Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 13. Tuviste Razón

16 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 13. Tuviste Razón


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 13
Tuviste Razón

Shanghái, China
21 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Esa mañana, o mínimo la noche anterior, los siete líderes del Feng Long recibieron un telegrama, que les extendía una cordial invitación a asistir a una pequeña reunión en casa de Hong-lian. ¿Los motivos?, comer y conversar sobre diversos asuntos; después de todo, siempre era bueno estar enterado de las novedades, aunque sólo había pasado una semana exactamente de su última reunión. Sin embargo, aunque el telegrama mencionaba “diversos asuntos”, todos sabían de antemano cuál sería el principal, y el que saltaría de inmediato en la mesa, y que de seguro era el motivo real de esa repentina y misteriosa reunión: la cancelación de sus recién empezadas negociaciones con aquel grupo cristiano de Japón. Para ese entonces el rumor de lo sucedido en el Golden Swan, no sólo había llegado a oídos de los demás líderes, sino que prácticamente ya se había esparcido de arriba hacia abajo por toda la organización.

Era la noticia más insólita y extraña que habían oído en mucho tiempo. ¿Enishi?, ¿invitando a una chica a cenar para luego dispararle? La historia se fue distorsionando conforme se pasaba de una persona a otra, cambiando el lugar, la fecha, e incluso algunos comenzaron a esparcir el rumor de que había matado a la chica, cuando la versión oficial era que la bala ni siquiera la tocó. Todos parecían estar más de acuerdo con respecto a la identidad de la joven involucrada, aunque la mayoría la nombraban como “la chica con la que estaba bailando en la fiesta del maestro Hong-lian” al no conocer mayor detalle. Posteriormente se empezó a decir que los cristianos habían cancelado el trato que habían estado negociando con el Feng Long, y los motivos eran más que obvios para todos.

Los líderes querían una explicación de los labios de Enishi, así que ese día prácticamente la reunión sería para ponerlo en tela de juicio. No es que a la mayoría le molestara la cancelación del trato, sino que les perturbaba las acciones de Enishi, y les producía gran curiosidad saber cuáles fueron sus motivos para hacerlo.

Una hora antes del mediodía, Hei-shin, Ang y Zhuo ya habían arribado a la casa de Hong-lian; aún esperaban a que Ming-hu y Chang-zen aparecieran, y claro está, el invitado estrella en persona. En lo que esperaban, los cuatro líderes estaban sentados afuera, en el patio de la casa, tomando cada uno algo diferente: Hei-shin sólo una taza de té, Zhuo algo de vino tinto, Hong-lian whisky escocés, y Ang se quedó simplemente con un vaso de agua. Zhuo fumaba uno de sus cigarrillos occidentales, y Hong-lian lo acompañaba con un buen habano. Los cuatro estaban sentados alrededor de una mesa redonda y blanca del patio. El sol estaba brillante y el cielo despejado. Varios de los árboles del jardín ya habían perdido sus hojas por el golpe del otoño, pero no por eso el paisaje perdía su hermosura. Claro que, ninguno de ellos lo admiraba del todo.

– ¿Y cancelaron el trato así cómo así?, ¿sin más? – Cuestionó Zhuo con interés. No pudieron esperar a que los demás llegaran antes de empezar a hablar del tema; simplemente tenían que preguntar, aunque nadie en la mesa sabía mucho, ni siquiera Hei-shin.

– Enishi le disparó a su hermana en un lugar lleno de gente. – Contestó Ang, casi afirmando inconscientemente que de no haber sido en un lugar lleno de gente, hubiera sido menor la reacción. – ¿Realmente qué esperaban que hiciera?

– Oh vamos, la bala ni siquiera la tocó. – Comentó con tranquilidad Hong-lian, encogiéndose de hombros.

– No se trata de eso, Hong-lian. Me preocupa qué clase de imagen nos dejará este incidente. Vengan y cómprenle armas al Feng Long, pero no traigan a sus hermanas bonitas o nuestro jefe las apuntara con su arma.

Zhuo rió con algo de fuerza de golpe. El comentario de Ang no era nada parecido a un chiste, pero pareció no importarle; igual le había producido gracia, pues al parecer era el único en la mesa que había captado el posible doble sentido de “apuntar con tu arma” a una linda chica.

– He oído que algunos son algo agresivos con sus cortejos, pero eso fue excesivo. – Comentó divertido una vez que dejó de reír. Extendió su mano al frente y apagó lo que quedaba de su cigarrillo en el cenicero de la mesa. – ¿Qué llevó a Enishi a hacer algo como eso? Él nunca había hecho algo así.

Los ojos de todos se posaron en Hei-shin, como si esperaran que él diera algún tipo de respuesta. Lo primero que cruzó por la cabeza del mafioso al verse en esa situación fue: “¿acaso soy su niñera?”, y ese sentimiento ciertamente no era nada nuevo para él.

– Francamente aún ignoro qué ocurrió esa noche. – Comentó en voz baja, mirando fijamente su taza de té. – Enishi no ha querido decir nada. De hecho, ha estado bastante escondido…

– ¿Pero sí va a venir hoy? – Cuestionó el hombre de cabeza calva, casi de forma acusadora.

– No creo que le quedé de otra…

Por dentro, Hei-shin estaba considerablemente molesto, pero intentaba ser lo más educado posible, considerando las personas con las que estaba sentado. En verdad le molestaba que lo estuvieran interrogando como si él hubiera jalado el gatillo. Estaba ansioso porque Enishi al fin llegara y fuera él el sentado en el banquillo de los acusados, para variar.

– Oh vamos, Enishi es paciente, pero hasta él tiene sus límites. – Comentó Hong-lian, y se empinó por completo su vaso, hasta que sólo quedaron unas cuantas gotas en el fondo. – Y todos sabemos cómo son los cristianos. De seguro la jovencita dijo algo que lo molestó, algún sermón, o no quiso cumplir su parte del trato a cambio de todas sus atenciones. ¿Quién no ha sentido ganas de meterle una bala en la cabeza a alguien por cualquier maldita razón de vez en cuando? Que agradezcan que no la matara.

