Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 10. ¿Fue la niña?

25 de noviembre del 2017

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 10. ¿Fue la niña?


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 10.
¿Fue la niña?

Tras su nada agradable reunión con Anna Morgan, Matilda se tomó el resto de la tarde para descansar, pensar y decidir; no logró hacer mucho de ninguna de las tres cosas, en realidad. Ya en la noche temprana, volvió a su habitación de hotel, se dio un baño caliente para relajarse, y se puso más cómoda: una camiseta holgada y ya para ese entonces algo deslavada que le regalaron en un congreso en Arizona al que había asistido hace cuatro meses, unos shorts cortos de tela color naranja, y nada de medias o tacones por el resto de ese día.

Estuvo unos minutos frente a su laptop, en el escritorio del cuarto, intentando escribir algunas notas de ese día. Sin embargo… ¿qué clase de notas podía sacar del hecho de una mujer le había pedido directamente que matara a su hija? Sí, definitivamente había mucho que se podía sacar de ese comportamiento, pero sólo podía pensar en lo mucho que algo como eso podría golpear y afectar la recuperación de su verdadera paciente.

Se rindió con sus notas, y prefirió hacer otra cosa para despejarse: hablar con su madre.

En el trascurso de tiempo que llevaba en Salem, había hablado con su madre por teléfono entre dos y tres veces, especialmente en fin de semana. Normalmente le mandaba primero un par de mensajes para asegurarse de que no estuviera ocupada, y posteriormente le marcaba para hablar con más comodidad; ninguna de las dos era para nada fanática de tener largas conversaciones por mensaje, especialmente si eran cosas importantes. En esa ocasión, sin embargo, optó por llamar directamente sin aviso previo.

Por suerte, Jennifer Honey no se encontraba ocupada, o no lo suficiente como para no atender una llamada de su amada hija adoptiva. Cuando su teléfono sonó, se encontraba sola y en silencio, sentada cómodamente en uno de los sillones de la sala de estar de su amplia casa en Arcadia, leyendo una novela de bolsillo de temática de detectives a la luz de una anticuada, pero funcional lámpara de mesa. Pero no dudó en hacer su libro a un lado al ver la fotografía de ambas aparecer de pronto en la pantalla de su teléfono, acompañada de esa tonada genérica de llamada entrante que nunca había sabido, o investigado con el debido empeño siquiera, cómo cambiar.

Al principio se sintió algo alarmada por la llamada tan repentina, pero eso, decía ella, era algo propio de cualquier madre; o así lo suponía. Matilda no tardó en explicarle que no era nada por lo cual alarmarse, pero que sí era algo un poco grave y que necesitaba hablarlo con alguien. Jennifer ya conocía el contexto general de Samara y sus padres, así que la introducción previa fue bastante corta, y pudo pasar casi de inmediato a relatarle la tan poca fructífera reunión con la señora Morgan.

—Suena horrible —exclamó Jennifer casi horrorizada justo después de que Matilda terminara su descripción del encuentro.

—Tranquila, me he encontrado con cosas más horribles.

—¿Cómo eso se supone que debería tranquilizarme?

La voz de Jennifer había tomado un tono casi cómico, de seguro de manera accidental, que a Matilda irremediablemente le causo gracia. Subió sus pies a la cama, se sentó y abrazó sus piernas con su brazo libre. Por último, apoyó su barbilla en sus rodillas, y se quedó mirando al televisor apagado.

—Es tan terrible la situación de esta niña —susurró despacio—. Pareciera como si todo adulto en su vida, aquellos que deberían cuidarla o ayudarla, sólo terminaran odiándola, queriendo hacerle daño, o aprovecharse de ella. Su madre biológica, sus padres adoptivos, su doctor… Y lo peor es que a menor o mayor medida ella es consciente de eso. —Suspiró con pesar—. Debe de sentirse tan sola…

—Pero no está sola —señaló Jennifer con firmeza—. Tú estás con ella y muchas veces lo único que necesitas es que una sola persona te extienda su mano sincera para así seguir adelante.

Una pequeña sonrisa se asomó en los labios de Matilda.

—Eso yo lo sé muy bien. —Y sí que lo sabía—. Pero la verdad es que ya no estoy segura de qué hacer…

Se dejó recostar sobre la cama, tapándose los ojos con su antebrazo.

—Cometí un error de novata, y ahora debo remediarlo de alguna forma —se lamentó, con cansancio en su tono—. Me dejé llevar por mis percepciones y deseos, y todo este tiempo le he estado prometiendo a Samara que la ayudaré a salir de ese sitio, a reunirse con sus padres y volver a su vida normal. Pero ahora puede que eso nunca pase. —Subió su brazo de sus ojos a su frente, y posó estos sobre el techo blanco y liso de su habitación—. Parece realmente difícil que la relación con sus padres pueda ser reparada. Su madre está demasiado afectada y fuera de sí, y su padre realmente no parece precisamente interesado. Me temo que es probable que aunque logre sacarla de ese Hospital Psiquiátrico, los Morgan no deseen seguirla teniendo a su cuidado.

