Fanfic Batman Family: Legacy – Capitulo 05. De Luto

24 de diciembre del 2016

Batman Family: Legacy - Capitulo 05. De Luto


Batman Family: Legacy

Wingzemon X

Capítulo 05
De Luto

Viernes, 19 de julio del 2013

Al ver la hora y fecha reflejadas en la pantalla de su móvil, se le dificultó poder digerir por completo lo que esos números y letras significaban. ¿Ya era viernes? El tiempo se había comportado de una forma realmente extraña esos últimos días. Le parecía que habían ocurrido tantas cosas, una detrás de otra, sin un sólo segundo de descanso, como si hubieran sido semanas o meses comprimidos. Pero al mismo tiempo, su cabeza había estado tan metida en todo ello, que no había estado del todo consciente del paso de los días. Y ahora no podía evitar preguntarse en dónde habían quedado su martes, su miércoles y su jueves. Pero ya no importaba mucho; quedarse en la cama a lamentarse no iba a ser de ayuda alguna.

Eran cuarto para las siete cuando Bárbara Gordon decidió comenzar de una vez por todas con su día. En teoría aún tenía al menos media hora más de sueño si así lo quería, pero decidió no tomarla. De todas formas, no era como si realmente hubiera dormido demasiado esa noche… O las pasadas. Toda la semana había sido como una pesadilla. Todo había sido tan confuso, tan agotador, tanto física como mentalmente. Todo había comenzado estrepitosamente la madrugada del martes. Al día siguiente tenía una junta muy temprano, por lo que se había ido a dormir a las diez. Sin embargo, a las cuatro y cuarto de la mañana, su celular empezó a sonar, sacándola de cualquier sueño, bueno o malo, que estuviera teniendo en esos momentos. Era su padre. Confundida, aturdida y adormilada, había atendido la llamada. Luego de un saludo un tanto seco, su padre fue directo al grano, como se esperaría de alguien con tantos años de servicio en la policía. Lo que le dijo, le arrancó cualquier rastro de sueño que hubiera quedado en su cuerpo: “El Señor Wayne ha fallecido”.

El Comisionado pensó que era mejor que lo supiera por él de inmediato. Él muy bien que Bruce y ella eran muy buenos amigos, que eran cercanos desde el tiempo en que estudiaba la preparatoria con Dick, y que juntos administraban una gran cantidad de asociaciones y eventos. Pero él no tenía ni cercana idea de a qué tanto llegaba esa supuesta “amistad”. No tenía idea de la cantidad de secretos que compartían desde hace años Bruce Wayne y Bárbara Gordon, o Batman y Batichica, o Batman y Oráculo… Por ello, no tenía idea del tremendo impacto que sus palabras le estaban causando en aquel momento, impacto que aún esa mañana seguía presionándole el pecho.

Bárbara vivía en un apartamento mediano en la zona oeste de la ciudad, no muy lejos de la salida que se debía de tomar para ir hacia la Mansión Wayne. Había vivido en ese departamento desde hace ya más de diez años, cuando recién había comenzado la Universidad; e incluso luego de ese horrible… “incidente”, había decidido permanecer en él. Ni siquiera le importó que el departamento estuviera en un tercer piso o que viviera sola, mucho menos la insistencia de su padre. Ya le habían quitado demasiadas cosas, pero su casa no sería una de ellas. Así como su vida, su departamento también se había adaptado a su nuevo estado, y luego de ocho años, podía moverse con mayor libertad en ese espacio que en cualquier otro.

Cubierta únicamente con su ropa de dormir y una bata, se dirigió a la cocina para prepararse un té caliente. La cocina era tal vez el espacio que más cambios había sufrido en esos años. Tuvo que pedir que toda la superficie de ésta fuera rebajada unos cuantos centímetros para su mayor comodidad a la hora de cocinar o lavar los platos, y los estantes superiores fueron movidos hacia abajo igual. No fue sencillo, ni barato, pero a la larga el cambio había valido de la pena.

Colocó una taza con el sobre del té sobre la barra, y luego puso a hervir el agua. Ese lapso de tiempo en el que tenía que esperar a que el agua se calentara, lo dedicó a una simple cosa: mirar al techo e intentar no pensar en nada. Era fácil decirlo, pero había tantas cosas en las cuales pensar, que volvía prácticamente imposible despejar su cabeza aunque fuera un segundo. El aviso de la muerte de Bruce, los reporteros acosando queriendo saber más sobre lo ocurrido, la llegada de Dick, el atrasado funeral, y para colmo de todo, el dichoso video testamento que no había más que empeorado el estado de ánimo de todos, el de ella incluida.

