Fanfic Batman Family: Legacy – Capítulo 18. Su Padre

18 de julio del 2018

Batman Family: Legacy - Capítulo 18. Su Padre


Batman Family: Legacy

Wingzemon X

Capítulo 18
Su Padre

Domingo, 11 de enero de 1998

Hacía siete años atrás que Batman había sido visto por primera vez en la ciudad. Para esos momentos los nombres de Batman y Robin eran más que conocidos por todas partes, y su presencia se extendía como un manto oscuro sobre las calles. Por ello, ver al encapotado por Park Row no era para nada algo raro, considerando que en aquel entonces era de las zonas más peligrosas de Gótica. Pero más allá de las persecuciones habituales del malhechor en turno, existía el rumor de que Batman se presentaba algunas noches por aquel vecindario, muy tarde en la madrugada y que no parecía estar realizando su labor habitual. La gente afirmaba que estacionaba su vehículo frente a un callejón en específico, a un lado del viejo cinema Monarch, se introducía entre las sombras de éste y se quedaba ahí varios minutos en absoluto silencio. ¿Qué hacía?, ninguna de las muy pocas personas que habían sido testigos de aquel acontecimiento se había atrevido a acercarse lo suficiente para averiguarlo, a riesgo de perder sus propias vidas en manos de aquel hombre que aún en ese entonces se encontraba cubierto de un aire de superstición equivalente al monstruo que se oculta debajo de las camas o el Demonio de Jersey.

Nadie podía predecir con seguridad qué noche iría y cual no, excepto Billy Carson de diez que vivía en el edificio de departamentos justo frente al Monarch. Billy aseguraba que en los tres años anteriores, Batman se había presentado en el callejón justo la madrugada del once de enero, y con la misma seguridad les decía a sus amigos que también lo haría ese año. Los otros niños del barrio no le creían; Billy tenía fama de exagerar sus historias, o incluso de inventarlas del todo, con tal de llamar la atención. Furioso por tal pensamiento, el chico los retó a todos a salir a la calle y esperarlo si tan seguros estaban de que mentía. Algunos de ellos no aceptaron, dando muchas excusas de por medio aunque la mayoría era incapaz de esconder el miedo que la idea les provocaba; ¿y sí Billy tenía razón y aquella criatura extraña sí se presentaba? Sólo tres de los niños, además de Billy, aceptaron el reto. Entre esos tres niños, se encontraba un chico de nueve años, rebelde, irrespetuoso y buscapleitos de nombre Jason Todd.

Los niños escaparon de sus casas luego de que sus padres los creyeran acostados, salvo Jason; él no pasaba por esos problemas de preocuparse porque sus “padres” notaran su ausencia. ¿Qué padres, después de todo? Se reunieron frente al edificio de Billy a la media noche, y se refugiaron en el callejón a un lado de éste en silencio para no llamar la atención. Hacía frío, bastante frío. Los otros niños iban bien abrigados pero aun así tiritaban y exhalaban sus alientos blanquizcos de sus bocas. Jason iba menos abrigado que los demás, pero se mantenía sereno, aunque eso no significaba precisamente que no tuviera frío.

Pasaron un par de horas, y la calle se mantenía totalmente sola. La noche era tan fría que ni siquiera los delincuentes habituales asomaban sus narices. Los otros dos niños amenazaron seguido con largarse, pero Billy los hostigaba para que se quedaran. A las tres de la mañana, sin embargo, dichas amenazas ya no tenían importancia.

—Esto es estúpido —exclamó molesto Jules Chandlers—. Nos vamos a morir aquí congelados y todo porque Billy no puede admitir que es un mentiroso.

—¡Mentirosa tu madre! —exclamó Billy igual de enojado—. Váyanse si quieren, pero no sabrán que yo tengo la razón.

—¡¿A quién le importa?! —Añadió Carl Brent, igual de desesperado por el frío—. Si lo que quieres escuchar es que te creemos, pues bien. Te creemos, Billy. Viste a Batman, hasta eres su mejor amigo de seguro. ¿Podemos irnos de una maldita vez?

Los tres siguieron discutiendo. Jason, sin embargo, miraba atentamente a la calle, aguardando. Se había empezado a alzar una densa niebla desde hace media hora. Mientras miraba en esa dirección, el chico de cabello negro corto y ojos azules escuchó un motor acercándose a lo lejos. Unos segundos después, las luces de los faroles frontales de un vehículo se abrieron paso entre la neblina.

—Hey, silencio; cállense, idiotas —les gritó a los otros tres y rápidamente hizo que todos se metieran en el callejón a esconderse.

—No ha de ser nada —señaló Jules, despacio—. Debe ser el padre de Robert, que vuelve ebrio como siempre. O quizás un policía. Mejor vámonos ya…

—¡Cállense! —volvió a exclamar Jason con un tono más autoritario, o incluso agresivo, provocando que los demás chicos le hicieran caso por mero instinto.

Ante sus ojos, aquel increíble vehículo negro y alargado se materializó frente a ellos, surgiendo de la neblina como alguna criatura salida del infierno. La imponente máquina se movió lentamente por la calle hasta estacionarse en la banqueta frente al Monarch. Los cuatro chicos se quedaron pasmados con sus bocas abiertas.

—No puede ser —susurró Carl, atónito.

—Se… los… dije… —añadió Billy, aunque sonaba todo menos seguro o feliz por haber tenido razón.

El auto se quedó totalmente quieto por unos segundos en los cuales los niños discutían interna y externamente en irse de una vez o no. De pronto vieron como la compuerta superior se abrió de golpe con un sonido mecánico. Los cuatro niños salieron corriendo despavoridos presas del miedo. Billy, Jules y Carl siguieron de largo, corriendo hacia el interior del edificio de Billy para resguardarse. Jason, sin embargo, se detuvo a medio camino. De la impresión se le había olvidado el verdadero motivo por el que había ido ahí en un inicio. No era para saciar una infantil curiosidad, o restregarle a Billy en la cara sus mentiras. No, él iba con un propósito mucho más concreto.