Ang suspiró profundamente y pareció repetir algún tipo de mantra dentro de su cabeza para no perder la compostura. Después de Hei-shin, él parecía el más molesto con la situación, aunque por diferentes motivos.

– A mi me preocupa saber si todo esto fue sólo un acto aislado o si en algún momento veremos alguna otra explosión cómo ésta en él.

Ang acababa de señalar algo que a menor o mayor medida, a todos los líderes les llamaba la atención. No importaba qué justificación le pusieran a lo acontecido, desde que conocían a Enishi, nunca hubieran adivinado que algún día haría algo así; había sido prácticamente un hombre muy calmado y sin escándalos, y había brincado de eso… a esto. El único al que no le sorprendía tanto era a Hei-shin. En efecto lo tomaba por sorpresa lo extraño que había sido todo eso, pero él había visto con sus propios ojos que en ocasiones Enishi podía perder la compostura, y su comportamiento en esos momentos se volvía irracional. Sin embargo, siempre ocurría con algo derivado de “ese tema”, que tanto lo afectaba y obsesionaba a la vez. ¿Todo eso habría tenido algo que ver con lo mismo?

Zhuo se terminó su copa de vino. Tenía apetito para otra, pero prefería mejor comer algo primero; sería peligroso estar sentado y borracho con los criminales más poderosos de China, hablando de negocios. Se aclaró su garganta e intervino de nuevo en la conversación.

– Pues bueno, supongo que quedamos a mano, ¿no creen? Enishi le dispara a la chica, ellos cancelan el trato, y nosotros no nos enojamos por eso ni por hacernos perder el tiempo y todos seguimos con nuestras vidas.

– No estoy de acuerdo en que dejemos todo esto así. – Escucharon como Hei-shin pronunciaba con fuerza, haciendo que los tres lo voltearan a ver con algo de confusión. Él los miraba con su mirada endurecida y su rostro tenso. – Los beneficios que podríamos obtener de apoyar este movimiento podrían ser considerables…

– Enishi fue el de esa idea, Hei-shin. – Lo interrumpió Hong-lian de forma abrupta. – Y luego de lo ocurrido dudo que él mismo tenga deseos de seguir adelante con ello.

– Tal vez él planteó la idea, pero yo he estado trabajando, negociando y discutiendo este asunto desde el primer día, para que fuera lo más provechoso posible para nosotros. Y casi llegaba a un acuerdo que nos beneficiaría… Enishi lo único que hizo fue… ¡arruinarlo todo!

Ang y los otros dos se miraron entre sí, algo extrañados por la reacción de Hei-shin. En un inicio, cuando Enishi planteó la idea durante la reunión de la fiesta, Hei-shin no parecía muy de acuerdo en ello. Pero al parecer había visto algo en esos días que lo había convencido. Aún así, no había mucho que hacer, y la decisión unánime de los tres parecía ser que no valía la pena tantas molestias para hacer negociosos con los cristianos. Faltaba que los demás dieran su opinión, pero era casi seguro que ni Ming-hu ni Chang-zen se opondrían; después de todo, cualquier excusa para no tratar con cristianos sería bien recibida por ellos.

– Relájate Hei-shin, todos sabemos que te esfuerzas mucho. – Le comentó Zhuo, sonriendo ampliamente de forma despreocupada. – Pero hay maneras más sencillas de entrar a Japón, sin necesidad de empezar una revolución.

– Estoy de acuerdo. – Agregó Ang. – Lo mejor será dejar el tema de los cristianos por la paz.

Hong-lian simplemente asintió, mostrando estar de acuerdo con lo que los demás decían. Hei-shin no podía decir nada más; después de todo eran tres líderes del Feng Long contra uno. Se viró hacia otro lado y siguió bebiendo su té en silencio, mientras ellos continuaban conversando de otras cosas.

– – – –

El telegrama de Hei-shin le había llegado justo la noche anterior. Después de leerlo, lo quemó y se fue a dormir. Él sabía muy bien para qué era esa dichosa reunión a la que lo invocaban tan renuentemente, y preferiría tragar clavos que ir a ese sitio a explicar algo que no tenía explicación. Pero claro, comer clavos era una elección, ir o no ir a una reunión del Feng Long no lo era. Así que, prácticamente obligado y arrastrado, ahí se encontraba, en su carruaje, en dirección a la casa de Hong-lian, aunque no con mucha prisa, y tomando el camino largo.

Aún no sabía qué diría al llegar ahí, y el paisaje por su ventanilla no le ayudaba, y mucho menos la mirada de preocupación de Xung-Liang sentado frente a él, la misma que había tenido desde aquella noche.

– Te ves como si hubieran matado a tu perrito, Xung. – Comentó con desgano el albino sin quitar sus ojos de la ventana.

– Yo… No tengo un perro, maestro.

Enishi suspiró con cierto fastidio. La inocencia o torpeza de Xung le era por más que molesta en esos momentos.

– Deja de preocuparte tanto, no me va a pasar nada. Sólo le disparé a una mujer sin siquiera herirla, y arruiné un negocio que a casi nadie le importaba. Sólo quieren saber por qué lo hice, tal vez me miren feo unos momentos, y para mañana seguiremos adelante. Hei-shin seguirá molesto algo más de tiempo, pero es lo que menos me interesa.

– Y… ¿Por qué lo hizo, señor?

Enishi volteó a verlo de reojo, y se quedó callado, sin mostrar la menor intención de querer contestarle. ¿Él también tenía curiosidad de saber qué había ocurrido? Parecía que era lo que todo el mundo quería saber, y era de lo que menos quería hablar. Viró su atención de nuevo hacia afuera. No tenía deseos de volver a tocar siquiera el tema, al menos en lo que restara del viaje.

De pronto, la calle por la que iban le llamó la atención. Miró con cuidado los edificios por los que pasaban, intentando asegurarse de que realmente estaban por donde creía, y parecía que sí.

– El Barrio Cristiano está por allá, ¿cierto? – Preguntó curioso, señalando por la ventana.

