Fanfic Teen Titans: The Sinners – Capítulo 06. Vida Perfecta

26 de diciembre del 2016

Teen Titans: The Sinners - Capítulo 06. Vida Perfecta


TEEN TITANS

THE
SINNERS

Por
Wingzemon X

CAPITULO 06
“Vida Perfecta”

Ya habían pasado cerca de tres semanas desde la última vez que Raven fue a su librería favorita, o más bien su nueva librería favorita luego de que la plaza en donde estaba la anterior fuera demolida para construir en su lugar un edificio de oficinas, mismos que aún seguía en construcción para ese entonces. Pero no le había ido tan mal, pues la librería no cerró para siempre, simplemente se mudó a otra plaza, al Centro Comercial Jump, el más grande de la ciudad, a un local más grande, con la misma variedad de antes y con las mismas personas que ya conocía; eso era lo bueno. Lo malo era que ésta nueva ubicación le quedaba relativamente más alejada que la anterior, y además de todo, ese Centro Comercial junto con ser el más grande, era también el más concurrido. A Raven nunca le había gustado mucho estar rodeada de enormes multitudes, en especial en sitios cerrados. El exceso de gente había sido benéfico para la librería, pues la clientela y las ventas iban en aumento. Se alegraba por ellos, pues los conocía desde que llegó a Jump City, cuando compró su primer libro terrestre. Pero el ir y encontrar la librería llena de gente, en especial en las tardes, le producía un poco de incomodidad, y no la dejaba pasearse a gusto por los estantes; tal vez era por todo eso que no iba tan seguido como antes.

Ese día en la tarde, la hechicera oscura de los Jóvenes Titanes había ido sola al Centro Comercial, que era un enorme edificio de tres niveles, y se encontraba igual de concurrido que siempre. Normalmente iba sola, e iba directo a la librería. Algunas excepciones surgían cuando Starfire se apuntaba a acompañarla, aunque ella parecía más interesada en recorrer todas las tiendas más que la librería en sí, y frecuentemente ella era jalada por todos lados por su compañera. También de vez en cuando salían los cinco juntos a pasear por la plaza, como un grupo de amigos normal. Esas salidas eran más agradables para Raven que salir sola o con Starfire. Nunca entendió porque, simplemente era así.

La librería, llamada “Libros, Películas y Música Blue Moon”, estaba algo llena cuando llegó, y al igual que casi toda la plaza, tenía adornos de corazones y besos por todas partes. La mayoría de las personas eran jóvenes con uniforme escolar, que de seguro se paseaban por el Centro Comercial al salir de clases. Ir a clases. Pese a su personalidad tan… ¿antisocial sería la palabra adecuada?, siempre había tenido curiosidad de saber que se sentiría vestir un uniforme e ir a la escuela; la televisión siempre lo hacía parecer algo interesante, pero la televisión siempre exageraba todo. Intentando ignorar un poco a todas esas personas, entró al establecimiento con pasos lentos. Por mera costumbre, se acercó a la caja para saludar al encargado en turno.

– Hola Bob. – Saludó en voz baja, parándose frente al mostrador.

Bob era un chico de aproximadamente veinte años, cabello castaño oscuro, un poco largo de atrás, ojos adormilados color azul. Tenía la piel blanca, y era de complexión delgada. Era el sobrino del dueño, según había escuchado en alguna ocasión, y trabajaba ahí para pagarse la universidad. Era todo lo que sabía de él realmente, no era que en verdad le interesara mucho la vida de una persona que sólo veía de vez en cuando, pero siempre era muy amable con ella. El chico alzó su mirada hacia la joven, sonriéndole con cuidado.

– Hola Raven, hace mucho que no te veía. – Comentó divertido. – ¿Vienes a reforzar tu colección? ¿Qué buscas esta vez? ¿Libros de hechizos, poemas, o alguna novela gótica por diversión?

Como se había dicho, Raven visitaba esa librería desde que llegó a la ciudad, y al parecer la gente que ahí trabajaba ya conocía también sus gustos. Sin embargo, de seguro nadie, ni la gente de esa librería, ni sus amigos, ni su madre misma adivinarían qué era lo que en esa ocasión iba a buscar, algo totalmente distinto a lo de siempre.

– Supongo que un poco de todo. – Comentó nerviosa, mirando hacia otro lado. – Sólo daré una vuelta a ver si veo algo interesante que me distraiga.

– Adelante, estás en tu casa.

Raven asintió con su cabeza, y entonces comenzó a caminar hacia los estantes.

– Ah, oye, espera. – Escuchó como Bob le decía rápidamente, obligándola a detenerse y voltear a verlo de nuevo. – Por órdenes del jefe tengo que recordarles a todos los clientes que entren sobre nuestra sección especial de San Valentine.