Miró de reojo hacia la ventana de la cocina. Conforme el sol iba asomándose sobre los edificios, se revelaba en que el cielo seguía gris, justo como el día anterior. Nada había cambiado.

Intentó concentrarse en otra cosa. Trabajo, familia, algo que no estuviera de alguna forma relacionado con esa horrible semana. En su intento, un pensamiento fugaz cruzó por su mente, y justo como lo deseaba era un pensamiento ajeno a la situación actual. Un pensamiento, o más bien un recuerdo, que con todo ese subir y bajar de emociones, apenas y se había permitido tener. ¿Cuándo sería el momento correcto para dejar de pensar en la muerte de Bruce y empezar a volver a pensar seriamente en eso otro? ¿Cuándo sería el momento en el que podría tratar ese tema con su padre, con su madre, Alfred, Tim… o Incluso Dick? ¿Debía hacerlo siquiera…?

Miércoles, 26 de junio del 2013

Aquel día había vuelto a casa temprano. Se había bañado, arreglado, y cambiado, todo con dos horas de anticipación. Casi parecía que iba a tener una cita, pero no era así. Ciertamente tenía el estómago hecho un nudo, la boca seca y las manos sudadas, justo como hace quince años atrás, cuando salió por primera vez con un chico a comer a un helado sin la compañía de su padre, y similar a como había sentido en todas las veces posteriores a esa. Pero no era el caso. De hecho, ni siquiera iba a salir de su casa esa noche.

Una vez lista, aún le quedaban diez minutos, los cuales los aprovechó para intentar serenarse, respirar profundo y repetirse a sí misma que no importaba, que sólo era una conversación más, como todas las que había tenido antes de esa. Que pasara lo que pasara, fueran buenas, malas, o ninguna noticia, mañana todo seguiría igual. Se levantaría, iría a trabajar, y todo continuaría igual…

Se dirigió a su cuarto, y estacionó su silla justo frente a su escritorio, en el que se encontraba su ordenador portátil. Lo abrió, tecleó su contraseña, y abrió la aplicación de Video Llamadas. Aguardó. No sabía bien cuánto tiempo había pasado simplemente viendo fijamente la pantalla de la computadora esperando el llamado. Cinco, diez, ¿tal vez quince minutos?, tal vez menos. Y entonces, en sus bocinas empezó a tintinear el sonido distintivo de una llamada entrante, y en la pantalla brillaba el mensaje de alerta correspondiente. Se estremeció un poco por la sorpresa, pues a pesar de lo que esperaba, aún la había tomado desprevenida. Sintió su corazón palpitar con fuerza, y su mano temblaba ligeramente sobre el mouse inalámbrico, dudosa de tomarlo o no. Pero al final, lo hizo y aceptó la video llamada sin más espera.

En el monitor, en un rectángulo en el centro, apareció la imagen de un hombre, de alrededor de cuarenta años, cabello castaño corto con algunas canas, anteojos grandes de armazón negro y grueso. Vestía una camisa café claro, corbata azul, y una bata. Parecía estar acomodar la cámara de su computadora, y cuando la tuvo en la posición adecuada, volteó a verla fijamente y sonrió ampliamente de oreja a oreja.

– Buenas noches, Bárbara. – Resonó su voz en las bocinas de la computadora.

– Buenas noches, Doctor Henderson. – Respondió ella asintiendo con su cabeza. – ¿Cómo se encuentra?

– De maravilla. Tú te ves radiante. ¿Cómo va todo en la húmeda Gótica?

– Bastante bien, gracias. Mucho trabajo, pero tranquilo en comparación con otras ocasiones.

– Me alegra escuchar eso.

El Doctor Henderson era una persona realmente amable, aunque a veces se preguntaba si sólo era así de amistoso con las pacientes jóvenes y bonitas.

Luego de los casi obligatorios saludos, el hombre de bata blanca tomó un expediente que tenía sobre su escritorio y lo abrió para echarle un vistazo.

– Bueno Bárbara, el motivo por el que te pedí que habláramos hoy, era decirte que estuve revisando tus últimos resultados con mi colega, el Doctor Johnson. Estuvimos conversando ampliamente apenas ayer en la tarde, y te tengo muy buenas noticias.

No habría forma de que los ojos de Bárbara se abrieran aún más de lo que lo hicieron en ese momento, e incluso sintió que el aire se le iba en un instante. Pero de inmediato, volvió a intentar recuperar la calma, y volver a normalizar su respiración. Soltó de pronto una pequeña risa nerviosa involuntaria.

– Doctor Henderson, me parece que en la escuela de medicina deberían de enseñarles a no empezar a decir algo con “te tengo muy buenas noticias”. Se puede mal interpretar y crear falsas expectativas sobre lo que se está por escuchar, ¿no cree?