—No pueden simplemente deshacerse de su hija de esa forma.

—Mis padres lo hicieron, y era su hija biológica.

—Eso es diferente; en realidad tú te deshiciste de ellos.

Matilda hizo una mueca de asentimiento; en realidad eso tenía algo de verdad.

—¿Enserio no crees que el padre acceda a quedarse con ella? —Cuestionó Jennifer, intentando encontrarle alguna solución a todo ello.

—Puedo intentar persuadirlo, pero tengo el presentimiento de que no lo hará sin su esposa. Quizás sea una deducción arriesgada, pero me parece que ella era la interesada en tener hijos, y él sólo le cumplía su deseo. Igualmente el que contactara con la Fundación me parece que fue más un intento de salvarla a ella que a Samara.

Matilda había notado todo eso desde esa conversación que tuvieron en Moesko. La manera en la que se expresaba de Samara a veces, era demasiado distante y ausente; como si se tratara más de un vecino o un pariente lejano, que su padre.

—No sé cómo lo haré, pero creo que tendré que ir preparando a Samara a esa posibilidad. Pero me temo que sin importar como se lo plantee, la terminará destrozando. Si vieras como se le iluminan los ojos cuando hablamos de sus padres, sobre todo de su madre… Y ella por su lado, le pide a una completa extraña que la mate.

—¿Qué hay de su madre biológica? ¿No crees que quizás quiera conocerla y recuperarla?

Tal comentario la impresionó tanto, que inconscientemente se sentó de nuevo en la cama, casi alarmada.

—¿La mujer que la quiso ahogar estando recién nacida? No creo que sea una considerable mejor opción.

—Dices que ha estado en tratamiento por doce años. Quizás ya está mejor.

Matilda caviló unos momentos. No era una posibilidad que hubiera considerado seriamente, ni siquiera en esos momentos. ¿Podría ser viable? Mientras más lo pensaba, menos claro le parecía el “sí” o el “no” como respuestas a esa pregunta.

—No sé —titubeó, algo insegura—. Ni siquiera sé si realmente sigue viva. No he tenido tiempo para pensar en ella como es debido.

—No dejes que esto te afecté tanto —exclamó Jennifer con un tono bastante empático. Matilda se preguntó si había escuchado algo en especial en su voz que la orillara a hacer tal comentario—. Aún no es tarde para que le tomes la palabra a Jane y le pases el caso a alguien más.



—No —recalcó de inmediato con firmeza—. No puedo hacerlo, no ahora.

—Admiro tu empeño por querer ayudar a todos los niños que te necesitan, Matilda. Pero a veces debes de tener la humildad suficiente para aceptar cuando no puedes hacerlo. No dejes que tu mero orgullo termine por afectar de manera negativa, tanto a ti como a esa niña.

—No es orgullo… —balbuceó, con el mismo sentimiento de duda que antes.

Apoyó su frente contra su mano, y cerró sus ojos unos momentos. ¿Era orgullo lo que la mantenía ahí? Quizás había un poco de ello, pues la sola idea de retroceder en esos momentos con la cola entre las patas, le parecía cobarde y humillante. Quizás exageraba. Pero había más razones que le impedían retroceder… razones más personales que el “mero orgullo”.

—¿Qué hubiera pasado si tú hubieras hecho eso? —Exclamó de pronto, tomando totalmente por sorpresa a la mujer al otro lado de la línea—. ¿Qué hubiera pasado si te hubieras hecho a un lado? ¿Qué habría sido de mí? ¿Habría terminado como Carrie White, quizás?

Un profundo e incómodo silencio se formó en esos momentos, del cual Matilda se arrepintió de inmediato de haber creado. Aún sin que pronunciara sonido alguno, podía ver a su madre adoptiva titubear sentada en el sillón de su sala, frente a la chimenea apagada, y con su brazo apoyado contra el respaldo lateral, y su rostro lleno de confusión y miedo por la sola mención de ese nombre.

—Lo siento —se excusó, un poco más calmada—. Eleven me dijo que este caso me afecta demasiado porque me recuerda a Carrie… Y creo que tiene razón.

—Matilda… —masculló Jennifer, algo temerosa, e incapaz de pronunciar algo más.

—Realmente se parecen tanto, y no sólo por las cosas que me dijo su madre. Está tan afectada y dolida, y todos a su alrededor ya la han tachado de antemano como un monstruo, que siento que si la dejó en estos momentos, que si me descuido un poco, todo terminará como con Carrie. Y no puedo dejar que pase otra vez.

—No pasará —decretó Jennifer con mucha más seguridad en su voz—. Sé que sin importar qué tengas que hacer, lograrás ayudar a esta niña. Eres la chica más capaz que conozco. Así que cálmate, relájate, y deja que ese hermoso cerebro tuyo piense en el siguiente paso a seguir, cuando te sientas lista.

Matilda sonrió, satisfecha por esas palabras.

—Gracias, mamá.

