Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 04. El chico que vuela con el viento

3 de abril del 2017

Invierno Eterno - Capítulo 04. El chico que vuela con el viento


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 04
El chico que vuela con el viento

El resto de la tarde siguió de igual forma, y poco a poco la clínica de Calaris se fue viendo libre de pacientes. El último de ellos se fue justo cuando estaba comenzando el atardecer, y de inmediato las enfermeras que asistían al doctor se pusieron a acomodar y limpiar todo el sitio lo más rápido posible. Todas traían prisa, pero a su vez todas se encontraban ya agotadas por el largo día que habían tenido… Bueno, todas, excepto esa joven de cabello café oscuro y corto, que estaba trapeando el piso, corriendo de un lado otro con notoria agilidad, e incluso mientras tarareaba una alegre canción. Las otras no podían evitar mirarla con maravilla.

Rapunzel, como todos la conocían, llevaba en ese pueblo un poco menos de un año. Era una persona realmente luminosa, con gran energía, siempre sonriente, y con un enorme corazón que siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquiera, y en cualquier momento. Además de ello, era bastante linda, sobre todo por sus hermosos ojos verdes, que reflejaban una marcada inocencia que ya no se veía en nadie por esos días, o al menos no en nadie mayor de nueve años. Su cuerpo era delgado y en ocasiones podía parecer frágil, pero en realidad guardaba una gran fuerza que demostraba principalmente en las tareas diarias, como limpiar, lavar, cocinar o atender a los pacientes.

No tardó mucho en ganarse el cariño de todos en el pueblo, cariño que ella misma se encargaba siempre de que se sintiera recíproco. Aun así, la verdad era que nadie sabía mucho de ella en realidad. Pese a lo abierta y espontánea que era con todos y con casi todo, se mostraba firmemente reservada con los temas personales de su vida. Nadie sabía de dónde venía, o si tenía familia, o porqué había llegado a ese sitio en primer lugar. Sencillamente un día apareció, sin nada encima más que un vestido morado algo sucio, y un camaleón mascota en sus manos; ni siquiera traía zapatos. Nadie la presionó con que les dijera más sobre ella, y con el tiempo todo el mundo se acostumbró a no saber.

Todo el mundo tenía su pasado, y varios en esa villa lo sabían más que otros. Si ella no deseaba contar el suyo, estaba bien así. Una persona tan noble y de buen corazón, no podía estar ocultando algo tan terrible, después de todo… o eso era lo que ellos creían.

– Cielos, Rapunzel. – Exclamó una de las enfermeras, una jovencita de cabello negro y corto, mientras seguía con su mirada como la joven castaña se movía de un lado a otro con la mopa para trapear. Ella, a su vez, se encontraba guardando los medicamentos en un estante. – ¿De dónde sacas tantas energías para limpiar así? Eres impresionante.

Rapunzel siguió con su labor un rato más. Una vez terminado, se paró erguida, se estiró un poco, y limpió su frente con su manga, soltando un pequeño suspiro relajado. Al escuchar que la otra chica le hablaba, la volteó a ver con una pequeña sonrisa, apoyando el palo de la mopa contra su hombro.

– ¿Esto?, pues… se podría decir que lo he hecho toda mi vida. – Comentó con un tono juguetón, y ese momento golpeó sutilmente la mopa con su pie derecho, haciendo que ésta girara trescientos sesenta grados, y luego cayera precisamente sobre un balde con agua y jabón que se encontraba a su lado. – Adquirí hace tiempo el hábito de limpiar todos los días sin falta, así que esto no es nada en realidad.

– Entiendo, ¿trabajabas como sirvienta o algo así?

Rapunzel se sobresaltó un poco ante la pregunta, agitando los hombros. Le dio la espalda rápidamente a su compañera, y se concentró en exprimir el trapeador con sus manos en el balde; no deseaba responder esa pregunta, ni de forma negativa o positiva. Por suerte, la otra enfermera no insistió mucho más, lo que la hizo respirar aliviada.

– En verdad eres muy trabajadora. – Señaló la misma chica, una vez que terminó de guardar las cosas, y cerró el anaquel con llave. – Quisiera tener tu espíritu.

Sí, se lo decían seguido. Que era muy trabajadora, que siempre tenía mucho espíritu, que envidiaban como hacía cualquier cosa con tanto optimismo y dedicación. Y quizás lo que decían era cierto. Pero si supieran porqué era tan buena en ese tipo de labores, quizás no la envidiarían tanto; especialmente si supieran que no cargaba encima tanto optimismo como creían…

Especialmente ese día.

– Oye, Rapunzel. – Escuchó que alguien le llamaba; era otra de las chicas, que se encontraba ya quitándose su cofia y delantal.

– ¿Sí? – Respondió rápidamente, volteándose en cuanto escuchó su nombre.

– ¿Quieres acompañarnos a la colina? Nos reuniremos a ver las Luces de la Princesa.

Rapunzel se quedó congelada en su lugar al escuchar esa pregunta. Sus ojos se abrieron por completo, y sus labios se separaron levemente.

– ¿Las Luces… de la Princesa…? – Repitió muy despacio, agachando un poco la mirada.

– Claro, si las nubes y el clima nos lo permite. – Agregó la otra chica que estaba guardando los medicamentos.

– Sería muy triste que no se pudieran ver. – Comentó con tristeza quien había hecho la invitación. – Las he visto todos los años desde que era muy pequeña…

De pronto, sintió un pequeño escalofrío recorrer su columna. Esa horrible sensación cuando los pelos de la nuca se levantan, y que parecía no desaparecer con el pasar de los segundos.

– Aunque tendré que abrigarme un poco más; creo que la noche va ser más fría.

Rapunzel permaneció en absoluto silencio. Mientras miraba el suelo, sus dedos apretaban tan fuerte el mango del trapeador, que sus nudillos se pusieron blancos. Colocó de nuevo la mopa en la cubeta, y cargó ésta para llevarse afuera.

– Yo… en realidad tengo algo que hacer. – Comentó despacio, volteándolas a ver con una débil sonrisa. – Ustedes saben… ¡Planes! Jaja… No creo poder, pero espero que sí puedan soltar las linternas flotantes éste año.

– ¿Planes? – Comentó una de las chicas, algo confundida. Casi todo el mundo iba a estar en la colina; ¿con quién podría tener dichos “planes”?

– De acuerdo, descuida. – Añadió la otra. – Nos vemos mañana, ¿está bien? Y tú también abrígate bien si sales de noche.

– Sí, no se preocupen. – Les respondió ella, esbozando la sonrisa más alegre que su estado real le permitía.

Ambas enfermeras caminaron hacia la puerta, y salieron del consultorio una detrás de la otra.

– ¿Crees que tenga una cita o algo parecido? – La preguntó una a la otra en voz baja. – Es tan bonita y agradable; me sorprende que no tenga ningún pretendiente desde que llegó aquí.