Henderson rio divertido por su comentario tan acertado.

– En eso tienes toda la razón, Bárbara, y me disculpo. Sin embargo, en esta ocasión creo que sí es válido que te hagas un poco de expectativas, ya que en verdad te tengo muy buenas noticas.

La sonrisa en los labios de Bárbara se fue desvaneciendo poco a poco. Pero no era por tristeza o porque estuviera escuchando algo malo. Todo lo contrario. Lo que ocurría era que la impresión de lo que estaba escuchando era tan fuerte, que no sabía siquiera como procesarla…

Viernes, 19 de julio del 2013

El silbido de agua caliente la hizo volver al presente, y rápidamente apagó el fuego de la estufa para callarlo. Aún no le había dicho a nadie sobre lo que el Doctor Henderson le había dicho aquella noche, y ahora no estaba segura si hacerlo en algún momento. No hasta que pasara toda esta situación, hasta que las cosas en el trabajo se normalizarán y también entre Dick, Tim y ella. Eso le daba la excusa perfecta para tomarse un poco más de tiempo, tiempo para pensar, y poder decidir…

Mientras vertía el agua en su taza, escuchó que alguien llamaba a la puerta. Echó un vistazo al reloj de su pared para ver la hora. Eran ya casi las siete y media.

“Tan puntual cómo siempre”.

 Se dirigió a la puerta, pero antes de retirar la cadena, y los dos seguros para que la persona del otro lado pudiera entrar… Su mano se detuvo a unos centímetros del pomo de la puerta. Sabía quién era; no podía ser nadie más, ¿o sí? Cada mañana era lo mismo… Pero… Esa mañana, por alguna razón, sintió la necesidad de asomarse por la mirilla de la puerta, la cual también había sido colocada más abajo para su comodidad, con tal de asegurarse. Hacía mucho tiempo que no le causaba esa ansiedad abrir la puerta… ¿Por qué justamente en esa mañana le pasaba?

Al asegurarse de que, en efecto, era la persona que esperaba que fuera, entonces procedió a quitarse los seguros y abrirle la puerta.

– Buenos días, Stephanie. – Saludó amablemente.

Del otro lado de la puerta, se hallaba una jovencita de largos cabellos rubios sujetos con una cola de caballo, ojos grandes y negros, y piel blanca. Vestía una camiseta blanca con rojo sin mangas, y unos pantalones azules. En una mano, sujetaba contra su espalda varias prendas de vestir en bolsas transparentes y en la otra, algunos papeles y sobres blancos. De su hombro izquierdo, colgaba una mochila color morado, que se veía algo pesada. Y además, presionado entre su brazo izquierdo y su pecho, se encontraba un vaso tapado para café.

– Buenos días, Bárbara. – Le regresó el saludo de la misma forma.

Bárbara se  sorprendió un poco al ver todo lo que la chica traía consigo. Se hizo a un lado para que pudiera pasar, y ella así lo hizo, aunque se veía que no le era del todo fácil avanzar.

– ¿Esa es mi ropa? – Murmuró algo sorprendida al ver la ropa que cargaba por detrás cuando pasó a su lado.

– Sí, sí lo es. La acabo de recoger de la lavandería.  – Empezó a explicarse al tiempo que dejaba los papeles en la mesa de la sala. – Aquí te dejo tu correo, y éstas son las cuentas de luz de la Fundación que pagué ayer. ¿Quieres un poco de café? Tiene vainilla, pero casi no sabe.

– No, me estoy preparando un té, gracias. ¿Por qué recogiste mi ropa? ¿Te pedí que fueras por ella?

– No, pero me queda de paso, y ya que estaban abriendo cuando venía para acá, decidí recogerla por ti. – Respondió con un tono jovial, luego de tomar un sorbo de su café. – No te muevas,  la colgaré en tu armario.

– Gracias, Stephanie. Pero…

Antes de que pudiera decirle algo más, la chica se dirigió a pasos apresurados hacia su recamara. Bárbara sólo suspiró y rio por dentro. Lo que quería decirle era, primero que nada, que no debió de haberse molestado con ello; y en segundo lugar, quería preguntarle cómo es que le habían dado su ropa sin la nota. Pero a esas alturas, ya se había dado cuenta de que cuando se proponía hacer algo, siempre encontraba la forma de hacerlo.

