Me dijo que le parecía que tenía unos ojos llenos de sufrimiento, y también de deseos de venganza. Curioso, ¿no? Pero… también me dijo de hecho, que estos eran iguales a los suyos. ¿Qué opina de eso, señor Amakusa?”

Lo mismo vivido, pero con diferentes resultados. ¿O… tal vez no tan diferentes?

Una brisa fría tocó su rostro de pronto, haciéndolo detenerse. Sintió que algo se agitaba en la parte superior de su pecho: era su medallón, el que colgaba de su cuello, estaba moviéndose de un lado hacia el otro como un péndulo, rozando ligeramente su piel. Dirigió de inmediato su mano a él para detenerlo. Esa brisa no había sido tan fuerte como para provocar eso. No movió ni uno de sus cabellos siquiera, ¿pero hizo que su medallón se moviera de esa forma? ¿O había sido otra cosa…?

Un pensamiento inundo su cabeza de golpe, haciendo a un lado cualquier otro. ¿Por qué?, ¿por qué pensaba eso de pronto? No había ningún motivo lógico para eso… Pero tal vez sí algún motivo ilógico.

– Sayo…

Susurró en voz baja y sin pensarlo dos veces empezó a correr con todas sus fuerzas en dirección al puerto. La sensación de que tenía que ir a ver su hermana en ese mismo momento le había llegado sin nada más. ¿Por qué?, ¿qué era lo que le causaba eso? Muchos dirían simple intuición, tal vez derivado de sus instintos de espadachín. Otros, una señal que algo superior le daba para indicarle qué era lo que tenía que hacer. Fuera lo que fuera, Shougo no podía ignorarlo. Necesitaba ir de inmediato y saber que su hermana estaba bien. Debía estarlo. Sólo fue con Shouzo a la posada, a ningún otro sitio. No se atrevería a desobedecerlo de nuevo… No debía.

La presión en su pecho se volvió más y más fuerte conforme se acercaba a su destino. Las calles estaban solas y oscuras. La noche empezaba a refrescar, pese a que todo el tiempo que llevaban ahí las noches habían estado cálidas.

La puerta principal de la posada estaba abierta cuando llegó, y no esperó nada para saltar al interior. Todo estaba oscuro, y en completo silencio. Esa era muy mala señal. Antes de que se dirigiera a las escaleras y luego al cuarto de su hermana, divisó algo que le confirmó sus temores: alguien tirado en el piso, cerca de la barra.

 – Shouzo, ¡Shouzo!

Prácticamente hizo las mesas en su camino a un lado para acercársele. Le dio vuelta para recostarlo boca arriba. Aún respiraba, pero parecía haber estado varios minutos inconsciente. Lo agitó con algo de fuerza con ambas manos, y lo llamó por su nombre con insistencia. Sus ojos se empezaron a abrir lentamente con debilidad luego de un rato.

– Señor Shougo… – Soltó con un hilo de voz. Poco a poco iba reaccionando, y fue capaz de sentarse por sí sólo. Se sujetó su cabeza, la cual le empezaba a doler.

– ¿Dónde está Sayo? – Le preguntó de inmediato, sin esperar a que el chico se recuperara por completo; no había tiempo que esperar.

La sola mención de Santa Magdalia lo hizo despertar por completo. Miró a todos lados, con la esperanza vacía de verla, pero él bien sabía que no sería así.

– No, no. – Repitió varias veces, empezando a levantarse, apoyándose en la barra; aún se le notaba algo de debilidad. – Ellos se la llevaron… Eran hombres de ese sujeto…

Shougo se quedó helado al escuchar esto. ¿Se la llevaron? ¿Cómo que se la llevaron? Eso no podía ser. Ni siquiera se molestó en preguntarle quién había sido; sólo había una persona que podría atreverse a ello… Se alzó lentamente, aún sin poder digerir qué era lo que estaba pasando. Y entonces lo vio…

Colocado sobre la barra, totalmente a la vista, se encontraba un trozo de papel. Tenía unas palabras escritas y un dibujo debajo de éstas, pero no podía ver ninguno en la oscuridad. Tomó rápidamente el papel y caminó apresurado hacia atrás de la barra, buscando alguna lámpara de aceite que lo iluminara. Su ansiedad pareció ponerle obstáculos en su camino, pero al final la encontró, la colocó sobre la barra y la encendió. Para cuando pudo alumbrar el papel, Shouzo ya se encontraba parado a su lado, también curioso de qué se trataba. Mientras más lo miraba, los ojos de Shougo se iban llenando más y más de una profunda… ira.

