Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 06. Arribo al Continente

10 de julio del 2018

Invierno Eterno - Capítulo 06. Arribo al Continente


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 06.
Arribo al Continente

La gente de DunBroch se vería algo forzada a salir de su aletargamiento y encierro que el constante frío les obligaba a mantener, pues el reino entero tendría una mañana, tarde y quizás noche ocupada. La llegada de los Lores de los Clanes MacGuffin, Macintosh y Dingwall, así como de sus respectivas comitivas, era inminente y el Castillo del Rey, así como la ciudadela a sus pies, tenía que realizar los últimos arreglos. La presencia de los Lores en ese sitio causaba ciertas emociones encontradas entre el pueblo. Por un lado, muchos sentían alegría y emoción por esto, pues aunque no lo habían dicho directamente, todos estaban seguros que esta reunión tan repentina era justamente para encontrar una solución a su precaria situación y a la imperiosa escasez de víveres. Sin embargo, al mismo tiempo a otros les causaba aún más preocupación y miedo, pues entonces quizá significaba que la situación era mucho peor de lo que creían, y que la idea bajo la que muchos se habían plantado de que todo pasaría, que el invierno se acabaría y todo volvería a la normalidad, empezaba a desmoronarse.

La Reina Elinor era bastante consciente de la incertidumbre que podría llegar a sentir la gente con todo esto, y por ello puso mucho énfasis en extender entre ellos un mensaje de calma y de esperanza, enviado a ellos por medio de escritos de su propia mano, o declaraciones de su propia voz en la plaza de la ciudadela. La Reina realmente tenía un don para poder llegar al corazón de la gente y hacer que la escucharan. Su hija mayor, sin embargo, lo veía como un intento de tener a la gente engañada. Mientras se alistaba en su habitación para el mismo evento para el que todo el resto del castillo se alistaba, pensaba en aquello, y en que si lo que le dijo la Bruja del Bosque se cumplía, no había nada que esa dichosa reunión pudiera solucionar, ni palabras suficientes que su madre pudiera expresar para calmar a las personas; y para cuando lograran reaccionar de verdad ya sería tarde.

Merida se veía a sí misma frente al espejo de cuerpo de completo de cuarto mientras se vestía. Desde el incidente de hace dos años, su madre ya no le exigía usar esos vestidos totalmente ajustados al cuerpo, ni ocultar su cabello rojizo, lo cual había sido un gran alivio. Sin embargo, ya en esos momentos realmente daba igual, pues en contraposición tenía que usar un vestido de tela gruesa, sobre las capas y capas de ropa, dejándola de nuevo con esa sensación incómoda. El vestido era azul oscuro, y sobre él se colocó una capa azul celeste. Le siguieron unas botas de campo, que no eran precisamente muy formales. Cuando terminó de ponerse todo aquello, soltó un fuerte suspiro de frustración, y acto seguido se dejó caer en la cama, primero de sentón y luego bocarriba. Recostada ahí, se limitó a sólo mirar al techo de manera ausente. En lugar de estar viendo la forma de dar con esa tal Reina de las Nieves al otro lado del océano, tenía que atender a los Lores y a sus simpáticos hijos; estaba de fiesta…

Escuchó unos delgados nudillos llamando a la puerta.

—Merida, ¿ya estás lista, querida? —enunció la armoniosa voz de su madre. Cerró sus ojos momentos y respiró hondo intentando encontrar su fuerza interna para reaccionar. Luego se sentó de nuevo, con sus manos apoyadas contra la cama.

—Afirmativo, mamá —masculló de forma pesada. Elinor abrió la puerta con cuidado y se asomó hacia adentro. Ella usaba un vestido verde olivo, con una capa más gruesa que la suya de bordados dorados.

—Oh, te ves preciosa, querida —sonrió su madre con entusiasmo al ver, colocando sus manos sobre su pecho—. Aunque esas botas…

—Las botas se quedan —declaró Merida con firmeza inquebrantable, y Elinor prefirió no discutir por ello; estaba satisfecha con el vestido formal que le había mandado a hacer, y la capa que ella misma le confeccionó para eventos como éste.

Merida se puso de pie de un salto y se dirigió a donde se encontraba colgado su arco y aljaba con flechas, comenzando a colgárselos al hombro. Adicional a ello, tomó una espada de tamaño mediana que se sujetó a la cintura. Esto sí provocó que la apacible Reina Elinor arqueara una ceja en desaprobación.

—¿Enserio? ¿Arco, flechas y espada?

—Si tengo que pasar el tiempo con ese trío de idiotas, quiero tener esto a la mano —sentenció Merida un tanto tajante.

—Oh, querida. No querrás recibir a los Lores… y a sus hijos —susurró despacio esta último parte—. Con tanto desánimo y agresividad, ¿o sí?

—Lo siento madre, pero no puedo fingir una sonrisa cuando sé que estamos contra tiempo.

Elinor suspiró, un tanto resignada. Se aproximó entonces a su hija, y con sus dedos le acomodó algunos de sus mechones rojizos que le caían sobre la cara.

—Hagamos esto, lleva tus armas si quieres pero deja que las damas te hagan un peinado menos… —su lengua fue incapaz de terminar la frase, mientras sus ojos contemplaban el mar de rizos rojizos desarreglados y sin forma definida que era su cabellera.

