Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 15. ¿Nos vamos?

25 de febrero del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 15. ¿Nos vamos?


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 15.
¿Nos vamos?

La estadía de Ann y Damien Thorn en Los Ángeles parecía estarse prolongando más de lo que la empresaria hubiera querido. Sus asuntos con Winston Motors, tanto los privados como los públicos, ya habían concluido. Su dosis de relaciones públicas y normalidad ante las cámaras y la gente común, había sido provechosa y bien lograda. Incluso habían dado ese pequeño recorrido por Stanford, aludiendo que era una de las principales opciones de Damien para asistir, aunque todos sabían que el plan dictaba que ingresaría a Yale; eso ya estaba más que arreglado.

En general, todo por lo que habían ido hasta ahí había salido bien. Incluso, a pesar de la inherente rebeldía de su amado sobrino, éste se había comportado bastante bien cuando era necesario. Ya sólo quedaba empacar y volver a Chicago, a su aparente rutina normal; normal al menos para personas en su posición pública y social. Eso debieron de haberlo hecho desde hace ya tres días, pero ahí seguían, ocupando el lujoso pent—house de dos niveles sobre Wilshire Boulevard.

Damien se rehusaba a abandonar Los Ángeles hasta que concluyera sus propios asuntos, asuntos de los que no hablaba con ella pero que de todas formas sabía muy bien que tenía que ver con esas niñas que tanto interés tenía en conocer. Intentó repetidas veces convencerlo de que se fueran, pero el joven heredero no escuchaba razones. No parecía importarle lo sospechoso y contraproducente que resultaba que ella estuviera ahí, y que él estuviera además faltando a clases por absolutamente ninguna razón. No tenía interés en escuchar sobre como el complejo plan que habían estado llevando a cabo desde el mero día de su nacimiento para posicionarlo como una fuerza de influencia y poder en la sociedad, era a su vez bastante delicado y debía de seguirse al pie de la letra para tener éxito. No, nada de ello lograba hacerlo razonar aunque fuera un poco en qué era lo mejor para ellos.

Fuera quien fuera, en el fondo era otro adolescente obstinado y terco que creía saberlo todo. Y desde aquel molesto incidente en New Hampshire, las cosas se habían puesto aún peores. No tardaría en recibir alguna llamada de reprimenda de Lyons, y eso la hacía sentir un nudo de molestia en el estómago. No era que le importara en lo más mínimo lo que ese viejo barbudo y egocéntrico tuviera que decir, pero la verdad no toleraba tener que soportar el mal trago de escucharlo quejarse.

Ann jamás había sido del tipo enteramente complaciente, pero la situación ameritaba un poco de cooperación para demostrarle a su protegido que de alguna u otra forma, ella estaba de su lado. Esperaba que él mismo con el tiempo recapacitara y se diera cuenta solo de que lo mejor era irse. Pero los días pasaban, y no parecía más dispuesto a dar su brazo a torcer. Por ello, esa mañana estaba decidida a sentarse con él y hablarle de frente y sin rodeos, pasara lo que tuviera que pasar.

Más temprano, había tenido una junta con una firma de abogados local, a quien les había informado que buscaba un nuevo despacho que se encargara de sus asuntos legales en California. No era cierto, o al menos no al nivel como para que la CEO de una multinacional como Thorn Enterprises tuviera que encargarse de ello de forma personal. Sólo era otra de las tantas excusas que tenía que inventarse para seguir justificando su presencia ahí, y el costo de ello fue estar sentada dos horas y media con la sonrisa falsa más creíble que le era posible hacer, escuchando su presentación, alabanzas, planes y mucho más bla, bla, bla…

Ahora subía por el ascensor del edificio de departamentos, hacia el Pent—house. Dicho departamento había sido adquirido directamente por ella hacía ya un par de años, aunque formalmente era propiedad de las Industrias Thorn. La intención había sido tener un lugar seguro para quedarse cuando fueran a ajustar negocios con sus aliados locales, y también de uso cuando se requirieran de los directivos de su sede en Los Ángeles. Era prácticamente una mansión pequeña, teniendo distribuido en sus dos niveles  tres habitaciones, cinco baños, una sala de estar, una sala de entretenimiento, una cocina, un estudio y biblioteca, y una enorme y acogedora terraza con su respectiva piscina privada. Algunos dirían que era demasiado considerando que era un sitio que no solían habitar seguido, pero estimaba que podría serles de mayor utilidad en un futuro; ese, y otros varios inmuebles que habían estado adquiriendo por todo el país.

Al cruzar la puerta principal del departamento, fue recibida por un abrumador silencio, que por alguna razón sentía inusual.

—¿Damien? —Exclamó con algo de fuerza esperando llamar la atención de su sobrino político, pero nadie le respondió—. ¿Dónde estás?

