Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 07. Encuentro Increíble

5 de noviembre del 2018

Invierno Eterno - Capítulo 07. Encuentro Increíble


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 07
Encuentro Increíble

Hasta ese punto, la primera visita de Hiccup Horrendous Haddock III al continente no estaba saliendo del todo bien. Había causado un gran alboroto, asustado y alertado a las personas, algunos destrozos menores, y ahora estaba rodeado en todas direcciones por un ejército de hombres armados, bastante enojados a simple vista y, si se permitía adivinar, con bastantes ganas de utilizar sus armas en él y en su dragón lo antes posible, y preguntar después. Y por si eso fuera poco, la aleta de Toothless estaba rasgada, por lo que les sería imposible (o al menos muy difícil) salir de ahí volando.

El jefe Vikingo respiró hondo, se paró firme, e intentó hablarles a sus amables anfitriones con la mayor calma que todo ese asunto le permitía demostrar.

—Oh, oigan… tranquilos todos —Comenzó a decir despacio, alzando sus manos hacia ellos en gesto de calma—. Bajen esas cosas, vamos. No hay porque sacar esto de control; todo esto ha sido sólo un malentendido.

Sus palabras no parecían tener efecto alguno en los hombres ante él, que no mostraban intención de querer bajar sus armas ni siquiera un poco.

—¡Papá!, ¡detente! —Exclamó ferviente la chica pelirroja que los había derribado, intentando asomarse desde atrás del enorme cuerpo de aquel hombre que se posaba ante el resto; debía ser de seguro el líder—. ¡No hay necesidad de hacer esto!, ¡ellos no son peligrosos!

—¡¡Claro que son peligrosos!! —Exclamó con voz estridente como un rayo el hombre grande de cabello y barba roja; un casco de acero protegía su cabeza, y empuñaba una vieja, pero aún bastante afilada, espada—. ¡¡Sólo míralos!!

Señaló en ese momento a Hiccup directamente con su arma. Sin embargo, pareció dudar un poco de su propia afirmación al ver con un poco más de cuidado al muchacho delante de él. Pasó sus ojos de forma nada discreta por su figura, de arriba hacia abajo.

Soltó un pequeño gemido reflexivo y entonces decidió mejor apuntar directo al dragón negro.

—¡Sólo míralo! ¡Una criatura sedienta de sangre y de poder!, ¡justo aquí en nuestras tierras! ¡¡De seguro vienen por nuestros tubérculos y mujeres!!

—Ah… ¿tubérculos y mujeres? —Exclamó Hiccup, confundido—. No, no, no es eso. Sólo vinimos a…

De repente, sus palabras tuvieron que ser cortadas de golpe, pues dos dragones más descendieron abruptamente desde los cielos hacia donde se encontraban Hiccup y Toothless. Algunos de los soldados retrocedieron impresionados en cuanto los vieron acercarse, y visiblemente se mostraron más nerviosos que antes. Las dos bestias quedaron a cada lado de Toothless, poniéndose también a la defensiva en dirección a sus posibles atacantes. Los dos jinetes saltaron de sus lomos, poniéndose delante de su jefe de forma protectora; Eret con sus dos espadas y Astrid con su hacha.

—¡Hiccup!, ¡¿Estás bien?! —Exclamó Astrid, girando su hacha con una mano, para luego tomarla firmemente con ambas a la espera de que cualquiera de esos sujetos se atreviera a acercárseles—.  ¡Vinimos en cuanto pudimos!

La guerrera Vikinga se veía tranquila, pero en realidad no lo estaba. Eran demasiados hombres, y todos se veían bastante alterados. Era una situación realmente desesperada.

—Bien, Jefe; ¡gran plan! —Añadió Eret, plantando ambos pies firmemente, y empuñando sus dos espadas delante de su cuerpo—. Esto está saliendo de maravilla…

Tanto los dragones como los recién llegados amenazaron a los soldados con sus colmillos y armas respectivamente; estos, sin embargo, no reaccionaron precisamente bien a dicha amenaza.

—Chicos —murmuró Hiccup entre dientes a sus dos compañeros—. Gracias por venir por nosotros, pero enserio no creo que estén ayudando…

—¡¡No dejaremos que se lleven lo que nos mantiene vivos en este cruel Invierno!! —Gritó el Rey Fergus con aún más poderío en su voz—. ¡¡Nuestros tubérculos no serán de nadie más!!

Fergus alzó su espada al aire, y todos sus hombres vitorearon en apoyo a sus palabras.

—¡Mira sus armas y sus ropas, Fergus! —Murmuró con fuerza Lord Macintosh, quien estaba justo de pie a su lado—. ¡Son Vikingos!, ¡no hay duda de ello!

La idea ya le había cruzado a varios de los presentes, pero el hecho de que uno de los Lores lo confirmara tan directamente, hacía que no quedara lugar para duda alguna. Los Vikingos, como bien les había advertido Eret, no eran precisamente muy populares por ahí.

—¡Con más razón vienen por nuestras tierras! —Concluyó Fergus sin duda alguna—. ¡Con los vikingos no se puede razonar! ¡No se puede dialogar con ellos! ¡Están sedientos de sangre y de poder!

—¡¿Disculpe?! —Pronunció Astrid con fuerza, casi ofendida—. ¡¿Cómo se atreve?!

—¡Al demonio con tus tierras, viejo! —Le gritó Eret con intimidación—. ¡Será mejor que retrocedan, todos! ¡Están ante el Gran Hiccup Haddock! Hijo de Estoico el Vasto, Jefe de la Tribu de Berk, Amo de Dragones y…

A los soldados no pareció importarles mucho sus advertencias, pues a pesar de ello no tuvieron problema en dar un paso más hacia él, y amenazarlo aún más con sus lanzas y espadas. Eret tuvo un pequeño respingo al verlos hacer eso.

