Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 11. Mirar Atrás

10 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 11. Hambriento de Amor


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 11
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Shanghái, China
18 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

El carruaje avanzó por las calles de Shanghái sin pausa por casi media hora. Shougo Amakusa viajaba solo en el interior de coche, mientras el mismo sirviente que lo había ido a buscar a la posada conducía en el exterior. Todo ese tiempo en silencio, en aburrido silencio, le había ayudado a pensar un poco en muchas cosas. Y, por extraño que pareciera, la que menos le inquietaba era la identidad del misterioso hombre que lo había invitado. Una de ellas era lo mal que había resultado su ida al Barrio Cristiano. Definitivamente no había sido nada agradable que alguien le hablara de esa forma, pero sería pasable si fuera su único problema. El Feng Long, esa mafia y su gente, seguían siempre metiéndose en su cabeza y no lo dejaban pensar con claridad en sus otros problemas. Todo el tema de esa mafia jamás lo había convencido. Desde que Kaioh se lo comentó, se había puesto renuente a involucrarse. A regañadientes, ahora no sólo él estaba involucrado, sino también su hermana, y eso lo incomodaba demasiado.

También le preocupaba la actitud que Magdalia había tomado. ¿Por qué se ponía tan terca en querer involucrarse con ese sujeto? Al principio pensó que era él acosándola, con su baile, sus flores… Era normal; los hombres que molestaban a su hermana no eran escasos. Pero esto era diferente, Sayo se comportaba diferente. ¿Sería cierto que realmente veía algo en ese individuo? Siempre había sido buena para juzgar a las personas… Pero éste no era un hombre ordinario. Después de todo, estaban hablando del mafioso más poderoso de Shanghái, y tal vez de China. Y lo que más le molestaba era que dijera que eran iguales. No le importaba por qué había pasado ese sujeto, o qué excusa tuviera para ser como es. La diferencia entre ambos estaba más que clara. Él era un delincuente, él un guerrero de Dios. Cualquier rastro de bondad que su hermana intentara ver en él, estaba sólo en su cabeza; de eso no tenía duda.

El carruaje al fin se detuvo. Un tanto indiferente, Shougo se asomó hacia afuera cuando se detuvieron. La casa frente a la que se encontraban, era un edificio occidental de dos pisos de color verdoso. No era precisamente una mansión, más bien simplemente una casa grande, ubicada entre otras dos casas grandes. Pero el barrio parecía elegante, y las casas, la iluminación, el empedrado de la calle… incluso el olor, todo tenía un marcado y reconocible aire occidental. Se podía intuir que se trataba de un barrio de Europeos; ¿un barrio inglés tal vez?

El sirviente pasó a abrirle rápidamente la puerta. Shougo bajó apresurado y de la misma forma se dirigió con pasos rápidos hacia la entrada de la casa. Ni siquiera se colocó su espada en la cinturón; en su lugar la sostenía aún enfundada en su mano izquierda.

El interior de la casa podía ser descrita de la misma forma que el exterior: de apariencia occidental, grande pero no tanto, y elegante. El recibidor era pequeño, e inmediatamente después se conectaba con una escalera de madera que luego se dividía en dos. El sirviente lo guió hacia unas puertas corredizas ubicadas del lado derecho de las escaleras. Del otro lado se encontraba una sala de estar pequeña, de forma cuadrada, con sillones, una chimenea, un par de ventanas y algunos libreros.

– Los señores vendrán en un momento. – Le indicó el joven. – Por favor, espérelos aquí.

¿Tenía otra opción?, de seguro no. Entró a la habitación de la misma forma en la que había entrado a la casa: de mala gana, con sus brazos cruzados y expresión seria. El sirviente se retiró una vez que estuvo dentro y volvió a correr las puertas, cerrándolas.

Fue hasta ese momento, en el que estuvo sólo entre las cuatros paredes de ese cuarto, en el que se hizo explícitamente la pregunta que debió haberse hecho antes de subir siquiera al carruaje: ¿Por qué estaba ahí?, ¿qué lo había llevado a aceptar una invitación tan extraña como esa? No sabía quién era el supuesto dueño de esa casa, excepto por el nombre que aquel sirviente le había dado: Christopher Ribbons, que bien ni siquiera le constaba que era su nombre realmente. Tampoco sabía con exactitud de qué quería hablarle. Había mencionado el incidente del Barrio Cristiano, y ese había sido el verdadero detonante que lo había empujado a aceptar. ¿Pero por qué le importaba tanto lo que un occidental desconocido le dijera de eso?, ¿curiosidad tal vez?

Mientras meditaba en todo eso, y en lo que haría o diría cuando su misterioso anfitrión entrara por esas puertas, caminó un poco alrededor, revisando con la vista todo el lugar. La habitación era algo pequeña. El mobiliario se componía de dos sillones pequeños para una persona, con una mesa alta redonda entre ellos. También había un sillón largo para tres, y una mesa rectangular en el centro de todos los sillones. Había un pequeño escritorio hacia un lado con una silla, y detrás de éste dos ventanas altas rectangulares, con las cortinas abiertas, lo que daba la vista completa de la calle. En otra pared había dos libreros, y en la última una chimenea apagada.

Al posar su atención en la chimenea, se detuvo y centró su mirada en un objeto singular, ubicado justo arriba de ésta. Posada de manera horizontal sobre una base de madera, se encontraba un singular adorno: una espada, más específicamente una katana, las espadas representativas de su país; él podía reconocerlas muy bien, después de todo, él mismo traía una en su mano izquierda. La vaina del arma sobre la chimenea era de madera café, curveada, de un largo ligeramente más prolongado que la suya, aunque no tanto para ser una tachi. El protector de la empuñadura era de color dorado, igual que el pomo de la punta. Pero éste tenía algo más que le llamó la atención: tenía un adorno grabado en el metal dorado, sencillo, simplemente dos líneas, una horizontal y otra vertical, cruzándose entre sí. ¿Era eso… una cruz?

