Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 05. Sólo un Baile

24 de diciembre del 2016

El Tigre y el Dragón - Capítulo 05. Sólo un Baile


Rurouni Kenshin

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 5
Sólo un Baile

Shanghái, China
15 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Magdalia acababa de dar un sorbo de su bebida, la cual para su sorpresa era una bebida dulce, a pesar de estar hecha de agua y limón. Shouzo, sentado a su lado, intentaba expresarle de la mejor forma lo que le preocupaba de estar en ese sitio, en ese salón de fiestas, en esa enorme mansión, rodeada de todas esas personas. Habían ido hasta ese lugar para cumplir el deseo de  Kaioh, el hombre de confianza de su hermano, de hablar con los líderes del Feng Long, y ahora estaban ahí, sentados en una mesa posiblemente rodeados de puro hombres pertenecientes a esa Mafia, o al menso leales a ella. Su preocupación era justificada, pero ella no le tenía miedo a la situación. Era ciertamente una mujer fuerte; su historia la había hecho así.

Estaba por intentar decirle algo a Shouzo para calmar sus preocupaciones, pero calló de golpe al desviar su mirada hacia un lado, y divisar a una persona en particular entre la multitud: un joven de cabello entre azul y blanco, largo sujeto con una cola de caballo, armado visiblemente con dos sables en su espalda. Magdalia pareció reconocerlo, y su mayor pista fueron las dos armas que portaba detrás de él…

Rápidamente comenzó a mirar a todas direcciones con insistencia, y aparentemente algo nerviosa. Esa persona era uno de los sujetos que había visto el día anterior, uno de los guardias de aquel hombre… ese desagradable hombre… No se tenía que ser un genio para adivinar que aquel individuo de atuendo blanco y gafas oscuras debía de ser alguien de dinero, y evidente un delincuente al mismo tiempo. Y ahora estaban en una fiesta, donde prácticamente todos sus invitados encajaban en esa descripción. Si uno de sus guardias estaba en esa fiesta, ¿eso significaba que él también lo estaba? La idea pareció incomodarla demasiado. Ciertamente el conocerlo no fue una experiencia agradable, y lo que menos deseaba era repetirla, en especial con su hermano ahí.

– ¿Sucede algo, Santa Magdalia? – Escuchó como Shouzo le preguntaba al notar como miraba a todos lados con insistencia.

– ¿Eh? No, nada. – Contestó rápidamente, sonriendo y agitando sus manos, justo antes de pararse de su silla prácticamente de un salto. – Creo que Kaioh-san y mi hermano ya se tardaron. ¿Qué tal si les pasó algo?

– No ha pasado tanto tiempo. – Agregó el chico de cabello negro, parándose también; Magdalia se veía más ansiosa. – Además, Shougo-sama dijo que no nos fuéramos de aquí.

– No, él dijo que no hablarnos con nadie, y no necesitamos hablar con alguien para ir a buscarlos. Anda, vamos. – Insistió jalándolo de brazo, y sin poder oponer mucha resistencia, el joven tuvo que obedecer y seguirla. Después de todo parecía renuente a irse, y no podía dejarla sola.

Magdalia caminó sin rumbo fijo por el salón por casi un minuto antes de darse cuenta de que no estaba pensando bien en lo que hacía. Su hermano claramente les había dicho que iba a salir, y sin embargo ella había avanzado por el salón como si esperara verlo ahí. Tampoco había señales de Kaioh por ningún lado. Era de esperarse, considerando que ese salón estaba a reventar, y no sería fácil encontrar a alguien.

Shouzo sólo se limitaba a seguirla sin protestar ni decir nada. Era evidente que algo la había perturbado, ¿pero qué era? ¿Habrá visto u oído algo? De pronto, por estar atento únicamente de Magdalia, y por estar caminando entre el tumulto de personas con pasos apresurados, no pudo evitar chocar con alguien que caminaba en su dirección contraria. Pero no fue un choque ligero, ya que del impacto, la otra persona terminó en el suelo, mientras que Shouzo apenas y pudo evitar tener su misma suerte.

La ojos verdes se detuvo al escuchar a sus espaldas el golpe. Al girarse, lo primero que vio fue aquel molesto hombre que se sentaba y volteaba a ver a Shouzo con notorio enojo.

– Oye, ¡¿qué te pasa idiota?! – Le gritó molestó aún en el suelo.

Era un hombre de un poco menos de treinta años, cuerpo delgado, muy delgado; casi parecía un muñeco de trapo. Tenía el cabello negro, corto con peinado de hongo, nariz puntiaguda y rostro alargado. Su ceño fruncido no le ayudaba mucho a su no muy agraciado rostro. A Shouzo no pareció gustarle la forma en que ese tipo le hablaba, y se notaba en cómo le regresaba las mismas miradas.

– Shouzo. – Escuchó que Magdalia le pronunciaba en ese momento, amortiguando su molestia.

Al voltear a verla por encima de su hombro izquierdo, la joven lo miraba fijamente con seriedad, y negaba con su cabeza, indicándole con ese sólo gesto que no valía la pena causar problemas. Ese hombre vestía ropas elegantes, muy ostentosas y decoradas; obviamente era alguno de los personajes “importantes” invitados a esa fiesta. Además, iba acompañado de dos hombres corpulentos y con trajes abultados, mismos que lo estaban ayudando a pararse. Por dónde lo veía, no era recomendable empezar una pelea. Desconocía que tan armados podrían estar esos dos sujetos, o si cualquier otro hombre a su alrededor podría saltar interviniendo en la pelea. Nuevamente, Magdalia parecía tener razón.