—¡¿No tienes algún título más intimidante?! —Le recrimino a Hiccup, volteándolo a ver sobre su hombro.

El jefe Vikingo sólo se limitó a taparse el rostro con una mano, con cierta vergüenza.

—Qué desastre… —Exclamó despacio para sí mismo.

No fue el único que tuvo la misma reacción, pues Merida hizo un gesto bastante parecido en ese momento.

—¡Qué desastre! —Exclamó también, aunque con algo más de fuerza.

La situación se veía realmente problemática para ambos lados. Si alguno de los dos no hacía algo pronto, estallaría la lucha ahí mismo, y más de uno resultaría herido o algo peor, y todo tal vez por nada.

Quizás ninguno de los dos tenía el poder de detener todo ello, pero había alguien más que sí.

—¡Basta!, ¡detengan esto! —Se oyó que vociferaba con gran fuerza una voz acercándose, con tanto poderío que hizo que absolutamente todos guardaran silencio y se giraran al unísono en la misma dirección—. ¡Fergus!, ¡mis Lores! ¡No ataquen!

Ante las miradas expectantes de los locales y los recién llegados, la reina Elinor en persona se abrió paso entre las calles del pueblo, sobre su caballo de pelaje blanco nieve. No venía sola, pues sus tres hijos pequeños la acompañaban, dos en su regazo sobre el caballo, y uno más sujeto a su cadera en la parte de atrás de la silla. Obviamente, Hiccup y sus acompañantes no la reconocieron, pero todos los demás se habían quedado mudos ante su repentina aparición.

—Mamá —exclamó Merida despacio, igualmente sorprendida como el resto, pero también muy aliviada.

—P-pero… ¡Querida…! —Balbuceó Fergus entrecortado, volteando a ver a su esposa, un tanto atónito, mientras su mano seguía empuñando su arma hacia los forasteros—. ¿No escuchaste que son vikingos?, ¿que vienen por nuestras tierra?, ¿por nuestra comida?, ¡¿por nuestros tubérculos?!

El tumulto de soldados que rodeaba a los vikingos se hizo un poco hacia los lados para abrirle el paso a su reina. Elinor detuvo su avance justo delante de su esposo e hija, jalando las riendas de su corcel.

—¡Ay!, ¡mamá! —Exclamó Harris como reclamo—. ¡Se estaba poniendo bueno…!

No le dio más tiempo ni a él ni a los otros de decir algo más. Cuando se bajó del caballo, los tomó a los tres de las orejas y los jaló detrás de ella. Los tres pequeños se quejaban y gemían, pero sólo se limitaban a seguirle el paso a su madre y así lograr que el jaloneo no fuera tan doloroso.

—¡Ustedes también cállense! —Espetó la reina, y acto seguido soltó a los tres niños justo delante de Merida. Con un solo gesto de su mirada tuvo suficiente para indicarle a su hija que los cuidara, y ésta de inmediato los abrazó contra ella para evitar que alguno se atreviera a moverse de ahí; en parte por obedecer a su madre, y en parte porque la situación ya era demasiado tensa como para que esos tres destructores anduvieran por ahí empeorándola.

Elinor siguió avanzando hasta colocarse justo a un lado de su esposo. Fue entonces cuando sus ojos pudieron divisar con mucha más claridad a los tres inesperados visitantes… y las tres criaturas que los acompañaban. Tres criaturas de las que Elinor sólo había oído descripciones vagas, o leído al respecto en libros y cuentos. Pero ahora ahí estaban ante ella, con sus grandes y amenazantes ojos mirándola, y sus hocicos mostrando sus dientes en señal de amenaza y alerta.

La reina de DunBroch intentaba mostrarse calmada y serena, pero dicha imagen en primera instancia logró sin lugar a duda causarle una fuerte impresión. Logró disimularla lo más posible, pero no pudo evitar soltar un leve alarido de sorpresa, y hacer su cuerpo instintivamente hacia atrás unos centímetros.

—Increíble… —susurró en voz muy baja, pero de inmediato despejó su cabeza de cualquier pensamiento de alarma o temor que pudiera cruzarle. Se paró firme y recta, se aclaró su garganta y se acomodó su cabello con sus dedos para que volvieran a su lugar en el elaborado peinado que lucía. Volvió entonces a hablar, con voz mucho más firme y segura—. ¿Quiénes son y qué los trae a nuestras tierras, forasteros? Hagan el favor de Identificarse, si son tan amables.

Astrid y Eret se vieron el uno al otro, inseguros de cómo reaccionar a eso. Hiccup, por otro lado, lo tenía mucho más claro. Esa mujer, quien quiera que fuera, parecía tener un lugar de bastante autoridad entre todos esos hombres; debía ser la reina de DunBroch, o a eso se arriesgaría a apostar.

El jefe Vikingo se abrió paso entre Astrid y Eret, para pararse firme delante de ambos, para encarar a la Reina Elinor de frente.

—Soy Hiccup Horrendous Haddock III, Jefe de la Tribu de Berk —espetó con el suficiente volumen para que todos los presentes lo oyeran. Merida, y en realidad varios de los otros, hicieron un gesto de incredulidad al oír su nombre. ¿En verdad se llamaba así? Pero quizás aún más sorprendente había sido escucharlo llamarse a sí mismo como el líder de su tribu. No se veía mucho mayor que ella—. No venimos con malas intenciones. Sólo queremos hablar con los regentes de DunBroch, sobre algo muy importante para lo que requerimos su apoyo…

—¡¿Apoyo?! —Exclamó Lord Macintosh, casi espantado por tales palabras—. ¡¿Apoyo para Vikingos?! ¡Qué absurdo!

—Primo, por favor… —Le susurró Elinor despacio, mirándolo sobre su hombro e indicándole con su mano que aguardara y se mantuviera callado. El hombre de nariz prominente y marcas azules en el cuerpo obedeció. Elinor se viró de nuevo hacia el muchacho castaño delante de ella—. ¿Un chico tan joven y escuálido es el líder de una aldea Vikinga?