Shougo se sorprendió por completo. ¿Qué hacia un arma japonesa adornando la chimenea de una casa occidental?, ¿y con ese símbolo grabado en ella? No pudo pensar mucho en alguna respuesta, pues en ese momento escuchó que las puertas se abrían.

– Disculpe la tardanza, señor Amakusa. – Escuchó como una voz le hablaba desde la entrada, obligándolo a voltearse hacia ésta y a olvidarse de la curiosa arma.

Había dos personas paradas en la entrada de la sala. Uno de ellos era un hombre, de estatura media, complexión delgada, cabellos rubios, muy claros, ojos serenos y azules, visibles a través del cristal transparente de un par de gafas redondas. Su piel era de un tono muy blanco, anormalmente blanco, incluso para un occidental. Usaba traje gris, un chaleco rojo oscuro y una camisa blanca, así como zapatos negros y guantes blancos en las manos, que bien podrían confundirse con su verdadera piel. En su mano derecha sostenía un bastón negro que presionaba contra el piso, mientras la segunda persona se sostenía de su brazo izquierdo. Ésta era una mujer, de la misma estatura que él, de cabellos anaranjado oscuro, sujeto con una cebolla en la parte trasera de su cabeza. Usaba un vestido rojizo con los hombros descubiertos, no muy ostentoso.

Shougo analizó a los dos rápidamente desde sus cabezas hasta la punta de los pies. Calculaba la edad del hombre alrededor de los cuarenta años, y la de la mujer mínimo diez años menor que la de él. Obviamente el hombre era occidental, de eso no tenía duda. La mujer, por otro lado, le pareció algo más extraña en este punto. Sus cabellos claros podrían indicar también una procedencia europea… Pero su rostro contaba otra historia. Sus ojos fueron lo más singular que notó en ella. Era de un tono violeta muy singular, similar a azul, y parecían calmados e inexpresivos, como el resto de su rostro. Pero eran ojos orientales… De hecho, ojos japoneses, o eso le pareció. ¿Una mujer mitad japonés y mitad europea tal vez?

El hombre empezó a avanzar hacia él, aún con la mujer tomada de su brazo. Shougo notó como se apoyaba profundamente en el bastón con cada paso. Por su forma de caminar, era claro que su pierna izquierda le daba problemas. Shougo conocía de eso; había tratado heridas similares antes mientras estudiaba remedios y medicina. Estaba sólo adivinando, pero le parecía que podría ser una herida de bala, justo por encima de la rodilla. La bala podría aún estar ahí, incrustada en su fémur. ¿Su ubicación estaba tan comprometida que ningún doctor se había atrevido a extraerla? Podría intuir que era algún ex soldado herido en combate, pero con tanta facilidad para obtener un arma de fuego en Shanghái gracias al Feng Long, bien podría haber sido herido en un asalto en la calle.

– Es más alto de lo que me lo imaginaba, señor Amakusa. – Comentó con un tono burlón el hombre rubio mientras seguían avanzando hasta pararse a lado de los sillones. – Yo soy Christopher Ribbons, y ella es mi esposa, Sarah.

– Un gusto conocerlo, señor Amakusa. – Saludó la mujer asintiendo con su cabeza.

Shougo se sorprendió un poco, pero su exterior no lo demostró. Ambos acababan de hablarle en un japonés fluido y claro, incluso él que claramente era un europeo.

Mientras el Hijo de Dios procesaba ese último dato, el hombre presentado como Christopher, se soltó con delicadeza del agarre de su esposa y empezó a avanzar por su cuenta hacia la chimenea. Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios al reconocer lo que el hombre castaño miraba tan fijamente justo antes de que ellos entraran.

– Veo que admiraba mi vieja espada.

– ¿Es suya?

– Sí, es una vieja amiga.

Christopher se paró a su lado y por unos segundos se quedó en silencio, simplemente admirando el arma sobre la chimenea desde la punta de la vaina, hasta el extremo contrario, mientras sonreía. ¿Por qué lo hacía?, ¿estaba recordando tal vez? Pocos guerreros verían su arma con una sonrisa así, pues normalmente el mirarla no sería sinónimo de buenos recuerdos. Extendió entonces su mano izquierda hacia ella y la retiró de su base. Apoyó su bastón contra la chimenea, así como todo su peso sobre su pierna derecha, para así tener las manos libres para poder sacar el arma de su funda, con tal delicadeza que parecía que temiera romperla.

– Pero ya ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la usé. – Comentó tranquilo, una vez que el arma estuvo afuera.

Su hoja era tan brillante y reluciente que parecía nunca haberse usado, lo que lo hacía dudar un poco que realmente fuera su arma. Sin embargo, la forma en que la sostenía, y al ver como después comenzó a moverla hacia un lado y hacia el otro, revelaban que conocía muy bien su peso y su forma. Shougo se sentía algo intrigado.

– ¿Cómo es que…?

– ¿Cómo es que sabría usar una espada de éstas siendo occidental? – Interrumpió él de pronto, completando la pregunta que Shougo estaba por formular. Una vez más guardó el arma en su vaina, para después recolocarla en su base. – Soy de padres Europeos, pero crecí en China y siempre me he considerado más de oriente que de occidente. También viví en Japón unos catorce años. Así que está de más decir que he aprendido muchas cosas en mis años de vida.