Dejó su abrigo y bolsa en el recibidor y caminó por el pasillo hacia la sala de estar. Luego giró hacia la derecha, en dirección al estudio. Ahí pudo al fin vislumbrar la presencia de dos hombres, altos y corpulentos, parados de pie justo frente a la puerta cerrada. Ann los reconoció de inmediato; ambos eran de su equipo de seguridad privada. Usaban trajes negros, y sus rostros tenían rasgos toscos y marcados. En cuánto la vieron, ninguno de los dos parpadeó siquiera.

Se aproximó hacia el estudio con total naturalidad, especulando que su presencia en ese sitio implicaba que ahí se encontraba la persona que buscaba.

—Con su permiso, caballeros… —Les externó con elocuencia, pero rápidamente ambos hombres se colocaron frente a la puerta, cerrándole el paso.

—Lo siento, señora Thorn —exclamó uno de ellos con tono estoico—. No puede pasar.

Anna lo miró, incrédula por el atrevimiento de ese hombre.

—¿Disculpa?

—El señor Thorn indicó que no quiere que nadie lo moleste en estos momentos —explicó su compañero, con un tono bastante similar.

—¿Eso dijo? No creo que se haya referido a mí.

—Se refería específicamente a usted… de hecho —comentó de nuevo el primero, aunque en esta ocasión dudando un poco para al final de su frase.

La mujer miró a cada uno, anonadada por lo que estaba escuchando. Su rostro de piedra difícilmente podía proyectar aunque fuera una porción del enojo que sentía en esos momentos.

—¿Están conscientes de a quién le están hablando de esta forma? —espetó con cierta furia diluida en sus palabras.

—Lo sabemos, señora Thorn. Pero fueron… instrucciones claras de…

Ambos hombres se miraron entre ellos, y por primera vez pudo apreciar una emoción real en sus rostros: miedo. Por supuesto, esos hombres no sólo eran de su equipo de seguridad, eran además miembros de su muy, muy secreta Hermandad. Y cómo tal, sabían muy bien quién era exactamente la persona al otro lado de la puerta.

Pero el que entendiera su situación, no ameritaba que la condonara. El sólo hecho de que individuos tan simples como esos dos se creyeran del nivel suficiente para hablarle de esa forma… Pero claro, eso no era más que otra muestra más de la actitud rebelde que su querido sobrino había obtenido esos últimos días.

Ann guardó silencio, contemplando sus reacciones, y luego miró fijamente la puerta.

—¿Qué está haciendo ahí adentro? —cuestionó, aparentemente más tranquila.

—No lo sabemos con seguridad, me temo.

—¿Está con alguien?

—No, se encuentra solo.

Tratándose de quién se trataba, eso posiblemente no era del todo cierto; no de la forma convencional.

—Díganle cuando salga que necesito hablar con él —exclamó por último, ya resignada a dejar el asunto por la paz; al menos por el momento.



Sin decir más, se dio media vuelta y se retiró hacia su habitación en el pent—house. Fuera lo que fuera que estuviera haciendo, esperaba que no tuviera que ver con esas… niñas.

En el interior de ese estudio, el joven Damien Thorn se encontraba sentado en uno de los sillones para visita; un sillón amplio de tapizado azul oscuro. En efecto, se encontraba solo, sentado con sus ojos cerrados, y los brazos cómodamente apoyados en el respaldo. Parecía tranquilo, apacible, casi como si estuviera dormido. Pero no era así. El joven de cabellos negros estaba bastante despierto, aunque su mente se encontraba divagando en otros sitios en esos momentos.

Algo estaba sucediendo, y quería contemplarlo con detenimiento, y de cerca.

— — — —

—Pensé que serías un poco más difícil de localizar —comentó con un tono juguetón la chica sentada a lado de la camilla de Lily.

La niña de diez años con bata de ositos, había permanecido callada, contemplándola en silencio sin mostrar reacción alguna. Ella a su vez, le sonreía, de una forma que posiblemente intentaba simular ser alegre o amistosa, pero en realidad radiaba un sentimiento bastante inquietante, incluso para ella.

—Pero no lo fue tanto en realidad —prosiguió—. Al parecer eres el sabor de esta mañana. Todo el mundo habla de la pobre, pobre pequeña que cayó al río, y de su heroico rescate. Qué afortunada… O, no en realidad, ¿o sí?

Lily volvió a achicar sus ojos, desconfiada.

—¿Quién eres tú? —Murmuró al fin, directa y algo cortante.

—¿Dónde están mis modales? —Exclamó risueña la extraña, acomodándose entonces derecha en su silla—. Me llamo Esther; mucho gusto.

Lily se quedó callada, contemplándola en silencio, muy fijamente.

—No… —soltó despacio luego de un rato—. Ese no es tu nombre…

La sonrisa de esa niña de pecas se esfumó ligeramente al escuchar esa afirmación, aunque poco después se volvió a formar, pero significativamente más leve.

—Vaya, qué niña tan lista —comentó Esther, curiosa—. Pero realmente eso no importa, ¿o sí?

