Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 07. Una Perra Vieja

19 de agosto del 2018

Mi Final Feliz... - Capítulo 07. Una Perra Vieja


Once Upon a Time / Descendants

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 07
Una Perra Vieja

Temprano en la mañana, el joven amo de aquella reluciente y enorme mansión salió a sus tierras a realizar su pasatiempo favorito: la cacería. Armado con una ballesta, un carcaj repleto de flechas, y la compañía de Andrew, un jovencito sirviente de la casa que ejercía la mayor parte de tiempo de su criado personal, se adentró recién salido el sol entre los bosques circundantes que él había reconocido desde temprana edad, y no volvió hasta cerca del mediodía.

Su excursión había sido provechosa. El botín: cinco liebres; dos blancas, dos cafés y una gris. Cuatro de ellas murieron al instante al impacto de sus flechas, pero la restante, para el hastío de Andrew, ocupó un poco más ayuda.

Terminada su jornada, y cuando el joven amo estuvo satisfecho, ambos jóvenes se dirigieron por el camino de tierra principal de regreso a casa. El futuro Conde Carlos de Feinberg, de cabello blanco y corto, algo alborotado como si lo hubiera agitado el viento, caminaba al frente orgulloso, cargando sus presas amarradas y sujetas de las orejas en su mano derecha. Su rostro era alargado, de nariz pronunciada, ojos pequeños color café y con algunas pecas adornando el área de su nariz y pómulos. Sus ropas, aunque eran propias de una excursión de campo, se veían finas, bien cuidas hasta el más mínimo detalle. Casi todo era de piel, pero sobresalía sin lugar a duda la abundante capa de piel de oso que usaba sobre los hombros.

—¿Viste cómo le di a la última, Andrew? —Espetó el joven amo, alzando las liebres lo suficiente para tenerlas frente a su rostro—. La pobre tonta saltó y le di justo en el aire.

—Sí… fue un buen tiro, amo —respondió quedo el joven caminando a sus espaldas que cargaba entre sus brazos la ballesta y el carcaj. Era un año y medio menor que él, de cabellos castaños cortos, ojos verdes y piel pálida. A diferencia de a quien seguía, sus ropas eran mucho más modestas, por decirlo menos.

—¿Un buen tiro? —Le respondió el amo Carlos, mirándolo sobre su hombro casi ofendido—. Fue de competencia, el mejor que he dado. Lamentablemente tú fuiste mi único testigo. —Sin aviso previo, le arrojó las cinco liebres y Andrew tuvo que hacer lo posible para atraparlas, pero sin soltar lo que ya cargaba. Lo logró, lo que por sí solo era bastante notable—. En cuanto lleguemos despelleja a esos pequeños y hazme el mejor guisado que puedas.

—Sí, amo —volvió a responder el joven sirviente con voz apagada.

De todas las tareas que debía realizar al servicio de Carlos de Feinberg, la que más le causaba problemas a Andrew era sin lugar a duda servir de su ayudante cuando salía de cacería. El sólo verlo como disparaba de esa forma tan fría a los animales cuyo único pecado era simplemente ser demasiado inocentes, y como se regocijaba una vez que lograba darles, resultaba suficiente como para revolverle un poco el estómago. Y encima luego tenía que despellejarlos y cocinarlos para su deguste.

Pero su actitud podría considerarse quizás demasiado quisquillosa. Después de todo, ¿qué noble en todo Austrix, o en cualquiera de los Siete Reinos, no disfrutaba de dicha actividad? O incluso ni siquiera tenía que ser un noble; ¿no era habitual que cualquier hombre tomara arco y flecha y saliera a los bosques al encuentro del alimento o producto para su venta? Entre todos ellos, el amo Carlos era sólo uno más; él debía de ser el del problema, ¿no?

Siguieron avanzando unos minutos más, hasta que el chico que guiaba al frente se detuvo abruptamente.

—Espera —le indicó Carlos en voz baja, y luego le hizo la indicación con el dedo en sus labios de que guardara silencio.

El chico de cabellos blancos se agachó lentamente, y Andrew lo imitó un poco después. Ambos se refugiaron en la apenas apreciable bajada de una colina. Carlos señaló al frente con sus dedos. Al ver en su dirección, Andrew notó de inmediato lo que había llamado su atención: una zorra, de hermoso pelaje plateado, bastante inusual en esa zona y en esa época. Era de gran tamaño. Su cola era larga y esponjosa y sus patas eran más oscuras que el resto del pelaje como si usara pequeños botines. Se movía cuidadosa bajo los árboles, olfateando el suelo en busca de algo; de comida, lo más seguro.

—Mira eso —exclamó Carlos, casi maravillado—. Qué hermosa es.

—En verdad lo es —le secundó el sirviente; era quizás el animal de pelaje más hermoso que había visto hasta ese momento.

Lo contemplaron en silencio unos segundos más, antes de que Carlos diera la siguiente instrucción.

—Rápido, carga mi ballesta y pásamela —le ordenó con un susurró pequeño. Andrew se sobresaltó.

—¿Qué?, ¿por qué? ¿Qué piensa hacer?

—¿Qué crees que voy a hacer, tonto? —Espetó el noble con molestia—. Pásame la ballesta, ¡rápido!

Andrew vaciló al inicio, pero luego sus manos prácticamente se movieron solas y comenzaron a cargar una flecha en la ballesta. Una vez que terminó, Carlos ni siquiera le dio oportunidad de pasársela él mismo, antes de arrebatársela de un tirón.

Carlos tomó la ballesta con ambas manos y la apoyó contra su hombro izquierdo. Apuntó fijamente al frente, intentando poner a la zorra en el trayecto recto de su proyectil. Se movía tan lento y se quedaba tanto tiempo quieta en un sólo lugar, que hasta le antojaba un tanto aburrido de lo fácil que resultaría.

—Por favor, amo Carlos —le murmuró Andrew a su lado. Él le chisteó bajo, sin quitar sus ojos del objetivo—. Ya tenemos suficiente comida, con esto le haré un delicioso estofado. No tiene por qué matarla.

