Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 30. Yo mismo

30 de noviembre del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 30. Yo mismo


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 30.
Yo mismo

Tras ese encuentro fallido, Damien no regresó al centro de convenciones; en su lugar, se fue directo al hotel. No lo hizo con un motivo o plan en específico, simplemente lo hizo por mero reflejo. Aún faltaba un par de horas para que el dichoso evento terminara de forma oficial, así que no le sorprendió al llegar a la Suite presidencial que habían reservado, ver que no había rastro alguno de Ann o de algún otro de sus ayudantes. Se sentó en uno de los sillones de la pequeña sala y aguardó, dándole la espalda a la puerta. No hizo nada más; no encendió el televisor, no revisó su teléfono (de hecho lo había apagado), no bebió o comió algo. Sólo se quedó ahí sentado, mirando a la absoluta nada mientras intentaba procesar todo lo que había ocurrido. Esperaría que pasado el tiempo se terminaría calmando un poco, pero no fue así. De hecho, conforme más tiempo esperaba, más molesto se sentía. Pero su molestia no era hacia Abra; era quizás la persona con la que menos podía sentirse molesto en esos momentos.

Pensar en Abra era lo único que lograba distraer un poco su mente de lo demás que lo acomplejaba. Sintió en ocasiones la tentación de mirar más allá, de buscarla y ver si acaso estaba bien. Sin embargo, se obligaba a sí mismo a hacer dicha idea a un lado. En su estado, era muy probable que pudiera perder el control, e hiciera más que sólo “mirarla”, y dicha idea no le apetecía de momento.

No supo con exactitud cuánto tiempo pasó, pero habían sido menos de dos horas, de eso estaba seguro. La puerta de la suite se abrió, y por ella entraron varios tipos de pisadas diferentes, que se detuvieron unos segundos después, posiblemente al distinguir su cabellera negra y nuca blanca, sobresaliendo por encima de respaldo del sillón. Él no los volteó a ver, pero no necesitó hacerlo para saber quiénes eran.

—Damien —escuchó exclamar entre sorprendida y molesta la voz de su tía Ann—. ¿Se puede saber en dónde te metiste todo este tiempo? —La mujer caminó apresurada, sacándole la vuelta al sillón; no tardó mucho en ponerse en su rango de visión, justo en el rabillo izquierdo. Lo miraba fijamente con dureza—. ¿Se te olvidó que debías estar conmigo durante la conferencia? E íbamos a cenar con las otras CEO invitadas. —Echó entonces un vistazo rápido a su pequeño reloj de muñeca—. Si nos apuramos aún podríamos alcanzarlas en el restaurante.

Damien no le respondió nada; ni siquiera se dignó a mirarla del todo.

En la puerta se encontraban los miembros de su seguridad y los asistentes de Ann, incluyendo a Verónica. Todos estaban ahí parados, mirándolo fijamente con la duda latente de siquiera tener permiso de mover un dedo. El haber aparecido de pronto ahí en la habitación, de seguro los había sorprendido, por no decir que los había asustado. Podía sentir todo su miedo fluir desde ellos e impregnarlo como si fuera un aire viscoso y pegajoso.

Se sintió asqueado por dicha sensación.

Un ferviente sentimiento de odio hacia todos ellos le nació abruptamente. Deseaba que todos saltaran por el balcón y estrellaran sus cabezas contra el pavimento, pero eso terminaría llamando demasiado la atención; aún en su enojo, tuvo la suficiente frialdad para procesarlo de esa forma.

—Déjenos solo —espetó de golpe sin mirarlos aún. Nadie se movió. Se puso entonces de pie abruptamente, y se giró hacia ellos con sus ojos casi encendidos en fuego—. ¡Todos!, ¡váyanse!, ¡¡ahora!!

Su voz resonó con gran fuerza, retumbando en las paredes de la suite; incluso Ann, que era la única ahí que se había mantenido tranquila y calmada, no pudo evitar sobresaltarse al ver tan abrupta reacción.

Los guardias y los asistentes se apresuraron de inmediato a obedecer, saliendo uno a uno por la puerta. Verónica, por otro lado, se quedó inmóvil en su lugar, mirando de reojo a los otros.

—Tú también, perro faldero —Le gritó Damien con desdén—. ¡Lárgate de aquí!

Verónica se sobrecogió. Por mero instinto, miró hacia Ann en busca de alguna guía. Ella la miró de reojo, y asintió ligeramente con su cabeza, indicándole de esa forma que obedeciera. Verónica agachó su mirada, como si se sintiera avergonzada, y siguió a los otros hacia afuera, siendo la última por lo que cerró la puerta detrás de ella.