Dicho eso, apuntó con su dedo a un área específica de la librería, justo en el centro. Era una parte entre dos libreros, con más corazones y adornos cursis que el resto del lugar, con una mesa amplia en el centro en el que se encontraban varios libros, discos y películas, apilados y acomodados para el público.

– ¿San Valentine? – Murmuró en voz baja la hechicera.

– Sí, ya sabes. Libros de poemas románticos, tarjetas, recetarios, cosas de esas. Sé que no te interesa, pero mi tío me descuenta dos dólares por cada cliente al que no le digo.

Raven sonrió de manera forzada mientras algo de sudor frío le recorría la frente. Claro, ¿por qué a ella le interesarían esas cosas? Cyborg lo había dicho, ella era demasiado sensata y madura para que le gustara una fiesta tonta de corazones y chocolates. Pareció reírse un poco de manera disimulada, y entonces comenzó a caminara hacia atrás lentamente.

– Gracias, lo tomaré en cuenta. – Dijo rápidamente mientras se giraba y caminaba con pasos veloces hacia los libros.

Bob notó algo curioso en la actitud de su clienta recurrente, pero no pudo pensar mucho más en el tema pues unos chicos se le acercaron para que le cobrara un par de discos.

“Estuvo cerca”, fue lo que pensó la Titán luego de pasar por eso. Sin ningún motivo en especial, se oculto detrás de un librero de la sección de Literatura/Ciencia Ficción, que curiosamente estaba justo a lado de la sección especial de San Valentine. Lo que Raven venía a buscar, de seguro se encontraba justo en ese lugar, pero una vez ahí comenzó a tener dudas de eso y a volverse a preguntar así misma que demonios hacía.

La costumbre de Raven era que, si no sabía algo, lo averiguaba, y normalmente su fuente de información favorita eran los libros. Por lo tanto, para un tema que no entendía mucho, como era dar un regalo de San Valentine, necesitaba un libro que la guiara; esa era su misión esa tarde. Sin embargo, en esos momentos le dieron ganas de salir corriendo. La sección de San Valentine estaba llena de gente, la mayoría chicas de instituto. Encima de todo, suponiendo que encontrara el libro adecuado, ¿tendría que ir a la caja para que Bob se lo cobrara? ¿Y qué pasaría si él viera que estaba comprando? De seguro le preguntaría, y no sabría ni que contestarle. En ese momento pensó que había sido una pésima idea ir a una librería que de antemano sabía que estaba muy concurrida, y encima de todos los empleados la conocían muy bien. De hecho, toda la idea cada vez que la pensaba le parecía más y más mala. ¡¿Qué demonios estaba haciendo en ese lugar?!

La televisión le había mentido de nuevo. Estar enamorada no era lo mejor del mundo, ¡era un completo asco!

– ¿Y qué vienes a buscar exactamente, Sarah? – Escuchó como una voz femenina murmuraba prácticamente a sus espaldas, al otro lado del librero detrás del cual se escondía.

– Busco un libro para hacer chocolate. ­– Explicó otra inmediatamente después.

¿Un libro para hacer chocolate? Esas palabras parecieron llamar rápidamente la atención de Raven. Se dio media vuelta e hizo unos libros a un lado del estante, asomándose discretamente hacia el otro lado. Justo frente a ella estaban tres chicas, las tres vestidas con un uniforme de saco negro, y falda azul. No podía verles sus rostros, pues le estaban dándola espalda, aparentemente viendo la mesa con artículos de San Valentine. Una de del ellas tenía el cabello anaranjado, suelto hasta la mitad de la espalda, otra el cabello negro sujeto que una cola de caballo, y por último la tercera tenía cabello rubio lacio y suelto hasta la cintura.

– ¿Hacer chocolate? – Preguntó la chica de cabello negro. – ¿Por qué no lo compras?

– Leí en una revista que es mucho mejor si tú haces tu propio chocolate para dárselo al chico que te gusta; es de mejor suerte. – Explicó la joven de cabellos anaranjados, siguiendo inspeccionando los libros en la mesa.

¿Hacer tu propio chocolate y dárselo al chico que te gusta? ¿Se podía hacer eso? Había pensado en dar un chocolate, como el molesto folleto con el que Starfire tanto insistía, mismo que al parecer la pelirroja prácticamente ya había olvidado para ese entonces. ¿Pero hacerlo uno misma? ¿En verdad eso sería mejor?