Stephanie Brown, la enérgica, agradable y siempre dispuestas a hacer más de lo necesario Stephanie Brown, era compañera de clases y amiga cercana de Tim, y en esos momentos trabajaba como asistente personal de Bárbara. Eso significaba, en teoría, que más que nada debía de ayudarla con asuntos de su trabajo, algunas entregas de papeles, encargos, pagar algunas cuentas… Pero Stephanie se esmeraba en hacer siempre más, y esa mañana era un claro ejemplo de ello.

En un inicio, Bárbara nunca sintió ni expresó de ningún modo que quería o necesitaba una asistente, pero le había ofrecido dicho trabajo más que nada por un favor hacia Tim. El padre de Stephanie acababa en aquel entonces de entrar a prisión, cortesía del dúo dinámico, y ella buscaba algún modo de apoyar a su madre con los gastos de la casa. Pero no tardó mucho en demostrar ser una persona realmente trabajadora y muy eficiente, pese a tener que turnar su tiempo entre la escuela y los encargos de Bárbara. Lo que más le agradaba de ella, era su siempre refrescante buen humor. Nunca la había visto enojada, o quejándose de algo, o haciendo algún trabajo de mala gana. Creía que simplemente estaba muy agradecida por el trabajo, pero Tim le había dicho que así era siempre: positiva, con energías y ganas y hacer las cosas, pese a la situación que estaba pasando su familia. Para Bárbara, eso era realmente digno de admiración.

Se dirigió de regreso a la cocina, para al fin poder beber su té caliente. Apenas dio un sorbo de su taza, cuando escuchó la voz de Stephanie por el corredor.

– Listo. Ya está todo en su lugar.

– Gracias, Stephanie.

Sintió en ese momento que se le acercaba por un costado. Ella esperaba que le preguntará su clásico “¿Ocupas algo más?” o “¿Qué más necesitas para hoy?”; siempre lo hacía justo antes de irse. Sin embargo, la pregunta, y el tono con el que fue pronunciada, no eran tan comunes como ello…

– ¿Cómo estás, Bárbara? – Escuchó como le preguntaba con un tono suave, poniéndose de cuclillas a lado de su silla. Su expresión era un tanto más seria que de costumbre.

Supo de inmediato a qué se refería. Era un gran contraste, en comparación con la forma tan animada que había llegado. Esperaba que no intentara tocar ese tema, pero en el fondo sabía que era algo imposible de hacer. Aunque fuera un tema desagradable o incomodo, la gente de manera natural sentía que debía preguntarlo, hablar al respecto; demostrar que les importaba. Y aunque uno no quisiera hablar al respecto, tenía, o estaba forzada de cierto modo, a responder su gentileza de la misma forma.

– Estoy bien. – Le respondió con una ligera sonrisa. – De luto, como todos, pero bien.

– ¿Cómo estuvo el funeral?

– Lo mejor que puede estar un funeral, supongo.

– Sí, tonta de mí, lo siento. – Susurró apenada.

– Tranquila, Stephanie. Simplemente… Creo no hemos logrado recuperarnos de la impresión. Todo sucedió tan rápido…

– ¿Viste a Tim? ¿Cómo está?

Bárbara guardó silencio sin saber qué decir a continuación. ¿Cómo se encontraba Tim?, ¿cómo responder a esa pregunta de manera correcta? Definitivamente no estaba bien. Luego de  la discusión que había tenido con Dick en la Baticueva, no había querido hablar con ella, ni con nadie. La muerte de Bruce ya era de por sí muy difícil para él, como para ahora también procesar éste otro cambio, que ni el propio Dick parecía estar llevándolo bien.

– Tim la está pasando un poco mal. Cuando lo veas, tenle paciencia, ¿de acuerdo?

– Está bien. Y… Si tú necesitas hablar o algo, sabes que cuentas conmigo, ¿verdad?

Una amplia y gentil sonrisa se dibujó en sus labios de oreja a oreja. Stephanie era realmente una chica muy linda, no sólo por dentro, sino por fuera.

– Gracias, Stephanie…

“Si Tim no está interesado en ti, es porque de seguro está ciego”, pensó por un momento sin razón aparente. En una ocasión le preguntó a Tim al respecto, pero repitió varias veces que sólo eran amigos.

Stephanie se incorporó de nuevo, acomodándose su mochila en el hombro.

– ¿Ocupas algo más?

Bárbara rio por dentro; siempre y sin falta.

– Esos papeles de allá tienen que estar en la Notaria antes de las tres. – Mencionó señalando a una carpeta que se encontraba sobre la mesa de comedor. – ¿Crees poder ir luego de clases?

– Seguro, cuenta con eso. – De inmediato se dirigió a la mesa y tomó la carpeta, guardándola en su mochila. – Nos vemos en la tarde.

Se apresuró hacia la puerta y salió casi volando del departamento.

Bárbara se quedó en la cocina unos minutos, bebiendo con cuidado de su té. La visita matutina de Stephanie parecía haberle alegrado un poco el día. Su energía y buen humor le eran más que agradables; le recordaban un poco a sí misma, a cómo solía ser a su edad. Si tan sólo las cosas pudieran seguir siendo tan sencillas…

Miró hacia la puerta cerrada estando aún en la cocina. La miró fijamente por largo rato. Dudó unos momentos entre hacerlo o no. Nunca lo hacía, no a esa hora, no justo después de que Stephanie se fuera, no cuando en veinte minutos tendría que bañarse, cambiarse e irse. Pero, la ansiedad de su pecho fue creciendo más y más, hasta el punto en el que le fue imposible aguantarlo.

Dejó su taza en la cocina, y de inmediato se dirigió hacia la puerta. Notándosele gran apuro, colocó los dos cerrojos, y también la cadena. Sólo hasta que la puerta estuvo totalmente cerrada, sólo entonces pudo respirar tranquila. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan insegura. ¿Por qué justo ahora? ¿Era por la muerte de Bruce?, ¿por recordar la conversación con el Doctor Henderson? ¿O era acaso el presentimiento de que algo malo pasaría?

El final del discurso de Dick en el cementerio brotó en su cabeza de la nada…

“Siempre me produjo cierta tranquilidad el saber que él estaba ahí para mí, y para todos. Y ahora, ya no será así…”

“Sin ti aquí… Esta ciudad no será la misma…”

¿Qué sería de Gótica sin Bruce? ¿Qué sería de esa ciudad sin Batman…?

– – – –

La noche del miércoles, la noche anterior al funeral, se suponía que debía dormir en su antigua habitación, después de tres años de ausencia. Pero dormir fue lo último que hizo esa noche. Entre entrar a escondidas a la funeraria, tomar la prueba de ADN del cuerpo de Bruce y analizarla en la Baticueva, toda la noche se le había ido en vela. Igual era posible que ni siquiera hubiera podido dormir bien de haberlo intentado. Y de hecho así fue, justamente la noche anterior. Estando recostado boca arriba en su antigua cama, rodeado de sus diplomas y trofeos de preparatoria y universidad, se sintió realmente incómodo. El chiquillo de doce años que había habitado ese cuarto con anterioridad, ya no existía. Incluso, el hombre de veinticinco años que se había ido a New York, ya no era el mismo que estaba recostado en esos momentos. Todo cambiaba, tan rápido, tan impredeciblemente.

Al final pudo dormir un poco entre las cinco y ocho. Estuvo dando vueltas en su cama por una hora, y a las nueve decidió pararse de una vez y empezar a revisar sus asuntos; uno en especial le urgía.

Lugares tranquilos y silenciosos en los que podría hacer una llamada sin ser interrumpido, había en exceso en la Mansión Wayne, en especial en esos momentos que Tim se encontraba en la escuela, y las únicas personas en la casa eran Alfred y él. Sin embargo, de alguna u otra forma terminó en el estudio de Bruce, el mismo lugar en el que apenas el día anterior todos se habían reunido para ver el video con sus últimas palabras. El mueble de la televisión seguía aún colocado frente los sillones y sillas que habían ocupado. El abogado les había dejado una copia del DVD, pero no estaba seguro de en dónde lo había guardado Alfred, y esos momentos poco le importaba.

Le sacó la vuelta al mueble de televisión, y se dirigió al escritorio. Por un momento iba a sentarse con total normalidad en la silla detrás de éste, pero a mitad del camino se arrepintió. Esa era la silla de Bruce después de todo. Ahí se sentaba a realizar sus negocios… O fingir hacerlo. En otras ocasiones se había sentado en ella sin problema, pero en ese momento en especial, considerando las circunstancias, y en especial luego de lo ocurrido en ese mismo estudio, y en la cueva bajo sus pies, la sola idea le heló la sangre. Optó mejor por tomar asiento en una de las sillas para invitados.



Le pareció muy extraño cuando Alfred le dijo que Tim había decidido ir ese día a la escuela. No había ido en toda la semana, y ya era viernes. Dada la circunstancia, hubiera sido más que entendible que al menos hubiera esperado al lunes. Pero muy seguramente no era el ir a la escuela su motivación principal, sino más bien no cruzarse con él. Pero era mejor así. Cada quien tenía que lidiar con todo eso a su modo.

Revisó rápidamente su correo electrónico en la pantalla de su celular, buscando el correo de confirmación de la reservación de avión que había hecho. Anotó algunos datos de ésta en un pedazo de papel que se había acercado, y entonces pasó a hacer la dichosa llamada que lo había llevado a ese sitio en primer lugar. Luego de apenas un par de segundos de espera, del otro lado surgió la amistosa voz de una operadora.

