Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 08. Un horrible presentimiento

23 de octubre del 2017

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 08. Un horrible presentimiento


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 08.
Un horrible presentimiento

Ascender como detective de la División de Homicidios, siempre fue una meta más que obvia para Cole Sear. Esa era, después de todo, la manera perfecta en el que podía cumplir el propósito que lo había llevado a unirse a la fuerza policiaca desde un inicio. Dicho logro llegó a él de manera relativamente rápida, convirtiéndose en uno de los elementos más jóvenes en lograrlo. Mucho de ello fue gracias a su arduo empeño, por supuesto; pero sería bastante terco de su parte fingir que no se debió también a sus “habilidades especiales”, que le daban cierta ventaja ante otros competidores.

Si había aprendido algo durante esos años que llevaba, no sólo como detective de homicidios, sino como parte del Departamento de Policía de Filadelfia en sí, es que casi todos los delincuentes, por no decir las personas en general, tenían e instinto natural de huir; o, en su defecto, atacar a la primera señal de peligro. Dicha conducta era muy propia de los animales; la que no lo era tanto, era el deseo de agredir, torturar, y asesinar a sus iguales sin ningún motivo alguno, más allá de querer hacerlo, o por una búsqueda egoísta y retorcida de placer y emoción.

Extrañamente, se había dado cuenta de que aquellos con esta última conducta, eran de hecho menos propensos a huir. Según lo veía, los asesinos violentos y despiadados, aún dentro de su propia manera retorcida de ver el mundo, eran lo suficientemente inteligentes para entender que lo que hacían era algo incorrecto… para las demás personas, no para sí mismos; y aunque varios de ellos no podían digerir enteramente todas las implicaciones de ello, solían aceptar con notoria tranquilidad el hecho de que los descubrieran, y hasta se regodeaban de ello.

Andrew Stuart, el hijo de perra que estaba persiguiendo a pie en esos momentos por el centro, no era uno de ellos. Este cobarde, en cuanto entendió por qué se habían presentado en su tienda de electrodomésticos buscándolo específicamente a él, tiró un estante delate de ellos, y salió corriendo despavorido por el área de carga. Su compañero, Tommy, se dirigió al auto, mientras él decidió correr detrás del sospechoso. Aunque claro, llamarlo “sospechoso”, para Cole era una mera formalidad; él ya sabía que era culpable, y de sobra.

Era un poco menos de las seis de la tarde; las banquetas estaban algo concurridas, ya que varias personas habían salido hacía poco de sus trabajos. A Andrew esto parecía importarle muy poco, como poco le importaba la vida de mujeres inocentes que confiaban en él al subirse a su vehículo durante las madrugadas, en busca de alguien que las llevara a salvo a casa. Empujaba a todo el mundo sin el menor pudor para abrirse paso, incluso llegando a derribarlos hasta el suelo si era necesario. Una parte de Cole deseaba comportarse a sí, con tal de poder alcanzarlo lo más pronto posible. Pero, para bien o para mal, era un oficial de la ley, así que sólo se limitaba a avanzar como le era posible, al tiempo que se anunciaba gritando: “¡Policía!, ¡a un lado!”; eso parecía bastar la mayoría del tiempo para que se hicieran a un lado, entre sorprendidos y asustados.

De ninguna manera lo dejaría escaparse. No después de todo lo que había hecho, y de todo por lo que tenía que pagar. Lo atraparía, y lo pondría en la celda más oscura y húmeda que encontrara, no sin antes darle una golpiza como Dios mandaba.

Andrew resultó tener bastante aguante y condición, pero Cole también la tenía. Le tomó tres cuadras, pero finalmente logró taclearlo y tirarlo al suelo. Ambos rodaron; Andrew se golpeó la frente contra la banqueta y ésta se le abrió. Aún aturdido con la frente sangrándole, volvió a ponerse de pie, y sin pensarlo lanzó un puñetazo contra Cole justo cuando éste se estaba poniendo se pie. El detective lo esquivó por unos milímetros, pero Andrew lo siguió intentando.

Y ahí estaba la segunda conducta común: atacar de amanera desesperada, alimentado por la ira.

Estaban rodeados de personas, pero todos se limitaron sólo a observar el espectáculo. Durante los primeros golpes, Cole sólo cubrió o esquivó, pero justo cuando vio la oportunidad, propinó un derechazo directo en su quijada, que hizo a Andrew se tambaleara hacia atrás de forma torpe. Podría haber sacado su arma y obligarlo con esa amenaza a que se tirara al suelo; pero no lo hizo. Sentía mucha satisfacción, más de la que admitiría, en poder adelantarle esa golpiza en la que había pensado con sus propios puños.

Andrew no era de hecho tan indefenso. En su intercambio de golpes, logró darle un par, de los cuales el segundo casi lo derribó, mas se mantuvo de pie.

 Pudo ver por el rabillo del ojo como Tommy llegaba y estacionaba su vehículo Cadillac color beige a un lado de la acera. Luego se bajó, con su arma en mano, pero se mantuvo en ese sitio, dudoso se intervenir o no.

—¿Quieres ayuda, amigo?

—No, gracias —respondió Cole, justo antes de agacharse para esquivar un gancho de Andrew—. Lo tengo todo bajo control.

A simple vista no parecía que dicha afirmación fuera cierta, pero al final el detective logró derribar al sospechoso tras un fuerte gancho a la cara, que lo hizo girar sobre sí mismo, caer de bruces al suelo, y ahí quedarse. Una vez ahí, Cole se puso sobre él y le colocó las esposas, aplicando quizás un poco más de la fuerza requerida.

—Andrew Stuart —comenzó pronunciar con ímpetu mientras lo esposaba—, estás bajo arresto por el homicidio de Rebecca Snyder, y otras cinco mujeres a las que les pondré nombre dentro de poco, te lo aseguro.

Lo levantó entonces de un tirón, y lo jaló con violencia hacia el auto.

—¡Esto es estúpido! —exclamó Andrew furioso, con su cara ensangrentada y moreteada—.  ¿En base a qué están haciendo esto?

—¿En base a qué? —Murmuró el Cole, aparentemente furioso ante la sola idea que le cuestionara tal cosa—. ¿Qué te parece seis cadáveres enterrados en el mismo rincón del bosque, todos con suficiente de tu ADN para mandarte cada uno a una sentencia de muerte individualmente?

La expresión de Andrew se llenó de asombro e incredulidad de pronto, intentando mirar a su captor sobre su hombro como su fuerte agarre le permitía.

—Eso, sin contar con la palabra de una testigo —añadió el detective de forma tajante, ya estando justo a un lado del automóvil.

—¿Testigo? —Exclamó Andrew, como si desconociera el significado de dicha palabra—. ¿Cuál testigo?

—Rebecca Snyder, imbécil.

—¿Qué?

Antes de darle el suficiente tiempo para siquiera digerir tan extraña respuesta, el oficial colocó su mano en su cabeza y lo bajó de golpe con la intención de meterlo en el asiento trasero. Sin embargo, en el proceso estrelló su frente contra el marco superior de la puerta, haciendo que se desorientara aún más de lo que ya estaba.

—Oh, lo siento. ¿Te dolió? Mi descuido.

Lo introdujo al auto casi empujándolo, y azotó la puerta con fuerza detrás de él. La gente, para ese entonces, ya había comenzado a retirarse.

—Bien hecho, Sear —comentó Tommy, casi como un regaño—. ¿Piensas que ya pasó el tiempo suficiente desde tu última jalada de orejas por abuso policial?

—Tú mismo lo viste, se resistió con todo empeño —contestó Cole, encogiéndose de hombros despreocupado—. Tú me respaldarás, ¿no?

Añadió un guiño de complicidad tras sus palabras, a lo que el otro policía simplemente suspiró.

—Mientras pueda, amigo mío.

Tommy era diez años mayor que él, de poblado bigote de un estilo un tanto anticuado. En la teoría se suponía que era su senior, encargado de enseñarle y cuidar que hiciera todo de acuerdo a las reglas y procedimiento. En la práctica, Tommy resultaba ser bastanteaste condescendiente con ello. A pesar de que no era tan viejo, parecía compartir muchos de los pensamientos de la vieja guardia, en los que se consideraba comprensible, y hasta recomendable, que a los criminales se les tratara como fuera necesario. La diferencia entre Cole y él, es que Tommy la mayoría del tiempo sólo lo pensaba, mientras que Cole lo aplicaba a cada oportunidad.



El motivo del actuar de Cole, sin embargo, no se debía a un apego a viejas costumbres. Mientras que muchos de los policías de homicidios, veían todo de una forma un tanto fría, sin involucrarse e manera personal, y sin lograr ver a las víctimas como algo más que simples cadáveres (algo que de hecho era bastante recurrente que se les mencionara desde la misma academia), Cole tenía una perspectiva totalmente diferente de cada caso, que lo llevaba a obtener una visión al respecto que ninguno de sus compañeros podría igualar.

Esa era, precisamente, su dichosa “ventaja”, aunque muchos la verían como todo lo contrario.

Tommy le sacó la vuelta al vehículo por el frente, y se dirigió al asiento del conductor. Sin embargo, Cole no se dirigió a su respectivo lugar.

—¿Puedes adelantarte a llevar a este idiota y procesarlo?

Su compañero lo volteó a ver, algo confundido por tal petición.

—Seguro. ¿Pero a dónde vas?

—Tengo otro asunto del cuál encargarme.

—¿Asunto? ¿Qué asunto?

Cole no dijo nada. Sólo sonrió y ladeó un poco su cabeza hacia un lado. Eso, aparénteme, resultó ser suficiente para darse a entender.

—Ah, ¿un asunto de “ese” tipo?

De nuevo, no respondió.

—Te veré en un rato —señaló Cole, y comenzó entonces a alejarse calle arriba—. Que no se te escape.

—Descuida, esta noche dormirá en las sombras.

Tommy se subió al auto, y arrancó, andando después en la dirección contraria.

— — — —

Una vez que la adrenalina y la emoción de la pelea se calmó, Cole comenzó a sentir el ardor de los golpes recibidos en la cara, y de los golpes proporcionados en sus nudillos. Definitivamente no estaba en la mejor condición para ir a una cita, si es que ese fuera el caso. Tendría que colocarse hielo al llegar a casa, y limpiarse los nudillos con alcohol. Pero en realidad no le importaba; hasta cierto punto, ya estaba acostumbrado.

No fue muy lejos, en realidad. Unos cuantos metros más delante de la escena de su pelea, se introdujo en un callejón angosto y algo escondido. No había nada en ese espacio, más allá de algunos botes de basura y una escalera de incendios en el costado del edificio izquierdo.

Miró alrededor, cerciorándose de que realmente no hubiera nadie, ni dentro del callejón, como afuera.  Sacó entonces una cajetilla de cigarros del bolsillo interno de su saco. Se colocó uno en la boca, y lo encendió. Desde la primera bocanada, ya se estaba sintiendo más relajado, y el dolor se mitigaba.

Permaneció de pie en ese lugar, simplemente aguardando. La persona que había ido a ver ya estaba ahí, eso lo sabía; lo podía sentir en todos sus huesos. Era una sensación entre el dolor y las cosquillas; difícil de describir, y más de imaginar.

Un ligero aire frío resopló, tocando su rostro con delicadeza. Debajo de su traje, su piel se erizó. Soltó una densa bocanada de humo al aire, y entonces se giró hacia un lado, hacia más adentro en callejón.

Y ahí estaba ella… Rebecca Snyder, de cabello cobrizo hecho una maraña, y el rostro pálido, a excepción de los golpes que habían dejado manchas cafés y moradas que resaltaban notoriamente. Su largo cuello, estaba marcado por las huellas de dedos largos y gruesos que habían dejado surcos en su piel al presionarse con una fuerza desmedida; los dedos de los mismos puños que hace unos minutos lo estaban intentando golpear. Su blusa estaba rasgada, dejando la mitad de su busto al descubierto, y su falda levantada. Sus muslos se encontraban manchados de sangre por el interior de estos, dibujando finos hilos que bajaban por sus piernas hasta casi llegar a sus tobillos.

Su mirada estaba perdida, puesta en algún punto del suelo sucio del callejón. Sus brazos caían a los lados sin la menor fuerza en ellos.

Cole, más que sentirse asustado o perturbado por tal imagen, cada vez que la veía solamente podía sentir una tremenda rabia. De haber podido, hubiera matado a ese desgraciado ahí mismo, y posiblemente se hubiera ganado una medalla con ello; no en esa vida, pero quizás sí en la siguiente. Pero era policía, y debía comportarse como tal. Se había unido a la fuerza precisamente para ayudar a las personas como Rebecca… pero aun así debía de seguir cumpliendo las reglas de los vivos.

Tiró su cigarrillo apenas empezado al suelo, y lo pisó con la punta del pie. Mantuvo su distancia, esperando que ella lo volteara a ver, pero no lo hizo. Siguió viendo hacia el suelo, como si esa bola de papel cerca de sus pies, moviéndose ligeramente de un lado a otro apenas unos centímetros por el viento, fuera algo realmente interesante.

—Todo terminó, Rebecca —le informó tras un rato, con mucha suavidad en su voz—. Lo atrapé. Pagará por lo que hizo, a ti y a las otras. Y no volverá a lastimar alguien más.

Siguió sin reaccionar, como si sus palabras fueran murmullos lejanos en el viento que no fueran dirigidos a ella.

Cole se le aproximó con cautela; conforme más se le acercaba, más frío se ponía el aire. Alzó su mano derecha con la intención de colocarla sobre su hombro, pero a último momento decidió no hacerlo.

—Ya puedes estar tranquila. Yo me encargaré de todo lo demás.

Siguieron unos segundos de completo silencio, y completa calma. Incluso los sonidos de la calle, el caminar de las personas, el ruido de los autos, todo parecía haberse esfumado.

De pronto, Rebecca comenzó a alzar su rostro lentamente, y a girarlo del mismo modo hacia él. Sus ojos azules, en esos momentos enrojecidos y con expresión ausente, se posaron sobre el detective, a lo que éste respondió simplemente con una modesta sonrisa.

—Gracias… —surgió de los labios de la mujer como susurro despacio, aunque igualmente su voz resonó con fuerza en la cabeza de Cole como un eco.

Le siguió el silencio, otro soplido de aire de frío, y luego… nada. El ruido de la calle y las personas volvió, el calor habitual regresó poco a poco, y Rebecca Snyder desapareció sin dejar rastro alguno. Sería la última vez que la vería, o eso era al menos lo que Cole esperaba.

Ya a esas alturas, no recordaba cuando había comenzado; a sus casi treinta años, mirando hacia atrás, le parecía como si siempre hubiera sido así: el poder ver y hablar con los muertos. Lo que sí recordaba con claridad, fue el momento en el que decidió qué uso darle a tan singular cualidad. Cuando en lugar de huir de aquella niña que había sido envenenada por su madre, accedió a escucharla y a prevenir que le ocurriera lo ismo a su hermana menor, aprendió que, en su mayoría, los espíritus que acudían a él no lo hacían con la intención de lastimarlo, sino alimentados por su propia confusión y miedos. Lo veían como un faro de luz que podía ayudarlos, y decidió que dentro de sus facultades, intentaría serlo.

Claro, no todos los fantasmas que llegaban a él lo hacían con buenas intenciones. Pero con el tiempo, logró controlar aún más sus habilidades comprendiendo incluso que éstas contaban con cualidades mucho más grandes de lo que él había previsto de niño. Dichas cualidades, podían ayudarle a mantener a raya a ese tipo de entidades, o incluso invocarlas si acaso lo requería.



Pero claro, todo eso no lo había logrado solo; de ser así, posiblemente seguiría siendo el niño que se ocultaba tras sus frazadas, en un falso intento de protegerse de seres que no comprendía. Pero gracias a dos personas en especial, logró dar los pasos adecuados. El primero de ellos, sorprendentemente, era otro fantasma, y fue quien le animó a ya no tenerles tanto miedo. La segunda persona, la conoció ya a punto de entrar a la adolescencia, cuando las apariciones se volvieron mucho más frecuentes, y mucho más intensas.

Esa persona, precisamente, estaba a punto de llamarle.

Cole salió del callejón teniendo la clara intención de prender otro cigarrillo. Recién se lo había colocado en los labios, cuando sintió su celular vibrar en su pantalón. Se apresuró a sacarlo, y en la pantalla miró que se mostraba un número no registrado. Pero, además de eso, empezaba con el código de otro estado.

Intentó hacer memoria de a qué ciudad pertenecía dicho código, pero no se le vino a la cabeza de manera rápida, y el teléfono seguía sonando. Su decisión inmediata fue responder. No era raro que gente de número desconocidos le llamara, pues seguido repartía su tarjeta con su número entre personas que sentía que pudieran necesitarlo. Sin embargo, lo que sí era un poco más inusual, era que ese tipo de llamadas llegarán de fuera de la ciudad… excepto por un caso en especial, que fue el que se le vino a la mente justo al instante siguiente de responder.

—Detective Sear —respondió con firmeza, a como sus años de policía le habían acostumbrado.

—Vaya pelea, Detective Sear —escuchó que pronunciaba una voz de mujer del otro lado de la línea; una muy, muy reconocible voz de mujer—. ¿Jamás consideraste una carrera en el boxeo?

Una amplia sonrisa de emoción se dibujó en los labios de Cole.

—¿Eleven? ¡Vaya sorpresa!

Escuchó una pequeña risilla modesta del otro lado.

—Eso no sonó sincero.

—Por qué no lo es, en realidad no estoy sorprendido. ¿Me estabas espiando acaso? No me estarás llamando sólo para regañarme por la pelea, ¿o sí?

—Fue una coincidencia, en realidad. Y estoy segura de que ese individuo se merecía ese reacomodo facial.

—Te aseguro que se merecía eso y más.

De nuevo, algunas risillas amistosas de parte de ambos. Cole empezó a caminar por la banqueta en dirección a la jefatura, teniendo a cada momento el teléfono contra su oreja.

Jane Wheeler, Eleven de cariño, dirigía una Fundación dedicada especialmente a ayudar a niños como él. Con su guía, aprendió a comprender cómo usar mejor sus habilidades; o, como ella lo llamaba, su “Resplandor”.

—Lamento molestarte tan repentinamente —murmuró Eleven, una vez los saludos iniciales pasaron—, pero necesito pedirte un favor.

—Por ti lo que sea, tú lo sabes —se apresuró a responder de inmediato. Cole no trabajaba de manera regular en la Fundación, pero siempre estaba abierto a hacerlo en cuanto la oportunidad se presentara—. ¿Algún otro niño de la Fundación atemorizado por fenómenos incomprensibles para el resto de tus ayudantes?

—Algo así. Pero tengo la sospecha de que podría ser un caso más cercano al otro tipo de fenómenos que acostumbras ver.

La ceja derecha de Cole se arqueó con intriga.

—¿Otro tipo?

—Tú sabes, de los que no son precisamente fantasmas.

Esa sola aclaración fue bastante clara para él; no lo dijo con palabras, pero su silencio le indicó ello a su interlocutora. Igualmente, eso hacía algo más preocupante el motivo de su llamada.

—Se trata de una niña que presenta habilidades, y un comportamiento que resulta bastante preocupante, en muchos sentidos. Le asigné el caso a Matilda Honey, una de mis colaboradoras de mayor confianza y compromiso. Creo que nunca has tenido la oportunidad de conocerla antes.

A Cole, en efecto, no le venía dicho nombre a la mente; definitivamente recordaría a alguien cuyo apellido fuera “Honey”. Se prestaba tan fácil a un par de chistes, que hasta podría considerarlo un reto aburrido.

Eleven continuó.

—Es una chica bastante capaz de cualquier cosa; y lo digo de forma casi literal. Sin embargo, ella no tiene el tipo de experiencia que tienes tú con casos como éste.

Cole meditó un poco obre todo lo que le acababan de decir. Gran parte de su atención se había quedado un poco atrás en la plática.

—¿Qué crees que es exactamente, Eleven? —le cuestionó con notoria seriedad en su tono.

Eleven se tomó un par de segundos antes de responderle.

—No lo sé con seguridad. Es más un presentimiento… un horrible presentimiento.

—Es mejor no tomarse tus presentimientos a la ligera, especialmente si son horribles. ¿Qué necesitas que haga?

—Originalmente mi intención era pedirte si podías encargarte, pero Matilda expresó muy enérgicamente su negación a dejar el caso. Aun así, creo que me sentiría más tranquila si vieras a esta niña y le dieras tu opinión a Matilda sobre ella. Y si te es posible, apoyarla en los siguientes pasos a seguir.

—Seguro, no hay problema. ¿Cuándo debo estar ahí?

Eleven balbuceó, confundida por la respuesta tan abrupta.

—Pero aún no te doy todos los detalles del caso. Ni siquiera te he dicho a dónde tendrías que ir…

—Hey, dije que por ti haría lo que sea —interrumpió el detective con firmeza—, así que no necesito más detalles. Además, acabo de cerrar un caso difícil y me vendrían bien unas cortas vacaciones. Sólo dame unos días para acabar con el papeleo, y ver en qué fechas debo presentarme en la corte.

—Eres todo un encanto, Cole —murmuró la mujer con un tono animoso—. Entonces estaremos en contacto para hablar con más calma del caso.

—Seguro, siempre sabes dónde encontrarme.

Estando a punto de colgar, Eleven lo detuvo.

—Ah, una cosa más, Cole. Procura ser… cuidadoso con Matilda. Nunca has conocido a nadie como ella.

—¿Por qué lo dices? —inquirió, intrigado—.  ¿La señorita “Honey” tiene dos cabezas o puede hacer que me explote la mía?

—Definitivamente no tiene dos cabezas. De lo otro… —Eleven dejó las palabras en el aire, dejando a Cole un tanto confundido—. Creo que se llevarán bien… a la larga. Te dejo para que termines tu papeleo. Hablamos esta noche.

—Seguro. Salúdame a Mike.

Al cortar la comunicación, Cole se detuvo unos instantes a meditar, ahí de pie en la banqueta. Sonaba bastante seguro hace unos momentos a teléfono, pero en realidad… no lo estaba tanto.

Avanzó un poco más hacia una banca, y se dejó caer de sentón en ella. Sacó de nuevo su celular, y comenzó a marcar un número. Del otro lado, le atendieron al tercer pitido.

—Padre Michael —pronunció con entusiasmo, aunque solemne—. ¿Tiene tiempo de recibirme más tarde? No, nada malo en especial. Es sólo… un horrible presentimiento.

— — — —

Luego de varios días de reuniones y acuerdos, Ann Thorn, de apellido de soltera Rutledge, decidió tomarse una noche libre en su viaje de negocios a Los Angeles, y salir a la Ópera. ¿Y qué mejor acompañante para una noche como esa que su amado sobrino, Damien? Después de todo, esas mismas reuniones y acuerdos, también lo habían tenido algo ocupado… aunque no tanto como ella esperaba.

Damien se prestó algo renuente al principio, pero al final aceptó de mala gana. Ambos se arreglaron justo a la hora, y se subieron a la limosina para que Billy los llevara al Dorothy Chandler Pavilion. Dicho viaje, sin embargo, fue bastante… silencioso.

Ann era una mujer que rozaba ya los cuarentaicinco años, de porte elegante y de muy buen ver. Tenía largo cabello negro rizado, que esa noche caía suelto sobre sus hombros. Se había puesto un vestido largo de noche negro, con los hombros descubiertos, y tacones altos a juego. Se encontraba además retocando sus labios en sus momentos con un intenso rojo que resaltaba en su blanco cutis. Era, en pocas palabras, una mujer despampanante, de esas que se notaba que cada año que cumplían les sentaba aún mejor.



—La crítica ha hablado muy bien de esta ópera —comentó justo después de terminar de pintarse los labios—. Esperemos que valga la pena.

—Sí, estoy seguro que quieres verla por las buenas críticas —comentó el muchacho a su lado, con marcado sarcasmo.

Damien usaba un traje de saco y pantalón negro, una camisa gris oscuro, y una corbata roja con líneas blancas en diagonal. Mientras su tía hacía lo suyo con sus labios, estando ambos sentados en el asiento trasero de la limosina, él revisaba su celular de forma aburrida. Había una significativa distancia entre ambos, que difícilmente podría haber sido accidental.

Ann era la segunda esposa de su tío Richard, el hermano mayor de su padre. Cuando quedó huérfano a muy temprana edad, quedó bajo la custodia de ambos. Luego, su tío Richard murió en un accidente cuando él tenía doce, y desde entonces quedó al cuidado de Ann como su tutora legal.

Pero claro, mucho de ello era mentira, o al menos casi nadie sabía todos los detalles sobre cómo habían muerto realmente sus padres y su tío, o quién era realmente Ann Rutledge, o el propósito y medio por el que había llegado a la vida de Damien.

—Las apariciones públicas ocasionales son a veces necesarias —señaló Ann—. Creí haberte enseñado eso.

Guardó entonces su espejo y labial, e inmediatamente después echó un vistazo a su acompañante.

—Esa corbata te sienta muy bien. Deberías usarla más seguido.

—Sirve para cuando quiero disfrazarme de payaso —contestó el chico de malagana.

Su actitud era bastante negativa, y aunque Ann intentaba disimular su molestia, ciertamente era difícil no sentirse agredida con su tono. Ese estado le había durado ya un par de meses. Y aunque en ocasiones parecía que todo iba mejorando, abruptamente volvían al punto de partida.

La limosina se acercó a su destino por North Grand Avenue.

—Déjanos aquí, Billy —señaló Ann, indicándole las largas escaleras que llevaban a la plaza del Centro de Música de Los Ángeles. El conductor se orilló, a pesar de línea roja, y ambos se bajaron. Primero Damien, y luego Ann, quien tuvo que bajarse sin la ayuda de su joven agregado, pues éste seguía sin despegar sus ojos de su celular.

En cualquier otro caso similar, esa actitud sería un ejemplo claro de lo deteriorada que se encontraba la juventud actual. Pero ese chico no era cualquier joven, y su actitud hacia ella se debía a más que común apatía juvenil.

En la banqueta había mucha gente, pero desde su posición se podía notar que había aún más arriba en la plaza; todos de seguro esperando a que fuera hora de que iniciara el evento.

La limosina se alejó, y ambos empezaron a caminar hacia las escaleras. Sin embargo, una voz detrás de ellos los detuvo.

—Señora Thorn —pronunció una voz jocosa a sus espaldas, haciendo que la mujer de negro se volteara rápidamente, y Damien lo hiciera igual. Acercándose por la banqueta, se aproximaba un hombre de estatura media, con barba a medio crecer, camisa a rayas, saco y pantalón gris. Y, quizás lo más resaltante, un gafete de prensa colgando del bolsillo izquierdo de su saco—. Es usted Ann Thorn de Industrias Thorn, ¿cierto?

Ann sonrió con gentileza, a como le fue posible. Había varios reporteros en los alrededores, algunos mucho más reconocibles que otros, incluso sin gafetes distintivos en sus pechos. Pero ese en particular, no parecía ser un reportero de espectáculos. Además, no creía que muchos reportes de espectáculos pudieran reconocerla tan fácilmente por la calle.

—Si quieres saber mi opinión sobre la puesta, tendrás que esperar hasta después del final, muchacho —se excusó de forma educada, y algo burlona, y de inmediato se dispuso a seguir su avance; Damien la siguió en silencio.

—No soy reportero de espectáculos, señora Thorn —se apresuró el reportero a explicarse, creando cierto orgullo interno en Ann al ver que había tenido razón—. Estaba esperándola a usted precisamente. ¿Puede darme sólo un segundo?

—No tengo mucho tiempo —explicó Ann, mientras los tres subían las escaleras—. La primera llamada será en cualquier momento. Además, ¿cómo supiste que estaría aquí de todas formas?

—Con todo respeto, pero la presidenta de un consorcio empresarial tan grande como Thorn Enterprises, difícilmente puede pasar desapercibida. Especialmente si viene acompañada del joven heredero.

La atención del hombre se centró en el chico que caminaba a lado de la elegante mujer. Éste, al sentir su mirada, lo miró igual sobre su hombro con sus profundos y fríos ojos azules. La expresión del chico, llegó a causarle un ligero respingo, sin razón alguna.

—Damien Thorn, ¿cierto? —Le extendió entonces su mano a modo de saludo, una vez que llegaron al final de las escaleras. No obstante, Damien no le regresó el saludo de forma alguna.

—Me iré adelantando, tía Ann —informó con brusquedad, y entonces se alejó caminando hacia el auditorio por su cuenta.

Ann lo miró unos segundos, entre sorprendida y molesta; esto último no estaba segura si era hacia su joven sobrino, o hacia el impertinente reportero que los estaba molestando.

—Será rápido —oyó que el hombre pronunciaba a su costado con la misma voz jocosa de antes, la cual no hizo gran logro para aminorar su mal humor—. Sólo quisiera conocer su opinión acerca de los rumores que rondan en el sector accionario sobre de que su visita a Los Ángeles se debe a la posible compra de Winston Motors por parte de Thorn Enterprises.

Desde su posición, él no podía ver su rostro; y de haber podido hacerlo, quizás hubiera pensado dos veces antes de hostigarla con tales cuestionamientos. Le hervía por dentro el deseo de tomar su estúpida cabeza, y estrellarla contra el suelo, una y otra vez, hasta que en sus manos sólo quedaran manojos de carne y hueso en forma de plasta. Lamentablemente, eso sería bastante perjudicial para las relaciones públicas de la empresa. Así que, en lugar de optar por esa opción, decidió simplemente virarse hacia él, y sonreírle con total normalidad.