—¿Y quién te dijo que quiero comerla? —Ironizó Carlos con media sonrisa en los labios—. Esa piel se verá muy bien sobre mi cama…

Esa afirmación horrorizó a Andrew. Si había algo peor que el hecho de que disfrutara el cazar a esos pobres animales por diversión o por alimento, era el hecho de que ese sujeto y su madre disfrutaran hacerlos sus ropas. El dedo de Carlos se posicionó el gatillo, listo para accionarse, y esto provocó que el sirviente reaccionara por mero instinto.

—¡No! —exclamó con fuerza, y sin proponérselo lo empujó con fuerza hacia un lado. El dedo logró accionar el gatillo, y la flecha salió volando el ángulo elevado, perdiéndose entre las ramas de los árboles. A su vez, ya fuera por el grito de Andrew o por el sonido de la flecha cortando el aire o agitando las ramas, la zorra plateada se percató de inmediato de su presencia y emprendió la huida entre los arbustos cercanos.

Carlos se incorporó lo más pronto que pudo, y al intentar ver en la dirección de la zorra, ésta ya había desaparecido por completo de su rango de visión. La sangre del noble se le subió a la cabeza y todo su rostro se tornó rojo y lleno de ira.

—¡¿Por qué hiciste eso?! —Le gritó furioso, empujando al sirviente al suelo. Éste cayó de sentón, regando las flechas en el suelo, junto con las liebres—. ¡La tenía!, ¡era mía!

Con la planta de su pie derecho lo empujó hacia atrás, haciendo que cayera de espaldas al suelo de tierra.

—¡Lo siento!, ¡lo siento! —gritó Andrew realmente asustado, cubriéndose con sus brazos de manera defensiva.

—¡¿Lo sientes?!, ¡eres un…! —Carlos alzó su puño izquierdo con la intención de golpearlo. Sin embargo, realmente no había pensado en tal acción; su puño simplemente se había alzado solo. Al darse cuenta de esto, miró al chico temblando en el piso muerto del miedo. Debería golpearlo; lo más seguro es que su madre lo haría, cualquier otro lo haría en su lugar… pero no lo hizo. Se contuvo a último momento y bajó su brazo con cierta resignación—. Olvídalo… —Rápidamente recogió las flechas, las puso de nuevo en el estuche y se colgó éste al hombro—. Llévate las liebres a la casa,  ¡ahora! ¡Y no dudes que le hablaré a mi madre de esto!

—Sí, amo —susurró Andrew con voz temblorosa. Tomó de las liebres entre sus brazos, se levantó sin alzar la mirada y se alejó caminando arrastrando los pies por el camino en dirección a la mansión. Carlos lo miró de reojo mientras se alejaba, con absoluto desdén.

—Idiota —murmuró despacio para sí mismo. Él por su parte se fue en otra dirección, adentrándose entre los árboles en busca de aquella zorra plateada, o al menos alguno de sus amigos.

— — — —

Viajar en carruaje se había vuelto rápidamente aburrido para Mal, pero al menos era más cómodo que caminar. Era difícil ignorar, sin embargo, que su nuevo acompañante de viajes era bastante corpulento, y abarcaba gran parte del espacio interior del coche. Jay, a diferencia de ella, parecía mucho más emocionado por todo lo que lo rodeaba y todo lo que le decían. Estaba sentado al lado de Mal mientras conversaba con Evie y su abuela. Ella prefirió no intervenir en dicha platica, al menos de que se lo solicitaran directamente. Ella tenía más curiosidad por saber a qué nuevo sitio esta extraña mujer los llevaría ahora.

—Esperen, a ver si entendí —exclamó Jay, alzando sus manos al frente en señal de pausa, y luego señaló directamente a Evie—. ¿Tú eres hija de Regina, la Reina Malvada?

—La misma —contestó Evie con orgullo, alzando su rostro con porte.

—¿Y tú eres hija de Maléfica? —Añadió el chico a continuación a su cuestionamiento, girándose ahora hacia Mal—. ¿La Maléfica, Dragón Gigante, escupe fuego?



—Eso creo —respondió la joven de cabellos morados, indiferente y con su atención puesta en la ventanilla a su lado.

—¡Increíble!

—No te sorprendas tanto —comentó Evie, risueña—. Después de todo, Tú eres hijo de Jafar, el poderoso hechicero y Visir de Ágrabah.

—Sí, pero yo no lo sabía hasta hace muy poco —aclaró el joven fornido—, y aún en estos momentos no estoy muy seguro de entender qué significa eso con exactitud.

—Si sirve de algo, Mal tampoco sabía quién era su madre hasta hace unos días —señaló Evie sin miramiento, extendiendo su mano hacia la otra joven del carruaje, la cual sólo la miró de reojo con seriedad—. Pero yo siempre supe quién era mi madre en realidad; nunca me lo ocultó.

—¿Quieres un premio por eso o qué? —masculló Mal de forma cortante, apaciguando un poco el orgullo con el que Evie había hecho tal declaración.

—Nomás decía…

Mal suspiró un poco. Realmente no tenía por qué desquitarse con Evie; si había alguien en ese carruaje que la había tratado muy bien desde que la conoció, exceptuando el pisotón de pie, esa era sin duda la pequeña princesita, o más bien pequeña con delirios de princesita. Pero toda su forma de comportarse en ese momento no era del todo por su complicada forma de ser, pues realmente se estaba sintiendo más incómoda que de costumbre. Nunca había sido una persona de… bueno, personas. Ya era suficientemente difícil viajar con dos desconocidas de intenciones dudosas, como para que ahora se le sumara otro integrante más a su partida, y encima de todo un chico. No era que tuviera algo en contra de que fuera un chico, especialmente uno tan atlético y guapo, pero en general no sabía bien cómo comportarse frente uno sin involucrar algún insulto, golpe o amenaza con la intención de oponer su dominio y no la hicieran menos.

—Y entonces… —susurró Jay despacio, y señaló con cada mano a Evie y Mal por igual—. ¿Ustedes tienen magia también?

Jay había visto de primera mano las habilidades de Cora, así que su pregunta era bastante validad si tenían en cuenta quienes eran sus madres.

—Así es —respondió Evie, de nuevo con el mismo orgullo de antes—. Yo soy una Maga Negra experta… —ese comentario la hizo merecedora de una mirada inquisitiva por parte de su abuela—. De acuerdo, algo intermedia. Aún sigo aprendiendo…

Jay miró entonces a Mal en espera de su respuesta.

