Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 06. Hijo del Gran Jafar

9 de enero del 2018

Mi Final Feliz... - Capítulo 06. Hijo del Gran Jafar


Once Upon a Time / Descendants

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 06
Hijo del Gran Jafar

La vida criminal de Jay podría haber sido larga (prácticamente dese que tenía edad para recordar), pero nunca demasiado ambiciosa. Algunos asaltos menores, robos a casas y negocios, extorciones y estafas; todo bastante tranquilo. Nunca le hubiera cruzado por la cabeza asaltar una comitiva en la que venía la mismísima emperatriz de Chin, y menos con un plan tan improvisado como ese y con un grupo de aficionados y cobardes traidores que huyeron al primer problema, dejándolo a su suerte.

Siempre se había podido jactar de que nunca lo habían atrapado o visto siquiera en ninguno de sus atracos anteriores; ahora no le sería posible volver a hacer tal cosa. Los guardias de Austrix lo tenían ahora atado de las muñecas, con una soga que a su vez se encontraba atada a la silla de un caballo, y lo rodeaban por todos lados mientras avanzaban de nuevo al pueblo. El golpe había sido un fiasco desde el inicio. Y si eso no era ya suficiente como para sentirse molesto y frustrado, sus captores reían y se jactaban de ello a sus expensas, sin ponerle mucha atención. De seguro ya lo daban por seguro: atrapado y encarcelado en unos minutos. Sin embargo, Jay no se rendiría tan fácil a ello.

Mientras ellos hablaban entre ellos, él había aprovechado esos minutos de caminata para hacer lujo de sus habilidades de escape que había ido perfeccionando con los años. Quizás era la primera vez que la autoridad lo atrapaba, pero no la primera vez que alguien lo ataba con sogas de las muñecas.

Le tomó algo de trabajo, pero al final Jay logró zafarse por completo. Luego, empujó con su hombro al soldado más cercano a él, derribándolo y entonces salió corriendo en la dirección en la que venían.

—¡Oye! —Escuchó exclamar al capitán a caballo detrás de él—. ¡Se escapa! ¡Detrás de él!

Los guardias no tardaron en obedecer la orden. Jay escuchaba las piezas metálicas de sus armaduras chocar entre ellas mientras corrían en su persecución. Él no los volteó a ver ni una vez; su atención estaba puesta en el frente, y en nada más. ¿Qué haría luego de eso? Ya lo tenían reconocido, no podría seguir por esos lares. ¿Cómo le explicaría eso a su padre? ¿Tendrían que irse? ¿Qué pasaría con la tienda? En verdad había metido la pata esa vez, y de una forma casi imperdonable. Aunque, para los estándares de su padre, los imperdonable aplicaba a un espectro bastante amplio.

Luego de avanzar un rato por el camino, se salió de éste para internarse en el bosque; los soldados le siguieron por detrás, como era de esperarse. Siguió corriendo y corriendo entre los árboles con una habilidad atlética sobresaliente. Siguió sin cambio por un buen tramo, hasta que de pronto su escape se vio interrumpido: una enorme figura oscura se materializó de la nada justo delante de él. Aunque en un inicio no fue claro de qué se trataba, no tardó en darse cuenta de que era un oso negro y gigante, rugiendo con fuerza. De la impresión, el chico cayó de sentón al suelo, mirando estupefacto al enorme animal de afilados colmillos de los que escurrían hilo de saliva.

Los soldados no tardaron en llegar detrás de él, e igualmente se detuvieron en seco al ver al enorme animal oscuro ante ellos.

—¡¿Qué es eso?! —Exclamó uno de ellos, realmente impresionado.

—¡Nunca había visto uno tan grande! —Añadió otro con el mismo sentimiento.

El oso se abalanzó contra ellos, rugiendo con voracidad. Jay rodó por el suelo hacia un lado con rapidez, alejándose del alcance de la bestia, logrando deslizarse por una colina para ocultarse. Los soldados comenzaron a atacar al oso, mientras el ladrón los miraba sorprendido desde su escondite. Sin embargo, sus espadas y flechas no parecían hacerle nada, ni atravesarle siquiera su gruesa piel. El oso los golpeó y sacó volando, estrellándolos contra el suelo y los árboles como si fueran simples muñecos de trapo.