– Sabes que es bastante reservada. – Contestó la otra. – No creo que quiera a alguien metido en sus asuntos privados.

Ambas se alejaron, platicando sobre el tema por un rato más.

Por su parte, una vez que estuvo sola, Rapunzel salió del edificio a tirar el agua del balde en la calle empedrada. Poco después acomodó los productos de limpieza en su lugar, y luego revisó una última vez que todo estuviera en su lugar, así como que las ventanas estuvieran bien cerradas. Todo ese buen ánimo que tenía hace unos momentos, se había esfumado por completo. Ese día le había sido principalmente mantenerse así, pero lo hizo por todos los pacientes que habían acudido; esperaba con ansias que su sonrisa, sus palabras de aliento, y sus galletas, los hicieran sentir mejor.

Una vez que salió de la clínica, cerró la puerta con llave, y comenzó a caminar por el pueblo hacia su casa.

Calaris era un pueblo en apariencia pequeño, pero vivían en él un poco más de cien personas. En ese momento, en las calles y en los tejas, había rastros de la nieve que había caído. Había muy poca gente caminando; la mayoría de seguro se encontraba encerrada en sus casas, intentando calentarse lo más posible. El cielo estaba completamente cerrado, y mirando hacia el horizonte, hacia el oeste, en donde se encontraba la Isla de la Ciudadela Real, había una densa neblina; sería realmente difícil ver algo a través de ella, cuando mucho quizás algunas pequeñas siluetas luminosas, pero no sería ni remotamente lo mismo a verlas alumbrando el cielo en todo su esplendor.

En verdad sería una lástima que las personas no pudieran verlas; se veía que muchos las esperaban con ansias. Recordaba que un año atrás, ella misma también lo hacía. De hecho, mirar las luces de cerca era lo único que ocupaba su mente en aquel entonces, lo único que le emocionaba de verdad. Pero ahora, lo que menos quería en esos momentos era verlas… Así que, aunque lo sintiera como un pensamiento egoísta, el clima quizás le era favorable de cierta forma.

Rapunzel caminó, hasta llegar a las afueras del pueblo, por el camino que llevaba al oeste. Si seguía por él por un tramo, se llegaba directo a la costa, y a la Isla Real. Ella vivía en una pequeña cabaña, al lado de un pequeño río que cruzaba por la parte de atrás de la construcción. Le pertenecía a un pescador que vivía ahí solo, pero que había fallecido desde hace ya largo tiempo antes de su llegada a ese pueblo. Le habían permitido quedarse ahí si la arreglaba, ya que estaba algo descuidada por el tiempo. Sin embargo, la castaña lo había logrado, y relativamente rápido. Aún no se veía en las mejores condiciones, pero se veía bastante mejor, hasta casi parecer una casa totalmente diferente. Estaba pintada con imágenes de flores y paisajes en la parte de afuera, todo ello obra de la propia Rapunzel. Afuera tenía unas pequeñas macetas con flores, que en esos momentos lamentablemente estaban marchitas por el invierno; de haber llegado la primavera como lo tenía previsto, hubieran florecido y dado una imagen mucho más colorida al lugar.

Rapunzel avanzaba en silencio hacia su hogar; ni siquiera se preocupaba por compartir algún pensamiento con su pequeño camaleón acompañante, Pascal, que se encontraba posado sobre su hombro izquierdo. De pronto, el sonido del revoloteo de alas se hizo presente, justo sobre sus cabezas. Eso llamó su atención, y de inmediato tanto ella como Pascal alzaron su mirada al cielo. En efecto, parecían ser aves, al menos diez de ellas, o eso parecía; entre el fondo gris del cielo, apenas y se podía distinguir su plumaje blanco, muy blanco.

A la joven de ojos verdes esto le pareció singular. Hacía mucho que no veía u oía aves volar por esos alrededores, debido al clima.

– Mira, Pascal. – Señaló, alzando su mano. – ¿Crees que sea una señal de que la primavera ya viene?

Pascal simplemente se encogió de hombros, sin saber qué responder a eso.

Rapunzel se quedó un rato más contemplando las aves. Sin embargo, mientras más las veía, más extraño les pareció su comportamiento. Volaban algo erráticas, sin estar juntas o en alguna formación. Cada quien iba por su lado, haciendo grandes círculos sobre el pueblo. Se quedaron largo rato en ello, ninguno bajaba o hacía ademán siquiera de querer seguir avanzando en su camino.

– Qué raro. – Murmuró, algo extrañada. – ¿Será acaso que el clima las tiene confundidas?

De pronto, mientras estaba profundamente concentrada en la curiosa danza que desempeñaban esas criaturas sobre ellos, una fuerte ventisca fría sopló muy cerca de ella, arrastrando algo de nieve consigo, revoloteando un poco su vestido y su cabello.

– ¡Qué frío! – Exclamó sorprendida, viéndose obligada a cerrar los ojos y tomar a Pascal con una mano para que no saliera volando y con la otra sujetar su vestido rosado, para intentar que éste se mantuviera en su lugar. – ¡Lo mejor será que nos metamos rápido a la casa Pas…!

Justo cuando logró abrir aunque sea un poco sus ojos, el asombro no se hizo esperar. Una figura pasó en ese momento justo sobre ella, volando con el viento que soplaba, como si fuera una grácil hoja arrastrada con ligereza. Pero no era una hoja, ni una simple figura con forma: era una persona, un chico para ser exactos, de complexión delgada, cabellos blancos y piel muy pálida.

El susodicho tenía su completa atención puesta en el cielo, y pasó sobre ella, ignorándola.

Rapunzel, atónita, siguió la extraña figura con su mirada en toda su trayectoria, notando cómo él se elevó alto, hasta luego descender sobre la rama de un árbol al lado del camino. El árbol se agitó a su contacto, y algo de nieve cayó de su copa. Una vez que estuvo quieto, pudo verlo con más detalle. Traía consigo un extraño bastón largo de madera, con la forma de un gancho en la punta. Usaba una capa café sobre sus hombros y espalda, y no traía zapatos.

– ¿Ese chico… acaso voló sobre nosotros…? – Murmuró, incapaz de salir de su asombro. – Tú también lo viste, ¿verdad, Pascal?

El camaleón hizo un sonidito con su garganta, mirando con los ojos como platos al extraño también, y asintiendo con su cabeza lentamente.

Rapunzel no sabía qué le extrañaba más: el curioso color de su cabello, el tono de su piel, el hecho de que no usaba zapatos ni medias, pero el frío no parecía molestarle en lo absoluto, o… claro, el hecho de que había literalmente volado sobre sus cabezas; quizás era eso último.

El extraño chico, sin embargo, no parecía percatarse siquiera de su presencia. Él simplemente estaba ahí parado sobre la rama, con sus intensos ojos de un frío azul, puestos en el cielo. Pero no veía al cielo exactamente, sino a las mismas aves que Rapunzel miraba hace sólo unos cuantos segundos atrás. Estaba de hecho muy concentrado, intentando analizar su extraño movimiento, e incluso encontrar algún patrón en él.