—Yo sólo sé crear fuego, por ahora —respondió encogiéndose de hombros.

—¡Pues a mí eso me suena increíble! —Exclamó Jay con más energía de la necesaria; a Mal realmente le gustaría que le bajara un par de rayitas a su entusiasmo.

—Podríamos enseñarte cómo hacerlo —propuso Evie, haciendo que los ojos de Jay se abrieron de par en par por el asombro.

—¿De verdad?

—Claro, tú padre era un poderoso mago como nuestras madres. Es casi seguro que también posees magia como nosotras, ¿cierto?

Miró entonces a Mal en busca de que la secundara.

—¿Yo qué sé? —fue su respuesta, corta y directa.

—¿Cierto? —Volvió a repetir Evie, ahora buscando la opinión de abuela. Ésta sencillamente sonrió y se encogió de hombros.

—Es posible.

Jay casi saltó de su asiento de la emoción, sino fuera porque de hacerlo de seguro toparía con el techo del coche.

—Entonces… ¿puedo convertirme en un oso gigante? —cuestionó agitado—. O aún mejor… un oso con cabeza de león. Y que tenga alas para poder volar… Imagínense eso.

Mal no pudo evitar soltar una pequeña risilla ante el momento tan curioso que estaba presenciando, aunque intentó disimularlo girando por completo su rostro hacia la ventanilla. Debía admitirlo, la ingenuidad de ese chico, viniendo en un empaque tan grande e imponente, era algo divertida.

El carruaje se detuvo abruptamente, haciendo que los ocupantes, menos Cora, se agitaran y casi se cayeran de sus asientos.

—Es aquí —les informó la mujer mayor, y sin más abrió ella misma la puerta del coche y se bajó. Los tres muchachos tardaron un poco para recuperarse de la repentina sacudida, pero poco después la siguieron.

Una vez afuera, los más maravillados, por decirlo menos, al ver el lugar al que habían llegado fueron sin duda Mal y Jay. Sus quijadas se abrieron por completo y sus ojos se desorbitaron al ver la enorme propiedad, una casa que poco le faltaba para ser considerada un castillo, con un hermoso jardín al frente, una fuente de gran tamaño, y varios sirvientes yendo y viniendo de un lado a otro. Eso tenía que ser la residencia de algún noble, de eso no cabía duda.

—Santo cielo —se le salió a Mal exteriorizando su impresión—. Miren esa casa y esos terrenos.

—Están bien —escuchó a Evie murmurar a sus espaldas, pero a diferencia de ella su tono era bastante más tranquilo—, pero no es tan impresionante.

Mal y Jay se giraron al mismo tiempo hacia ella, más sorprendidos por su reacción tan impasible que por la casa ante ellos.

—¿No es tan impresionante? —Inquirió Mal, incrédula—. ¿Pues de dónde vienes?

Evie pareció tener intención de responderle, pero nada surgió de sus labios. Cerró su boca rápidamente y disimuló como si no hubiera escuchado la pregunta en un inicio. Al parecer la princesita sí tenía sus secretos. ¿En dónde había estado la Reina Malvada todos esos años en los que se había estado escondiendo? Le resultaba difícil creer que se hubiera estado escondiendo en un castillo.

—Imagínense todas las cosas de valor que debe de tener —señaló Jay, relamiéndose los labios de la emoción.

—¿Enserio? —Cuestionó Mal—. ¿No sabes ni quien vive aquí y ya estás planeando robarle?

—¿Acaso tú le preguntas su nombre a la gente antes de robarle?

—¿Y quién te dijo a ti qué soy una ladrona?

—Técnicamente lo eres —intervino Evie, lo que hizo que Mal la volteara a ver de reojo de manera agresiva—. O lo eras… más como una estafadora. ¡Cómo sea!, ¿quién vive aquí?

Evie se giró de inmediato hacia su abuela, intentando cambiar el tema antes de que Mal tuviera uno de esos ataques de ira que terminaban en bolas de fuego. Cora quizás no estaba tan asombrada por el escenario como lo estaban Mal y Jay, pero tampoco estaba tan calmada como Evie. Ella miraba hacia la gran residencia con expresión seria, más seria que la usual. Sus labios se apretaban entre sí y su dedo índice derecho se movía un tanto inquieto sobre el costado de la falda de su vestido. Si Mal tuviera que adivinar qué era lo que le pasaba por la cabeza, diría que a diferencia de ellos, ella sí esperaba encontrarse con una casa grande y espectacular… pero quizás no tanto como terminó siendo, y eso la tenía un tanto incierta.

—Se podría decir que una perra vieja —respondió luego de un rato de cavilación, seguida de un suspiro cansado—. Creo que esto será un poco más difícil que los anteriores. Mejor iré yo sola. Ustedes, entreténganse por ahí.

Cora tomó entonces la parte inferior de su vestido con ambas manos, y comenzó a andar hacia la casa por su cuenta, al tiempo que los tres chicos la seguían con la mirada, recelosos.

—¿Entretenernos con qué? —espetó Mal, pero Cora siguió de largo por su cuenta sin detenerse ni hacerle caso. Mal resopló, molesta.

—¿Exactamente a qué venimos? —inquirió Jay, rascándose su cabeza por encima de su paliacate. Evie lo miró, confundida.

—¿No pusiste atención cuando lo explico?

—Verás, poner atención no es precisamente mi mejor cualidad —le respondió Jay con tono irónico.

—Perfecta cualidad para un hechicero —añadió Mal sarcástica, caminando entonces hacia un par de piedras para poder sentarse; Evie y Jay la siguieron, casi sin proponérselo conscientemente, mientras la peliazul se explicaba.

—Venimos a buscar a otro descendiente de los Magos Negros de hace veinte años, y posible aliado en nuestra difícil misión.

—Oh, entiendo —asintió Jay—. ¿Y quién es ese descendiente?

Evie abrió su boca con toda la intención de responderle, pero ni una palabra salió de ella. La cerró de nuevo tras unos segundos, y miró al frente algo distraída.

—Pues… este… él es…

—No lo sabe —intervino Mal, ya sentada en una de las rocas—. Ni tú, ni yo. Y acostúmbrate, pues su abuela tiene la tendencia a guardarse todo para sí misma.

