Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 20. ¿Trabajamos juntos?

17 de junio del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 20. ¿Trabajamos juntos?


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 20.
¿Trabajamos juntos?

Aunque ya a sus casi veintiocho años a Matilda no le gustaba llamar “poderes” a las habilidades peculiares que ella y los otros que resplandecían poseían, de niña así era como llamaba precisamente a lo que podía hacer.

“Estuve en el techo de la cochera y usé mis poderes”, le había explicado a la señorita Honey en aquella lejana primavera en la que apenas tenía seis años y medio, intentando justificarle como había tomado una muñeca de la casa de su antigua directora sin haber roto su promesa de nunca volver a entrar a ella. Curiosamente esa misma casa posteriormente se convertiría en su hogar por muchos años, y aquella simpática maestra se volvería su madre, así que al final entraría y saldría de dicha casa muchas veces.

En aquel entonces cuando sus “poderes” surgieron a tan temprana edad, una vez que aprendió cómo funcionaban se volvió bastante simple y sencillo para ella el usarlos. Se volvió equivalente a caminar, respirar o saltar; sencillamente algo más que hacía sin siquiera tener que pensarlo demasiado. Y ya en su edad adulta logró dominarlos aún más, y era tan hábil en ello que incluso podía detener una, dos o hasta tres balas con ellos; no era que lo hubiera intentado mucho antes de aquella fatídica mañana en Portland, pero era tranquilizador saber que en efecto podía hacerlo si se ocupaba. Sin embargo, hubo un lapso de tiempo en el que eso no fue así, entre los trece y los quince años para ser exactos, una etapa de su vida que la Dra. Honey no recordaba con cariño.

Al entrar a la adolescencia sus poderes se fortalecieron exponencialmente de la noche a la mañana, y eso que antes había sido tan sencillo para ella como caminar, ahora se sentía como si cada paso que diera desquebrajara el suelo y causara terremotos. Y encima de todo, a reserva de no tener una mejor palabra, se encendían solos de pronto sin que se diera cuenta, agitando todo a su alrededor y le resultaba problemático volver a tranquilizarlos. El peor momento para ella fue en su último año de preparatoria, pese a que tenía trece años a punto de cumplir los catorce, como resultado de varios saltos de grado que había dado gracias a sus excelentes calificaciones y desempeño. Y aunque en un inicio eso fue agradable y digno de presumir para la pequeña Matilda, no tardó mucho en volverse algo contraproducente y difícil de lidiar.

A los chicos y chicas de dieciséis, diecisiete y dieciocho no les gustaba para nada compartir salón, o incluso pasillo, con una enana sabelotodo de trece años que se creía (y de hecho lo era) más inteligente que todo ellos. Entre su segundo y tercer año, parecía como si gran parte de la escuela se hubiera puesto de acuerdo en hacerle la vida imposible. Y que eso concordara con el momento de mayor inestabilidad de sus habilidades telequinéticas, lo hizo todo mucho peor.

Jamás olvidaría aquella tarde. Sus poderes se habían descontrolado antes, e incluso en la escuela, pero de alguna u otra forma lograba mantener todo bajo control para no lastimar ni llamar de más la atención. Ese día, sin embargo, no era así. Todo el día sus poderes estuvieron saltando solos, agitando cosas, ventanas, e incluso personas. Mucho de ello la gente lo justificaba imaginando que se trataba de algún temblor menor, viento o simples descuidos. “La gente cree ciegamente sólo en aquello que desea creer, pero desconfía de todo aquello que desea no creer”, le dirían no mucho después de aquel día, y en retrospectiva eso cobraba sentido. Preferían verla como un bicho raro al que podían molestar y hostigar hasta el cansancio, antes de aceptar que había algo en ella que la hacía especial o incluso peligrosa.

Ese día Matilda era incapaz de concentrarse por completo en clase; su cuaderno de apuntes volvió bastante parecido a como había salido de la casa. Gran parte de su concentración de todo el día se enfocó en mantener la calma, en tener esos poderes apagados pero no lo lograba por completo. Si le hubiera dicho a su madre lo que ocurría, de seguro le hubiera dicho que se quedara en casa. Pero no, ella quería ir a la escuela, no faltar ni un solo día que no fuera por enfermedad, y sólo si era de vida o muerte en todo caso. Además había otro rasgo importante en su decisión: la soberbia. Ella estaba segura que podía manejarlo. Lo había hecho a los seis años, y debería de poder hacerlo con el doble de edad. Ella podía, y lo sabía muy bien… pero estaba equivocada.

