Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 08. Ahora eres un Villano

11 de septiembre del 2018

Mi Final Feliz... - Capítulo 08. Ahora eres un Villano


Once Upon a Time / Descendants

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX 

Capítulo 08.
Ahora eres un Villano

La Condesa de Feinberg hizo pasar a sus inesperados invitados a la sala de la casa, en donde tomaron asiento para hablar con mucha más calma. En realidad, sólo Cora e Evie tomaron asiento en un sillón frente a la Condesa y su hijo, Carlos. Mal y Jay prefirieron permanecer de pie, detrás del sillón en el que se encontraban sus dos acompañantes de viaje. Como fuera, al inicio de la plática los cuatro se encontraban prácticamente de oyentes, pues la conversación era más entre la condesa y su hijo. Este último, por su lado, escuchaba el relato de su madre con abrumadora incredulidad.

—¿Cruella De Vil? —Musitó Carlos, aún algo confundido—. ¿Ese es tu nombre completo?

—El mismo —respondió la mujer de cabello bicolor, con profundo orgullo en su tono y porte—. Y tú, querido, eres Carlos De Vil.

—No, yo soy Feinberg, como mi padre.

Cruella se mofó ligeramente de su comentario con una risa apagada.

—Tu padre nos dejó muchas, muchas cosas buenas. Pero ese apellido no es una de ellas.

Carlos parecía estar teniendo problemas para procesar toda esa información. Su madre, su propia madre… ¿era una villana?, ¿una aliada de la Reina Malvada en su guerra contra Blanca Nieves y los héroes? ¿Les había mentido a su padre y a él mismo sobre su pasado todo ese tiempo para esconderse de aquellos que la perseguían? Eso tenía que ser algún tipo de broma, tenía que serlo… Pero no le veía por ningún lado lo gracioso.

Mientras esos dos seguían con su incómoda plática de madre e hijo, Mal se aproximó a Evie por detrás y le susurró despacio cerca de su oído.

—¿Y quién es Cruella De Vil? —Le cuestionó con curiosidad—. ¿Qué sabes de ella?

—Pues… —Evie balbuceó, dudosa—. En realidad nunca había escuchado ese nombre.

—No es de extrañarse —intervino de pronto la voz de su anfitriona, alto para que la escucharan con claridad. La mujer los miraba desde el otro sillón con sus piernas cruzadas y una sonrisa satisfecha—. No llevaba mucho tiempo en este mun… —cortó un segundo sus palabras, antes de proseguir—, en este reino, antes de lo ocurrido con esa estúpida Hada Azul, como para hacerme de un renombre del calibre de Maléfica —Miró entonces fijamente a Mal—, o la Reina Malvada —miró a continuación a Evie. Al virar justo después a Jay, sin embargo, se quedó unos segundos en silencio reflexivo—. ¿Y quién dijiste que era tu madre, chico?

Jay miró hacia atrás, como esperando que le estuviera hablando a otra personas a sus espaldas, pero fue evidente casi de inmediato que en efecto le estaba hablando a él.

—¿Mi madre? No tengo idea.

—¿Enserio? —Le cuestionó Mal, algo sorprendida por esa nueva revelación.

—¿Tú sabes quién es tu padre, acaso? —Intervino Evie con un tono astuto, que a Mal no le agradó del todo.

—¿Y tú? —Se lo regresó un tanto a la defensiva, y pudo ver como esa pregunta causó algo de incertidumbre en la chica de cabello azul.

—Su padre es Jafar —explicó Cora con tono neutro—, el antiguo Visir de Agrabah.

Algo de sorpresa se asomó en los ojos de Cruella, quien no pudo evitar darle otro vistazo más al chico de piel morena.

—Ah, claro —exclamó divertida, y luego su voz tomó un tono un tanto atrevido—. Nunca lo conocí en persona, pero si era tan apuesto como tú, muchacho, me hubiera gustado hacerlo.

—Madre —exclamó Carlos, casi asqueado por tal comentario. Cruella, sin embargo, sólo agitó una mano en señal de indiferencia a su reacción.