—Eso me suena conocido —murmuró Jay con pesadez, dejándose caer en el suelo a un lado de su roca.

Evie y Mal se miraron la una a la otra, cuestionándose mutuamente sobre ese último comentario. Sin embargo, ambas se podían dar una pequeña idea de a qué se refería exactamente; él mismo lo había dicho en el carruaje, hasta hace poco desconocía quién era en realidad su padre. ¿Cuál sería el caso de este otro descendiente? ¿También desconocería esa verdad?

— — — —

La señora de la casa, la Condesa de Feinberg, se había levantado tarde esa mañana, y por lo mismo pidió que le sirvieran un desayuno aunque fuera ya casi el mediodía. La elegante mujer de cabello la mitad blanco y la mitad negro, y vestida con un pomposo abrigo de diferentes pieles, se encontraba sentada a la cabeza de la larga, muy larga, mesa del comedor principal de la residencia. Había heredado el título de Condesa al momento de contraer nupcias hace ya casi dos décadas atrás con el ya algo mayor Conde de Feinberg. Y tras su trágicamente muerte cinco años atrás, ella se había quedado como la única señora de esas tierras. Todos los sirvientes estaban ahí sólo para atenderla a ella y a su joven hijo, quien era la adoración de sus ojos.



Una de las doncellas le trajo a la mesa un plato de sopa y algunos panes, y los colocó ante ella. Ella inclinó su nariz sobre el plato, inhalando con fuerza el aroma que de él brotaba. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios totalmente rojizos.

—Gracias, linda —comentó la condesa, haciéndose hacia atrás para que otro sirviente pudiera amarrarle una servilleta al cuello—. Huele delicioso. ¿Dónde está mi hijo?

—Creo que salió temprano a cazar, señora —le indicó la sirvienta, y la Condesa rio satisfecha.

—De haber sabido. Que cocinen muy bien cualquier animal que traiga mi tesoro.

—Sí, Condesa.

Los dos sirvientes se retiraron para dejarla comer. Pero apenas había dado el primer bocado de su sopa, cuando otra doncella se le acercó rápidamente desde la puerta del comedor a sus espaldas.

—Condesa Feinberg, una mujer la busca —le informó la jovencita, solemne.

—¿Cuál mujer? —Masculló con fastidio la Condesa, justo después de dar otro bocado—. ¿No te dije que no quería visitas?

—En un sitio así, creo que ha de recibir muchas, señora Cruella —escuchó que una voz nada familiar pronunciaba desde la puerta. Sin embargo, aunque no le pareció conocida… sí tuvo el suficiente efecto en ella como para obligarla a arrastrar su silla lo suficiente para poder voltear a la puerta y ver a la recién llegada: una mujer de rojo, que la veía con prepotencia, y una amplia sonrisa astuta que a la Condesa le pareció muy, muy familiar.

La Condesa se paró lentamente de su silla, sin que se diera cuenta siquiera de que lo había hecho. Miró con detenimiento a la otra mujer con sus profundos y serenos ojos azules, examinándola. Sus ojos, su sonrisa, hasta su forma de pararse… ¿podría ser…?

—¿Regina? —susurró la mujer vestida de pieles, presa de un profundo asombro. La extraña, sin embargo, bufó divertida.

—¿Todos van a reaccionar así al verme? —comentó sarcástica, y se permitió a sí misma ingresar en el comedor con paso moderado—. ¿Enserio nos parecemos tanto?

La Condesa la siguió con la vista en silencio, sin dar algún ademán a favor o en contra de su presencia. Una vez que estuvo más cerca, la pudo ver con más claridad y darse cuenta de que no era la persona que había pensado en un inicio; pero sí, sí se parecía bastante.

—¿Quién eres? —le cuestionó tajantemente y sin rodeos, mirándola hacia abajo aprovechando su estatura mayor, ayudada además de sus altos tacones. Su visitante, sin embargo, no pareció intimidada.

—Me llamo Cora —le respondió con sublime tranquilidad—. Estoy buscando a la señora Cruella De Vil.

—¿De vil? —Murmuró confundida la doncella que la había guiado hasta ese punto—. Debe estar confundida, señora. La Condesa…

De pronto, su ama alzó una mano en su dirección, colocándola prácticamente frente a su rostro para indicarle que guardara silencio.

—Déjanos solas, Anastasia —le indicó con un tono casi sombrío que a la chica paralizó un poco—. Anda, y cierra las puertas al irte y que nadie nos interrumpa

La jovencita sólo respondió agachando su cabeza y se retiró a paso apresurado a cumplir su petición. La Condesa se sentó de nuevo en su silla, cruzándose de piernas y mirando fijamente a la mujer ante ella, y ésta la miraba a su vez como si estuvieran en algún tipo de competencia de miradas… y ninguna daba su brazo a torcer. Ninguna dijo nada por un rato; sólo se miraban y escuchaban el eco de las diferentes puertas del comedor cerrándose, hasta que la doncella saliera por la última justo antes de cerrarla también. Y un instante después todo fue silencio, como si no hubiera nada ni nadie afuera de ese espacio rodeado por cuatro paredes.

La Condesa señaló a una silla del comedor con su mano, indicándole que tomara asiento. Cora lo hizo sin mucha oposición.

—Señorita —escuchó que Cruella decía con seriedad una vez que estuvo sentada.

—¿Disculpe?

—Señorita Cruella De Vil. Enviudé hace cinco años, así que no hay porque llamarme… señora.

Cora sonrió divertida ante ese comentario tan jocoso, en su opinión.

—No es así como funciona, tengo entendido.

Cruella se encogió de hombros. Acercó una de sus manos hacia una pequeña caja de madera colocada en la mesa a lado de sus platos por uno de los sirvientes. En el interior de la caja había varios objetos oscuros y alargados, como si fueran barras hechas de madera, pero el material parecía mucho más blando. Cruella tomó uno de ellos entre sus dedos, y con su otra mano buscó en el interior de la caja un pequeño palillo de madera con una punta rojiza. Talló la punta rojiza sobre la tapa de la caja de madera, y ésta se prendió como una vela. Acercó la flama a un extremo de la vara oscura entre sus dedos. La punta se prendió, reluciendo con un pequeño fulgor. Colocó aquel objeto en sus labios, aspirando algo de humo que surgió de él. Luego de unos segundos, lo retiró de sus labios y soltó una amplia bocanada de humo, como si fuera el aliento de un dragón. Su invitada la miró fijamente, apacible y en silencio.

—¿Gusta, señora Cora? —le cuestionó, extendiendo su mano libre hacia la caja de madera cerrada.

—No gracias, lo dejé hace un par de años —le respondió la mujer de rojo con una naturalidad tan total que a Cruella la desbalanceó un poco.

Volvió a colocar su puro en sus labios, y dio otra aspiración profunda de su humo.

—No sólo es la primera persona que no me pregunta qué son, ¿sino que me dice que lo “dejó”?

La sonrisa de Cora se ensanchó aún más.

—Sé muchas cosas que varios de por aquí no conocen —le respondió con un tono burlón algo asertivo—. Antes de volver aquí, viví mucho tiempo en un lugar… bastante diferente a éste, si sabe a lo que me refiero, y sé que es así.

Los ojos de Cruella se entrecerraron en un gesto inquisitivo.

—¿Vienes de mi mundo? —murmuró curiosa, aunque con un tono casi sombrío.

—No creo; no de ese en específico. Pero si de uno en donde a varios les atrae ese mismo vicio, incluyendo algunas orugas.

Una pequeña risa ahogada se escapó de la garganta de la Condesa. Miró divertida a la mujer sentada ante ella y se apoyó por competo contra el respaldo de su silla, descruzando sus piernas y luego volviéndolas a cruzar.

—Ya sé quién eres —señaló con un tono orgulloso—. Eres la madre Regina, ¿cierto? La que empujó por el espejo con la ayuda de Rumpelstiltskin hacia otro mundo.

La casi eterna y confiada sonrisa de Cora se desvaneció de sus labios rojos abruptamente al escucharla decir eso. Aspiró lentamente por su nariz y se sentó derecha con el porte propio de una mujer de alcurnia, pero con un cierto sentimiento de incomodidad en su postura aun así.

—Así que te habló de eso —masculló con seriedad.

—¿Regina? —espetó Cruella, y volvió a reír, aunque ahora un tanto más sarcástica—. Ella no hablaba de nada con nadie, al menos que eso le trajera algún beneficio. Era demasiado lista como para permitir que alguien supiera más de la cuenta sobre ella. Pero hasta los secretos mejor guardados pueden ser descubiertos si sabes dónde buscarlos. Y si a quién estás buscando es a Regina, entonces me temó que pierdes tu tiempo. —Inhaló el humo de su puro y luego lo expulso lentamente hacia el aire sobre su cabeza—. No la he visto desde aquella horrible noche en la que el Hada Azul nos arrebató nuestra magia a todos. Huyó antes de encarar a cualquier de nosotros. Ni siquiera sé si está viva.

—Oh, está muy viva —murmuró Cora, más animada—. Logró superarse a sí misma luego de lo ocurrido, y por lo que veo tú también.

La mujer de rojo echó un vistazo rápido a su alrededor, apreciando todo el gran espacio en el que se encontraban, y cada adorno en él, pequeño o grande.

—¿Qué puedo decir? —Se encogió Cruella de hombros una vez más—. De algo había que vivir.

—Y has vivido tan bien… que no parece que estos veinte años hayan tenido algún efecto en ti —señaló Cora, girándose de nuevo hacia ella, y echándole otra vez una fugaz mirada. A pesar del tiempo ocurrido, la mujer ante ella se veía bastante… joven, incluso más que su hija Regina, pese a que ella tenía entendido que Cruella era relativamente mayor—. ¿Puedo preguntar cómo lograste eso… sin magia?

Cruella se puso un poco más serie al escuchar ese cuestionamiento.

—No, no puedes —le respondió con frialdad—. No sé a qué hayas venido, pero esos años oscuros en los que me divertía con Regina y las otras causando estragos a diestra y siniestra, ya están bastante lejos para mí, y lo que menos quiero es hacer algo que ponga en riesgo todo lo que he construid. Éste es el legado que he de dejarle a mi Carlos, después de todo.

—Carlos, así que ese es su nombre —murmuró Cora con elocuencia, provocando en Cruella un repentino gesto de incertidumbre. ¿Sabía de su hijo, acaso?—. ¿Y dónde está el adorable muchacho?

Cruella la miró fijamente un rato con desconfianza, antes de dignarse a responderle.

—Salió a cazar; es un as con la ballesta, y con los animales en general.



—Igual que su madre.

—Aún tengo mi toque.

—¿Y piensas que estoy aquí para arruinarte todo esto por lo que has trabajado?

—No te ofendas, querida. Pero si eres la mitad de loca rencorosa que tu hija, sé que sólo me traerás problemas.

—No me ofendo —ironizó Cora con tono burlón—. Regina en efecto era algo problemática, y no le importaba como eso afectaba a los demás. —Se encogió de hombros, resignada—. Bueno, entiendo tu posición, y lamento haberte molestado. Entiendo que ya que has logrado todo esto, la idea de recuperar tu magia debe de parecerte insignificante.

Y fue en ese momento que toda la seguridad, todo el porte firme y locuaz que la Condesa había mantenido hasta ese momento, fue puesto de lado. Sus ojos se abrieron por completo, y sus labios se tensaron. Sus dedos sujetaban su puro hacia un lado, sin importarle si la ceniza caía al suelo. Su reacción fue tan obvia y sincera, que Cora era ahora quien sonreía orgullosa, por fuera y por dentro.

—¿Qué dijiste? —Murmuró Cruella con voz baja—. ¿Recuperar mi magia?

—Sí —respondió Cora con asombrosa normalidad—. Se supone que para cualquier hechicero, el hecho de perder su magia debe ser algo devastador, como si te arrancaran una parte de ti; como un brazo. Pero veo que tú remplazaste ese brazo con lujos y un hijo. Muy admirable. Pero por eso, supongo que no tengo nada más que hacer aquí.

Cora se puso de pie en ese mismo instante y se disponía a caminar a la puerta. Creyó que le dejaría dar un par de pasos hacia salida antes de detenerla, pero para su sorpresa en realidad no pudo ni dar medio paso.

