Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 02. La Reina de las Nieves

12 de febrero del 2017

Invierno Eterno - Capítulo 02. La Reina de las Nieves


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 02
La Reina de las Nieves

Tras separarse de su grupo, Hiccup y Toothless avanzaron entre los árboles, hasta que estos simplemente desaparecían y abrían paso a lo que posiblemente en algún momento atrás fue una playa. Uno esperaría ver en ese punto ante él una extensa área, cubierta de cálida arena, y unos metros más allá, el océano azul, y sus olas rompiéndose contra la orilla, creando ese sonido tan relajante en ocasiones. Pero el escenario ante el Jefe de la Tribu de Berk y su leal dragón, era quizás lo más distinto a ello. Lo único que se alcanzaba a ver era nieve, una gruesa capa de nieve que dificultaba el avanzar con libertad. Y después de la nieve no había agua, sino hielo, kilómetros de un extenso desierto de hielo, rodeándolos en todas las direcciones a las que alcanzaban la vista.

– No puedo creer esto. – Murmuró el joven castaño, incrédulo. No importaba que tanto hubieran visto en esos cinco días de viaje, aún le era difícil creer que estaba admirando tal paraje. Parecía como si estuviera en la zona de los icebergs, la zona más al norte del archipiélago, y la más fría. Pero en realidad, él nunca había estado antes tan alejado de aquel sitio como lo estaba en esos momentos. Se suponía que esas tierras eran bastantes templadas; ni siquiera en pleno invierno tendría por qué verse así.

Avanzó con paso cauteloso hacia el agua congelada. Toothless sólo lo siguió hasta un metro antes de tocar un hielo, y entonces se sentó en la nieve, mirando a su jinete con interés. Hiccup posó un pie con firmeza en el hielo, y luego le dio unos cuantos golpes con la planta completa de su bota; se sentía bastante firme.

Introdujo su mano en uno de los tantos compartimientos de su traje, y extrajo de éste un catalejo delgado, para poder ver más allá de su posición. Sin embargo, el instrumento de poco le sirvió; la neblina a lo lejos, no dejaba mucho rango de visión. Al apuntarlo al frente lo único que veía era una completa capa blanca, y nada más. Sin embargo, lo que alcanza a ver del mar parecía estar en el mismo estado.

Era como estar de pie en el reino de Niflheim que describían las leyendas, cubierto de una neblina y hielo perpetuo. ¿Acaso de eso se trataba? ¿Las leyendas se estaban haciendo realidad? ¿Acaso era el fin del mundo? Hiccup se negaba a creer en ello. Debía haber otra explicación, una mucho más sensata.

Un agudo y casi doloroso suspiro se escapó de sus labios. Retrocedió un par de pasos, y entonces se dejó caer de sentón al suelo. Apoyó sus brazos en sus rodillas, aún con el catalejo en su mano derecha, y simplemente se quedó ahí, viendo al frente, hacia el inmenso mar de hielo, y a la espesa neblina. Toothless se acercó cauteloso hacia él. Pareció analizarlo por un rato sin emitir sonido alguno o moverse, más que inclinar su cabeza de lado. Después de pensarlo por apenas un breve momento se echó de panza a su lado, levantando un poco de nieve, la cual gran parte terminó sobre su jinete.

– ¡Ah! – Exclamó casi asustado el joven castaño, al sentir la nieve contra él, aunque de inmediato le siguió una pequeño risilla. – A ti nada te perturba, ¿cierto? Dichoso tú.

El Furia Nocturna lo miró de reojo, notando que de nuevo su expresión se tornaba seria y pensativa. Ladeó entonces su cabeza hacia él, empujando delicadamente su costado, como si quisiera despertarlo de algún trance.

– Oh, basta. Estoy bien, tranquilo. – Expresó Hiccup entre risas, y entonces colocó una mano sobre su cabeza, acariciando un poco. Ese sencillo acto pareció tranquilizar un poco al joven dragón, quien cerró sus ojos pacíficamente, mientras su cola se agitaba felizmente de un lado a otro, moviendo la nieve junto con ella.

Hiccup no quería, pero igual le fue bastante imposible evitar sonreír. Pero era algo inevitable cuando se trataba de su mejor amigo dragón, y eso ya lo había aprendido con el pasar de los años. Él siempre tenía una forma de animarlo de alguna u otra manera, aunque aunque de seguro no se diera cuenta del todo de que lo hacía.

Los ojos del Jefe de Berk se posaron de nuevo al frente, pero ya no pensaban tanto en el paisaje, sino en otras cosas…

– Parece que Astrid aún no se les dice. – Murmuró despacio, quizás más como un simple pensamiento. –  ¿Debería de hacerlo yo?

Toothless le respondió con un simple gruñido, difícil de interpretar, incluso para él.

– No, no debería estar pensando en estas cosas ahora. No en un momento como éste…

De nuevo, se quedó en silencio unos segundos, y de nuevo su mente divagó en tantas diferentes cosas. Astrid, el viaje, el continente, ese Invierno Eterno… Padre…

– Es agotador ser el jefe, ¿cierto? – Susurró de pronto, con un ligero toque de humor, quizás involuntario.  – Que tantos dependan de ti… y que no tengas ni idea de lo que estás haciendo…

Apoyó en ese momento su mejilla contra la cabeza de Toothless, recostando su cabeza sobre él. Su expresión, si ya de por sí se veía bastante seria antes, se tornó abruptamente mucho más pesada.

– Papá de seguro lo sabría. – Murmuró despacio. – Él ya hubiera arreglado todo esto en un chasquido… Quizás hubiera involucrado una invasión y romper algunas cabezas, pero al menos hubiera sido más de lo que yo estoy haciendo.

Toothless volvió a soltar otro pequeño sonido con su garganta, aunque éste fue más como un resoplido. Si hablaban de lidiar con ser el líder, ¿quién mejor que él para entenderlo? Ser el Alfa de los dragones no era tampoco nada fácil, y por supuesto que podía ser agotador. E incluso ambos habían tomado sus respectivas posiciones prácticamente al mismo tiempo, y de manera casi igual de inesperada. Pero la situación de Hiccup era quizás peor. Toothless quizás no era capaz de comprenderlo en su totalidad, pero sí era capaz de sentirlo, y todo ese peso que llevaba encima era como si él mismo lo estuviera cargando.

El Furia Nocturna abrió entonces un poco su boca, inhalando una bocanada de aire, que se tradujo en energía azulosa la cual se fue acumulando y expandiendo por su largo, hasta que su lomo y costados comienzan a brillar con ese mismo fulgor. Su cuerpo se iba calentando desde adentro hacia afuera, y algo de vapor es despedido al contacto con la nieve sobre él. Hiccup se sorprendió un poco al sentir ese cambio repentino de temperatura, pero de hecho fue un calor bastante agradable; era obvio que su amigo quería darle algo de calidez en esos momentos, quizás pensando que en verdad lo necesitaba.

– Veo que ya lo tienes mejor dominado. – Comentó, sonriendo un poco, y entonces pasó su mano por su lomo, sintiendo el calor que emanaba de las partes brillantes. – Gracias, Toothless…

De sus labios surgió una risa, quizás la primera risa sincera que había expresado en todo ese largo viaje. Esto pareció animar al dragón, quien igualmente rió… o más bien soltó algunos sonidos, ligeramente similares a risa, como si lo imitara.