– ¿El qué…? – Preguntó confundido el guardia, y entonces se asomó hacia afuera. – Me parece que sí.

Enishi entrecerró los ojos. Los dedos de su mano derecha comenzaron a tamborilear sobre su rodilla. Parecía dudoso. Miró hacia un lado, luego hacia afuera de nuevo, apretó su puño y entonces reaccionó.

– Detén el coche, ¡ahora! – Pronunció con la fuerza suficiente para que el cochero lo escuchara.

El carruaje frenó abruptamente, quedando a la mitad de la calle, y casi provocando que un rickshaw que iba detrás de ellos se estrellara contra la parte trasera del carruaje, pero el hombre que lo jalaba logró detenerse a tiempo. Xung miró a su amo sin entender en lo más mínimo por qué se había detenido. Sin dar explicación, Enishi abrió la puerta y bajó de un salto.

– Adelántate, seguiré a pie desde aquí. – Le indicó mientras se acomodaba su chal azul alrededor de sus hombros y cuello.

– ¿Cómo?, Pero maestro…

– Es una orden. – Agregó antes de que Xung pudiera decir algo. – Y no me sigas; hablo enserio…

Cerró la puerta con fuerza detrás de él, y le indicó al cochero que siguiera, y éste no dudo en obedecerlo. El coche se alejó, pero él no caminó en la dirección en la que éste se fue, sino en una totalmente distinta.

– – – –

El Barrio Cristiano parecía estar de fiesta ese domingo. Todos, o al menos casi todos, estaban reunidos en la plaza de la iglesia. Había comida, y un poco de música. Algunos niños  corrían de un lado a otro por entre las personas, jugando y riendo. Casi nunca se veía tanto brillo en ese lugar, y todo parecía provocado por esos notorios visitantes, que en tan sólo unos días se habían ganado el corazón de sus residentes.

Magdalia en esos momentos se había ofrecido a darles una clase de escritura a los niños del barrio; varios acudieron a ella, aunque muchos otros prefirieron quedarse jugando. Shouzo se encontraba adentro, ayudando a cubrir de flores la capilla de arriba abajo, a petición de Magdalia; querían que la misa de ese día fuera realmente hermosa. Shougo, por su parte, caminaba por la plaza, hablando con las personas, saludándolas, y escuchando lo que quisieran decirle. Esto parecía agradarle bastante a la gente, y los hacía sentirlo más cercano a ellos. ¿Todas esas personas habrían ya adoptado tan rápido la idea de aquel hombre japonés era realmente el “Hijo de Dios”? Tal vez sí, tal no, pero definitivamente el ambiente en barrio estaba muy cambiado desde aquella última declaración que había dado ante todos, y que realmente les había convencido y llegado.

Mientras caminaba, Kaioh lo seguía unos pasos atrás. Entre charla y charla que Shougo tenía con las personas, Kaioh lo hostigaba con sus palabras, preguntas y opiniones sobre las últimas decisiones que había tomado, pero no dejaba que eso lo detuviera o distrajera, y no dejaba de avanzar por nada.

– ¿Irnos de Shanghái? – Cuestionó sorprendido el hombre calvo. – ¿Tan pronto?

– ¿Tan pronto dices? – Le respondió el castaño, mientras miraba a todas las personas a su alrededor. – Llevamos una semana aquí, y en mi opinión ya fue demasiado. Ya hemos terminado con nuestra misión aquí, y aún tenemos que ir a los otros puertos. Así que búscanos lo antes posible un barco a Cantón.

– Señor Shougo, creo que aún podemos hacer más cosas aquí. He estado hablando con el Señor Hei-shin del Feng Long y cualquier tipo de malentendido que haya surgido con el Señor Yukishiro…

Shougo se detuvo abruptamente, y de forma tan sorpresiva que Kaioh casi chocó contra su espalda. El Hijo de Dios se giró levemente hacia él, mirándolo sobre su hombro.

– ¿Malentendido dices? No hay ningún malentendido en esto, Kaioh.

– Entiendo que todo este asunto lo molestara. Pero el señor Yukishiro no le hizo nada a Santa Magdalia; realmente sólo cenaron. No creo que debamos tomar una decisión tan importante a la ligera y por algo así. Tal vez las intenciones que tiene con ella no sean las que… Pensamos.

Ni siquiera era capaz de pronunciar lo que “pensaban” en voz alta, ya que la sola idea lo asqueaba. Sólo habían pasado dos días desde que Shougo había ido personalmente a cancelar cualquier tipo de trato al que Kaioh y los hombres del Feng Long hubieran llegado, y su hombre de confianza seguía terco en que reconsiderara su decisión. Pero para Shougo, no había nada que reconsiderar.

– Tú y yo sabemos qué tipo de persona en ese sujeto, Kaioh. Además, no es sólo por lo que ocurrió con Magdalia que decidí terminar con ese asunto. – Calló en ese momento y volvió a ver a todas las personas a su alrededor. La imagen de todas esas personas, felices y despreocupadas, conviviendo entre sí, lo llenaba de alegría. Quería que justo así fuera su Tierra Sagrada… No, tendría que ser mucho mejor aún. – Si quiero dejar claro que mis intenciones son sinceras, y que realmente busco la paz y la tranquilidad de mi pueblo, no puedo verme involucrado con escoria como esa. El fin no siempre justica todos los medios, Kaioh.

“El fin no siempre justifica todos los medios”; Kaioh repitió esas palabras en su cabeza, y el hacerlo lo enfureció aún más de lo que ya estaba. Claro, pero él era muy fácil decirlo, pues quien en verdad tenía que buscar los medios era él, mientras el gran “Hijo de Dios” sólo se ocupaba en los fines y de soltar palabrerías sin sentido que la gente se tragaba como si nada. Intentaba mantener la calma, pero en verdad la actitud de Shougo Amakusa y su mojigatería lo tenían casi harto para ese punto.

– Bien, ¿entonces cómo piensa crear la Tierra que les ha estado prometiendo a estas personas sin apoyo alguno? ¿Me lo puede decir?