No tuvo suerte con ello.

– ¿Qué están buscando? – Susurró en voz baja, más como un pensamiento en voz alta, que esperando algún tipo de respuesta real.

Rapunzel no estaba segura de qué hacer a continuación. ¿Debía seguir su camino hacia su casa e ignorar que eso había ocurrido?; quizás era lo más sensato. Pero, ¿cuántas veces se aparecía un chico tan extraño como ese por ahí? En el casi año que llevaba ahí, sólo una, contando esa. ¿Y si tenía malas intenciones? ¿O si necesitaba ayuda?

¿Qué era lo correcto por hacer en un caso tan raro como ese?

– Oye… ¡Oye! – Intentó alzar su voz para llamar su atención, pero el chico ni la volteó a ver. En su lugar, hizo un chasquido con su lengua, y pasó a sentarse sobre la rama, dejando sus pies colgando, pero sin un ápice de intentar mirar a otro lugar.

– Tanto rato siguiéndolas, y ahora sólo se quedan ahí. ¿Qué están esperando?

Rapunzel y Pascal se voltearon a ver, intercambiando miradas inquisitivas. ¿Le estaba hablando a ella? ¿Sabía al menos que ella estaba parada ahí abajo?

Finalmente, con piernas algo temblorosas, decidió acercarse al pie del árbol, parándose firme en ese sitio.

– ¡Oye! ¡chico…! – Exclamó con más fuerza, aunque de inmediato se arrepintió de ello. – No, espera; ¿qué le diré si me pone atención? – Volteó entonces a ver a su camaleón, pero éste sencillamente soltó un par de soniditos guturales, intentando razonar con ella. – No, no le puedo decir eso… pensaría que estoy loca… Ahora quizás piense que estoy loca por estarle hablando a un camaleón, pero…

– Cielos, qué ruidosa. – Murmuró de pronto en voz baja el chico en la rama, aunque no tanto como para que la chica debajo de él no lo oyera. – ¿Cómo puede alguien concentrarse con tanto ruido tan molesto?

– ¡¿Cómo?! – Exclamó Rapunzel, algo ofendida por la forma tan despectiva en que acababa de hablarle, sobre todo por ese tono tan condescendiente que había usado.

Rapunzel hizo su mano hacia atrás por reflejo, intentando tomar algo que no estaba ahí… Instintivamente subió la misma mano hacia su cabello corto, cayendo entonces en cuenta que la idea de usar su cabello como lazo para bajar a ese sujeto, era absurda… en ese momento. Lo bueno era que poco a poco, esas ocasiones en los que olvidaba su estado actual, iban siendo menos.

Comenzó a buscar con la mirada algo que sirviera de reemplazo, pero no consiguió nada. Resopló frustrada, y entonces optó por otra alternativa: se agachó, tomó un poco de nieve, formó una bola con ésta prensándola con fuerza con sus manos, y luego la lanzó hacia arriba dando justo en el blanco; es decir, la cabeza blanca del chico.

– ¡Auh! – Exclamó el extraño con fuerza en cuando la nieve golpeó de forma directa la parta trasera de su cabeza. – ¡Oye!, ¡¿cuál es tu problema?!

Colocó una mano sobre el área de golpe, y se volteó hacia ella, lleno de enojo en su mirada. A Rapunzel le impresionó más el ver su rostro de frente, con una piel tan pálida, casi tan blanca como su cabello, y sobre todo esos profundos ojos, que en ese momento se veían bastante molestos. Ella, sin embargo, no se veía preocupada por dicho enojo; al contrario, parecía feliz de haber logrado su cometido.

– ¡Bien! ¡Al fin llamé tu atención! – Sonrió triunfante, colocando sus manos en su cintura. –Ahora, en primera, ¿puede decirme “ruidosa” a la cara, señor trepador de árboles? Y en segunda…

Su expresión cambió abruptamente, y entonces se giró de nuevo hacia su camaleón acompañante.

– ¿Qué más le iba a preguntar, Pascal? – Le susurró entre dientes.

– ¿Señor qué? – Exclamó el chico en el árbol. – ¿A quién le estás diciendo señor tre…?

Sus palabras fueron cortadas de tajo, y su rostro poco a poco se fue tornando del enojo, a una expresión de completa y absoluta sorpresa.

– Un… un momento… – Murmuró algo atónito, mientras miraba fijamente a la chica debajo de él. De un pequeño salto, volvió a plantar sus pies sobre la rama, quedándose de cuclillas. – ¿Me estás hablando… a mí…?

Rapunzel parpadeó varias veces, confundida tras escuchar tan extraña pregunta. De nuevo ella y Pascal volvieron a intercambiar miradas, y un segundo después lo volvieron a ver al mismo tiempo.

– Pues… sí… ¿A quién más le estaría diciendo esto?

Más que tranquilizarlo, esa respuesta al parecer no hizo más que alarmar aún más al chico de cabellos albinos.

– Pero… Pero… ¿Cómo? ¿Quién… quién eres tú…? ¿Cómo es que…?

Se le veía realmente confundido, e incapaz de articular alguna frase coherente. Rapunzel no entendía porque había reaccionado de esa forma tan extraña. ¿Por qué le preguntaba si podía verlo?, eso no tenía sentido.

El chico siguió un rato más sin poder decir nada claro, hasta que algo más llamó de golpe su atención hacia el cielo. Las aves habían comenzado a moverse de nuevo, todas en una dirección fija, hasta el noreste, alejándose poco a poco.

– ¡Oh, rayos! – Exclamó con fuerza, y rápidamente se paró derecho, pero se quedó unos segundos quieto. Miró a las aves, y luego a la chica bajo el árbol consecutivamente, un par de veces. – Ah, tú… ¿por qué…? ¡Ah! ¡No he terminado contigo!

Antes de que Rapunzel pudiera hacer siquiera el intento de preguntarle cualquier cosa, el chico dio un largo saltó desde la rama, y de nuevo una ráfaga de aire frío sopló, y su figura se elevó junto con ella, alejándose por el aire.

Rapunzel soltó un pequeño grito al sentir la ráfaga fría golpeándola de nuevo, pero aun así alcanzó a verlo como le fue posible, para poder ver cómo se desplazaba con el viento, justo como lo había visto hace un rato.

– ¡Está volando! ¡Ese chico realmente está volando! ¡No lo imaginé! – Una amplia sonrisa de emoción se dibujó en sus delgados labios, pero se borró de inmediato. – Ese chico realmente está volando…

Aunque era un espectáculo increíble, lo cierto es que sólo demostraba que todo eso era tan extraño como lo había creído en un inicio.

