Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 07. Mi mejor intento

22 de septiembre del 2017

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 07. Mi mejor intento


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 07.
Mi mejor intento

Matilda llevaba ya una semana en Oregón, cuando al fin un día el cielo amaneció despejado. Ese día se levantó relativamente temprano. El sol apenas estaba saliendo, y la vista del cielo azul poco a poco iluminándose, era realmente hermosa. Mientras conducía hacia el hospital, se le ocurrió una idea para la sesión de ese día.

Luego de las habituales negaciones iniciales por parte del Dr. Scott, que no sólo ya le eran normales, sino que le extrañaría demasiado su ausencia, éste le permitió sacar a Samara al patio del hospital. No habría ningún otro paciente en esos momentos ahí afuera, por lo que podrían estar a solas; John se encargó de recalcarle que eso incluía a cualquier otro doctor o enfermero que pudiera ir a su rescate si algo salía mal, pero igual decidió tomar el riesgo.

Cerca de las siete y media, Matilda y Samara salieron juntas al patio. Parecía como si el sol no le hubiera tocado la cara en semanas a la pequeña Samara, y no sólo por el extremadamente pálido tono que su rostro había tomado. La pequeña miraba en todas direcciones, con mucha cautela mientras avanzaban desde la puerta por el camino de cemento rodeado de bancas y árboles. Sus actos mostraban interés, pero su mirada no dejaba de verse ausente, estoica.

Entre sus dedos, Samara llevaba a Nancy, la muñeca que había pedido que le trajera de su casa. Era un modelo anticuado de Barbie, o al menos de alguna marca que intentaba asemejarla, de cabellos negros, largos y lacios. Usaba un pequeño vestido corto color verde de hombros descubiertos. Como había acordado con el buen Doctor a cargo, Matilda se la entregaba cada vez que se veían, y se la llevaba consigo cada vez que se iba. Lo curioso era que Samara nunca jugaba con ella ni nada parecido. Normalmente, sólo la tenía abrazada contra sí, o la sujetaba entre sus manos con fuerza. Matilda sentía que la sola cercanía de ese juguete, de seguro la hacía sentir un poco mejor de alguna forma; ¿más cerca de casa, quizás?

—¿Qué hacemos acá afuera? —preguntó la niña algo confundida, pero evidentemente no decepcionada por el cambio de escenario.

Matilda sonrió.

—El sol al fin salió, así que creí que te gustaría un aire diferente. —Samara no respondió nada, pero presintió de inmediato que se trataba de una silenciosa afirmación—. Además, quisiera que intentemos algo nuevo.

Matilda guio a Samara hasta una de las bancas a un costado del camino, pero no se sentaron en ella. En su lugar, la psiquiatra extendió su mano hacia el frente, en dirección a las montañas a lo lejos.

—Normalmente plasmas pensamientos que sólo ves en tu cabeza. ¿Pero has intentado plasmar algo que ves? ¿Algo real? Por ejemplo, mira ese paisaje.

Samara miró en la dirección en la que le señalaba. El sol estaba saliendo desde atrás de los montes, y se lograba ver su circunferencia sin problema, pues aún no llegaba a iluminar con toda su luz.

—¿Por qué no intentas mirarlo unos segundos, memorizarlo, y plasmar esa imagen en el papel?

Samara la miró dudosa, pero ella prosiguió.

—Ve esos colores, esas formas. ¿No son hermoso?

—Sí, lo son —murmuró despacio.

—Entonces, ¿qué dices? ¿Te gustaría intentarlo?

Samara sencillamente se encogió de hombros, y de nuevo le pareció que era su forma silenciosa de decir “sí”.

Estuvieron un par de segundo contemplando aquel espectáculo natural. En todo ese tiempo, ninguna dijo nada o hizo nada más allá de mirar al horizonte. La expresión de Samara seguía igual de apacible que siempre, así que era imposible para ella saber si lo disfrutaba o no.

—Bien, ahora démonos media vuelta.

Matilda se volteó, y ahora sí sentó en la banca, de tal forma que le daba la espalda a las montañas. Tocó la superficie de madera a su lado con una mano, indicándole con ese pequeño acto que se sentara. Samara así lo hizo, aunque todo en su rostro indicaba que seguía sin estar muy segura de la situación. ¿A qué se debería esa duda?