Una vez con su arma en su lugar, se viró por unos momentos hacia Shougo, echando un vistazo rápido al arma que éste cargaba en su mano izquierda.

– Me han dicho que usted también es un espadachín, y un muy talentoso según tengo entendido. – Comentó de pronto, y entonces tomó de nuevo su bastón para comenzar a andar a los sillones. – Pero a estas alturas no me atrevería a retarlo, por obvias razones.

Shougo lo siguió con la vista. Christopher caminó hacia uno de los sillones para una persona, y la mujer de cabellos anaranjados lo ayudó a sentarse, para luego ella misma hacerlo en la otra silla. Interpretó eso como una invitación a sentarse con ellos, pero no tenía muchos deseos de sentarse, así que permaneció de pie frente a la chimenea.

– No quiero ser descortés, pero quisiera saber quién es usted y por qué me hizo venir hasta aquí.

– Un hombre directo. – Rió divertido el hombre rubio, juntando sus manos sobre su bastón. – Bien, iré al grano si así lo desea. Según tengo entendido usted y Chin ya se conocieron. De seguro lo recuerda, un hombre mayor, barba blanca, muy malhumorado.

No era descripción muy específica, pero Shougo intuía a quién se refería: el anciano que lo había provocado en el Barrio Cristiano, diciendo que lo único que buscaba era venganza. Era difícil olvidarlo; después de todo, sus palabras lo habían molestado bastante.

– Chin me habló de usted, y de lo que fue a hacer el día de ayer al barrio cristiano. Él y yo somos viejos amigo, como lo soy de todos en el barrio cristiano.

– Claro, usted es uno de los bondadosos occidentales que le tienden una mano amistosa a sus hermanos cristianos, ¿cierto?

– Duras palabras. Intuyó que entró a este sitio teniendo ya una idea preconcebida de qué tipo de persona estaba por conocer. No lo culpo, pero permítame decirle que las cosas no son cómo usted cree. – Guardó silencio unos momentos. Se recargó por completo contra su asiento, y cerró los ojos unos instantes. – Cómo le dije, yo crecí en China. Viví aquí desde los siete años, así que no soy como los otros estirados europeos que vienen aquí y miran con mala cara a cuanta persona humilde se les cruza.

Al abrir los ojos de nuevo, la sola expresión de Shougo le indicó de inmediato que no le creía ni una palabra.

– Parece escéptico, pero puede que a lo largo de nuestra plática lo haga cambiar esa postura.

No veía forma de que eso fuera posible. ¿Qué podría decirle ese hombre que lo hiciera verlo como algo más de lo que veían sus ojos en ese momento? Tal vez había crecido en China y sabía usar una katana, ¿y eso qué? ¿Esperaba impresionarlo con eso?; tendría que hacerlo mucho mejor.

– Sigo sin entender qué hago aquí. – Comentó de manera cortante sin mutarse.

Sarah, la mujer que Christopher había presentado como su esposa, endureció aún más su mirada al oírlo. Era obvio que su tono y actitud no le eran para nada agradables. A él en verdad no le importaba si les molestaba o no su actitud; no estaba dispuesto a fingir que todo estaba bien, cuando no era así.

Christopher extendió su mano hacia la de su esposa, tomándola con delicadeza, aparentemente en un intento de calmarla.

– La verdad es que lo cité para que platiquemos de sus intensiones con Shimabara, y más específicamente con las personas del barrio cristiano.

– Eso no le incumbe.

– ¿Por qué no? Soy un cristiano, criado aquí en oriente. ¿Su Tierra Prometida no es para mí?

Shougo guardó silencio. ¿A qué venía todo esto?, ¿por qué a este hombre le interesaba tanto ese tema? ¿Sería cierto lo que decía sobre sentirse más de oriente que de occidente? Por obvias razones, le era difícil de creer, en especial que su interés en el barrio cristiano y en su gente fuera genuino.

– No tengo malas intenciones si eso le preocupa. – Contestó. – Yo soy directo y claro con lo que quiero: quiero crear una Tierra Sagrada, libre para el pueblo cristiano de oriente, dónde pueda profesar su religión con completo orgullo y libertad, algo que no tienen en ninguno otro sitio en estos momentos.

– El gobierno Meiji ya no prohíbe el cristianismo, hasta donde sé. Lo que sí prohíbe son los levantamientos armados.

– El gobierno Meiji no es diferente al Tokugawa. Mismas personas, diferentes nombres. Tan es así que muchos miembros del Shogunato que se encargaron de cazar cristianos en su tiempo, son ahora funcionarios Meiji.

– ¿Eso le consta?

– Más de lo que usted cree.

Christopher parpadeó, aparentemente un poco confundido por sus palabras. Entendía que no creyera sus palabras, pero eso era algo que él ya sabía muy bien, y el sólo hecho de haberse enterado de que asesinos de su gente se pavoneaban aún por su país con poder, dinero, y total comodidad, lo hacía rabiar, enloquecía de la rabia. El Gobierno Meiji hablaba de cambio, de revolución, de innovación y apertura; pero en el fondo, era lo mismo que había sido doscientos cincuenta años atrás. Nada había cambiado. Pero él se encargaría de eso, muy pronto…

Christopher se retiró sus anteojos con una mano, y con la otra se talló un poco sus ojos.

– Seamos claros, señor Amakusa. – Comentó una vez que se colocó de nuevo sus lentes. – Usted propone un levantamiento contra el gobierno para luchar por la independencia de Shimabara. ¿Me equivoco?