—Si tuviera algo que decir al respecto, ¿por qué crees que te lo diría a ti, querido? Especialmente considerando que cualquier cosa que diga, o no diga, causaría un disturbio en Wall Street en la mañana.

—Usted misma lo ha dicho —recalcó el reportero, con confianza en su voz—. A veces el rehusarse a negar una declaración, dice mucho más que si la afirmara.

De seguro se había sentido muy inteligente por haber hecho tan “astuta” observación. Ann siguió sonriendo, pero la opción de la cabeza y el suelo cada vez le parecía más tentadora.

—Si no viene a eso, ¿por qué no me dice cuál es el motivo real de su estadía en Los Ángeles? Eso podría calmar los rumores y los disturbios, ¿no le parece?

—Esta noche, sólo vengo a pasar un tiempo de caridad con mi querido sobrino. Y tú me lo estás estropeando. —Aderezó su comentario, dándole un par de palmadas “amistosas” en la mejilla—. Puedes escribir eso si lo deseas. Sobre Winston Motors… —Hizo una pausa reflexiva, inclinó su cabeza hacia un lado, y luego volvió a sonreír confiada—. Sin comentarios.

Dicho eso, comenzó a avanzar con paso veloz hacia el auditorio, y aun estando él a sus espaldas, pudo sentir como sonreía orgulloso, sacaba su celular, y llamaba a alguien.



Podía ver venir como tomaría su “negación a negar” como una afirmación; como en la sección de negocios de algún diario local, el día de mañana aparecería una nota que, sin afirmar nada directamente, pero sí entre líneas, comunicaría al mundo que Thorn Enterprises absorbería a Winston Motors, y hasta daría algunas predicciones y teorías de lo que dicha compra podría traer a futuro. Las acciones de Winston Motors empezarían a la alza, y las de Thorn Enterprises quizás bajarían unos cuantos puntos; nada fuera de lo habitual.

Pero al final, todo sería sólo una reverenda estupidez. Claro que el presidente de Winston Motors y ella tenían ya una alianza, y claro que la habían visto salir y entrar de su corporativo varias veces a lo largo de esa semana y media. Pero dicha alianza era muchas cosas, pero no “comercial”; no en el sentido convencional que ineptos reporteros como ese entendían, al menos. Las cabezas principales de Winston Motors eran parte de Ellos; seguidores de la misma causa, aliados en asuntos que resultaban mucho más profundos y complejos que una compra empresarial, o cualquier otra idea que la mundana mente de ese individuo pudiera concebir.

Pero ya no tenía sentido seguir pensando en ello; había temas más relevantes que le seguían preocupando.

Ya dentro del auditorio, un acomodador le hizo el favor de guiarla hasta su palco privado, en el que su acompañante ya se encontraba sentado; de nuevo, con su atención puesta en el teléfono celular. Se preguntaba si realmente estaba viendo algo interesante o si solamente lo hacía para molestarla.

Decidió no exteriorizar su molestia, y en su lugar sólo sonrió y se sentó en la silla a su lado; demasiadas sonrisas falsas para una tarde. El palco estaba en el costado derecho del auditorio, y la posición era más que adecuada para contemplar sin problema todo el escenario. El palco se lo habían proporcionado sus “amigos” de Winston Motors.

—La vista es perfecta, ¿no lo crees? —comentó la mujer de negro, mas no recibió respuesta; al menos no de inmediato, aunque no fue como tal una respuesta a su pregunta.

—¿Realmente fue una coincidencia que nos encontráramos a ese reportero? —Cuestionó con fastidio el chico, sin apartar su mirada de la pantalla.

—¿Tú qué crees? —contestó Ann con un aire de misterio. En realidad, sí había sido una coincidencia, pero en cualquier oportunidad que tuviera, era buena idea hacerlo sentir que tenía cierto control de la situación. Sólo esperaba que no intentara meterse en su cabeza para verificarlo—. Sería bueno que dejaras de rehuir del ojo público como lo has estado haciendo estos últimos meses.

—Acepté venir contigo aquí, ¿o no? Y te aseguro que no fue por las buenas críticas. Además, he estado ocupado en otras cosas como para enfocarme en las relaciones públicas.

—Eso escuché —murmuró con hastío en su tono—. ¿En verdad crees que es lo mejor para tu imagen estarte paseando por esos lares?

Damien sonrió, divertido por el nada sutil cuestionamiento. Sólo entonces apagó al fin su celular y lo guardó en su bolsillo.

—Claro que te enteraste —comentó—. Me preguntaba cuándo lo ibas a mencionar.

Hace unos días, le había pedido a Billy que lo llevara a un barrio al sur de la ciudad, para buscar a una persona. Dicho barrio, sin embargo, era de “esos lares” a los que Ann se refería tan despectivamente.

—No te metas en mis asuntos. Yo sé lo que hago.

—¿Y si alguien te hubiera reconocido?

—¿Alguien como quién? ¿Los concejales y los sargentos de policía que se la pasan por ahí cada dos días?

—Igual no era necesario que fueras tú en persona. Pudiste haberle pedido a cualquiera de tus hombres para que se encargara de ese… asunto por ti.

—Querrás decir “tus” hombres. Tuyos y de Lyons.

Ann lo volteó a ver directamente, anonadada por tal comentario.

—Por supuesto que no. Sabes que cualquiera de los miembros de la Hermandad haría lo que fuera por ti. Incluidos nosotros.

Damien volvió a sonreír divertido.

—Me perdonarás si me pongo algo escéptico de dicha afirmación.

Se produjo un pequeño silencio, en el cual resonó el eco de los pasos y los murmullos de la gente que se iba acomodando en sus lugares. La segunda llamada se produjo durante ese lapso.

—¿Qué esperas realmente obtener reuniéndote con estas niñas? —Cuestionó la mujer de negro, abruptamente.

—Aún no lo sé con exactitud. Pero estoy seguro de que será una experiencia esclarecedora.

—Esperas demasiado de estos seres tan mundanos y bajos —exclamó Ann con poderío en su voz—. Estas niñas no son dignas de ti, más allá de postrarse a tus pies. Todos los seres de este despreciable mundo, incluso aquellos que se creen “especiales” como ellas, no son más que insectos ante ti. No intentes encontrar entre ellos a tus iguales, cuando tú te encuentras tan encima de todos nosotros…

—Deja ya eso, ¿quieres, Ann? —Le interrumpió de forma violenta, proporcionándole una mirada furtiva de enojo—. No estoy de humor para tus tonterías.

El aliento de Ann se cortó en cuanto él posó su mirada sobre ella. Esos ojos ya no reflejaban más la tranquilidad y frialdad habitual del chico, sino una genuina y profunda rabia; de esa que, quizás de haber sido aunque fuera un poco más grande, hubiera repercutido de manera desastrosa sobre su persona.

Damien se volteó de nuevo al escenario, y se cruzó de piernas, adoptando una postura que parecía querer indicar que era la única persona en ese palco; o, al menos, la única que le interesaba, aunque fuera un comino.

Ann bajó su mirada pensativa y subyugada. No había sido consciente hasta ese momento de lo realmente grave de la situación entre ambos. Todo había comenzado apenas unos meses atrás, luego de aquel estúpido Congreso de Economía en New Hampshire. Un solo momento de descuido, sólo un instante de no poner atención a todo lo que le rodeaba, a todo lo que podría ser un peligro potencial, y todo se arruinaba. Antes tenía confianza de que con el tiempo todo pasaría, que sería algo sin importancia alguna. Sin embargo, todo parecía indicar que no sería así. Que no era algo que olvidaría o se le pasaría fácil, y que podría traer horribles consecuencias.

Todo lo que había hecho y sacrificado por el bien mayor, por el renacer de una nueva era… en riesgo de ser tirado a la basura por la intervención de una jovencita idiota que no sabía con quién estaba jugando.

—Si he hecho realmente algo para ofenderte, mi señor… sabes que haré cualquier cosa con tal de recuperar tu confianza. —Alzó entonces su mano, con la intención de colocarla sobre la de él—. Cualquier cosa…

Antes de que pudiera siquiera rozar su blanca piel, el chico la retiró rápidamente de su respaldo, como si le provocara asco ese posible contacto. La miró de reojo, con el mismo sentimiento de hace unos momentos. Se sentó derecho en su silla, y se volvió de nuevo al escenario.

Ann bajó su mirada, resignada. La tercera llamada llegó un poco después, y todo el resto de la noche se sumió en silencio.

FIN DEL CAPÍTULO 08

Notas del Autor:

— El personaje de Cole Sear está basado en el niño protagonista de la película Sixth Sense o Sexto Sentido de 1999, teniendo en estos momentos ya alrededor de veintisiete o veintiocho años, en contraposición con los nueve que tiene en dicha película. Los acontecimientos de la película se respetan tal cuál como se muestran en ella, sin ningún cambio de momento. Las habilidades de Cole, sin embargo, tendrán cierta evolución en comparación con lo visto en la película, misma que se irá explicando en capítulos posteriores.

— El personaje de Ann que apareció en este capítulo, está basada e inspirada en la combinación de dos personajes. Su papel y relación con Damien está basada en Ann Thorn de la película Damien: Omen II de 1978, mientras que su apariencia y personalidad se encuentran basadas en Ann Rutledge de la serie de televisión Damien del 2016, aunque ambos personajes nunca se especificaron como el mismo. La diferencia principal es que aquí se considerará algo más joven, para que quede más acorde con la edad de Damien. Adicional a ello, varios de los acontecimientos de Damien: Omen II se tomarán en cuenta y se adaptarán a la historia, pero en el caso del desenlace que tuvo el personaje en cuestión al final de esa película, será cambiado.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

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3 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 08. Un horrible presentimiento

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