Hiccup vaciló un poco antes de responder.

—Ah… sí… eh… —No sabía bien cómo contestar a algo así, especialmente en un momento como ese—. Lo importante es que necesito hablar con los regentes de DunBroch lo antes posible. Sé que nuestra manera de llegar no fue la correcta, pero es en verdad urgente que lo haga.

—Bueno, está de suerte, Lord Hiccup —exclamó Elinor con tranquilidad.

Eret soltó en ese momento una pequeña risilla que trató disimular.

—Lord Hiccup —susurró despacio; Hiccup pareció ser el único que notó ese pequeño gesto.

Elinor alzó sus brazos hacia los lados, hacia su esposo y hacia los Lores.

—Los regentes de DunBroch están aquí ahora mismo. —Extendió entonces su mano hacia un lado, señalando con ella hacia Fergus y a los tres Lores que lo secundaban entre la multitud—. Y en vista de que en efecto, su manera de llegar no fue la correcta, le sugiero que hable rápido…

—¿Qué? —Exclamó Hiccup, un poco sorprendido—. ¿Es decir… ahora?, ¿aquí?

Miró a su alrededor, notando las caras molestas de todos, y especialmente las puntas de espadas y lanzas que aún señalaban en sus direcciones.

—Vamos, mocoso —vociferó Fergus, secamente—, tengo una alfombra de piel de dragón que hacer.

Ese comentario puso más en alerta a los tres dragones, cuyos ojos se afilaron y sus cuerpos se tensaron. Merida se permitió darle un pequeño codazo a su padre en el vientre por tales palabras tan poco atinadas, haciendo que el rey se doblara ligeramente sobre sí.

—Hiccup, no confío en estas personas en lo absoluto —le murmuró Astrid despacio a su líder, apretando más el mango de su hacha entre sus manos—. La gente del continente puede parecer razonable, pero en cualquier momento nos clavarán un puñal por la espalda.

—Astrid, no digas eso en voz alta —le respondió el Jefe Vikingo despacio, ya demasiado tenso como para querer sumarle más tensión al asunto. Respiró hondo, y dio un paso más al frente. Alzó sus manos en señal pacífica, e intentó reflejar una actitud más calmada, e incluso comenzó a sonreír—. Bien, escuchen, amigos, ¿por qué no nos calmamos un poco y bajamos las armas? Todos nosotros… —Con sus manos, hizo que tanto Astrid como Eret bajarán también su hacha y espadas respectivamente, muy en contra de sus propios deseos—. Y vamos a un lugar más privado para hablar. No queremos molestar a las buenas personas de por aquí… más de lo que ya hemos hecho…

—¡Esto es ridículo! —Profirió Lord Dingwall con molestia—. ¿Por qué tenemos que escuchar a un trío de mocosos vikingos que nos vienen a invadir montados en sus dragones de la muerte?

—Siendo justos —comenzó a responder Hiccup con tono irónico—, si quisiéramos invadirlos, ¿creen que hubiéramos venido sólo tres de nosotros? Eso no sería muy inteligente, ¿no creen?

El escucharlo decir eso puso incluso más nerviosos a Astrid y Eret. Era un intento de aligerar las cosas, pero al parecer nadie de su exigente público lo encontró gracioso… excepto aquella chica de cabellos rojos y rizados, quien no pudo evitar soltar una pequeña carcajada, pero casi de inmediato se quedó callada, tapándose incluso su boca con una mano al sentir las miradas de todos en ella; especialmente la de su madre.

Elinor miró a Merida con dureza unos instantes, pero luego se viró de inmediato hacia su no tan agradable visitante. A diferencia de su hija, en efecto en su rostro no se veía signo alguno de que su comentario le hubiera causado aunque sea un poco de gracia.

—Su tiempo se está acabando, Lord Hiccup. Lo que tenga que decirnos, puede decirlo frente a nuestro pueblo. No hay nada que tengamos que ocultarles.

Hiccup suspiró resignado, y optó por tomar de inmediato un semblante más serio.

—Se trata de esto —declaró con fiereza, señalando con su dedo hacia el cielo nublado, y a la nieve que caía poco a poco sobre sus cabezas—. Esta situación no es para nada normal. El invierno está empeorando, y empeorará aún más… Nuestro hogar ya está sufriendo los estragos de este horrendo clima, y hemos visto partes donde todo es aún más insostenible. Y hay algo aún más peligroso allá afuera. —Señaló en ese momento en dirección al mar—. Y viene hacia acá….

Todos los presentes se quedaron confundidos, viéndose entre ellos en busca de algo de claridad. Merida seguía abrazando a sus hermanos, pero su rostro se llenó de gran asombro al escucharlo decir eso… escucharlo advertirles de ese horrible Invierno.

—¡¿Pero qué disparates son esos?! —Lanzó Fergus, entre incrédulo y enojado—. Es normal que las estaciones se retrasen un poco de vez en cuando; nos tocó la mala suerte de que el invierno se extendiera más de la cuenta, pero probablemente la primavera llegue pronto. ¡¿Qué clase de peligro puede venir con esto, que no sea el hambre?! ¡¿No vinieron realmente a robar nuestros tubérculos?!

—¡Viejo!, ¡deja hablar de tus tubérculos! —Le gritó Eret, harto—. ¡Nadie quiere tus tubérculos…! Aunque no me quejaría de comer algo…

—¡Es una sarta de palabrerías! —Declaró Lord Macintosh, dirigiéndose hacia los demás soldados, y también hacia las personas del pueblo—. ¡Nos quieren distraer mientras llegan los demás dragones! ¡Digo que tomemos como rehén a su jefe ahora mismo!

Las demás personas a su alrededor parecieron estar de acuerdo de inmediato con sus palabras.