Logró escuchar una risilla pequeña, pero presente, escaparse de los labios de su madre justo después de ese comentario.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—No sé. Sólo recordé cuando comenzaste a vivir conmigo, y te era realmente difícil decirme así.

—¿Cómo? ¿Mamá? —Una risilla bastante similar surgió de ella sin que se lo propusiera. Se recostó de nuevo en la cama, pero ahora boca abajo, apoyada en sus codos y con sus pies colgando de una de las orillas laterales—. Descuida, siempre serás la señorita Honey para mí. Aún al día de hoy me sigues enseñando como una buena maestra.

Su voz se oía mucho más tranquila y relajada, y eso provocó que el mismo sentimiento inundara, aunque en menor medida, el pecho de Jennifer Honey.

—Te prometo que iré a visitarte a ti y a Max en cuanto tenga una oportunidad de irme de aquí unos días.

—No te preocupes —pronunció Jennifer con dulzura; tan dulce como su apellido podía ser—. Tu caso actual se ve que es muy importante. Aquí te estaremos esperando todo el tiempo que sea necesario. Pero hazle un favor a tu madre: pídele consejo a Jane, ella tal vez pueda decirte qué hacer.

Matilda tuvo ganas de soltar un quejido de molestia tras oír ese comentario, pero éste se quedó ahogado en su garganta.

—Hasta aquí puedo escuchar como pones los ojos en blanco, jovencita —exclamó Jennifer con severidad, tomando por sorpresa a su hija adoptiva—. No puedes seguir molesta con ella por siempre.

—No estoy molesta —refunfuñó despacio—. Simplemente no puedo correr con Eleven cada vez que tengo un problema. Además, se suponía que me iba a mandar a alguien para que me ayudara, pero ni siquiera me ha dicho quién será o cuándo vendrá.

—Quizás también está ocupada.

—Quizás…

En el fondo esperaba que en realidad se le hubiera olvidado, o no hubiera encontrado a esa persona con ese “otro tipo” de experiencia. Le resultaba difícil suponer que alguien pudiera darle la ayuda que necesitaba en esos momentos para remediar el problema que le había surgido ese mismo día. Además, Samara apenas y había aceptado conocer a Cody; no podía simplemente llegarle con algún otro desconocido.

Eso le recordó que tenía que hablar con Cody, y ver cuándo podía verla. Hizo una nota mental rápida de hablarle en un rato más; aunque primero quizás debía de determinar si debía hablar con Samara de lo ocurrido con su madre, o no. Quizás sería mejor irlo trabajarlo después de que viera a Cody y así estuviera más receptiva… pero, ¿y si lograba detectar algo de ello en su mente? ¿Así como había detectado lo de Carrie?

Decisiones difíciles.

—Bien, tal vez sí le llame —respondió tras un rato de meditación—. Pero sólo para ponerla al corriente.

—Con eso me basta.

Ambas rieron y siguieron conversando de manera casual por unos minutos más, antes de despedirse y colgar.

—Gracias por todo, mamá. Te quiero.

—Y yo a ti, querida.

Una vez que colgó, Matilda se quedó recostada, con su mentón apoyado en sus brazos, y su vista puesta en las cortinas color rojo, tras las que se ocultaba la ventana que daba a la calle y el aire acondicionado, en esos momentos, apagado.

A muchos les desagradaban los hoteles, pero a ella le resultaban relajantes; principalmente por su silencio y su quietud. Le recordaban a las bibliotecas. Ese tipo de silencio siempre le ayudó a pensar mejor. Sin escándalos, sin risas, sin televisiones encendidas haciendo un ruido endemoniado, sin gente gritando. Claro, no siempre había silencio absoluto en los hoteles, pero ese en especial se encontraba muy tranquilo. Sin embargo, ni aun así podía decidir con mayor facilidad su accionar.

Colocó su celular frente a su rostro, y se quedó observando fijamente la pantalla apagada, como si intentara prenderla con la mente; de hecho, quizás podría hacerlo si lo intentara.

¿Debía hablar realmente con Eleven? No se sentía con muchos ánimos de hacerlo. Durante esos días, le había estado mandando por correo sus avances; o al menos los que consideraba necesarios para que ella estuviera enterada.

 No es que estuviera molesta por su última plática, pero… tampoco se encontraba del todo contenta.

Antes de hablar con ella, debería primero hablar con Cody, y comentarle lo que le había dicho Samara. Por mero reflejo se fue hacia sus contactos, pero a los dos segundos recordó que no tenía su nuevo número grabado, sino que Eleven se lo había pasado. Se dirigió entonces al registro de llamadas, buscando hacia atrás la última llamada que le había hecho; no había tenido tantas realmente durante esos días, así que tampoco debía ser una tarea exhaustiva.



Se detuvo entonces en el primer teléfono desconocido que tenía en su registro, pero… ese no era el de Cody; de hecho, era una llamada entrante, y de hace una semana, temprano.

Tardó un rato en recordarlo, pero al final le llegó: la llamada de Doug Ames, el día en que ocurrió el incidente con Samara.

