Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 12. Demonio o Dios

12 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 12. Demonio o Dios


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 12
Demonio o Dios

Shanghái, China
19 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

No pudo dormir más de dos horas, pero aún así no se sentía cansado. Estando sentado en su silla frente a la ventana de su cuarto, el amanecer se le presentó inesperadamente. Pensó por unos instantes que, pese a todo, era un espectáculo hermoso el que veía. ¿Cuál había sido la última vez que se había quedado despierto, simplemente para ver el sol nacer y disfrutar de esa hermosa mezcla de colores fríos y cálidos? Hacía años quizás. Pero la verdad era que no se había quedado despierto para ver el amanecer; ese sólo fue un apaciguador que había surgido luego de una larga y tormentosa noche entre él y sus pensamientos.

Tantas cosas le recorrieron la mente de Shougo Amakusa en esos momentos, y no podía concentrarse bien en ninguna. Ya tenía de por sí muchas preocupaciones, como para que Christopher Ribbons le hubiera metido éstas nuevas, y su hermana decidiera de pronto ser osada. Mucho que pensar, mucho que considerar, mucho que decidir. Había dedicado toda la noche en meditar sobre esa situación, y pensaba haber llegado a una resolución final sobre todo: sobre el Feng Long, su hermana, el Barrio Cristiano y la historia de Ribbons. Todo al final de cuentas parecía estar conectado por un pequeño hilo, e iba a arreglar todo de tajo; la visión del sol naciendo frente a él lo hizo consolidar aún más su decisión.

Un par de horas después, Kaioh llamó a su puerta. Le había hecho llegar un recado de que fuera a verlo en cuanto despertara, y al parecer había sido más pronto de lo que esperaba; mejor para él. Kaioh abrió la puerta y entró con cautela al cuarto. Podría notársele algo de duda, y sobre todo confusión. El hecho de que Shougo lo hubiera citado tan temprano, no podía ser nada bueno.

– ¿Quería verme, Shougo-sama? – Preguntó justo después de cerrar la puerta detrás de él.

Shougo permaneció sentado en su silla, volteado hacia la ventana. El sol ya estaba más separado del horizonte, y el puerto empezaba a moverse. Algunos barcos empezaban a ir y venir. ¿Christopher Ribbons iría en alguno de ellos? Anoche habían mencionado que hoy viajarían a Rusia. Una pequeña risilla se le escapó de los labios. ¿Por qué pensaba tanto en un sujeto que acababa de conocer, y sólo por unos minutos?

– Tú nuevo amigo, el señor Yukishiro, cenó anoche, a solas, con Sayo. – Le soltó de golpe sin volverse hacia él.

Kaioh se quedó pasmado. Al principio no había entendido bien, y luego pensó incluso que había escuchado mal.

– ¿Qué dice? – Exclamó sin poder salir de su asombro.

– ¿Tengo que repetirlo?

Detectó algo de molestia en sus palabras, lo cual era casi normal en él. Pero había algo diferente en esa ocasión; realmente parecía enojado. Parecía que no había lugar para dudar si lo que había dicho era cierto o no, así que debía de abordar con cuidado ese tema.

– No, no, claro que no, señor. – Empezó a explicarse, caminando hacia un lado de la habitación. – ¿Pero porqué?, ¿qué pasó?

Shougo suspiró y entonces se paró al fin de su silla, volteándose levemente hacia él, pero sin darle la cara por completo.

– Ese sujeto la abordó en el mercado, la invitó a cenar, y por alguna razón que todavía no acabó de entender, ella, no sólo aceptó, sino que se escapó y fue a la cena aún a pesar de que yo se lo prohibí.

Todo lo que acababa de decir estaba lleno de cosas casi imposibles de creer. ¿El jefe del Feng Long se había simplemente acercado a la joven y la había invitado a cenar?, ¿y ella había aceptado? ¿En qué momento había ocurrido todo eso?, ¿por qué no sabía nada? Por mero reflejo se dejó caer de sentón en la cama.

– Pero, ¿en verdad sólo fue una cena?, ¿no pasó nada… más…?

Shougo lo volteó a ver con una mirada, que de haber sido una espada, lo hubiera matado de un solo tajo. El sólo hecho que insinuara lo que insinuaba, no le era nada agradable, y eso se lo dejó muy claro sin pronunciar ninguna palabra.

– ¿Crees que te estaría hablando tan tranquilo de haber sido así?

¿A eso le llamaba hablar tranquilo? Como fuera, Kaioh empezaba a sentirse fascinado por el nuevo dato. Tosió un par de veces para aclararse la garganta, y entonces soltó su siguiente pregunta.

– Pero, ¿cuál fue el propósito de la invitación? ¿Acaso él está… interesado en ella de algún modo?

Shougo rodó sus ojos con molestia y se dirigió de nuevo a la ventana.

– ¿Y yo cómo voy a saberlo? No tengo ni la más remota idea de qué intenciones tenga este sujeto, pero no me gusta para nada tenerlo cerca, mucho menos de Sayo.

– Entiendo su preocupación, Shougo-sama. – Exclamó el hombre rapado intentando calmarlo. – Pero hay que ver todas las posibilidades de esta situación, antes de tomar alguna medida. Si el líder actual del Feng Long parece haber… obtenido un interés particular por Santa Magdalia, nosotros podríamos…

– ¡Ni siquiera te atrevas a pensarlo! – Le exclamó con fuerza, girándose con rapidez hacia él; Kaioh se quedó rígido.

Shougo tenía el presentimiento de que saldría con algo así. Algunos dicen: “piensa mal y acertarás”, y a veces le preocupaba la gran cantidad de ocasiones que eso se había aplicado a la perfección en Kaioh. Su mente calculadora ya estaba haciendo planes de cómo podrían usar a su favor este supuesto “interés” de ese hombre en Sayo; todo su rostro se lo decía. Pero era obvio que él no aceptaría nada ni remotamente similar a eso. Magdalia era su hermana, y no estaba a la venta, por ningún precio.

Respiró profundamente de forma discreta un par de veces para tranquilizarse. No debía de perder el enfoque lo que quería.

– No te llame aquí para preguntarte qué hacer, Kaioh. – Le respondió acercándosele, hasta colocarse de pie frente a él. – Yo ya sé qué es lo que debemos de hacer. Lo único que quiero de ti… es saber en dónde vive ese sujeto.

Los ojos de Kaioh se abrieron por completo. ¿Estaba insinuando lo que le parecía que estaba insinuando? La mirada decidida de Shougo se lo dejaba claro.