—¡Mentirosos!

—¡Ladrones!

Poco a poco se unieron más voces que les gritaban con molestia y rencor, sin darles oportunidad de decir algo más.

—¡Es muy evidente que ésta gente no está dispuesta a escuchar! —Le exclamó Astrid a su jefe desde su espalda; se le oía cada vez más desesperada.

—¡No es un engaño! —Gritó Hiccup con más ahínco—. ¡Lo que les digo es cierto! ¡El mar más allá de sus costas se encuentra totalmente congelado! —La gente no le ponía atención, y continuaban con sus gritos sin cesar—. ¡La situación es aún peor de lo que creen! ¡Allá afuera…!

La gente siguió alzando la voz, a pesar de que la reina estuviera ahí presente. El temor a un desastre se hacía cada vez mayor, cuando de repente…

—¡¡Todo lo que está diciendo es cierto!! —Se escuchó de repente la voz de la Princesa Merida, exclamar con gran potencia. Todos aquellos que gritaban, se quedaron abruptamente en silencio, y su atención se centró en la chica de abundante cabellera rojiza. Su expresión se había vuelto dura, y bastante decidida.

—Merida, por favor —le susurró su madre despacio—. Ahora no. Regresa al castillo con tus hermanos…

Merida miró a la reina por un momento, pero hizo caso omiso de su petición. Soltó en ese momento a sus hermanos, dejándolos con su madre, la cual tuvo que apresurarse para atraparlos antes de que salieran corriendo sin rumbo. Luego, avanzó hacia el frente, pasando a lado de su padre y su madre, para pararse justo en el área despejada entre los vikingos y los soldados de su padre y los Lores. Todos se veían un tanto perplejos por esa repentina intervención, incluidos los tres vikingos.

—¡Lo que este forastero dice es verdad! —Señaló la princesa, dirigiéndose a todos los presentes—. Este invierno que se niega a irse, ¡no es algo natural! Y precisamente el día de ayer decidí tomar cartas en el asunto, y preguntarle a alguien que supiera sobre el tema; ¡alguien que me dijera qué le está pasando a nuestras tierras!

—¡Merida! —Exclamó Fergus alarmado, mirando de reojo a los Lores, quienes la miraban muy confundidos—. Cariño… ayer dejamos en claro que esas eran puras supercherías… —murmuró entre dientes, disimulando un poco su enojo.

—¡No son supercherías, papá! —Le respondió Merida con firmeza—. ¡Esto es algo muy real! ¡Nuestros cultivos se mueren! ¡El frío no deja que nada más que asquerosos tubérculos crezcan en nuestras tierras! Y cada día nuestros ciudadanos tienen que poner otro trozo más de leña al fuego para que sus hogares puedan calentarse aunque sea un poco. Deja de engañarte a ti mismo, papá; esto no es una estación que se atrasó un poco. La primavera debería de haber llegado hace meses, ¡pero no hay señales de ella!

De nuevo, la confusión y la duda se apoderaron de todas las personas, que intentaban digerir las diferentes fuentes de información. La gente alrededor parecía amedrentarse un poco; las palabras de la princesa eran como baldes de agua fría.

Hiccup miraba sorprendido a esa joven, sobre todo al ver como las personas parecían escucharla, o al menos ella parecía tener la habilidad de hacerse escuchar, aunque fuera a la fuerza; una cualidad bastante digna de un líder verdadero. Hablaba con mucha energía en sus palabras, y su mirada parecía casi estar en llamas. ¿Quién era ella? Llamaba papá y mamá a los reyes, así que sería tonto no suponer que era en efecto la princesa de esas tierras; ¿una princesa del continente había tenido la habilidad de derribarlos en pleno vuelo con un solo disparo? No era el momento adecuado para pensar en ello, pero sí que resultaba ser toda una sorpresa…

Merida prosiguió con su discurso espontáneo.

—¡Entonces… decidí consultar a una bruja para que respondiera mis dudas!

—¡Talladora de madera, Merida! —Murmuró Elinor entre dientes, aunque con un algo de fuerza; ya era muy tarde para callarla, de todas formas.

—¿Pero qué…? —Musitó Astrid, mirándola con una cara de extrañeza total.

—Ah… ¿acaso dijo… Bruja? —Susurró Eret muy despacio a sus compañeros.

—Y lo que me dijo —continuó la princesa—, junto con la visita de este jefe vikingo y su gente —señaló justo en ese momento a Hiccup con su mano mientras hablaba—, ¡sólo me ayuda a corroborar lo que ya sospechaba! Esto que nos azota se llama “Invierno Eterno”, y es provocado por una persona tan poderosa, tan destructiva, que hará que se congele el mundo entero si no la detenemos. Estoy hablándoles de la Reina de las Nieves.

Se pudo escuchar el alarido de sorpresa entre la gente, sobre todo al escuchar tal nombre, que no a todos les era desconocido, siendo pronunciado tan alto y de la voz de su princesa.

—¡¿Bruja?!, ¡¿Invierno Eterno?! —Exclamó Lord MacGuffin, totalmente embrollado—. ¡¿De qué está hablando esta niña?!

MacGuffin, y los demás Lores también, se giraron hacia Fergus y Elinor en busca de explicaciones. Ésta última sólo suspiró resignada, agachando su cabeza y pegando su mano contra su rostro.

—¿Invierno Eterno? —Susurró Hiccup en voz baja, como un pensamiento para sí mismo. Estaba intrigado por todo lo que escuchaba, especialmente por tan extraña teoría. ¿Una bruja que causaba todo ello?, ¿era algo así siquiera posible? No tenía idea, pero en esos momentos, en una situación tan extraña y sin precedente como esa, era una teoría tan válida como cualquier otra.