Se le había borrado por completo aquello. Y es que, según recordaba, Doug había quedado de enviarle un correo con la información que le fuera posible de ese difícil caso que el Profesor Armstrong le había recomendado revisar con ella. Sin embargo, nunca se lo envió, o al menos a ella le parecía que no lo había hecho.

Decidió revisar en su computadora portátil para más comodidad. Centró su mirada en el dispositivo en el escritorio, y éste se levantó en el aire como si dos manos invisibles lo hubieran alzado. Luego lo aproximó con velocidad moderada hacia ella, cruzando el cuarto con total normalidad. Esperaba que realmente no hubiera alguna cámara oculta en el interior de esa habitación, o esa grabación quizás terminaría en algún canal de misterios sin resolver en YouTube.

Matilda se sentó en la cama, y la laptop se posó delicadamente frente a ella. La abrió, y unos minutos después se encontraba revisando su bandeja de entrada de la última semana. Tenía varios correos, pero ninguno ni remotamente relacionado con Doug y su caso.

Revisó de nuevo su registro de llamadas; no había ninguna llamada perdida, ni del teléfono celular del que le había hablado, ni de ningún otro.

Sintió en ese momento una sensación bastante extraña en todo su cuerpo; algo similar a preocupación. Pero, ¿por qué? ¿Sólo porque una persona con la que hacía ya un par de años que no hablaba, y que penosamente aún no lograba ponerle un rostro claro en su mente, no le había enviado un correo o vuelto a contactar en una semana? Había muchas explicaciones para ello. Quizás había sentido algo de renuencia a querer ayudarlo, lo que no era precisamente del todo falso. Quizás le pasaron el caso a alguien más, o quizás encontró a otro experto que le pudiera ayudar. Pero ninguna de esas explicaciones le aliviaba ese sentimiento de preocupación y… ¿culpa? ¿Sentía culpa?

Caviló un poco, abrazada de sus piernas, y teniendo sus ojos centrados en la pantalla de su computadora, con su bandeja de entrada abierta. Intentó recordar un poco sobre lo que Doug le había contado de su complicado caso.

“En estos momentos tengo un caso un tanto complicado”, le había dicho. “Se trata de una niña, a la que sus padres trataron de quemar viva en su horno. Quizás oíste del caso en los periódicos o en las redes sociales. Se hizo mucho eco por lo macabro del acto.”

Definitivamente sonaba a algo que haría mucho revuelo, aunque ella personalmente no había oído nada. Decidió hacer una búsqueda rápida al respecto, y en efecto no tardaron mucho en saltarle los resultados con noticias y artículos. Las primeras dos páginas que abrió eran más que nada resúmenes, no mucho más que la propia descripción que Doug le había hecho del caso, a excepción de un dato: los nombres de los padres y de la niña.

Los padres eran Edward y Margaret Sullivan, los cuáles al parecer en esos momentos estaban internados en una institución mental tras lo ocurrido. El nombre de la niña, por su parte, era…

—Lilith Sullivan —leyó en voz baja sin proponérselo. Le parecía un nombre curioso, pero no extraño. Pese a la relación demoniaca directa o indirecta que alguno pudiera llegar a hacer, seguía siendo un nombre bastante bonito a su modo.

Siguió buscando y abriendo ligas, hasta que pudiera dar con alguna foto de Lilith, o al menos más información sobre ella. Debido a que era menor de edad y al cuidado que se debía de tener con su privacidad, le sorprendía un poco incluso el haber dado con su nombre. Dar con su ubicación, o al menos una fotografía, se podría tornar complicado… pero al final encontró esta última.

Un artículo, de unos días después del día del incidente, hablaba un poco más extensamente del caso, aunque más bien usaba éste como base para poder explayarse sobre el maltrato infantil en general que aún se sufría en Estados Unidos. El caso de Lilith Sullivan, aunque en el texto se referían a ella más como “Lily”, era el encabezado principal, acompañado de la fotografía de una niña de alrededor de diez años, de rostro afilado, ojos pequeños de un azul grisáceo, y cabello castaño oscuro, lacio y sujeto con una cola de caballo. Vestía un suéter rojo discreto. Parecía una fotografía de anuario, pues la foto abarcaba básicamente de la mitad de su pecho a la punta de su cabeza; miraba a la cámara, con el cuerpo ligeramente de perfil, con fondo de estudio, y una pequeña sonrisa en sus labios rosados y delgados.

Matilda contempló con detenimiento la fotografía. Era una niña bonita, sobre todo por sus llamativos y penetrantes ojos. Cualquier persona que viera esa foto, de seguro la tomaría como una niña totalmente normal, una víctima de su desquiciados padres, o un alma inocente que tuvo la pésima suerte de nacer en un hogar tan disfuncional y roto. Ella misma había tenido esa sensación, desde que Doug le contó al respecto, o mientras revisaba todas las ligas que había abierto. Sin embargo, al ver esa foto, al ver esa mirada, esa sonrisa… algo le pareció incorrecto. No sabía qué era con exactitud, pero simplemente, tras ver ese rostro, sintió que algo no encajaba, que no estaba bien.