—Aguarda un segundo —exclamó Cruella con un tono alto y casi autoritario. Cora la miró de reojo; la miraba fijamente con una mirada intensa, y con su mano le hizo la indicación de que tomara asiento de nuevo. Cora lo hizo, encantada—. ¿Me estás tratando de decir que tú me puedes regresar mi magia?

—Sí, a ti y a todos los demás, incluida mi hija. Pero eso no tiene por qué preocuparte. Por qué digo, claramente tienes todo lo que siempre has deseado, ¿o no?

Volvió a mirar a su alrededor, recorriendo con sus ojos todo el lujoso cuarto, con las pinturas, estatuas y altos ventanales. La mesa de comedor amplia, la vajilla fina, y los exquisitos manjares. Sin embargo, lo más llamativo eran sin lugar a duda sus ojos, y esa mirada tan intensa que tenía en ellos. No era necesario que le dijera ni media palabra, sus ojos lo decían: la descripción que acababa de darle sobre arrancarle un brazo… realmente había dado en el clavo.

Cruella tomó una última bocanada de su puro, antes de pegar éste contra la madera de la mesa y apagarlo al tallar la punta en movimientos circulares sobre la superficie; todo eso sin quitarle los ojos de encima a su invitada forzada.

—Cuéntame más al respecto —sugirió la mujer de cabello bicolor, y de nuevo Cora sonrió triunfante.

—Cómo guste, Condesa.

— — — —

Les había dicho a sus acompañantes que se entretuvieran, ¿pero exactamente cómo podrían entretenerse tres chicos jóvenes en ese lugar? No podían irse lejos, no podían entrar evidentemente, ni tampoco llamar tanto la atención. Así que a Mal, Evie y Jay sólo les quedó hacer una cosa: quedarse sentados a un lado del camino que llevaba a la mansión… y nada más. Mal e Evie estaban sentadas sobre dos duras, y nada cómodas, rocas. Jay, por su lado, prefirió sentarse en el suelo a lado de Mal. No tenían ni idea de cuánto tiempo llevaban ahí sentados, pero se sentían como horas o más…

—Estoy aburrido —masculló Jay fastidiado. Tenía sus manos apoyadas en el suelo a sus espaldas, y miraba hacia el cielo entre las ramas del árbol que les daba sombra en esos momentos.

—Únete al club —resopló Mal. Tenía su rostro apoyado en sus manos, y sus codos sobre sus muslos; sentía que si sus piernas no se habían dormido todavía, lo harían pronto.

—Hey, ¿por qué no me enseñas como arrojar fuego? —Soltó Jay de golpe, recuperando un poco la emoción. Mal, sin embargo, lo volteó a ver confundida.

—¿Disculpa?

—En el carruaje dijiste que puedes arrojar fuego. ¿Lo haces por la boca como tu madre? O eso he oído que hacía.

—No, lo hago con mis manos —explicó Mal rápidamente, casi ofendida.

—Eso suena mejor. ¿Puedes enseñarme?

—¡No! —espetó con fuerza, llamando sin querer la atención de un par de trabajadores que pasaban por ahí. Se detuvieron a mirarlos, y ella les sonrío de manera normal (o lo más normal que le fue posible) y los saludó con una mano. Los trabajadores se alejaron murmurando entre ellos—. Aún no controlo bien cuando… sale y cuando no.

Evie se paró derecha rápidamente, interviniendo.

—Podríamos…

—Me vuelves a pisar el pie y te parto la cara a patadas y sin necesitar fuego —añadió Mal rápidamente, mirando de forma casi asesina a la chica a su lado; ésta optó por dejar lado su sugerencia—. ¿Por qué no le enseñas tú? Tú también puede hacer fuego, y mucho más estable que el mío.

—¿Enserio? —cuestionó Jay, realmente interesado.

—Sí —respondió Evie algo insegura—, pero el de ella es más bonito: es verde. —De nuevo, otra mirada furtiva y agresiva por parte de Mal—. De acuerdo… pero vayamos entre los árboles, que aquí alguien nos puede ver.

Los tres se pararon de sus asientos y se adentraron un poco entre los árboles de la propiedad para perderse de la vista de los trabajadores cercanos. Evie esperaba que Cora no saliera en ese momento buscándolos y no los encontrara; a Mal eso no le importaba, y Jay ni siquiera pensaba en ello. Una vez que estuvieron seguros de estar lo más ocultos posible, se pusieron en un espacio un poco despejado entre los árboles.

—Bien… —Exclamó la chica de pelo azul, parándose derecha delante de sus compañeros. Respiró profundo, agitó sus manos y miró a los dos chicos delante de ella, que la miraban a su vez fijamente a la expectativa, sobre todo Jay—. ¡No me mires así que me sonrojo!

Evie se cubrió el rostro con sus manos y se volteó hacia otro lado, apenada. Jay, confundido, miró hacia Mal en busca de alguna explicación, pero ésta sólo se encogió de hombros.

—¿Lo siento? —Musitó Jay, un tanto perdido por tan extraña reacción.

Al parecer el punto débil de la princesita eran los chicos guapos; era bueno para Mal el saberlo, para futuras referencias.

Evie se forzó a sí misma a recuperarse. Cerró los ojos y respiró hondo para calmarse.

—De acuerdo… uno… dos… tres…

Giró sus muñecas y extendió sus manos hacia los lados. Sobre cada una de sus palmas, se formó una brillante y reluciente llama anaranjada. Jay se sobresaltó un poco por la repentina aparición del fuego, pero su asombro pudo más que su miedo.

—Increíble… —murmuró el chico, estupefacto. Dio entonces un par de pasos al frente, y extendió su dedo índice derecho en dirección a una de las llamas.

—¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó Mal, tomándolo del brazo y jalándolo hacia atrás.

—Quería estar seguro de que fuera real.

—Es real —rio Evie, divertida—. ¡Mira!

Evie alzó sus manos hacia arriba y las dos esferas de fuego volaron en línea recta hacia el cielo, y luego bajaron directo a sus palmas de nuevo. Comenzó a girar sobre su pie derecho, como si fuera una bailarina, y las esferas de fuego dibujaron una estela circular a su alrededor como un aro. Se detuvo, junto con palmas abruptamente y el fuego de esfumó. Sin embargo, al separarlas de nuevo, una esfera aún más gran se materializó entre ellas.