Jay se ocultó tirándose pecho a tierra. Lo único que escuchaba eran los ruidos del combate, los gritos y los rugidos. Esto duró cerca de un minuto más, antes de que repentinamente todo se quedara en silencio.  Cuando volvió a asomarse, sólo alcanzó a ver a los soldados alejarse entre los árboles, corriendo despavoridos. Pero una vez que se alejaron, el sitio se quedó solo, a excepción de armas y pedazos de armadura en suelo; sin embargo, ningún rastro de los guardias, ni tampoco del oso.

Subió lentamente la colina, mirando con detenimiento a los lados. Cuando estaba a punto de correr de nuevo como lo había hecho en un inicio, el feroz animal apareció ante él de golpe, haciéndolo retroceder asustado. Estuvo a punto de volver a caer, pero se sostuvo en sus pies, manteniendo el valor. El animal lo contemplaba con expresión analítica. Jay supuso que estaba meditando entre atacarlo o no, pero él no tenía el tiempo para hacer lo mismo.

—¡¿Quieres un trozo de mí?! —Le gritó con ferocidad, alzando los puños—. ¡Pues ven y tómalo!

Acompañado de un intenso grito de batalla, se lanzó contra el oso, alzando su puño en actitud agresiva. Sin embargo, cuando lanzó el golpe, lo único que logró golpear fue una cortina de humo morado que atravesó, cayendo de bruces al suelo por el impulso de su embestida; el oso había desaparecido de su vista en un abrir y cerrar de ojos.

Antes de que Jay se recuperara, el humo flotó por el aire hasta alejarse de él, y entonces condensarse en un punto, hasta tomar la forma de Cora. El humo se disipó, y en su lugar quedó sólo la elegante mujer de cabello negro, labios rojizos y largo vestido refinado color carmesí, la cual rio de forma divertida al ver al chico en el suelo.

—Mucho músculo y valor aguerrido, aunque no mucho pudor y cuidado —señaló la mujer con ironía—. Todo lo contrario a tu padre, de buena y mala manera.

Jay se incorporó rápidamente como pudo, mirando confundido a la extraña mujer.

—¿Quién eres tú?

“¿Quién es usted?”, quisiste decir —le corrigió de forma autoritaria.



—No, no es cierto —contestó dudoso—. ¿A dónde se fue el oso?

Cora bufó con fastidio.

—Lo ahuyenté con una vara —ironizó.

—¿Enserio? No te creo.

—Estaba siendo… —Tenía bastante más que decir, pero decidió guardárselo—. No importa.

Se aproximó a él con cautela, aunque para Jay fue casi amenazante. Retrocedió un par de pasos, pero igual ella se paró frente a él, encarándolo de frente.

—Mirándote de cerca, te pareces aún menos a Jafar.

—¿Jafar? ¿Y ese quién es? —Cuestionó extrañado tras oír tan extraño nombre.

Cora sonrió divertida.

—Entonces en verdad no te contó de eso, ¿eh? Veo que el viejo visir es más reservado de lo que pensé.

—¿Visir? ¿Qué es un visir? —Jay no entendía nada de lo que le decía—. Escuche, no sé quién es ni qué quiere. Pero tengo que irme de aquí, ahora mismo.

Usando ese simple aviso, arrancó y salió corriendo hacia los árboles, alejándose apenas un par de metros, antes de que Cora apareciera en un parpadeo justo más adelante en el camino, cortándole el paso y asustándolo.

—¿Sabes al menos hacia dónde vas? —Le preguntó con falsa curiosidad.

—¿Cómo hizo eso? —Le cuestionó atónito.

—Con magia.

—Sí, claro, magia. Yo también, miré.

Se dio media vuelta, y se lanzó a correr de nuevo, aunque ahora en la dirección contraria. Sin embargo, el resultado fue muy similar a su primer intento, pues de nuevo Cora no tardó mucho en aparecer abruptamente en su camino y obligarlo a detenerse.

—¿Todos los jóvenes de hoy en día son así de obstinados? —soltó con molestia en su tono. Jay mostró la intención de volver a intentar huir, pero en esa ocasión no se lo iba a permitir. Con un ademán de su mano, Jay sintió que sus tubillos se paralizaban y pegaban entre ellos, como si los hubieran atado, provocando que cayera de nuevo a tierra.

—¡¿Qué es esto?! —exclamó entre confundido y asustado, mientras forcejeaba con las cuerdas invisibles que lo aprisionaban.

—Relájate, chico; soy amigo de tu padre. Bueno, de hecho soy madre de una amiga de tu padre, pero para el caso es lo mismo.