Había robado varios neumáticos antes de todo tipo de vehículos, y siempre lograba venderlos a buen precio. En cuanto Billy les contó su loca historia sobre Batman, no pudo evitar preguntarse  cuánto costaría un neumático original de batimovil. Ese único motivo lo había impulsado a estar ahí esa noche. Sabía que los otros tres correrían como cobardes si Batman se presentaba, y eso le dejaría el camino libre.

Se dirigió a un bote de basura en el que había ocultado su bolso de herramientas antes de que Billy y los otros llegaran. Luego volvió a la banqueta y se refugió atrás de un auto. Se asomó justo cuando la imponente figura oscura saltaba del interior del vehículo y caía con sus pies firmes en la banqueta. Jason sintió por unos momentos el instinto de ahora sí irse, pero se contuvo. Si lo que todos decían era cierto, se metería al callejón y se quedaría ahí un tiempo considerable, más que suficiente para él. Justo como decía el rumor, Batman entró al callejón y cuando lo perdió de vista se lanzó rápidamente hacia el auto.

Se puso de rodillas a un costado frente al neumático trasero. Colocó el bolso en el asfalto a su lado, y lo abrió. Empezó de inmediato su labor con la delicadeza de un cirujano, pero el apuro de un bombero. Tuvo varios problemas; la seguridad del vehículo era más sofisticada que la de la mayoría, pero eso era de esperarse; además, sabía que no era algo que no pudiera hacer. Con el dinero que le dieran por ese neumático, más lo que tenía ahorrado, podría comprarse un pasaje de tren y largarse de esa ciudad. Quizás iría a New York o a Metrópolis, sitios en donde no temiera a cada segundo ser asesinado, raptado, o algo peor. Unos minutos después, lo logró al fin. El neumático cedió y lo sacó con gran esfuerzo. Era grande, casi parecía ser de un auto todo terreno. Lo tomó con ambas manos, y al alzarse, del otro lado del vehículo parado en la banqueta y mirándolo fijamente con sus ojos blancos que se perdían entre la enorme sombra que enmarcaba su figura, vio de frente al dueño del vehículo. Desde su perspectiva, aquel sujeto le parecía enorme, como un verdadero gigante.

Jason soltó un chillido de terror y comenzó a correr calle arriba con el enorme neumático entre sus manos que le dificultaba poder avanzar bien. Miró sobre su hombro. Aquel ser oscuro comenzó a avanzar lentamente detrás de él. Esa lentitud con la que avanzaba de hecho terminó por estresarlo aún más. Al final tuvo que tirar el neumático hacia atrás, esperando golpearlo con él. Batman, sin embargo, se hizo a un lado con total indiferencia y siguió avanzando.

Ya más libre, Jason logró moverse con mayor agilidad. Se metió entre los callejones y subió por las escaleras de emergencia, saltando de una a otra. Pasó por encima de bardas, atravesó patios ajenos, se escabulló debajo de vehículos… nunca había corrido tanto en su vida o había usado tan a fondo las habilidades que su corta vida en las calles le había dado para saber escapar de la policía, los mafiosos, o demás locos que rondaban por su vecindario. Luego de dar un par de vueltas, miró atrás y ya no vio rastro alguno de su perseguidor; al parecer, estaba salvado.

Más confiado, se dirigió entonces a su departamento, moviéndose también entre los callejones para no ser visto. Subió por la escalera de incendios sin hacer ruido, y entró por la ventana sigilosamente. El apartamento estaba totalmente solo y a oscuras. Una vez dentro, al fin se permitió respirar con normalidad. Se apoyó en sus rodillas, agachó la cabeza y dio fuertes bocanadas de aire para intentar recuperar su aliento. Se había escapado de Batman, algo que casi ningún delincuente en esa ciudad podía presumir. Pero había perdido el neumático, por lo que todo lo que había hecho esa noche había sido en vano.



Comenzó a caminar en dirección a la habitación para tirarse en la cama y dormir al fin. De pronto, escuchó un sonido metálico fuerte atrás de él, acompañado de un golpe pesado contra el suelo. Se volteó. A unos centímetros de él en el suelo, alumbrado por la luz que entraba por la ventana, vio su bolso de herramientas. La luz de la ventana fue bloqueada de pronto antes de que fuera capaz de siquiera cavilar en alguna explicación para ello. Alzó su mirada al frente, y de nuevo ahí estaba: Batman en persona, de pie en su sala, más enorme aún de cómo lo había visto unos minutos atrás.

—Olvidaste eso —comentó con voz profunda, fría… y aterradora.

Jason gritó de miedo y cayó de sentón al suelo. Él que no le temía a nada ni a nadie, él que siempre era el que le partía su cara a todos los niños de ese vecindario que se atrevieran a meterse con él, incluso mayores; él a quien los otros le temían tanto… ahora estaba en el suelo de su casa, temblando como un bebé.

¿Cómo lo había seguido? Fue cuidadoso, estuvo al pendiente de todos sus pasos, estaba convencido de que lo había perdido. Y lo más aterrador… ¿por qué estaba ahí? ¿Lo entregaría a la policía por lo que hizo?, ¿o pensaba hacer algo aún peor? La gente decía que había quienes se cruzaban con Batman y nunca se les volvía a ver. ¿Eso sería?, ¿Otro más desaparecido sin dejar rastro? Todo ello le hizo tener un segundo aire, y usar todo su instinto de supervivencia que para el caso ya era lo único que le quedaba.

—¡No te tengo miedo, monstruo! —Gritó con fuerza y rápidamente se puso de pie y se le lanzó con la intención de golpearlo. Batman, sin embargo, detuvo su pequeño puño sin problema, y luego le hizo una pequeña llave colocando su brazo contra su espalda y lo colocó contra el suelo sin oponer realmente mucha fuerza. Jason pataleó intentando zafarse, pero le resultaba imposible. Pequeños rastros de lágrimas se asomaron por sus ojos, más por desesperación y frustración que por dolor o miedo.

—Cálmate, no te haré daño —susurró aquel ser que lo sujetaba con la misma voz casi inhumana—. ¿Dónde están tus padres?

—¡No tengo padres, imbécil! —Le gritó con gran rabia.

—¿Vives aquí solo?

—¡Sí!, ¡¿y a ti qué te importa?! Mi madre se murió drogándose y al viejo sólo Dios sabe qué le pasó. Si vas a llevarme a la cárcel o a matarme, ¡hazlo de una vez!

Se hizo el silencio, un corto silencio pero que para Jason fue bastante largo. Se hacía el valiente, pero estaba paralizado de miedo. No tenía ni idea de lo que ese sujeto, monstruo o lo que fuera pensaba hacerle. De pronto, su agarre se aflojó. Le soltó el brazo y Jason sintió como se alzaba y se apartaba de él unos pasos. Él reaccionó por mero instinto, arrastrándose por el suelo, luego gateando hasta ponerse detrás del sillón más cercano. Se escondió ahí unos momentos, sólo para intentar pensar rápido en un plan de acción. Podía sentirlo rondando sobre su cabeza, tomándolo de su cuello y alzándolo como si de un miserable oso de peluche se tratase. Pero nada de eso ocurrió; cuando se asomó de nuevo por el costado del sillón, aquella sombra oscura seguía de pie en el mismo sitio, mirándolo apacible.

—¿Cómo te llamas? —masculló despacio, pero hondo, el intruso de su departamento. Jason se sintió confundido por tan repentina pregunta.

—Soy Jason… —Le respondió dudoso, aunque bastante a la defensiva, ignorante de las repercusiones que ese casual encuentro tendría en su vida.

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Lunes, 29 de julio del 2013

Los ojos de Jason se abrieron abruptamente, como si se despertaran de algún sueño agitado. Entre toda su confusión y desorientación, no fue capaz de identificar en dónde se encontraba exactamente, o más bien de reconocer el techo rocoso y oscuro que yacía sobre él a varios metros de distancia. Durante los primeros segundos de consciencia, sus oídos no percibieron sonido alguno, sino quizás una sensación chillante como la que queda después de haber recibido un fuerte golpe en la cabeza, y eso él lo conocía bastante bien.

De pronto, entre todo ese silencio, escuchó una voz un tanto distante.

—Tim, resiste un poco más —exclamó aquella voz con apuro—, la ayuda ya va en camino.

¿Ayuda? —Escuchó pronunciar a alguien más, pero su voz sonaba diferente, como si no se encontrara en el mismo espacio que él—. ¿Qué ayuda? ¡Ah!

—Más le vale que se dé prisa.

Esas voces, él las conocía, especialmente aquella que sonaba más presente. ¿Era Barbara?

Se comenzó a sentar entonces a duras penas en la mesa, pero un dolor punzante en su costado lo hizo soltar un gemido y lo detuvo en seco. Fue entonces cuando miró con más claridad a su alrededor y al fin reconoció su ubicación: estaba en la Cueva.

Su gemido resonó lo suficiente para llamar la atención de las otras dos personas ahí presentes, que se encontraban a algunos metros de él frente a la gran computadora. Al girarse, lo vieron casi sentado, y tomándose su costado.

—¿Jason? —exclamó Barbara, sorprendida.

Alfred fue el primero en apresurarse a acercársele. Jason estaba volviendo a intentar pararse de la camilla cuando llego a él.

—No le recomiendo levantarse —le informó Alfred, tomándolo sutilmente de los hombros—. El calmante lo mantendrá un poco mareado por un rato, y su herida aún no está del todo curada.

Jason miró al hombre inglés, y aunque al principio su rostro le pareció difuso y borroso, y su mente estaba tan nublada que tuvo problemas en poder unir los puntos, al final pudo reconocerlo. Miró luego la camilla en la que se encontraba; ni más ni menos que la milagrosa camilla médica de la Baticueva, con sus brazos mecánicos y dispositivos de cicatrización y extracción de balas, y muchas otras cosas interesantes. No era la primera vez que le tocaba estar en ella, eso sí lo podía presumir orgulloso.

Y de pronto lo recordó, la terrible golpiza que acababa de recibir hace no mucho atrás a manos de ese mercenario presuntuoso de Slade Wilson; sobre todo recordó la apuñalada, que en retrospectiva le sorprendía que no le doliera más de lo que le dolía en esos momentos. Eso último tenía que ser obra de Alfred y de esa camilla.

—¿Cómo se siente? —Le cuestionó Alfred, sinceramente preocupado.

—He tenido peores resacas —le respondió Jason, mientras se agarraba su cabeza con una mano—. ¿Qué está pasando?

—Un desastre, eso es lo que está pasando —respondió Barbara de inmediato. Cuando Jason alzó su mirada, la pelirroja acercaba su silla hacía el área médica, y por su mirada podía adivinar que no estaba del todo contenta de verlo vivo y despierto—. Y por tu culpa, según tengo entendido.

—Señorita Barbara —masculló Alfred con desaprobación, pero Barbara ni se mutó, hasta que la computada soltó una pequeña alarma que llamó su atención.

—Debo seguir al pendiente —les informó a ambos, y con habilidad giró la su silla en la dirección contraria y se aproximó de nuevo a la computadora.

Jason la miró de reojo mientras se alejaba; no, definitivamente no estaba feliz de verlo.

—¿Cuál es ese desastre? —Le cuestionó a Alfred, algo exigente—. ¿Qué está pasando?

Alfred suspiró.

—Al parecer Slade Wilson comenzó a poner la ciudad pies arriba en su búsqueda. —Dicha noticia puso aún más en alerta a Jason, y despareció casi cualquier rastro de sueño que le quedara encima—. El joven Richard y el Joven Tim están intentando lidiar con ello lo mejor que pueden.

—Entonces deben estar muertos para esta hora —murmuró sarcástico, lo que provocó que el rostro de Alfred se endureciera aún más—. Tranquilo… es sólo una broma.

Jason miró entonces a su alrededor, todas las diferentes áreas de la cueva, incluyendo aquellas más lejanas y oscuras.

—Hacía mucho que no estaba aquí por las buenas, ¿no es así? —señaló Alfred, pensativo.

—Si el ser apuñalado con una estúpida espada te parece por las buenas. Y creo que no fue suficiente tiempo. Ya que por culpa de Dick perdí mi guarida, debería pagarle con la misma moneda y volar en pedazos todo este montón de basura, que ya sin Bruce esto es como un museo a su completa locura y egocentrismo.

Alfred siguió totalmente inmutable, tranquilo, con la misma expresión que Jason juraba haberle visto siempre durante todos esos años. Miró entonces también hacia la cueva, pero a un sitio específico de ella: las vitrinas de los trajes colocados a un costado.

—Yo siempre creí que parte de esto era más como un auto-recordatorio del amo Bruce, de todos sus fracasos y problemas… incluidos los más horribles.

Jason levantó la mirada en la dirección en la que él miraba, y su expresión se cubrió de hastío. Entre esos trajes estaba uno que él reconocía muy bien… pues había sido suyo.

—No alucines —bufó incrédulo.

—¿No cree que el amo Bruce pensaba en usted cada vez que miraba ese traje?

—No creo que pensara más en mí de lo que pensaba en lo problemático que debe de ser tener esos tontos trajes limpios sin poder llevarlos a lavandería. Ese mausoleo sería lo primero que volaría en pedazos.



Alfred lo miró intensamente, tanto que incluso a él le incómodo. Se alejó entonces caminando con paso apresurado

—¿Alfred? —masculló, pero él ni siquiera lo volteó a ver.

Jason concluyó que sus comentarios lo habían insultado. Pero, ¿no era esa su intención? De todo el grupo de perdedores que se reunía aún en ese sitio, Alfred era quizás el único por el que aún tenía un rastro de aprecio. Él había sido bueno con él desde siempre; desde el inicio, e incluso después del final. Aún en ese momento, su trato hacia él nunca había cambiado. Quizás se debía a su estoica e inglesa forma de ser, pero nunca lo miró con lastima, con tristeza o con enojo y reproche. Siempre lo miraba como siempre, y eso a Jason le causaba cierta tranquilidad que no era capaz de sentir con ninguno de los otros.

De pronto, el mayordomo, o más bien ex mayordomo, volvió a dónde él se encontraba con una laptop debajo de su brazo, y una caja para disco en la otra. Colocó la laptop sobre la camilla a un lado de Jason, y el disco sobre la tapa de ésta. Jason la miró de reojo, confundido.

—¿Qué es eso?

—Es un mensaje, del amo Bruce —le informó Alfred con solemnidad, haciendo que se sobresaltara, aunque fuera un poco—. Se los dejó… —se corrigió rápidamente—, nos lo dejó, a todos nosotros; usted, incluido. Era para que lo viéramos el día de su funeral, pero usted no estaba presente. Hay un mensaje en él especialmente para usted: sus últimas palabras.

Jason se quedó viendo el disco por varios segundo y en absoluto silencio. Luego bufó irónico y se volvió a recostar lentamente en la camilla.

—No me interesa —declaró firmemente.

—Joven Jason… —Intentó Alfred decir algo, pero Jason lo interrumpió casi de inmediato.

—No, no insistas. No hay nada en ese disco que pueda importarme ni un poco.

Alfred suspiró.

—Quizás no, pero al amo Bruce le importaba mucho que lo oyera —murmuró con seriedad, justo antes de girar en dirección a la computadora y acercarse a Barbara. Jason lo miró de reojo, no muy feliz por su comentario.

El vigilante se recostó sobre su costado bueno, dándole la espalda a la computadora y a ese dichoso disco.

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Sábado, 24 de agosto del 2002

Aquella noche el Batimovil entró a gran velocidad a la cueva, apenas logrando frenar a tiempo para quedar justo sobre su plataforma giratoria, no sin hacerlo a costa de los pobres neumáticos. Alfred aguardaba a un lado de la plataforma, y se mantuvo apacible al ver tan repentina llegada. Era intuición suya, pero suponía que el conductor no venía precisamente de buen humor.

En cuanto la compuerta superior del vehículo se abrió, Robin saltó del interior de un salto, con su traje rojo y capa negra. Con una mano enguantada en negro, se retiró su propio antifaz y lo tiró al suelo con fuerza, al tiempo que se alejaba a paso apresurado del vehículo. Alfred sólo observó en silencio.

—Jason, ¡espera! —le gritó con ahínco el otro ocupante del vehículo. Batman salió de golpe de éste de un salto, imponiendo su presencia. Sin embargo, ésta poco efecto parecía tener en el jovencito de trece años.

—¿Para qué? —Espetó molesto mientras se alejaba—, ¿para qué me sigas sermoneando? No, gracias.

—Tendrás que soportarlo —exclamó el hombre de capucha negra, caminando más rápido hacia él para alcanzarlo, y de una forma un tanto violenta lo tomó del hombro y lo obligó a detenerse—. Tu actuar de esta noche fue totalmente reprobable.

—¡¿Qué fue lo reprobable?! —Le gritó furioso, girándose hacía él y haciendo su mano a un lado con algo de violencia—. ¡¿Detener a este bastardo antes de que nos llenara el cuerpo de balas?!

—¿A eso le llamas detenerlo? —Reprendió Batman con un tono bastante duro—. Le rompiste la clavícula, le causaste hemorragias internas, y casi lo dejas en coma, y todo frente a su esposa e hijo.

Jason bufó, incrédulo.

—¡No era un amistoso vendedor de pasteles, Bruce! ¡Era un traficante!, armado y dispuesto a matarnos como mató a tantos otros antes. Se merecía lo que hice, ¡y más!

—¿Y su hijo de ocho años lo merecía? —señaló Bruce tajantemente, haciendo que la terca defensa de chico ante él se desquebrajara un poco—. ¿Merecía ver cómo le hacías eso a su padre frente a sus ojos?

Jason bajó su mirada un poco, como si sintiera aunque fuera un pequeño rastro de vergüenza.

—Quizás me dejé llevar más de la cuenta… Pero lo volvería a hacer. —Alzó de pronto su rostro de nuevo hacia él, recuperando su firmeza—. Y si tú tuvieras el valor de realmente hacer todo lo que los rumores decían de ti cuando era niño, entonces esta ciudad se habría limpiado hace mucho de locos como estos. Quizás mi padre y madre seguirían vivos así.

Batman guardó silencio unos instantes, en los cuales simplemente lo miró fijamente a través de los ojos de su máscara.

—No es así como trabajamos. Tenemos…

—Sí, sí, un código —interrumpió Jason, balbuceando con indiferencia—. Al demonio, me voy a mi cuarto.

Se giró de nuevo con la intención de marcharse, pero Batman de nuevo lo tomó de su hombro.

—Ni siquiera lo pienses.

—¿O qué? —Murmuró el chico, mirándolo de reojo—. ¿Qué harás? ¿Castigarme?, ¿golpearme? Anda, quiero saberlo.

Batman permaneció de nuevo en silencio, sin quitarle los ojos ni la mano de encima. Durante ese tiempo no fue claro para ninguno lo que seguiría, hasta que Bruce pareció dar su brazo a torcer y lo soltó.

—Lo sabía… —musitó Jason despacio, y siguió entonces con su marcha hacia el ascensor que llevaba a la Mansión, mientras Bruce lo miraba de lejos en silencio.

—¿Mala noche? —preguntó Alfred con un tono afable. Bruce sólo lo miró de reojo unos instantes y luego se dirigió en silencio a la computadora.

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Jason en efecto se fue directo a su habitación, y se dejó caer a la cama con todo y su traje de Robin puesto. Estando ahí recostado, se le vino encima, como frecuentemente le ocurría, un poco de remordimiento.

—¿Por qué dije todas esas cosas? —masculló para sí mismo.

Se giró sobre su costado izquierdo y sus ojos se posaron sobre una foto que reposaba sobre su buró: una foto de Dick, Bárbara, Bruce y él en un día en la piscina, tomada por Alfred. Ese había sido un buen día. Se giró sobre su otro costado y cerró los ojos para dormir un poco.

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Lunes, 29 de julio del 2013

Ni siquiera fue consciente de en qué momento sus manos se movieron. Abrió la laptop e introdujo el dichoso disco. El video tardó varios segundos en poder reproducirse, segundos que para Jason fueron casi una tortura. Y de pronto, cuando la imagen al fin se vio, Jason tuvo un pequeño escalofrío al ver la imagen de Bruce, justo delante de él y mirándolo de frente. Tuvo que decirse a sí mismo que era sólo un video y obligarse a dar click en el botón de reproducción.

Hola a todos —escuchó de pronto que pronunciaba su voz, la voz exacta de ese molesto viejo cascarrabias. De nuevo, algo se estremeció en su interior—. Empezar con un “si están viendo esto, es que he muerto” sonaría demasiado trillado… Pero ya lo hice.

El comentario fue seguido de una pequeña risilla burlona, bastante propia del Bruce Wayne de relaciones públicas, pero bastante fuera de lugar para el hombre debajo del manto de Batman.

—No puedo ni imaginar en qué momento o circunstancia específica es en la que están viendo esta grabación. Sé que hay tantas cosas que de seguro quisieran que les dijera en estos momentos, tantas respuestas quizás. Yo sé lo que se siente estar en el lugar de los que sobreviven, y lloran a los que se han ido… Y ustedes también. Cada uno por su cuenta, y en conjunto, lo ha experimentado con anterioridad. Y son esos momentos los que nos han dado la verdadera fuerza para levantarnos y seguir. Y les aseguro que se levantarán de esto también, y más fuertes que antes.

Jason se quedó unos segundos meditando sobre esa frase, tan trillada y aburrida… y aun así tan significativa. Siguió viendo el video en silencio, aunque adelantando algunas partes. Pasó por la división de sus bienes, tocándole la mayor parte de Alfred y una parte menor, aunque significativa, para él y los otros. Esto fue en parte lo que Dick ya le había resumido antes, así que no hubo sorpresa alguna. Y cómo le había dicho aquella mañana, él no tenía interés en recibir ni un centavo de ese dinero.

A aquello le siguieron un par de comentarios y reparticiones personales. Primero Alfred, luego Barbara, y luego el idiota de Tim. Nada impresionante en ello, y de hecho se tuvo que saltar gran parte.

Y entonces llegó…

Jason. —Pronunció de pronto el Bruce de la pantalla y su dedo instintivamente puso pausa.

Se quedó unos momentos, contemplando en silencio la pantalla como si se debatiera entre seguir o no. Pasó de ello a preguntarse a sí mismo qué era lo que le provocaba tanto miedo, a luego decirse que era una estupidez, que importaba un comino lo que ese video le dijera… para terminar pensando que de hecho sí importaba, sí importaba demasiado…

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Lunes, 20 de enero del 2003

La onda gélida que acababa de golpear la ciudad parecía haberle jugado chueco a Jason ese año. Casi siempre se mantenía bastante saludable, pero en aquel entonces, y sobre todo aquella noche, era un cultivo de virus y gérmenes. Su cara, y especialmente su nariz, se encontraba roja. Estaba congestionado, con dolor de garganta, ojos llorosos, cuerpo cortado… tenía bastantes síntomas de dónde elegir todos los del manual si así lo deseaba. Afuera la ciudad se encontraba cubierta de nieve. En la cueva el clima estaba más controlado, pero igualmente se podía sentir el fresco.



Pese a todo, ya entrada la noche el chico se encontraba vestido con su uniforme de Robin, listo para salir a patrullar junto con Batman por las calles de Gótica. Ésa era el tipo de noche en la que algunos delincuentes aprovechaban para salir y hacer de las suyas, aprovechando que todos estaban encerrados en el calor de sus hogares. Y era en efecto el tipo de noche en la que Batman y Robin tenían que llevar a cabo de su labor.

Cuando entró en la cueva para esperar a Bruce, lo hizo siendo incapaz de controlar sus estornudos y su tos. Fue gracias a eso que Alfred, que hacía una revisión de rutina al motor del batimovil, no se mantuvo ignorante de su presencia.

—Su resfriado parece haber empeorado, joven Jason —señaló el mayordomo, mientras salía de detrás del capo abierto del vehículo, limpiándose sus manos con un paño—. Debería considerar quedarse a descansar por esta noche.

—No digas tonterías, Alfred —masculló Robin algo agresivo, aunque su voz igualmente sonaba bastante chistosa debido a la congestión—. ¿Crees que un simple resfriado me detendrá…? —Sus palabas fueron cortadas abruptamente por un fuerte estornudo.

—Incluso Batman y Robin tienen derecho a enfermarse de vez en cuando —comentó Alfred apacible, cerrando con cuidado el capo. Jason frunció su entrecejo, y miró hacia el suelo con molestia.

—No puedo ser tan débil y detenerme por pequeñeces como ésta. De otra forma nunca podré…

Ahora no fue un estornudo el que cortó su decir, sino los pesados pasos de Batman acercándosele por detrás. Jason se paró derecho y firme, o al menos lo más firme que le era posible, y se giró hacia él. Bruce se estaba colocando los guantes negros de su traje mientras se les aproximaba.

—Alfred tiene razón, Jason —comentó con normalidad—. Será mejor que te quedes aquí hasta que mejores.

—Pero… —Jason intentó decir algo, pero Bruce siguió de largo hacia el vehículo y no le dio la oportunidad. En su lugar, tuvo que bajar su mirada, derrotado.

—Vamos, joven Jason —escuchó que Alfred le susurraba, y luego sintió su mano apoyándose contra su hombro—. Suba y le llevaré algo de cenar.

Jason no lo miró ni le respondió nada. Con la cabeza agachada, se giró hacia el ascensor y se dispuso a hacer lo que le decían. Alfred lo siguió con la mirada en silencio hasta que se subió al ascensor. Al virarse ahora en la otra dirección, Batman ya se encontraba sentado en el asiento del conductor en el batimovil, revisando los valores del tablero.

—A veces me preocupa que este chico se haya olvidado tan rápido de ser un niño —murmuró Alfred, con poca sutileza.

—Ha tenido una vida difícil —respondió Batman bastante sereno y sin apartar sus ojos del tablero del vehículo.

—Sí… —suspiró Alfred con un poco de pesar—, como todos los niños que han vivido en esta mansión los últimos años, al parecer.

Ese comentario provocó que el héroe encapotado alzara al fin su mirada y lo mirara de reojo. Alfred ya no lo veía a él, y en realidad se dirigía a también hacia la el ascensor a la mansión.

—Le llevaré a un caldo de pollo —mencionó el mayordomo antes de retirarse.

Bruce se quedó en silencio en el vehículo, mirando reflexivo el tablero, aunque no teniendo su mente concentrada en ello realmente.

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Jason ni siquiera se quitó su traje de Robin; sólo su antifaz. Se sentó así en el sillón de la sala frente al televisor, envuelto en una manta para intentar apaciguar los escalofríos que sentía. Estuvo un rato ahí sentado y adormilado, sin hacer nada en realidad. Incluso era probable que se hubiera quedado dormido por un momento sin darse cuenta, pues cuando menos lo supo Alfred apareció en la sala, empujando un pequeño carrito de servicio con un plato humeante de sopa, una cuchara y un vaso con jugo de naranja.

—Aquí le dejo la receta especial de mi abuela, joven Jason —anunció Alfred en cuanto colocó el carrito frente a él—. Lo pondrá de mejor estado muy pronto.

—Cómo sea —respondió indiferente, apenas poniéndole atención al plato.

Alfred se permitió en ese momento tomar el control remoto y encender el televisor.

—Veamos que hay en la televisión, si le parece bien.

—¡No soy un bebé! —Exclamó Jason con fuerza—. Puedo cuidarme solo… —de nuevo, otro estornudo que cortaba sus palabras—. Estúpido resfriado…

Inclinó su rostro sobre el plato de sopa. No podía respirar muy bien, pero la sola sensación cálida del vapor que surgía de él, le pareció agradable. Miró de reojo a la televisión, que seguía saltando de canal en canal.

—No quiero ver la televisión, Alfred —masculló desganado. Sin embargo, la voz que le respondió no fue la de Alfred.

—Tomarse una noche libre de vez en cuando no tiene nada de malo —murmuró la reconocible voz de su protector a sus espaldas. Rápidamente se giró sobre su hombro para verlo ahí, de pie detrás del sillón con su traje de Batman, a excepción de su máscara y capa, y con el control remoto en una mano cambiando los canales.

—¿Bruce? —susurró despacio Jason, incapaz de ocultar su asombro.

—Entonces, ¿qué vemos? —preguntó Bruce, apoyándose en el respaldo del sillón—. Creo que hace tiempo que no veo una película completa.

—Como diez años, amo Bruce —escucharon que Alfred añadía unos pasos detrás de ellos—. Les traeré palomitas.

Alfred se retiró entonces de regreso a la cocina, dejándolos solos.

Jason se ocultó más en la manta, como si sintiera vergüenza de que lo viera en ese estado tan deplorable.

—No tienes que quedarte sólo por lastima —soltó despacio y regañadientes.

—No seas tan engreído —le respondió Bruce con un tono despreocupado. Saltó entonces el respaldo con agilidad, quedando sentado a su lado en el sillón—. Me quedo por las palomitas de Alfred.

No supo si aquello había intentado ser un chiste, pero igual le sacó una sonrisa divertida al joven. Alfred llegó unos minutos después con las palomitas. Bruce colocó una vieja película de acción y aventura, que Jason miraría a medias pues se estaría durmiendo por partes, para el final quedar totalmente dormido. Pero en realidad aquello no le importó.

Sí, aquella fría noche de enero en el que lo conoció por primera vez, era ignorante de las repercusiones que ese casual encuentro tendría en su vida. Ignoraba que aquel hombre no se convertiría sólo en su mentor, protector y compañero; se convertiría en su padre.

— — — —

Lunes, 29 de julio del 2013

Jason hizo que el video siguiera reproduciéndose, y ahora sí sin interrupción alguna lo dejó corriendo mientras lo contemplaba fijamente, reflexivo y silencioso.

Sé muy bien que posiblemente ni siquiera estés viendo este video. Igualmente, sé que no vas a recibir de buena manera nada que quiera darte, ni las acciones de la empresa que pondré a tu nombre, ni ninguna otra cosa que quiera entregarte. —Se vino un silencio casi sepulcral por unos instantes. En ese lapso, tanto Barbara como Alfred se le acercaron al escuchar el sonido del video rebotando en el eco de la cueva. Jason no se dio cuenta de esto, o si lo hizo no le dio importancia—. Lo único que puedo darte, es lo que he intentado hacer todos estos años. Lo siento, Jason, lo siento enserio. Sé que nunca ha sido lo que esperas oír de mí. Sólo quisiera poder haber hecho de frente lo correcto, lo que hubiera hecho que al fin me perdonaras por lo que te hice. Pero no puedo, y nunca podré… Y lo siento de verdad. Y sólo me queda creer que ya que no esté, entonces seas capaz de hacerlo, y al fin hacer a un lado todo ese odio. Porque tal vez no me creas lo que te digo, pero lo que más me duele no es lo que pasó, sino el cómo regresaste luego de eso… Y el hecho de que yo te lo causé. Sólo espero que en verdad logres algún día olvidarlo, seguir adelante y encontrar la felicidad. Porque créeme lo que te digo, en la venganza no la encontrarás… Yo lo sé muy bien.

De nuevo unos segundos de silencio, y Jason volvió a pausar el video y cerró bruscamente la tapa de la laptop y la hizo a un lado. Se sentó en la camilla hacia un lado, dándoles la espalda a Barbara y a Alfred y mirando hacia las sombras lejanas de la cueva.

—Sólo tuvo razón en una cosa —pronunció en voz baja y seca—. Nada de eso era lo que deseaba escuchar de él.

—¿Y qué era eso entonces, joven Jason? —cuestionó Alfred, cuidadoso.

Jason no respondió inmediatamente; parecía estar buscando en aquellas sombras la forma correcta de responder.

—Que me dijera que yo tenía razón. Que no se arrepentía de no haber logrado salvarme, sino de no haberse encargado de ese monstruo antes. Que lo que me pasó fue relevante en su vida. Que si le hubiera pasado a Dick, a Barbara, o al mocoso de Tim… Hubiera hecho lo mismo… —sus manos se apretaron contra el borde de la camilla con fuerza—. Que no era menos que ellos para él… Y ni siquiera en sus últimas palabras convida pudo hacerlo. Maldito arrogante orgulloso.



—Jason —intervino Barbara, acercando su silla más hacia él—, por supuesto que eras importante para él, tan importante como Dick o como cualquiera de nosotros. Eras un hijo para él, por completo.

—¿Y por qué me abandonó? —Espetó molesto, parándose de la camilla casi de un salto, provocando que el dolor punzante de su herida lo inmovilizara un poco, pero no lo derribara—. Me dejó sólo a merced de esta ciudad otra vez, mientras él seguía aquí haciendo su juego del héroe, ¡cómo si nada hubiera pasado!

—¿Cómo si nada hubiera pasado? —Soltó Barbara, casi ofendida—. Con un demonio, ¡nadie te abandonó!, ¡tú fuiste quien se apartó! Tú fuiste quien se encerró tanto en su odio y en su venganza que no dejó que ninguno de nosotros se acercara. Ni Bruce, ni Dick, ni yo, ni nadie.

—Señorita Barbara… —murmuró Alfred en un intento de tranquilizarla, pero fue en vano.

—No, Alfred —soltó Bárbara, tajantemente—, es hora de que alguien le diga de una vez sus verdades. —Aproximó su silla hasta colocarse a un lado de Jason, aunque éste no la miraba directamente—. ¿Te tengo que recordar que no fuiste el único que lo perdió todo en aquel entonces? ¿Te tengo que señalar con lo que yo también he tenido que lidiar desde aquel horrible día? ¿Crees que yo no me enojé con Bruce?, ¿crees que no le recriminé exactamente lo mismo que tú? ¡¿Crees que no tenía deseos de tener a ese… bastardo lunático que nos hizo esto y romperle su cara con mis propias manos?! Lo creas o no, al final tú y yo somos iguales. Te has aferrado tanto a tu odio y a tu resentimiento que lo has hecho tu forma de vida, y te da miedo dejarlo… así como a mí me da miedo dejar esta silla…

Jason al fin dejó en ese momento de ignorarla, y entonces se viró hacia ella apenas un poco, lo suficiente para verla de reojo.

—Tú y yo nos aferramos a vivir así, y fue nuestra forma de decirnos a nosotros mismos que no nos afectó, pero no es así. Seguimos siendo los mismos jovencitos que jugábamos a ser héroes, y terminaron por arrebatarnos la inocencia de tajo y de la peor manera. ¿No puedes perdonar a Bruce por lo sucedido? Buena noticia para ti: él tampoco nunca se perdonó a sí mismo. Incluso en ese mensaje que para ti no significó nada, siguió diciéndotelo. Él jamás quiso nada esto, ni para ti ni para mí. Él quería que siguiéramos adelante, y que nos apoyáramos entre nosotros para lograrlo.

Barbara tomó en ese momento la computadora y la volvió a abrir sobre sus piernas. Jason no podía ver directamente lo que hacía.

—¿Quieres saber qué eras para él? ¿Quieres saber qué éramos todos nosotros para este hombre?