—¿Qué es lo que quieres? —Murmuró Lily en un tono algo agresivo.

—¿En estos momentos?, sacarte de aquí. Me envio un amigo tuyo a buscarte.

—¿Amigo? —Espetó Lily, más confundida de lo que ya estaba con anterioridad—. ¿Cuál amigo?

—Esperaba que tú me pudieras decir más de él, de hecho. Pero cómo sea, ¿nos vamos?

Esther se paró de la silla de un pequeño saltito, pero Lily no hizo ademán alguno de querer seguirla.

—No iré contigo a ningún lado.

Esther suspiró un poco y dejó de inmediato de sonreír. Al fin esa expresión de falsa alegría se había ido, y ahora Lily la veía algo más real: frialdad absoluta.

—Bien, escucha… ¿qué edad tienes? ¿Ocho?

—¿Qué te importa? —Le respondió, agresiva.

—La edad que tengas, de seguro es la suficiente para darte cuenta de tu situación. —Esther se apoyó entonces sobre la camilla, inclinando un poco su cuerpo hacia ella para mirarla fijamente a los ojos—. Tienes un policía afuera de tu puerta, y creo que es más que obvio que no es para evitar que quien te quiso matar te encuentre, porque por lo que entendí está en coma. Y además, por lo que leí en un muy interesante expediente que me dieron de ti, has hecho muchas travesuras en los últimos años, pero en ésta última al parecer te excediste un poco. Metiste la pata, y si te quedas aquí, terminarás en prisión… o algo peor.

Lily permaneció tranquila, pero en el fondo no era ni remotamente ese sentimiento el que mejor la definiría. Aunque no decía mucho de forma directa, podía unir los puntos y sacar la conclusión obvia de que esa extraña sabía, o creía saber, algo de ella… al igual que ese presuntuoso detective.

¿Por qué de repente salían de debajo de las rocas todas estas personas? ¿Cómo es que habían llegado hasta ella? Eso le molestaba, y le molestaba muchísimo. Pero se preguntaba… ¿qué tanto sabían en realidad.

—Te estoy ofreciendo sacarte de aquí sana y salva —prosiguió la extraña—. Así que, si me permites…

—Gracias por tu preocupación, pero no —le interrumpió abruptamente—. No sé quién rayos seas, y no me importa. Pero sé cuidarme perfectamente yo sola. Así que me arriesgaré.

Esther soltó sin reparo una risilla burlona.

—¿Qué va a saber una mocosa cómo tú de cuidarse sola?

—No me tienes a demostrártelo, “Esther”.

Ambas se miraron mutuamente, como si se retaran con la mirada.

—Bien —exclamó la misteriosa recién llegada, con su frialdad aún más marcada, ahora en su voz—, permíteme replantearlo de otra forma.

Llevó entonces su mano derecha hacia su espalda, por dentro de la chaqueta que traía encima, y rápidamente la jaló de nuevo al frente, teniendo ahora entre sus manos lo que de inmediato podía ser reconocido como pistola, totalmente negra, y con su cañón apuntando directo a la cara de Lily.

—Levanta tu esquelético trasero de esa cama, y vámonos —espetó Esther con un belicoso tono de mando—. Ahora mismo, de preferencia.

La niña en la camilla miró con ligera sorpresa el arma con la que le apuntaba… aunque no demasiada. No era la primera vez que alguien le apuntaba con una. Mucho antes de intentar drogarla y meterla al horno de horno, uno de los primeros intentos de sus padres había sido en efecto un arma de fuego. Eso, sin embargo, no había salido nada, nada bien.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro, causando una ligera reacción de confusión en Esther que a Lily le pareció deliciosa.

—Lo que menos necesito ahora son más problemas. Así que guarda esa cosa y lárgate mientras aún te lo permito.

—¿Me estás amenazando? —Soltó Esther, sonriéndole confiada—. Porque si es así, tendrás que esforzarte un poco más. Ya me han amenazado bastantes hombres y mujeres mucho más grandes que tú.

Lily comenzó a reír con ímpetu, sacando un poco de su balance a Esther.

—Nunca te había amenazado nadie como yo —soltó de golpe la niña en la camilla, pero al pronunciarlo… no lo había hecho con su voz. O quizás sí lo era, pero había algo más en ella; algo que resonó como decenas de ecos, como si dicha voz proviniera de otro sitio, uno más lejano, oscuro y frío. Y como si fuera pronunciado por alguna otra persona, o cosa. No sabía quién, no sabía qué, pero lo que fuera le causó una sensación bastante incómoda. ¿Acaso había sentido… miedo?

De pronto, literalmente después de un parpadeo rápido, la niña en la camilla desapareció. No fue que se hubiera levantado de la cama o escondido, sino que simplemente se esfumó de su vista. En un momento se encontraba ahí recostada ante ella, y al siguiente sencillamente ya no, como si nunca lo hubiera estado en un inicio.

Esther retrocedió rápidamente algo abrumada, empujando la silla de visitas hacia atrás. Sostuvo la pistola al frente, en un intento de sentirse más segura, aunque esto era más un acto inconsciente. Miró alrededor lentamente, esperando ver algún rastro de ella en una esquina, pero no fue así. El cuarto estaba totalmente solo… ¿o no?

Escuchó de pronto su risa juguetona resonando, proveniente de… debajo de la camilla. Bajó su pistola, apuntando en dicha dirección por reflejo. ¿Estaba debajo de la camilla? Desde su perspectiva, no veía a absolutamente nadie ahí. No había además una sábana o algo que la escondiera, pero de nuevo volvió a escuchar la misma risa proveniente de ese sitio. Se acercó cautelosa, y lentamente se agachó para revisar, sin soltar su pistola ni un instante. Se agachó, miró debajo… y nada; no había nada ni nadie ahí debajo.



Eso estaba comenzando a perturbarla, y eso no era algo usual en ella. ¿A dónde rayos se había metido?

Se alzó de nuevo, olvidando la parte de debajo de la camilla. Sin embargo, en cuanto se paró derecha, pudo ver de frente… a algo, que estaba de cuclillas sobre la camilla, clavando sus penetrantes ojos inyectados de sangre en ella, abriéndose paso entre una maleja de cabellos cobrizos sucios y desalineados. Esther ni siquiera fue capaz de mirar por completo la apariencia completa de esa criatura, antes de que ésta se le lanzara encima, rugiendo con locura como un animal salvaje. Retrocedió rápidamente, pero la criatura la empujó con sus manos hacia el suelo, haciendo que la pistola rodara por éste, un par de metros de ella. Cómo le fue posible, intentó mantener alejado de ella su rostro demacrado por protuberancias y cortadas, y sus dientes amarillentos con manchas negras, que se abrían y cerraban, en un intento de propinarle alguna mortal mordida.

¿Qué era esa cosa?, ¿de dónde demonios había salido? Parecía una mujer mayor, de cabellos rizados apuntando a todos lados; tenía el rostro enloquecido, y usaba una bata blanca de hospital. Gruñía con rabia, y gemía con dolor. Sentía rastros de su saliva cayendo contra su cara, y su aliento pútrido golpeándola.

—Has sido una niña muy mala, Leena —exclamó de pronto con una voz carrasposa y profunda. Por un segundo, el único lapso de tiempo que se permitió, se quedó perpleja de oír a esa cosa pronunciar su nombre… ese nombre que tanta repulsión le causaba escuchar.

Lanzó un derechazo con todas sus fuerzas contra su cara, directo a su ojo, haciéndola retroceder un poco; lo suficiente para alejarse de ella y comenzar a arrastrarse por el suelo de linóleo hacia donde había caído su arma. La tomó entre sus dedos justo al mismo tiempo que ella tomaba con fuerza su tobillo izquierdo y la jalaba hacia ella. Esther intentó oponer resistencia, sacudir su pierna para liberarse, pero esa criatura la arrastraba hacia debajo de la camilla.

Sin pensarlo mucho más, apuntó con su arma directo a la mano que la sujetaba, dispuesta a dispararle a sus huesudos y callosos dedos. Y por un instante estuvo a punto de hacerlo… pero al final, no lo hizo.

El segundo siguiente pasó en cámara lenta en la cabeza de Esther, y por ese escaso segundo un único pensamiento la inundó; un pensamiento que en retrospectiva parecería bastante lógico, pero que en ese momento de desesperación no estaba muy segura de dónde le venía: eso no era real.

¿De dónde había salido a esa mujer? ¿Cómo sabía su nombre? ¿A dónde había ido la niña? ¿Acaso… esa mujer era ella? No, no lo era. Algo más estaba pasando ahí… pero, ¿qué? Miró entonces hacia la camilla, oponiendo resistencia con el brazo izquierdo para intentar dejar de avanzar hacia debajo de ésta. Miró fijamente ese supuesto espacio vacío, esa área donde un instante antes aquella niña había estado recostada. Le bastó sólo contemplar ello por esos pequeños momentos para sentir que algo no estaba bien con ello; que ahí había más de lo que parecía…

Inspirada casi por mero instinto, alzó su pistola de la extraña mujer hacia la camilla, y de inmediato presionó el gatillo.

— — — —

Wayne guiaba a Cody a Matilda con la cautela de un líder de escuadrón moviéndose por territorio enemigo. Quizás su reacción se podía sentir algo exagerada, pero no quería arriesgarse de más. Esperaba que realmente todo ese asunto terminará pronto, y que el resultado fuera que todo era un malentendido. Que Lily no era ninguna clase de asesina psíquica, ni había estado detrás de ninguna de las muertes, y que lo de Emily y Mike fueron sólo meros accidente. Pese a todo, dentro de lo que cabía esos parecían ser los mejores escenarios posibles.

—Es por el siguiente pasillo —les explicó Wayne mientras seguían avanzando.

—¿Por qué decidieron ponerle un policía en su puerta? —Cuestionó Cody; era algo que le había llamado la atención desde que los abordó en la cafetería, pero sólo hasta entonces se animó a hacerle la pregunta de forma directa.

—No lo sé con seguridad. Nancy me dijo que Vázquez está casi seguro de que Lily le mintió. Al parecer se dio cuenta de algo mientras la interrogaba.

Matilda, que durante todo ese corto recorrido había permanecido algo callada y distraída, de pronto alzó su mirada, intrigada por lo que acababa de escuchar.

—¿Él se dio cuenta de algo? —murmuró curiosa. Wayne la miró sobre su hombro, algo extrañado.

—Sí, ¿por qué?

Matilda bajó su mirada unos instantes, reflexiva.

—No, por nada —respondió tras un rato. Miró entonces de reojo a Cody, quien al parecer supo qué era lo que estaba pensando, pues simplemente negó con su cabeza lentamente.

Matilda se encogió de hombros, aunque más metal que físicamente. Muchos dirían que la mayoría de la gente tiene presentimientos o se da cuenta de cosas por mera intuición, sin necesidad de resplandecer. Otros dirían, sin embargo, que de hecho la mayoría sí que resplandece, aunque de una forma mucho más diluida. ¿Qué escenario sería ese?

Wayne ignoraba qué era lo que ambos estaban pensando en esos momentos, pero prefirió no preguntarlo. Después de todo, intuía que tenía que ver con ese tema tan… complicado.

—Bueno, quizás lo que le dijeron le hizo efecto de alguna forma…

—¡Wayne! —Escucharon un grito resonando en el eco del hospital, e interrumpiendo en el acto lo que el guía del grupo estaba diciendo.

Los tres se detuvieron el seco, y se giraron de inmediato hacia atrás. Caminando apresurado por el pasillo, se acercaba el Detective Robert Vázquez, nada, nada contento por lo que podía intuir cualquiera por su sólo rostro, y sin necesidad de resplandecer aunque fuera un poco.

—Hablando del diablo —murmuró Wayne de mal gana—. Maldición, creí que se había ido.

Vázquez se detuvo a unos pasos de ellos, mirando irritado a Cody y Matilda.

—¿Qué hacen estos sujetos aquí? —Espetó con fuerza, señalándolos—. Creí que se habían largado.

—El sentimiento es mutuo —soltó Matilda sin reparo alguno.

Wayne se apresuró entonces a pararse entre ambos, antes de que algo ahí explotara.

—Escucha, Robert, sólo quieren hablar con Lily un minuto.

—De ninguna manera —Exclamó el policía con determinación—. ¿En qué rayos estabas pensando?

—Tú mismo viste algo sospechoso en ella, ¿o no? ¿Eso no te abrió un poco a la posibilidad de…?

—¿La posibilidad de qué, Wayne? —Le interrumpió Vázquez—. ¿De qué estamos hablando? Quiero que lo digas en voz alta.

Wayne apretó sus labios, mientras lo miraba fijamente en silencio. Por un lado le había molestado su tono, pero por el otro… en efecto, no era capaz de decir lo que pensaba en voz alta; ni siquiera en voz baja.

—Su actitud es totalmente irracional —intervino Matilda de pronto, parándose delante de Wayne como si intentara protegerlo con su cuerpo de un peligro inminente—. Sólo vinimos a ayudar en lo que podamos.

Vázquez bufó, irónico.

—Mi actitud es lo más racional posible, dada las circunstancias —le respondió, encarándola sin siquiera pestañear, aunque Matilda igualmente hacía lo suyo—. Así que, ¿por qué no toman sus cuentos de hadas, y se largan mucho a…?



El intenso estruendo retumbó con fuerza en todo ese pasillo, creando de inmediato una reacción adversa en todos los que estuvieran cerca. La mayoría de las demás personas, y Adrian Wayne, dieron un paso involuntario en la dirección contraria de donde se había escuchado. Vázquez, por su parte, su primera reacción inmediata fue llevar su mano hacia la pistola que traía consigo en su costado, y quedarse quieto unos instantes. Cody y Matilda, por su cuenta, se giraron rápidamente en la dirección del ruido, y se quedaron también quietos, impresionados pero analíticos.

El estruendo fue seguido por unos momentos de silencio, opacado sólo por escasos rastros de murmullos. Algunas personas se quedaron quietas en su lugar, mientras otras comenzaron a caminar instintivamente en la dirección contraria a paso lento, sin dejar de mirar sobre sus hombros. Todos llegaron a suponer al menos qué había sido eso, pero muy pocos tenían la experiencia suficiente para estar completamente seguros de ello; entre ellos estaba Vázquez. Eso había sido, sin lugar a duda… un disparo.

Robert sacó de inmediato su pistola, le retiró el seguro, y comenzó a avanzar sujetando el cañón del arma hacia abajo.

—¡Quédense aquí! —Les gritó con fuerza mientras se alejaba—. ¡Es una orden!

Poco a poco comenzó a andar con más apuro en la misma dirección en la que Wayne les estaba guiando; en esa dirección debía por lo tanto encontrarse la habitación de aquella niña.

Matilda dejó caer de golpe su bolso y maletín al suelo, sin importarle. Luego, ignorando por completo la instrucción que les acababan de dar, comenzó a correr detrás de Vázquez con rapidez, o al menos lo más rápido que sus tacones le permitían.

—¡Matilda! —Le gritó Cody, sorprendido al ver cómo se iba de esa forma. Lo dudó por un segundo, pero luego corrió también detrás de ella.

—Oiga, ¡espere! —Fue el turno ahora de Wayne de lanzar una advertencia, pero igualmente fue ignorado.

Se quedó ahí unos instantes de pie en el pasillo, mirando a todos lados y preguntándose qué hacer a continuación. Pasó su mano entera por su cara, y la dejó unos instantes sobre su boca. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo ahora? Era como si el mundo entero a su alrededor hubiera perdido todo el sentido conocido.

— — — —

Aquellos que se encontraban más cerca del cuarto, tuvieron una reacción aún más extrema. Varios optaron por literalmente salir corriendo, luego de soltar un pequeño quejido de sorpresa. El oficial Butch, por su parte, tuvo una reacción bastante similar a la de Vázquez, desenfundando su arma de un tirón. El pasillo había quedado callado, a excepción de los pasos lejanos de la gente. No había nadie de apariencia sospechosa, pero eso no era garantía para él. Miró entonces la puerta que se suponía debía de estar cuidado. A pesar de estar perfectamente cerrada, justo como la había dejado… supo de inmediato que el disparo debió de haber venido de ahí.

—¡Todos!, ¡aléjense de aquí!, ¡ya! —Les indicó con fuerza, y la gente comenzó a alejarse, incluidas las enfermeras y los dos enfermos en las camillas que habían colisionado. Butch, sin embargo, se dirigió apresurado a la habitación.

— — — —

—¡¡Aaaaah!! —Escuchó Esther que gritaba la aguda vocecilla de la niña, una vez que todo el eco del disparo desapareció. Exclamando un intenso y violento dolor.

La aparente niña de pecas se encontraba aún en el suelo, respirando agitadamente mientras sujetaba su arma hacia arriba. No había rastro alguno de la criatura que la arrastraba, y de hecho incluso por su posición en el suelo pareciera que en realidad nunca estuvo ahí; como si ella misma se hubiera tumbado y arrastrado en ese mismo lugar. La que sí había regresado a su posición original, recostada en la camilla, era Lily Sullivan. La única diferencia era que su rostro confiado y seguro se había hecho añicos, y ahora estaba llena de confusión, miedo, y mucho sufrimiento. Tenía sus dos manos aferradas a su pierna izquierda, donde por un costado de su muslo su bata comenzaba a macharse de rojo, al igual que las sabanas debajo de ella.

—¡Me disparaste! —Exclamó entre sollozos, asustada, pero también muy molesta—. ¡Me disparaste! ¡Mi pierna!

Pequeños sonidos guturales parecidos a llantos comenzaron a escaparse de su garganta, y las lágrimas le siguieron un poco después. Lily Sullivan nunca lloraba por tristeza o miedo, pero definitivamente podía hacerlo por dolor; la sensación más primitiva, que hasta los animales sin conciencia y remordimientos podían sentir. Y aunque en ese momento le hubiera sido imposible determinar qué dolor era más intenso, el de ese disparo en su pierna o el de las quemaduras que se había hecho en su horno cuando sus padres la metieron en él, lo cierto es que en esos momentos toda su atención la tenía concentrada sólo en ese dolor punzante, en ese ardor molesto, y en la imagen de las sábanas blancas de la camilla, manchándose de rojo con sangre, ¡con su sangre!

Esther se paró de golpe, y se dirigió hacia ella con paso veloz. Su rostro también había cambiado. Ya no se veía ni gentil ni fría; ahora parecía totalmente inundada de una intensa e incontrolable rabia.

—¡Agradece que no te di en la puta cabeza! —Le gritó totalmente colérica, y sin pudor tomó su pierna herida entre sus dedos, apretándola con tanta fuerza que Lily soltó un alarido de dolor bastante intenso, que la tumbó de nuevo en la cama y la imposibilitó—. ¡¿Qué clase de truco intentaste?! ¡¿Qué carajos me hiciste?! ¡Dime!

Lily no decía nada; sólo siguió gimiendo y llorando. Intentaba concentrarse en hacer alguna otra ilusión para alejarla de ella, lo que fuera. Pero ese maldito dolor no la dejaba concentrarse.