Su reacción no fue muy diferente a la que había tenido el día anterior, cuando justamente lo abordaron con la misma pregunta. Se esperaría que para ese entonces ya hubiera pensado en una mejor respuesta, pero no era así.

– No, no se equivoca. – Susurró. – Si hubiera otra forma de hacerlo, sería el primero en optar por ella.

– ¿Está seguro de eso? – Cuestionó de golpe el hombre rubio, mirándolo fijamente. Shougo sintió que lo miraba casi de forma acusadora, y eso no le agradó, mucho menos con lo que dijo a continuación. – Tal vez en el fondo esto es lo que usted desea. Su guerra, su batalla, ser el glorioso salvador que destruirá a los enemigos del cristianismo en Japón y obtenga su merecido lugar como Hijo de Dios. Por qué sólo usted tiene el derecho a ocupar tal puesto, ¿o no?

¿Lo estaba provocando?, ¿o lo estaba probando? ¿Qué esperaba que contestara? Ciertamente todo su comentario lo irritaba.  ¿Quién era ese sujeto para juzgarlo como si supiera siquiera quién era él o qué era él? ¿Por haber vivido en China o en Japón y por ser cristiano creía que con eso podía estar a su nivel y que podía sermonearlo? No tenía porque aguantar los comentarios de ese sujeto. Él era Shougo Amakusa, el Hijo de Dios, quién guiaría al Pueblo Cristiano a nueva era de paz.

– ¡Cállese! – Le gritó con fuerza, evidentemente perdiendo la paciencia. Sarah pareció tensarse y ponerse a la defensiva, pero Christopher se mantuvo calmado. – Estoy harto de la gente que se cree tan inteligente como para entender lo que pienso. Usted jamás entendería lo que yo deseo, lo que yo quiero y lo que busco. No tengo porque escuchar sermones de un hombre que ni siquiera conozco, de un riquillo que se cree mejor que yo sólo porque ayuda de vez en cuando a unos pobres cristianos. El que me hable de esa forma, revela que no tiene ni la menor idea de con quién está hablando.

Sin más, se dirigió sin espera a la puerta, sacándole la vuelta a los sillones. No le importaba pedir permiso para retirarse, ni siquiera tener que irse caminando hasta su posada; no tenía ninguna necesidad de seguir ni un segundo más en ese lugar.

– Señor Amakusa. – Pronunció Christopher con fuerza, pero a él no le importó. Siguió avanzando a las puertas, y estaba por abrirlas y salir cuando Christopher de nuevo le hablo; pero esta vez sí llamó lo suficiente su atención. – Chin me contó lo que pasó con sus padres y también con las demás personas de su aldea.

El sólo hecho de mencionar a sus padres, paralizó al Hijo de Dios. Recordó en ese momento que aquel anciano dijo que había conocido a sus padres. No había pensado muy a fondo sobre ello, incluso llegó a decirse a sí mismo que había sido mentira. Pero… ¿y sí era cierto? Había pocos temas delicados que al tocarse, afectaban por dentro a Shougo Amkusa, y el tema de sus padres, el tema de lo que ocurrió aquel horrible día, era tal vez el principal de todos.

Incluso antes de que pudiera reaccionar de nuevo, Christopher volvió a hablar. Él no pudo evitar virarse de nuevo hacia el europeo por encima de su hombro.

– Lo que le ocurrió fue horrible, señor Amakusa. Yo lo entiendo, mucho más de lo que usted cree. – Guardó silencio unos instantes para tomar fuerzas y entonces continuó. Estaba por tocar su propio tema delicado. – Mis padres eran comerciantes ingleses que vinieron a instalarse a China justo después de la firma del tratado de Nankin… para probar suerte. Eran devotos cristianos; mi madre me educó desde niño para que algún día me hiciera sacerdote. Los amaba, y ellos a mí… Pero fueron asesinados por unos radicales anti occidentales en una revuelta.

Al aire de la habitación se tensó de pronto. No había nada en su tono o en sus palabras que le pudiera indicar a Amakusa que ese hombre mentía. Había una marcada sinceridad en lo que decía, al igual que un profundo sentimiento que incluso Shougo fue capaz de percibir.

– Yo tenía nueve, o casi diez años entonces, la misma edad en la que usted perdió a sus padres. Pero, a diferencia de usted… Yo me quedé totalmente solo, en una tierra desconocida, de gente que ni siquiera hablaba mi idioma, y que odiaba mi religión a la que yo tanto adoraba. Pero aprendí a sobrevivir, a volverme fuerte, a valerme por mí mismos con mi religión como guía…

Se sentía que necesitaba mucho esfuerzo para pronunciar esas palabras en voz alta; eso Amakusa lo podía reconocer muy bien. Pero si era así, ¿por qué lo hacía?, ¿Por qué era tan importante decirle eso?

Christopher se puso de pie de pronto, apoyándose en su bastón. Sarah rápidamente intentó ayudarlo a pararse, pero él le indicó con su mano que no lo hiciera. Se paró él solo y comenzó a caminar hacia el escritorio de roble hasta sentarse en la silla detrás de éste.

– Conocí a un grupo de misioneros que cuidaron de mí. – Decía mientras parecía estar buscando algo en los cajones del escritorio. – Aprendí de ellos, y gracias a eso conocí a dos personas que me cambiaron la vida. Al señor Issachar Jacox Roberts, un misionero Bautista, y a su alumno, Hong Renkun… Quien se cambiaría el nombre más adelante por Hong Xiuquan…

Shougo se quedó atónito al escucharlo decir eso. Hong Xiuquan… Ese nombre emanaba tantos pensamientos en Shougo, la mayoría nada agradables. ¿Estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?, ¿ese hombre conoció a Hong Xiuquan? ¿Era eso posible…? Su sorpresa ante esa revelación fue tal que no notó hasta casi un minuto después que Christopher había sacado una hoja de papel y la había colocado sobre el escritorio.