– – – –

Era una hermosa mañana, enserio que sí; ese tipo de mañanas en las que se antojaba levantarse, y comer el desayuno en la terraza, mientras se respiraba el aire fresco y se sentía la agradable caricia del sol; y, sobre todo, no preocuparse por absolutamente nada relacionado con el trabajo. Sólo relajarse, admirar el cielo, disfrutar el olor del café humeante, de algunos huevos preparados al estilo inglés, el pan francés… Tal vez retomar un poco ese libro que había dejado abandonado hace ya algunas semanas. Sí, ciertamente todo se antojaba posible esa mañana.

Sin embargo, parecía que los Dioses no favorecían a Yukishiro Enishi en ningún sentido; le regalaban una hermosa mañana, y no podía disfrutar absolutamente nada de ella. En efecto, se había sentado en la mesa de la terraza de su casa a disgustar el desayuno que sus sirvientas le habían preparado con tanto cuidado. Tenía un plato de huevos, pan, salchichas, y un delicioso café. Pero de su fantasía soñada, eso era lo único que había sobrevivido.

Lo de olvidarse del trabajo había sido sólo una esperanza vacía. Apenas unos minutos después de levantarse, Hei-shin se apareció en su puerta, como siempre acompañado de sus cuatro gorilas gigantes. Se supone habían acordado reunirse temprano ese día para discutir algunos asuntos; él no recordaba haber hecho ningún tipo de cita similar, pero igual no tenía tampoco como negarlo. Así que en lugar de estar desayunando solo en su terraza, se vio obligado a desayunar junto con el Número Dos del Feng Long. Claro, y también en la compañía de sus guardaespaldas, que se colocaron de pie detrás de él de manera protectora y vigilante. Y en lugar de comer tranquilamente y disfrutar del clima, la mesa estaba llena de papeles y documentos que el mafioso había traído consigo, y de los que insistía en hablar y discutir entre bocado y bocado que daba.

Pero no podía culpar por completo a Hei-shin de su mala mañana. Lo cierto era que, aunque él no se hubiera aparecido, igualmente no hubiera tenido un desayuno feliz y tranquilo.

Su noche había sido una verdadera pesadilla. Luego de salirse casi tambaleándose del restaurante, y no por haber bebido mucho pues ni siquiera fue capaz de acabarse su primera copa, estuvo deambulando por las calles. No recordaba muy bien qué había pasado, pues su mente estaba tan metida en sí misma que su cuerpo actuaba en automático. ¿Había tenido una pelea?, ¿tal vez dos? Era posible, pues tenía adoloridos los nudillos. Pero no recordaba con quién había sido; bien podría haber sido unos pobres ingenuos que quisieron asaltarlo en el peor momento, o incluso simplemente una pared que le pareció adecuada para desahogarse. Como fuera, no funcionó, pues su cabeza seguía dando vuelta en su horrible cena.

¿Había sido tan horrible? No al principio. Se estaba divirtiendo, y creía tener el control de la situación. Pero de pronto todo se volteó. Y lo peor del caso es que había perdido el control por completo, como no le había pasado en mucho, mucho tiempo. ¿Por qué había actuado así?, ¿por qué permitió que todo eso se le saliera de las manos? Sentía un dolor de cabeza, como si se hubiera emborrachado toda la noche, y, como bien se dijo, ni siquiera se había terminado su primera copa.

– Hey, Enishi. – Escuchaba como Hei-shin le hablaba. Había estado hablando sin parar por unos minutos, y él, aparentemente, había optado inconsciente por ignorarlo. En lugar de eso, parecía más interesado en jugar con sus huevos ingleses con su tenedor. – Enishi, ¿me estás escuchando?

Hei-shin alzó la voz en un intento de al fin llamar la atención del Jefe. Enishi suspiró resignado y alzó su mirada levemente hacia el hombre sentado frente a él.

– Evidentemente no. – Le respondió con simpleza, colocando su tenedor sobre el plato. – Creo que me perdí, ¿me estabas diciendo algo?

– Por casi una hora. – Hei-shin tomó su servilleta y se limpió los labios. Había pedido el mismo plato de Enishi, pero él casi no había tomado bocado de éste – ¿En qué tanto piensas?

– En nada importante.

– ¿Enserio? – Hei-shin sonrió ampliamente. Se recargó por completo contra su silla y cruzó sus piernas, mientras lo miraba con interés. – Supongo que debe de ser «ese tema», ¿o no? Es lo único que te logra distraer tanto.

En esa ocasión estaba equivocado. No era precisamente “ese tema” lo que lo molestaba tanto, aunque sí estaba relacionado… indirectamente. Pero no tenía deseos de hablar de eso con nadie, y menos Hei-shin; él era la persona menos adecuada para ser el receptor de sus inquietudes. Hei-shin ya sabía demasiado de él, y no tenía intenciones de decirle más, al menos que fuera necesario.

– Volvamos al tema que sí te incumbe. – Exclamó el albino con seriedad. – ¿Qué me estabas diciendo hace uno momento?

– Te hablaba sobre la isla.

Enishi arqueó una ceja como señal de confusión.

– ¿Cuál isla?

– ¿Ni siquiera oíste eso?

Buscó en ese momento una de sus carpetas y se la deslizó por la mesa para que la viera. Enishi tomó la carpeta y la abrió, analizando su contenido. Adentro había diferentes cosas. Algunos mapas, la mayoría reconociblemente de Japón, o de aguas cercanas a éste. También algunas fotos, y un documento extenso con una descripción detallada. Todo era, en efecto, con respecto a una isla. Mientras veía el contenido de la carpeta, Hei-shin le explicaba por su cuenta la situación.

– Es una isla privada que se encuentra a unos cien kilómetros de las costas de Tokio. Pertenece a un holandés de mucho dinero que la está vendiendo. En el segundo mapa puedes ver la ubicación exacta de la isla. También vienen algunas fotos reales, y dibujos de su forma y geografía.

Era mucha información, tanta que ya casi sentía conocer la isla aunque nunca la había visto. Tomó un par de fotos, aparentemente tomadas desde un barco. En las fotos sólo se veían altas paredes de piedra.

– ¿Está rodeada de riscos?

– Sí, excepto por esta pequeña playa. – Respondió el hombre de negro, poniéndose de pie y tomando un dibujo en el que se veía la forma de la isla, similar a una luna, y en el de estaba señalada un área, que parecía ser una pequeña palaya. – Lo que la convierte en el único acceso posible. En otras palabras, te hablo de una verdadera fortaleza natural. La mayor parte de la isla está cubierta de bosque. Hay una casa pequeña a unos metros de la playa, y otra más grande en lo más alto de la colina. Están algo descuidadas, pero pueden remodelarse sin problema según afirman los documentos.

También había fotos de ambas casas: una relativamente pequeña, de dos pisos, calculaba que de unas cinco o seis habitaciones, y otra mucho más grande. En efecto se veían descuidadas, pero tampoco algo que no se pudiera arreglar. Toda la isla en general era interesante. Su forma parecía casi haber sido esculpida apropósito.