Las meditaciones de Raven sobre el tema fueron interrumpidas al darse cuenta de que estaba escuchando conversaciones ajenas, y de personas que no conocía; definitivamente esa situación de incertidumbre la hacía actuar de formas que nunca antes había hecho. Estaba por colocar los libros de nuevo en su lugar y moverse hacia otro lado de la librería, cuando escuchó en ese momento la voz de la tercera chica, la cual la dejó helada…

– Pero tú no sabes ni cocinar un huevo, Sarah. – Comentó riéndose la rubia, girándose hacia su amiga.

Fue en ese momento, cuando se volteó un poco, en el que Raven pudo verle claramente su rostro a esa tercera chica de cabellos rubios y largos, ojos grandes y azules, piel blanca, rostro redondo, y una larga sonrisa de oreja a oreja… Que ella reconoció de inmediato. Los ojos de Raven se abrieron por completo como señal de su asombro, y sintió como todo su cuerpo se le petrificaba de golpe. No podía creer lo que estaba viendo, pero ese rostro, esa complexión, esa sonrisa, esos ojos, todo concordaba, inclusive su voz era la misma. No podía creerlo, pero ahí estaba, parada a unos cuantos centímetros de ella, aunque tuvieran un librero lleno de libros entre ellas, pero no tenía ni la menor duda: era ella, era claramente ella.

“¡No puede ser!” – Pensó atónita la chica de piel gris. – “¡Es Terra!, ¡en verdad es Terra!”

O al menos era una chica totalmente idéntica a ella en todo aspecto visible. ¿Sería la misma de la que Chico Bestia hablaba? Tenía que serlo, ¿cuántas chicas idénticas a Terra podrían estar rondando por la ciudad? Además, usaba uniforme escolar, que concordaba con lo que su compañero les había comentado. Tenía que ser la misma. Pese a todo lo que Chico Bestia había dicho, como se la había descrito, como insistía en que se trataba de Terra, nunca imaginó que realmente fuera tan idéntica. Raven era buena con los rostros, y podía afirmar que ese no era sólo un parecido casual. Si no era Terra, tenía que ser algún tipo de gemela perdida o clon maligno. Extrañamente, en esa ciudad ambas posibilidad no eran del todo inverosímiles.

Sin embargo, por encima de todas las teorías y posibilidades que había pensado hace dos días al hablar con Chico Bestia, lo que más le desconcertaba en esos momentos era como se veía esa persona. Se veía feliz, relajada, contenta, sin ningún tipo de peso en los hombros. No parecía haber odio, enojo, rencor o miedo en ella, nada de lo que Raven había percibido en Terra la última vez que la vio. Claro, esa era lo que su observación le decía, no sus poderes; tendría que acercársele, tocarla y profundizar en su mente para averiguar la verdad, pero no podría hacer eso sin que se diera cuenta, o sin que ella se lo permitiera. Pero lo que su primera impresión le decía, la hacía dudar si realmente era ella. Si lo era, la teoría de la amnesia le parecía ahora la más viable.

– ¿Qué les parece éste? – Comentó la joven a la que la posible Terra y la otra chica habían llamado Sarah al tomar un recetario y comenzar a hojearlo; tenía ojos verdes, piel blanca como leche y pecas en su rostro. – Miren, parece que tiene muy buenas opciones.

– No sólo es tener la receta, también necesitas los moldes. – Comentó la otra chica de cabello negro y cola de caballo, de ojos azules y piel morena, asomándose sobre su hombro derecho para ver el recetario.

– Y saber lo que haces, no lo olvides. – Agregó la rubia, asomándose a su vez por el hombro izquierdo de Sarah y haciendo lo mismo.

– Los moldes puedo comprarlos en una dulcería cerca de la escuela; igual tengo que comprar el chocolate. Sobre lo otro, para eso tengo a mis queridas amigas para ayudarme.

Dicho eso, la joven de pecas rodeó los cuellos de ambas con sus brazos, y las abrazó contra ella, con una amplia sonrisa inocente en los labios. Ellas a su vez parecieron no compartir su alegría.

– Ni en sueños. – Murmuró con seriedad la posible Terra. – Tenemos mucha tarea, recuerda que los exámenes son la semana que viene. El Día de San Valentine tiene que esperar.

– Tammy, eres demasiado cumplida, deberías de alocarte un poco. – Comentó Sarah casi como puchero.

¿Tammy? ¿Era ese su nombre? Hasta donde sabía, el nombre verdadero de Terra era Tara, Tara Markov; eso lo había visto al leer la mente de Geo-Force. Tammy podría ser un nombre falso en todo caso, así como Terra.

– ¿Tú no le regalarás a nadie? – Le preguntó la joven de cabello oscuro a la nombrada Tammy. Ésta parpadeó confundida por su pregunta.

– ¿Yo? ¿Y a quién le regalaría? No tengo novio ni nada parecido.

– Vamos, ¿ni un chico que te guste aunque sea un poco? – Preguntó Sarah con curiosidad.

Tammy guardó silencio y bajó su mirada algo pensativa. ¿En qué pensaba? Su rostro se tornó algo serio, incluso algo triste. ¿Algún recuerdo desagradable le había venido a la mente? Esto sólo duro un segundo, pues inmediatamente después volvió a la normalidad, sonriendo despreocupadamente como si nada hubiera pasado.

– No, para nada. – Contestó tranquila. – No tengo tiempo para esas cosas.

Las tres chicas continuaron revisando los libros uno por uno, sin darse cuenta de que Raven las observaba desde atrás. Luego de un rato, Sarah eligió uno de ellos, que parecía ser un recetario de dulces. Una vez cumplida la búsqueda, se dirigieron a la caja para pagarlo e irse. Raven esperó a que se alejaran lo suficiente para poder salir de su escondite. ¿Qué debía hacer? ¿Seguirla? No lograría nada, al menos que la abordara de frente, pero no podía hacer eso, ¿o sí? Al menos no frente a sus amigas. Sería seguirla, esperar que estuviera sola, y entonces acabar con el misterio de una vez por todas. Pero no sabía bien como actuar. Terra nunca fue persona favorita, y siempre desconfió de ella; le era muy difícil verla como una amiga. No estaba segura si se encontraba emocionada de ver que sí podría estar viva, o feliz por ver lo feliz que se encontraba, o molesta de hecho porque se anduviera paseando por como si nada hubiera pasado, sin la menor intención visible de al menos pedirles unas disculpas.

Se movió sigilosamente para ver como las tres avanzaban, pero al hacerlo pasó justo frente a la mesa en dónde estaban los recetarios de dulces. Inconscientemente sus pies se detuvieron en seco, y su atención cambó un poco, de la joven de cabellos rubios y sus amigas hacia los libros. Ese en especial, el mismo que ellas habían elegido, era un recetario un poco grueso, de portada roja y azul, con el dibujo de un delicioso chocolate en forma de corazón, decorado de forma casi artística. Por ese segundo, vinieron a su mente lo que aquella chica había dicho, sobre hacerle un chocolate al chico que te gusta, y a la vez como Robin dijo que no le molestaría recibir chocolates en San Valentine, que era casi lo mismo que decir que le gustaría… ¿o no? Pero, el hacerle un chocolate ella misma, ¿sería más significativo? ¿En verdad daba mejor suerte? ¿Mejor suerte para qué? ¿Para qué necesitaría ella la suerte exactamente?

La curiosidad pareció ganarle, por lo que tomó el recetario entre sus manos, hojeándolo un poco. Traía gran variedad de recetas para preparar diferentes postres: pasteles, panecillos, galletas, mouse, todo hecho de chocolate, incluyendo chocolates decorados especialmente para San Valentine, paletas, incluso ángeles en forma de chocolate. No sabía que tan bien sabrían o que tan difíciles serían de hacer, pero al menos las fotografías del libro hacían que se le antojaran incluso a ella.

En ese momento pareció reaccionar al recordar a Terra, o a la chica que pensaba que era Terra. Rápidamente se viró hacia la caja; ya no había rastro de las tres chicas. Desconcertada, rápidamente se lanzó hacia el mostrador.

– ¡Bob! – Exclamó con fuerza. – ¡¿A dónde fueron las tres chicas?!

– ¿Cuáles tres chicas? – Le contestó él ligeramente confundido.

– Las que tenían uniforme escolar, una de ellas era rubia, de cabello largo.

– Ah sí. Se acaban de ir hace un segundo. ¿Por qué…?

Antes de que el chico pudiera terminar su pregunta, Raven corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta. Se paró afuera, mirando a todos lados, intentando visualizarlas entre la gente, pero no había ni rastros de ellas. Sólo veía gente, y más gente, caminando de un lado a otro unos detrás de otros, pero ni señas de las tres chicas. Suspiró resignada. Igual no sabía bien qué debía de hacer si la seguía, y Chico Bestia sabía dónde estudiaba. Si se decidía a hacer algo para descubrir si era Terra o no, podía hacerlo en otra ocasión.



De pronto, se dio cuenta que entre tanto ajetreo, no había soltado el recetario de chocolates que estaba viendo; aún lo tenía en sus manos. Eso significaba que lo había sacado de la tienda sin pagarlo, aunque por suerte sólo estaba a unos tres pasos afuera de la librería. ¿Qué haría ahora? ¿Se lo llevaría o no? No estaba para nada segura, pues encima de todo la cocina no era su fuerte. Fuera lo que fuera que decidiera, tenía que volver con el recetario antes de que alguien dijera que Raven de los Jóvenes Titanes era una ladrona.

Mientras entraba de regreso a la tienda, Raven no se había dado cuenta de que ahora ella era la observada. Parado en la tienda de ropa justo frente de la librería, entre toda la multitud que pasaba por ahí, alguien la estaba viendo, y de hecho la había visto desde que entró a ese lugar. Era una persona, con una chamarra gruesa color negro, con el gorro de ésta cubriéndole la cabeza, y a su vez escondía su rostro a excepción de su boca. Quien quiera que fuera, Raven no lo había notado, y no era la primera vez que la observaba de esa forma…

Tammy Hawk era una estudiante promedio de preparatoria que vivía con sus abuelos en una cómoda casa de los suburbios de Jump City. Su hogar era de color blanco, con tejas rojas en el techo, de dos pisos, con un bonito jardín frontal y un amplio patio trasero con manzanos, y una pequeña área para reuniones. La propiedad era rodeada por una pequeña cerca blanca en la parte de frente, y por unos arbustos altos en forma de muro por detrás. El barrio era muy amistoso y tranquilo; nunca pasaba nada, ni un robo, ni una agresión, ni siquiera un auto a exceso de velocidad, ni niños haciendo travesuras. Era una buena estudiante, no era de notas perfectas, pero se defendía sin reprobar ni una sola materia. No tenía un número desorbitante de amigos, sólo unas cuantas amigas de la escuela, pero con ellas se llevaba muy bien. De hecho, se llevaba bien con todo el mundo; nadie conocía a una sola persona en la Preparatoria Murakami que tuviera algo contra ella. No tenía novio, y no porque no fuera bonita. De hecho era de las más bonitas de su salón, con un hermoso cabello rubio y largo, y unos ojos grandes y azules que llamaban la atención de cualquiera. Debía de tener uno o dos pretendientes en su escuela, pero ella definitivamente no había tenido el gusto de conocerlos hasta entonces. Tampoco le importaba mucho tener un novio, pues prefería mejor preocuparse de sus amigas, los estudios y de sus abuelos.

Su vida era perfecta, ella siempre lo repetía, a veces con demasiada insistencia para el gusto de algunos. Sentía que no necesitaba nada más que esa hermosa casa, esos amorosos abuelos, ese tranquilo barrio, esa linda escuela y esas magnificas amigas para poder ser feliz. Y claro, su reluciente bicicleta color azul a la que le sacaba brillo cada sábado por la mañana y que la llevaba a dónde quisiera, sin gastar ni un centavo y manteniéndola en forma al mismo tiempo. Sí, definitivamente su vida era perfecta tal y como estaba.

Luego de comprar el recetario de Sarah, habían ido a tomar un refresco en el área de comida del Centro Comercial, luego pasearon un rato por las tiendas, sólo viendo sin comprar nada realmente, hasta que se hizo hora de volver a casa. Le encantaba salir con sus amigas, eran tan divertidas y ocurrentes; nunca se aburría con ellas. Podían pasar horas enteras platicando de todo, y a la vez de nada, y el tiempo se iba volando. Les debía mucho a Sarah y a Mary. Ellas habían sido las primeras en acercársele el primer día de clases, y desde entonces eran inseparables. Salir con ellas, pasear por el centro comercial, tomar una malteada entre risa y risa, ver ropa que nadie sabía si algún día podrían comprar, eran de las mejores cosas que había experimentado en su vida, su vida que era perfecta.

Llegó a la calle de su casa cuando el sol comenzaba a meterse. Una vez en casa, aparcó su bicicleta en el porche, tomó sus libros de la pequeña canasta y se dirigió hacia adentro, esa dulce casa que siempre olía a nueces; le encantaban las nueces. Su abuela estaba en la cocina en esos momentos cortando algunas zanahorias, de seguro para la cena.

– Ya llegué. – Exclamó con fuerza la joven al entrar al comedor, que se encontraba justo a lado de la cocina sin ningún muro que los separara.

– Bienvenida a casa, Tammy. – Le saludó la señora Hawk sin dejar lo que estaba haciendo. Ella era una mujer mayor, delgada y alta, de cabello gris, corto, piel blanca, con sólo un par de arrugas en su rostro, sobre todo en el área de la boca. – La cena estará en un rato más.

– Qué bueno, me muero de hambre.

Tammy dejó sus libros en la mesa del comedor y luego se dirigió rápidamente a la cocina para darle un beso en su mejilla a su abuela; era una costumbre que se le había pegado. Luego, se dirigió a la alacena para tomar el codiciado frasco de galletas caseras; no había galletas mejores a las que hacía su abuela.

– No comas muchas galletas, te espantaran el apetito, jovencita. – Escuchó cómo le decía mientras vertía las zanahorias que había cortado en una enorme hoya; Tammy sólo rió divertida y dio una pequeña mordida a su galleta con chispas de chocolate.

–  ¿El abuelo no ha llegado? – Preguntó mientras masticaba el pedazo de galleta en su boca.

– Creo que trabajará hasta tarde hoy.

El abuelo de Tammy era contador en una importante empresa de venta de mobiliario de oficina. Había trabajo ahí durante ya casi treinta años, y el año que viene se jubilaría. Luego de eso pasaría mucho tiempo en casa; de seguro terminaría aburriéndose mucho, pues era un hombre que no podía quedarse quieto. Tal vez era por eso que a su edad se mantenía aún tan activo y vigoroso, todo un ejemplo a seguir.

Mientras comía su galleta, Tammy se sentó sobre la cocina, viendo como su abuela terminaba de preparar la comida.

– Hoy fuimos a la librería, a la que está en el Centro Comercial, porque Sarah fue a comprar un recetario para hacer chocolates.

– ¿Le va a hacer uno al chico que le gusta? – Preguntó la señora mayor mientras seguía con lo suyo. – Qué romántico.

– Yo lo lamento por él. – Rió divertida. – De seguro le hará daño al pobre.

– Bueno, la intención es lo que cuenta, y que ella se lo haga debe de ser un bonito gesto. Yo sé hacer unos ricos postres con chocolate, ¿no quieres que te enseñe?

– No gracias, no tengo a quien regárselos. Pero si me los quieres hacer, me los como con gusto.

La señora Hawk rió ligeramente ante su comentario. Era una mujer algo seria, no muy expresiva y callada, pero era realmente la mujer más amorosa que conocía. La diferencia recaía en que ella mostraba su cariño más con acciones que con palabras, como hacer esas deliciosas galletas, o sus nutritivas pero apetitosas cenas.

Una vez terminada su galleta, se bajó de un salto y se dirigió con pasos rápidos hacia las escaleras.

– Estaré arriba. – Informó mientras subía apresurada lo escalones hacia su cuarto.

Su vida era realmente perfecta…

La puerta de la habitación de Tammy estaba adornada por afuera por un gran poster con la famosa imagen del Tío Sam señalando, pero en lugar de la frase clásica que lo acompañaba normalmente, su poster tenía las palabras “Te quiero lejos de este cuarto” en letras grandes y rojas. Había sido un regalo de Mary, igual de ocurrente que siempre. La habitación era algo pequeña, de forma rectangular, con una cama pegada a la pared derecha, un closet en la pared izquierda, un escritorio, un pequeño librero y una ventana que daba al patio trasero. El cuarto estaba a oscuras cuando entró. Ya estaba atardeciendo, y las cortinas estaban cerradas, aunque sí lograba entrar un poco de luz, lo suficiente como para no pegarse contra las paredes. No encendió la luz; le gustaba estar a oscuras de vez en cuando, claro, mientras podía hacerlo.

Se estiró un poco y luego se dejó caer boca abajo en la cama; estaba algo cansada, y su cama era deliciosa. Pero no podía dormirse, aún tenía que cenar, bañarse, adelantar tarea, y etc. El lunes comenzaba los exámenes; no había tiempo que perder. Rápidamente se puso de pie de un salto y se dirigió al escritorio para acomodar antes de empezar con sus labores. Encendió la pequeña lámpara de escritorio, y comenzó a revisar las cosas que tenía sobre el mueble. Tan concentrada estaba en eso, que no había puestos sus ojos en el espejo que tenía colgado justo en la pared frente al escritorio, el espejo que apuntaba sobre su hombro directo a la pared contraria, donde… Alguien estaba parado, justo a lado de la puerta, mirándola fijamente oculto entre las sombras, ya que la luz de la lámpara apenas y lograba tocarlo.

Parecía estar ahí, observando, simplemente esperando… Hasta que la joven al final alzó su mirada inocentemente, logrando divisar algo en su espejo, pero sólo de reojo. Volteó a ver bien al espejo para asegurarse de qué veía, y ahí estaba claramente, la silueta de una persona parada a unos cuantos pasos detrás de ella, justo ahí en su propia habitación; su sonrisa se desvaneció de golpe su labios.

– Bu…  – Exclamó en voz baja el extraño, y ese sólo sonido pareció hacer que Tammy brincara del asombro.

Apenas y pudo reaccionar, dándose media vuelta justo cuando esta figura se le lanzaba encima, colocando su mano derecha contra su boca para evitar que gritara, y sujetándola del brazo con la otra. Todo sucedió demasiado rápido. Para cuando la joven de cabellos rubios pudo reaccionar, aquel extraño la tenía sujeta de esa forma contra el escritorio, mirándola fijamente a través de su máscara, del cual sólo se asomaba su ojo izquierdo. La joven se encontraba totalmente petrificada del miedo.

– Te recomiendo que guardes silencio, Terra. – Pronunció de pronto aquel hombre, con un tono de voz grave y profundo. – No queremos asustar a la pobre señora Hawk. Es una mujer tan anciana y delicada, no sabemos lo que un susto podría provocarle, ¿o sí?

¿Eso era una amenaza? Ella lo tomó como tal, y supo en ese momento que era mejor mantener la calma. Si gritaba, su abuela subiría, y quién sabe lo que ese individuo le haría. Aunque su mente parecía más concentrada en cómo la había llamado: “Terra”.

El extraño la soltó en ese momento, dando unos pasos hacia atrás. Como se lo había indicado no gritó, ni hizo el intento de llamar a alguien, ni siquiera de correr a la puerta. Lo que sí hizo fue rápidamente apartarse dando varios pasos hacia atrás, dirigiéndose a su cama y colocándose en la posición adecuada para darle una fuerte patada al extraño si intentaba siquiera el acercársele. Sin embargo, él no hizo tal cosa. Al contrario, se quedó de pie en el mismo sitio, colocando sus manos atrás de su espalda y mirándola fijamente en silencio.

Una vez en esa posición, Tammy fue capaz de verlo con más claridad gracias a que estaba parado justo frente al escritorio, y por lo tanto la luz de la lámpara lo alumbraba. A simple vista era un hombre alto, de hombros anchos. Parecía traer, además de esa máscara con sólo un agujero para los ojos, un tipo de armadura o traje de apariencia metálica que lo cubría casi por completo; prácticamente podría decirse que parecía un robot.

– ¿Quién eres? – Preguntó la chica luego de un tiempo con notoria desesperación. – ¿Qué quieres?

– ¿Pensaste que podías traicionarme, enterrarme vivo, y luego volver como si nada, tener una vida feliz y tranquila sin ninguna consecuencia? – Fueron las palabras con las que que le contestó, con el mismo tono de voz. – Que ingenua eres, Terra.

– ¿Otra vez con eso? Ya le dije al otro chico hace meses que yo no soy esa tal Terra, ¡yo me llamo Tammy!, ¡Tammy Hawk!

– Tu actuación pudo haber engañado al Chico Bestia, pero no a mí. Debiste de haberlo ensayado mucho, ¿no es así? Que cruel de tu parte fue el romperle el corazón, por segunda vez.

Tammy guardó silencio unos segundos, como si las palabras de ese individuo la hubieran dejado muda. Bajó su mirada unos segundos, pero luego sacudió su cabeza con fuerza, como queriendo liberarse de todos esos pensamientos.

– ¡Yo no estoy actuando! – Exclamó con fuerza. – En verdad no me llamó Terra, ¡soy Tammy!

– Bien, a como lo veo hay sólo tres opciones. – Pronunció el extraño y entonces comenzó  acercársele con pasos lentos.

La rubia se tensó y rápidamente se preparó para atacarlo con fuerza si se atrevía a acercarse más. Sin embargo, el hombre de voz profunda simplemente se paró frente a la cama y alzó su mano al frente para que pudiera verla con claridad; tenía levantado su dedo índice.

– Uno, estás diciendo la verdad y no eres Terra. – Dijo justo antes de alzar ahora su dedo medio. – Dos, eres Terra pero no recuerdas nada, ya sea por un efecto secundaria de tu estado de crisálida, o tal vez tú misma estás bloqueando esos recuerdos como un estado de autodefensa. – Prosiguió, levantando por último su dedo anular, completando los tres. – O tres, que es a la que yo le apuesto, eres Terra y sí recuerdas bien lo que hiciste, y es por eso que deseas con tantas fuerzas apartarte por completo de esa vida, olvidarte de tus poderes, y no volver a ver cara a cara a las personas que tanto confiaron en ti y terminaste traicionando, tener una vida normal sin súper poderes y súper villanos. En otras palabras, esconderte como el ratón asustado que siempre has sido.

– Te equivocas. – Fue la respuesta inmediata, aunque tímida de Tammy. – Yo no soy esa persona, no lo soy. Yo soy Tammy Hawk, esa es quién soy.

– Lo repites demasiado para estar segura de quien eres. ¿Segura que deseas convencerme a mí y no a ti misma?

De nuevo la chica enmudeció. ¿No tenía una respuesta a eso? ¿Cuál de las tres opciones era la correcta? El extraño endureció la mirada, como signo de su frustración. Esperaba ver alguna reacción reveladora en la chica, pero sólo veía miedo y confusión, lo que lo estaba haciendo dudar. ¿Sería posible que la opción dos o incluso la uno fueran las verdaderas?

– Bien, entonces no te molestara comprobarlo. – Pronunció justo antes de que rápidamente abalanzar su mano hacia la pierna de la joven.

Tammy no fue capaz de siquiera moverse, y aquel hombre la tomó de su tobillo izquierdo. Sintió como algo la pinchaba un instante, como una aguja, y al siguiente segundo pareció soltarla. El hombre se apartó y sacó de su cinturón algo similar a un tubo de ensayo, colocando en su interior una pequeña aguja que tenía oculta en su dedo, y que ahora aparentemente estaba cubierta con su sangre.

– Podrás cambiarte tu nombre y apariencia si lo deseas, pero esta muestra de ADN, al compararla con otra que obtuve en el tiempo que fuiste mi aprendiz, nos revelara si eres o no Terra. – Mientras decía esto, sostenía el tubo hacia el frente para que ella pudiera verlo con claridad. – Pero tú y yo sabemos cuál será el resultado, ¿así que porque no nos ahorramos la molestia y lo aceptas de una buena vez?

Ambos se miraron fijamente el uno al otro, sin pronunciar palabra alguna por casi un minuto. Tammy a simple vista se veía aturdida, asustada, pero, ¿Por qué? ¿Era el miedo natural de ver a un hombre tan intimidante en su cuarto, a oscuras y amenazándola? ¿O le asustaba lo que aquel hombre acababa de decir? ¿Le asustaba el resultado que ese “prueba” podría arrojar? Como él acababa de decir, ¿ya conocía el resultado?

La voz de su abuela desde el primer piso pareció sacarla de ese estado casi hipnótico en el que se encontraba.

– Tammy, baja a cenar cariño. – Escucharon ambos que la señora mayor decía con fuerza.

Tammy volteó a ver a la puerta, y luego al intruso.

– Anda, ve. – Le contestó al tiempo que guardaba de nuevo el tubo de ensayo. – Y procuremos guardar este encuentro en secreto. Para cuando subas de nuevo, ya me habré ido.

La joven no lo pensó dos veces, y de inmediato se puso de pie y se dirigió corriendo a la puerta. En cuanto la abrió escuchó a sus espaldas como le daba una última advertencia antes de irse.

– No tengo que decirte que si vuelvo y me entero que te has ido de la ciudad, quien lo pagará será ella, ¿o sí?

Tammy se quedó como piedra en la puerta. Tenía miedo de voltear a verlo siquiera por lo que simplemente se dignó a cerrar con fuerza la puerta detrás de sí. Se quedó de pie en ese sitio por un largo rato, mirando al frente y deseando que cumpliera su promesa: que al volver a subir, ya no estuviera ahí.  Respiro lentamente intentando calmarse, y entonces se dirigió rápidamente a las escaleras.

Su abuela ya estaba sirviendo su plato de sopa en su lugar de siempre, el lugar a la izquierda de la cabecera. La joven se quedó unos momentos en la entrada del comedor, intentando recuperar por completo su aliento por última vez. Justo cuando la señora Hawk volteó a verla, Tammy ya había recuperado su aparente compostura, sonriendo ampliamente.

– ¿Todo está bien? – Le preguntó mirándola extrañada.

Esa pregunta fue como una navaja en su corazón. No, no todo estaba bien. D hecho, todo se había tornado mal de un segundo a otro. Tenía que mantenerse fuerte y no decir o hacer algo fuera del lugar, todo con tal de que ella no se diera cuenta.

– Sí todo… está bien… – Murmuró en voz baja, y entonces se sentó en su lugar, aunque el hambre se le había desaparecido por completo, y no por culpa de la galleta.

Su abuela no pareció detectar el cierto pesar que se escondía en su voz, y de nuevo fue hacia la cocina para servir otro plato más. Tammy miraba su propio reflejo en su plato. Su vida perfecta estaba a punto de desmoronarse…

FIN DEL CAPITULO 06

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Teen Titans: The Sinners. Han pasado unos cuantos meses desde que los Jóvenes Titanes derrotaron a la Hermandad del Mal, y volvieron a Jump City. Todo ha sido muy tranquilo desde entonces, pero las cosas están comenzando a cambiar. ¿Qué es esto que Raven ha empezado a sentir por su líder, Robin?, ¿Y quién es ese misterioso chico que afirma ser su hermano? Aunque siempre había logrado mantener en absoluto control sus sentimientos y pensamientos, estos cada vez parecen comenzar a dominarla. Y si no es capaz de aclarar su mente a tiempo, podría caer víctima de aquello que siempre temió, y arrastrar a todos sus amigos con ella…

+ «Teen Titans, la Serie Animada» © Glen Murakami, DC Comics, Warner Bros. Animation.

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