Carlos se puso rápidamente de pie en esos momentos, dio dos pasos lejos del sillón y luego se volteó de lleno hacia su madre. Su actitud y postura eran algo inestables.

—No… no lo entiendo. ¿Todo esto es enserio? ¿Tú eras una maga negra? ¿Eras una… villana?

—Así nos llamaban —le respondió Cruella con naturalidad—. Yo tenía control absoluto sobre cualquiera bestia que caminara sobre estas tierras; grande o pequeña por igual. Podía hacer que un dragón bailara para mí si así lo quería… excepto tu madre —señaló, mirando de nuevo hacia Mal—, pero hay una historia graciosa sobre eso…

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —Exclamó Carlos con exigencia—. ¡¿Por qué nunca supe nada de esto?!

El chico miró agitado a su madre, respirando pesadamente como síntoma del profundo enojo que sentía. Unos segundos después, sintió como alguien le daba un par de palmadas sobre su hombro izquierdo. Jay se había permitido acercársele por detrás, y poner su mano en su hombro de forma amistosa.

—Sé cómo te sientes, viejo —le comentó el extraño visitante—. Yo tampoco sabía que…

—¡No me toques!, quien quiera que seas tú —exclamó con fuerza el pequeño Conde, quitándose su mano de encima de forma despectiva. Jay alzó sus manos en su señal de paz y retrocedió un par de pasos.

—No te lo dije porque no había necesidad de que lo supieras, Carlos —se explicó Cruella, parándose del sillón para cercarse a su hijo—. Mi magia y la de todos había desaparecido, y aquellos días ya habían pasado y quedado muy atrás. —Tomó entonces el rostro de su hijo entre sus dedos, haciendo que ambos se miraran el uno al otro fijamente—. Me enfoque en hacer una nueva vida, y luego en hacer lo mejor para ti. Todo lo que he hecho, ha sido para ti. —Soltó entonces su rostro y se giró hacia Cora y los otros—. Pero ahora la posibilidad ha vuelto. Esta… amable mujer, ha venido a darnos la opción de recuperar mi magia, de volver a ser la mujer que era antes, y de tener todo lo que se me había arrebatado… y a ti también, hijo mío. Con tu ayuda, podré volver a ser yo…

—¿Para qué quieres magia? —Inquirió Carlos, escéptico—. Tenemos todo lo que necesitamos aquí. Tenemos una casa hermosa, sirvientes que nos atienden, más dinero del que podemos gastar; nada nos hace falta.

Cruella sonrió irónica, y miró de reojo a su hijo. Caminó entonces con paso grácil hacia una pequeña mesa de centro, en donde reposaba otra de sus cajas de madera con habanos. Sacó uno de ésta, al igual que un fosforo, y lo prendió de la punta para colocárselo en los labios. Soltó poco después una densa bocanada de humo sobre su cabeza, mientras admiraba a su alrededor todo el enorme, elegante, brillante y pulcro sitio en el que se encontraban. Era una casa hermosa, en efecto lo era. Pero también lo era la casa  de su madre, de esa mujer horrible que la tenía encerrada y a su merced todo el tiempo, impidiéndole hacer lo que más deseaba. Esa casa era una jaula, y esa también lo era, sólo que era una jaula en la que ella misma había elegido encerrarse por miedo a lo que ocurriría si salía al exterior, indefensa y débil, presa fácil para Blanca Nieves y sus odiosos amigos.

Sí, eso era realmente al final del día. Por debajo de todos esos vestidos, pieles y joyas, o esa enorme casa, sólo era una temblorosa y cobarde presa, en lugar de ser la cazadora que siempre había sido.

Volvió a tomar otra bocana de humo, y volvió a sacarlo por su boca muy lentamente; todo el espacio a su alrededor de cubrió rápido de ese denso y oscuro humo, que provocaba que a veces Evie, e incluso Mal, tosieran un poco por la sensación incómoda que les causaba en sus gargantas.