– Hola, con Richard Grayson. – Regresó el saludo, aunque no del todo animado. – Volé el martes en la noche de New York a Ciudad Gótica, y tengo mi vuelo de regreso programado para el domingo. Pero quería ver si era posible cambiar la fecha… Para hoy mismo si es posible… Sí, espero…

Escuchaba como la señorita al otro lado de la línea tecleaba con rapidez, buscando en los itinerarios. No esperaba realmente tener la suerte de que hubiera un asiento vacío para ese mismo día, pero al menos debía intentarlo. La otra alternativa era tomar un autobús, un viaje de entre tres a cuatro horas. ¿Pero estaba tan desesperado por irse cómo para hacerlo? Apenas y estaba considerando la posibilidad, cuando la operadora le indicaba que, en efecto, si había un asiento disponible en el vuelo que salía esa misma noche a las siete y media.

– ¿Enserio? Grandioso. Por favor aplique el cambio cuanto antes. Mi clave de reservación es la XYHGZ45.

La operadora lo dejó en espera, siendo acompañado por una melodía ligera.

Era lo mejor. Su presencia en ese lugar ya no haría ningún bien, ni a Tim, ni a Afred, ni a nadie. Esa ya no era su casa. Él tenía ya otra vida, una vida a la que tenía que regresar, y que no involucraba a Batman; no importaba lo que Bruce hubiera maquinado en su cabeza para él.

– ¿Así que se irá antes, joven Richard? – Oyó que la serena y muy clara voz de Alfred pronunciaba desde la puerta.

Como si estuviera haciendo alguna travesura, rápidamente se sobresaltó y se paró de la silla, alejándose de ésta por mero reflejo. ¿Por qué?, no lo sabía, su cuerpo prácticamente se había movido solo. Sintió que tenía de nuevo doce, y había sido sorprendido tomando galletas antes de la comida.

Alfred estaba de pie en el arco de la puerta, con su espalda recta, vestido con su impecable uniforme de mayordomo. Un pensamiento divertido le cruzó por la cabeza: ¿vestía ese uniforme porque todavía no entendía que ya no era un mayordomo sino el dueño de la casa, o porque no tenía nada más en su guardarropa en esos momentos? Pero de inmediato hizo eso a un lado.

– Ah, hola Alfred. – Murmuró nervioso, sujetando aún su celular contra su oído. – Sé que dije que me quedaría hasta el domingo, pero tengo algunos asuntos de cuáles ocuparme… Negocios… Tú sabes…

Alfred lo miraba con dureza sin pestañear siquiera. Luego de unos segundos de incomodo silencio, suspiró resignado.

– Está bien, Alfred. Lo cierto es que no puedo estar más tiempo en este lugar. Lo siento… – Antes de pudiera decir algo más, la mujer del otro lado de la línea le confirmaba el cambio, y el cargo que habría que aplicarle por el cambio. – ¿Sí? Estoy de acuerdo, gracias. Aplique el cargo a mi tarjeta, por favor. Gracias.

Estaba hecho; se iría esa misma noche. Una vez terminada la llamada, guardó rápidamente su teléfono en su bolsillo, como si temiera que Alfred lo viera.

– No aceptaré tampoco las acciones de Wayne Enterprises de Bruce. Le indicaré al abogado que las ponga a tu nombre también.

– Tendré que rehusarme a eso, joven Richard. – Recalcó con seriedad el hombre en la puerta. – El amo Bruce se las dejó a usted directamente. Le pertenecen.

– No necesito ese dinero, Alfred.

– ¿Le parece que yo sí?

A diferencia de Tim, Alfred no habría expresado del todo clara su desaprobación ante su decisión de no aceptar la última voluntad de Bruce, y convertirse en su “sucesor”. Pero podía leer entre líneas que algo no le agradaba del todo, pero no sabía si le molestaba que no quisiera ser Batman, o la forma en la que se había expresado de Bruce el día anterior. Como fuera, Alfred era el tipo de persona que no se metía tan profundamente en los temas en los que no se lo pedían, ya fuera por su entrenamiento como soldado, mayordomo o doctor, o simplemente por qué así era su personalidad. Pero eso no impedía que sintiera cierta hostilidad pasivo agresiva de su parte. Tal vez en el fondo, simplemente se encontraba muy afectado por lo de Bruce, y no podía culparlo.

– Prepararé su maleta para que esté lista para su partida, joven Richard. – Le indicó con firmeza, y se giró para salir del estudio. – Con su permiso.