Matilda sacó de su bolso el block de dibujo que habían estado usando durante la sesiones; en él se encontraban plasmadas ya varias imágenes, todas creadas por Samara. Abrió el block en una hoja en blanco, y lo colocó con cuidado sobre las piernas de la niña.

—Intenta imaginar en tu mente ese paisaje que viste, y plásmalo aquí. ¿Crees poder hacerlo?

Samara miró fijamente el papel en blanco en sus manos. Pasó sus dedos lentamente por él, apenas rozando la superficie con la yema de los dedos. Luego de unos segundos, colocó toda la palma sobre la parte baja del papel, y casi de inmediato se fue formando lentamente una imagen, con ramificaciones negras y oscuras extendiéndose desde sus dedos, hasta crecer y cubrir el espacio blanco. Al igual que las veces anteriores, parecía como si esas líneas se estuvieran quemado sobre el papel, en lugar de dibujarse.

La imagen quedó plasmada relativamente rápido, y el resultado fue precisamente el paisaje a sus espaldas. Sin embargo, no era completamente igual. En cuanto Matilda lo vio, una sensación bastante agobiante le invadió el pecho. Mientras que el paisaje real se veía cálido, amigable y colorido, la imagen en el papel era oscura y fría. Las tinieblas parecían cubrir el firmamento, opacando la luz del sol.

—Muy bien, lo hiciste muy bien —exclamó Matilda, colocando una mano en su hombro en señal de aprobación. Le agradó no recibir ninguna reacción negativa de parte de la niña ante ese pequeño contacto—. Pero, ¿no te transmite un sentimiento diferente al real? ¿No crees que se ve algo…?

—¿Triste? —Interrumpió de golpe, sin dejar de contemplar la imagen en el papel—. ¿Aterrador? ¿Como muerto? —calló un segundo—. Todo siempre termina siendo así, aunque no quiera.

No era claro si lo que transmitían sus palabras era frustración o angustia, pero definitivamente el resultado le había afectado. ¿Era eso lo que le preocupaba en un inicio? ¿Sabía que terminaría así?

—No te preocupes, ¿sí? ¿Por qué no lo intentas otra vez?

Samara se puso de pie y echó otro vistazo al paisaje por largo rato. El sol ya estaba más vivido y no podía sostener mucho la mirada, pero igual lo intentó. Se volvió a sentar cuando lo consideró prudente, y repitió el mismo acto de hace unos momentos: cambió de página a una en blanco, pasó los dedos por el papel, colocó su mano en la parte inferior, e intentó plasmar de nuevo la imagen del paisaje.



El resultado, sin embargo, terminó siendo bastante similar al anterior.

Matilda tomó el cuaderno y lo revisó a más detalle. Lo que había dicho hace unos momentos era cierto: todas las imágenes que creaba, tanto en las radiografías como en el papel, transmitían un sentimiento bastante incómodo, hasta aterrador en ocasiones. Quizás no era nada malo; quizás era lo que su habilidad era capaz de hacer, y las personas como ella lo percibían con una sensación oscura sencillamente inspirada por sus propias emociones. Pero aunque fuera así, era difícil mirar esas imágenes y que no te provocaran una profunda sensación de desosiego y tristeza.

Un pensamiento fugaz le cruzó la cabeza. Si así se sentía ella con sólo con ver una imagen plasmada en papel… ¿qué era lo que sentía la señora Morgan? ¿Qué era lo que Samara le había hecho ver? ¿Y… qué le había hecho ver a su madre para que ésta deseara ahogarla?

—¿Estás molesta conmigo? —escuchó que Samara le preguntó de pronto, tomándola por sorpresa.

—No, claro que no —se apresuró a responderle con una amplia sonrisa—. Lo hiciste muy bien, Samara. Quizás podemos intentar otra…

—¿Entonces con quién estás molesta? —le interrumpió abruptamente, casi cortante.

Matilda vaciló, extrañada por ese repentino exabrupto.

—¿Por qué crees que estoy molesta?