– Discúlpeme, no me fije por donde iba. – Se disculpó el joven de cabello negro, agachando un poco la cabeza.

– Oh, eso se nota. – Mencionó con fuerza uno de los hombres que acompañaban al caído, un sujeto de cara redonda, rapado, que escupía al hablar. Se le acercó a Shouzo de manera amenazante, picándole en el pecho con su dedo índice. – ¿Crees que con sólo decir eso todo se soluciona?

El chico frunció el ceño con molestia. Ese sujeto le gritaba, picaba, empujaba y escupía en cara al mismo tiempo; cualquiera necesitaría menos que eso para ser provocado. Por suerte, de nuevo Magdalia intercedió de inmediato para evitar que eso pasara a mayores. Dio varios pasos apresurados hasta pararse frente al hombre ofendido, y hacerle una educada y gentil reverencia como disculpa.

– Discúlpenos por favor, señor. – Pronunció la ojos verdes; el hombre de cabello de hongo posó sus ojos sobre ella y los clavó en su hermoso rostro como dagas. – No queremos causar problemas. Mi acompañante no quiso ofenderlo, y se disculpa de cualquier malentendido que pudo haber sucedido. Seguimos con nuestro camino si no les molesta…

Dichas esas palabras, recuperó la compostura, se giró y se disponía a tomar a Shouzo de su brazo y alejarse rápido de esas personas. Sin embargo, no le fue posible culminar su movimiento; tal y cómo había dicho, o querido decir Shouzo anteriormente: “ese no era lugar para una mujer tan bonita como ella”. Al girarse, de inmediato sintió como aquel hombre la tomaba del brazo con algo de fuerza.

– Oye, espera. – Pronunció con algo de exaltación, mientras hacía que se virara de nuevo a él. Una vez más, aquel sujeto de apariencia no muy agradable, pareció analizarla de arriba abajo; una amplia mueca de oreja a oreja se dibujó en sus labios. – Que linda eres, muñeca. ¿Te han dicho que tienes unos hermosos ojos?

Shouzo se sobresaltó de golpe al ver esto, en especial al ver como ese sujeto se atrevía a tomarla de esa forma tan vulgar; era obvio que no sabía a qué persona tenía agarrada del brazo con tan poco cuidado. El joven se le hubiera lanzado encima y le hubiera roto los dientes de una patada a ese atrevido en ese mismo momento, pero una vez más Magdalia volteó a verlo, indicándole con la mirada que se controlara. Shouzo, de nuevo, tuvo que permanecer calmado y aguantarse. Sin embargo, si Shougo estuviera ahí y viera esa escena, ni siquiera ella podría haber sido capaz de evitar lo inevitable.

– Gracias por el cumplido. – Agradeció con un tono serio y cortante, mientras se retiraba su mano del brazo.

Los dos acompañantes parecieron sobresaltarse al ver la actitud de la joven.

– Oye, ¿sabes quién es él? – Escuchó como comentaba uno de ellos, un hombre alto, delgado pero de hombros anchos, cabello negro sujeto con una cola hacia atrás. – Él es el maestro Xiao, el hijo mayor del maestro Ang. De seguro has oído hablar de él.

Magdalia mantuvo su expresión serena, dura y seria, sin mutarse en lo más mínimo por lo que le decían. Miró de nuevo a aquel hombre, aparentemente llamado Xiao; se había puesto en una postura confiada, con su cabeza alzada y pecho afuera, así como una sonrisa cínica en los labios. La verdad no tenía ni idea de quién era, y mucho menos de quien era el “maestro Ang” del que hablaban, y tampoco parecía muy interesada en averiguarlo.

– No, me temo que no tengo el gusto. – Fue su respuesta corta y directa.

– Pues remediemos eso, que con gusto te lo doy. – Fue la respuesta de Xiao, pronunciada con un tono pícaro, y sin la menor intensión de esconder su malicia.

Lentamente el hombre acercó su mano derecha al rostro de Magdalia, con la clara disposición de tomarla de la barbilla. La joven castaña permaneció tranquila, como había permanecido todo ese tiempo. Sin embargo, justo antes de que pudiera concluir su acto, Shouzo no pudo aguantar más y de inmediato se les aproximó, tomando al tipo de su muñeca con fuerza y alejándola de Magdalia.

Xiao volteó a verlo confundido. Shouzo seguía tomándolo de su muñeca con fuerza, y lo miraba fijamente a los ojos con dureza; cualquiera adivinaría que estaba por golpearlo, y no se habría equivocado del todo. De pronto, Shouzo sintió como uno de los dos tipos que acompañaban a Xiao lo tomaba del hombro y le acercaba un objeto metálico y frío, pegándolo contra su cabeza. No necesitaba verlo para saber que era: el cañón de un revólver.

– ¡¿Qué te pasa idiota?! – Le gritó con fuerza mientras seguía sujetando la pistola contra su cabeza. – ¡¿Quieres una bala en el cerebro?!

Shouzo volteó a verlo de reojo con molestia, soltó a Xiao en ese momento, lo que ellos interpretaron como un  acto de sumisión, pero era todo lo contrario: en su mente ya tenía claro que necesitaba las dos manos libres para poder girarse hacia él, quitarle el revólver y hacer que se lo tragara, al tiempo que arrojaba una patada al otro tipo para evitar que se le acercara, y estaba a un instante de de hacerlo realidad.

– ¡Shouzo!, ¡Espera! – Le gritó Magdalia con fuerza, adivinando lo que estaba pensando.

¿Qué hubiera pasado luego de eso? ¿Shouzo hubiera seguido con lo que tenía planeado o hubiera obedecido de nuevo las palabras de la castaña y se hubiera detenido? Nunca se sabrá, pues en ese momento una nueva persona intervino para evitar que cualquiera de las dos acciones fuera ejecutada.

– ¿Ocurre algo, caballeros? – Pronunció una voz extraña no muy lejos de ellos, llamando la atención de Magdalia y los otros.

Todos voltearon a verlo al mismo tiempo, y sus reacciones fueron muy diversas entre sí, incluyendo la expresión de estupefacción que surgió en el rostro de Magdalia al ver a esa persona, parada con notorio porte y presencia delante de ellos.

– ¡¿Tú?! – Exclamó atónita la ojos verdes, dando un paso hacia atrás; lo había reconocido de inmediato.

Ese hombre joven, de atuendo negro, y capa blanca, lentes oscuros y cabello blanco con peinado de puntas, sonrió divertido inclinando su cabeza hacia un lado y cruzándose de brazos. Él también la había reconocido sin problemas. Después de todo, su cruce de miradas acababa apenas de ocurrir el día anterior. Shouzo también lo reconoció, y no reaccionó muy diferente a Magdalia. Estaba totalmente seguro de que era esa persona, el hombre del día anterior, el del incidente de la bolsa de dinero. ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Qué significaba eso?

– ¡Maestro Enishi! – Exclamó Xiao de pronto con una amplia sonrisa, aparentemente olvidándose de Shouzo y Magdalia en un sólo segundo.

Xiao, junto con los otros dos hombres que lo acompañaban, avanzaron hacia el japonés, chocando su puño izquierdo contra su palma derecha y haciéndole una reverencia inclinando sus cuerpos al frente al mismo tiempo. Magdalia y Shouzo se vieron el uno al otro confundidos al ver esto.

– ¡Qué bueno es verlo maestro! – Agregó Xiao sin alzar su mirada. – Se ve muy bien esta noche si me permite decírselo.

“¿Maestro?” – Pensaba Magdalia en ese momento sin entender qué era lo que ocurría. – “Estos hombres son mayores que él, ¿porqué lo tratan con tanto respeto?”

– Gracias Xiao, muy amable de tu parte. – Le contestó el albino acercándosele, colocando sus manos en sus hombros y aparentemente arreglándole su traje, el cual se había desalineado con todo el ajetreo de su caída. – Tú también te ves bien, muy elegante.

– Muchas gracias, maestro. – Agradeció el hombre de peinado de hongo, haciendo una reverencia más profunda; se le veía un poco nervioso.

Enishi sonrió divertido al ver las reacciones y gestos de aquel individuo. Xiao era hijo de Aang, y un verdadero cobarde que gustaba de actuar de brabucón para luego esconderse bajo las faldas de su padre. A pesar de ya ser todo un adulto, seguía siendo nada más que un niño mimado al que se le tenía que cumplir sus caprichos por más absurdos que fueran. Además, de todos los lame botas presentes en esa habitación, él definitivamente era el mayor de todos, claro, haciendo a un lado a aquellos que le lamían las botas a él por el sólo hecho de ser hijo de uno de los siete jefes del Feng Long, lo que los volvía lo patético de lo patético. Está de más decir que Enishi no lo tragaba, y con gusto lo hubiera hecho tragar tierra desde el primer día en que lo conoció. Más que nada le molestaba esa actitud cobarde y sumisa que siempre tenía frente a él desde que adquirió ese puesto. Xiao sabía que lo único que Enishi, como líder actual del Feng Long, necesitaba para pedir que le cortaran la cabeza a cualquier persona ahí en Shanghái, era sólo encontrar una buena excusa y pedirlo, y eso se aplicaba a él también pese a ser hijo de Aang. Claro que el mafioso japonés no lo haría, al menos no por algo tan mundano como solamente sentir repulsión por él; no se iba a arriesgar a enemistarse con Aang sólo por tomar una vida tan insignificante como la suya.

Como fuera, era más que obvio para el chico de anteojos oscuros las intenciones que tenía con aquella jovencita. Era típico de ese tipo de gente: pensaban que lo merecían todo, desde dinero, armas, lujos, sirvientes, hasta mujeres, y había que aceptar que la joven cristiana no era nada fea. Enishi se sintió tentado a irse y dejar que Xiao siguiera con lo suyo, pues en realidad no era un asunto que le afectara. De seguro eso le enseñaría a no meterse en ese tipo de lugares. Después de todo, ¿qué hacía una chica como ella ahí? Por otro lado, eso también significaría irse y dejar que Xiao se saliera con la suya y de nuevo obtuviera lo que quería aunque fuera por la fuerza, idea que no le satisfacía del todo.

–  Bien, con tu permiso. – Comentó el albino al tiempo que comenzaba a avanzar hacia el frente; Xiao y los otros dos se hicieron a un lado para abrirle camino.

Magdalia notó de inmediato que aquel individuo se acercaba a donde ella estaba parada. No, de hecho, se encontraba caminando directamente hacia ella. Shouzo, que se encontraba alejado de ella en ese momento, apenas y pudo reaccionar al notar esto. Pero justo antes de pudiera siquiera dar un paso para ponerse entre Magdalia y Enishi, este último giró, se paró justo a la diestra de la cristiana, la rodeó con su brazo por detrás hasta colocar su mano sobre su hombro izquierdo, y como acto final la atrajo hacia él, pegándola a su cuerpo con la mayor naturalidad del mundo, dejando tanto a la ojos verdes como a su acompañante totalmente estupefactos.

– La señorita viene conmigo esta noche. – Exclamó con un tono jovial el mafioso, al tiempo que se acomodaba sus lentes oscuros con su mano derecha.

Los dos jóvenes cristianos abrieron sus ojos de par en par como platos al oírlo.

– ¡¿Qué?! – Exclamó atónito Shouzo de inmediato.

– ¿Qué…? – Repitió ella a su vez, volteando a ver a Enishi totalmente confundida.

Xiao también pareció sorprenderse por tal afirmación, tanto que se vio como su rostro perdió todo el brillo de golpe, hasta ponerse blanco como un fantasma. ¿Esa chica venía con él? ¿Había estado molestando a la acompañante del mafioso más poderoso de Shanghái? La sola idea hizo que sus piernas le temblaran. Si lo que decía era verdad, esa chica sólo tenía que decir lo groseros que habían sido con ella y sus cabezas tendrían que rodar por ese piso por la sola osadía, y aunque no lo fuera el sólo hecho de que él lo dijera ya debía ser tomado como ley.

– Les pediré que no la molesten más. – Prosiguió el joven japonés sin apartar a Magdalia de él. – Este tipo de fiestas siempre la ponen muy nerviosa. Y es que no está acostumbrada a las grandes multitudes.

– ¡¿Qué crees que haces?! – Exclamó con un marcado enojo la castaña, volteando a verlo no muy contenta con sus palabras.

¿Cómo se atrevía a decir esa sarta de mentiras y hacerla pasar como su dama de compañía? Nunca había sido tan humillada en su vida. Sin dudarlo le hubiera dado una fuerte bofetada en ese mismo momento, si no fuera porque al mismo tiempo se estaba preguntando porque lo hacía, y en ese mismo momento. ¿Sería posible que ese individuo estuviera intentando “ayudarla” de alguna forma?

– Oh, ¿es su acompañante? – Comentó nervioso el hombre de peinado de hongos, moviéndose el cuello de su atuendo con nerviosismo. – No lo sabía maestro, mil perdones. Pero permítame el atrevimiento de decirle que es una mujer muy hermosa, digna de usted.

De nuevo parloteando y lamiendo botas para disculparse y quedar bien. Que diferente era Xiao a su padre. Aang era una persona que merecía al menos un poco de respeto por parte de Enishi, sobre todo por lo recio que era a defender sus puntos de vista y opiniones, claro que en ocasiones eso rozaba en la terquedad. ¿Qué opinaría un hombre así de ver a su hijo rebajándose de esa forma? Enishi sólo sonrió divertido.

– Muy amable de tu parte, Xiao. – Agradeció el albino asintiendo con su cabeza, y luego volteando a ver a Magdalia de reojo. – Tienes toda la razón, es una verdadera belleza.

La joven se sobresaltó al sentir sus ojos turquesa posarse aunque fuera ligeramente sobre ella, y en especial al escuchar tales palabras que, aunque intentaba disimularlo, le habían provocado cierto rubor en sus mejillas. Claro que más que alagarse, el comentario le había parecido de lo más incómodo y molesto. Estaba a punto de abrir la boca y regresarle algunas palabras a ese chico, cuando éste se le adelantó rápidamente.

– Bien, ¿qué tal si vamos a bailar? – Le preguntó con un tono gentil, al tiempo que dejaba de abrazarla, pero en su lugar le ofrecía su brazo de manera galante, por llamarlo de alguna forma.

– ¡¿Bailar?! – Exclamó sorprendido Shouzo en ese momento, y luego miró al albino con enojo, dando un paso hacia él. – Oye, ¿qué te estás creyendo?

Enishi prácticamente ignoró el reclamo del joven, aunque tal vez ni siquiera lo había escuchado. Simplemente estaba mirando fijamente a Magdalia, esperando a oír una respuesta. Sin embargo, la ojos verdes sólo se dignaba a verlo de la misma forma, con total desaprobación en sus ojos. ¿Qué le hacía pensar que le seguiría el juego de esa forma? Pasado un par de segundo, Xiao y los otros dos comenzaron a notar de inmediato que algo no estaba bien con la chica, pues ese aire de desafío no era muy común en las mujeres del Feng Long, y de hecho menos que eso hubiera sido suficiente para mandarla castigar, en especial si era hacia el Jefe del grupo. ¿Realmente era su acompañante?