—¿Amiga? —Soltó Jay confundido, mirándola sobre su hombro—. Mi padre no tiene amigos… Con problema tiene conocidos.

—Eso no lo dudo.

Con otro ademán de su mano, los tobillos de Jay fueron liberados, y logró pararse de nuevo.

—¿Cómo hizo eso?

Volvió a acercársele para encararlo.

—Ya lo dije, ¿o no?

¿Magia? ¿De es hablaba? ¿Era enserio o algún tipo de extraña broma? Jay no tenía ni idea de qué pensar, y esa extraña mujer tampoco se lo dio, pues de nuevo se le acercó cautivamente, como una serpiente acechando a su presa, la cuál era incapaz de reaccionar ante su peligrosa, per a la vez cautivadora, presencia.

—Dime —comenzó a decirle—, ¿nunca te has preguntado porque tu padre es un alcohólico sin rumbo, sin la menor intención al parecer de querer hacer algo para cambiar su vida, como si le hubieran simplemente arrancado del pecho las ganas de vivir?

—¿Qué? —Soltó el ladrón, totalmente perdido.

—¿Nunca has sentido que le falta algo a tu vida? —Prosiguió—. ¿Algo importante? ¿Qué el lugar en el que estás, no es en el que deberías? ¿Qué tu papel debería de ser mucho mayor? ¿Qué eres en realidad más de lo que ves cada mañana en el espejo?

—Pues… No —contestó con simpleza en su tono.

Cora bufó de nuevo, agotada por tal reacción.

—Esa fachada de chico rudo y tonto no sirve para todo, cariño. Puedo verlo en tu mirada… Esos ojos no son los de un ladronzuelo de poca monta cualquiera. Tú eres mucho más…

—¿Qué sabe usted de mi padre o de mí? —Exclamó molesto. Cora se encogió de hombros.

—No tanto como quisiera, pero sí más de lo que debería.

De nuevo, Jay no entendió nada. Antes de que pudiera responderle o preguntarle algo, Cora agitó su mano, y ambos fueron cubiertos por una neblina morada que los transportó en un parpadeo a la misma colina desde la cual Evie, Mal y Jafar habían presenciado todo lo ocurrido. Cuando Jay se dio cuenta de esto, miró perplejo a su alrededor.

—¡¿Qué acaba de suceder?! —Soltó pasmado, incluso más de lo que ya estaba.

—Abuela, eso fue grandioso —Se apresuró Evie a enunciar con entusiasmo.

—¿Qué cosa?, ¿asustar a un montón de soldados cobardes con un oso gigante? —señaló Mal con indiferencia.

—Siempre tan impertinente, ¿cierto? —Le respondió Cora, echándole una mirada despectiva a la joven de cabellos morados.

Cora avanzó hacia Jafar directamente, mirándolo con molesta prepotencia.

—Aquí está, amigo Jafar. Te traje a tu hijo sano y salvo.

—¿Jafar? —Exclamó Jay—. ¿Papá? ¿Por qué esta mujer te llama Jafar?

—Sí, ¿por qué será? —Añadió Cora con tono irónico. El hombre moreno, sin embargo, no respondió nada.

Entre toda la confusión del momento, Evie se las arregló para acercarse al recién llegado, con una radiante sonrisa iluminándole el rostro. Jay la miró de reojo, algo extrañado.

—Hola, me llamo Evie, y ella es Mal —saludó la peliazul con entusiasmo, e incapaz de ocultar su fascinación por el chico—. Cielos, mira el tamaño de tus brazos. Apuesto a que podrías cargarnos a ambas sin problema.

—A mí no me metas en eso —se apresuró Mal a indicar, estando varios pasos detrás de ella.

Jay era incapaz de salir de su asombro y confusión. De pronto, Jafar se dirigió directo hacia él, abriéndose paso entre las dos jovencitas, y tomó a su hijo del brazo con firmeza.

—Jay, ven conmigo, ¡ahora! —le indicó con firmeza, comenzando a jalarlo colina abajo.

—No irás a olvidar nuestro trato, Jafar —murmuró Cora con tono cantado, mientras ambos se alejaban.

—¡No tenemos ningún trato! —Le respondió el visir de forma violenta, y luego continuó avanzando junto con su hijo, quien lo siguió en silencio.

Las tres mujeres permanecieron de pie en su sitio, viendo cómo se alejaban.

—Eso parece que no salió tan bien —señaló Mal, algo tajante, pero Cora sonrió satisfecha.

—Todo lo contrario.