—Porque lo presiento. Siento que algo te molesta.

Samara la miró con intensidad en su mirada. Casi siempre tenía una mirada intensa, pero en esa ocasión era diferente; parecía casi inquisitiva, como si la estuviera acusando de algo.

—¿Lo presientes? ¿En mi mente? —Samara no respondió, aunque sí desvió su mirada hacia otro lado rápidamente, como si se sintiera avergonzada—. ¿Leíste algo en mi mente, Samara?

—No por completo —susurró despacio, con la cabeza agachada; el cabello le caía sobre el rostro, cubriéndolo casi por completo—. Siempre son más como… presentimientos.

—Entiendo. ¿Y tienes esos presentimientos seguido?

—No tanto…

El alcance de su habilidad telepática, si es que en efecto era eso, no había podido ser del todo bien estudiada por el Dr. Scott y el resto de su equipo, y Matilda no había querido profundizar mucho en ello; no aún, al menos.

Esos “presentimientos”, como los describía, eran la menor escala que habían detectado en personas que resplandecían. Normalmente eran sólo sensaciones que le indicaban a la persona si debían hacer o no hacer algo, si debía confiar o no en alguien. Pero en el caso de Samara, estaba segura de que era más profundo que eso. Que esos presentimientos y sensaciones, eran más claras de lo que creían.

—¿Presentiste algo sobre mí? —le preguntó directamente, pero Samara de nuevo no respondió nada—. ¿Hay algo que quieras preguntarme? Sabes que puedes decirme lo que sea.

Matilda esperaba no estar pisando terreno peligroso. Después de todo, tenía en su mente información importante que no le había compartido a su actual paciente; sobre ser adoptada, y el paradero verdadero de su madre biológica, así como la escabrosa historia de cómo fue que terminó en adopción. Si ella había presentido algo de ello, podría estarse metiendo en una situación en la que no quería estar. Sin embargo, por otro lado, si ella lo sabía o lo había al menos presentido, ya fuera en ella o en sus propios padres, no haría nada de bien a su relación ocultárselo o negarlo.

Matilda estaba decidida a hablar con la verdad si eso era lo que le quería decir. Sin embargo, eso que Samara quería preguntarle, nada tenía que ver con esa sospecha. De hecho, Matilda no se encontraba para nada preparada para dicho cuestionamiento…

—¿Quién es Carrie? —soltó de golpe la pequeña, haciendo que Matilda se sobresaltara tanto, que por poco y se paraba de su asiento de un brinco sin fijarse.

La psiquiatra se quedó paralizada, incapaz de reaccionar de inmediato; incluso su respiración se había cortado, pero no fue consciente de ello hasta que se dio cuenta que le faltaba el aire en los pulmones.

Al no recibir respuesta, Samara se viró lentamente hacia ella, y de nuevo la miró con esa misma intensidad de antes.

—¿Disculpa? —soltó la doctora, incapaz de reflejar seguridad. Había escuchado muy bien su pregunta, pero se aferraba a un casi ridículo anhelo de que hubiera sido otra cosa.

Y en efecto, no fue así.

—Has pensado ese nombre con mucha fuerza en un par de ocasiones desde que nos conocimos —se explicó Samara—. Es como un grito fuerte un mis oídos. ¿Quién es?

Matilda aspiró y soltó aire con fuerza por la nariz.

¿En verdad le estaba preguntando sobre… eso? ¿Por qué? ¿Por qué de ese tema? ¿Por qué justo en ese momento? De todas las cosas, secretos, momentos indeseables y horribles que rondaban su mente… ¿por qué ese?

—No es algo de lo que creo debamos hablar en estos momentos. Es mejor…

—¿Por qué no me quieres decir quién es? —insistió Samara con algo más de agresividad.

—No es que no quiera, Samara. Es sólo que…

Las palabras de Matilda se trabaron. Estaba tan poco preparada para responder al respecto, que en realidad no tenía una excusa convincente, más allá de la obvia: que en efecto, no quería hacerlo… la cual no estaba muy apartado de la realidad.

Samara pareció molestarse por su vacilación.

—Dime quién es —exclamó con exigencia—. O ya no querré hablar contigo.

Matilda se sobresaltó; presintió con facilidad toda la amenaza latente en esas palabras. No estaba segura qué tan enserio era ello, pero no podía permitir que un incidente como ese rompiera toda la buena relación que había logrado con ella hasta ese momento.

Pero… ¿hablar de eso? ¿Qué utilidad o beneficio podría traerle? Lo más seguro, ninguno. Hablar de eso no podría traerle nada bueno, ni a ella ni a la niña.

¿Debía imponer su autoridad? No estaba muy segura de cómo reaccionaría ante una confrontación así. Incluso en ese momento, ya se le veía bastante a la defensiva. Su expresión había tomado ese semblante casi aterrador que tenía la primera noche en que se vieron. Le costaba trabajo admitirlo, pero realmente comenzó a sentirse intimidada por ella… casi asustada. ¿Era eso lo que veían el Dr. Scott y sus ayudantes? ¿Era eso lo que veían sus padres?

Por primera vez sintió real la advertencia, casi amenaza, que John le hizo sobre que no habría ningún enfermero o doctor que la ayudara si se ocupara.

Volvió respirar con profundidad. Cerró el cuaderno de dibujó y lo colocó sobre sus piernas.



—De acuerdo…

Miró hacia el frente. El sol ya había casi salido por completo a sus espaldas, pero al frente aún se distinguían algunos tonos azules y morados de la noche. Se cruzó de piernas, y se sentó derecha; Samara la miraba fijamente, expectante.

—Carrie… era también una chica especial —murmuró con mucha cautela en su voz—. Ella también resplandecía, como nosotras. Pero sus habilidades se manifestaron en ella sólo hasta que fue algo mayor que tú. No es lo usual, pero pasa. Normalmente el Resplandor se presenta en los niños a corta edad, y de ahí se va desarrollando poco a poco. Pero en ella se presentó de golpe a los diecisiete, sin ningún aviso, y con bastante fuerza. Y eso puede traer consigo varios problemas.

—¿Por qué?

—Bueno, como muy pronto tú misma lo sabrás, la adolescencia es una etapa muy difícil para todos. Está llena de confusiones y miedos, aún sin que tengas que vivir con el Resplandor.

Hizo una pausa, y sostuvo un poco la respiración, como si hablar de ello le causara algún tipo de dolor.

—En el caso de Carrie fue un poco más grave, por su situación familiar y con sus compañeros de clase. No tenía una vida sencilla, ni cerca de ello. Y eso le afectó demasiado. Es por eso que quise ayudarla, así como te quiero ayudar a ti ahora mismo.

—¿Y lo lograste? —Inquirió Samara con un tono tajante—. ¿Pudiste ayudarla?

En la expresión de Samara se dibujó un anhelo de saber, pero también añoranza. Parecía realmente deseosa de escuchar su respuesta, y que realmente ésta fuera la verdad. Parecía realmente querer saber si había sido capaz de hacerlo, si había sido capaz de hacer lo mismo que deseaba hacer con ella.

Pero decirle justamente eso… hubiera sido una mentira.

—Hice mi mejor intento —fue lo único que Matilda logró pronunciar, y se arrepintió casi de inmediato de haberlo hecho.

Samara la miró atentamente en silencio. Todo ese anhelo se había desvanecido abruptamente, y ahora sólo quedaba… nada, absolutamente nada.

—Pero fallaste —concluyó Samara con un tono casi indiferente—. Fallaste, ¿verdad? No pudiste ayudarla. —Su tono era tan frío que se clavaba con dureza en el pecho de Matilda—. ¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?

Matilda se quedó helada por esas palabras.

—No… claro que no lo haré —le respondió, de nuevo, incapaz de reflejar la suficiente seguridad que deseaba, y ella lo notó.

Samara bajó de nuevo su mirada contemplando su muñeca sobre su regazo. Luego de unos segundos, tomó a la muñeca y la colocó en la banca entre Matilda y ella.

—Creo que ya no estoy de humor para seguir hablando contigo hoy —declaró con normalidad, y luego se puso de pie, todo ello sin voltear a verla—. Quiero ir a mi cuarto.

Matilda vaciló unos instantes, pero rápidamente optó por hacerle caso. Aún si hubiera querido oponérsele, explicarle que tenían que seguir hablando, que tenía que hacer algo para aclarar esa situación, para calmar las cosas… la verdad es que no quería hacerlo. Ella tampoco quería seguir hablando con ella en esos momentos.

—Sí… seguro —le respondió, parándose también—. Volveré más tarde, por si quieres que conversemos.

Samara no le respondió, ni dijo nada en todo el camino hacia el interior del hospital.

— — — —

Luego de dejar a Samara con los enfermeros, Matilda se fue directo a su auto, antes de que se cruzara con el Dr. Scott y éste se atreviera a cuestionarla. Aunque era sólo retrasar lo inevitable; tarde o temprano se iba a tener que enterar, de todas formas.

Caminaba con tanto apuro por el estacionamiento, que en un par de ocasiones sus tacones pisaron mal, y casi cayó. Al estar ya a un lado del vehículo, buscó con desesperación las llaves en el contenido de su bolso. Al sacarlas, sin embargo, las llaves se le cayeron, quedando entre sus pies. Y para rematar, al agacharse a recogerlas, se le cayó su bolso abierto, y gran parte de su contenido se esparció hasta debajo del auto.

Soltó una pequeña maldición ahogada, y mientras recogía todas sus cosas soltó varias más.

Al final logró al fin entrar al auto, no sin antes azotar la puerta con fuerza; sólo un instante después recordó que el vehículo era alquilado. Se sentó en el asiento del conductor, pero no encendió el motor; no todavía. En lugar de eso, se quedó quieta, con sus manos aferradas al volante, y su vista puesta al frente, mirando… nada, en realidad.

“Tienes que tener muy claro que esta niña no es Carrie White”, le había dicho Eleven aquella noche. Había sido su culpa, ella le había metido esa idea en la cabeza, y por ello Samara lo había percibido y tocado ese tema. Aunque, dijo que lo había sentido desde que se conocieron. ¿Acaso lo llegó a pensar? ¿Acaso llegó a pensar que ambas se parecían demasiado de manera fugaz sin que se diera cuenta?

“¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

Pegó su frente contra el volante, y ahí se quedó. Cerró los ojos unos momentos, e intentó tranquilizarse. No era la primera situación difícil a la que se enfrentaba en ese trabajo. Tenía que recuperar la compostura y pensar en la mejor forma de actuar. No podía seguir dejando que el asunto de Carrie White la afectara de esa forma.

“No debes de lamentarte de esto”, le había dicho Eleven, aquella tarde, sentadas una junto a la otra en una banca del cementerio de Chamberlain. “No había nada que pudieras hacer en tan corto tiempo para prevenirlo.”

¿Pero realmente era así? ¿Realmente no había nada que pudiera haber hecho…?



De repente, su teléfono comenzó a sonar, sacándola abruptamente de sus tan profundos pensamientos, y haciendo que se sobresaltara asustada. Rápidamente comenzó a revolver su bolso otra vez, algo desesperada. Sacó casi todo lo que ahí traía antes de al fin encontrar el teléfono y responderlo de inmediato, sin siquiera darse el tiempo de ver la pantalla.

—¿Diga?

—Hola, ¿Matilda? ¿Matilda Honey? —Escuchó una voz masculina hablando al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo —respondió, más cortante y malhumorada de lo que le hubiera gustado, pero no le importó—. ¿Quién habla?

—Hola, soy Doug Ames, del Doctorado.

—Disculpa, ¿quién? —exclamó confundida. Una pequeña risilla se oyó del otro lado.

—No me sorprende que no me recuerdes. Después de todo, tú eras la jovencita de apenas un poco más de veinte años, rodeada de puros vejetes de casi treinta…

—No, no, disculpa —se apresuró rápidamente a intervenir.

Se tomó un segundo, respiró hondo e intentó aligerar un poco su mente. Retrocedió hasta sus años de Doctorado en Yale, y trató de darle un rostro al nombre que le acaban de dar.

Doug Ames…

Doug Ames…

Doug Ames…

No, por más que lo intentó, no logró identificar de quién se trataba. Tenía varios candidatos en mente que podrían encajar, pero ninguno en específico resaltaba más que otro. Lo que esa voz de momento sin rostro había dicho, era bastante cierto. Ese par de años en Yale los había pasado prácticamente sumida en sí misma y en su trabajo, y poco o nada de atención le había puesto a los que estaban a su alrededor.

Aun así, sabía que si se esforzaba lo suficiente, podría recordar con claridad quién era esa persona, pero no de momento. Tenía la mente demasiado liada en lo que acababa de pasar, que en realidad no tenía deseo alguno de esforzarse más de la cuenta en ello.

—Doug, sí, te recuerdo —exclamó animada, e intentando sonar sincera—. Lo siento, estoy… algo distraída.

Y entonces sonrió, como mero reflejo aunque sabía muy bien que él no podría verla. Apoyó su codo contra el volante, y con su mano se talló un poco la cara con sus dedos. Esperaba que no le estuviera llamando para pedirle una cita o algo así; era lo que menos necesitaba en esos momentos.

—Descuida —exclamó el supuesto Doug, bastante tranquilo—. El profesor Armstrong me pasó tu número, espero que no te moleste.

El profesor Armstrong, ese si era un nombre que recordaba. Psiquiatra Infantil y Profesor de Yale. Un hombre ya mayor, pero muy brillante, inteligente, increíble persona. Y si eso era poco, además también resplandecía. Sólo un poco; era una de esas personas con ese pequeño rastro de resplandor que le permitía sentir y percibir cosas, conectarse con las personas, y tener muy buenos instintos.

Se habían vuelto muy amigos durante el Doctorado, aunque no había hablado con él en un par de años… similar a cómo había hecho con Cody. Le sorprendió un segundo darse cuenta de cómo tan buenas amistades que había tenido hace tiempo, inconscientemente las había hecho a un lado con el paso de los años. Fuera de algún intercambio de reacciones en Facebook, hacía mucho que no tenía contacto con alguno de sus antiguos amigos de Arcadia. Incluso, si se ponía a pensar en ello más detenidamente, a su propia madre adoptiva la había estado haciendo un poco a un lado, hasta sólo frecuentarla una o dos veces al años.

Cosas que pasan a lo largo de la vida, supuso.

—No, claro, está bien. ¿Cómo has estado?

—Muy bien, supongo. Actualmente trabajo en Portland, cómo Psicólogo Infantil para el Departamento de Asuntos Familiares.

“¿Portland?”, le cruzó fugazmente por la cabeza; era imposible que fuera una coincidencia.

—Eso suena excelente.

—Sí, la mayor parte del tiempo es grato ayudar a los niños con problemas en casa… —Hizo una larga y extraña pausa, que a Matilda le dio un mal presentimiento. Sintió venir un gran “pero” en camino, y así fue—. Pero en estos momentos tengo un caso un tanto complicado. Se trata de una niña, a la que sus padres trataron de quemar viva en su horno.

—Santo Dios —exclamó la castaña, verdaderamente espantada, más por lo directo del comentario que por el comentario en sí.

—Quizás oíste del caso en los periódicos o en las redes sociales. Se hizo mucho eco por lo macabro del acto.

No, en realidad no había leído nada al respecto, aunque tampoco era muy propensa a leer ese tipo de noticias. Normalmente le llegaban sin que ella lo quisiera, como en ese preciso momento.

—¿La niña está bien ahora?

—La verdad… —Otra extraña pausa—. No estoy seguro.

Había algo extraño en el tono de Doug, de lo que Matilda sólo se dio cuenta hasta ese momento. Transmitía cierto nerviosismo que intentaba ocultarse tras jovialidad y buen humor, que al final terminaban sintiéndose bastante falsos. Si tuviera que adivinar, diría que el tema del que estaba hablando le causaba bastante incomodidad, pero una incomodidad especial; de esas que sólo algo que te llega hasta la medula te lograba provocar… como hablar de Carrie White, en su caso.

Doug prosiguió, yendo directo a lo que deseaba decir.

—Escucha, llevo ya algunos años tratando a niños abusados, maltratados, destrozados por dentro. Pero hay algo en esta niña, algo que, y no me avergüenza admitirlo, me asusta un poco.

—¿Algo cómo qué? —cuestionó intrigada.

—Es sólo una teoría, pero creo que podría ser un caso de TPA.

Matilda se sobresaltó en su asiento. TPA, en otras palabras, Trastorno de Personalidad Antisocial. O en términos más conocidos… sociopatía.

—Ese es un diagnóstico muy serio que no se puede tomar a la ligera.

—Lo sé, y la verdad de momento no tengo suficientes bases para asegurarlo. Es más una sensación, bastante incómoda. Tuve una conversación con ella ayer por la noche, y hubo algo en su mirada y en sus palabras… Nunca había visto tanta frialdad, pero a la vez agresividad, en una persona, mucho menos en un niño. Pero admito que no tengo mucha experiencia en ese ramo como para hacer un diagnóstico fiable. Por eso contacté con el profesor Armstrong para que me diera su opinión. Luego de contarle todo esto, me comentó que tú estabas en estos momentos en Oregón, y me recomendó ampliamente que hablara contigo y te pidiera ayuda.

Matilda meditó unos segundos. El Dr. Armstrong era uno de los mejores psiquiatras infantiles de la costa oeste, y una de sus especialidades era precisamente la sociopatía en los niños. Ella misma estuvo trabajando activamente en ese tema para sus tesis, con la guía del profesor, pero aún se encontraba lejos de ser una experta en ello.

¿Por qué el Dr. Armstrong le había sugerido que halara con ella para eso? ¿Realmente sintió que era algo de lo que ella se podría encargar? Quizás deseaba que ella lo mirara, y luego le transmitiera su opinión, y así decidiera si valía o no la pena viajar desde New Haven para allá. Era ya un hombre mayor, después de todo; no podía, ni debía, subirse a un avión a la primera oportunidad sin no había una buena razón.



Sin embargo, ¿cómo supo que estaba en Oregón exactamente? ¿Su Resplandor le bastaba para saber en dónde estaba pero no para saber si dicho caso valía o no la pena el viaje? Como fuera, en otras circunstancias hubiera estado encantada de hacerle ese favor a su antiguo profesor, pero hubiera preferido que se lo pidiera él mismo, y no que tuviera que contactarle alguien a quien aún no lograba darle un rostro. Además de que lo hacía en el peor momento posible.

Suspiró algo cansada. Realmente no tenía la cabeza para continuar con esa plática, por lo que intentó cortarla de la mejor manera.

—En efecto me estoy quedando en Salem en estos momentos, y me encantaría ayudarte, Doug. Pero estoy aquí porque estoy atendiendo mi propio caso complicado, y me temo que se ha complicado más justo hoy. ¿Por qué no me mandas la información que puedas de esta niña y la reviso en cuanto tenga oportunidad?

—Yo… —sintió una gran incertidumbre en su voz—. Sí, claro. Pero en verdad me gustaría, si es posible, que la vieras y pudieras darme tus observaciones, ya que la información que te pueda proporcionar, no creo que logre transmitir toda la situación.

Y fue entonces que Matilda tuvo uno de esos ocasionales flashes que le iluminaban la cabeza, con mucha más fuerza y claridad para ser un simple presentimiento. En cuanto Doug pronunció esas palabras, un pensamiento abrupto le recorrió: ahí había algo más.

¿Y si el profesor Armstrong le había recomendado hablar con ella, no por su tesis sobre la sociópata infantil… sino por su verdadera especialidad? Él conocía, al menos en parte, lo que Matilda era capaz de hacer, y el trabajo de la Fundación. Quizás antes de conocerla, él jamás había oído hablar del Resplandor, o era del todo consciente que él mismo poseía un poco de él, pero no tardó mucho en comprenderlo en cuanto fue el momento. ¿Y si él había presentido que ese caso tenía algo más enfocado en ese otro ramo?, quizás había tenido un presentimiento bastante similar al que ella estaba teniendo en ese mismo momento.

—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó con tono directo—. ¿Algo más, fuera de lo común, qué quieras contarme sobre este caso?