El japonés notó que Xiao comenzaba a dudar de su palabra, lo cual lo ponía en una situación ligeramente incomoda, e incluso algo humillante. Su expresión cínica y despreocupada se agravó un poco en ese momento.

– Hazme caso, lo creas o no te estoy salvando la vida. – Murmuró el chico en un tono de voz bajo. Magdalia se sobresaltó sorprendida al oírlo.

No era exactamente lo que había dicho lo que la sorprendió, si no cómo lo dijo. No había pronunciado esas palabras ni en chino ni en inglés, sino en un perfecto japonés. Pese a ser países cercanos, muy pocas personas hablaban japonés en China, ¿cómo es que ese chico lo hablaba? O, aún más importante aún, ¿cómo supo que si le hablaba en japonés ella lo iba a entender? Su apariencia podía pasar sin problema por la de una chica occidental, y ella lo sabía desde hace mucho; ni siquiera conocía su nombre real como para adivinarlo por ese medio. ¿Cómo lo supo?

– ¿Entonces? – Repitió el chico de anteojos, un poco más calmado al ver que su experimento había surtido efecto; era claro que lo había comprendido, lo que probaba su teoría de que era japonesa.

– Ah, sí… De acuerdo… – Contestó la castaña asintiendo lentamente con su cabeza, y entonces tomó con delicadeza el brazo que el joven le ofrecía; aún era evidente que no salía de la sorpresa.

Al ver lo que la joven a su cuidado hacía, Shouzo no pudo reaccionar de otra manera que sobresaltarse y ponerse pálido de la impresión. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué tomaba su brazo?

– Ah, Santa… Magdalia… – Balbuceó el chico de cabellos negros, pero sus palabras fueron completamente ignoradas.

Enishi comenzó a avanzar con cuidado hacia la pista, con Magdalia tomada de su brazo con cierto porte de elegancia.

– Con su permiso, caballeros. – Exclamó el albino mientras Xiao y sus acompañantes se hacían a un lado para dejarlo pasar, y también al mismo tiempo eran seguidos con la vista por un incrédulo Shouzo.

¿En qué estaba pensando Magdalia al hacer eso? Si su hermano los viera… Shouzo no podía ni imaginarse lo terrible que eso sería.

– ¿Eres japonés? – Le preguntó en voz baja la joven castaña mientras avanzaban. La pregunta la había hecho en japonés, en un japonés bastante limpio y fluido que reafirmaba lo que Ensihi ya sabía.

– ¿No lo había notado? – Contestó divertido el mafioso, igualmente en japonés. – Yo me di cuenta de que tú lo eras en cuanto pronunciaste la primera palabra. Pero qué curioso es el destino, pues estaba seguro que no te volvería a ver cómo para reafirmar si era cierta o falsa mi sospecha. Con ésta te he salvado dos veces ya, así que creo que me debes mucho.

– ¿Discúlpame? – Exclamó con algo de fuerza la cristiana, deteniéndose de golpe, y haciendo por lo tanto que Enishi también se detuviera; se encontraban prácticamente a un paso de la pista de baile. Magdalia lo volteó a ver con notoria molestia en los ojos. – ¿Salvarme? ¿De qué estás hablando?

– ¿Cómo que de qué estoy hablando? Bueno, la primera salve tu dinero, pero tú lo perdiste de nuevo, así que esa fue tu culpa.

– Oh, no se hubiera molestado, mi caballero. – Pronunció ella como respuesta con un marcado sarcasmo, mientras soltaba su brazo de inmediato. – Te lo agradezco, pero no necesitaba de tu ayuda, ni ayer ni tampoco ahora. Me sé cuidar sola o tengo personas que me saben cuidar y en las que confío como Shouzo.

Enishi parpadeó confundido al escuchar esas palabras. Tal vez era la primera vez en cinco años que una persona le hablaba así, de frente, con firmeza, con carácter, reproche; en otras palabras, la primera vez que alguien le hablaba abiertamente sin temer que lo matara desde que tomó su puesto. Y, posiblemente, era la primera vez en su vida que lo hacía una mujer. Tenía que aceptar que no esperaba que una chica que a simple vista se veía tan delicada y bondadosa, tuviera un carácter tan firme y “explosivo”.

– Qué carácter, ¿Todas las chicas cristianas son así? – Comentó divertido el japonés, mientras de nuevo su sonrisa cínica y despreocupada regresaba a la normalidad.



De pronto, antes de que la joven pudiera reaccionar con otra astuta respuesta, Enishi se le acercó rápidamente de un paso, rodeó su cintura con su brazo izquierdo, y sin decir ni media palabra, gira varias veces haciendo que él y una estupefacta Magdalia se adentraran a la pista de baile, comenzando a moverse al ritmo de los violines y el chelo.

– ¡¿Qué hace?! – Exclamó la ojos verdes con fuerza; su rostro se sonrojó de golpe, mientras ese sujeto prácticamente la estaba arrastrando por la pista.

De inmediato intentó zafarse de su agarre, pero Enishi no la dejaría ir tan rápido. Al contrario, además de abrazarla con su brazo izquierdo, tomó su mano con cuidado, extendiéndola hacia un lado y hacia arriba, completando de esa forma la posición adecuada para al vals.

– Cómo te dije, me debes mucho. – Comentó el albino sin detenerse. – Pero con gusto aceptaré un baile como pago.

– ¡Suéltame! – Fue la única respuesta de la castaña, mientras seguía resistiéndose, y casi lo lograba.

– Oye, eres más fuerte de lo que pareces, ¿te lo han dicho? Relájate, es sólo un baile; esto es nada comparado con lo que Xiao tenía pensado hacerte.

Luego de un rato, Magdalia pasó a dejar de resistirse y simplemente cerrar los ojos y dejar que la llevará con notoria resignación, más no gusto en su rostro. Enishi sonrió triunfante y su baile continuó.

La pieza era un vals lento en su mayoría, con algunos puntos en el que la música se elevaba y normalmente en baile eso era interpretado por un giro rápido o un paso largo hacia un lado, mismos que en un par de ocasiones tomaron por sorpresa a la cristiana. Enishi sólo reía divertido, acto que sólo lograba aumentar el mal humor de la joven. Magdalia procuraba mantener los ojos cerrados como clara señal de desaprobación, aunque de vez en cuando no podía evitar voltear a ver de reojo a su casi secuestrador. Había dos cosas que le llamaban la atención, y que con esos fugaces vistazos fue capaz de percibir. La primera era el hecho de que usara esos lentes oscuros, considerando que estaban en el interior de la casa, y más importante, era de noche; de seguro era un excéntrico. La segunda era que, pese a que su cabello era blanco, el color de sus cejas no concordaba: tenía las cejas totalmente negras. Eso si era curioso, ¿a que se debería esa diferencia?

– Sabes, viniste a predicar al lugar incorrecto. – Comentó luego de un rato el albino, sin detenerse. – ¿Puedo saber qué haces en este sitio? ¿Me estás siguiendo acaso?

– ¡Claro que no! – Respondió rápidamente. – No creí volver a encontrármelo, ni tampoco lo deseaba realmente. Yo vine a acompañar a mi hermano, y no creo que le parezca correcto verme bailar con… usted.

La última frase fue percibida casi como una amenaza por Enishi, además del marcado énfasis que había hecho en la palabra “Usted”.

– ¿Ahora usas el keigo conmigo? – Preguntó divertido el mafioso. – Así que vienes con tu hermano, interesante. ¿Y por qué no le parecería correcto vernos? ¿Es celoso?

– No exactamente, pero sí me cuida mucho. Y además, estamos aquí para algo importante, no para divertirnos.

– ¿Algo importante? – La mirada de Enishi pareció ponerse más y más seria en el par de segundo que siguieron.

El mafioso de origen japonés guardó silencio por largo rato. Sus pies seguían moviéndose solos al compás de la música, pero su mente no estaba en la pista en ese momento, sino totalmente enfocada en procesar toda la información que acaba de reunir. Con una agudeza y habilidad que sólo alguien como él sería capaz de poseer, comenzó a atar cabos en su cabeza. Una chica cristina de origen japonés, que acompaña a su hermano para “algo importante” justamente en esa fiesta, en esa noche. Una risa burlona surgió de sus labios; más que divertido se sentía un tonto por no haberse dado cuenta antes.

– Claro, ahora lo entiendo. – Murmuró en voz baja, dejando un poco extrañada a Magdalia. – Al parecer el destino es más extraño de lo que…

Sus palabras fueron interrumpidas de golpe cuando sintió como alguien sujetaba con gran fuerza la mano con que abrazaba a la joven, y la apartaba de un sólo movimiento rápido hacia un lado; casi parecía que quien fuera tuviera los deseos de arrancarle el brazo. Desconcertado, y con su mano aún presa de ese agarre, Enishi volteó a ver rápidamente de quién se trataba, sólo para encontrarse de golpe con los ojos irascibles y profundos de un hombre de tez blanca, unos cuantos centímetros más alto que él, con cabellera café oscura larga y suelta hasta la mitad de la espalda. El hombre tenía una expresión llena de furia en su rostro, tanto como para llegar a intimidar incluso un poco al propio Enishi.

Pero era algo más que la expresión de su rostro, algo más que la fuerza con la que tomaba su muñeca, como para asegurarse de que no se atreviera a intentar colocarla en su compañera de baile de nuevo. Había algo diferente en ese completo extraño, algo que ninguno de los presentes en esa fiesta tenía, algo que Enishi no había visto en años. Ese hombre radiaba una extraña esencia, un extraño aire que Enishi no sabía bien cómo interpretar. Era como estar viendo de frente directo al sol, fascinado por su forma y brillo aunque le estuviera quemando los ojos al mismo tiempo. ¿Quién era ese individuo?

Los violines callaron de pronto y todas las personas a su alrededor se detuvieron también. Magdalia dio unos pasos hacia atrás rápidamente, volteando a ver al hombre que los había detenido con cierta sorpresa. Éste, por su parte, no apartaba ni un sólo segundo su fiera mirada del joven albino.

– Hermano. – Murmuró en voz baja al reconocer de inmediato a su hermano mayor. Enishi, por ese instante, pareció ponerle más atención a esa palabra que acababa de surgir de los labios de la joven, que la situación directa en la que se encontraba.

Shougo Amakusa había vuelto a su mesa luego de respirar algo de aire fresco en el exterior de la casa, pero se horrorizó al no encontrar en ella ni a Magdalia ni a Shouzo. La ansiedad y el coraje le recorrieron el cuerpo desde los pies hasta la cabeza en esos momentos; ¿no les había dicho que no se movieran? Desesperado, comenzó a buscarlos con insistencia entre la multitud, intentando adivinar qué podría haberlos hecho pararse de la mesa. Duró un considerable rato haciendo eso, hasta que divisó la cabellera castaña y el vestido verde de su hermana en la pista. Y aún peor, acompañada de alguien, bailando.

No sabía quién era, y no le importaba en lo más mínimo. Sin pensarlo se lanzó hacia ese lugar como un animal salvaje, empujando a un lado a cuanta persona estuviera en su camino, con el sólo deseo de apartar a su querida hermana de ese sujeto, y así lo había hecho.

– ¡¿Quién eres tú?! – Exclamó Shougo con fuerza, llamando de nuevo su atención.

No hubo mucho tiempo de esperar a que le contestara, pues en ese momento justo aquel hombre pudo sentir claramente como alguien colocaba un objeto contra su sien, pegándolo por completo contra su cabeza; era un objeto frío y metálico.

Magdalia giró rápidamente su atención de su hermano a un hombre alto, incluso más que Shougo, y fornido, que sostenía con su mano derecha un revolver negro de cañón largo, cuya punta estaba totalmente pegada a la cabeza de Shougo, y su dedo listo para disparar en cualquier momento. Pero inmediatamente después, ambos cristianos se dieron cuenta de que aquel no era el único. Un hombre más tenía su arma de fuego apuntando directo a su espalda, y un tercero señalaba desde atrás de Enishi, por encima del hombro de éste, directo a la frente del “agresor”.

Pero eran sólo los primeros, pues en los segundos que siguieron ambos pudieron notar como varias personas más entre la multitud de gente que los rodeaba en la pista, comenzaban a desenfundar sus armas de fuego, e incluso espadas y cuchillos, todos ellos con su atención totalmente puesta en aquel individuo. Incluso Xung había surgido prácticamente de la nada, colocándose a un costado, con sus dos armas empuñadas en cada mano. Definitivamente lo que Shougo había hecho nadie lo consideraría inteligente, pues aunque no lo supiera en ese momento, había “agredido”, por así decirlo, a una persona al mismo tiempo que estaba rodeado por cientos de personas que trabajaban para él, mismas que sólo esperaban una indicación de Enishi para llenarle el cuerpo de agujeros.

El cristiano, sin embargo, se veía incomprensivamente tranquilo. De tener su espada en su poder en esos momentos, fácilmente podría acabar con toda esa parvada de matones en un parpadeo, sin siquiera mancharse; claro, lamentablemente, no era el caso. Con algo de rapidez también podría desarmar a los dos sujetos que tenía cerca, arrebatarle su espada a uno de los sujetos que miraban de lejos a su flanco derecho, y con ella intentar hacer el trabajo. Por otro lado, no era la clase de espadachín que disfrutara de hacer ese tipo de espectáculos, y menos  frente a su hermana menor. Por suerte para todos, nadie tuvo que derramar su sangre en esa ocasión, gracias de nuevo a intervención de Enishi.

– Tranquilos todos, bajen sus armas. – Escucharon como el jefe del Feng Long ordenaba con la mayor naturalidad, mientras al mismo tiempo se liberaba del agarre de Shougo. Todos los hombres armados voltearon a verlo confundido, pero sin perder su posición. – El señor es nuestro invitado, y es de muy mala educación amenazar de esa forma a un invitado, ¿no les parece?

Los hombres se vieron entre ellos por un par de segundos, como preguntándose con sus miradas qué era lo que deberían de hacer. Luego de un rato, el hombre gigante que tenía su revólver contra la sien de Shougo, obedeció la orden de Enishi y bajó su arma con cuidado; el resto le siguió.

Los hermanos Amakusa miraron éste acto igual de confundidos, pero con ideas diferentes en su mente. Para Magdalia, ese acto sólo reafirmaba lo que había deducido luego del incidente con Xiao: fuera quien fuera ese joven, parecía tener una posición de suficiente poder como para que todas esas personas, no sólo hubieran saltado de inmediato a defenderlo a la menor señal de peligro, sino también como para obedecerlo sin protestar. Por otro lado, a Shougo poco le importaba si ese sujeto tenía una posición de poder o no, aunque esto le era más que obvio. Lo qué le llamaba la atención eran dos cosas, o en realidad eran tres.

Lo primero era el hecho de ese hombre, era muy posiblemente más joven que la mayoría de los individuos que habían sacado sus armas en cuanto lo vieron en algún tipo de “peligro”. Segundo, al igual que Enishi había reconocido de inmediato un cierto sonido familiar en la voz de Magdalia en cuanto la escuchó hablar, lo mismo le había ocurrido a Shougo. En cuanto escuchó a ese individuo pronunciar esas palabras, todas en chino, pudo detectar ese rasgo distintivo del acento japonés, que se filtraba ligeramente entre sus palabras. Ambos datos lo hicieron recordar de inmediato la plática del día anterior con Kaioh, más específicamente a una información que le compartió… Su “carta a favor”.

Joven, con poder, y además japonés; tenía que ser sin duda ese individuo del que Kaioh le había hablado: el actual líder del Feng Long. Lo que lo llevaba de inmediato al tercer asunto que lo inquietaba: ¿qué hacía un tipo como ese bailando con su hermana menor? Lo que Shougo no había adivinado aún, era que él también lo había reconocido.

– Usted debe de ser el hermano, ¿no? – Escuchó como mencionaba éste con algo de sarcasmo, al tiempo que se arreglaba su atuendo. Luego, alzó su mirada hacia el cristiano, sonriéndole con notoria malicia, mientras lo observaba con detenimiento por encima de sus lentes oscuros. – O, ¿tal vez prefiera que lo llame… Señor Amakusa?

La reacción de sorpresa inicial por parte de Shougo, seguida de inmediato por una notoria indiferencia, hizo notar a Enishi que tenía la razón en la identidad de aquel individuo. Magdalia también reaccionó un poco sorprendida al oír como pronunciaba con total naturalidad el apellido que su hermano y ella habían tomado desde que dejaron Japón. ¿Conocía a Shougo de algún lado? No, no era así, pero en efecto sí sabía quién era.

 – ¡Señor Shougo! – Escucharon como la voz de Shouzo gritaba y se abría paso entre la multitud hasta ponerse delante de Magdalia de manera protectora, mirando a Enishi con dureza.

Varios de los hombres, que hace un momento amenazaban a Shougo, estaban por hacer lo mismo hacia el joven de cabellos cortos y negros, pero de inmediato Enishi alzó una mano, indicándoles que se contuvieran. Shougo permanecía calmado ante todo ello, aunque parecía más molesto con Shouzo por haber, aparentemente, dejado sola a Magdalia y que pasara lo que pasó, que la seguridad del propio chico.

Entonces, el cristiano pudo notar en ese momento a lo lejos, como Kaioh se acercaba entre la gente, acompañado de otro hombre de atuendo negro, y de otros cuatro gigantes que se encargaban de hacer que la gente se hiciera a un lado para que avanzaran. Si que era una escena curiosa.

– Shougo-sama. – Pronunció el hombre de cabeza rapada, haciendo una pequeña reverencia al frente. Kaioh estaba por agregar algo, pero la mirada dura y fría de Shougo lo hizo callar.

Los hombres que acompañaban a Kaioh, eran justamente Heis-shin y sus cuatro guardaespaldas. El número dos del Feng Long había visto el incidente desde lejos, al menos desde la parte en que aquel hombre de apariencia occidental tenía a Enishi sujeto del brazo y luego todo se mutaba a una escena que fácilmente podría haber terminado en un desagradable baño de sangre. Eso daría muy mala impresión frente a invitados tan importantes como los que había en ese momento. Aunque claro, estaban en una fiesta cuyos anfitriones eran los Líderes del Feng Long, ¿qué podrían esperar?

– ¿Todo está bien? – Cuestionó Hei-shin, volteándose hacia Enishi.

– Por completo, no te preocupes, Heis-shin. – Respondió éste con tranquilidad.

– Me disculpo en verdad, señor Yukishiro. – Exclamó de inmediato Kaioh, girándose hacia el líder del Feng Long y proporcionándole una respetuosa reverencia.

Este acto molestó demasiado a Shougo, y éste sentimiento no fue para nada escondido por su expresión. ¿Cómo podía agachar la cabeza ante esa escoria de persona? Y además, ¿de qué se disculpaba? Ni siquiera él mismo necesitaba disculparse con ese sujeto.

– ¿Yukishiro? – Susurró en voz baja Magdalia, que observaba todo como mera espectadora.

Le parecía que Xiao había mencionado su nombre, pero realmente no le había dado importancia por lo que ni siquiera se había molestado en recordarlo. Ese debía de ser su apellido; “un lindo apellido” fue lo que pensó, pese a ser el nombre de un obvio delincuente. Y en efecto, era un apellido japonés, lo que retiraba cualquier duda que le quedara de que aquel muchacho era de su misma tierra natal.

– Tranquilos todos. – Contestó el albino, agitando una mano; en realidad no tenía idea de quién era ese hombre que se disculpaba o si debía o no aceptar su disculpa. En lugar de esto, prefirió concentrarse en el verdadero protagonista del incidente. – Hei-shin, Hei-shin. Creo que no estamos siendo muy buenos anfitriones. El señor Amakusa se ve un poco estresado. ¿Le han ofrecido algo de beber? Relájese… fue sólo un baile.

Enishi volteó a ver al castaño con una amplia sonrisa, a simple vista amistosa, pero que no hizo más que incrementar su enojo, pues fácilmente era capaz de ver a través de su máscara. Claro, que en cierta forma, era una máscara bastante transparente, pues en realidad Enishi, no tenía intenciones de esconder nada…

FIN DEL CAPITULO 5

Desde que ve por primera vez al automarcado Hijo de Dios, Enishi ve algo fascinante en él. ¿Qué esconde este extraño personaje? Para bien o para mal, el primer encuentro entreYukishiro Ensihi y Amakusa Shougo podría ser el último….

Capitulo 6: Venganza tal vez

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NOTAS DEL AUTOR:

Xiao es un personaje secundaria original de mi creación, hecho especialmente para esta historia, nunca apareció ni se mencionó en ninguna versión de la historia original.

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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2 pensamientos en “El Tigre y el Dragón – Capítulo 05. Sólo un Baile

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