— — — —

Jafar se llevó a Jay de vuelta a la tienda, y todo el camino no le dirigió la palabra, por más que el chico le insistía en que le respondiera. Entraron al establecimiento azotando la puerta, y Jafar se fue directo a la parte trasera del mostrador.

—Papá, espera, por favor —le insistía Jay mientras lo seguía a adentro de la tienda—. ¿Quiénes eran esas mujeres? ¿Por qué te llamaban Jafar? ¿Cómo esa señora hizo eso? Creí que ya no había hechiceros en estos reinos.



Él siguió sin responder. Sólo se escuchó el sonido de botellas chocando mientras esculcaba en los estantes del mostrador. Luego de un rato, se irguió de nuevo, con una botella de líquido oscuro en sus manos, misma que no tardó en destapar y empinar hacia él.

—¡Hey! —Jay se le aproximó, ya algo molestó, y le arrebató la botella de las manos de un tirón antes de que siquiera una gota del licor lograra tocar su lengua—. ¡Por una vez en tu vida mírame y háblame de frente! ¡¿Qué está pasando aquí?!

Los ojos del hombre reflejaban una expresión penetrante y casi amenazante. Le quitó de nuevo la botella, pero no la bebió; sólo la colocó sobre el mostrador, rodeando su cuello con sus largos dedos, como si temiera que si la soltaba aunque fuera un poco, se escapara caminando por la puerta.

—Mi nombre real es Jafar, Jafar de Ágrabah —le soltó de golpe, tomando por sorpresa a Jay; era el nombre que aquella mujer había pronunciado—. Y no siempre fui este remedo andrajoso y patético que siempre has conocido. No, antes yo era el Gran Visir del sultán, su mano derecha, y el más poderoso hechicero de Ágrabah. Mi destino era ser el nuevo sultán, y desposar a la princesa Jasmine; un pago más que justo, por todos mis largos años de servicio.

Jay no podía dar crédito a lo que escuchaba. Siempre supuso que su padre tenía un pasado que él desconocía, pero nunca hubiera supuesto que se tratara de algo así. ¿Era enserio lo que le decía?, ¿o era algún tipo de delirio?

Jafar salió de atrás del mostrador, y comenzó a andar por la tienda con su botella en mano. Sus pasos lo llevaron directamente a una vitrina, casi escondida, en el extremo derecho del local. En ésta, detrás de un vidrio polvoriento y opaco, se encontraba un báculo en forma de cobra con la boca abierta y enseñando sus colmillos. El material de éste parecía ya tener algo de óxido en su superficie, lo que le daba una apariencia nada agraciada.

Dio un trago rápido de su botella, que concluyó con un sonoro gemido de dolor y alivio por igual.

—Pero entonces, ese… pulgoso, maloliente, mentiroso, embustero y ladrón de Aladdin apareció, y me arrebató todo… todo lo que me pertenecía por derecho.

—¿Aladdin? ¿El actual Sultán de Ágrabah?

—Sí… el actual “Sultán” —respondió con un marcado sarcasmo en esa última palabra. Dio un trago más de su botella, ahora más profundo que el anterior—. Ellos me llamaron villano, malvado… un peligro. ¿Pero quién no lo sería cuando un donnadie aparece y te hace algo como eso? Sólo hice lo que cualquiera en mi lugar hubiera hecho; y pude haber hecho algo mucho peor… Pero al final, Aladdin y sus aliados me arrebataron lo último que me quedaba, lo único que ese plebeyo no me había quitado ya: mi magia, mi poder. Y me rebajó… a esto. —Extendió en ese momento sus brazos a los lados, y echó un vistazo rápido a su alrededor—. De ser el próximo gobernante de todo Ágrabah, al dueño de una patética tienda en decadencia, llena de polvo, telarañas, ¡y a punto de derrumbarse al menor soplido!

Alzó la botella en el aire y la tiró un instante después al suelo con gran fuerza. La botella estalló en pedazos, y estos se regaron por todo el suelo junto con el licor oscuro. Jay se alarmó mucho al ver esto.

—¡Papá! ¡Cálmate!

Se le aproximó preocupado, intentando tomarlo de los brazos para tranquilizarlo.

—¡Suéltame! —Le gritó con fuerza, soltándose de su agarre y encarándolo con firmeza de una forma tan amenazante, que lo hizo retroceder, casi asustado—. ¡Yo debía ser un rey! ¡Me esforcé día tras día con el sudor de mi frente en hacer de ese maldito pedazo de arena a la mitad de la nada un lugar habitable y próspero! ¡Y llega ese ladronzuelo patético y lo premian haciéndolo Sultán nomás por habérsele metido por los ojos a Jasmine! ¡¿Y yo soy el villano?! ¡¿Yo soy el monstruo?!

Jay no supo qué responderle, y o si acaso había algo que pudiera responder. Jafar, llenó de frustración y enojo acumulador, sólo pudo dejarse caer de sentón, sobre una pila de telas viejas y enmohecidas. Llevó sus manos a su cabeza, y se la sostuvo con fuerza.

—Hey, hey, tranquilo —murmuró Jay, dudoso, agachándose a su lado—. Entiendo, o eso creo. Ese tal Aladdin, te quito todo lo que tenías, lo entiendo, y es horrible. Si cualquier imbécil se atreviera a hacer eso, lo rompería la cara contra una piedra.

No sabía si intentaba ser chistoso a propósito, o simplemente le salía por los nervios.

—Pero ahora lo entiendo, por eso siempre has estado así, lo entiendo. Déjame ayudarte, recuperemos lo que te quitaron. No me importa si ese sujeto es el sultán, venguémonos de él, tú y yo. ¿De acuerdo? Robémosle todo lo que quiere así como él te robo a ti. ¿Qué dices?

El tono de Jay se tornó más animado, pero su padre no respondió a ello.

—Él no podrá hacer nada en ese estado —escucharon que la profunda y llamativa voz de Cora pronunciaba desde la puerta. Al virarse hacia ella, ahí estaba: de pie en el marco, con su porte tan solemne y sonrisa dominadora—. No sin sus poderes. Y él lo sabe.

—¿Otra vez usted? —Soltó Jay molesto, parándose de golpe—. ¿Qué quiere ahora?

—Sólo proponerte un trato, querido Jay.

Se permitió entrar al establecimiento por su propia cuenta, acercándose grácilmente al chico.

—Si es verdad lo que acabas de decir, si en verdad quieres vengar a tu padre por todo lo que le hicieron, yo tengo el medio para lograrlo

—¿Y cuál es ese? —Le cuestionó, incrédulo.

—Recuperar sus poderes.

Jay arqueó una ceja, intrigado.



—Quizás te sea difícil de creer al verlo ahora, pero en verdad tu padre era un muy poderoso hechicero hace tiempo. Pero Aladdin, Blanca Nieves, y los otros reyes, se lo arrebataron. Pero yo tengo la forma de regresarle todo su poder, si tú me ayudas.

—¿Es eso cierto? —Preguntó Jay apresurado, pero no a Cora, sino a Jafar, aunque éste no le contestó.

—Él sabe que es cierto —intervino Cora—. Se lo deje ver ya muy claro.

—Pues bien, ¡entonces hagámoslo! ¡¿Qué debo hacer?!

Cora rio, divertida.

—De nuevo ese valor aguerrido. Ni siquiera has entendido la mitad de todo lo que involucra lo que te acabo de decir, y ya estás más que dispuesto a lanzarte.

—No me importa. Si se trata de robar lo que sea, o golpear a quien sea, lo haré.

—Ya creo que sí —Cora se le aproximó, colocando una mano gentilmente sobre su mejilla—. Eres un muy buen hijo.

Jay retrocedió rápidamente, intentando instintivamente de alejarse de esa mujer. No la conocía, pero algo en ella le daba mala espina. Y aun así, no le importaba y estaba dispuesto a hacer lo que le decía. Quizás era cierto eso de que no había pensado para nada bien en lo que le estaban proponiendo.

—Déjanos solos —escucharon de pronto como Jafar intervenía de pronto, y un segundo después volvía ponerse de pie; sorprendentemente, ahora se veía mucho más erguido y seguro de sí mismo que hace un instante atrás.

Cora miró un instante a Jafar, luego a Jay, y posteriormente accedió, saliendo del lugar tranquilamente sin decir nada. Fuera lo que fuera, ella lo tenía claro: ya había tenido éxito.

—Esto es excelente, papá —masculló Jay emocionado, una vez que estuvieron solos—. Si lo que esa mujer es cierto, podrás vengarte de ese Aladdin, ¿no?

Jafar miraba hacia otro lado, pensativo.

—Escucha, en lo que esta mujer se está metiendo, es algo muy peligroso —le respondió con sorprendente firmeza en su voz—. Y ni siquiera estoy seguro de que puedo confiar en ella.

—No importa que sea peligroso, yo lo haré por ti. Confía en mí esta vez.

De nuevo, un rato de silencio. ¿Qué era lo que detenía al gran Visir? ¿Era duda? ¿Preocupación, quizás? Jay aguardó a que le dijera algo, y por un rato creyó que no lo haría. Pero al final, se giró por completo hacia él, y lo miró fijamente a los ojos. Hacía ya un tiempo que el chico lo había rebasado en estatura, y necesitaba mirar un poco hacia arriba para verlo directamente.

—Si vas a ese sitio, puede que te enteres de muchas cosas, y ninguna agradable —le sentenció—. Pero quiero que recuerdes siempre una cosa, Jay…

Colocó de pronto una mano en su nuca  y lo sostuvo con fuerza, como si temiera que el chico intentara desviar su mirada a otro lado en ese momento.

—Tú eres hijo del Gran Jafar; nunca debes conformarte con lo mínimo. Tú, al igual que yo, merecemos lo mejor siempre. Siempre ten eso en mente: yo soy tu padre.

Jay no entendió tan repentino arranque. Sin embargo, de alguna u otra forma, logró percibir en esas palabras sentimientos que no recordaba haber sentido en su padre cuando le hablaba antes. Y estos, aunque algo incomprensibles para él de manera natural, de alguna forma hicieron que se dibujara en sus labios con una complacida sonrisa.

—Claro, papá. Nunca lo olvidaré —le respondió con cautela, pero luego arremetió con un fuerte abrazo con tan cauteloso. Éste no fue devuelto por el vendedor, pero igual no necesitó que lo hiciera; no era por eso que lo hacía.

— — — —

Afuera de la tienda, Cora, Evie y Mal aguardaban de pie por el camino. Mal, como era de esperarse, se veía impaciente.

—¿Cuánto tiempo esperaremos? —Exclamó la chica de cabello morado con molestia—. Ya tengo hambre.

Cora no le respondió; sólo la miró de reojo con desaprobación. Unos segundos después, alguien salió de la tienda, y Cora se tornó más complacida que nunca.

—Ahí viene —señaló, y para la sorpresa de las dos jóvenes que la acompañaban, en efecto ahí venía quien esperaban. Avanzó hacia ellas con paso firme, y se paró a un par de metros de distancia—. Entonces, ¿joven Jay?

—Estoy dentro —respondió con total naturalidad—. ¿Qué hay que hacer? ¿A quién hay que matar?

Cora rio un poco. Dentro de su molesta actitud y personalidad, el chico tenía su encanto.

—Sólo síguenos, muchacho.

Cora comenzó a avanzar de regreso al pueblo, pero Jay la detuvo unos momentos.

—Ah, una cosa antes —soltó abruptamente—. ¿Me repiten sus nombres?

Y ahí se iba su encanto. Cora bufó con fastidio y siguió avanzando.

—Éste será un viaje más largo de lo que pensé.

Los cuatro comenzaron a avanzar. Evie se apresuró a volver a presentarse a Jay, mientras Mal se limitaba a sólo seguirlos unos pasos detrás. Esa aventura, en efecto, sería más larga de lo que creían.

FIN DEL CAPITULO 06

Notas del Autor:

Luego de tanto, tanto tiempo, aquí les traigo un nuevo (y corto) capítulo de esta historia. Apuesto a que pensaron que la había abandonado, ¿verdad? Bueno, tenían buenos motivos para pensarlo. Pero no, abandonada no estaba, simplemente había otras cosas de las que debía ocuparme. No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero lo cierto es que actualmente tengo muchos proyectos personales en marcha (y no todos son fanfics, aunque sí la mayoría), e intento darle tiempo a cada uno, pero hay algunos que son un poco más prioritarios que otros. El caso es que esta historia la iré continuando, pero quizás un poco lento (aunque no tanto como tardarme de nuevo un año y cacho en subir otro capítulo), pero se irá continuando, de eso no tengan duda. Ahora, obviamente sé que a muchos les desagrada esto de que una historia tenga un ritmo tan irregular con sus actualizaciones, y lo entiendo, enserio. Lamentablemente, de momento es mi única opción, o de plano cancelar la historia (cosa que no quiero). Así que, si tienen la paciencia suficiente, espero sigan leyendo y disfrutando de esta propuesta. Y si no, lo entenderé por completo.

Seguimos en contacto y leyéndonos por aquí. ¡Hasta la próxima!

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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