– ¡Vamos, Pascal! – Pronunció con firmeza, y de inmediato comenzó a correr en la misma dirección en la que el extraño se había ido volando.

– – – –

Mientras el misterioso chico avanzaba por el pueblo, la brisa que lo acompañaba no tardó en molestar y alertar a las personas que andaban en la calle; muchos se apremiaron a introducirse en las casas para resguardarse. Él, por su parte, se mantuvo a flote sobre el pueblo varios segundos, para un rato después bajar delicadamente, hasta que sus pies tocaran el tejado de una casa, justo en el centro del pueblo.

Justo frente a la casa en la que se había parado, se erguía una Iglesia dedicada al Dios Sol, relativamente pequeña en comparación con otras iglesias similares, pero aun así con dos largas torres, cada una con una cúpula en la parte superior, coronando cada una un campanario. Pero dicho templo era lo que menos le interesaba admirar en esos momentos. Su atención estaba en el cielo, en la dirección en la que las aves se habían ido. Sin embargo, habían desaparecido de su vista, perdiéndose entre la neblina.

– ¡Rayos! – Exclamó molesto, pateando un poco de nieve que había sobre el tejado. – ¡Los perdí! ¡Y todo por culpa de esa chica…! – Su semblante se empezó a serenar ligeramente. – Esa chica…

Mientras miraba pensativo sus pies descalzos, acercó su mano izquierda hacia su cabeza, o más correcto a la parte trasera de ésta, en donde le había golpeado la bola de nieve.

– ¿Cómo es que…?

Se le veía muy desconcertado, y también confundido. ¿Quién había sido esa persona? De no ser porque lo distrajo, no hubiera perdido a los pájaros. Sin embargo, tenía bastantes motivos para sentirse igualmente intrigado por su extraña presencia, pero tenía que decidir entre una cosa y otra. ¿Había decidido lo correcto?

Para bien o para mal, al parecer tendría oportunidad de averiguarlo.

– ¡Al fin! – Escuchó que alguien decía a sus espaldas, obligándolo a virarse rápidamente, empuñando su bastón con ambas manos. Alguien se encontraba subiendo al tejado, por una escalera. Una vez que subió y plantó sus pies firmes en las tejas, se apoyó en sus rodillas, comenzando a respirar bastante agitada. – Al fin… te detuviste… ¡Apenas y pude seguirte el paso…!

Respiró con fuerza, poco a poco recobrando el aliento tras el largo tramo que tuvo de correr para llegar hasta ahí. El chico parpadeó asombrado; era, en efecto, la misma chica de hace un rato. ¿Lo había estado persiguiendo? ¿Eso quería decir que en verdad…?

No, no podía ser cierto. ¿Sencillamente así?, ¿iba pasando casualmente por un sitio como ese, y casualmente en efecto se cruzaba con una persona que…? No, tenía que haber otra explicación.

Sin soltar su bastón, y prácticamente sujetándolo ante él como si se tratara de un arma, inspeccionó a la joven de arriba abajo. Su apariencia y sus ropas eran bastante sencillas. Aun así, había un matiz bastante fino en las facciones de su rostro, que no tenía cualquier persona que hubiera visto, o recordaba haber visto al menos. Lo que sí sabía era que la gente común nacida y crecida en el campo, no tenía esas facciones, o esa forma en sus ojos. Pero entonces… ¿quién era realmente?

– Oye… tú… – Susurró despacio, notablemente dudoso. Rapunzel, al percibir que al fin le hablaba, alzó su mirada, ya algo más recuperada. – ¿Tú… puedes verme…?

– ¿Qué? – Exclamó con extrañeza por esa pregunta tan repentina. – Por supuesto que puedo verte; ciertamente no hubiera perseguido a alguien que no puedo ver. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso no debería de verte?

En cuanto pronunció esa palabra en voz alta, cayó en cuenta de que… quizás en efecto no debería de estarlo viendo. ¿Un chico tan blanco, con ropas extrañas, y sin zapatos con ese frío, y que además volaba con el viento? ¿Acaso…?

– ¿Acaso eres un… espíritu? – Cuestionó con timidez, dando un paso instintivo hacia atrás.

Algunos de los libros que leía hace tiempo, hablaban de ese tipo de seres; criaturas que rondaban entre los bosques, inmateriales y sin forma, que casi nadie podía ver y hacían cosas extraordinarias. ¿Acaso eso era lo que ese chico era? ¿Acaso estaba hablando de frente con un espíritu?

De repente, la idea de perseguirlo hasta ese sitio ya no le pareció tan buena.

El chico albino, por su lado, no decía nada. Sólo la miraba fijamente con desconfianza, manteniendo su distancia por un rato. Luego, comenzó a avanzar muy lentamente hacia ella, arrastrando sus pies sobre las tejas. Rapunzel se quedó paralizada al ver su aproximación. Una vez que estuvo lo suficientemente cerca, su mano derecha soltó el bastón, y se extendió muy lentamente hacia ella, con mucho cuidado en sus movimientos como si estuviera a punto de tocar algo caliente. Con la punta de su dedo, pica su mejilla una vez, y luego una segunda. Luego hizo lo mismo con su pequeña nariz y sus labios.

Rapunzel se quedó quieta al inicio, pero esos toques se volvieron rápidamente molestos.

– ¡Deja eso! – Le gritó con algo de fuerza, agitando sus manos para que dejara de tocarla.

El chico reaccionó, y retrocedió rápidamente hacia atrás, sujetando con fuerza de nuevo su bastón con ambas manos.

– ¡¿Quién eres tú?! – Exigió con un tono agresivo. – ¡¿O qué eres tú?!

– ¡¿Cómo que qué soy yo?! Eres un grosero. – Le respondió Rapunzel por su lado, notablemente molesta por su actitud. Si le había logrado tocar la cara, quería decir que no era un espíritu después de todo.

– ¡¿Cómo es que puedes verme?! ¡Explícame!

– ¡¿Por qué sigues preguntándome eso?! ¡¿Por qué no habría de verte?!

– ¡No lo sé! Pero… – El chico guardó silencio unos instantes, como si meditara un poco en una idea. – Oye, ¿acaso tú me conoces? ¿Sabes quién soy? ¿Por eso me seguiste?

Rapunzel se quedó extrañada por tales cuestionamientos.

– ¿Cómo voy a saber quién eres si ni siquiera me has dicho tu nombre? – Le respondió con firmeza. – Yo soy Rapunzel, ¡¿quién eres tú?!

– ¿Ra… punzel…? – Murmuró el chico albino, dudoso de siquiera haberlo pronunciado bien. – Ay, por favor. Si vas a inventarte un nombre, ¡que sea uno más creíble!

– ¡¿Qué?! – Soltó Rapunzel, incrédula. – ¿Qué… dices…? ¿A… a mí me estás diciendo que mi nombre no es…? ¡¿Qué tiene de malo mi nombre…?! ¡Pero tu…!