“Está cordialmente invitado a que discutamos una vez más nuestro trato y hacer las paces, señor Amakusa. Su hermana se le adelantará y lo estará esperando en mi casa al norte de la ciudad.

Yukishiro Enishi”

Y debajo de este texto, se encontraba un mapa, dibujado para indicarle como llegar a ese sitio mencionado…

Los ojos de Shougo casi echaban llamas. Inconscientemente apretó con fuerza el papel entre sus dedos. No le importaba si se maltrataba y ya no podía leer el mapa; golpearía a cuanta persona se encontrara en la calle para encontrar ese lugar. Esa era la gota que había derramado el vaso. Ya no toleraría más de esto…

– – – –

La casa norte de Yukishiro Enishi se encontraba a la afueras de la ciudad, rodeada de árboles que luego se convertían en bosques. El empedrado terminaba, y luego sólo se podía llegar por un casi invisible camino de tierra, que se encontraba con una alta muralla con cuatro torres, que rodeaba toda la propiedad. Dos tercios de ésta eran puro terreno, un amplio patio cubierto de césped que crecía sin que nadie lo cuidara, algunos árboles en iguales condiciones, y algunas piedras que parecían estar ahí más por mero accidente que por fines decorativos.

La casa era algo pequeña, de dos pisos, estilo europeo, de apariencia descuidada y vieja por fuera. Por dentro se veía mejor, aunque los muebles y el piso tenían capas de polvo encima. Normalmente el protocolo del grupo sería mandar por delante a sus sirvientas para que limpiaran todo antes de que el maestro llegara. Pero Enishi ni siquiera avisó que iría para allá; de hecho, de seguro Lissie y las otras se empezarían a preguntar en esos momentos en dónde estaba, pero eso no le quitaría el sueño. Igualmente Hei-shin y el resto de los jefes del Feng Long. ¿Qué sería lo que pasó en esa dichosa reunión luego de que se fueron? ¿Cómo lo habría excusado Hei-shin?, ¿lo habría excusado siquiera? La verdad tampoco le importaba. Su mente estaba concentrada en un sinfín de ideas, y ninguna de ellas involucraba a Hei-shin, Hong-lian o el Feng Long, más allá de los hombres que tenía apostados en ese lugar y en ese momento.

Era curioso. Una semana atrás se quejaba de por qué tenían el restaurante de la reunión repleto de hombres, pero ahora era él quien tenía a hombres armados en los techos, en las torres de la muralla, sobre la misma muralla, y en el patio, patrullando. ¿Cuál era el fin de todo ello?, sus ordenes fueron simplemente ir, estar ahí y esperar; esperaban a un visitante, eso era todo lo que sabían. Lo cierto era que todos esos hombres estaban ahí simplemente como mera imagen. No esperaba que ninguno hiciera algo realmente esa noche, pero todo era parte del escenario que estaba preparando, un escenario del que estaba más que ansioso de abrir el telón.

Enishi no usaba esa casa para nada en especial. Iba pocas veces, no tenía nada de valor guardado ahí, y ni siquiera había alguien de planta cuidándola o limpiándola. ¿Por qué la había comprado?, ¿por qué la mantenía? Sólo había un motivo para ello: soledad. Era un lugar alejado de la ciudad, del ruido y de las molestias. Iba ahí cuando requería estar solo, pensar, y entrenar… Y justamente en esos momentos era algo de soledad lo que buscaba. Claro, no completa soledad, pues estaba rodeado de personas, sino más bien soledad de cualquiera que pudiera molestarlo o obstaculizarlo, incluido el Feng Long.

Xung salió de la casa buscándolo. No tardó mucho en encontrarlo, pues se encontraba de pie en el pórtico, justo afuera de la puerta principal de la casa, mirando al cielo cubierto de estrellas con una amplia sonrisa. Tenía sus manos sujetas atrás de su espalda. Una ligera brisa agitaba la tela azul del chal que lo rodeaba, al igual que sus cabellos. Parecía extrañamente feliz, y extrañamente tranquilo… Sólo él sabía que le pasaba por la mente con exactitud. Aunque, por extraño que pareciera, se veía lo más lucido que lo había visto desde la noche de la cena.

– Los hombres ya están en posición, maestro. – Le indicó, parándose detrás de él.

– Sí, ya vi. – Respondió Enishi sin quitar los ojos del cielo. – No eran necesarios tantos hombres, pero hiciste un excelente trabajo Xung. Felicidades.

– Gracias, maestro.

Las puertas del portón principal se abrieron en ese momento. Los hombres se pusieron en guardia, e incluso Xung acercó sus manos a sus sables. El único que no se mutó fue Enishi, quien simplemente bajó su mirada con normalidad al portón; sabía muy bien que aún era muy pronto para que se tratara de su invitado. En su lugar, quien apareció del otro lado fue Jiang, seguido por otros dos hombres que lo acompañaban. Jiang cargaba en sus manos un objeto alargado, envuelto en una sabana verdosa. La sonrisa de Enishi se acrecentó.

– Tú también hiciste un buen trabajo, Jiang. – Dice con fuerza para que lo oiga. Jiang se le aproximó, hasta quedarse al pie de las escaleras. – Pero espero que ese gas tuyo no haya puesto demasiado incomoda a mi invitada.

– No se preocupe, maestro. – Murmuró con algo de malicia. – Ya debe de estar despierta para estos momentos.

– La colocamos bajo llave en el estudio como pidió, maestro. – Agregó Xung a la conversación.

– Perfecto. Entonces hablaré con ella a solas. En cuanto el señor Amakusa llegue, no tarden ni un segundo en avisarme. ¿Está claro?

Ambos se inclinaron como reverencia cuando él empezó a caminar al interior de la casa. Las órdenes que ambos habían recibido fueron claras: traer inconsciente a Santa Magdalia, sin lastimarla, y dejarle la invitación a su hermano para que llegara hasta ahí. ¿Los motivos? No eran claros para ninguno, pero no los necesitaban. Era obvio que tenía algo pensado, algo involucrado con estos cristianos que cancelaron su trato. ¿Venganza?, ¿algún ajuste de cuentas? Fuera lo que fuera, lo sabrían en cualquier momento.

– Ah, Jiang. – Murmuró de pronto el albino, deteniendo su avance, y girándose de nuevo hacia ellos. – Casi lo olvido. Ese es mi encargo… ¿o no?

Señaló entonces lo que Jiang traía consigo.

– Claro, toda suya.

Se la lanzó entonces con naturalidad, y él la atrapó en el aire con una mano. Ensihi lo admiró. Aunque la sabana cubría dicho objeto, él sabía muy bien qué era. Después de todo, había enviado a Jiang especialmente por él a su casa principal… Y estaba ansioso de usarla al fin.

– Vayan a sus posiciones, y no me molesten hasta que el señor Amakusa llegue.

Y de nuevo se dirigió a la puerta, en esta ocasión no deteniéndose a medio camino.

Aunque había muchos hombres afuera, en el interior aparentemente no había nadie más que él… claro, y la persona que lo esperaba. Todo estaba oscuro, y muy silencioso. Caminó con tranquilidad por el pasillo, hacia el pequeño, y nada presuntuoso estudio de la casa, en donde se suponía su primera invitada lo esperaba. La puerta era firme, de roble, con una cerradura de acero. Buscó en los bolsillos de su pantalón las llaves de la casa, más específicamente la de dicha cerradura. Por debajo de la puerta se asomaba una tenue luz, proveniente de seguro de varias lámparas de aceite que habían puesto para su comodidad. No se oía ningún movimiento o sonido en el interior. Jiang afirmaba que ya debería de estar despierta, pero tal vez no conocía tan bien el efecto de su dichoso gas. Esperaba que no se hubiera propasado con él, ya que de ser así tendría la horrible necesidad de cortarle el cuello; eso sería una lástima, ya que realmente era bueno en lo que hacía.

Introdujo la llave en la cerradura, y el mecanismo interno hizo un sonido hueco y frío. Una vez liberado el seguro, la abrió acompañado de un rechinido. Sin embargo, apenas la había abierto la mitad del camino, cuando sus agudos sentidos lo obligaron a retroceder de golpe. Un objeto se dirigía por el aire directo a su cabeza, pero terminó por estrellarse y romperse contra la puerta. Por el sonido que hizo al romperse, debió de haber sido un jarrón o tal vez un cenicero. Definitivamente no había salido volando por sí solo; eso comprobaba que Jiang sí conocía bien los efectos de su gas después de todo.

– ¡Si vuelves a intentar abrir esa puerta, te arrojaré algo más duro! – Escuchó que la reconocible y firme voz de Magdalia le amenazaba desde adentro.

– Es mi puerta, puedo abrirla cuando yo quiera.

Volvió a abrirla rápidamente, y un segundo después una estatua de estatura mediana de porcelana se dirigía contra él. En esta ocasión estaba mucho más preparado, por lo tanto la atrapó sin problema con su mano izquierda.

Magdalia estaba parada frente a la chimenea, ya completamente despierta y lucida, y por su mirada también furiosa y exaltada. Enishi apenas y dio un paso al interior del cuarto, cuando ella se giró hacia la chimenea, tomando uno de los fierros para remover y lo sostenía frente de ella, como si lo esgrimiera con ambas manos para defenderse.

– ¡Ni se te ocurra acercárteme más!

A Enishi le daba un poco de gracia la escena. Con lo que llevaba de conocerla, sabía de antemano que tendría una reacción fuerte al despertarse, aunque no había predicho algo como eso. Era inteligente, y de seguro habría entendido de inmediato en dónde estaba y quién había sido el responsable. La mayoría de las mujeres se morirían de miedo y se aterrorizarían ante la situación, pero era obvio que Santa Magdalia no era para nada una de la mayoría de las mujeres.

– Tranquila, toda esto es innecesario, no pienso hacerte daño…

– ¡Claro que no! – Interrumpió con fuerza. – Si algo me ha enseñado la vida es a defenderme sola. Y primero muerta a dejar que me pongas un dedo encima.

– ¿Un dedo encima?

Enishi pareció confundido ante ese comentario, aunque de inmediato captó las vibras que surgías de ellas. ¿Acaso pensaba que la había mandado a secuestrar y traer a ese sitio para…? La situación se volvió incluso más divertida de lo que ya le parecía inicialmente.

– Creo que estás malinterpretando las cosas. Si me dejaras explicarte…

– ¡Ninguna explicación! – Volvió a interrumpirlo de la misma forma. – ¡Eres un cobarde!, ¡un déspota! Crees que todo lo mereces y ahora quieres tomar a una mujer por la fuerza, ¿o no? ¡No mereces llamarte hombre!

Eso último ya no le pareció tan divertido, y bastó con eso para que se borrara la sonrisa de sus labios. Esto requeriría de un enfoque algo más serio.

– Escucha, no pienso tomarte nada por la fuerza…

– ¡Con mi consentimiento tampoco!

Enishi suspiró con algo de fastidio.

– Con tu consentimiento tampoco.

Caminó hacia el extremo contrario de la habitación, esperando que poner algo de distancia la tranquilizara más. En cada paso, ella lo seguía con su mirada, y con la punta del fierro. Incluso caminó de espaldas hacia la pared, para mantenerse lo más alejada posible de su captor.

– No te traje aquí para nada de lo que te estás imaginando, ¿de acuerdo? – Le comentó el mafioso, sentándose en una de las sillas, y cruzando las piernas. – Esto no tiene nada que ver contigo.

– ¿Qué? – Exclamó confundida. – ¿A qué te refieres?

– Lo que dije. Todo este asunto no tiene que ver contigo, Santa Magdalia.

Ella no entendía gran parte de lo que decía, y a la vez tampoco le creía lo que lograba entender. Inconscientemente bajó un poco su arma, bajando a su vez su propia guardia.

– No entiendo. ¿Entonces porque me secuestraste y me trajiste aquí?

– Usted, mi estimada Santa Magdalia… es sólo la carnada.

– ¿La carnada? – Eso la dejó incluso más confundida que antes. – ¿Carnada para quién?

Hacía la pregunta, pero en el fondo ya conocía la respuesta.

La sonrisa de Enishi volvió a dibujarse, ahora con una marcada malicia acompañándola. Dirigió sus ojos de Magdalia al reloj de la pared detrás de ella. Alguien se había ocupado de ajustar la hora y darle cuerda. Xung tal vez; era extrañamente quisquilloso con ese tipo de cosas.

– El Señor Amakusa ya debe de saber que yo estuve detrás de esto y debe de estarse dirigiendo hacia acá en estos momentos.

Los ojos de la cristina se abrieron de par en par. Sus manos parecieron perder fuerza, pues no pudo sostener mucho más el peso del fierro, bajándolo hasta casi tocar el piso.

– ¿Mi hermano? ¿Esto es sobre mi hermano? ¿Para qué quieres que venga?, ¡¿Qué piensas hacerle?!

Soltó de golpe el fierro, creando un sonoro ruido metálico que cubrió todo el cuarto. Ya no parecía interesada en mantenerse alejarse de él, pues de inmediato se le acercó, parándose delante de él con firmeza. En verdad no tenía nada de miedo.

– Te advierto que no sabes con quién te estás metiendo. – Continuó diciéndole, casi amenazándolo. – Mi hermano ha sido muy tranquilo contigo en comparación con lo que puede hacer si lo provocas. Él estará muy enojado por lo que hiciste.

Enishi soltó de golpe una fuerte y aguda risa al aire, tan fuerte que incluso hizo su cabeza hacia atrás, hasta casi caerse de su silla.

– ¡¿De qué te ríes?!

– Quien no sabe o entiende es otra persona, Santa Magdalia. – Le dijo entre risa y risa, volteándola a ver por encima del arco de sus anteojos. – Eso es exactamente lo que quiero…

En ese momento tomó el objeto alargado que traía consigo y lo sostuvo al frente, de tal forma que ella pudiera verlo claramente. Retiró la manta con rapidez, tirándola a un lado para revelarlo. Magdalia se sorprendió ante lo que vio.

Parecía ser una espada, una espada de empuñadura y funda estilo chino, con un protector y un pomo dorado, y un mango rojizo. Atado al pomo tenía dos cordones rojos como adorno. A simplemente vista parecía una Jian, pero… La funda tenía una extraña forma curva.

– ¿Qué es eso? – Susurró en voz baja, algo impactad. – No me digas que lo que quieres…

– ¿Ya lo entendiste? – Ahora fue él quien interrumpió. La expresión de su rostro se cubrió aún más de astucia; parecía casi la cara un verdadero… demonio. – Quiero ver en carne propia el poder de la Espada de Dios con mis propios ojos. Quiero ver el poder tan increíble del Hiten Mitsurugi Ryu…

FIN DEL CAPITULO 15

El duelo entre Shougo Amakusa y Yukishiro Enishi parece inminente. ¿Qué es lo que oculta el mafioso?, ¿qué es lo que intenta obtener de todo esto?, ¿podrá Magdalia descubrirlo antes de que sea demasiado tarde?

Capitulo 16: Pasado Doloroso

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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