—El dinero y el poder son buenos —declaró la Condesa, reflexiva—. Pero si tienes ambos, y además magia… no hay límite a lo que eres capaz de alcanzar. Puedes tener a reinos enteros inclinados a tus pies, y obtener  lo más preciado que alguien puede tener: absoluta libertad, de hacer y deshacer todo lo que quieras, sin limitaciones.

—¿Y Por qué querrías eso? —Cuestionó Carlos—. ¿No es… suficiente con todo lo que tenemos justo aquí?

Cruella se quedó mirando un rato más al vacío, concentrada en algún punto sin especificar de la pared más remota del salón. Sus dedos jugaban inquietos con su puro. Luego, se giró lentamente hacia su hijo, con una amplia sonrisa adornando su rostro, y una expresión maternal en éste que era, dependiendo de cómo lo vieras, reconfortante… o aterradora.

—Carlos, cariño —comenzó a murmura mientras se le aproximaba; éste no se movió ni un centímetro de su lugar. Se paró delante de su hijo, y comenzó a pasar lentamente su mano enguantada por su rostro delgado y pecoso—. Nunca te he pedido nada, ¿o sí? Siempre me ha bastado con que seas tú mismo; con que ilumines mis días con tu linda carita, y verte crecer y volverte una persona excepcional, destinado a grandes cosas…



De pronto, tomó el rostro del chico con fuerza de su mentón, apretándolo con notoria fuerza entre sus dedos de tal forma que éstos se marcaron en su piel pálida, de forma casi dolorosa. Lo alzó un poco jalándolo con ese agarre, tanto que el chico tenía que ponerse de puntas para no terminar lastimado del cuello. Lo más aterrador era que ni la sonrisa, ni la expresión cariñosa del rostro de la Condesa, habían cambiado ni un poco. Mal, Evie y Jay se alertaron gravemente al ver esto, y se miraron entre ellos, dudosos de qué hacer o decir; Cora, por su lado, sólo miraba todo con curiosidad.

—Pero sólo por esta vez —comenzó a murmurar la mujer mientras miraba a su hijo a los ojos—, te voy a tener que pedir que dejes a un lado esa faceta de niño cobarde y mimado, tan adorable pero tan inútil al mismo tiempo, y me hagas este pequeño, pequeño favor. Por qué te amo, hijo, te amo con todo mi ser… pero no más que la libertad que me dio mi magia, mi amada magia… Si haces esto por mí, tú y yo lo tendremos todo, todo lo que queramos. Y no habrá nadie que nos lo impida. Por otro lado, si no lo haces, las cosas van a comenzar a ser muy incómodas para ti de aquí en adelante. Prometí que nunca sería como mi madre cuando tuviera hijos, pero créeme que sí que sería muy liberador el considerarlo.

Su sonrisa se ensanchó aún más, dándole a todo su rostro un aire mucho más macabro. Lo soltó entonces, haciendo que el chico retrocediera un par de pasos, notoriamente consternado.

—¿Me harías ese favor, hijo?

Carlos la miró tembloroso. Se le veía asustado, sin duda, aunque no del todo sorprendido. Si Mal o alguno de sus acompañantes hubiera tenido que adivinar, dirían que no era la primera vez que veía a su madre comportarse de esa forma, pero no por ello lo afectaba menos; de hecho, parecía todo lo contrario.

 El chico respiró hondo y se forzó a pararse derecho y recuperar su compostura, algo que aparentemente no le era posible lograr del todo.

—Aun… que lo hiciera… —balbuceó un poco esforzándose porque las palabras brotaran de él—, yo no tengo magia como ella —señaló entonces a Evie tímidamente—. ¿O sí?

Cruella soltó una pequeña risilla, y se llevó poco después de nuevo su puro a la boca.

—Bueno, mi nueva amiga Cora —comentó Cruella, señalando a la mujer de rojo en el sillón—, cree que de hecho es bastante probable que la tengas.

Cora aprovechó ese momento para intervenir, con voz calmada y astuta.