Shougo lo volteó a ver con severidad en su mirada. No le gustaba la actitud que estaba tomando en esos momentos. Lo perdonaba porque sabía que estaba molesto, pero en otras circunstancias no le toleraría ese tono tan irrespetuoso. Estaba por responderle, cuando Shouzo se le acercó

– Señor Shougo, lo están esperando adentro. – Le indicó el joven, y se dio cuenta de que varias personas estaban entrando a la iglesia.

Shougo asintió y le indicó con su mano que se adelantara.

– Eso te incumbe a ti, Kaioh. – Pronunció con seriedad, empezando a caminar hacia la iglesia. – Tendrás que buscar el apoyo que necesitamos en otro lado. Y esta vez, aléjate de los criminales.

Y entonces se alejó caminando. Algunas personas lo interceptaron y se detuvo unos segundos a hablar con ellos. Kaioh lo miró en silencio, y una vez que estuvo lejos de él, le dio permiso a su rostro de reflejar lo que realmente sentía: enojo, mucho enojo. Su rostro se llenó de arrugas y protuberancias, y sus puños se apretaron con fuerza, magullando sus dedos. No tenía la menor intención de asistir a su “misa”, así que se dio media vuelta y se alejó apresuradamente. Su paciencia con el supuesto Hijo de Dios ya se estaba agotando para ese entonces.

– – – –

Magdalia había improvisado algunos pupitres en la parte trasera de la iglesia, y se había conseguido un pizarrón, un poco de tiza, papel, tinta y pinceles. La intención era enseñarles escritura, y como su grupo era variado, abarcaría escritura china, japonesa y occidental. A lo largo de su vida, haber aprendido a leer y escribir los diferentes lenguajes a su alrededor le había servido enormemente, y sabía que le sería de utilidad a cualquier nueva mente en crecimiento. Sin embargo, el grupo de alrededor de diez niño y niñas, parecía no poder concentrarse en las lecciones de escritura, y de intentar trazar un sencillo Kanji, terminaron queriendo dibujar. Al principio intentó detenerlos y hacer que se enfocaran en la lección, pero a la larga se rindió. No sólo dejó que dibujaran lo que quisieran, sino que incluso los ayudó un poco a mejorar la forma de sus trazos. Le era muy gratificante estar rodeada de la inocencia y alegría de los pequeños. Muchos habían nacido y crecido ahí en Shanghái. No estaban envenenados con el odio, el enojo o la ambición. Eran seres puros y felices; desearía que siempre se quedaran así, pero sabía muy bien que eso era imposible.

Magdalia se movía por entre los pupitres, revisando lo que cada uno hacía, y ayudando al que considerara que necesitaba ayuda. Uno de los pequeños parecía tener problemas con la forma de sostener el pincel; lo hacía de una forma bastante tosca.

– No se toma así. – Le indicó la castaña parándose detrás de él, y luego agachándose para tomar su mano. – Se toma de esta forma, y se traza así, delicado, sin presionarlo mucho contra el papel, ¿ves?

Magdalia movió la mano de niño como si fuera la suya, haciendo que hiciera un trazo delicado de lado a lado. El niño sonrió ampliamente al verlo. Soltó entonces su mano y dejó que él continuara solo. Se veía que aún le era nuevo, pero ya lo hacía mucho mejor.

– Muy bien, lo haces muy bien.

– Santa Magdalia, miré el mío por favor. – Escuchó como una niña que había aparecido de la nada a su lado le decía, extendiéndole su hoja de papel.

Se giró hacia ella y le sonrió dulcemente. Tomó el papel y lo revisó con cuidado. Era algo difícil adivinar qué era el dibujo exactamente. Parecía un paisaje con un árbol, un sol, y un hombre de cabellos muy puntiagudos parado en el centro… ¿Un hombre de cabellos puntiagudos? ¿En qué… o en quién se había basado para hacer tal dibujo? Parpadeó un par de veces, algo confundida. Alzó su mirada al frente, casi por mero reflejo, y entonces ahí lo vio. La primera reacción de la joven fue sobresaltarse, levantar un poco los hombros y abrir sus ojos por completo. No sabía si lo que la afectaba más era la sorpresa o el miedo. Tuvo el impulso de gritar, pero se lo contuvo ya que no quería alterar a los niños. Respiró lentamente unas tres veces, y entonces se calmó… Al menos un poco.

Enishi había estado de pie a algunos metros de ella y los niños por unos minutos, los suficientes para que la pequeña lo viera y decidiera dibujarlo, pero no para que Magdalia notara su presencia hasta ese momento. Había llegado hasta ese lugar casi a escondidas. No se había cruzado con tanta gente en su camino, y los que lo miraban, le parecía que no sabían quién era, aunque si les llamaba la atención el color de su cabello y sus ropas. Había andado alrededor de la iglesia esperando encontrarse específicamente con la ojos verdes, y para su sorpresa lo logró más rápido de lo esperado. Aún así, no se le acercó de golpe por miedo a cómo reaccionaría, y por la cara que había puesto al verlo, parecía que había hecho lo correcto. Una vez descubierto, empezó a caminar hacia ellos de manera tranquila; Magdalia por reflejo alzó sus brazos al frente de forma defensiva. El mafioso avanzó entre los pupitres hasta pararse a un par de metros frente a ella.

– Hola. – Saludó con sencillez. Su rostro se encontraba serio y apagado. No sonreía como siempre, ni reflejaba esa seguridad que siempre le había visto. Era como si después de lo ocurrido aquella anoche, algo se hubiera roto en su máscara.

Magdalia no estaba muy segura de cómo reaccionar. Una parte de ella presentía que tarde o temprano tendría que enfrentar de nuevo a ese individuo, pero no que fuera a ser tan pronto, y menos en ese sitio. ¿Qué hacía ahí?, ¿cómo la había encontrado?

A diferencia de ella, los niños miraban al extraño con cierta fascinación, y algunos sentían la tentación de saltar y agarrar su cabello, aunque ninguno lo hizo. La niña que había hecho el dibujo parecido a él, se paró al frente, entre el albino y la castaña, y le extendió el dibujo para que lo viera. Enishi bajó su mirada al papel y arqueó una ceja confundido.

– ¿Se supone que ese soy yo?

– ¡Sí! – Le contestó la niña con una amplia sonrisa que revelaba que le faltaban un par de dientes. – ¿Quieres dibujar conmigo?

Antes de que Enishi respondiera algo, Magdalia intervino aplaudiendo un par de veces para llamar la atención de los pequeños.

– Niños, ¿por qué no van adentro? – Les indicó con una sonrisa tranquila, aunque tranquilidad era lo que menos sentía. – La misa ya va empezar; yo los seguiré en un segundo.

Todos los niños le contestaron en unisón con un grito, y empezaron a correr hacia la iglesia, mientras Magdalia los miraba, y al mismo tiempo le daba la espalda a Enishi; al parecer esa era su doble intención. Una vez que los niños se fueron, la sonrisa en los labios de la joven se esfumó y empezó a recoger las hojas de papel que habían dejado en los pupitres, sin voltear a ver aquel hombre de regreso.

– Veo que eres buena con los niños. – Escuchó que Ensihi decía a sus espaldas. – Apuesto a que serás una gran madre.

Magdalia se detuvo unos momentos al oír ese comentario. Era difícil determinar por su reacción si le había gustado o disgustado. Continuó recogiendo los dibujos, intentando aparentar la mayor calma posible, como si la presencia de ese hombre no le importara, aunque ella sabía muy bien que no era así. Debía aceptar, sin embargo, que había algo diferente en él. Unos días atrás, estaba segura de que esas palabras hubieran estado cargadas de un marcado sarcasmo y un tono de provocación. Pero en esos momentos sonaban algo más sinceras, o como la clase de comentario que alguien haría para intentar romper el hielo. Sí, en verdad no parecía la misma persona, pero eso no la hacía sentir más tranquila.

– ¿Qué hace usted aquí? – Le preguntó mientras continuaba con lo suyo. – Mi hermano también está aquí, y si lo ve, lo lamentará muchísimo.

– Lo sé. Hace un par de días fue hasta mi casa a amenazarme con eso.

– Evidentemente no fue lo suficiente.

Magdalia estaba a la defensiva; eso no le extrañaba, prácticamente lo había estado desde la primera vez que se cruzaron, con más razón lo estaría luego de lo ocurrido. Una vez que tomó todos los dibujos, los juntó en una pequeña pila sobre uno de los pupitres y luego los abrazo contra su pecho. Sólo hasta entonces se dignó a voltearse de nuevo hacia él, aunque con una profunda severidad en su rostro.

– ¿Qué es lo que quiere?

– Yo… – Enishi titubeó un poco. ¿Qué quería?, esa era una muy buena pregunta, que no estaba seguro que tuviera una respuesta. – Sólo quería ver si de casualidad estabas por aquí. No sé si fuiste tú o el señor Kaioh en su discurso, quien dijo que habían venido a Shanghái para encontrarse con los cristianos de este puerto… Y bueno, éste es el Barrio Cristiano.



– Qué buena deducción; se nota que es todo un detective, señor Yukishiro.

La actitud de Magdalia no le ayudaba mucho a su situación, pero igual intentaba tomar las cosas con calma. ¿Qué hacía ahí?, ¿para qué había ido?, ¿realmente esperaba encontrarse con ella?, o aún mejor, ¿realmente quería encontrarse con ella? Su vida se había formado a base de impulsos, y el bajarse de su carruaje e ir caminando hasta ese sitio había sido uno de ellos. Había caminado buscándola, pero el encontrarse con ella de frente había sido realmente una sorpresa. ¿Qué quería decirle o hacer una vez que la encontrara? El albino se subió por completo sus anteojos con sus dedos, y ocultó sus ojos detrás de esto. El hecho de que ella no pudiera verlos directamente, le inspiraba algo de confianza…

– Supongo que sólo quería ver si te encontrabas bien. – Murmuró con seriedad, volteándose hacia otro lado.

– ¿Considerando que hace dos noches una bala me pasó a centímetros de la cabeza? Estoy muy bien; gracias por preocuparse.

El oírla mencionar el disparo le pareció algo liberador. Cuando Shougo Amakusa fue a su casa a reclamarle la cena y no había mencionado el disparo, se había cuestionado siquiera si lo había hecho, o tal vez simplemente lo había alucinado. Aunque incluso Xung, Hei-shin y los demás hablaran de un disparo, sólo el escucharlo de los labios de Magdalia lo hacía sonar real. Pero eso lo llevaba a otra interrogante que lo había estado incomodando desde entonces.

– Cuando tu hermano fue a verme no mencionó nada del disparo. – Comentó el mafioso, notándosele muy curioso con el tema. –  ¿No se lo dijiste acaso?

– Por supuesto que no. – Contestó ella de inmediato, casi como si hubiera dicho algo horrendo. – De haberlo hecho en verdad lo hubiera ido a matar, en lugar de sólo amenazarlo. Así que no se preocupe; esto será nuestro pequeño secreto. Suyo, mío, y de las decenas de personas en el restaurante que lo vieron hacerlo.

Enishi parpadeó en silencio. ¿No se lo había dicho porque de haberlo hecho lo hubiera ido a matar? Definitivamente no la hubiera tenido fácil, pero eso ella no lo sabía. Sonrió ligeramente de una forma casi maliciosa, que tomó por sorpresa a Magdalia.

– ¿Así que no se lo dijiste porque te preocupaba mi seguridad? – Le preguntó divertido, cruzándose de brazos.

La castaña lo miró con molestia, y apretó aún más los dibujos contra ella como señal de frustración; ese parecía más el Yukishiro Enishi que había conocido.

– No quería una muerte en mi conciencia, y menos por algo tan insignificante; eso es todo.

¿Tan insignificante? ¿Qué era lo insignificante exactamente?, ¿sólo el disparo o toda la cena en general? Por alguna razón eso lo irritaba ligeramente; cualquier noción a que uno es insignificante, o lo que se hace, nunca es agradable.

– Escucha, en verdad no tenía intención de dispararte, ¿de acuerdo?

– ¿Enserio? Porque ese disparo me sonó muy real.

– No… Era yo mismo en ese momento. Me hiciste enojar y perdí el control.

– Por el contrario. Me parece que ese fue el único momento de la noche, o desde que lo conozco, dónde realmente mostró su verdadero ser.

Enishi enmudeció. Tenía mil cosas que podría responder a ese argumento, pero todas le sonaban absurdas, porque de hecho tal vez lo eran. ¿Podría negarlo en realidad? No era que fuera una persona que iba por ahí apuntando y disparando a las mujeres. Pero era una persona de impulsos, y algunos de sus impulsos eran los incorrectos. Normalmente había aprendido a controlarse, a llevar una máscara despreocupada y tranquila frente a todo el mundo, de mantener el control de cualquier situación. Pero la sola noción, aunque fuera indirecta, de «ese tema» siempre lo afectaba. Sin embargo, nunca le había ocurrido algo como lo de aquella noche.

Magdalia notó que Enishi parecía dudoso sobre qué decir o qué hacer a continuación. Suspiró levemente con resignación y entonces se le acercó un par de pasos, tomándolo por sorpresa. Cuando menos lo pensó, la chica estaba a un metro de distancia de él, y lo miraba fijamente a los ojos con seriedad, aunque no una seriedad dura o severa, sino más calmada y comprensiva. Pese a que tenía sus ojos cubiertos con sus lentes oscuros, sentía que era capaz de atravesar el cristal oscuro con su mirada y llegar hasta sus pupilas turquesa.

– Escuche, si vino a disculparse, no se apure. – Le empezó a decir sin apartar su mirada. – Yo lo perdono. Entiendo que toque fibras muy delicadas, y sabía que podría ocurrir algo como eso, pero igual lo hice.

– Yo no me vine a disculpar.

– ¿Entonces a qué vino?

– Yo…

Guardó silencio de nuevo. Miró hacia un lado, pero la respuesta no estaba sobre ese pupitre vacío con manchas de tinta que miraba con tanto interés con tal de no verla de frente.

– Escucha. – Murmuró en voz baja sin voltearse hacia ella de nuevo. – Tuviste razón en algunas cosas que dijiste, ¿de acuerdo? Ésta persona, con estos lentes oscuros y este traje fino, e incluso este cabello blanco… No es el verdadero yo. Y sí, me pasaron cosas en mi pasado que me hacen ahora estar en dónde estoy. Pero no hago lo que hago para llamar la atención ni por un grito de ayuda, ni tampoco estoy hambriento de amor ni ninguna de esas tonterías. Cada acción de mi parte es con un único propósito, que me reservo para mí mismo. ¿Entiendes?

En ese momento la volteó a ver de reojo. Esperaba ver algún tipo de reacción, algún tipo de cambio en su expresión, algo, cualquier cosa. Pero Magdalia permaneció igual. Estaba parada, abrazando esas hojas contra su cuerpo, y con su mirada tranquila fija en él. No hubo sorpresa, ni asombro; casi parecía como si hubiera esperado que le dijera eso, y le resultaba indiferente.

Magdalia parpadeó un par de veces, y por varios segundos más no dijo nada. Enishi empezó a sentirse nervioso. ¿Esperaba que dijera algo más?, ¿o por qué no decía nada? Sintió como una gota de sudor le recorría el costado de su rostro. ¿Por qué se sentía así?, no era como si hubiera dicho una mentira, y aunque así fuera, no es como si le importara que lo descubriera o no. ¿Por qué se comportaba tan extraño en compañía de esa chica? Se sentía cómo si volviera a tener diez años… diez años…

– Entiendo. – Pronunció de pronto la castaña luego de un rato en el que ninguno dijo nada. Se giró un momento hacia la iglesia y una vez más hacia él. – Debo entrar, la misa va a comenzar. Lo invitaría a quedarse, pero no creo que lo haga, y dadas las circunstancias debería de irse lo antes posible.

Sin más, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia adentro.

Y eso era todo. ¿A qué había ido ahí realmente? ¿Sólo a decirle que tenía razón en algunas cosas que había dicho?, ¿a ver si estaba bien?, ¿o realmente deseaba disculparse? No lo sabía. Y para ese entonces, ya no le importaba. Se acomodó su capa azul en los hombros y también se disponía a irse. Pero entonces…

– Pero hágase esta pregunta, señor Yukishiro. – Escuchó como Magdalia le decía con fuerza. Al girarse de nuevo hacia ella, estaba a un metro de la puerta, y le sonreía levemente. – Si lo que dice es la pura verdad… ¿Por qué me sigue buscando, entonces?

Enishi se sorprendió mucho de oírla decir eso. ¿Por qué la seguía buscando? Sus labios se abrieron como queriendo decir algo, pero no salió nada de ellos. Magdalia tampoco espero a que dijera algo. Siguió su camino, abrió la puerta y se perdió de su vista en el interior del edificio.

El mafioso se quedó de pie en el mismo lugar por un rato, simplemente viendo en silencio la puerta por la que había entrado. De pronto, pasó algo inexplicable: sonrió. Fue una sonrisa leve, que él no podía ver, pero sí sentir, y no podía evitarlo. ¿A qué se debía esa sonrisa?, ¿diversión o felicidad?, ¿había diferencia? No pensó mucho en eso, y para cuando reaccionó de nuevo, ya se encontraba caminando por sí solo por dónde había venido. Tenía que caminar un largo tramo antes de llegar a la casa de Hong-lian, pero no le importaba. Su visita al Barrio Cristiano parecía haber sido inútil, pero… tal vez no del todo.

De pronto, algo que percibió por el rabillo del ojo lo sacó de sus pensamientos. Se detuvo y se giró en esa dirección con curiosidad. A lo lejos, Un grupo de hombres, alrededor de siete u ocho de ellos, se dirigían hacia la iglesia por el frente. Sin embargo, no le parecía que fueran a ir a la misa. Eran hombres grandes, algo aterradores, y armados con palos, e incluso cuchillos. Enishi arqueó ligeramente su ceja derecha. Eso no le daba buena espina…

– – – –

Para cuando Magdalia ingresó a la iglesia, las personas aún no se terminaban de acomodar en las bancas. El lugar estaba considerablemente lleno, incluso más que la primera vez que habían ido. Aunque sí había algunos rostros ausentes, entre ellos el de aquel hombre mayor que le había hablado tan duramente a su hermano. Le hubiera gustado volver a verlo, hablar con él y preguntarle cómo había conocido a sus padres, y tal vez convencerlo de que las intenciones de su hermano eran sinceras. Pero al parecer, había preferido mantenerse alejado. Entendía sus motivos y no lo juzgaba por eso.

El interior había sido limpiado, ordenado, y llenado de flores. Las bancas habían sido arregladas, al igual que las ventanas. Ahora realmente parecía una digna iglesia cristiana. Pero para un verdadero creyente, no importaba como fuera el lugar; bien podría hincarse o sentarse en la tierra, con el sol sobre él, y aún así sería feliz. Colocó los dibujos de los niños sobre una de las bancas, y entonces caminó hacia su hermano, que hablaba con un hombre y una mujer al pie del altar. Cuando la vio acercarse, terminó su plática con las personas y se giró hacia ella.

– ¿Dónde estabas? – Le preguntó de forma cortante. Magdalia pensó por un segundo que tal vez había visto u oído algo, pero intentó disimular su temor.

– Estaba recogiendo los dibujos de los niños. – Comentó algo apresurada, señalando hacia la banca en la que había dejado los dibujos.

Shougo permaneció callado, mirándola fijamente. Se sentía un poco nerviosa, y no sabía por qué. No era como si hubiera hecho algo malo, y no era como si él pudiera saber lo que había ocurrido. Y aún así parecía estar intentando leerle la mente, o esperando a que ella misma confesara algo. Lo hacía en ocasiones, y lo odiaba.

– ¿Dibujos? – Exclamó de pronto, y volteó a ver las hojas de papel que había traído consigo. – Creí que les enseñarías escritura.

– Ah, sí. – Rió de forma nerviosa. – Al parecer no tengo mucha mano dura con los niños.

Shougo sonrió en ese momento, y luego rió ligeramente, tal vez burlándose de ella, o simplemente divirtiéndose con su comentario. Como fuera, era agradable verlo al parecer de mejor humor, en comparación a cómo había estado los últimos días. El castaño escondió sus brazos en las amplias mangas de su túnica verde, y se giró hacia la enorme cruz colgada en la pared.

– Hable con Kaioh para que nos consiga un barco a Cantón lo antes posible.

– ¿Nos vamos de Shanghái? – Preguntó ella a su vez, al parecer algo sorprendida.

– Aún tenemos otros sitios a los cuales ir antes de volver a Shimabara, Sayo. Y creo que nos hará bien a todos irnos de aquí. ¿O crees que debamos quedarnos aquí más tiempo por algo?

Magdalia suspiró, mirando a otra dirección, y luego negó lentamente con su cabeza. Era obvio que el humor mejorado de su hermano, no significaba que había olvidado todo ese asunto. No le extrañaba que él quisiera irse lo antes posible de ese lugar. Pero, ¿y ella? ¿Tenía tanto apuro de irse como él?

Una conmoción entre las personas de la capilla les llamó la atención en ese momento, y los hizo desviar su atención de la conversación. Varias personas se encontraban viendo en dirección a la entrada principal de la iglesia, y algunos incluso retrocedían, intentando alejarse de ésta. Magdalia notó como de inmediato su hermano comenzó a caminar en esa dirección sin dudarlo, y cómo la gente lo dejaba pasar, o incluso parecían ansiosos de que lo hiciera.

Parados en la entrada, había un grupo de alrededor de siete hombres, la mayoría altos y de apariencia fuerte. Algunos con cabeza rapada, tatuajes en sus brazos, pero todos armados ya fuera con palos de madera, cuchillos, o incluso espadas. Todos ellos miraban alrededor y a las personas frente a ellos con una amplia sonrisa maliciosa que a ninguno de los presentes le inspiraba la menor confianza. Y no era para menos. Nadie sabía quiénes eran esas personas, ni qué hacían ahí.

– ¿Ésta es la iglesia del Barrio Cristiano? – Comentó divertido el hombre que se encontraba hasta al frente, adentrándose unos pasos más al interior del lugar. Era alto, fornido, y tenía su torso descubierto en el que se veían algunas cicatrices de peleas pasadas. Iba armado con un ancho sable que apoyaba en su hombro por la parte reversa. – Es aún más fea de lo que me esperaba.

Todos los hombres rieron en unisón. Uno de ellos movía libremente el palo que traía en las manos, sin importarle acercarlo peligrosamente a quienes los miraban. Shougo apareció de pronto entre la multitud, y todos los miraron con una amplia sonrisa que les iluminó el rostro, y algunos se ocultaron a sus espaldas, buscando protección. El cristiano se paró firme ante los extraños, y miró a cada uno de ellos con profunda seriedad.

– ¿Qué desean aquí? – Les preguntó sin más rodeos. Los hombros rieron y fijaron su atención en él.

– ¿Tú eres Amakusa al que todo mundo llama el Hijo de Dios? – Comentó divertido el mismo hombre fornido.

– Se ve más delicado de lo que pensé, casi parece una señorita. – Comentó otro de ellos, un hombre alto y delgado de piel oscura.

El hombre hasta el frente del grupo escupió en el piso a unos cuantos centímetros del pie de Shougo. Ese acto pareció horrorizarle, pero no perdió la compostura. Entrecerró ligeramente sus ojos, y dirigió su mano izquierda a su arma en su cintura, tomándola con cuidado por sí le era necesario usarla, y le parecía que así sería dentro de poco.

– Vinimos a entregarles un saludo muy especial, cristianos. – Le contestó el mismo hombre, alanzando su sable hacia Shougo, hasta colocar la punta de la hoja justo frente a su rostro. – ¿Creen que ustedes, cristianos de pacotilla, pueden venir a Shanghái, hacer lo que les plazca, burlarse del Feng Long y quedarse muy tranquilos? Las cosas no son así.

Los siete hombres rieron con fuerza, como burlándose de ellos. Shougo se quedó tranquilo. Había supuesto que esa intrusión tenía algo que ver con esa desagradable mafia, pero esos hombres se lo habían confirmado. Qué osados al atreverse a hacer algo como eso. Pero no lo asustaban en lo más mínimo.

– Si el Señor Yukishiro tiene algún problema con la cancelación de nuestro supuesto trato, que venga a decírmelo personalmente si es tan valiente.

– No vinimos de parte del Maestro Enishi, Cristianito estúpido, sino del Maestro Ming-hu. – Le informó otro de ellos con fuerza.

– Y él es mucho menos paciente con escoria como la suya, contaminada con las herejías occidentales. – Agregó uno más.

– ¿Ming-hu?

Shougo arqueó una ceja confundido. No sabía de quién estaban hablando, pero de seguro era alguno de los otros líderes del Feng Long, alguno de los sentados en la mesa aquella noche, o alguno que no había conocido, ni le importaba conocer. Era obvio que habían ido ahí con la sola orden de dar problemas, y él no se las iba a dejar fácil. Se disponía a acercar su mano derecha a su empuñadura y obligar a todos esos sujetos a irse de su iglesia en ese mismo momento, cuando sintió como las manos blancas y delicadas de Magdalia se posaban en la suya.

El Hijo de Dios volteó a verla confundido. Magdalia lo miró fijamente con expresión severa, y luego negó lentamente con su cabeza, pidiéndole que se detuviera. Después lo soltó y se paró recta entre él y los extraños visitantes.

– Si lo que vinieron a buscar es pelea, les pido de favor que se retiren. – les dijo con firmeza la ojos verdes. – Estamos por empezar nuestra misa de domingo. Claro que si desean quedarse y orar con nosotros, son bienvenidos. Si no, será mejor que se vayan.

Los hombres se le quedaron viendo algo sorprendidos y luego empezaron a murmurar entre ellos mientras la señalaban y miraban de reojo. Tanto a Shougo como a ella le parecieron extrañas esas reacciones, y ambos supusieron que no se debían directamente a lo que había dicho. Todos volvieron a reír divertidos luego de un rato.

– Oye muñeca, ¿tú eres a la que le disparó el Maestro Enishi? – Preguntó uno de ellos con curiosidad, externando lo que todos los demás querían saber.

Magdalia se sobresaltó sorprendida al oírlos decir eso, pero eso no fue nada en comparación con la reacción de Shougo. Toda la tranquilidad que había mantenido hasta ese momento, se hizo pedazos.

– ¡¿Disparó?! – Exclamó con fuerza, y entonces se volvió hacia su hermana, que no lo volteaba a ver a los ojos ni de broma. – Sayo, ¿de qué están hablando?

Ella no dijo nada. Intentaba mirar a cualquier lugar, menos a su hermano mayor. Eso era justo lo que quería evitar; ahora las cosas se pondrían peores. El hombre fornido dio un paso al frente, hasta casi pegarse contra ella, obligándola a retroceder.

– Sí eres tú, ¿o no? – Comentó seguido de otra risilla. – Eres muy hermosa, y al parecer tienes agallas.

– ¿Qué hiciste para que el Maestro Enishi decidiera dispararte? – Comentó otro de ellos, parándose a lado del primero. Y los demás parecieron empezar a hacer lo mismo.

– ¿Me aceptarías una cena a mí también?

– No creo que lo haga. Sus expectativas deben de estar ya demasiado altas luego de haber estado en la cama del Maestro Enishi.

– Yo creo que de hecho no quiso entrar a su cama y por eso le disparó.

– ¿Será? – Comentó divertido el hombre del sable y con su mano libre se atrevió a tomarla del rostro para alzarla un poco hacia él, provocando que de sus labios surgiera un pequeño gemido de dolor. – Tal vez yo deba dispararle también, pero esta vez que la bala si le dé para que aprenda modales…

Shougo ya había visto y oído demasiado. No sabía qué era ese disparo del que hablaban, pero ya lo descubriría. Esos hombres estaban humillando, e incluso se atrevieron a ponerle una mano encima a su hermana; habían firmado su sentencia de muerte. Estaba a punto de desenvainar y de lanzarse al frente sin el menor temor. Sin embargo, alguien se le adelantó…

– ¡Déjenla en paz! – Escucharon todos como la voz de Shouzo gritaba con todas sus fuerzas, y ésta resonaba en todo el eco de la capilla.

La figura del joven se elevó de un largo salto por encima de las personas, y luego se lanzó como fiera en dirección al hombre que sujetaba el rostro de Magdalia. Su expresión estaba llena de furia.

Lo siguiente que el hombre del sable supo fue que el pie de Shouzo se plantaba contra su frente, empujándolo con fuerza hacia atrás, chocando contra dos de sus compañeros y haciendo que los tres cayeran al piso. Shouzo aterrizó justo frente a Magdalia, y alzó su brazo frente a ella de forma protectora.

– ¡Shouzo!, ¡no! – Le gritó la ojos verdes con fuerza, pero ya era tarde.

Los cuatro hombres que seguían de pie se lanzaron contra ellos, tomando ese sólo acto cómo excusa suficiente para comenzar con lo que habían ido a hacer de todas formas. Shouzo no se quedó parado esperándolos unos momentos, y luego también se les abalanzó.

Eso había sido justo lo que quería evitar…

FIN DEL CAPITULO 13

¿Qué es lo que obsesiona tanto a Yukishiro Enishi con respecto a los hermanos Amakusa? Una visión se presenta ante Enishi, y una impactante verdad le es revelada. Todo parece haber estado esculpido por la mano de alguien…

Capitulo 14: Tu Voluntad

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 13. Tuviste Razón

  1. Pingback: El Tigre y el Dragón – Capítulo 14. Tu Voluntad – WingzemonX.net

Deja un comentario