Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 06. La Huérfana

14 de septiembre del 2017

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 06. La Huérfana


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 06.
La Huérfana

La larga limosina negra, recién lavada y encerada, avanzaba a ritmo reservado por aquel barrio bajo del sur de Los Ángeles. Desde que salieron de la avenida principal para comenzar a adentrarse entre las calles, la apariencia de los edificios y las banquetas parecía irse degradando poco a poco. El conductor, con el estereotipado traje de saco, pantalón y corbata negra, además de una boina de chofer a juego, se encontraba visiblemente nervioso. Rastros de sudor hacían que su frente y nariz brillara. Tenía sus manos aferradas al volante, y constantemente miraba por los espejos retrovisores para cerciorarse de que nadie los siguiera, o no hubiera nadie sospechoso cercano.

Por el contrario, su pasajero en el asiento trasero no sólo se veía tranquilo: parecía fascinado. El joven, de quizás dieciséis o diecisiete años, miraba por la ventana que tenía a su diestra, admirando las banquetas sucias, los grafitis en las paredes, y las personas de apariencias singulares. Era ya cerca del atardecer, y poco a poco conforme todo se volvía más oscuro, parecía como si el ambiente del lugar se ajustara y modificara de acuerdo a ello.

Del cuello del joven colgaba una cámara profesional, negra, limpia y reluciente, casi como nueva. Cuando veía algo lo suficientemente interesante en el camino, sin menor miramiento alzaba la cámara, la colocaba frente a su rostro, y tomaba una foto desde el auto en movimiento. Retrató sin problema a unos chicos jugando basquetbol en una cancha pública. A un hombre corpulento y tan alto que quizás le doblaría la estatura, de sudadera oscura, con sus manos ocultas en los bolsillos de ésta; estaba de pie en la banqueta, con sus audífonos puestos, y sin hacer nada más que esperar. Tomó otra foto más de una jovencita con un traje de enfermera blanco, aunque algo opaco en partes, que caminaba apresurada por la banqueta con la mirada baja, como si no quisiera voltear a ver absolutamente a nadie en su recorrido a la parada del autobús.

Pero lo que más abundaba, y lo que más lograba captar con su cámara, eran mujeres. Mujeres con atuendos pequeños, tacones altos, cargado maquillaje, y peinados llamativos. No todas tenían todo eso al mismo tiempo, pero si al menos dos. Todas paradas en algún punto de la banqueta, sin hacer nada más que esperar, al igual que el hombre de la sudadera negra, aunque de seguro no esperando lo mismo.

Notó que varias de esas chicas volteaban a ver su vehículo de reojo. Eso no era raro. Lo que sí lo era, es el hecho de que ninguna parecía sorprendida, asustada o extrañada por su presencia.

Claro, se suponía que ese sitio era el tipo de lugar al que las personas de “bien” no iban. El tipo de sitio en donde personas respetables y buenas de la sociedad, nunca ponían ni un sólo pie. Pero eso no era más que un mal chiste, ¿no? Más de una de esas supuestas personas de bien, ponían más que sus pies por esos lares, y eso lo sabía. Por lo mismo, más que sorprenderse, esas chicas de seguro lo esperaban. Esperaban a que esa elegante limosina se orillara justo al lado de ellas, la ventanilla trasera se abriera, y un hombre sacara su cabeza por ella, sacudiendo un fajo de billetes entre sus dedos.

Ese era, en realidad, la clase de sitio al que personas con vehículos indiscretos como ese, iban en busca de diversión discreta para esas horas. Una divertida discrepancia, opinaba él.

—¿No es fascinante, Billy? —cuestionó el chico, un instante después de haber tomado una fotografía.

—¿Señor? —murmuró el conductor, volteándolo a ver confundido por el espejo. El joven se apartó de la ventana y se acomodó en su asiento, pero no retiró sus ojos del exterior.

—¿Cuánto tiempo tardamos en llegar hasta aquí?

—Cuarenta minutos, señor; por el tráfico.

—Cuarenta minutos, por el tráfico —repitió despacio, como si decirlo en voz alta hiciera que ello tuviera mayor sentido—. Eso es lo que separa el sitio más lujoso y luminoso de esta ciudad… de esto. Para muchos sería bastante. Pero si lo pones en perspectiva con las distancias que separan países  enteros, ¿no es de hecho bastante poco?

El chofer no respondió nada, y él tampoco esperaba que hiciera.

Continuaron por cerca de un minuto más. Tras dar vuelta en una esquina, el número de esas mujeres en la calle parecía ser relativamente mayor. Ese debía ser el lugar indicado.

—Detente aquí —le indicó al conductor con tono de orden, inclinándose ligeramente hacia el frente. El hombre obedeció, acercando el vehículo a la acerca.

Una vez orillados, el joven no perdió el tiempo, y de inmediato se bajó con todo y su cámara, además de una maleta deportiva negra que se colgó al hombro.

—¿Seguro que es aquí, señor Thorn? —pronunció con preocupación el chofer, asomándose por la ventana.

—Completamente —le respondió él a su vez, con una sonrisa amplia y cándida, mientras ajustaba el lente de su cámara—. Gracias, Billy. Te llamaré cuando quiera que me recojas.

—¿No quiere que lo…?

—No, no quiero que me acompañes —le interrumpió abruptamente, terminando con mucha facilidad la frase que estaba por pronunciar —. Vete, anda.

El chico empezó a andar por la banqueta a paso tranquilo, así que el chofer no tuvo más remedio que obedecer e irse. No muy lejos, pero sí lo suficiente para que su orden fuera considerada cumplida.

El vehículo que transportó al muchacho quizás no resaltaba tanto entre las personas; o su traje de saco y pantalón negro perfectamente planchado y arreglado, su camisa Armani sin corbata, o sus zapatos lustrados y brillantes. Pero lo que sí podía llamar la atención de varios de los individuos que se cruzaban con él por la baqueta, o lo veían desde el otro lado de la calle, era su edad aparente: bastante joven, al menos para la media de los hombres que acostumbraban andar por esos lares. Y además andaba solo, con ropa tan costosa, un reloj mucho más caro en su muñeca, y una cámara aún más que éste en su cuello.

Se daba cuenta sin el menor problema de que varios individuos lo miraban de lejos y se susurraban entre ellos. ¿Qué se decían? Él lo suponía, y sin necesidad de indagar más profundo de lo necesario; las personas como esas eran siempre las más transparentes, sobre todo en las malas intenciones. Pero no le preocupaban, pues así como sus intenciones, también le era transparente su cobardía. Si supieran lo que traía en la maleta, ¿eso quizás les daría más valor? Le encantaría que fuera así; con que uno sólo de ellos se animara a intentarlo, sería bastante divertido. Pero ninguno lo hizo; todos lo dejaron seguir su camino, sin molestarlo más allá de sus miradas indiscretas.

Siguió caminando, tomando algunas fotos en su avance, de todo lo que veía interesante.

Podría haber ido con la que tuviera más cercana en cuanto se bajó del auto, pero no le hubiera servido. Ocupaba encontrar a la adecuada, aquella que pudiera decirle exactamente lo que necesitaba saber, sin causar más problemas de los necesarios.

Luego de dar media vuelta a esa manzana, se encontró de frente en una esquina a dos mujeres; una rubia y la otra morena y de piel oscura, con ropas descubiertas y ajustadas, y mucho maquillaje. Ambas fumaban un cigarrillo. Lo sintió casi inmediatamente después de posar sus ojos sobre ellas; eran las indicadas, o al menos una de ellas lo era.

Se les aproximó con naturalidad, y al notarlo, ambas lo miraron con ligera confusión en sus miradas.

—¿No eres muy joven para estar por estos lares, chico? —Le cuestionó la muchacha rubia, soltando una bocanada de humo.

El chico la miró, y una media sonrisa surgió en sus labios. Se detuvo a un metro y medio de ellas, ajustó el lente de su cámara con sus dedos, la alzó, y apuntó hacia ella directamente.

—¿Y tú, Kelly? —Soltó de pronto mientras sostenía la cámara frente a su rostro—. ¿No lo eres, acaso?

Su dedo presionó botón de la cámara justo cuando el rostro de esa chica se llenó por completo de estupefacción, y fue justo esa expresión la que quedó capturada en la fotografía.

—¿Qué dijiste? —murmuró nerviosa, apenas con un pequeño rastro de voz.

El chico dio un paso hacia ellas, y accionó de nuevo el disparador.

—Dime, ¿valió la pena ir contra los deseos y advertencias de tus padres? —soltó con un tono burlón, acercándosele con cuidado, sin dejar de tomarle fotos. La joven rubia, comenzó a retroceder asustada, tambaleándose en sus altos tacones rojos—. ¿Escaparte de casa y venirte tú sola hasta aquí, con nada más que un deseo infantil de ser actriz? ¿Tú vida era en realidad tan mala en esa pequeña ciudad en Iowa? ¿El cómo resultaron las cosas, fue mejor que haberte quedado con la daga enterrada del “qué hubiera pasado si…”? ¿Este “al menos lo intenté” te permite dormir durante las noches, mientras tienes a tu lado el cuerpo caluroso y sudoroso, de un hombre cada vez más asqueroso que el anterior?

La rubia retrocedió cada vez más nerviosa, presa del pánico por cada palabra que surgía de la boca de ese chico. Irremediablemente cayó de sentón al suelo, pero ni así se detuvo. Se arrastró hacia atrás por la banqueta, ensuciándose por completo su minifalda, hasta que su espalda quedó contra una pared. Y al no tener a dónde más huir, sólo le quedó alzar sus brazos al frente, y cubrirse. Su cuerpo entero comenzó a temblar sin control, y el chico parecía más que contento de fotografiar ese deplorable estado en el que había caído con tan sólo escuchar la verdad; su verdad.

Su compañera tardó en reaccionar, pues no entendía de qué iba todo eso. Sin embargo, el verla en el suelo temblando, fue suficiente para hacerla entrar en razón y dar un paso al frente para ayudarla.

—¡¿Cuál es tu problema, mocoso?! ¡Déjala en paz! —Le gritó furiosa, acercándose rápidamente al extraño—. ¡Y baja esa maldita cosa…!

Lo tomó del brazo con la firme decisión de tumbarle su camarita, estrellársela contra el pavimento, pisotearla, y luego hacer lo mismo con su cabeza si era necesario. Pero fue incapaz de hacer alguna de esas cosas, pues cuando sus dedos se presionaron contra la tela oscura de su manga, se detuvo en seco; no, más bien se paralizó, incapaz de mover ni un solo musculo. Su garganta se cerró, sus dedos comenzaron a temblar, sus ojos se desorbitaron, y algo de sudor comenzó a recorrerle el rostro. De sus labios no surgía palabra alguna; sólo algunos jadeos nerviosos.

El chico lentamente apartó la cámara de su rostro, al tiempo que giraba su cabeza hacia ella. Sólo ocupó un pequeño vistazo de esos ojos de un azul frío y penetrante, sólo ocupó que la mirara un instante con ellos, para hacerla retroceder asustada como si hubiera visto de frente a la más horrenda de las bestias. Ese no era un miedo ordinario: era la peor sensación de terror que hubiera sentido en toda su vida, un terror que no era consciente que le fuera posible sentir. Su espalda se pegó contra un poster, y sus manos se aferraron a él como soporte, pues de no hacerlo, posiblemente se hubiera caído.

El chico sonrió, bastante satisfecho por su reacción, y todavía se tomó el atrevimiento de tomarle una foto rápida en esa postura.

—Maravilloso —murmuró contento, y entonces comenzó a revisar todas las fotografías que había tomado, en la pequeña pantalla digital de la cámara—. Además de buenas modelos, parecen chicas inteligentes. Quizás puedan ayudarme con algo. Estoy buscando a una persona que se supone vive por este vecindario. —hizo una pausa, colocó la tapa al lente, y las miró a ambas, algo más serio que antes—. Creo que en las calles la conocen como la Huérfana.

– – – –

Había leído hace algún tiempo acerca de personas que al mirarse al espejo, sentían que el rostro que miraban no era el suyo. Era un concepto complicado de entender con exactitud, al menos que uno lo llegara a vivir en carne propia. Lo más seguro era que esas sensaciones que le invadían de pronto, no fueran algo tan grave como eso, pero le permitían hacerse una idea.



En los últimos años, cada vez sentía menos que la persona en ese reflejo fuera ella. ¿Pero quién más podía ser? Ese rostro, eterno y siempre igual, era el suyo. Eso lo entendía bien. Pero era precisamente esa perpetuidad la que le hacía sentir que miraba una fotografía, un dibujo, una caricatura… algo que no la representaba a ella en realidad. Especialmente cuando se maquillaba, y vaya que lo hacía con frecuencia.

Y en realidad no ocupaba mucho: un poco de polvo aquí y allá, ocultar un par de arrugas, y ¡woala!, era el rostro adorable, inocente, blanco y suave, adornado con coquetas pecas, de una niña de diez años. Porque eso era lo que sus clientes esperaban. No iban hasta ese rincón olvidado por Dios de la ciudad a sentir que se cogían a una cuarentona de baja estatura; no, nada de eso. Quería sentir que lo hacían con su hija, su hermanita, su sobrina, su estudiante, la niña que vive cruzando su calle… o vayan ellos a saber en quién pensaban con exactitud mientras lo hacían, eso no le importaba.

Lo único que realmente le importaba era su dinero, el dinero para poder pagar el alquiler de ese pequeño y nauseabundo hueco en el que se había terminado metiendo, además de la comida, el agua… Y claro, maquillaje y accesorios; esos definitivamente nadie los regalaba.

Luego de terminar con el primero de ellos, que había decidido aparecerse bastante más temprano que de costumbre pues tenía una “cita importante” más noche, se sentó en la silla frente a su tocador, a fumar un cigarrillo. Su cabello negro y ligeramente rizado, se encontraba suelto, cayendo sobre sus hombros. Se puso encima sólo su delgado camisón blanco, que debido a su corta estatura le llegaba demasiado debajo de las rodillas.

El sujeto en cuestión se estaba terminando de arreglar del otro lado de la cama. Lo podía ver a través del reflejo del espejo, pero procuraba no hacerlo. De hecho, tenía su mirada agachada, puesta en la superficie del tocador. Ese era precisamente uno de esos días en los que le causaba repulsión ver en el espejo ese rostro.

—¿Cuánto va a ser? —Escuchó que le preguntó el hombre robusto, de cabello canoso y traje gris de dos piezas. Al mirar de reojo su reflejo, notó que tenía su corbata mal acomodada, pero no se interesó en señalarlo siquiera.

—Lo mismo de siempre —le respondió indiferente, justo después de soltar una densa bocanada de humo por sus labios pintados de rosado—. Déjalo en el buró.

Lo miró a través del espejo, notando como sacaba un fajo de billetes de su saco, de los cuales separó varios y los dejó sobre el buró tal y como se lo dijo. ¿En qué le había dicho que trabajaba? Algo en el gobierno, seguramente. ¿O lo estaba confundiendo con otro?

Esperaba que eso fuera todo y se fuera sin decir nada más. Pero, en su lugar, se le acercó por detrás, bamboneándose con orgullo.

—Ya te lo he dicho antes, pero te lo repito —comentó con un tono lascivo bastante directo y poco sutil. Se paró entonces justo detrás de la silla; ella continuó sin mirarlo directamente, más allá de su reflejo en el espejo—. Una chica tan linda como tú, no debería de estar haciendo estas cosas. —El hombre colocó de pronto sus gruesas y peludas manos sobre sus hombros huesudos, apretándolos un poco entre sus dedos gordos como salchichas—. Yo podría sacarte de este sitio, ¿sabes? Darte una casa… comida caliente… ser tu papi de tiempo completo.

Las caricias de aquel sujeto se volvieron más y más sugerentes conforme hablaba, pasando de sus hombros a sus brazos, y luego atreviéndose a aventurarse hacia su torso.

Ella lo miraba en el espejo en silencio. Parecía un estúpido perro, extasiado por ver su propio rostro mientras la tocaba de esa forma. Otro día se hubiera aguantado y lo hubiera dejado seguir; pero ese día, a pesar de que apenas iba empezando su jornada ocupada… no estaba de humor para eso en lo más mínimo.

De hecho, se sentía asqueada por su sola cercanía, por su sólo olor.

Bajó su mirada, contemplando ahora un par de tijeras que se posaban justo sobre el tocador. Qué fácil sería tomarlas y clavarlas en una de esas gruesas manos. Se imaginó por un instante que reventaba como un globo, aunque sabía que no era así como funcionaba; pero qué divertida imagen sería esa. Él gritaría aprendido por el dolor y la confusión. Retrocedería, y entonces ella se le lanzaría encima. Lo tumbaría a la cama, se pondría sobre él, y comenzaría a clavarle repetidas veces la punta filosa de las tijeras en su cuello. Primero unas diez o quince veces de un lado, y cuando le resultara aburrido, o sintiera que el metal ya no tenía mayor oposición en ese extremo, empezaría a hacerlo en el otro.

El ver sus ojos desorbitados, mirándola suplicantes, de seguro sería suficiente para realmente encenderla como era debido, aunque ya en ese punto esos ojos fueran sólo ventanas apagadas, pues detrás de ellos ya no habría nada. Y entonces, y sólo entonces, podría al fin hacer con gusto todas las asquerosidades que tanto le gustaban.

Sí, eso estaría bien… pero no lo haría. En su lugar, con la mano que no sostenía su cigarrillo, tomó uno de sus dedos meñiques y lo dobló hacia atrás, acercándolo además peligrosamente al punto de quiebre, para así obligarlo a soltarla.

—Ya he tenido suficientes papis —exclamó con amargura, y luego hizo su mano hacia un lado con violencia—. Ahora vete.

—Bien, bien, no te enojes —refunfuñó el hombre, alejándose apresurado a la puerta, mientras se sobaba su dedo. No apartó los ojos de su reflejo hasta que lo vio salir por la puerta del cuarto.

Siguió sentada, terminando su cigarrillo, y sumida un rato más en los mismos pensamientos de hace un rato. De nuevo, ya no miraba al espejo, sino a la superficie del tocador. A su peine, a su maquillaje, su polvera, su lápiz labial, y sus tijeras… esas tijeras que tantas ganas tenía de clavar en el cuello de ese individuo, y de tantos más. A veces lo dejaban tan fácil… A algunos les gustaba ser atados y que les cubriera los ojos; ni siquiera lo verían venir. No, pero era mejor que si vieran, para así completar esos ojos… esos ojos de desesperación y horror…

—Adorable lugar —escuchó de pronto que una voz extraña pronunciaba a sus espaldas—. Muy adorable.

Ni siquiera volteó o miró al espejo; el sólo escuchar esa voz la puso totalmente en alerta. Sin pensarlo siquiera, abrió el cajón izquierdo del tocador, sacó de éste un largo revolver oscuro, considerablemente más grande que su mano, se puso de pie y se volteó tan violentamente que su silla se cayó en el movimiento. Alzó sus dos manos al frente, sujetando el arma, sin soltar el cigarrillo, y apuntó con firmeza al intruso: un chico, de cabello negro y lacio, peinado hacia un lado, de traje negro, camisa azul, una cámara al cuello y una maleta al hombro. Se encontraba de pie justo en el marco de la puerta del cuarto, mirando alrededor con una mirada curiosa y una sonrisa tranquila.

—¡¿Cómo entraste aquí?! —Le gritó furiosa, sin ningún rastro de falsa dulzura en su voz.

El chico parecía restarle importancia a su exigencia, o al hecho de que lo estuviera apuntando con un arma. Siguió mirando el resto del cuarto, mientras se permitía ingresar un par de pasos más al interior.

—Si te dijera que tu “amigo” que se acaba de ir dejó la puerta abierta, ¿me creerías? —Le respondió con un tono burlón, cuya única respuesta fue el sonido del martillo del arma, colocándose en posición—. Supongo que no.

—¿Tú quién putas eres? —Cuestionó la chica de nuevo, con algo más de calma, pero no por ello sin exigencia—. ¿Qué haces aquí? ¡¿Qué quieres?!

—Entiendo el tipo de ambiente en el que trabajas, querida; pero esa no es excusa para usar ese vocabulario.

Con total normalidad, se aproximó a la cama, y se permitió dejar su maleta sobre ésta.

—¡¿Qué no me estás escuchando, imbécil?! —Le gritó la dueña del sitio con aún más fuerza que antes—. Te voy a dar diez segundos para que saques tu culo de aquí, o si no…

—¿Así tratas a un potencial cliente?

—Jódete. Yo elijo a mis clientes, y no me meto con mocosos con más leche en los labios que vellos entre las piernas.

Aunque ciertamente, excepto por su edad, era el chico más apuesto que había visto poner un pie en ese departamento. Él, por su lado, soltó una sonora carcajada como respuesta a su comentario.

—Esa es buena, me gusta. Eres ingeniosa, además de bonita.

El semblante de la chica no se aligeraba ni un poco. Podía sentir y leer sin problema que el único motivo por el que no le había disparado ya, era porque aún daban vueltas en su cabeza todas las implicaciones que traería consigo el hacerlo. Empezando por el ruido que haría, la atención que provocaría, la limpieza que tendría que hacer, sino es que acaso tuviera que salir huyendo de ahí enseguida. Y dicha idea no le llamaba precisamente; a pesar de todo, le agradaba en dónde vivía.

Aunque quizás había otro factor, quizás inconsciente y más oculto, que le obligaba a no hacer tal cosa. El mismo miedo que le inspiraba a todos aquellos en la calle a no acercársele, a no atreverse a arrebatarle su cámara o quitarle su maleta. Una sensación de que si lo hacía, la pistola quizás le explotaría en las manos, o la bala terminaría por no darle, rebotar en la pared, y atravesarle la frente justo por el centro. Era algo que de hecho, podía pasar.

Pero fuera como fuera, los motivos que lo habían llevado hasta ahí lo obligaban a intentar llevar dicha situación un tanto más tranquila. Así que, en lugar de permanecer a la defensiva y pedante, dio un par de pasos hacia atrás, y alzó sus manos en señal de sumisión, para intentar calmarla un poco. Su rostro, sin embargo, permanecía apacible.

—Empecemos de nuevo, ¿sí? Me llamo Damien, Damien Thorn.

Dicho nombre creó una ligera, apenas notable, reacción de intriga en su anfitriona forzada.

—¿Thorn? ¿Cómo las Empresas Thorn?

—Sí, se escribe igual —Respondió encogiéndose de hombros—. Y tú eres… Leena, ¿no?

Los ojos de la chica se abrieron por completo y su semblante, más que sorprendido, se tornó furioso; incluso su rostro blanco lechoso, se volvió rojizo en un segundo.

—¡¿Cómo sabes ese nombre?! —Le gritó totalmente acalorada, y rápidamente le sacó la vuelta a la cama y se le aproximó amenazante, con el arma aún en mano—. ¡¿Quién eres?! ¡¿Quién eres?!

La distancia entre ambos se acortó tanto, que la punta de su cañón y el pecho de él, los separaba sólo cerca de medio metro.

—Como dije, soy un cliente potencial —repitió, sin perder ni una molécula de su casi perturbadora tranquilidad—, pero no del tipo que tú crees. No te ofendas; estoy seguro de que eres muy buena en lo que haces, pero no son esas habilidades las que me hicieron buscarte.

Introdujo sus manos en sus bolsillos, y apoyó todo su peso en un pie, tomando una postura mucho más relajada.

—Necesito que encuentres a dos personas por mí.

—¿Te parezco que tengo cara de ayuda a personas desaparecidas?

—No —respondió con un tono burlón—. Me parece que tienes cara de alguien que a lo largo de su vida ha cultivado numerosas habilidades especiales, que le han permitido sobrevivir y ocultarse. Cara de alguien que conoce muy bien el lado oscuro de muchas ciudades y rincones de este país; y que aún mejor, sabe cómo moverse por él. Y lo más importante de todo —se inclinó entonces hacia ella, haciendo que sus penetrantes ojos miraran fijamente a los suyos—, cara de alguien que cuando ve al abismo, le sostiene la mirada…

Hubo silencio, absoluto silencio, los segundos posteriores. Ella ni siquiera pestañeaba.

Por incoherente que sonara, algo en él le hacía sentir… confianza, algo que hacía mucho no sentía en presencia de nadie, mucho menos de un hombre.



Luego de un rato, bajó con cautela su pistola.

—¿Qué es lo que quieres exactamente?

—Lo dije, quiero que encuentres a dos personas, y las traigas a mí. Dos niñas pequeñas, de hecho.

La chica bufó con fastidio, y se encaminó hacia su tocador de nuevo.

—Así que sí eres otro degenerado cualquiera. Cada vez empiezan más jóvenes.

Dejó el revolver sobre la mesa, apagó su cigarrillo en el cenicero, sólo para volver a encender otro casi de inmediato.

—No es lo que crees —comentó acompañado de una pequeña risilla. Con paso confiado, se le fue acercando—. Son dos personas muy especiales, al igual que tú. Sabes a qué tipo de “especial” me refiero, ¿cierto?

—Ni la más remota idea.

Levantó la silla, y se volvió a sentar en ella. Extendió su brazo para tirar algo de cenizas en el cenicero, pero justo en ese momento, el extraño abalanzó su mano al frente, tomó las mismas tijeras que tanta fascinación le habían causado unos momentos atrás, y en un parpadeo se las clavó sin la menor duda en dicha mano, haciendo que la atravesara hasta salir por su palma y se encajaran en la madera.

—¡¡Ah!! —gritó llena de dolor y confusión.

Borbotones de sangre surgieron de la herida cuando ese le retiró casi de inmediato la improvisada arma de su piel, manchando todo el tocador. Antes de que pudiera tomar su pistola de vuelta, o al menos su mano herida para presionarla, el chico la tomó primero de su muñeca, y pegó la palma de su mano contra el espejo, haciendo que su sangre lo manchara, y comenzara a escurrir por él. Con su otra mano, la sujetó de su barbilla con fuerza, obligándola a ver fijamente hacia el frente, hacia su propio reflejo, ese mismo que ella no tenía deseos de mirar.

—Por supuesto que lo sabes, Leena —le murmuró en su oído con gravedad—. Sabes muy bien que tú deberías ahora mismo estar muerta, ¿o no? Tu cuerpo debería estar consumiéndose bajo el agua congelada de aquel lago al que te arrojaron y te dieron por acabada. Pero en lugar de eso, estás aquí, satisfaciendo los bajos y prohibidos deseos a viejos enfermos y horrorosos, a cambio de unos cuántos dólares. “¿Cómo es esto posible?”, apuesto a que te lo has preguntado seguido.

Mientras ambos contemplaban juntos en la misma dirección, pudieron ver como esa herida vertical que se dibujaba en su dorso, comenzaba poco a poco a cerrarse. La sangre dejaba de brotar, y en un abrir y cerrar de ojos su piel volvió a estar intacta; tan blanca y tersa como un instante antes de la apuñalada… o incluso más.

Damien sonrió, maravillado ante tal espectáculo.

—Es gracioso como cualquier herida que recibes ahora se cura de inmediato. —Hizo entonces su cabeza a un lado, dejando el costado derecho de su cuello expuesto; o, más específicamente, las cicatrices de heridas pasadas que le recorrían todo el cuello alrededor—. Pero estas cicatrices que te hiciste al escapar de aquel Asilo Mental, seguirán por siempre marcando tu piel, como un horrible recordatorio. Apuesto a que no a todos tus clientes le son tan atractivas.

Cualquier rastro de miedo o enojo que le hubiera surgido tras ese traicionero ataque, se había desvanecido conforme él hablaba. Todo ello la había superado con creces, tras el enorme desconcierto de escuchar todo lo que le decía, y la sorprendente exactitud de los datos.

Él no sólo sabía su nombre: lo sabía absolutamente todo sobre ella. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, se sentía totalmente indefensa, desnuda, a la merced de otra persona. Impotente, incapaz de hacer cualquier cosa más allá de escuchar y dejarle hacer lo que quisiera, pues no tenía como evitarlo. Y lo peor es que era un simple adolescente cualquiera, uno que apenas y estaba a punto de convertirse en adulto.

Era una sensación que la agobiaba y le retorcía el estómago. Sin embargo, al mismo tiempo, y aunque pareciera imposible de comprender… le causaba una excitación tan intensa como no había sentido en años; tanta que sentía que todo su cuerpo hormigueaba, y no debido al dolor de su reciente herida, ya en esos momentos curada.

¿Quién era ese sujeto realmente? Y más importante aún…

—¿Cómo sabes todo eso? —Gimió con algo de debilidad, debido a la inmensa cantidad de emociones que le recorría el cuerpo. Sentía su nariz impregnada con el dulce aroma de su colonia; nada que ver con el rancio y desagradable olor del otro individuo que acababa de marcharse—. ¿Cómo me encontraste? ¿Eres policía?

—Por supuesto que no —le susurró muy suave en su oído. Aún la tenía sujetada, tanto de su muñeca como de su mentón—. Ni siquiera tengo la edad mínima para enlistarme. Pero sé bastante más sobre ti de lo que crees; mucho más. Por ejemplo, sé que aquella noche alguien, o algo, te sacó de esas fías aguas, hizo que el aire volviera a tus pulmones, y tus heridas se cerraran. ¿Y crees que lo hizo para que pasaras el resto de tu vida abriéndote de piernas y boca a pervertidos enfermos en un sucio departamento como éste? ¿Crees que esto es lo único para lo que sigues convida? Eres mucho mejor que eso, yo lo sé. Pero, ¿tú lo sabes?

Sólo hasta entonces la soltó por completo, y lentamente se alejó de ella. La chica dejó aún su mano contra el espejo unos momentos, y luego la dejó resbalar por él, dejando un rastro con la sangre que aún quedaba en su palma.

Tímida, volteó a verlo sobre su hombro. Se encontraba ya relativamente lejos de ella, apoyado contra uno de los burós de la cama, con los brazos cruzados; la miraba fijamente con bastante intensidad.

Sí, definitivamente era el hombre más apuesto que había ido a ese sitio en los casi ocho años que llevaba viviendo ahí… lástima que era un chiquillo impertinente.

—¿Sabes qué fue lo que pasó esa noche? —Murmuró, poco a poco más recuperada—. ¿Sabes por qué sigo viva?

Damien sonrió una vez más.

—Cumple este encargo por mí, y te aseguro que responderás esa pregunta, y más.

Señaló con su cabeza en dirección a la maleta que había colocado en su cama. Ella la miró, y entones se puso de pie y aproximó a ella con la misma cautela que tendría si acaso se estuviera acercando a una bomba activa.

—Ahí encontrarás toda la información que he reunido de ambas niñas que te comenté —le informó un instante antes de que abriera la maleta—. No es mucho, pero creo que te bastará. Además de un pequeño anticipo para tus gastos.

Al abrir la maleta, dentro de ésta se encontraban dos expedientes, uno con folder café, y otro con folder azul; ambos repletos de papeles. Pero más importante aún, debajo de ambos, había fajos y fajos de billetes; de veinte, cincuenta y cien. La maleta estaba prácticamente repleta, y le era imposible poder adivinar cuánto dinero había ahí realmente. Pero, llegando a cierta cantidad, de la que estaba segura que sí superaba, ya poco importaban unos dólares menos o unos dólares más.

¿Eso era un “pequeño” anticipo?

Dejó el dinero de lado por unos momentos, y se concentró en los expedientes. Primero revisó el café. Al abrirlo, lo primero con lo que se encontró fue con un recorte de un periódico, al parecer de Portland. Era la primera plana, y en él se leía con letras grandes y negras:

PADRES DEMENTES
PAREJA INTENTA COCINAR A SU HIJA EN EL HORNO

Arqueó su ceja, intrigada. Un título bastante amarillista. Pero, si en efecto era lo que ahí decía, sería difícil no sonar amarillista fuera el título que fuera.

—Lindo —exclamó sarcástica—. Supongo que no fue por haber reprobado álgebra.

Sospechó que una de las “dos niñas pequeñas” que quería que encontrara, debía ser esa misma. Bajó el expediente, y su atención se centró en el chico al otro lado de la cama.

—¿Y qué tiene de especial exactamente?

—Lo sabrás cuando la encuentres.

—¿Y qué debo hacer con ellas si las encuentro?

—Traérmelas. Sanas y salvas, por favor.

—Si tienes tanto dinero e interés, ¿por qué no lo haces tú? Este periódico es de Portland, así que al menos ya sabes en dónde está una. Si no quieres hacerlo tú, podrías contratar a cualquier detective privado, mercenario, o lo que sea. ¿Por qué me lo estás pidiendo a mí?

Damien rio de una forma un tanto exagerada, que parecía intentar demostrar más lo absurdo de la pregunta, que la gracia que le provocaba.

—No has entendido nada aún, ¿verdad? Descuida, ya lo descubrirás —comenzó en ese momento a andar a la puerta, con la misma calma con la que había entrado—. Como te prometí, encuentra a ambas chicas, y descubrirás más de ti misma de lo que crees.

Siguió avanzando, y ya se encontraba prácticamente en la salida, cuando escuchó que le volvía a hablar.

—Esther —murmuró despacio, pero con la suficiente fuerza para que la escuchara—. Llámame Esther. Leena Klammer murió hace ya mucho, mucho tiempo.

Damien la miró, se encogió de hombros y siguió con su camino.

—Esther, entonces.

Él se fue, y ella se quedó.

Se sentó en la cama, intentando digerir lo que había ocurrido, o al menos lo que entendía de lo que había ocurrido. Miró de nuevo el contenido de la maleta; nunca había visto tanto dinero reunido en un solo punto. Imaginaba todo lo que podría hacer con él. Comprarse una identidad falsa, pagarle a alguien para que la sacara del país, quizás irse a algún país en el sur. Hacer que otra familia la adoptara como su hija, hacer las cosas bien esa vez… al menos mientras le fuera posible.

Pero había otro lado de ese plan. Si ese sujeto le había dejado tal cantidad de dinero como si nada, es que de seguro no era nada para él en comparación con todo el que tenía. Y con recursos como esos, no tardaría mucho en encontrarla; de hecho, ni siquiera entendía como la había encontrado en un inicio. ¿Y su nombre? ¿Y su historia? ¿Cómo se había enterado de todo eso?

No le gustaban los jueguitos como ese, en especial en los que sentía que tenía todas las desventajas y alguien más era el que controlaba el juego.

Sacó entonces el otro expediente, el de color azul, para revisarlo. También había recortes de periódicos en él, pero estos hablaban de un incidente ocurrido en una isla de Washington, sobre caballos que habían saltado al mar sin motivo alguno. El nombre del rancho era “Morgan”.

Tras indagar un poco más entre todos los papeles de dicho expediente, dio con un nombre, que posiblemente era el nombre de la segunda chica que suponía debía buscar: Samara Morgan.

FIN DEL CAPÍTULO 06

Notas del Autor:

– Damien Thorn está basado principalmente en el mismo personaje de la película The Omen (2006), que es a su vez un remake la película del mismo título de 1976. Aunque en términos de continuidad se tomará en cuenta más que nada los hechos y tiempos mostrados en la película del 2006, para su historia, y algunos detalles adicionales del personaje, se tomará también inspiración de las películas Damien: Omen II (1978) y Omen III: The Final Conflict (1981), y la serie de televisión Damien (2016). Con respecto a su personalidad y poderes, se basarán en parte en lo antes mencionado, pero también en una interpretación más que nada personal.

– Leena Klammer, alias Esther, está basada íntegramente en el personaje antagónico de la película Orphan (2009), ubicándose ocho años después de los acontecimientos de dicha película. Lo ocurrido en ésta se respetará íntegramente, pero se harán algunos ajustes a su final que se explicarán con más claridad posteriormente.

Debo admitir que este capítulo me sacó un poco de mi zona de confort, por los temas tocados y por el lenguaje. No es el estilo de cosas que acostumbro escribir, pero los personajes que he decido usar así lo ameritan, creo yo. Es probable que esto se repita seguido de aquí en adelante, así que daré todo para hacerlo bien.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

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