Poco a poco empezó a fruncir más el ceño, comenzando a sentirse más y más enojada por la rudeza y poco raciocinio de ese extraño.

– Olvídate de los nombres. – Señaló el chico con la misma sequedad. – Si no sabes quién soy o por qué no deberías de verme, ¡¿por qué me seguiste?!

– ¿Hablas enserio? – Le cuestionó la castaña, arqueando una ceja. – ¿Cuántas veces crees que chicos llegan volando a este pueblo de la nada? Si estás tramando hacer algo malo aquí, te advierto que no lo intentes; tengo un sartén…

Comenzó en ese momento a palpar con sus manos sus caderas, costados y su espalda, como si buscara algo. La patita de Pascal en su hombro se colocó sobre su mejilla para llamar su atención, y luego el camaleón negó con su cabeza lentamente.

– Bueno, no aquí justo ahora, ¡pero sí en mi casa! – Recalcó como punto final a su amenaza.

– ¿Un sartén? – Susurró el muchacho, extrañado. – No sé de qué estás hablando, pero no vengo a hacer nada malo. ¡Sólo estaba siguiendo a las aves que perdí por tu culpa!

– ¿Las aves? – Repitió Rapunzel, algo confusa. Alzó entonces su mirada hacia el cielo sobre ellos. – ¿Esas de ahí?

– ¿Eh?

Rápidamente el chico se viró en la dirección en la que ella veía, y ahí estaban: las aves habían vuelto, y volvían a sobrevolar el pueblo, aunque en un punto más al este.

– ¡Ahí están! – Masculló emocionado, y se dispuso de inmediato a volver a saltar.

– ¡Espera un segundo! – Antes de que pudiera moverse ni un centímetro de su lugar, Rapunzel se lanzó hacía él, y lo tomó con fuerza de su capa para evitar que se fuera así como así. – ¿Quién eres? ¿Cómo es que puedes volar así? ¿Por qué dices que no debería de verte?

El chico la miró sobre su hombro con fastidio. Por supuesto que tenía interés en saber quién era esa chica en realidad, pero esas aves eran su única pista de otro gran interés, y se estaba arriesgando a ahora sí perderlos de forma definitiva. Pensó en simplemente alejarla de él con una ventisca, pero en la posición en la que estaban se arriesgaría a derribarla del tejado y se golpeara contra el suelo. Podría ser algo molesta, pero no por ello le iba a desear un hueso roto sólo porque sí.

Suspiró con cierta resignación. Si quería saberlo, se lo diría y ya.

– Yo soy…

– ¡Rapunzel! – Escucharon como una voz pronunciaba desde la calle. Ambos viraron su atención al mismo tiempo en dicha dirección. Una mujer robusta y de cabello castaño rizado, muy bien abrigada, veía hacia el tejado desde la abajo, de pie a un lado de la escalera que la joven había usado para subir. – ¿Qué haces ahí arriba, querida? ¿Todo está bien?

– ¡Sí! – Se apresuró a responder, asomándose hacia abajo y sonriendo ampliamente, e intentando que su tono sonara lo más normal posible. – ¡Todo está bien! Es sólo que… la vista es tan preciosa desde aquí, que… queríamos ver si se podían ver las linternas, pero parece que no.

– ¿Queríamos? – Susurró algo, confundida. – ¿Estabas con alguien? Me pareció haberte oído hablar.

– ¿Eh? – Exclamó la castaña, algo sorprendida. Miró al chico a su lado, al cual aún sujetaba de su capa, y luego de nuevo a la mujer. – Pues… sí… estoy hablando… con este chico…

– ¿Chico? – Cuestionó la mujer, sin salir de su asombro inicial. – Pero… ¿Cuál chico?

Rapunzel abrió sus ojos por completo al escucharla hacer esa pregunta. ¿Estaba hablando enserio? ¿O era algún tipo de broma…?

Instintivamente soltó la capa del extraño, y dio un pequeño paso hacia atrás; en su mirada se había reflejado un pequeño rastro de miedo. El albino, por su parte, la miró serio sobre su hombro, casi con frialdad.



– ¿Ella… no puede verte? – Pronunció muy despacio, como temiendo que alguien más pudiera escucharla.

El chico no respondió; quizás creyó que estaba de más responder una pregunta cuya respuesta era bastante evidente. En su lugar, simplemente la siguió mirando con esos intensos y un poco intimidantes ojos; el sólo verlos, le causaba una sensación helada por todo el cuerpo.

Las aves comenzaron a moverse de nuevo juntas en una dirección, y eso llamó de inmediato la atención del chico.

– Lo siento, ¡debo irme!

Saltó de pronto, elevándose en con la ventisca que se alzó desde el suelo, agitando a su vez tanto a la mujer en la calle, como a la propia Rapunzel. Que tomó rápidamente a Pascal entre sus manos para protegerlo de dicho viento. El chico se elevó y elevó, hasta pasar por encima de la Iglesia del Dios Sol, y desaparecer al otro lado de una de sus torres.

– ¡¿De dónde vino ese viento?! – Exclamó la mujer en la calle, aunque el viento igualmente se calmó prácticamente de inmediato. – ¿Qué te parece? ¿Qué habrá sido eso?

Rapunzel se quedó congelada en su lugar, viendo atentamente como aquel chico desaparecía en un parpadeo, como si nunca hubiera estado ahí realmente. ¿Y lo había estado acaso? ¿Había sido eso real?

Sin poder salir por completo de su estado casi de shock, comenzó a descender por la escalera, de regreso a tierra firme.

– Creo que trabajaste demasiado hoy, querida. – Escuchó que comentaba la mujer. – Será mejor que vayas a descansar; no soltarán las linternas hasta dentro de unas horas, cuando el sol se meta.

– S-sí, tiene razón. – Murmuró despacio, forzando una sonrisa. – Supongo que sólo estoy muy cansada…

Bajó entonces su cabeza, mirando al suelo, pensativa. No lograba entender qué había sido realmente todo eso. Volvió a mirar hacia la iglesia una vez más, pero no había rastro alguno de aquel joven. Se había esfumado con el viento.

Desde sus manos, el pequeño Pascal la miraba fijamente con preocupación, incapaz de saber qué hacer para levantarle su evidentemente decaído ánimo.

– Nos vemos más tarde. – Se despidió al final de la mujer, acompañada de una pequeña reverencia como saludo, y entonces comenzó a caminar hacia su casa, en profundo silencio.

Ese día ya había sido de por sí difícil para ella, como para tener que lidiar con una experiencia tan inusual. Después todo, aunque absolutamente nadie más en ese pueblo lo sabía, a excepción de Pascal… Ese día era su cumpleaños número diecinueve, precisamente.