– Espera, Alfred. No tienes que molestarte, yo puedo hacer mi maleta más tarde.

– No es ninguna molestia, Joven Richard.

Antes de irse, se detuvo unos segundos, y entonces se volteó hacia Dick de nuevo.

– Lo olvidaba, ¿qué desea que haga con sus otras cosas cuando se vaya?

– ¿Mis cosas? – Cuestionó, confundido por su pregunta.

– Sí. Los vehículos y trajes que le heredó el amo Bruce.

Ahí iba de nuevo esa hostilidad pasivo agresiva. Richard suspiró un poco para no perder la serenidad.

– Deja todo ahí dónde está, por favor. Que Tim haga lo que desee con ellos.

– Como guste.

Y sin más, se retiró con la misma etiqueta y pulcritud a cada paso que siempre lo había distinguido, desde el día en que lo conoció.

Lamentaba realmente que Alfred estuviera pasando por todo eso. Desde que llegó a esa mansión, Alfred siempre cuidó de él, de Jason, de Tim. Si Bruce era su padre adoptivo, definitivamente Alfred era su abuelo… ¿o su madre? Se detuvo unos momentos a considerar la posibilidad de quedarse un poco más, sólo para hacerle compañía a Alfred. La casa se sentiría realmente sola sin Bruce…

Pero no podía echarse para atrás ahora. Debía de volver a New York, volver a su vida sin cuevas secretas, trajes y vehículos extraños. A su vida sin Batman.

– – – –

Sintió como todos lo volteaban a ver y murmuraban en voz baja en cuanto puso un pie dentro de Gótica High. No le sorprendía. La noticia de la muerte de Bruce Wayne, ya debía de ser más que bien sabida por todos y cada uno de los habitantes de la ciudad, y los alumnos y maestros de ese sitio no podían ser la excepción. Y el hecho de ver a su hijo adoptivo menor, caminando por los pasillos de la preparatoria apenas el día siguiente al funeral, debía de causar una gran impresión en todos. Pero nadie le hablaba directamente, nadie se le acercaba, nadie le preguntaba nada. Era como si le tuvieran miedo, a él, o al no poder decir algo correcto.

La expresión fría y dura en el rostro de Tim no ayudaba mucho a que la gente se le acercara. Tampoco su andar apresurado, sinónimo claro de su ansiedad, o más bien enojo. Pero por él estaba bien; nadie quería cruzársele, él no quería cruzarse con nadie. No estaba de humor ni para clases, ni para charlas. Por lo tanto, simplemente se dirigió a su casillero sin la menor interrupción. Lo abrió con cuatro giros de combinación, y empezó a sacar sus libros para las primeras clases. Ni siquiera recordaba bien qué clases tenía ese día, pero le daba igual; incluso disfrutaría Historia del Arte de ser necesario.

– ¡Tim! – Escuchó que de pronto alguien gritaba con fuerza no muy lejos de él.

Alguien se había aventurado a dar un paso adelante, y atravesar la incómoda barrera de hielo que lo rodeaba. Sólo había una persona que conocía, y que sería tan valiente, o tan atrevida según fuera el caso.

Tim sacó su cabeza del casillero, y vio a unos metros de él la inconfundible figura de Stephanie Brown, su compañera de clases. Iba caminando con otra chica, pero en cuanto lo vio parece haber centrado su completa atención en él. Eso le causaba una mezcla de sentimientos en el estómago. En cualquier momento, que Stephanie le hablara en el pasillo sería lo mejor de su día. Sin embargo, en esos momentos no tenía ánimos de hablar, ni siquiera con ella.

Fingió no haberla escuchado. Colocó sus libros en su mochila, cerró su casillero con fuerza y comenzó a caminar por el pasillo en dirección a su salón.

– Nos vemos más tarde, ¿sí? – Se despidió Stephanie rápidamente de la chica que la acompañaba, y entonces corrió hasta poder alcanzarlo y poder caminar a su lado. – ¡Tim!, ¡Oye! ¿No me escuchaste?

– Hola, Stephanie. – Saludó de mala gana, viendo al suelo. – Lo siento, creo que no.

– ¿Cómo te encuentras? Apenas ayer fue el funeral, no creí que fueras a venir a clases hoy. ¿Por qué no esperaste hasta el lunes?

– Estoy bien, enserio. – Masculló con molestia, harto de responder esa pregunta. – Estar en esa casa es lo que me hace mal. Estaré mejor en clase. Al menos podré pensar en otra cosa…

Stephanie pareció percibir un poco la hostilidad en el tono de Tim, y eso la incomodó un poco. Pero recordaba lo que había dicho Bárbara, que debía de tenerle paciencia. Ella lo conocía bien, y sabía que el único motivo por el que reaccionaría de esa forma, era porque realmente estaba molesto, pero sabía muy bien que no era con ella.