Hiccup recuperó de nuevo la firmeza, y dio un paso más al frente, parándose cerca de la princesa, que se viró hacia él al sentir su cercanía. Esto puso nerviosos a los soldados, pero el vikingo no se dirigió hacia la chica, sino de nuevo hacia la multitud.

—No sé si esto es obra de magia o de una bruja —comenzó a decirles con seguridad—. Pero yo siempre he sido una persona que cree en lo que ve, y les aseguró que allá afuera la situación es peor de lo que creen. El mar está congelándose, los glaciares se multiplican, y acabamos de encontraron hace sólo unos días con un grupo de monstruos indestructibles, ¡y comienzan a andar por el mar congelado en esta dirección!

Esas palabras parecieron alterar aún más a todos.

—¿Monstruos? —masculló Merida, sorprendida—. ¿Hablas enserio?

Hiccup la miró de reojo y asintió.

—¡Les digo la verdad! ¡Los vimos con nuestros propios ojos! Son monstruos con cuerpos hechos de nieve. Las armas los atraviesan, los despedazan y vuelven a unirse. Sé que suena como una locura, pero es verdad. Y es imposible saber cuántos de ellos se encuentran allá afuera.

—¿Monstruos de nieve…? —Susurró Elinor como un pequeño suspiro—. No puede ser…

—¡BASTA!, ¡BASTA!, ¡BASTA! —Se escuchó de pronto como Fergus gritaba con fuerza, haciendo resonar su voz entre la multitud. Avanzó entonces con paso decidido hacia su hija—. ¿Magia? ¿Monstruos de nieve? ¿Brujas? ¡Nada de eso existe! Merida, querida, ¡fuiste timada por una charlatana!, otra vez. —Miró entonces directamente a Merida con el ceño fruncido, claramente perdiendo la paciencia, algo que era de cierta forma extraño en él—. Y estos vikingos no hacen más que alimentar tus absurdos argumentos. ¡La magia no es real!

—¡Te estoy diciendo que sí lo es! —Le respondió a modo de grito la joven pelirroja, poniéndose delante de Hiccup para encarar a su padre—. ¡Te niegas a creerlo, pero una bruja convirtió en oso a mi madre, por mi culpa! También a mis hermanos… ¡También al mismo Mor’du!

La gente al unísono soltó un alarido al escuchar ese último nombre.

—¿Osos? —Murmuró Eret, perplejo—. Mi padre me decía que la gente del continente era rara, pero…

—¡Merida! —Exclamó Fergus con fuerza, inclinando un poco su cuerpo hacia la joven. Su rostro empezaba a ponerse rojo, pero ni siquiera así la princesa se doblegaba; de hecho, su rostro también se estaba poniendo rojo.

—¡Necesito que me creas cuando digo que hay que hacer algo para no perecer ante el Invierno Eterno! ¡Lo que dice el vikingo ha de ser verdad, y ha de ser obra también de la bruja de las nieves!  ¡Tenemos que encontrar a esa mujer!

—¡Merida!

—¡Y MATARLA!

—¡MERIDA!

—¡BASTA! —Resonó aún más fuerte la voz de la Reina Elinor, tan intenso que hizo temblar algunos tejados, provocando que algo de la nieve sobre ellos se desplomara el suelo—. ¡Basta ustedes dos! Dejen esto, ¡ya! ¡¿No ven que están alterando a la gente?! —Se aproximó apresurada a ellos, colocándose entre ambos para mantenerlos alejados el uno del otro; se veía claramente alterada—. Merida, Fergus, llévense a los Lores y a los niños al castillo. Todos, vamos, ¡ahora!

Merida, Fergus, así como los tres Lores visitantes, se miraron entre ellos, dudosos.

—Pero espere, mi reina… —Intentó objetar Macintosh.

—¡Dije ahora! —Les gritó de nuevo con la misma intensidad de antes, haciendo que todos retrocedieran un paso. Rápidamente se paró derecha y respiró hondo, dando todo de sí para recuperar, aunque fuera un poco, la compostura. Se suponía que una dama no debía reaccionar así—. En cuanto ustedes… —Se volteó en ese momento justo hacia Hiccup y sus acompañantes; los tres, o más bien los seis contando a los tres dragones, se sobresaltaron al sentir su mirada dura y fría sobre ellos—. Han causado bastante alboroto por un día. Si en verdad vienen en son de paz, tiren sus armas, entreguen a sus dragones, y a ustedes mismos, de buena voluntad y sin pelea.

—¡Ja!, sabía que esto no funcionaría —murmuró Astrid entre dientes, más dispuesta a pelear que antes.

—¡Ni loco, señora! —Le secundó Eret, empuñando sus armas.

—La reto a que se atreva a ponerle un dedo encima a mi dragón.

Los tres dragones parecían compartir su sentimiento, pues de inmediato se pusieron en alerta. El principal de ellos era Toothless, que gruñía y mostraba sus dientes, dispuesto a actuar de ser necesario.

Sin embargo, su líder apaciguó sus deseos de lucha rápidamente.

—¡Está bien!, ¡está bien! ¡Lo haremos! —Exclamó con firmeza alzando un poco sus manos. Todos los que venían con él se quedaron perplejos al oír eso, incluso su leal dragón negro. Toothless lo miró lleno de confusión, parpadeando varias veces.

—¡Hiccup! —exclamó Astrid exasperada, con los ojos muy abiertos y unas claras ganas de golpearlo—. ¿Entregar a nuestros dragones? ¡¿Para que hagan alfombras y abrigos con ellos?!

—¡Tienen mi palabra de que no les haremos nada! —Intervino Merida de inmediato, intentando de alguna forma calmar las cosas—. ¡Aquí sabemos diferenciar a simples animales de compañeros! —sonrió ligeramente, aunque eso no duró mucho ya que Elinor la comenzó a encaminar hacia sus hermanos.

Hiccup miró fijamente a Merida cuando dijo eso, y asintió con su cabeza como señal de que le creía; ella alcanzó a verlo antes de ser alejada del todo por su madre.