Sus piernas empezaron a moverse casi por sí solas, acercándose con duda al escritorio. Miró con detenimiento el papel sobre el mueble sin tocarlo. Era una imagen trazada con tinta, algo vieja, en la que se veía alrededor de siete personas posando, sentadas, como una fotografía pero dibujada. Los rostros eran algo exagerados, por lo que sería difícil reconocer realmente a una persona entre ellos. Pero sí se podía diferenciar a alguien que no era como lo demás. Entre la multitud de rostros redondos y ojos rasgados, sobresalía el de una persona, de pie al extremo izquierdo del dibujo. Era un chico, de menor estatura que el resto, con los ojos grandes y el cabello despeinado. Shougo alzó su mirada un poco para echarle un vistazo rápido al hombre sentado en la silla, y luego volvió de nuevo su vista hacia el dibujo. Le fecha y el lugar estaban trazados con caracteres chinos en el extremo inferior derecho: “Canton, Septiembre de 1846”. Recorrió con su mirada al resto de los integrantes de la foto. Aparte del chico, había otro hombre que llamó de inmediato su atención. Estaba de pie en el centro de la imagen. Shougo endureció su mirada. ¿Sería posible que ese hombre delante de él fuera el mismo chico del dibujo, pero treinta años después?, ¿sería posible que ese otro individuo en el centro de la imagen fuera…?

– Entiendo que no es un nombre que le sea desconocido, ¿o sí? – Comentó Christopher. – Tenía once años en ese momento, y ya era para entonces parte de Los Adoradores de Dios, y con una espada en mi mano, me convertí en un Cazador de Demonios…



Al decir eso, se viró levemente hacia la chimenea, o más bien hacia la espada sobre ésta. Sarah se paró de su asiento en ese momento y se le acercó discretamente mientras él seguía contemplando su arma. Se paró a sus espaldas y colocó sus manos en sus hombros, acariciándoselos lentamente. ¿Lo estaba reconfortándolo?, parecía intuir que lo necesitaba… o lo necesitaría.

– Xiuquan me decía que yo era un niño bendecido, que tenía en mis manos el poder de Dios, y que con él estaba destinado a limpiar ese país; que era un soldado de Dios, un poderoso soldado de Dios… y yo le creí. Los siguientes ocho años de mi vida le dedique mi cuerpo y alma a Xiuquan, porque realmente creía en él, creía que era el Hijo de Dios, que era el elegido, y pelear a su lado sería pelear a lado de Dios. Aprendí a pelear, a matar, a castigar a los demonios, a asesinar o ser asesinado. Lo seguí en la Rebelión Taiping como un soldado real. Maté por él. No me importaba quién era el que estaba frente a mí, si tenía familia o no; yo simplemente me lanzaba al campo de batalla para luchar y derramar la sangre de los infieles. Sentía que la Luz de Dios nos había bendecido a todos nosotros, en especial a mí.

Sonrió de pronto, pero no era una sonrisa de felicidad, ni de burla. Era la clase de expresión que alguien haría para indicarle a su oyente que lo que acababa de decir le producía gracia… Por lo estúpido que sonaba en voz alta.

– Pero claro, todo era una vil mentira… Y lo peor fue que tardé mucho tiempo en darme cuenta de ello. No fue hasta que un día, bajé mi espada, miré atrás, y frente a mí se posó todo el baño de sangre que habíamos causado. No fue hasta que me di cuenta de lo que había hecho, de todas las vidas que había tomado indiscriminadamente, de todas las familias que habíamos destrozado, de todos los pueblos que habíamos acabado, en el que me di cuenta de que todo había sido un horroroso error. ¿Cómo podría el Dios lleno de amor al que mi madre quería que me consagrara permitir o desear eso? El hacerme esa pregunta, fue como quitarme una venda de los ojos, una venda que había tenido por casi diez años. – Llevó en ese momento su mano, cubriéndose sus ojos, nariz y boca con ella. Su respiración se agitó; ¿acaso estaba intentando no llorar? – Xiuquan no era el Hijo de Dios. Nosotros no peleábamos por Dios, peleábamos por la ambición de unos descontentos con la Dinastía Quin, y lo único que habíamos logrado era crear una enorme montaña de cadáveres detrás de nosotros. Casi caí en la locura cuando eso se me reveló… O… Tal vez realmente sí me volví loco en ese momento…

Parecía alterarse y quebrarse gravemente al hablar. Retiró su mano su rostro. Tenía aún el rostro volteado hacia la chimenea, pero ya no parecía estar viendo la espada, sino a la nada, algún punto en la pared que sólo él era capaz de ver. Shougo no sabía qué pensar. No había nada, ni un solo rastro en su voz, que le hiciera pensar que lo que le decía no era cierto. Él había dicho que a lo largo de su conversación lo iba a convencer de que no era un occidental cualquiera, y lo cierto era que lo había logrado más rápido de lo que se esperaba…

Sarah ejerció un poco de presión con sus manos sobre los hombros de su esposo, y eso pareció hacerlo reaccionar de nuevo.

– Estoy bien, tranquila. – Contestó Christopher volviendo a sonreír, ahora de manera más tranquila. Tomó una de sus manos con delicadeza, acariciándosela.

– ¿Qué hizo entonces? – Escuchó como Shougo le preguntaba, volviendo a hablar luego de un largo silencio.

