Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 09. Un Niño Travieso

5 de enero del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 09. Un Niño Travieso


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 9
Un Niño Travieso

Shanghái, China
18 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Luego de su esporádica y rápida visita al mercado del puerto, el Número Uno del Feng Long iba de regreso a su mansión principal. De seguro muchos hablarían de su presencia en ese lugar, y los rumores se esparcirían rápidamente; ciertamente era extraño que un hombre de su posición fuera visto en persona por el mercado, pero su distintivo cabello blanco y lentes oscuros delataban siempre su identidad. En el interior del carruaje sólo iban Enishi y Xung-Liang, mientras otro de sus guardias guiaba a los caballos. Enishi había estado particularmente callado, mirando por la ventana con seriedad, viendo las casas y personas pasar, aunque se le notaba la indiferencia ante ambas cosas. Xung lo miraba fijamente, estando sentado delante de él. Mientras lo estuvo siguiendo por el puerto, pudo escuchar claramente la conversación que sostenía con la chica cristiana; tenía mejor oído del que muchos suponían. Todo el asunto de su amo y esa chica le había parecido muy extraño, incluso desde el primer encuentro, en el que Enishi aceptó tan fácilmente el perdonarle la vida a aquel hombre, únicamente porque ella se lo pidió. Luego el incidente ocurrido en la fiesta, ¿por qué la había sacado a bailar de repente? Él no era ese tipo de persona. A Enishi no le gustaba mucho socializar, y mucho menos sacar a bailar a las mujeres. Luego estaban los claveles que le había enviado, unos muy costosos y elegantes. ¿Por qué? Y ahora estaba esa extraña invitación a cenar.

¿Qué era todo eso? ¿Por qué hacía tantas cosas que no iban para nada con su personalidad? ¿Sería posible que la respuesta más obvia fuera la correcta? ¿Sería posible que Yukishiro Enishi estuviera…? No, no era posible que fuera algo cómo eso, ¿o sí? Tenía que haber alguna otra explicación.

– Maestro Enishi. – Pronunció de pronto el guardaespaldas con un tono serio. – ¿Puedo hacerle una pregunta?

– No lo sé, ¿puedes? – Fue la respuesta burlona del mafioso, pero Xung-Lang no hizo mucho caso de su tono y continuó de manera normal.

– No es mi costumbre involucrarme en asuntos personales de otras personas…

– Y creo que ni siquiera en asuntos personales tuyos, lo cual es ligeramente preocupante, Xung. – Interrumpió abruptamente el albino sin despegar sus ojos de la ventana.

¿Acaso sabía qué era lo que le iba a preguntar y por eso contestaba a todo como un juego? En definitiva esa actitud volvería loco a cualquiera, pero Xung tenía una gran paciencia, tanto que no tenía nada que envidiarle a cualquier ninja. Respiró lentamente y entonces soltó su pregunta de golpe sin más.

– ¿Cuáles son sus verdaderas intenciones con esa mujer, maestro? – Pronunció con voz baja pero firme. Enishi despegó su vista de la ventana, y se giró hacia él levemente; su semblante radiaba una aguda dureza. – Ese baile, los claveles, una invitación a cenar. Hay más en todo esto que sólo hacer negocios con esos cristianos, ¿verdad?

No hubo respuesta, al menos no de inmediato. Enishi permaneció en silencio por largo rato, mirando fijamente a su guardaespaldas, totalmente inexpresivo. Xung-Lang sabía que había preguntado algo indebido, pero la reacción de Enishi lo hacía pensar que posiblemente había sido mucho más que eso. El muchacho se sintió un poco incómodo, y hasta algo nervioso de sentir su mirada fría sobre él. Estaba a punto de disculparse, cuando de pronto, prácticamente de la nada, una media sonrisa surgió en los labios del japonés, y su mirada pareció relajarse un poco.

Enishi miró al suelo del coche, casi con cierta melancolía en su rostro, algo que Xung nunca había visto en su amo.

– ¿No es extraño? – Comenzó a decir con un tono tranquilo sin alzar la cabeza. – No podrían existir dos mundos más diferentes. Por una parte, ella una devota cristiana, altruista, y con un corazón de oro. Y por el otro lado estoy yo, un criminal, un asesino, un mafioso, jefe del grupo más temido de toda China. Somos tan diferentes, y vemos la vida desde perspectivas tan contrarias. Y sin embargo, aún así…

El albino calló en ese momento y entonces volteó de nuevo hacia la ventana a su lado; su sonrisa se había acrecentado levemente.

– Siento que por primera vez en mi vida… Me estoy enamorando…

Xung-Lang se sobresaltó totalmente sorprendido al oírlo decir eso, prácticamente quedándose boquiabierto en su lugar. ¿Enamorándose? ¿Podría ser cierto eso? Claro, esa era la respuesta más lógica, por eso tantas atenciones. Cualquier otro interés, como querer llevársela a la cama, para un hombre de su posición no requeriría de tantas molestias, ni siquiera por ser hermana de un cliente. Entonces tenía que ser verdad: Yukishiro Enishi estaba enamorado…

– ¿De verdad, maestro? – Le preguntó en voz baja sin poder salir aún de su asombro.

Enishi permaneció callado, viendo aún por la ventana con la misma expresión pensativa. De pronto, pareció comenzar a temblar un poco y a apretar los dientes. Estuvo así por varios segundos, antes de no poder aguantar más y soltar de golpe una carcajada tan fuerte, que el albino tuvo que sostenerse de la pared del coche para no caerse de su asiento; Xung-Lang estaba totalmente confundido.

– ¡Por supuesto que no!, ¡No seas ingenuo, Xung-Lang! – Le dijo con fuerza entre risa y risa. – El sólo ver tu cara hizo que valiera la pena. ¿Qué no es más que obvio que sólo me estoy burlando de ti?

– ¿Burlando? – Repitió el chico sin entender aún qué pasaba.

Enishi se enderezó, recuperando la compostura y tranquilizándose luego de esa relajante risa.

– Por supuesto que no estoy “enamorado” de la chiquilla esa. – Comenzó a explicarse. – Ni quiero seducirla para meterla a mi cama como de seguro fue tu primera teoría, y ni siquiera me interesa hacer negocios con estos sujetos realmente. La República Independiente de Shimabara… eso es pura basura. Pero la verdad, es que los hermanitos Amakusa son las personas más interesantes que he visto en Shanghái en los últimos años, y eso es decir mucho ya que en este puerto se para cada loco…

Xung-Lang tenía problemas para seguirle el ritmo. Apenas estaba digiriendo y entendiendo que lo de hace un rato había sido sólo una extraña broma de su parte, y ahora intentaba entender lo que le decía, pero realmente las respuestas de Enishi lo dejaban atontado.

– Pero estos dos son diferentes. – Agregó el albino, cruzando sus piernas y colocando sus manos sobre su rodilla. – El hombre ese disque cristiano que se cree hijo de Dios y quiere ser el líder del pueblo oprimido, y su hermana la “Santa Magdalia”, que piensa que todos son buenos. No puedo evitarlo, son tan…

Se detuvo un momento a buscar las palabras adecuadas para describirlo, pero no se le ocurrió ninguna forma que lo convenciera. Intentó entonces explicarse con un ejemplo.

– Es como cuando ves a un sapo por primera vez cuando eres niño; no puedes evitar verlo, y picarlo con una vara una y otra vez, sólo para ver qué hace, ¿entiendes?

– Yo nunca hice eso…

Enishi puso cara de resignación ante esa respuesta; esperaba que al menos hubiera podido captar la idea de lo que quería decirle.

– El punto es que los Amakusa son mis sapos, y han llamado mi interés. Por lo mismo, deseo picarlos un poco para ver qué es lo que hacen. Quiero ver que tan real es su fe, si realmente creen que el tipo ese es el Hijo de Dios, si no hay doble intención en ellos, y lo más importante, cual es el motor real que los mueve. Porque yo sé que hay algo oculto detrás de esa fachada, y lo voy averiguar. Y una vez que se acabe mi interés, puedo prescindir de ellos.

– ¿Y qué pasará con las negociaciones?

– Por favor, nadie quiere realizar tal negocio, ni siquiera Hei-shin. En cuanto Amakusa se entere de los planes que tenemos, o teníamos para su Tierra Santa, mandara a todos al diablo y saldrá de Shanghái en el primer barco, y nadie lamentará su partida, te lo aseguro.

– Pero, creí que había dicho que se encargaría de convencerlo.

Enishi suspiró con algo de frustración y se talló los ojos subiéndose un poco sus lentes oscuros. Su jefe de seguridad era muy inteligente, pero a veces se esforzaba de más para disimularlo.

– Sé bien lo que dije, Xung-Liang. ¿Qué tengo que deletreártelo todo? Era una mentira, para justificarme frente a los ancianos y no los dejaran ir tan rápido. Te repito: ninguno quiere realmente hacer ese negocio. Así que no te preocupes por eso ahora.

En todo el tiempo que le había servido como su guardaespaldas, desde que ocupó la silla de líder del Feng Long, había sido testigo de muchas cosas extrañas, decisiones y acciones que Enishi realizaba. En definitiva no era el mafioso promedio; no tenía las actitudes de uno. No malgastaba el dinero, no consumía opio, ni siquiera mucho alcohol, no disfrutaba de las mujeres, ni siquiera abusaba tampoco del poder que tenía sobre las personas. Y lo más significativo era la postura tan relajada que tomaba ante asuntos serios, incluso aquellos que eran de vida o muerte. Pero en esa ocasión Xung-Lang no podía entender lo que ocurría. Ese baile, la promesa de que se encargaría de convencerlos de aceptar su trato, las flores, esa invitación a cenar… ¿cómo podía jugar así con los líderes del Feng Long, con unos clientes, mentir y hacer ese tipo de cosas solamente porque le era divertido? ¿Cómo podía arriesgarse así simplemente porqué los Amakusa le parecían “interesantes”? Para Xung-Liang esto era algo inverosímil. Pero claro, él no conocía toda la historia.

Enishi sonrió por dentro mientras le decía todo eso. En efecto el interés en averiguar todo eso iba más que sólo divertirse, pero eso no se lo diría a él. Así como estaba seguro que había un motor oculto detrás de Shougo Amakusa, también lo había detrás de Enishi Yukishiro: la venganza. Y si ambos motores podían congeniar, la presencia de los Amakusa en su vida podría ser más beneficiosa que hacer negocios con ellos. Pero de no ser así, su interés en ellos se volvería nulo.

– Aunque te parezca difícil de comprender en estos momentos, así son las cosas. – Agregó por último virándose de nuevo a la ventanilla. – Sólo procura no abrir la boca con Hong-lian, al menos hasta que esto acabé, ¿sí?

Xung sintió que le arrojaban en balde de agua fría en esos momentos. Sus ojos se abrieron por completo como platos, y se volvió evidente para cualquiera que lo viera que se había puesto nervioso súbitamente.

– Pero, Maestro… ¿a qué se…? – Intentó decir casi tartamudeado, pero Enishi lo interrumpió antes de que prosiguiera.

– Por favor Xung-Liang, ¿a qué crees que me refería cuando le dije a Hei-shin que eras la niñera que Hong-lian me puso? No soy un idiota, y Hong-lian tampoco lo es, aunque todos lo piensen. – El semblante de Enishi se puso relativamente más serio en cuanto se volvió de nuevo hacia él. Sus ojos, asomándose por encima del marco de sus lentes, reflejaban una profunda gravedad. – Todos se preguntan, “¿Cómo ese hombre gordo y bobo es uno de los jefes del Feng Long?”, “¿cómo ese payaso es uno de los hombres más poderosos de China?” Pero yo sé muy bien que Hong-lian es gordo, pero no es ni bobo, ni tampoco un payaso. Él es un hombre muy inteligente, y desde el principio ha querido estar seguro de quién soy y qué quiero, y ahí entras tú.

Xung parecía ponerse más nervioso conforme proseguía, en especial al momento en que empezó a referirse directamente a él. Sintió en ese momento como un par de gotas de sudor le recorrían la frente. Enishi prosiguió.

– Desde el inicio Hong-lian me dijo que te asignaría ti como mi guardaespaldas personal y el jefe de mi seguridad, como un “gesto noble” de su parte. Yo era el joven que acababa de ser ascendido a jefe, ¿cómo rehusarme a tal obsequio de su parte? Pero desde el principio supe a dónde iba todo esto. Tú no sólo eres mi guardaespaldas, oh no: también eres los oídos de Hong-lian, cuidando lo que hago o lo que digo, ¿no es así? Lo curioso es que, de todos los líderes, es el que más me hace caso y me aprecia, ¿Por qué será? ¿Será porque es el único de ellos que tiene a alguien cuidando lo que hago y así tiene la certeza de que realmente no estoy haciendo nada indebido?

– Las cosas… No son así… – Intentó explicarse el chico, pero de nuevo el albino no le dio oportunidad.

– Porque, al parecer, no le has contado nada malo sobre mí, pues no hay nada malo que decirle… ¿O sí lo hay, Xung-Liang?

El japonés inclinó un poco su cuerpo al frente, y clavó sus ojos directos en él. El muchacho se sentía tan intimidado por su presencia, que prácticamente era incapaz de moverse. Ese era el verdadero Yukishiro Enishi, el que se ocultaba debajo de su tono sarcástico, bromista y relajado, el que te hacía sentir con su sola mirada que podría matarte en cualquier momento si se le antojaba.

– Dime Xung, ¿cuántas veces le has comentado de las sospechosas conversaciones que hemos tenido a solas Hei-shin y yo? ¿O de cuando mando a algunos hombres a extraños viajes o trabajos que a ti no te reveló? ¿O del nicho que tengo escondido en mi cuarto privado en la mansión? ¿Le has dicho todo eso?

– Maestro Enishi… No… ¡Claro que no! – Exclamó con fuerza, intentando recuperar la compostura. – ¡Yo nunca he hecho nada de eso! Yo le soy totalmente leal, sólo a usted…

Un ligero cambio se reflejó en la expresión dura de Enishi ante su respuesta: había alzado su ceja derecha como señal de desconcierto por lo que acababa de decir, pero Xung no podía leer para nada si le estaba creyendo o no. Enishi se mantuvo en silencio, y Xung no hacía más que morirse de la impaciencia porque le contestara; ¿era eso algún tipo de tortura psicológica?

– ¿Enserio?  – Comentó el albino con cierta indiferencia luego de un rato. – Entonces, contéstame una pregunta.

De la nada, y sin que pudiera reaccionar a tiempo, Enishi lo tomó de su traje con una mano y lo jaló hacia él, haciendo que se le acercara y haciendo que ambos se encararan el uno al otro. Su mirada estaba clavada en la de él como navaja.

– Si te ordenara en este mismo momento que te bajaras del carruaje y fueras directamente a la mansión de Hong-lian, pidas verlo a solas porque tienes algo muy delicado sobre mí que debes decirle… Y entonces, le cortaras el cuello en ese mismo momento, y me trajeras su cabeza como prueba, ¿qué harías, Xung-Liang?

Los ojos del muchacho se abrieron por completo como señal de terror ante las palabras que acababa de pronunciar. ¿Estaba hablando enserio? ¿Sería capaz de ordenarle que matara a Hong-lian, no sólo un líder del Feng Long, sino el que más lo apoyaba y el que al parecer más lo respetaba, sólo para probar su lealtad? ¿Sería tan malvado como para ordenarle hacer eso? Había oído de pruebas de lealtad demasiado crueles en ese mundo, como matar a tu propia familia… Pero esto carecía de sentido para Xung.

De pronto, antes de que fuera capaz de articular palabra alguna, Enishi sonrió y su rostro se relajó considerablemente, volviendo a ese estado normal que todos conocían. Soltó a su guardaespaldas de inmediato y se sentó de nuevo con normalidad en su asiento, cruzando sus piernas una sobre la otra, y mirándolo con expresión divertida.

– Relájate Xung. – Le dijo con un tono más tranquilo, y de nuevo se viró hacia la ventanilla. – Debes de dejar de tomarte tan enserio todo…

¿Qué significaba eso? ¿Acaso todo había sido una broma? Xung no sabía qué creer. ¿Debía de sentirse feliz o preocupado? Fuera como fuera, era obvio ahora que Enishi no confiaba tanto él como creía…

– – – –

Amakusa Shougo estaba de nuevo sentado en su silla, y de nuevo miraba hacia el mar con expresión seria y pensativa, intentando aclarar un poco su mente. Desde que volvieron a la posada había estado repasando una y otra vez lo ocurrido; las palabras de aquel hombre no lo dejaban tranquilo, y lo hacían dudar un poco. ¿Qué era lo que realmente buscaba?, ¿justicia o venganza? ¿Peleaba por cumplir los ideales con los que fue criado o era por simples motivos egoístas? ¿Era éste realmente su destino o se había convertido sólo en una obsesión? ¿Cómo podía convencer a la gente que lo siguiera si en esos momentos ni él mismo se sentía seguro de lo que decía?

Shanghái le había mostrado su peor cara desde que llegó, y en esos momentos lo único que deseaba era tomar el primer barco y largarse de esa ciudad de una vez por todas. La tentación por hacerlo era inmensa…

Alguien llamó a la puerta en esos momentos, sacándolo abruptamente de sus pensamientos. El sonido de los inconfundibles nudillos de su hermana menor golpeando la puerta, hicieron que se diera cuenta que ya prácticamente había pasado un día encerrado ahí sin que nadie lo fuera a ver. ¿Eso era bueno o malo?

– Adelante. – Murmuró en voz baja y entonces se puso de pie para recibirla, pues justo como suponía se trataba de Magdalia.

La castaña abrió la puerta con cuidado con una mano, mientras con la otra maniobraba una charola de forma circular en dónde traía un plato de humeante caldo y unos cubiertos.

– Buenas tardes, hermano. – Saludó la ojos verdes luego de entrar y cerrar la puerta – Te traigo tu comida, hermano. La preparé yo misma.

– ¿De verdad?

Shougo pareció un poco sorprendido por el gesto, pero de hecho era algo común en ella. Sayo, su pequeña hermanita, siempre cuidado de todos, en especial de él que se suponía era el mayor. Tan delicada y débil, y a la vez siempre tan fuerte y decidida. Era cierto, ahora recordaba por qué hacía todo lo que hacía, su motivo principal era ella. Claro que jamás se lo diría abiertamente, pero ella los sabía de una u otra forma. Eran la única familia que el otro tenía, y eso los hacía muy unidos. Una Tierra libre para los cristianos no era sólo su sueño, no era sólo el sueño de su padre: era también el de Sayo.

Ni siquiera Kaioh entendía por completo sus deseos; él se movía por los suyos propios. Pero Sayo era diferente, era quién mejor lo entendía y quién mejor conocía el porqué de sus acciones. De haber estado solo en el mundo, sin que nadie lo apoyara o entendiera por completo, de seguro hace mucho que hubiera renunciado. Pero su hermana siempre había estado ahí para recordarle quién era y lo que tenía que hacer. No sabía qué sería de él sin ella… La sola idea lo estremecía un poco.

Magdalia colocó el plato sobre el escritorio del cuarto, y en ese momento se dio cuenta de que su hermano la miraba fijamente con una ligera expresión seria en el rostro. La joven parpadeó confundida un par de veces y luego se le acercó.

– ¿Ocurre algo? – Le preguntó con algo de duda, pero Shougo de inmediato negó con su cabeza.

– No, nada…

El Hijo de Dios caminó hacia el escritorio y echó un vistazo al plato de comida. Era un caldo de verduras. Se veía delicioso, y en retrospectiva se daba cuenta de que llevaba buen rato sin comer, incluso desde el día anterior si no se equivocaba.

– Anda, siéntate y come. – Escuchó como Sayo le decía, tomándolo de los hombros y dirigiéndolo hacia la silla del escritorio, prácticamente obligándolo a sentarse como si fuera un niño pequeño. – Le hará bien a tu humor, ya verás.

– ¿Qué tiene mi humor? – Preguntó él a su vez, volteándola a ver por encima de su hombro; Magdalia sólo rió divertida y no contestó.

Shougo comenzó a comer de manera tranquila su caldo, mientras Magdalia lo veía fijamente de pie a su lado, como si estuviera cuidando que se lo terminara todo. ¿Acaso tenía algún complejo de madre con él? De hecho se suponía que era al revés, ¿o no? Pero la verdad era que había otro motivo por el cual la ojos verdes permanecía ahí.

Durante unos minutos no hablaron de nada, sólo se quedaron así en silencio, Shougo comiendo y Magdalia viéndolo, pero se veía a simplemente que ella no estaba del todo cómoda. Estaba pensativa, dudosa, ¿pero de qué? En realidad quería decirle o contarle algo a su hermano, pero no sabía si hacerlo o no. Shougo era un poco impredecible en esos momentos. Con el estado de humor que tenía el día anterior, de seguro hubiera reaccionado como una fiera, y no se quería ni imaginar lo que hubiera pasado. Ahora se veía más tranquilo, pero igual por su propia naturaleza, podría sacar las cosas de contexto y tomar decisiones apresuradas.

– Hermano. – Murmuró de pronto, casi escapándosele de los labios sin querer. Shougo bajó su cuchara y se volteó hacia ella lentamente.

– ¿Si?

Ya no había vueltas atrás. Si se echaba para atrás, él sabría que algo malo pasaba y le sacaría lo que quería decirle de alguna u otra forma. Si inventaba una excusa, de seguro no le creería y el resultado sería el mismo. Sólo había una opción.

– Quiero contarte algo que pasó, cuando salí al mercado. – Comenzó a explicarse, jugando un poco con sus dedos como señal de nerviosismo.

– ¿Algo? ¿Qué pasó? – El rostro de Shougo endureció un poco en ese momento.

– No es nada, de hecho, es algo sin importancia realmente. – Balbuceó la castaña, moviéndose hacia un lado del cuarto, dándole la espalda a su hermano quien la seguía con la vista. – Bueno, solamente alguien me invitó… Me invitó a cenar.

Shougo arqueó una ceja confundido al oírla decir eso.

– ¿Qué significa “alguien me invitó a cenar”?

– Bueno, eso exactamente. – Contestó ella con un tono nervioso, volteándose hacia él de nuevo. – Una persona, invitar, ir a cenar…

Extraño, pero no tanto. Su hermana era una chica muy hermosa después de todo, y ese era un sitio lleno de personas no del todo educadas; era de esperarse que algunos se atrevieran a abordarla de esa forma, y de hecho ya había pasado antes. Pero siempre estaba acompañada ya fuera por él o por Shouzo, y por eso no se preocupaba.

– Debes de cuidar quien se te acerca en esta ciudad, Sayo. – Comentó el cristiano, girándose de nuevo a su plato. – Recuerda que hay demasiadas personas con malas intenciones por estas calles.

– Sí, lo sé. – Guardó silencio unos segundos y entonces prosiguió abruptamente. – Bueno, pero no fue alguien totalmente desconocido. Fue… El señor Yukishiro, el joven japonés de la fiesta de la otra noche, ¿lo recuerdas?



Shougo acababa de tomar una porción de caldo en su cuchara y se la estaba acercando a la boca cuando de pronto escuchó cómo le decía eso, dejándolo petrificado por unos instantes.

¿El señor Yukishiro? No podía estarse refiriendo a… Sí, si se refería a él, ese sujeto de cabellos albinos, de gafas oscuras, ese sujeto que… Los ojos de Shougo se llenaron de rabia de golpe, soltó la cuchara en el tazón y se puso de pie de un salto.

– ¡¿Qué?! – Exclamó con fuerza, girándose hacia ella rápidamente. – ¡¿Ese sujeto se te acercó otra vez?! ¿El de la pista de baile? Sayo, te dije que…

– No es lo que piensas. – Intentó explicarse ella, ligeramente intimidada por el tono de voz de su hermano. – Sólo nos encontramos por casualidad en la calle.

Por supuesto ella no creía eso en lo más mínimo, pero esperaba que eso lo tranquilizara un poco; no fue así.

– ¿Por casualidad? No seas tan inocente, Sayo. – Le contestó con molestia mientras se le acercaba rápidamente y la tomaba de los hombros, viéndola fijamente a los ojos. – ¿Sabes quién es ese tipo?

– ¿Quién es? Bueno… por estar en aquella fiesta y por lo que vi cuando lo conocí, supongo que es alguno de esos criminales con los que Kaioh vino a hacer negocios, ¿no? Lo sé, pero…

– No es un criminal corriente. – Interrumpió abruptamente con fuerza. – Él es el líder de esa mafia, es el cabecilla de esa Organización; Yukishiro Enishi es el jefe del Feng Long.

Magdalia se quedó sin habla al oír eso, totalmente sorprendida. Había pensado que en efecto era un mafioso, y que era alguien con poder por como todo el mundo saltó a defenderlo sin duda en la fiesta, o por como ese otro hombre mayor que él lo trató casi con miedo. Había supuesto que era de hecho hijo de algún hombre importante, pero nunca hubiera podido imaginar eso.

– ¿El líder? – Susurró en voz baja, bajando su mirada. – Pero es demasiado joven, tal vez tenga tu misma edad, o la mía. Y es japonés…

– Aún así es el jefe de esa manada de ladrones y asesinos. – Agregó el castaño, apartando sus manos de ella. – No hay buenas intenciones en sus acciones, ni en su baile, ni en sus claveles, ni en su invitación; no debes de acercarte a él, por ningún motivo. Si se te vuelve a acercar ven y dímelo de inmediato, y nunca salgas a la calle sin Shouzo.

Shougo se apartó de ella y se dirigió a la ventana; en su rostro se veía una gran preocupación. Desde que vio a ese sujeto bailando con Sayo en la pista de baile, le fue claro que era una persona de cuidado, y lo fue aún más al verlo de frente, y luego de hablar con él directamente en esa “reunión”. Era un criminal sin escrúpulos, como todos los que estaban sentados en esa mesa. ¿Y ahora se le acercaba a su hermana? ¿Qué estaba pensando? No había sido sólo en una ocasión, ya era la tercera vez que lo hacía, y no se necesitaba ser un genio para adivinar que no era con buenas intenciones.

– Esto no me agrada para nada. Creo que es mejor que nos vayamos de Shanghái de inmediato.

– Pero hermano, no hemos terminado nuestra labor aquí. – Expresó la ojos verdes, acercándosele por detrás. – Aún hay mucha gente a la cual llevar nuestro mensaje, mucha gente a la cual decirle que hay una esperanza…

– ¿Crees que eso me importa más que tu seguridad, Sayo? – Fue la respuesta rotunda de Shougo, girándose de nuevo hacia ella con rapidez.

Magdalia guardó silencio y centró sus ojos en el suelo. Entendía lo que su hermano decía y sentía; era lo mismo que Shouzo sentía, pero por lo mismo de que era su hermano, su preocupación obviamente era mucho mayor. Se sentía feliz y halagada de tener a dos personas para las que era tan importante, pero no compartía su opinión sobre eso; ese mismo día su opinión sobre ese chico había cambiado relativamente.

– No creo que mi seguridad esté en peligro, hermano. – Explicó de pronto la cristiana. – No creo que él sea tan malvado como la gente, tú o él mismo creen.

– ¿Qué?

Shougo se quedó muy confundido al oírla, en especial con el tono en que lo dijo: serio, decidido, firme, como si fuera una afirmación tan seria y profunda como la existencia misma de Dios. Magdalia prosiguió, volteándolo a ver a los ojos con una media sonrisa.

– Todos ven maldad, odio y peligro en su mirada y acciones. Pero yo sólo puedo ver una cosa: a un niño travieso que quiere llamar la atención. – Shougo se sobresaltó un poco, aparentemente confundido por una afirmación como esa. Magdalia rió divertida por esa reacción, pues había predicho que efectivamente haría esa misma cara. – No me hagas caso. Simplemente notó su manera de hablar, y este tipo de cosas que hace. Siento que es una persona que le faltó mucho amor en su niñez, y busca de alguna manera inconsciente el llamar la atención y obtenerlo de alguien, aunque ni siquiera él lo sepa. Sé lo que piensas que quiere hacer conmigo, pero no creo que ese sea el caso. Sabes que sé juzgar muy bien a las personas a simple vista, y hasta ahora no me he equivocado, ¿o sí?

La ojos verdes le sonrió con cierta inocencia en su rostro, inclinando su cabeza hacia un lado. En efecto, Sayo era buena para leer a la gente por su rostro, pero le era totalmente inverosímil lo que acababa de decir. ¿Un niño hambriento de atención? Eso carecía de cualquier sentido. Era obvio lo que estaba pasando: era de nuevo esa tendencia tan desesperante que su hermana tenía de ver bondad en todo el mundo que a él tanto hacía enojar en ocasiones. Sayo siempre insistía en que nadie podía ser enteramente malo, que siempre había algo de bondad en cada hijo del Señor, y que ella era capaz de encontrarla. Shougo, obviamente estaba en total desacuerdo con su afirmación. Por más que ella quisiera creer eso, en ese mundo existía gente malvada que simplemente era malvada, ni más ni menos, y nunca cambiaría.

¿Ahora había tomado a ese sujeto como su próximo proyecto de conversión? Había sido muy paciente con ese tipo de cosas en el pasado, pero en esos momentos no iba a dar su brazo a torcer. Él también había visto los ojos de Yukishiro Enishi y sólo había visto en ellos una completa locura, indecencia y maldad.

– Sé a dónde quieres llegar con todo esto, Sayo. Pero no sabes de qué estás…

– Veo mucho de ti en él también. – Interrumpió la ojos verdes de golpe, evitando que prosiguiera.

Shougo alzó su mirada hacia ella desconcertado; ¿qué acababa de decir?

– Veo en él el mismo rostro de una persona que fue llenada de odio a corta edad, que tuvo que convertirse en adulto antes de tiempo, y que incluso años después, aún tiene cicatrices muy profundas que tal vez nunca sanarán. Creo que en el fondo tiene mucho en común contigo, hermano. Encima de todo también es japonés como nosotros. Si lo piensas, tal vez nuestros caminos están más conectados de lo que creemos.

¿Qué estaba diciendo? ¿Él y ese individuo parecidos? Eso no era posible, ¿cómo podían tener ellos dos algo de parecido? Todo lo que su hermana decía carecía de sentido. ¿Había visto todo eso sólo con verle el rostro? Tonterías. Sayo estaba queriendo ver lo que quería; no había forma en que pudiera tener algo en común con un criminal como ese. La sola idea lo hizo rabiar hasta casi explotar. Su rostro se tensó, sus ojos se llenaron de cólera, y sus puños se apretaron de golpe.

– ¡No digas tonterías! – Le gritó alzando la voz de golpe, pero Magdalia no se mutó. – No pudiste haber visto nada de eso con sólo verlo, ¡Yo no puedo tener nada en común con ese sujeto! ¡Es un criminal y un asesino!

– Tal vez tengas razón y la mayoría sean más que nada especulaciones. – Explicó la joven, desviando su mirada hacia un lado. – Pero tal vez si fuera a cenar con él y lo tratara más…

– ¡De ninguna manera! – El gritó de Shougo fue tan fuerte y violento que casi fue oído en toda la posada. – Olvídate de eso, Sayo; ni siquiera lo pienses. No puedes ir con ese sujeto, no quiero que lo vuelvas a ver siquiera. Es más, mientras sigamos en Shanghái, ¡no puedes salir de esta posada si yo no te lo permito!

– ¿Qué cosa? Hermano, ¡estás siendo muy injusto! – Renegó la cristiana, aparentemente también enojándose. – No me puedes prohibir salir así como así; yo sé lo que estoy haciendo, ¡ya no soy una niña!

– ¡Entonces deja de actuar como una!

El Hijo de Dios se giró rápidamente hacia la ventana, mirando por ella mientras en sus hombros se notaba la creciente tensión acumulándose.

– ¡No diré ni una palabra más de este tema! Ahora vete, quiero estar solo.

– Pero, hermano…

– ¡Vete he dicho!

Magdalia se quedó parada unos segundos, mirando con cierta preocupación a su hermano, pero también con un notorio enojo por la actitud que había tomado de pronto. Lo conocía y sabía que iba a ser imposible hablar con él en ese estado; el único niño ahí era él, un niño berrinchudo y consentido acostumbrado a que todo el mundo hiciera su voluntad. Se giró de golpe a la puerta y caminó hacia ella dando zancadas contra el piso, y entonces salió azotando la puerta detrás de ella; el mal humor parecía ser algo de familia.

Shougo se quedó mientras tanto mirando hacia el mar, pero en esa ocasión no sería capaz de calmar para nada sus pensamientos. Ahora más que nunca estaba convencido de que debían largarse de esa ciudad de perdición lo antes posible…

– – – –

Las horas pasaron volando luego de eso, y los hermanos Amakusa siguieron sin cruzar palabra en todo ese tiempo. Shougo de seguro seguía de malas y seguiría así por un buen tiempo. Magdalia estaba más calmada, pero aún le molestaba lo cabeza dura que su hermano podía ser en ocasiones.

Cuando ya estaba atardeciendo, Magdalia se encontraba sentada en la mesa de su habitación escribiendo algunas cosas. En ocasiones le gustaba escribir. No era precisamente una poetiza, pero le agradaba escribir como se sentía, o decir algo en el papel que no era capaz de decir con palabras. Tenía la idea de que todas esas palabras que escribía podrían de alguna forma continuar sin ella, cuando ella ya no…

– Santa Magdalia. – Escuchó como la voz de Shouzo le decía, sacándola un poco de sus pensamientos.

Shouzo había estado muy callado por un buen rato; simplemente había estado de pie a lado de la puerta observándola como un guardián. No se lo había dicho, pero era seguro que estaba ahí por órdenes directas de Shougo. ¿Tenía miedo de que escapase? Enserio su hermano era increíblemente obstinado.

Shouzo prosiguió con lo que quería decir, aunque Sayo no apartó sus ojos del papel.

– Sé que mi opinión no es relevante en este asunto, pero yo estoy de acuerdo con el señor Shougo. Ese hombre no es una buena persona, y mientras menos contacto tenga con usted, será mejor.

– Todas las opiniones son relevantes, Shouzo. – Fue la respuesta un poco seca de la chica, mientras introducía su pluma en el tintero.

Shouzo de seguro pensaba que se encontraba molesta con él en esos momentos y por eso lo trataba así. ¿Y no lo estaba? Era difícil de decirlo, en esos momentos podría estar hasta molesta con el posadero si encontraba alguna excusa convincente para estarlo. Pero entendía que Shouzo sólo quería protegerla; él había sido testigo de sus tres encuentros con Yukishiro Enishi, y era obvio que no se había hecho una buena opinión de él. Pero le molestaba que la trataran como una niña.

Claro, se suponía que era Santa Magdalia, la madre santa, pero aún así siempre la habían tratado igual;  siempre la trataban como si fuera una tonta que no podía andar sola sin meterse en problemas. Una doncella que necesitaba siempre ser protegida y rescatada, y que no podía tomar decisiones. Era realmente frustrante sentirse así.

Por las ventanas abierta entró el sonido de ruedas y cascos de cabellos contra el empedrado de la calle, muy cerca, hasta detenerse justo frente a la posada; esto llamó de inmediato la atención de la ojos verdes. Dejó la pluma en la mesa y se puso de pie con cuidado para acercarse a la ventana y echar un vistazo hacia afuera. En efecto, un carruaje jalado por dos caballos cafés se había aparcado justo frente a la posada, y el chofer se bajaba de un salto justo cuando Magdalia se asomó.

– Debe de ser el carruaje que dijo que enviaría. – Shouzo comentó, parándose a lado de ella frente a la ventana.

Magdalia alzó su mirada; el sol todavía no se ponía del todo.

– No lo creo, dijo que lo haría hasta la noche. – Murmuró en voz baja más para ella misma que para su acompañante.

– Tal vez vienen a ver a otro huésped.

Ambos vieron en ese momento como el posadero salía a hablar con el chofer, intercambiaban algunas palabras y luego ambos entraban. Había algo muy misterioso en esa visita tan repentina.

Unos minutos después, alguien llamaba a la puerta de Shougo Amakusa. En efecto, seguía molesto, tal vez incluso más que antes; ni siquiera se había terminado el caldo que Sayo le preparó.

– Déjenme solo. – Exclamó con fuerza, estando recostado en su cama, simplemente viendo al techo.

– Lo siento señor Amakusa, pero un hombre viene a buscarlo. – Pronunció una voz desde el otro lado de la puerta.

La voz no le pareció del todo reconocible en un inicio, pero luego de un rato la identificó como la voz del posadero. ¿Alguien venía a buscarlo a él? ¿Quién podría ser? Si se trataba de algo relacionado con esa maldita mafia, tenían que dar por seguro que quien fuera lo arrojaría por la ventana.

– Adelante. – Murmuró con pereza, sentándose en la cama y luego poniéndose de pie.

La puerta se abrió y del otro lado aparecieron el posadero y otro hombre más. Era un chico, joven, tal vez de dieciocho años, o incluso menos, de piel oscura, cabello castaño claro corto, ojos negros, vestido con un atuendo de sirviente elegante de color negro y adornos blancos y dorados, con guantes blancos en sus manos. Evidentemente era el mozo de algún hombre de dinero.

– ¿Es usted Amakusa Shougo? – Pronunció el chico con un tono serio y frío como su expresión.

– ¿Quién quiere saberlo? – Contestó el cristiano con algo de indiferencia, analizando a su visitante de arriba abajo.

Magdalia y Shouzo habían salido al pasillo al escuchar movimiento en la habitación de Shougo. Al ver que en efecto, el posadero y la persona del carruaje estaban en su puerta, de inmediato ambos se dirigieron a ese lugar. ¿Sería posible que ese individuo de cabello blanco hubiera enviado a alguien a hablar con su hermano? De seguro eso empeoraría su enojo. Pero al llegar al cuarto se encontraron con un escenario un poco diferente al que esperaban.

– Soy sólo un mensajero. – Explicó el extraño. – Vengo de parte del señor Christopher Ribbons. El señor se enteró de que usted estaba en Shanghái y desea que se reúnan esta misma noche, pues mañana parte rumbo a Rusia.

– ¿Y quién se supone que es el señor Christopher Ribbons? – Preguntó Shougo, arqueando su ceja derecha como señal de confusión.

¿Se suponía que tenía que identificarlo por ese nombre? Pues en definitivamente no le sonaba para nada, pero por el sólo nombre no era difícil adivinar que era algún inglés, y por el “mensajero” que había enviado, alguno rico. ¿Qué podría querer un hombre así con él?, ¿y cómo lo conocería a él como para querer hablarle?

– Él prefiere presentarse a sí mismo. – Aclaró el sirviente. – Hay un carruaje justo afuera listo para llevarlo a su residencia, y traerlo de regreso en cuanto lo desee. El señor sólo pide un par de horas de su tiempo.

– ¿Y porqué querría yo hablar con él?

– Dijo que lo considerara una cortesía de un hermano cristiano a otro.

¿Hermano cristiano? Que convenientes eran los occidentales. Cuando les convenía, entonces si eran hermanos cristianos, pero cuando no, eran sólo “simios come arroz”. No tenía idea de quién era ese sujeto, pero definitivamente en esos momentos no tenía deseos de averiguarlo. Se giró a la ventana, dándole la espalda a la puerta, preparándose para rechazar esa “amigable invitación”. Pero de pronto el chico dijo algo más.

– Lo que el señor Ribbons quiere hablar con usted tiene que ver con su visita el día de ayer al barrio cristiano. – Dijo de pronto, tomando por sorpresa tanto a Shougo como a Magdalia. – Y es muy importante para él que lo vea…

Shougo se giró lentamente de nuevo hacia las personas en la puerta. ¿Cómo sabía de su visita al Barrio Cristiano? ¿Quién era ese tal Ribbons y por qué habría de interesarle ese tema? Había algo muy extraño en eso.

El cuarto permaneció en absoluto silencio por casi medio minuto; nadie se movía siquiera, esperando a ver a qué tipo de conclusión llegaba el Hijo de Dios luego de su larga meditación. De pronto, para asombro de sus acompañantes, el castaño se dirigió hacia un lado del cuarto, tomando su espada, que estaba recargada contra la pared, con una mano y luego se dirigió a la puerta, caminando con tranquilidad. Todos se hicieron a un lado abriéndole paso.

– Hermano, ¿acaso vas a ir? – Le preguntó Magdalia mientras salía del cuarto pasando a su lado. – ¿No quieres que te acompañemos? No sabemos qué…

– Quédate en la posada y no salgas para nada, Sayo. – Ordenó de golpe el cristiano mientras caminaba por el pasillo, seguido por detrás por el mensajero y detrás de éste por el posadero. – Y hablo enserio.

Sayo frunció el ceño con disgusto, mirando fijamente como su hermano se alejaba. “Gracias por recordarme que estoy enojada contigo”, pensó con molestia. ¿Él podía ir y subirse a un carruaje e ir a ver a un completo desconocido así como así? ¿Sólo porque tenía esa espada y sabía usarla se sentía con el derecho de hacer lo que se le viniera en gana y darle órdenes? Que persona tan desesperante podía llegar a ser su hermano, y en esos momentos se lo parecía mucho más.

– ¿Quién es Christopher Ribbons? – Preguntó Shouzo dudoso.

Magdalia no tenía respuesta para esa pregunta. Nunca había oído ese nombre, y no tenía idea de quién pudiera ser, pero algo le decía que no era nadie bueno…

– – – –

Menos de una hora después de que Shougo se fuera, el sol ya casi terminaba de ocultarse. Magdalia había vuelto a su cuarto luego de la partida de su hermano, y le había pedido a Shouzo que la dejara sola para poder escribir en tranquilidad; él, sin opción a negarse, aceptó. Aún así debía de cuidar de ella, y parte de ese deber era cuidar que cenara, en especial que cenara como era debido; después de todo, la nutrición en su dieta era muy importante para ella, considerando…

Pidió un plato de pollo con curry y arroz en la cocina de la posada, y un vaso de té caliente. Una vez que tuvo la comida preparada, subió las escaleras en dirección a la habitación de Santa Magdalia, con la comida en una bandeja rectangular. Esperaba que una buena cena mejorara su humor… y que tuviera mejor suerte que la que tuvo ella al intentar mejorar el humor de su hermano, curiosamente también con comida.

– Santa Magdalia, le traigo su cena. – Indicó con gentileza estando parado justo afuera de su puerta. Luego de ello, aguardó unos segundos a recibir una respuesta, pero no recibió ninguna. – ¿Santa Magdalia?

No escuchaba ningún ruido procedente del interior de la habitación, y conforme pasaba el tiempo, eso lo preocupaba más. ¿Y si le había pasado algo?; tal vez había perdido el conocimiento. Debía de actuar rápido.

– Santa Magdalia, ¡voy a pasar!

De inmediato balanceó la bandeja de comida con una mano y con la otra abrió rápidamente la puerta de la habitación. Pero no había rastro de la joven ojos verdes por ningún lado; la habitación estaba vacía. Esto pareció desconcentrarlo. No la había visto salir, al menos que lo hubiera hecho mientras estaba en la cocina. ¿A dónde había ido?

De pronto, por la ventana del cuarto, entró un sonido reconocible para el joven chino: el relincho de caballos. La idea que le cruzó por la cabeza fue tan impactante en ese momento, que inconscientemente soltó la bandeja de comida, sin importarle si ésta caía al piso o los platos se rompían. Corrió apresurado a la ventana y se asomó hacia la calle. Su peor temor se hizo realidad ante sus ojos: un carruaje negro aparcado frente a la posada, y la reconocible cabellera castaña de Magdalia saliendo y caminando hacia éste.

– Buenas noches, señorita. – Saludó Xung-Liang, al tiempo que abría la puerta del coche para que pudiera subir.

– Buenas noches. – Respondió de forma cortante, subiéndose al vehículo sin voltear a ver al chico de las espadas.

Su rostro estaba tranquilo, y hasta con algo de dureza en su expresión, aunque era difícil decir si acaso lo que sentía por dentro se parecía en algo a ello.

– ¡Santa Magdalia!, ¡¿qué hace?! – Exclamó con fuerza Shouzo al verla subir. Ella pareció no escucharlo, o incluso tal vez ignorarlo.

El carruaje empezó a avanzar, justo cuando por mero impulso, Shouzo se paraba en la orilla de la ventana y saltaba al frente, sin importarle que estuviera en el segundo piso. Para cuando sus pies tocaron el piso, el carruaje ya se estaba alejando por la calle. Corrió con fuerza por largo rato intentando alcanzarlo, pero el carruaje aceleró y se perdió entre el tráfico de personas y vehículos, volviéndose imposible seguirlo, al menos a pie.

Shouzo se quedó de pie a mitad de la calle, mirando incrédulo al suelo mientras se tomaba su cabeza con ambas manos. No podía creer que eso estuviera pasando; no podía creer que Magdalia enserio hubiera decidido aceptar. ¿Por qué lo había hecho? ¿Enojo? ¿Intentaba demostrar algo? No lo sabía. Por extraño que pareciera, a pesar de que se había convertido al cristianismo desde que Magdalia y Shougo lo tomaron a su cuidado, rara vez se hincaba rezar y pedir algo. Pero en ese momento pedía con todas sus fuerzas que Magdalia tuviera razón sobre ese sujeto, y no le pasara nada; nunca se lo perdonaría si no fuera así…

FIN DEL CAPITULO 9

Dos almas se encuentran frente a frente, jugando un juego que ninguno comprende. Magdalia acepta la invitación de Enishi y asiste a la cena. ¿Obtendrá lo que busca? ¿O será Enishi quién lo obtenga? Al final, todo juego de dos tiene un sólo ganador.

Capitulo 10: Hambriento de Amor

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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Un pensamiento en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 09. Un Niño Travieso

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