Para la hora justo antes del descanso, ya no podía más. Sólo quería irse a su casa antes de que eso se pusiera peor. Sólo quería sentarse en su cama y releer alguno de sus libros favoritos; eso siempre la calmaba aunque fuera un poco. Pero aún faltaba varias horas más, suficientes para que algo saliera mal. Y no estaban muy lejos de ello: las ventanas del salón se agitaban y las lámparas del techo se mecían de un lado a otro. Esto distraía al resto de sus compañeros (que de por sí su capacidad de concentración no era precisamente su mejor cualidad) y el profesor intentaba hacer que mantuvieran la serenidad objetando que no era nada de cuidado; ¿realmente lo creía?

Las teorías rondaban de boca en boca por el salón, pero ninguna la involucraba a ella. Nadie en ese sitio suponía siquiera que esa niña de secundaria flacucha y de cara redonda y pálida pudiera de alguna forma ser la causa.

La campa sonó al fin tras una hora que a ella le pareció simplemente eterna. Tomó sus libros y cuadernos con gran rapidez; no se tomó el tiempo para meterlos en su mochila, sólo los cargo en sus brazos y se dirigió apresurada y asustada a la salida. Sus poderes parecían haberse calmado, pero no tomaría riesgos. Ya no le importaba el resto de las clases, lo que quería era irse de ahí lo antes posible, decirle todo a su madre y que la ayudara a lidiar con todo eso. Sin embargo, a mitad de su camino tendría que cruzar frente a  un grupo de chicos que conversaba frente a sus casilleros. Matilda los miró a los lejos. Ella los conocía, bastante bien… y ellos a ella. De todos los de esa escuela que la habían tomado en su contra, ese grupo era el más belicoso. Y no sabía ni por qué; varios de ellos ni siquiera tenían clase con ella. Ansiaba terminar su último semestre, largarse de esa escuela e ir a Yale como tenía planeado. Todo sería mejor entonces, estando en un sitio en dónde apreciaran más su inteligencia, y en donde la gente ya hubiera superado lo que fuera que los hacía ser unos patanes a esa edad. Sin embargo, si era incapaz de enfocarse en clase como resultado de sus locos poderes y del accionar de sus hostigadores personales, eso podría dificultarlo todo.

 Intentó pasar de largo, con la cabeza agachada y en silencio. Pensó que quizás no la habían visto, pero la realidad era que sí. Sólo actuaban como si no, para que se les acercara, y justo cuando estaba frente a uno de los chicos éste extendió su brazo hacia ella, y de manera bastante derivada le tiró sus libros y cuadernos de un manotazo; estos cayeron al suelo provocando un eco sonoro en el pasillo. El grupo entero comenzó a reírse entre ellos. Matilda intentó ignorarlos y se agachó rápidamente para recoger sus cosas y seguir con su camino lo más pronto posible.



—Miren a la pequeña niña genio —comentó uno de los chicos en tono burlón. Varios de los presentes en el pasillo la volteaban a ver con desdén, pero mantenían sus distancias—. Si eres tan lista, ¿por qué no sabes cómo sujetar tus libros bien?

Risas unísonas, sobre todo de los acompañantes de ese chico, resonaron en el pasillo. Matilda siguió ignorándolos. Recogió sus cosas, se puso de pie y justo entonces otra chica del grupo volvió a tirarle sus cosas de la misma forma. La niña se quedó paralizada en su sitio, con su rostro endurecido y sus manos quietas en la misma posición en la que sostenía hace un instante sus cosas.

—Lo siento —murmuró la chica con evidente sarcasmo. Matilda se agachó de nuevo pero la misma chica pateó uno de sus libros hacia un lado haciendo que se deslizara por el suelo lejos de ella. Matilda se acercó a gatas a él. Era una edición especial de Los Tres Mosqueteros que su madre le había conseguido en una Feria del Libro, y lo estaba ensuciando y maltratando.

Una segunda chica interpuso su pie en el camino para cortarle el paso. La miró desde abajo y ella la miró con prepotencia cargada en su delgada sonrisa. Se agachó entonces un poco hasta casi encararla de frente.

—Eres tan fea y rara que hasta tus padres se deshicieron de ti en cuanto tuvieron oportunidad —comentó aquella chica con hastío en su voz; Matilda no se mutó—. Eres como una rata arrastrándote en el piso. No sé cómo permitieron que alguien como tú entrara aquí. Regresa al jardín de niños y vuelve cuando te crezcan los senos, ¿quieres? Si es que algún día te crecen.

El rostro de Matilda se llenó de rabia, y al mismo tiempo los casilleros se comenzaron a agitar un poco.

—¿Cuándo se van a detener estos estúpidos temblores? —escuchó que cuestionaba alguien más entre la gente a su alrededor.

Matilda se paró, le sacó la vuelta a quién le cubría el paso, y tomó al fin su libro, apretándolo contra su cuerpo junto con el resto de sus cosas. Volteó a ver entonces a todo ese grupo con tajante enojo en su mirada, estando aun de rodillas en el suelo. Los chicos se rieron.

—La pequeña Einstein se enojó —comentó con tono un burlón el primer chico que le había tirado los libros—. ¿Qué vas a hacer, eh?

Todos se le acercaron de pronto de forma amenazante. Matilda se puso de pie y quiso correr a la puerta, pero los chicos la rodearon. Entre todos, comenzaron a empujarla entre ellos, pasándosela de un lado a otro como si fuera una pelota. Volvió a soltar sus cosas entre los empujones, y ellos siguieron y siguieron con lo suyo sin importarles nada. Sus pies incluso terminaron pisando sus cosas, incluido el libro de Los Tres Mosqueteros. Matilda comenzó a desesperarse y asustarse. Sólo oía las risas de todos ellos, y de algunos otros que sólo miraban pero que igual reían. Se sentía sofocada, como si la intentaran asfixiar con una almohada.  De la nada comenzó a gritar desconsolada con todas sus fuerzas. Antes de que los chicos entendieran esto con claridad, todos ellos salieron volando en todas direcciones por sí solos: contra los casilleros, contra las paredes o directo al suelo. Algunos sólo sufrieron unos pequeños golpes, otros pasaron por algo más serio. Todos se quedaron helados, incluso aquellos del grupo que no habían sido empujados. Mientras Matilda seguía gritando, las luces tintinearon, y todos los casilleros se agitaron con violencia, algunos abriéndose de golpe solos y todo su contenido vaciándose al suelo como cataratas. El miedo cubrió el rostro de todos y se quedaron petrificados en el suelo.

Matilda dejó de gritar. Respiraba lentamente, sollozando. Miró a su alrededor; todos la miraban, absolutamente todos.

Tomó sus cosas por última vez y corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta de salida. Mientras se alejaba, todo seguía agitándose a su alrededor. Todos se hicieron a un lado para abrirle paso, como si estuviera corriendo en llamas. La “niña genio” se perdió de a vista de todos cuando atravesó la puerta. Nadie fue detrás de ella.

Muchos habrían sugerido que en efecto había sido ella la que lo había hecho. Los amigos les contaron a otros amigos, y pronto el rumor se esparció por toda la escuela, e incluso los no que no estuvieron presentes comenzarían a narrar la anécdota como si hubiera sido así. Sin embargo, el rumor terminaría por desaparecer bastante pronto. Algunas personas comenzaron a cuestionar incrédulos el relato, y comenzaban a proponer explicaciones más o menos razonables que de alguna forma convencían a otros, hasta el punto de preguntarse a sí mismos si en realidad lo habían visto. Al final, como si una mano invisible lo acomodara todo, el incidente fue olvidado.

Matilda, por su parte, no volvería a esa escuela en al menos dos semanas.

****

Cuando Cole dijo que tenía hambre y quería ir a comer algo con urgencia, no lo decía en broma. Por ello, en cuanto pudieron salir del hospital, los tres se dirigieron a una cafetería, que además servía comidas caseras, de nombre Mr. Joseph. Se ubicaba relativamente cerca del hospital, pero lo suficientemente lejos como para que ninguno de los policías los encontrara si acaso lo intentaban. Ninguno era de Portland así que tuvieron que elegir el restaurante en base a los comentarios de internet, lo cuales eran mayormente positivos. El interior del establecimiento era de apariencia un poco rustica, de muebles de madera y decoración un tanto genérica en las paredes; pinturas o fotos de paisajes y perros mayormente. Se sentaron en una mesa con dos sillones en la esquina más alejada de los otros cinco comensales que había en el local, con el fin de poder tener la mayor privacidad posible en su delicada conversación.

La mesera, una simpática mujer de mediana edad llamada Dolores, les llevó los menús. Cole fue el primero en ordenar, casi de inmediato, pues él tenía muy claro lo que quería.

—Deme la Hamburguesa más grande que tenga, Dolores —comentó el policía con tono jovial—. Término medio, y con queso extra.

—¿Cómo papas, joven?

—Hasta la pregunta es necia. Muchas, por favor.

Cody y Matilda tardaron un poco más en decidir. Cody no tenía mucho apetito realmente; Matilda, por su lado, la verdad era que había estado comiendo mal ese día, y aunque su estómago pedía alimento, sencillamente no le apetecía nada. Su tobillo aún le dolía, pero era más la incómoda sensación de su cuello lo que la tenía inquieta.

—Una ensalada con pollo para mí, por favor —pidió Cody, no del todo convencido—. Con aderezo mil Islas.

—Yo supongo que sólo quiero una milanesa a la plancha —explicó Matilda un poco después—. Y un vaso con agua.

—Enseguida, chicos —señaló Dolores sonriente, y pasó a retirarles sus menús.



En cuanto estuvieron solos, las preguntas no se hicieron esperar, ni tampoco las respuestas. Matilda y Cody querían saber exactamente qué había hecho en aquel pasillo. Cole fue totalmente honesto, como sólo podía serlo con alguien que sabía que compartía su misma alegría, y quizás maldición dependiendo de cómo se viera, de resplandecer

La explicación fue clara, aunque no muy detallada. Durante toda ella, Matilda lo miró fijamente con expresión inmutable y dura; Cody, por su lado, parecía fascinado.

—Increíble —exclamó de pronto el profesor de secundaria, un segundo después de que Cole terminara de hablar—. A ver, entonces, ¿el fantasma del policía asesinado te dijo todo eso?

—Ya les dije, sólo me dijo el nombre —respondió Cole—. El resto lo encontré en internet. No fue gran cosa, él hizo la parte difícil.

Dolores se acercó en ese momento con sus bebidas: Coca-Cola regular para Cole, té de manzana para Cody, y agua para Matilda. Esperaron a que se volviera a retirar para seguir conversando.

—¿Pero entonces el policía ya conocía a esta niñ…? —Cody se detuvo a media palabra, caviló un poco lo que diría, y luego prosiguió—. Digo, ¿conocía a esta mujer llamada Leena?

—Sí, y no —Cole dio un largo sorbo de su soda a través de su popote—. Cuando nuestra conciencia pasa a ese otro plano, nuestra visión de lo que nos rodea se vuelve mucho más clara. Sin interferencias que nos nublen, podemos ser capaces de ver mucho más de lo que vemos estando vivos; sobre todo en lo que respecta a nuestra muerte, y en especial si ésta nos deja con una gran sensación de pérdida, la sensación de que dejamos algo atrás.

El detective se recargó por completo contra su sillón, y colocó su brazo izquierdo cómodamente sobre el respaldo. Cody y Matilda se encontraban sentados en el sillón de enfrente de él, uno a lado del otro.

—Cuando era niño —prosiguió Cole—, se presentó ante mí el fantasma de una niña. Su madre la había envenenado por años, y ni ella ni el resto de su familia lo supieron. Para todos, sólo sufría de una extraña enfermedad que la mantenía en cama todo el tiempo. Hasta que al final murió inevitablemente. Pero una vez que pasó, su esencia, esta… energía que quedó de ella, pudo lograr la consciencia suficiente para darse cuenta de que en efecto había muerto, algo que deben saber no ocurre en todos los casos; pero además pudo percatarse de lo que le había ocurrido en realidad, y de que incluso su hermana menor podría ser la siguiente.

—¿Y te buscó para que le ayudaras? —Inquirió Cody, algo incrédulo, pero a la vez visiblemente interesado. Cole le respondió asintiendo con su cabeza.

—Y como ese caso, he podido encontrar varios otros. Por eso me volví detective de homicidios, sabía que éste sería el mejor lugar para hacer uso de mis habilidades. Así he podido dar con los responsables de decenas de asesinatos.

—Es impresionante —exclamó Cody, genuinamente deslumbrado por su relato—. Ya había oído de algunas personas con el Resplandor que podían ver y hablar con fantasmas, pero nunca había conocido a alguien que directamente lo hiciera. Creía que era más un rumor.

—¿Qué no dijiste que conocías a todos en la Fundación? —comentó Cole a tono de burla, haciendo que Cody se ruborizara un poco.

—Quizás exageré. Es evidente que no los conozco a todos.

Cole rio levemente.

Matilda no parecía interesada en intervenir en su conversación. Parecía más interesada en mirar a la pared mientras daba pequeños sorbos de su vaso de agua.

—Pues no somos un rumor —señaló Cole con convicción—. Pero no hay tantos con esta habilidad realmente, y muchos no logran sobrellevarla porque normalmente se presenta cuando son muy jóvenes. Yo mismo tuve… bastantes problemas de niño… bastantes —su voz tomó un rumbo un tanto apagado en su última frase, pero de inmediato se recuperó—. Pero bueno, aquí entre nosotros, incluso dentro de aquellos que pueden ver lo mismo que yo, mi habilidad es un poco más especial.

—¿De qué forma?

—¿Cómo te lo explico…?

Se encontraba meditando en la mejor elección de palabras, justo cuando Dolores llegó con la ensalada de Cody y la milanesa de Matilda; evidentemente su hamburguesa tardaría un poco más. Matilda sin mucha espera tomó su cuchillo y tenedor y comenzó a cortar la carne de tono grisáceo en pedazos pequeños para meterlos uno a uno en su boca. Estuvo bastante concentrada en ello, y tardó unos segundos en darse en cuenta de que Cody y Cole la miraban curiosos.

—¿Qué? —Les cuestionó de forma cortante.

—Está algo callada, Doctora —señaló Cole—. ¿Usted también tenía mucha hambre?

—Estoy bien, gracias —le respondió de igual forma que antes y siguió cortando su carne.

—¿Te molesta algo, Matilda? —Le preguntó Cody sin muchos rodeos—. Bueno, sé que tras todo lo ocurrido este día, lo difícil sería más bien elegir sólo una cosa, pero…

Matilda respiró hondo por la nariz y luego soltó el aire por el mismo medio. Colocó delicadamente sus cubiertos sobre su plato, aunque igual hicieron un sonido de tintineo al tocar la porcelana. Cruzó sus dedos sobre la mesa, y entonces miró al detective al otro lado de ésta con aparente más serenidad.

—Con todo respeto, pero yo no creo en fantasmas —explicó de manera bastante firme, aunque suave, digna del temple de un miembro del club de debate.

—¿Enserio? —respondió Cole, bastante más relajado y flemático.

—Así es, y francamente yo también he escuchado esos rumores sobre que algunas personas que resplandecen pueden verlos, pero yo jamás he visto uno.

—¿A un fantasma a una persona que pueda verlos?

—Ambos. He tratado a muchos niños a lo largo de estos últimos años, y nunca he visto a alguno que presenté tal cualidad que describe.

—Ah, eso es porque no cualquiera puede lidiar con ese tipo de niños —aclaró Cole, inclinándose un poco hacia ellos para poder hablar mejor—. Se necesita de cierto toque especial, de ciertos conocimientos, de…

—¿De otro tipo de experiencia? —interrumpió Matilda, terminando su frase justo con lo que ella tenía en la cabeza en esos momentos.

—Supongo… Es la segunda vez que me dice eso. ¿A qué viene exactamente?

—No importa —sentenció Matilda tajantemente—. Pues si en verdad es eso en lo que se especializa, Oficial Sear…

—Cole, puedes llamar sólo Cole —le aclaró el muchacho de inmediato, pero Matilda ignoró por completo su sugerencia.

—Oficial Sear —repitió recalcadamente, de una forma que resultó ser un tanto cómica, incluso para Cody—, si ayudar a ese tipo de niños es en lo que ayuda a la Fundación, entonces no sé porque Eleven pensó que usted estaba más calificado para encargarse de mi caso en Salem. Samara no ha presentado o expresado jamás habilidades para ver fantasmas. Sólo sufre de algunas pesadillas, si acaso.

—Las pesadillas pueden ser más significativas de lo que usted cree, doctora —añadió Cole, señalándola con un dedo fijamente.

—Dígamelo a mí —comentó Cody en voz baja con algo de pesadez, justo antes de dar un bocado de su ensalada.



Dolores se hizo presente de nuevo, y como una visión celestial se acercó al fin a su mesa con la gran hamburguesa con papas que Cole había estado esperando durante horas. Al verla, se le hizo agua la boca; y cuando al fin la olió, ya se había enamorado.

—Dolores, es usted mi salvación —profirió con encanto, sacándole una risilla a la mesera antes de que se retirara.

Cole tomó la gran hamburguesa entre sus manos y le propinó la mordida más amplia que su mandíbula le permitía. Su boca se regocijó, y su estómago definitivamente lo agradeció más. La expresión de su cara y los ligeros suspiros que surgían de su boca, no dejaban dudar de lo mucho que lo estaba disfrutando. Matilda sonrió ligeramente sin proponérselo, aunque de inmediato se giró hacia otro lado para disimularlo. Para bien o para mal, era un cierto placer para muchos, ella incluida, ver a una persona hambrienta disfrutar de su primer bocado. Y eso no necesariamente se limitaba a los hambrientos por comida.

Una vez que logró tragar gran parte de su primer bocado, colocó de nuevo la hamburguesa en el plato y se limpió un poco los dedos con la servilleta. Esto debía ser algún tipo de tic, pues era bastante inútil limpiarse las manos cuando justo después de seguro tomaría de nuevo la hamburguesa o quizás alguna de las papas fritas.

—Pero tiene razón —comentó el policía cuando fue capaz de hablar con propiedad—. Eleven no me mandó a ayudarla con su caso precisamente porque creyera que la niña podría tener habilidades como las mías. Esa no es su preocupación.

—¿Y qué preocupación puede tener exactamente como para mandarme a un Caza fantasmas como ayuda? —agregó la mujer castaña a su vez, con un tono que no sonaba para nada a broma.

—Matilda —masculló Cody como si fuera una recriminación; ella sólo se encogió de hombros.

Cole rio un poco. Tomo una de las papas frita y la sumergió hasta la mitad en el pequeño recipiente de cátsup que Dolores le había traído junto con su plato.

—¿Sabe?, esto es un poco curioso. Ha visto a gente mover objetos sin tocarlos, hacer que la gente vea y sienta cosas que no están ahí, prender fuego con tan sólo pensarlo, y de seguro mil y una cosas más. ¿Y mi habilidad le causa escepticismo?

—No tiene nada que ver una cosa con la otra —respondió Matilda con aún más firmeza que antes—. Disfruto como cualquiera de una buena historia de fantasía o terror, pero son sólo eso: historias. Yo soy una mujer de ciencia, y como tal creo en lo que veo y puedo probar. No somos magos ni hacemos trucos, detective. Somos personas con una fisionomía cerebral diferente a la usual; rarezas de la naturaleza si quiere verlo de esa forma, eso es todo. Mover cosas, prender fuego, crear ilusiones, leer mentes, materializar cosas y personas… todas son acciones que podemos ver, medir y probar. Pero no hay ninguna otra forma aceptada científicamente para probar la presencia de un fantasma. Si usted afirmara que hay uno sentado justo a mi lado, por ejemplo, no tendría otra forma de probarlo más que su palabra.

Cody miró con cierto temor su propio lugar. Miró a Cole de reojo y éste negó con su cabeza, indicándole con su mirada que se tranquilizara; no había nada rondándolo en ese sitio; no en ese.

—Había una época en la que la palabra de un hombre bastaba para inspirar confianza —declaró Cole con firmeza, a lo que Matilda bufó sarcástica.

—La palabra de la gente nunca tuvo más valor, solamente los demás eran más ingenuos para bastarse con ella. Y también había una época en la que quemaban a mujeres como yo en la hoguera por brujería al ver lo que podían hacer, así que no me hable de otras épocas como argumento.

Cole volvió a reír; era un poco desesperante ver que no parecía enojarse con nada… salvo, quizás, cuando Vázquez la tomó del brazo de aquella forma cuando se iban.

—Pero Matilda —intervino Cody queriendo calmar la situación de alguna forma—, ¿cómo crees que supo el nombre de la secuestradora entonces?

—Hay otras habilidades que pudieron haberle dado esa información —respondió la psiquiatra, encogiéndose de hombros—. Psicometría o Precognición… o quizás lo que le dijo a esos policías fue cierto y ya conocía la historia de antes.

—¿Y por qué mentirnos? ¿Qué ganaría con eso?

—No lo sé —miró Matilda entonces al oficial al otro lado de la mesa—. Que él nos lo diga.

Cole suspiró un tanto cansado.

—¿Qué la hizo ser así doctora? —inquirió el detective, genuinamente curioso. Matilda arqueó una ceja, confundida por la pregunta.

—¿Así como?

—Tan… adulta —respondió directamente, provocando que Matilda se sobresaltara un poco. El tono de Cole se había turnado un poco agresivo, aunque su sonrisa de alguna forma intentaba disimularlo; aparentemente nodo se le resbalaba—. Y dígame, si sólo cree en lo que ve, ¿por qué es tan escéptica con los fantasmas si según tengo entendido usted, junto con otros veinte niños, fue testigo de un verdadero Poltergeist a los seis años en pleno salón de clases?

Matilda tosió fuerte, casi atragantándose con su carne de la impresión de haber escuchado tal acusación. Cody intentó ayudarla, pero Matilda rápidamente extendió su mano hacia él para indicarle que estaba bien.

—¿Cómo supo de eso? —soltó la castaña, más de hecho como una tajante exigencia que a Cole le pareció divertida.

—¿Es verdad? —añadió Cody, sorprendido de oírle responder tal cosa.

—¡No! —Exclamó con fuerza, aunque casi de inmediato titubeó—. Bueno… Sí… Es una larga historia.

—De las que más me gustan —agregó Cole alzando su mano. Matilda, sin embargo, sólo lo miró de reojo con nada disimulada molestia, incluso mayor a la que ya tenía con anterioridad.

—Eso sólo fue un truco —le respondió entre dientes, y entonces agachó su mirada de nuevo a su plato y siguió cortando lo que quedaba de su milanesa, aplicando tanta fuerza que su cuchillo rechinaba de forma dolorosa contra la porcelana el plato—. Nunca hubo un fantasma ahí, fui yo la que lo provocó todo.

—¿Y por qué? —cuestionó Cody, confundido pues no conocía de antes tal anécdota.

—Esa es la larga historia de la que no quiero hablar —fue lo único que logró sacarle, y luego calló secamente.

Tan adulta… sí, aparentemente en eso se había convertido: una adulta más; que podía mover objetos sin tocarlos y un par de cosas más, pero una adulta más aun así, con sus amarguras, tristezas, preocupaciones, litros de café en su interior, deudas de tarjeta de crédito y una rabia diaria que deseaba salir de alguna u otra forma. ¿Dónde había quedado aquella niña que veía a los adultos como algo totalmente ajeno a ella, como si fueran seres de otro planeta o hablaran otro idioma? ¿Dónde estaba ahora aquella pequeña que había realizado una jugarreta tan ingeniosa en su salón de clases y había logrado ahuyentar a la malvada Tronchatoro? ¿No se dijo a sí misma en más de una ocasión que, así como el mismo Peter Pan, ella nunca sería una adulta así? Definitivamente estaba bastante lejos de ser como sus padres o su antigua directora, pero igual tenía sus cualidades no tan agraciadas de las que ella misma era consciente, pero con las que había sencillamente aprendido a lidiar.



Ahora quién le parecía ajena y distante, era aquella niña ingenua e inocente; brillante, pero inocente.

Siguieron comiendo en silencio unos minutos. Cole concentrado en su hamburguesa, Cody comiendo un poco a fuerzas su ensalada, y Matilda, ya con su plato vacío, sólo se tomaba su agua en pequeños sorbos no continuos. Cuando Cole se encontraba ya a la mitad de su hamburguesa, la colocó de nuevo sobre su plato. Tomó un par de servilletas y se limpió profundamente sus dedos de cualquier rastro de cátsup, grasa o sal.

—Escuche, Doctora —mencionó el policía, poniendo marcado énfasis en “Doctora”—, es obvio que tiene algunos problemas con los que está tratando de lidiar, y eso es completamente respetable. Pero independientemente de que crea o no lo que le cuento sobre mi habilidad, la única verdad que le puedo asegurar, científicamente si así lo desea, es que vine aquí a ayudarla, a usted y a la niña que trata. Eleven me mandó aquí porque está convencida de que le puedo ser de ayuda, y ese es mi único propósito. Además, pedí días de vacaciones para estar aquí, y en verdad quisiera darles buen uso —Matilda lo miraba de reojo con cierta indiferencia forzada mientras bebía lentamente de su vaso. Cole entonces le extendió su mano a modo de saludo, ofreciéndosela directamente a ella—. ¿Qué dice, Dra. Honey? ¿Trabajamos juntos?

Matilda contempló en silencio su mano estirada. Pasaron unos segundos en los que ni Cole ni Cody tenían claro si se la tomaría o no, pero parecía que al menos estaba considerando hondamente en la posibilidad. Para su suerte, por así decirlo, el sonido de su celular se hizo presente abruptamente, y como una campana le salvo de la penosa situación. Rápidamente quitó su atención de la mano del hombre y comenzó a hurgar en su bolso en la búsqueda de su teléfono. No tardó en encontrarlo, y en su pantalla se mostraba un número no reconocido, pero por el inicio de éste era claro que era de ahí mismo de Oregón.

—Disculpen —murmuró antes de responder. Un tanto resignado, y por dentro aún más ofendido, Cole bajó su mano y prefirió mejor usarla para tomar una de la papas fritas—. Dra. Matilda Honey, ¿quién habla?

La persona del otro lado de la línea tardó un rato en responder. Lo escuchó titubear y dudar, antes de que su voz se hiciera al fin claramente presente.

—Dra. Honey… Habla el Dr. Johnson… —susurró con voz entrecortada, pero aun así fue reconocible para Matilda. Sin embargo, se le escuchaba extraño, incluso diría que… asustado.

—¿Qué ocurre, Dr. Johnson? —le preguntó la castaña con un tono serio—. Se escucha alterado.

—Lo estoy… sí, lo estoy —le respondió el doctor al otro de la línea, incluso soltando una pequeña risilla nerviosa justo después—. Algo pasó con Samara.

—¿Algo? —espetó Matilda exaltada. De inmediato se puso de pie y se alejó un par de pasos de la mesa. Sus dos acompañantes se pararon detrás de ella casi de inmediato, mirándola totalmente preocupados—. ¿Cómo que algo? ¿Qué le pasó?

—Yo… no lo sé… —balbuceó Johnson, dubitativo—. Creo que sus poderes… se salieron de control, no lo sé. No sabemos qué hacer. Creo que sólo usted… ¿podría venir cuánto antes, por favor?

Matilda no lograba procesar lo que ocurría en base a la poca información que ese hombre le estaba dando. ¿Qué le había ocurrido a Samara?, ¿a qué se refería con que sus poderes se habían salido de control?, ¿cuándo había pasado todo eso? Su cabeza ya estaba de por sí completamente liada por todo lo que acababa de pasar esa mañana, luego esa extraña conversación que acababa de tener con ese recién llegado… y ahora eso.

Era demasiado.

Se tomó un segundo, sólo un segundo, para cerrar los ojos, respirar hondo e intentar calmarse. El escozor en su cuello, justo en el área en donde esa mano invisible la había tomado, se hizo presente una vez más, y la distrajo por unos instantes, pero logró recobrar el camino correcto. Eran muchas cosas, pero no podía lidiar con todas al mismo tiempo. Debía priorizar, y enfocar su atención en una, y luego en otra. Y aunque el tono de Johnson no hubiera estado así de cargado de desesperación como lo estaba, igualmente Samara sería su prioridad sin dudarlo.

—Estoy Portland —le informó al otro médico un tanto más tranquila—, tardaría una o dos horas en llegar.

—Por favor, venga en cuánto pueda —respondió Johnson, casi como una súplica.

—Está bien, voy para allá —le aclaró firmemente, y poco después ambos colgaron.

—¿Qué ocurre? —cuestionó Cody de inmediato en cuanto bajó el teléfono de su oreja.

—Ocurrió algo con Samara, tengo que regresar de inmediato a Eola.

—¿Qué cosa ocurrió? —inquirió Cole alarmado.

—No lo sé… parece que perdió el control de sus habilidades. Quien me llamó estaba muy alterado, no me pudo dar detalles. Dios, qué no haya lastimado nadie.

Matilda cerró sus ojos, y pegó su frente contra su teléfono. Si había ocurrido lo peor, si había vuelto a usar sus habilidades contra una persona así como lo había hecho con su madre, y esto había terminado en algún tipo de tragedia… No tenía idea de cómo reaccionaría Samara a ello. Podría volver a cerrarse, incluso peor que antes, y todo el progreso que había logrado esos días sencillamente desaparecería. Sin mencionar la enorme culpa que la invadiría… O incluso podría descontrolarse aún más…

Una horrenda imagen vino a su memoria en estos momentos: la de una chica en su hermoso vestido de graduación, cubierta de pies a cabeza con sangre hasta el punto que el color original de dicho vestido era totalmente imposible de adivinar, y que la miraba a ella con sus ojos totalmente desorbitados y fuera de sí… una imagen salida del mismo infierno abrasador para decirle “hola”.

Sintió que el estómago se le revolvía un poco, quizás en parte debido a lo rápido que había comido. No servía de nada sacar conclusiones antes de tiempo; tenía que ir y enfrentar de frente lo que fuera que estuviera pasando.

—Si ocurrió algo como eso, quizás no puedas controlarla sola —señaló Cody, pero ella lo escuchaba bastante lejano—. Yo te acompañaré.

—Yo también voy —secundó Cole de inmediato—. A eso vine hasta acá, después de todo.

Matilda podría haber dicho algo que persuadirlos, pero en realidad no podía concentrarse lo suficiente para llegar a una conclusión satisfactoria sobre si quería o no que la acompañaran. Lo más sencillo para ella fue asentir con su cabeza.

—De acuerdo, pero hagan sólo lo que yo les diga, ¿está bien? Samara es delicada.

—Usted manda, jefa —ironizó Cole, y acto seguido tomó el plato que contenía lo que quedaba de su hamburguesa—. Dolores, ¿puedes ponérmela para llevar? Y la cuenta, por favor.

La mesera tomó la hamburguesa y la ensalada de Cody, así como el plato vacío de Matilda, y se dirigió a la cocina. Regresó unos cinco minutos después con las comidas en recipientes desechables orgánicos, y la cuenta. Veinte minutos después, los tres a bordo del auto alquilado de Matilda, ya estaban en camino por la I-5 Sur en dirección a Salem.

FIN DEL CAPÍTULO 20

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 20. ¿Trabajamos juntos?

  1. Nacho

    Muchas gracias por el capitulo, fue muy interesante pq habla de varios temas. Me gusto el tema del Buling que sufrio Matilda en su comienzo en tapa adolecentes, lo vivimos todos.
    Tambien me gusto esa personalidad eceptica de Maltida sobre las habilidades de Cole…

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    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola Nacho!, muchas gracias por comentarme como siempre 🙂 Me alegra que te haya gustado, y en efecto es algo que me parece lógico por lo que haya pasado Matilda, sobre do en el contexto de cómo son las cosas en a esa edad, y es parte de las cosas que fueron moldeando la personalidad que se le ha visto hasta ahora ya adulta. También creí que el ponerle ese escepticismo quedaría muy bien con el personaje, sobre todo para hacer ese contraste con cómo ha cambiado su manera de ser desde que era una niña.

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