Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 18. El Detective de los Muertos

14 de mayo del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 18. El Detective de los Muertos


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 18.
El Detective de los Muertos

En la pared derecha del pasillo se encontraba la puerta de una habitación, abierta de par en par. En el suelo había algunos señaladores de la policía de color amarillo, y un gran charco rojo y denso de sangre, ya en ese entonces seca y oscurecida. En la pared izquierda había una gran salpicadura color marrón, acompañada de otros residuos nada agradables a la vista. Del cuerpo, por suerte, ya no había rastro alguno; de seguro ahora descansaba sobre la mesa de la morgue del hospital, en espera de que se diera la autorización de llevárselo si es que no practicaban la autopsia oficial ahí mismo. La escena en cuestión tendría que ser limpiada en el transcurso del día considerando el tipo de lugar en el que se había suscitado tan horrendo acto, pero era evidente que no era la prioridad inmediata de la policía en esos momentos.

—Santo Dios —exclamó Cody por mero reflejo, y desvió su mirada hacia otro lado, nervioso.

—¿Le impresiona la sangre, profesor? —le cuestionó Cole con un tono bastante serio viniendo de él.

—No especialmente. Es más porque… es la escena de un asesinato…

Ahí mismo era en dónde aquel oficial de policía había muerto de un solo disparo. Aún sin el cuerpo ahí, era bastante impresionante ver esas manchas, e incluso parte de su silueta dibujada sobre el charco de sangre.

Cody respiró hondo. Matilda se le acercó y paso su mano por su brazo de forma reconfortante.

—¿Por qué no vigilas y nos avisas si viene el oficial? —le susurró con suavidad.

Cody volvió  inhalar con profundidad y luego asintió con su cabeza. Sin decir nada, volvió en sus propios pasos y se alejó lo suficiente de la línea amarilla. Se paró detrás de la esquina más próxima, observando cauteloso el pasillo.

—¿Está bien? —cuestionó Cole, preocupado—. De haber sabido que este tipo de cosas lo afectaban así…

—No es eso —contestó Matilda, tajante, y lo miró de reojo—. No le afectan tanto como crees. Simplemente intenta evitar emociones fuertes como ésta lo más posible, para que esas imágenes no se queden en su cabeza y se vuelvan… pesadillas.

De nuevo Cole sintió curiosidad, pero de nuevo presintió que era mejor dejarlo así.

El Detective hizo la línea policial hacia arriba para pasar al otro lado, y entonces avanzar con paso cauteloso hacia el corazón de la escena del crimen.

—¿Seguro que puedes pasar? —Le preguntó Matilda, intentando ocultar lo más posible su curiosidad.

—Soy policía, ¿lo olvidas? —Respondió Cole, y entonces se enfocó en lo suyo.

Matilda seguía sin entender qué pensaba hacer exactamente. Comenzó a andar con paso cauteloso, al estilo y ritmo que suponía les enseñaban en la Academia de Policía para moverse en una escena del crimen. Rodeó el charco de sangre y se puso de cuclillas para verlo de cerca. Luego giró su cabeza hacia la salpicadura en la pared, se detuvo unos segundos ahí, y luego continuó con el movimiento de su cabeza, haciendo que sus ojos recorrieran hacia el techo, se movieran hacia el otro lado y luego bajaran por la puerta abierta. Observó la puerta unos instantes, quizás medio minuto, y entonces se puso de pie abruptamente y avanzó hacia ella. Sacó un pañuelo de su bolsillo para cubrirse la mano y tomó la perilla de la puerta para cerrarla con delicadeza. Matilda se sintió tentada en preguntar si podía hacer eso, pero una parte de ella le gritó en su cabeza que mejor guardara silencio.

Cole se apartó de la puerta unos pasos, hasta casi pisar el charco de sangre. Luego se giró lentamente hasta darle la espalda por completo. Dejó caer sus brazos a los lados, cerró sus ojos y entonces respiró lentamente. Un silencio casi sepulcral se sumió en todo el pasillo abruptamente. La sensación en el aire se volvió algo pesada para Matilda, e incluso incómoda. Ese silencio no parecía ser natural; le parecía incluso percibir los latidos de su propio corazón, acelerándose sin razón alguna.

Y de pronto se vino: un frío, un frío repentino que obligó a Matilda a abrazarse a sí misma instintivamente. ¿Cómo había ocurrido eso si hace un segundo la temperatura estaba normal? No se lo explicó, aunque tampoco pensó tanto en ello, pues le interesaba más saber qué era lo que el hombre ante ella hacía… sin entender que ambas cosas estaban de hecho relacionadas.

Luego de más de un minuto de silencio y quietud total, Cole abrió de nuevo sus ojos y lentamente se giró de regreso a la puerta. Matilda no vería lo que él vio en ese sitio, e igualmente su reacción casi estoica no le hubiera dado pista alguna del tipo de escena que estaba contemplando en realidad. Parado, con postura firme casi militar, pero con sus ojos desorbitados y perdidos en la absoluta nada, se encontraba un hombre corpulento, de piel oscura, cabello corto, y uniforme de policía color azul. Su característica más llamativa, y lo primero que saltaría a la vista de cualquiera que pudiera verlo así como él, era… ese orificio circular y perfecto, ubicado unos centímetros por encima de su ceja izquierda, y del cual escurría un grueso hilo de sangre que se confundía un poco en su piel, pero que igual se lograba notar que bajaba por entre sus ojos, dibujaba una curva por el costado de su nariz y recorría sus labios y mentón. Su uniforme, sin embargo, se encontraba impecable, al menos por el frente; en la parte trasera, a la altura de los hombros, de seguro estaría empapado de sangre, y más arriba a la altura de la parte posterior de su cráneo, vería de seguro el orificio de salida de la bala que había terminado con su vida, más grande y grotesca que esa que adornaba mórbidamente su frente.

Al pequeño Cole Sear de nueve años esa imagen lo hubiera aterrado tanto que hubiera corrido a esconderse debajo de sus sabanas, en busca de alguna efímera sensación de seguridad. El Cole Sear de veintiocho años, sin embargo, había visto ya tantas cosas en su corta carrera que lastimosamente esa no era la más desagradable u horripilante. Pero todas ellas, pequeñas o grandes, igualmente causaban una pequeña impresión en su cabeza que terminaba por quedarse con él irremediablemente. Si el Profesor Hobson deseaba evitar las imágenes que pudieran producirle pesadillas, entonces debía agradecer no tener su don especial, ese que su resplandor tan amablemente le había proporcionado.

Cole sonrió tranquilo, manteniendo su mirada fija en la persona que sólo él veía.

—Hey, ¿cómo estás, amigo? —le cuestionó con un tono juguetón. El hombre de uniforme bajó su mirada y comenzó a mirar a su derecha, y luego a su izquierda, como si fuera incapaz de percibir de forma clara de dónde venía la voz que le hablaba.

Cole se aproximó cuidadoso y se paró a un costado de él, mientras Matilda lo miraba desde su posición, confundida y se preguntaba con quién hablaba exactamente.

—¿Cómo la estás pasando? —prosiguió Cole con un singular tono animado—. ¿Todo bien?

Aquel hombre al fin logró posar sus ojos totalmente abiertos y enrojecidos en él, aunque no duraron mucho; casi de inmediato se volvieron fijamente al frente; su expresión era similar a la de alguien intentando recordar cómo se pronunciaba alguna palabra difícil que se escapaba en esos momentos de su memoria.

—Yo… —titubeó dubitativo—. Debo cuidar la puerta. Me pidieron que nadie entrara ni saliera…

Cole asintió, comprensivo.

—Eso es lo que estabas haciendo, ¿verdad? Te pidieron que cuidaras este cuarto. Pero te distrajiste por un segundo, ¿no?

—Yo… no… No recuerdo —balbuceó, arrastrando un poco las palabras.

—¿Cómo se llama, oficial?

El hombre dudó unos segundos antes de responder.

—Butch…

—Butch, sé que crees que no cumpliste con tu deber; que todo esto es tu culpa, pero no es así —Butch lo volteó a ver, pasmado—. Intenta recordar qué fue lo que pasó. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Butch desvió su mirada al suelo, perdiéndose entre el patrón grabado en el linóleo.

—Todo es tan confuso…

—Sí, normalmente lo es —señaló Cole—. Pero tú puedes hacerlo. Está ante ti, ¿puedes verlo? Sólo abre los ojos.

¿Qué abriera los ojos? Butch no lograba comprenderlo. Alzó su mirada al frente. Él no miró, no en ese momento al menos, la mancha de sangre en el suelo y la pared; desde su perspectiva, todo seguía blanco e impecable. El chirrido de las ruedas y el sonido del choque lo estremecieron ligeramente de pronto. Volteó a ver a su lado derecho. No vio la línea amarilla ni tampoco a Matilda; sólo el pasillo tan largo como si no tuviera fin, envuelto en una completa soledad.

—Dos camillas chocaron —murmuró de pronto, despacio—. Los pacientes cayeron al suelo.



—Y tú fuiste a ayudarlos, como cualquier buen policía haría —indicó Cole con seguridad—. ¿Qué pasó cuando te alejaste de la puerta?

Butch caviló, y poco a poco las escenas se fueron aclarando en su cabeza.

—Escuché un disparo… entré de nuevo al cuarto… y ahí había una niña… ella…

Se detuvo, como si su propia consciencia le estuviera indicando que no progresará más de ese punto, que todo lo que seguía después de ello le causaría daño y eso no era lo que él deseaba. Pero se forzó a sí mismo a superar esa barrera, atravesarla como se atraviesa la neblina en la madrugada para salir al otro lado, a un sitio más iluminado, más claro… y sin embargo, más frío.

Las manchas rojas se volvieron totalmente claras ante él, al igual que la  línea policial que lo rodeaba. Miró con atención la salpicadura en la pared, como si admirara una obra abstracta a la que intentara hallarle alguna forma. Pero él sabía en su interior qué era con exactitud; no había porque buscarle más forma de la que ya tenía a simple vista.

—Me disparó —masculló con tono profundo—. ¿Yo… morí?

Butch se giró rápidamente hacia Cole en busca de una respuesta. El rostro del detective se volvió serio e inexpresivo.

—Me temo que sí, amigo.

El oficial miró de nuevo al frente, no hacia las manchas de sangre sino más allá, hacia lo que se cernía al otro lado de la ventana, que en esos momentos parecía sólo blancura absoluta y pura.

—No… no puedo… debo… cumplir con mi deber.

—Y lo cumpliste muy bien, Butch —señaló Cole con firmeza y acercó una mano hacia su hombro, logrando colocarla sobre éste. El tacto fue real, tangible, y ese sólo acto pareció hacer que la mente de Butch aterrizara un poco del viaje entre nubes que en el que se encontraba—. Fuiste un excelente policía, y nadie insinuará lo contrario. Pero necesito que me ayudes una última vez, una última ayuda a un compañero policía. ¿Quién era la niña que te disparó?

—No… no lo sé, no la conozco.

—Sí, sí lo sabes, Butch —el tono de Cole era alentador, entusiasta; parecía ser capaz de convencerte de poder volar si acaso lo dijera—. Desde dónde estás, tienes una perspectiva mucho más amplia de las cosas. Puedes ver el pasado, el presente y el futuro a la vez, en torno a las personas que ocuparon tu mente en tus últimos instantes. Sé que puedes verla, Butch; tú puedes ver a tu asesina. Dime, ¿qué ves?

El oficial no comprendía del todo, pero de todas formas su mente, casi por sí sola, se dirigió directo a la imagen de aquella niña. Enfocó toda su concentración y energía en pensar en ella: en sus ojos llenos de ira, en su rostro que en lugar de reflejar inocencia sólo mostraba oscuridad absoluta. En el arma que sostenía, y como lo hacía. En el ensordecedor sonido del disparo, y la primera sensación de la bala tocando su piel que de manera consciente ocurrió tan rápido que hubiera sido casi imposible procesarla estando vivo.

Y entonces, su mente se fue más allá, viajando como un auto sin freno, abriéndose paso entre un espacio infinito de sonidos, figuras, sabores y olores. Viajó a lugar que él jamás había visto, escuchó a personas que jamás había conocido, hablando en idiomas que jamás había estudiado. Pero entre todos esos sonidos y figuras casi incomprensibles, algo resaltó nítidamente, resaltando como una bombilla entre un mar de oscuridad. Estiró su mente hasta esa luz, hasta casi poder tocarla con sus dedos. Y en cuánto lo hizo, aquello que buscaba se volvió tangible y claro.

Butch se estremeció un poco. Siguió mirando hacia la blancura de la ventana, inmóvil como un guardia antiguo de un castillo. Y luego de unos segundos más de asimilación, al fin fue capaz de hablar.

—Sí… pude verla… Y sé quién era…

Cole asintió, satisfecho.

—Dame su nombre y me encargaré de que tus compañeros den con ella. Te lo prometo.

Butch se giró hacia él lentamente y lo miró con detenimiento, tratando de apreciar por completo sus facciones. Era más bajo que él; apenas y le llegaba al hombro. Pero aun así, radiaba una presencia que se imponía con fuerza sobre él. Los labios de Butch se movieron, emitiendo un sonido que sólo él, en todo ese sitio, sería capaz de percibir…

Los pasos apresurados de Cody hacia ellos interrumpieron el profundo silencio que se había cernido. Matilda se sobresaltó un poco, como si le acabaran de saltar encima por detrás para darle un susto. Se había quedado por alguna razón ensimismada al contemplar a ese hombre, que apenas acababa de conocer, simplemente estando de pie ahí hablando solo, aunque no era capaz de oír con claridad lo que decía desde su posición.

—El policía ya viene para acá —les indicó Cody con alarma—. Intenté distraerlo un poco más, pero de seguro sólo nos di un par de segundos adicionales.

—Es hora de irnos, entonces —indicó Cole al tiempo que se dirigía a la línea policial y pasaba por debajo de ésta—. Igual ya terminé lo que vine a hacer.

—¿Y qué viniste a hacer con exactitud? —susurró Matilda, despacio pues temía que el policía ya estuviera lo suficientemente cerca para oírlos—. Sólo te quedaste ahí parado por unos minutos.

—Obtener información —le respondió Cole con simpleza—. Tengo un nombre.

Cody y Matilda lo miraron intrigados, pero no había tiempo para explicárselos. Se dirigieron apresurados hacia el mismo ascensor por el que subieron, como un trío de niños escapando de la escena de una broma. Ya sin peligro y mientras descendían a la planta baja, Cole comenzó a contarles con exactitud qué era lo que había ocurrido, y ambos tuvieron reacciones bastantes diferentes a estas palabras.

— — — —

Los arrebatos de Vázquez le hicieron merecedor de una visita a la enfermera Lucy para que ésta pudiera revisarle sus heridas, principalmente la del hombro. La mujer de expresión dura lo tenía sentado sobre una camilla de la sala de emergencias sin su camisa, mientras le limpiaba su herida, le cambiaba el vendaje, y revisaba que no se hubiera soltado ningún punto. Ella no se veía de buen humor, pero Vázquez no se quedaba atrás. La bilis aún le hervía tras la noticia que le había dado su compañero. A eso, claro, habría que sumarle su estado mental antes de ello.

La interpretación de Matilda era de hecho bastante exacta. Todo lo ocurrido había causado graves estragos en él, que sólo se exteriorizaban en forma de una incontrolable rabia. Casi siempre intentaba lo posible para no dejarse llevar por ella, como su padre lo hacía sin el menor remordimiento. Aún lo podía recordar, enloquecido, siempre pensando que su madre o sus hijos estaban en su contra, siempre buscando enemigos a la vuelta de la esquina y queriendo resolver todo a los golpes, aunque fuera contra su propia familia. Robert se había esforzado toda su vida para no ser como él, alejarse lo más posible de esa imagen. Pero en ese momento sencillamente todas sus defensas se habían desmoronado, y sólo quedaba ese remedo de hombre, a punto de explotar a la menor provocación, y sintiendo que se volvería loco por la constante sensación de peligro respirándole en la nuca aunque no hubiera nada detrás de él.

Lo único que le quedaba era rogar porque dicha provocación que lo hiciera explotar de una vez por todas, no ocurriese ahí mismo en ese hospital, y especialmente no con Lucy. Y si tenía que ocurrir afuera con alguien más, que al menos no fuera mientras se encontrara incapacitado y en notoria desventaja.

—¿Quieres volver a usar ese brazo o no? —Le cuestionó Lucy con dureza mientras le colocaba vendas nuevas—. Te acabamos de curar hace apenas una hora atrás, y ya estuviste a punto de lastimarte de nuevo.

Vázquez apretó la mandíbula y clavó su mirada al frente. ¿Contaba eso como una provocación?; lo meditó unos segundos y llegó a la conclusión de que sólo era la preocupación de una buena amiga por su seguridad. Podía, y debía, dejarlo pasar.

—Necesito trabajar —masculló el oficial—. Alguien abrió fuego en tu hospital, ¿no quieres que descubra quién y por qué?

—No eres el único policía capacitado de Portland, Robert.

—A veces siento que fuera así —bufó con rabia controlada.

—Intentaré no ofenderme por eso —escuchó que la juguetona voz de Malone pronunciaba estando a unos pasos de la camilla en la que se encontraba. Vázquez lo miró de reojo mientras se acercaba; él, evidentemente, no sonrió siquiera en lo más mínimo por su comentario—. ¿Cómo sigue, Lucy?

—Deberá reposar al menos unos días —respondió la enfermera, quitándose los guantes de látex—. Él ya lo sabe muy bien, pero es demasiado terco.

Vázquez la miró de reojo unos momentos de mala gana.

—¿Los dejaste ir? —le cuestionó al otro detective sin muchos rodeos.



Malone suspiró con pesadez.

—Sabes que no lo hice por gusto, amigo. Les pedí que aguardaran un poco más para tomarles su declaración, así que eso los podría tener un rato aquí. Pero aún si el Comisionado no hubiera llamado, no teníamos ninguna prueba concisa para retenerlos por mucho tiempo. Sólo bastaba con que alguno llamara a un abogado y…

—Ya, ya, déjalo así —soltó Vázquez con agresividad, agitando la mano de su brazo libre en el aire. Tomó entonces su camisa, y Lucy le ayudó a ponérsela por el brazo lastimado—. ¿Alguna noticia de la fugitiva?

Malone asintió, aunque era difícil interpretar por su rostro si acaso tenía algo buen o malo que decir; quizás, era ambas.

—Encontraron la ambulancia abandonada en un callejón en el centro, pero no había rastro de ninguna de las dos niñas.

Vázquez se volvió hacia él con incredulidad absoluta en su mirada.

—Es una niña llevando a otra inconsciente en una silla de ruedas; alguien tuvo que verlas. Que busquen por toda esa área.

—Ya están en eso. —Alzó inconsciente su mano, rascándose un poco la cabeza en el costado derecho—. La buena noticia es que los de seguridad ya están listos para mostrarnos los videos. Al parecer lograron captar a la sospechosa.

—Yo la vi de frente —señaló Robert mientras Lucy le abotonaba su camisa y luego le colocaba el cabestrillo—, les puedo hacer un retrato hablado si quieren. Pero no sé si sirva de algo.

—Ya habrá tiempo para eso. Voy a ir a verlos en estos momentos.

Malone se disponía a retirarse en dirección a la oficina de seguridad, pero Vázquez lo detuvo.

—Aguarda, iré contigo —indicó el Detective, intentó entonces pararse de la camilla con todo y su muleta.

—Nada de eso —señaló Lucy, tomándolo de su hombro sano para evitar que se levantara. Vázquez soltó una pequeña maldición inaudible.

—Lucy, así tenga que ir en silla de ruedas iré, ¿de acuerdo? —declaró firmemente, sin lugar a duda a suponer que bromeaba.

— — — —

Unos minutos después. Malone se dirigía a la oficina de seguridad, empujando delante de sí la silla de ruedas en la que viajaba sentado su descontento compañero, con su mirada casi asesina puesta en el pasillo, y su bastón inglés recostado sobre sus piernas.

—Y así todos estamos felices, ¿verdad? —señaló Malone con tono bromista, pero Vázquez no respondió nada.

La sala de vigilancia del hospital era un cuarto cuadrado con poca luz, con una consola con varios pequeños monitores que mostraban en vivo las imágenes de las diferentes cámaras de seguridad, y cambiaban periódicamente de una a otra. Sentado delante de ésta se encontraba un guardia de camisa blanca y pantalón azul, que rápidamente se puso de pie en cuanto escuchó que ambos entraban.

—Detectives, bienvenidos —murmuró algo nervioso; se veía joven, y quizás era nuevo pues ninguno de los dos lo conocía, o al menos no se les venía a la mente al verlo. Era probable que los más veteranos estuvieran lidiando con todo el caos de afuera, reacomodando pacientes y manteniendo a raya a la prensa, y le hayan pedido al novato que los atendiera; no se ocupaba mucho conocimiento para reproducir un video, ¿no?

Malone estacionó la silla de Vázquez frente a la consola.

—¿Qué nos tienes, chico? —mencionó Malone, animado; Vázquez se quedó en silencio, mirando al guardia joven con expresión casi siniestra.

—Sí, un minuto…

El chico se giró hacia la computadora que se encontraba a un lado de la consola, y comenzó a navegar por el sistema de vigilancia, el cuál al parecer le causaba problemas pues en más de una ocasión pareció dudoso de dónde picar o en dónde proseguir. Incluso en la luz baja del cuarto, Vázquez logró ver una gota de sudor recorrer un costado de su rostro, brillando un poco por la luz blanca que emanaban los monitores.

—¿Es la primera vez que te toca un tiroteo tan cerca, muchacho? —Le cuestionó el detective en la silla de ruedas. El chico se estremeció un poco, y se viró con alerta hacia él.

—¿Qué? Yo… sí, algo así.

Supuso que a eso se debía. Prácticamente a unos cuantos metros de él, acababan de matar a un policía y herir a uno de sus compañeros; claro, sin contarlo a él mismo, postrado ahí con vendas, un cabestrillo, una muleta y una silla de ruedas. ¿Dónde se encontraba él mientras eso ocurría? ¿Lo suficientemente cerca como para escuchar los disparos?, ¿o lo suficiente lejos para no haber podido hacer nada aunque quisiera?

—Con suerte, nunca te acostumbrarás a eso —le soltó Vázquez con algo de dureza, que el chico sintió como si fuera un regaño.

Mientras aguardaban a que el guardia encontrara el video que quería mostrarles, alguien llamó a la puerta, y antes de que alguno respondiera la persona al otro lado igual la abrió y se permitió entrar.

—Con su permiso —pronunció Adrian Wayne tras cerrar la puerta detrás de él.

Vázquez se encendió en cuánto lo vio ahí parado. No era aún la provocación que esperaba, pero se encontraba significativamente cerca de ello. Con su mano libre giró su silla como pudo en su dirección.

—¿Qué haces aquí, Wayne? —Inquirió de manera agresiva, de ese tipo de preguntas que pareciera no tener una respuesta correcta.

Wayne se mantuvo tranquilo; de hecho, demasiado tranquilo. Colocó sus manos en su cintura, y miró a Vázquez fijamente con seguridad.

—Quiero ver a la secuestradora, dicen los oficiales que las cámaras la captaron —le informó con voz neutra—. ¿Qué haces tú aquí? ¿No deberías estar descansando?

—Yo estoy haciendo mi trabajo. Lo que tú haces es interrumpir una investigación, por si no te has dado cuenta.

—Oficialmente la niña estaba bajo nuestro cuidado —sentenció Wayne sin rodeos—. Si tengo que darles un reporte de lo sucedido a mis superiores, quiero saber todos los detalles.

“Especialmente si en ese video hay algo que prueba que esa niña es lo que dicen”, pensó para sí mismo, guardándoselo pues no creyó que fuera algo digno de compartir, y menos con él.

Vázquez soltó una risa irónica. Tomó entonces su bastón inglés, y lo apuntó con él como si fuera su propio dedo.

—Sí, no olvides incluir en ese reporte como ayudaste a sus dos cómplices.

—Por favor, Vázquez —exclamó Malone detrás de él, incrédulo de escucharlo decir tal cosa.

Wayne mantuvo su serenidad de una manera tan completa y firme… que era imposible pensar que fuera real. Si uno miraba fijamente a sus ojos, lo más seguro es que terminaría viendo el mismo tipo de ira reprimida que se albergaba en esos momentos en los de Vázquez. Ambos eran como dos pequeñas bombas de tiempo.

—¿Realmente crees que esos dos tuvieron algo que ver o sólo te estás desquitando con alguien? —le respondió Wayne, sarcástico.

—Saben más de lo que nos han dicho, de eso estoy seguro.

—¿Y lo dices en base a qué? Para ser alguien que no cree en poderes psíquicos, parece que confías mucho en tu instinto esta mañana.

El rostro de Vázquez se puso rojo de coraje, y aproximó abruptamente su silla más a él antes de que Malone lo detuviera.

—No juegues conmigo, que no estoy de humor —advirtió el detective, alzando de más la voz—. Butch y Mike están muertos, por si se te olvidó.

—¿Cómo podría olvidarme de eso? —Añadió Wayne, de la misma forma; se había hecha una amplia grieta en su serenidad—. Y tú no te olvides de Emily, otra víctima de todo esto a la que han ignorado.

—Oh, disculpa si me preocupo más por mis dos compañeros muertos, ¡que por tu amiga loca que quemó su casa y se lanzó a sí misma al río!

—Infeliz…

La actitud de Wayne se volvió tan agresiva, que por un segundo pareció que golpearía a Vázquez, aun en silla de ruedas. Malone, al notar esto, de inmediato intervino, colocándose entre ambos.

—Hey, caballeros, cálmense —exclamó Malone, intentando sonar calmado—. Todos estamos muy alterados, ¿de acuerdo? Vázquez no quiso decir eso, Wayne. No perdamos los estribos, por favor.

Wayne y Vázquez se miraron fijamente el uno al otro en silencio. Ninguno suavizaba su expresión o parecía tener intención de dar un paso  atrás. Al final, por suerte, no les quedaba de otra.

—Quédate, pero no estorbes —respondió Robert al fin, girando su silla hacia la consola. Wayne sólo alzó sus brazos en señalar de rendición, y teniendo que tragarse todo lo que demás que tenía que decir.

Los tres hombres se colocaron uno al lado del otro detrás de la silla de guardia joven. Éste se había distraído unos momentos por la discusión, pero una vez que la atención volvió a él continuó en su búsqueda de cómo colocar el video. Unos minutos después lo logró.



Les mostró varias grabaciones seguidas: En la primera se veía a la sospechosa empujando la silla de ruedas en la que llevaba a Lily Sullivan, hasta ingresas al ascensor. La cámara la captó de espaldas, por lo que no se alcanzaba a ver su rostro. Poco después se vio a Vázquez corriendo hacia el elevador, pero terminando chocando contra las puertas cuando éstas se cierran ante él. Wayne miró de reojo a Vázquez; éste miraba el video fijamente, a pesar de haberlo presenciado todo él mismo. ¿Esperaba acaso ver algo que se le hubiera escapado?

La segunda grabación fue de la misma persona y la misma silla de ruedas, saliendo del ascensor en la planta baja. Al salir, ahí la cámara sí fue capaz de captar su rostro. El guardia hizo pausa al video en ese cuadro, y con una herramienta del programa la agrandó lo más posible. Entre pixeles borrosos, se lograba distinguir apenas nítida la forma de su cara, sus ojos, su nariz, sus labios y sus orejas. No se lograba apreciar, sin embargo, las pecas de sus pómulos.

—Santo Dios —exclamó Wayne, inclinándose un poco hacia el monitor para poder verla mejor—. Es verdad, es sólo una niña.

“Sólo una niña” no describe lo que es —masculló Vázquez con voz sombría. Aún podía recordar claramente su rostro, sonriendo con tal inhumanidad mientras le apuntaba con esa arma directo a la cara. No había sido la primera vez que un criminal le apuntaba, o incluso le disparaba; pero nunca había sido uno como esa… lo que fuera.

—¿No tienes una toma en mejor calidad? —Cuestionó Malone, inclinándose también para ver la imagen de cerca.

—Es lo mejor que se puede —comentó el guardia apenado.

Las siguientes grabaciones mostraban a la desconocida yendo por los pasillos, disparando para ahuyentar a las personas y abrirse paso. Se vio luego de nuevo a Vázquez yendo detrás de ella, pero la parte importante, justo la parte que a Vázquez le interesaba ver en la que ella le disparó y… sucedió aquello otro, al parecer había ocurrido fuera del rango de alcance de las cámaras. Sólo se veía a él yendo por el pasillo, y luego lo siguiente era de ella dirigiéndose a emergencias luego de su encuentro.

Vázquez soltó una maldición en su cabeza.

La puerta a sus espaldas se abrió en ese momento; Vázquez fue el primero en notarlo y girarse en dicha dirección.

—Necesitamos copias de los videos —indicó Malone—, para que nuestros técnicos lo examinen y la pasen por el escáner facial. Con suerte la encontraremos en algún reporte de niño desaparecido.

—Yo ampliaría un poco más esa búsqueda, oficiales —escucharon la voz del recién llegado comentado, haciendo que los cuatro presentes apartaran su mirada del monitor y lo miraran. Cole Sear, acompañado por detrás de Matilda y Cody, ingresó a la sala con absoluta normalidad.

—¿Qué demonios hacen aquí? —Cuestionó Vázquez, acalorado—. ¡Salgan!, ¡ahora!

Cole hizo caso omiso de tan amable petición, y sólo se limitó a decir directamente lo que iba a informar:

—Leena Klammer —soltó de golpe como si nada, dejando confundidos a todos los presentes.

—¿Qué?

—Ese es el nombre de su sospechosa. Y no es una niña. —Tomó entonces su teléfono, encendió la pantalla y echó un vistazo rápido a la página que ya tenía abierta de antes—. De hecho, según esto, tiene alrededor de 41 años.

Vázquez miró sobre su hombro a Malone y Wayne, los cuales se veían igual o más perplejos que él.

—¿De qué está hablando? —Preguntó Wayne, confundido pero también curioso.

—Es todo un personaje —señaló Cole con tono burlón, mientras revisaba su teléfono, pero luego optó por extendérselo a Vázquez; éste se lo arrebató, un poco más con todo y sus dedos—. Si pones su nombre en google, te aparece mucha información interesante. Nació en Estonia en el 76. Su padre fue un desertor de la KGB, y su madre murió en el parto. Antes de cumplir los diez años, se le diagnosticó una rara condición llamada Hipo… tuti… —Balbuceó un rato intentando vocalizar de forma correcta, pero fue inútil—. Dra. Honey, por favor.

Cole se giró hacia Matilda en busca de apoyo. Ésta se sorprendió un poco por ser de repente el centro de atención, pero se sobrepuso rápido.

—Hipopituitarismo —pronunció de corrido y sin el menor problema—. Es una deficiencia en la producción hormonal, normalmente debido a un daño en el hipotálamo. Dependiendo de la zona afectada, de la hormona deficiente y de su intensidad, tiene diferentes efectos en el cuerpo humano…

—Y en este caso —intervino Cole en ese momento, tomando de nuevo la palabra abruptamente—, al parce se trata de una deficiencia de la hormona del crecimiento. En términos simples, tiene cuerpo y apariencia de niña, pero es una mujer adulta.

Wayne y Malone los miraban atentamente con cara embobada; incluso el guardia joven, aun sin todo el contexto, parecía asombrado por lo que oía.

—¿Es enserio? —murmuró Malone, y entonces intentó ver sobre el hombro de su compañero en la silla de ruedas.

Vázquez tenía la mitad de su atención puesta en lo que Cole decía y la otra mitad puesta en su teléfono. Con su dedo hacia que el largo artículo fuera bajando. Acompañado de una gran cantidad de datos y fotos, describía de forma más extensa todo lo que ese individuo les estaba diciendo y más.

—Y se pone mejor —prosiguió Cole con quizás demasiada jovialidad, considerando el tema del que estaba hablando—. Es buscada en Estonia, Rumania y Rusia por múltiples asesinatos, incluidos los de su propio padre y su novia. Ingresó al país haciéndose pasar por una niña y la hija de una familia, a los cuáles también asesinó. Luego, hace ocho años, se las arregló para ser adoptada por otra familia. Asesinó al padre, y desde entonces se le dio por muerta… hasta hace cuatro años, cuando la madre, sobreviviente de tan horrible incidente, fue encontrada por sus hijos, atada a una silla y con múltiples apuñaladas en el pecho —curiosamente, Vázquez había llegado a un punto en el artículo que hablaba justo de hecho, acompañado de una espantosa fotografía de la escena que sólo podría haber sido sacada de los expedientes policiales. No había cuerpo, pero se veía la silla, las ataduras y las manchas de sangre por todos lados—. Su familia siempre declaró que estaban seguros que había sido Leena, pero nunca se encontró ninguna prueba de que efectivamente siguiera convida. Bueno, hasta ahora.

Cole señaló hacia el monitor, en donde se mostraba la imagen pausada de la sospechosa y la silla de ruedas, y de nuevo enfocaba su rostro lo más claro posible.

Malone miraba sobre el hombro de Vázquez a la pantalla del teléfono. No había muchas fotos de la persona de la que hablaba el extenso artículo, pues era posible que no existieran. La única presente en esa página en especial servía como imagen principal del artículo, y reapareció más delante de forma más completa. A simple vista era la foto de una adorable niña, de un rostro hermoso con coquetas pecas, con cabello negro corto y suelto hasta un poco por debajo de los hombros, adornado con una diadema negra. Usaba un vestido rosa, y sostenía en sus manos una caja rectangular grande, que no se alcanzaba a ver con claridad que contenía. Esa niña sonreía ampliamente, y miraba hacia la cámara con una mirada que se iluminaba con inocencia y felicidad.

Unas horas atrás, de haber visto esa foto antes, hubiera pensado que era quizás la niña más adorable que había visto. En esos momentos, sin embargo, Vázquez fue incapaz de dejar de notar la profunda falsedad que albergaba esa sonrisa, y la monstruosa maldad que se ocultaba tras esos iluminados ojos, que hace no mucho lo miraron fijamente y sin pestañear mientras le disparaba.

Vázquez se quedó mirando fijamente la foto por largo rato. Malone notó esto, y no pudo evitar también ponerle atención a la foto.

—Robert, ¿es ella? —le cuestionó Malone, dudoso.

Vázquez tardó un rato en responder. Cuando logró al fin reaccionar, apagó la pantalla y le pasó de nuevo el teléfono a su dueño, sin mirarlo siquiera.

—Sí… sí lo es —susurró despacio, dudando un poco después de incluso haberlo dicho realmente.

Malone y Wayne no podían aún creer del todo lo que les decían, pero Vázquez… él en realidad no lo veía tan difícil de creer. De hecho, eso lo explicaría todo; no había forma de que una niña tuviera esos ojos o ese sadismo; eso sólo podían venir de alguien que ya había matado antes, y varias veces, hasta el punto en el que le era totalmente indiferente la vida de otra persona.

—Dijeron que no tenían ni idea de quién era —señaló Vázquez, mirando a los tres recién llegados con desaprobación—. ¿Y ahora vienen con un nombre y toda su historia?

Matilda y Cody dudaron, pero Cole se adelantó a interceder.



—Ellos no lo sabían. Pero yo ya había oído del caso antes, y en cuanto me la describieron, me acordé de inmediato.

—Dijo que lo buscó en google —señaló Malone, escéptico.

—No dije que lo había hecho hoy mismo, ¿o sí? —Le respondió con simpleza, encogiéndose de hombros.

El cinismo proveniente de ese sujeto ya tenía harto a Vázquez, y eso que llevaba quizás menos de una hora de haberlo conocido. Aproximó su silla más hacia él, y lo miró atentamente con furia radiando de sus ojos.

—Me van a decir de una maldita vez qué carajos está pasando aquí, o…

—Hey, tranquilo, señor —señaló Cole rápidamente, alzando sus manos al frente de él—. Uno esperaría a que se mostrarán más agradecidos. Pasaron de no tener ni idea de a quién buscaban, a tener un nombre y una muy buena historia para mantener entretenida a la prensa. Aunque, yo sería cuidadoso en cómo manejarlo. Así que bien, si nos disculpan, tenemos hambre y queremos ir a comer —se giró hacia sus dos acompañantes y caminó despreocupado entre ellos a la puerta—. ¿Vamos, amigos?

Matilda y Cody se miraron el uno al otro, indecisos, pero luego optaron por seguirlo. Vázquez, quien ya estaba muy cerca de llegar a ese límite en el que de seguro terminaría explotando, no estaba dispuesto a dejarlos ir así como así. Con rapidez se les lanzó, como una mano le permitía hacer girar su silla de ruedas.

—De ninguna forma voy a… —cuando ya estuvo lo suficientemente cerca, extendió su mano buena hacia Matilda, tomándola con fuerza de su brazo y jalándola hacia atrás. Este acto tomó por sorpresa a la Psiquiatra, que se tambaleó por el repentino jalón y estuvo a punto de caer.

Cole, en cuanto vio esto, se abrió paso de nuevo hacia el cuarto, y sin pensarlo tomó con más fuerza de la requerida la muñeca de Vázquez, y la apartó de un tirón del brazo de Matilda.

—¡No la toque! —Le exclamó furioso, dejando a un lado cualquier rastro de su perpetua jovialidad a un lado. Lo miro con intensidad a los ojos, y luego literalmente lanzó su mano hacia un lado para apartarla de él—. Si vuelve a intentar ponerle un dedo encima a la señorita, no me importará si es un policía como yo, si es de mayor grado o está en silla de ruedas; igual le partiré la cara, ¿escuchó?

Vázquez lo miró con la rabia brotándole de los ojos. Había muchas cosas que quería responderle a ese irrespetuoso, pero su quijada estaba paralizada y sus dientes se apretaban tan fuerte entre sí que casi le dolían. Lo único que lo hizo reaccionar un poco, fue la voz de su compañero, y su mano sobre su hombro.

—Vázquez, vamos —le murmuró con tono compasivo—. No vale la pena meterte en problemas por esto.

—Haga caso, Detective —añadió Cole, al tiempo que se acomodaba su saco—. De todas formas, creo que ya nos podíamos ir, ¿o no?

Cole miró directamente a Malone en busca de una respuesta.

—Sí… digo… —Malone se aclaró la garganta y se acomodó un poco su corbata con sus dedos—. Aún tenemos que tomarles su declaración.

—Bien —echó entonces un vistazo a su reloj de muñeca, un accesorio anticuado pero elegante—, esperaremos en la sala unos diez minutos más. Si ningún oficial va a tomarles su declaración en ese tiempo, entenderemos que no les es necesaria. Con su permiso, caballeros.

Se volteó de nuevo a sus compañeros, y se tomó la libertad de colocar una mano sobre la espalda de Matilda de forma protectora para escoltarla a la puerta. Ésta, sin embargo, no reaccionó del todo bien a ese acto, y de inmediato apartó su mano de ella y lo miró de reojo con absoluta desaprobación, con una mirada que gritaba sin lugar a duda “tú tampoco me toques”, y prosiguió su camino por sí sola hacia el pasillo. Cole alzó sus manos en señal de rendición y los siguió unos pasos detrás.

—¿En verdad eres un policía? —Le cuestionó Vázquez con dureza, obligándolo a detenerse unos segundos más—. ¿Cuánto llevas como detective, muchacho? No el suficiente para respetar a tus superiores, se puede ver. Si fueras un policía de verdad, te preocuparías más por resolver la muerte de un compañero que en proteger a estos dos.

Cole lo miró serio, estoico. Ya no sonreía, y de hecho no tenía ningún sentimiento tangible en su expresión; aun así, era quizás la más honesta que había proyectado en todo ese tiempo ahí.

—Estoy haciendo ambas cosas, Detective. No se atreva a insinuar que no.

Y sin decir más, se giró sobre sus pies y se dirigió al pasillo junto con los otros dos.

Vázquez volvió a soltar otra maldición en su cabeza; de no tener una pierna herida, hubiera pateado lo más cercano que tuviera. Notó entonces por el rabillo del ojo que Wayne salía apresurado de la sala detrás de ellos, pero a él no le importó; que hiciera lo que le diera la gana, que al parecer todos ahí lo hacían.

—¿Quién rayos era ese sujeto? —cuestionó Malone, confundido. Lo había visto en la sala de espera al volver luego de su llamada, pero no se había detenido a preguntárselo.

Vázquez suspiró con pesadez.

—Un policía de Filadelfia.

—¿Filadelfia? ¿Y qué hacía aquí?

—No lo sé. Pero llama a alguien de allá, quiero saber quién es en realidad. Su nombre era… —Tanteó entonces el bolsillo lateral de su camisa, y sacó de éste la tarjeta que le había dado—. Cole Sear.

Vázquez le extendió la tarjeta a Malone, y éste la analizó de forma rápida; no tenía, después de todo, mucho que revisar en realidad.

—Veré qué puedo hacer. Mientras tanto, ¿qué hacemos con la información que nos dieron de la tal Leena?

Esa era una buena pregunta. En otras circunstancias le hubiera dicho que no podían soltar una noticia así de extraña a la prensa, que tenían que investigar bien de qué se trataba, y conocer todo al respecto antes de reportarlo. Sin embargo, en esos momentos, y con su estado actual, se sentía tentado a decirle que hiciera lo que se le viniera en gana.

—¿Qué diablos…? —Escucharon abruptamente al Guardia Joven exclamar a sus espaldas—. Ah, detectives… Tienen que ver esto…

Vázquez y Malone se giraron al mismo tiempo al monitor, justo a tiempo para ver lo que había perturbado tanto al chico. En la pantalla se veía a la sospechosa, que ahora sabían que se llamaba Leena, en el área de emergencias. Recargó su arma, y luego se dirigía a la puerta de salida con rapidez, cuando de pronto se detuvo abruptamente y su cuerpo se quedó paralizado y tieso. Luego, fue jalada hacia atrás, por sí sola, como si el propio aire lo hiciera, y luego fue volteada abruptamente en otra dirección. Parecía hablar con alguien, pero la cámara no lograba captarlo, quien quiera que fuera.

—¿Pero qué está pasando ahí? —exclamó Malone, confundido. Vázquez permaneció callado.

La escena seguía, y se ponía cada vez más rara. Tres perros ingresaron por la puerta abierta, y se dirigieron al acechó, quizás contra la persona con la que Leen hablaba. En ese momento pareció ser libre de lo que fuera que la aprisionaba, y se dispuso a seguir su camino con prisa hacia la puerta con todo y Lily. Luego de un rato, una persona más entró en cuadro, yendo detrás de ella. La enfocó de espaldas, pero su cabellera y ropa, parecía que era…

—Es… la doctora, ¿no? La psiquiatra —señaló Malone, mientras su compañero seguía callado.

La mujer en la cinta avanzó hasta casi colocarse en el centro de la pantalla, y luego se detuvo de golpe, llevando sus manos a su cuello. Su cuerpo se estremeció un poco, y luego fue lanzado con rapidez hacia atrás como si la acabaran de atropellar, y salió del foco. Las luces empezaron a parpadear, la imagen se llenó de interferencia, y luego… sencillamente desapareció; no había nada más.

—¿Qué rayos fue eso? —exclamó Malone, atónito.

Vázquez miraba la pantalla fijamente, aunque no hubiera nada más ahí. Eso era lo que buscaba.

—Danos una copia de ese video, y no le muestres el original a nadie —le pidió… no, más bien le ordenó al guardia joven, el cuál vaciló, inseguro.

—Pero…

—A nadie —repitió Vázquez con dureza, y colocó su mano sobre su hombro, en un extraño intento de reconfortar—. Esto es importante, ¿de acuerdo? Sabré pagarte bien ese favor.

El chico dudó unos momentos, pero luego asintió y comenzó a hacer lo que le dijo; al parecer había sido ventajoso que le hayan dejado esa labor a un novato.

—Vázquez, ¿qué fue eso? —Le cuestionó Malone, aún incapaz de salir de su asombro.

—No lo sé —le respondió su compañero, extrañamente sereno—. Pero lo voy a averiguar de alguna u otra forma…

FIN DEL CAPÍTULO 18

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 18. El Detective de los Muertos

  1. Nacho

    Que interesante fue leer el capítulo en explorar la habilidad de Cole y la obsesión de Vázquez. Otra vez gracias por tu aprobación que continúe escribiendo el spin-off , lo aprecio muchísimo. Este capítulo claro me sirven de base, sabías que pensaba agregar lo de la cinta de Mike pero me gusto lo de la explicación del caso de Leena y la cinta del video. Ya me imagino que si Vázquez continúa con la investigación y con pruebas atraía la atencion de la Tienda.
    Preguntas:
    Peligra la existencia de los Resplandecientes que mantuvieron La Fundación y La Tienda en secretopor años?
    Cole pierde más la paciencia en ver como maltratan a las mujeres?
    Continuarán peleando Wayne y Vazquez?
    Se aproxima el encuentro de Lily y Demian?
    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho! Disculpa la demora pero ya estoy aquí para responderte 🙂 ¿Te refieres a la cinta que Mike tenía de la llamada que le hizo Lily? Sería interesante que Vázquez o Wayne la encontrarán, esa idea me agrada. Sobre tus preguntas, definitivamente han estado llamando mucho la atención, pero han sabido sobrellevarse a ese tipo de situación antes. A parte como dices en tu spin-off, hay quienes se encargan de mantener esos asuntos lo más ocultos posibles.

      Cole digamos que tiene su carácter… Y sí, no le agrada ver que alguien trata mal a una mujer. Wayne y Vázquez es probable que no salgan dentro de poco, pero es probable que los roces continúen un poco, pero quizás lleguen a alivianarse un poco. Y para que Lily y Demian se conozcan aún falta algo de tiempo, pero mientras tanto nuestro Anticristo estará metiendo su cuchara en el camino, aunque sea desde lejos.

      Gracias por comentarme siempre. Nos vemos en el siguiente capítulo 🙂

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