¿Qué podría significar?, bastantes cosas, le parecía.

Pensó en tocar la imagen en la pantalla, y ver si recibía algún tipo de destello de información. Al principio dudó, pero al final aproximó sus dedos, hasta colocarlos sobre la superficie de la pantalla. No todas las veces le daba resultados, y nunca lo había intentado tocando algo que estuviera en una pantalla. Por suerte, sí le funcionó… pero una parte de ella hubiera deseado que no fuera así.

Sintió de golpe como se quedaba sin aire, y un horrible dolor le inundaba el pecho, como si alguien le hubiera metido la mano a la fuerza, y apretujara sus órganos entre sus dedos. Una serie de horribles imágenes le recorrieron la mente una detrás de otra, sin ningún orden o lógica. Dichas imágenes iban acompañadas de sonidos que sonaban con intensidad directo en su cabeza; la mayoría de ellos eran incompresibles, pero parecían ser… gritos de desesperación.

Pero más que las imágenes, más que los gritos, lo más agobiante fueron las sensaciones que le recorrieron todo el cuerpo: miedo, terror, confusión, ira, desesperación, desolación… agonía.

Se apartó de golpe de la laptop, se puso de pie de la cama, y siguió retrocediendo sin darse cuenta, hasta que su espalda quedó contra la pared; y aun así sentía deseos de alejarse aún más de esa fotografía. Se dirigió entonces al baño, inclinándose sobre el lavabo, pues se sentía tan mareada y alterada, que creyó que vomitaría; por suerte no fue así. Sufrió el ataque de un par de arcadas, pero todo quedó en ello.

Cuando logró al fin recuperar el aliento, se sentó sobre la taza del baño cerrada, y apoyó su rostro contra sus manos. Podía sentir los latidos de su corazón retumbando en su cabeza.



Jamás había sentido algo así; no creyó que su casi escasa e intermitente clarividencia, de la cual apenas y se volvió consciente que poseía durante su pubertad, pudiera producirle tal destello de imágenes y sensaciones. No sabía qué significaba exactamente, pero sí estaba segura de una cosa. Era como un pensamiento intrusivo que destellaba en lo más hondo de su mente, y se había arraigado con fuerza ahí: esa niña era peligrosa.

Se levantó de nuevo y se dirigió a su teléfono sobre la cama. Buscó el número de Doug, y le marcó, pero no hubo respuesta. Le marcó un total de tres veces, y el resultado fue el mismo: saltó directo al buzón de voz.

—¡Maldición! —Soltó frustrada; sin darse cuenta, había comenzado a caminar en círculos por el cuarto.

Pensó rápidamente en alguna alternativa. ¿Buscarlo por internet o en Facebook? ¿Dónde más podría encontrarlo? Recordó lo que le había comentado de su trabajo como psicólogo infantil en Asuntos Familiares. ¿Funcionaría si le llamaba ahí? Ni siquiera estaba segura de que trabajara directamente ahí o en otro sitio. Pero igual no tenía nada que perder. Sabía que tenía pocas posibilidades de encontrarlo, pero se sentía desesperada; ese pensamiento intrusivo no la dejaba tranquila.

Buscó apresurada el número de dicha oficina en Portland. Marcó el número, y luego de darle dos vueltas al menú, eligió la opción de pedir información a una operadora. Esperó unos minutos acompañada de una pegajosa melodía, antes de que alguien al fin le respondiera.

—Asuntos Familiares —exclamó con solemnidad la voz de una jovencita.

—Hola, buenas noches —saludó a su vez, intentando sonar lo más tranquila posible—. Sé que es algo tarde, pero no sé si me pueda comunicar con Doug Ames. Me parece que trabaja ahí como psicólogo infantil. ¿Se encontrará por ahí o sabrá cómo puedo comunicarme con él?

Hubo silencio al otro lado de la línea; un silencio que se prolongó demasiado desde la perspectiva de la joven psiquiatra.

—¿Hola? —Exclamó tras esperar pacientemente, temiendo que quizás la llamada se hubiera cortado. Pero no fue así; un poco después, la escuchó titubear.

—Un momento por favor —dijo al fin, y de inmediato la melodía de espera volvió, mucho antes de que Matilda pudiera siquiera darle las gracias.

Eso le pareció extraño, y no fue de ninguna ayuda para apaciguar la preocupación que le inundaba el pecho. Siguió esperando, ahora aún más tiempo que antes. Anduvo con sus pies descalzos por toda la alfombra del cuarto, preguntándose una y otra vez qué tan difícil era comunicarle con alguien, o tan sólo decirle que la persona que buscaba no se encontraba.

Cuando ya se estaba comenzando a hartar de la melodía de espera, ésta se cortó de nuevo, y una vez más una voz femenina la atendió, aunque no era la misma que antes.

—¿Hola? ¿Quién habla?

Matilda se destanteó un poco, pero intentó responder rápidamente.

—Hola, mi nombre es Matilda Honey. Buscaba a Doug Ames.

Hubo un instante de duda por parte de la mujer.

—¿Para qué asunto, si me permite preguntar?

—Somos compañeros de Doctorado. Hace unos días él me llamó para pedirme opinión sobre un caso, pero ya no se ha vuelto a comunicar conmigo. Le estoy marcando a su teléfono celular, pero no me responde.

—¿Hace unos días? —Le cuestionó a tono de interrogatorio.

—Sí, como hace una semana. ¿Sí es ahí donde trabaja o tengo que llamar a otro sitio?

De nuevo silencio, seguido por pequeños titubeos que dejaron a la joven bastante confundida.

—Yo… lo siento —exclamó dudosa la mujer al teléfono—, pero Doug… Él falleció precisamente hace una semana.

Los pies de Matilda se plantaron en seco en su lugar, y su respiración se cortó de golpe; necesitó demasiado autocontrol para no soltar el teléfono de su mano.

—¡¿Qué?! —Espetó atónita—. ¿De qué está hablando? Eso no puede ser.

—Fue repentino, creo que un accidente en su baño el martes pasado.

—¿El martes? No, no, el martes fue cuando me llamó. ¿Qué fue lo que pasó?

—No tengo los detalles, lo siento. Todos los niños que trataba fueron pasados a otra psicóloga. Quizás pueda pasarle su información si gusta…

—Aguarde un segundo —le cortó de golpe, obligándola a callar. Separó su teléfono de su oreja, y se quedó mirando pensativa las cortinas rojas de la pared. Necesitaba solo un segundo para tranquilizarse; recién había salido de su impacto anterior, y ahora la golpeaban de nuevo sin previo aviso.

¿Muerto? ¿Doug estaba muerto? ¿Cómo había pasado? La sensación de asco en su boca y dolor en su estómago, le volvió de nuevo pero esa vez logró controlar ambos. Respiró lentamente y contó hasta diez; las luces tintinearon un poco en ese momento, pero esperó que fuera sólo coincidencia.

Debía de pensar con rapidez, hacer que ese “hermoso cerebro suyo” trabajara. Intentó recordar paso por paso la conversación que habían tenido por teléfono.

“Y no digo que haya estado involucrada, pero la trabajadora social que está a cargo de ella es una muy buena amiga, y creo que también presiente algo extraño desde que aquello ocurrió.”

La trabajadora social, quizás ella supiera más de lo que Doug le había contado. Colocó de nuevo su celular en su oído y exclamó:

—¿Puede usted comunicarme a Trabajo Social… o a dónde quiera que estén los trabajadores sociales que llevan los casos que Doug trataba?

—¿Los trabajadores sociales? —Respondió confundida la mujer.

—Sí, necesito hablar con la trabajadora social del caso de Doug que me quería consultar. ¿Puede comunicarme o debo llamar a otro número?

—Veré que puedo hacer… Aguarde.

De nuevo la tediosa música de espera, pero Matilda apenas y la notó en esa ocasión. Tomó ese tiempo de pausa para aclarar un poco sus ideas. Aún le costaba creer que realmente una persona con la que acababa de hablar hace unos días, estuviera ahora muerta; así, de la nada. Fue inevitable para ella pensar de nuevo en Carrie White… En esa espantosa noche…

Pero no podía dejar que su mente divagara en eso; necesitaba enfocarse en el presente. ¿Acaso eso era lo significaba el horrible presentimiento que acababa de tener? No, lo que había sentido era algo mucho peor, si es que acaso la muerte repentina de una persona no era ya de por sí lo suficientemente terrible. Además, no podía evadir lo más importante: lo había sentido al tocar la fotografía de Lilith Sullivan. Todo eso no podía ser una coincidencia; sin embargo, si no lo era, la respuesta más obvia sería también la más preocupante…

—Hola, habla Adrian Wayne —escuchó de pronto una voz profunda, ahora masculina, pronunciar en la línea y haciéndola reaccionar al mismo tiempo.

—Hola, estoy buscando a la trabajadora social que llevaba el caso de la niña que sus padres la quisiera quemar en su horno.

—¿Disculpe? —Exclamó el hombre entre confundido y molesto, quizás por su nada sutil descripción.

—El caso de la niña que quisieron quemar en su horno; Lilith Sullivan. ¿Conoce el caso o no?

—Sí lo conozco, señorita. —Su tono se tornó bastante a la defensiva—. Si es reportera, de antemano le aviso que…

—No, no soy reportera. Necesito hablar con quién lleve ese caso; es urgente.

El hombre que se había presentado como Adrian Wayne, guardó silencio unos momentos. A Matilda le pareció que intentaba determinar si lo que le decía era cierto o no.

—La responsable de la niña se ha retirado por hoy —le informó finalmente.



—Maldición —soltó Matilda por mero reflejo, sin darse cuenta—. ¿Puede pasarme su número de celular o de su casa?

—Disculpe, pero no puedo darle esa información, especialmente si no sé siquiera quién es usted.

—¡¿No escuchó la parte de urgente?! —Exclamó con fuerza, alimentada principalmente por la frustración y la gran mezcla de emociones que le envolvían. Adrian Wayne, aparentemente no tomó muy bien esto.

—Lo siento, pero me temo que no puedo ayudarla. Si gusta comunicarse mañana, puede hacerlo. Buenas noches…

—¡Aguarde!, ¡por favor! —Pronunció la psiquiatra rápidamente, antes de que le colgara; por suerte, la escuchó e hizo caso. Aprovechó la oportunidad para volver a respirar profundamente y calmarse—. Lo siento, es que estoy alterada. Permítame empezar de nuevo: soy la Dra. Matilda Honey, son psiquíatra y colega Doug Ames; ¿lo conocía? —Wayne no le respondió nada, pero por su silencio intuyó que la respuesta era un “sí”—. Él me llamó hace unos días, justo ante de morir. Me quería pedir ayuda sobre este caso, sobre la niña de este incidente. Me acabo de enterar de su muerte, y necesito hablar con la trabajadora social que se encargaba de la niña. Es muy importante. ¿Puede ayudarme?

Pareció haber sido demasiado para el señor Wayne, pues no logró responderle de inmediato; de nuevo, lo más seguro es que intentaba determinar si creer o no en lo que le decía.

—Yo… lo más que puedo hacer es pasarle su mensaje para que ella se ponga en contacto con usted en cuanto pueda.

Matilda suspiró frustrada y resignado.

—Sí, de acuerdo. Le daré mi número. Dígale que soy la Dra. Matilda Honey, colega de Doug. Que me llamé de inmediato, por favor.

Luego de proporcionarle su número celular, y unas últimas palabras de despedida, colgaron. Se sentó unos instantes en la cama, y se talló su frente y ojos con sus dedos. Ese definitivamente no era su día. Tenía deseos de tirarse a la cama y sólo descansar, pero no podía hacerlo; no aún al menos, pues tenías otras dos, o quizás tres, llamadas que hacer.

No sabía que estaba ocurriendo con seguridad, pero lo averiguaría.

La primera de sus llamadas fue a Cody, aunque ya no con la intención que había tenido en un inicio. Buscó de nuevo su número en el registro, y le marcó. Esta vez, el profesor de primaria sí le respondió.

 —¿Hola? —Escuchó que murmuraba despacio la voz suave del joven.

—Cody, hola. Lamento llamarte tan repentinamente, ¿estás ocupado?

—¿Matilda? No, sólo estaba… —Dudó un poco, como si intentara buscar la excusa adecuada; quizás sí lo había interrumpido en algún momento importante—. ¿Qué ocurre? Te oyes alterada.

Y no sólo se oía: estaba alterada. Pero no era momento para ello.

—Escucha, sé que esto es muy repentino y sin aviso, pero necesito pedirte un favor. ¿Podrías acompañarme a Portland mañana temprano?

—¿A Portland? —Cody se tornó notoriamente confundido—. Creí que la niña que estabas tratando se encontraba cerca de Salem.

—Se trata de algo más. Es largo de explicar, te lo contaré mejor cuando nos veamos. Pero hay otra niña que estaba siendo tratada por un colega mío, y éste está ahora muerto. —Se sorprendió a sí misma al darse cuenta de la frialdad con la que había dicho eso último, pero igual presintió que había alterado lo suficiente a Cody con ello—. Él pensaba que la niña podía tener un Trastorno de Personalidad Antisocial.

—¿Ósea que es una niña psicópata?

—Algo así… Pero creo que puede ser algo más.

Cody caviló unos segundos.

—¿Algo más como de nuestra especialidad?

—Exacto.

Era la teoría que más sentido tenía para ella. Por algo el Dr. Armstrong le había sugerido a Doug hablar con ella, y por algo había sentido esa horrible sensación al tocar su foto. Pero claro, todo eso era circunstancial, y más un presentimiento que otra cosa. Esperaba que quizás el Dr. Armstrong pudiera darle un poco más de luz sobre qué fue lo que Doug le dijo; esa era justamente la llamada que haría después de esa.

—Quizás no sea nada, pero si es algo y no sé exactamente qué, me vendría bien algo de apoyo. Sé que es demasiado pedir, y que tendrías que faltar a tus clases. Si no puedes…

—No, no, descuida —respondió Cody sin duda—. Ahí estaré. ¿Dónde nos encontramos?

Matilda suspiró aliviada; definitivamente le vendría bien su apoyo. No sólo por sus conocimientos y no sólo por su Resplandor tan especial, sino también por su apoyo como amigo, pues en esos momentos sentía que no era capaz de sostenerse ni a sí misma.

Luego de ponerse de acuerdo en un lugar y una hora, Matilda lo dejó para que terminara lo que estuviera haciendo, e igualmente hiciera los preparativos que ocupara para realizar el viaje mañana. Ella, por su lado, tenía otra llamada que hacer.

Ya debían de ser más de las once en New Haven, y el Dr. Tadeo Armstrong era un hombre mayor; apostaría lo que fuera a que lo agarraría dormido, pero necesitaba hablar con él con urgencia. El teléfono sonó por largo tiempo, tanto que creyó que terminaría cortándose. Pero siguió y siguió, hasta que al fin una voz carrasposa y adormilada se hizo presente.

—¿Hola? ¿Matilda? —Exclamó despacio, seguido después por un profundo y largo bostezo.

—Hola, Dr. Armstrong. Lo siento, ¿acaso lo desperté? —Pregunta tonta, pero se le había escapado de los labios sola, sin que se lo propusiera.

—No, no. Sólo estaba leyendo —se explicó el profesor, justo antes de soltar otro bostezo, aunque de menor longitud que el anterior—. ¿Qué puedo hacer por ti, querida? ¿Pasa algo?

Le hablaba con bastante naturalidad para no haber hablado de forma directa en un par de años. Algunas personas son así, pensó la psiquiatra; aunque no muchas resplandecen.

—Necesito hablar con usted con algo. Doug Ames del Doctorado me habló hace unos días. Me dijo que se comunicó con usted y le pidió consejo, y usted le recomendó que hablara conmigo.

—Sí, eso hice. ¿Fue incorrecto?

—No, para nada. Pero… me acaban de informar que Doug falleció; el mismo día en que habló conmigo.

Pudo sentir como la respiración del hombre en la línea se cortaba, y cualquier rastro de sueño que tuviera encima, sencillamente se esfumó. Matilda tenía muchas preguntas en mente que deseaba hacerle, sobre lo que habló con Doug, sobre porqué le recomendó hablar con ella, o cualquier cosa que pudiera darle algo de luz sobre esa situación que le había caído tan repentinamente encima y sin aviso. Sin embargo, lo siguiente que surgió de él, luego de varios segundos, fue lo bastante horrible, directo y claro, como para que la sangre de Matilda se helera, y la convenciera aún más de hacer ese viaje al día siguiente:

—¿Fue la niña? —Inquirió con seriedad, pero con notoria alerta en su voz.

FIN DEL CAPÍTULO 10

Notas del Autor:

Jennifer Honey se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996. Se dará más detalles sobre ella más adelante.

Adrian Wayne está basado en el personaje de Wayne de la película Case 39 del 2009. En dicha película nunca se menciona su nombre completo, por lo que el nombre de “Adrian” es un agregado de mi parte. Igualmente se dará más detalles sobre él más adelante.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

4 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 10. ¿Fue la niña?

  1. Nacho

    Me acabo de ver Caso 39 para repasar los personajes de la película, en especial de Emily y Llith. Después de leer el ultimo capitulo de tu fanfic no me puedo quitar en la cabeza cual de las niñas es la que miente y terminara en la oscuridad.
    Preguntas:
    Terminaste de leer The Shining?
    la trama de tu fanfic transcurre antes o después de la película Caso 39?
    Quien es el Dr. Armstrong, que sabe sobre Lily?
    Pronto aparecerá referencias sobre IT?
    Alguna vez hicieron una entrevista a Eleven y lo que hace su fundación?
    Demian y Lily tienen algo en comun?

    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      xD No sabía que también habías visto Caso 39. Creo que eres la única persona que conozco que ha leído y visto todo lo que involucra este crossover, jejejeje… Aún no termino El Resplandor, voy algo lento porque sólo puedo leerlo a la hora de la comida en el trabajo, pero ahí va… ya andan solos en el hotel, pero por ahora lo único que ha pasado es las avispas que picaron a Danny. Sobre Caso 39, hasta este punto se podría decir que ha estado ocurriendo de forma paralela, pero en el siguiente capítulo creo que quedará más explicativo.

      El Dr. Armstrong no pertenece a ninguna película, es inventado para la trama; no habrá mucho así, pero sí algunos cuando se ocupen. De IT aún no estoy muy seguro de si pueda introducirlo, pues están muy lejos de Derry nuestros chicos xD Pero ya veré. Lo de la entrevista a Eleven suena interesante 😮 quizás pueda poner algo de eso en algún capítulo. Y bueno, la relación entre Damien, Lily y Samara es de hecho el centro de todo esto, aunque tardaremos un poco en verlo xD

      Gracias por siempre comentarme 🙂 Y sé que no te respondí mucho, pero hay cosillas que es mejor mantener en secreto xD Espero poder escribir el siguiente pronto, ¡nos vemos!

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      1. Nacho

        Muchas gracias por tus respuestas. Tengo muchas curiosidad si a final transcurre antes o después del final de caso 39. Con lo de IT no es dificil en buscar las referencias y mas cuando se trata del Miedo.
        Te agradezco que pienses sobre la entrevista de Eleven, lo mencione para saber un poco mas sobre su vida adulta, que doctorados tiene. O su misión en ayudar a las personas con dones para que no caigan en malas manos…
        Nos vemos!

        Responder

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