—Evie y Mal, que ya conociste, han demostrado tenerla, y estamos en espera de averiguar si aplica lo mismo para el joven Jay. Pero creo que hay muchas posibilidades de que en efecto, también la poseas. Además, hay muchas labores para las que puedo usar a un chico tan educado y listo como tú en nuestro plan; con magia o sin ella.

Carlos miró a Cora, y también a los demás chicos que la acompañaban. Se veía bastante dudoso y confundido. Su mente aún no terminaba de digerir todo de lo que acababa de enterarse, y además ahora le decían que tenía que irse con esas personas a hacer quién sabía qué, y todo… ¿por qué? Porqué su madre se lo pedía, ese era el porqué, y de momento el único porqué importante.

Suspiró cansado, y también algo resignado.

—¿Qué tengo que hacer? —le preguntó a Cora con desgano.

—Ayudarme a robar algo que está en manos de los héroes en estos momentos. Ven con nosotros y te diré todo lo demás. Y harás sentir muy orgullosa a tu madre.

Miró entonces a Cruella, en busca de alguna respuesta, que se vino casi de inmediato.

—Por supuesto que sí.

Carlos se sintió acorralado por un segundo, por su madre, por esos extraños visitantes, por la extraña situación familiar que él desconocía, y quizás por sus propios deseos de salir lo mejor posible de todo eso. Esta confusión y angustia se volvió bastante tangible e incómoda para Mal y su dos nuevos amigos. De alguna u otra forma, ellos tres habían elegido ese camino por su propia cuenta y decisión, pero no parecía que ese fuera a ser el caso de este chico; o, al menos, no precisamente del todo por propia voluntad.

—Quizás debamos dejar que lo piense un poco —sugirió Mal, pero antes de que cualquier otro respondiera algo, Cruella intervino con fuerza en su voz.

—No hay nada que pensar —sentenció tajantemente—. Lo hará. ¿Verdad, Carlos?

El chico miró a su madre con los ojos de un cachorro asustadizo. Ésta lo miró intensamente con sus ojos azules y frío como el hielo, que provocaban que el chico se encogiera en sí mismo. Quizás así dominaba a las bestias, aún sin sus poderes, usando sólo esos penetrantes y casi aterradores ojos.

—Sí, madre… —susurró luego de un rato de silencio, de forma cohibida—. Si así lo deseas… lo haré…

Cruella sonrió satisfecha, se aproximó a su hijo y le dio un suave abrazo.

—Sabía que lo harías, querido —murmuró despacio con voz maternal y reconfortante, pero que no parecía tener ese efecto en él—. Ahora ven, te daré un regalo especial.

Tomó entonces al chico de su mano, y comenzó a guiarlo hacia una de las salidas de la sala.

—Enseguida volvemos —les informó a sus visitantes, y segundos después ya se habían ido.

Una vez que estuvieron solos, Mal, Evie y Jay al fin se permitieron respirar con normalidad.

—Eso fue un poco aterrador —señaló Mal, sintiendo un pequeño escalofrío recorriéndole la espalda.

—Dímelo a mí —añadió Jay, aún impactado—. ¿Vieron su cara de espanto? Quién diría que una maga negra pudiera ser una madre tan…

No terminó su frase, pues en ese momento sintió como Cora lo volteaba a ver repentinamente,  advirtiéndola con su sola expresión que cuidara lo que estaba por decir, pues en efecto, ella era una madre y una maga negra.

—Mi madre nunca fue así —mencionó Evie con cierto orgullo, pero dicho comentario no fue mucho del interés de los otros.

Cora suspiró, un tanto cansada de sus comentarios. Se puso de pie y caminó con paso sereno por la sala.

—Sencillamente es una mujer que ha sabido como imponer una disciplina rigurosa a su hijo. Y éste a su vez, ha aprendido a obedecer y acatar. Es envidiable, si puedo decirlo.

Los chicos la siguieron con la mirada mientras se alejaba, pero ninguno tuvo evidente intención de responderle. Si Cruella y ella eran parecidas en lo que respectaba a ser madres, quizás eso explicaría un poco porque la Reina Malvada había terminado siendo lo que era.

Jay se inclinó un poco sobre el respaldo del sillón, para susurrarle más de cerca a sus dos acompañantes, sin que Cora, que había tomado cierta distancia, los escuchara.

—Quizás le venga bien a este chico apartarse de este sitio un poco, ¿no?

—¿Yo qué sé? —Respondió Mal algo cortante—. No soy la indicada para hablar de cómo tratar con tu madre.

Evie no respondió, y de hecho quizás no le había puesto mucha atención a dicho comentario. En su lugar, miraba discretamente a su abuela, que en esos momentos admiraba una de las pinturas colgadas en la pared, aunque no precisamente con un interés muy sobresaliente. Aunque llevaba algo de tiempo viajando con su abuela, nunca se había cuestionado realmente qué tipo de madre había sido, y qué tanto influencia había tenido sobre la suya para convertirla en todo aquello que la gente decía de ella.

Y por primera vez desde que comenzó ese viaje se cuestionó a sí misma si había tomado la decisión correcta en seguirla… si acaso las advertencias de su madre no tenían de hecho, cierta justificación que debió considerar antes de decidir. Sin embargo, dicho pensamiento se desvaneció en el aire un poco después, pero no sería la última vez que se le presentaría luego de eso.

— — — —

Cruella llevó a su hijo hacia una bodega para cachivaches que tenían arrumbada en los sótanos de la casa. Los pasillos eran oscuros ahí abajo, y ocupaban de antorchas para poder alumbrarse el camino. Un par de sirvientes se ofrecieron a acompañarlos, pero la Condesa se negó rotundamente a ello, y señaló que querían estar solos. Esto los extrañó un poco, pero tampoco estaban dispuestos a contradecirla.

Al entrar a la bodega, Cruella le pasó su antorcha a su hijo, que sostuvo ambas detrás de ella para poder alumbrarla mientras buscaba entre cofres llenos de vestidos, zapatos y sombreros que de hecho a Carlos les parecieron bastante extraños, sobre todo por sus colores y formas. Algunas no parecían ropas, y quizás no lo eran. Tras sacar todo del primer cofre, no pareció encontrar nada. Siguió entonces con el segundo, obteniendo el mismo resultado.

—¿Qué buscas, madre? —Le cuestionó el chico, curioso y confundido.

—Debe estar por aquí, estoy segura —masculló despacio la mujer, aunque no precisamente como una respuesta hacia su hijo.

En el tercer cofre, teniendo ya la mitad de todo el contenido volcado en el suelo, pareció al fin tener éxito.

—¡Aquí está! —Exclamó con entusiasmo—. Mi vieja amiga…



Cruella sacó del cofre una caja rectangular de madera, pequeña como si fuera un joyero. En la tapa no había ningún tipo de grabado o dibujo de alguna clase; sólo era una tapa de madera lisa y brillante por el acabado. Se giró entonces hacia él, y abrió la caja volteada hacia él para que pudiera ver su contenido.

El artefacto no le pareció familiar al chico de cabellos albinos. Era de acero, fue lo primero que distinguió sin problema, color cobre con un relieve detallado similar a garras de animal de algún tipo. Era alargado, con un extremo un poco más delgado, y del otro lado un mango que al parecer era de madera o de algún material diferente al resto.

—¿Qué es eso? —Cuestionó, intrigado.

Cruella sonrió. Tomó el misterioso objeto con una mano del mango de madera, y luego tiró la caja con desdén al suelo sin importarle si acaso se deñaba. Mientras la sujetaba, recorrió los dedos enguantados de su otra mano por toda la superficie metálica, admirándola con ojos de anhelo como si fuera la primera vez que la veía.

—Es un regalo de un viejo amigo —comentó sonriente—. Bueno, no fue un regalo en realidad. Todo trato con él tenía su precio, y yo tuve que pagar el mío en su momento.

—¿Y qué es exactamente?

Cruella miró fijamente a su hijo con mirada picara y astuta.

—Es un revólver.

—¿Revólver? —Inquirió Carlos, arqueando una ceja; el término no le pareció conocido.

—Es un arma, de mi mun… de mi tierra natal. Como tu ballesta, pero es mucho más letal. O al menos lo era. En este mundo no existen los proyectiles que dispara, así que pedí que los remplazaran con algo mejor: magia.

De pronto, alzó el objeto, señalando al chico con la punta alargada directo a su rostro. Carlos, a pesar de que nunca había visto algo así, y a pesar de que desconocía a ciencia cierta cómo es que funcionaba… se sintió realmente intimidado al sentirse en su mira y dirección, tanto que sintió que sus manos, que sostenían las antorchas, comenzaron a sudarle un poco, pero se dijo a sí mismo que era por el calor de las llamas.

—Es un objeto mágico muy especial —siguió explicando la Condesa—. Puede canalizar tu magia a través de él, y dispararla por esta punta. Causa bastante daño, si das en el blanco. —Bajó el arma, y dejó de señalar a su hijo con ella, lo que le provocó en éste un gran alivio—. En mis manos ya no sirve. Pero si hay algo de magia en ti, aunque sea un poco, creo que te será de utilidad.

Se permitió entonces tomar, o más bien arrebatar, una de las antorchas que sostenía, para luego extenderle el revólver, con el mango hacia él. Carlos acercó su mano tímidamente hacia ese extraño objeto, y lo tomó entre sus dedos, casi temblorosos. Era más pesado de lo que pensó. Lo acercó a su rostro y admiró de cerca el relieve en su superficie. Dentro de lo que cabía, se notaba el gran detalle y esfuerzo que había aplicado la persona detrás de su realización; debía ser un herrero experimentado, por decirlo menos.

—¿Realmente crees en estas personas? —Le cuestionó Carlos, aún bastante inseguro.

—Querido… para nada —le respondió su madre con bastante naturalidad, colocando una mano con un toque suave contra su mejilla—. Por ello no les digas nada de esto, ¿bien? Si en algún momento crees que no puedes confiar en ellos o que te piensan traicionar, dispárale a la anciana directo a la cabeza. ¿De acuerdo?

¿Dispararle?, ¿con eso? Aún no le encontraba el sentido, pero suponía que esa pequeña palanquita en la parte de abajo debía ser similar al disparador de su ballesta.

—¿Y si no tengo magia cómo crees para poder dispararla?

—Hay una munición dentro de hace veinte años atrás —reveló la mujer, y entonces tomó de nuevo el arma, abriendo un compartimiento lateral, revelando un cilindro con varios orificios que creaban el contorno de un círculo. Uno de esos círculos, brillaba intensamente con un fulgor verde, como si fuera la llama de una vela, pero incluso más intenso que ello. Carlos miró anonadado dicho brillo. No supo que era, pero tuvo en él un extraño efecto casi hipnótico—. No desapareció con el resto de mi magia, supongo que porque ya no estaba en mi cuerpo. La he guardado aquí todo este tiempo para alguna emergencia.

Cerró de nuevo el compartimiento, ocultando también en el proceso el extraño brillo, obligando a Carlos a reaccionar. Volvió a colocársela en su mano, e hizo que rodeara firmemente sus dedos alrededor del mango, hasta incluso lastimarlo un poco.

—Úsala sin miedo, si lo crees necesario. Si por un segundo sospechas de las intenciones de esa mujer, apunta a su cabeza y dispara. El arma hará el resto.

—¿Esto… mataría a una persona? —Preguntó temeroso, sin estar seguro del porqué, pero ese era el pensamiento justo que se le había venido a la mente. Cruella sólo sonrió ampliamente con malicia—. Eso es…

—Reacciona, Carlos De Vil —exclamó la mujer con energía, chasqueando sus dedos frente al rostro de su hijo como si lo estuviera despertando de algún trance. Se sintió realmente extraño al oírla de nuevo llamarlo por ese nombre—. Ahora eres un villano, y no hay lugar para dudas en tus acciones. ¿De acuerdo?