—Bajen sus armas, vamos —le indicó en voz baja a sus dos amigos.

Eret suspiró con resignación, y de inmediato dejó caer sus espadas al suelo y alzó sus manos en señal de rendición.

—Ésta es una mala, mala idea. Pero tú eres el jefe… supongo.

Astrid se quedó quieta y en silencio por largo rato, sólo mirando de muy mala gana a los hombres del continente. Luego de un rato, y sin decir nada, soltó su hacha con la fuerza suficiente para dejarla clavada firmemente en el suelo. El enfado era tal que tenía que respirar con profundidad para no cometer una locura, como golpear a Hiccup o algo peor.

—Bien, ya saben qué hacer —les indicó Fergus con la cabeza a sus hombres para que se encargaran de ellos. Los soldados obedecieron de inmediato, y su inminente cercanía puso nervioso a Toothless.

—Está bien amigo, tranquilo —susurró Hiccup despacio, agachándose hacia su dragón para colocar sus manos sobre su cabeza—. Sólo cuida que todos se porten bien, ¿de acuerdo?

Se podría decir que la mirada de Toothless se relajó en ese momento, pero era relativo. Las palabras de su amigo lo hicieron pasar del enojo a la preocupación; no por sus colegas y él, sino por Hiccup, Astrid y Eret.

Los soldados tomaron a Hiccup abruptamente de los brazos y lo alejaron de él con cierta violencia.

—Bien, gracias amigos —murmuraba Hiccup con tranquilidad mientras los soldados lo jalaban—. Nos pueden llevar, adelante; cero resistencia, estamos cooperando.

—Cómo si hubiera de otra —añadió Eret con fastidio. Astrid y él fueron arrastrados también, en igual de condiciones que su líder. Astrid, sin embargo, optaba por permanecer en silencio

Mientras tanto, otro grupo de soldados se había quedado atrás, con la misión aparente de llevarse a los tres dragones. Toothless, Stormfly y Skullcrusher se encontraban en su sitio sin moverse, y los soldados igual. De hecho, permanecían a cierta distancia de ellos, temerosos y sin saber en realidad qué hacer con ellos.

— — — —

Elinor dejó a Fergus y a los Lores, junto con las comitivas de estos, en el salón principal. Les indicó que aguardaran por ella un momento, pero aún no se alejaba del todo cuando comenzó a escucharlos discutir y gritar entre ellos; esperaba volver lo suficientemente rápido para evitar que se mataran.

Dejó a sus tres hijos al cuidado de tres doncellas del castillo. Dudaba, sin embargo, que tres doncellas fueran suficientes, así que optó por encerrar a los trillizos, y a las tres doncellas, en la habitación de los primeros, hasta nuevo aviso.

En cuanto a Merida, a ella la acompañó directo a la habitación de ésta, y ambas se metieron con la puerta cerrada para hablar a solas unos momentos. La reina se encontraba preocupada y molesta; era difícil decir cuál de las dos más.

—Por los Dioses, Merida —mascullaba la reina mientras andaba de un lado a otro por la habitación—. Te dije que hablaría de esto con tu padre y los Lores más tarde; ¿cómo se te ocurrió ponerte a decir esas cosas frente a todo el pueblo? Los rumores de la Reina de las Nieves ya estaban surcando y asustando a la gente desde hace tiempo, como para que ahora su princesa saliera a decirles todo eso y afianzara sus miedos.

—¡¿Y qué querías que hiciera, madre?! —Respondió Merida con actitud seca, sentada en la orilla de la cama—. ¿Qué me quedara callada mientras acusaban a esos vikingos de cosas tan insignificantes como robar tubérculos? La gente tiene derecho a saber lo que pasa, ¡tienen derecho a saber que estamos luchando por ellos!

—Tienen derecho a saber lo que sabemos y estamos seguros de que es real —recalcó Elinor tajantemente, girándose hacia ella y señalándola con su dedo, casi acusador—. Pero hasta ahora, aunque acepto que no tengo nada para probar que lo que te dijo esa… Talladora de Madera, sea falso, tampoco tengo nada para probar que sea cierto. Y la llegada de esos vikingos no es prueba de ninguno de los casos.

Sintió que estaba perdiendo de nuevo los escrúpulos, por lo que tomó una pausa para respirar lentamente, dejar salir todos los malos pensamientos, y recuperar la serenidad y compostura propia de una reina. Por extraño que sonara, eso desesperaba aún más a Merida que el hecho de que le gritara y regañara enojada. El que reprimiera de esa forma sus emociones, era realmente desesperante; ella jamás podría hacer algo como eso, y quizás por ello nunca podría ser una reina que encajara en esa imagen tan idealizada que su madre tenía de dicho puesto.

Una vez más tranquila, Elinor se giró por completo hacia su hija, y le habló con suavidad.

—Escucha, tu padre y los Lores están muy alterados en estos momentos. Déjame discutir esto con ellos e intentar tranquilizarlos. Tú quédate aquí, cuida que tus hermanos no se escapen y causen más líos, ¡y no te acerques a los Vikingos! —La señaló de nuevo con su dedo como antes—. Hablo muy enserio…

Era muy claro que no le estaba dando lugar a refutar. Inconforme, pero de todas formas resignadas, la princesa de DunBroch se cruzó de brazos y se volteó hacia otro lado, con expresión de puchero en su cara.

—¡De acuerdo! —Susurró de mala gana, y justo después se dejó caer de espaldas sobre el colchón—. Cumpliré sus órdenes, real majestad.

—¡No me…! —Las palabras de Elinor se cortaron. Iba a decirle algo por ese comentario final, pero prefirió abstenerse. Comenzó entonces a dirigirse directo a la salida

—Madre —la escuchó pronunciar de pronto, haciendo que se detuviera frente a la puerta—. ¿Crees que algo bueno resulte de todo esto? ¿No crees que la llegada de esos chicos sea una señal?