La puerta se abrió de golpe de esos momentos, azotándose contra la pared.

—¡Policía!, ¡manos arriba! —Exclamó Butch con fuerza al ingresar al cuarto, apuntando con su arma al frente. Esther se giró rápidamente a mirarlo sobre su hombro por reflejo. Cuando lo hizo, el oficial la pudo ver, y lo que vio fue a una niña de no más de diez años, de un hermoso rostro terso moteado de pecas, y unos intensos ojos cafés—. ¿Qué rayos…?

La imagen ante él no fue ni remotamente lo que esperaba al entrar, y eso lo dejó bastante confundido. Tan confundido, que ese pequeño instante de distracción, ese pequeño instante en el que su mente divagó en intentar comprender si lo que veía era real, fue suficiente. Esther se giró de golpe directo hacia él, jaló su arma en su dirección, y con asombrosa puntería dio un segundo disparo certero que dio directo en la frente de Butch, por encima de su ojo izquierdo, creando una explosión rojiza y gris en la parte trasera de su cabeza. Un instante después, el cuerpo robusto del oficial se desplomó hacia atrás, cayendo de espaldas contra el suelo del pasillo, creando un fuerte sonido al chocar con éste y quedándose ahí, inmóvil.

Lily miró impactada tal escena, tanto que se olvidó por unos momentos del dolor.

—Lo mataste… —Susurró en voz baja la niña en la camilla. Sin embargo, más que miedo… parecía inundarla cierta fascinación por lo que acababa de presenciar.

Esther, por su lado, lo que menos sentía en esos momentos era fascinación o miedo.

—Mierda —soltó entre dientes, y de inmediato se dirigió a la puerta, arrastrando detrás de sí la silla para invitados. Azotó la puerta al cerrarla de nuevo, y luego colocó la silla contra ésta para atrancarla—. ¡Mierda, mierda, mierda!

Comenzó a caminar de un lado a otro por el cuarto, mientras se golpeaba un poco un costado de su cabeza con el arma. Lo había hecho prácticamente sin pensar; su cuerpo se había movido solo y jalado el gatillo. Un disparo ya era demasiado, ¿pero ahora dos?, ¿y contra un policía? La opción de salir sigilosas de ese sitio sin llamar la atención, se había escapado ya por la ventana.



Pero no podía perder más el tiempo maldiciendo en ese sitio; tenía que reaccionar rápido.

—¡Auxilio! —Escuchó de pronto como Lily comenzó a gritar con todas sus fuerzas desde la cama—. ¡Ayúdenme por favor! ¡Quiere matarme!

El humor de Esther ya estaba bastante al límite, y ese último acto de rebeldía e intento de hacerse pasar por niña inocente y víctima, no hizo más que hacer que ese límite se rebasara.

—¡¡Guarda silencio!! —Le gritó furiosa, y entonces se le volvió a aproximar, y dejó caer su puño cerrado contra su pierna herida, provocando que Lily volviera a gritar ahora de dolor, pero imposibilitándola para poder hablar con claridad.

Esther le sacó la vuelta a la cama rápidamente, se paró del otro lado de ésta, y la tomó con  violencia de su brazo izquierdo, jalándola hasta hacerla caer de sentón al piso. Esto provocó además que se golpeara de nuevo su pierna, además de su trasero.

—¡Tú así lo quisiste! —Espetó Esther con fuerza, al tiempo que comenzaba a arrastrarla por el suelo hacia la silla de ruedas que habían dejado ahí para ella—. Pudimos haber hecho esto por las malditas buenas. Salido de manera silenciosa, sin que nadie saliera lastimado.

—¡Suél… tame! —Sollozó Lily, forcejeando para intentar hacer que la soltara, pero ella no se detenía; era mucho más fuerte de lo que parecía.

—Pero no, tenías que hacerte la difícil, ¿verdad? Ahora voy a tener que arrastrarte por la fuerza por todo este estúpido hospital.

La volvió a levantar de un tirón, casi dislocándole el hombro, y la tiró hacia la silla de ruedas, dejándola ahí sentada.

—¡Ayúdenme! —Gritó Lily como último intento de darle una vuelta a eso.

—¡Cállate!

Esther jaló la mano con la que sujetaba su arma hacia un lado y luego le dejó caer con todas sus fuerzas contra ella. El cañón del arma la golpea directo en el costado de la cabeza haciendo que ésta se sacudiera hacia un lado, y todo su cuerpo quedara desplomado en la silla. Lily entrecerró los ojos una vez, y luego los cerró por completo. Estaba inconsciente.

Esther tuvo un momento de lucidez y tranquilidad para digerir lo que acababa de hacer. Esperaba realmente no haberse excedido. Ese sujeto había dicho que la quería sana y salva, y… bien, en esos momentos esa no era la mejor forma de describirla.

Se dirigió apresurada a la sabana en la camilla, y arrancó un largo pedazo de tela. Se aproximó de nuevo a Lily, y comenzó a rodear su muslo con la tela a la altura de la herida. La apretó con fuerza, la suficiente para que hubiera soltado otro alarido de dolor, pero no lo hizo; debía estar realmente desmayada. Eso bastaría para detener la hemorragia, al menos de momento.

Se colocó detrás de la silla y la empujó apresurada hacia la puerta. Quitó la silla que había puesto de barricada, y luego la abrió. Salió con la silla de ruedas, intentando esquivar el cuerpo del policía en el suelo del pasillo, y dirigirse entonces a los ascensores por los que había subido.

—¡Policía! —Escuchó detrás de ella, de nuevo. Se giró y vio acercarse por el pasillo a un hombre moreno, con un arma en sus manos, pero que se detuvo en seco al verla, casi como lo había hecho Butch hace unos momentos—. ¡¿Qué demonios…?!

La misma reacción. Si tuviera el tiempo suficiente, de seguro se hubiera detenido a apreciar lo divertido de ello. Pero, como no lo tenía, solamente hizo lo mismo de hace unos momentos y jaló su arma hacia él, disparándole dos veces.

Vázquez, sin embargo, reaccionó en cuánto vio el arma, y se lanzó hacia un lado, protegiéndose en la esquina de otro pasillo perpendicular. Un disparo dio contra una lámpara en el techo, y otra más contra la pared, no muy lejos de dónde se refugiaba.

Luego de disparar, Esther comenzó a avanzar con rapidez para alejarse de ahí lo más pronto posible. Vázquez se asomó y alcanzó también a dar dos disparos, pero estos dieron contra el piso y una ventana respectivamente. Las dos niñas y la silla de ruedas giraron en la esquina, y las perdió de vista.

Vázquez comenzó a andar en su dirección, pero se detuvo al darse cuenta de la presencia del cuerpo del otro oficial.

—¡Butch! —Exclamó pasmado, agachándose a su lado. No tardó ni medio segundo en darse cuenta de la horrible realidad ante él: estaba muerto—. Santo Dios…

Se llevó una mano a su boca, apretando sus dedos en torno a su quijada. Los ojos de Butch se encontraban abiertos y vidriosos. Esa repugnante entrada de bala adornaba de forma morbosa su frente, y todo el suelo debajo de su cabeza se había cubierto de un charco rojo, con rastros de materia gris y hueso.

¿Cómo algo tan horrible había ocurrido, y apenas unos minutos después de haberse ido de ese lugar? Un buen policía que ni siquiera debía de estar ahí, que sólo le hacía un favor a él, ahora yacía tirado ahí como si no fuera absolutamente nada. Debió de haber sido él quien se quedara a cuidar, no debió…

No, no podía lamentarse ni un segundo. Su asesina… esa… niña, fuera quien fuera, se alejaba cada segundo que se quedaba ahí aguardando. Tomó entonces el radio portátil que Butch traía en su cinturón, convenciéndose a sí mismo de que estaría más que complacido de que lo tomara con ese fin. Se puso de pie y empezó a correr hacia donde esa niña se había ido, al tiempo que hablaba por el radio.

—¡Aquí el Oficial Robert Vázquez de la 42! —Exclamó con fuerza por el radio—. Tiroteo en el Providence Medical Center, oficial caído; repito, oficial caído. Sospechosa armada sigue en el interior del hospital. Solicito refuerzos; repito, solicito refuerzos.

No espero respuesta de algún colega. Se colocó el radio en su propio cinturón, y siguió su persecución.

No tardó mucho en divisarlas de nuevo, pero al hacerlo se encontraban en el interior de un ascensor, y las puertas se estaban cerrando; le pareció incluso notar cómo esa niña de cabellos negros le sonreía con prepotencia mientras esto ocurría. Corrió con todas sus fuerzas, casi lanzándose al final, pero las puertas igual se cerraron, ante él. Golpeó con su mano la puerta, lleno de frustración. Presionó desesperado el botón para llamar al otro ascensor, pero se encontraba tan lejos, o al menos desde su perspectiva lo estaba, que en su desesperación comenzó a bajar por las escaleras a paso veloz.

¿Otra inofensiva niña de diez años que  resultaba no ser para nada ello? Todo eso parecía irreal, como sacado de alguna extraña película. No tenía idea de quién era o qué intenciones tenía, pero no la dejaría salir de ese sitio… así tuviera que dispararle para evitarlo.

FIN DEL CAPÍTULO 15

Notas del Autor:

—Olvide mencionar esto en el episodio anterior, pero el Oficial Butch es un personaje original de mi creación, aunque está basado en el contexto de la película de Case 39, más no es un personaje que haya aparecido directa o indirectamente en ella.

Originalmente el Capítulo 15 y 16 iban a ser uno solo, pero me quedó tan largo que tuve que dividirlo en dos. Esperen pronto la actualización del próximo capítulo.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

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