– Lo que en esos momentos me parecía que era lo correcto. Intenté asesinar a Xiuquan.

Shougo se sobresaltó sorprendido. ¿Había escuchado bien? ¿Intentar asesinarlo? Christopher volteó a verlo, y la expresión de sorpresa en su rostro le agradó; así que sí podía expresar emociones después de todo.

– ¿Le parece extraño lo que digo? Él me había enseñado que todo aquel que profanaba el nombre de Dios debía morir. Que todos los demonios debían de ser exterminados… Y él era ambas cosas, y por lo tanto era mi misión matarlo y acabar con esa locura. Pero está de más decir que el resto de sus hombres le seguían siendo tan leales que no pude ni acercármele… Y esa fue la última vez que lo vi. Me fui del Reino Celestial y de China, y huí a Japón. Me hice pasar por Fraile y me escondí. Sin embargo, luego de pasar por todas esas experiencias, luego de vivir todo lo que yo viví… – Rió de pronto, pero con una risa casi aterradora. – Bueno, le deja a uno algunas secuelas. Viví casi diez años de mi vida creyendo que era mi misión matar a los demonios, a los que violentaban las leyes de Dios, a los que eran impuros, a los que eran unos verdaderos demonios. Y a pesar de haberme separado de Xiuquan, aún me sentía en el derecho de hacerlo. Después de todo, era un guerrero con la Luz de Dios en mi espada. Y seguí matando a la gente mala, a los asesinos, a los corruptos… a quien yo considerara que era indigno de vivir pues pensaba que tenía el derecho de hacerlo…

Dejó de sonreír abruptamente. Bajó su mirada hacia el dibujo que había colocado en el escritorio y extendió sus dedos para tomarlo. Lo sostuvo frente a su rostro en silencio por algunos segundos.

– Pero con el tiempo me di cuenta que me estaba convirtiendo en Xiuquan. – Murmuró. – Me di cuenta de que no tenía el derecho de hacer nada de eso. Que no era Dios, que no era nada. Era sólo un humano, un humano como cualquier otro, y que el único que tiene el derecho de juzgar quién es digno y quién no, era Dios, no yo. Fue entonces, que colgué mi espada y cambié mi vida. Pensaba que ya era muy tarde para eso, pero… – Guardó silencio unos instantes, y entonces volvió a tomar una de las manos de su esposa, aún en su hombro. – Alguien me demostró que no era así, y me cambió la vida por segunda vez…

Sarah pareció sorprenderse un poco por su comentario, e inmediatamente después se viró hacia otro lado, aparentemente apenada.

Por su lado, Shougo permanecía de pie frente al escritorio, con su mirada baja, y en profundo silencio. Intuía que la historia terminaba ahí, y daba gracias por eso. Luego de haberlo escuchado y de verlo con más detenimiento, se daba cuenta de que ese individuo no era un ser ordinario; realmente había pasado por muchas cosas, experiencias que incluso lo superaban. ¿Qué debía de decir?, ¿qué debía de hacer? No esperaba para nada que le saliera con una historia así; lo había tomado totalmente por sorpresa…

– ¿Por qué me cuenta todo esto? ¿Qué me está tratando de decir?

– Creo que usted sabe muy bien lo que estoy tratando de decirle, Señor Amakusa. – Le respondió al tiempo que volvía a pararse, ayudado por su esposa. – Yo quería que escuchara mi historia, para que así pudiera aprender de mis errores y de los de Xiuquan.

Christopher avanzó cojeando hacia él, hasta poder pararse a su frente, y así verlo a los ojos. Aunque Shougo era de seguro casi veinte años menor que él, su estatura era superior por varios centímetros. Pero eso no importaba; igual lo miraba como un padre dando la lección final a su hijo.

– Usted cree que tiene el derecho de hacer lo que quiere hacer por lo que sufrió, por como lo trataron, y por la gran fuerza que tiene. Piensa que no necesita a nadie, y que puede ser su propio Dios… Pero si no se da cuenta a tiempo de lo que está haciendo, perderá más de lo que usted cree. Puede incluso perder lo más querido para usted en este mundo. Y un día, igual como me pasó a mí, se detendrá en el campo de batalla, bajará su espada, mirará atrás, y se horrorizará ante lo que verá. – Extendió entonces su brazo izquierdo al frente, tomando ligeramente el brazo derecho de Shougo. A éste no le importó; permaneció quieto, observándolo. – Mi consejo, es que recapacité antes de que llegue ese momento, pues no será nada agradable… Créame…

¿Así que de eso se trataba todo? Claro, ya lo había previsto. Después de todo, no era la primera vez que alguien usaba a Xiuquan como ejemplo para intentar convencerlo de no realizar su plan. Pero era la primera vez que esas palabras venían de alguien que conocía directamente de lo que hablaba… O eso afirmaba él.

Christopher lo soltó y empezó a caminar hacia una de las ventanas Sarah rodeó el escritorio y lo siguió en silencio.

– Mañana temprano partiré a Rusia. Deseo ampliamente que nuestros caminos se crucen de nuevo.

Calló unos segundos, hasta que ya estuvo frente a la ventana, echando un vistazo hacia la calle. El carruaje en el que Shougo había llegado, aguardaba aún afuera para llevarlo de regreso. Colocó sus manos atrás de su espalda y no le ofreció a su invitado ninguna otra mirada.