– Es bonita, pero supongo que no la quieres para vacacionar. – Comentó el albino, dejando la carpeta de nuevo en la mesa. – ¿Qué planes tienes para ella exactamente?

– Usarla como base secundaria e intermediaria para nuestras operaciones en Japón, claro está. Desde ella podemos transportar nuestro contrabando a Tokio o Yokohama sin problema. Claro, una vez que formemos nuestra red en la capital y alrededores.

Hei-shin, siempre tan meticuloso y planificador con esas cosas. Volvió a tomar el mapa para revisar su ubicación con más detalle. Sus barcos podrían atracar ahí, y luego moverse hacia Japón. Y, en caso de estar bajo ataque, la isla presentaba una defensa casi perfecta. Hei-shin tenía buen ojo, pero él no estaba seguro si comprarse toda una isla valía la pena en esos momentos. Después de todo, sólo tenían dos clientes potenciales en Japón, y estaba seguro de que uno de ellos no duraría mucho más… Por otro lado, la ubicación de la isla como refugio podría serle útil a futuro, cuando llevara a cabo sus propias operaciones…

– ¿Y cuánto quiere por ella?

– Unas… Diez mil libras.

– Es un poco excesivo. ¿Podemos negociar un precio menor?

– Tal vez, aunque parece renuente con los diez mil.

Europeo tenía que ser. Siempre querían regatear los precios que les daban, pero la historia era otra cuando ellos eran los que tenían que dar su brazo a torcer. No era que no tuvieran el dinero para gastarlo; eso les sobraba y por mucho. Simplemente se cuestionaba los beneficios que obtendrían de esa compra. Hei-shin notó esto, y de inmediato saltó a intentar calamar sus dudas.

– Tal vez la isla no te convenza, pero aunque se logre el acuerdo con los cristianos, Shimabara se encuentra demasiado al sur. Creo que sería favorable tener además un punto más cercano a la capital, ¿no te parece?

– Los cristianos. – Comentó con cierta ironía y luego rió un poco, recargándose en su silla. Este acto extrañó a Hei-shin.

– ¿Qué es tan gracioso?

– Nada. – Refunfuño el japonés, teniendo su mirada alzada hacia el cielo sobre él. – Simplemente que yo no haría planes aún para comprar una casa en Shimabara, ¿sabes?

Ahora Hei-shin era el que sentía haberse perdido parte de la plática. ¿A qué se refería con eso? De pronto su intuición empezó a decirle que algo no estaba bien, y que ese comentario no era normal. Su mirada se endureció de golpe. Inclinó su rostro hacia él, pero el albino seguía mirando al cielo, indiferente ante la reacción que sus palabras habían provocado en su acompañante, lo que provocó que empezara a desconfiar incluso más.

– ¿Enishi, hay algo que no me hayas dicho sobre este negocio con los Cristianos? – Le preguntó directamente y de forma clara. – Por qué no debo recordarte que todo este asunto fue tu idea, ¿o sí?

Enishi desvió su mirada lentamente del cielo azul hacia el mafioso de negro, haciendo que los ojos de ambos se encontraran. ¿Si había algo que no le había dicho? Enishi rió a carcajadas por dentro; no tenía ni la menor idea. Consideraba el decirle o no lo que había ocurrido la noche anterior, cuando en ese momento las puertas de cristal que daban a la terraza se abrieron, y del otro lado surgió la pequeña y temblorosa figura de Lissie.

– Disculpe, maestro Enishi. – Susurró la joven, agachando por completo la cabeza con marcada sumisión, mientras con sus dedos apretaba la tela blanca de su delantal. – Alguien… lo busca.

– Lissie, te dije que no nos molestarás por nada. – La reprendió con severidad, mirándola de reojo.

Eso decía, pero en realidad le alegraba un poco su oportuna interrupción. De otra forma, habría dicho algo que posiblemente no quería decir. Igual sólo retrasaba lo inevitable; tarde o temprano Hei-shin se enteraría, pero prefería que no fuera en ese momento, y no por él.

– Lo sé, maestro. – Se disculpó la jovencita, casi temblando. – Pero es que el señor que lo busca… él…

Antes de que terminara de explicar sus motivos para desobedecerlo, las puertas de cristal detrás de ella se abrieron por completo, y la persona, que al parecer había esperado pacientemente… unos cuantos segundos, a ser anunciado, caminó apresurado hacia la terraza, casi haciendo a un lado a la sirvienta. El inesperado invitado se paró firmeza frente a ella, clavando sus ojos verdes y fríos directo en Enishi.

El jefe del Feng Long se quedó pasmado por unos cuantos instantes. Normalmente le agradaban las sorpresas, las cosas que se salían de la monótona rutina. Pero esa había sido mucho más que una sorpresa. Luego de un rato, sin embargo, se empezó a preguntar por qué no había previsto que eso ocurriría tarde o temprano; viendo en retrospectiva, sería algo lógico que Shougo Amakusa se presentaría ante él luego de anoche, y no precisamente para que tomaran el té. Y ahí estaba él, con sus cabellos castaños y lacios totalmente libres y sueltos, vistiendo una túnica verde y una cuidosa capa azul oscuro, larga hasta sus tobillos. Pero más allá de sus ropas, lo que portaba en su costado izquierdo era lo más significativo: su espada, sostenida con la cinta blanca que usaba en su cintura. ¿No tenía seguridad o algo parecido que le prohibiera la entrada a un hombre armado a su casa? Evidentemente no. Ni siquiera Xung-Liang se encontraba cerca; que oportuno que su leal perro guardián, que lo seguía a todas partes, no estuviera ahí en ese momento. Entrar a la casa de una persona con tu arma en posición a costado, era una clara falta de respeto; indicaba que estabas listo para cualquier momento desenfundar. En Japón, un señor Feudal podía decapitarte por una osadía así. Él también podría, pero ya en esa época sería de pésimo gusto. El caso era que, ese sólo acto por parte de Amakusa le indicó a Enishi más de lo que requería.

Hei-shin también pareció extrañarse de la presencia de Shougo en esa terraza. Un vistazo a su expresión le indicaba que no venía de buen humor, pero la última vez que lo vio tampoco lo estaba, así que no había mucho contraste para comparar. Otro vistazo a la expresión de Enishi, le dijo que no esperaba esa visita. ¿Se había presentado en la casa del Jefe del Feng Long sin siquiera avisar?; en verdad estos cristianos eran osados. Decidió intervenir, ya que ninguno de los dos decía palabra alguna. Se arregló su traje, se viró hacia el caballero recién llegado, y le sonrió ampliamente con gentileza.

– Oh que… inesperada sorpresa. – Saludó el mafioso, dando un par de pasos hacia él. Sus guardaespaldas, sin que se les ordenara, se dirigieron rápidamente a su lado. – Hola de nuevo, Señor Amakusa. ¿Viene solo o el Señor Kaioh lo acompaña?

Shougo permaneció callado y con su atención puesta en Enishi; parecía ni siquiera notar la presencia de Hei-shin, y eso lo irritó ligeramente.

– Me temo que nos toma a la mitad de un desayuno de negocios. Si tiene algún tema importante que quiera tratar, tendrá que aguardar un poco para que podamos atenderlo…

– Hei-shin. – Pronunció con fuerza Enishi, haciendo que callara, y luego prosiguió, aunque con más calma. – Déjanos solos un momento, por favor. Me parece que el Señor Amakusa no viene a hablar de negocios.

Hei-shin volteó a ver de nuevo al albino. Éste continuaba con su atención totalmente fija en el cristiano, aunque ya parecía haber salido de su asombro original. Eso, sumado a lo que acababa de decir, le indicaba que él ya sabía el motivo de su presencia. ¿Serviría de algo que lo preguntara?, seguramente no, al menos no en ese momento. Pero se sentía un aire muy denso entre esos dos individuos, incluso mayor al que se sentía durante la noche de la fiesta. ¿Había ocurrido algo entre esos dos? En realidad no le incumbía, al menos que fuera un asunto que afectara directamente sus negociaciones. Resignado, se dispuso a obedecer.

– Muy bien. – Indicó con sencillez, colocando sus manos atrás de su espalda y empezando a caminar al interior de la casa. – Con su permiso entonces.

Lissie agachó la cabeza, haciéndose a un lado para que Hei-shin y sus cuatro hombres pasara hacia adentro, para inmediatamente después seguirlos y cerrar la puerta detrás de sí. Luego de eso, Shougo Amakusa y Enishi Yukishiro se quedaron solos.

– – – –

Hei-shin bajó por las escaleras de la casa, con la intención de sentarse en alguna de las salas de estar, y tal vez fumar un puro en lo que esperaba que Enishi terminara con lo que sea que haría. No estaba muy seguro si sentirse molesto o feliz por haber sido despachado de esa forma. No sabía qué había pasado, o pasaría, pero se sentía como a la mitad de fuego cruzado al estar entre ellos dos. ¿De qué querrían hablar?

Justo cuando iba a la mitad de las escaleras escuchó como llamaban a la puerta con fuerza, que se encontraba justo al frente. Una de las sirvientas de Enishi, una jovencita alta, de largos cabellos negros, se apresuró a abrir la puerta. Hei-shin no aguantó la tentación se seguir a la camarera con su vista. Enishi tenía sólo cuatro sirvientas en su casa, y todas eran muy guapas; la más joven era algo atolondrada y sosa, pero tampoco era fea.

La sirvienta abrió la puerta, y el hombre del otro lado se dio a sí mismo el permiso de entrar, seguido por dos hombres armados. Hei-shin lo reconoció de inmediato. No era ni más ni menos que Ang, y dos de sus guardias personales.

– ¿Dónde está Enishi? – Preguntó el hombre de cabeza calva, en cuanto entró, casi exigiendo respuestas.

– Se encuentra ocupado en estos momentos, Maestro Ang. – Le informó la sirvienta que le había abierto, sin levantar la mirada.

– Necesito hablar con él ahora…

En ese momento volteó a ver a la escalera, y reconoció de inmediato al Número Dos del Feng Long; claro, sus cuatro enormes guardaespaldas eran algo difíciles de no ver.

– ¿Hei-shin?

– Maestro Ang, qué sorpresa verlo por aquí. – Comentó con marcada simpatía el mafioso de negro, terminando de bajar las escaleras, seguido por sus hombres, para luego pararse justo frente a él.

– Lo mismo digo. ¿Dónde está Enishi?

– Él está ocupado atendiendo a un invitado. – Hei-shin notó algo de ansiedad en la actitud de Ang. No era raro verlo alterado y estresado, pero rara vez parecía tener la urgencia de verlo a él o a Enishi como en ese momento. – ¿Sucede algo?

Ang suspiró, y pasó su mano derecha por toda su calva de enfrente hacia atrás, como si se la masajeara.

– Me llegó un rumor muy extraño esta mañana, Hei-shin. Se dice en la calle que vieron a Enishi cenando anoche en el Golden Swan… Y que le disparó a una mujer en medio del lugar y a la vista de absolutamente todos los presentes.

Hei-shin parpadeó un par de veces. Todo tenía sentido hasta Enishi cenando en el Golden Swan; eso no era tan raro, después de todo frecuentaba ese restaurante de vez en cuando. Pero la parte de dispararle a una mujer enfrente de todos, eso sí sonaba algo absurdo. El mafioso rió ligeramente, como si lo que acabara de oír fuera un chiste, y bien sonaba casi como eso.

– ¿Dispararle a una mujer?, ese definitivamente no suena al estilo de Enishi. Debe de haber algún malentendido.

– Eso mismo pensé, pero al escuchar la descripción de la mujer me hizo dudar.  – Ang guardó silencio, y entonces dio un paso más, inclinando su cuerpo hacia él, susurrándole casi como si le estuviera diciendo un secreto. – Me parece que se trataba de la hermana de Amakusa, la de la fiesta de Hong-lian.

La reacción de Hei-shin fue totalmente diferente a la que había tenido hace unos momentos. Sus ojos se abrieron poco a poco hasta casi salirse de sus cuencas, y todo su rostro se quedó pasmado. ¿La hermana de Amakusa? Intentó hacer memoria a una velocidad extraordinaria, intentando recordar a la chica de la que hablaba. Sólo la había visto fugazmente, pero le parecía recordarla; joven, linda, algo pequeña, de cabellos castaños, y hermoso ojos verdes. La chica con la que Enishi se había puesto a bailar de forma tan espontanea, la misma de la que justo después de su reunión con los cristianos Ang y Hong-lian habían hecho algunos curiosos comentarios.

Normalmente seguiría pensando que tal información era absurda; ¿Enishi disparándole a una mujer? Y encima de todo, ¿a la hermana de un cliente? Enishi a veces se comportaba extraño, pero eso no parecía ser algo que ni él haría. Sin embargo, lo que había ocurrido hace sólo unos minutos, lo hizo dudar. Se viró a las escaleras y las contempló en silencio por algunos segundos. En su mente recordaba la forma en la que Amakusa había llegado a la terraza, con esa expresión de pocos amigos, y como Enishi le pidió que los dejara solos, y parecía estar consciente de qué quería hablar con él. ¿Sería posible que se tratara de eso?

“¿Qué demonios hiciste ahora, Enishi?” Pensó con un marcado enojo en su mente, apretando sus puños con algo de fuerza. Se volteó hacia dos de sus guardias, y les dio rápidamente una extraña orden que confundió a Ang. – Genbu, Seiryu. Suban de nuevo y permanezcan cerca de la puerta del balcón. Si ven o escuchan algo sospechoso, intervengan.

Los dos hombres pegaron su puño contra el lado izquierdo del pecho, para después hacer una profunda reverencia el frente. Luego, en perfecta sincronía, como había sido su reverencia, se giraron a las escaleras y empezaron a subir uno al lado del otro.

– ¿Qué estás haciendo? – Le cuestionó Ang sin entender.

– Creo que olvidé mencionar que el invitado que Enishi está atendiendo… es el Señor Amakusa.

Ang se sobresaltó ante esta revelación y rápidamente se giró hacia otro lado, tallándose los ojos.

– No puede ser. ¿Entonces sí lo hizo?

– No tengo idea, maestro. Pero no me parecía que el Señor Amakusa viniera simplemente a hablar. ¿Acaso… mató a la chica?

– No, al parecer la bala no le dio, pero para todos parecía muy claro que estaba más que dispuesto a que fuera así. ¿Qué es lo que está pasando, Hei-shin?, ¿esa es la forma en la que Enishi piensa negociar con estos sujetos?



Ang estaba molesto, y tenía motivo para estarlo. Cuando alguien hablaba de los líderes del Feng Long, la mayoría los veía como hombres todos poderosos, que podían hacer lo que quisieran, tomar lo que fuera, y matar a quien sea con tan sólo desearlo. Normalmente así era, pero todo tenía sus límites, y sus formas. Si se quería matar a alguien, había formas discretas y efectivas de lograrlo. Hacerlo en un lugar público así como así, enfrente de decenas de testigos, y sin ningún motivo aparente… Eso no era una demostración de poder, sino de puro salvajismo, lo cual eran dos cosas muy diferentes en ese negocio. Y peor aún, ¿dispararle a una mujer? Y aún muchísimo peor, ¿a la hermana de un cliente? Eso era totalmente estúpido; ¿qué podría haber orillado a Enishi a hacer algo así? Aún una parte de él se negaba a creer que había hecho algo como eso.

Ang seguía esperando una respuesta, que él no tenía. ¿Qué debía hacer?, ¿defender a Enishi?, ¿cubrirle y esconderle sus trapos sucios? Ciertamente eso era parte de sus deberes, y ya lo había hecho en ocasiones pasadas. Pero no significaba que le gustara. Para bien o para mal, le gustara o disgustara, aún necesitaba a Enishi de su lado.

– Ignoro por completo que pudo haber pasado, maestro. – Le indicó. – El Jefe es algo… Impredecible a veces. Pero esto que me dice se sale de la escala. Yo, aún creo que todo esto podría ser un error.

– Eso espero. Pero si negociar con estos tipos nos va a traer tantos problemas, tal vez debamos considerar cancelar todo esto cuando aún podemos.

De haber propuesto eso cuatro días antes, lo hubiera aceptado con gusto y le hubiera dado la razón. Pero esos días los había aplicado en hablar y negociar con el Señor Kaioh, y ahora estaba convencido de que podrían obtener muchos beneficios de ese negocio, si movían sus piezas de la forma adecuada. Aunque, si Enishi había hecho lo que decían, entonces las cosas podrían dificultarse bastante.

– No estoy muy seguro de qué sea tan buena idea tomar una decisión como esa. He estado revisando con el Señor Kaioh los datos de nuestro acuerdo, y creo que podría ser aún más beneficioso de lo que Enishi señaló.

– Si, bien, si alguien le disparara a mi hermana en un restaurante, te aseguro que lo que menos querría es estrecharle la mano y darle dinero.

– Nosotros somos el Feng Long, maestro Ang, y estos sujetos no son más que una secta corriente. Les guste o no, el poder de esta negociación está de nuestro lado. Yo me encargaré de averiguar qué fue exactamente lo que pasó entre Enishi y esa chica. Usted no se preocupe.

– Ya es algo tarde para eso. – Refunfuño con molestia.

Hei-shin estaba convencido de que sus palabras no lo habían calmado por completo, pero no tenía mucho más para decirle, hasta que averiguara todos los datos.

Ang sacó un reloj de bolsillo y revisó la hora.

– Tengo una cita que atender en una hora. Pero mantenme a tanto de esto, Hei-shin.

– Sí, maestro.

Ang se dirigió de nuevo a la puerta de entrada seguido por sus hombres. La sirvienta les abrió la puerta y los despidió con una reverencia, al igual que Hei-shin. El número dos del Feng Long parecía tranquilo, pero lo cierto era que no lo estaba. En verdad deseaba que todo eso no fuera más que una equivocación.

– – – –

Shougo Amakusa permaneció serio y sin decir nada, aún incluso luego de quedarse solos. ¿Qué cruzaba por su cabeza? Intentaba ponerse en sus zapatos, algo que normalmente no le era muy sencillo. Pero claro, cuando se trataba de hermanas, y muy seguramente se trataba de eso, las cosas eran algo más comprensibles para él, lo que le hacía preguntarse porque no había desenfundado su espada y lanzado encima aún.

– Qué bueno verlo de nuevo, Señor Amakusa. – Comentó sonriente el mafioso, cruzándose de piernas; aún seguía sentado. Con su mano derecha, señalo hacia la otra silla que había estado ocupado Hei-shin. – ¿Quiere tomar asiento? ¿Ya desayunó acaso? Puedo pedir que le traigan algo.

La única reacción visible en el rostro de Shougo fue un endurecimiento aún mayor de su mirada. Sin decir nada, caminó hacia un lado, hasta pararse cerca de a la barda que rodeaba la terraza.

– Supongo que eso es un no. – Comentó Enishi, siguiendo con sus ojos su movimiento.

Shougo se cruzó de brazos y se quedó contemplando en silencio al frente. El puerto era visible a lo lejos; intentó unos momentos ubicar su posada desde esa ubicación, pero luego de un rato de no lograrlo se rindió. La casa de Yukishiro Enishi no era precisamente lo que se esperaba. Era en efecto una mansión elegante, pero era posiblemente un tercio de la enorme mansión en la que había sucedido la fiesta de la otra noche. ¿Sería esa realmente su casa principal?

– Usted sabe muy bien por qué estoy aquí, ¿o no? – Soltó de golpe sin voltear a verlo; al fin se dignaba a hablar. – Entiendo que ayer tuvo el atrevimiento de “invitar” a cenar a mi hermana. Y ella, pese a que se lo prohibí rotundamente, asistió. ¿Puedo saber cuál fue el propósito de esa invitación?

– Sólo conversar.