—¡Grandioso! —Exclamó Jay, asombrado. Mal también lo estaba a su propio nivel, pero lo disimulaba un poco más. ¿Cómo era que tenía tanto control de eso?, especialmente cuando se encontraba tan tranquila.

Evie, por su parte, se ruborizó al escuchar a Jay hablar de esa forma sobre ella. Un chico tan apuesto le decía que era grandiosa; su corazón se agitaba ante la sola idea.

Hizo entonces un último acto. Colocó a esfera de fuego más grande en su palma derecha, la jaló hacia atrás en posición similar a como si fuera a arrojar una piedra y entonces lanzó la esfera de fuego directo en línea recta hacia Jay y Mal, los cuales tuvieron que reaccionar rápidamente, haciéndose cada uno a un lado. Pero en realidad no habían tenido que hacerlo pues la esfera se había detenido menos de un metro de donde estaban parados originalmente, flotando y girando en su lugar. Evie sonrió divertida al ver su reacción; su mano aún estaba extendida en su dirección luego de su lanzamiento.

—¡¿Qué estás haciendo?! —le gritó Mal, bastante molesta.

—Tranquila —murmuró Evie, entre risillas—. Te dije que sé lo que hago…

Evie abrió los dedos de su mano por completo. La esfera de fuego se hizo más grande y brillante, poniendo nerviosos a sus dos compañeros. Evie cerró de nuevo su puño, y la esfera se redujo en sí misma y entonces desapareció, dejando apenas un rastro de humo.

Ahora Mal no fue capaz de disfrazar su asombro.

—¡¿Quiénes son ustedes?! —escucharon que una voz chillona gritaba con fuerza a un lado de ellos. Los tres se giraron al mismo tiempo a esa dirección, y entre los árboles adyacentes vieron surgir la figura de un chico, con una ballesta en sus manos con la que los apuntaba—. ¡¿Qué hacen en mi propiedad?!



—¿Tú propiedad? —Exclamó Mal, confundida, aunque su atención estaba puesta en el arma con la que los apuntaba.

—¿Qué le pasa a tu cabello, amigo? —Cuestionó Jay, viendo con curiosidad su cabello blanco y algo despeinado.

—¡Silencio! —Gritó con fuerza el muchacho, aunque con algo de nervios en su voz—. Eso… que hicieron hace un momento ¡Era Magia!, ¡era magia!, ¡¿verdad?! ¡¿Quiénes son?!

Evie, Mal y Jay se miraron entre ellos, perplejos. Aparentemente no habían sido lo suficientemente discretos, o quizás Evie se había excedido con sus deseos de lucirse.

—Genial, ¿ahora qué? —Inquirió Jay, no con mucha preocupación en realidad—. ¿Tendremos que… matarlo o algo así?

—¡¿Matarme?! —Exclamó el chico de la ballesta, casi espantado.

—Claro que no —Respondió Mal apresurada, casi ofendida por la sugerencia.

—Quizás sí debamos de hacerlo —añadió Evie, encogiéndose de hombros.

—Hey, nadie matará a nadie aquí, ¿de acuerdo? —Señaló Mal con bastante determinación.

—¿Quién te nombró jefa? —Bufó Jay, cruzándose de brazos.

—Sí, si hubiera una jefa, esa tendría que ser yo —declaró Evie, señalándose a sí misma con su pulgar.

—¿Y tú por qué? —respondió Mal, arqueando una ceja.

—¿Olvidas que todo esto es mi plan?

—Querrás decir de tu abuela.

—Es igual.

—Debes cambiar tu concepto de “igual” —comentó Jay, sarcástico.

—Oye, ¿y tú de qué lado estás? —Reclamó Evie, a lo que el chico sencillamente se encogió de hombros, indiferente.

—No lo sé. Creo que sólo me gusta el conflicto…

—¡Ya cállense! —Gritó de golpe el chico de cabello blanco, llamando de nuevo su atención pues se habían prácticamente puesto a hablar entre ellos, olvidándose de él. Alzó más su ballesta, apuntando a cada uno con ella—. ¡Están en mi propiedad!, ¡todo este sitio es mío! Así que no me importa quienes sean o qué tramen, van a…

Mientras hablaba, Evie hizo un movimiento de su muñeca alzando su mano, y al mismo tiempo que lo hizo la ballesta del chico salió disparada de sus manos, volando por el aire en línea recta hacia Evie, que la atrapó rápidamente entre sus manos.

—¿También puedes hacer eso? —Exclamó Jay, sorprendido. Evie se encogió de hombros, con una sonrisa de satisfacción.

El chico miró estupefacto sus manos vacías, y la ballesta ahora en las de aquella joven de cabello azul. No permitió que su asombro lo inmovilizara, y en cuanto pudo se giró y comenzó a correr con todas sus fuerzas en dirección a la enorme casa.

—Genial —masculló Mal, fastidiada.

—No se preocupen, yo me encargo —señaló Jay con bastante confianza. Se estiró un poco sus piernas, saltó un par de veces, y entonces salió corriendo detrás del chico, con bastante velocidad y agilidad, lo suficiente para dejar admiradas a sus dos acompañantes.

— — — —

—¡Madre! —Gritaba el joven Carlos de Feinberg, mientras corría despavorido por el camino principal que llevaba a la mansión.

Estaba totalmente pasmado. Su búsqueda de la zorra plateada había sido infructuosa, por lo que había decidido volver a casa, aunque lo había hecho por entre los árboles para ver si encontraba algún rastro de su presa, pese a que era algo bastante improbable. Las voces de algunos extraños, y un resplandor parecido a llamas, llegando a él por entre los troncos y ramas, llamaron su atención, por lo que sus propios pies se movieron por sí solos en esa dirección con cuidado. Fue entonces cuando vio a esa chica mover esa llama entre sus manos, lanzarla, pararla, y luego desaparecer ante sus ojos. ¿Cómo había hecho tal cosa?; en realidad no había que pensarlo mucho: magia, la magia que se suponía ya no existía en ese reino, ni en ningún lado.