Colocó entonces la computadora de nuevo en la camilla, con la pantalla volteada hacia él. Dio play al video de Bruce para que éste se reprodujera, justo en la parte final de éste. De nuevo, la voz del difunto señor Wayne resonó en la cueva, y Jason no pudo evitar mirar hacia él y escucharlo…

Antes de terminar, quiero decirles algo que debí haberles dicho hace mucho tiempo. —Bruce cruzó sus dedos sobre el escritorio en ese momento, y se inclinó hacia la cámara—. Mis padres murieron, y el único hermano que llegue a tener murió tiempo después de nacer. Nunca tuve una esposa, o hijos propios. Aun así, al tenerlos a ustedes conmigo, nunca sentí que me hiciera falta una familia… Y me temo que tendré que encargarles la misión de lograr que se mantengan así, unidos… Como una Familia. Ese es, mi último deseo…

Barbara volvió a poner pausa en ese momento al video, aunque posiblemente ya no había nada que ver luego de ese punto. Jason se quedó mudo, vacilante. Miró hacia el suelo, mientras sus manos se apretaban contra la orilla de la camilla. Había tantas cosas que le pasaban por la cabeza en esos momentos, más de las que Barbara o Alfred pudieran suponer.

Ocultó su rostro entre sus manos. Las palabras de Bruce y Barbara rebotaban de un lado a otro. No importaba si estaba enojado con Bruce o no, o si lo había perdonado o no. La única verdad era que él ya no estaba… cualquier posibilidad de que su situación pudiera mejorar o empeorar, había sido enterrada junto con él. ¿Se había aferrado demasiado tiempo a su odio y rencor como Barbara había dicho? ¿Había elegido vivir de esa forma porque le resultaba más cómoda y sencilla? ¿Qué era lo que deseaba realmente? ¿Qué quería lograr hacer con todo ese número de “la ciudad de Red Hood”? ¿Hacía eso por rencor a Bruce? O, de hecho, ¿lo hacía por todo lo contrario…?

Miró de nuevo en dirección a los viejos trajes a lo lejos, y especialmente al antiguo traje de él. Aún esos momentos, aun cuando intentara ocultarlo, los recuerdos de aquellos días seguían presentes en él, y en ocasiones, sólo en ocasiones, se sobreponían a los de los días más oscuros, aquellos que lo cambiaron todo… aquellos que lo habían convertido en lo que era en ese mismo momento.

“Y me temo que tendré que encargarles la misión de lograr que se mantengan así, unidos… Como una Familia.”

¿Una familia? ¿Eso eran?, ¿una extraña y loca batifamilia? La sola idea le parecía irascible…

“A pesar de todo lo que has hecho”, le había dicho Dick aquella noche en su guarida, “del camino totalmente equivocado que has tomado… Bruce jamás perdió las esperanzas en ti. Siempre te siguió viendo como parte de nuestra familia. Aun hasta su último momento, siempre esperó que volvieras a nosotros…”

¿Eso es lo que quería de él? ¿Eso era lo que esperaba que hiciera…?

Sintió en ese momento la mano de Alfred sobre su hombro, y ese pequeño tacto lo obligó a alzar su rostro y voltearlo a ver hacia atrás. En el rostro siempre tranquilo y estoico del antiguo mayordomo, se dibujaba en esos momentos una pequeña sonrisa, apenas apreciable, pero bastante significativa viniendo de él.

—Hay un último regalo para usted, que no está en el video —le informó de pronto, tomando por sorpresa tanto a Jason como a la propia Barbara.

Alfred se apartó y comenzó a caminar en dirección al área de taller, en dónde había piezas de instrumentos y armas a medio hacer, así como mejoras a los trajes; era algo así como la esquina de juegos de Tim. Sin embargo, ahí también había varios armarios, algunos bajo llave. La mayoría servía para guardar más piezas, pero uno en especial Alfred lo había tomado con otro propósito. Sacó de su bolsillo la llave de éste y retiró el candado. Al abrirlo, dejó a la vista de sus dos acompañantes lo que ahí había oculto.

Jason se paró lentamente de la camilla, ya sin importarle mucho el dolor de su herida. Avanzó en dirección al armario, mirando sorprendido a su interior. Barbara igualmente se aproximó un poco detrás de él.

—El amo Bruce se lo pidió a Lucius hace ya algún tiempo —informó Alfred, con tono neutral—, y yo le pedí de favor si podía terminarlo. Me lo entregó hace un par de días… justo a tiempo, diría yo.

Jason se paró justo delante del armario, y justo delante de aquel traje de combate. De manera general era bastante similar a su atuendo de Red Hood, de armadura gris, botas y guantes negros, algunas pistolas y fundas, colgadas a sus lados y claro el característico casco totalmente rojo; sólo faltaba añadirle su chaqueta de cuero café. Pero era diferente de cierta forma, y no sólo por su apariencia más nueva y limpia. Se veía más flexible, pero más resistente. Y lo más resaltante, era el pecho, en el que se encontraba grabado el distintivo escudo de Batman, el murciélago con las alas extendidas, pero en color rojo. Esto último fue quizás lo que más lo dejó sorprendido.

Por mero instinto, el chico se aproximó al traje, y recorrió sus dedos por aquel relieve de murciélago sobre el pecho. Nunca imaginó ver ese atuendo con ese escudo en él… con ese escudo que él sencillamente no creía merecerse, aunque su boca dijera otra cosa.

—Oh, Alfred… —exclamó Barbara, incapaz de decir algo más. Ambos miraron en silencio a Jason, esperando ver algún tipo de reacción en él, pero igualmente parecía estar digiriendo el momento.

“Sólo espero que en verdad logres algún día olvidarlo, seguir adelante y encontrar la felicidad. Porque créeme lo que te digo, en la venganza no la encontrarás…”

Quizás así era, quizás no. Pero tenía algo seguro en su mente: tenía que terminar con todo lo que había empezado, estuviera apuñalado o no.

FIN DEL CAPITULO 18

Notas del Autor:

—La escenas del pasado entre Bruce y Jason están basadas en diferentes historias. La primera es una adaptación un poco libre del primer encuentro entre Jason y Batman, que es parte de la historia de origen Post Crisis del primero y que ha sido retomado en otras versiones y adaptado en otros medios. La segunda está basada en una escena de flashback que se muestra en la película Under the Red Hood, que es una adaptación del cómic del mismo nombre y de Death in the Family. Por último, la última corresponde al Número 3 del cómic de Red Hood and the Outlaws del 2012.

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ “Batman” © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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