Elinor la miró sobre su hombro uno segundos, y luego suspiró despacio.

—No lo sé, querida. No sé qué hacen esos Vikingos aquí realmente, pero lo averiguaremos; te lo prometo. —Abrió entonces con cuidado la puerta, pero no salió aún—. Es Increíble que existan dragones aún en esta época, ¿no crees? Y que además haya guerreros capaces de montarlos por los aires.

Merida continuó recostada, mirando hacia el techo. Al escuchar lo que su madre decía, sin embargo, una pequeña sonrisita apareció en su rostro.

—Sí… Totalmente increíble…

Aunque hubo mucho sentimiento de peligro y preocupación al ver a esas criaturas volar sobre sus cabezas, y fueron estos mismos sentimientos los que la empujaron a actuar de inmediato y sin duda, era imposible negar que también existía mucho de fascinación ante la idea de poder hacer algo como eso. Aún en ese momento, no podía evitar imaginarse a sí misma montando uno de esos dragones; ¿sería acaso igual a montar sobre Angus pero en los aires?, ¿o sería algo totalmente diferente?

Elinor salió del cuarto y cerró la puerta detrás de sí. Merida se sentó de nuevo, y contempló la puerta en silencio por un rato. Su rostro se iluminó con un aire un tanto travieso. Esperó el tiempo adecuado como para que su madre ya hubiera hecho la suficiente distancia de la puerta, y entonces avanzó hacia ella con paso cauteloso.

Su madre le había advertido que no se acercara a los Vikingos… pero al parecer se le había olvidado prohibirle acercarse a los dragones.

— — — —

Como no podía ser de otra forma, Astrid, Hiccup y Eret fueron llevados a las celdas del calabozo, en la parte subterránea el castillo de DunBroch. Ninguno opuso resistencia, tal y como prometieron, pero igual eso no evitó que los soldados que los llevaron se tomaran sus libertadas para tratarlos… no del todo hospitalarios. Los jalonearon y empujaron en la celda, que al menos era considerablemente amplia, y se alumbraba por el fuego de una serie de antorchas colocadas en la pared del pasillo. La temperatura en ese sitio era aún menor; por suerte los tres traían aún sus ropas abrigadoras, por lo que ninguno lo sufrió demasiado.

Pasaron varios minutos, quizás cerca de media hora, sin que nadie se dignara a irlos a ver. Todo el sitio estaba muy callado; ni siquiera se oía el chillar de ninguna rata, si es que el frío había dejado alguna con vida. Los únicos sonidos presentes eran el apenas apreciable sonido del fuego de las antorchas consumiendo, y los incesantes pasos de Astrid, que andaba de un lado a otro de la celda sin sentarse ni un segundo. Había un par de sonidos más presentes en realidad: el de la respiración agitada de la vikinga, y el de sus dientes rechinando entre sí.

Hiccup se encontraba sentado en uno de los extremos de la celda, con su espalda contra la pared, y seguían a Astrid con su mirada.

—Escucha… Astrid… —Murmuró despacio, y algo inseguro sin quitarle los ojos de encima en su andar—. Entiendo que estés molesta; las cosas no salieron exactamente como lo esperaba. Pero debemos adaptarnos a los imprevistos, ¿no estás de acuerdo? —Intentó sonar de nuevo confiado y despreocupado, pero no lograba hacerlo del todo—. Sólo dame un poco de tiempo. Te aseguro que nos sacarán de aquí en cuanto terminen de discutir.

—Qué optimista, Jefe —añadió Eret desde el extremo contrario de la celda; él se encontraba recostado bocarriba, con sus manos atrás de su cabeza y sus piernas cruzadas—. Mi padre siempre dijo que nunca cayera en un calabozo del continente, porque de seguro nunca saldría.

Astrid se detuvo en seco de golpe, y rápidamente se giró hacia su líder con su rostro totalmente colérico y enrojecido.

—¡¿Eso es lo que esperas, Hiccup?! —Gritó estridentemente, y su voz rebotó en el eco lejano del calabozo—. ¡¿Que nos saquen de aquí de buena gana?! ¡¿Crees que van a ser tan amables como para realmente discutir sobre lo que vinimos a decirles?! ¡¿Por qué no puedes ser realista por una vez en tu vida y dejar de un lado ese optimismo tan infantil?! Eret nos advirtió sobre la gente del Continente, ¡pero tú no quisiste escucharlo!, ni a él, ni mucho menos a mí. Y ahora van a despellejar a nuestros dragones, y de paso a nosotros.

—¡Oye! —Exclamó Hiccup, poniéndose de pie rápidamente—. ¡Sabes que yo moriría antes de permitir que alguien le hiciera algo a Toothless o a nuestros dragones!

—No lo digas tan alto, que les darás ideas a estos sujetos —comentó Eret sarcástico. Hiccup sólo lo miró de reojo unos momentos, pero de inmediato se centró de nuevo en Astrid.

—Me dieron su palabra de que estarían bien, y decido creerles.

—¿Y si te equivocas? —Le respondió Astrid de manera casi desafiante—. ¿Y si todos terminamos muertos en este sitio? ¿Has pensado en qué pasará con los otros? ¿Qué pasará con Berk…? —Su voz se cortó un poco, y su labio temblaba del coraje—. Se quedará sin Jefe, y en una situación tan agobiante como ésta… ¿Cómo pudiste ser tan egoísta?

Hiccup se sobresaltó un poco al escucharla decir eso.

—¿Qué otra alternativa teníamos? Tú viste cómo está la situación allá afuera, ¡tú viste a esos monstruos! ¿Crees que podremos hacer algo para detener esto quedándonos en Berk?, ¿sin hacer nada?, ¿esperando a que esas cosas sencillamente lleguen? Quizás eso es lo que mi padre hubiera hecho, pero yo no.