– Parece que seremos de nuevo sólo tú y yo por un rato. – Señaló el Jefe de Berk, al recordar que posiblemente la próxima escala de su viaje tendrían que hacerlo sólo ellos dos. Sus amigos lo habían acompañado incondicionalmente hasta ese momento, pero se encontraban cansados y preocupados, y los entendía. Pero él no podía volver, no aún, no con las manos vacías. No ahora que su gente tanto lo necesitaba… y era totalmente incapaz de hacer algo por ellos, al menos estando en Berk. – Pero está bien, serán como unas vacaciones… en un sitio donde todos odian a los vikingos, y por lo tanto me odiarán en cuanto me vean. Será como en los viejos tiempos, hasta quizás sienta nostalgia de cuando era el marginado del pueblo.

Hiccup rió una vez más, y Toothless volvió a intentar imitarlo, sin mucho éxito.

– Tendremos que trabajar en tu risa, señor Alfa.

Se quedaron entonces los dos sentados en la nieve, uno a lado del otro, y simplemente viendo hacia la espesa neblina que se cernía a lo lejos. No importaba si tenían que ir sólo ellos hasta ese lugar. Como les acababa de decir a los otros, él nunca estaba solo. Mientras Toothless estuviera a su lado, no tenía nada a qué temer. Juntos habían logrado cosas maravillosas, y estaba seguro de que lo seguirían logrando.

Luego de quizás un par de minutos, algo llamó la atención de Hiccup. Frente a él, en su mayoría, sólo veía blanco… blanco… y más blanco. Todo quieto, todo silencioso; hasta el viento parecía haberse calmada. Pero de pronto, algo comenzó a moverse. No era parte de la neblina, era algo sólido. No lograba identificarlo con claridad, pero parecía estar avanzando, y conforme más lo hacía, si figura se volvía más clara.

Y hubo otro cosa que se volvió también clara al mismo tiempo: no estaba solo. Eran varias siluetas, moviéndose entre la neblina…

– ¿Qué es eso? – Comentó el vikingo, algo confundido.

– – – –

Tras ensillar a su leal caballo, Angus, Mérida, princesa de DunBroch, salió a toda prisa de la ciudadela, para internarse en el bosque cercano, tomando el viejo camino de tierra que llevaba al este. Casi no había tenido oportunidad de entrar muy profundo al bosque desde que comenzó ese largo invierno, por lo que le emocionaba poder salir de esa forma y respirar algo de aire fresco; frío y húmedo, pero fresco aun así. A pesar de que el motivo original de esa salida, según lo que le había dicho a su madre, era cazar algo para comer, la conversación que había escuchado en la cocina antes de partir, le había hecho decidirse por tomar una desviación primero.

Por lo que había escuchado, las personas estaban comenzando a decir que ese extraño clima era obra de magia, de la magia de una bruja específicamente. “Invierno Eterno”, así lo llamaron. No sabía si era sólo un decir, o era algún tipo de término ya acuñado, pero sonaba bastante amenazador. Ella no estaba segura si creer en ello. La situación era bastante inusual y extraña; ¿pero creer que todo ello era obra de una bruja?, no estaba convencida.

Pero si en verdad algo en ello tenía que ver con la magia, sólo había una persona con la que se le ocurría que podía investigarlo. Claro, si es que aún seguía ahí. Desde el incidente del oso, su madre y padre le habían prohibido, o algo parecido, volver a meterse con la magia, en especial con magia que desconocía. Y eso incluía involucrarse de nuevo con la mujer que le había dado el pastelillo que convirtió tanto a su madre como a sus hermanos en osos: la vieja bruja, o talladora de madera, que vivía en lo profundo del bosque. Pero esas eran circunstancias especiales. Si era cierto lo que Maudie y las otras estaban diciendo, tenía que verificarlo, y ella era la única bruja que conocía, para bien o para mal. Claro, de seguro algunos pensarían que siendo una bruja, ¿por qué no podría ser ella la culpable de todo ello? ¿Podría ser quizás una maldición lanzada por ella? ¿Una venganza por haber hecho volar su cabaña…?

Mérida se detuvo de pronto a mitad del camino, jalando las riendas de Angus.

La cabaña, había olvidado por completo ese detalle. En su desesperación por ayuda, ella y su madre, aunque más ella, hicieron volar su casa por haber sobrecargado su caldero mágico. Aunque en el mensaje que le había dejado en ese entonces, decía que volvería a la primavera siguiente, era poco probable que hubiera vuelto si ya no tenía un hogar al cual regresar.

Hizo que Angus avanzara más despacio, mientras pensaba.

No creía realmente que esa extraña señora tuviera algo que ver con el Invierno Eterno, o como fuera que le llamasen. En primera, lo de su cabaña había sido hace dos años atrás, y eso había comenzado apenas en ese momento. ¿Por qué esperar tanto para vengarse, si acaso quisiera hacerlo? Además, por lo que decía, esto se estaba dando en todos los reinos cercanos, no sólo en DunBroch. Y en segunda, parecía que lo único que sabía hacer era tallar osos en madera… y convertir la gente en oso. Bueno, no podía fiarse mucho en ello; no había forma de que supiera por completo todo lo que esa bruja era capaz de hacer.

Cuando se dio cuenta, Angus estaba llegando al misterioso círculo de monolitos que se encontraba en medio del bosque. Lucía justo como hace dos años, aunque con una capa de nieve cubriendo el suelo. Una vez ahí, posicionados ella y su caballo en el centro del monumento, comenzó a mirar a su alrededor, intentando determinar en qué dirección ir. La primera vez los fuegos fatuos fueron los que la guiaron a la cabaña, y la segunda vez fue su madre. En aquel entonces no pensó mucho en ello debido a la situación, pero ahora se preguntaba cómo había hecho su madre exactamente para dar con ella. ¿Fue suerte? ¿O de alguna forma ella ya lo sabía?

Pero en esa ocasión no había rastro alguno de fuegos fatuos ni tampoco la acompañaba su madre. ¿Qué hacer? Intentó recordar de memoria por dónde era, pero con el paisaje tan diferente, con los árboles con menos hojas, el cielo nubloso, y la nieve en el suelo y las ramas, era difícil ubicarse.

Comenzaba a sentirse frustrada, y consideraba seriamente tomar el primer camino que le pareciera remotamente familiar. Pero antes de que le indicara a su caballo cualquier indicación, notó algo que sobresalía de todo lo que la rodeaba. Por encima de la copa de algunos árboles a su lado derecho, vio que se alzaba una columna de humo, pequeña, pero aun así visible desde su posición.

¿Podría ser…?

Al mirar en la dirección de la que provenía el humo, el camino le pareció algo familiar. No tenía ninguna otra pista, así que decidió arriesgarse.

– ¡Vamos, Angus! – Le indicó con fuerza y el caballo comenzó a andar por donde le indicaba.

Aun suponiendo que fuera el camino correcto, y aun suponiendo que efectivamente esa bruja no fuera la responsable de ello, estaba aún el problema de que había volado su cabaña por equivocación. Era muy probable que ya no estuviera viviendo en ese bosque, o incluso que no quisiera ayudarla pese a eso. Sería en verdad mucha, pero mucha suerte de su parte que se la topara.

Pero, al parecer, la Princesa Mérida DunBroch tenía suerte en exceso… al menos en ocasiones.

Luego de avanzar por unos segundos, para su sorpresa y en contra de todas las probabilidad, se encontró de frente con la pequeña y muy distintiva casita de piedra, con su techo cubierto de vegetación, y con una chimenea que de la que brotaba el humo que había divisado a lo lejos.