Ahora Damien y Ann se habían quedado solos. Cualquiera sentiría bastante terror de estar en su lugar, pero Ann Thorn se mantenía serena y calmada; al menos, así lo parecía por fuera.

—¿Ahora qué es lo que te pasa? —Le cuestionó con tono tranquilo—. Te escapas de mí sin decir nada, me dejas en ridículo, ¿y tú eres el molesto? ¿Podría saber cuál es el motivo?

Damien seguía sin mirarla directamente.

Se dirigió entonces sin decir nada hacia el pequeño bar de la suite, abriendo la vitrina tras la que se encontraban las botellas de alcohol; tomó sin pensarlo mucho una botella de whisky, color dorado.

—No puedes tomar eso —exclamó Ann a tono de regaño—. Eres menor de edad.

Damien soltó una risilla irónica, y a la vez indiferente ante tan absurda advertencia. La ignoró por completo, y sirvió un poco del líquido de la botella en un vaso bajo y ancho de cristal. Sirvió de hecho demasiado, tanto que éste se desbordó del vaso, comenzando a crear un charco a su alrededor sobre la barra del bar. Aun así siguió sirviendo, y sirviendo, haciendo que el charco fuera mayor, e incluso se desbordara por las orillas hasta el suelo. No se detuvo hasta que la botella quedó totalmente vacía.

Ann presenció tal acto, callada.

—¿Tienes idea de lo costosa que es esa botella?

—¿Tienes idea de lo poco que me importa? —Le respondió al fin el muchacho con tono cortante, pero al menos era una respuesta. Tapó de nuevo la botella, la colocó con fuerza contra la barra haciendo un estruendo molesto, y entonces tomó el vaso que estaba lleno hasta reventar, y dio un largo trago de éste; no se manchó ni un poco, y ni siquiera pestañó, como si fuera simple agua. Una vez que dio ese trago, bajó de nuevo el vaso, y al fin la miró directo, con una actitud desafiante en sus ojos azules, que se sentían incluso amenazadores—. ¿Te suena la expresión “El Resplandor”?

Ann se encogió de hombros.

—Ni un poco. ¿Es una película o algo así?

Damien volvió a reír. Se quedó de pie tras la barra, contemplando atentamente el vaso en su mano; ya no estaba tan lleno, pero seguía teniendo bastante del costoso líquido.

—Conocí a una chica esta tarde —comenzó a explicar—. Una chica que puede hacer cosas inusuales, cosas inexplicables. Cosas como las yo puedo hacer, e inclusos otras que no.

—¿Qué? —Exclamó Ann, atónita—. ¿Una chica? ¿Qué chica?

—Que eso te importe un comino. —El tono de amenaza en la voz de Damien se incrementó considerablemente. Dio otro trago, similar al anterior—. Esta chica podía leer mentes, mover cosas sin tocarlas y, según lo que ella misma me dijo, ver lugares y personas aunque estos se encontraran muy lejos. ¿No es eso extraño, tía? Porque Adrian, Lyons, tú, y toda tu maldita Hermandad, se la han pasado toda mi vida diciéndome lo especial y único que soy; que fui bendecido con habilidades más allá de las humanas para cumplir mi destino, y que soy protegido por mi padre, el mismísimo Satanás en persona, para hacerlo. —Se irguió de golpe. Su rostro tomó un semblante de furia casi incontrolable, y señaló furioso hacia las ventanas de la suite, derramando parte del whisky que quedaba en el vaso—. ¡¿Y ahora resulta que existen más personas allá afuera que pueden hacer lo mismo que yo?!

A pesar de los exabruptos, Ann intentaba permanecer serena. Cuando él alzó la voz, no pudo evitar sufrir un pequeño respingo, pero logró controlarse. Aun así, necesito unos momentos para aclarar sus ideas y poder responderle algo tangible.

—Las cosas no son así… —susurró despacio.

—¿Tú lo sabías? —Inquirió Damien con exigencia, saliendo de detrás del bar y dirigiéndose directo hacia ella—. ¿Todos ustedes ya lo sabían y me lo ocultaron todo este tiempo?

Damien se paró justo delante de ella, y Ann tuvo que contener un segundo la respiración.