Carlos asintió lentamente con su cabeza, pero definitivamente pareció todo menos carente de dudas. Cruella igual lo aceptó y sonrió satisfecha. Lo rodeó entonces con su brazo libre, dándole un afectivo abrazo; el rostro del chico quedó pegado al abundante pelaje de su abrigo.

—Estoy muy orgullosa de ti, hijo mío —le susurró despacio, cerca de su oído—. Has que lo esté mucho más, ¿bien?

—Sí, madre… —le respondió despacio el muchacho, sin poder expresar ni siquiera un poco todo lo que le cruzaba por la cabeza en esos momentos.

¿En qué se acababa de meter?

— — — —

Luego de empacar algunas cosas, de algunas despedidas rápidas con la servidumbre y su madre, Carlos estaba listo (o algo así) para cumplir con su misión. Salió de la residencia de los Feinberg con un bolso de viaje al hombro con varias prendas de vestir, y también llevaba consigo su ballesta; no importaba que tuviera esa arma mágica o lo que fuera oculta en su equipaje, igualmente se sentiría mucho más seguro teniendo su arma propia con él en todo momento.

Cora y sus jóvenes acompañantes lo aguardaban afuera de la casa, a un lado de la fuente. Al verlos desde la altura de las escaleras, le era aún difícil entender quiénes eran en realidad esas personas que se habían aparecido de la nada a poner su vida patas arriba. ¿Y ahora tendría que viajar a quién sabe dónde con esos desconocidos a hacer quién sabe qué? El único escenario que se le venía a la mente es que terminaría asaltado y muerto, tirado en algún camino abandonado para que las bestias salvajes lo devoraran; vaya forma irónica de terminar, si es que en efecto ocurría de esa forma.

El grupo lo volteó a ver con expresiones neutras al notar su presencia en las escaleras. El joven noble suspiró resignado y comenzó a bajar hacia ellos cabizbajo y con paso pesado.

—Bienvenido al equipo, amigo —exclamó Jay cuando estuvo cerca de ellos. Le dio un par de palmadas sobre su espalda, pero él de inmediato agitó su hombro para hacer su mano a un lado, mirando al chico fornido con desdén—. Deja de ser tan estirado, ahora todo somos compañeros de aventura.

—No es que sea por mi propia elección —susurró de mala gana, y echó entonces un vistazo hacia la puerta esperando ver a su madre ahí parada, y que después de recapacitar unos momentos decidiera pedirle que se quedara; eso, por supuesto, no pasó.

—¿Y ahora qué sigue? —Cuestionó Mal, cruzada de brazos y mirando con curiosidad hacia Cora—. ¿Vamos a ir a buscar a algún otro súper amigo villano?

Cora sonrió con delicadeza, y quizás con algo de falso entusiasmo.

—No —respondió con voz calmada—. Ya somos todos los que hacen falta.

Los chicos se miraron entre ellos, extrañados, incluso Evie.

—¿Y qué haremos entonces? —Añadió Jay, hablando por todos los otros.

Cora tomó la falda de su vestido con ambas manos, se dio media vuelta, y comenzó a caminar por el camino de tierra hacia afuera de toda esa propiedad.

—Ahora hay que ponernos en marcha —les respondió con simpleza, y los cuatro chicos comenzaron a seguirla por mero reflejo.

—¿Hacia dónde, abuela? —Le preguntó Evie con interés.

La sonrisa de Cora se ensanchó aún más.

—A Auradon.

De nuevo los jóvenes de miraron entre ellos, confusos.

—¿Auradon? —Exclamó Mal—. ¿Qué hay en Auradon?

FIN DEL CAPITULO 08

Notas del Autor:

Después de muchas idas y venidas, al fin estamos por llegar a la parte importante de este asunto, que es el encuentro entre nuestros chicos malos, y nuestros chicos buenos en Auradon. ¿Qué les ha parecido todo hasta ahora? ¿El trasfondo de Mal, Evie, Jay y Carlos que he usado ha sido de su agrado? Espero que sea así. Quédense al pendiente de la siguiente actualización. ¿Qué es lo que más esperan que suceda?

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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