– ¿Sólo conversar? – Pronunció con fuerza el cristiano, girándose por completo hacia él. – ¿Sólo conversar? ¿La arrastró a la pista de baile, la humilló enfrente de todas esas personas, le envió flores, y le pidió “cenar” con usted… Sólo para conversar?

Enishi se quedó quieto en su asiento. Había dos cosas que le llamaron la atención en la forma en la que Amakusa le hablaba. La primera, que había mencionado todo lo que había hecho con su hermanita hasta ese momento, excepto una, y tal vez la más importante: haberle disparado en pleno restaurante. Eso era extraño. Y la segunda, que en efecto parecía molesto… Pero no tanto. ¿Podrían ser eso sólo el enojo de un hermano sobre protector? ¿Acaso estaba ahí sólo para reclamarle lo de la cena, sin saber cómo ésta terminó?

Empezó a preguntarse si acaso Magdalia había omitido comentarle ese punto. ¿Por qué lo habría hecho? La respuesta más lógica que se le ocurría, considerando que Amakusa acababa de decir que le había prohibido ir, era evitarse más problemas. Haberse escapado e ido a la cena ya era por sí un problema, omitir que su acompañante de mesa le había disparado era evitarse un tremendo “te lo dije”.

Si Amakusa no sabía del disparo, él nos ería quien se lo diría, así que armó todas sus fuerzas para seguir sonriendo y actuando como si nada hubiera pasado.

– Ya que lo dice de esa forma, aparentemente apreció mucho una buena conversación, ¿no le parece?

A Shougo no pareció gustarle su comentario burlón.

– ¿Le parece divertido? – Le preguntó de forma cortante empezando a caminar hacia él; Enishi intentó no mutarse. – ¿Todo esto le parece divertido? ¿Acaso todo esto no ha sido más que bromas pesadas de su parte?

– La vida está tan llena de seriedad, señor Amakusa… Que tomarla siempre tan enserio no es muy saludable. Y en efecto, sólo converse con su querida hermana. ¿O es que no me cree?

De la nada, Amakusa ya estaba de pie justo frente a él, parado con firmeza y con la luz del sol tocándolo directamente en la cara. Su presencia era algo intimidante, lo aceptaba; no le sorprendía que tanta gente le creyera si decía que era el Hijo de Dios, o el propio Dios si acaso él quería decirlo.

– Escúcheme muy bien. – Pronunció despacio, y luego inclinó un poco el cuerpo, para agachar su rostro a la misma altura que el suyo. – No tengo ni la menor idea de qué propósito tenga en su retorcida cabeza para intentar acercarse tanto a mi hermana, pero sé muy bien que no es nada correcto. He visto a cientos de hombres como usted, que creen que pueden tomar lo que sea y a quién sea sólo por su supuesto poder. Pero nosotros, en especial mi hermana, estamos totalmente más allá de eso, y mi paciencia hacia usted ya ha llegado a lo máximo.

Enishi permaneció quieto y en silencio, mirándolo con seriedad a los ojos por encima del marco de sus lentes oscuros. Sus palabras eran claras y fuertes; su voz era grave y profunda. Sí, definitivamente un líder nato. Se imaginaba que si daba un discurso emotivo con esa voz, todos lo seguirían sin dudarlo.

El mafioso continuó tranquilo, pese a que el acercar su rostro de esa forma al suyo y hablarle tan directamente eran un claro acto de intimidación; pero se necesitaba más que un hombre alto y armado hablándole con dureza en la cara para intimidarlo.

– Cualquier trato o acuerdo que ya hayan hecho con Kaioh, cualquier plan que hayan maquilado usted y sus socios para nosotros o para Shimabara, lo canceló en este mismo momento. Así que por lo que resta de nuestra estancia en esta ciudad, aléjese de nosotros. Si lo vuelvo a ver aunque sea en la misma habitación que mi hermana… Lo mataré… ¿Le quedó eso claro?

Los parpados de Enishi reaccionaron ligeramente al oírlo. Esa no era una amenaza vacía; eso sería evidente para cualquiera. En su mente pensaba “me gustaría ver que lo intentaras”, pero todo su exterior reflejaba serenidad.

– Cómo el cristal. – Le respondió con sencillez y algo de indiferencia.

La cancelación del acuerdo era algo inevitable, y definitivamente Hei-shin estaría furioso cuando se enterara; al parecer ya se había entusiasmado con la idea. Estaba seguro, tal y como le había mencionado a Xung-Liang el día anterior, que al resto de los jefes no le interesaría tanto esa perdida. ¿Y a él? Esperaba tarde o temprano hacer a un lado a estos hermanos, cuando ya su interés por ellos disminuyera… Pero eso aún no pasaba del todo…

Una vez dicho lo que tenía que decir, Shougo se enderezó de nuevo, se dio media vuelta y comenzó a caminar a la puerta; era obvio que ya se disponía a irse.

– Señor Amakusa. – Pronunció con fuerza para que se detuviera. – Su hermana me dijo algo muy curioso anoche, durante nuestra conversación.

Shougo se detuvo a medio camino, y se quedó quieto dándole la espalda. Enishi sonrió complacido.

– Me dijo que le parecía que tenía unos ojos llenos de sufrimiento, y también de deseos de venganza. Curioso, ¿no? Pero… también me dijo de hecho, que estos eran iguales a los suyos.

Aunque no viera su rostro, Enishi sabía que lo que había dicho había provocado una reacción en él; lo percibía por completo en el aire a su alrededor. Él mismo había señalado que detrás de las acciones de Amakusa, se escondía algo parecido, y las palabras de Magdalia no hacían más que confirmárselo.

– ¿Qué opina de eso, señor Amakusa? – Le preguntó luego de un rato en el cual Shougo se había quedado como estatua.

Pero su voz pareció ser lo que necesitaba para despertar de cualquier tipo de pensamientos en los que hubiera caído, pues de inmediato reanudó su marcha, entró en el interior de la casa y se perdió de su vista.

Shougo dejó de sonreír en el momento justo en el que Amakusa se fue. Con algo de desgano se giró hacia su plato de comida, e intentó terminarlo; pero la verdad, ya había perdido por completo el apetito.

– – – –

Christopher y Sarah Ribbons ya estaban prácticamente listos para su viaje. Una diligencia especial había ido temprano por la mañana a su casa a recoger todo su equipaje, que no era para nada poco, y llevarlo a su barco. Christopher había estado sumido en otro mundo desde la noche anterior, así que Sarah había sido la encargada de dejar todo completamente listo. La casa de Shanghái permanecería cerrada por una larga temporada. Habían colocado sabanas sobre todos los muebles, así como sellado las ventanas. Cualquier objeto de valor que no pudieran, o no quisieran, llevarse consigo, fue cerrado bajo llave en el desván.

Christopher ya la esperaba afuera, arriba del carruaje que los llevaría al puerto. Ella sólo se encargaba de dar un último vistazo por la casa y asegurarse de que todo hubiera quedado listo. Una vez que estaba segura, caminó apresurada hacia afuera, cerró la puerta detrás de ella y empezó a ponerle llave a las tres cerraduras que tenía.

– La diligencia ya se llevó todas las maletas, señora. – Escuchó como el joven de piel oscura en su traje de sirviente le indicaba a sus espaldas.

– Gracias, Ranjiv. – Pronunció como un serio agradecimiento la mujer de cabellos anaranjados.

Una vez que la puerta fue cerrada, caminó hacia el carruaje, al cual el mismo sirviente la ayudó a subir. Adentro, Christopher estaba sentado, mirando de forma pensativa por la ventanilla, pero no hacia la casa, sino en la otra dirección. Sarah se subió y se sentó a su lado.

– Ya todo quedó bien guardado y sellado. – Le indicó a su esposo mientras se acomodaba la voluptuosa falda de su vestido para sentarse bien. – ¿Crees que volvamos a Shanghái pronto?

– No lo creo. – Pronunció el hombre rubio con algo de desgano.

Sarah volteó a verlo y parpadeó un par de veces. La actitud de su esposo parecía intrigarla, y a la vez también molestarla.

El sirviente cerró la puerta del coche y luego subió al frente, tomando las riendas y esperando la orden de avanzar. Pasaron unos segundos y Christopher no decía nada, así que Sarah se tomó la libertad de hacerlo.

– Andado, Ranjiv. – Indicó la mujer. – Y no te detengas por nada.

– Sí, señora.

Ranjiv agitó las riendas y los caballos empezaron a andar con velocidad.

Por un largo rato el viaje al puerto estuvo callado. Sarah intentaba encontrar una forma de romper el silencio, pero no se le ocurría nada. Sabía que la seriedad de Christopher no se debía a ella, sino a lo ocurrido la noche anterior, que lo había dejado mucho más pensativo de lo esperado. Esperaba que alejarse de todo ese asunto lo ayudara a despejarse.

De pronto, de manera repentina, Christopher pareció sobresaltarse y se inclinó hacia el frente, tocando con sus nudillos la pared de madera del coche, aparentemente para llamar la atención del sirviente.

– Ranjiv, da vuelta a la derecha, ahora. – Le indicó  con fuerza y algo alterado.

El sirviente se sobresalto confundido, y por mero reflejo obedeció, jalando las riendas y haciendo que los caballos hicieran una pronunciada y repentina vuelta que hizo que Sarah casi se cayera de su asiento, y a la vez chocaran contra otro carruaje que venía en otra dirección; por suerte ninguna de las dos cosas ocurrió.

– ¿Qué estás haciendo, Chris? – Le preguntó casi como una reprimenda. Luego se asomó hacia afuera intentando adivinar en dónde estaban y a dónde se dirigían con esa vuelta, y lo adivinó casi de inmediato. – Chris, no hay tiempo para esto. Perderemos el barco, ¿para qué quieres ir allá?

Christopher se sentó derecho en su asiento, y apretó con sus dedos enguantados su bastón. Sus ojos estaban fijos en el piso del coche, perdidos en la nada.

– Simplemente tengo un presentimiento…

Sarah parpadeó un par de veces. ¿Cómo discutir contra eso? Como fuera, parecía que ese presentimiento era importante para él, y si no hacía lo que fuera que quería hacer, estaría intranquilo todo el viaje. Sería mejor que fueran a dónde quería y terminarán con eso. ¿Para qué querría exactamente ir al Barrio Cristiano justo en ese momento?

– – – –

Chin, junto con otros hombres y mujeres, e incluso niños, se habían reunido esa mañana en su iglesia, para limpiar ésta, al igual que el terreno a su alrededor, que normalmente era usado para festividades, reuniones, y clases de lectura y escritura a los pequeños, así como catecismo. El día había amanecido hermoso, así que Chin había movilizado a casi todos para que lo ayudaran, y estaban haciendo un gran trabajo. La iglesia posiblemente no se había visto más bonita en mucho tiempo.

Chin se encontraba justo afuera de la puerta principal, barriendo el polvo en la entrada, cuando notó algo extraño a lo lejos; una multitud de personas que venían directo a la iglesia, de forma inesperada. ¿Qué ocurría? El resto de las personas que lo ayudaban parecieron notarlo también, y empezaron a salir; estaban tan desconcertados como él, hasta que vieron que todos parecían de hecho estar siguiendo a alguien…

– Oh no. – Pronunció en voz baja el anciano al reconocer a la persona que caminaba al frente de todos ellos.

– Es el Señor Shougo. – Pronunció un hombre a su lado, confirmando lo que sus cansados ojos miraban. Shougo Amakusa había vuelto.

Shougo caminó hasta colocarse justo frente a la puerta de la iglesia. Sus ojos se encontraron con los de Chin, y ambos se dijeron con ese único cruce de miradas que no estaban del todo contentos de verse. Chin bloqueaba la entrada de la iglesia, y Shougo parecía más que dispuesto a entrar. Aún así, tal vez prefería no hacerlo por encima del anciano. Luego de unos segundos, con algo de resignación, Chin suspiró y se hizo a un lado. Shougo entonces penetró en la iglesia, y todas las personas lo siguieron por detrás

Amakusa avanzó hasta pararse en el altar. Alzó sus ojos hacia la enorme cruz que estaba colocada sobre éste, y permaneció en silencio por un rato, mientras todos entraban y se acomodaban a sus espaldas. No había pronunciado palabra alguna desde que llegó. Todos simplemente lo vieron llegar, y de inmediato lo siguieron, sin necesidad de que se los pidiese; ese era el tipo de atracción que ejercía en las personas.

Chin se quedó parado en la puerta, viendo con algo de gravedad todo eso. En ese momento, sintió como una persona más se acercaba y se paraba a su lado, pero no entraba a la iglesia. Chin lo miró de reojo. Pareció extrañarse un poco por su presencia, pero de inmediato se tranquilizó. ¿Acaso había sentido que debía ir? Ciertamente, así era.

Christopher Ribbons, apoyado casi por completo en su lado derecho con la ayuda de su bastón, permanecía de pie en la entrada, mirando la multitud de gente. Sus cabellos rubios y piel blanca fácilmente podrían resaltar entre todos, pero sabía que Shougo no lo vería. Y, aunque así fuera, no haría ninguna diferencia.

– No les mentiré. – Pronunció Shougo con fuerza, llamando de inmediato la atención de todos. – Lo que les han dicho de mí es la verdad. – Lentamente se fue girando de vuelta a la multitud, sin dejar de hablar. – Mi padre, mi madre, y todos mis amigos y conocidos… Fueron asesinados, por hombres del Shogunato Tokugawa, que temían que se desatara una revuelta como la Rebelión Taiping. Tuve que ver como una lanza atravesaba el pecho de mi padre, como un hombre le disparaba en la cabeza a mi madre, y como todas las personas de mi aldea eran colocadas en cruces en la playa como una advertencia, ¡o una burla hacia nosotros! Y sólo tenía diez años entonces…

Todos los presentes parecieron asombrarse por sus palabras. Algunos habían oído cosas por parte de Chin, pero tal vez ninguno conocía tan a detalle lo que había ocurrido. A su vez, la mayoría de ellos tenía su propia historia, su propio pasado doloroso que no podía evitar que se sintieran identificados con el hombre ante ellos, que escucharan su historia y de inmediato la sintieran como propia. Ese hombre era como ellos, pero a la vez… era algo superior.

Shougo guardó silencio unos segundos, dándoles tiempo de digerir lo que había dicho. Luego, siguió hablando con la misma fuerza y presencia, fijando su mirada en cada uno de ellos.

– ¿Qué si quiero venganza?, ¿qué si me gustaría vengarme por lo que nos hicieron? Por supuesto que sí. – De nuevo calló, tomó aire, y empezó a hablar con un tono más calmado. – Pero mis acciones actuales no están guiadas por mis sentimientos sobre lo ocurrido en el pasado. Lo que realmente deseo, lo que realmente quiero en el fondo de mi corazón, es que eso nunca le vuelva a ocurrir a nadie más. Quiero que todo cristiano pueda vivir tranquilo, en paz, y que pueda decir orgulloso que es un cristiano, sin temor a represaría alguna.

Bajó en ese momento del altar, y empezó a caminar entre las personas, que le abrían paso, casi de forma inconsciente.

– ¿Si será difícil?, ¿si será duro?, ¿si nos encontraremos muchos obstáculos en el camino? Sí, así será. ¿Si se requerirá de sacrificio y de hacer cosas que posiblemente vayan en contra de nuestras enseñanzas? Es lo más seguro. Pero para eso estoy yo aquí. – Shougo se detuvo, de pie justo en el centro de la multitud, que lo rodeaba y admiraba. Tomó en ese momento su espada, y la alzó al aire con una mano para que todos pudieran verla. – Yo, y esta espada, la legendaria espada de Shiro Amakusa, estamos dispuestos a hacer lo sea necesario. Yo he sido elegido para llevar esta tarea acabo; ese es mi destino. Y si para lograrlo, si para hacer que este sueño se cumpla tengo que convertirme yo mismo en Dios o en un Demonio… ¡Lo haré! No me importará si la historia me juzga como un monstruo si a cambio puedo lograr una Tierra Prometida para ustedes, y para cualquier otro cristiano en el futuro. Lo único que me interesa es que todos ustedes crean en mí, que sepan que los puedo guiar a una verdadera nueva Era de Paz. Aquellos que tengan miedo, aquellos que sientan duda, yo los comprendo; yo sé lo que es eso, y no guardo ni guardaré ningún rencor ni mal sentimiento en mi corazón hacia ellos. Pero aquellos que me crean, aquellos que sientan en sus corazones que mis palabras son la verdad, vengan conmigo, a Shimabara, ¡vengan conmigo a formar juntos esta Tierra de Dios!

Su voz resonó con fuerza por todo el eco de la iglesia, y continuó escuchándose incluso unos segundos después de que ya había callado. Las reacciones de todos fueron generalizadas. Al principio todos enmudecieron, y miraron alrededor, notando las expresiones de admiración en los demás. Poco a poco una sonrisa se empezaba a dibujar en sus rostros. Luego siguieron los murmullos, que fueron convirtiéndose en palabras más claras. Shougo notó como las personas más cercanas a él se le acercaban y alzaban sus manos. El sólo rozar sus dedos contra la tela de su túnica o su capa parecía ser suficiente para ellos. Las palabras se volvieron gritos, gritos que resonaron con fuerza por toda la iglesia uno tras otro.

–  ¡Sí Señor Shougo!

– ¡Constrúyanos un verdadero Reino de Dios, Señor Shougo!

– ¡Usted es nuestro salvador!

– ¡Usted es realmente el Hijo de Dios!

– ¡Señor Shougo!

Y todos empezaron a gritar en unisón su nombre. Shougo giraba lentamente, mirándolos a todos y ofreciéndoles una sincera sonrisa. Extendió sus manos, empezando a tocarles sus cabezas y sus rostros. Su decisión estaba tomada. Si tenía que ser un Dios o un Demonio, lo sería, por ellos… Ya no había ningún tipo de vuelta atrás.

Los únicos que no festejaban eran Chin y Christopher, que seguían de pie en la puerta. Ellos miraban en profundo silencio todo el júbilo de las personas. Las palabras de Shougo les habían llegado profundamente. Ellos querían a alguien que entendiera su dolor, que supiera lo que habían pasado y lo que deseaban. Alguien que les prometiera que haría todo lo posible por cumplirles sus sueños, y ese alguien era Shougo Amakusa. La decisión, estaba tomada.

Christopher bajó su mirada derrotado y empezó a andar, cojeando con su bastón, dispuesto a alejarse de la iglesia.

– ¿Ya te vas, Christopher? – Escuchó como Chin le preguntaba, mirando aún hacia el interior  de la iglesia.  El europeo se detuvo, y apoyo ambas manos en su bastón, aún mirando al suelo.

– ¿Crees que haya algo más por lo que deba quedarme? ¿Quieres que lo maté quizás? – Rió ligeramente y paso su mano izquierda por su muslo. – Me temo que esos días ya terminaron. Hicimos todo lo que pudimos; ahora me temo que pasará lo que tenga que pasar.

Chin no pudo decir nada para afirmar o negar sus palabras. Simplemente cerró los ojos, y se quedó de pie en su lugar, mientras mil cosas le recorrían la cabeza.

– Que Dios te acompañe, viejo amigo.

– A ti también, Chinai.

Y entonces siguió caminando de regreso a su carruaje. Luego de eso irían directo al puerto, y alcanzarían su barco en el último momento. Y de ahí navegarían directo a Moscú. Shanghái prometía tener un invierno cálido, y esperaba que Moscú también lo tuviera. Pasaría mucho tiempo antes de que volviera a tener noticias de Shougo Amakusa.

FIN DEL CAPITULO 12

Su trabajo parece estar terminado, y el trato con el Feng Long ha sido roto. Shougo y Magdalia están por irse de Shanghái, pero Yukishiro Enishi quiere enfrentar a Magdalia una vez más. ¿Qué es lo que realmente desea decirle?

Capitulo 13: Tuviste Razón

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 12. Demonio o Dios

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