—Sí —respondió la mujer intentando sonar segura—, sabemos que hay personas en este mundo que pueden hacer cosas inusuales, pero ninguno de ellos es cómo tú. Ellos son simples rarezas de la naturaleza, y tú eres un enviado de más allá de este mundo; un elegido de fuerzas mucho más grandes…

—O quizás no —le interrumpió él de golpe, señalándola acusadoramente con su dedo—. Quizás sólo soy otro chico cualquiera que puede hacer algunos elaborados trucos, y fui el que más encajaba en la imagen que ustedes tres tenían de su supuesto “anticristo”. Y por eso decidieron jalarme a toda esta farsa para tener contentos y fieles a su grupo de adoradores.

—No, nada de eso —respondió Ann de inmediato y sin duda—. No digas esas cosas. Nuestra fe no es una farsa; nuestra fe en ti nunca ha sido más real y fuerte…

Por mero reflejo, la mujer alzó sus manos y las colocó en los brazo del chico, pero éste de inmediato la rechazó.

—¡No me toques! —Le gritó, y la empujó con una mano, haciéndola perder el equilibrio, y caer de sentón al sillón.

Ann comenzó a respirar agitadamente, presa del miedo y la preocupación, que poco a poco rompían su cascarón siempre cubierto de frialdad y fortaleza.

—Si acaso te he ocultado algunas cosas, ha sido por tu bien. Todo es parte del plan mayor…

—¡Me tienes harto con tu puto plan mayor! —Gruñó Damien con gran fuerza, y acto seguido lanzó con todas sus fuerzas el vaso que tenía en su mano hacia la pared. El vaso se volvió añicos por el golpe, y los pedazos de vidrio, junto con los residuos de whisky que quedaban en él, se regaron por todos lados. Ann se sobrecogió en sí misma sin poder evitarlo—. Cada maldito respiro que he dado desde los seis años ha sido planeado, calculado y vigilado. ¿Y para qué? ¡Dime para qué! Mis padres, mi tío Richard, Mark… ¿Para qué han sido todos estos sacrificios realmente? ¡Todo esto no es más que una charada!

—No es así… —Susurró Ann muy despacio, incapaz de alzar su rostro.

—O eres una mentirosa que engaña a todos estos tipos, o eres otra incrédula como ellos. No sé qué opción me parece menos patética.

—No, no…

Ann se dejó caer abruptamente del sillón y se acercó como pudo, incluso gateando, hacia él con la intención de colocarse a sus pies.

—Aleja esos pensamientos de ti. No puede haber dudas en tus acciones, mi señor. —Quiso pegar su frente contra los pies del muchacho, pero éste de inmediato se alejó un paso. Ella igual se quedó en el suelo, con su largo cabello oscuro cayendo sobre su rostro—. Tú estás aquí para abrir la puerta a un nuevo mundo, para cumplir un destino tan grande que nosotros ni siquiera seríamos capaces de entender.

—Cállate… —Masculló Damien, cada vez más molesto.

—Tú estás por encima de todo y de todos, incluidos esos mundanos patéticos de los que hablas; falsos e ignorantes del verdadero camino. No busques a tus iguales entre ellos, que no los hay. Tú eres nuestro príncipe carmesí, nuestro guía y maestro…

—¡Qué te calles te dije! —Se agachó de pronto, tomándola del cuello y la alzó sólo un poco, lo necesario para obligarla a levantar su vista y poder verla a los ojos—. ¡Si dices una palabra más…!

Los ojos de Anna se veían llorosos y cohibidos. Su maquillaje se había corrido un poco, incluso su labial que siempre era rojo y perfecto.

—Mi vida es tuya, mi señor —comenzó a sollozar despacio, pasando sus manos por encima de su torso, su busto, y su abdomen, subiendo y bajando, tomando sus ropas como si se las quisiera arrancar—. Yo siempre te he pertenecido. Si lo que deseas es mi muerte, sólo tienes que pedirlo y te la daré gustosa…

Los ojos de Ann Thorn, de su supuesta tía política, se desbordaron de pronto de una ferviente y casi intoxicante lujuria, que a Damien dejó paralizado. No había como tal miedo brotando de ella, sino una devoción casi insana que le traía a Damien imágenes confusas a su mente; imágenes sobre su vida en la casa de su tío Richard, del cuerpo expuesto de una Ann algunos años más joven, de sus manos recorriendo su cuerpo de infante, y de sus labios rojos zurrándole obscenidades a su oído. Pero esas no eran sólo imágenes, sino recuerdos… vividos recuerdos.