– – – –

Rapunzel caminó desganada, recorriendo casi todo el camino de nuevo, por haber ido tras ese extraño chico… o lo que fuera. Al final llegó de nuevo, y sin ningún contratiempo, a la pequeña cabaña a las afueras. Una vez dentro, caminó hasta la pequeña chimenea de la sala, le colocó unos leños, y los prendió para calentar un poco el interior frío de la casa. Al principio no tuvo mucho éxito, y terminó llenándose la cara de ceniza, y tuvo que toser un par de veces para sacar lo que le había entrado en la nariz; pero luego logró hacer un pequeño fuego, que terminó convirtiéndose en algo reconfortante.

La cabaña era tan pequeña por dentro, como se veía por fuera. También al igual que el exterior, aunque aún se veían algunos rastros del descuido en el que se encontraba previo a su llegada, en general se había encargado en ese tiempo a hacerla bastante habitable y agradable. Le había metido una bonita decoración, la mayoría objetos que otras personas del pueblo ya no querían y ella tomaba y se encargaba de arreglar y darle su toque personal. Tenía también algunas macetas con plantas en el interior, que habían tenido algo más de suerte que sus flores de afuera, aunque tampoco tanta.  Había logrado con todo su esfuerzo que ese sitio se viera hogareño.

– Bien, Pascal. – Comenzó a decir, mientras se calentaba sus manos cerca del fuego, que poco a poco se iba avivando. – No sé con seguridad qué es lo que vimos. No sé si fue un espíritu, no sé si sólo fue nuestra imaginación, o quizás otra cosa… Pero lo mejor será ya no pensar en eso, ¿no crees?

Pascal frunció la boca, y entrecerró sus ojos, no muy convencido al parecer.

– Y ya que nos olvidamos de todo eso… – Se alzó de nuevo, caminó hacia la mesa de madera que estaba en la cocina, y colocó a su pequeño amigo en ella. Se inclinó hacia él, y lo miró con alegría y una muy grande sonrisa. – ¡¿Qué te parece si hacemos un pastel de cumpleaños?! ¡Yeih!

Agitó entonces sus manos con júbilo. Pascal, sin embargo, no compartió su alegría. En lugar de eso, se le quedó viendo fijamente en silencio, de forma casi acusadora, que a Rapunzel poco a poco puso nerviosa.

– ¡Pastel de fresas! – Recalcó con ahínco. – Para ti y para mí. ¿Qué te parece?

Antes de que le respondiera algo, se dirigió de inmediato a un mueble al otro lado de la mesa, y sacó varias velas, mismas que distribuyó por la cocina, y las encendió todas para tener la mejor iluminación posible; ya estaba prácticamente anocheciendo, por lo que la luz que entraba de afuera era mínima. Aparte, debido al aire frío del exterior, tenía que mantener todas las ventanas cerradas.

Luego comenzó a sacar los ingredientes de la alacena, y a mezclar todos en el recipiente para preparar la masa. Eso pareció entretenerla, y hacer que poco a poco sus preocupaciones se hicieran menos, y su mente se fuera a despejando. Sin darse cuenta de cuando comenzó a hacerlo realmente, empezó a tararear una alegre canción, al tiempo que se movía de un lado a otro, totalmente entretenida en su labor. Estaba tan, pero tan entretenida en ello, que no notó en absoluto que ritmo de su pequeña melodía, un ligero fulgor, como pequeñas chispas de luz, comenzó a surgir de sus cabellos, dejando una estela por donde ella pasara.

Ella no notó esto, pero Pascal, desde la mesa, sí. Sorprendido, el pequeño camaleón abrió su boca de par y en par, y su larga lengua se desenrolló por la superficie de la mesa. Hizo varios sonidos guturales y señas con sus patas, intentando llamar su atención. Sin embargo, Rapunzel siguió en lo suyo.

– Lo sé, ¡estás ansioso por probarlo! – Comentó alegre, al tiempo que introducía la masa en el horno de leña, y lo cerraba un rato después. – Yo también; sabes que me gusta mucho al igual que el pay de manzana.

El ligero brillo de sus cabellos se esfumó tan pronto como ella había dejado de tararear. Pascal se frotó sus ojos, extrañado. ¿Había sido acaso su imaginación?

Rapunzel se retiró sus guantes, y se acercó entonces hacia Pascal, tomándolo entre sus manos. Luego, arrastró una de las sillas del comedor, y la colocó cerca del horno. Se sentó en ella y colocó a Pascal en su regazo. Lo acarició dulcemente con sus dedos, mientras miraba con atención el horno, de manera ausente, algo pensativa. Sus preocupaciones amenazaban con volver a asomarse, pero intentaba no pensar mucho en ello y así evitarlo.

Se quedó un rato ahí, sencillamente viendo el horno, intentando pensar en cualquier cosa, menos en lo que no deseaba. De pronto, pasados algunos minutos de absoluto silencio, en el que sólo se percibía el crujir de los leños del horno y de la chimenea, escuchó abruptamente como las ventanas de madera de la sala se abrían abruptamente, y una aire frío penetraba en la cabaña, agitando un poco las llamas de las velas, y apagando un par de ellas en el proceso.

– ¡Ah! – Exclamó asustada, pegando un salto al escuchar el sonido de la ventana abriéndose.

Colocó rápidamente a Pascal en su hombro, y se acercó al mueble de la cocina para sacar un sartén, y empuñarlo con sus dos manos como arma. Poco a poco asomó su cabeza hacia la sala, y no vio nada más allá de la ventana abierta, y la nieve que entraba del exterior. Parecía que sólo había sido el viento, pero igual se acercó con cautela para poder corroborarlo. Se paró frente a la ventana, miró a todas direcciones, y no vio nada fuera de lo normal; en efecto, parecía haber sido sólo el viento.

Suspiró aliviada, bajó su sartén.

– Creo que estamos muy nerviosos, ¿verdad, Pascal? – Comentó con un poco de humor.

Se acercó entonces a la ventana, dispuesta a cerrarla antes de que el interior se pusiera más frío. Pero al hacerlo, fue prácticamente imposible no posar sus ojos en el exterior.

El sol ya estaba prácticamente ausente; pero el cielo estaba aún tan nublado, que no se alcanzaba a ver ni una sola estrella. Rapunzel se quedó un rato, ahí apoyada en el marco de la ventana, mirando al cielo, con melancolía en su mirada.

Recordaba que desde pequeña, siempre esperaba con ansias ver esas luces cada año, aun cuando no sabía realmente lo que eran, porque estaban ahí siempre en su cumpleaños… que realmente habían sido justo para ella, todo ese tiempo. En aquellos días, esos pequeños fulgores flotantes en el cielo del a primavera, eran una fuente de alegría e ilusión para la pequeña Rapunzel. Pero ahora, a un año de haber dejado su hogar por primera vez, a un año de haber visto las luces de cerca y en todo su esplendor, como había sido su sueño… éstas se habían convertido en una fuente de profunda tristeza, de malos pensamientos, y de malos recuerdos.