—Obviamente haríamos más que quedarnos aquí, ¡y pudrirnos! —Gritó la vikinga con fuerza, encarando a su líder de frente con coraje—. ¡Pero cuando una idea se te mete en tu cabezota es muy difícil sacarla! ¡AGH! —Se volteó entonces hacia la reja y la pateó con la fuerza suficiente para crear un estruendo en el eco a su alrededor—. ¿Sigues pensando que puedes confiar en todo mundo, después de lo que pasó? —murmuró entre dientes, y ese comentario hizo que Hiccup se estremeciera. Él sabía exactamente de lo que estaba hablando; de nuevo estaba tocando ese tema… ese maldito tema—. ¿Aún crees que todos tienen bondad en su corazón? Se ve que sigues siendo un niño después de todo…

La situación se estaba poniendo bastante tensa y de forma abrupta. Eret se dio cuenta de esto, por lo que abandonó su posición cómoda, y se sentó rápidamente.

—Hey, hey, creo que todos estamos muy alterados —susurró el Cazador de Dragones, intentando llamar su atención—. ¿Por qué no…?

Hiccup comenzó poco a poco a sentirse también molesto, y conforme ella hablaba todo iba en aumento. Desde que tomó la decisión de salir a explorar a ver qué ocurría, hasta ese sitio y momento, ella había insistido en darle la contra a cada paso. Se decía a sí mismo que no era algo personal, pero una parte de él comenzaba a cuestionárselo.

—¡Esto no es como entonces! —Contestó Hiccup de golpe dando un paso hacia ella, e ignorando por completo a su otro compañero—. ¿No ves que estoy intentando proteger a mi gente de un peligro mucho mayor al que cualquiera se ha enfrentado antes?, ¡esto es más que sólo Berk! ¡Esto afecta a todo el mundo!,  ¿acaso no lo ves? ¡¿Por qué eres tan terca?! ¡¿Por qué no puedes confiar en mí por una vez?!

Astrid, furiosa, se giró de nuevo hacia él, se le acercó, y lo tomó del cuello de su traje con fiereza, mirándolo a los ojos casi como si quisiera atravesarlo con la mirada.

—¡Maldita sea!, ¡claro que confío en ti, Hiccup! ¡Quizás mucho más de lo que debería! ¡En quien no confío es en los demás!  Tú… tú te abres a cualquiera; tienes el corazón más blando y cursi que he conocido en mi vida. Pero el mundo no funciona como tú quisieras que funcionara. ¡¿Quieres salvar al mundo?! ¡¿Cómo lo harás estando aquí encerrado?! ¡No puedes ni salvarnos a nosotros en estos momentos!

El rostro de Hiccup se llenó también de furia. De una forma bastante tajante y agresiva, se soltó del agarre de sus manos, y la encaró frente a frente.

—¡Si eso piensas, entonces debes de estar muy aliviada de que este niño blando y cursi ya no sea tu novio! —Le gritó con impulso, seguido justo después por un largo silencio…

Ninguno de los dos decía nada; sólo permanecían de pie uno delante del otro, mirándose intensa y fijamente; ya ni siquiera parecían respirar. Eret, por su lado, continuaba sentado en el mismo sitio, con sus ojos totalmente abiertos, y su mandíbula casi en el suelo.

—¡¿Qué?! —Exclamó luego de un rato sin poder reaccionar—. ¿Ustedes dos ya no…? Pero… ¿cuándo…?

Eret era incapaz de articular de forma coherente una pregunta. No tenía idea de tal suceso; de hecho, dudaba que alguien más en Berk lo supiera.

Hiccup y Astrid continuaron en abismal silencio, hasta que Astrid lentamente giró su rostro hacia su derecha, y luego se giró del todo hacia la reja con los brazos cruzados. Sólo hasta que ya no tuvo la mirada de ella encima, Hiccup se permitió respirar de nuevo. Suspiró una vez, y luego retrocedió un par de pasos.

—Escuchen —comenzó a decirles a ambos, con voz baja y más calmada—, solos no podremos derrotar a lo que sea que esté causando esto. Ya oyeron lo que esa princesa allá afuera dijo, que esto podría ser obra de algún tipo de Bruja. Sé que suena a una locura, pero todo esto es una locura por sí solo. Sólo esperemos un poco, a ver qué deciden. Y si algo sale mal, Toothless y los otros nos sacarán de aquí; es obvio que estos sujetos no saben nada de dragones como para saber cómo encerrarlos efectivamente. Así que sólo esperemos. ¿Está bien?

Se dejó caer entonces de sentón al suelo, de nuevo en el mismo extremo de antes y con su espalda contra la pared. Astrid masculló en ese momento algo ininteligible, y luego respondió:

—Bien —murmuró en voz baja, y se sentó también, con su espalda contra los barrotes—. Hagamos eso. No es como si pudiéramos hacer algo más por el momento…

Hiccup y Astrid se voltearon en direcciones contrarias; preferían mirar hacia la pared que mirarse entre ellos. De nuevo guardaron silencio absoluto, sumidos en sus propios pensamientos, y ninguno habló por un muy largo rato.

Eret, que se sentía en medio de alguna extraña e incómoda pelea, sólo miraba a uno y al otro, dudoso de qué decir o qué hacer, aunque la opción más obvia parecía sin lugar a duda la correcta: nada.

—Debí haberme ido con los otros… —Susurró despacio para sí mismo, y de nuevo se recostó en el suelo en la misma posición de antes.

FIN DEL CAPÍTULO 07

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Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ “How to Train Your Dragon” © DreamWorks Animation.

+ “Brave” © Pixar Animation Studios.

+ “Rise of the Guardians” © DreamWorks Animation.

+ “Tangled” © Walt Disney Animation Studios.

+ “Frozen” © Walt Disney Animation Studios.

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