Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 01. Los Futuros Reyes

8 de enero del 2017

Notas del Autor:

Hola a todos, ¿cómo se encuentran? El día de hoy comenzamos con una nueva historia un tanto peculiar: un Crossover y Universo Alterno que combinará personajes y conceptos de la serie de Televisión Once Upon a Time y la película Descendants (o mejor conocida como Descendientes). Lo sé, raro, ¿no? ¿Pero qué puedo decir? Siempre he sentido cierta fascinación por los cuentos de hadas, pero principalmente por el cómo logran despertar la imaginación de las personas, los diferentes materiales que se pueden crear a partir de sus historias y personajes, y como la gente los lleva a un nivel más allá.

La idea para esta historia me estuvo rondando por la cabeza desde que vi la película de Descendientes, pero siempre estuvo ahí nomás como una idea. Fue hasta hace poco que comencé a pensar más enserio en ella, en la que decidí que no era tan mala, y que podía darle una oportunidad. Pero bueno, ¿de qué irá exactamente esta historia? Como siempre que inicio una historia nueva, he aquí mis notas previas para comprender qué es esto:

– Esta historia está basada en la Serie de Televisión de la ABC, Once Upon a Time (Érase una Vez), y en la Película de Disney Channel, Descendants (Descendientes), aunque también podría llegar a incluir personajes, ideas y conceptos basados en otras películas de Disney y Cuentos de Hadas.

– Se trata de un Universo Alterno casi por completo. Es decir, la historia no se ubica ni el mundo y tiempo de Once Upon a Time, ni en el mundo y tiempo de Descendientes. Se trata de una historia nueva, que combina en gran medida las características y personajes de ambos mundos en uno solo. Aun así, gran parte del trasfondo o de la base de la historia previa al inicio, estará en gran medida basada en Once Upon a Time, pero con marcados cambios. Igualmente cabe mencionar que a diferencia de la Película de Descendientes, la ambientación de toda la historia será algo más similar al medioevo, más específicamente como en el Bosque Encantado de Once Upon a Time o en los cuentos originales.

– Aquellos personajes que se encuentran, por decirlo de algún modo, “repetidos” entre ambas historias, normalmente se basarían más en su contraparte de Once Upon a Time y en menor medida en alguna de las películas de Disney al respecto (al menos que se especifique lo contrario).

– Los personajes que son originales de Once Upon a Time de Descendientes (es decir, que no son parte directa de algún cuento o película sino que fueron creados para dicho material), obviamente estarían basados y se mantendrían como en su material de origen. La personalidad de todos se mantendrá tal cual, sólo se les cambiaría la situación, edades o sus historias conforme la trama lo necesite.

– Desde mi punto de vista, no es necesario haber visto ni Once Upon a Time ni tampoco Descendientes para comprender esta historia. Al ser un Universo Alterno, me tomaré la libertad de dar todas las explicaciones y descripciones que se requieran, por lo que considero que alguien que no conozca alguna (o ambas) historias, podría disfrutarla sin problema; espero estar en lo correcto.

Creo que es todo lo que tengo que decir por ahora. A lo largo de los capítulos, estaré colocando varias notas conforme se requiera, para explicar algún dato del capítulo que crea necesite alguna explicación más detallada. Pero si tienen cualquier pregunta, pueden hacérmela, igualmente si tienen algún comentario u opinión. Así que sin más, empecemos.


Mi Final Feliz... - Capítulo 01. Los Futuros Reyes


Once Upon a Time / Descendientes

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

 Capítulo 01
Los Futuros Reyes

Era ya de tarde, quizás las tres o cuatro; era difícil determinar la hora exacta estando a la mitad de la nada, y con las nubes y las ramas de los árboles dificultando establecer con seguridad la posición del sol. El cielo sobre ellos seguía aún nublado, y una leve neblina se movía lentamente entre los árboles, aunque nada que impidiera ver con claridad su camino. Hacía un poco de frío, remantes quizás de la lluvia que acababa de caer hace unas tres horas. Era ya el segundo día de su viaje a la Capital del Reino de Auradon, gobernado por el Rey Adam y la Reina Belle, y aún les faltaban dos días más; quizás uno y medio si se aplicaban.

¿Cuántas veces había recorrido ese mismo camino antes? ¿Treinta quizás? Al menos una vez durante cada año de su vida durante esas fechas especiales, eso era seguro, por lo que mínimo habían sido dieciocho veces. A eso habría que sumarle los viajes ocasionales cuyo fin era algo muy distinto al de ese. Quizás habrían sido incluso cuarenta.

Tanto tiempo había pasado, y nada parecía haber cambiado ni siquiera un poco en ese paisaje boscoso y húmedo; incluso las rocas parecían estar en el mismo sitio exacto que hace un año, dos años, tres años… Claro, no era como si realmente se hubiera puesto a contar y memorizar cada piedra en el camino, aunque en esos momentos la idea no le parecía tan descabellada; lo que fuera con tal de intentar despejar su mente, pues a pesar de haber hecho ese viaje en compañía de su familia tantas veces antes, lo cierto era que esa vez en particular sentía todo diferente… Y de hecho, lo era.

Los cuatro miembros de la Familia Real de Florian, ella incluida, viajaban en el centro justo de la modesta procesión. Tenían diez soldados de uniforme azul al frente, y eran seguidos por detrás por tres carretas que traían su equipaje, regalos y provisiones para el viaje, y éstas a su vez seguidas por otros diez soldados más. Como ya era costumbre para sus padres, el carruaje real parecía provocarles claustrofobia, y preferían ir la gran mayoría del camino sobre sus respectivos caballos, y ella los tenía que seguir en su capricho. Marchaban a paso moderado a lado del carruaje, estando sus dos padres delante, y ella un poco detrás; su hermano Neal viajaba con su madre, sentando delante de ella en su montura.

Sus padres platicaban entre ellos, y señalaban de vez en cuando hacia los árboles. Treinta o Cuarenta años atrás, de seguro todo el mundo diría que la Reina Blanca Nieves, y el Rey David, no se comportaban para nada como los Reyes convencionales. Sin embargo, en ese tiempo el término “rey convencional”, era algo un tanto ambiguo. ¿Cuáles regentes de los Siete Reinos Unidos podrían considerarse como tal? Su sus antepasados más antiguos pudieran ver el matrimonio actual de sus descendientes y su manera de comportarse, de seguro los verían con las cejas arqueadas, caras de confusión, y pensarían: “¿Qué demonios hicieron?”; la imagen le provocó un poco de gracia.

De repente, notó que su padre aminoraba un poco la marcha, y en unos segundos se había colocado justo a su lado. Ella prefirió no hacer contacto visual con él, y centrar sus ojos en el camino.

– ¿Disfrutas el paisaje, Emma? – Le preguntó el Rey David con un tono jovial. Era un hombre de complexión ligeramente fornida, hombros anchos, cabello rubio oscuro corto y ojos azules como el mar. Tenía un rostro de facciones fuertes, sobre todo su mentón en el que tenía una pequeña cicatriz del lado derecho. Había una historia divertida sobre esa cicatriz, aunque en resumen su madre se la había hecho cuando se conocieron. Amor a primera vista, suponía.

– Sí, demasiado. – Respondió con un marcado sarcasmo que no se esforzó en lo absoluto en disimular. – ¿Cómo no disfrutar de ver un montón de árboles enfilados uno detrás del otro, justo igual como los hay en nuestra casa, y uno idéntico al anterior, durante horas y horas de viaje? Estoy extasiada.

Más que molestarse por la respuesta pesada de su hija mayor, el Rey David sonrió divertido ante ella.

– Anímate, vamos. Mira a tu hermano, él sí que está emocionado.

Señaló entonces al caballo de su madre, en donde Neal miraba alrededor con una amplia sonrisa en sus labios, mirando cada árbol y cada pájaro que volaba sobre ellos con notoria excitación.

– Papá, tiene seis años. – Resopló. – Lo emociona hasta darse un baño.

– No es cierto. – Escucharon ambos como el pequeño niño de ojos azules y cabello castaño oscuro respondía desde su asiento, con un tono molesto casi como si lo acabaran de insultar. Blanca Nieves y David soltaron al mismo tiempo una pequeña risa, pero ella no los secundó.

La Princesa Emma de Florian, la hija mayor de la Reina Blanca Nieves y el Rey David, acababa hace no mucho de cumplir sus dieciocho años. Tenía cabello totalmente rubio, largo y ligeramente rizado; lo llevaba suelto y le llegaba hasta la mitad de la espalda. Tenía ojos color avellana, de expresión serena y penetrante. Tenía un rostro hermoso, fino, sin ningún tipo de maquillaje o arreglo, sino simple belleza natural. Todo en su porte reflejaba una gran seguridad, incluso el cómo se sentaba en su montura o cómo tomaba las riendas. Muchas personas, incluida gente ya adulta, solían decir que tenía una cierta presencia que se sentía justo cuando entraba a cualquier habitación, algo que te hacía voltear a verla irremediablemente, pero también mantenerte a una distancia adecuada. Si sus padres no eran como los reyes convencionales, la verdad era que ella tampoco era como las princesas convencionales.

David pareció rendirse rápido de sus intentos para dialogar con su hija, por lo que Blanca Nieves decidió tomar el estandarte. Él volvió a adelantarse a su posición, y ahora le tocó a ella posicionarse justo al lado de su hija. A pesar de los años, la Reina Blanca Nieves mantenía aún esa belleza tan distintiva y atrapante, que la hicieron ser conocida hace tiempo atrás, extraoficialmente claro, como la “Más Bella del Reino”. Tenía el cabello igual al de su hija, ligeramente rizado, largo y suelto hasta la mitad de su espalda, con la diferencia de que el suyo era totalmente negro. Sus ojos también eran como los de su hija en el color avellana, aunque su expresión era mucho más relajada. Su piel seguía teniendo ese distintivo blanco nieve por el que se originó su nombre; o al menos eso era lo que casi todos en el reino creían.

– Y yo que creí que para estas alturas ya habríamos superado esta etapa de rebeldía y de chica ruda, hija mía. – Comentó de pronto con un tono juguetón, que a Emma pareció no agradarle del todo.

– En primera, no es una etapa. Y en segunda, no es de “chica ruda”, ¿de acuerdo?

La reacción de su madre ante su actitud defensiva, no fue muy distinta a la de su padre; igualmente rio un poco con cierto humor, y el pequeño Neal en su regazo la imitó del mismo modo exacto.

– Bueno, chica no ruda. Sólo digo que no te ves como una jovencita emocionada que está a punto de ver al chico que le gusta.

Mencionarle de pronto a una chica el “chico que le gusta”, solía tener diferentes reacciones en cualquiera. Algunas se sonrojaban, otras se sobresaltaban asustadas, otras incluso se ponían nerviosas. Pero, para Emma, ese comentario pareció ser más como una apuñalada en el estómago, o un dolor que le provocaba fruncir sus labios en una mueca de desagrado. Sin embargo, de inmediato desvió su mirada hacia otro lado para que su madre no lo notara.

– No metas a Ben en esto. – Señaló con firmeza.

Pese a verse volteado a otro lado, Blanca Nieves sí logró detectar cierta anomalía en su reacción.

– De acuerdo. Entonces dime, ¿qué es lo que te molesta? – Justo un instante después, y sin esperar siquiera a que Emma abriera la boca, la Reina alzó su mano derecha y se respondió a sí misma. – Ya sé, ya sé, no me lo digas. Todo es por lo de la ceremonia, ¿correcto?

“¿Por qué me preguntas lo que ya sabes, entonces?” Pensó Emma para sí misma. Pero en efecto, su madre había dado casi en el clavo. No era el problema completo, pero si gran parte de él.

– ¿Por qué tengo que hacerlo yo? – Soltó la joven de cabellos rubios de golpe. – Tú, papá y los demás reyes lo han hecho muy bien por años. ¿Por qué cambiar ahora lo que no está roto?

Blanca Nieves volteó a ver a su hija con una notoria expresión de confusión.

– ¿Esa pregunta es enserio?

Emma no respondió. En parte lo era, en parte no. Pero más que nada había soltado el primer pensamiento que se le había cruzado por la cabeza, aunque no tuviera mucho sentido o justificación para hacerlo.

Luego de unos segundos de incomodo silencio, Blanca Nieves tiró de las riendas de su caballo, e hizo que éste detuviera su marcha. Luego lo giró hacia las demás carretas y a los soldados que los seguían, y alzó su mano en alto para que todos la vieran; todos se detuvieron poco a poco ante su señal.

– Nos detendremos unos minutos, descansen. – Les indicó con un tono elevado y fuerte.

Al escuchar la orden a sus espaldas, David también se detuvo, y les indicó exactamente lo mismo a los soldados del frente. La procesión se detuvo por completo, y poco a poco todos comenzaron a bajarse de sus respectivos transportes, a amarrar a los caballos y a estirar un poco las piernas.

David se bajó primero de su caballo, y se lo pasó a uno de los guardias para que se encargara de él. Luego se acercó hacia su esposa, quien le extendió al pequeño Neal para que lo tomará y lo ayudara a bajarlo.

– ¿Puedes cuidarlo unos minutos?

– Claro, cariño. – Respondió el Rey David sin dudarlo, y cargando a su hijo en brazos comenzó a caminar hacia los árboles. – Vamos, hijo. ¿Quieres buscar algunas piñas de pino u hongos morados?

– No, mejor enséñame a cortar piedras con tu espada.

– ¿Y quién te dijo que puedo hacer eso?

Ambos se alejaron algunos pasos entre los árboles, mientras Emma los seguía con la vista, aún desde su caballo. Veía venir desde lejos a dónde iba esa pausa tan repentina en el viaje, y unos segundos después su madre le confirmó dicha sospecha.

– Ven, caminemos un poco. – Escuchó que su madre le sugería, justo después de pasarle las riendas de su caballo al sirviente que conducía el carruaje.

Emma suspiró resignada. Sabía que no podría librarse de ninguna forma de esa “charla de madre e hija”, así que en lugar quejarse o replicar, simplemente se bajó de su caballo, y siguió a su madre, quien comenzó a caminar por los árboles, paralela al camino.

Las Princesas y Reinas convencionales viajarían ese largo camino en el carruaje real, por lo que aún en esas situaciones uno esperaría verlas luciendo sus elegantes y llamativos vestidos largos, y sus esculturales y complicados peinados. Sin embargo, como ya se dijo, Blanca Nieves no era una reina convencional, y por consiguiente su hija no era una princesa convencional. Conociendo ya de antemano que gran parte de ese viaje lo recorrerían a caballo, todos sus vestidos estaban guardados cuidadosamente con el resto del equipaje, y en cambio usaban pantalones y botas de viaje, camisas gruesas, y abrigos de lana para el frío, así como sus cabellos sueltos. Si cualquiera las viera de lejos, de seguro las confundiría de inmediato con cualquier chica del pueblo más cercano. Tendrían que acercarse lo suficiente y notar lo bien cuidado de su cabello, o la gran calidad y esmero de las costuras de sus trajes, para adivinar que eran de la realeza, o al menos de la nobleza.

Pero a Emma siempre le había parecido que su madre se sentía mucho más cómoda con ese tipo de atuendos. Pero no sólo era con la ropa, sino también con ese tipo de paisajes; solamente en ese momento, podía ver claramente como andaba a su lado con una amplia sonrisa de oreja a oreja, mientras admiraba todo lo que las rodeaba. Si tenía que basarse en lo que conocía de la historia de su madre, y de las muchas leyendas que surcaban el reino sobre ella, tendría que suponer que es un hábito adquirido de los años en los que literalmente vivió por los bosques de los siete reinos, moviéndose, cazando, permaneciendo convida por encima de todo, escapando de los soldados de la antigua Reina Regina, la que todos llamaban “La Reina Malvada”, y que además también era la madrastra de su madre, y por consiguiente… Algo así como su abuela política o algo, una abuela política que nunca, jamás había conocido, y que posiblemente jamás conocería.

– ¿Quieres hablar de la ceremonia? – Le preguntó de pronto Blanca Nieves sin muchos rodeos. Emma tenía un rotundo “no” atorado en su garganta, pero no alcanzó a obtener la suficiente fuerza para salir. – No tendrás pánico escénico acaso, ¿o sí? No tienes de qué avergonzarte. A todo el mundo le estresa y le asusta ser el centro de atención; el tener todos los ojos sobre uno, esperando ver que nos equivoquemos. Incluso yo me sigo sintiendo así a veces. Pero si algo he aprendido es que sólo basta con dar ese pequeño paso adelante, ¡y lanzarte!, para que todo salga bien por sí solo.

– No se trata de eso. – Murmuró Emma como respuesta con un tono seco y bajo.

Blanca Nieves la volteó a ver reojo con intriga por unos momentos, y luego se volvió de nuevo al frente.

– Está bien, me doy. ¿De qué se trata entonces?

– No lo entenderías, mamá.

– ¿Qué no lo entendería? Disculpa, pero no tienes una madre tan tonta cómo crees.

– No dije que fueras tonta. – Emma suspiró, y luego tomó un alarga bocanada de aire, como queriendo tomar fuerza de esa forma. – Es sólo que será la primera vez que voy a tener que pararme a lado de Ben, frente a casi todas las personas a Auradon, y de los Siete Reinos en general, aparentando ser una…

Sus palabras se cortaron abruptamente. Blanca Nieves permaneció en silencio, como si esperara que terminara su frase, pero luego de un rato se volvió evidente que no lo haría.

– ¿Una Reina? – Comentó la mujer de cabellos negros con naturalidad. El silencio de su hija bastó para confirmar que estaba en lo cierto. – No se trata de que aparentes ser la Reina, Emma. Sólo debes hablar ante la gente sobre lo que significa este aniversario número veinte para ti, como Princesa…

– Y futura Reina. – Interrumpió de golpe.

– Si insistes en querer verlo de ese modo, está bien. Como Princesa y Futura Reina.

Y en efecto, eso era: una Princesa para Florian, y una Futura Reina para Auradon, ya que el Príncipe Ben, hijo del Rey Adam y la Reina Belle, y ella, estaban comprometidos en matrimonio, y de hecho la boda estaba pactada para la primavera del próximo año, que sería también el momento en el que ambos serían coronados como Rey y Reina. La idea había sido discutida incluso desde antes de que alguno de los dos naciera; pero dejó de ser una idea y volverse algo real hasta hace apenas menos de años atrás. Cuesta decir que había sido una impresión de la que Emma aún no se reponía del todo.

– Lo que trato de decir, aunque suena algo trillado, es que sólo tienes que ser tú misma. – Añadió Blanca Nieves. – Olvídate de las etiquetas, sólo sé Emma hablándole a las personas desde el corazón.

– Sí, ser yo misma, estando junto a Ben y frente a todas las personas. – Respondió la princesa con cierto sarcasmo en su tono. – Lo siento, pero no es un buen consejo, mamá.

Blanca Nieves se le quedó viendo fijamente por unos momentos, al parecer confundida por lo que acababa de escuchar. Emma no tardó en notarlo, y los nervios se hicieron más que evidente en su rostro.

– ¿Qué?, ¿qué pasa? – Le preguntó a su madre luego de un rato de silencio.

Ella siguió viéndola al tiempo que avanzaban caminando aún paralelas al camino. Pasaron dos, tres, quizás diez segundos, y ella seguía sin decirle nada. Pero al final satisfizo la curiosidad quemante de su hija.

– ¿No puedes ser tú misma junto a Ben? – Soltó de repente con una singular seriedad.

– Yo no dije eso.

– A mí me parece que sí.

Emma repasó mentalmente lo que había dicho, y posiblemente lo que había dicho podría haberse interpretado de esa forma.

Había metido la pata horrible.

Se viró de nuevo al frente, y su rostro comenzó a ponerse un poco pálido. Sintió entonces que su madre se detenía, quedándose unos cuantos pasos detrás antes de que ella hiciera lo mismos.

– Oye, sé que te lo he preguntado antes pero… ¿Tienes algún problema con este compromiso entre Ben y tú?

De nuevo esa pregunta, que en efecto ya se la había hecho muchas veces antes.

– ¿Por qué lo preguntas? – Le respondió, virándose lentamente hacia ella. Responder una pregunta con otra pregunta, no era nunca una estrategia efectiva.

– Bueno, lo creas o no, tu madre sabe un par de cosas sobre el Amor Verdadero…

– ¿Sólo un par? – Interrumpió Emma con un tono burlón.

– No te pases de lista, jovencita. – Le contestó Blanca Nieves, más en tono de broma que un regaño. – Lo que trato de decir es que lo que menos quisiera es que sientas que te estamos forzando a hacer algo que no quieres. ¿Tú amas a Ben de verdad?

Emma se volteó hacia otro lado. También era una pregunta que le había hecho varias veces desde que les anunciaron su compromiso. A diferencia del pasado en el que era común que los padres decidieran este tipo de cosas y las impusieran sin más a sus hijos, este asunto había sido tratado de manera muy diferente. Hubiera sido muy hipócrita para los padres de ambos el no haberlo hecho así, conociendo de antemano la historia que había detrás de sus respectivos matrimonios.

Todo había comenzado con una supuesta profecía hecha por la anterior Hada Azul, reina de las Hadas y el ser mágico más poderoso y sabio de la Magia Blanca, antes de fallecer durante la Guerra. En ella, se afirmaba que el primer hijo y la primera hija, nacidos en el linaje real de los Siete Reinos justo después del final de la Guerra, estaban destinados a estar juntos, y que su amor y su valor traerían décadas de gran prosperidad, paz y armonía a los Siete Reinos. Tan cursi como sólo un Hada podía ser, o eso pensó Emma al menos la primera vez que la escuchó. Ben fue el primer príncipe nacido en los Siete Reinos después del final de la Guerra; de hecho, su madre, la Reina Belle, ya se encontraba embarazada de él antes de ello. Y Emma por su parte, había sido la primera princesa, nacida un año y seis meses después, aproximadamente. Si seguían la profecía al pie de la letra, era más que evidente que se trataba de ellos dos.

Aun así, hace unos meses atrás, sus padres, luego de informarles a ambos de la profecía, directamente les preguntaron si estaban de acuerdo con ello. Habían crecido juntos prácticamente toda su vida, y siempre se habían llevado muy bien, más que bien. A los cuatro monarcas desde lejos, les parecía que había algo entre ellos, lo cual podría dar lugar al “amor” mencionado en la profecía. Sin embargo, querían que se los confirmaran y saber sus opiniones antes de dar cualquier paso. En aquella ocasión, y en todas las que le siguieron, la respuesta de Emma siempre había sido la misma ante esas preguntas…

– Claro que sí. – Mencionó con simpleza en su tono. – Es mi alma gemela, mi persona destinada. Así lo dijo la anterior Hada Azul, ¿recuerdas?

– Bueno, no es como que nunca se hubiera equivocado.

– Pues no se equivocó esta vez.

Blanca Nieves sentía la actitud de Emma un poco a la defensiva… Pero era difícil determinar cuando no estaba a la defensiva, pues ese parecía ser su estado de ánimo por defecto.

– Está bien. Pero si tú…

El llanto lejano, pero estridente, de su pequeño Neal interrumpió abruptamente sus palabras. Se giró rápidamente sobre sí misma, y pudo ver a su hijo tirado boca abajo en el suelo por un instante, antes de que David lo levantara y tomara en los brazos.

– Ay, Neal. – Exclamó con una combinación de preocupación, pero también de humor. Antes de dirigirse hacia él, se giró una última vez hacia su hija. – Oye, no te preocupes por la ceremonia, o por Ben, ¿de acuerdo? Al final de día, vamos a un festival después de todo. Sólo diviértete, ¿bien?

– Lo intentaré. – Le respondió Ema con una sonrisa claramente forzada.

Era un avance, o algo así…

Blanca Nieves se giró de nuevo hacia el punto en el que habían partido, y caminó con apuro hacia su esposo y su hijo. En cuanto estuvo cerca, les extendió sus brazos, y David le pasó al pequeño para que lo tomara.

– Ya, ya. – Comenzó a susurrar con un tono reconfortante, mientras revisaba el raspón que se había hecho en su barbilla. – No es nada, tranquilo. Los Príncipes no lloran.

Neal recostó su cabeza contra el hombro de su madre, y dejó de llorar unos momentos después.

– ¿Tuviste suerte? – Le preguntó David, echando una mirada discreta a Emma a lo lejos.

– Es difícil decirlo. – Susurró Blanca Nieves despacio, casi como si temiera que Neal, o la propia Emma, los escuchara. – Ha estado tan rara últimamente, y no estoy muy convencida de que sea sólo por la ceremonia o por el compromiso.

– Estás exagerando, querida. No tienes de qué preocuparte, sólo es joven y voluble.

– Ya no es tan joven. ¿Olvidas que yo era menor que ella cuando me convertí en Reina?

– Tu situación fue algo distinta, ¿no te parece? Perder a tu padre, que tu madrastra intentara matarte, tener que escapar y ocultarte en el bosque tú sola. Eso hace madurar rápido a cualquiera.

Eso era difícil de discutir. Ciertamente no era justo intentar comparar a Emma con ella.

David caminó hasta rodear a su esposa y colocarse detrás de ella. La rodeó a ella y a su hijo con sus brazos, y pegó su barbilla contra su cabeza, dándoles un cariño y dulce abrazo.

– Tenemos una hija completamente normal y fantástica, que tiene todo el derecho a no estar siempre de buen humor. Sólo démosle espacio. Estoy seguro que estará de mejor humor cuando vea a Ben.

Casi la convencía por completo, hasta que mencionó a Ben. Aún no se sacaba de la cabeza la extraña reacción que había visto en Emma hace unos momentos. Pero para bien o para mal, no ganaría nada si le seguía dando vueltas a ese tema. Esperaba que en efecto todo fuera mejor cuando llegaran al fin a Auradon.

– – – –

Abrió las ventanas del estudio justo cuando la lluvia cesó. Sacó ligeramente su cabeza al exterior, y aspiró con fuerza para sentir el aroma  a tierra mojada. El día se había puesto agradable. Claro, para la mayoría un día fresco y ligeramente nublado, no sería precisamente su definición de un día agradable, pero para él era distinto. Se tomó la libertad de decir que había sido suficiente lectura por ese día, y que era momento de algo de esparcimiento al aire libre. Su primera opción fue montar a caballo, pero al final se decidió por una sencilla ronda de tiro con arco.

Salió de su estudio y caminó por el pasillo en dirección a su cuarto; unos minutos después se cruzó con Lumiere, quien lo saludó cordialmente cómo siempre lo hacía.

– Buenas tardes, joven Ben. – Exclamó con elocuencia, haciendo una profunda reverencia hacia él.

Lumiere era uno de los sirvientes de mayor confidencia del castillo, hombre de confianza de su padre desde hace muchísimos años. Era alto y delgado, de cabello castaño un poco largo, sujeto con una cola hacia atrás. Su rostro era alargado, y su nariz algo prominente. Su rasgo más significativo sin embargo, era de seguro su amplia y preponderante sonrisa.

– Buenas tardes, Lumiere. – Le regresó el saludo con gentileza en su tono. – Hazme un favor, ¿puedes preparar mi arco y colocar los blancos en el patio? Me apetece practicar un poco.

La sonrisa del sirviente se desvaneció ligeramente al escucharlo.

– ¿Ahora mismo? Sigue nublado; podría volver a llover en cualquier momento, ¿no le parece?

– Vamos, Lumiere. ¿Acaso olvidas la historia de la batalla de Lixen? En pleno campo de batalla, con una fuerte tormenta sobre ella, una pierna herida y un golpe en la cabeza, la Reina Blanca Nieves apuntó su arco directo hacia el enorme ogro que se dirigía hacia ella y sus hombres. – Mientras relataba, Ben colocó sus manos en posición, como si sujetara un arco imaginario. – Tenía agua y sangre en los ojos, pero ni así titubeó. Apuntó, aguardó, y cuando fue el momento justo… ¡Zas! La flecha salió volando y se incrustó justo en el ojo derecho de la bestia. Ésta gruñó, retrocedió tambaleándose, y cayó encima de una docena de los hombres de la Reina Malvada. Si ella pudo con eso, nosotros podremos con una pequeña llovizna, ¿no crees?

– Sí, claro. – Respondió Lumiere con un tono seco, y algo resignado. – ¿Sabe?, siempre me ha parecido que han exagerado un poco esa historia con el paso del tiempo. Quizás ni estaba lloviendo.

Ben rio divertido, y sólo le dio un par de palmadas en el hombro, antes de seguir su camino por el pasillo en dirección a su cuarto.

Ben de Auradon, único hijo del Rey Adam y de la Reina Belle, al igual que único heredero al trono, era un joven alto y de complexión atlética, a punto de cumplir los veinte años; tenía cabello café oscuro, corto, y ojos marrones intensos. Para muchos, representaba sin lugar a duda el arquetipo perfecto del príncipe valiente, amable y educado de los antiguos cuentos. Era conocido en los Siete Reinos por su buena actitud hacia las personas, su disposición a ayudar y no temer ensuciarse las manos en actividades físicas. Eso, además de su notorio atractivo y su radiante sonrisa que rompía corazones con gran facilidad; y sí que había rotó varios corazones cuando se hizo público su compromiso con Emma de Florian.

Una vez en su cuarto, se cambió sus ropas por otras más adecuadas. Se colocó unas botas de campo, pantalones blancos, y una chaqueta azul sencilla, sin ningún adorno adicional además de los botones blancos. Además claro de también sus guantes de piel cafés para arquería.

Para cuando salió al patio, Lumiere no sólo había colocado ya tres blancos en posición, además de haber preparado su arco de madera y flechas; adicionalmente había sacado una mesa de patio, con una jarra de lo que parecía ser limonada y un vaso, una silla, y una amplia sombrilla que las cubría de la nueva lluvia profetizada por Lumiere, aunque para ese entonces no había llegado todavía.

– Qué detalle, Lumiere; gracias. – Comentó el príncipe, volteando a ver la jarra de limonada.

El sirviente tomó el arco y la aljaba y se acercó hacia el joven príncipe.

– Supongo yo que después dispararle a un ogro en el ojo, herida y con tormenta sobre ella, hasta a la Reina Blanca Nieves le hubiera gustado un vaso de limonada.



Ben no pudo evitar reír divertido por su comentario.

– Sería muy pretencioso de nuestra parte comparar esta sencilla práctica con esa batalla, ¿no crees?

Tomó entonces su arco y flechas, y se aproximó a una distancia considerable de los blancos que Lumiere había colocado. Estos se conformaban cada uno de cinco círculos circunscritos entre sí. El de la periferia era azul, luego le seguían dos rojos y luego dos amarillos. Estiró un poco los brazos y piernas para desentumirse. Luego se paró de lado con su espalda recta, y tomó su primera flecha, colocándola en la cuerda del arco. La cuerda se tensó hasta llegar a su límite. Movió con mucha precisión sus manos, hasta colocar la punta de la flecha en la dirección que consideró adecuada. Aguardó unos momentos, y entonces soltó su mano derecha, dejando que la flecha volará libre por los aires, y se incrustara en un parpadeo en el primero de los blancos, justo del lado izquierdo, entre el último círculo rojo y el primer círculo amarillo.

– Buen tiro, joven Ben. – Exclamó Lumiere con elocuencia, aplaudiendo de forma moderada.

Ben no se sintió muy conforme con ese tiro; sabía que podía hacerlo mejor. Caminó un par de pasos hasta colocarse frente al segundo blanco. Volvió a tomar otra flecha de su estuche, la colocó en el arco, y luego de unos segundos de preparación volvió a disparar. La flecha de nuevo se incrustó en el blanco, pero está bien se había ido a la parte superior, justo a la mitad del primer círculo rojo. El príncipe chisteó con su lengua como señal de frustración.

– Amigo, eso estuvo horrible. – Escuchó que alguien pronunciaba a sus espaldas, pero que claramente no se trataba de Lumiere.

Ben se giró rápidamente sobre sí mismo, y de inmediato pudo notar al chico de brillantes cabellos rubios que se acercaba bajando la verde colina en su dirección.

– ¿Chad? – Murmuró impresionado, pero también emocionado por la visión. – ¿Cuándo llegaste?

– Acabamos de bajarnos del carruaje; mis padres están saludando a tu madre.

El chico se le acercó a Ben con total familiaridad, y ambos se dieron un pequeño abrazo rápido, seguido de un apretón de manos. Ese chico tan bien parecido no era ni más ni menos que Chad de Austrix, hijo mayor del Rey Thomas y la Reina Ella, alias Cinderella o Tía Cinderella para aquellos que le tenían más confianza y cariño. Tenía cabello rubio, corto y lacio, ojos grandes y azules. Era alto y de complexión atlética, casi de la misma estatura que Ben, quizás un par de centímetros más alto. Usaba un atuendo blanco, de botones y hombreras doradas, y botas altas negras; se veía demasiado elegante para simplemente estar ahí en el patio.

– Veo que sigues con la moda de tirar al arco. – Comentó con un tono ligeramente burlón, al tiempo que caminaba hacia la silla que Lumiere había traído, además de tomarse la libertad de servirse limonada en el vaso sin siquiera preguntar primero.

– No es una moda. Es un buen ejercicio de concentración. Deberías intentarlo.

– ¿Para qué? – Respondió luego de soltar una ligera risa despreocupada. – Vivimos en época de paz, ¿recuerdas? – Se tomó una pausa para dar un sorbo de su limonada, y después continuó hablando. – Quizás nuestros padres y abuelos se divertían mucho aprendiendo esas cosas de arcos y espadas. Pero los tiempos de guerras, villanos y magia oscura ya terminaron, mi buen Ben. Son sólo cuentos en los libros de historia.

– Y es nuestra responsabilidad encargarnos de que siga así, ¿no lo crees? – Señaló Ben con notoria seguridad en su tono. Inmediatamente después caminó hasta colocarse justo delante del tercer blanco. Chad no le respondió nada. Sólo giró sus ojos, y volvió a beber de su vaso, mientras veía lo que su amigo hacía.

Ben colocó otra flecha en el arco, apuntó y en menos de dos segundos disparó de manera casi precipitada. La flecha voló y se clavó del lado derecho, justo en el centro del primer círculo rojo. Ben miró esto con frustración, mientras a sus espaldas escuchó a Chad reír divertido.

– Qué bueno que tenemos guardias y soldados para encargarse de ese trabajo. – Señaló.

– Es sólo que no he logrado enfocarme lo suficiente este día.

– ¿Algún motivo en especial para eso?

El Príncipe Ben dudó un poco en responder. Volteó a ver a Lumiere de reojo, y luego de unos momentos se giró por completo hacia él, sonriéndole ampliamente de manera casi forzada.

– Ah, Lumiere. ¿Podrías traerme otro vaso? – Comentó de pronto señalando el vaso con el que Chad bebía. – De repente tengo ganas de un poco de limonada.

Lumiere miró de reojo a Chad a su lado. El vaso que usaba se lo había traído originalmente al Príncipe Ben, pero él se había adueñado de él sin siquiera dudarlo. Al notar que lo miraba, Chad le sonrió, casi complacido, y alzó un poco el vaso al aire.

– Y ya que estás en esos, trae unas rodajas de limón y algo más de azúcar, ¿quieres? – Comentó el chico de cabellos rubios, de manera menos gentil que Ben.

El sirviente sólo se limitó a girar los ojos y cumplir la petición. Le hizo una pequeña reverencia a Ben, y luego comenzó a andar hacia el interior del palacio

– ¿Fue mi imaginación o acaso querías que se fuera? – Cuestionó Chad, una vez que Lumiere ya estaba a una distancia segura.

– Algo así.

Sin voltear a verlo, Ben volvió a cargar su arco, y comenzó a disparar varias flechas consecutivas a los blancos al mismo tiempo que hablaba con Chad. La mayoría daban en los círculos rojos, o en el primer círculo amarillo; sólo algunas contadas daban en el círculo azul, o fuera de éste.

– Supongo que a estas alturas ya te enteraste de lo que tendré que hacer en la ceremonia y en el festival, ¿verdad?

– ¿Y quién no? – Masculló Chad, divertido. – Será el primer evento social y público en el que Emma y tú aparecerán juntos después de que fue anunciado su compromiso. Todos están expectantes a ello. Yo no, claro. No me impresionó tan fácil como el pueblo común.

Chad siempre tenía esa forma tan singular de expresarse de todo, una forma que a Ben le provocaba entre gracia y molestia en ocasiones. Hizo el último tiro de su ronda, que se clavó en el segundo círculo rojo del tercer blanco. Se secó un poco el sudor de la frente con la manga de su saco, y entonces se retiró el estuche de flechas de sus espaldas, y comenzó a caminar hacia Chad.

– Es exactamente eso lo que no me ha dejado enfocarme. – Le comentó al tiempo que se retiraba sus guantes de arquería. – ¿Me puedes guardar un secreto, Chad?

– Claro que no. – Respondió el Príncipe sin siquiera pensarlo. – Pero adelante, te escuchó.

Y de nuevo, esa misma forma. Por fuera Ben no pudo evitar reír, pero por dentro preguntaba “¿por qué soy tu amigo exactamente?” Cómo Chad no sólo se apoderó del único vaso que Lumiere había traído, sino también de la única silla, pasó en ese momento a mejor sentarse en la hierba a su lado. Se tomó unos instantes para ver el paisaje del enorme patio que rodeaba al castillo, que de lejos se veía como si fuera un frondoso bosque. Era como si esperara encontrar en esa vista algo que lo animara, o desanimara, en decirle a Chad lo que quería decirle en esos momentos. Pero en verdad necesitaba hablar de eso con alguien, y si lo hacía con cualquier persona del palacio, incluido Lumiere, sabía que sus palabras llegarían más temprano que tarde a los oídos de su madre, o incluso de su padre. Chad quizás no era la mejor opción, pero en esos momentos parecía ser la única.

– La verdad es que todo este asunto del compromiso con Emma… – Tomó una ligera pausa antes de proseguir. – No… No estoy muy seguro de ello.

Y en verdad no lo estaba. En el momento en que se los dijeron, incluida la Profecía que era la culpable de dicha decisión, a él no le pareció una idea tan mala, aunque tampoco le emocionaba mucho. Pero conforme más pasaba el tiempo, y más se acercaba el día planeado para la boda, cada vez se convencía de que quizás no era lo correcto…

La primera reacción que escuchó de Chad a sus palabras, fue una pequeña carcajada burlona.

– No te culpo.

– ¿Disculpa?

– Digo, ¿puedo ser honesto, verdad? Emma es muy bonita y todo… Pero aún con profecía o sin ella, su personalidad y su porte dejan mucho que desear.

– ¿Por qué no está sonriendo todo el tiempo, haciendo reverencias y maquillándose como otras princesas?

– Exacto.

A pesar de lo poco delicado de su comentario, Chad tenía razón al decir que Emma no era como otras Princesas. Sin embargo, ese comentario se aplicaba sin la menor duda a su madre, o incluso a la del propio Chad que si hacían memoria, ni siquiera había sido realmente una princesa como tal antes de convertirse en reina. Y ni hablar de la Reina Blanca Nieves y las historias sobre cómo había vivido y escapado por el bosque durante largo tiempo, y peleó en el frente lado de sus tropas durante la Guerra. Pero Chad era, sin embargo, un Príncipe a la vieja escuela, y al parecer esperaba que las princesas igualmente lo fueran.

Pero si en algo se equivocaba enormemente, era en suponer que era precisamente eso a lo que se refería con su comentario hacia el compromiso.

– No se trata de eso; de hecho, me agrada mucho su forma de ser. Es sólo que… – De nuevo pausó, intentando encontrar las palabras adecuadas. – Bueno, he crecido con ella durante toda mi vida, y hemos sido amigos desde que tengo memoria. Jamás pensé en ella como mi novia, mucho menos mi esposa. Es casi como si fuera mi propia hermana.

– Error. Como una hermana con la que te puedes casar, y hacer otros juegos muchos más divertidos, si sabes a lo que me refiero.

El último comentario fue acompañado de un marcado tono malicioso.

– Lo que estoy tratando de decir es que quiero mucho a Emma, pero no estoy seguro de estar realmente enamorado de ella.

– ¿Y eso qué? Sólo tienes que cumplir la Profecía del Hada Azul para traer décadas de paz y armonía a los Siete Reinos, ¿no? ¿Quién dice que tienes que estar enamorado para eso?

– ¿No es lo que nos han enseñado nuestros padres? ¿Que el amor verdadero vence todo?, ¿que no importa nada y que debes de estar con esa persona que amas enserio?

Chad bufó, al parecer incrédulo por lo que acababa de escuchar.

– Esas son sólo cursilerías de viejos. No te lo tomes realmente tan enserio.

La única reacción que Ben pudo manifestar en esos momentos fue reír. No era que realmente le hubiera provocado risa lo que dijo, sino más bien la actitud tan despreocupada y relajada con la que lo había hecho. Se paró entonces y tomó de nuevo su arco y flechas para aproximarse una vez más a los blancos.

– Cómo siempre, haces alarde de una singular cualidad para simplificar cualquier problema, Chad.

– No hay de qué.

No estaba seguro si realmente lo había tomado como un cumplido, o igualmente estaba siendo sarcástico.

Ben volvió a intentar tirar, esperando que esa pequeña plática al menos hubiera podido aclarar un poco su mente y así poder tirar mejor. El primer tiro fue muy esperanzador, pues dio justo en el área del primer círculo amarillo, cerca del centro. Esto pareció animarlo un poco. Al mismo tiempo, sin que se diera cuenta, Chad se había parado de su silla, y cuando lo volvió a notar ya estaba de pie a su lado.

– Pero bueno, dejando las profecías a un lado. – Comentó viendo con detenimiento el último de los tiros de Ben. –  Si no te gusta Emma como novia, ¿qué tipo de chica te gusta entonces?

¿Qué tipo de chicas le gustaban?; era una muy buena pregunta. No era que no lo supiera, o que nunca lo hubiera pensado. Sin embargo, nunca había materializado la idea en palabras explicitas.

– Pues, no lo sé. – Respondió algo dudoso al tiempo que tomaba otra flecha, preparándose para disparar. – Qué sea linda, fuerte, que no se deje doblegar por nadie. Que sea inteligente, divertida, con un toque de inocencia quizás.

Soltó en ese momento la flecha, y ésta se clavó en el centro justo del primer blanco con total facilidad.

– Excelente tiro. – Comentó Chad, aplaudiendo tres veces. – ¿Pero sí te das cuenta de que estás describiendo a Emma?

Ben no pudo más que encogerse de hombros ante indiscutible verdad. Tomó la última flecha de aljaba, y la cargó para disparar el tercer blanco.

– Supongo que me gustaría alguien que me hiciera sentir… Magia…

La flecha salió disparada a toda velocidad, e igualmente se clavó sin problema justo en el centro. Parecía que la puntería de Ben había mejorado bastante con tan sólo relajarse un poco. Orgulloso, comenzó a caminar hacia los blancos para tomar de regreso las flechas y volver a tirar.

– Cuidado con lo que dices. – Escuchó que comentaba Chad a sus espaldas. – Recuerda que la magia está prohibida en los Siete Reinos desde hace veinte años.

– No me refería a ese tipo de magia.

– Oh, yo sé a qué tipo de magia te refieres, amigo. – Comentó el chico rubio con un tono pícaro, que de nuevo no agradó en nada a Ben.

– ¡Tampoco me refiero a eso!

Lumiere llegó con el segundo vaso, las rodajas de limón y el azúcar, unos minutos después. Ben al fin pudo beber su vaso de limonada y seguir practicando. Estuvieron cerca de una hora ahí, disparando el arco y conversando. Chad incluso lo intentó dos veces, pero ni siquiera fue capaz de darle al blanco, y Lumiere tuvo que meterse entre los árboles a buscar las flechas. Comenzó a caer una llovizna ligera, por lo que decidieron entrar y terminar la charla adentro…

– – – –

En Auradon podría estar cayendo sólo una pequeña llovizna. Sin embargo, muy lejos de ahí, en una pequeña provincia del reino de Hendrieth, el aguacero era tremendo. Una ágil silueta se movía entre los charcos, teniendo su cabeza cubierta con una capucha de piel. Colgando de su costado, traía un abultado bolso sujeto con una correa cruzada a su torso. No muy lejos de ahí a sus espaldas, había una villa de no más de veinticinco edificios. Su destino parecía ser el viejo Río Muerto; lo llamaban así ya que hacía años que no corría agua por él. Por más que llovía y llovía, sus tierras seguían secas… Simbólicamente, ya que al menos sí se enlodaban y encharcaban. Pero a esta persona no pareció importarle meter sus botas, también de piel café como su capucha, en la enlodada tierra.

Había un viejo puente de piedra que cruzaba el río, pero que ya pocas veces era utilizado al menos que se tratara de carretas o caballos. La extraña se dirigió justo a la parte debajo del puente, donde una gran cantidad de maleza crecía. Parecería que estaba buscando refugio del agua, pero no era precisamente así. Una vez a la sombra del puente, miró a todos lados, asegurándose de que no hubiera nadie cerca; en efecto, así era ya que nadie en su sano juicio estaría afuera con esa lluvia. Una vez que se cercioró de ello, se acercó a la pared de piedra, y con sus manos comenzó a empujar una piedra que sobresalía de ésta, como si fuera una puerta escondida. La piedra era algo pesada por lo que ocupó más esfuerzo del que su cuerpo delgado debería haber podido lograr, pero en efecto lo logró. Del otro lado de la piedra había un agujero, en el que se metió rápidamente, no sin antes volver a colocar la piedra en su lugar.

Cuando la piedra se volvió a cerrar, había quedado casi totalmente a oscuras. Sin embargo, eso no importaba. Tenía unas velas guardadas ahí, una justo al lado de la puerta para ese tipo de momento. Estiró su mano izquierda hacia un lado, y tomó la vela posada sobre una hendidura en la pared. La colocó frente a ella y entonces acercó los dedos de su mano derecha a la mecha de la vela y… Ésta se prendió por sí sola, iluminando con fuerza el interior de la misteriosa cueva. Pero la flama que coronaba la mecha no era normal; era de un color verde intenso, al igual que la luz que emanaba.

Con la misma vela encendida, comenzó a prender las demás que había esparcidas por el reducido y algo claustrofóbico espacio. Además de velas, había algunas cajas, una mesita vieja, unas mantas en el suelo, y prendas de vestir en un rincón; todo tenía apariencia de viejo y descuidado. Sobre la pequeña mesa, sin embargo, había algunas cosas que resaltaban. Eran varias hojas de papel, la mayoría un poco amarillentas. Había también algunos pedazos de grafito y carbón, así como una pluma de gallina y un frasco de tinta, aunque éste se veía que llevaba algo de tiempo vacío. Algunas de las hojas de papel estaban totalmente vacías, pero otras tenían hermosos dibujos a grafito o tinta. Había un dibujo de un caballo, de un pájaro en medio vuelo, de algunas flores, también lo que parecía ser el retrato de chica joven, de cabellos cortos y ojos penetrantes; era un autorretrato, de hecho…

Se retiró la mojada capucha de la cabeza, y con sus manos sacudió un poco su cabello de un curioso color morado brillante, que se encontraba algo húmedo en esos momentos. Era una chica de hermoso rostro, ojos profundos color verde brillante con la pupila alargada verticalmente, como los ojos de una serpiente. Su cabello morado lo tenía corto hasta los hombros, y se veía algo descuidado, pero no lo suficiente para dejar de ser hermoso. Sus labios eran rosados y brillantes, y sus pómulos algo prominentes. Su complexión era delgada, pero de estatura un poco por encima de la media. Sus ropas se veían algo viejas y descuidadas. Traía un chaleco de piel, que tenía la capucha unida a éste. Debajo, una vieja camisa beige, que ya tenía un par de parches, y unos pantalones café oscuro en el mismo estado. Por último, botas de campo totalmente sucias por la lluvia. De su cuello, colgaba un pendiente bastante rústico: un pedazo de lo que parecía ser madera petrificada, de una forma hexagonal algo irregular, sujeto a una cuerda delgada de color negro.

Dejó e bolso que traía consigo a lado de la mesa, y comenzó a juntar los dibujos en una pila para hacer espacio. Una vez que lo hizo, abrió el bolso, y sacó de éste un pequeño saco de bolsillo, que parecía bastante lleno. Vació el contenido del mismo sobre la mesa, y resultaron ser cientos de monedas: la mayoría de bronce, pero también había varias de plata. Sonrió ampliamente, satisfecha por el botín que tenía ante ella. Se agachó, colocándose de rodillas en el suelo, y comenzó a contarlas una a una.

– Otro día, otro puñado de tontos que me darán de comer. – Murmuró en voz baja con gozo.

Afuera se escuchaba con fuerza el sonido del agua cayendo, pero nada de eso le importaba. Esa pequeña cueva era su mundo, y ese su tesoro. Una moneda de bronce, cinco monedas de bronce, diez monedas de bronce, una moneda de plata… Mientras la mano derecha y los ojos contaban, los dedos de la izquierda jugaban un poco con el extraño objeto que colgaba de su cuello.

FIN DEL CAPITULO 01

Notas del Autor:

Blanca Nieves y El Príncipe (David) se encuentran basados en sus respectivos personajes de la serie de Once Upon a Time, tanto en su apariencia física como en sus personalidades.

Emma está basada también en Emma Swan de la serie de Once Upon a Time, igualmente Hija de Blanca Nieves y El Príncipe. En la serie, Emma tiene ya treinta años al inicio. Sin embargo, aquí como podrán haber intuido, estamos viendo a una Emma de apenas dieciocho años, y que ha vivido toda su vida a lado de sus padres como princesa (diferente a como la vimos en la serie).

– Igualmente Neal, está basado también en el segundo hijo de Blanca Nieves y El Príncipe que aparece en la serie de Once Upon a Time, aunque ya de seis años.

– El nombre de Adam mencionado en este capítulo, es en ocasiones usado de manera no oficial como el nombre verdadero de la Bestia de la película de Disney La Bella y la Bestia. Igualmente el personaje de Lumiere está basado en su respectivo personaje de la misma película.

– El nombre de Thomas mencionado en este capítulo, es el nombre que tiene el Príncipe de Cinderella en la serie de Once Upon a Time.

– Cada Reino que aparezca en la historia tendrá un nombre específico para referirse a él. El nombre de Auradon está basado en el nombre del reino presentado en la película de Descendientes. Florian es el nombre que en ocasiones se usa para referirse al Príncipe de la película de Disney Blanca Nieves, pero aquí lo he tomado para referirme al nombre del reino de Blanca Nieves y David. Austrix y Hendrieth son nombres originales inventados por mí para referirme al Reino de Cinderella y Thomas, y al de Auorara y Philiph respectivamente.

Capítulo Siguiente  

Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ «Once Upon a Time» © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ «Descendants» © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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Un pensamiento en “Mi Final Feliz… – Capítulo 01. Los Futuros Reyes

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