Mérida, casi instintivamente, hizo que Angus frenara abruptamente en cuanto vio la casa. Su rostro se cubrió por completo de asombro. No sólo se había topado con una cabaña intacta: ¡era idéntica a cómo la había visto la primera vez!, ¿cómo era posible? Bien, siendo su habitante una bruja, talladora de madera, quizás no debía de sorprenderse tanto. ¿Pero en serio sería la misma mujer la que la estaba habitando? ¿Y si había alguien más?

Le indicó a Angus que avanzara, y éste lo hizo a paso cauteloso. Hizo que se parara una vez más, pero ahora justo frente a la curiosa edificación.

– ¿Será en verdad la misma cabaña? ¿Debería entrar? – Cuestionaba, mirando de reojo a Angus, como si esperara una respuesta, aunque él sólo soltó un par de relinchos. – Quédate aquí, no te vayas a ir, ¿de acuerdo?

Bajó de la montura de un salto, y le acarició su cabeza a su acompañante un poco, antes de animarse a avanzar con cuidado hacia la puerta principal.

Todo estaba muy silencioso; no se percibía ningún sonido o movimiento del interior. Intentó abrir la puerta, pero esta parecía estar cerrada con llave.

– ¡No hay nadie! – Escuchó que una voz chillona y algo nasal gritaba desde adentro con fuerza. – ¡Todo se acabó! ¡Fuera del negocio!, ¡finito! ¡Nos vamos!

Mérida reaccionó por reflejo, soltando rápidamente la puerta, y dando un par de pasos hacia atrás. Era la voz de la bruja, estaba segura de ello.

– ¡No!, ¡Espere! – Exclamó la princesa con ahínco, apresurándose de nuevo hacia la puerta. – ¡Soy yo!, ¡Mérida! ¿Me recuerda? ¿La princesa? ¿Mérida DunBroch?

Siguieron entonces unos cuantos segundos de silencio.

– Mérida, Mérida… – Escuchaba que pronunciaba la voz de adentro.

– ¡La chica a la que le dio un hechizo que convirtió a su madre en oso! – Añadió la pelirroja, pero sólo escuchó un gemido de duda desde el interior. Soltó entonces un suspiro resignado. – Y le dio un medallón a cambio de todas sus figuras talladas.

– ¡Ah! – Exclamó la bruja, con mucha más seguridad. – Claro, la princesa que voló en pedazos mi cabaña cuando no estaba.

Esa espontánea mención le provocó un nudo en la garganta. Así que sí lo recordaba… Aunque de seguro sería algo difícil de olvidar.

– Ah… no, no creo. – Comenzó a balbucear, mirando a otro lado, aunque ella no la estuviera observando en esos momentos. – ¡Tal vez esa fue otra princesa!

Ni siquiera sabía por qué había dicho eso; ¿a quién intentaba engañar realmente? Con sus dedos se revolvió su propio cabello con frustración, y decidió no darle muchas vueltas a ese asunto.

– ¡Está bien!, ¡sí fui yo! Lo siento, me equivoqué de pociones. Estaba desesperada y cometí una locura intentando encontrar respuestas. Si quiere puedo pagarle la cabaña… Aunque parece que ya tiene una nueva… ¡Pero antes necesito hablar con usted de algo!

De nuevo, un rato de silencio, que llenó a Mérida de cierta ansiedad.

– Ah, cómo sea. – Exclamó la voz de la bruja con cierta indiferencia. – Tengo unos minutos antes de tener que irme. Pasa…

Escuchó como el seguro de la puerta se quitaba, y luego la puerta se abría sola. Mérida dudó unos momentos si entrar o no; ¿qué tal si sí estaba enojada por lo de la cabaña y estaba entrando en algún tipo de trampa? Pero había ido hasta ahí con un propósito, ¿cómo iba a echarse para atrás tan pronto?

Abrió ella misma por completo la puerta, y se asomó con cuidado al interior.

Cuando estuvo ahí la primera vez, todo el sitio estaba lleno de figuras tallas. En esos momentos, sin embargo, el sitio se veía notoriamente vacío. Aún había algunas figuras, el caldero, un par de sillas, y muebles… Pero ni rastro alguno de la anciana.

Dio entonces un par de pasos al interior, y volteó de un lado a otro, buscándola. ¿En dónde estaba?

– ¡Hey! – Escuchó de golpe, y el rostro de la anciana apareció justo frente a ella, colgada de cabeza. Mérida reaccionó soltando un grito de susto, haciéndose hacia atrás. La bruja rió divertida ante su reacción, estando aún de cabeza. – Pero mira nada más, ¡has crecido! Tu cabeza ya se ve más proporcional a tu cabello.

– ¿Cómo? ¡¿Qué…?! ¿Eh? – Soltó Mérida confundida, sin salir aún de su asombro inicial, agarrando su cabeza. –  Oiga, ¡mi cabeza siempre estuvo bien!

La bruja volvió a reír. Dio entonces un giro en el aire, y cayó en el suelo delante de ella, dándole la espalda. En sus brazos cargaba varias figuras de madera de tamaño pequeño.

La anciana era de estatura baja, complexión delgada y postura encorvada. Tenía cabello blanco y rizado, todo hacia atrás. Su nariz era algo grande, y sus ojos eran de un tono dorado.

– Llegaste justo a tiempo. – Le comentó, mientras avanzaba. –  Estoy a punto de irme de aquí, antes de que mi trasero se congele en este sitio.

– Justamente sobre eso quería preguntarle. – Señaló Mérida, entrando a la cabaña dando un par de zancadas. – ¿Usted sabrá acaso a qué se debe éste inusual… frío? – Le cuestionó sin rodeo, encogiéndose de hombros.

Mérida notó que en el centro de la cabaña, se encontraba un bolso abierto, negro y de gran tamaño, con la imagen azul celeste de un oso, bordada en un costado. La bruja caminó hacia dicho bolso, y dejó caer todas las figuras que traía consigo en su interior. Pero algo curioso fue que el bolso no cambió en lo absoluto de tamaño tras introducir las figuras, como si siguiera completamente vacío.

– ¿Yo?, ¿y yo porqué habría de saberlo? – Respondió la anciana, intentando reflejar más indiferencia de lo necesario en su tono.

– ¿Cómo que por qué? Pues porque esto obviamente no es normal. El invierno no debería expandirse tanto. Si hay algo mágico en esto, usted lo sabría, ¿no? Ya que usted es una bru…

– ¿Talladora de madera? – Interrumpió la anciana abruptamente, girándose hacia ella para señalarla de frente con uno de sus esqueléticos dedos.

Mérida se quedó con media palabra atrapada en su boca. Permaneció callada un rato, solamente admirando el dedo con el que la señalaba, casi amenazante.

– Ah… Sí… una… talladora de madera. – Comenzó a decir con un tono dudoso. – Una excelente talladora de madera, que también es… – La anciana achicó un poco sus ojos, y la miró de tal forma que casi parecía que estaba esperando a que terminara de hablar, para lanzarle una bofetada. – Es una… bru… ja…

– ¡Bruja tu abuela, jovencita! – Exclamó con fuerza, y dio un manotazo al aire, a lo que Mérida instintivamente reaccionó cubriéndose con sus brazos, aunque su mano ni siquiera pasó cerca de ella.

– ¡Por favor!, ¡deje de jugar! – Le recriminó Mérida, algo molesta. – No tengo tiempo para esto. A este paso perderemos todas nuestras cosechas, ¡y ya estoy cansada de rábanos!