Tuvo el arrojo de intervenir, armado solo por su ballesta. Fuera quienes fueran, estaban en su propiedad, haciendo quien sabe qué, así que era su deber intervenir.

Eso no había salido muy bien.

Ahora se encontraba corriendo como un niño asustado hacia las faldas de su madre para protegerse, pero no le quedaba de otra.

—¡Madre!, ¡Andrew!, ¡alguien! ¡Necesito ayuda…!

Cuando ya se encontraba a medio camino de la puerta principal, sintió como era tacleado con gran violencia, y empujado al suelo haciendo que su barbilla chocara contra éste y se raspara. Intentó moverse, pero quien lo había tumbado lo tomó de los brazos con firmeza, inmovilizándolo por completo contra la tierra. Miró sobre su hombro y se encontró con el rostro de aquel chico que había visto en el bosque con las otras chicas.

—¿Cómo me atrapaste? —Cuestionó confundido.

—Porque corres como niña —le respondió Jay divertido, alzándolo de un tirón para que se pusiera de pie.

—¿Disculpa? —Escuchó que la voz de Mal pronunciaba a sus espaldas. Al girarse, Evie y Mal lo miraban fijamente, aparentemente algo ofendidas por su comentario.

—Es… un decir —les respondió, algo nervioso—. ¿Y ustedes como llegaron tan rápido…?

—¿Qué está pasando aquí? —Se escuchó en ese momento que cuestionaba, imponente como un trueno, una nueva voz abriéndose paso entre todo ese ajetreo.

Desde las escaleras de la mansión frente a las puertas principales, se alzaba una mujer alta, delgada, de elegante porte y atuendo. Su cabello era corto hasta sus hombros, mitad negro, mitad blanco. Su rostro era afilado y duro, sus labios eran rojo pasión, y su piel pálida y lisa. Los tres chicos, por algún motivo, se sintieron intimidados por su presencia, aunque ninguno la reconocía en lo absoluto.

—¡Madre! —Soltó el joven Carlos, siendo aún sujetado firmemente por Jay—. Estos tipos… esa chica… este salvaje…

Carlos balbuceaba, pero su madre la Condesa no lo escuchaba. De hecho, sus penetrantes ojos azules y toda su atención, se encontraba puesta en una de las chicas detrás de él y del chico que lo sostenía: la chica de cabello morado y ojos verdes.

Bajó las escaleras lentamente y se aproximó con cautela hacia ellos. Evie, Jay y Mal se quedaron en su sitio, sin saber bien qué hacer. No parecía una amenaza latente a simple vista, pero era difícil saberlo con seguridad. Evie se puso nerviosa y se dispuso a crear otra esfera de fuego. Mal notó esto, y de inmediato, la tomó de la muñeca y le indicó con la mirada que aguardara un poco.

La condesa caminó justo a un lado de su hijo, pasándolo de largo antes su mirada incrédula.

—¿Madre? —exclamo el chico de pelos blancos, pero ella de nuevo no parecía escucharlo.

Se paró entonces justo delante de Mal, y la miró fijamente de arriba para abajo. Mal se comenzó a sentir un poco incómoda por la forma en la que la miraba, y luego aún más cuando extendió su mano hacia ella y la tomó de la cara con algo de fuerza para poder alzarla hacia ella y poder verla con más detenimiento. Los ojos de aquella mujer se abrieron por completo, llenos de asombro.

—Santo cielo… —exclamó despacio, sin proponérselo.

—Déjeme adivinar —masculló la chica, sonando un poco chistoso debido a la forma en la que le sujetaban la cara—. Me va a decir que soy idéntica a mi madre, ¿verdad?

—Sí, bastante —respondió la Condesa, sin disminuir ni un poco su admiración—. Tú debes ser… Lilith, ¿no es cierto?

—¿Me conoce?

Una media sonrisa se dibujó en sus labios. Sus ojos miraron sutilmente a aquel objeto que colgaba de su cuello, aquel que ella creía que era madera pero que le habían dicho que era algo muy diferente.

—Se podría decir que sí —le respondió, algo enigmática. Se giró entonces hacia atrás, de nuevo hacia la puerta principal; frente a ésta, ahora se encontraba Cora, y contemplaba satisfecha toda la escena desde dicha posición—. Vaya, vaya… se ve que no eres una habladora después de todo. —Se viró entonces por completo a las escaleras y empezó a caminar de regreso a la mansión—. Pero pasen, están en su casa.

Jay, Evie y Mal se miraron entre ellos, indecisos. Jay soltó a Carlos, y éste de inmediato se alejó de ellos y se aproximó hacia su madre.

—¿Qué estás diciendo, madre? —le cuestionó con marcada alarma tras escuchar que les estaba ofreciendo pasar—. Estos delincuentes trataron de matarme.

—Ya estarías muerto de haber sido así, cariño —le respondió la Cruella con un tono jovial, casi irónico, dejando al chico bastante turbado. Cruella entrelazó su bazo con el suyo, y entonces hizo que la acompañara hacia adentro también—. Ven, querido. Tenemos mucho de qué hablar.

La Condesa y su hijo subieron las escaleras, y Cora se hizo a un lado para que pudieran pasar. Le echó una mirada a sus jóvenes acompañantes, y con un ademán de su cabeza les indicó que también vinieran, antes de que ella misma se metiera de nuevo. Los tres no entendían qué acababa de pasar con exactitud, pero tampoco tenían muchas más opciones. Caminaron juntos a la puerta, y siguieron a Cora al interior.

FIN DEL CAPITULO 07

Notas del Autor:

—El personaje de Carlos en lo que respecta a su apariencia física y gran parte de su personalidad, está basado casi en su totalidad en su respectivo personaje de Descendientes. Sólo hay al igual que con Evie, Mal y Jay marcadas diferencias en su historia y en su ambiente, pero las ideas generales siguen iguales.

—El personaje de Cruella De Vil se encuentra en gran parte basada en su respectivo personaje cómo apareció en Once Upon a Time, sobre todo en su apariencia, historia (aunque ésta fue un poco adaptada al escenario actual) y en el hecho de que también posee magia. Tendrá además algunos agregados personales a su personalidad, basándome en diferentes versiones del personaje.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario