Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 14. Tu Voluntad

19 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 14. Tu Voluntad


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 14
Tu Voluntad

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Podría haberse ido en el momento en que Magdalia ingreso a la iglesia, sin más. Podría haber salido caminando del Barrio Cristiano hacia la casa de Hong-lian, asistir a esa molesta reunión, ser interrogado, no responder nada realmente, y ya para la noche olvidarse de todo ese asunto. Las cosas hubieran sido mucho más sencillas, y posiblemente ese hubiera sido el final de esa historia. Pero no lo hizo. ¿Fue la decisión adecuada? A futuro, muchas cosas le dirían que sí, pero otras más le dirían que no. Sin saberlo, lo que ocurriría en ese mismo momento desencadenaría una serie de hechos incontrolables para él, y que tendrían repercusiones totalmente inimaginables…

Enishi vio al grupo de hombres acercarse a la iglesia, pero ellos no lo vieron a él. La apariencia de todos ellos era realmente sospechosa, y familiar a la vez. ¿No eran acaso hombres del Feng Long? Tenía la sensación de haber visto antes al menos a dos de ellos, más próximamente, en la comida que habían tenido hace apenas una semana atrás. Claro que podría ser su imaginación. Nunca había puesto mucha atención a los soldados del Feng Long que no fueran los suyos propios, y los hombres de esa apariencia tan dura y agresiva no eran tan raros en Shanghái. Pero fueran o no de su organización, el hecho de que fueran armados y en grupo a la iglesia, era una clara señal de problemas, aunque no para él. Lo que sí tenía era cierta curiosidad de saber qué pasaba, ¿pero eso sería suficiente como para involucrarse y arriesgarse a que el Hijo de Dios entrara en cólera en su contra? Tal vez no, pero igual si lo suficiente para simplemente echar un vistazo.

Disimuladamente se acercó a la parte frontal de la iglesia, pero se quedó afuera, con su espalda recargada contra la pared, justo al lado de la puerta, sólo para escuchar qué ocurría adentro, y luego irse en cuanto lo considerara conveniente. Si el tal Amakusa era tan bueno como todos decían, incluido él mismo, no debería de tener problema de deshacerse de esos tipos si iban a causar desastres. Y aunque no lo fuera, de nuevo no era su problema.

Lo primero que oyó fue a algunos de los hombres hablando.

– No vinimos de parte del Maestro Enishi, Cristianito estúpido, sino del Maestro Ming-hu. – Comentó uno de ellos con fuerza.

Eso lo explicaba todo; eran hombres de Ming-hu. Enishi rió ligeramente ante la revelación. ¿Ese viejo se hacía el ofendido por la cancelación del trato? En el fondo de seguro era el más feliz con la noticia; ni siquiera había ido a la reunión de la fiesta con tal de no mezclarse con ellos. Pero igual eso no evitaba que la usara como excusa para ir y armar alboroto entre los cristianos que tan poco le simpatizaban. Ese xenofóbico sólo iba a cambiar cuando se muriera.

Luego de un intercambio de palabras, una voz familiar resaltó. No le sorprendía; presentía que tarde o temprano intervendría con alguno de sus habituales discursos.

– Si lo que vinieron a buscar es pelea, les pido de favor que se retiren. – Escuchó como les decía la voz de Santa Magdalia, acompañada después incluso por una invitación a quedarse a orar con ellos.

De nuevo rió, aunque en esta ocasión se cubrió la boca con una mano para evitar que sus risas resonaran tanto que lo escucharan adentro. Era tan típico de ella; en verdad comenzaba a pensar que estaba un poco loca. Daba igual lo que les dijera, esos hombres de seguro iban con órdenes muy claras por parte de Ming-hu, y no iban dispuestos a negociar algo diferente. De pronto, luego de algunos segundos de silencio, uno de esos hombres dijo algo que le borró la sonrisa de los labios.

– Oye muñeca, ¿tú eres a la que le disparó el Maestro Enishi?

Los ojos del albino se abrieron por completo al escucharlo. Lo siguiente que escuchó fue un claro gritó por parte de Amakusa, que cuestionaba de qué estaban hablando. Bien, tarde o temprano se tenía que enterar; todo Shanghái lo sabía para ese momento, excepto él al parecer. Podía ver a futuro que terminaría por culparlo por ese ataque a su iglesia, más el disparo, y sin duda iría a buscarlo para obtener una explicación, y algo más. No le temía a ese sujeto. Aunque se creyera tan fuerte, a simple vista se veía que era un fanfarrón. Lo único que le preocupaba era qué pensaría…

Enishi se sobresaltó ante el pensamiento que le había cruzado por la mente. ¿Qué palabras se estaban por formular en su cabeza? Intentó repensarlo, intentando encontrar algún tipo de lógica distinta, algo se derivara a un pensamiento distinto al original… pero parecía que no lo había. Resignado, dejó que el pensamiento siguiera su curso, esperando que tal vez éste tuviera de esa forma algo más de sentido: lo único que le preocupaba era qué pensaría Magdalia si hería o mataba a su querido hermano mayor…

No funcionó; seguía sin tener coherencia. Enishi bajó su mirada, contemplando sus pies debajo de él. ¿Por qué eso sería una preocupación para él? No había ningún motivo claro por el que algo como eso le preocupara… Aunque por supuesto, tampoco parecía haber un motivo claro para ir a ese sitio para hablar con ella en primer lugar. Eso se podía justiciar como un mero impulso… ¿Pero esto otro?

 – ¡Déjenla en paz! – Escuchó cómo alguien gritaba con tanta fuerza que las palabras retumbaron en el eco de la iglesia y salían como un disparo por la puerta.

Enishi se asomó rápidamente al interior, sólo para ver como ese chico de cabellos cortos, el que siempre seguía a Magdalia a todos lados, se le lanzaba encima a uno de los hombres de Ming-hu, pateándolo en la frente y derribándolo a él y a otros dos.

– ¡Shouzo!, ¡no! – Le gritó Magdalia casi como una súplica, pero en ese mismo momento los otros cuatro se les lanzaron encima.

Pese a los intentos de amortiguar las cosas por parte de Magdalia, una pelea se estaba desatando sin poder evitarlo. Para su consuelo, esos sujetos iban con esa disposición y no había nada que pudiera haber hecho para evitarlo.

Los hombres empezaron a atacar a Shouzo con sus armas, y éste los esquivó con rapidez mientras mantenía sus brazos alzados al frente de forma defensiva. No lo hacía mal; se veía que tenía experiencia en combates, a pesar de ser un chiquillo cristiano. Uno de los hombres le lanzó un golpe con su vara de madera. Él se movió con agilidad, hacia un lado, y luego alzó su pierna derecha desde el suelo hasta arriba de forma vertical justo frente al rostro del atacante. A pesar de que su pie ni siquiera tocó al hombre, éste se hizo hacia atrás, como si hubiera recibido un golpe directo en la cara. Eso extrañó al albino. ¿Qué había sido eso?

Enishi dejó de observar al guardaespaldas de Magdalia, y entonces dirigió su atención a Shougo Amakusa. Dos de los hombres lo rodeaban con la clara intención de atacarlo, mientras todas las demás personas ajenas al combate retrocedían, pegando sus espaldas contra las paredes, con caras asustadizas y cobardes. ¿Enserio esperaba usar a esas personas como soldados para su causa?, qué divertido sería ver eso. Uno de los hombres traía un sable consigo, y el otro dos cuchillos. Amakusa tenía su espada en su costado aún enfundada. Enishi parecía algo ansioso de ver de qué era capaz el Hijo de Dios, y si la preocupación hacia su seguridad por parte de Magdalia era tan justificada.

El hombre del sable se le arrojó encima, y lanzó vario ataques contundentes, uno después del otro hacia el hombre castaño. Éste no se mutaba, no titubeaba, ni siquiera parpadeaba. Simplemente se movía con una gracia tal que casi parecía bailar, moviéndose en el lugar justo para que el sable, no sólo no lo tocara, sino que para que el siguiente ataque no lo tuviera en una posición tan fácil. En más de una ocasión estuvo en la posición adecuada de acabar con ese sujeto, pero no lo hizo, y era difícil saber si no lo hacía porque no se daba cuenta de que ello o porque simplemente no deseaba hacerlo. El otro hombre de los cuchillos también se unió a la contienda, pero no representó ningún agravante para él. Igualmente lo esquivaba con una increíble agilidad que casi lo hacía desaparecer ante sus ojos de un parpadeo a otro.

Luego de varios segundos de simplemente esquivar, Amakusa retiró su arma de la cinta en su cintura, pero con todo y su funda sin sacarla de ésta. Con el pomo de la empuñadura golpeó al hombre del sable justo en la muñeca, con la fuerza y precisión adecuada para lastimarlo y hacerlo que soltara su arma. Luego giró sobre su cuerpo para agarrar impulso y hacer que la vaina de su espada lo golpeara justo en el costado derecho de su rostro, a la altura de su oreja. El impacto fue tan grande que el hombre tambaleó un par de pasos en esa dirección tras el empujón, y luego cayó sentado y mareado. El hombre de los cuchillos se sorprendió al ver esto, pero intentó recobrar la compostura y volver a atacar, estando a espaldas de su objetivo. Amakusa ni siquiera lo volteó a ver. Se agachó hasta que su barbilla casi tocó el suelo y los cuchillos pasaron muy por encima de su cabeza. Giró su cuerpo en el piso e hizo que su vaina barriera los pies del hombre haciéndolo caer de espaldas. Con el mismo impulso que había logrado con el giro, se elevó unos centímetros en el aire, sólo para caer de pie justo sobre el pecho y abdomen del hombre, provocándole tanto dolor, que éste se quedó tirado revolcándose.

Shougo Amakusa acababa de derrotar a dos hombres armados con total facilidad, sin ser tocado y sin siquiera sacar su espada. Eso había sido realmente impresionante, y todas las personas de la capilla lo miraban con rostros iluminados y asombrados. Enishi también lo miraba, pero su reacción no era como la de ellos… O no mucho.

El mafioso también se encontraba mirando sorprendido los movimientos del Hijo de Dios. Otro de los hombres de Ming-hu se le lanzaba para atacarlo, pero él lo repelía prácticamente de la misma forma y con la misma facilidad. Era rápido, era ágil, era realmente un experto en el combate, y era capaz de acabar con su enemigo sin siquiera necesitar sacar su espada. Su sola presencia incluso parecía estar ya afectando a sus enemigos. Una gran energía lo acompañaba, y aunque ellos no fueran conscientes de eso, esa energía los golpeaba y los dejaba como presas fáciles. Era realmente un habilidoso guerrero. Pero no era eso lo que tenía a Enishi con sus ojos abiertos como dos lunas llenas, sus labios ligeramente separados, e incluso su rostro un poco pálido. No era específicamente que las habilidades de ese hombre le resultaran tan impresionantes que provocaran que inconscientemente se parara en la puerta principal totalmente expuesto y sin importarle ser visto, sólo para poder ver mejor. No, se trataba de algo mucho más extraño que eso.

Enishi admiraba por completo los movimientos de ese hombre, como esquivaba, como saltaba, como mantenía esa expresión fría e indiferente mientras luchaba, como movía su arma aún dentro de su vaina de esa forma tan diestra. Esos movimientos, esa agilidad… Enishi sintió que sus manos temblaban ligeramente. Él conocía esa técnica… Pero era imposible, no podía ser cierto.

El hombre alto y fornido al que Shouzo había pateado, alzó su arma hasta lo más alto para luego dejarla caer con fuerza de forma vertical hacia Shougo. Éste retrocedió y la hoja de la espada impactó contra el suelo de concreto, quedándose incrustada en éste. Shougo entonces tomó su arma envainada de la empuñadura con su mano derecha, y su mano izquierda la posó sobre la reversa de la vaina, cerca de la punta. Acto seguido, se elevó con fuerza con un largo salto

– ¡Ryu Sho Sen! – Gritó con fuerza y entonces empujó su arma hacia arriba al mismo tiempo que saltaba, haciendo que el lomo de la funda golpeara la mandíbula del hombre desde abajo. Éste fue lanzado hacia atrás por el impacto, y aún antes de caer de espaldas al suelo ya se encontraba inconsciente.

Enishi se tuvo que sujetar del marco de la puerta para no caer de la impresión. No podía ser, simplemente no podía ser. En su mente se repetía una y otra vez la misma escena. Shougo sujetando su arma de esa forma, saltando y golpeando a su enemigo en la parte inferior de la mandíbula. Cada vez que la repasaba, la apariencia de Shougo, de su enemigo, de todo su alrededor, se iba distorsionando. De pronto, quien realizaba el salto ya no era Shougo Amakusa, su espada no estaba aún guardada en su vaina, y el escenario en el que se desarrollaba tan escena no era esa pequeña iglesia. Se volvió tan claro para él que en verdad, sintió que estaba de pie ahí. Podía ver esa cabellera rojiza, meneándose en el aire, el filo de esa espada degollando a su enemigo, la sangre brotando a chorros, llegando a manchar ese rostro inexpresivo… y esa cicatriz.

Sintió la enorme necesidad de gritar, pero llevó de inmediato su mano a su boca, apretando con fuerza su rostro para evitarlo. Se sentía mareado. ¿En dónde estaba realmente? Intentaba repetirse a sí mismo el año, la fecha, el lugar, pero esas palabras empezaban a carecer de sentido para él. ¿Quién era la persona peleando delante de él?, ¿era ese cristiano japonés que había ido a amenazarlo hace apenas unos días atrás?, ¿o acaso era…?

– ¡Muy bien!, ¡Quietos todos! – Escuchó como la voz grave de uno de los hombres de Ming-hu gritaba, y como una luz al final de un oscuro camino, llamó lo suficiente su atención como para obligarlo a alzar su mirada.

Ese hombre, delgado, de piel oscura, con un chaleco verde y el torso descubierto, y algunas marcas de golpes en el rostro, se había escabullido hacia Magdalia mientras Shouzo peleaba con sus demás compañeros. Estaba de pie, justo detrás de ella, y le sujetaba su brazo izquierdo con fuerza contra su espalda para someterla, mientras en su otra mano empuñaba un revolver negro, cuyo cañón pegaba contra su cabeza. La ojos verdes parecía atónita, y aún no entendía bien qué había pasado. En un parpadeo, en un sólo e insignificante descuido, ya se encontraba en esa situación.

– ¡Santa Magdalia! – Exclamó Shouzo furioso, y estaba por lanzársele encima hasta que vio como el hombre jalaba el martillo del revolver hasta atrás, frenándolo en seco. El propio Shougo se quedó inmóvil al ver esto, pero no por eso su enojo fue menor, sino lo contrario.

Enishi ya no miraba a Shougo, sino que tenía toda su atención puesta en Magdalia y en su captor. Su mente seguía divagando. Todo lo veía borroso, sin ningún sentido. ¿Qué era lo que estaba viendo? Eran dos personas, una tomando a la otra. ¿Quién era la persona a la que tenían cautiva? Era Magdalia; sí, tenía que ser ella… ¿O no lo era? ¿No lo era? La imagen ante él se volvió totalmente nítida, y en efecto a quién miraba… no era a la cristiana. Era otra mujer, diferente, con expresión de asombro y de miedo, de cabellos negros, y un hermoso kimono blanco…

– ¡Tú tira tu arma, cristiano! – Le ordenó el delincuente a Shougo. – ¡Hazlo ahora!

Shougo analizaba todas las posibilidades que tenía de moverse lo suficientemente rápido hasta ese sitio y dejarlo fuera de combate, y no le eran escasas. Sin embargo… Todo movimiento involucraba arriesgar la vida de su hermana. El dedo de ese hombre temblaba contra el gatillo, y lo único que necesitaba era sufrir una horrible sorpresa para que un disparo se le escapara, y entonces… No podía siquiera pensar en esa posibilidad. ¿Confiaba tanto en sus habilidades como para apostar la vida de su hermana menor a ellas? No, no había forma de que la expusiera de esa forma, de ninguna manera. Lentamente fue bajando hasta dejar su espada en el piso.

El maleante sonrió triunfante al ver este acto de supuesta sumisión por parte de su enemigo. Lo único que tendría que hacer era rápidamente dirigir su arma del rostro de esa linda chica al del tal Hijo de Dios, y entonces todo habría terminado, con un solo disparo; de seguro el Maestro Ming-hu lo premiaría por eliminar a una basura cristiana y provocadora como esa. Sin embargo, justo cuando ya pensaba haber hecho la jugada ganadora, algo lo tomó por sorpresa. Sintió como le tomaban con fuerza de la muñeca que sujetaba la pistola y la alzaba para que el cañón apuntara al techo. Soltó un fuerte grito de dolor al aire, pues al apretón era tan fuerte que pensó que le rompería la muñeca. Tiró del gatillo dos veces por mera intuición, y las balas atravesaron el techo. Las personas gritaron asustadas por el estruendo, y se agacharon hasta quedar contra el piso. Su otra mano también fue tomada con la misma fuerza, obligándolo a soltar a Magdalia. Aún no procesaba por completo qué estaba pasando, y mucho menos quién lo estaba sujetando, cuando sintió como sus pies se separaban del piso, sus ojos se posaban sobre el techo, y luego toda la habitación empezaba a dar vueltas. Su cuerpo fue lanzado con fuerza por los aires, dando un giro para luego caer boca abajo contra el piso. Su barbilla se raspó, y su arma se soltó de su mano, deslizándose por el piso hasta caer a los pies de las personas.

Todos voltearon a ver en su dirección. El hombre caído no había visto lo ocurrido, pero el resto sí, y aún así no estaban muy seguros de comprenderlo. Alguien había aparecido de la nada, se había colocado detrás del captor, lo había tomado y apartado de la chica, pero luego lanzarlo con un movimiento rápido. Todo había ocurrido muy deprisa, y muchos no lo pudieron ver con claridad. En un segundo la chica castaña estaba sujetada y con el cañón de la pistola contra su cabeza, y al siguiente el hombre estaba tirado, y un extraño estaba ahora de pie frente a ella. Para algunos era un completo extraño. Para otros, como Shougo y Shouzo, fue claramente reconocible, pero no por eso menos sorprendente.

Enishi estaba parado justo delante de Magdalia. Sus hombros subían y bajaban mientras jadeaba. Sus ojos desorbitados se encontraban fijos en el hombre que acababa de lanzar, y que apenas intentaba recuperarse. Sus puños se apretaban con tanta fuerza que sus uñas casi atravesaban la carne de sus palmas.

– ¿Maestro… Enishi? – Escucharon como uno de los hombres de Ming-hu murmuraba con confusión al reconocerlo. Él y el resto se habían quedado congelados y mirándose entre sí ante la presencia repentina del albino.

Magdalia también miró atónita a su extraño salvador. Él le estaba dando la espalda, pero su cabello y atuendo blanco no le eran nada desconocidos; después de todo, hacía apenas unos minutos que se había despedido de él en el patio.

– ¿Qué hace aquí? – Le preguntó con un murmullo, no muy discreto. – Le dije que se fuera…

Enishi ni siquiera la escuchaba, y antes de que pudiera terminar de hablar, el captor ya estaba levantándose y él se le lanzó encima como fiera antes de que lo hiciera. Lo tomó de sus ropas y lo azotó de espaldas con fuerza contra el piso de concreto. Él apenas y pudo distinguir la mancha blanca de su cabello agitándose frente a sus ojos, antes de que Enishi alzara su puño derecho para luego hacerlo caer con mucha fuerza contra su rostro, golpeándolo en su costado derecho a la altura de la nariz. Quedó prácticamente semiinconsciente en ese momento, pero eso no detuvo a su atacante. Volvió a alzar su puño y volvió a golpearlo, una, dos, tres veces más. No se detenía por nada, parecía estar enloquecido. Algo de sangre surgió del hombre, manchando su puño y sus ropas blancas.

La escena era demasiado impactante. Muchos de los presentes en la iglesia, sobre todo los niños y las mujeres, desviaron su mirada hacia otro lado. El resto de los hombres del Feng Long estaban petrificados. Sentían que tenían que ir y ayudar a su compañero… Pero el hombre que lo golpeaba con tanta furia, no sólo era uno de los siete líderes del Feng Long, era el Número Uno, ¿qué podrían hacer ellos ante eso?

Enishi continuó, totalmente extraído, sumido en su propia cabeza. En su mente seguía sin estar en ese lugar y sin estar golpeando específicamente a ese hombre. Su mente divagaba, y volaba por otros sitios y épocas. ¿A quién estaba golpeando realmente? No le importaba, no le importaba en lo más mínimo quién fuera. Lo único que le importaba era que se había atrevido a ponerle una mano encima… ¿a quién…?

– ¡Detente! – Le gritó Magdalia con ímpetu, y de inmediato se aferró con ambos brazos a su brazo derecho para intentar detenerlo y que no arrojara un sólo golpe más. – ¡¿Qué crees que estás haciendo?!, ¡no sigas!

Al principio esa voz le pareció un eco muy lejano, pero el jalón que intervenía en el libre movimiento de su brazo le resultó más tangible. Se detuvo de golpe y giró su mirada hacia la persona que lo estaba deteniendo. Los primeros segundos, su mirada borrosa aún distinguió la silueta de la misma mujer, de cabellos negros, y kimono blanco y puro. Pero poco a poco esta ilusión se fue disolviendo, hasta que la realidad se volvió totalmente clara para él. El cabello castaño y los ojos verdes de Magdalia, así como su vestido verde y rosa remplazaron la imagen anterior. La cristiana, se abrazaba de su brazo con fuerza, aprisionándolo y mirándolo con enojo. Fue hasta entonces en que empezó a caer en cuenta de dónde estaba y de qué acababa de hacer…

Su mano izquierda aún se aferraba al chaleco del hombre caído, que estaba desmayado, y con la cara totalmente golpeada, hinchada y ensangrentada, pero aparentemente aún convida… por poco. Volteó entonces a su alrededor, mirando a todas las personas que lo miraban confundidos y asustados, incluyendo los hombres de Ming-hu, que parecían los más afectados.

– Ah, maestro Enishi… – Murmuró con duda uno de ellos, alzando sus manos al frente como si se estuviera rindiendo. – No sabíamos que usted y esa chica aún… El Maestro Ming-hu…

Enishi hacía caso omiso de las disculpas del hombre; estaba más concentrado en intentar dar completa claridad a sus acciones. ¿Había atacado a ese hombre para proteger… a Magdalia? Pero no era ella a quién estaba salvado, no era ella la que estaba cautiva con una pistola contra su cabeza. Pero luego de pensarlo con más cuidado, se dio cuenta de que la alternativa era imposible; la persona a la que creía haber rescatado, no estaba ahí… Soltó el chaleco del individuo y éste se desplomó por completo al piso. Desorientado, se zafó con fuerza del agarre de Magdalia, y luego se dirigió con pasos rápidos pero torpes a la puerta. Nadie lo detuvo, pero todos los siguieron con la mirada hasta que salió de la iglesia y desapareció de sus vistas.

El aire en la iglesia se tornó profundamente incomodo luego de eso. Los hombres del Feng Long se volvieron a mirar entre sí, esperando alguna respuesta a la pregunta que le cruzaba a todos en ese momento: «¿Y ahora qué?»

– Vámonos, será lo mejor. – Comentó uno de ellos secándose el sudor de su frente con el antebrazo.

Sin ofrecer explicación o disculpa alguna, empezaron a levantar a los caídos, en especial al golpeado por Enishi, y luego avanzaron hacia la puerta. Igualmente nadie los detuvo.

– Santa Magdalia, ¿se encuentra usted bien? – Le preguntó Shouzo, apresurándose a su lado para ayudarla a levantarse de nuevo.

– Sí, no pasó nada, Shouzo; tranquilo.

Nada que lamentar al menos, o eso creía ella. El Enishi que había entrado de esa forma a golpear a ese hombre, era muy similar al Enishi que le había disparado aquella noche en el restaurante. Confundido, desorientado, furioso. Aún no sabía qué cruzaba por la mente de ese hombre, pero era obvio que era aún peor de lo que había supuesto.

Una vez que los hombres del Feng Long se fueron, incluido Enishi, la atención de la japonesa se centró ahora primero en su hermano, y luego en el resto de la gente. Shougo tenía su mirada dura y fija en la puerta. La aparición tan repentina del jefe del Feng Long en escena, y lo que había hecho, causó mucha confusión en su mente. Por su lado, el resto de las personas estaban aún peor. Tenían miedo y duda en sus rostros. No entendían qué había ocurrido, porqué esos hombres habían ido a molestarlos, y por qué ese otro había intervenido de esa forma tan agresiva. Magdalia notó eso e intentó calmar las cosas.

– Tranquilos, todo está bien. – Les dijo con una sonrisa, alzando sus manos hacia ellos. – Todo esto no fue más que un malentendido.

– Pero esos eran hombres del Feng Long. – Señaló un hombre entre la multitud. – Nunca nos habían molestado antes, ¿por qué ahora…?

– No se preocupen por nada. – Intervino de inmediato Shougo Amakusa, colocando de nuevo su espada en su costado y volteándose hacia ellos. – Yo me encargaré personalmente de que el Feng Long no nos moleste nunca más. Es una promesa.

Magdalia se sobresaltó por esas palabras, pues parecían en verdad una amenaza. ¿Qué era lo que tenía pensado hacer? Las palabras de Shougo parecieron tranquilizar un poco a las personas. Para bien o para mal, se había ganado rápidamente la confianza de las personas del Barrio Cristiano, y luego de ver de frente sus increíbles habilidades de combate, eso había ido en aumento. Pero, por su lado, Magdalia no se sentía calmada. Viró de nuevo su mirada hacia la puerta, recordando lo que acababa de ocurrir e intentando encontrarle un sentido.

– – – –

El carruaje de Yukishiro Enishi había llegado hasta la casa de Hong-lian y se había estacionado justo frente a las escaleras de la puerta principal de ésta. Pero había un problema: Yukishiro Enishi no iba en él. Hei-shin y el resto de los líderes ya estaban adentro esperando, y el invitado de honor aún no aparecía. Xung-Liang se encontraba afuera de la casa a lado del carruaje, mirando constantemente hacia el portón principal, esperando divisarlo en algún momento. ¿Por qué se había bajado así del carruaje?, ¿y por qué lo había permitido tan fácil? No era que tuviera miedo de que le pasara algo, pero desde aquella noche había estado comportándose muy extraño. No sabía qué le había dicho o hecho esa chica, pero había sido lo necesario para quebrar algo dentro de él. Y por eso, tenía miedo de las cosas que podría llegar a hacer si lo dejaba solo. Ya había pasado casi media hora, y Hei-shin salía cada diez minutos a preguntarle si había aparecido, y cada vez que le decía que no se le veía más molesto. En cualquier momento saldría por tercera vez, y aún no tenía una respuesta diferente que darle.

Y entonces escuchó el portón abrirse y rechinar. Dos sirvientes lo abrían para dejarle el paso libre a Enishi, que caminaba con la mirada baja y casi tambaleándose por el camino de baldosas. Xung corrió apresurado en cuanto lo vio, pero se detuvo en seco al ver que sus ropas estaban manchadas de sangre.

– ¡Maestro Enishi!, ¡¿Se encuentra bien?! – Le preguntó con fuerza, pero Enishi siguió caminando de largo, pasando a su lado sin siquiera verlo.

– Ésta no es mi sangre, Xung. – Fue lo único que lo escuchó decir al pasar a su lado.

El guardia lo siguió mientras avanzaba hacia la entrada. Eso era justo lo que se temía, que estando solo cometiera alguna locura. Si no era su sangre, ¿de quién era?, ¿qué era lo que había hecho? De nuevo se veía extraño, tal y como había salido del restaurante hace dos noches.



Justo cuando llegó hasta el pie de las escaleras, Hei-shin y dos de sus guardaespaldas se pararon la puerta principal. En cuanto lo vio, su expresión se acaloró y de inmediato bajó las escaleras a pasos rápidos.

– Enishi, ¿se puede saber en dónde estabas? – Le preguntó molesto, mientras miraba de reojo su saco manchado. – Todo el mundo te está esperando. ¿Qué demonios te pasó? ¿A quién le disparaste ahora?

Al igual que con Xung, Enishi no volteó a verlo en lo más mínimo. De hecho, no dejó de caminar, ni empezó a subir las escaleras hacia la casa. En su lugar se giró hacia el carruaje, abrió la puerta y empezó a subirse.

– No asistiré a la reunión, encárgate de todo Hei-shin. – Le contestó de forma cortante, ya sentado en el interior del coche.

– ¿Cómo que no asistirás? Toda esta reunión es sólo por ti. – Le empezó a decir con insistencia, acercándose al coche, pero Enishi azotó la puerta antes de que pudiera acercarse más. Aún así, el mafioso metió parte de su cabeza por la ventanilla para seguir hablándole. – ¡Todos esperan oír una explicación sobre lo sucedido!, ¡¿qué esperas que yo les diga?!

Enishi estaba algo ido. Recargado por completo contra su asiento, con su cabeza hacia atrás y sus ojos cerrados. No escuchaba lo que Hei-shin le decía, o fingía no escuchar. Del otro lado del coche, Xung también miraba por la ventanilla al interior, sin saber qué hacer. Pero Enishi se lo dejó muy sencillo.

– ¿Vienes o te quieres quedar a tomar té con Hong-lian, Xung? – Murmuró con fuerza sin abrir los ojos.

Xung-Liang se sobresaltó y rápidamente abrió la otra puerta y se subió de un salto, sentándose delante de él.

– Vámonos… ¡Ya! – Exclamó con fuerza el albino.

Su chofer tomó de inmediato las riendas e hizo que los caballos arrancaran en ese mismo momento. Ni siquiera espero a que Hei-shin e apartara lo suficiente del vehículo, y su cuerpo fue prácticamente lanzado hacia atrás, y hubiera caído al piso de no haber sido detenido por sus dos hombres. Sin importarle lo sucedido, de inmediato se incorporó y avanzó varios pasos al frente, mirando como el carruaje salía del terreno de la casa.

– ¡Enishi! – Le gritó furioso. – ¡Vuelve acá maldita sea!

Sus gritos no sirvieron de nada.

– – – –

Pasaron cerca de diez minutos, y el interior del carruaje se mantuvo en un lúgubre silencio que Xung-Liang no se atrevía a cambiar. Enishi se había quedado sentado en su lugar, con sus codos apoyados contra sus rodillas, su espalda arqueada al frente y su rostro apoyado contra sus dedos entrecruzados. El cabello le cubría la cara, y ni un musculo de su cuerpo se movía. Parecía una estatua, o incluso un cadáver. De hecho, hubo unos momentos en los que le cruzó por la cabeza que estaba muerto, pues ni siquiera parecía respirar. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué tanto pensaba?, ¿estaba pensando en algo siquiera?

Xung sabía que a menor o mayor medida, el asunto del restaurante le había traído problemas, y el hecho de haber decidido simplemente faltar a esa reunión podía traerle más. Podría ser el líder del Feng Long, pero aún así había reglas que cumplir, incluso para él.

Algo resonó de pronto. Un sonido pequeño, pero que resaltaba en el silencio. Un sonido que surgió de los labios del albino y luego calló. Era una risilla, una pequeña, o al menos la primera. La que le siguió unos segundos después fue más fuerte y más larga. De la nada, se volvió a recargar por completo contra su asiento, y empezó a reír con gran fuerza, de una forma tan extraña que incluso el guardia frente a él se intimidó.

– ¿Maestro?, ¿qué le pa…?

– Hiten Mitsugi Ryu. – Soltó de golpe entre risa y risa sin dejarlo terminar su pregunta. – ¡Hiten Mitsurugi Ryu!

Xung lo miró confundido. No entendía lo que acababa de decir. ¿Era un nombre?, ¿o tal vez alguna expresión japonesa?, ¿Y por qué lo pronunciaba de esa forma? Todos lo decían de vez en cuando, e incluso él lo llegaba a pensar en ocasiones, pero esa fue la primera vez que realmente empezó a converse de Yukishiro Enishi no estaba muy bien de su cabeza…

– ¡Cambia el curso! – Dijo con fuerza, tocando con los nudillos la pared del coche para llamar la atención del chofer. – Vamos directo a la Casa Norte, ¿me oíste? Y sin ninguna escala.

El chofer de inmediato giró en una esquina, y luego en otra para prácticamente dirigirse en la dirección contraria a la que se dirigían originalmente.

Xung estaba aturdido por tantos exabruptos. La Casa Norte era una de las casas secundarias que Enishi tenía. Estaba al norte de la ciudad, cerca de las afueras. Prácticamente nunca iba ahí, y muchas veces se preguntaba para qué la tenía realmente.

– ¿Por qué quiere ir a la Casa Norte, Maestro?

Enishi, sonrió divertido, y entonces se asomó hacia la ventanilla. Sus labios se movieron ligeramente y un sonido surgió de éste. No pudo oírlo con claridad, pero estaba casi convencido de que era algo similar a lo que había dicho antes: “Hiten Mitsurugi Ryu”.

– Contacta a Jiang lo antes posible. – Soltó de golpe, omitiendo su pregunta. – Tengo una misión muy importante para ustedes dos…

Xung perdió toda esperanza de que Enishi tuviera pensado decirle más que eso, así que simplemente asintió con su cabeza indicándole que haría lo que le pidió.

Enishi sonreía ampliamente de oreja a oreja. ¿Se encontraba feliz? No, emocionado o extasiado era lo más correcto. Había tardado tiempo en procesar todo lo ocurrido. Primero tuvo que sobreponerse a la impresión inicial, y luego al extraño trance en el que había caído. Pero una vez que pudo olvidarse de eso y enfocarse, todo se volvió claro, todas las piezas encajaron de una forma perfecta, increíble. Eso no podía ser una coincidencia, no había forma. Algunos dirían que es el destino, otros que fue obra misma de los cielos; para él, era algo distinto.

Enishi volvió a reír, aunque de manera más disimulada mientras seguía mirando hacia el exterior. Su mente estaba extraída en sí misma. No le importaba lo que pasaba en el interior de ese carruaje o afuera en la calle. Él sólo pensaba en una cosa.

«Lo sabía, sabía que me habías puesto a estos dos en mi camino por una razón.» – Pronunciaba en su cabeza, como si hablara con alguien más. – «Había algo en ellos que me atraía y no sabía qué era. Pero ahora todo tiene sentido. Todo esto tiene que ser tu voluntad, y sólo tu voluntad… Oneesan…»

– – – –

Shougo y Magdalia calmaron como pudieron a las personas, y continuaron con la misa como si nada hubiera pasado, aunque muchas personas seguían nerviosas. Una vez que la ceremonia terminó, se quedaron junto con un grupo de personas a arreglar la iglesia y guardar todo. Luego de terminar, salieron y cerraron por completo el lugar. Habían colocado puertas y candados nuevos para que nadie entrara y la dañara en la noche, y que sólo la gente del barrio tuviera llave. Esperaban que de esa forma la iglesia se mantuviera bonita e inmaculada, como se merecía estar.

Ya cerca del ocaso, y luego de cerrar la puerta trasera, todos se reunieron en la principal. La cerraron también con llave, y luego Shougo le entregó ésta a uno de los hombres más ancianos. Todos se despidieron de ellos, incluso besándole sus manos al Hijo de Dios como señal de devoción. Al final, Shougo, Magdalia y Shouzo se quedaron solos frente a la iglesia. Ya sin nadie alrededor, sin nadie que escuchara, era momento de poner las cartas sobre la mesa.

Shougo había omitido hablar con más detalle de lo que pasó por la misa, pero Magdalia sabía muy bien que ese era el momento del interrogatorio, y no podía salir nada bueno de eso. Cuando las últimas personas se empezaron a alejar, volteó a ver al cielo, pensativa. El sol poco a poco se acercaba a los edificios. Empezaría esconderse en cualquier momento, y el cielo se tornaría anaranjado, para luego volverse negro poco a poco. Los atardeceres en Shanghái eran hermosos, pese a que en general la ciudad no era muy agradable.

– ¿Hay algo que quieras decirme, Sayo? – Escuchó como su hermano soltaba al fin. Ella seguía con su mirada en el cielo.

– No pasó nada, hermano.

– Esos sujetos dijeron que te dispararon. ¿Eso no es nada?

 – No es lo que crees. Escucha… Las cosas se me salieron un poco de control, pero no me pasó nada. Fue sólo un incidente sin importancia.

Era claro que no le creía. No podía negar que él mismo la vio cuando llegó esa noche; no tenía ni un rasguño visible, mucho menos un agujero de bala. Pero tal vez le molestaba más el hecho de que no le hubiera hablado del disparo, más que el disparo en sí.

– ¿Y qué estaba haciendo ese sujeto aquí? – Le preguntó de golpe, casi acusándola.

– Sólo vino a ver si estaba bien.

– ¡¿Entonces sí sabías que estaba aquí y no me lo dijiste?!

– ¡¿Escuchas lo que te digo?! – El tono de Magdalia también se acrecentó; Shouzo sentía estar en medio de una pelea. – Él sólo vino a hablar conmigo…

– ¿Y por coincidencia estos sujetos se presentaron en la iglesia al mismo tiempo?

Magdalia calló y respiró lentamente, intentando permanecer calmada. No le gustaba que la estuvieran regañando, pero debía mantener la calma; no ganaría nada con enojarse con todo eso.

– No sé si fue una coincidencia o no, pero estoy segura de que el señor Yukishiro no tuvo nada que ver con esos individuos. Él no tenía motivos para hacer tal cosa, y además ellos dijeron que venían de parte de alguien más.

– Da lo mismo de parte de quién venían, Sayo. Él es el jefe de todos ellos. Es como si él mismo lo hubiera hecho. Ha estado jugando con nosotros desde que llegamos a esta ciudad, pero no lo toleraré más.

– Tú no lo entiendes, hermano. Él no es una mala persona. Yo sé que él no…

– ¡Basta ya, Sayo!, ¡basta! – Le gritó con mucha fuerza, notándosele realmente exasperado. Magdalia retrocedió un paso, sobresaltada. – Deja de tomar a ese sujeto como tu proyecto personal. No todos tienen una bondad interna como te gustaría creer, y no tienes el poder de cambiarlos a todos.

– ¿Cómo te atreves a decirme eso? – Murmuró con molestia, endureciendo la mirada. – ¿Crees que tú eres el más indicado para hablar sobre qué poder tengo y cuál no?

Y luego sólo hubo silencio, no porque ya no tuvieran nada que decir, sino porque ninguno estaba seguro de querer hacerlo. Simplemente permanecieron inmóviles, uno frente al otro, mirándose fijamente a los ojos como si pelearan con sus solas miradas, y la convicción y terquedad sí eran campos en las que podían darse competencia el uno al otro.

Shouzo había permanecido en silencio durante todo ese intercambio de palabras. Él sabía muy bien que no era algo en lo que tuviera derecho de meterse. Y aunque lo tuviera, ¿exactamente qué diría? Su lado consciente y razonado le decía que la preocupación de Shougo era más que justificada, y que tenía toda la razón en tomar esas medidas. Pero, pese a que las acciones de Magdalia en los últimos días habían sido algo extrañas, y aunque él no veía nada bueno en ese sujeto de pelos blancos como ella tanto repetía, seguía teniendo una profunda fe en ella, y ponerse en su contra no era una opción para él. Así que, por raro que pareciera, se sentía bien de no ser incluido en la discusión.

– Dime la vedad, Sayo. – Murmuró de pronto el castaño, rompiendo el silencio. – ¿Este sujeto es sólo otra más de tus acciones caritativas?, ¿o tienes algún otro tipo de interés en él?

– ¿Qué? – Respondió ella, casi asombrada por su pregunta. – ¿De qué me estás acusando, hermano?

– No lo sé. Pero el baile, la cena, el cómo lo defiendes y hasta proteges. No quiero pensar que mi única hermana…

– ¡No digas más, hermano! – Le gritó con fuerza, interrumpiendo cualquier cosa que estuviera a punto de decir. – Me estás ofendiendo. Esperaría esa clase de comentarios de cualquier otra persona, menos de ti.

Shougo ya no respondió nada más. Ciertamente la idea era prácticamente imposible, pero no le parecía que el interés de su hermana en ese hombre fuera el mismo que en otras ocasiones. Pero no quería postergar eso por más tiempo. Cerró los ojos, respiró lentamente y se dio media vuelta. Magdalia sabía muy bien que cuando hacia eso, era señal de que no tenía pensado seguir hablando del mismo tema.

– Ustedes dos vuelvan a la posada y espérenme ahí.

– ¿Pero tú a dónde irás, hermano?

– Tú sabes muy bien a dónde voy. No me importa qué más digas, yo me encargaré de terminar con esto ahora mismo.

Magdalia se sorprendió de escucharlo decir eso. ¿Estaba insinuando lo que pensaba? ¿Iría a la casa de ese sujeto a enfrentarlo? ¿Y hasta dónde estaba dispuesto a llegar cuando lo hiciera? Llevó su mano derecha hacia su medallón, y lo tomó con fuerza entre sus dedos. ¿Sentía preocupación? ¿Pero por quién exactamente…?

La presencia repentina de alguien más llamó la atención de los tres. Parado a unos cinco o seis metros de ellos, entre las sombras que los edificios empezaban a formar por el descenso del sol, se encontraba una persona de estatura baja, que los miraba fijamente con frialdad. Tenía una capa café claro, gastada que le cubría prácticamente todo el cuerpo, y sólo dejaba a la vista su larga barba blanca y su cabeza calva.

– ¿Señor Chi? – Pronunció confundida la ojos verdes al reconocerlo. Shougo también lo reconoció, y se notó de inmediato en su expresión.

El mismo hombre anciano que los había enfrentado en su primera visita al Barrio Cristiano, y quien se había mantenido al margen de todo, sobre todo de ellos, durante esos últimos días. El hecho de que pareciera tan de repente y en ese momento, los tomaba por sorpresa, y los confundía a la vez.

Chi parpadeó un par de veces y miró a cada uno de ellos en silencio. Primero a Magdalia, luego a Shouzo, y por último a Shougo, centrándose principalmente en éste.

– ¿Puedo hablar con usted, señor Amakusa?

El rostro se Shougo se tensó un poco al escuchar tal petición. No sabía bien cómo reaccionar. En el fondo esperaba tener una oportunidad para volver a hablar con él, y con aquellos que no lo apoyaban, no para convencerlos de lo contrario, sino simplemente para expresarles claramente sus deseos e intenciones de frente. Pero luego de lo ocurrido esa tarde, no pensaba que era lo más oportuno, no en ese momento.

– Me temo que no puedo ahora. Necesito ocuparme de algo muy…

– Debo insistir, señor Amakusa. – Recalcó de golpe y con fuerza el hombre mayor. – Tiene que ver con sus padres.

Esto sorprendió a Shougo y a Magdalia por igual. ¿Sus padres? Ambos recordaban que la primera vez que lo conocieron, les había mencionado que conoció a sus padres, pero no había dado mayores detalles al respecto. Shougo, sin embargo, en el fondo sabía que no le podía decir nada sobre sus padres que él no supiera ya, y era más que obvio que lo que realmente buscaba era hablar sobre lo que había dicho el otro día, y de cómo la gente había reaccionado al respecto. Christopher Ribbons le había dicho que ellos dos eran amigos, y de seguro compartían la misma opinión sobre sus planes.

¿Qué debía hacer? ¿Serviría de algo ir a hablar con ese hombre? ¿Podría decirle algo importante sobre sus padres o él decirle algo para convencerlo de ver con mejores ojos sus deseos de una Tierra Sagrada en Shimabara?

– Acompáñeme, por favor. – Escuchó como Chi lo volvía a llamar, y se daba media vuelta, comenzando a adentrándose más entre los edificios del barrio.

Aparentemente no le importaba si quería hablar con él o no; él ya había tomado la decisión de que hablarían. Esa actitud no le era nada agradable, pero respetaba el que se sintiera así.

– Vayan a la posada como se los indique. – Les dijo a sus dos acompañantes, antes de empezar a andar en la misma dirección que Chi. – Hablo enserio, Sayo. No me desobedezcas de nuevo.

No espero a que alguno diera una respuesta, y se alejó caminando. Era parecido a aquella noche, en la que aquel misterioso carruaje lo fue a recoger en la posada, y antes de irse le lanzó una amenaza similar a esa, y se fue. Ella no había obedecido, y de ello se derivaban todos esos problemas realmente. En esa ocasión no tenía pensado repetirlo. Su intención era en efecto ir a la posada, y dejar que su hermano se encargara de lo que quisiera. Sin embargo, aún seguía preocupada por lo que fuera a hacer. ¿Sería capaz de realmente… matar a ese hombre? Y si lo hacía… ¿Qué haría o sentiría ella al respecto?

– Santa Magdalia. – Escuchó que Shouzo le hablaba. Aparentemente se había quedado sumida en esos pensamientos por más de lo deseado. – ¿Nos vamos?

Magadalia asintió lentamente con su cabeza, y empezó a andar.

– Vamos, Shouzo.

Ambos se dirigieron uno al lado del otro en dirección al puerto. El barrio cristiano estaba realmente tranquilo, en contraste a cómo se encontraba en la tarde. No había ni vieron un alma en las calles, hasta que llegaron a la avenida principal. Sin embargo, en todo su camino los estuvieron vigilando, sin que se dieran cuenta.

– ¿Esa es la chica? – Pronunció con curiosidad la voz de una persona, parado en el tejado de un edificio frente al cual la cristiana y su acompañante pasaban.

– Sí, es ella. – Pronunciaba otra, aunque con más seriedad. – Recuerda que no debemos lastimarla.

– Descuida. Yo sé lo que hago.

Xung tenía serias dudas sobre esto, pero habían sido órdenes de Enishi. Por más sin sentido que fueran sus decisiones últimamente, seguía siendo el líder del Feng Long. Cómo le había indicado, había ido por Jiang y otros hombres, y ahora que el tal Amakusa no estaba, era momento de hacer lo que les había pedido…

– – – –

Chi no había dicho ni una sola palabra desde que empezó a guiarlo a quien sabe dónde. Luego de un par de minutos de caminata, parecieron llegar a lo que en algún momento fue un parque, pero que ahora estaba en peor estado que el resto del barrio. Los pocos árboles estaban secos y sin hojas, y no parecía ser a causa del otoño. Había bancas rotas, y un monumento en el centro, ya en esos momentos de forma indefinida. No había ninguna persona alrededor. Parecía que ese lugar le agradó a Chi para hablar, pues se detuvo de forma abrupta, haciendo que él también lo hiciera.

El hombre se quedó de pie a unos metros de él, dándole la espalda. Esperó a qué dijera algo, o al menos se volteara a él, pero luego de casi un minuto aún no ocurría nada. ¿Estaba dudando?, ¿o esperaba a qué él le dijera algo primero? Ciertamente mientras más duraba ese silencio, más incomodo se volvía todo. Además, deseaba terminar con ese asunto rápido, para poder encargarse de aquel otro.

– Haré esto más fácil para ambos. – Le dijo abruptamente para poder llamar su atención. – Sé bien de qué quiere hablar, y agradezco lo que usted y el señor Ribbons compartieron conmigo. Y les aseguro que no olvidaré lo que me quisieron enseñar con ello. Pero ya he tomado mi decisión, y no la cambiaré sin importar que me quiera decir, incluso si tiene que ver con mis padres.

– Lo sé. – Respondió Chi a su vez con profunda seriedad. – Y por eso tengo que hacer esto…

De la nada, Chi se volteó rápidamente hacia él en apenas un parpadeo con inmensa agilidad. La expresión de su rostro era casi la de un animal salvaje atacando a su presa. Shougo no entendía qué ocurría, hasta que pudo notar que sus manos salían del interior de su capa, y cada una sujetaba una daga de hoja corta brillante, de forma curva. En ese momento las dudas se hicieron a un lado: lo estaban atacando.

FIN DEL CAPITULO 14

 Las piezas están cayendo en su lugar de forma incontrolable. Esta noche podría cambiar la vida de todos. ¿Qué es lo que el destino les tiene preparados?

Capitulo 15: Invitación

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 14. Tu Voluntad

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