—¿Menos qué? —masculló Merida, achicando un poco sus ojos. Elinor tosió un poco aclara dándose su garganta.

—Por cierto, hablé con tu padre sobre lo que me dijiste. —Estas palabras hicieron que un brillo de entusiasmo se asomara en los ojos de Merida, pero se desvaneció casi de inmediato—. Una pensaría que se volvería más abierto al tema de la magia, luego de… bueno, ya sabes, lo ocurrido. Pero al parecer piensa que todo ese asunto de la Reina de las Nieves, son sólo rumores y leyendas. Que la palabra de, y lo cito, “una vieja loca talladora de madera”, no es una fuente confiable. —Merida hizo en ese momento una mueca de molestia, y se agarró su cabello entre sus dedos, como si se lo quisiera arrancar—. Lo convencí de que tocáramos el tema con los Lores, pero… si te soy sincera,  no creo que ellos tengan una reacción muy diferente.

—¡Pues mientras ellos se sientan a decir que son patrañas, supercherías y todo eso, el invierno cada vez se hace más horrible! —Merida se alejó unos pasos de su madre, y se paró frente a su ventana, con sus puños apretándose a sus costados—. ¡Todo sería más fácil si pudiera ir yo misma!

—Merida, no digas tonterías —exclamó Elinor con desaprobación—. Si lo que dices es cierto, no puedes ir tú a enfrentar a una bruja que es capaz de convocar un Invierno Eterno como éste. Y aunque no fuera cierto, son tierras desconocidas para nosotros, ya viste que ni siquiera está en nuestros mapas.

Merida no la volteó a ver ni le dirigió palabra. Seguía mirando furiosa por la ventana. El cielo estaba nublado, como siempre, pero al menos no caía nieve en esa ocasión. Era triste pensar que eso se había convertido en un “día bueno”, para ellos.

Elinor suspiró, algo agotada.

—¿No has considerado que quizás, como esa bruja te dijo, sea realmente sólo rumores? Quizás en verdad no haya magia maligna detrás de esto.

—Sí, ¡¿pero qué tal si es verdad?! —espetó, girándose hacia a ella rápidamente—. ¿Qué tal si nos podemos salvar sólo si actuamos a tiempo? Cuando el frío se vuelva peor y no tengamos nada qué comer, ¡¿qué haremos?!

A diferencia de la más que evidente desesperación de su hija, Elinor se mostraba bastante apacible, algo que a Merida podía llegar a desesperar en ocasiones. Su madre se aproximó entonces a ella, y colocó gentilmente sus manos sobre sus hombros; Merida desvió su vista hacia un lado para no verla a los ojos.

—Ten calma, querida —murmuró la reina con moderación—. Te aseguro que sea lo que sea, no nos quedaremos sin comida en las próximas horas. Así que, por ahora, sólo tenme confianza, ¿sí? Los barcos de los Lores ya fueron vistos a lo lejos. Vayamos a recibirlos, tú atiende… a sus hijos… —de nuevo, lo tuvo que susurrar lo más despacio posible—. Y yo me encargo del resto, ¿bien?



Elinor tomó en ese momento su rostro entre sus manos, y la obligó a girarse hacia ella y alzar su rostro para que la viera fijamente.

—Anda —pronunció con ánimo—, sonríeme un poco.

Merida hizo un gesto de puchero y desencanto, pero intentó acceder a su petición y sonreírle, de una forma bastante forzada y falsa pues no tenía nada de ánimos de hacerlo.

—Puedes hacerlo mejor que eso, pero está bien. —Le dio entonces un par de palmadas en su cabeza—. Ven, vayamos a ver si tus hermanos ya están listos.

Elinor se dirigió a la puerta. Merida se quedó un segundo atrás, resoplando con fuerza. Se acomodó las fechas al hombro, y se dignó a seguirla sin nada más que desgano en su andar. La amenaza que había lanzado de ir ella misma a buscar a esa Bruja no había sido en vano como su madre posiblemente había creído. Si ni ella, ni su padre, ni los Lores se tomaban ese asunto enserio, ella lo haría por ellos. Ella se las arreglaría por su cuenta para ir, atravesar el pecho de esa mujer, fuera quien fuera, y salvar a su reino, y posiblemente a todo el mundo. Sólo necesitaba la forma de hacer tan inusual viaje.

— — — —

En DunBroch todos se preparaban para la llegada de los Lores, pero nadie se preparaba en lo absoluto para la llegada de sus otros visitantes: tres jinetes de dragón de Berk, que al mismo tiempo de aquella conversación entre la Reina Elinor y su hija, se encontraban sobrevolando el mar azul. Hacía unos segundos que habían divisado Tierra, por lo que su apuro se había hecho mayor.

—¡Creí que jamás volveríamos a ver el mar así! —Exclamó su líder Hiccup, volando a la cabeza y guiando a los otros dos. Miraba sorprendido hacia abajo, apreciando el mar en forma de agua, lo cual era para él una notoria mejoría luego de días de sólo ver hielo debajo de ellos—. ¡Se los dije!, ¡Aquí el clima ya es más cálido!

—¡Hasta me está dando calor! —Exclamó Eret a su izquierda, más como una broma pasajera ya que en realidad seguía estando bastante frío, pero ya unos niveles más que tolerable para ellos.

—Tal vez esté más cálido, pero eso no quita el hecho de que incluso el frío ha llegado acá —murmuró Astrid a su diestra, con un nada disimulado malhumor. Con una mano acariciaba la cabeza de Skystorm con cariño—. Al menos podremos conseguir algo de comida, ¡si es que no nos MATAN antes!

—¡Esa actitud no nos llevará a ningún lado, Astrid! —Espetó Hiccup con fuerza para que pudiera oírlo bien—. Ya te lo dije, no tenemos muchas opciones. Todos tienen razón, el clima está por empeorar, y esas criaturas que vimos podrían llegar a Berk tarde o temprano. Necesitamos ponerlos a todos a salvo, al menos para darnos algo de tiempo, antes de poder resolver todo esto.

—¿Y qué te hace pensar que se puede resolver, Gran Jefe? —Cuestionó Eret, sarcástico.

—Nuestro encuentro con esos monstruos me hizo confirmar algo que ya sospechaba: esto no es algo natural. Esas criaturas no se crearon solas, alguien o algo está creando este frío.

—¿Pero qué…? —Masculló Astrid incrédula por lo que oía—. ¿Estás escuchando lo que dices? ¿Cómo es que alguien ha creado el frío y esos monstruos? No me dirás que Jokul Frosty está detrás de todo esto, ¿o sí? Hasta Eret piensa que es una locura.

—Oye, ¿qué quieres decir con eso de “hasta Eret”? —Refunfuñó el otro jinete, no muy convencido por su alusión—. Yo no sé si es una locura o no, yo sólo sé de atrapar dragones y comerciar pieles de contrabando; no sé nada de magia ni espíritus malignos. Pero todos modos esto es tan extraño, que quizás no es tan descabellado pensar que todo es obra de algún Dios enojado…

—No sé si es obra de Jokul, Odin, o algún Dios —intervino Hiccup con bastante seguridad en su voz—. Pero algo está causando esto, y sea lo que sea no lo descubriremos quedándonos en Berk a esperar a que todo empeore.

Astrid apretó con fuerza las riendas con sus manos; le costaba creer que terminara teniendo el papel de escéptica en éste viaje de locos.

—¡Bien, genios! Si es así el asunto, no encontraremos nada en tierras cálidas. Lo que esté ocasionando el frío ha de estar en donde HACE más frío.

—¡Pero no podemos ir hacia allá con las manos vacías! —Le respondió Hiccup, volteándola a ver sobre su hombro—. Necesitamos saber si en el continente saben algo más, encontrar un lugar seguro para los otros, y abastecernos. Descuida, Astrid, llegaremos al continente en un páramo despejado, y entonces avanzaremos a DunBroch a pie y pediremos audiencia. Seremos sólo tres chicos vikingos, sin armas y sin dragones, con información sobre las criaturas que vimos. Tendrán que recibirnos… o en el peor escenario nos darán una patada en el trasero y nos lanzarán a la nieve.

Astrid suspiró frustrada. Tenía que admitir que él siempre veía las cosas muy analíticamente, más que cualquiera de ellos. Y siempre de alguna u otra forma, aunque desastroso al inicio, sus planes lograban funcionar. Sin embargo, aún había algo en toda su lógica que a ella no le convencía en lo absoluto.

—Está bien, supongamos que hacemos las cosas como tú dices. ¿Qué te hace pensar que el peor de los casos será que nos pateen? No, no, no, ¡el peor de los casos será que nos corten la cabeza y las exhiban como decoración de sus palacios!

—Oh, vamos Astrid, no estamos en la Época Oscura. La gente es mucho más civilizada ahora, no le cortan la cabeza a cualquier extraño que llegue a sus tierras. Ni siquiera en Berk lo hacemos.

—Eso de gente civilizada es relativo —añadió Eret, algo despacio.

—¡Pero qué terco y confiado eres! —Le gruño Astrid; su malhumor parecía haber evolucionado a un verdadero enojo—. ¿Pero qué digo?, ¡se me olvidaba que nadie puede hacerte cambiar de parecer cuando ya tienes una idea en la cabezota!

—¡¿Te has puesto a pensar que esto tampoco es sencillo para mí?! —Espetó Hiccup, ya con tangible molestia en su voz, la suficiente para que incluso Toothless la percibiera—. ¡Estoy haciendo lo que puedo! Sé que los estoy arrastrando a una locura de la que no sabemos siquiera si saldremos con vida, ¡¿pero qué esperas que haga para poder salvar a nuestra gente?!

—Oigan, chicos —murmuró Eret intentando llamar su atención, pero ellos parecían haberse concentrado por completo en su pelea.

—¡¿Tal vez que intentes ser un poco más racional?! —Le respondió Astrid, igualmente molesta como él, o incluso más—. Entiendo que estás buscando la respuesta a esto, pero estás arriesgándote sin necesidad, guiado sólo por una corazonada. ¡¿Te has puesto a pensar qué pasará con Berk si pierde a su Jefe?!

—¡Hey!, ¡oigan! —gritó Eret con más fuerza, pero el resultado fue el mismo que antes.

—¡¿Y cómo voy a ayudar a Berk quedándome sentado en esa isla, esperando a que el mar se congele por completo?! Tengo que hacer algo, no me puedo quedar con los brazos cruzados y sólo esperar.

—¡Pues tal vez podrías haberlo discutido con los otros en lugar de tomar la decisión de forma unilateral sin pensar en lo que sienten los demás! ¿No crees que tu madre tiene derecho a tomar una opinión sobre esto?

—¡No metas a mi madre en esto! ¿Y cómo puedes decir que no pienso en los demás?, ¡todo lo que hago, lo hago pensando en la gente de Berk!



—¡¡Oigan!! —Les gritó Eret, ahora con todas sus fuerzas posibles—. ¡¡Escúchenme de una buena vez!!

—¡¿Qué quieres?! —Le respondieron los dos al mismo tiempo, volteándolo a ver al fin.

—¡Sólo que creo que tenemos problemas! —Les respondió con alarma, señalando hacia el frente. En la dirección en la que señalaba, se puede ver la costa la que se dirigen. Sin embargo, no era ni cerca un páramo despejado como esperaban. De hecho, a lo lejos podían ver un imponente castillo sobre la colina, un pequeño pueblo a sus pies, y un pequeño muelle justo delante de ellos. Y si eso era poco, había tres embarcaciones de tamaño considerable dirigiéndose a dicho muelle, y ellos estaban a unos cuantos segundos de pasar justo sobre ellas.

Hiccup y Astrid se quedan anonadados al ver esto. Antes de poder reaccionar, los tres pasan sobre los barcos que navegan muy cerca el uno del otro, y los hombres en ellos los notan de inmediato en cuanto sus sombras los cubren por unos instantes. Al alzar sus cabezas y ver sus enormes figuras, todos entran de inmediato en alarma.

—¡¡DRAGONEEEES!! —Gritan con fuerza, señalando con sus dedos al cielo.

Y comenzó el caos…

Sin pensarlo dos veces, varios de ellos tomaron sus arcos y flechas y comenzaron a disparar sin espera contra las criaturas, que se movieron erráticamente de un lado a otro para esquivarlos.

—¡¿Qué rayos, Eret?! —Gritó Astrid como recriminación, volteando a ver al chico a su lado—. ¡Tú dijiste que esta zona del continente estaba deshabitada y era adecuada para llegar y ocultar a los dragones!

—¡Eso creí! —Le respondió el chico, a la defensiva—. ¡Al parecer soy mejor Cazador de Dragones que cartógrafo!

No había mucho por lo que se le podía culpar a Eret. Ninguno de ellos conocía en realidad el continente, así que no habría forma de predecir qué pasaría con exactitud; era tentar a la suerte, como todo en ese viaje, y ésta no les había sonreído en esa ocasión.

—¡Maldición! —exclamó Hiccup, frustrado—. ¡No podemos retroceder ahora!, no hay tierra en kilómetros. Tendremos que avanzar e intentar perdernos en los bosques.

Incluso Astrid, entre todo su enojo y las ganas de exclamar un tremendo “¡te lo dije!”, tuvo el temple suficiente derivado de toda su experiencia como guerrera como para analizar rápidamente su situación y concluir que de momento era su mejor opción si querían salir con vida. Los tres jinetes hicieron que sus dragones aceleraran el vuelo, directo a la orilla.

— — — —

La presencia de los tres dragones tampoco pasó desapercibida en el pueblo, ni tampoco en el interior de la ciudadela del pueblo. El escándalo se volvió imposible de ignorar. La Familia Real apenas se encontraba saliendo del castillo en dirección al muelle para recibir a los Lores, cuando fueron recibidos por sus soldados corriendo en todas direcciones, alistando sus armas y caballos.

—¡¿Pero qué está pasando aquí?! —espetó Elinor con ahínco intentando llamar la atención de alguien, pero le fue difícil pues todos estaban muy alterados.

—¡Oye!, ¡tú! —Profirió el Rey Fergus, que con su enorme tamaño logró alzar sin problema a uno de los soldados, deteniéndolo lo suficiente para encararlo y así poder cuestionarle de frente—. ¿Nos puedes decir de una vez porqué todos corren como gallinas sin cabezas?

—¡Dragones, su majestad! —Gritó en pánico el soldado—. ¡Hay dragones sobrevolando la ciudad! Quédense adentro y no se expongan, por favor.

Esa explicación sólo terminó dejándolos aún más perplejos de lo que ya estaban.

—¿Dragones? —Exclamó Elinor dubitativa—. ¿De qué estás…?

De pronto, Merida se apartó de su familia corriendo a toda velocidad antes de que su madre o su padre se lo impidieran. Subió ágilmente por una escalera, hasta llegar a la parte superior del muro que rodeaba al castillo. Una vez ahí, se apoyó sobre éste y agudizó su mirada hacia el pueblo… y ahí los vio: tres figuras provenientes del mar, sobrevolando sobre las casas a varios metros de altura, y viniendo en su dirección. Merida se quedó totalmente pasmada y boquiabierta. ¿Eso era real?

—¡Sabía que llegaría este día! —Escuchó a su padre declarar con fuerza debajo de ella—. ¡De seguro vienen a robarnos nuestra comida, nuestras ovejas y ganado! ¡Pero no los dejaré para nada salirse con la suya! —Desenvainó su espada de un solo movimiento, alzándola después hacia el cielo—. ¡Guerreros de DunBroch!, ¡síganme!

Los hombres gritaron con energía, y comenzaron de inmediato a seguir en manada a su rey hacia las puertas del castillo. Elinor miró todo esto, un tanto horrorizada. Los pequeños príncipes hicieron el ademán de querer seguir a los demás hombres, pero Elinor los detuvo de inmediato.

—¿A dónde creen que van ustedes? —les reprendió su madre, sujetando a los tres como le fue posible. Merida bajó en ese momento por la escalera, y corrió en su dirección—. Merida, entremos rápido al castillo a refugiarnos… —sus palabras se quedaron a medias, pues su hija la pasó de largo en dirección a las caballerizas—. ¡Merida!

—¡Tengo que ir! —Fue lo único que le gritó antes de perderse entre los establos.

—¡No, no tienes que! ¡Espera! —Le gritó frenética, pero fue rotundamente ignorada. Los trillizos en ese momento se liberaron también de su agarre y corrieron detrás de su hermana en grupo, emocionados por las criaturas voladoras—. ¡Ustedes quédense aquí!, ¡niños!

La reina Elinor tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma, respirar profundamente, y luego tomar su vestido y correr detrás de sus hijos.

Al entrar al establo, Merida silbó con fuerza, y su leal corcel Angus se le acercó apresurado a atender al llamado. La princesa se sube a su lomo de un salto, sin siquiera detenerse a colocarse su silla, y emprendió la marcha detrás de su padre y los demás hombres. Miraba al frente con notoria seriedad, mientras su mente se agitaba toda velocidad analizando la situación. ¿Dragones?, ¿dragones de verdad en DunBroch? ¿Cómo había pasado eso? Su padre parecía convencido de que venían por su comida, lo cual hasta cierto punto podía ser lógico… pero para Merida, esas presencias tan repentinas podrían tener otro significado. ¿Y se tenía que ver… con eso? ¿Y si eran criaturas enviadas por esa bruja? Si era así, la situación se pondría aún peor de lo que creía, y ella tendría que actuar primero.

— — — —

Mientras tanto, Hiccup y sus dos compañeros intentaban alejarse del área de fuego, pero les resultaba algo difícil. Cuando creyeron que habían perdido a los del barco, al llegar a tierra los soldados en el puerto siguieron con su ataque, y luego le siguieron los del pueblo. Los soldados del Rey Fergus no tardaron en hacerse presentes, e igualmente se unieron al ataque con flechas, lanzas y redes para aprisionar a las criaturas. Los tres jinetes de dragones hacían alarde de sus maniobras de vuelo, mientras esquivaban tanto proyectiles como torres.

Muchos de los atacantes notaron que encima de aquellas criaturas en efecto había personas, y esto los dejó perplejos. ¿Había personas controlando a esos dragones?, ¿era acaso algo como eso posible?

—¡Esto no funcionará! —Gritó Hiccup con fuerza—. ¡Sepárense!, ¡vayamos por diferentes direcciones y así su fuerza de ataque se separará también!

—¡No!, ¡es muy arriesgado! —se negó Astrid rotundamente—. ¡Debemos permanecer juntos!

—¡Si lo hacemos caeremos! ¡Soy el jefe y es mi decisión!

Sin decir más, el líder Vikingo le ordenó Toothless que acelerara, y así lo hizo, adelantándose y luego girando a la derecha velozmente.

—¡Hiccup! —Le gritó su mano derecha, pero él se alejó. Quiso seguirlo, pero una lanza que rozó el hocico de Stormfly le cortó el camino—. ¡Por las Barbas de Odin!, ¡te juro que…! ¡Argh!

Astrid inclinó su cuerpo hacia un lado, haciendo que el dragón azul se alejara volando en dicho lado. Eret, por su lado, terminó separándose de los otros dos, prácticamente de forma forzada.



—Bien, Skullcrusher, sólo somos tú y yo por un rato… vamos a morir, viejo. ¡Fue un gusto volar contigo!

Hizo entonces que se dirigieran en una dirección distinta a la de los otros dos, encontrándose de nuevo con área costera y con un mercado. Ahí los hombres seguían persiguiéndolo y la gente corría despavorida. Todo era un completo caos. Las personas corrían de un lado a otro, gritando. Se refugiaban en los edificios, y aquellos que podían tomaban trinchos, palas, incluso carretas con piedras o estiércol, para defenderse de ser necesario o de plano arrojar todo lo que tuvieran a la mano.

Astrid, por su parte, giró hacia otra dirección, a una zona residencial mientras era seguida por hombres que poco a poco iba perdiendo. Hiccup al menos tenía razón en algo: los hombres que los perseguían igualmente se habían dividido para ir tras de cada uno, y por ello el peligro individual quizás en cierta perspectiva era menor. Para su desgracia, Stormfly había comenzado a parecer cansada, y poco a poco le era más difícil mantener la altura, y en su lugar comenzaba a descender.

—¡No!, ¡no te detengas! —le gritaba Astrid, casi como súplica—. ¡Casi estamos en el bosque!, ¡resiste un poco más!

Stormfly no era la única agotada. Skullcrusher, e incluso Toothless, estaban en igual o peores condiciones. Los tres habían volado gran distancia con la promesa de que iban a poder descansar al llegar a tierra, pero ahora se encontraban realmente lejos de ello. Toothless comenzó a volar más abajo, pasando prácticamente por encima de las cabezas de Fergus y sus hombres, y luego incluso sobre Merida. Ésta última, al ver la gran sombra su cabeza, frenó con rapidez a Angus jalando de su crin. Al detenerse, alzó su mirada hacia él y por un pequeño instante, sus ojos lograron divisar a aquel chico de cabellos castaños que volaba en el lomo de aquel dragón. Merida se quedó pasmada al ver ello, incluso más que aquellos que ya lo habían notado también. El jinete la miró igual desde arriba por unos instantes, y luego siguió de largo en su escapada.

—Pero por los Dioses… ¿qué rayos fue eso…?

Merida se talló sus ojos con ambas manos. ¿Había visto bien? ¿Un chico estaba montando ese dragón como si fuera un caballo con alas? Si en efecto había visto lo que había visto, ¿qué hacía ese chico ahí? ¿Venían a atacarlos? Fuera como fuera, no tenía tiempo para pensar tanto en ello. Necesitaba un sitio alto para ver mejor.

Hiccup miraba hacia atrás mientras seguían volando; la velocidad de Toothless se había reducido.

—Bien, muchacho, lo hiciste bien —le indicaba Hiccup con ánimo. Los hombres que los seguía ya se habían quedado atrás—. Ahora tenemos que reunirnos con los otros yo… —Al virarse al frente, pudo divisar a unos cuantos metros el muro exterior del castillo al que se estaban dirigiendo directamente, y que Toothlees por todo su cansancio parecía tampoco haber notado siquiera—. ¡Ah! ¡Amigo!, ¡elévate!, ¡elévate!

Los gritos de Hiccup, acompañado de un fuerte jalón de su silla, hicieron que Toothless reaccionara abruptamente, al menos lo suficientemente rápido para alzarse hacia arriba en línea recta, con su vientre casi rozando el muro. Los hombres en la cima del muro igualmente los atacaron de la misma forma que los otros, e Hiccup rápidamente hizo que su dragón diera una maroma completa en el aire, haciendo que ahora volvieran sobre sus pasos por el mero impulso de la maniobra.

Merida vio a lo lejos al Dragón dando la vuelta, y dirigiéndose en su dirección una vez más. Esa era su oportunidad.

—¡Vamos, Angus! —le indicó de inmediato que reanudara la marcha con velocidad, en dirección a la torre de observación más cercana. El caballo entonces aumentó su velocidad corriendo entre las personas, e incluso saltando un puente, para llegar al destino que su jinete le indicaba.

Poco a poco fueron ganando terreno hasta llegar a la torre. Se detuvo justo frente a ésta, se bajó de un salto y comenzó a subir a toda velocidad la escalera de caracol de piedra en dirección al puesto de observación en la punta, con su adrenalina a todo lo que daba.

El sitio estaba solo; evidentemente el vigía encargado del sitio se había ido a combatir con el resto. Era una decisión hasta cierto punto comprensible, pero tonta, ya que desde ese sitio era mucho más efectivo para acabar. Esperaba que él no hubiera huído a causa del miedo y decidió esconderse, porque entonces su padre no lo tomaría nada bien.

Se paró frente al barandal de madera y miró a todos lados, hasta divisar al dragón negro sobrevolando algo bajo, y no muy lejos de su posición. Y en ese momento realmente pudo verificarlo sin duda alguna: había un chico montando en su lomo. Pero eso no importaba, tenía que reaccionar con rapidez o perdería el tiro. Rápidamente tomó su arco, sacó una de sus flechas del estuche, cargó, y apuntó al frente, todo en un solo movimiento de apenas una fracción de segundo. Tenía que ser astuta y rápida; sólo tendría un tiro antes de que lo perdiera, y por lo tanto tenía que ser efecto. Mientras contemplaba su objetivo, agudizando lo más posible su mirada, algo en el dragón de un color poco usual le llamó la atención. Era algo rojo en la punta de su cola, algo que no concordaba con el resto de él que era totalmente negro. No sabía que era, pero su instinto se centró en él de manera casi involuntaria.

Retuvo la respiración un instante, y luego inhaló lentamente por la nariz, exhalando del mismo modo un poco después. No podía precipitarse, tenía que estar segura de que lo tenía en la mira y dirección correcta. Respiró, sólo respiró… Y justo cuando la criatura se encontraba en la posición y distancia correcta, soltó la flecha sin vacilación alguna…

La flecha surcó el cielo en una línea recta y casi perfecta, dirigiéndose justo a donde quería dirigirse. El proyectil atravesó con su punta la aleta roja de la cola de Toothless, el material rasgándose casi por completo. El dragón no sintió como tal el impacto, pero sí sintió cuando simplemente todo su equilibrio y balance se desmoronó y comenzó a dar vueltas mientras descendía casi en picada.

—¡¿Qué?! —Exclamó Hiccup al sentir como perdían por completo el control. Miró hacia atrás y ahí lo vio: la aleta de la cola rota—. ¡Oh, no! ¡No!, ¡no! ¡Resiste amigo! ¡Elévate lo más que puedas!

Toothless hacía todo lo posible para mantenerse en el aire, pero con sus aleteos sólo podía agitarse y girar. Terminó golpeando con su cuerpo algunos tejados en su intento de elevarse, pero luego cayó precipitadamente al suelo sin oposición, derribando varios puestos y cajas cerca del puerto.

Merida presenció en silencio toda la trayectoria del dragón hasta desplomarse en la tierra, y solo al escuchar el “crash” de la madera rompiéndose al impacto, logró respirar de nuevo, soltando un fuerte suspiro de alivio, aunque también de agotamiento.

—¡Merida tumbó al dragón! —Escuchó de pronto que gritaba justo a su lado la sonora vocecilla de su hermanito Harris, alzando sus bracitos con emoción—. ¡Viva!

—¡Yo también quiero hacerlo! —Agregó de inmediato Hubert al otro lado, dando saltitos.

—¡Vamos a verlo de cerca! —Se les unió Hamish con la misma emoción.

—¿Y ustedes qué hacen aquí? —Exclamó con recriminación la princesa, volteándolos a ver—. ¡No se acerquen a él! ¡Quédense aquí!

Comenzó a correr de regreso a las escaleras para bajar de la torre. Angus ahí la esperaba paciente. Se subió de un salto a su lomo, y de inmediato emprendieron marcha hacia donde el dragón y el chico sobre él habían caído.

—¡Oh!, ¡¿por qué sólo tú puedes hacer locuras divertidas?! —Le gritó Harris desde la punta de la torre, y los tres comenzaron a bajar las escaleras uno detrás del otro, sin importarle su advertencia.



— — — —

Hiccup se encontraba realmente aturdido tras esa fea caída. Intentó levantarse, pero su primer intento fue infructuoso ya que seguía sujeto a la silla de Toothless. Buscó a tientas el seguro para liberarse, pero en cuanto lo hizo cayó de espaldas al suelo.

—Auh… —se quejó despacio—. Toothless… ¡Toothless!, ¡¿estás bien?!

Se recuperó como le fue posible y gateó hacia su compañero, tomando su cabeza entre sus brazos. Los ojos del dragón se abrieron adormilados al sentir su contacto, pero poco a poco comenzaron a reaccionar. Agitó su cabeza varias veces para quitarse el aturdimiento, haciendo un sonidito con la garganta. Miró Hiccup con sus enormes ojos verdes, y luego volteó hacia atrás, alzando su cola. El material de la aleta estaba totalmente rasgado. Hiccup también la miró con más detenimiento. Había sido alcanzado por alguna flecha, era lo más seguro. Pero que le diera justamente en ese punto, o era muy mala suerte… o algo más.

De repente, los ojos de Toothless se afilaron con expresión de alerta, y rápidamente saltó delante de su jinete, protegiéndolo por completo con todo éste e incluso enseñando sus colmillos.

—¿Qué sucede, amigo? —le cuestiona Hiccup con confusión. Miró a su alrededor, y notó a unas cuantas personas, ninguna de ellas soldados a simple vista, viéndolos con miedo desde las ventanas y detrás de las esquinas. Pero no eran estas personas las que provocaban tal reacción en su amigo, sino un imponente corcel negro que se acercaba a ellos a toda velocidad. El caballo se detuvo a unos metros de distancia, y la persona sobre él se bajó de un salto. En cuanto sus pies tocaron el suelo, sus manos ya estaban sujetando su arco y flecha, y ésta última señalaba justo a ellos.

—¡Oye tú! —Le gritó con gran fuerza la chica de rizos pelirrojos y capa, con bastante autoridad en su tono—. ¡¿De dónde vienes forastero?! ¡¿Y cómo es que estás montando un dragón?!

Aún a pesar de la protección de Toothless, Hiccup estaba seguro que la flecha de aquella chica lo señalaba directo a él, posiblemente entre sus ojos.

—Tranquilo amigo, tranquilo —le indicó con calma a su amigo, colocando su mano sobre su cabeza para indicarle que bajara un poco su agresividad, pero Toothless no hacía tal cosa, o tal vez no quería hacerlo. Hiccup se levantó por completo y se colocó delante del dragón negro, encarando de frente a la chica que lo apuntaba—. ¿Tú fuiste quien nos derribó?

—No es por presumir, pero tengo la mejor puntería de todo DunBroch —respondió la chica, frunciendo más y más el ceño. Siguió apuntándolo con la flecha mientras caminaba a su alrededor, manteniéndole su distancia. Mientras lo observaba de arriba abajo, no pudo evitar notar su pierna izquierda, o más bien la ausencia de ella; en su lugar tenía una especie de pierna postiza, pero no de madera como la de su padre sino de metal.

Hiccup alzó sus manos en señal pasiva, o más bien de no agresión; sus ojos la siguieron en silencio.

—Escucha, cometen un error, no venimos con malas intenciones.

—¿No vienen con malas intenciones? —Masculló la pelirroja, incrédula—. Perdóname si no te creo. ¿Quién vendría con un dragón a éstas tierras? Es más… ¿cómo conseguiste uno?

Los ojos de la chica se centraron justo en aquel ser oscuro, notándosele muy sorprendida al poder verlo de cerca; realmente era un dragón. Pero éste, sin embargo, no parecía nada sorprendido ni feliz de verla. Al notar que lo está viendo, le empezó a gruñir y le enseñó sus colmillos, en actitud de alerta.

—Es… una… larga historia… —balbuceó Hiccup, inseguro—. ¡Pero no tienes nada que temer!, ¡no son peligrosos! —El chico dejó una mano alzada en su dirección, mientras la otra la colocaba sobre la cabeza de su dragón para tranquilizarlo—. Es mi amigo, y ninguno de los dos quiere hacerles daño.

La pelirroja los miró con marcada desconfianza al oír esas palabras. La gente cerca de ellos cuchicheaba alrededor de ellos, esperando el menor signo de pelea para formar un alboroto. Al parecer ellos tampoco creían lo que escuchaban, y con razón. Aun así, Merida comenzó a bajar su arco y flecha, hasta hacer que ésta última señalara hacia el suelo, pero seguía sujetando ambos con sus dedos para cualquier situación que se presentara.

—¿Tu amigo, dices? —Murmuró, achicando sus ojos— Si es así, dime qué es lo que sientes cuando lo miras a los ojos.

—Ah… ¿Qué…? —Exclamó el vikingo, un poco extrañado. Miró entonces hacia la gente, aparentemente bastante inquieta—. ¿Por qué me preguntas eso… ahora…?

—¿Cómo sé que realmente vienes con buenas intenciones y que ese dragón que traes ahí es tu amigo? Alguien que está conectado con un compañero animal respondería con facilidad ésta pregunta…

La mirada de la pelirroja se agudizó aún más, y sus manos claramente se tensaron, listas para alzar su arco en cualquier momento. Pero Hiccup igualmente reaccionó, sintiéndose un poco molesto por la manera en la que le hablaba y las cosas que decía como si lo juzgara de alguna forma. El líder Vikingo se paró entonces derecho y con bastante firmeza. Su porte cambió drásticamente, y dejó un tanto sorprendida a la chica delante de él.

—Toothless no es mi compañero animal —declaró fervientemente—. Cuando lo veo a los ojos, no veo un animal, o un dragón, o una criatura, o algo a lo que hay que temer; yo sólo veo a mi mejor amigo, a un compañero, al que le puedo confiar mi vida, y sé que él me la confiaría a mí.

Era increíble percibir tal decisión y fuerza proveniente de las palabras de un chico con tal apariencia, a simple vista tan escuálida y débil. Un gran impacto y sorpresa se reflejó de inmediato en el rostro de aquella chica. Definitivamente no parecía la forma de hablar de una persona mala, o de alguien que estuviera diciendo mentiras. El solo ver como aquel dragón se sentía tan ansioso por protegerlo, era bastante prueba de la veracidad de sus palabras… Alguien así, no podía ser su enemigo.

Relajó los hombros, al igual que su mirada, y destensó su arco. Retiró la flecha y la guardó lentamente de nuevo en su estuche; sólo hasta entonces el dragón negro se calmó, y sus dientes incluso desaparecieron. Hiccup igualmente suspiró aliviado, aunque algo sorprendido por el cambio.

—Sí, ya lo veo —murmuró la pelirroja, más confiada—. Bueno, supongo que alguien así no sería una amenaza ni aunque lo quisiera. —le sonrió de pronto ampliamente, tomando aún más por sorpresa al joven vikingo. Dio entonces un paso al frente, extendiendo su mano libre hacia él—. Mi nombre es…

—¡¡MEEEEEEEERIDAAAAAAAAAA!! —Se escuchó como una voz gruesa y aguerrida que gritaba a los cuatro vientos con tanta fuerza que hizo retumbar las casas cercanas. En un parpadeo, una enorme cantidad de soldados se abrió paso hacia ellos, guiados al frente por el alto y fornido Rey Fergus en persona—. ¡¡Aléjate de ellos inmediatamente!!

El rey tomó a su hija del brazo y la jaló hacia atrás de forma casi violenta, protegiéndola con su enorme cuerpo.

—¡Papá! —Exclamó Merida, sorprendida por la inesperada presencia—. ¡¿Qué haces?!

Toda la decena de soldados que venían con el Rey Fergus, comenzaron a rodear al chico y al dragón, apuntándolos con sus lanzas y espadas, y con sus ojos llenos de instinto casi asesino. Hiccup miró apremiante a todos lados; estaban totalmente rodeados, y sin la aleta de Toothless, no habría forma de que pudieran ir muy lejos…

—Creo que éste sí es el peor escenario —susurró el vikingo para sí mismo, esperando que Astrid no lo estuviera escuchando…

FIN DEL CAPÍTULO 06

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ “How to Train Your Dragon” © DreamWorks Animation.

+ “Brave” © Pixar Animation Studios.

+ “Rise of the Guardians” © DreamWorks Animation.

+ “Tangled” © Walt Disney Animation Studios.

+ “Frozen” © Walt Disney Animation Studios.

El Rincón de Denisse-chan

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario