Original Viktor – Capítulo 02. Una misión tan importante

14 de junio del 2017

Viktor - Capítulo 02. Una misión tan importante


VIKTOR

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 02.
Una misión tan importante

En cuanto Cedric abrió la puerta del despacho del Jefe Strauss, fue recibido por un intenso olor a humo, combinado con aromatizante de pino. Igualmente, la brillante luz lo hizo retroceder instintivamente.

—Pasa muchacho, pasa —pronunció la voz profunda del hombre sentado detrás del escritorio de aquella amplia oficina, con su silla volteada para darle la espalda a la puerta. Miraba por el gran ventanal, por el que se filtraba el escaso sol que las nubes del exterior le permitían; esa era la luz que había tomado a Cedric por sorpresa. Aquel hombre sostenía entre sus dedos un puro humeante ya a medio consumir—. ¿Conociste a Amelia? Qué encantadora muchacha, ¿no lo crees?

Cedric, aún de pie en el umbral de la entrada, dudó un poco en qué responder ante tal comentario. Supuso que Amelia debía de ser la “encantadora” mujer del escritorio de afuera.

—Ah, sí… Fue todo un placer —respondió con cautela, e inmediatamente después terminó de ingresar, para cerrar la puerta detrás de sí—. También agradezco que haya mandado a un oficial para me escoltara, aunque no era necesario que lo hiciera. —la última parte la había pronunciado con voz relativamente baja.

—Pensé: “¿Qué mejor forma de recibir al nuevo oficial que con una bella escolta?” ¿No estás de acuerdo?

—No estoy en libertad de juzgar lo de bella, pero la Oficial Williams fue una buena escolta… señor.

El hombre en la silla soltó una pequeña carcajada, seguida de una abundante bocanada de humo.

—Sea como sea, veo que sirvió, ¿o no? No te perdiste y aquí estás —giró entonces su silla hacia él, sonriéndole ampliamente—. Aunque, viendo tu currículum, dudo mucho que te hubieras perdido.

Colocó entonces lo que quedaba de su puro de nuevo entre sus labios.

Harold Strauss, el Jefe de Policía del Distrito Once, era un veterano oficial Lycanis que de seguro había estado en mejor forma durante sus años activos en las calles. Ahora era un hombre de rostro y cuerpo robusto, cabeza en su mayoría calva, pero aún con abundante cabellera café a los lados, del mismo tono que su barba de candado. Sus ojos azules, sin embargo, mostraban aún una astucia y perspicacia que sólo muchos años de experiencia podían dar.

—Tus papeles dicen que eres un muy buen policía, Oficial Helsung. ¿Tú crees que eso es cierto?

—Yo… supongo que en mi antiguo departamento me podrían haber considerado algo parecido, pero no me considero algo fuera de lo normal, señor.

—¿Es una modestia enorme lo que veo aquí o falta de confianza? —Strauss le dio una profunda inhalada a su puro, y luego soltó el humo al aire, mientras contemplaba la punta encendida de éste—. Te daré el privilegio de la duda, y me iré por la modestia. Pero al final, Oficial Helsung, yo seré quien te juzgue en base a tu desempeño de ahora en adelante. Y empezaré por decirte qué es lo que espero de ti: espero puntualidad, tolerancia, paciencia, y la habilidad para mantener la calma en todos los casos que lleguen a tus manos… Y que salgas con vida de todos ellos, por supuesto; así es menos papeleo.

¿Había sido una broma? Si lo fue, el tono con el que la había pronunciado no daba mucha cabida a creerlo.

—¿Por qué te quedas en la puerta, muchacho? —le cuestionó luego de unos instantes—. Acércate, vamos.

—Sí, lo haré, señor… pero si pudiera…

Con un ademán de su cabeza, intentó señalar hacia la ventana a sus espaldas. Harold se viró sobre su hombro, y entendió de inmediato a lo que se refería.

—Oh, disculpa, chico. Lo olvidé por completo.

Con una mano presionó su puro contra el cenicero para apagarlo, y con la otra accionó un interruptor sobre el escritorio, que al acto hizo que las cortinas frente al ventanal comenzaran a cerrarse poco a poco por sí solas. “Un mecanismo bastante ostentoso, para estar en la oficina de un servidor público”, pensó el recién llegado.

Una vez que las cortinas se cerraron, y estuvieron sólo iluminados por las luces interiores, Cedric al fin tuvo la libertad para retirarse sus lentes oscuros, al tiempo que se tomó la libertad de colocar su sombrero y su abrigo sobre el perchero a un lado de la puerta.

—Le aseguro que así será, señor —le respondió Cedric, estando ya de pie frente a su escritorio, y haciéndole el saludo marcial con su mano derecha—. Y agradezco mucho ésta oportunidad que me han da-…

Tenía pensado decir más, mucho más, pero en ese momento escuchó como alguien llamó a la puerta, con notoria fuerza, aunque de manera casi rítmica, y eso lo distrajo.

—Pasa, estaba esperando que llegaras Romani —pronunció Strauss con elocuencia.

“¿Romani?”, pensó Cedric, ligeramente sorprendido; dicho apellido le resultó notoriamente familiar. Al virarse hacia la entrada, pudo ver un rostro masculino, sonriente, aunque notablemente malicioso, asomándose hacia el interior.

—Buenos días, Jefe —murmuró aquella persona, con tono animoso—. ¿Cómo se encuentra esta mañana…? Ah, Amelia, creo que no te saludé. —Se volteó sobre su hombro para ver a la mujer sentada en el escritorio de afuera—. Te ves preciosa; sigue así cariño.

El comentario fue rematado por un coqueto guiño de su ojo derecho. Ya fuera este último acto, o las palabras en sí, pero algo pareció no agradarle a la secretaria, pues lo último que Cedric vio, antes de que aquel individuo cerrara abruptamente la puerta detrás de sí, fue algunas grapas siendo disparadas en su contra, y terminando al parecer encajadas en la puerta. A él, sin embargo, pareció importarle muy poco, tanto así que se giró hacia ellos con actitud despreocupada, como si nada hubiera pasado.

—¿No es un amor? —comentó con tono juguetón.

Cedric se tomó unos momentos para contemplar con mayor cuidado a aquel Lycanis alto, especialmente si lo comparaba consigo mismo, de complexión fornida, hombros anchos, y cabellera rubia anaranjada, larga hasta los hombros. Sorprendente, a pesar de a simple vista ser mucho más joven que el Jefe Strauss, la astucia y perspicacia de sus ojos dorados le pareció mayor que la suya, llegando a  rozar incluso en malicia.

Vestía una camisa blanca, que le quedaba ajustada a su musculoso cuerpo, un chaleco verde, pantalones grises… y ningún sombrero.

—Buenos días Romani —le devolvió el saludo el hombre en el escritorio, una vez que terminó de pasar—. Quiero que conozcas a Cedric Helsung, nuestro nuevo detective de Tercer Grado, y tu nuevo compañero… Por no decir aprendiz. —Lo último vino acompañado de nuevo de ese tono burlón, que a Cedric no le parecía precisamente muy gracioso.

—Ah sí, algo me habían dicho de que nos habían enviado a uno del Veinticuatro —comentó el hombre rubio, mostrando cierta indiferencia—. ¿Pero este flacucho?

Echó una mirada rápida, y nada discreta, al Nosferatis, una vez estuvo parado a su lado. Ya más cerca, no le pareció tan alto como en un inicio, pero igual lo era lo suficiente como para al menos rebasarlo unos veinte centímetros. Eso, acompañado de su complexión, eran más que suficientes para considerarlo algo intimidante, sino fuera porque su mirada y sonrisa eran en exceso despreocupadas.

—Vaya que eres pequeño, chico. Apuesto a que no comes suficientes proteínas —soltó una pequeña carcajada, que al Nosferatis le pareció muy poco natural—.  ¿Crees poder con el trabajo?

—No creo que mi apariencia física tenga algo que ver con mi capacidad para desarrollar mi profesión. —le respondió Cedric de forma cortante, intentando mantenerse sereno.

—Hey, tranquilo, amigo; tampoco te lo tomes tan enserio. —Soltó otra carcajada, más sonora que la anterior, pero igual de forzada—. Sólo te estoy molestando.

De pronto, se le aproximó, y antes de que pudiera reaccionar, le rodeó su cuello con su brazo izquierdo y lo atrajo hacia él, de una forma demasiado confianzuda para el gusto de Cedric, quien no supo exactamente cómo reaccionar a ello.

—Yo soy Klauss Romani, Detective Primer Grado. Pero de seguro ya has escuchado hablar de mí, ¿o no?

Viktor - Capítulo 02. Una misión tan importante - Klauss y Cedric

—Creo que no —respondió Cedric rápidamente y de forma algo seca. Sin embargo, estaba mintiendo.

Desde que escuchó al Jefe Strauss pronunciar el apellido Romani, se le vinieron a la cabeza varios de los casos del Distrito Once que estuvo investigando y estudiando antes de llegar ahí. En la mayoría de los que tuvo la oportunidad de revisar, había dos nombres que se repetían con frecuencia; uno de ellos, era el del Detective Klauss Romani. Y ahora que acababa de confirmarle su nombre de pila, podía estar seguro de que en efecto, se trataba de dicha persona, el detective que figuraba en numerosos casos, no precisamente “famosos”, pero sí… interesantes.

De haber intentado adivinar cómo sería, al parecer habría errado estrepitosamente. Y no sólo por su actitud, sino también por su edad. Calculaba que debía de ser a lo mucho tres o cuatro años mayor que él… ¿Y ya era Detective de Primer Grado? No podía evitar preguntarse si eso era porque debajo de ese exterior tan impertinente, se encontraban ocultas las habilidades de un gran detective y oficial de policía… o simplemente quizás no había precisamente mucha competencia disponible por ese distrito.

Fuera como fuera, justo como el Jefe Strauss acababa de afirmar, al parecer le tocaría ser su compañero. Esperaba que al menos algo bueno resultara de ello.

—Si ha oído hablar de ti o no, es trivial, Romani —Intervino de nuevo el Jefe Strauss—. Ya tendrán suficiente tiempo para conocerse. Por ahora, como parte de la rutina, se te tendría que informar sobre todo lo burocrático que haya quedado pendiente de tu traslado. Peeero… —Alzó su mano derecha, rascándose su calva con sus uñas cortas—. Eso tendrá que ser después, ya que tendré que enviarlos a su siguiente misión inmediatamente.

—¿Tan pronto? —cuestionó Cedric, algo sorprendido.

—Ni siquiera ha dejado que el pequeño se acomode en su escritorio, jefe —añadió Klauss—. ¿No puede al menos tomarse su primera taza de café y una deliciosa rosquilla de hombre adulto?

El Nosferati volteó a verlo de reojo. Su mirada no reflejaba ni una pequeña parte de la molestia interna que le causaba.

—Puede hacerlo después de que se encarguen de esto, señores. —El Jefe de Policía extendió entonces su mano hacia un lado del escritorio, tomando dos carpetas de color rojo, y las dejó caer justo al frente, en el punto más cercano a ambos para que pudieran tomarlas más fácilmente—. El Barón Karl Montallo, un importante Spekerus de mucho dinero, fue asesinado anoche en su propia casa.

—¿Un caso de homicidio? —repitió Klauss, justo antes de tomar una de las carpetas y comenzar a hojearla—. No te tocará un primer caso aburrido, chico. Y de un Barón, un Noble de alta alcurnia.

Cedric no comentó nada. Se limitó a tomar la otra carpeta, para también comenzar a inspeccionarla. Como oficial en el Distrito Veinticuatro, le había tocado visitar algunas escenas de homicidio, pero en efecto nunca la de alguien de un nivel tan alto, y no como detective a cargo de la investigación.

—Lo tomaron por sorpresa y lo apuñalaron por la espalda unas catorce veces —escucharon como el Jefe Strauss completaba su información—. Sin huellas y sin arma, no tendríamos caso o un rumbo que seguir, de no ser porque tenemos un testigo que lo vio todo.

—¿Testigo? —exclamó Klauss, seguido de un bufido burlón—. Haberlo dicho primero. Si es así, entonces esto será pan comido; perfecto para el novato.

Harold se recargó por completo en su silla, y su sonrisa se agrandó. Algo de la malicia de Romani, parecía habérsele contagiado al Jefe de Policía.

—Me encanta esa confianza tuya Romani. Pero dime, ¿seguirá intacta si les digo que la testigo fue una chica sierva?

—Por supuesto que sí; mi confianza es inque…

Las palabras del Detective Romani cesaron de golpe, y esa confianza “inquebrantable”, como supuso Cedric que estaba por decir, fue reemplazada de golpe por una enorme, muy enorme, sorpresa.

—¡¿Qué dijo?! —exclamó con fuerza, retrocediendo un paso.

Cedric se mostraba más calmado, pero no por ello lo que acababa de escuchar le parecía menos sorprendente. Centró su mirada en el expediente en sus manos, y cambió de una hoja a otra en al que venía incluida una fotografía; la fotografía de una chica humana, joven, de cabello café oscuro sujeto en una trenza, ojos color almendra, y piel ligeramente morena. Junto con la foto, venía una pequeña hoja con un poco de información sobre ella.

—Se llama Melissa —comentó tras echar un vistazo rápido a dicha hoja—. Es sirvienta en la casa del Barón Montallo.

Harold asintió.

—Esa jovencita estaba en el lugar de los hechos y vio con sus propios ojos al perpetrador, según nos hizo saber esta mañana la hija del difunto Barón. Es algo muy inusual, pero su misión de momento es ir a la casa de la víctima, y tomar la declaración de la jovencita. ¿Tienen alguna pregunta?

—¡¿Que si tengo alguna pregunta?! —Exclamó Romani, alzando posiblemente de más la voz—. ¿Me está diciendo que nuestra testigo es una sierva? ¿Y desde cuándo lo que un siervo vio o dice tiene valor en un juicio?

—Desde hace como cinco semanas atrás —respondió Cedric con notoria calma, tomando por sorpresa, y confundiendo aún más, al Lycanis.

—El congreso de la ciudad aprobó una nueva ley, hace cinco semanas efectivamente —añadió Harold a la corta respuesta de Cedric, aunque su tono parecía venir acompañado de cierto hastío—. Fue propuesta por unos cuantos defensores de los derechos de los siervos, y entre muchas otras cosas, dice que se puede tomar a consideración los testimonios de los siervos en juicios criminales, siempre y cuando cumplan con ciertos puntos. ¿No lo sabías Romani? ¿Estabas muy ocupado con otros asuntos?

Klauss se prestó entre confundido y nervioso por tales detalles. Cedric hubiera supuesto que un servidor público responsable de hacer cumplir la ley, debería de estar informado de cambios de tal escala como ese, especialmente un Detective de Primer Grado.

—Sí, claro que lo sabía —respondió el Lycanis, algo inseguro—. Sólo lo olvidé, por supuesto. ¿Y cuáles son esos “ciertos puntos”?

Cedric de nuevo se permitió dar un paso al frente para responder.

—Básicamente, si se trata de un Caso de Crimen Mayor, si el siervo ha servido a una familia catalogada como Noble o superior, por lo menos diez años, y cuente además con el respaldo de confianza de al menos uno de los miembros de dicha familia. Supongo que nuestra testigo cumple con todos estos requisitos.

—A la perfección —añadió Strauss—. Sería de hecho el primer caso, desde la proclamación de esta dichosa ley, que esto se puede aplicar. Por ello, en cuanto la noticia se haga pública, los ojos de todos estarán sobre nosotros. Por ello necesitamos saber muy bien primero, qué fue exactamente lo que la chica vio, y si es suficiente, mantenerla a salvo hasta que pueda dar su declaración ante el Tribunal de Justicia.

—Si es que realmente vio algo y no está mintiendo —murmuró Klauss entre dientes, pero evidentemente no con la intención de que no se le oyera.

Cedric lo ignoró, y simplemente se limitó a revisar un poco más el resto del expediente; no había mucho más que fuera de utilidad, más que algunas fotos de la escena del crimen y del cadáver del Barón, tomadas en el mismo lugar, que aparentemente era el despacho de la casa. Cerró entonces el expediente con cautela, y se quedó cavilando en todos los datos que le acababan de dar, aunque fuera relativamente pocos.

—Entiendo —exclamó despacio luego de un rato—. Éste podría ser un caso de gran alcance, no sólo por la identidad de la víctima, sino por ser el primero en el que el testimonio de un siervo podría ser oído por el Tribunal. Tengo que decir, si me lo permite, que agradezco su confianza en asignarme una misión tan importante en mi primer día, señor.

—Ni te alborotes, pequeño —intervino Klauss, al parecer su confianza “inquebrantable”, ya estaba ligeramente restaurada—. Me la está asignando a mí, porque sabe que soy el mejor. Tú sólo eres un agregado, pero procura ser de ayuda; no olvides quién es el Detective de Primero Grado aquí.

—Ah, sí, por supuesto; lo siento —le respondió el Nosferatis con cautela, aunque en su mente pensaba la ironía que tenía el que ese comentario viniera de alguien que ni siquiera sabía de la existencia de la ley. Como fuera, las jerarquías eran algo casi sagrado en cualquier Departamento de cualquier Distrito, así que era mejor que no se metiera con ella.

—Ahora que ya saben qué hacer, empiecen de una buena vez —Intervino Strauss de nuevo, agitando su mano regordeta frente a él. — La sierva en cuestión se encuentra en la mansión Montallo, así que andando. Cedric muchacho, te deseo buena suerte en tu primera misión —le comentó, otra vez con ese tono burlón—. Y tú, Romani, no te emociones tanto.

—Cuente conmigo, jefe —respondió Klauss, ya más tranquilo—. Vamos novato. ¿Sabes conducir?

—En realidad no —le respondió Cedric, y ambos comenzaron a andar en dirección a la puerta.

—Pues tendrás que aprender, porque soy propenso a beber de más y necesito una pareja que me lleve cuando eso pase.

—Eso… no es algo que debería decir en voz alta, oficial Romani.

—Ah, Romani —escucharon que Strauss pronunciaba con fuerza, justo antes de que salieran, obligándolos a detenerse—. Antes de que se vayan lleva al chico a que le asignen su nueva arma, ¿quieres?



Mientras en el interior de la oficina se llevaba a cabo esa rápida reunión, afuera, Amelia, la secretaria del Jefe Strauss, atendía la visita a su lugar de la Oficial Jolly Williams, quien cada mañana se paraba al menos unos segundos en cada escritorio para dar los buenos días, y de vez en cuando platicar unos momentos.

Amelia no era principalmente afín al buen humor mañanero de la joven oficial, pero igual una de cada tres ocasiones, le agradaba tener cualquier distracción matutina que le sirviera de excusa para ignorar un rato más su tedioso trabajo. Y esa mañana en especial, su distracción matutina era especial, pues casi lo primero que la joven Nosferatis de ojos grandes y azules le preguntó, fue sobre la cita que le había dicho que tendría la noche anterior con aquel guapo Spekerus que había conocido en la plaza. Jolly parecía muy emocionada de saber cómo había sido, pero la historia no resultó ser tan feliz como se esperaba.

Luego de un corto relato que incluía muchos insultos y maldiciones hacia el susodicho caballero, Amelia remató el final de la noche con una última anécdota.

—Y entonces me dijo que lo dejara si no lo quería, así que obviamente le di una buena patada en los… —su teléfono comenzó a sonar en ese mismo momento, cortando sus palabras, pero en lugar de responderlo se limitó a sólo levantar la bocina, y volverla a colgar inmediatamente después—. Como sea, le dije hasta nunca y me largué de ahí.

—Vaya… —fue lo único que logró salir de los labios de Jolly. En sus manos, la oficial sostenía una taza de café humeante, ya en esos momentos para la mitad—. Lamento que no haya salido como esperabas.

Nah, no era nada importante. De hecho, él se lo tomó demasiado en serio —se apoyó entonces contra su silla y se atrevió a subir sus pies al escritorio con entero descaro—. Eres afortunada, ¿sabes? Al no tener que lidiar con estas cosas tediosas de las citas y estar besando sapos… literalmente.

El comentario pareció presionar un botón en la joven ojos azules, que la hizo soltar un pequeño respingo.

—Ah, sí, podría decirse que lo soy —murmuró Jolly algo nerviosa. Soltó una pequeña risilla, después de haberle dado un sorbo a su taza—. Afortunada, sí… ¡Pero no hablemos de mí! —se apresuró de inmediato a cambiar el tema, antes de que Amelia quisiera proseguir más por ese camino—. Dime, ¿ya viste al Detective Nosferatis nuevo que entró hoy a trabajar?

Sus ojos se iluminaron ligeramente al hacer dicha pregunta, y eso no pasó desapercibido por Amelia, quien la miró de reojo con perspicacia, arqueando su ceja derecha.

—¿El chico con el que entraste a la estación en la mañana, le gritaste “¡Te veré pronto Cedric!” a todo pulmón frente a todos, y que está justo ahora ahí adentro? —Señaló con su pulgar hacia la puerta a sus espaldas—. No, ni idea de quién me hablas…

Jolly sonrió ampliamente, divertida por su sarcástico, y ligeramente (o tal vez un poco más que eso) amenazante tono.

—Qué bueno que estás enterada —como si de un tic involuntario se tratase, comenzó a dar pequeños golpecitos a su taza con su dedo índice—. ¿Y… qué te pareció?

La perspicacia en la mirada de Amelia se volvió aún mayor.

—¿Por qué lo preguntas? No es el tipo de preguntas que uno esperaría de una chica en tu posición, Williams.

Amelia la miró con mucho detenimiento, esperando detectar en ella alguna seña que revelara sus intenciones. Sin embargo, no tuvo suerte; ella se mantuvo inmutable, sonriente, y tranquila.

—Cómo sea —exclamó restándole importancia, acomodándose de nuevo en su silla—. Sólo lo vi un par de minutos, y fue suficiente para que me pareciera extremadamente odioso. Encima de todo, será compañero de Romani, y de seguro se le pegarán todas sus malas costumbres.

—Pues por lo poco que lo conocí esta mañana, me dio la impresión de que tendrá un gran futuro aquí en la oficina —su sonrisa se volvió más intensa y brillante—. Es… puedes decir que es una corazonada. ¡Y no es para nada odioso!

Amelia bufó, incrédula. Abrió entonces uno de los cajones de su escritorio, y sacó de éste una lima de uñas larga, color negro.

—Ojalá tenga un futuro más brillante en la policía que el de su padre en los negocios —canturreó, sarcástica, tomando por sorpresa a Jolly.

—¿A qué te refieres con eso?

—¿Qué? ¿Ya eres su hada madrina y no sabes lo de su familia? —la señaló con su lima, como si se tratase de un arma blanca—. No es que haya esculcado en su archivo o algo así… pero resulta que su familia paterna es rica, muuuy rica. Su tío es dueño de una empresa que fabrica carruajes a motor, o como sea que se llamen. Y su padre también tenía sus negocios, y digo “tenía”, porque según dicen, hizo una muy, muy mala inversión, y… —hizo en ese momento el ademán con su lima de cortar su propio el cuello—.  De nobles, pasaron a ser simples ciudadanos de clase media que viven de la caridad de su familia. Bueno, eso dicen, pero a mí no me gusta el chisme.

Amelia volvió a sus uñas, dejando a una muy impactada Jolly tras hacerle tal revelación. La oficial se quedó como estatua por unos momentos, sin saber qué decir. Justamente le acababa no hace mucho de preguntar al mismo Cedric si acaso el apellido Helsung era de familia noble, pues así le había sonado. El nuevo detective, sin embargo, había eludido sagazmente dicha pregunta; ahora podía ver porqué.

—El que hayan hecho un mal negocio, no significa que toda la familia arrastre esa mala suerte detrás, Amelia. —respondió Jolly con algo de dureza en su voz—. Sé que Cedric logrará desempeñarse bastante bien; yo creo que todos somos capaces de superarnos si nos lo proponemos.

Dio entonces un largo y último trago a su taza.

—Demasiada confianza puesta en alguien que acabas de conocer —comentó Amelia sin quitar su mirada de sus uñas—. A todos nos gustaría tener ese positivismo tan inocente tuyo, pero entonces el mundo estaría lleno de idiotas; sin ofender.

Antes de que Jolly pudiera responder algo, si acaso lo tenía pensado, la puerta del despacho del Jefe Strauss se abrió; Klauss Romani y Cedric Helsung salieron uno detrás del otro, llamando la atención de ambas; éste último, traía de nuevo puesto su sombrero, y cargaba su abrigo en su brazo derecho.

Ooosh, los pequeños gusanos ya salieron de su cueva —masculló Amelia con fastidio.

Por su parte, el verlos pareció mejorar de nuevo el buen humor de Jolly, pues de inmediato le sonrió a ambos, y les ofreció un oportuno saludo a ambos con su mano.

—¡Detectives! Veo que ya salieron de la junta con el señor Strauss. Hola Cedric, te dije que nos veríamos pronto.

—¿Oficial Williams? —murmuró sorprendido el joven Nosferatis al verla de pie delante del escritorio—. ¿Me estaba esperando?

—No te sientas tan especial —se adelantó a responder Amelia—. Sólo estábamos hablando de cosas… importantes.

“Si con importantes te refieres a hablar justamente de él”, pensó Jolly, algo divertida.

—Oh, Jolly, Jolly, querida Jolly —escuchó canturrear a la melodiosa voz del Detective Romani, adelantándose a su acompañante para pararse entre ella y éste—. ¿Me estabas esperando acaso?

Le sonrió de forma coqueta, mientras se acomodaba sus cabellos con sus dedos.

—¿No escuchaste lo que acabo de decir? —Masculló Amelia molesta, pero Klauss la ignoró.

—No pude evitar escuchar que acabas de llamar a mi nuevo compañero por su nombre de pila. —Señaló discretamente hacia el chico detrás de él—. ¿Ya se conocen? ¿Tanto así que lo llamas por su nombre y todo?

“Si lo hizo prácticamente después de conocerme”, le cruzó a Cedric por la cabeza, creyendo que bajo esas circunstancias, dicho acto carecía un poco de peso.

—De hecho así es, Klauss —le respondió la oficial de manera normal, inclinando un poco su cabeza—. El Jefe Strauss me encargó que lo escoltara de su apartamento hasta aquí hace unos momentos. Por cierto, fue la primera misión que me encargan a mi sola, ¡Yeih! –Agitó entonces ligeramente sus manos—. Y tú sabes muy bien que no puedo permanecer formal mucho tiempo… Cedric, ¿verdad que tú me dijiste que podía llamarte de esa forma?

—Yo… supongo que dije algo como eso —contestó él a su vez, algo dudoso.

—¿Desde su… apartamento? —Señaló Romani, arqueando una ceja con intriga—. Jolly, ¿qué diría tu padre si se enterara de eso? Mal, muy mal —negó con su cabeza de forma casi melodramática—. Una mujer en tu situación no debería ni por asomo pararse en el apartamento de un hombre soltero… Sí eres soltero, ¿no? —Miró a Cedric sobre su hombro, pero ni le dio tiempo de responder, antes de virarse de nuevo al frente—. ¿Pero qué preguntó?, por supuesto que lo eres; se te ve por toda la cara.

El ceño de Cedric se frunció pronunciadamente como seña de desaprobación por tal a comentario. A Jolly le llamó la atención tal curioso acto; un gesto llamativo en ese rostro tan estoico y apacible.

—No ocurrió nada que pudiera jugarle chueco a la reputación de la Oficial Williams —Recalcó—. Sólo me escoltó desde mi casa hasta acá; eso es todo.

—En efecto —añadió Jolly, alzando su dedo índice hacia Klauss—. Además, no creo que a mi padre le importe mucho, si fue el Jefe Strauss quien me encomendó la misión; no exageres tanto. En todo caso, se molestaría con él.

Cedric se sintió algo curioso por tal comentario. ¿Su padre se sentiría molesto con el Jefe Strauss, el jefe de Policía del Distrito Once? ¿Quién era exactamente su padre?

—Entiendo, tranquila —respondió Klauss a tono burlón, encogiéndose de hombros—. Bueno, en vista de que ya son tan amigos, y tú tienes más afinidad y gusto por las armas, ¿Por qué no lo llevas con Wallace para que elija su arma, quieres? —Colocó entonces una mano sobre el hombro de Cedric, y lo empujó hacia el frente con tanta facilidad, que casi se caía en el acto. — Tenemos que salir a una misión importante, así que debo adelantarme a solicitar que nos asignen un vehículo. Y sabes que esos chicos del garaje pueden ser demasiado lentos.

—No es correcto que molestemos a otros con asuntos que no les conciernen —comentó Cedric algo molesto, mirando a Klauss hacia atrás—. De seguro la Oficial Williams tiene otras obligaciones que atender.

—¡Pero no me molesta! —Exclamó Jolly rápidamente con fuerza—. Enserio, Cedric. De hecho pensaba darme una vuelta para allá más tarde, pero puedo llevarte de una vez.

—¿Está segura…?

—¡Perfecto! —Interrumpió Klauss de golpe—. Entonces iré por nuestro vehículo. Y oye, novato, tómate todo el tiempo que quieras; sólo tenemos que resolver un homicidio, poca cosa.

Le guiñó el ojo de forma juguetona, y se dispuso a andar, como supuso Cedric, en dirección al garaje de la estación. Al parecer no podía objetar nada más.

—Entonces, Cedric —Escuchó a Jolly murmurar, llamando de nuevo su atención—, ¿me acompañas? Te encantará el piso inferior; tenemos un vasto almacén de armamento; no sé cuál es tu tipo de pistola, pero de seguro Wallace la tiene. —Mientras hablaba, dejó su taza vacía sobre el escritorio de Amelia—. Dejaré esto aquí, ¿está bien, Amelia?

—¿Tengo opción? —respondió la secretaria, con apatía.

—Ven Cedric, ¡vamos!

La oficial comenzó a andar en una dirección completamente diferente a la de Klauss, con un paso tan relajado y casual, que casi le faltó dar brincos. Cedric, aún algo dudoso, la siguió, aunque algo más reservado.

— — — —

Jolly comenzó a moverse entre los escritorios de la jefatura, dirigiéndose hacia el extremo opuesto del recinto, en una diagonal. Mientras la seguía, Cedric se preguntaba si no hubiera sido mejor rodear esa área en lugar de atravesarla de esa forma; aunque en teoría, la distancia por esa ruta debería ser más corta, aunque más incómoda.

Mientras avanzaba, la oficial saludaba a cada una de las personas con las que se cruzaban, sin excepción. A todos los llamaba aparentemente por su nombre de pila, y los saluda de forma entusiasta y sonriente. Todos le regresaban el saludo, pero no todos lo hacían con el mismo entusiasmo. Siendo tan temprano en la mañana, se notaba que muchos se encontraban aún medio dormidos; uno, de hecho, se encontraba completamente dormido sobre su escritorio. Entre sus saludos, Jolly aprovechaba también para presentar a Cedric de forma rápida, y luego proseguir con su encargo original, que era guiarlo hasta la armería; eso parecía tener prioridad por encima de lo otro.

—Parece que todos aquí la conocen, Oficial Williams —comentó Cedric una vez que lograron pasar todos los escritorios.

—Oh, bueno, es que a pesar del poco tiempo que llevo aquí, creo que he trabajado con todas las personas de este departamento, ya sea ayudando a llevar papeles o escoltando criminales. Suelen pedirme ayuda seguido; me han dicho que soy bastante servicial.

“Lo noto”, pensó Cedric para sí mismo. Parecía que la Oficial Williams era una persona de tan nobles sentimientos, que ayudaría a cualquiera que se lo pidiera. Lamentablemente, eso abría mucho la puerta a que algunos intentaran aprovecharse de esa buena voluntad.

Jolly los encaminó hacia una puerta doble, alta, como para que dos de él mismo entraran en vertical, y totalmente abierta. Sobre dichas puertas, se encontraba un cártel que exponía a cualquiera que lo viera: “Sótano”. Del otro lado, sólo se veían unas largas escaleras que bajaban hacia un espacio relativamente oscuro. Esto le causó un ligero alivio a Cedric; luego de tanta exposición solar en la calle y en la oficina de Strauss, le apetecía ocultarse un poco entre las sombras, aunque fuera por unos minutos.

—Oye, ¿pero qué pasó con “Oficial Jolly”? —Escuchó que su guía objetaba, volteándolo a ver sobre su hombro, estando ya un par de escalones más abajo—. Se oye más bonito que “Oficial Williams”.

Cedric suspiró, y miró a otro lado, apenado.

—Eso fue un desliz involuntario e indebido… y lo lamento…

—¡Pero no tienes porqué lamentarlo…! —Se giró rápidamente hacia él por mero instinto, y al hacerlo aparentemente uno de sus tacones pisó mal el escalón, haciendo que perdiera el balance por unos instantes.

—¡Oficial Jolly! —Se le escapó al Detective Novato de golpe, y rápidamente se dispuso a bajar con más apuro hacia ella. Por suerte, la oficial logró sujetarse con fuerza del barandal para no caerse.

Ambos lograron suspirar aliviados al ver que el pequeño susto, se quedó como tal.

— ¡No era mi intención hacer que lo dijeras bajo estas circunstancias! —Comentó Jolly, apresurada—. Pero igual estoy feliz.

Cedric, de nuevo, tardó un poco en entender a qué se refería, y volverse consciente de lo que había gritado hace unos momentos. Sus mejillas tomaron un singular tono rosado, y se obligó a sí mismo a virarse a otro lado de inmediato.

—De… de nuevo fue un desliz involuntario… e indebido…

Jolly simplemente rió con mesura, y no dijo nada más al respecto. Siguió bajando, ahora con algo más de cuidado a cada paso.

—La armería está en el sótano. El señor Wallace es el encargado de ésta; ningún arma sale o entra sin que él lo sepa. ¿Tienes ya alguna en mente?

—Me sentiría cómodo con el mismo modelo que usaba en mi antiguo puesto. Sólo espero que lo tengan aquí.

—Estoy segura de que así es. El señor Wallace es un experto; tiene cualquier arma, y la que no, la puede conseguir.

Una vez que terminaron de bajar las escaleras, siguieron por un largo corredor, con una iluminación bastante decadente, aunque mucho más que suficiente para los agudos ojos de los Nosferatis como ellos. Al final de dicho corredor, había una puerta pequeña de madera, con una ventanilla de cristal, el señalamiento de “Armería” en ella; la puerta se encontraba entreabierta.

—¿Qué arma maneja usted, Oficial Williams? —Le preguntó curioso, y escuchó cómo la joven soltaba un pequeño suspiro, quizás a causa de haber usado de nuevo su apellido.

—En estos momentos sólo tengo un revólver convencional —le respondió, dando un par de palmadas a la funda a un costado de su cadera—. Pero cuando la misión lo amerite, tengo el entrenamiento y el permiso debido del Ministerio de Justicia para usar a Holy Molly.