Escuchó a Doug balbucear un poco del otro lado de la línea, y dudar sobre hablar o no. Esa sola reacción le indicó de inmediato que, efectivamente, había algo que no le había dicho todavía.

—Esto es algo extraoficial —comentó tras un rato, susurrando despacio como si temiera que alguien más lo escuchara—. No debería de hablar de esto, y quizás no sea nada. Pero ocurrió un incidente hace sólo unos días. Otro chico, del mismo grupo en el que trato a esta niña, durante la noche, y sin razón aparente, asesinó a sus padres. —De nuevo, las palabras tan escabrosas y repentinas tomaron desprevenida a Matilda—. Y el nivel de violencia que aplicó, golpeándolos con una vara hasta… Eso no estaba presente en él antes, yo lo hubiera visto de alguna forma. Y no digo que haya estado involucrada, pero la trabajadora social que está a cargo de ella es una muy buena amiga, y creo que también presiente algo extraño desde que aquello ocurrió.

—¿Algo extraño además de un posible TPA?

—Eso no lo sé. Pero el Dr. Armstrong estaba seguro de que tu experiencia previa con casos similares podría darme algo de luz. Aunque no me dijo a qué te dedicas exactamente en estos momentos. ¿Estás tratando a niños con trastornos de conducta severos en estos momentos?

“No precisamente”, le cruzó por la cabeza de manera fugaz.

La descripción que le acababa de dar no era suficiente para poder determinar si había algo relacionado con el Resplandor involucrado en todo ello. Sin embargo, era suficiente para suponer que quizás era un caso más para la Fundación Eleven que para el Departamento de Asuntos Familiares de Portland.

Pero llegaba en un muy mal momento. El caso de Samara realmente le consumía demasiada energía, y ni siquiera había podido aún hablar con la señora Morgan, o considerado con seriedad la posibilidad de contactar a la madre biológica, si en efecto seguía con vida. Y para rematar, ese incidente que acababa de ocurrir.

“¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

Esas palabras seguían retumbando en su cabeza; la última imagen vivida que tenía de Carrie White también lo hacía.

No podía hacer mucho, no en esos momentos. Podría pedirle a Cody que lo revisara, pero si además de ser una niña que resplandecía, era una niña con TPA, era probable que él no tuviera las herramientas suficientes para afrontarlo. Quizás lo mejor era contactar a Eleven e informarle sobre lo ocurrido, y así podría enviar a alguien más; quizás a esa otra persona con más experiencia de la que le habló. Pero sólo podía hacerlo si tenía más información, y así decidir cuál era el camino correcto.

—Envíame la información, y te prometo revisarla en cuanto pueda, ¿de acuerdo? —le repitió, intentando ser menos tajante, pero sintió que no lo había logrado del todo.

—Sí, está bien —murmuró Doug, y pudo percibir sin problema la decepción en su voz—. Gracias, y espero que te vaya bien con tu complicado caso.

—Yo también lo espero. Nos vemos pronto si todo sale bien.

Le pasó su correo electrónico, y colgaron justo un poco después de eso. Matilda esperaría a recibir el correo y así poder revisar con calma de qué se trataba. Sin embargo, dicho correo jamás llegaría, pues no alcanzaría a ser enviado.

FIN DEL CAPÍTULO 07

Notas del Autor:

Carrie White, quien fue mencionada en este capítulo y en algunos de los anteriores, es un personaje perteneciente a la novela de Stephen King, Carrie, y protagonista de dos películas con el mismo nombre, de 1976 y el 2013. Su participación en la historia y los detalles de su posición en el tiempo, se darán en capítulos posteriores.

Doug Ames, quien llama por teléfono a Matilda, es un personaje principal de la película Case 39 del 2009. Igualmente, el cómo influirá dicha película en esta historia y su posición en el tiempo, se detallará más adelante.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 07. Mi mejor intento

    1. WingzemonX Autor

      xD jajajaja, no estoy seguro de cuantos capítulos serán, tenía pensados que no serían tantos, pero están tomando más de la cuenta presentar a todos los personajes, así que no sé… supongo que sólo dejaré que la trama avance sola sin acomodarla a una extensión fija xD

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