– Debió ser muy duro para ti. Lo siento tanto, Tim. Sé que no era tu padre real, y que sólo estuviste con él unos cuantos años… – Guardó silencios unos momentos al darse cuenta de que no sabía qué estaba diciendo. – Y tal vez mejor deba de callarme la boca ahora mismo, ¿verdad? Lo siento, ya no te molestaré…

Comenzó a acelerar el paso con la intención de adelantarse.

– Espera, Stephanie. – Pronuncio Tim con fuerza para llamar de nuevo su atención. Stephanie se detuvo, y lo volteó a ver dudosa sobre su hombro. Tim la miraba con seriedad, pero también con algo de pena. – Lo siento. No quería hablarte de esa forma. Esto no es nada sencillo, pero gracias por preocuparte por mí.

– No lo digas, Tim. – Una pequeña sonrisa dulce se asomó en sus labios. – Para esos son los amigos. Si necesitas hablar… Bueno, al parecer no soy muy buena en eso, pero lo que intento decir es que si necesitas algo…

– Gracias Stephanie. Lo sé, pero en estos momentos me temo que no hay nada en lo que me puedas ayudar. Pero gracias…

Tim reanudó su marcha, pasando caminando a su lado y siguiendo derecho. Stephanie no estaba muy convencida de si estaba bien que lo siguiera o no, y por ello decidió mejor dejarlo ir solo. Tal vez era eso lo que necesitaba en esos momentos, estar solo.

– – – –

A las cinco de la tarde, el taxi que llevaría a Dick al aeropuerto ya estaba estacionado justo frente las escaleras de la entrada principal de la mansión. Sus maletas ya estaban en el recibidor, listas para ser subidas sin espera. Cuando Tim volvió de la escuela, vio las maletas en ese lugar, y no dijo nada al respecto. Sólo subió apresurado las escaleras, y se volvió a encerrar en su habitación. Dick no tuvo oportunidad de hablar con él en toda la tarde, y aunque la hubiera tenido, no estaba seguro de qué le diría.

Alfred y el chofer del taxi subieron las maletas al portaequipaje del vehículo color amarillo canario. Para cuando Dick salió, ya todo estaba listo, y empezaba a caer una ligera brisa, más molesta que otra cosa. Alfred subió las escaleras a su encuentro, y el chofer se subió de nuevo en el asiento del conductor, aguardando.

– Creo que eso es todo, joven Richard. – Expresó Alfred.

Dick bajó un par de escalones y entonces alzó su mirada hacia el tercer piso. La ventana del cuarto de Tim se encontraba con las cortinas corridas, pero se movían ligeramente, como si acabaran de ser cerradas.

– Supongo que Tim no bajará a despedirme, ¿cierto? – Comentó con un tono entre bromista y a la vez melancólico.

– No se sienta mal por ello. Sólo se encuentra molesto.

Sí, eso era más que obvio para cualquiera, así como era obvio para él que Alfred no se encontraba tampoco del todo contento.

– Hey, Alfred. – Murmuró con un tono animado, acercándosele y tomándolo de los hombros con gentileza. – Dile a Tim que volveré para Navidad, ¿de acuerdo? Que Bruce ya no esté aquí, no quiere decir que deje de verte a ti y a Tim cómo mi familia. Y mientras prepares tu delicioso Pavo y ensalada de bombones, me tendrás en la mesa sin falta. ¿Está bien?

Alfred le sonrió ligeramente, pero se veía claramente como una sonrisa más forzada que sincera.

– Lo estaré esperando ansioso, joven Richard. Qué tenga un buen viaje.

Era poco, pero no tenía nada más que ofrecerle por el momento. Se permitió dejar a un lado las etiquetas, y abrazarlo con fuerza, dándole un par de palmadas en la espalda. Alfred le regresó el abrazó, aunque un poco más modesto.

Dick entonces comenzó a bajar las escaleras apresurado hacia el taxi. Un instante antes de subirse, se volvió de nuevo hacia la mansión. Miró hacia la ventana de Tim, que seguía cerrada, y luego a todo el resto de la casa. Aunque físicamente se viera igual, el aire que se respiraba era totalmente distinto. Como si la casa también estuviera de luto, igual que ellos.

La pequeña brisa empezó a convertirse en una llovizna. Dick subió rápidamente al taxi, y éste sin espera empezó a girar para ponerse en camino al portón principal de la propiedad. Era hora de partir.

FIN DEL CAPITULO 05: DE LUTO

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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