Damien se sintió asqueado y mareado de golpe. La soltó, empujándola hacia un lado y provocando que cayera sobre su costado izquierdo. El muchacho avanzó hacia el bar de nuevo, y se apoyó sobre la barra para evitar caer también. Miró atentamente el espejo del bar delante de él, admirando su propio reflejo, que le era en esos momentos, difícil reconocer. Su cabello se encontraba desalineado, su corbata había desaparecido junto con Abra, y sus ojos parecían los de un completo loco. ¿Cómo podía ese sujeto en el espejo ser él? ¿Cómo podría haber perdido tan fácil el control de la situación?

Respiró lentamente; inhaló por la nariz, exhaló por la boca. Poco a poco, las ideas se iban acoplando de nuevo.

—¿Cuántos más hay? —Soltó de pronto sin apartar su vista del espejo—. ¿Cuántos más hay que pueden hacer estas cosas?

Ann se apoyó en sus manos, alzando un poco su cuerpo del suelo, pero aun permaneciendo la mayor parte en él.

—No lo sé —le respondió como un pequeño lamento lejano—. Sólo nos hemos cruzado con algunos cuantos a lo largo delos años… pero ninguno es cómo tú.

Damien dio una última exhalación profunda. Pasó sus dedos por sus cabellos, intentando acomodarlos lo mejor posible.

—Eso lo veremos —sentenció secamente, y de inmediato caminó hacia una de las habitaciones de la suite—. Descubriré yo mismo la verdad de todo esto, aunque tenga que pasar por encima de ustedes.

Ingresó al cuarto, azotando fuertemente la puerta detrás de él, y desapareciendo de la vista de su tía.

Ann se quedó tirada en el suelo, mirando agitada hacia la puerta cerrada del cuarto. En lugar de intentar levantarse, se dejó caer por completo recostada sobre la suave alfombra. Era incapaz de moverse. Sentía todo el cuerpo estremecido, y miles de hormigas recorriéndole la piel. Necesitaba un segundo, sólo un segundo para intentar recuperar su poderío de nuevo. Y luego podría ser la mujer perfecta, firme y dura que siempre mantenía el control de todo; sólo necesitaba un segundo más…

Ambo se encontraban tan sumidos en esa acalorada conversación, que ninguno se percató que no estaban del todo solos. A pesar de la amenaza latente, Verónica no pudo evitar quedarse lo suficientemente cerca para escuchar desde atrás de la puerta. No pudo oírlo todo, pero sí lo suficiente para sentirse preocupada… y muy perturbada…

* * * *

Alguien llamó a la puerta del estudio, y los dedos de Damien dejaron por sí solos de moverse sobre el teclado de la computadora. Miró pensativo unos momentos la pantalla, sin reconocer por un instante al menos los últimos tres párrafos de su ensayo, como si fuera algo que alguien más hubiera escrito. Se tomó sólo un instante más para dejar por completo su obcecación anterior, y así volver a ese lugar y tiempo.

—Adelante —exclamó con la suficiente fuerza para que la persona al otro lado lo escuchara.

Uno de los hombres de seguridad se asomó cuidadoso hacia el interior del estudio, mostrando sólo cerca de la mitad de su cuerpo desde atrás de la puerta blanca.

—Señor Thorn, su invitado llegó —le informó el hombre con tono estoico y apagado.

Damien sonrió. Realizó con su cabeza un gesto de consentimiento, y el hombre rápidamente abrió por completo la puerta, haciéndose él también a un lado para dejarle el camino libre a la persona que acababa de llegar.

Era un hombre alto y de complexión fornida; de tez oscura, cabello negro y largo, sujeto en varias trenzas que caían hacia atrás y sobresalían de atrás de su nuca. Su rostro era adornado por dos ojos cafés, fríos como hielo. Alrededor de su boca llevaba una barba de candado bien cuidada y cortada. Sus ropas, sin embargo, no eran de tan buena apariencia como el resto de él. Encima de todo traía una pesada y gruesa chaqueta entre beige y verde, con un gorro amplio que caía hacia su espalda en esos momentos. Debajo de dicha chaqueta, se asomaba una camiseta de tirantes color blanco, que dejaba a la vista parte de sus pectorales musculosos. En la parte inferior, usaba unos pantalones de mezclilla azul, algo deslavados, y unas botas de trabajo viejas.

Su apariencia, sobre todo la de su rostro, era todo menos amistosa. Su expresión era dura y agresiva, como la de alguien buscando al tipo adecuado en la calle para armar una pelea, sólo por el placer de hacerlo. Su postura también se notaba muy a la defensiva y a la espera; incluso sus puños se mantenían apretados y colgando a sus costados.

En cuanto lo divisó sentado detrás de ese escritorio, pareció como si toda esa mordacidad que cargaba se volviera aún más intensa. El muchacho, sin embargo, no se vio para nada intimidado o siquiera interesado en dicha actitud. De hecho, sonrió divertido y se recargó por completo contra su silla de forma relajada.

—Ah, James —exclamó con tono juguetón, meciéndose un poco en su silla de atrás hacia adelante—. Te estaba esperando. Pasa, por favor.

El hombre en la puerta arqueó sus labios en gesto de molestia, pero igualmente entró al estudio con pasos pesados. Dos de los hombres de seguridad entraron detrás de él y se posaron frente a la puerta con sus manos juntas al frente.

—Déjenos solos —les indicó Damien sin embargo, haciendo que ambos hombres se sintieran un poco confundidos. De seguro no se sentían cómodos de dejarlo solo con un extraño como ese, pero a Damien le daba igual su comodidad—. Ahora, ¿no me escucharon?

Los dos guardias se miraron entre ellos, y poco después salieron del estudio como les habían ordenado. Cerraron la puerta detrás de ellos, y todo el cuarto se cubrió en ese momento de un profundo y absoluto silencio, casi doloroso. El hombre recién llegado se quedó de pie a la mitad del estudio, con sus hombros rígidos, y su mirada intensa posada en el muchacho.

Damien siguió sonriendo, como si todo ello le pareciera, de alguna forma, “cómico”.

—Toma asiento —le indicó extendiendo su mano hacia una de las sillas delante del escritorio. El hombre se quedó totalmente quieto en su sitio—. Entiendo… ¿Cómo está Mabel, por cierto? ¿Se ha sentido mejor?

Esa mención no hizo ningún favor al mal humor que a simple vista su invitado ya traía consigo.

—¿Qué es lo que quieres? —Exclamó al fin con una voz grave y tono golpeado—. ¿Para qué me llamaste a este… lugar?

El hombre, posiblemente llamado James, miró a su alrededor con desdén, e incluso algo de asco.

—Lo dices tan despectivamente —ironizó Damien—. Uno esperaría que te gustara visitar un sitio así para variar; en comparación con esa casa móvil, y ese parque de remolques, en el que te la pasas metido.

—No soy tu perro, estúpido paleto —masculló James de inmediato—. No voy a venir a ti cada vez que quieras chasquear los dedos.

Damien soltó una risa, pequeña pero sonora. Se hizo entonces hacia adelante, haciendo que la silla se enderezara. Apoyó los codos sobre el escritorio, e inclinó su cuerpo al frente. Sus ojos contemplaron a su visitante con la cordialidad que uno miraría a un viejo amigo que hacía mucho no se encontraba.

—Sí, sí lo harás —susurró con absoluta normalidad, sin aparentemente amenaza en su voz; sin aparente—. Porque, por si no te has dado cuenta todavía, tú y tu chica ahora me pertenecen. Siguen con vida sólo porque yo se los permito. Así que, si te digo que te presentes ante mí, lo harás, y de preferencia lo más pronto posible. ¿Está claro?

Esas palabras hicieron explotar algo en el interior de aquel hombre. Su respiración se agitó pesadamente, y sus puños de apretaron aún más. Pero, aun así, siguió sin moverse de su sitio… como si temiera dar aunque fuera un paso más hacia él.

—Pero relájate —exclamó Damien, con tono travieso, y entonces hizo su silla hacia atrás un poco, y se agachó como si estuviera buscando algo debajo del escritorio—. Si lo haces, vas a aprender pronto que puedo ser un amo agradable…

Levantó entonces un maletín grueso de color gris y lo colocó sobre la superficie plana de la mesa, para que así él pudiera verlo. Lo giró de tal forma que el lado por el que se abría quedara hacia su visitante. Abrió los seguros, y levantó la tapa, revelando lo que contenía: tres termos, o lo que parecían ser tres termos. Eran similares a los que se usaban para contener café, grandes y de acabado totalmente metálico y brillante. Estaban colocados en una base de fomi negro, justo con su forma.

En cuánto los vio, James no pudo evitar que su enojo se esfumara, aunque fuera un poco, y diera paso a una enorme sorpresa.

—¿Eso es…? —murmuró, casi tartamudeando. Su cuerpo tembló ligeramente, como el de un adicto al que le pasean una dosis gratis frente a su rostro—. ¿Cómo…?

Damien se encogió de hombros, impasible.

—Cuando sé lo que tengo que buscar, me resulta sencillo encontrarlo. ¿Ahora sí quieres tomar asiento?

Poco a poco, James se recuperó de su asombro inicial, y volvió a la vieja postura agresiva de antes.

—Podría aplastarte la cabeza y llevármelos en un segundo —amenazó tajantemente.

Damien volvió a reír un poco, ahora con incluso más ironía. Se recargó de nuevo contra su silla, cruzó un poco las piernas, y entrecruzó sus dedos sobre su regazo, en una actitud tan apacible que resultaba incluso exasperante.

—¿Enserio quieres intentarlo? —Susurró en tono de reto, mirándolo atentamente. Él lo miraba también, directamente a los ojos como si esperara que se doblegara con su sola mirada y se agachara con sumisión. Damien, sin embargo, no hizo tal cosa. Continuó en la misma posición, con el mismo semblante y con la misma actitud; de hecho, era James quien poco a poco se veía más… nervioso. Al final, él fue el incapaz de sostenerle su mirada, y terminó volteándose hacia otro lado, como si se sintiera avergonzado. Damien sonrió, satisfecho—. Toma… asiento…

Esa última sugerencia, ya no sonaba tan amable como las anteriores; ahora sí parecía existir un poco de amenaza en su tono. James contuvo un segundo la respiración. Avanzó con paso algo apresurado hacia una de las sillas, y se sentó en ella; todo ello sin mirarlo directamente. Incluso estando ya sentado, prefería tener su atención fija en el maletín, y en su muy, muy atrayente contenido.

—Mucho mejor —exclamó Damien con orgullo. Tomó entonces el maletín y lo deslizó hacia un lado para que no estuviera entre ambos; James lo siguió con la mirada mientras se movía—. Necesito que hagas un trabajo por mí. Hay una mujer a la que le pedí otro trabajo; se está encargando de buscar y traerme a dos personas. Es eficiente, pero algo emocional y tiende a meterse en algunos problemas. Necesito que la vigiles y le des una mano. Pero sólo si lo ves necesario, pues es importante  para mí que cumpla con su labor ella misma.

—¿Y por qué me lo estás pidiendo a mí? —Cuestionó James, casi como si le hubieran soltado un insulto en la cara—. ¿Por qué no se lo pides a algunos de los tipos de allá afuera? ¿O a alguno de los miles de tus seguidores?

—No son mis seguidores —expresó el chico con algo de desinterés—. Son sólo seguidores de una idea. Pero no me malinterpretes, son bastante útiles cuando se les requiere. Pero esto quiero que tú lo hagas. —Lo señaló entonces directamente con su dedo índice—. No eres como ellos, y en estos momentos quiero rodearme de más personas como tú. Además, creo que te agradará conocer a esta mujer de la que te hablo. Sólo espero que tu chica no se ponga celosa.

Damien rio un poco, pero James ni siquiera pestañó.

—Pero, para que veas que mis intenciones son buenas y justas… —Estiró su mano derecha hacia el maletín, y tomó uno de los termos de su interior. Luego, lo extendió a James, colocándoselo justo al frente. Por mero aparente reflejo, el hombre de piel oscura se hizo un poco hacia atrás, casi como si aquel objeto le diera miedo, pero al mismo tiempo lo miraba con ferviente admiración—. Puedes llevarte uno, y los otros cuando cumplas con tu deber. Anda, sabes que lo quieres…

James miró el termo en silencio. ¿Lo quería?, por supuesto que sí. Pero sabía muy bien lo que significaría tomarlo: le estaría vendiendo su alma al demonio… sino fuera porque posiblemente ya lo había hecho, hace mucho, mucho tiempo atrás. Alzó su mano temblorosa y tomó firmemente el termo metálico; la superficie se sentía fría.

De debajo de la manga de su chaqueta, se asomó parte de su antebrazo, del que sobresalían ligeramente algunos pequeños puntos claros sobre su piel más oscura. James de inmediato jaló su brazo de regreso, y se cubrió de nuevo con su manga, con notable aprehensión.

—Buen chico —murmuró Damien con tono burlesco, que a James en realidad no le dio gracia—. Anímate, que de aquí en adelante nos vamos a divertir mucho…

James no respondió nada; no era que realmente tuviera algo que decir u objetar.

Él mismo lo había dicho: ahora le pertenecían.

— — — —

Una vez más, Eleven se encontró en ese espacio oscuro, silencioso e infinito. Una vez más se sintió rodeada por esa inmensa soledad, a la cual no había logrado acostumbrarse del todo a pesar del paso de los años. En ese sitio, en ese rincón oculto de su mente, era capaz de ver y escucharlo todo, si acaso sabía en qué dirección mirar. Casi siempre tenía a su disposición alguna guía que le señalara el camino; una fotografía, un lugar, un rostro, o una idea. En esa ocasión, sin embargo, su única guía era un nombre: Abra.