– Rábanos. – Repitió la anciana con un tono serio, de hecho demasiado serio. Su rostro también tornó un aire bastante extraño, que a Mérida puso nerviosa. La forma en la que la miraba… Era casi escalofriante. – Así que está cansada de los rábanos, majestad… ja…

Lentamente se dio la vuelta, hasta darle por completo la espalda.

– Si las cosas avanzan como hasta ahora… llegará a extrañar los rábanos, princesa.

Mérida se sobresaltó al escucharla decir eso. El nudo en el pecho que estaba sintiendo, se acrecentó de golpe.

– – – –

Las extrañas figuras que Hiccup veía a lo lejos, comenzando a avanzar en su dirección. Parecían personas, quizás tres. ¿Tres personas caminando sobre el hielo congelado entre la neblina? Extraño, pero no necesariamente imposible. Si había algo de agua líquida más allá de esa espesa nube, quizás su barco había quedado atrapado entre icebergs, y habían optado por caminar aún a costa del riesgo que eso implicaba.

Sacó su catalejo y apuntó con él al frente, intentando enfocar mejor a las extrañas figuras. Hizo que los lentes de su instrumento miraran lo más posible a la lejanía… Y lo que alcanzó a ver no fue del todo claro. Eran tres figuras, en efecto, pero las tres parecían ser de gran tamaño. Era difícil determinar la estatura real por la distancia, pero eran quizás de dos metros, o incluso dos metros y medio. Sus cuerpos eran totalmente blancos, y de formas extrañas.

Nada de eso le dio buena espina. Había algo realmente extraño, y al parecer Toothless también lo sentía. Cuando lo volvió a ver, pudo verlo pararse en posición defensiva, con sus patas bien plantadas en la nieve. Sus pupilas se afilaron, y sus colmillos salieron, como si estuviera mirando de frente a un inminente enemigo.

Eso fue suficiente para Hiccup.

– Vamos. Ven, amigo. – Le indicó a su leal dragón, y se apresuró rápidamente para colocarse detrás de algunas rocas que había a unos metros de ellos. Toothless lo siguió con apuro, y ambos se escondieron detrás, mirando sobre la roca a las siluetas que se seguían aproximando a la nevada playa.

Pasaron varios minutos, antes de que esas criaturas pudieran ser por completo visibles para ellos, y en ese momento la respiración de Hiccup se cortó de golpe, incrédulo ante lo que veía.

Los tres seres no eran humanos, en lo absoluto; parecían ser enormes y horribles monstruos, de tal vez incluso más de dos metros y medio. Tenían torsos, brazos y piernas gruesos, y andaban algo encorvados. Tenían ojos pequeños y grandes mandíbulas con colmillos de hielo. Eran totalmente blancos, y tenían además largas garras en sus manos. Sobre sus lomos tenían dagas de hielo que sobresalían de sus enormes cuerpos. Pero, quizás lo más extraño de todo, si es que el que fueran enormes monstruos no era por sí solo, era que a simple vista parecía como si sus cuerpos estuvieran hechos por completo de… Nieve.

¿Qué eran esas criaturas? Lo primero que se le venía a la mente al joven vikingo, eran los Gigantes de Hielo descritos en los mitos antiguos. Pero no podía ser, esos eran sólo leyendas… ¿o no? Además, eran grandes, pero no tanto como se describía a los gigantes. ¿Qué eran realmente entonces? ¿Pequeños Gigantes de Hielo? ¿Existía algo así?

A pesar de sus enormes tamaños, caminaban sin problema sobre el agua congelada. O no eran tan pesados como su tamaño indicaba, o quizás la capa de hielo bajo sus pies era incluso más gruesa de lo que Hiccup pensó. Toothless parecía muy alterado. Seguía adoptando una pose de defensa, y mostrando todos sus dientes con fiereza. Hiccup colocó un mano sobre su cabeza, intentando tranquilizarlo, pues temía que se le ocurriera lanzárseles encima.

Las tres criaturas llegaron hasta la playa. Uno de ellos, se quedó de pie justo en el sitio en el que Hiccup y Toothless se encontraban hace rato, viendo sus huellas en la nieve. Inclinó su cabeza hacia un lado, y entonces comenzó a rascar la superficie con sus garras de hielo, como si intentara excavar y encontrar algo. Otro de ellos avanzó apenas un par de pasos más adelante, y se giraba de un lado a otro, inspeccionando los alrededores; Hiccup y Toothless tuvieron que ocultarse detrás de la roca, para prevenir ser vistos. El tercero, por su parte, se acercó hasta el árbol cercano, y justo después de soltar un alarido al aire, dio un fuerte manotazo al frente, partiendo el árbol ante por la mitad con suma facilidad.

– ¡Por los Dioses! – Exclamó Hiccup lo más despacio que le fue posible, ocultándose por completo tras la piedra. – ¿Qué clase de monstruos son esos? ¿Tú lo sabes? – Volteó a ver a Toothless, esperando en su desesperación que realmente le respondiera algo. – No importa lo que sean, se ven demasiado peligrosos. Será mejor no acercarnos a ellos y alejarnos silenciosamente…

– ¡¡Oye!!, ¡¡Hiccup!! – Se escuchó de pronto como la aguda y muy sonora voz de Ruffnut gritaba muy, muy fuerte entre los árboles. – ¡¿Nos vamos o nos quedaremos aquí a morir de frío?!

Ruffnut, acompañada de su hermano y los otros, avanzaban por entre los árboles en dirección a la playa. Sin embargo, en cuanto se acercaron lo suficiente, vieron de frente a las tres enormes y monstruosas criaturas, quienes también los miraban a ellos al mismo tiempo, por lo que todos se quedaron quietos en su sitio.

Todo se quedó en absoluto silencio por unos segundos, hasta que…

– ¡¡Aaaaaaaaaaaaa!! – Gritó Fishlegs de golpe con toda la fuerza de su garganta como reflejo automático, sonando casi como el grito de una niña asustada.

– ¡¡Aaaaaaaaaaaaa!! – Gritaron un instante después de los tres monstruos como respuesta, aunque más que gritos parecían rugidos.

Los monstruos se le lanzaron encima de golpe con apuro, alzando sus enormes zarpas al aire. Toothless, en cuanto escuchó los gritos, dio un largo salto, aterrizando al otro lado de la roca y se dirigió de inmediato contra ellos.

– ¡Toothless!, ¡espera! – Le indicó su jinete, pero ya era un poco tarde. No había más remedio que salir y pelear.

– ¡¿Pero qué son esas cosas?! – Exclamó Eret al ver a las criaturas que se les aproximaban. Pero no se quedó quieto en su lugar. Rápidamente sacó sus dos espadas y se lanzó al frente sin miedo.

Eret logró aproximarse hacia uno de ellos, y de inmediato lanzó un sablazo de izquierda derecha, y otro de derecha a izquierda a la altura de su torso. Sus filos atravesaron sus blancos cuerpos de nieve sin problema.

– ¿Eh? – Exclamó atónito al ver esto. – ¿Acaso… es nieve?

Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de procesar esto, cuando vio a continuación como las heridas que había hecho en su cuerpo, comenzaron a cerrarse en un parpadeo, como si nada hubiera pasado. – ¡¿Pero qué rayos…?!



Antes de que pudiera decir más, el monstruo lo golpeó con fuerza con su garra derecha, lanzándolo por el aire algunos metros, hasta caer de cara contra la nieve.

– ¡Eret hijo de Eret! – Exclamó Ruffnut al ver a tal escena. De inmediato, tomó su hacha con ambas manos, y se lanzó al frente como una fiera. – ¡Maldito monigote de nieve!

– ¡Nadie ataca al novio imaginario de mi hermana sin que nosotros hagamos algo al respecto! – Gritó Tuffnut a continuación, tomando su hacha de su espalda, y corriendo hacia el frente sólo un par de pasos detrás de su hermana.

Los gemelos atacaron en coordinación a las criaturas, pero su resultado a simplemente vista fue el mismo que Eret había tenido. Sus filos atravesaban sus suaves cuerpos de nieve, pero volvían un rato después a regenerarse. El gigante que atacaban terminó golpeándolos también, y haciéndolos volar hacia un lado, contra los árboles. Fishlegs intenta también salir al ataque, pero lo cierto era que se sentía confundido, asustado, e indeciso. No tanto por la pelea, en sí… sino por los enemigos que estaban enfrentando.

– Están hechos de nieve. ¡Por Odín!, ¡están hechos de nieve! ¡¿Cómo pueden estar hechos de nieve?! ¡Algo así no debería de existir!

Mientras él seguía analizando la situación, vio por el rabillo del ojo que uno de ellos se le acercaba con rapidez. Antes de que pudiera sacar su escudo para defenderse, uno de los poderosos disparos de Toothless dio con fuerza contra el monstruo de nieve, haciéndolo pedazos pro completo. El Vikingo logró suspirar aliviado al notar esto.

Snotlout igual se encontraba confundido, pero para bien o para mal era mucho menos analítico que Fishlegs, por lo que no tuvo reparos en lanzarse también al ataque, empuñando su enorme martillo. Con un golpe logró desintegrar la pierna de uno de los monstruos, haciendo desequilibrarse y caer. Luego gritó con fuerza al aire, llamando con su alarido a su dragón Hookgang. El Pesadilla monstruosa se elevó entre los árboles, y luego se aproximó a toda velocidad, totalmente cubierto en llamas, estrellándose contra otra de esas criaturas, atravesándolo y haciéndolo pedazos con su calor.

Hiccup, por último, se aproximó por detrás al tercero, al que Snotlout había quitado su pierna, pero ya estaba otra vez pie. Roció en todo su alrededor el gas explosivo que brotaba de la parte inferior de su empuñadura, y luego encendió la espada, creando una pequeña explosión que igualmente voló a la criatura en pedazos, como a las otras dos.

– ¡Eso es! – Exclamó Snotlout satisfacción, e inmediatamente pateó con fuerza la nieve a sus pies. –  ¡Se ve que no son tan rudos después de todo, muñecos de nieve…!

Su festejo duró poco. Ante sus ojos incrédulos, y los de todos, pudo ver como la nieve de los muñecos derribados, comenzó a acumularse de nuevo en tres cúmulos, hasta formar poco a poco de nuevo la forma de los tres monstruos.

Toda la confianza de Snotlout se esfumó de golpe, y en su lugar comenzó a retroceder lentamente, junto con los demás.

– Está bien… oficialmente estoy asustado… Listo, ya lo dije…

– ¡Rápido!, ¡a los árboles! – Ordenó Hiccup antes de las que criaturas terminaran de formarse de nuevo, y todos obedecieron sin dudar.

Los jóvenes vikingos comenzaron a avanzar con agilidad entre los árboles del bosque, seguidos por sus dragones, aunque algunos de ellos optaron mejor por sobrevolar sobre las copas.

– ¡¿Dónde está Astrid?! – Cuestionó Hiccup, pues había notado que ella no venía con ellos cuando andaban hacia la playa.

– ¡No lo sabemos! – Le respondió Tuffnut con fuerza, mientras corría a su lado. – ¡Se fue a caminar sin decirle nada a nadie! ¡¿Pero qué diablos son esas cosas?!

– ¡¿Quieres quedarte y preguntarles?! – Le respondió Eret, unos pasos detrás de él.

Al mirar sobre sus hombros, podían ver cómo sus enemigos los perseguían, derribando cuanto árbol se cruzaban, usando sus grandes y fuertes brazos.

– ¡Las armas no funcionan con ellos! – Murmuraba Fishlegs, casi en pánico. – El calor y el fuego los debilita y desintegra, pero se vuelve a formar. Todo está congelado, ¡eso sólo los alentara a seguir regenerándose! ¡Criaturas así no deberían de existir!, ¡No debería de existir!

De pronto, quizás al ver que no los alcanzaban, uno de los monstruos alzó su garra derecha al frente, y de su cuerpo comenzaron a salir disparadas varias estacas de hielo, una detrás de la otra, y se dirigieron hacia ellos como si fueran flechas. Los árboles los protegían en su mayoría, pero varias veces algunas de esas estacas pasaron rozándoles demasiado cerca.

– ¡Stormfly!, ¡ve y busca a Astrid! ¡Rápido! – Le indicó Hiccupo con apuro al dragón azul que volaba muy cerca de su cabeza, al tiempo que con su mano le indicaba que se elevara. El dragón pareció comprender, y de inmediato emprendió el vuelo.

– ¡¡Aaaaaah!! – Escuchó como Fishlegs gritaba con ahínco, cuando una de las estacas pasó rozando su costado derecho. – ¡Una cosa así no debería de existir y menos hacer una cosa como esa!

– ¡¿Y me lo dices a mí?! ¡No tenemos tiempo para analizarlos más…! – Le respondió Hiccup, un instante antes de agacharse y prevenir que una de esas estacas le arrancara la cabeza. – ¡Chicos!, ¡denles unos buenos disparos!

Toothless obedeció, y de inmediato se volteó, y se paró con firmeza en la nieve; los demás dragones siguieron a su alfa, posicionándose a sus lados. El cuerpo del Furia Nocturna comenzó a brillar con intensidad con fulgor azul, y de inmediato acumuló una gran cantidad de energía, para liberarla en un tremendo disparo que destruyó árboles, y de paso a uno de los monstruos. Los demás dragones le siguieron, disparando consecutivamente, hasta que los otros dos quedaron en el mismo estado, como cúmulos de nieve en el suelo.

Se volverían a formar en cualquier momento, pero eso les daría algo de tiempo. Los dragones se viraron de nuevo con sus amos, y se apresuraron a alcanzarlos en su huída.

– ¡¿Y ahora qué?! – Exclamó Eret, ni siquiera un poco más tranquilo. – ¡No parecen estar dispuestos a dejarnos en paz!

– ¡Tenemos que irnos de este sitio de inmediato! – Añadió Ruffnut, notablemente alterada.

– ¡No sin Astrid! – Indicó Hiccup como respuesta final.

Sólo hasta entonces tuvo un momento para pensar aunque fuera un poco y la situación, y ciertamente pensarla mientras estaban literalmente huyendo por sus vidas, no era tampoco un buen momento. Primero el clima congelado, y ahora monstruos de nieve. Existían las coincidencias, pero esa no podía ser una. ¿Cómo estaban esas criaturas relacionadas con ese extraño clima? ¿Qué estaba pasando realmente ahí?

– – – –

– ¿Qué cosa? – Exclamó Mérida, confundida aún por tan extrañas palabras que habían sido pronunciadas por la mujer ante ella. Podría incluso afirma que se sentiría un poco… asustada. – ¿A qué se refiere… con eso…? ¿Acaso la situación sí va a empeorar? ¡¿Entonces si sabe lo que está pasando?!

La anciana siguió con lo suyo, tomando los utensilios y figuras que quedaba, y echándolas en la bolsa, la cual seguía sin cambiar, como si fuera posible llenarla.

– ¿Qué es lo que te hace pensar exactamente que esto es provocado por algo mágico? – Murmura despacio, mientras camina por toda la choza, recogiendo los objetos, y a veces lanzándolos sobre su hombro para que cayeran directo a la bolsa.

– No lo sé, esto simplemente no había pasado nunca. Usualmente este es el mes de la cosecha, pero el invierno no parece querer terminarse.

Mérida tuvo que agacharse rápidamente, para esquivar un gran oso de madera que casi le golpeaba la cabeza en su trayectoria a la bolsa. Un segundo después le siguió otra figura, e incluso un cincel, por lo que optó por mejor alejarse lo más posible de la bruja y quedar fuera de su rango de tiro.

– Además, escuché a las sirvientas del castillo hablar, sobre una bruja y una maldición. Lo llamaban el “Invierno Eterno”. ¿Hay realmente magia involucrada en esto? ¿Realmente una bruja nos está maldiciendo?

– ¿Crees que porque yo soy una bru…? – Ahora fueron sus palabras las que quedaron atoradas en su garganta. – Una excelente talladora de madera… ¿conozco a todas las bru… talladoras de madera del mundo y podría saber algo de lo que está pasando aquí? ¡Eso es muy racista, princesa!

Tomó entonces con sus delgadas manos, la última gran figura de oso, de enorme tamaño. Giró sobre sí misma para tomar impulso, y luego lo lanzó con fuerza hacia la bolsa. La enorme figura cayó de cabeza en su interior, perdiéndose en su oscuridad.

– ¡¿Qué?! ¡No!, ¡no! – Comenzó a decir con apuro, agitando sus manos frente a ella, aunque tuvo que hacerse rápidamente a un lado para intentar evitar ser golpeada de nuevo. – No era mi intención ofenderla de alguna forma, ¡enserio! Es sólo que…

La pelirroja se mordió su labio, algo indecisa sobre qué decir. Realmente no era muy buena en situaciones como esa, que involucraban usar su poder de convencimiento, si realmente poseía tal cosa, para hacer que alguien la ayudara. Era preocupante, considerando que estaban hablando de una futura Reina.

– Escuche, aunque no lo crea, yo no conozco precisamente a muchas brujas, o brujos, o gente que sepa de estos asuntos de la magia. Usted es la única que puede decirnos si algo está mal o no aquí. Esta situación es difícil, y lo cierto es que estamos muy preocupados por nuestro pueblo. Si dice que esto empeorará es que tiene una razón de ser, ¿no? Si sabe algo, cualquier cosa, por favor dígamelo.

La anciana, quien le daba aún la espalda, la miró sobre su hombro con expresión seria. Ambas se sostuvieron la mirada unos instantes, y se veía claramente que la firmeza de Mérida era inquebrantable; no se iría de ahí con las manos vacías. Se notaba que los años no habían hecho más que volver su convicción aún más dura y férrea de lo que ya era la primera vez que la vio cruzar su puerta.

Suspiró resignada, dándose unos pequeños golpecitos a sí misma en su hombro derecho, posiblemente para aliviar alguna molestia.

– En otras circunstancias, podría serte de más utilidad, pequeña. Pero en esta ocasión, solo he oído rumores y habladurías. Ya sabes, cosas que otras… talladoras de madera dicen, o que una talladora de otra talladora le dijo a una tercera. Pero a mí no me gusta mucho el chisme.

Tomó en ese momento su escoba, y comenzó a barrer con rapidez, yendo y viniendo de un lado a otro de la choza.

– Aunque sean sólo rumores, dígamelos. – Insistió Mérida, siguiéndola de un lado a otro en su andar. – Viniendo de usted, deben significar algo. Cualquier cosa que pueda ayudarme, lo que sea.

Se le acercó abruptamente, tomándola de los hombros y obligándola a girarse hacia ella para poder verse fijamente a los ojos la una a la otra.

– Se lo suplico…

La bruja suspiró con cansancio. Retrocedió barriendo hacia su bolso, y al final introdujo la escoba en él también.

– En cualquier momento y lugar que sea, tú siempre me convences de todo, pequeña zanahoria. – Comentó con un tono juguetón, y entonces estiró sus largos dedos hacia su mejilla, dándole un pequeño pellizco. Mérida se sintió un poco confundida, no sólo por el repentino pellizco que dejó su mejilla roja y adolorida, sino más por su comentario. ¿A qué se refería con eso exactamente, si esa era apenas la segunda vez que se veían? ¿O no? – Bien, si insistes. Ven, ven… pero no te gustará lo que oirás.

Mérida se sobresaltó al escuchar esas últimas palabras. ¿Era algún tipo de amenaza?

La bruja avanzó con paso apresurado hacia su caldero, y la pelirroja de inmediato la alcanzó. Al asomarse al interior, el caldero se veía completamente vacío. Sin embargo, cuando la anciana colocó sus manos sobre su orificio, y comenzó a moverlas en círculos pequeños, en un parpadeó se llenó de un líquido verdoso, que comenzó a brillar con fuerza, alumbrando casi todo el interior de la cabaña.

El líquido comenzó a moverse al mismo ritmo que el movimiento de sus manos, comenzando a formar sombras y figuras en su superficie.

– Dicen que esta maldición comenzó un año atrás. – Comenzó a decir con un tono grave y profundo, casi aterrador. – Pero en realidad esto se remonta a varios años antes, en un Reino al otro lado del Mar, llamado Arendelle.

Mérida asomó aún más su cabeza al contenido del caldero. Las figuras en el líquido, dibujaron la figura de un castillo y cuatro personas.

– Ahí nació una pequeña princesa, destinada a ser la próxima Reina, la quinta monarca de su linaje. Pero no era una niña normal, ni por asomo. – Las demás figuras en el caldero se disiparon, y en su lugar sólo quedó una, la silueta oscura de una niña, dando brincos y giros. – Los rumores dicen que ella nació con una increíble magia, como nunca se había visto en esas tierras; una magia capaz de controlar el hielo y la nieve a su antojo, incluso cuando aún era muy pequeña. Esto, más que enorgullecer, aterrorizó a sus padres, los reyes. Sin saber cómo lidiar con ello, decidieron encerrar a la princesa, ocultarla de los ojos curiosos, privarla de cualquier contacto con el exterior, de cualquier tipo de amistad, o incluso de su propio amor…

La silueta de la niña en el caldero, cayó de rodillas y parecía comenzar a llorar; a Mérida incluso le pareció poder escuchar sus llantos, resonando en el eco del cuarto.

– Intentaron por todos los medios de hacerla suprimir sus poderes, de que esa magia desapareciera de su ser. Pero no era algo que se podía simplemente arrancar de su pecho. Era algo con lo que había nacido, algo que era parte de ella.

De pronto, se sintió como la temperatura del cuarto descendía un poco, lo suficiente para que Mérida tuviera que abrazarse a sí misma. Algo de escarcha comenzó a formarse sobre la superficie del caldero, lo que extrañó a la princesa. ¿Eso era por el frío? ¿O era acaso causado por el sólo hecho de estar relatando esa historia?

Mérida no pudo detenerse a contemplar mucho ello, pues en ese momento, el líquido en el caldero se tornó totalmente rojo, al igual que el fuerte brillo que emanaba de él. La silueta de la niña ya no lloraba; ahora parecía furiosa, golpeando, pataleando, y gritando con voz aguda ensordecedora.