—¿Holy… Molly? —Repitió Cedric, pero el hacerlo no hizo que dicha expresión se volviera más clara para él.

—No la tengo conmigo en estos momentos; es demasiado voluptuosa para estarla cargando todos los días. Fue un regalo de mi hermano mayor. Es una especie de… —Guardó silencio, pensativa—. ¿Cómo describirla? Es como…

—Es como un cañón portátil —se escuchó que pronunciaba con fuerza una voz desde el interior de la habitación a la que se dirigían, resonando en el eco—. Con la fuerza de 20 escopetas juntas, que dispara un misil más rápido de lo que puedes empezar a cantar el himno nacional.

A Cedric le tomó por sorpresa esa repentina intervención; no suponía que alguien lo estuviera escuchando.

Jolly abrió un poco más la puerta, para que pudieran pasar. El interior de aquel lugar parecía ser una bodega, relativamente amplia, y oscura, alumbrada únicamente con algunas lámparas colgadizas, que radiaban una luz bastante opaca.

—He querido hablar con la persona que la diseñó, pero está tan ocupado que al parecer no tengo espacio en su apretada agenda —prosiguió la misma voz.

Cedric miró hacia un lado y hacia el otro. A pesar de su aguda visión nocturna, no detectaba ningún movimiento o presencia a su alrededor. ¿De dónde venía esa voz?

—¡Señor Wallace! —Gritó Jolly con algo de fuerza, y su voz rebotó por las paredes de aquel lugar—. ¿Cómo está? Soy Jolly, vine a presentarle al nuevo detective que acaba de entrar hoy. —Lo miró entonces repentinamente sobre su hombro—. ¿Qué esperas, Cedric? Preséntate.

—¿Eh?

Cedric volvió a echar un vistazo alrededor, esperando poder notar en dónde se encontraba esa persona; de nuevo, no tuvo suerte.

—Es… un placer, señor Wallace. Soy Cedric Helsung, detective de tercer grado. Vine por…

—Tu nueva arma, ¿no? —Le interrumpió la voz abruptamente, y en ese momento fue capaz de captar su ubicación.

La vista de Cedric era tan buena como la de cualquiera de su raza, o incluso un poco mejor. Pero el motivo por el que no lo había percibido, fuera porque no estaba viendo en el lugar indicado.

De las vigas sobre sus cabezas, descendió abruptamente una silueta, al inicio con fuerza, y luego amortiguándose un poco unos centímetros antes de caer al suelo, para posarse delicadamente en éste. Cedric, por mero reflejo, retrocedió un poco hacia atrás por el asombro de ver tan repentinamente una silueta de tan enorme tamaño.

—Helsung, ¿eh? —Pronunció aquella figura, al tiempo que se erguía por completo—. Qué feo apellido. Pero uno no puede escoger como lo llaman.

El nuitsen ante ellos era alto, de más de dos metros, aunque era de complexión algo flacucha. Usaba un delantal café, pantalones blancos, y un cinturón lleno de bolsillos y herramientas, además de un sombrero estilo vaquero en su cabeza. En una mano sostenía un rifle con la cámara de los cartuchos abierta, y en la otra un trapo color blanco, que en esos momentos parecía más gris que blanco.

—Bienvenido al barco, chico —comentó, acercándoseles levemente, aquel enorme nuitsen con el cuerpo cubierto de plumas café. Y algunas blancas, como si de canas se tratasen. En sus pies no usaba calzado, pues eran de ellos dos garras afiladas que resonaban en cada paso contra el suelo de concreto. De su rostro, se pronunciaba un largo, curveado y afilado pico, y de su espalda dos alas con un plumaje algo escaso; de hecho, al ala derecha parecía faltarle casi la mitad de ellas.

El Señor Wallace era lo que cualquiera que no hubiera visto a un Ikravens antes, describiría como “un enorme hombre ave”.

FIN DEL CAPÍTULO 02

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Viktor. Durante siglos, el mundo ha estado habitado por dos tipos de personas: los Nuitsens, seres sobrenaturales de grandes poderes y habilidades, y los Siervos, también conocidos como Humanos, seres de menor capacidad que los Nuitsens, y que funcionan como sirvientes y propiedades de ellos.

Cedric Helsung es un joven Nuitsen Nosferatis que trabaja como Detective del Departamento de Policía Civil de CourtRaven. Es una persona muy tranquila, pero también muy inteligente, que siempre ha sentido cierta simpatía por los Siervos, algo que nunca ha sido muy bien visto por el resto de sus conocidos. Conforme progrese en su carrera policiaca, él y sus compañeros se verán envueltos en extraños acontecimientos sin explicación, todos al parecer ligados a dos extraños grupos de Rebeldes y Anarquistas, y a un terrible hecho que los marcó a todos. ¿Quiénes son estos extraños individuos en realidad? ¿Qué tan lejos están dispuestos a llegar para lograr sus cometidos? Y lo más importante: ¿Quién es Viktor?

+ “Viktor” © WingzemonX & Denisse-chan.

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