– Pero, de no ser así, sólo le quiero desear suerte y felicidad en su futuro, señor Amakusa, y que tome la decisión correcta…

Y entonces todo se sumió en silencio. Ellos no dijeron nada, y Shougo tampoco. De esa forma, todos daban por terminada la velada. Sin decir nada como despedida, Shougo avanzó hacia las puertas y salió del cuarto, cómo él pensó que haría hace unos minutos atrás. Al llegar a la puerta principal, el mismo sirviente lo esperaba, y lo guió hacia afuera, y luego al carruaje. El hombre de piel morena tomó las riendas e hizo que los caballos avanzaran.

Christopher y Sarah miraron juntos por la ventana como su invitado subía al coche y luego se alejaba por la calle. Un aire casi melancólico se quedó en la sala aún después de la partida de Shougo. Ciertamente la historia de Christopher tenía ese efecto. No era un tema del que disfrutara hablar tan abiertamente, pero en esa ocasión tenía hacerlo. Desde que Chin le contó de ese hombre, su historia, de lo que había ido a hacer al Barrio Cristiano y de sus planes, sabía que no podía quedarse ignorando la situación. Tenía que intervenir. Pero, ¿realmente había logrado algo con todo eso? Le era difícil de decir. Ciertamente sus palabras habían tenido un efecto en Shougo Amakusa, pero no sabía si había sido el indicado o no.

– ¿Crees que servirá de algo? – Preguntó de pronto, intentando que su esposa aclara un poco su confusión. Sin embargo, Sarah tampoco estaba muy segura de ello.

– No lo sé. Se ve que es un hombre difícil y obstinado. Pero creo que al menos le diste algo en qué pensar.

– Me recuerda a Xiuquan más de lo que pensaba, y creo que eso es lo que más me preocupa.

– Es curioso; a mí me recordó más a ti.

Christopher rió ligeramente, aparentemente divertido por su comentario. Acababa de llamar a ese hombre difícil y obstinado, y ahora decía que le recordaba a él. ¿Qué estaba tratando de insinuar con eso? Aunque no estaba tan errada. Ambos habían perdido cosas preciadas, y teniendo sólo su religión como guía, y la influencia de otras personas, habían terminado en caminos similares, que de seguro desembocarían en destinos también similares. Eso era lo que trataba de transmitirle con su historia después de todo, y enserio esperaba que sirviera de algo.

Alzó sus lentes un poco y se talló los ojos con sus dedos. Recordar aquellos días le había provocado algo de migraña.

– Creo que estás cansado. – Comentó Sarah, al tiempo que lo tomaba de su brazo y lo guiaba a la puerta sin preguntarle siquiera. – Vayamos a recostarnos; mañana tenemos que partir al medio día y aún tenemos que dejar listo todo.

– Sí, será lo mejor.

Apoyado por su bastón de un lado y por su esposa del otro, Christopher avanzó hacia la salida de la sala, y luego hacia sus viejas amigas, las escaleras. A pesar de la ayuda de su esposa, cada escalón le provocaba un ligero dolor en la pierna, que él había aprendido a disimular a la perfección… Excepto de ella, que parecía siempre leerle la mente con ese tipo de cosas.

– Lo que dijiste hace un momento. – Escuchó cómo su esposa comentaba de pronto. – Sobre la persona que te cambió la vida por segunda vez…

– Claro que estaba hablado de ti. – Le respondió abruptamente, incluso antes de que formulara bien su pregunta. – ¿De quién más podría estar hablando, Satomi? De no habernos conocido, ya estaría muerto hace mucho tiempo.

Sarah se viró hacia otro lado, tal vez en un intento de esconder el leve rubor de sus mejillas. Era un acto que no había cambiado en ella en todos esos años.

– Igual yo. – Murmuró casi como un susurró como respuesta a su comentario.

Ambos siguieron subiendo la escalera hacia su habitación, dejando esa rápida pero agotadora reunión en el pasado. Mañana tendrían un nuevo viaje que recorrer.

– – – –

Shouzo permaneció de pie afuera de la posada desde que el carruaje de Magdalia se alejó, dejándole imposible el seguirla. Había pasado tal vez una hora o dos, y empezaba a hacer frío. Pero no le importaba; no tenía pensado moverse de ese lugar hasta que Magdalia volviera sana y salva, y rogaba por que así fuera. Aún no se explicaba qué podría haberla llevado a hacer tal locura. ¿Simplemente era un acto de rebeldía contra su hermano? Le era difícil de creer, ella no era así. ¿Podría tener realmente algún motivo para querer acercarse a ese hombre? Normalmente admiraba esa cualidad en ella de poder ver la bondad en la gente, y como expresaba su buena voluntad a cuanta persona se le cruzara, buena o mala. Pero eso ya se había pasado del límite. Se estaba acercando demasiado al peligro, y sin ninguna consideración. Tanta fe en las personas podría ser su fin algún día…

 Escuchó el sonido de los cascos de los caballos y de las ruedas de un carruaje acercándose. Se sobresaltó ansioso, y de inmediato se volteó en su dirección. En efecto, un carruaje se acercaba. Esperaba y rezaba porque fuera el carruaje de Magdalia, pero conforme se fue acercando, se dio cuenta de que no era el mismo. El coche se detuvo frente a la posada, y se quedó congelado al ver a la persona que bajaba de él.

 – Señor… Shougo. – Susurró con un mero hilo de voz.

Shougo abrió la puerta del carruaje y bajó sin apuro de él. El hombre en las riendas se despidió con la cabeza, y entonces hizo que los caballos avanzaran para irse. El Hijo de Dios miró como se iba, y pensó si acaso esa sería la primera y última vez que vería a Christopher Ribbons. Aunque no lo diría abiertamente, esa era una de las pocas veces en las que deseaba que no.

Una vez que miró hacia la posada, con lo primero que se encontró fue con Shouzo, que lo miraba casi con miedo. Le pareció extraño verlo ahí afuera, aunque de inmediato su mente empezó a sacar conjeturas, sobre todo por la expresión que tenía en su cara.

– ¿Dónde está Sayo? – Le preguntó directamente, y el chico enmudeció por completo. Shougo suspiró y se volteó por mero instinto hacia la calle. – No me lo digas; puedo adivinarlo.

Al salir de la posada de esa forma tan inesperada, se le había cruzado por la cabeza la posibilidad de que su hermana se atreviera a salirse a escondidas y asistir a la cena con ese sujeto; pero en verdad, nunca pensó que realmente lo haría.

“¿Qué intentas probar, Sayo? ¿Realmente vale la pena arriesgarse tanto por algo como eso?”

– Señor Shougo, lo siento mucho. – Escuchó como Shouzo se disculpaba, pero él no le ponía mucha atención. – La estaba cuidado, enserio. Pero bajé a buscarle algo de cenar, y cuando subí de nuevo…

– Tranquilo, Shouzo. – Pronunció el castaño, sorprendiéndolo. – No es tu culpa. Es evidente que el estar en este lugar no le ha hecho ningún bien a mi hermana. Pero lo solucionaré, de eso puedes estar seguro.

Shouzo estaba algo confundido. En parte porque, a diferencia de él, Shougo parecía tomar de forma más tranquila toda la situación. ¿Por qué?, ¿no estaba preocupado por Magdalia? No, él sabía que su hermana era lo más importante para él. ¿Entonces qué era? Realmente había algo extraño en él en esos momentos. ¿A dónde había ido exactamente?

De nuevo el sonido de un coche acercándose por el empedrado de la calle. De nuevo Shouzo se sobresaltó ansioso. Una amplia sonrisa se dibujo en su rostro; ese sí era el carruaje en el que Magdalia se había ido, de eso estaba seguro. Los mismos caballos, el mismo color… Y el mismo sujeto de cabellos claros y dos espadas manejando las riendas. Cuando se aparcó delante de ellos, ese sujeto los volteó a ver de reojo con seriedad. Shouzo estaba tan molesto, que se le hubiera lanzado encima a golpearlo en ese mismo momento. Sin embargo, estaba más preocupado por otras cosas.

– ¡Santa Magdalia! – Gritó con fuerza y corrió con rapidez a la puerta del carruaje, abriéndola con tanta rapidez que casi le arrancaba la manija de la mano a la chica en el interior.

Magdalia miró un poco extrañada al joven de cabellos negros, y con algo de duda empezó a bajar del carruaje. Shouzo estaba tan pasmado que ni siquiera se le ocurrió ayudarla a bajar, algo que hubiera hecho de forma automática y cualquier otro momento.

– Santa Magdalia, ¿se encuentra bien? ¿No le pasó nada mal? ¿Cómo está?

– Estoy bien Shouzo, tranquilo. – Le respondió con gentileza, sonriéndole levemente.

Shouzo la miró de arriba abajo. A simple vista estaba bien, tal y como se había ido hace un par de horas, así había vuelto; ni un cabello fuera de su lugar siquiera. ¿Realmente no le había ocurrido nada malo?

Magdalia dejó de sonreír y entonces se volteó de lleno a su hermano, quien estaba de pie a un par de metros de ella, mirándola fijamente con completa seriedad. Magdalia intentó también mantener la calma y no doblegarse por esa mirada acusadora. Imaginarse qué haría y diría cuando tuviera que enfrentarse a su hermano era más sencillo que realmente hacerlo.

– Hermano, antes de que digas algo, quiero que sepas que yo…

Shougo alzó su mano de pronto al frente, indicándole con ese acto que guardara silencio. Ella, casi por mero reflejo, obedeció.

– No estoy de humor para hablar de tu rebeldía en estos momentos, Sayo. – Le dijo de manera tranquila, y entonces empezó a caminar hacia la posada sin más. – Hablaremos mañana.

Shouzo y Magdalia se le quedaron viendo atónitos sin poder creerlo. ¿Se había ido así como así sin reprenderla?, ¿sin decirle nada? ¿Qué estaba pasando?

– ¿Qué le pasa? – Preguntó la castaña volteándose hacia su acompañante, pero él estaba igual de intrigado que ella.

– No lo sé. Pero más importante, ¿está usted realmente bien? ¿Ese hombre no le hizo nada malo?

Magdalia bajó su mirada de forma pensativa. Shouzo lo interpretó cómo que sí había pasado algo, pero su actitud no parecía indicar que había sido algo grave. Antes de responder, la joven empezó a caminar también hacia la posada.

– Mi hermano tiene razón, Shouzo. Ésta ha sido una noche larga. Hablemos de esto por la mañana.

Sin más, los dos hermanos Amakusa entraron en su posada, y luego a sus respectivos cuartos. Ambos tendrían mucho que pensar esa noche.

FIN DEL CAPITULO 11

Shougo Amakusa está en un momento determinante de su vida. ¿Qué decisión tomará? ¿Dará un paso atrás?, ¿o seguirá adelante con sus planes? ¿Qué le depara el futuro al Hijo de Dios?

Capitulo 12: Demonio o Dios

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NOTAS DEL AUTOR:

Christopher y Sarah (Satomi) Ribbons son personajes originales de mi creación, hechos especialmente para esta historia. Ninguno de ellos apareció ni se mencionó en ninguna versión de la historia original.

– La Rebelión de Taiping fue un hecho histórico real de la historia de China, sucedido entre 1850 y 1864. Hong Xiuquan e Issachar Jacox Roberts fueron personajes históricos reales involucrados con este hecho.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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