– El que sus padres le hicieran todo esto, hizo que brotara en ella un tremendo odio, que la fue consumiendo y consumiendo, año tras año,  volviendo su corazón negro como el carbón. Los Reyes fallecieron en un viaje en barco cuando ella tenía quince años, aunque se dice que no fue un accidente; sino que el odio de la pequeña se exteriorizó al fin de su cuerpo, conjurando una mortal tormenta, que arrastró a sus propios padres hasta el fondo del mar. Quizás por accidente, quizás a propósito; ¿quién sabe? Pero lo cierto es que luego de ello, el resentimiento que les guardaba se apaciguó, aprendió a controlarlo, y a esperar…

El líquido se tornó ahora azuloso. La silueta ya no era la de una niña, sino la de una mujer joven y delgada, con porte y elegancia en cada uno de sus discretos movimientos. El sentimiento de odio y rencor que emanaba hacia un segundo, parecía haberse esfumado.

– Al cumplir los dieciocho años, el día de su coronación llegó. Esto que te cuento, fue mucho más reciente, justo a mitad del verano del año pasado. La princesa se lució ante su pueblo, y todos la esperaban con ansias. Todos querían que fuera su reina, querían conocerla, querían verla, querían admirarla y amara. Fue una gran fiesta, según dicen. Mucho baile, mucha bebida, mucha alegría… Pero algo salió mal…

El tono de la bruja se volvió aún más sombrío, y el líquido poco a poco se fue volviendo rojizo una vez más.

– A pesar de sus intentos por esconderlo, la gente se enteró al final de su magia, y no reaccionaron bien. Fue justo como sus padres le habían dicho que sería: el pueblo entero la llamó bruja, la marcaron y señalaron como un monstruo. Se sintió acorralada, observada por todos, expuesta e indefensa. Todo esto provocó que el odio y el rencor volviera, pero no sólo eso… Volvió con mucha, mucha más fuerza que antes. Todo eso que tenía acumulado en su pecho, todo que eso que había escondido por tantos años… ¡¡Explotó!!

Respondiendo al repentino grito la Bruja, del caldero surgió una fuerte explosión fría que se alzó hacia el aire. Mérida retrocedió un par de pasos, casi asustada por el repentino cambio. Todo el aire se cubrió de una sensación gélida, y un pequeños copos de nieve comenzaron a caer a su alrededor.

– La princesa, ahora Reina de Arendelle, desató su ira entera sobre su propio reino. Lo cubrió todo a su alrededor con nieve y hielo. Congeló las aguas, nubló los cielos, invocó a los vientos. Creó usando su odio y furia como combustible… el Invierno Eterno, un invierno que comenzó en pleno verano, y que ha seguido por meses y meses sin parar desde entonces. Algunos creíamos que el mar mantendría esta abominación lejos de estas tierras… pero no fue así. Su rencor no se satisfará con consumir sólo su reino. El Invierno Eterno ha llegado también a tus tierras, mi querida princesa, y es sólo el comienzo. Todo terminará cubierto de nieve, el mar se congelará, tus tierras morirán, tu cielo se tornará oscuro, el viento arrancará las casas de sus cimientos… Y si eso no fuera ya suficiente…

Del caldero brotó una nube de humo oscuro, que se fue separando y formando varias formas, pequeñas, de diferentes criaturas, de varios tamaños, pero todas de un aspecto horrorosos.

– Sus tropas marcharán hasta acá, criaturas sin alma ni corazón, creadas a partir de su resentimiento. Avanzarán por el mar congelado, y arrasarán con todo lo que encuentren en su camino.

Agitó en ese momento sus manos con fuerza, y el humo se disipó por completo, al igual que el líquido en el interior del caldero; todo se tornó nuevamente mucho más tranquilo.

– La Reina de las Nieves. – Carraspeó la bruja, arrastrando sus palabras. – Así es como la llaman… Y no descansará hasta sepultar al mundo entero bajo su poder…

Mérida se quedó paralizada, sin una pizca de aliento en su interior. Sentía su corazón latir como loco en su pecho. ¿Presa del miedo?, ¿del asombro? Daba igual… Sintió que todo su cuerpo temblaba, y apenas y lograba mantenerse de pie.

“Pero no te gustará lo que oirás”, le había advertido justo antes de empezar su relato, y al parecer, tenía bastante razón.

– O eso es lo que dicen. – Escuchó que la anciana mencionaba de pronto, con un tono abrumadoramente más despreocupado, mientras se encogía de hombros. – Es lo que he escuchado, pero ya te dije que a mí no me gusta el chisme…

Sin más, tomó el caldero vacío con ambas manos, y comenzó a arrastrarlo hacia la bolsa.

– ¡¿Qué cosa?! – Recriminó Mérida, molesta. – ¡¿Cómo me puede contar algo como eso y luego decirme que quizás es un chisme?! ¡¿Qué parte de eso es un chisme?!

Tuvo abruptamente un tremendo ataque de pánico. Eso no podía ser en lo más mínimo un chisme. Tenía demasiados detalles, y era apenas de un año atrás; era demasiado para pensar que era un cuento inventado, al menos más de la mitad de todo eso tenía que ser verdad. Comenzó a andar de un lado a otro, agarrándose de vez en cuando sus cabellos, mientras miraba sus propios pies al andar.

– No, ¡no! ¡Espere un momento! ¡¿Cómo es posible que una simple niña naciera con un don tan terrible?! ¡¿Es eso posible?!

La Bruja le respondió solamente encogiéndose de hombros, mientras seguía jalando su caldero hacia el bolso.

– Bueno, ¡eso no importa! ¡No quiero que el Invierno Eterno esté en mi reino!

– No es cosa de querer o no. La verdad no sé los detalles, princesa. Sólo sé lo que otros dicen, y es todo lo que le acabo de decir yo a usted, no más.

Logró colocar el caldero justo a un lado del bolso, para luego empujarlo de un puntapié a interior. El caldero se volteó, y cayó en el interior del bolso, aunque de nuevo, éste no cambió en lo absoluto su forma, a pesar de que el caldero claramente se veía más grande que el propio bolso.

– ¡Tiene que hablar algo más! ¡Debe de haber alguna manera de protegernos!

– Yo en tu lugar, me mudaría a un lugar más cálido. – Le respondió tranquila, secándose el sudor de su frente con una mano. – Y rezaría porque el Invierno Eterno no llegué ahí también

Cerró entonces la bolsa con fuerza, usando sus manos. A pesar de todo lo que había echado, la bolsa se veía aún pequeña y ligera, tanto que se la logró echar a la espalda sin problema.

– La verdad no tengo idea de que tan lejos llegará el poder de esta chiquilla. Pero al ritmo que va, yo no sacaría mi traje de baño del armario… en un mucho tiempo…

– ¡¿Qué tonterías está diciendo?! ¡No puedo simplemente buscar otro lugar para hacerlo mi reino! Este lugar es donde vivimos todos, mi familia, mi pueblo. – Su ansiedad y desesperación, comenzó a ser acompañada de pronto por algo de enojo, quizás inspirado por la frustración. – ¡No puedo aceptar que no podamos hacer nada! ¡No puedes irte así como así! Tú eres una bruja, ¿no puede hacer algo para detenerla? ¿Embrujarla?, ¿pelear contra ella? ¡Lo que sea!

– ¡Ja! ¿Y qué esperas que haga, chiquilla? ¿Que la convierta en oso?