Estuvo demasiado tiempo rondando en esos rincones oscuros sin encontrarse con nada. Por un momento pensó que si se quedaba más de lo debido, perdería de la razón, y quizás sería incapaz de volver a salir. Aun así, siguió andando, persiguiendo cualquier eco lejano que la llamara, cualquier figura que se moviera entre las sombras, guiándose por cualquier sensación que le recorriera la piel.

Se sintió expuesta en más de una ocasión. Había aprendido de mala forma que el estar ahí, era también como abrir una puerta, o encender una brillante luz que podría terminar atrayendo a alguien… o a algo. Pero en esa ocasión no les temía a los monstruos que rondaban por las esquinas del mundo, esperando un momento de descuido para abrirse paso hacia su plano. No temía a los monstruos come humanos, a las criaturas que poseían tu cuerpo o consumían tu alma. No temía a los demonios, fantasmas o monstruos. Su único temor era aquel individuo, aquel sujeto que había aparecido de la nada, y había zarandeado su cabeza y movido todo en su interior como si fuera una bolsa de canicas. Temía al misterioso chico que tan insufrible impresión había dejado en Matilda y en ella. Temía a un enemigo desconocido, con la fuerza suficiente para hacerles mucho daño.

No sabía si estar tanto tiempo en ese plano la dejaba igualmente expuesta a él, pero la ignorancia de ello tampoco ayudaba a brindarle seguridad, sino todo lo contrario.

“Abra, Abra, ¿dónde te encuentras? ¿Quién eres? ¿Qué relación tienes con él?”

El desconocimiento total de quién buscaba también era fuente de temor. ¿Qué pasaba si se estaba metiendo intencionalmente a la boca del lobo? ¿Qué pasaba si esa persona, fuera quien fuera, era como ese individuo… o incluso peor?

“Abra, Abra, ¿dónde te encuentras? ¿Quién eres? ¿Por qué siento que necesito conocerte? ¿Por qué siento que te necesitamos…?”

—¡Brownie! —Escuchó de pronto una voz resonar como un fuerte estruendo a sus espaldas, que la hizo desbalancearse y casi caer—. ¡Mamá te va a matar si te ve de nuevo en los sillones!

Era la voz de una joven, o al menos eso le pareció a primera vista. Lentamente se comenzó a girar sobre sus pies, casi temerosa y dudosa de lo que vería en cuanto se girara. Sin embargo, no vio monstruos ni amenazas: sólo una joven, de cuclillas dándole la espalda, hablándole a una pequeña y adorable criatura café de cuatro patas sobre un sillón de tapiz verde. Ambos brillaban como si tuvieran luz propia entre toda esa negrura.

El pequeño animal saltó del sillón hacia los bazos de la joven, y ésta lo recibió con gusto.

—Ven pequeño, qué buen chico —Murmuró con un tono mucho más amoroso y suave que su grito inicial. Se paró con el animal sujeto con un brazo, mientras con su otra mano acariciaba sutilmente su cabecita. Se giró entonces un poco en su dirección.

Ya era algo mayor, pero tenía un rostro inocente, con mejillas sonrosadas y rizos rubios y discretos cayendo sobre él. Le recordó por un instante a su propia hija, a su Terry; la más pequeña e inocente de los tres, con sus ojos iluminados como soles y todas las maravillas que el mundo puede ofrecer reflejadas en ellos. Eleven no pudo evitar sonreír ante su imagen y presencia; le transmitía una singular sensación de tranquilidad, una que realmente le hacía falta sentir en esos momentos.

Pero eso sólo duró un pequeño instante.

Abruptamente, y sin ninguna señal previa que advirtiera de esto, aquella muchacha giró su rostro directo y tajantemente hacia ella, clavándole sus ojos azules, que ahora habían tomado un sentimiento bastante más agresivo. Eleven se sobresaltó un poco; no estaba mirando algo más a través o detrás de ella; la estaba mirando, no le cupo la menor duda de ello.

—¿Quién eres? —Murmuró la joven con exigencia, pero también con cierto rastro de miedo—. ¡Aléjate de mí!

Antes de que pudiera decir algo, o siquiera pensarlo, sintió como le faltaba el aire, y una sensación similar a ser empujada con fuerza hacia atrás. Ya la había sentido antes con otros resplandecientes, pero no con esa intensidad. De haber querido, quizás podría haber resistido, pero en realidad no opuso mucha resistencia. Permitió que ella la alejara, y simplemente se dejó llevar por la marea del pensamiento.

La imagen de esa joven y su perro se fue alejando, o quizás ella era la que se alejaba; en ese espacio, realmente la diferencia no importaba.

Sus ojos se abrieron de pronto, estando de regreso en su estudio; de regreso a su casa. Inhaló con fuerza, y luego comenzó a exhalar lentamente. Se retiró rápidamente sus audiófonos contra el sonido, apoyó sus manos contra su escritorio, y poco a poco le permitió a su mente relajarse.

¿Ella era Abra? Si no lo era, igual debía ser alguien con un Resplandor bastante impresionante; la tomó totalmente con la guardia baja. Pero, aun así, no era como el de aquel individuo. Pero no tanto por su potencia o capacidad, sino más bien por la sensación que le transmitía. Aún entre toda esa agresividad que sintió al final, pudo sentir una brillante y cálida luz…

Sintió entonces un ligero dolor de cabeza… y una molestia en la nariz.

Extendió su mano y encendió la lámpara de su escritorio. Lo primero que vio, la dejó prácticamente paralizada por un buen rato. Sobre el escritorio continuaba el papel en el que había escrito el nombre de ABRA. Sin embargo, además del nombre había algo más decorando el papel: dos círculos imperfectos de color rojo.

Llevó sus dedos a su nariz, más por requisito que otra cosa, pues ya sabía lo que tocaría desde antes de hacerlo. En efecto, su nariz volvió a sangrar.

Mientras se colocaba un pañuelo para detener la hemorragia, intentó no pensar realmente en ello, pero fue prácticamente imposible. Había ocurrido otra vez; ya eran dos veces en dos días, después de no haber ocurrido en años. ¿Esa chica se lo había causado? Lo dudaba; el empujón que le había dado no había sido realmente tan intenso. ¿Acaso su encuentro del día anterior la había dejado agotada?; quizás no debía haberse excedido tanto luego de tan desagradable experiencia.

Debía ser eso. Sólo necesitaba descansar un poco, no usar sus poderes por un par de días y todo estaría bien.

Debía ser eso, pues las demás opciones… eran simplemente impensables.

Miró de nuevo el pedazo de papel. Una de las gotas de sangre había caído justo en el nombre, justo entre la “B” y la “R”, como un horrible presagio.

FIN DEL CAPÍTULO 30

Notas del Autor:

—El personaje de James es un personaje original de mi creación, pero se encuentra basado en el contexto de una de las obras involucradas en esta historia. Algunos quizás ya adivinaron de cuál, pero si no, más adelante se explicará con más detalle.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ “Doctor Sleep” © Stephen Kng.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 30. Yo mismo

  1. Nacho Rodriguez Piceda

    Wing muchas gracias por la actualización y felicidades por llegar al capítulo 30. espero que puedas continuarlo y que sea largo. Hasta ahora me gusto esa personalidad de Damian y como duda de quién es. Una cosa curiosa que me llama la atención es sobre lo que dijo Ann sobre los Resplandecientes, quizás a lo que se refiere también a los Exorcistas, no? Espero saber mas el personaje de James en los próximos capítulos.
    También me lleno de ideas de mi spin off y no puedo esperar cuando la Hermandad se cruzará con el Convenio del gobierno por la informacion y el gran secreto que esconden sobre los Resplandecientes.
    Preguntas:
    Como reaccionara Daniel por lo sucedido a Abra?
    El hijo mayor de jane y Mike se llama Benny?
    Se mencionara al demonio Valak del Conjuro?
    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho, muchas gracias por tus palabras 🙂 Estoy feliz por haber llegado tan lejos, y es gracias al apoyo tuyo y de otros. Tus comentarios en cada capítulo me animan a continuar. A ésta historia aún le queda mucho por ver, y espero encaminarla hasta su final. Espero que puedas seguir adelante con tu spinoff y que cada capítulo te inspire y dé ideas. Sobre lo que preguntas, veremos a Danny y Abra hasta tiempo después, pues de momento volveremos con Matilda y Samara. No he decidido aún los nombres de los otros hijos, pero Benny es posibilidad :O Y sobre el Conjuro, no había considerado involucrar dicha franquicia. Tendría que ver cómo podría ser, pues todas las historias ocurren en el pasado de dónde ubica ésta. Pero bueno, ya veremos; hay varias películas y personajes que me gustaría agregar, pero en el momento justo. ¡Nos vemos a la siguiente!

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