Deseaba con todas sus fuerzas sentirse tan feliz como lo estaba hace apenas un año atrás, pero le era imposible hacerlo. Era imposible para ella pensar siquiera en el recuerdo de ellas, y no relacionarlo de inmediato en todo lo que pasó, y en todo lo que perdió en aquella ocasión. Pensar en ello, le estrujaba el pecho, y le arrancaba el aliento.

Sin embargo, a pesar de la amarga sensación que las luces le creaban a ella en esos momentos, al salir de su hogar, y especialmente en ese tiempo que llevaba ahí en Calaris, se enteró de que no era la única que había visto aquellas luces con alegría y emoción cada año. Había gente ahí mismo, a quienes esas luces les traían aunque fuera un poco de felicidad, misma que se veía les hacía falta, en ese invierno que simplemente se rehusaba a terminar. Y no sólo era felicidad; porque podía verlo en sus miradas, y sentirlo en sus palabras. Esas luces significaban algo más profundo e importante para ellos: esperanza, por el pronto regreso de su princesa; y, quizás, esperanza de que la primavera llegara pronto.

Esperanza… Si tan sólo ella pudiera darles un poco de ello. ¿Pero cómo dársela a las personas cuando ella misma no la sentía? ¿Cómo hacer que todos estuvieran felices, si no era capaz de estarlo ella misma? Una pequeña lágrima comenzó a recorrer su mejilla, mientras seguía viendo con atención al cielo, con ese mismo pensamiento en su cabeza.

Sus labios se separan un poco, un largo suspiro se escapó por ellos, y entonces… algo más surgió. Todas las emociones que sentía acumuladas en su pecho, empujaban y empujaban por querer salir por su garganta. Por más que quisiera contenerlas, ya le era imposible; si no las liberaba, sentía que terminarían por ahogarla.

Y así lo hizo… Comenzó a cantar, cerrando sus ojos y dejando que su voz se extendiera hacia afuera de su casa, hacia adentro, y hacia donde fuera. Realmente no le importaba; sólo se concentró en la letra, en su voz… y en sus recuerdos.

Tiempo aquel, viendo a la distancia.

Tiempo fue, viendo al interior.

Tiempo que, no me imaginaba lo que me perdí.

Afuera, el viento soplaba lentamente, agitando las copas de los árboles. Pascal se paró en el marco de la ventana, y volteó a ver a Rapunzel fijamente, escuchando también con atención su hermosa voz cantando.

Y hoy aquí, viendo las estrellas.

Y hoy aquí, todo es claridad.

Desde aquí, ya puedo ver, ¡que es donde debo estar!

La castaña extendió sus brazos hacia el frente, y se permitió sonreír al recordarse en aquel bote en medio del lago, viendo a aquella persona a los ojos, como si fueran los únicos en el mundo entero…

¡Y la luz encuentro al fin!, se aclaró aquella niebla.

¡Y la luz encuentro al fin!, ahora el cielo es azul.

Es real brillando así, ya cambió la vida entera…

Movió su torso hacia el frente de manera instintiva; en su mente se acercaba más a él.

Esta vez, todo es diferente.

Veo en ti… la… luz…

Sus ojos se abrieron, y esa persona no estaba ahí; estaba sola. Ella ya no se encontraba en ese bote, rodeada de lámparas. Ahora, ante ella, sólo se encontraba el frío del exterior rozando sus mejillas, helándolas así como a su corazón.

Rapunzel sintió que sus rodillas temblaban y no pudieron aguantar más su peso, por lo que terminó en el suelo apoyándose en el marco de la ventana. Y lloró, lloró con todas sus fuerzas…

Pascal se acercó con cautela hacia su dueña, y apoyó su cabecita contra su cabello, en un intento por reconfortarla, pero era algo que estaba más allá de sus pequeñas manos. No había nada que él pudiera hacer.

Sin embargo, de pronto, ese mismo fulgor que había visto antes, y que había pensado que era su imaginación… comenzó a brillar entre sus cabellos, y el camaleón lo notó de inmediato, saltando alarmado. Pero no era ni cerca como la vez anterior; ahora poco a poco se hacía más, y más, y más fuerte, hasta el punto de que el brillo se volvió demasiado intenso… como el sol mismo.

Cuando ese fulgor cálido y agradable, tan conocido para ella, se volvió así de fuerte, invadiendo todo el lugar, fue imposible para Rapunzel el ignorarlo. La castaña abrió por completo los ojos y se alzó su mirada, viendo asustada a todos lados.

– No… No… – Repitió varias veces, mientras se tomaba el cabello sus manos temblorosas. – ¡Eso no puede ser!

Alzó entonces su mirada al cielo de manera instintiva, al notar que algo estaba ocurrido. El brillo que emanaba de ella, parecía elevarse tanto, que alumbraba sobre ella con intensidad. De pronto, el cielo negro sobre el pueblo, comenzó a poco a poco a despejarse ante sus ojos. Era como si las nubes sobre ella, comenzaran a desintegrarse, como nieve en el agua. Y las estrellas del firmamento comenzaron a asomarse una a una, hasta que todo el cielo visible desde su ventana se alumbró por ellas.

– ¿Qué…? Pero…

– – – –

No muy lejos del pueblo, entre las sombras de la noche,  el misterioso chico de cabellos albinos, se movía por los aires, persiguiendo desde una altura manera a los pájaros blancos, que seguían yendo en dirección al este, de vez en cuando parándose en ciertos puntos. Pero de pronto, sin ningún motivo aparente, todos ellos giraron abruptamente al mismo tiempo en la dirección contraria, dirigiéndose de regreso directo a Calaris. El chico a esto lo tomó por sorpresa, y tomó que descender unos momentos a las ramas de un árbol, para ver qué ocurre.

Los pájaros, en efecto, cambiaron su ruta, y se dirigieron de nuevo a aquel sitio. Fuera lo que fuera que estuvieran buscando, parecía estar ahí.

Se elevó de nuevo con el viento, y los siguió por un rato más. Sin embargo, justo cuando estaban volando por los límites del pueblo, todos ellos, los diez pájaros blancos, se desintegraron en el aire en cientos de copos de nieve en un abrir y cerrar ojos, y estos comenzaron a caer lentamente al suelo.

– ¡¿Qué rayos…?! – Exclamó el chico, atónito al ver esto. Se frenó de golpe en el aire al ver esto, y terminó cayendo sobre el tejado de la casa más cercanas. Alzó su mirada, y contempló los copos cayendo con total naturalidad, hasta acumularse con el resto de la nieve en las calles. – ¿Qué les pasó? ¿Qué fue eso…?

De pronto, comenzó a sentir algo raro su nuca, algo que hacía mucho tiempo no sentía, o que no recordaba al menos haber sentido: calor, un calor no muy intenso, pero aun así presente que le cubrió su piel y lo hizo estremecerse un poco.