– Bue…

Estaba por decir algo, pero prefirió quedarse callada. ¿Realmente convertir a la gente en oso era todo lo que podía hacer? En su cabeza se imaginaba a un terrible oso blanco, gruñendo y tirando nieve por la boca. No estaba segura si eso mejoraría o empeoraría su situación.

– Mira eso por un segundo. – Susurró la bruja, señalando con un dedo hacia la ventana; al parecer había vuelto a nevar con algo más de abundancia. – Ni en todos mis años de vida había visto un poder así, que lograra crear algo como esto, y a esta magnitud. No hay nada que yo pueda hacer ante algo así, lo siento.

Algo cabizbaja, la bruja comenzó a caminar con apuro hacia la puerta.

– ¡No! ¡Escuche!, ¡por favor! – Rápidamente la siguió hasta la puerta. – Por… por favor, ¿al menos sabe cómo podríamos derrotarla? ¿Tiene alguna debilidad?

– Una espada en el corazón detiene a cualquiera, majestad; lo sé por experiencia.

– ¡Hablo enserio!

La bruja se detuvo justo frente a la puerta, dándole la espalda la jovencita pelirroja. Un largo suspiro de cansancio surgió de sus cansados labios.

– No deberías meterte en esto, pequeña. – Murmuró, mirando discretamente sobre su hombro. – Eres una buena chica… Algo imprudente e irrespetuosa, pero una buena chica. Serás una gran Reina algún día; no me gustaría que salieras lastimada por querer ser la heroína.

– No se trata de eso. Como usted bien dijo, tarde o temprano seré la Reina de DunBroch. Y si para defenderlo, tengo que cruzar el mar y apuñalar a esa dichosa Reina de las Nieves con mis propias manos, con tal de proteger a mi pueblo… ¡lo haré!, ¡lo haré sin dudarlo ni por un segundo!

La anciana la miró en silencio un rato. La seguridad con la que se comenzaba a expresar era tan notoria, que era difícil intentar siquiera creer que eran palabras vacías. Era más seguro que lo haría, le dijese lo que le dijese.

Soltó entonces otro pequeño suspiro, y luego se volteó lentamente por completo hacia ella.

– Sólo hay dos cosas que pueden derrotar a magia tan oscura y grande como ésta. – Comenzó a decirle, llamando por completo su atención. – Luz… y amor… Luz y amor, esas son las claves, lo único que puede detener el Invierno Eterno.

– ¿Luz… y amor? – Murmuró Mérida dudosa, notándosele profundamente incrédula. – ¿Enserio? ¿Eso es todo lo que me dirá?

– Es lo único que puedo decirte.

La pelirroja negó con su cabeza, frustrada, y molesta.

– Dudo muchísimo que un problema como éste se pueda resolver con luz y amor. Pero gracias por su ayuda de todas formas.

Su voz se sentía pesada, y era incapaz de ocultar su decepción.

– Te sorprenderías de saber las cosas que esos dos elementos juntos pueden hacer, querida. Te sorprenderías…

Se volteó entonces de nuevo a la puerta, y extendió su mano hacia el pomo de la misma. Sin embargo, en lugar de girarlo, se volteó una vez más a la princesa, que miraba a otro lado con sus brazos cruzados.

– Una cosa más. No sé si me habrás escuchado cuando lo dije, pero gran parte del mar al oeste está ya completamente congelado. No hay forma alguna de que un barco llegue hasta el otro continente, por lo que será prácticamente imposible que tú o cualquier lleguen hasta ahí… Bueno, al menos que aprendas… a volar…

Una sonrisa astuta se dibujó en sus labios en esos momentos. Mérida, al escuchar tal afirmación, se giró rápidamente hacia ella, totalmente confundida.

– ¿Volar?

Antes de que pudiera preguntar cualquier otra cosa, la bruja abrió abruptamente la puerta, y lo que Mérida alcanzó a ver a través de ella, por esos escasos segundos, era un sitio totalmente diferente al bosque del que ella venía. Era otro sitio, lleno de gente, con una gran cantidad de sonidos, o más bien ruidos, movimientos, edificios.

– ¡Chaíto! – Exclamó con fuerza, justo antes de cerrar abruptamente la puerta y desvanecerse del otro lado, opacando también por completo todos los sonidos que había escuchado, y sumiendo la cabaña en completo silencio… y también soledad.

– ¡Espere!, ¡¿qué quiso decir con eso?! ¡¿Cómo que volar?!

Se aproximó de inmediato a la puerta, pero al abrirla, no había nada de lo que había visto hace unos instantes; ni bruja, ni personas, ni ruido: sólo ve a Angus, parado frente a la casa, mirándola con cara de desconcierto.

– ¡Odio que haga eso! – Exclamó con ahínco, con ganas de patear algo, pero la cabaña estaba totalmente vacía y no había nada que patear.

Comenzó de nuevo a andar de un lado a otro, agarrándose su abundante cabello, exasperada, jalándolo y gimiendo.

¿Era todo eso real? ¿Realmente el mar estaba congelado? ¿Realmente había una reina rencorosa y malvada al otro lado del mundo, que además era una bruja con el poder que cubrir todo el mundo en hielo? ¿Realmente no había nada que pudiera hacer más que conseguir luz y amor, y aprender a volar? ¿Qué rayos significaba todo eso?

Se sentía mareada, confundida. Todo parecía un mal sueño, un muy muy mal sueño.

Respiró lentamente, intentando recuperar la serenidad. No le serviría a nadie, entrando en pánico. Necesitaba pensar, y lo más importante, actuar.

Rápidamente sale de la cabaña corriendo, y se sube a su caballo de un solo salto, para de inmediato tomar las riendas y hacer que éste se girara hacia la dirección en la que venían.

– ¡Debemos volver, Angus! ¡Rápido!

El caballo relinchó con fuerza, y entonces se lanzó a trote veloz por el camino sobre sus pasos.

Invierno Eterno, Reina de las Nieves, Maldición.

¿En qué estaba a punto de meterse?

FIN DEL CAPITULO 02

NOTAS DE LOS AUTORES:

Denisse-chan:

¡Vemos aquí la segunda entrega de nuestra historia! Durante éste capítulo pudimos ver cómo prosiguen las historias de Mérida y de Hiccup, cada una muy distinta de la otra pero con una cosa en común: ambos desean lo mejor para sus pueblos.

Quería hacer un pequeño comentario sobre mi manera de escribir a Mérida: En ésta historia la estoy manejando como alguien que no aprendió mucho en lo que pasó hace dos años, si, sucedió lo de su mamá, si, hubo una conexión entre ellas que antes no estaba. Sin embargo en lo que yo interpreté de la película me di cuenta de que ella no aprendió realmente mucho pues se salió con la suya: ser libre.

Ahora bien, no puede ser libre para siempre y tarde o temprano debe de afrontar la realidad de que va a ser reina, por lo que aquí ella está intentando pensar más en su pueblo y a la vez en resolverlo a su manera (por más egoísta y loco que suene eso). A la larga irá desarrollándose en lo que espero sea una aventura que SÍ la haga madurar.

¡Hasta la próxima!

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Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ “How to Train Your Dragon” © DreamWorks Animation.

+ “Brave” © Pixar Animation Studios.

+ “Rise of the Guardians” © DreamWorks Animation.

+ “Tangled” © Walt Disney Animation Studios.

+ “Frozen” © Walt Disney Animation Studios.

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2 pensamientos en “Invierno Eterno – Capítulo 02. La Reina de las Nieves

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