Rápidamente se dio la vuelta, y pudo ver a lo lejos, prácticamente al otro lado del pueblo, un fuerte brillo que resalta mucho en la oscuridad. Al voltearse y al poner sus ojos en aquel resplandor dorado, el calor que sentía comenzó a acumularse en su pecho. No era una sensación dolorosa, sino todo lo contrario; era de hecho, bastante placentera. Pero, ¿qué era eso?

Algo más llamó su atención sobre su cabeza: el cielo comenzaba a despejarse sobre él, hasta que las nubes simplemente se desvanecieron sobre el pueblo… como por arte de magia.

– No puede… ser… – Murmuró sorprendido ante ello.

Un instante después, alzándose en el horizonte, comenzaron a verse varios fulgores, que se alzaban hacia el cielo como miles de estrellas.

– – – –

Rapunzel cayó de sentón al piso, totalmente rendida a tantas impresiones. Sus manos seguían aferradas a su cabello, que poco a poco iba dejando de brillar, pero aun así había aún una pequeña presencia de luz en él. Estaba muy nerviosa, confundida, y sobre todo asustada. Pero aun así, no pudo evitar contemplar las luces, alzándose en el cielo nocturno…

Hermosas, una a una iban flotando en el firmamento llamando por décimo novena vez a la princesa perdida. Se sintió por unos momentos como aquella pequeña niña, contemplando las luces desde la ventana de su torre, añorando por lo que podrían ser, por lo que podrían intentar decirle. Añorando verlas un poco más de cerca…

El hermoso espectáculo duró sólo unos escasos segundos, pero cada uno de ellos valió por completo la pena. Luego, lamentablemente, al mismo tiempo que su cabello dejó de brillar por completo, el cielo comenzó a nublarse otra vez poco a poco, hasta ocultar de nuevo las estrellas y las luces, que sólo quedaron como lejanos destellos danzando.

Sólo hasta entonces logró reaccionar, y levantarse rápidamente de su lugar. Comenzó a correr por toda la cabaña de un lado a otro, tirando algunas cosas sin quererlo, notándosele algo de desesperación. Logró al fin encontrar entre algunos cajones lo que buscaba: un espejo de mano. Se paró a la luz de las velas de la cocina, y rápidamente comenzó a inspeccionar su cabello con el espejo, cada centímetro de él que le fuera posible…. Pero no vio nada fuera de lo normal; no había ninguna luz, y su cabello seguía igual, castaño y corto.

Rapunzel suspiró, pero sólo un poco aliviada, pues pese a todo, eso no quitaba lo que acababa de pasar.

– No lo entiendo, Pascal. – Sollozaba la joven, mientras pasaba sus manos por su rostro, para sacarse las lágrimas que aún seguían saliendo. – Esto no debería de haber pasado… Se supone que perdí ese brillo cuando…

No terminó su frase; en su lugar, sólo bajó su mirada, pensativa. Pascal soltó unos pequeños soniditos de preocupación, y entonces saltó de la ventana hasta llegar al suelo.

– Lo sé, lo sé. – Exclamó en voz baja, aún sumida en sus pensamientos. – Pero, además…

Se acercó con cautela de nuevo a la ventana abierta, y miró unos instantes el cielo, que otra vez estaban nublado y oscuro, como lo estaba unos minutos antes, como si lo otro jamás hubiera pasado.

– ¿Yo… hice eso…? – Susurró para sí misma. – Nunca había hecho algo así. Se supone que…

Llevó de nuevo sus dedos a su cabello, pero los retiró rápidamente, casi con miedo.

– No, no, no. – Repitió varias veces. – Esto no es real, esto no pasó. Vamos a cerrar esta ventana, a comer nuestro pastel, y olvidarnos de esto…

Se apresuró en efecto a cerrar las dos pequeñas puertas de la ventana. Sin embargo, en cuanto estuvieron cerradas, éstas se abrieron de nuevo abruptamente, prácticamente empujándola hacia atrás, acompañadas de una fuerte ventisca fría que la golpea de frente.

– ¡Aaaah! – Lanzó un gritito sorprendida, haciéndose hacia atrás cuando la ventana se vuelve a abrir de golpe, y cae de sentón al suelo, cubriéndose con sus brazos del viento.

– ¡¿Qué?! ¡¿Otra vez tú?! – Escuchó como una voz pronunciaba con fuerza delante de ella.

De inmediato, Rapunzel alzó su mirada. Parado de cuclillas en el marco de la ventana, se encontraba otra vez ese chico: el extraño de cabellos blancos, piel pálida, ojos azules y pies descalzos, que la miraba con sorpresa desde su posición.

– ¡¿Otra vez tú?! – Chilló ella a su vez, igual de sorprendida.

FIN DEL CAPITULO 04

NOTAS DE LOS AUTORES:

WingzemonX:

¿Cómo están? ¿Qué les pareció este capítulo? Como pueden ver, estuvo básicamente enfocado en Rapunzel y en Jack (que aún no decimos su nombre, pero sí, es él; es obvio, y no es spoiler). Este capítulo en verdad me encantó como salió, y en especial cómo se desenvolvió el personaje de Rapunzel en todo él, y todo eso es gracias a mi coautora Denisse-chan que es la encargada de darle vida a dicho personaje. Ahora, quizás haya muchas dudas sobre estos dos personajes y en qué contexto se encuentran. Ya hablamos hace tiempo al respecto, y creo que al menos en el caso de Rapunzel, creo que en este capítulo se dieron bastantes pistas de ello.

Básicamente esto ocurre un año exacto después de los acontecimientos de la película de Enredados, en el cumpleaños número diecinueve de Rapunzel. Como mencioné me parece en una nota anterior, se respetan casi por completo todo lo ocurrido en dicha película, excepto por un detalle, que es la diferencia detonante por el cual vemos al personaje en esta situación actual, y no en la que vimos al final de la película. Supongo que muchos ya habrán supuesto cual es esa “diferencia detonante”, pero si no, no se apuren, que en capítulos posteriores se explicará claramente.

En el caso de Jack, es probable que el siguiente capítulo (sino es que en el siguiente del siguiente) se explique más sobre en qué situación se encuentra. Sin embargo, como también pienso que mencioné en otra nota, básicamente su historia y situación es la misma que la mostrada en la película de El Origen de los Guardianes, pero con diferencias en tiempo y lugar para adaptarlo a la historia. Y también hay otras diferencias, que se irán mostrando poco a poco.

En fin, de mi parte eso sería todo. Espero que estén disfrutando la historia hasta ahora, y nos vemos en el siguiente.

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Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ “How to Train Your Dragon” © DreamWorks Animation.

+ “Brave” © Pixar Animation Studios.

+ “Rise of the Guardians” © DreamWorks Animation.

+ “Tangled” © Walt Disney Animation Studios.

+ “Frozen” © Walt Disney Animation Studios.

El Rincón de Denisse-chan

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